Toda mi vida he tenido fama de hombre serio y responsable. Celoso de mi vida privada, nunca se me ha conocido un desliz y menos algo escandaloso. Soltero empedernido, nunca he necesitado de la presencia de una mujer fija en mi casa para ser feliz. Aunque eso no quiere decir que no haya novias y parejas, soy y siempre seré heterosexual activo pero no un petimetre que babea ante las primeras faldas que se le cruzan. 
Escojo con cuidado con quien me acuesto y por eso puedo vanagloriarme de haber disfrutado de los mejores culos de las distintas ciudades donde he vivido. A través de los años, han pasado por mi cama mujeres de distintas razas y condición. Blancas y negras, morenas y rubias, ricas y pobres pero todas de mi edad. Nunca me habían gustado las crías, es más, siempre me había repelido ver en una reunión al clásico ricachón con la jovencita de turno. Para mí, una mujer debe ser ante todo mujer y por eso nunca cuando veía a una monada recién salida de la adolescencia, podía opinar que la niña era preciosa pero no me sentía atraído.
Desgraciadamente eso cambió por culpa de Manolo, ¡Mi mejor amigo!.
Con cuarenta y cinco años, llevaba  tres años viviendo en Houston cuando me llamó para decirme que su hija Ángela iba a pasar un año estudiando en esa ciudad. Reconozco que en un principio pensé que el motivo de esa llamada era que me iba a pedir que viviera conmigo pero me sacó de mi error al explicar que la universidad le pedía un contacto en los Estados Unidos y preguntarme si podía dar mi teléfono.
Cómo en teoría eso no me comprometía en absoluto, acepté desconociendo las consecuencias que esa decisión iba a tener en mi futuro y comportándome como un buen amigo, también me comprometí en irla a recoger al aeropuerto para acompañarla hasta la residencia donde se iba a quedar.
 Ese día estaba en la zona de llegadas esperándola cuando la vi salir por lo puerta. Enseguida la reconocí porque era una versión en guapa y joven de su madre. Flaca, pelirroja y llena de pecas era una chavala muy atractiva pero en cuanto la examiné más de cerca, su poco pecho me recordó sus dieciochos años recién cumplidos y perdió cualquier tipo de interés sexual.
Isabel al verme, se acercó a mí y dándome un beso en la mejilla, agradeció que la llevara. No queriendo eternizar nuestra estancia en ese lugar, cogí su equipaje y lo metí en mi coche. La chavala al comprobar el enorme tamaño del vehículo, se quedó admirada y con naturalidad dijo riéndose:
-Este todoterreno es un típico ejemplo de los gustos masculinos- y olvidándose que era el amigo de su viejo, me soltó: -Os gusta todo grande. Las tetas grandes, los culos enormes y las tías gordas.
Indignado por esa generalización, no pude contener mi lengua y contesté:
-Pues tú no debes comerte una rosca. Pecho enano, trasero diminuto y flaca como un suspiro.
Mi respuesta le sorprendió quizás porque no estaba acostumbrada a que nadie y menos un viejo le llevara la contraria. Durante unos segundos se quedó callada y tras reponerse del golpe a su autoestima, con todo el descaro del mundo, me preguntó:
-Si crees que me hace falta unos kilos, ¿Dónde me vas a llevar a comer?
Os confieso que si llego a saber el martirio que pasaría con ella ese restaurante, en vez de a uno de lujo, le hubiese llevado a un tugurio de carretera porque allí, entre moteros y camioneros,  hubiera pasado desapercibida. Pero como era la hija de Manolo creí conveniente enseñarle Morson´s, uno de los locales más famosos de la ciudad.
¡Menudo desastre!
La maldita pecosa se comportó como una malcriada rechazando hasta tres veces los platos que el pobre maître le recomendaba diciendo lindezas como: ¿Me has visto cara de conejo?, ¿Al ser hispanos nos recomiendas los más baratos de la carta porque temes que no paguemos? ,  pero fue peor cuando al final acertó con un plato de su gusto, entonces con ganas de molestar tanto al empleado como a mí, le dijo:
-Haber empezado por ahí, mi acompañante piensa que estoy en los huesos y un grasiento filetón al estilo tejano me hará ponerme como una vaca para ser de su gusto.
“Esta tía es idiota”, pensé y asumiendo que no volvería a verla durante su estancia, me mordí un huevo y pedí mi comanda.
