PORTADA ALUMNA2

CELEBRACIÓN:

La mañana siguiente desperté bastante tarde, tras haber dormido toda la noche de un tirón, agotada por los intensos acontecimientos de la víspera.
Sin-t-C3-ADtulo12Adormilada, miré a mi alrededor, contemplando el apocalíptico revoltijo de sábanas y cuerpos que había sobre mi cama. Gloria, dormida como un tronco, estaba abrazada a mí, con su cara apoyada directamente en mi pecho. Sin poder evitarlo, sonreí en silencio al observar que un fino hilillo de saliva había escapado de entre sus labios mientras dormía, con lo que la piel de mi teta izquierda brillaba por sus babas. No me molestó.
Aún un poco aturdida, tardé unos segundos en darme cuenta de que no se veía a Jesús por ninguna parte, señal inequívoca de que ya se había levantado. Me angustié un segundo al pensar en si se habría molestado porque sus esclavas fuésemos tan dormilonas, pero supuse que, si hubiera requerido nuestra presencia, no se habría cortado en despertarnos.
Con mucho cuidado, aparté lentamente el brazo de Gloria que me rodeaba y me las ingenié para escapar de su abrazo sin llegar a despertarla. Pienso que mis precauciones fueron innecesarias, pues la chica, más que dormida, parecía comatosa. Juguetona, incluso pensé en pegarle un buen grito en la oreja, a ver si se espabilaba.
En lugar de hacerlo, me quedé unos instantes contemplándola en silencio. Tenía que admitir, a mi pesar, que Gloria era realmente bella. Sentí un repentino ramalazo de celos al pensar en que ella; con todos sus defectos, compartía con Jesús una relación a la que yo no podía aspirar. Me acordé de las veces en que se había referido a la joven como “su novia”, lo que me hizo sentir mal.
Yo era plenamente consciente de mi propio atractivo, pero no pude evitar envidiar la juventud de Gloria, a pesar de que yo no era ni mucho menos mayor.
Pero pronto pasó ese momento de debilidad y sonreí en silencio rememorando el intenso placer que aquella jovencita me había suministrado el día anterior. Y los que estaban por venir…
–         Mírala – dije para mí – Parece un angelito. Cualquiera diría que en realidad es una golfa de cuidado.
–         Como tú – exclamé en voz alta esta vez, dirigiéndome a mi misma.
Gloria se estremeció levemente en la cama, pero no llegó a despertar, limitándose a girarse, poniéndose boca arriba, con lo que sus deliciosas tetitas quedaron a la vista, apuntando desafiantes hacia el techo. Sentí el inexplicable impulso de morderlas.
–         No, si al final haremos de ti una lesbiana – dije de nuevo para mí.
En ese instante un escalofrío recorrió mi cuerpo, lo que me devolvió a la realidad. Aquella mañana hacía un poco de frío y estar allí de pie, en pelota picada, una vez abandonada la calidez del lecho, me hizo sentirlo con intensidad.
Procurando no hacer ruido, abrí el armario, saqué mi bata y me la puse, abandonando a continuación el dormitorio, decidida a dejar que Gloria durmiese un ratito más. Justo antes de entrar en el salón escuché unos tenues jadeos que, durante un loco instante, me hicieron pensar que Jesús podía estar masturbándose en mi sofá, por lo que, al descubrir lo que hacía en realidad, no pude evitar sonreír.
Mi Amo (como era lógico por otra parte, si no cómo explicar su cuerpazo bien cuidado) estaba realizando una sesión de gimnasia matutina, vestido únicamente con un pantalón corto de deporte. En aquel preciso momento, estaba enfrascado en la realización de una larga serie de abdominales, de espaldas a la puerta por la que yo había entrado.
Durante unos segundos permanecí en silencio, admirando con placer la musculada espalda, recordando cómo mis manos habían recorrido hasta el último centímetro de su piel, cómo mis uñas se habían clavado en ella mientras la enhiesta verga del muchacho me horadaba sin compasión una y otra vez. Sentí un ligero estremecimiento entre mis muslos, lo que me indicó que mi excitación estaba empezando a despertar.
–         Buenos días, perrita – dijo entonces mi Amo, sacándome bruscamente de mi ensimismamiento.
Sorprendida por el inesperado saludo, me quedé unos instantes con la boca abierta, sin comprender cómo había notado Jesús mi presencia.
–         Bu… buenos días – contesté – ¿Sabías que estaba aquí?
–         Pues claro – dijo él sin interrumpir su ejercicio.
