La verdad es que no sé cómo empezar a contaros la historia de cómo caí en los brazos de esos maravillosos, malvados y descerebrados  cerdos. Ahora mismo estoy tirada en mi cama, pensando en ellos y os tengo que reconocer que me pongo cachonda al rememorar mi caída. Recordando las noches en Madrid, no he podido evitar que mis dedos se deslizaran por  mi cuerpo y se apoderaran de mis pechos  tal y como esos dos lo hicieron. Sin darme cuenta, metí una mano por mi escote y cogiendo uno de mis pezones, lo pellizqué soñando que eran sus dientes quienes lo mordían.
-Os echo de menos, cabrones – grité excitada al recordar como todo empezó….
Aunque fui educada en una escuela católica y  tengo unos padres muy tradicionales, nunca he sido mojigata y he disfrutado dando y recibiendo sexo pero jamás pensé que a raíz de ese viaje a España encontraría a dos hombres por los cuales mis pantaletas se mojaran solo con oír sus nombres.  Os juro que hasta que mis viejos me regalaron ese tour por ese país, siempre había llevado el mando en la cama y mis amantes me obedecían sin rechistar  pero todo cambió el mismo día que llegué a Madrid.
Acababa de inscribirme en el Hotel, cuando decidí ir a tomarme una copa al bar de ese establecimiento. Ni siquiera el mesero me había preguntado que quería tomar,  cuando ya me había fijado en un tipo que en la otra mesa hablaba por teléfono. No es que fuera guapo, lo que realmente me cautivó fue su voz profundamente varonil. Experta en estas lides,  me lo quedé mirando mientras terminaba la conversación.
Debió de ser tan clara mi fascinación que se percató que le espiaba y por eso nada más colgar, se acercó a donde yo estaba y con una sonrisa en sus labios, me preguntó si podía acompañarme.
-Estoy sola- contesté sabiendo que le estaba implícitamente dando entrada.
Ese desconocido soltando una carcajada y mientras se sentaba junto a mí, me respondió:
-Lo estabas. A partir de ahora, estás conmigo- tras lo cual con dos besos, me dijo su nombre.
Aunque debí de sentirme escandalizada por su descaro, algo en mí me impidió reaccionar cuando como si fuera amigo mío de toda la vida, me tomó de la cintura y acariciándome el cuello con sus yemas, me soltó:
-Tengo reservada una mesa en el Gaztelupe, ¿Me acompañas?
La seguridad con la que me lo dijo me hizo decir que sí y levantándome del asiento, dejé que me llevara hasta su coche.  De camino a su auto, el aroma a macho que manaba de su cuerpo me terminó de convencer y con una inocencia que todavía hoy me deja pasmada, me metí con él en su BMW.
“No puedo ser tan zorra” pensé todavía indecisa pensando en que acababa de llegar a esa ciudad y ya estaba buscando acción,  pero justo en ese momento Fernando se sentó en su asiento y mirándome, me dijo mientras me ponía el cinturón de seguridad:
-En España es obligatorio el llevarlo- al hacerlo, ese tipo rozó con sus dedos mi pezón y quizás por la sorpresa, pegué un gemido de placer.
Mis pechos reaccionaron al instante poniéndose duros y traicionándome bajo la tela, dos pequeños bultos dejaron al descubierto mi excitación.  Sé que se dio cuenta porque luciendo una sonrisa, susurró en mi oído:
-Primero vamos a comer.
Que diese por sentado que iba a tener algo conmigo, me encabronó y por eso sacando fuerzas del espanto que sentía, protesté diciendo:
-Solo he aceptado que me invitaras a comer, ¡Nada más!
Fue entonces cuando pasando una mano por su nuca, acercó mi cara a la suya y dándome un beso en los labios, respondió:
-Niña, desde que te vi mirándome, me di cuenta que eres una putita. ¡Aunque tú todavía no lo sepas!.
Al oír el modo tan brutal con el que se dirigía a mí, se despertó en mí algo desconocido e involuntariamente, noté que mi entrepierna se mojaba como nunca antes. Pálida por descubrir que me había gustado su falta de tacto, solo pude murmurar:
-No soy una puta.
-Si lo eres- contestó y recalcando sus palabras con hechos, me separó las piernas mientras me decía: -Estás empapando la tapicería. Quítate las bragas y sécala.