El resto de la comida fue de mar en peor. Isabel se dedicó a beber vino como si fuera agua hasta que bastante “alegre” empezó a meterse con los presentes en el lugar. Molesto y sobre todo alucinado de lo mal que había mi amigo educado a su hija, di por concluida la comida.
Al dejarla en la residencia, respiré aliviado y deseando no volver a estar a menos de un kilómetro de ella, le ofrecí hipócritamente mi ayuda durante su estancia  en la capital del estado. La mujercita, segura de que nunca la iba a necesitar, me respondió:
-Gracias pero tendría que estar muy desesperada para llamar a un anciano.
 Para mi desgracia los hechos posteriores la sacaron de su error….
Un sábado, a las tres de la madrugada, me llama la policía.
Llevaba un mes sin recibir noticias suyas cuando me despertó el teléfono de mi mesilla sonando. Todavía medio dormido, escuché al contestar que mi interlocutor me preguntaba si estaba hablando con Javier Coronado.
-Sí- respondí.
Tras lo cual se presentó como el sargento Ramirez de la policía metropolitana de Houston y me informó que tenían detenida a Isabel Sílbela.
-¿Qué ha hecho esa cretina? – comenté ya totalmente despierto.
-La hemos detenido por alteración del orden público, consumo de drogas y resistencia a la autoridad.
Os juro que no me extrañó porque esa niñata era perfecta irresponsable y asumiendo su culpabilidad, quise saber cuál era su actual estatus y cuánto tiempo tenía que pasar en el calabozo. El agente revisando el dossier me comunicó que habían fijado el juicio para dentro de un mes y que como era su primer delito el juez había fijado la primera audiencia para en unas horas.
Una vez colgué, estuve a un tris de volverme a la cama pero el jodido enano que todos tenemos como conciencia no me dejó hacerlo y por eso vistiéndome fui llamé a un abogado y me fui a la comisaria.
“¡Menuda pieza!”, pensé mientras conducía hacía allí, “Lo que le debe haber hecho sufrir a su padre esta malcriada”.
Al presentarme ante el sargento en cuestión y ver este que yo era un hombre respetable, amablemente me informó de lo sucedido. Por lo visto, Isabel y unas amigas habían montado una fiestecita con alcohol y algún que otra gramo de coca que se les había ido de la mano. Totalmente borracha cuando llegó la patrulla del campus, se enfrentó a ellos y trató de resistirse.
“Será tonta, ¡No sabe que la policía de este país no se anda con bromas!”, exclamé mentalmente mientras pedía perdón al sujeto en nombre de su padre.
Fue entonces cuando Ramirez me comunicó que tenía que esperar a las ocho de la mañana para tener la audiencia preliminar con el juez donde tendría la oportunidad de pagar una fianza. Viendo que todavía eran las cinco y que no podía hacer nada en tres horas, me dirigí a un 24 horas a desayunar. Allí, sentado en la barra, llamé a Manolo para informarle de lo sucedido.
Como no podía ser de otra forma, mi amigo se cogió un rebote enorme y llamando de todo a su querida hija, me pidió que en cuanto pudiera la metiera en un avión y se la mandara.
-No te preocupes eso haré- respondí convencido de que esa misma tarde llevaría a Isabel al aeropuerto y la empaquetaría hacía España.
Pero como bien ha enunciado Murphy, “Cualquier situación por mala  que sea es susceptible de empeorar y así fue.  La maldita niñata al ser presentada ante el juez, se comportó como una irresponsable y tras llamarle fascista, se negó a declarar. El abogado que le conseguí había pactado con el fiscal que si aceptaba su culpabilidad, quedaría en una multa pero como no había cumplido con su parte, el letrado pidió prisión con fianza hasta que tuviese lugar el juicio. El juez no solo impuso una fianza de cinco mil dólares sino que en caso de aportarla,  exigió que alguien se responsabilizara que  la chavala no volviera a cometer ningún delito.
¿Os imagináis quien fue al idiota que le tocó?
Cabreado porque encima le había quitado el pasaporte, pagué la fianza y me comprometí a tenerla durante un mes bajo mi supervisión hasta que se celebrara el puñetero juicio.