–         Pero, ¿cómo…?
–         Desde aquí huelo tu coño… – respondió él con voz cavernosa.
Mientras decía estas palabras, Jesús interrumpió su ejercicio y se volvió hacia mí, clavando sus ojos en los míos con tal intensidad que las rodillas me temblaron y pensé que iba a caerme.
–         ¿Q… qué? – balbuceé sin saber qué decir.
Entonces se echó a reír.
–         ¡Ay, perrita! ¡Qué ingenua eres!
–         ¿Cómo? – dije aún bastante aturrullada.
–         Te he visto reflejada en el cristal de ese mueble – dijo Jesús señalándomelo con un gesto de su cabeza.
Resoplé divertida, haciendo un mohín medio de enfado medio de humor, lo que hizo que Jesús sonriera todavía más alegremente.
–         Da gusto decirte esas cosas – me dijo – Te lo crees todo.
Extrañas palabras que adquirirían una enorme dimensión en mi vida.
–         ¿Has desayunado? – pregunté deseosa de complacer a mi Amo.
–         No. He puesto la cafetera y he tomado café. Pero no quería desayunar antes de hacer ejercicio.
–         ¿Y eso lo haces todas las mañanas? – pregunté recordando su anterior estancia en mi casa.
–         ¡Oh, no, no! – dijo él – Voy al gimnasio un par de veces por semana. Pero esta mañana me he levantado un poco anquilosado y quería desentumecerme un poco.
–         Comprendo – asentí.
–         ¡La verdad es que ayer me disteis un buen tute! – exclamó de nuevo con su lobuna sonrisa en los labios.
–         Y tú a nosotras – respondí juguetona – Nos dejaste echas polvo. Ni me he enterado de cuando te has levantado.
–         Pero seguro que quieres más, ¿eh? – dijo él guiñándome un ojo.
Sin poder evitarlo, me ruboricé. Aquella actitud cariñosa y amable de Jesús siempre me desubicaba por completo. Sabía que él lo hacía para jugar conmigo, para que bajara mis defensas antes de sorprenderme con alguna orden que debía ser obedecida con presteza. Pero el saberlo no evitaba que me sintiera insegura.
–         ¿Preparo el desayuno? – pregunté más por cambiar de tema que por otra cosa.
–         Te lo agradezco – dijo él – Voy a hacer unas cuantas series más y después me daré una ducha.
–         Vale – asentí dirigiéndome a la cocina.
Antes de empezar a preparar el desayuno, me serví una taza de café recién hecho. Para ello utilicé la misma taza de Jesús, pues el chico, apañado como el solo, había lavado la taza en el fregadero tras utilizarla y la había dejado en el escurreplatos. Una vez más, me sorprendía lo detallista que podía mostrarse.
Tras echar un trago al café, empecé a disponerlo todo para llevarlo a la mesa del salón. Saqué magdalenas, galletas, embutidos… todo lo necesario para un buen desayuno continental que nos sirviera para recobrar fuerzas de cara a la intensa jornada que se nos presentaba.
Mientras preparaba unas tostadas, unos poderosos brazos me abrazaron desde atrás, haciéndome dar un respingo por el sobresalto. Sin embargo, cuando las manos se deslizaron dentro de mi bata y comenzaron a acariciar mi carne con la intensidad y el deseo que tan bien conocía, mi cuerpo se estremeció de placer y no pude evitar que un tenue gemido escapara de mis labios.
–         No te he dicho lo bien que te queda esta bata ¿verdad perrita? – me susurró Jesús al oído sin dejar de acariciarme.
–         Me… me alegro de que te guste, Amo – susurré con los ojos cerrados, enardecida por el lujurioso contacto del joven.
–         Hoy va a ser un día estupendo – continuó – Seguro que lo pasamos muy bien.
–         Seguro que sí – asentí.
Justo entonces, cuando empezaba a sentir una creciente presión en mi grupa, nos interrumpieron.
–         Buenos días… – resonó la somnolienta voz de Gloria en la cocina.
Durante un instante, me enfadé con Gloria, pensando que había aprovechado la oportunidad de interrumpir mis jueguecitos con Jesús adrede, pero bastó echar un vistazo a su cara de sueño para comprender que la chica simplemente acababa de levantarse.
–         ¿Hay café? – preguntó ignorando por completo el hecho de que Jesús estuviese metiéndome mano.
–         Sí… sí… – asentí – En ese armario tienes las tazas.
