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CAPÍTULO FINAL:

 
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He leído que algunas personas, cuando han estado cerca de la muerte, han experimentado experiencias extra corpóreas, en las que veían su propio cuerpo desde fuera.

Me lo creo. En aquel instante me pasó a mí.
No estoy diciendo que el shock de descubrir que mi misterioso amante era mi propio novio fuera a matarme, sino que la sensación de irrealidad que me embargó era tan intensa que me parecía estar contemplándolo todo desde lejos, como si no fuera yo la que estuviera a horcajadas sobre Mario, con su polla aún enterrada en las entrañas, mientras mi Amo, divertido, filmaba toda la escena.
No, esa no era yo. Aquello era un sueño, eso es, una terrible pesadilla de la que no tardaría en despertar. No era posible, no podía ser que todo aquello en lo que creía, mis vivencias personales, todo lo que había experimentado la últimas semanas, fueran una tremenda mentira. Yo era la que engañaba a su novio, yo era la depravada, la que disfrutaba obedeciendo los más insignificantes caprichos de su amante… ¿verdad?
–         ¿Estás bien perrita? Te has puesto pálida.
La voz de Jesús me llegó muy lejana, como si no estuviera a un metro escaso de mí. Aturdida, volví a mirar al hombre sobre el que estaba montada y acerqué una temblorosa mano a su rostro, rozándolo con las yemas de los dedos, para asegurarme de que estaba allí, de que era real.
Entonces me di cuenta de que Mario, como quien no quiere la cosa, no había dejado de juguetear con los dedos en uno de mis pezones, pellizcándolo con ganas, pero el cuerpo se me había quedado insensible, por lo que ni lo había notado.
De igual forma ya no notaba su polla en mi interior. Igual podía haber estado sentada sobre una nube. No sentía nada. Fue entonces cuando la cabeza empezó a darme vueltas, mareada. Cuando quise darme cuenta, las fuerzas me habían abandonado y estuve a punto de desmayarme sobre Mario.
–         Espera, acostémosla – dijo Jesús dejando de nuevo la cámara sobre la mesilla – La impresión ha sido mucho para ella.
Ayudada por los dos hombres, me tumbé desmadejada sobre el colchón, justo donde Mario había estado instantes antes. Como en un sueño, miré a mi alrededor, viendo como los dos hombres me observaban en silencio, de pie junto a la cama, con sus sudorosos cuerpos desnudos semejando estatuas griegas.
Con las fuerzas justas para mover los ojos, contemplé cómo Jesús caminaba hasta la puerta que comunicaba con el salón y la abría, asomándose y diciendo algo que no entendí.
Enseguida regresó al cuarto, dejando la puerta abierta, hasta que, segundos después, penetró en el cuarto Yolanda, portando una bandeja con una botella y copas que dejó sobre la mesita de noche. La joven iba desnuda de cintura para arriba, pues se había bajado (o le habían bajado) su hermoso vestido de noche hasta dejarlo enrollado en su cintura.
A la tenue luz de la lámpara, pude ver cómo los dos diminutos piercings que demostraban su pertenencia a Jesús brillaban en sus pezones. Sus enormes pechos bamboleaban mientras la chica servía una buena dosis de coñac en una de las copas. Cuidadosamente, me acercó la copa a los labios y me ayudó a beber un buen trago.
El efecto fue milagroso. La ardiente bebida se derramó en mi interior y reactivó la circulación de la sangre en mis venas. Enseguida noté cómo la vida regresaba a mí y un agradable calorcillo se extendió por todo mi cuerpo.
Yolanda, solícita, empezó a masajearme las muñecas en cuanto me hube recuperado lo suficiente como para sostener la copa yo sola.
Y en cuanto me encontré mejor… llegó la ira.
Con un creciente enfado brotando en mi interior, clavé la mirada en los dos hombres que me habían engañado, mientras ellos charlaban tranquilamente entre si, sin prestarme la más mínima atención. Me sentí estafada, timada, usada, todo era mentira… recordé lo mucho que me había preocupado pensando en cómo afrontar el problema de Mario… y al final él sabía perfectamente que estaba engañándole con Jesús…
Sin poder evitarlo, mis ojos se desviaron hacia la entrepierna de los hombres, observando sus cansadas vergas, brillantes todavía por los jugos de mi interior en los que se habían bañado…
–         No, no – me dije agitando la cabeza – ¿En qué estás pensando? ¡Te han mentido! ¡Te han utilizado! ¡TODO ERA MENTIRA!
Me obligué a mirar con odio a los dos hombres y justo entonces comprendí las palabras de Natalia de un rato antes, aunque a mí me pareciera que había sido años atrás: mi prueba final.
–         Esta puta ya está llena – dijo de repente Mario señalando hacia mí con la cabeza – Mira cómo le sale leche del coño…
La sorpresa me paralizó. Escuchar a Mario decir algo semejante me desconcertaba por completo. Él no era así. ¿O no? Aturdida, miré hacia abajo y comprobé que, efectivamente, mi cuerpo había expulsado un buen pegote del semen mezclado de los dos hombres, manchando el colchón. Se me revolvió el estómago.
–         No te preocupes – respondió Jesús mientras se servía una copa – Aún le cabe mucho más.
Y sucedió. Escucharles hablar de mí de esa forma provocó un estremecimiento de placer en mis entrañas. Debía reconocerlo, me había gustado que Mario dijera eso, que se refiriera a mí como a un objeto. ¿Pero qué clase de puta era yo?
Enfadada conmigo misma aparté la mirada, yendo a encontrarme con los comprensivos ojos de Yolanda, que no había parado de reactivar la circulación en mis venas frotando vigorosamente mis muñecas. Sin poder evitarlo, mis ojos se clavaron en sus tetazas, que se agitaban rítmicamente con las friegas. ¿Es que todo lo que me rodeaba era sexo?
No. Tenía que poner fin a aquello. Tenía que recuperar el control de mi vida.
–         Gracias, Yoli – le dije tratando de sonreírle – Ya me encuentro mejor.
Sin decir nada, la chica interrumpió las friegas y, tras dirigirme una callada mirada de complicidad, se volvió hacia Jesús en busca de nuevas instrucciones. Los dos hombres habían tomado asiento en sendas sillas que había en la habitación y nos miraban mientras daban pequeños tragos a sus copas de coñac.
–         Puedes volver a la sala, Yolanda – le dijo Jesús – A no ser que Mario quiera algo más.
Mario permaneció con los ojos clavados en la bella joven durante un segundo, hasta que, finalmente, en sus labios se dibujó una sonrisa perturbadoramente similar a las que Jesús solía esbozar. Me estremecí.
–         Pues, si no te importa – dijo mi novio – Creo que me apetece que esta guapa joven me chupe un rato la polla.
Sin poder evitarlo, en mi rostro se dibujó una expresión de infinito asombro. No podía creer que mi solícito novio, el hombre más educado del mundo, hubiera dicho algo semejante.
–         ¿Y por qué iba a importarme? Ya sabes cómo va esto – dijo simplemente Jesús.
Alucinada, observé cómo Yolanda, sin dudarlo un segundo, caminó hasta quedar justo frente a Mario, que la miraba sonriente. Mi novio, sin cortarse un pelo, se apoderó con su mano libre de las formidables tetazas de la chica y las amasó con evidente placer. Muda de asombro, mis ojos se desviaron hacia su entrepierna, constatando que su polla había empezado a despertar.
–         Venga, zorra, chúpamela – dijo por fin mi novio.
–         Sí, Mario – respondió ella arrodillándose entre los abiertos muslos del joven.
Desde mi posición en la cama, no podía ver directamente la mamada, pues quedaba justo a la espalda de Yolanda, pero, alucinada por lo que estaba sucediendo, no podía apartar la mirada de la escena. Mario se dio cuenta y me guiñó el ojo libidinosamente, mientras se recostaba en la silla para disfrutar la felación.
¿Quién era ese hombre que me miraba? No le conocía.
Entonces Jesús me devolvió a la realidad.
–         ¿Y bien perrita? ¿Qué va a ser? – me dijo repentinamente.
Dando un respingo, me volví hacia él desconcertada. Aunque el corazón me iba a mil por hora, mi cerebro estaba casi al ralentí, no comprendía nada de lo que pasaba.
–         ¿Qué? – dije sin saber qué más decir.
Anonadada, mi vista se desviaba alternativamente, posándose un instante en el rostro de mi Amo para a continuación ser atraída como un imán por la escenita de sexo que estaba produciéndose. Incrédula, observaba la nuca de Yolanda mientras su cabecita subía y bajaba en la entrepierna de mi novio, mientras ella seguía a cuatro patas en el suelo. Y tenía que reconocerlo. Me hubiera gustado ocupar su lugar.

–         Digo que qué piensas hacer. ¿Te vas o te quedas? – insistió Jesús.
Por fin logré concentrarme lo suficiente para prestarle toda mi atención. Jesús tenía razón, había llegado el momento de elegir.
–         No lo sé – respondí con sinceridad – No sé qué hacer.
–         Te lo pondré más fácil – dijo el chico – Te expondré claramente cuales son tus opciones.
–         De acuerdo – asentí.
–         Bien. Opción número uno. Decides que todo esto es demasiado para ti. Has sobrepasado tú límite. Recoges tus cosas, te vistes y te vas. Puedes salir por la puerta que da al jardín, no es necesario que veas a nadie más. Rodeas la casa, coges tu coche y sales de nuestras vidas para siempre.
–         Entiendo.
–         No me malinterpretes. Sin rencores. Seguiremos viéndonos en clase de vez en cuando, aunque procuraré asistir sólo lo necesario para no incomodarte. Te aseguro que puedo aprobar tu asignatura sin problemas aun sin ir a clase. Obviamente, no querré saber nada más de ti, así que, si luego cambias de opinión, tendrás que aguantarte. Pero eso sí, te juro que nadie se enterará jamás de lo que ha pasado entre nosotros, no te preocupes, no te encontrarás tus vídeos colgados en Internet ni nada. Lo borraré todo.
–         Te lo agradezco – dije sintiéndome más tranquila al comprender que, si quería, me quedaba una salida digna de todo aquello.
–         Por supuesto, tu relación con Mario acabará. Mañana mismo enviaríamos a alguien a recoger sus cosas de tu casa. Él ya es uno de los nuestros.
–         ¿De los nuestros? – exclamé, sintiendo renacer la ira en mi interior.
–         Paciencia perrita. Déjame continuar.
–         De acuerdo – concedí.
–         Opción número dos. Te sometes. Te conviertes en mi esclava con todas sus consecuencias. Y habría dos consecuencias especialmente importantes.
–         ¿Cuáles? – dije por decir algo.
–         La primera, es que serías también esclava de Mario. Y la segunda, es que, una o dos veces al mes, cuando celebremos estas fiestas, serás usada también por todos los demás.
Sentía bullir la ira en mi interior. Menuda encerrona. Los últimos jirones de independencia ardían dentro de mí, deseaba mandarles a todos al carajo, largarme de allí echando leches y borrar todo aquel capítulo de mi vida como si todo hubiese sido un mal sueño. Pero, ¿podría tener una vida normal después de todo aquello?
–         ¿Y no hay opción número tres? – dije, mientras el sonido de los chupetones que Yolanda propinaba a la polla de Mario amenazaba con volverme loca.
–         Bueno, realmente no. O lo tomas o lo dejas. Ahora bien, si quieres podría hacerte una concesión.
–         ¿Cuál?
–         Podría contarte toda la verdad. Bueno, no es que te haya mentido en nada, pero es obvio que hay muchas cosas que no sabes.
Desvié la mirada hacia Mario, contemplando cómo disfrutaba de la mamada. Vaya si había cosas que ignoraba.
–         Podría contártelo todo para que después puedas tomar una decisión. Durante estas semanas he disfrutado muchísimo contigo y creo que te mereces saberlo todo. No me malinterpretes, no es que piense que te deba algo, es sólo que… creo que te mereces una recompensa por haber sido tan buena perrita.
–         Ya. Y una mierda – dije reuniendo los pocos arrestos que me quedaban – Eres tú el que está deseando contármelo. Te encanta alardear de cómo has sido más listo que yo, de cómo me has engañado y usado para que hiciera todo lo que te ha dado la gana…
Jesús sonrió mientras bebía de su copa.
–         Ya te he dicho muchas veces que me conoces muy bien, perrita.
Mierda. Su sonrisa seguía haciendo que me temblasen las rodillas.
–         Pero yo también te conozco – continuó – Y estoy seguro de que te mueres por saberlo todo…
Joder. Vaya si me conocía.
–         ¿Y bien? ¿Qué decides?
Justo entonces Mario se puso en acción.
–         Ostias, zorra, qué bien la comes. Para, que quiero correrme en tus tetas.
Obediente, Yolanda detuvo la felación y abandonó el nabo de mi novio, arrodillándose delante de él y sujetándose los melones con las manos, ofreciéndolos sumisamente al hombre. Éste, entusiasmado, se agarró la polla y la meneó con ganas, precipitando su orgasmo y dirigiendo hábilmente los espesos lechazos, que aterrizaron sobre la desnuda piel de la jovencita, mientras Mario literalmente rebuznaba de placer.
–         ¡Toma puta, aquí tienes mi leche! ¿Te gusta sentir mi semen en tus tetazas?
–         Sí Mario, me gusta. Gracias por regalarme tu leche.
Observé que no le llamaba Amo, sino que le tuteaba. ¿Por qué? Otra cosa que me moría por averiguar. Y tomé mi decisión.
–         De acuerdo – dije – Tú ganas. Quiero saber todo lo que me has ocultado hasta hoy.
–         Estupendo – dijo el sonriente Jesús, aunque estoy segura de que él ya sabía cual iba a ser mi respuesta.
–         Pero quiero algo más – dije tratando de tener el control aunque fuese sólo un poquito.
–         Dime – dijo Jesús un poquito sorprendido.
–         Quiero saberlo todo. Quiero conocer tu historia desde el principio.
Su sonrisa se ensanchó. Mi petición le había complacido.
–         Claro perrita. Aunque va a ser un relato largo.
–         No importa, tenemos toda la noche – respondí algo más segura.
–         Y si tú quieres… toda la vida – dijo él mirándome fijamente.
Maldito cabrón. Su mirada ardió en mis entrañas, haciéndome estremecer. Seguía siendo suya.
–         Yolanda, trae otra botella de coñac. Edurne y yo vamos a quedarnos aquí un rato.
–         Yo también me quedo – dijo Mario estirando voluptuosamente los músculos – Necesito un rato para recuperarme y también me gustaría oír cómo empezaste a follarte a tu madre. Está un rato buena.
–         Está a tu disposición – dijo el chico.
–         Lo sé. Dentro de un rato quizás. Aquí hay tantos hermosos coñitos que es difícil decidirse por uno.
–         Tiempo tendrás de probarlos todos.
–         Seguro que sí.
Mientras los dos chicos charlaban, Yolanda, con las tetas embadurnadas de semen, salió del cuarto en busca de la botella. Yo, sintiéndome un tanto rebelde, cubrí mi desnudez con una sábana y miré desafiante a Jesús, pero él no dijo nada para impedir que me tapara. El mensaje estaba claro, hasta que tomara mi decisión, yo era libre de hacer lo que me viniera en gana, no era su esclava, pero después…
–         Bien perrita – dijo Jesús una vez que Yolanda hubo vuelto con la botella y  marchado de nuevo – Empezaremos por el principio…
LA HISTORIA DE JESÚS:
–         Tal y como me has pedido, voy a contarte mi historia desde el principio, para que conozcas un poco mi pasado y comprendas por qué soy como soy.
–         De acuerdo. Es lo que quiero – asentí.
–         Supongo que mi historia empieza en 2003…
–         ¿2003? Si sólo tendrías… 11 años – dije sorprendida – Creí que empezaste con Esther a los 14… ¿Hasta en eso me mentiste?
–         Tranquila, Edurne, vayamos por partes… Yo no te he mentido en nada. Déjame continuar.
–         Disculpa – asentí echando un trago de coñac.
–         Como bien dices, en 2003 yo era un crío de 11 años… Y no, antes de que digas nada, con esa edad no me dedicaba a perseguir chicas… Es sólo que siempre he pensado que fue entonces cuando empezó a forjarse mi manera de ser.
–         ¿Entonces?
–         Fue cuando murió mi madre.
Me quedé callada un momento, sin saber bien qué decir, como nos pasa a todos en circunstancias similares.
–         Lo siento – susurré.
–         Gracias. Pero no te preocupes. Fue hace mucho. Para ese entonces, llevaba ya 2 años divorciada de mi padre. Creo que el origen de mis problemas con él fue que, interiormente, le echaba la culpa a él del divorcio y de que mi madre ya no estuviera.
–         Ya, y supongo que sería culpa de ambos, como suele pasar en estos casos – intervino Mario muy serio.
–         Bueno… la verdad es que no. La culpa fue toda de ella.
–         ¿En serio? – dije un poco sorprendida.
–         ¡Oh, sí! Mamá era una golfa de cuidado.
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El tono en que pronunció estas palabras me dejó helada. No es muy habitual que nadie hable así de su propia madre y menos si está muerta.

 
 
–         No me mires con esa cara, Edurne, es la pura verdad. El matrimonio con mi padre fue de conveniencia. El capital de la empresa en que trabaja mi padre (y el de Yolanda) es extranjero y se trata de gente… muy tradicional. Un hombre soltero no puede aspirar a ascender en una empresa como esa, así que mi padre se arregló un matrimonio. No había mucho amor entre mis padres.
–         Joder, es horrible – dije sin poder reprimirme.
–         No te creas, no es tan raro – continuó Jesús – De hecho, su segundo matrimonio, con Esther, fue por idéntico motivo.
–         Entiendo.
–         Mamá provenía de una familia adinerada venida a menos y al casarse con mi padre dispuso de dinero para recuperar algo de su antiguo estilo de vida. Pero pronto eso dejó de ser suficiente para ella, así que empezó a buscarse amantes que satisficieran sus necesidades… y que pagaran sus caprichos.
–         Parece sacado de una novela – dijo Mario.
–         Te aseguro que es algo más común de lo que crees.
–         No, si te creo – asintió mi novio.
–         Pues bien. Cuando sus desmadres se hicieron demasiado notorios, hasta el punto de que empezó a perjudicar la reputación de mi padre, éste simplemente pidió el divorcio. Tenía pruebas más que sobradas de las infidelidades de mi madre, así que no le salió muy caro. Y mamá simplemente se largó sin mirar atrás.
–         ¿No luchó por tu custodia? – exclamé anonadada.
–         No. De hecho, hasta su muerte, sólo la vi 2 o 3 veces más.
–         No te ofendas, pero tu madre era un poco… – dijo Mario.
–         Un poco no. Era una puta con todas las letras – sentenció Jesús.
Mentalmente le di la razón.
–         Aún así, un crío de11 años echaba de menos a su madre y culpaba a su padre de todo lo sucedido. Hasta que un día, harto de mis reproches, mi padre me contó con pelos y señales las infidelidades de mi madre, mostrándome incluso las fotos y vídeos que el detective que contrató para el divorcio había tomado. Fue un shock.
–         Qué cruel – dije, sin poder evitar sentir lástima por aquel niño.
–         Bueno, sí. Pero fue efectivo. Ya no volví a mencionar a mi madre. Aunque la relación con mi padre se agrió todavía más. Tardamos años en reconciliarnos.
–         ¿Y cómo murió tu madre? – preguntó Mario.
Jesús sonrió entonces y me miró con intensidad, haciendo que mi boca se secara.
–         Pues… murió como la puta que era.
Otra vez esa frialdad, ese odio… me estremecí bajo las sábanas y me arropé mejor.
–         Un día iba chupándole la polla a uno de sus amantes mientras éste conducía. Se salieron de la carretera y se estrellaron, muriendo ambos en el acto. En la autopsia, le sacaron a mi madre la polla del muerto de la boca. Se la había arrancado de cuajo de un mordisco al estrellarse, supongo que por el impacto.
Atónitos, Mario y yo nos miramos el uno al otro un instante, para a continuación volver a clavar la mirada en el joven, mirándole en silencio unos segundos. Entonces se echó a reír.
–         ¡Ja, ja, ja! Perrita, ya te he dicho que eres muy crédula… Pero no me esperaba que tú también lo fueras – dijo riendo dirigiéndose a Mario.
–         Vete a la mierda – respondió éste enfurruñado, al comprender que habíamos sido víctimas de una broma macabra.
–         Venga, que os he visto tan serios que no he podido evitar cachondearme. Es cierto que murió en accidente de coche y que iba con su novio… lo demás es inventado.
Jesús bebió de su coñac, todavía riendo. Pero sus ojos no reían, lo que me hizo preguntarme si estaría diciendo la verdad… o la habría dicho antes…
–         Bueno, como decía, todos estos hechos dejaron a un chico de 11 años, huérfano de madre y con una relación muy poco cordial con su padre. Y entonces llegó Esther…
–         ¿Se casaron enseguida?
–         Fue un noviazgo muy corto, como te digo, otro matrimonio de conveniencia. A Esther la conocí como un mes antes de la boda, se casaron y de repente, me encontré con una madrastra.
–         ¿Y eso fue en…?
–         Primavera de 2006… Yo tenía 14 recién cumplidos…
–         Ajá – asentí recordando que fue a esa edad cuando Jesús perdió la virginidad.
–         Imaginaos el cuadro. Un adolescente en plena pubertad, de pronto empieza a compartir techo con una joven veinteañera, bellísima y con un padre con el que no se lleva bien y que casi no estaba en casa.
–         Serías un volcán de hormonas – dijo Mario.
–         Y tanto. Los primeros meses de convivencia con Esther fueron el periodo de mi vida en que más me la he machacado… fue un auténtico infierno.
–         Ya – asintió Mario riendo – Te entiendo.
–         Al principio, ella se mostraba algo distante conmigo, pero, poco a poco, cuando fue viendo que no me llevaba bien con mi padre, fue cogiendo más confianza. Era obvio que no estaba muy feliz con su matrimonio y, al comprender que yo era enemigo del hombre que la subyugaba, fue acercándose cada vez más a mí.
–         Sigo sin comprender cómo se casó con tu padre si no le amaba. Creía que eso de las bodas concertadas era cosa del pasado.
–         ¿En serio? – dijo Mario en tono burlón – Pregúntale a un japonés. A Kimiko, por ejemplo.
–         Exacto. Mira, Edurne, tienes que comprender que, aun hoy en día, hay familias acaudaladas que educan a sus hijas para ser… damas. No tienen una carrera universitaria, pero sí una exquisita educación… Están entrenadas para ser la esposa del embajador, pero no saben hacer otra cosa. Mira a Isabel Preysler, por ejemplo.
–         Entiendo – asentí.
–         No es ninguna broma. Te aseguro que Esther sabría comportarse con exquisita corrección en una cena en la casa real, pero no sabes lo que le costó aprender a cocinar…

–         Vale, vale, ya lo entiendo – repetí.