Increíblemente, obedecí y sacando mis pantaletas por mis pies, me las quité y me puse a secar el cuero beige de mi asiento. Cuando hube terminado, ese desconocido me exigió que se las diera y nuevamente cedí, poniéndoselas en sus manos. Fernando al tenerla en su poder, se las llevó a la nariz y tras olerlas, divertido, me soltó:
-Si sabes cómo hueles, voy a disfrutar mucho contigo.
La mera idea de que ese cabrón metiera su cabeza entre mis piernas hizo que mi sangre hirviera y que todo mi trabajo no hubiese valido para nada porque de mi sexo volvió a  emerger mi excitación dejando un charquito bajo mis nalgas.
“Estoy cachonda”, exclamé mentalmente.
Al mirar a mi acompañante descubrí que él también se había visto afectado por la situación y que la enorme hinchazón que mostraba bajo su bragueta era la muestra palpable. Relamiéndome de gusto al admirar su tamaño, supe que a buen seguro sería mía y por eso  sonreí deseando que después del restaurante, Fernando me llevara a su casa.
El trayecto hasta el restaurant fue corto y en menos de cinco minutos aparcó frente a su entrada. Bajándose,  me abrió la puerta del coche y me cedió el paso. Sus modales me hicieron sonreír y tratando de congraciarme con él, le dije:
-Todavía quedan caballeros.
Mi acompañante al escucharme, soltó una carcajada diciendo:
-No pienses tan bien de mí, ¡Solo quería verte el culo!
La desfachatez con la que reconoció que si me había dejado pasar antes no era por educación sino porque le apetecía mirarme el trasero, lejos de molestarme, azuzó mi coquetería y por eso decidí imprimir un movimiento sensual a mis nalgas para dejarle claro que si de algo me sentía orgullosa era de mi culo.
-Cómo sigas meneándolo así se te va a marear- me soltó encantado.
Girándome, le contesté:
-Está acostumbrado a mucho meneo.
La lujuria que desprendieron sus ojos me confirmó que, esa misma noche, ese hombre iba a querer gozar de mi pandero y no queriendo que perdiera su interés en el resto de mi cuerpo al sentarme en la mesa, dejé que mi falda se me subiera descaradamente, dándole una espléndida visión de mis muslos.
-Me gustan tus patas-  susurró en mi oído mientras se acomodaba a mi lado.
-Todo en mí es perfecto- contesté sin dejar de sonreír.
Mi falta de humildad le hizo gracia y riendo me preguntó:
-¿Estás segura?
– Lo estoy- respondí.
Justo cuando esperaba que Fernando me contestara con una frase ingeniosa, escuché a mi espalda:
-No sabía que íbamos a tener compañía.
Al mirar al recién llegado, me topé con un tipo exactamente igual que mi acompañante. No tuve que ser muy lista para comprender que me hallaba ante su hermano gemelo. Su aparición me dejó perpleja y más cuando oí que decía:
-¿No me vas a presentar a esta preciosidad?
Fernando hizo las presentaciones diciendo:
-Indira, Ricardo- tras lo cual y sin cortarse un pelo, prosiguió diciendo:  – Es una mexicanita que esta noche quiere descubrir el lado salvaje de Madrid.
Con el mismo descaro que su hermano, Ricardo mirándome a los ojos, preguntó:
-¿De Madrid o de los madrileños?
Sabiendo que me estaban poniendo a prueba, contesté:
-No creo que seas salvajes, más bien os veo como dos gatitos bastantes domésticos.
El reto nada velado que escondían mis palabras picó a ambos pero sobre todo a Fernando que siendo el primero que conocí, ya sabía de qué pie cojeaba, y por eso tomando la palabra, soltó:
-Mira niñita, no nos duras ni un asalto.
Encantada por haberles tocado la fibra sensible, quise ahondar en su herida y con voz autosuficiente, les respondí mientras les tomaba de la mano:
– Ningún español ha sido nunca capaz de sorprenderme.
Mi menosprecio azuzó su hombría y los dos al unísono, me miraron como si estuviera loca y Ricardo, bastante enfadado, soltó:
-Te debes haber encontrado con puro marica.
Estaba disfrutando del cabreo de esos hermanos y dando un paso más, llevé la mano que tenía asida de ambos hasta mis desnudos muslos, diciendo:
-¿No será que yo soy mucha mujer?