Y Jesús, como si nada, seguía sobándome a placer, dificultando mi tarea de preparar el desayuno, que seguía realizando pues él no me había indicado otra cosa.
Mi corazón latía desaforado mientras sus firmes manos estrujaban y acariciaban mis pechos, que poco a poco iban poniéndose duros.
Cuando, inesperadamente, una de sus manos bajó por mi torso, abriendo por completo mi bata y se incrustó entre mis muslos, un arrasador estremecimiento de placer azotó mi cuerpo, tan intenso que casi me hizo caer, por lo que tuve que sujetarme como pude a la encimera, mientras los hábiles dedos de Jesús no dejaban ni por un segundo de explorar en mi intimidad.
Al doblarme hacia delante, mi trasero se incrustó contra la ingle de Jesús, permitiéndome percibir que el monstruo comenzaba a despertar, lo que me alborozó enormemente.
Entonces, inesperadamente, Jesús abandonó mi cuerpo y se apartó de mí, provocando que, en mi interior, estallara un gigantesco grito de frustración que a duras penas pude ahogar.
–         Has tardado en despertarte, ¿eh? – dijo prestando atención por vez primera a Gloria.
–         Sí, Amo… lo siento – dijo ella apartando la taza de café de sus labios – Anoche terminé agotada…
–         No te preocupes – dijo él en tono despreocupado.
El alivio que se dibujó en el rostro de Gloria fue tan intenso que no pude evitar sonreír.
–         ¿Has escrito los mensajes?
Durante un instante, Gloria no supo a qué se refería. Cuando el entendimiento penetró en su mente, sus ojos se dilataron momentáneamente, volviendo a mostrar una expresión de intensa angustia.
–         No, Jesús, perdóname – dijo la pobre chica con nerviosismo – Ayer se me olvidó.
–         No te preocupes – dijo mi alumno tranquilizándola – Hazlo ahora y luego ve a atenderme en la ducha.
–         ¡Vaya! – pensé – Se ve que esta mañana Jesús está de buenas.
De nuevo Gloria mostró una radiante sonrisa de felicidad y, tras apurar su café, salió disparada de la cocina.
Consciente de haberme perdido algo y percibiendo que el estado de ánimo de Jesús era propicio, me animé a interrogarle, a pesar de saber a él le gustaba explicarnos las cosas cuando le parecía apropiado.
–         Perdona, Jesús – dije mientras quitaba unas rebanadas del tostador – ¿A qué mensajes te referías?
–         Tranquila – me dijo – Enseguida recibirás el tuyo.
Tras decir esto, me dio un cariñoso cachete en el culo y salió de la cocina, dejándome sola para que acabara de preparar el desayuno. Mientras lo llevaba todo al salón, escuché el sonido del agua de la ducha proveniente del baño, acompañado de unos grititos y risitas de Gloria que me confirmaron que, esa mañana, Jesús estaba con el ánimo juguetón. Nuevamente envidié a la joven.
Mientras esperaba en el salón a que terminaran, me acordé de los mensajes. Como Gloria había dicho que iba a enviarlos enseguida, supuse que se trataría de un sms.
Efectivamente, al comprobar mi móvil me encontré con un mensaje proveniente de mi alumna. El texto era bastante conciso: “Os comunico a todas que paso a ser la nº 6”.
–         ¡Ah! Así es como lo hacemos – pensé.
Era bastante lógico, por otra parte. Un sistema sencillo y eficaz. Yo aún no tenía los teléfonos de todas las chicas, pero ahora veía que tenía que conseguirlos sin tardanza.
–         O sea, que ahora soy la nº5 – dije en voz alta – Un ascenso rápido… Cuando tenga los móviles de todas crearé un grupo en la agenda: “Las furcias de Jesús”
Entonces me eché a reír.
–         ¡Las furcias de Jesús! – exclamé riendo – ¡Parece un grupo de rock satánico!
Cuando Jesús y Gloria regresaron al salón con los cabellos mojados por la ducha y vestidos con sus propios albornoces (que supuse habían traído en la bolsa de deporte) observaron con extrañeza cómo yo aún seguía riéndome. Por fortuna, no preguntaron el motivo.
Poco después, los tres desayunábamos alegremente en armonía, charlando animadamente de temas que nada tenían que ver con el sexo. Aquello incluso logró por un momento serenar mi líbido, pues me convertí simplemente en una joven profesora conversando tranquilamente con dos de sus alumnos.
Durante un rato hablamos de las clases y de cómo les iba con los otros profesores, aunque, en el fondo de mi mente, no perdía de vista el momento en que Jesús se cansaría de tanta charla y volvería a clavarme la polla hasta las entrañas.