 

–         Continúo. Como decía, me encontré de pronto con una guapa joven en la misma casa que yo y, aunque trataba de resistir mis impulsos, no podía evitar que los ojos se me fueran detrás de ella cada vez que pasaba por mi lado.

–         Te comprendo. A mí me pasaba lo mismo con mi hermana – intervino Mario, dejándome boquiabierta.
–         Pero no pasó absolutamente nada. Todo lo más, algunas pajas a escondidas e infernales noches en vela cuando mi padre estaba en casa y hacía uso de sus prerrogativas maritales. Escucharle resoplar en el cuarto de al lado, mientras me imaginaba lo que estaría haciéndole a Esther no mejoró mi relación con él precisamente.
–         Y empezaste a hacer acercamientos con la infeliz esposa – intervino Mario en tono burlón.
–         Te equivocas. Nada de eso. Era mi madrastra y yo luchaba tenazmente contra los impulsos sexuales que sentía al estar con ella. Yo deseaba de verdad que ella se convirtiera en mi madre.
Era lógico. Por mucha pubertad que estuviera atravesando no había que olvidar que Jesús era entonces un crío huérfano de madre y prácticamente de padre. Normal que quisiese tener una figura maternal.
–         ¿Y qué pasó? – pregunté ansiosa por saber.
–         ¿Recuerdas cómo hace unas semanas, en mi coche, te dije que no todas las mujeres son putas?
–         Sí – respondí muy seria – Y también me dijiste que yo sí lo era.
–         Exacto – dijo Jesús sonriendo satisfecho al comprobar que me acordaba – Pues bien. Ella también lo era.
Empecé a imaginarme lo que venía a continuación.
–         Yo me esforzaba y me esforzaba en apartar de mi mente los pensamientos libidinosos que sentía por mi madrastra. Y poco a poco lo fui consiguiendo, especialmente gracias a Gloria.
–         ¿A Gloria? – dije extrañada.
–         Sí. Por ese entonces Gloria me pidió  que saliéramos y claro, con una chica tan sexy, acepté sin pensármelo dos veces, aunque tenía fama de ser un tanto guarrilla.
–         Y vaya si lo era.
–         No te creas. Vaya si lo es ahora. Pero, a los 14, lo de Gloria era más bien apariencia. Era virgen, como yo, y, aunque había salido con un par de chicos antes que conmigo, no tenía mucha más experiencia.
Me reproché a mí misma el haber juzgado tan mal a Gloria. Mi experiencia como maestra me había obligado a enfrentarme en más de una ocasión a casos similares, en los que chicas adquirían fama de “guarras” y ellas lo aceptaban en un intento de integrarse y ser aceptadas, aunque, en realidad, tenían muy poca experiencia en materia de sexo.
–         Salimos durante un tiempo y poco a poco empezamos a iniciarnos en el sexo.
–         ¿Te la follaste? – dijo Mario con ese nuevo lenguaje soez que yo desconocía.
–         No, no. Empezamos poco a poco, como todos los adolescentes. Primero nos besábamos, luego empezó a dejarme meterle mano bajo el jersey… Ya sabes. Tardé más de un mes en lograr que me la meneara. Fue en su casa, mientras estudiábamos en el dormitorio, con su padre en el salón viendo la tele… El morbo fue tremendo…
–         Todo muy normal – dije para alentarle a continuar.
–         Mi relación con Esther era cada días más estrecha. Ella era mi confidente y yo le contaba cómo me iban las cosas con Gloria; parecía sinceramente feliz de que todo me fuera bien con ella, se alegraba por mí, me daba consejos… nada escabroso, no penséis mal, en fin…
–         Se comportaba como una madre…
–         Exacto.
–         Pues bien. Todo cambió en junio del 2006, pocos días antes del final de curso. Una mañana terminé las clases muy temprano. Como lo había aprobado todo, no tenía exámenes de recuperación que hacer, así que me encontré con que a la hora del recreo había terminado mis clases, por lo que, deseando mostrarle las buenas notas a Esther, me escabullí del centro y me fui a casa.
Instintivamente supe lo que venía a continuación.
–         Llegué al piso, pero no vi a nadie, por lo que pensé que Esther estaría comprando. Cogí un refresco de la nevera y me dirigí a mi cuarto, para jugar un rato al ordenador hasta que volviera. Pero entonces, al entrar en el pasillo, escuché sonidos provenientes del cuarto de mis padres.
–         Estaba follando con otro – dijo Mario de forma innecesaria.
–         Así era – respondió el joven asintiendo con la cabeza – Cuando escuché los inconfundibles sonidos del sexo, mi libido se despertó y pensé en echar un disimulado vistazo, a ver si podía pillar a Esther follando con mi padre.
–         Claro – dije – Tú pensabas que estaría con tu padre.
–         Ni se me pasó por la imaginación que la dulce y encantadora Esther fuera capaz de hacer lo mismo que mi madre. Pero me equivocaba.
Ya no me extrañaba que Jesús sintiera ese velado desprecio por las mujeres y que su pasión fuera usarlas y dominarlas. Sus malas experiencias había tenido.
–         Me asomé en silencio al cuarto y me quedé petrificado. Esther, completamente desnuda, cabalgaba enloquecida sobre el cuerpo de un muchacho al que reconocí enseguida. Era el hijo de la vecina, el de la puerta de al lado, un gañán maleducado que estaba siempre fumando porros en el parque que hay cerca de mi bloque.
–         Sería un shock.
–         Y tanto. Hasta me mareé como tú antes – dijo señalándome – Me agarré al marco de la puerta y observé la escena en silencio, decepcionado, amargado y excitado a partes iguales.
–         ¿Te vieron?
–         No. Estaban demasiado concentrados en lo que hacían. El niñato, estrujaba las tetas de Esther con ganas, pellizcándolas con dureza, pero aquello parecía encantarle a mi madrastra, que chillaba y le pedía que le diera más fuerte. Cuando se cansaron de la postura, se la folló de lado y luego Esther se puso a cuatro patas y el tipejo empezó a follársela por detrás, dándole vigorosos azotes en el culo hasta que se le puso como un tomate, mientras le gritaba una y otra vez que era una puta y le preguntaba si le gustaba.
–         Y a ella le encantaba, ¿no? – dijo Mario.
–         Y tanto.
–         Y entonces fue cuando decidiste que te acostarías con ella – intervine.
–         No, no olvides que mi experiencia era casi nula. No voy a negar que estaba excitadísimo por haber visto a mi madrastra follando, pero, aparte del shock y la sorpresa, tampoco era para tanto. Me sentía un poquito traicionado, pero tampoco era tan raro que Esther follara con otro, ya que la relación con mi padre era una pantomima. El enfado con ella vino después.
–         No te entiendo – dije extrañada.
–         Espera. Que enseguida llegamos. Como decía, el niñato aquel se la folló como quiso y mientras, como es lógico, aproveché para hacerles unas cuantas fotos a   escondidas con la cámara digital que tenía en mi cuarto. Ya sabéis que me encanta hacerlo.
–         ¿Por qué no usaste el móvil?
–         Porque el que tenía entonces no tenía cámara.
–         ¡Oh! – exclamé sintiéndome tonta – Claro.
–         Me refugié en mi dormitorio y me masturbé furiosamente tras descargar las fotos en el ordenador, mientras la parejita terminaba con lo suyo. Escuché entonces que se dirigían al salón y no sé qué impulso me hizo salir detrás para espiarles. Quizás, si no lo hubiera hecho, mi vida habría sido muy distinta.
Aquellas palabras me intrigaron muchísimo, por lo que me incorporé en la cama, decidida a no perderme detalle de la narración.
–         Los dos se habían sentado en el sofá, de espaldas a mí y bebían cerveza de la misma lata.
  • Qué buena estás cabrona – decía el niñato en ese preciso momento – Me están entrando ganas de follarte otra vez.
  • Mañana mejor, guapo. Ya es la una y mi “hijo” llega antes de las dos.
  • ¿Tu hijo? – dijo él, riendo – ¡Ah, el mariquita ese que anda siempre cargado de libros! No pasa nada, cuando venga le doy un par de ostias y le encierro en su cuarto.
  • Mejor no. No quiero que el cabrón de mi marido se entere de que ando follando por ahí con otros. A su anterior esposa le dio la patada por eso mismo y la dejó en la calle. No quiero que me pase lo mismo.
  • ¿”Follando con otros”?
  • A ver si te crees que eres la  única polla que me meto – dijo Esther dejándome atónito.
  • Pero la mía es la mejor, ¿eh? Anda, chúpamela un poquito…
  • No seas imbécil. Ya te he dicho que Jesús volverá pronto.
  • ¿Y qué? Seguro que igual le apetece unirse y todo. Como necesitas tantas pollas…
  • ¿Ese? No sabría ni por donde meterla. Está más verde que una lechuga. Se ha echado una novia o no sé qué y anda por ahí con ella.
  • ¿El mariquita tiene novia?
  • Sí y me alegro. No veas el coñazo que era antes, siempre babeando detrás de mí como un perro. Pensaba que cualquier día iba a correrse en los pantalones simplemente por rozarle. Ahora ha espabilado un poco, pero seguro que se caga del susto si me pilla contigo.
  • Está hecho un mierda bueno, ¿eh?
  • ¿Y qué quieres? Con semejante padre…
Jesús nos miró unos segundos en silencio antes de continuar.
–         Bueno, ya os imagináis lo que sigue, ¿no? La muy zorra empezó a contarle al niñato todas las intimidades que yo le había confiado, riéndose ambos a mi costa. No aguanté demasiado escuchando y pronto me largué de allí sin hacer ni un ruido, ardiendo de rabia en mi interior. Me sentí engañado y traicionado, pero completamente decidido a hacérselo pagar. Las confidencias que le había hecho… y mientras, aquella puta no había parado de reírse de mí a mis espaldas.
2Le entendía. Un rato antes, yo me había sentido igual.
–         Enojado, decidí llamar a mi padre y contárselo todo, pero entonces un flash estalló en mi cerebro y de pronto lo vi todo con claridad meridiana. Y fue entonces, Edurne, cuando decidí que me acostaría con ella.
Yo asentí en silencio.
–         Mi mente empezó a trabajar a toda velocidad. Conocía el secreto de Esther, tenía pruebas de su infidelidad, ella no quería que mi padre se divorciara y sabía que lo haría si se enteraba… no tenía escapatoria.
–         Desde luego que no la tenía – asentí.
–         Entonces volviste a por ella y te la tiraste, ¿no? – dijo Mario tras rellenarse la copa.
–         No. En ese momento no. Como os digo, mi mente pareció expandirse en aquel instante. Tratando de serenarme, me fui al parque a sentarme en un banco y dediqué un buen rato a hacer planes. Poco a poco, el sentimiento de enojo fue desapareciendo, siendo sustituido por una especie de júbilo al irse dibujando en mi cabeza las líneas maestras del plan que me llevaría a follarme a Esther. No pasaba nada, yo había querido que aquella mujer se convirtiera en mi madre, pero ella me había traicionado. Bien, pues entonces se convertiría en mi puta…
No pude evitar estremecerme bajo las sábanas. Yo era su puta también…
–         Esperé en el parque casi una hora, serenándome, aunque seguía muy excitado. Cuando estuve listo, regresé a casa y me comporté con absoluta normalidad con Esther, exactamente como hacía ella. Llegué incluso a decirle que estaba muy guapa, mientras interiormente pensaba que era normal, pues estaba recién follada. Almorzamos tranquilamente, conversando como hacíamos todos los días; mientras, yo estaba cada vez más excitado, pensando en las mil y una formas en que iba a follármela.
–         ¿Y lo hiciste? – dijo Mario, al parecer deseoso de que el protagonista de la historia se zumbara a la princesa ya de una vez.
–         Unos días después. Ahora llego a eso. Me pasé el resto de la semana recopilando nuevas pruebas de las infidelidades de Esther. Como alumno modelo, no me costó mucho colar un justificante para escaquearme de unas cuantas clases, por lo que todos los días regresaba a casa antes de lo habitual y así pude constatar  que Esther había mentido, pues sólo tenía un amante, el niñato descerebrado; pero éste la visitaba a diario, así que pronto me encontré con una buena cantidad de material audiovisual en mi ordenador.
–         ¿No se enteraron de nada? – pregunté.
–         Fui muy discreto.
–         ¿Y para qué querías tantas fotos?
–         Quería tener bastante material para abrumarla con la amenaza de decírselo a mi padre. Pero también he de reconocer que me excitaba espiarles mientras follaban. Y aprendía…
–         Más pajas a escondidas, ¿eh? – dijo Mario.
–         Sí. Pero no tantas como antes. No te olvides de Gloria…
Tragué saliva en silencio, cautivada por el relato.
–         La pequeña Gloria pagó el pato de mi permanente estado de excitación. La misma tarde en que descubrí lo de Esther, me cité con ella para ir al cine. Ella no quería, pues tenía que estudiar pues estaban a punto de suspenderle un par de materias, pero yo le prometí que la ayudaría a estudiar. Fuimos a ver una puta mierda titulada “Ultravioleta”, que aunque mala de cojones, recordaré siempre con cariño, pues Gloria me la chupó por primera vez mientras la veíamos.
–         ¿En el cine?
–         Y con gente cerca – continuó Jesús – Ella no quería, pero yo prácticamente la obligué. Le dije que si no lo hacía cortaríamos, que no querría saber nada más de ella… todo lo que se me ocurrió. Hasta que, finalmente, me puse duro y se lo ordené… y ella me obedeció.
No me extrañaba.

–         Fue genial, que me la chupara allí en medio de la sala tuvo un morbo increíble. No había mucha gente, 15 o 20 personas todo lo más, pero la pareja que estaba en nuestra misma fila lo vio todo… y lo disfrutó.
–         Tendré que probar eso – dijo Mario.
–         Te lo recomiendo. Y cuando me corrí… Uffff… Qué delicia. La agarré por el cuello y la obligué a tragárselo todo… Qué maravilla, sentir cómo mi leche se derramaba en su boca mientras ella se afanaba por escapar de mí… y mientras, no dejaba de imaginar que era la boca de Esther la que me la estaba chupando…
Jesús hizo una pausa para echar un trago de coñac, vaciando su copa. Antes de que se lo pidieran, Mario volvió a rellenársela.
–         Tras aquello se cabreó muchísimo y se largó a su casa. Pensé que lo nuestro se había acabado y la verdad es que me importó una mierda. Pero, al día siguiente, una Gloria muy sumisa se acercó temblorosa a mí y me pidió disculpas por haberme dejado tirado. Me dejó de piedra: ¡ELLA ME PEDÍA DISCULPAS A MÍ POR HABERLA OBLIGADO A TRAGARSE MI CORRIDA EN EL CINE!!
–         Fliparías en colores.
–         Y tanto. Pero imaginé el infinito abanico de posibilidades que se abría ante mí… y me puse muy contento.
No pude evitar ponerme en la piel de Gloria y tuve que reconocer que, muy probablemente, yo habría actuado como ella.
–         La pobre me preguntó si querría ir a ayudarla para preparar los exámenes como le había prometido y claro, dije que sí. Me largué a casa durante el recreo y volví a fotografiar a Esther con el vecino y por la tarde… mamada en casa de Gloria. Iba cogiéndole gusto al asunto.
–         Qué envidia – dijo Mario.
–         ¿Por qué? Si te apetece, llámala y que venga a chupártela. Eso sí, si está complaciendo a uno de los otros, tendrás que esperar turno…
Me encogí bajo las sábanas. Si no me largaba de allí, ese era el futuro que me esperaba. Pero, ¿quería largarme realmente?
–         Las sesiones con Gloria durante esos días me hicieron ganar aplomo, así que decidí empezar con Esther aquel mismo fin de semana. Mi padre iba a estar fuera, así que era la ocasión perfecta.
Sin darme cuenta, me incorporé un poco en la cama, con los cinco sentidos pendientes de las palabras de Jesús.
–         Dejé que el día transcurriera tranquilo y, tras la cena, le dije a Esther si le apetecía ver una película. Me preguntó que cual y yo le dije que era una sorpresa.
–         Y menuda sorpresa – intervino Mario.
–         Ni te lo imaginas. Todavía tengo grabada en la memoria la imagen de la cara que puso cuando pulsé el play del DVD que había grabado en mi ordenador. Cuando en la tele apareció ella, follando como loca con el vecino, abrió tanto la boca que casi se le desencaja la mandíbula; los ojos parecían ir a salírsele de las órbitas y durante un minuto no supo ni cómo reaccionar.
  • Buena peli, ¿eh? – le dije.
–         Ella me miró, alucinada, incapaz de articular palabra. Sus ojos me miraban asombrados, con una expresión casi cómica de incredulidad en el rostro. Me miraba… no sé. Como si no supiera quien era yo.
–         No me extraña – asentí.
  • Y tengo también fotos… ¿Quieres verlas? – le dije mientras le alargaba algunas instantáneas que, dada su extraordinaria calidad artística, habían sido impresas en papel.
–         Sin saber muy bien lo que hacía, Esther cogió las fotos y las miró anonadada, sin acabar de creerse lo que estaba pasando. Yo permanecí en silencio a su lado, observando cómo poco a poco iba recuperando el control de sí misma.
  • Jesús, cariño… Esto no es lo que piensas. Ya sabes que tu padre y yo…
  • ¡¿CARIÑO!? – exclamé con furia – ¿Ya no soy el mariquita? ¿Ni babeo detrás de ti como un perro?
–         Se quedó petrificada por la sorpresa. No sabía qué decir. Miraba   alternativamente mi rostro y las fotos, como queriendo deducir por su contenido lo que yo habría podido escuchar de sus conversaciones íntimas con el vecino. Todo esto con la banda sonora de sus propios gemidos en el DVD.
  • Pero, eso no… – trató de decir.
  • ¿Pero, qué?¿Quien coño te crees que soy, puta?¿Crees que voy a consentir que una furcia como tú humille a mi padre follándose al mierda del vecino?
–         Quizás decir eso fue un error, pues ella sabía bien que a mí me importaba una mierda que humillaran al viejo, pero estaba tan acojonada que no se dio ni cuenta. Eso sí, pude ver perfectamente cómo se encogía ante la simple mención de mi padre.
  • Pero cari… Jesús. Te lo suplico. No le cuentes nada esto a tu padre. Te prometo que no volveré a hacer nada semejante. Es que me sentía tan sola…
  • ¿Sola? ¡Haberlo dicho antes, mujer! ¡Entonces no pasa nada! ¡Te has follado al vecino porque las mañanas se te hacían muy largas aprendiendo a preparar la bazofia que haces en la cocina! ¡Y claro, un buen nabo cura la soledad de puta madre! ¡Canela fina! ¡Es lo mejor para las putas!
  • No digas eso…- gimoteó ella, apartando la mirada.
  • ¿Y lo del mariquita? – le grité.
  • Eso fue… Perdona, eran estupideces… Charla de amantes.
  • ¿Charla de amantes? ¡Estúpida puta! ¿Y crees que con una simple disculpa es suficiente? ¡Le contaste a ese cabrón todo lo que te había confiado a ti!
–         No sé si me estoy explicando bien, Edurne – dijo Jesús – Lo que trato de expresar es que, a pesar de mis calculados planes, cuando los puse en práctica no pude evitar que la ira hiciera presa de mí. Estaba deseando follármela, pero tampoco hubiera estado mal darle un par de ostias.
–         Pero tú no eres así – dije mirándole fijamente – Tú consigues que las cosas salgan como quieres.
–         Exacto, perrita – dijo él olvidándose por un instante de no usar mi apodo de esclava – Así que respiré hondo y seguí con el plan.
  • ¿Y qué quieres que haga? – preguntó con desesperación – Haré cualquier cosa para que me perdones.
  • ¿Perdonarte? ¡A ti eso te importa una mierda! ¡Lo que no quieres es que mi padre se entere y te plante en la calle por puta!
–         Se quedó muda. Había dado en el blanco.
  • Pero algo sí que puedes hacer… – dijesin poder aguantarme más.
  • ¿El qué?
  • ¡CHÚPAME LA POLLA!
 