Ya en el coche, empecé a echarle la bronca mientras la cría me miraba todavía en plan perdonavidas. Indignado por su actitud, le estaba recriminando su falta de cerebro cuando de pronto comenzó a vomitar manchando toda la tapicería. Todavía hoy no sé qué me enfadó más, si la peste o que al terminar Isabel tras limpiarse las babas, me dijera:
-Viejo, ¡Corta el rollo!
Aunque todo mi cuerpo me pedía darle un bofetón, me contuve y concentrándome en la conducción, fui directo a su residencia a recoger sus cosas porque tal y como había ordenado el magistrado, esa mujercita quedaba bajo mi supervisión y por lo tanto debía de vivir conmigo. El colmo fue cuando vi que al hacer la maleta, esa chavala metía entre sus ropas una bolsa con marihuana.
-¿Qué coño haces?- pregunté y sin darle tiempo a reaccionar, se la quité de la mano y arrojándolo en el wáter, tiré de la cadena.
-¡Te odio!- fueron las últimas palabras que pronunció hasta que ya en mi casa, se metió en la cama a dormir.
Aprovechando que esa boba estaba durmiendo la mona, llamé a su padre y de muy mala leche, le expliqué que gracias a la idiotez de su hija el juicio había ido de culo y que no solo le habían prohibido salir del país, sino que encima me había tenido que comprometer con el juez a que me hacía responsable de ella.
Manuel que hasta entonces se había mantenido entero, se desmoronó y mientras me pedía perdón, me explicó que desde que se había separado de su esposa, su retoño no había parado de darle problemas. Destrozado, me confesó que se veía incapaz de reeducarla porque en cuanto lo intentaba, su ex se ponía de parte de su hija, mandando al traste sus buenas intenciones.
-A mí, esa rebeldía me dura tres días. Si fuera su padre, sacaría mi mala leche y la pondría firme- comenté sin percatarme que mi amigo se agarraría a mis palabras como a un clavo ardiendo.
Fue entonces cuando llorando me pidió:
-¿Me harías ese favor?- y cogiéndome con el paso cambiado, me dijo:-Te ruego que lo intentes, es más, no quiero saber cómo lo abordas. Si tienes que encerrarla, ¡Hazlo!.
Aunque mi propuesta había sido retórica, la desesperación de Manolo me hizo compadecerme de él y por eso acepté el reto de convertir a esa niña malcriada en una persona de bien.
Hablo con Isabel.
Sin conocer las dificultades con las que me encontraría, había prometido a mi amigo que durante el mes en que esa deslenguada iba a permanecer en mi casa iba a reformar su actitud y por eso esperé a que se despertara para dejarle las cosas claras.
Sobre las seis de la tarde, Isabel hizo su aparición convencida de que nada había cambiado y que podría seguir comportándose como la niña caprichosa y conflictiva que llevaba tres años siendo. Desconociendo las órdenes de su padre había quedado con unos amigos para salir de copas y ya estaba cogiendo la puerta cuando escuchó que la decía:
-¿Dónde crees que vas?
-Con mis colegas- contestó y enfrentándose a mí, recalcó sus intenciones diciendo: -¿Algún problema?
-Dos. Primero que vas vestida como una puta. Segundo y más importante, ¡No tienes permiso!
La pelirroja me miró atónita y creyendo que sería incapaz de obligarla a quedarse en casa, lanzó una carcajada antes de soltarme:
-¿Y qué vas a hacer? ¿Atarme a la cama?
Con tono tranquilo, respondí:
-Si me obligas, no dudaré en hacerlo pero preferiría que no tomar esa medida- y pidiéndole que se sentara, proseguí diciendo: -He hablado con tu padre y me ha autorizado a usar inclusive la violencia para conseguir educarte de un puñetera vez.
-No te creo- contestó y cogiendo el teléfono, llamó a su viejo.
No me hizo falta oír la conversación porque con satisfacción observé que su rostro iba perdiendo el color mientras crecía su indignación. Al colgar, cabreadísima, me gritó que no pensaba obedecer y que iba jodido si pensaba que se comportaría como una niña buena. Lo que Isabel no se esperaba fue que al terminar de soltar su perorata, me levantara de mi asiento y sin hablar le soltara un tremendo tortazo.
Fue tanta la fuerza que imprimí a la bofetada que la chavala dio con sus huesos en el suelo. Entonces y sin compadecerme de ella, le solté:
-A partir de hoy, tienes prohibido el alcohol y cualquier tipo de drogas. Me pedirás permiso para todo. Si quieres salir, comer, ver la tele o dormir primero tendrás que pedir mi autorización.