Sin embargo, Jesús nos tenía reservada una pequeña sorpresa desagradable, pues anunció que un rato después empezaba la carrera de Fórmula 1 y que quería verla.
–         ¿Pero eso no fue ayer? – pregunté sin pensar al darme cuenta de que el momento del disfrute iba a retrasarse.
–         No – dijo Jesús mirándome seriamente – Ayer fue la clasificación. Hoy es la carrera.
Consciente de haber metido la pata, me apresuré a responder.
–         Vale, pues ponte cómodo en el sofá mientras nosotras recogemos la mesa. Gloria tú lo recoges todo y yo cargo el lavavajillas. ¡Vamos, muévete!
Le di un tono perentorio a mis palabras, ordenándole a Gloria que me obedeciera, pues, como decía el sms, ahora ella era de rango inferior al mío. La chica, sin dudar un instante, se apresuró a obedecer mis órdenes, lo que hizo que Jesús sonriera en silencio, cosa que me alivió enormemente.
 
 

–         ¡Uf! Casi la meto hasta el fondo – le dije a Gloria en voz baja cuando estuvimos solas en la cocina.

–         Bienvenida a mi mundo – dijo ella riendo – No sabes la de veces que la cago por hablar a destiempo.
–         No, nena, si me hago una idea – respondí rememorando la jornada anterior.
–         Es que, a veces una no puede evitarlo.
–         Cariño – le dije mirándola fijamente – Tú no lo evitas nunca.
Y las dos nos echamos a reír.
Un poco después regresé al salón y pregunté a Jesús si necesitaba algo. Como me dijo que no, regresé para terminar de recogerlo todo con Gloria.
–         Otra vez estamos como ayer – me dijo la chica.
–         Sí – asentí – ¿Cómo dijiste ayer? ¡Ah, sí! “Que preferiría estar ya con la polla de Jesús metida hasta el fondo”.
–         Pues aquí estamos – dijo ella – ¡Fregando platos!
Volvimos a reír.
Incapaz de seguir callada, Gloria me reveló lo que andaba dándole vueltas por su calenturienta cabecita.
–         Oye Edurne…
–         Dime – respondí mientras guardaba el azucarero en un armario.
–         Verás… Ayer, cuando estábamos en esta misma situación…
–         Te fuiste al salón a comerte la polla de Jesús mientras yo preparaba el almuerzo – retruqué con rapidez.
Gloria me miró sorprendida, antes de echarse a reír al ver que yo bromeaba.
–         ¡Cierto! – asintió divertida – Aunque reconoce que lo que hice fue obedecer sus órdenes.
–         Claro, claro – afirmé sin dejar de sonreír.
–         Pues verás… Antes de que Jesús me llamara… tuve una pequeña idea para… ponerle en marcha y acelerar los acontecimientos.
Aquello me interesó vivamente.
–         ¿En qué estabas pensando?
–         Verás… es una táctica que ya ha funcionado otras veces…
–         Vale, vale, ve al grano – la apremié.
–         Bueno, te cuento. Jesús, en este momento, no nos ha dado instrucciones de ningún tipo. Somos libres de hacer lo que nos plazca mientras él no nos diga otra cosa.
Empezaba a comprender por donde iban los tiros.
–         Bien – continuó – Se me ocurrió que… podríamos ir a salón y repetir lo del otro día… cuando me comiste el coño tan bien…
–         Y claro, Jesús se pondría cachondo y nos follaría.
–         Exacto – dijo ella con su sonrisilla maliciosa en los labios.
–         Es un buen plan – concedí.
–         Lo sé.
–         Pero te olvidas de una cosa.
–         ¿De qué? – preguntó extrañada.
–         De que ahora soy yo la jefa, así que no voy a ser yo la que te coma el coño… – dije con expresión de suficiencia.
–         ¡Eso no es problema! – exclamó ella demostrando una vez más su completa falta de pudor en materia sexual – ¡Te lo como yo a ti!
–         ¡Estupendo! – exclamé, aunque en el fondo estaba un poco sorprendida.
Gloria, entusiasmada, se dirigió a la puerta de la cocina, mientras yo la seguía un poco aturrullada. Inesperadamente, se detuvo y se volvió hacia mí con los ojos brillantes.
–         ¡Espera! – exclamó – ¡Se me ocurre algo mejor!
Y salió disparada dejándome en la estacada sin darme tiempo a reaccionar.