–         Y poniéndome de pie un salto, me levanté del sofá y me saqué la verga del pantalón. La tenía durísima, rezumante y deseosa de hundirse entre sus carnosos labios. Ella me miró un instante y puedo jurar que lo que leí en sus ojos no fue sorpresa. Hacía rato que Esther había adivinado por donde iban a ir los tiros. Lo que no se esperaba, es que el niñato inseguro que ella conocía fuera capaz de manejar a su antojo la situación.

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  • Estás loco – dijo tratando de resistirse – Guárdate eso y haré como si…
  • ¡QUE ME LA CHUPES! – aullé.
–         Mientras gritaba eso, la agarré del pelo y tiré con ganas, empotrando su rostro contra mi erección. Un tanto descontrolado, agité las caderas, frotando mi nabo contra su cara, mientras ella luchaba por liberar su cabello de mi garra. Aquello me excitó terriblemente. Agarrándome la polla con la mano libre, la apoyé en sus labios y traté de de meterla dentro, pero ella se resistía, con la boca firmemente cerrada.
  • Chúpamela, zorra o mi padre tendrá en su poder el vídeo esta misma noche. Y mañana, el bloque entero amanecerá empapelado de fotos tuyas con el vecino.
–         Palabras mágicas. Como el “ábrete sésamo”. Mi madrastra abrió lo suficiente la boca para que mi polla se deslizara entre sus labios. Solté un resoplido de placer al sentir el calor de su garganta y, completamente feliz, me dejé caer de nuevo en el sofá, arrastrándola tras de mí por los cabellos, haciendo que se le saltaran las lágrimas. Esther comprendió que no tenía otra salida, así que enseguida me encontré recibiendo una soberbia felación que me hizo comprender rápidamente las diferencias entre una mujer experimentada y una novata. Las mamadas de Gloria me habían encantado, pero Esther… cómo la chupaba.
  • CHUP, CHUP, CHUP – decía Esther mientras aplicaba todo su arte a mi nabo, sin duda deseosa de complacerme para ver si encontraba una escapatoria a aquella situación.
  • Sí, puta, muy bien… Sigue… – decía yo – Enséñame las tetas…
–         Y ella lo hizo sin dudar, se abrió la chaquetilla del pijama que llevaba puesto y siguió chupándomela con las tetas al aire. Fue fantástico comprobar que tenía los pezones duros… Me sentí poderoso… Y me corrí enseguida. Demasiada excitación.
–         ¿Se lo tragó? – preguntó Mario, al parecer muy interesado.
–         La obligué, como a Gloria. Pero ésta estaba más acostumbrada y no se resistió mucho.
–         ¿Y qué hiciste?
–         Seguir el plan. Sin decir nada, la empujé bruscamente, haciéndola caer de culo en el suelo y salí del salón sin dirigirle la palabra. Me metí en mi cuarto y me encerré, con el corazón a mil por hora y sintiéndome eufórico. Sabía que ya era mía.
–         ¿No te la follaste?
–         Esa noche no, aunque me hizo falta reunir toda mi fuerza de voluntad para contenerme. Quería que se pasara la noche preguntándose qué iba a pasar, insegura y asustada por no saber qué esperar. Oí cómo se refugiaba en su cuarto.
–         ¿Y por la mañana?
–         Me la follé – dijo Jesús sonriendo – Me levanté temprano y la encontré en la cocina, sentada a la mesa, con unas ojeras que demostraban que mi plan había sido un éxito. Le ordené que me preparara el desayuno y ella, sin decir nada, me obedeció. Cuando estuvo listo, empecé a tomármelo y le dije:
  • Chúpamela.
  • ¿Qu… qué?
  • Ya me has oído. Que me la chupes. Me apetece correrme en tu boca mientras me tomo el café.
–         De nuevo aquella estúpida expresión de aturdimiento apareció en su rostro. Pero esta vez no la dejé recuperarse. Ya sabía lo que iba a hacer.
  • Te he dicho que me la chupes – repetí sin alterar el tono.
  • N… no – se atrevió a responder.
–         Justo lo que yo esperaba – sentenció Jesús – Como un rayo, me levanté de la mesa y volví a agarrarla por el pelo. Tirando con fuerza, la arrastré fuera de la cocina y la llevé al dormitorio que compartía con mi padre, arrojándola sobre el colchón.
  • Jesús, por favor – suplicaba ella, como, si a esas alturas, fuera a ser capaz de conmoverme.
–         No le hice ni caso. Me subí a la cama, arrodillándome sobre el colchón y desgarré la camiseta que llevaba puesta. Ella dio un gritito y trató de resistirse, pero logré inmovilizarla con bastante facilidad, sentándome sobre su estómago. Le arranqué el sostén y empecé a sobarle las tetas con ganas, como había visto que le hacía el vecino. Ella apartó la mirada, avergonzada, pero sus pezones se pusieron como piedras en cuestión de segundos.
–         Seguro que sonreíste – pensé para mí.
–         La polla la tenía como un leño, así que la saqué del pijama y la coloqué entre sus senos.
  • Agárratelas – le ordené – Quiero follarme tus tetas.
–         Y ella obedeció. No puedo describiros el placer que experimenté cuando ella hizo lo que le ordenaba y se sometió a mis deseos. Fue increíble. Di unos cuantos culetazos entre sus pechos, sintiendo su cálida piel sobre mi nabo. Pero yo quería más, el lote completo.
  • Ahora voy a follarte – sentencié – Tu verás como quieres que sea.
–         Y ni corto ni perezoso la libré del pantalón y las bragas, dejándola en pelotas sobre la cama. Qué buena estaba.
Jesús bebió otro trago de coñac antes de continuar.
–         Y me la follé. Perdí la virginidad zumbándome a mi madrastra. Aunque decía que no quería, no dudó ni un instante en indicarme cómo debía ir haciéndolo, completamente plegada a mi voluntad. La primera vez no duré mucho, pero, un par de horas después, cuando me apeteció tirármela en el salón, me fue mucho mejor. Y a ella también.
–         ¿A ella? – dije extrañada.
–         Sí. A ella. En cuanto le fui cogiendo el tranquillo a la cosa, empecé a aplicar las cosas que había aprendido espiándola con el vecino, especialmente aquellas que la habían hecho gritar con más ganas. Le estrujé los pezones, le azoté el culo, me la follé a cuatro patas… Y logré que se corriera. No una, sino varias veces… y ya fue mía para siempre.
–         Joder. Buena historia – dijo Mario apurando su copa.
–         Tranquilo. Queda mucho más. Ahora esperad un segundo que voy a mear.
Jesús se levantó para ir al baño del dormitorio y no pude evitar espiar subrepticiamente su musculoso cuerpo desnudo mientras caminaba. Cuando cerró la puerta tras de sí, me di cuenta de que estaba a solas con Mario.
–         Eres un cabrón – le espeté sin más preámbulos – Habéis estado engañándome.
El, simplemente, se echó a reír.
–         Cabrón, ¿yo? Ja, ja ,ja. Cariño, tú eres la golfa que ha estado follándose al novio de la vecina. ¡A tu propio alumno! ¿Y me llamas cabrón a mí? Ja, ja, ja, ¡qué bueno!
Aparté la vista avergonzada. Tenía más razón que un santo. No me explicaba cómo había sido capaz de decir semejante gilipollez. Por fortuna, Jesús regresó y ocupó de nuevo su lugar en la silla, retomando la narración.
–         Bueno, sigamos – dijo Jesús rellenándose la copa – Con mis nuevos conocimientos adquiridos, no tardé muchos días en aplicarlos con Gloria, así que me la follé una tarde en su casa. Con ella fui bastante más cuidadoso, así que no fue una experiencia traumática para ella. Poco a poco, fui dándome cuenta de que, si les daba a ambas lo que querían, no dudaban en darme lo que quería yo, especialmente Gloria, que parecía estar deseando plegarse a todos mis caprichos.
–         ¿Y Esther?
–         Igual, aunque con ella me quedaba la duda de si lo hacía por temor a que la delatase, pero, fuese por la razón que fuese, lo cierto es que hacía todo lo que yo le decía. Lo primero fue mandar a tomar por saco al niñato de al lado. No sé cómo lo hizo, pero lo cierto es que el tipo no protestó demasiado ni organizó ninguna escena, lo que podría haber provocado problemas con mi padre. Éste seguía en Babia, mientras yo me zumbaba a placer a su mujer y a mi novia. Me pasaba los días puliendo aquellos dos diamantes en bruto, sometiéndolas a mi voluntad, consiguiendo que vivieran pendientes de mis deseos… pero eso sí, dándoles a cambio lo que ambas querían…
Otra vez el ramalazo de celos. No me gustó que se refiriera a Gloria como su novia.
–         Cada día les exigía un poquito más. Obligaba a Esther a esperarme desnuda cuando llegaba a casa y a recibirme con una mamada. Más de una vez hice que pidiera pizzas para cenar y que abriera la puerta al repartidor en pelota picada, sólo por el placer de ver la vergüenza que pasaba. Me la follaba cuando mi padre estaba en casa, con el corazón a mil por hora por si nos pillaba… Y con Gloria era todavía mejor…
–         Cuenta, cuenta – exclamó Mario, muy interesado.
–         Por ejemplo, una vez la hice subirse a un autobús, vestida con minifalda y sin ropa interior. Yo me senté frente a ella y la grabé mientras separaba las piernas para darles un buen espectáculo a los viajeros que se dieron cuenta. Esto lo tengo en vídeo, podéis verlo cuando queráis…
–         ¿Y qué más?
–         Uf… todo lo que se me ocurrió. Podríamos estar días contándoos las cositas que hicimos ese verano. Pero quiero hablaros de otras cosas.
–         Lo que tú digas – dijo Mario un tanto decepcionado.
–         Como iba diciendo, el verano de 2006 fue una auténtica maravilla. Me pasaba las mañanas en casa, usando a Esther a mi antojo y las tardes con Gloria. Por desgracia, como había suspendido algunas asignaturas, se veía obligada a asistir a unas clases de recuperación que organizó el instituto, así que no podía verla por las mañanas. No la presioné para que se saltara las clases, porque ya tenía las mañanas bien ocupadas…
–         Y, además, en gran parte era culpa tuya que no hubiera aprobado en junio – intervine sin poder aguantarme.
–         Es cierto – asintió Jesús – Y, aunque no me creas, sentía ciertos remordimientos por ello. Pero, por fortuna, se me presentó la ocasión de solucionar el problema.
–         ¿Cómo? – pregunté extrañada.
–         Una tarde, mientras tomábamos café en un bar, noté que Gloria estaba un tanto enfurruñada. Cuando le pregunté, me dijo que había tenido problemas en los cursos de verano, pues, al parecer, los impartía un viejo verde de cuidado… – dijo Jesús sonriéndome.
–         Armando – afirmé con absoluta seguridad.
–         Precisamente. Por lo visto, el tipejo no dejaba pasar la ocasión de sobar a las jovencitas; ya sabéis, un cachetito en el culo por aquí, una disimulada caricia en la pierna por allá… bueno, ya le conoces…
–         Demasiado – asentí enfadada.
–         Pues bien, mientras ella iba explicándome cómo se portaba el director, yo fraguaba un nuevo plan en mi mente. Ese verano me había hecho comprender que yo era capaz de ejercer un gran dominio sobre mujeres sumisas, y quería saber más sobre el tema. Había indagado incluso por Internet, en foros y blogs sobre fetichismo, sumisión y bdsm, pero no estaba muy satisfecho con el resultado, pues en todos sitios explicaban cómo infligir daño para obtener placer, pero no era eso lo que yo buscaba. Yo quería averiguar donde estaba el límite de lo que aquellas chicas serían capaces de hacer si yo se lo ordenaba y acababa de ocurrírseme el plan perfecto…
–         Le entregaste a Gloria al director… – siseé.
–         No – respondió Jesús mirándome fijamente – A ella no.
Mario y yo le entendimos perfectamente.
–         No me costó nada organizarlo todo. Me presenté en el instituto y me planté en el despacho de Armando, diciéndole lo que Gloria me había contado. Se escandalizó (y se acojonó muchísimo), pero yo me apresuré a tranquilizarle, diciéndole que no pensaba denunciarle por acoso, que tenía otra cosa en mente. Él siguió negándolo todo hasta que le hice un regalo: una completa colección de fotos de Gloria desnuda… Se quedó mudo.
–         No me extraña – dije.
–         Le dije que pensara si quería colaborar conmigo y que regresaría al día siguiente para charlar con él. Pero no volví solo…
–         Llevaste a Esther.
–         La pobre no sospechaba lo que se le venía encima. Yo le había dicho que el director del instituto quería hablar con ella de cara a unas actividades para el curso siguiente y ella acudió conmigo pensando que, por una vez, iba a poder desempeñar el papel de madrastra.
–         Menuda encerrona.
–         Como la tuya – respondió él simplemente, haciéndome rememorar los sucesos en el despacho del director – No fuiste la primera a la que Armando enculó sobre esa mesa, Edurne.
Aparté la mirada, avergonzada.
–         Armando estaba acojonado, pues no sabía muy bien qué esperar. Las fotos que le había dado podían ser una trampa para incriminarle en una denuncia por acoso, así que estaba nerviosísimo. Esther, completamente despistada, trató de preguntarle sobre las supuestas actividades, pero el pobre tipo, que no sabía de qué coño estaba hablándole, no paraba de mirarme sin enterarse de nada. Cuando me hube divertido bastante con la escena, decidí poner las cartas boca arriba.
  • Vamos a ver, Armando, le voy a explicar cómo están las cosas…
–         Mientras decía esto, le arrojé al director un sobre repleto de fotos de Esther follando con el vecino. El viejo, tras echarles un vistazo, se quedó mirándonos a ambos con una cómica expresión de asombro. Miré a Esther y pude percibir que, aunque no había visto el contenido del sobre, empezaba a comprender por qué estábamos en ese despacho. Su rostro estaba lívido.
  • ¿Y bien, señor director? ¿Le gustan? – pregunté juguetón, recreándome en el momento – Es una simple muestra. Si quiere usted disfrutar de lo auténtico no tiene más que pedirlo…
–         Armando me miró alucinado y Esther, tres cuartos de lo mismo.
  • ¿Có… cómo? – balbuceó el profesor.
  • ¿No estarás pensando…? – exclamó Esther, hablando casi al unísono.
  • Si estoy pensando el qué – repliqué clavando en ella mi mirada – Tú harás lo que yo te diga o ya sabes lo que te espera.
–         Esther me miraba con incredulidad. No entendía cómo podía estar pasando aquello. Pero justo entonces, apartó los ojos, derrotada, sumisa. Os juro que tuve una erección instantánea cuando aceptó someterse.
  • ¿Y bien? – le dije al director – ¿Le gustaría follarse a mi madrastra?
–         Él aún no atinaba a responder.
  • Aunque claro, no va a ser gratis…
  • No entiendo…
  • ¿No? Bueno, le haré una demostración. Esther, quiero que te desnudes, que el director pueda examinar la mercancía…
–         Esther dudó sólo un segundo, lo justo para mirarme con ojos suplicantes, pero yo no me dejé conmover… Estaba deseando ver si me obedecía… Y lo hizo. En pocos instantes, mi madrastra estaba completamente desnuda en el despacho del director, mirando al suelo, avergonzada.
  • Acércate para que pueda verte bien – le dije.
–         Y ella obedeció, rodeando la mesa hasta quedar junto a la silla del director, que la miraba incapaz de pestañear.
  • ¿Se le ha puesto dura? – pregunté a Esther – Compruébalo.
–         Un nuevo calambrazo de placer me sacudió cuando la mujer se agachó levemente, lo justo para llevar su temblorosa mano a la entrepierna del director. Éste, cada vez más convencido de que el negocio le iba a interesar, no tardó ni un segundo en retirar su silla de la mesa y separar los muslos, para que Esther pudiera palparle a conciencia.
  • ¿Y bien?¿La tiene dura?
–         Esther sólo asintió con la cabeza.
  • No te oigo, puta.
  • Sí… Sí, la tiene dura.
  • Estupendo. Ven aquí.
–         Caminó de regreso hasta mí, mientras el viejo no le quitaba ojo de encima. Hice que se quedase en pié a mi lado, dándome la espalda y mirando hacia el director, separados de él únicamente por la mesa. Aproveché la postura para, desde atrás, deslizar una mano entre sus muslos y empezar a acariciarle el coño voluptuosamente, para que Armando no se perdiera detalle. Sonreí cuando comprobé que estaba empapada.
  • Entonces, Armando… ¿Le interesa nuestro trato?
–         El viejo asintió vigorosamente, mientras devoraba con los ojos a mi madrastra. Por fin había comprendido que aquello no era ninguna encerrona ni ningún tipo de trampa. Y era obvio que le apetecía follarse a aquel pivón.
  • Ummm – gimió entonces Esther, sin poder resistirse a mis caricias. Aquel gemido se la hubiese puesto dura a un santo.
  • ¿Cú… cuánto me va a costar? – jadeó el viejo, haciéndome sonreír.
  • Pongamos… 1000€. Aunque… – dijecomo si acabara de ocurrírseme – Podríamos dejarlo en la mitad si te aseguras de que Gloria aprueba en septiembre todas las que le han quedado. No te preocupes, seguirá asistiendo a los cursos, pero quiero que apruebe.
  • Hecho – dijo el director sin dudar un segundo.
  • Vale. Toda tuya – dije empujando bruscamente a Esther hacia la mesa, donde tuvo que apoyar las manos para no caerse. Armando se levantó con una agilidad impropia de su edad y se abalanzó sobre ella, tumbándola sobre la madera y empezando a sobarla por todas partes.