Al poner sus palmas sobre mi piel les estaba desafiando y Fernando tomando el guante, susurró en mi oído:
-Tú te lo has buscado- y dejando claras sus intenciones, llevó mi mano hasta su entrepierna, diciendo: -Toca con lo que te voy a forzar ese culito que tienes.
Sin dejarme amilanar tanteé su bragueta. Mis maniobras hicieron que bajo su pantalón su pene se pusiera erecto y fue entonces cuando comprobé que ese tipo tenía una verga impresionante. Su hermano al observarlo, no quiso ser menos y llevó mi otra mano hasta la suya.
“¡Dios! ¡Menudas trancas calzan!”, pensé al tener sus dos pollas entre mis dedos y ser incapaz de decidir cuál era más grande.
Mis pezones se me pusieron duros como piedras al imaginar el placer que con semejantes aparatos podrían darme y queriendo un anticipo, separé mis rodillas mientras les bajaba la bragueta aprovechando que estábamos en una mesa apartada. Los hermanos entendieron mis deseos y mientras sacaba sus penes, con sus dedos empezaron a subir por mis muslos.
Valoré en su justa medida  el grosor y la longitud con los que la naturaleza les había dotado y  relamiéndome de gusto por anticipado, comencé a pajearles por debajo del mantel. Ellos al sentir el ritmo con el que jalaba sus miembros, se pusieron de acuerdo para sin pedir mi opinión y aprovechando que seguía sin bragas, comenzar a acariciar mi sexo.
“Seré una puta pero ¡Esto me encanta!”, exclamé mentalmente al notar que uno de los hermanos se había apoderado de mi clítoris mientras el otro metía una de sus yemas dentro de mí.
Mi calentura ya era tal que si no llegamos a estar en ese local, me hubiese agachado a mamársela a uno mientras le pedía al otro que me la metiera. Como eso era imposible, no me quedó más remedio que acelerar el compás con el que les estaba masturbando, deseando que ellos hicieran lo propio con mi coñito. Dicho y hecho, cuando los gemelos  notaron mi excitación incrementaron el placer que estaba sintiendo al competir con sus dedos dentro de mi sexo. Al sentir que eran dos o tres las yemas que llenaban mi conducto, no pude reprimir un gemido. Fernando al oírlo, pegando un suave pellizco en uno de mis pezones, me informó:
-Estoy deseando oír tus gritos cuando te esté dando por culo mientras Ricardo te folla.
La imagen de ser poseída a la vez por aquellos dos hombres elevó mi excitación y olvidando cualquier cordura, me deslicé bajo la mesa y llevé mi boca a su miembro mientras seguía pajeando a su gemelo. El morbo de estar mamando a uno y masturbando al otro en público fue tan intenso que en cuanto incrusté su verga en mi garganta, sentí que mi sexo se licuaba y cerrando mis labios sobre ese hermoso miembro, me corrí en silencio.
Algo parecido debió pasar a los gemelos porque en menos de un minuto noté que Fernando explosionaba dentro de mi boca  y tras saborear su semen, cambié de pene y devoré el segundo. Ricardo aunque aguantó más, tampoco duró mucho y por eso, no tardé en disfrutar de la blancuzca y dulce semilla del segundo. Habiendo limpiado con mi lengua cualquier rastro, guardé sus pollas y saliendo de debajo de la mesa, les sonreí diciendo:
-Gracias por el aperitivo, ¿Qué vamos a cenar?
Los hermanos soltaron una carcajada y mientras llamaban al mesero, insistí diciendo:
-Espero que no me dejéis con hambre.
Ricardo, muerto de risa, contestó:
-Te prometo que mañana cuando te despiertes, no podrás ni andar ni sentarte.
Esperanzada por esa promesa, decidí que cuando viniera el camarero, no pediría mucho de comer porque estaba segura que esos dos me regalarían un banquete lleno de leche y de sexo.
Esos dos cabrones me llevan al parking

.

Como comprenderéis durante toda la cena, no pude dejar de pensar en el meneo que ese para de hermanos me iban a dar esa nochey por eso  estaba deseando que nos marcháramos porque estaba totalmente cachonda.