Un poco inquieta por no saber qué tenía la chica en mente, regresé al salón y me senté junto a Jesús, que contemplaba con aire aburrido la televisión mientras hacía zapping.
–         ¿Aún no ha empezado? – le pregunté.
–         No. Falta un poco. Aún están con la previa. Y lo interrumpen cada dos minutos para echar anuncios. Al que inventó la publicidad en la tele tendrían que haberlo ahorcado.
Estaba de acuerdo, pero no llegué a decirlo pues Gloria regresó portando algo en las manos que me hizo estremecer. Jesús alzó la vista y, al verla, sonrió ladinamente con lo que comprendí que nuestras intenciones eran completamente cristalinas para él.
La chica portaba un arnés de cuero, del que asomaban dos vigorosos consoladores de color negro. Uno, el de tamaño más normal, estaba sin duda pensado para ser introducido en la vagina de la chica que se colocaba el arnés, mientras el otro, el enorme, serviría de miembro viril a la chica para follarse el agujerito que se le pusiese a tiro.
–         A… aquí traigo lo que me pediste – dijo Gloria con inseguridad.
–         ¿Se lo has pedido tú? – dijo Jesús mirándome con sorpresa.
–         Bueno… Sí… Le he ordenado que traiga algo para entretenernos. No te molesta ¿verdad?
–         Para entreteneros, ya veo… – dijo Jesús asintiendo con  la cabeza – Y claro, si le dices una cosa así a Gloria, ten por seguro que ella no va a traer una baraja de cartas precisamente…
Aparté la cara de Jesús para que no pudiera ver mi sonrisa. Gloria, sin molestarse en absoluto por la insinuación, agitaba de un lado a otro el instrumento, de forma que los consoladores bamboleaban como las negras alas de un cuervo. Uno bastante pervertido por cierto.
–         Sí, bueno – continué – He pensado en usar un poco mi rango con Gloria y hacer que me practicara un poco de sexo oral, como yo tuve que hacerle a ella hace un par de días. Pero luego se me ha ocurrido probar otras cosas y ella me ha sugerido…
–         Vale, vale – me interrumpió Jesús divertido – Me parece muy bien. Además, será un bonito espectáculo hasta que empiece la carrera. Por mí no os cortéis.
Mientras decía esto, Jesús se pasó de forma casi inconsciente una mano por la entrepierna, lo que me regocijó enormemente, pues eso demostraba que el plan de Gloria, aunque obvio a más no poder, podía resultar eficaz.
Ni corta ni perezosa, Gloria se repantingó en el sofá y se abrió el albornoz, dejando al descubierto sus juveniles curvas. Sin dudar un segundo, se abrió el coño con dos dedos y, tras chuparse los de la otra mano, empezó a frotarse vigorosamente el clítoris.
–         ¿Qué haces? – pregunté estúpidamente.
–         Quiero lubricarme un poco antes de ponerme el arnés. Yo en tu lugar haría lo mismo. Ese dildo es bastante gordo, te lo digo por experiencia.
No me había parado a pensarlo. Obcecada con la idea de calentar a Jesús, no se me había ocurrido que aquel trozo de goma iba a clavarse en mi coñito. El día anterior me había metido uno mayor, pero si la que bombeaba era Gloria…
–         Mejor ve a por el tarro de lubricante que usamos ayer – dije tras sopesarlo un instante.
–         ¡Buena idea! – exclamó Gloria levantándose de un salto y saliendo escopetada.
Mientras la chica volvía cogí el arnés y lo examiné cuidadosamente. Sintiéndome observada, levanté la vista y me encontré con la sonrisa ladina de Jesús.
–         Te advierto que Gloria puede ser un poco borrica – me advirtió sin dejar de sonreír – Sobre todo cuando se entusiasma.
Cuando la susodicha regresó, yo ya había decidido un pequeño cambio de planes, un poco inquieta por cómo se presentaba la situación.
–         Creo que será mejor que yo sea la parte activa de esto… – dije con voz insegura – Y tú la pasiva.
Aquello no alteró a Gloria en lo más mínimo, supongo que porque no perdía el objetivo final (el rabo de Jesús) de vista en ningún momento.
–         Como ordenes. ¿Has usado uno de estos alguna vez? – preguntó con pragmatismo.
–         La verdad es que no – respondí clavando de nuevo los ojos en los consoladores.
–         Déjame a mí.