Acostumbrada a hacer de su capa un sayo,  por primera vez en su vida, tuvo que enfrentarse a alguien con más carácter y con los últimos restos de coraje, me lanzó una andanada diciendo:
-¿Y si quiero masturbarme? ¿También tendré que pedirte permiso?
Muerto de risa, le contesté:
-No soy un tirano y aunque tienes estrictamente prohibido el acostarte con alguien, comprendo que eres joven- y actuando como un rey magnánimo, cedí en ese extremo, diciendo: -Si quieres masturbarte veinte veces al día, tienes mi palabra que nunca te diré nada.
Os confieso que en ese momento no supe interpretar el brillo de sus ojos cuando oyó mis palabras, de haber supuesto que esa arpía utilizaría mi promesa contra mí, jamás le hubiera otorgado tal permiso.
Habiendo dejado las cosas claras, permití que volviera a su habitación…
Isabel comienza su asedio.
La pelirroja se mantuvo en su cuarto durante media hora, tiempo que usó para planear como me plantearía batalla. Aun sabiendo que esa criatura no se dejaría rendiría sin luchar, nunca me imaginé que intentara sacarme de las casillas por otra vía que no fuera el enfrentamiento frontal.
Hoy puedo confirmar  que minusvaloré a esa jovencita porque me encontraba en la piscina combatiendo el calor de esa tarde tejana, cuando la oí salir de la casa y con una cordialidad extraña, acercarse a mí y decirme si podía tomar el sol.
-Por supuesto- respondí con la mosca detrás de la oreja.
Isabel sonrió y despojándose de la bata, lució con descaro el escueto y coqueto bikini que llevaba. Comprendí sus intenciones en cuanto observé la poca tela del mismo y olvidándome de ella, seguí nadando. Durante diez minutos, estuve haciendo largos y viendo que  la cría se había tumbado en una de las hamacas, ya cansado decidí hacer lo mismo.
Al salir del agua, la malcriada me miró de arriba abajo y tras ese minucioso examen, se rio diciendo:
-Para ser un anciano, ¡Tienes un buen culo!
Su falaz piropo no consiguió su objetivo y haciendo como si no la hubiese oído, cerré mis ojos y me puse a disfrutar del sol. Ni siquiera me había secado cuando de improviso, escuché un gemido que venía de su lado. Al mirarla me encontré con que aprovechando que se estaba extendiendo la crema por su cuerpo, esa zorra había comenzado a masturbarse.
Conociendo la razón última de esa paja, me lo tomé a guasa y sin hacerle caso, seguí tranquilamente tomando los rayos del atardecer. Bueno, tan tranquilo no, porque esa pelirroja al darse cuenta del poco efecto de su acción, elevó el tono de sus suspiros mientras con un ansia insana torturaba su clítoris aprovechando mi promesa.
Los continuos jadeos se fueron haciendo más profundos hasta que pegando un grito, se corrió a un metro de mí. No contenta con ello,  se levantó de la hamaca y llegando hasta la mía, me preguntó si sabía en quién había pensado para masturbarse.
-Ni lo sé ni me importa- contesté sin dar importancia a su descaro,
Soltando una carcajada, la pérfida mujercita me informó:
-En ti comiéndome el coño.
En plan indolente, me incorporé y llevando mi mano hasta su exiguo pecho, pellizqué uno de sus pezones mientras le decía:
-Si crees que una tabla puede dominarme, vas jodida- y recalcando mis palabras, se lo retorcí diciendo: -Mujeres mucho más bellas que tú, lo han intentado y han fracasado.
Tras lo cual, volví a tumbarme dejando a la pelirroja totalmente confundida. Su demostración de fuerza no solo no había tenido éxito sino que sin llegarlo a comprender, tanto mi supuesta indiferencia como mi contraataque le habían hecho sentir  nuevas sensaciones. Por eso y con el rabo entre las patas, se alejó de mí reparando que entre sus piernas tenía su sexo completamente empapado.
Lo que esa zorrita desconocía era que no me había visto tan poco afectado como pretendía porque al estrujar entre mis dedos su rosada areola, me encantó descubrir la manera tan evidente con la que ese botón había reaccionado poniéndose duro.