–         ¿No le cobraste por adelantado como conmigo? – pregunté.
–         Me faltaba experiencia, Edurne. Pero me aseguré el cobro grabando la sesión con mi cámara.
–         Entiendo.
–         El viejo me sorprendió bastante, pues aguantó el combate como un campeón. Logró correrse tres veces, incluida una en el culo de Esther, que le vendí por otros 500€.
–         Qué barato – dije sintiéndome extrañamente orgullosa.
–         Qué quieres, el suyo no estaba ni mucho menos por estrenar. Por cierto Mario, no sabes lo que te has perdido – dijo Jesús alzando su copa hacia mi novio, en clara alusión a mi culito virgen.
–         Sí. Me he perdido muchas cosas – respondió éste mirándome enigmáticamente.
Me sentí incómoda.
–         Bueno, pues así empezó mi relación con el dire. Pronto llegamos a un acuerdo por el que Gloria se la chuparía después de las clases de recuperación, aunque no le permití follarla por mucho que me lo suplicó. Ella accedió a hacérselo porque se lo ordené yo, pero también porque le hice creer que era el pago por aprobar en septiembre; pero bueno, por lo que fuera, el caso es que se la chupaba. La única complicación surgió cuando Mariano, el conserje, les pilló en plena faena y tuve que llegar a un acuerdo similar con él. No importó mucho. De hecho Gloria siempre se sintió mucho más cómoda con Mariano que con Armando, así que no hubo más problemas…
–         Es cierto – asentí, recordando mi encuentro con la joven y la polla de Mariano en el armario de las escobas.
–         Bien, durante una buena temporada seguimos así, manteniendo nuestros acuerdos durante el curso. Ayudado por Gloria, me follé a unas cuantas compañeras más, vendiéndoles fotos de todas al director y regalando sus bragas a Mariano, pero en ninguna percibí lo mismo que en Gloria y Esther, así que la cosa no fue a mayores. Una parte del sueldo del director iba a parar a mis bolsillos, para pagarse las mamadas, pero sólo pudo permitirse un par de sesiones más con Esther, pues le pedí mucha pasta. De lo que saqué, entregué una parte a Gloria, pues se lo había ganado, pero a Esther no le di ni un céntimo, bastante tenía con el dinero de mi padre.
Volví a percibir la ira de Jesús contra Esther. Estaba segura de que, en el fondo, no la había perdonado.
–         Seguimos así un par de años. Yo tenía todo el sexo que quería y me sacaba algún dinerillo con los vicios del director. Estuvimos así hasta octubre de 2008, cuando tuvo lugar el “reclutamiento” de Rocío, aunque creo que ya sabes esa historia – dijo Jesús.
–         Así es – asentí – Me la contaron entre Gloria y ella.
–         Pues yo no la conozco – intervino Mario.
–         Otro día. Además, te aseguro que disfrutarás más si te la cuenta su protagonista.
Mentalmente le di la razón.
–         Vale – convino Mario.
–         La llegada de Rocío al grupo alteró un poco el equilibrio. A esas alturas, las dos chicas estaban completamente sojuzgadas a mí, pero eso no evitaba que hubiera ciertos roces entre ellas, supongo que por celos. Aún así, era genial follárselas a las dos a la vez, pues se desvivían por ser la que más placer me daba. Y con Rocío fueron tres…
–         ¿Te las follabas a la tres a la vez? – exclamó Mario.
–         Más de una vez. Pero acababa medio muerto.
–         No me extraña.
–         Gloria se llevaba muy bien con Rocío, supongo que porque se sentía un poquito culpable por su papel en la iniciación de la chica; eso mismo motivaba el enfado de Esther, por lo que se pasaba bastante con la chica, aunque Rocío lo encajaba todo sin rechistar. Gloria, en cambio, la defendía y andaban siempre a la gresca. Más de una vez tuve que ponerles el culo en carne viva para que dejaran de dar el coñazo, pero bueno, en definitiva merecía la pena.
–         Ya lo supongo – exclamó Mario – Tres coñitos para ti solo…
–         Precisamente. Y además, a esas alturas ya tenía en mente ampliar el rebaño.
–         Gloria te dio la idea – intervine.
–         ¿Te lo dijo? Pues sí, fue un comentario de Gloria lo que me hizo darme cuenta de que podía reunir un pequeño grupo de esclavas para hacer mi vida… más llevadera – dijo Jesús riendo.
–         Bueno, no tan pequeño – dijo Mario.
–         No tan pequeño – convino Jesús – Y fue precisamente por eso que empecé a incluir nuevos miembros masculinos en mis asuntos…
–         Llegamos al meollo de la cuestión – pensé.
–         Me ocupé de que Rocío recibiera cierta formación y la aparté de la pandilla de niñatos que se aprovechaban de ella.
Le miré fijamente sin decir nada.
–         Sí, tienes razón – dijo Jesús adivinando mis pensamientos – Empecé a ser yo el que se aprovechaba de ella, pero te aseguro que ella disfrutó en todo momento. Y mírala ahora, tiene un trabajo que se le da bien en vez de estar por ahí tirada, enganchada a las drogas o Dios sabe qué.
–         Gloria me dijo que le pagaste un curso de esteticién.
–         Sí. Impartido en el centro en el que trabaja ahora. Rocío me contó que uno de los encargados no le quitaba el ojo de encima, un tal Martín y yo la animé a follárselo. Ni que decir tiene que, al acabar el curso, Rocío fue una de las dos chicas que contrataron.
–         ¿Cuándo fue eso?
–         Más o menos en junio del 2009. Pues bien, una vez en el curro, le ordené a Rocío que siguiera follándose a Martín, pero que no lo hiciera gratis. Un día libre por aquí, unos eurillos por allá… poco a poco el tipo se acostumbró a que, si quería marcha… no le salía gratis.
–         En definitiva, chuleabas a Rocío. Era tu puta – dije un poco resentida.
–         No exactamente, Edurne – dijo Jesús sin alterarse lo más mínimo – Rocío se acostaba únicamente con un hombre, no con cientos como las putas. Y el dinero que sacaba se lo quedaba ella. Nunca le pedí ni un euro.
No tenía motivo alguno para creerle. Me había mentido al decirme que no obligaba a sus chicas a acostarse con otros… Pero aún así… le creí.
–         Y ese mismo verano, conocí a Yoshi.
Me estremecí. Sabía perfectamente que el joven japonés estaba en el salón, oculto tras una máscara, sin duda disfrutando de la orgía que debía haberse organizado. Me pregunté cual de las chicas habría sido empalada por la monumental polla del asiático.
–         Él es unos años mayor que yo, pero, a pesar de ello, congeniamos enseguida. Coincidimos varias veces en algunos bares, en el gimnasio y pronto nos hicimos colegas. Cada día había más confianza entre nosotros e incluso llegábamos a apostar a ver quien se ligaba antes a alguna tía. Nos lo pasábamos bien.
–         Me lo imagino – asentí.
–         Cuando nuestra amistad estuvo lo suficientemente asentada, nos abrimos el uno al otro y nos contamos nuestros secretillos. Yo le hablé de mis chicas y él… me habló del motivo por el que ligaba tanto – dijo Jesús con una sonrisa.
La imagen de la gigantesca verga de Yoshi bailó unos instantes en mi mente.
–         Y entonces te presentó a su hermana.
–         Pasaron meses hasta eso. Fue en Marzo del año pasado y yo estoy hablándote del otoño – invierno de 2009.
–         Ah, ya veo – asentí recordando que Kimiko me había contado que llevaba menos de un año con Jesús.
–         Al principio, Yoshi no me creía, pensaba que estaba burlándome de él, así que le presenté a Rocío, que se encargó de complacerle sin una sola queja. A Yoshi le atraía mucho más Gloria, pero decidí reservarla, por si más adelante quería obtener algo de él. Tras aquello, Yoshi creyó a pies juntillas todo lo que le dije y prácticamente me suplicó que le permitiera participar en mis correrías. Pero claro, no iba a salirle gratis…
–         No lo entiendo – dije – Si ligaba tanto y se follaba a la que quería. ¿Para qué iba a pagarte por tirarse a Rocío?
–         ¿En serio no lo entiendes? – me dijo Jesús mirándome muy fijamente – ¿Es igual el sexo que tenías antes de conocerme que el que tienes ahora? ¿Te conformarías con lo de antes? Yoshi ligaba, sí, pero, tras follarse a algunas con su vergajo, pocas querían volver a repetir. Más de una se acojonó y se largó dejándole en la estacada (nunca mejor dicho). La experiencia de tener a una mujer dispuesta a complacer el más mínimo de tus deseos no puede compararse a ninguna otra.
–         Doy fe de eso – intervino entonces Mario, mirándome con intensidad.
No tuve más remedio que darles la razón. Me acordé de la noche en que Jesús me hizo el amor dulcemente y lo frustrada que me había sentido. ¡Claro! Por eso lo había hecho, para forzarme a comprender que mi vida sería insoportable lejos de él. Y eso me preocupaba, pues veía que la salida de aquella situación iba cerrándose poco a poco para mí, porque era plenamente consciente que el sexo de antes ya no me bastaba. Quizás acabaría tirando la llave yo misma…
–         Además, no era dinero lo que yo le pedía a Yoshi. Pequeños favores, informaciones, que me llevara en su coche… él me enseñó a conducir, por ejemplo.
–         Y se le ocurrió lo de los piercings – dije.
–         Precisamente. Fue una gran idea que tuvo cuando le dije que me gustaría ampliar el rebaño. Fue por la época en que empecé a interesarme en temas de bondage. Como los japoneses son bastante aficionados, le pregunté a Yoshi y él me dijo que conocía a una experta.
–         Kimiko – afirmé.
–         Exacto. Desde hacía algún tiempo, Yoshi estaba muy preocupado por su hermana. Estuvo bastante tiempo dudando si presentármela, hasta que finalmente decidió que podía confiar en mí.
–         ¿Te entregó a su hermana para que te la follaras? – preguntó Mario, sorprendido.
–         Pero fue para no acabar follándosela él – intervine, recordando la historia que me había contado Kimiko.
–         Sí, así fue en aquel entonces – dijo Jesús sonriéndome misteriosamente.
–         ¿Entonces?
–         Sí, cariño – respondió Jesús con su sonrisa ensanchándose todavía más – ¿Acaso piensas que esa situación se prolongó eternamente?
Me quedé sin palabras.
–         Así que en Marzo del año pasado, mi rebaño aumentó a cuatro. 4 zorritas deseando que me las follara, deseando complacerme en todo. Y vaya si lo hicieron… Además, dados los problemas que surgieron, instauré el sistema de rangos, lo que alivió la situación bastante.
–         Y en el verano llegaron dos más – dije pensando en Yoli y su madre.
–         Exacto. Pero antes sucedió algo que lo cambió todo…
–         ¿El qué? – pregunté extrañada, pues no sabía a qué demonios podías referirse.
–         Mi padre descubrió el pastel.
No pude evitarlo. Me quedé con la boca abierta.
–         ¿A qué te refieres? – pregunté tras recuperarme.
–         Os cuento – dijo Jesús echándose un nuevo trago al coleto – Esto fue… a finales de Marzo o principios de Abril del año pasado. Kimiko llevaba un par de semanas con nosotros y he de reconocer que la novedad de los “jueguecitos” que me proporcionaba la chica hizo que desatendiera un tanto a las otras.
Tragué saliva preocupada. Era justo lo que me preocupaba a mí.
–         Por eso, una tarde relajé un tanto las precauciones habituales que seguía para evitar que mi padre se enterase de los cuernos que portaba. Las chicas tenían ganas de pasarlo bien y yo decidí complacerlas. Estando mi padre en la ciudad, lo normal era que no nos hubiésemos arriesgado a montárnoslo en casa por la tarde, pues aunque él solía llegar a las tantas de trabajar, no era imposible que algún día regresara más temprano.
–         Y volvió y os pilló en plena faena – dijo Mario.
–         Más o menos. Aquella tarde yo había estado tomando café con Gloria en un bar y ella me había hecho un par de insinuaciones bastante obvias, así que decidí contentarla y nos fuimos a mi casa. Empezamos a enrollarnos en el salón y en menos de un minuto tenía su cara enterrada en mi entrepierna, devorándome con ansia, como si el mundo fuese a acabarse. Mientras disfrutaba la mamada, Esther, que había estado echando la siesta en su cuarto, apareció en la habitación y me pidió humildemente permiso para unirse a la fiesta y, como estaba bastante contento con ellas, accedí.
–         Menudo sacrificio – bromeó Mario.
–         Y tanto. Te juro que es la ostia que te la chupen a la vez dos tías que no se llevan bien entre ellas. – respondió Jesús dirigiéndose a mi novio – Las dos disputaban por mi rabo, tratando de ser las que más placer me daban, pero sin enfrentarse abiertamente, pues eso me habría enojado y habrían sido castigadas. Si una engullía mis huevos por completo, la otra se tragaba mi polla hasta el fondo, si una deslizaba su lengua por todo el tronco, la otra estimulaba mi ano con las suya… Ya te digo… la ostia.
–         Dentro de un rato lo probaré – sentenció Mario con expresión ilusionada.
–         Te lo recomiendo. Cuando me harté de que me la chuparan, les ordené practicar algunos juegos.
  • Gloria – le dije – Ponte de pie frente a mi; quiero que dobles la cintura hacia delante hasta agarrarte la punta de los dedos de los pies con las manos.
–         Y ella obedeció. Como es muy flexible, no le costó mucho quedar en esa postura, plegada sobre sí misma como una bisagra, con el culo en pompa.
  • Y tú – le dije a Esther – Cómele el coño.
–         Aunque estoy seguro de que no le hacía mucha gracia, años de relación habían enseñado a Esther a obedecer sin rechistar, así que se arrodilló tras la grupa de Gloria e hundió la cara entre sus nalgas, para poder acceder a su tierno chochito. Gloria mantenía el equilibrio como podía, luchando vigorosamente contra los temblores que el placer le estaba provocando, intentando por todos los medios permanecer en la postura que yo le había ordenado. Mientras, yo las miraba sonriente, acariciándome el nabo.
  • Muy bien. Buenas putas – las felicité – Ahora tumbaos en el suelo y haced el 69. Me follaré a la que tarde más en correrse.
–         Soy muy aficionado a estos juegos y ellas estaban más que acostumbradas a practicarlos, así que no tardaron ni un segundo en adoptar la posición y empezar a devorarse los coños mutuamente. Había dado cierta ventaja a Esther, haciendo que se lo chupara un rato a Gloria, simplemente porque me apetecía clavársela primero a mi madrastra.
–         Magnífico deporte – asintió Mario.
–         El mejor. Pero justo entonces, mientras observaba excitado a las dos mujeres entregadas en cuerpo y alma a la tarea de llevarse al orgasmo, escuché el inconfundible sonido de la puerta de entrada. Sorprendido, me levanté de un salto y me guardé la polla en el pantalón. Bastante nervioso, me asomé al pasillo, pero no vi a nadie. Estaba ya empezando a pensar si no lo habría imaginado cuando vi el móvil de mi padre sobre la mesita del recibidor, donde lo dejaba siempre que regresaba a casa, para no olvidárselo al volver a salir. Inmediatamente comprendí que mi padre había regresado, encontrándose con la escenita del salón y se había largado enseguida, supongo que bastante cabreado.
–         No era para menos – dije – Te estabas follando a su mujer. Gracias a que no se le ocurrió montar alguna escena.
–         Sí. Aunque hay un matiz que se te escapa, Edurne.
–         ¿Cuál? – pregunté extrañada.
–         No me estaba “follando” a su mujer. Estaba “usándola” a placer.
Entendí perfectamente a qué se refería.
–         Como la cosa ya no tenía remedio, regresé al salón a seguir disfrutando de la tarde.
–         Joder, tienes los nervios de acero – se admiró Mario.
–         ¿De qué servía preocuparse? – se encogió de hombros Jesús – Estaba empalmado y de allí no me iba si follármelas a ambas. Las chicas, que no habían oído nada, habían continuado con su competición, pues yo no les había ordenado otra cosa y finalmente ganó Esther, por lo que me la follé la primera. Después me apeteció el culito de Gloria, así que la sodomicé cuanto quise.
–         Una tarde bien aprovechada – rió Mario.
–         Sí. Después de despachar a Gloria para su casa, me recluí en mi cuarto mientras Esther preparaba la cena, dándole vueltas a cómo afrontar la situación. Decidí dejar que fuera mi padre el que actuara, para después actuar en consecuencia, pero él… no hizo nada.
–         ¿Te pilló tirándote a su mujer y no dijo ni pío?
–         No te olvides de que él no sabía que yo había notado su presencia. Supongo que pensó que era mejor fingir ignorancia y seguir como si nada hubiera pasado. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, percibí que su actitud hacia mí había cambiado. Me miraba continuamente de reojo, cuando creía que no me daba cuenta, observándome, como si… fuera la primera vez que me veía.
–         Como si fueras un extraño para él – concluí.
–         Precisamente – asintió Jesús – Me has entendido perfectamente.