Empujándome suavemente, Gloria hizo que me sentara en el sofá. Deslizando sus dedos por mi bata, abrió con destreza el cordón que la sujetaba, rebelando mi desnudez. Con la habilidad que da la experiencia, separó mis muslos y se arrodilló en el suelo en medido de ellos y suavemente, deslizó su cálida mano por mi cada vez más húmeda rajita.
–         Hay que lubricarlo bien – susurró empezando a acariciarme.
Con la respiración acelerada y el corazón latiendo cada vez más deprisa, alcé la mirada y vi que Jesús no se perdía detalle, lo que hizo que una nueva oleada de calor recorriera mi cuerpo.
Mientras tanto, Gloria había abierto el bote de lubricante y había hundido los dedos en él, para, a continuación, comenzar a extender la crema por mis labios vaginales, llegando cada vez un poquito más adentro.
Enseguida me encontré con los inquietos deditos de mi alumna horadando mi intimidad, incrementando mi creciente humedad con el lubricante que había sacado del bote, hasta que quedó satisfecha con el resultado.
Simultáneamente, su otra mano se había perdido entre sus propios muslos, aplicándose en el coño un tratamiento similar al mío. En un par de minutos, estuvimos ambas dispuestas para ofrecerle un buen show a Jesús.
Agarrando el arnés con cuidado, Gloria extendió una buena capa de lubricante en el consolador más corto. Tras hacerlo lo aproximó a mi vagina y, separando bien los labios con los dedos, comenzó a frotarlo suavemente por toda la longitud de mi rajita, enviando deliciosos calambres de placer a mis sentidos.
Lentamente, con habilidad, Gloria fue introduciendo el consolador en mi gruta, logrando que las paredes de húmeda carne fueran separándose para acoger al negro invasor.
Cuando me quise dar cuenta, el intruso de goma estaba hundido hasta el fondo de mi ser, con lo que su hermano mayor parecía surgir de entre mis muslos como una erección. Me resultó curiosa la sensación de tener verga.
–         Levántate un segundo – me dijo Gloria con voz queda.
Comprendiendo sus intenciones y ayudada por la chica, me puse trabajosamente en pié, pues aún no me había acostumbrado por completo al visitante que había en mi intimidad.
Gloria, toda hacendosa, volvió a empujármelo hasta el fondo, pues al incorporarme se había salido un poco, lo que me hizo estremecer de nuevo. Tras hacerlo, se ubicó detrás de mí y, asiendo las correas del arnés, las sujetó a mi espalda, cerrando las hebillas, de forma que el consolador quedó firmemente sujeto y clavado en mis entrañas, mientras su hermano mayor bamboleaba entre mis piernas, como buscando un lugar acogedor donde meterse.
–         Ya estás lista – exclamó Gloria dándome un cachete en el culo.
Me volví hacia ella con mi falo bamboleante asomando entre las piernas. Me contemplé un instante, sintiéndome extraña por tener polla y a continuación miré a Jesús, que observaba la escena divertido.
–         ¿Y ahora qué hago? – pregunté bastante estúpidamente.
–         ¿Y tú qué crees? – respondió Gloria tumbándose boca arriba en el sofá.
Moviéndome con torpeza, pues cada paso me hacía sentir con intensidad el visitante que había en mis entrañas, me acerqué al sofá y me arrodillé sobre los cojines, justo a los pies de Gloria.
La chica, deseosa de marcha, abrió sus muslos todo lo que pudo, ofreciéndome sin vergüenza alguna acceso completo a su coño.
Caminando sobre mis rodillas, avancé hacia ella por encima de los cojines hasta situarme en la posición adecuada. Lentamente, para no hacerme daño con el consolador, me incliné hacia delante hasta quedar sobre Gloria, apoyando mis manos en el sofá.
–         Espera – me dijo – Yo me encargo.
Tratándome como si yo fuese un inexperto jovenzuelo perdiendo la virginidad con una prostituta, la propia Gloria se encargó de agarrar mi “polla” con las manos y colocarla en la entrada de su gruta. A una señal suya, eché para adelante mis caderas, con lo que el émbolo de goma fue abriéndose paso en su interior sin encontrar apenas resistencia. La sensación que experimenté al penetrar a mi alumna fue extrañamente placentera y no lo digo sólo por el consolador alojado en mi coño. Me sentí, no sé muy bien cómo expresarlo… poderosa. El ver cómo la chica cerraba los ojos y gemía de placer mientras yo la empitonaba, fue una experiencia muy intensa, casi mística… Me excité increíblemente.