Por eso y mientras la veía marcharse moviendo su pandero, tuve que tranquilizarme y esperar a que desapareciera para sumergirme en la piscina, esperando que el agua fría me calmara la calentura.
Una hora más tarde y viendo que la cocinera no me había dejado nada preparado, toqué a su puerta y la informé que saldríamos a cenar fuera. Isabel saliendo de su habitación, con voz suave me preguntó cómo debía ir vestida. Reconozco que tardé unos segundos en contestar porque la chavalita obviando que estaba casi desnuda, por toda vestimenta, llevaba puesto un sensual picardías blanco. Ignorando su pregunta, me concentré en el erotismo con el que esa prenda realzaba la belleza de sus pecas y por eso la pelirroja tuvo que insistir diciendo:
-Si quieres voy en pelotas pero no me parece correcto.
Su deslenguada respuesta ratificó su juego.
“¡Esa cría se había propuesto seducirme!”.
Reaccionando por fin, abrí su armario y eligiendo el más horroroso y tapado de sus vestidos, lo saqué y se lo puse en las manos. La mirada asesina que me dirigió, me confirmó que había hecho una buena elección y satisfecho, me fui a cambiar.
Mientras me afeitaba, el recuerdo de la cría no me dejó en paz. Continuamente llegaba a mi mente la escena de la que había sido testigo y rememorando sus gemidos, me fui excitando. No me podía quitar de la cabeza el escultural culo de la muchacha y por primera vez fui consciente de que Isabel me atraía cuando me descubrí pensando en si todavía su entrada trasera permanecía intacta.
Horrorizado por el rumbo que estaban tomando mis pensamientos, comprendí que deseaba que ese pandero siguiera siendo virgen para ser yo quien lo desflorara.
“Es una bebé”, mascullé entre dientes con mis hormonas alborotadas, “y su padre es mi amigo”.
Mi propio pene corroboró esa infamia con una brutal erección.  Tratando de calmar mi ardor, lo cogí entre mis manos y soñando con el trasero de la pecosa, busqué que el placer onanista lo apaciguara. Desgraciadamente, el eyacular apaciguó el incendio pero dejó un gran rescoldo que cualquier vientecillo avivaría.
No tardé en comprobarlo porque cuando bajé al salón, me encontré a Isabel vestida con el traje que había elegido pero con la sorpresa también que había aprovechado el tiempo y lo había recortado, convirtiendo ese espanto en un coqueto vestido negro que lucía con descaro.
Al ver mi cara, muerta de risa y modelándolo, dijo:
-No puedes quejarte. ¡Me he puesto el que me has ordenado!
Tras unos instantes durante los cuales admiré la belleza de sus muslos desnudos, asimilé que había vencido esa escaramuza y dándole un sonoro azote en una de sus nalgas,  de buen humor, contesté:
-No lo hago.
 La pelirroja al sentir la ruda caricia pegó un grito, tras el cual, alegremente se quejó diciendo:
 -No sabía que merecía un castigo- y con una sonrisa de oreja a oreja, me preguntó: -¿Qué harás cuando te desobedezca?
-Darte una buena somanta de palos- contesté bromeando.
Nuevamente esa malcriada me cogió desprevenido porque con todo la desfachatez del mundo, me soltó:
-Durante la cena, te juro que me portaré bien pero mañana cuando te despiertes, tendrás que ponerme el culo rojo de tantos azotes que me voy a merecer.
No tuve dudas de que iba a cumplir su amenaza y curiosamente, desde ese momento, esperé con interés su rebelión….
Isabel muestra su lado salvaje.
Tal y como prometió, su actitud en el restaurante fue intachable. Más que eso, dejando al lado su espíritu rebelde, esa mujercita se comportó como una dama educada, inteligente y divertida consiguiendo que al poco rato me olvidara de quien era y de la razón por la que estaba conmigo.
Confieso que me cautivó descubrir esa faceta y por eso, al llegar a casa, me permití levantar parte de su castigo y proponerle que nos tomáramos unas copas. Rápidamente, aceptó y propuso ser ella quien las sirviera. No viendo malicia alguna acepté sentándome en uno de los sillones de la sala. Desde allí, observé a la cría meneando las caderas al son de la música, mientras ponía los hielos.
“¡Está rica!” pensé admirando su contoneo y disfrutando de la visión de sus muslos.