Al terminar de cenar y habiendo decidido que nos iríamos los tres en el coche de Fernando, nos dirigimos abrazados al parking. Fue entonces cuando todo se desencadenó porque cuando todavía no habíamos llegado a donde estaba aparcado,  Ricardo  sin avisar me cogió de la nuca y empezó a besarme como un loco. Os confieso que me encantó sentir su lengua forzando mis labios mientras sentía sus manos acariciando mis nalgas.
-Serás cabrón. Yo la conocí y me merezco ser el primero.
Al oírlo decidí que tenía parte de razón y como no quería que hubiese una discusión entre los hermanos, me agaché frente a él y llevando mis manos a su entrepierna le bajé la bragueta. Al sacarle su verga la encontré tan dura y erecta que se me erizaron hasta los pelos de mi coño.
-No discutáis, tengo para los dos- le dije sonriendo justo antes de acercar mi boca a ese pollón.
Tal y como deseaba, abriendo los labios, saque mi lengua y recorriendo los bordes de ese maravilloso capuchón, comencé a mamársela mientras miraba al otro hermano con ojos de deseo. Ricardo comprendió que era lo que mi cuerpo anhelaba y lamiéndose los labios, informó a Fernando:
– ¡Tiene razón la putita! ¡Follémonosla los dos!-  tras lo cual se sacó su verga y acercándose a donde yo estaba, me levantó la falda del vestido dejando mis nalgas a su disposición.
Mientras tanto su hermano metiendo su mano por mi escote me sacó los pechos y se puso a pellizcar mis pezones. La calentura que sentí al notar esa ruda caricia fue tal que en cuanto sentí que Ricardo empezaba a jugar con los pliegues de mi sexo usando su enorme instrumento, grité descompuesta:
-¡Fóllame!
Aunque siempre he sido muy puta, jamás pensé que me encontraría en un parking mamando a un hombre a quien apenas conocía  mientras su gemelo frotaba su pene contra mi vulva, pero en vez de cortarme decidí que estaba disfrutando de ello.  
-Complace a  la mexicanita- ordenó Fernando a su carnal mientras presionaba con su mano mi cabeza para embutirla totalmente en mi garganta.
Al notarlo, gemí con la boca llena mientras mi chocho se anegaba por el placer que esos dos me estaban provocando. Cuando creía que nada podría mejorar, Ricardo me agarró de las caderas y de un solo empujón me clavó su pene hasta el fondo de mi vagina.
-¡Me encanta! – aullé al notar mi conducto relleno.
Como había sacado la verga de Fernando de mi boca para poder gritar, este agarrando mi cabeza con sus dos manos me la volvió a meter hasta el fondo .
-¡Dale duro a la putita!- exclamó mientras metía y sacaba su verga de mi boca.
Su hermano no se hizo esperar y dando un sonoro azote sobre mi culo, comenzó a follarme con una velocidad endiablada.
“¡Qué gozada!” , pensé completamente llena por sus atenciones, “¡Hoy voy a dormir poquísimo!”
Justo en ese momento, un ruido no muy lejano nos anunció la llegada de otro coche y con disgusto pensé que tendríamos que parar y por eso me volví a sacar la verga de la boca pero entonces Fernando volviéndome la incrustar, me dijo:
-No te he dado permiso de que pares. Si te da vergüenza que te miren, ¡Te jodes!
 Nada más lejos de la realidad, si había parado era por ellos ya que soy bastante exhibicionista, por eso ya sin importarme si alguien nos veía, me puse a mamar con mayor  intensidad a ese cabronazo.
-Eres una calentorra- muerto de risa a mi espalda, Ricardo me soltó mientras incrementaba aún más el ritmo de sus caderas.
El cúmulo de sensaciones hizo que como si fuera un terremoto y naciendo desde lo más profundo de mi ser, un brutal orgasmo recorriera mi cuerpo. La fuerza de ese clímax me hizo retorcerme como una anguila y eso incrementó el morbo de los dos hermanos de manera exponencial y Ricardo se rio de mí diciendo:
-Mira a la mexicanita, parece que la estamos matando.
“¡Capullo!”, pensé justo cuando escuché a su hermano contestar:
-Date prisa que en cuanto acabes pienso destrozar su culito.
La amenaza me volvió aún más puta y meneando mis caderas, busqué que su gemelo se derramara en mi interior porque lo que realmente me apetecía era que Fernando me sodomizara.