–         ¿Y qué hiciste?

 
3

–         Dejé pasar unos días y cada vez veía a mi padre un poquito más hundido. Le notaba un tanto triste y, por primera vez en muchos años, me compadecí un poco de él. Cuando estaba en casa, se mostraba muy nervioso si estaba en el mismo cuarto que Esther y yo. Y todavía era peor si, por la razón que fuera, se encontraba con Gloria. Ésta lo encontraba muy gracioso y empezó a bromear diciendo que mi padre le tenía miedo. Pero yo sabía lo que le pasaba…

Me imaginé lo que venía a continuación.
–         Y decidí tomar el toro por los cuernos – sentenció Jesús – Una tarde, en la que sabía que mi padre iba a estar en la oficina, me presenté en su trabajo acompañado por Rocío y Gloria.
–         Uf – resopló Mario, imaginándose también lo que venía.
–         Como la secretaria de su sección me conocía, no puso pegas a que pasara a su despacho y mi padre, cuando me vio entrar con las dos chicas, se puso blanco como el papel.
  • ¿Qué… qué haces aquí? – balbuceó.
  • Buenas tardes a ti también – repliqué dejándome caer en el sofá que allí había, mientras las dos chicas, siguiendo mis instrucciones, permanecían de pie en silencio, una a cada lado mío.
  • Perdóname hijo, pero estoy muy ocupado. No tengo tiempo…
  • Papá, creo que ya es hora de que tengamos una charla sobre lo que pasó el otro día…
  • No… no te entiendo.
  • ¿En serio? Me refiero a la otra tarde, cuando me pillaste follando con Gloria y con tu mujer.
–         Mi padre se puso pálido y se derrumbó sobre su asiento, como si las piernas ya no le sostuvieran. Me miraba con los ojos casi aterrorizados y los labios temblorosos. Me dio pena.
  • No sé… – intentó decir.
  • Vamos papá. No me mientas. Sé perfectamente que nos viste.
–         No se atrevió a negarlo, apartando la mirada, avergonzado.
  • Lo que no sé si sabes… es que llevo años haciéndolo
  • –         Y se lo conté todo. Hablamos durante varias horas. Bueno, más bien hablé yo, mientras él me miraba con incredulidad. Mientras, las chicas permanecían de pie como estatuas, pues yo no les había dado permiso para que se sentaran.
–         ¿Por qué? – inquirió Mario.
–         Para que mi padre fuera comprendiendo que mi dominio sobre ellas era absoluto.
–         Entiendo.
–         Un rato después, la secretaria llamó por el intercomunicador, diciendo que se iba a casa si mi padre no necesitaba nada más. Medio alelado, papá le dio permiso para irse y siguió escuchándome, incrédulo pero absolutamente fascinado por lo que estaba contándole. Cuando acabé, mi padre me miraba alucinado.
  • No… no puede ser… No te creo… Te lo has inventado…
  • ¿No me crees después de lo que viste? Hombre de poca fe… Chicas, hacedle una demostración. Enseñadle los piercings  a mi padre.
–         Y las dos, que siguiendo mis instrucciones se habían vestido con falda y sin ropa interior, se subieron inmediatamente los faldones, dejando sus tetas y coñitos a la vista de mi atónito progenitor.
  • Pero, ¿qué hacéis? ¿Os habéis vuelto todos locos?
  • ¿Locos? El loco eres tú – me reí – Porque hay que estar loco para tener dos pedazos de coños como estos delante y no hacer nada. ¿O no es así?
  • ¿CÓMO?
  • Papá – dije levantándome – He estado follándome a tu mujer durante años y siento decirte que voy a seguir haciéndolo. Pero creo que, en el fondo, te debo algo por ello, así que voy a compensártelo prestándote a estas dos, que harán todo lo que tú quieras.
  • Estás loco.
  • Como te he dicho, loco lo serás tú si no aprovechas esta oportunidad. ¿Quién se resistiría a disfrutar de dos tías como éstas si le surge la ocasión?
  • Jesús, no puedo…
  • Lo que hagas ahora es asunto tuyo. Chicas, hasta las doce de la noche obedecedle en todo lo que os diga. Como no le veo muy por la labor, empezad por una buena mamada.
–         Mientras salía del despacho, lo último que vi fue a Rocío, de rodillas frente a mi padre abriéndole la cremallera, mientras él la miraba anonadado. Justo cuando Gloria rodeaba su cuello con las manos y hundía su lengua en su boca, cerré la puerta.
–         ¿No te quedaste a verlo?
–         No. Estaba muy excitado, no sólo por haber contado mi historia, sino porque siempre me caliento cuando mis chicas obedecen sin rechistar. Tomé nota mental de recompensarlas después por haberse portado tan bien y yo me fui a casa de Kimiko, donde descargué “adrenalina”.
–         ¿Y tu padre se las tiró? – pregunté.
–         ¿Tú que crees? Según me contaron después las chicas, se resistió sólo hasta que Rocío logró ponérsela dura con la boca. Después fue entusiasmándose y empezó a pedirles cosas, con timidez al principio, pero cada vez con más entusiasmo.
–         No es de extrañar – asintió Mario.
Yo también pensaba igual.
–         Y luego me dediqué a esperar. Como ya conocía mi secreto, no me corté un pelo en empezar a follarme a las chicas en casa cuando me apetecía, aunque estuviese él por allí. La única que protestó un poco fue Kimiko, que aún no estaba acostumbrada a ese tipo de cosas, por lo que se ganó un par de castigos, pero, en general, fue todo muy morboso y satisfactorio.
–         ¿Y tu padre?
–         Acojonadísimo. No podía creerse que aquello estuviera pasando. Pero poco a poco, reaccionó tal y como yo esperaba…
–         Quiso participar – afirmé.
–         Muy lista – me sonrió Jesús – Una tarde reunió el valor suficiente para pedirme que le organizara una nueva sesión, pero esta vez… quería que fuera con Esther.
–         ¿TE PIDIÓ PERMISO PARA FOLLARSE A SU PROPIA MUJER? – exclamó Mario con incredulidad.
–         Eso fue lo que hizo. Entiéndelo, él estaba acostumbrado a acostarse con ella como parte de los deberes conyugales y Esther no era… muy participativa. Él, además, había estado siempre un poco intimidado por la belleza y la juventud de su esposa y, de pronto, le surgía la oportunidad de que ella se sometiera y accediera a hacer todas aquellas cosas que nunca se habría atrevido a pedirle. Era demasiado tentador para dejarlo pasar.
–         Justo como tú habías calculado – afirmé, haciendo sonreír a Jesús.
–         Correcto. Yo le dije que Esther era su mujer y que podía acostarse con ella cuando quisiera. Pero si quería acostarse con Esther, la esclava sexual… No iba a salirle gratis.
–         ¿Y él accedió?
–         Por supuesto. De hecho, estoy seguro de que él ya lo había previsto. Yo había pensado que lo primero que iba a pedirme era una nueva sesión con Rocío o con Gloria (u otra vez con ambas), pero él se decidió por cumplir las fantasías que había ido forjando a lo largo de los años con su encantadora mujercita.
–         ¿Y Esther?
–         Obedeció, como la buena putita que está hecha.
No me extrañaba lo más mínimo.
–         Y eso no fue lo mejor. Tras algunas sesiones con Esther y con las otras chicas, mi padre empezó a ganar confianza e intentaba que Esther le obedeciera cuando estaban fuera de la alcoba. Como ella se resistía, simplemente me preguntó que cuanto le costaría que ella fuera su esclava las 24 horas del día, no sólo de vez en cuando y yo… le di un precio.
–         ¿Le vendiste a tu padre a su propia mujer? – exclamé atónita.
–         Precisamente. Aunque eso sí, con una pequeña precisión. Esther seguiría siendo mi esclava a todos los efectos y mis deseos tendrían siempre preferencia sobre los de él. Pero fuera de eso, ella tendría que obedecerle siempre.
–         ¿Y Esther estuvo de acuerdo?
–         Olvidas que es una sumisa, que obtiene el máximo placer cuando un hombre la usa a su antojo – respondió Jesús mirándome con fijeza, lo que me hizo estremecer por la clara alusión – Ella realmente empezó a disfrutar las sesiones con mi padre, así que no le costó mucho aceptarlo. Además, la otra opción no era tan tentadora.
–         ¿La otra opción? – pregunté sin comprender.
–         Claro. Si me desobedecía… puerta. Ya no sería una de mis chicas, no querría saber nada más de ella. Y no sólo eso, mi padre se divorciaría de ella por infidelidad. No pasaba nada, le entregaría a alguna de las otras, aunque lo ideal era Esther, que vivía bajo su mismo techo.
Entonces tuve un fogonazo de inspiración. El entendimiento atravesó mi mente y me inundó con intensidad. Di gracias por estar ya en la cama, pues me quedé completamente sin fuerzas de nuevo y me habría derrumbado. Jesús me miraba fijamente, sabedor de que, por fin, la luz se había hecho en mi mente.
–         E… entonces eso es lo que haces – dije con voz insegura – Entrenas esclavas sexuales y las vendes al mejor postor. Es lo que has hecho conmigo…
–         Exacto, Edurne – respondió Jesús, clavando el último clavo en mi ataúd – Aunque no las vendo “al mejor postor”, sino que las preparo para aquellos que me lo solicitan.
Miré aterrada a Mario, alucinada por las implicaciones de lo que acababa de decir Jesús.
–         Mario… tú – acerté a decir.
–         No. No fue él – dijo Jesús dejándome todavía más anonada – Pero no precipitemos acontecimientos.
–         Pero… entonces – balbuceé espantada – ¿Es que piensas entregarme a algún otro?
–         No. No es así. Déjame que siga con la historia. Cuando acabe, tendrás que tomar tu decisión, Edurne. Piensa que eres libre de decidir lo que quieras, no estás atrapada ni nada por el estilo. Si quieres, puedes marcharte ahora mismo, sin rencores, pero creo que deberías esperar hasta el final.
–         Está bien.
El corazón había estado a punto de estallarme en el pecho, pero Jesús, como siempre, había sido capaz de tranquilizarme. No tenía lógica alguna, pero a pesar de todos los engaños y las mentiras… seguía confiando en mi Amo.
–         La vida en casa se transformó por completo. Mi padre estaba más feliz que nunca y mi relación con él mejoró muchísimo. De vez en cuando, cuando le apetecía desmadrarse, se pagaba una sesioncita con Gloria o Rocío, con lo que ellas se sacaban un dinerillo extra; Kimiko, aunque se la tiró un par de veces, no le gustaba tanto, pues la chica como de verdad disfruta es con el bondage y a papá no le van mucho esos temas.
–         Es muy tradicional – bromeó Mario.
–         Sí. Y Esther, aunque no me creas, también disfrutó lo suyo. Papá aprendió a tratarla como lo hacía yo y eso era justo lo que a ella le gustaba, por lo que el placer se duplicó. Ahora es puta a todas horas y eso le encanta.
Eso era lo peor, que sí que le creía.
–         Durante un tiempo, seguí disfrutando de la situación. Ahora me dedicaba un poquito menos a mi madrastra, pues papá empezó a pasar más tiempo en casa y como deferencia hacia él, me decantaba más por las otras, pero, aún así, me la follaba cada vez que me apetecía. Recuerda el día que la conociste, Edurne, ¿te pareció una mujer amargada o infeliz?
Recordé aquel almuerzo, lo superior que me había sentido a aquella mujer simplemente por pensar que estaba follándome a su hijastro a sus espaldas. Claro, eso fue antes de descubrir que ella llevaba follándoselo mucho más tiempo que yo y de acabar bajo la mesa, compartiendo la verga del muchacho codo con codo. Infeliz no parecía, no…
–         Entonces hice un nuevo descubrimiento.
–         ¿Cuál?
–         Me enteré de que papi era más juguetón de lo que pensaba.
–         No te entiendo.
–         ¿Recuerdas que te conté que papá me propuso trabajar como profesor ese verano?
–         Sí, para Yolanda – asentí viendo por donde iban los tiros.
–         Eso es. Y te dije que, aunque inicialmente me negué, al final consiguió convencerme.
–         Sí, te dijo que Yoli se había quedado prendada de ti en una boda o no sé qué.
–         Todo cierto. Pero también me dijo algo más…
–         ¿El qué?
–         Me contó que, un par de semanas antes, había llevado a Esther a la oficina y le había ordenado que se acostara con su jefe, Germán,  el marido de Natalia.
Me quedé alucinada.
–         ¿Cómo?
–         Lo que has oído. El viejo le había cogido el tranquillo al asunto y, sabiendo que su amigo Germán era un sátiro de cuidado, le había ofrecido en bandeja a su mujer, a la que llevaba años codiciando. A cambio, había obtenido permiso para follarse a Natalia, a la que le tenía ganas (por razones obvias), pero claro, para eso me necesitaba a mí…
–         ¿Entonces…? – traté de hablar sin saber muy bien qué decir.
–         Fui contratado como profesor de Yoli para seducir y someter a Natalia, para que su marido hiciera un intercambio de mujeres con mi padre. Pero claro, cuando conocí a Yolanda… tracé mis propios planes.
–         Increíble – susurré.
–         Y como bien sabes… lo logré.
–         Entonces, ¿hiciste con Natalia lo mismo que con Esther? ¿Se la vendiste a su propio marido?
–         Exacto – asintió Jesús con su sonrisa lobuna en el rostro – Y de ahí surgió la idea de este club…
–         ¿Club? – pregunté sin entender.
–         Sí, club. Sus miembros somos los hombres que has conocido hoy aquí. A todos les he vendido una esclava para su placer personal, una mujer sumisa, complaciente y que disfruta satisfaciendo sus más ínfimos caprichos, aunque eso sí, todas siguen a mi completa disposición.
–         ¿Y te pagan?
–         No. Una vez adquirida la esclava, es suya. El pago es simplemente mi propio disfrute de las mujeres. Además, periódicamente organizamos estas reuniones, una o dos veces al mes. Normalmente aprovechamos el cumpleaños de alguien, que se convierte en el homenajeado, aunque ninguno ha tenido un tributo tan especial como el que hoy me has brindado, Edurne.
No pude evitarlo. Me encogí bajo la sábana de placer, feliz porque mi Amo me hubiera felicitado.
–         En estas fiestas todas las chicas están a disposición del que las desee. El único requisito para pertenecer a este club es aportar una chica.
Tragué saliva y traté de serenarme, para poder poner mis ideas en orden.
–         ¿Y las máscaras? – pregunté.
–         Son en tu honor – intervino Mario – Para evitar que me reconocieras y estropearte la sorpresa.
–         A él o a alguno de los otros – dijo Jesús.
–         ¿De los otros? ¡Ah, te refieres a Yoshi!
–         Bueno, no sólo a él. Veo que le has reconocido.
Aquello me inquietó.
–         ¿No sólo a él? ¿A quién mas conozco?
–         Recapitula. Conoces a las chicas. Y conoces a alguno de los amos…
–         Veamos. Esther con tu padre y Natalia con su marido – dije haciendo cuentas, aunque, realmente, no conocía en persona a ninguno de los dos antes de la fiesta.
–         Correcto. Son los dos mayores, los del pelo canoso.
–         Viejo verde y tito Luis – dije para mí.
–         ¿No adivinas los otros? – dijo Jesús, incitándome.
–         No sé – dije pensando en lo que Jesús nos había contado – Espera… el tal Martín…
–         Premio. Es el Amo de Rocío. El más callado…
–         Timidín – pensé.
–         Luego está Yoshi – dije – Pero su esclava, ¿quién es? ¿Le vendiste a Gloria como quería?
–         No. Su hermana era mejor opción para él. Es muy flexible y encaja bien su verga. Gloria lo hubiera pasado mal.
–         ¿KIMIKO ES LA ESCLAVA DE SU HERMANO? – exclamé atónita.
–         Sí, y no sabes lo feliz que es…
No podía creérmelo. Era imposible. Pero sí lo creía.
–         ¿Y las otras? Gloria irá contigo pero…
–         Te equivocas – dijo Jesús – Gloria no es mi propiedad exclusiva. Me quedé con Yolanda. Me vuelven loco sus tetas.
–         No lo entiendo – dije sin saber qué pensar – Entonces el Amo de Gloria, ¿quién es?
–         ¿No lo has adivinado? – dijo Jesús, mirándome divertido.
–         Ni idea – respondí encogiéndome de hombros.
–         Piensa. Recuerda el último día que pasamos juntos.
Lo hice. Rememoré el fin de semana con Jesús y Gloria. El sexo en el salón, la postura de los perros enganchados, el arnés con el que me follé a Gloria… Y la última pieza del puzzle encajó en mi cerebro: la llamada en el móvil.
–         ¿SU PADRE? – aullé – ¿VENDISTE A GLORIA A SU PADRE?
–         De ahí las máscaras. Podías reconocerle – dijo Jesús simplemente – Al fin y al cabo, es tu vecino.
No podía ser. Aquello era una pesadilla. Estaba mareada. Creí que iba a vomitar.
–         No… no puede ser… – gimoteé.
–         ¿Que no? Espera a verles follar… Luego me cuentas si disfrutan o no… ¿A estas alturas te asusta el incesto? Pues entonces fliparás cuando veas a Yolanda y a Nati montarse un trío con Germán.
Sentí que me hundía en un pozo, el mareo no se iba. La cabeza me daba vueltas. Quería salir de allí, pero no tenía fuerzas. Los dos hombres me miraban en silencio, inmóviles, sólo observándome. Pensé que iba a desmayarme. Pero no lo hice. Poco a poco fui recuperando el aliento, sintiéndome mejor. Sin decir nada, Mario me alargó su propia copa de coñac y yo la apuré de un golpe, agradeciendo de nuevo su efecto vivificador.
–         ¿Te sientes mejor? – dijo Jesús, sin que nada en su tono demostrara que mi estado le preocupara en lo más mínimo.
–         Sí – dije asintiendo con la cabeza – Entonces… ¿Ya está? ¿Tengo que decidir si me voy o no?
–         Aún no, Edurne – dijo Jesús – Aún queda una historia…
–         ¿Cuál?
–         La tuya…
Miré a Mario, que me miraba muy serio. Sin decir nada, asentí en silencio y volví a recostarme contra el respaldo de la cama. Y Jesús empezó a hablar.
–         Llegaste al instituto hace un par de años y enseguida te convertiste en el centro de atención de los alumnos.
–         ¿Por qué? – pregunté estúpidamente.
–         Porque estás muy buena – respondió el chico, haciendo que me estremeciera de nuevo.
–         Además, te ganaste una merecida fama de perra sin misericordia, lo que te hacía todavía más atractiva. Ya sabes, someter a una zorra de marca mayor como tú… era un desafío.
Me encogí todavía más bajo la sábana.
–         Pero no sólo atrajiste la atención de los adolescentes abarrotados de hormonas, hubo también algún adulto que se fijó en ti… Y se obsesionó…
La angustia me embargó, impidiéndome respirar. El pánico se apoderó de mí. Si ese iba a ser mi destino, no creía que fuera a ser capaz…
–         A… Armando – gemí entendiendo lo que decía Jesús – Hablas del director… Me has vendido a Armando…
–         Yo no te he vendido a nadie. Aún no. – sentenció Jesús – Y a Armando no le entregaría jamás una de mis chicas. El hombre que recibe una de mis esclavas no puede ser un malnacido hijo de puta como ese.
El amor por el Amo retornó en ese momento. No pude evitarlo. Con todo lo que me había hecho… aún le amaba.
–         Pero Armando atrajo mi atención hacia ti… Vi lo bella y atractiva que eras… Y decidí que serías mía.
Enrojecí de placer.
–         Al principio me propuse simplemente conseguirte, pero, tras conocer a Mario, pensé que quizás estaría interesado en perder una novia… y ganar una esclava.
Miré a Mario, que me observaba con aire satisfecho. Nada de aquello encajaba con la imagen que yo tenía de mi novio, pero no podía negar los hechos, no cuando un rato antes había tenido su polla enterrada en el coño mientras Jesús me enculaba a placer. Prueba irrefutable. El algodón no engaña.
–         Puse mis planes en marcha hace unas semanas y salió todo de puta madre.
–         ¿Mario lo sabía? – dije señalándole.
–         No. En ese momento no.
Me sentí mejor. Al menos mi novio no había participado en mi violación.
–         Se enteró poco después.
–         ¿Cuándo?
–         Si recuerdas, aquella semana regresé en sábado – intervino Mario, siguiendo el hilo de la narración – Y me follaste como nunca antes lo habías hecho. Fue el mejor polvo de mi vida. Y eso quedó grabado en mi memoria. Sabía que te había pasado algo, pero no sabía el qué.
Me sentí avergonzada, porque lo que decía era verdad. Había bastado que me follaran a lo bestia para convertirme en una fiera hambrienta de sexo.
–         Un par de días después, el martes siguiente… sucedió algo.
–         ¿El qué?
–         Por la mañana, mientras estabas en clase… Llamaron al timbre y cuando abrí me topé con Gloria, que venía toda agitada… Yo la conocía de vista del bloque, por lo que, cuando me pidió ayuda, no pude negarme…
–         ¿Con Gloria?
–         Sí – dijo Jesús – Le ordené que se presentara en tu casa y que se acostara con tu novio.

Empezaba a entender.

 
5

–         ¿Te follaste a Gloria mientras yo estaba en el instituto? ¿Cómo pudiste? – exclamé inexplicablemente enfadada.

–         ¿Quién fue a hablar? – respondió Mario, enojado.
–         Edurne, ¿crees que Mario podría resistirse si Gloria intentara seducirle? ¿O alguien?
–         Supongo que no – concedí.
–         Y según me dijo Gloria, lo intentó – dijo Jesús – Pero ella usó la treta de la jovencita en apuros. Se presentó con la camisa desgarrada y le dijo que unos chicos la habían asaltado en el ascensor, pero que había podido escabullirse antes de que le hicieran anda. Tu novio, todo caballeroso, salió en busca de los agresores, pero claro, no encontró a nadie y cuando regresó…
–         Me imagino el resto, gracias – dije un tanto picada.
–         ¿Te molesta? – rió Mario, también enfadado – Le dijo la sartén al cazo…
–         No, tienes razón. Puedes follar con quien te dé la gana – dije secamente.
–         ¿Te molestan los cuernos?
–         No tanto como a ti. Yo lo he hecho más veces.
–         Eso es lo que tú te crees. Si supieras cuantas veces me he follado a Pili…
–         Cabrón.
–         Puta.
Jesús se echó a reír.
–         Bueno, bueno. ¿Seguimos? No queda mucha historia y yo estoy deseando acabar y unirme a los de ahí fuera. Tanto hablar de folleteo me ha animado y mirad como la tengo ya.
Diciendo esto, Jesús se incorporó de la silla, exhibiendo sin vergüenza su falo completamente erecto. No pude evitarlo, la boca se me secó y deseé intensamente tenerlo entre mis piernas. Ya no me importaba nada la infidelidad de Mario.
–         Al día siguiente, Mario partió de nuevo de viaje, lo que yo ya sabía porque se lo había comentado a Gloria después de follársela.
Miré a Mario con desprecio.
–         Un par de días después, le vendí tu culo a Armando –  dijo Jesús mientras me estremecía con el recuerdo – Y el sábado te presenté a Esther.
–         Y yo regresé esa misma mañana. Jesús me contó que, mientras yo te llamaba al móvil, preocupado por no saber donde estabas, tú estabas chupándosela bajo la mesa – dijo Mario en tono de reproche.
–         La tarde del domingo puse en marcha mi plan. Me presenté con Gloria en tu casa y ambos fingieron no conocerse. Luego, mientras te follaba en el salón, Gloria se enrollaba en la cocina con Mario, lo justo para distraerle y que no se enterara de lo que pasaba al lado.
–         Yo estaba excitadísimo por la situación, metiéndole mano por todos sitios a Gloria, mientras el miedo a que nos pillaras me excitaba todavía más. Soy gilipollas, lo sé.
–         Gloria, siguiendo mis instrucciones, se citó para comer con él al día siguiente, pero fui yo el que se presentó en el restaurante, mientras Gloria pasaba el día contigo y te presentaba a las otras chicas.
Recordé aquella memorable jornada. Había sido el día en que había empezado a sumergirme de veras en el mundo de Jesús, a conocer todo lo que le rodeaba. Por lo visto, a Mario le había pasado lo mismo.
Y era cierto, aquel día Mario me había dicho que iba a almorzar con un amigo. Qué cabrito.
–         Cuando me vio llegar a mí en vez de a Gloria, se puso blanco como la pared – rió Jesús mirando a Mario.
–         ¿Y qué querías? – respondió éste – Pensé que te habías enterado de que me había acostado con tu novia y que venías a montarme un pollo.
–         Y la cosa no mejoró cuando te enseñé las grabaciones de móvil que había hecho Gloria mientras follábais.
Entendí completamente los planes de Jesús. Haciendo eso, se aseguraba la atención de Mario y le serviría como seguro para contarle que él me había hecho lo mismo a mí.
–         Creí que iba a chantajearme, que iba a pedirme dinero o algo así a cambio de no contarte mi infidelidad – dijo Mario dirigiéndose a mí – Pero no eran esos sus planes.
–         Desde luego que no. Cuando estuve seguro de que Mario estaba pendiente de mis palabras, le conté todo lo que habíamos hecho tú y yo en los días anteriores.