A Isabel no le pasó desapercibido mi examen y recreándose en el baile, sensualmente siguió bailando después de poner la copa en mis manos. Babeando con el erotismo de la muchacha, di un buen trago a mi gin-tonic sin ser capaz de retirar mi mirada de su culo y quizás envalentonado por el alcohol, me atreví a piropearlo mientras daba buena cuenta de mi bebida.
Ella, encantada con mi lisonja, se acercó a mí y subiéndose a mis rodillas, dijo.
-A mí no tienes que pedirme permiso para tocarlo- y subrayando su frase con hechos, llevó mis manos hasta sus nalgas.
La suavidad de su piel desnuda, despertó de su letargo a mi pene y tratando de evitar la insana atracción que sentía por la hija de mi amigo,  la retiré de mis piernas mientras le decía:
-Me voy a dormir y como puedes ver has fallado.
Ni siquiera espero a ver los primeros síntomas y soltando una carcajada, me informó:
-Para nada, ¡Yo he cumplido!. Te dije que mañana ibas a tener que castigarme y así será, porque te he echado en la copa una droga para dejarte indefenso y la suficiente viagra para que no se te baje en toda la noche.
Ya mareado, pregunté el porqué. La malcriada criatura se levantó y mientras me acompañaba hasta la cama, me confesó:
-Aunque te parezca raro, desde que te has mostrado tan arisco conmigo, te deseo y como sé que eres tan responsable y buen amigo que te negaras a follar conmigo, he decidido darte un empujón. Por eso, ¡Voy a violarte!
Todavía hoy desconozco que jodida droga me echó porque ya en la cama, no pude evitar que ese putón me desnudara. Paralizado pero completamente despierto, observé cómo la pelirroja daba inicio a un sensual striptease. Por mucho que intenté girar la cara, no pude. ¡Casi todos músculos no respondían! Y digo casi todos porque mi pene siendo su involuntario cómplice se alzó entre mis piernas a su máxima extensión.
Mi inicial nerviosismo menguó a la vez que crecía mi excitación. Isabel consciente de mi reacción sonrió y maullando como gata en celo, se arrodilló y gateando se fue acercando mientras decía:
-Mi viejito está indefenso y su zorra se lo va a follar.
Al observar a ese engendro del demonio subiéndose al colchón, hice el último intento de rechazarlo pero ni mis manos ni mis piernas me obedecieron y por eso tuve que conformarme con cerrar los ojos. No pasó mucho tiempo antes de sentir como esa puta cogía mi verga entre sus manos. El mimo con el que la rubia acarició mi extensión, ¡Mentalmente me volvió loco! Sabía que estaba mal pero aun así, ¡Estaba gozando!
El involuntario gemido que salió de mi garganta, afianzó la resolución de la pelirroja que acercando su boca a mi glande, riéndose me anticipó:
-Cariño, aunque mañana me castigues, ¡Hoy te voy a hacer disfrutar como nunca!- tras lo cual abrió sus labios y se introdujo unos centímetros mi pene en su interior.
La humedad de su boca me tele-transportó al paraíso y convertido en el objeto de su lujuria, la miré mientras ella lamía sin descanso toda mi extensión.
“¡Dios!”, pensé deseando por primera vez no estar inmóvil para colaborar con ella.
Ajena a mis sentimientos, la muchacha se contagió de mi calentura y llevando una de sus manos hasta su propio sexo, comenzó a torturar con ansía el botón que se escondía entre los pliegues de su entrepierna sin dejar de lentamente profundizar en su mamada. Drogado como estaba, fui  la pasiva meta de su desordenada voluntad mientras mi polla era absorbida por su boca. Con ella en su interior, la hija de mi amigo dio inicio a una carrera desenfrenada por darme placer y así cumplimentar sus deseos.
Metiendo y sacándola con rapidez de su garganta mientras con sus manos acariciaba mis testículos, demostró su pasión con amplitud y convirtiendo su boca en una ordeñadora, exprimió sin pausa mi verga hasta que esta explotó llenando su rostro con mi blanca simiente. Isabel al sentir el semen en sus mejillas, lo recogió con sus dedos y poniendo una expresión perturbada lo llevó hasta sus labios.
-¡No sabes como deseaba catar tu esencia!- tras lo cual, sacando la lengua los lamió hasta no dejar rastro de lefa en ellos.