Sin esperar a ver si la chica estaba lista, empecé lentamente a mover mis caderas entre sus muslos. El movimiento que tenía que imprimir era ligeramente distinto a cuando era yo la que cabalgaba sobre una verga, pero no tardé en cogerle el tranquillo. En pocos instantes, tenía a Gloria completamente entregada, gimiendo y resoplando de placer por mis culetazos, mientras era yo la que progresivamente iba perdiendo el control.
El consolador que tenía metido me procuraba gran placer, a pesar de estar fijo por las correas, por lo que no era su movimiento lo que me enardecía, sino la manera en cómo se clavaba en mi interior al ritmo de mis propios empellones.
Pero ese placer no era nada comparado con el que sentía al ver cómo Gloria gemía y disfrutaba. Enfebrecida, la chica rodeó mi cuello con sus brazos, atrayéndome hacia sí para poder besar mi boca con lujuria. Nuestras lenguas se entrelazaron y bailaron al unísono mientras mis caderas hundían el émbolo de látex una y otra vez en el juvenil coñito.
Nuestros pechos, apretados los unos contra los otros, se frotaban lujuriosamente entre sí, aumentando el placer si es que eso era posible. Enardecida por el placer, desvié la mirada hacia Jesús, encontrándome con que nuestro Amo, excitado por nuestro coito, se había abierto el albornoz y masturbaba lentamente su enhiesto pene, visión que logró ponerme por fin en órbita.
El orgasmo me azotó intensamente, eléctrico, de improviso, tensando mis músculos y recorriendo mi cuerpo de la cabeza a los pies. Con la cabeza un poco ida, mordí los labios de mi deliciosa compañera y ella me devolvió el mordisco, inmersas ambas en un mar de incontrolable lujuria.
Queriendo sentirme todavía más, la pequeña Gloria rodeó mis caderas con sus piernas, anudándolas a mi espalda, obligándome a penetrarla cada vez más hondo, cada vez más fuerte…
Y yo bombeé y bombeé, cada vez más intensamente, rugiendo como una tigresa mientras traspasaba una y otra vez el coño de mi compañera.
En ese momento sentí la mano de mi Amo en mi hombro, lo que me hizo abrir los ojos y mirar a mi alrededor. Me di cuenta de que Gloria, a pesar del paroxismo de placer, había empezado a quejarse por la violencia de mi embite. Comprendí que, follando, yo era tan violenta y despiadada como lo era el propio Jesús. Si hubiera nacido hombre…hubiera sido como él.
Pero el simple contacto de mi Amo me había devuelto a la realidad y a recuperar el control. Preocupada, pregunté a Gloria si se encontraba bien.
–         Sí, sí, no te preocupes – gimió ella mientras luchaba por recuperar el resuello – Hay que ver cómo te pones.
–         Lo siento.
–         No te preocupes, no pasa nada. Ha sido genial, sólo que al final te has desmadrado un  poco.
–         Perdóname, debería haber dejado que fueras tú la que manejara este cacharro. Pero tenía miedo de que me hicieras daño y al final he sido yo la que se ha vuelto loca.
Aquella conversación era un poco surrealista, pues yo seguía tumbada sobre ella con mi “polla” enterrada en su interior. Mientras, Jesús había vuelto a su asiento y nos observaba en silencio.
–         Espera, vamos a cambiar – dijo la joven.
Trabajosamente, me incorporé en el sofá, sacando lentamente el consolador del interior de mi alumna. Observé hipnotizada cómo su coño parecía abrirse como una flor a medida que el intruso de látex abandonaba sus profundidades.
Siguiendo las indicaciones de la joven, me senté en el sofá, con la espalda apoyada en el respaldo y los pies bien afirmados en el suelo. Gloria, por su parte, se incorporó y, tras estirar un poco los músculos, se ubicó a horcajadas sobre mis muslos, con las rodillas apoyadas en el asiento y, con destreza, se empaló de nuevo en el consolador, hundiéndoselo hasta el fondo, hasta que su culito quedó pegado a mis muslos.
 
 

–         ¡Ufffffffffff! – resopló la chica cuando el chisme le llegó hasta el fondo – ¿Lo ves? Ahora marcaré yo el ritmo.

Tras decir esto volvió a rodearme el cuello con los brazos y me dio un tierno piquito en los labios. Empezaba a cogerle cariño a aquella zorrilla.
–         ¡Pues cabalga, vaquera! – exclamé.