Me quedé mirando a Mario en silencio, avergonzada. Pero también excitada por recordar todo lo que habíamos hecho Jesús y yo. Me di cuenta de que tenía los pechos duros y sensibles y mi entrepierna era un charco bajo la sábana. Amparándome en la tela que ocultaba mi desnudez a los ojos de los dos hombres, llevé lentamente una mano a mi empapado coñito y empecé a acariciarlo suavemente, procurando que ellos no se dieran cuenta de lo que hacía. Aunque apuesto a que Jesús lo sabía perfectamente.
–         Y no sólo se lo conté, sino que le mostré abundante material audiovisual. Las fotos y los vídeos que te había tomado durante nuestras sesiones.
–         ¿Os pusisteis a ver vídeos míos follando en mitad del restaurante? – pregunté indignada.
–         No, tras un rato de charla nos fuimos a tu piso, para poder hablar con más libertad.
–         ¿Y tú no hiciste nada? – le pregunté a Mario – Te estaban mostrando pruebas de mi infidelidad.
–         Y de la mía, no lo olvides. Pero es que, además, Jesús no me había dicho que era él el que salía follándote en los vídeos. En ninguno de ellos se le veía la cara, así que, aunque estaba enfadado, no la tomé con Jesús. En el fondo, seguía pensando que aquello formaba parte de un plan para sacarme dinero.
–         Y así era, pero no como tú te imaginabas. Pues bien, aquella ya era demasiada información, así que me marché para que Mario pudiera asimilarla. Eso sí, me llevé todos tus vídeos y fotos, para que no tuviera pruebas con las que acusarte de nada – me dijo Jesús.
–         Exacto. Sólo me dejó un DVD con mis vídeos y fotos con Gloria. Abrumado por las circunstancias, lo puse otra vez en el reproductor… y acabé masturbándome mientras lo veía. Esa tarde me costó mucho mirarte a la cara Edurne. Aunque tenía pruebas de que eras una puta, me sentía mal yo, así que te preparé la cena y te esperé… luego, por la noche, mientras me follabas como loca, yo no podía dejar de pensar en lo zorra que eras, en Gloria, en lo que había pasado…
–         Por eso fue tan intenso – recordé.
–         Así es – asintió él.
–         Por la mañana me sentí asqueado conmigo mismo, hipócrita por haber consentido que me arrastraras a tu cama a pesar de saber lo que habías hecho… me sentí débil, así que… seguí las instrucciones que me había dado Jesús.
Jesús retomó el relato, poniendo fin al incómodo silencio que se había producido.
–         Mis instrucciones eran que te dijera que volvía a marcharse de viaje el fin de semana, pues había muchas cosas que tenía que ver para entender. Además, lo cité al día siguiente, a la salida del instituto…
–         Y yo os vi follando en el aula, Edurne. Y fue entonces cuando lo creí todo. A pesar de los vídeos, a pesar de las pruebas, todavía pensaba que todo aquello era un mal sueño, que no era real, pero cuando te vi gimiendo de placer mientras Jesús te follaba… decidí que iba a vengarme.
–         O sea, que cuando fuimos a comer juntos ese día…
–         Yo ya había visto en directo el pedazo de puta que estás hecha. Soy buen actor ¿eh?
Joder. Vaya si lo era. Y yo pensando que le había engañado por completo. Me sentí mal por aquello, pero mi inquieta manita entre mis muslos me calmó rápidamente.
–         El jueves por la mañana, Edurne, si recuerdas, ni Gloria ni yo aparecimos por clase…
–         Es cierto – asentí.
–         Lo que hicimos fue reunirnos con tu novio y llevarle a mi casa, donde nos montamos una buena orgía con mi madrastra.
–         A esas alturas ya me daba igual todo. Follé con las dos hasta acabar agotado. Nunca me había sentido igual. Imitando a Jesús, no dudé en ordenarles las cosas más sucias que se me ocurrieron… y ellas obedecían en todo. Me sentí poderoso, nunca había experimentado nada igual…
–         Y después le expliqué todo lo relativo al club, le hablé del resto de chicas y de los otros hombres… y le pregunté si quería unirse…
–         Y yo no dudé, Edurne – dijo Mario mirándome – Sólo de pensar en las posibilidades que se abrían ante mí… Uf. Pero no era solo eso. También deseaba vengarme de ti, a pesar de que yo también había sido infiel, no podía compararse con lo tuyo… y si me convertía en tu dueño…
Me estremecí. Así que era eso. Así era como Jesús lograba que aquellos hombres pagaran por lo que ya poseían. Les ofrecía la posibilidad de vengarse de ellas por haberles humillado.
–         Es noche me contaste la patraña del tatuaje y tu amiga Esther. Y fingí creérmelo todo, poniéndome cada vez más caliente al pensar en todo lo que te iba a hacer. Por eso no pude más y me metí en la ducha contigo.
Era cierto. Aquella noche Mario había estado mucho más intenso de lo habitual. Ya sabía por qué.
–         El sábado, conforme a las instrucciones recibidas, me largué de casa, fingiendo irme de viaje. Lo que hice fue plantarme en casa de Jesús, donde me presentó a su padre. Me dejó con él para irse a  pasar el fin de semana contigo y con Gloria. Bartolomé hizo de cicerone para mí. Me ofreció a su mujer, a la que volví a zumbarme gustoso y después ambos me acompañaron hasta aquí, hasta esta casa, donde conocí a Germán y a su esposa, que también fue puesta a mi disposición. Y aquí he permanecido hasta hoy, aprendiendo todo lo necesario sobre el club.
–         ¿Y Yolanda? – pregunté.
–         La conocí, aunque no pude catarla. Su Amo es Jesús y sólo podemos disponer de una de las mujeres si su amo nos la ofrece. O en una de estas fiestas… Créeme si te digo que el verla y no poder follármela acabó por decidirme por completo a unirme al club. Ha sido la ostia follarme a su madre en el salón mientras ella veía la tele tranquilamente al lado…
La expresión de pervertido de Mario era casi cómica. Pero yo no me reía.
–         ¿Y si me niego a participar? – pregunté – ¿Expulsaréis a Mario del club? Si me voy, no podrá aportar una chica…
–         Hoy está aquí como invitado – repuso Jesús – Así que, como todos le hemos ofrecido a nuestras esclavas, podrá disfrutar de la velada como le plazca.
–         ¿Y la próxima vez?
–         No podrá unirse hasta que yo le consiga una nueva esclava. Pero no creo que vaya a tardar mucho, pues ya tengo un par de objetivos en mente –  respondió Jesús mirándome con cierto desprecio.
Aquello me dolió. Dejé de tocarme bajo la sábana.
–         Entonces, ¿ya está? – dije con un nudo en la garganta – ¿Eso es todo?
–         Sí, Edurne, eso es todo. Ha llegado el momento de elegir. La hora de los cuentos ya ha pasado…
–         Y empieza la de las putas… – retrucó Mario sonriendo.
Tras decir esto, Mario se incorporó. No pude evitar mirar su polla, que se había puesto morcillona, lo que me excitó todavía más. Me sentía profundamente insatisfecha, pues todas aquellas revelaciones y tocamientos a escondidas me habían excitado.
–         Bueno, amigo, interesantísima historia – dijo mi novio – Pero yo ya no puedo más. Con tu permiso, me voy al salón a disfrutar de la mamada simultánea que me has recomendado antes. Y tú – dijo volviéndose hacia mí – Puedes hacer lo que te parezca bien. Si quieres, lo mandamos todo al carajo, ya no me importa… pero sabes que en el fondo te quiero y que sería un buen amo para ti.
Y me besó suavemente en los labios. Me ruboricé intensamente sin saber por qué. Sentía vergüenza. Mario salió del cuarto, dejándome a solas con Jesús. Pensé que, sin duda, aquello formaba parte del plan que habían trazado los dos hombres, pues la presencia de Jesús era lo que más me enardecía en el mundo. Me costaría decirle que no.
–         Yo también me voy, Edurne – me dijo, angustiándome todavía más – Tienes que tomar una decisión. Una vida de infinito placer, sometida a los deseos de Mario y a los míos – dijo haciendo especial hincapié en el “míos” – o una nueva vida, libre de ataduras, que puede ser lo que tú quieras que sea… pero sin poder volver atrás…
–         ¿Y si me quedo, sí podría volver atrás? – pregunté con ironía.
–         Por supuesto. Olvidas lo que te dije. La única libertad que concedo a mis esclavas es marcharse cuando quieran. Eso sí, ya no pueden volver…
Era verdad. Recordé el momento en que me lo había dicho.
–         Bien, me marcho. Tómate el tiempo que quieras y elige una de las dos puertas, la del jardín y la libertad o la del salón, de la sumisión y el placer.
No respondí nada. Jesús se levantó, exhibiendo su poderosa erección con descaro, sin duda para influir en mi ánimo. Caminó lentamente hacia la puerta, mientras mi corazón latía desaforado, pero justo antes de abrirla, se volvió una vez más y me habló.
–         Puedo jurarte, Edurne, que si te marchas… te echaré de menos.
Y salió.
………………………………………………………..
Podría mentirles. Podría decirles que me pasé horas decidiendo qué iba a hacer, que las dudas me mantuvieron pegada a aquella cama, tratando de vislumbrar cual sería mi destino en función de la opción escogida. Pero ustedes sabrían que estoy mintiendo. Si han tenido la paciencia de seguir mi relato durante estas cientos de páginas sin duda me conocen ya. Saben la clase de mujer que soy.
En cuanto Jesús salió, salté de bajo las sábanas. Tratando de serenarme, caminé muy erguida hacia el baño y encendí la luz. Me miré en el espejo, repasando mi cuerpo, observando mi piel churreteada de sudor y cosas peores.
Me separé los labios vaginales y me miré la entrepierna, viendo que la mezcla de sudor, flujos y semen había dejado la zona toda pegajosa, así que decidí asearme.
Tenía que estar presentable para empezar mi nueva vida.
Me duché con cuidado de no mojarme el pelo y, tras secarme, volví a ponerme las medias, el liguero y el vestido negro. Las bragas no, pues no las encontré.
Regresé al baño, para acicalarme un poco frente al espejo. Cuando estuve satisfecha, me calcé con los zapatos de tacón y me dirigí hacia una de las puertas, agarrando el pomo con mano temblorosa. Respiré hondo para armarme de valor… y la abrí.
Y mi nueva vida apareció ante mí…
                                                                                                          FIN
6Por un momento, pensé en terminar aquí la historia. Pero no, si han aguantado hasta el final… merecen saber algo más.
Cuando abrí la puerta, me encontré justo con la escena que me esperaba. La lujuria y el desenfreno campaban a sus anchas por doquier. Mirara donde mirara, sólo veía cuerpos desnudos retorciéndose de placer, frotándose unos contra otros en una interminable danza de pasión.
Todos menos Jesús. El chico estaba sentado en un sillón, mientras una de las chicas, Rocío creo, le estaba practicando una felación.
Cuando mis ojos se encontraron con los suyos, las rodillas me temblaron y tuve que agarrarme a la manija de la puerta para no caerme. Su sonrisa, como siempre, me debilitaba, me prometía cosas que yo ansiaba poseer… océanos de placer inabarcable.
Como pude, me las apañé para mantenerme erguida y caminar unos pasos al interior del salón. Nadie, ni siquiera Mario, que estaba enfrascado en un libidinoso cuerpo a cuerpo con Kimiko, se había percatado de mi presencia. Pero Jesús sí.
–         Bienvenida, perrita.
Las rodillas volvieron a flaquearme. Bastó con que volviera a llamarme perrita para hacer que me derritiera. Lo había echado de menos. Pero su voz no tuvo efecto sólo en mí, pues bastaron esas simples palabras para que los demás quedaran libres del hechizo de la lujuria y se dieran cuenta de que había llegado.
Un montón de caras sudorosas me miraban sonrientes, especialmente la de Mario, que veía como el futuro color de rosa se abría ante él. Parecía a punto de gritar de alegría. Eso me tranquilizó. No las había tenido todas consigo, no había estado seguro de si yo iba a claudicar. El único que no había dudado de mí era mi Amo.
Le miré sonriente, con el corazón desbocado atronando en mi pecho. Me sentía feliz por haber tomado esa decisión, sabía que era la correcta. Estaba decidida. Si había que ser una puta para mi Amo… yo sería la mejor. Cuando pasaran 30 años y Jesús ya me hubiera dado la patada por vieja, quería que, cuando estuviera entrenando a alguna jovencita, no pudiera evitar acordarse de mí. Ya lo vería.
De pronto, vi que Gloria se acercaba a mí casi corriendo y se arrojaba en mis brazos, abrazándome. Estaba pringosa de sustancias pegajosas, pero no me importó y le devolví el abrazo. Sabía que se alegraba por mí. Por el rabillo del ojo vi como Kimiko me dirigía una ligera reverencia, saludándome.
–         Me alegro tanto de que te hayas unido a nosotras – me dijo Gloria separándose un poco de mí – Lamento haberte engañado, pero era necesario…
–         Shisss – la hice callar poniéndole un dedo en los labios – No hay nada que perdonar.
Justo entonces Jesús se puso en pié y, como siempre, todos le prestaron atención.
–         Esclavas, saludad a vuestra nueva hermana.
No sabía a qué se refería hasta que Gloria, que seguía ábrazada a mí, acercó su rostro al mío y me dio un tenue beso en los labios.
–         Bienvenida número cinco – me dijo mi alumna recordándome mi reciente ascenso en el ranking.
–         Gracias número 6 – respondí sonriéndole.
Una a una, todas las chicas se acercaron a mí y me besaron en la boca, mientras lo hombres nos observaban divertidos sirviéndose una copa. Mis ojos les seguían inquietos, calibrando los diferentes grosores y tamaños que exhibían y que sin duda pronto iba a probar. Era curioso, los más mayores mostraban tremendas erecciones, mientras que los jóvenes tenían distintos grados de excitación, lo que me hizo sospechar que por la sala debía haber tráfico de pastillitas azules. Como ven, estaba hecha una experta en pollas… Ya lo he dicho: de entre las putas… la mejor.
Natalia, tan efusiva como siempre, me dio un fortísimo abrazo que me dejó sin resuello al estrecharme contra sus melones. Yolanda, que apenas me conocía (sin contar los masajes de un rato antes), fue la más comedida.
Cuando acabaron, Jesús me dio mi primera orden como esclava de pleno derecho.
–         Y ahora, perrita, es hora de que saludes a nuestros amigos.
Me volví entonces hacia Mario. Ya sabía lo que iba a decirle. Mi último acto de rebeldía.
–         Mario, quiero que sepas que, a partir de ahora, te obedeceré en todo lo que me ordenes. Sé que me quieres y yo te quiero a ti, así que sé que seremos muy felices juntos si somos capaces de darnos el uno al otro lo que ansiamos. Pero has de saber que jamás te llamaré Amo. Si quieres serás mi Dueño, mi Jefe, mi Propietario… pero Amo sólo tengo uno – dije volviéndome hacia Jesús.
Sé que a Jesús le complacieron mis palabras, lo leí en sus ojos. A Mario en cambio no le gustaron tanto, pues vi brillar la ira en el fondo de su mirada.
–         Eso es algo que no me importa, puedes llamarme como te plazca – me dijo mi nuevo dueño – Mientras hagas lo que te digo.
–         Y si no lo hago, cumpliré el castigo que decidas – respondí sumisa.
Aquello le gustó más.
–         Espero no tener que hacerlo muy a menudo. – dijo –  Ahora, como ha dicho Jesús, saluda a mis amigos.
Obediente, me acerqué caminando muy erguida hacia el sofá más próximo, donde reposaba sonriente el marido de Natalia. Sentía la mirada de todos los presentes clavándose en mi piel, pero no me importó, me gustaba ser el centro de atención. Me sentí como en clase, cuando sentía cómo las ávidas miradas de los chicos me desnudaban mentalmente. Ahora podía reconocer que aquello me gustaba.
Cuando estuve junto a Germán, me incliné para besarle.
–         Encantada de conocerle, Germán – le dije – Estoy segura de que lo pasaremos muy bien.
Sin embargo, cuando acerqué mi cara para besar su boca sonriente, el vejete me detuvo, mientras yo le miraba extrañada.
–         No es ahí donde tienes que besarme niña – dijo riendo – Así no se saluda… Hay que tener mejores modales.
Le entendí perfectamente. Inclinando el cuerpo un poco más, agarré suavemente su erecto pene y lo besé tiernamente en la punta, haciendo que la sonrisa del viejo se ensanchara todavía más.
–         Creo que esta puta va a gustarme – exclamó dándome un fuerte cachete en el culo mientras me apartaba de él.
El siguiente fue el padre de Gloria, mi vecino Raúl.
–         Cuando nos encontrábamos en el ascensor, nunca se me ocurrió que fuésemos a acabar así – le dije mientras besaba con dulzura su polla.
–         Pues a mí se me ocurrió en más de una ocasión – respondió él haciendo reír a los otros.
El siguiente fue Yoshi, cuya polla yo conocía tan bien. A medida que me acercaba, imaginé que esa misma noche acabaría con aquella cosa enterrada en mis entrañas. Iba a estar bien. Ya no tenía miedo ni me impresionaba. Yo iba a ser la reina de las putas.
–         Hola Yoshi.
–         Bienvenida – dijo él sonriendo.
No me hizo falta agacharme apenas, pues Kimiko, que estaba sentada junto a su hermano, agarró la base de aquella enorme porra y la mantuvo erguida, sosteniéndola apuntando al techo. Le sonreí agradecida mientras depositaba un lujurioso beso en el glande de la gigantesca verga. Hasta la lamí ligeramente.
–         Yo no soy tan impresionante – me dijo el siguiente, el padre de Jesús cuando me acerqué para rendir homenaje a su polla.
–         Bartolomé, no diga eso. La suya es magnífica. Y además, de no ser por usted ninguno estaríamos aquí ahora.
–         ¿Cómo? – exclamó el hombre, extrañado.
–         ¡Claro! – reí – ¡Si de sus testículos no hubiera surgido Jesús, probablemente jamás nos habríamos reunido!
Mientras besaba su polla, acaricié dulcemente su escroto con la mano, como agradeciéndole por regalarnos el fruto de su semilla. Bastó aquel simple contacto para que notara cómo su verga se endurecía aún más contra mis labios. Sonreí satisfecha.
Martín era tan tímido como parecía y apenas balbuceó un “bienvenida” mientras besaba su pene. Me sentí feliz por poder intimidar así a un hombre. Los pequeños placeres…
Entonces le tocó el turno a Jesús. El corazón me latía en el pecho. Caminé hacia él, con los ojos clavados en los suyos, diciéndole sin palabras que yo era suya, que lo demás era puro artificio, que todo aquello lo hacía para poder estar con él.
Y él lo sabía.
Sentí una descarga eléctrica cuando besé su idolatrada polla. Me sentí más viva que nunca.
Y entonces me acerqué a Mario.
–         De rodillas – me ordenó.
Yo obedecí sin dudar, quedando frente a frente con su morcillona verga.
–         Como bien dices, ahora soy tu dueño. Y el saludo tiene que ser… más profundo.
La sutileza no era el punto fuerte de Mario.
Sumisamente separé los labios y absorbí su polla hasta el fondo, hasta que mi rostro quedó empotrado contra su entrepierna. Pude sentir cómo se endurecí rápidamente en mi boca y el pobre Mario no pudo sofocar un gruñido de placer cuando mi lengua empezó a juguetear con su erección. Sonreí mentalmente, pues sabía que, aunque él pudiera ordenarme lo que le diera la gana, yo todavía era capaz de manejarle a mi antojo. Mario había cambiado… pero no era Jesús.
–         E… esta bien, puta – balbuceó Mario extrayendo su nabo de entre mis labios – Ahora vamos a ver qué hacemos contigo.
–         Lo que te apetezca – respondí sumisa.
–         Bien. Antes, mientras estábamos en el cuarto, me has insultado y me has llamado cabrón.
–         Lo siento – dije un poco inquieta.
–         Y creo que, aunque quizás me lo merecía, debo castigarte por ello.
Mentira. Quería castigarme porque, en el fondo, sabía que yo le pertenecía a Jesús.
–         Como tú digas Mario.
–         Bien, pues vamos a probar una cosa que me enseñaron este fin de semana. Además, servirá como regalo para todos mis nuevos amigos.