Pocas veces, había sido testigo de algo tan erótico. Quizás por eso, sin menospreciar la ayuda química del viagra, mi verga nunca perdió su fuelle. La pelirroja disfrutando de su poder, se incorporó y reptando por mi cuerpo, llegó hasta mi cara y mirándome a los ojos, susurró:
-Sé que te ha gustado.
Entonces sin retirar su mirada, recogió mi erección con una mano y  apuntó con ella a su sexo. Con una angustiosa parsimonia, separó sus pliegues y con un suave movimiento de caderas la fue embutiendo en su interior.
-¡Reconócelo!-  gritó -¡Deseas que te folle!
Si hubiese podido hablar, hubiese aceptado por que en ese momento, me daba igual su edad, Manolo y la moral. Todas las células de mi cuerpo anhelaban ser suyas. Me urgía que culminara su violación y rellenara su conducto con mi polla. Isabel plasmando con hechos  su fantasía, consiguió absorber toda mi extensión  y con mi glande chocando contra la pared de su vagina, dotó a su cuerpo con un lento vaivén.
Me hubiese gustado llevar mis manos hasta sus casi inexistentes pechos y pellizcar esos pecosos pezones pero en vez de ello, me tuve que conformar experimentando el placer que esa zorra me estaba imponiendo.  La pelirroja dosificó con maestría las penetraciones acelerando o disminuyendo su velocidad a su antojo hasta que mordiéndome la oreja, me informó:
-Tu zorra está a punto de correrse- dando inicio a un alocado galope en busca de su placer.
Usando mi verga, se empaló y desempaló con rapidez mientras incrementaba el volumen de sus gemidos. Saltando sobre mí con frenesí, su cuerpo temblaba al recibir su vagina la cuchillada. Comprendí que estaba a punto de alcanzar el orgasmo cuando un húmedo y templado río de flujo brotó de su sexo regando con él mi cuerpo.
-¡Qué pene tienes!- aulló  descompuesta y dejándose caer sobre mí, comenzó a temblar y convulsionar presa del placer.
Agotada se tomó un respiro, dejando su cabeza apoyada en mi torso hasta que dando por terminado su descanso, empezó a acariciar los vellos que cubrían mi pecho  mientras me decía:
-¿Verdad que ha estado bien? Aunque lo niegues, vas a tener que agradecerme el haberte dopado.
La seguridad con la que habló, me cabreó y al tratar de levantar mi mano y abofetearle, no pude pero eso no fue óbice para que me alegrara porque uno de mis dedos si respondió, lo que me comunicó que estaba menguando el efecto de la droga y que pronto podría tratar a esa zorrita como se merecía. Cómo no quería alertarle de su error al administrarme la dosis, evité moverme para que ella siguiera creyendo que estaba paralizado.
Confiada, Isabel reanudó su ataque diciendo:
-¿Adivina quién se va a comer mi coñito?- y pegando su sexo contra mi cara, buscó obligarme a que lo hiciera.
La presión de su vulva en un principio me impidió respirar y asustado  abrí la boca tratando de obtener el ansiado aire. Al hacerlo, no solo comprendí que ya podía mover la boca sino también me dejó saborear el dulce aroma a hembra que  manaba de su chocho. Como un resorte, mi polla se izó como un mástil y sin pensar que mi acción podría descubrir mi recuperación, saqué la lengua y comencé a  devorar metiendo y sacándola de su cavidad.
La pelirroja dominada por la fiebre que ardía en su interior no se percató de su significado  y soltando una carcajada, comentó:
-A mi viejito le gusta el sabor de su putita.
Impulsado por la hambruna pero indignado con esa guarra, seguí usando mi húmedo apéndice para recorrer su vulva cada vez con más soltura. La facilidad con la que movía la lengua, me confirmaba que mi cuerpo estaba asimilando esa droga y que en pocos minutos, podría hacer uso de mi fuerza para castigarla.  Esa convicción me dio ánimos para acrecentar el ritmo con el que comía su coño.
Ya totalmente descompuesta, Isabel aulló anticipando su orgasmo. Momento que aproveché para recoger entre mis dientes su clítoris y darle un suave mordisco. El dulce suplicio fue el acicate que necesitaba la muchacha para correrse sin saber que yo al sentir que su flujo se desbordaba por mis mejilas, iba a incrementar la presión y cerrando mis mandíbulas iba a aprisionar su erecto botón entre mis dientes.