-¡Será zorra!- gritó Ricardo al sentir que mi coño estaba totalmente anegado – ¡En vez de chocho tiene un lago!
Justo en ese instante, su gemelo pegó un grito y forzando con sus manos mi melena, explotó dentro de mi boca mandando directamente su semen hasta el fondo de mi garganta.
“¡Mierda!”, pensé, “¡Con lo que me gusta! ¡Menudo desperdicio!”.
Tras lo cual, sacándola un poco, conseguí que saborear sus últimas descargas mientras mi cuerpo seguía disfrutando del ataque de Ricardo. Fernando satisfecho, me obligó a limpiar su pene con mi lengua. A lo que yo no me opuse porque deseaba reactivarlo para que cumpliera su amenaza.
-¡Abre el coche!- escuché que su hermano le decía.
Aunque yo no comprendí el motivo, Fernando si lo hizo y cumpliendo sus deseos, abrió de par en par la puerta. Ricardo al verlo, se separó de mí y se tumbó boca arriba en la parte de atrás del coche.  Entonces, me llamó diciendo:
-¡Móntate encima!
Con mi coño chorreando, no me costó ponerme a horcajadas sobre él y empalarme con su pene creyendo que se había cansado sin caer en que esa nueva postura dejaba mi culo al alcance de su gemelo. Este no se hizo de rogar y separándome las  nalgas cogió un poco del flujo que ya corría por mis piernas y relajó con él mi esfínter.
-¡A qué esperas!- chillé como alma en pena al notar sus yemas en mi culo cuando lo que me traía loca era sentir su pene en él.
Mi chillido convenció a Fernando de mi entrega y sin más prolegómeno me calvó su estaca hasta el fondo.
-¡Joder!- grité al sentir mis dos agujeros invadidos.
Os confieso que esa cruel invasión no me dejaba ni respirar y menos cuando el hermano que me estaba sodomizando llevó sus manos a mis hombros y usándolas de agarre, inició un salvaje galope conmigo como su yegua.
-¡Muévete puta!- desde debajo de mí, Ricardo me ordenó.
“¡Cómo coño quiere que me mueva!” exclamé mentalmente al no poder articular palabra de tan ensartada como me tenían ese par. Empalada por mis dos agujeros aparte de pestañear solo podía gozar y eso hice. Gozando como una perra, dejé que esos cabrones se regodearan dentro de mí cada vez más rápido. Sintiendo el pollón de Fernando en mi culo y el de su hermano en mi sexo, cerré los ojos mientras todo mi cuerpo disfrutaba con sus ataques.
“¡Joder!”, pensé al notar que me corría.
El que me estaba dando por culo afianzó su dominio con dos sonoros azotes en cada una de mis nalgas y al notar la ruda caricia, mi sexo terminó de inundarse y pegando un grito, sentí que todas mis neuronas estaban a punto de explotar.
-¡No paréis!- aullé descompuesta al notar que mis amantes estaban a punto de eyacular.
Al experimentar que  esos cabrones rellenaban a la vez mis dos conductos con su simiente creí que mi placer iba a terminar pero entonces gracias a la lubricación extras, los gemelos llevaron su ritmo a un nivel increíble y sin poder ni quererlo evitar, uní un orgasmo con el siguiente hasta que ya exhausta no me quedó más remedio que pedir una tregua diciendo:
-¡Necesito descansar!
Ricardo con una carcajada me soltó:
-Ni lo sueñes- e intercambiando su lugar  con el de Fernando, sentí nuevamente como me ensartaban.
La facilidad con la que ambos se repusieron me hizo sospechar que se habían tomado algo y por eso sacando fuerzas y con mi respiración entrecortada, se lo pregunté.
-Así es zorrita. Cómo te creías invencible, nos hemos sacudido un par de viagras.
La dureza de sus penes confirmó por anticipado mi derrota pero lejos de molestarme, me encantó aunque eso supusiera que al día siguiente no pudiera siquiera andar. Queriendo al menos mantener una cierta dignidad, con una sonrisa de oreja a oreja, respondí:
-Soy toda vuestra pero ¿No sería mejor que me llevarais a vuestra casa?
Por toda respuesta, Fernando pellizcó  mis pezones dando inicio al segundo asalto cuando todavía no me había repuesto del primero….
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