–         ¡Buena idea! – exclamó Germán, al parecer entendiendo perfectamente la sugerencia de Mario – ¡Natalia, traed la picota del almacén!

 
Miré intrigada a Natalia mientras salía al jardín acompañada por tres de las chicas. Me resultó cómico verlas a las cuatro, en pelota picada, caminando de puntillas por el jardín, quejándose del frío. Era normal, en aquel cuarto la cosa estaba que ardía.
Cuando regresaron, comprendí al momento en qué iba a consistir mi castigo.
Entre las cuatro transportaban como podían la susodicha picota. Lo había visto en películas, era un instrumento de tortura medieval, consistente en un cepo con tres orificios, uno grande en el centro y dos más pequeños, uno a cada lado, sujeto sobre unas patas de madera que llegaban hasta el suelo. Lo que se hacía era colocar al reo en el cepo, atrapando el cuello en el agujero central y las manos en los otros, de forma que el prisionero quedaba con los pies en el suelo y el cuerpo inclinado hacia delante, con la cara expuesta para que la gente le arrojara porquerías como castigo, mientras quedaba completamente indefenso. Aunque, en mi caso, no era la cara lo único que iba a quedar expuesto…
Aquel era un modelo indiscutiblemente más moderno y pude observar con alivio que los agujeros estaban forrados para evitar heridas por rozamiento. Porque no había que ser Einstein para saber en qué iba a consistir mi castigo cuando estuviera allí atada. Mario tenía razón, sus amigos iban a tener un bonito regalo.
–         ¿Y bien, nena, qué te parece? – me preguntó Mario mirándome sonriente.
–         Haré todo lo que me ordenes Mario. Si piensas que merezco un castigo, lo recibiré con obediencia.
–         Perfecto.
Natalia y su hija fueron las encargadas de atarme. Mientras la madre separaba la parte superior para ensanchar los orificios y permitirme meter la cabeza y las manos, la hija se aseguraba de que estaba en la posición correcta, para que no me llevara un buen pellizco al cerrar el cepo. Cuando cerraron la madera alrededor de mi cuello y echaron la llave al candado, no pude evitar que la angustia se apoderara de mí y forcejeé un poco intentando sacar las manos. Mi gozo en un pozo.
–         Es inútil que te resistas – me dijo Mario, sonriendo al ver mis esfuerzos.
–         No me resisto, Mario – respondí serenándome – Quería comprobar que estaba correctamente cerrado para cumplir mi castigo.
Cuando estuve bien sujeta, las chicas colocaron delante de la picota un pequeño banco. Comprendí que se utilizaba por si algún hombre quería usar mi boca, para que pudiese subir en él y ubicar su pene a la altura de mis labios. Habían pensado en todo.
–         Bien. Señores, ¡es toda suya! – exclamó mi novio ofreciéndome como tributo a la jauría humana.
Y tuve que reconocer que estaba deseándolo.
Las palabras de Mario fueron el detonante de la acción. Parecía como si el rato que había pasado hasta quedar en el cepo hubiera sido “la pausa que refresca”, como si todo hubiera quedado en suspenso. Pero en cuanto estuve amarrada… se desató la lujuria.
–         ¡Con vuestro permiso, voy a ser el primero en clavarme a la nueva! – exclamó Germán levantándose trabajosamente del sofá.
No me sorprendió en absoluto, pues había sentido su mirada codiciosa sobre mi cuerpo desde que entré. Estaba bastante segura que lo del numerito de tener que besarles la polla a todos no formaba parte de ningún ritual del club, sino que se le había ocurrido sobre la marcha al viejo verde. Me caía bien el tipo.
En ese momento, empezó a sonar en la sala una música de ambiente muy suave. No entiendo mucho de música clásica, así que no supe identificar la pieza. Germán, haciéndose el gracioso, empezó a simular que bailaba mientras se aproximaba a mí al son de la melodía, procurando en todo momento que su erecto rabo bamboleara bien a mi vista. Le sonreí.
–         Qué bien nos lo vamos a pasar, cariño – me susurró al oído cuando estuvo lo bastante cerca.
–         Estoy segura – respondí relamiéndome con voluptuosidad, lo que pareció encantarle.
Rápidamente, rodeó la picota para situarse detrás de mí. Mientras lo hacía, observé que el desenfreno se había apoderado de la sala.
Yoshi estaba follándose a su hermana. Rectifico. Lo que hacía no era follársela exactamente. El japonés se limitó a clavarla por completo en su monumental hombría, de espaldas a él y, haciendo gala de su gran fuerza, empezó a caminar por la habitación con la chica empalada. La expresión completamente ida de Kimiko, con los ojos en blanco y la boca desencajada era para hacer un cuadro.
Mario y Raúl estaban dedicándose a la madre y a la hija, magreando sus enormes globos a placer. Al principio no comprendí qué estaban haciendo, pues mantenían a las chicas una frente a la otra, casi pegadas, mientras ellos manipulaban los melones. Cuando se apartaron un poco, pude ver lo que habían estado haciendo.
Los muy pervertidos habían enganchado los piercings de los pezones de las mujeres entre sí, el de la teta izquierda de Yolanda al de la derecha de Natalia y viceversa. De esta forma, ambas mujeres quedaban prendidas por los senos, sin poder separarse. Rápidamente, los dos hombres se colocaron tras las chicas y las penetraron simultáneamente, empezando a follárselas con brío. Pensé que a ambas debían dolerles los pezones, pero nadie lo diría a tenor de cómo gemían y rebuznaban.
Bartolomé se apoderó de Gloria, la “novia” de su hijo. Ésta dio un gritito y pataleó mientras el hombre la alzaba en volandas, pero la risa de la chica demostraba que sólo estaba jugando. El hombre la arrojó sin muchos miramientos sobre un sofá que estaba junto a la picota, donde la joven rebotó todavía riendo. En menos de un segundo, pude ver de cerca como la erección del padre de mi Amo se hundía hasta el fondo del culito de Gloria, mientras ésta chillaba y fingía resistirse, con el claro fin de enardecer todavía más al hombre, que resoplaba como un toro en celo mientras bombeaba el  culo de mi alumna.
Justo entonces noté como Germán, que se había situado a mis espaldas, me levantaba el vestido, dejando expuesta mi intimidad.
–         Umm, una zorrita sin bragas… me encanta – le escuché murmurar.
Enseguida incrustó su manaza entre mis muslos, frotando vigorosamente mi vagina. Con habilidad, hundió un dedazo entre los labios, recorriendo toda su longitud, empapándolo de mi humedad. Era bueno y pronto me encontré separando levemente los muslos para dejarle franco el acceso. Él resopló complacido.
–         ¡Joder, Mario! – exclamó groseramente – ¡Menudo coño se gasta tu novia! ¡Está ardiendo! ¡Me voy a correr en cuanto se la meta!
Me encantó que dijera esas cosas de mí. Me mojé todavía más.
–         ¡Veamos cómo anda de tetas! – dijo, aunque ya las había visto bastante bien durante el nyotaimori.
Diciendo esto, Germán estiró mi vestido para que mis senos escaparan por los lados, mientras dejaba recogida la falda sobre mi espalda, para dejar mi grupa al descubierto. El viejo apretó su entrepierna contra mi trasero, permitiéndome sentir la dureza y el calor  de su barra de carne. Apretándose con fuerza, se apoderó de mis colgantes senos con las manos, estrujándolos con ganas. Pronto sus dedos se apoderaron de mis pezones, pellizcándolos  con ansia, como si tratara de ordeñarme. Me hizo daño, pero me mordí el labio para ahogar cualquier tipo de queja.
–         Fantásticas, tienes unas tetas fantásticas –  me susurró sin dejar de tocármelas, lo que me llenó de placer.
Miré entonces hacia Jesús, para comprobar que mi Amo veía lo buena que era su perrita. No me defraudó. A pesar de estar sentado en el otro extremo de la sala, los ojos de Jesús estaban clavados en mí, con su lobuna sonrisa bailando en su rostro. Me sentí feliz.
Contemplé con envidia cómo su madrastra devoraba su polla con ansia. Deseé ocupar su lugar… o si no el de Rocío, que estaba sentada a horcajadas sobre uno de los muslos de Jesús, deslizando las caderas adelante y atrás, frotando libidinosamente su coñito contra la pierna del Amo, como la perra que era.
Y por fin Germán me la metió. Sin muchos miramientos, con fuerza, de un tirón, hasta las bolas… como a mí me gustaba.
No pude reprimir un gemido de placer cuando el nabo del viejo se abrió paso en mi encharcado coño, lo que le encantó a Germán, que me dio un nuevo azote en el trasero. Al parecer al viejo le ponía calentar culitos. Me pregunté cuántas azotainas habría recibido Yolanda de su papi por ser mala, mientras éste soñaba con follarla.
Y el viejo lo hacía bien. Empezó a bombear en mi coño con ganas, a un ritmo bastante intenso, agarrando mis caderas con las manos para dirigir bien las embestidas. Enseguida me encontré con mis tetas bamboleando como campanas, por lo que empezaron a estrellarse una y otra vez contra la madera que me tenía prisionera, produciendo un sonido de golpes sordos que me resultaba excitante.
–         Mírate – dije para mí – Follada como una perra por un viejo que no para de estampar tus tetas contra el cepo. Quién te lo hubiera dicho hace un mes…
El pensamiento me hizo sonreír.
–         ¡Qué coño tienes, zorra! ¡Cómo aprietas!
Tenía los ojos cerrados, para sentir mejor el placer de los pollazos, concentrándome únicamente en complacer al macho que me montaba, como la buena perrita que era. A pesar de ello, percibí una presencia cerca de mí, lo que me hizo abrir los ojos un poco sobresaltada.
Frente a mí estaba Martín, que no había empezado a participar en el desenfreno del salón. Enseguida averigüé por qué.
–         ¡Tú como siempre, Martín! ¡Qué manía con las mamadas! ¡Donde esté un buen coño! – exclamó Germán sin dejar de hundir en mí su estoque.
–         Para gustos los colores – le replicó el joven en tono neutro, mientras me dirigía una mirada casi suplicante.
Me hizo gracia que, en medio de aquel desparrame, hubiera alguien capaz de sentirse avergonzado. Le sonreí al chico y me relamí, clavando mis ojos en su polla, como la buena zorrita que era.
No hizo falta más invitación. Martín se encaramó en el banco que habían colocado frente a la picota y colocó su erecto nabo frente a mi boca. Como estaba sujeta, yo no podía hacer nada más que separar los labios para permitir que me la hundiera hasta la garganta y él así lo hizo, haciendo que se me saltaran las lágrimas. No estaba mal armado el tal Martín, no.
Agarrándose al borde de la picota con ambas manos, el chico empezó a follarme la boca con energía, aunque a un ritmo más pausado del que aplicaba Germán en mi coño, pues si no, me habría desencajado la mandíbula.
Así me encontré follada a la vez por la boca y por el coño, aislada del espectáculo que se desarrollaba en la sala, pues el cuerpo de Martín me tapaba la visión. El viejo sabía lo que se hacía y estaba dándome bastante placer, por lo que pronto me encontré al borde del orgasmo. Traté de de retrasarlo, pues si empezaba tan pronto a correrme como una burra no tardaría en quedarme sin fuerzas, así que empecé a apretar el coño y a mover las caderas para ver si lograba acelerar la corrida del viejo, pero aquello le gustó todavía más.
–         ¡Así, puta, así, mueve el culo! – aulló azotándome de nuevo. ¡Dios, voy a correrme!
El problema es que yo también lo hice. Qué corrida tan buena me proporcionó el  pervertido de Germán. Y la polla de Martín en mi boca había ayudado también sin duda. Mientras me corría, no sé por qué, me acordé de Mariano el conserje y de su polla.
Y Germán también estalló. Sentí como su verga entraba en erupción enterrada en mis entrañas, llenándome, mezclando su semilla con la de los otros dos hombres que ya me habían tomado esa noche. Me encantó.
–         ¡Toma, puta, aquí tienes mi leche! – gemía el viejo agarrado a mis caderas como si le fuera la vida en ello, dándome fuertes culetadas que estampaban mis tetas una y otra vez contra la madera. Al día siguiente las tenía moradas.
Cuando Germán alcanzó el paroxismo, Martín aflojó un poco en mi boca, lo justo para dejarme respirar. Alcé como pude los ojos y me encontré con los suyos, que miraban agradecidos cómo su virilidad se perdía entre mis labios.
–         Otro tipo simpático – pensé.
Germán se retiró de mi interior resoplando y caminó tambaleándose hasta derrumbarse sobre el sofá más próximo, cosa que ví por el rabillo del ojo, por un hueco que dejaba el cuerpo de Martín, sentándose  justo detrás del culo de su amigo Bartolomé, que seguía sodomizando con entusiasmo a la pequeña Gloria.
–         Así, dale duro – bromeó dirigiéndose a su empleado.
Al estar de pie, sentí como el semen del viejo escapaba de mi interior y resbalaba por mis muslos, ardiente sobre mi piel. El vestido se había deslizado de mi espalda, volviendo a cubrir mi grupa, aunque estaba segura de que pronto sería alzado por un nuevo comensal. No me equivocaba.
–         ¿Ya ha terminado, Germán? ¡Pues ahora me toca a mí!
Me estremecí al reconocer el inconfundible acento de Yoshi, a pesar de no verle debido a que Martín me tapaba casi todo el panorama.
Pero eso acabó enseguida, pues, inesperadamente, Martín entró en erupción. Casi me atraganto, pues su corrida llegó de forma inesperada. Comprendí que todavía me quedaba mucho por aprender en cuestión de pollas, pues había sido incapaz de percibir que aquella estaba a punto de caramelo.
–         La corrida silenciosa – pensé en silencio.
Martín, muy solícito, se retiró rápidamente de mi boca, como si le avergonzara haber descargado en mi garganta. Le miré, un poco sorprendida por tantos miramientos y vi que estaba un poquito avergonzado. Juguetona, le saqué la lengua, completamente pringosa por su semen, lo que le hizo enrojecer todavía más, apartándose de mi lado.
Como no me había ordenado otra cosa, escupí el resto de semen que quedaba en mi boca en el suelo, sin tragármelo, aunque una buena parte ya debía estar en mi estómago tras el primer disparo. Sonreí al ver alejarse al tímido Martín, pero la sonrisa murió en mis labios al ver que Yoshi se aproximaba, enarbolando su enorme porra, brillante por los jugos de su hermanita, que yacía desmadejada sobre un sofá, medio inconsciente. La corrida de Martín había hecho que me olvidara de que era su turno.
–         ¿Y bien Edurne? – dijo apoyando un codo distraídamente sobre el cepo que me sujetaba – ¿La quieres en el culo o en el coño?
–         Eso depende de si quieres o no matarme – respondí descarada.
Él se echó a reír.
–         ¡Qué buena aportación han hecho contigo! ¡Seguro que no nos aburriremos!
–         ¿Es que antes os aburríais?
–         Lo que es seguro, es que ahora mismo tú no vas a aburrirte – siseó.
Mientras decía esto, Yoshi se agarró la verga y empezó a frotarla contra mi indefenso rostro. Si lo llega a hacer con ganas, me deja tuerta Ni siquiera necesitó subirse al banquito… llegaba desde abajo.
Tragué saliva acojonada cuando Yoshi rodeó la picota y le perdí de vista. Había intentado demostrar un aplomo que estaba muy lejos de sentir, así que no pude evitar suplicarle…
–         Yoshi, por favor… Ya en serio – gimoteé – No seas bestia.
Me acordaba perfectamente de que aquel pollón había enviado a Gloria al hospital. No quería acabar igual.
–         Tranquila, guapa – escuché que me respondía Yoshi – Las primeras veces usaremos esto.
Entonces me enseñó un objeto asomándolo por encima del cepo y poniéndolo frente a mí. Era una especie de “donut” de material blando. Tardé un instante en comprender lo que era, pero me tranquilizó bastante.
Aunque no lo ví, comprendí que Yoshi metió su rabo por el agujero del “donut”. De esa forma, actuaba como tope contra mi trasero y le impedía metérmela por completo. En cuanto estuvo listo, Yoshi me levantó las faldas, dejando mi grupa descubierta, pero a él parecía excitarle más que estuviera desnuda, así que acabó por desabrocharme el cierre que llevaba en la nuca y me libró por completo de la ropa, menos las medias, tacones y liguero.
–         Así estás más guapa – oí que me decía.
–         Gracias.
–         Bonito, tatuaje – dijo deslizando un dedo sobre mi piel – ¿Quién es el genio que te lo ha hecho?
–         Muy graciosooooooooo – aullé.
El muy cabrón aprovechó el instante de charla relajada para hundirme su espolón con ganas. Sentí cómo si mi cuerpo se partiera en dos, quedando ambas mitades separadas por una gruesa pared de carne, venas y músculo. Cuerpo cavernoso le llaman. Y una mierda.
–         ¡Cabróóóónnnn! ¡Qué haces! ¡Me vas a partir! – exclamé sin darme cuenta ni de lo que decía.
–         ¿Me insultas? ¿Así se comporta una zorrita buena? ¡No es eso lo que me habían dicho de ti!
–         Pe… perdón – balbuceé – Es que casi me muero… Por favor, ten cuidado…
–         Pues, cuando te diga que aún queda un trozo fuera…
Me acojoné. Era cierto. No notaba el “donut” contra mi culo. Faltaba verga por entrar.
–         Con cuidado, por favor – supliqué.
Y gracias a Dios Yoshi me hizo caso. Tras la arrancada inicial, fue mucho más delicado para acabar de hundirme el resto. Cuando por fin noté el tacto de la tela del rosco protector me sentí más llena que nunca antes en mi vida. Casi agradecí estar atrapada por el cepo, pues sin su sostén, probablemente me habría derrumbado en el suelo sin fuerzas.
Yoshi permanecía quieto, dejando que mi cuerpo se amoldara al inconmensurable monstruo. Me estremecí al recordar que Kimiko era capaz de admitirlo entero en su cuerpo. Menuda era la japonesa.
Sentía el cuerpo acalambrado y en tensión. No podía respirar. Sin darme cuenta, había alzado los pies del piso, colocándome de puntillas y mantenía los puños apretados, clavándome las uñas en las palmas.
–         ¡AAAAAAAAAHHHHH! – gimoteé cuando, muy lentamente, Yoshi extrajo muy despacio una porción de rabo y volvió a hundirlo en mi coño.
Di mentalmente gracias porque el chico parecía contenerse bastante bien, pues empezó a moverse en mi interior muy lentamente y al poco empecé incluso a encontrarle el gusto. No me extrañaba que las chicas que probaban al amiguito de Yoshi no volvieran a repetir. Ahora entendía mejor que el chico participara en todo aquello. Allí no podíamos negarnos.
Me di cuenta entonces de que tenía la boca abierta desde hacía un rato y que los músculos de mi cara estaban en tensión. Pensé que tenía que calmar un poco a Yoshi, que había empezado a acelerar un poco el ritmo. Y se me ocurrió una idea: me eché a reír de forma incontrolada.
–         ¿Edurne? – dijo Yoshi medio alucinado – ¿Te has vuelto loca?
–         No – respondí – es que me he acordado de algo que me contaron ayer – bromeé.
–         ¿Cómo? – resonó la voz incrédula del japonés.
–         Sí. Me lo contó la última tía que te follaste. Mientras se la clavabas una y otra vez, ella aullaba: “las bolas, las bolas” y tú le dijiste extrañado: “¿Qué quieres, que te la clave hasta las bolas?” y ella gritó llevándose las manos a la cara: “No, no, las bolas de los ojos que se me saltan”.
Aunque no le veía, no me costó imaginar la cara asombrada de Yoshi, que se había detenido por completo. El que sí que se rió fue Germán, que al estar sentado allí al lado, no se había perdido detalle.
–         ¡Mario! – gritó entre risas – ¡Tu zorrita no tiene precio!
Pero Mario estaba muy concentrado en lo que hacía y no se enteró de nada. Al parecer, su compañero Raúl ya había descargado su carga en el coño de Natalia, así que se había retirado del cuarteto. Desde mi posición podía ver su verga todavía erecta asomando de entre sus muslos, sin duda gracias a la magia de las pastillitas azules.
Mario, que no parecía echarle mucho de menos, había obligado a las dos mujeres, madre e hija, a tumbarse en el suelo, todavía enganchadas por los piercings de los pezones y él estaba encima del montón bombeando enloquecido el coño de la jovencita, que le comía con ansia la boca a su madre, que le devolvía los besos con pasión.
Aproveché el breve respiro que me daba Yoshi para volver a buscar a mi Amo con la mirada, pero me dolió que esta vez no me prestara atención, pues estaba concentrado en follarse a Rocío a cuatro patas, mientras Esther tenía incrustada la cara entre sus nalgas, sin duda estimulando el ano de su hijastro con la lengua. Martín, al parecer siguiendo los consejos de Germán, se había ubicado tras la madrastra, follándosela con brío, formando así los cuatro un lujurioso trenecito.
Y entonces Yoshi me volvió a empalar. Y entendí perfectamente a la chica del chiste.
–         Jodeeeeeeer – siseé mientras era inundada de polla.
–         Tranquila, zorrita, que enseguida acabo.
Y gracias a Dios así fue. Estuvo penetrándome unos minutos más, con calma y procurando no hacerme daño, lo que le agradecí infinitamente. Por fin, sentí como la barra de carne se retiraba de mi interior, dejando mi coño abierto y rezumante.
Yoshi volvió a rodear la picota y a enarbolar sur vergajo frente a mi cara.
–         Para ser la primera vez, ya has tenido bastante – dijo – Chúpamela un poco.
Y lo hice agradecida. Como pude, saqué la lengua y me dediqué a lamer y chupar la cabezota de aquella porra. Yoshi gruñía satisfecho por mis cuidados, hasta que se hartó de lametones y me colocó la polla en la mano.
–         Acaba con una paja – me ordenó.
Aunque el cepo no me dejaba apenas libertad de movimientos, me las apañé para imprimir a mi muñeca unos hábiles giros que parecían agradar al chico. Cuando se corrió, su polla se estremeció entre mis dedos. Me sentí como los bomberos que no pueden controlar la manguera, con aquella cosa vibrando y dando saltos en mi mano. Por el rabillo del ojo, pude vislumbrar los gruesos disparos de semen que salían por aquella cañería colocada en vertical, que alcanzaban una buena altura hasta volver a caer al suelo, donde impactaban con sonoros palmetazos.
–         Bonita fuente – escuché que decía Raúl.
Alcé la mirada sin soltar todavía la rezumante polla de Yoshi, que resoplaba excitado. Raúl, enarbolando su erección, fruto sin duda de la química, se había levantado del sofá y se acercaba a nosotros.
–         Parece que me toca a mí – dijo dando una palmada para ponerse manos a la obra.
Vi que llevaba un consolador bajo el brazo, como el que lleva una barra de pan.
–         Ni un minuto de respiro – pensé, aunque no dije nada y le sonreí.
El tipo rodeó la picota y se apoderó de mis nalgas, separándolas con rudeza para poder examinar mi coñito a placer.
–         ¡Joder, Yoshi, cómo has dejado esto! – exclamó – ¡Parece el túnel del metro!
Cerré los ojos, inquieta. Esperaba que estuviera bromeando.
–         Cariño – dijo dirigiéndose a mí – Creo que vamos a probar por el otro lado.
–         Como prefieras –asentí un poquito nerviosa.
–         ¡Mario! ¿Te importa si enculo a tu zorra?