-¡Me haces daño!- chilló sorprendida.
Fue entonces cuando incorporándome la cogí de la roja melena y la obligué a ponerse a cuatro patas. Tras el susto inicial, la puñetera muchacha girando su cabeza me miró  y preguntó muerta de risa:
-¿Ahora que ya te has repuesto qué vas a hacer? ¿Me vas a castigar con unos azotes?
Borré su sonrisa de un plumazo en cuanto cogiendo sus duras nalgas entre mis manos, las abrí diciendo:
-Para nada, tengo pensado otra cosa.
Si de por sí no pensaba echarme atrás, al descubrir su ojete rosita e intacto, nada de este mundo iba a evitar que cumpliera ese objetivo. Haciendo caso omiso a sus súplicas, impregné mis dedos con su flujo y empecé a untar su ano diciendo:
-¿Adivina a quien le voy a romper el culito?
Isabel intentó zafarse de mi abrazo pero no pudo y por eso, llorando buscó que me apiadara de ella. Sus súplicas alimentaron mi deseo y metiendo mi pene en su coño, lo humedecí  y ya empapado, lo acerqué hasta su ojete.
-Por favor, ¡No lo hagas! ¡Me vas a destrozar!
-Lo sé – contesté- y por eso, ¡Voy a hacerlo!
 
Disfrutando de su terror, concluí que era hora de romperle por primera vez su trasero y posando mi pene en su entrada trasera, de una sola embestida introduje mi extensión dentro de ella. La pelirroja gritó de dolor y quiso repeler nuevamente de mi agresión pero fue incapaz. Aunque no se lo merecía, dejé que esa puta se acostumbrara a mi grosor antes de comenzar con mis embestidas.
Los gritos de Isabel fueron la música ambiente que necesitaba para estrenar su culo. Babeando con la boca abierta, cerró sus puños como acto reflejo al notar que empezaba a mover mis caderas.
-¡Perdóname!- chilló adolorida.
Supe que esa mujer no había previsto ese drástico final a su travesura pero era mi deber educarla y por eso, fui acelerando el compás de mis penetraciones  sin volver a pensar en su padre. El dolor que recorría sus entrañas era tan brutal que con lágrimas en los ojos, me imploró:
-¡Para! ¡Te juro que seré tuya!
Reí al escucharla y soltando un mandoble en uno de sus cachetes, respondí:
-Desde que me drogaste, firmaste tu sentencia. ¡Ya eres mía!- y recalcando mi poder, le grité: ¡Muévete Puta!
Isabel no se podía creer que estaba siendo sodomizada por el maduro que creía conquistar y al sentirse una marioneta en mis brazos, esto provocó que algo en su interior cambiara y se diera cuenta que le estaba empezando a gustar. Al ver que  dejaba de agitarse y comenzaba a transpirar, me recochineé de ella imitando sus palabras:
-A mi putita le está gustando que le rompa su culito.
Extrañamente su rebeldía brilló por su ausencia y eso me permitió recomenzar mis penetraciones, sintiendo como al fin toda mi extensión recorría su ano. Con un nuevo azote, implícitamente le ordené que se moviera e Isabel acomodó el ritmo de sus caderas al marcado por mis manos sobre su trasero. Poco a poco nos convertimos en una maquina bien engrasada e incrementamos la cadencia de nuestros movimientos  hasta que nuestro galope se convirtió en una carrera sin freno.
-Cabrón, ¡No pares! – aulló dándose por vencida la pelirroja al observar que el dolor había transmutado en placer y apoyando su cabeza contra la almohada, permitió que como si fuera presa de una llamarada, su cuerpo convulsionara de placer.
Al notar su  orgasmo y sentir su flujo recorriendo mis muslos, proseguí acuchillando con mi pene en sus entrañas hasta que uniéndome a ella, derramé mi semen en sus intestinos.
Agotado, me tumbé a su lado y entonces claudicando por completo, Isabel me besó medio llorando y medio riendo. Al preguntar a esa muchacha que ocurría, la arpía me contestó:
-Lloro porque tengo mi esfínter adolorido y rio porque aunque te cueste reconocerlo, me he salido con la mía y he conseguido que el amigo de mi padre, ese viejo gruñón, me poseyera.
 
 
 

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