–         Como quieras – respondió mi novio

 

Me excité. Me encantaba que hablaran así de mí, como un objeto. No me arrepentía de estar allí. Aquella era mi vida.

Miré a Mario y vi que por fin se había corrido, sentándose en el sitio que segundos antes ocupaba Raúl. Vi que se dirigía a Natalia y a su hija, que seguían devorándose en el suelo, aún unidas por los piercings. No escuché lo que les ordenaba, pero ellas obedecieron inmediatamente.
Ayudándose la una a la otra, se incorporaron hasta quedar de rodillas, y siguieron entrelazando sus lenguas, aún enganchadas por los pezones, con la novedad de que también empezaron a masturbarse la una a la otra, frotando voluptuosamente sus coñitos, mientras mi querido novio se excitaba mirando el show.
–         Ponemos un poquito de esto por aquí… – canturreó Raúl a mis espaldas.
Sentí cómo su dedo se apoyaba en mi ano y lo frotaba suavemente, extendiendo una sustancia que comprendí debía ser vaselina sexual. Me hizo gracia que el tipo silbara una tonadilla mientras lubricaba mi culo: parecía uno de los enanitos de Blancanieves.
Sólo que aquel enanito se preparaba para darle por el culo a la princesa.
Cuando percibí que Raúl dejaba a un lado el bote de la vaselina, me intranquilicé un tanto, aunque menos que antes, pues ya tenía más experiencia. Además, después del tronco de Yoshi, aquello no era para tanto.
Con cuidado, pero demostrando ser experto en esas lides, el papi de Gloria me la metió por el culo hasta que sus bolas quedaron bien apretadas contra mis nalgas. Me dolió un poco y tuve que apretar los dientes para no pegar un chillido, pero, definitivamente, era cierto que se hacía cada vez más fácil.
Raúl, sobreexcitado, empezó a moverse lentamente en mi culo, incrementando poco a poco el ritmo a medida que iba despendolándose. Afortunadamente, el tipo era bastante considerado y se preocupaba también de que yo lo pasara bien, así que, ni corto ni perezoso, activó el botoncito del vibrador y lo colocó entre mis piernas, haciendo que zumbara entre los labios de mi irritado coñito.
–         Aprieta bien las cachas, Edurne – me ordenó – Así no se caerá al suelo.
Y me vi obligada a obedecerle, juntando los muslos al máximo para sostener entre ellos el insidioso juguetito, que no dejaba de agitarse en mi entrepierna. Pero claro, al apretar los músculos de las piernas, también apreté los del ano, que era justo lo que el perverso papá de Gloria pretendía.
–         ¡Ostia! ¡Ostia! ¡Ostia! – gimió descontrolado – ¡Cómo aprieta este culo! ¡Esto es la leche!
–         ¡Qué cabrón! – pensé yo mientras me mordía los labios, tratando de ahogar el placer que el dichoso aparatejo (y la habilidosa enculada) me estaban proporcionando.
Como pude, abrí los ojos para seguir disfrutando el espectáculo que me ofrecían mis compañeros, que era la mar de erótico. Mario, excitado por el show lésbico materno-filial, se había vuelto a empalmar (pensé que también habría usado las pastillitas, pues él nunca se había mostrado tan brioso) y se había aproximado a las chicas. El muy ladino había ubicado su erección entre las bocas de las dos mujeres, que ahora, a la vez que se morreaban, lamían y ensalivaban la polla de mi afortunado novio. Éste, con los ojos cerrados y la cara alzada hacia el techo, había colocado sus manos sobre las cabezas de las chicas y parecía estar a punto de alcanzar el nirvana, moviendo lentamente las caderas adelante y atrás para que su rabo se deslizara entre los dos juegos de labios. Sonreí.
Martín había logrado desprender a Esther del culo de su hijo, y la había puesto a cabalgarle sobre un sofá. La mujer, toda despendolada, había enterrado sus manos entre sus rubios cabellos y rebotaba como loca sobre la polla del joven.
Gloria, una vez recuperado el aliento por la sodomización, se dirigía, como era de esperar, a donde Jesús estaba follándose a Rocío, sin duda con la esperanza de sustituirla, pero fue interceptada por Yoshi, que la agarró de la cintura y se la cargó al hombro. Los grititos y quejas de Gloria no eran esta vez totalmente fingidos. La comprendí.
Pero Yoshi fue amable y se conformó con una mamada. Sonreí al darme cuenta de que le pedía a la chica que le aplicase el mismo tratamiento que yo le había dado el día que le conocí. Sentada a horcajadas sobre sus muslos, con la verga de Yoshi entre sus labios vaginales como un sándwich, colocando el tronco entre sus tetas y la punta al alcance de la boca. Canela en rama.
Bartolomé y Germán, recuperando fuerzas, charlaban tranquilamente sentados en el sofá, bebiéndose unas copas. De vez en cuando, Germán señalaba hacia mí y su interlocutor asentía.
Mientras miraba, no podía contener los gemidos de placer. Estaba empezando a disfrutar del anal, aunque el maldito vibrador tenía mucha culpa de aquello. Raúl resollaba como una locomotora diesel, bombeando cada vez más frenéticamente en mi retaguardia. Mis tetas empezaron a estrellarse nuevamente contra la madera, pero hasta eso me gustaba.
Por fin estalló en un orgasmo incontrolable que le hizo derrumbarse sobre mi espalda. Si no llego a estar sujeta en la picota, nos habríamos estampado contra el suelo. Por fortuna, tardó poco en recuperarse y me sacó la verga del culo, extrayendo a la vez una buena ración de leche, que cayó al suelo tras de mí junto con el vibrador, pues no pude seguir sosteniéndolo cuando me la sacó.
–         U… Un culo estupendo – resolló acariciándome suavemente el rostro tras rodear la picota – Nos esperan tardes memorables…
–         Estoy segura – resoplé yo también exhausta.
Pero insatisfecha, pues no me había corrido y había estado a punto. Me sorprendí deseando que algún otro se animara y me diera un buen repaso. Qué puta era.
Pensé que quizás Mario vendría a ocuparse de su esclava, pero mi dueño no estaba por la labor, disfrutando de las atenciones de Yoli y su madre. No era de extrañar. A partir de ese día, podría disfrutar de mí a su antojo, pero no dispondría de las otras tan a menudo.
Miré a mi Amo, por si le apetecía encargarse de su perrita, pero él seguía dale que te pego con Rocío. La muy puta. Cómo la envidié.
Por fortuna, Bartolomé llevaba un rato esperando volver a la acción y, al parecer, quería probarme también.
–         Chúpamela un poco – me dijo subiéndose al banquillo.
Y yo lo hice gustosa.
Esta vez el polvo no tuvo mucha historia, pues me corrí enseguida. Bartolomé, a pesar de su entusiasmo, se cansó pronto, así que se retiró sin llegar a correrse, supongo que temeroso de que le diera un infarto, agotado por el enculamiento de Gloria.
Y entonces lo noté. Con un estremecimiento, alcé la mirada y vi que Jesús tenía los ojos clavados en mí. Lo había percibido aún sin verle, sus ojos eran fuego sobre mi piel. Mi coño latió y tuve que apretar con fuerza los muslos, tratando de calmar el volcán que ardía en mis entrañas.
Empezó a caminar hacia mí, con andar majestuoso, abriéndose paso entre los cuerpos entrelazados que se retorcían por todas partes, sin prestarles la más mínima atención. Sólo tenía ojos para mí, haciéndome sonreír como una colegiala.
–         Ya ha sido suficiente por hoy, perrita.
Por un instante tuve miedo de que no fuera a follarme tal y como yo anhelaba, pero él se refería a que era suficiente castigo. Me soltó cuidadosamente, abriendo el candado y alzando el cepo para que yo pudiera salir. Me encantó que no le pidiera permiso a Mario para hacerlo: él era el rey allí y yo su perrita sumisa…
–         Ven – me dijo tomándome de la mano.
Y yo le seguí, tambaleante pero eufórica, con el corazón atronándome en el pecho. Las demás estaban ocupadas con sus quehaceres y sólo Gloria me dirigió una mirada de envidia mientras seguía masajeando el pollón de Yoshi.
Jesús me condujo hasta el sillón en que había estado sentado, en el fondo de la sala. Claro, aquel era su trono… pero yo quería que me entregara su cetro…
Mi alumno, mi maestro, se sentó en el sillón y yo lo hice en el suelo, a sus pies, apoyando la mejilla en su muslo mientras él me acariciaba el pelo. Le amé con tanta intensidad que me dolió.
–         Has estado magnífica, perrita – me susurró.
–         Gracias, Amo – le respondí con los ojos brillantes.
–         ¿Quieres alguna recompensa? – dijo llenándome de gozo.
–         Te quiero a ti.
–         Pues ven.
Me ofreció su mano y me ayudó a ponerme en pié. Agarrándose la polla (que para mi alegría había vuelto a endurecerse) por la base, la colocó erguida, indicándome el camino a seguir. Yo simplemente me ubiqué a horcajadas y me empalé en su dureza. Sentí el éxtasis de forma inmediata.
Loca por abrazarle, rodeé su cuello con los brazos y estreché mis pechos contra el suyo. Su piel parecía arder. Sabía que no debía besarle, pues mis labios habían recibido varias pollas durante la noche, aunque deseaba hacerlo desde el fondo de mi alma.
Pero no importaba, me bastaba con estar con él, sentir su pene llenando mi cuerpo, sometiendo mi alma…
No sé cuantas veces me corrí. Los recuerdos de ese momento son difusos. Sé que me hizo cambiar de posición un par de veces, que en cierto momento me hizo volverme de espaldas, bombeándome sin misericordia mientras acariciaba el tatuaje de mi espalda. Disfruté hasta el último momento.
Recuerdo vagamente haber visto a Natalia y a su hija. Sus pezones habían sido liberados pero las colocaron en una postura que me alucinó: tumbadas, boca arriba, con los coñitos muy cerca el uno del otro y empaladas ambas en un consolador como el que habíamos usado Gloria y yo en la postura de los perros enganchados. Para evitar que se separaran, habían atado los muslos de una a la otra y, en cuanto estuvieron sujetas, dos hombres se habían sentado a horcajadas sobre las caras de las mujeres, ubicando sus rabos entre sus senos. De esta forma, los tíos podían follarse sus tetazas mientras las chicas les comían el culo a placer. Sin embargo, estaba tan mareada que no me fijé en quienes fueron los jinetes. Quizás pasaron todos por allí, como habían hecho conmigo.
No recuerdo nada más.
Cuando me recobré, un buen rato después, me di cuenta de que estaba a los pies del sillón de Jesús, desmadejada, sin fuerzas. Miré a  mi alrededor y vi que la cosa se había calmado. Las chicas estaban todas dormidas, unas sobre los sofás y otras directamente en el suelo. Rocío estaba tumbada boca abajo en la mesa, donde mil años atrás yo había servido como bandeja para el nyotaimori. Kimiko parecía una muñeca rota, desmayada allí donde su hermano la había arrojado tras el show gimnástico.
Los hombres, en cambio, estaban sentados tranquilamente, charlando y vaciando sus copas. Era cómico ver a aquel grupo, con las vergas aún semi erectas por los efectos de las pastillas, hablando amigablemente de fútbol.
–         Hombres… – pensé.
Y sonreí.
–         Vaya, la Bella Durmiente ha despertado – exclamó Germán al verme.
Siete pares de ojos masculinos se volvieron hacia mí.
–         Entonces… ¿La bautizamos ya? – dijo uno de ellos, no sé quien.
–         Vamos, que ya es casi de día y hay que irse a trabajar.
Joder. El trabajo. Me había olvidado. Iba a ser un día muy largo.
–         Edurne, ven aquí – me ordenó Mario.
Derrotada y sin fuerzas, fui incapaz de ponerme en pié. Así que me acerqué a ellos a medias gateando, a medias arrastrándome, mientras ellos me miraban divertidos.
No me importaba, pues mi Amo estaba allí, observándome con gesto complacido.
–         Esto es algo que vi en una peli el otro día y hemos pensado que sería una buena forma de darte la bienvenida – dijo Germán, el más pervertido de todos.
No entendía ni una palabra. Dejándome allí sentada en el suelo, los hombres se colocaron a mi alrededor. Pensé que iban a hacerme una lluvia dorada, una guarrería de la que me hablaron una vez, lo que hizo que me estremeciera de asco, aunque dispuesta a aceptarlo, pero era otra cosa lo que tenían en mente.
–         Vamos preciosa. Ordéñanos.
Ya sabía lo que querían. Como pude, me las apañé para ponerme de rodillas y empezar a ocuparme de las 7 pollas. El tacto de la carne endurecida me devolvió un tanto las fuerzas. Chupaba una un poquito por aquí, pajeaba un par de ellas por allá, parecía una ruleta dando vueltas. Sólo que, parara donde parara, había premio…
Los hombres no permanecían ociosos,  pues era imposible que lograra que todos se corrieran, así que se pajeaban para acercarse al orgasmo. Eso me permitió observar los diferentes estilos masturbatorios de todos. Martín se la machacaba a toda velocidad, lo que me hizo pensar en un conejo, no sé por qué. Yoshi era mucho más majestuoso, deslizando ambas manos por su tronco. Germán usaba la izquierda, aunque era diestro…
Todos menos Jesús. Su polla era toda para mí y se lo agradecí mirándole a los ojos. Procuré que no se notara, pero intenté andar siempre cerca de su verga, chupándola, acariciándola… Y si se notaba… me importaba una mierda.
Martín fue el primero en acabar y lo hizo por la espalda, a traición, disparando unos cuantos lechazos en mi nuca y en mi pelo. Yo volví la cara y le sonreí, momento que aprovechó Raúl para descargar directamente en mi cara.
–         ¡AAHHHH! ¡PUTA! ¡AQUí TIENES MI LECHE! ¡BÉBETELA!
Y yo, obediente, abrí la boca para recibir su semen.
No sé quien fue el siguiente, pues uno de mis ojos estaba cerrado por un pegote de semen y por el otro veía borroso, pero todos acabaron derramando su semilla sobre mi piel, empapándome.
Pero, de lo que estoy completamente segura, es de que el último fue Jesús. No importó que mi cuerpo estuviera cubierto de lefa, que hasta el último centímetro de mi piel estuviera embadurnado de semen. Cuando mi Amo derramó su simiente sobre mí… lo sentí perfectamente, hirviendo, quemando… puede que hasta quedara una marca sobre mi cutis.
Me corrí……
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Un par de horas después estaba de pie en la cocina, bebiéndome un enorme vaso de zumo que Natalia me había ofrecido. Estaba recién duchada, limpia, con el pelo todavía húmedo sobre la espalda.
Iba vestida con un conjunto de pantalón y camisa que Yoli me había prestado. Me estaba bastante holgado a la altura del pecho, pero me daba igual. Me sentía completamente feliz.
Algunas parejas de amo y esclava ya se habían marchado. Yoshi había tenido que cargar hasta el coche con su hermana, envuelta en una manta, pues estaba demasiado agotada para caminar. Es lo que tiene el empalamiento en verga… que la agota a una.
Natalia, pletórica, me insistía en que llamara al centro y no fuera a trabajar, que me quedara a pasar el día con ellos. Mario iba a quedarse un rato más, pues, agotado, había acabado durmiendo en un dormitorio. Le sonreí agradecida a la tetona anfitriona, pero le dije que no podía ser.
Y la razón era bien sencilla. Ese día tenía clase doble con el grupo de Jesús. Y él iba a asistir.
Me despedí besando cariñosamente a la madre y a la hija. Germán se despidió con un guiño.
Salí de la casa y estiré los músculos voluptuosamente. Empezaba un nuevo día.
Entonces sentí la presencia de Jesús.
Me volví rápidamente y me encontré de frente con el chico apoyado en su flamante coche nuevo, con su sonrisa lobuna adornando su rostro. Las rodillas me temblaron.
–         Bueno, perrita – me dijo – Nos vemos en clase.
–         E… estupendo Amo – balbuceé.
Entonces, como si se le hubiese ocurrido repentinamente me dijo:
–         Oye, he pensado en que estaría bien si me esperas al final de clase. ¿Te parece?
Y se metió en su coche mientras mi corazón bailaba de alegría.
Exultante, observé cómo el joven arrancaba y se alejaba en el auto. Gloria y su padre aparecieron en la puerta, caminando hacia su vehículo. La chica leyó en mi expresión que algo me pasaba y me interrogó con la mirada.
Pero yo no le dije nada. Era mi secreto.
Me despedí con la mano y ella me hizo un gesto indicándome que nos veíamos más tarde. Le sonreí.
Me senté en mi coche, eufórica. Me miré en el retrovisor y contemplé cómo la nueva Edurne me guiñaba un ojo. Le devolví el guiño.
Me aferré al volante y arranqué el coche. Era feliz.
Mi nueva vida se extendía ante mí.
FIN
                                 TALIBOS
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