Mientras decía esto, le propiné una sonora palmada en la nalga a la joven ninfa, que le hizo dar un gritito mitad de sorpresa mitad de placer. Riendo, empezó a hacer bailar sus caderas sobre las mías, clavándose y desclavándose una y otra vez del consolador al compás que más le gustaba, mientras el que yo tenía dentro se agitaba al son de la misma tonada.
Mis ojos se encontraron con los de Gloria y pude ver el brillo del placer bailando en el fondo de los mismos. Sus labios dibujaban una media sonrisa lujuriosa mientras dejaban escapar dulces gemiditos de gozo al ritmo de sus caderas. Su tez sonrosada, tersa, hermosa, me hizo envidiarla una vez más.
Un poco celosa, pues involuntariamente había vuelto a pensar que Gloria era más guapa que yo, aparté mi mirada de la suya y busqué a Jesús, deseosa de constatar si habíamos logrado nuestro objetivo de excitarle.
Vaya si lo habíamos hecho.
Sorprendida, observé que nuestro Amo había abandonado su asiento en el sillón y se encontraba de pié, a menos de un metro de donde estábamos nosotras. Completamente desnudo, su poderosa erección apuntaba al frente, desafiante, anhelando unirse a la acción.
Con un silencioso gesto, llevó un dedo hasta sus labios y me dedicó el signo internacional de “quédate calladita”. Yo era plenamente consciente de lo que se proponía y, deseosa de ayudarle distrayendo a la pequeña Gloria, acerqué mis labios al desprevenido cuello de mi alumna, donde clavé ligeramente los dientes mientras mis labios succionaban con intensidad, proporcionándole a la chica la huella de un buen chupetón.
–         ¡Ay! – se quejó la joven sin dejar de danzar sobre mi regazo.
Mis ojos buscaron nuevamente el rostro de mi Amo por encima del hombro de la chica, encontrándome de nuevo con su estremecedora sonrisa.
–         Gloria, agárrate que viene curvas – pensé en silencio.
Jesús, sigiloso como un gato, se situó justo a la espalda de la desprevenida muchacha, mientras estaba completamente concentrada en su tarea de proporcionarnos placer a ambas.
Jesús no se molestó en usar el bote de lubricante, sino que, empleando métodos más tradicionales, escupió un poco en su mano y se extendió la saliva por su enhiesto rabo.
En ese preciso momento, Gloria percibió que algo no iba del todo bien, o quizás es que notó la respiración de Jesús en su nuca… lo cierto es que, repentinamente asustada, giró la cabeza y se encontró de bruces con nuestro Amo, cuyas intenciones fueron comprendidas instantáneamente por la muchacha.
–         ¡Espera, Jesús, no…! – gimoteó.
Demasiado tarde.
Con la habilidad de mil culitos partidos, Jesús colocó su hierro en la entrada trasera de la chica (“la puerta de la Gloria”) y sin prisa pero sin pausa, se la clavó en el culo hasta las bolas.
–         ¡UAAAAAAAAAAHHHH! – aulló la pobre chica doblemente penetrada.
–         Te gusta, ¿eh puta? – susurraba nuestro Amo al oído de la joven.
Para ahogar sus propios gritos, esta vez fue Gloria la que hundió el rostro en mi cuello donde mordió con fuerza.
–         ¡Ay, guarra! – me quejé – ¡No muerdas!
Esta vez le propiné un azote mucho más contundente y severo. Realmente se lo di más bien en el muslo, pues sus nalgas estaban bien cubiertas por las caderas de Jesús, pero aún así logré mi objetivo, pues la chica dejó de morderme.
Una vez la tuvo empitonada, Jesús cargó contra nosotras, por lo que su peso, combinado con el de Gloria, cayó sobre mí, amenazando sofocarme contra el sofá. No me importó, pues el cuerpecito de Gloria, sometido al doble tratamiento, se agitaba espasmódicamente sobre mí, haciendo bailar el consolador de mi coño.
–         ¡¡DIOS MÍO, DIOS MÍO, DIOS MÍO! – aullaba Gloria descontrolada  – ¡ME VAIS A PARTIR!
Como si eso a Jesús le importara.
Inmisericorde, empezó a propinar certeros culetazos al ídem de Gloria. Yo no podía ni moverme, inmovilizada por el peso combinado de mis dos alumnos, mientras la parte central de aquel sándwich berreaba y aullaba enfebrecida.
Mentalmente, di gracias por haber acabado en aquella posición, con mi culito bien a salvo apoyado contra el sofá. Gloria, por su parte, disfrutaba como loca de su segunda doble penetración del fin de semana.
Sin embargo, Jesús pronto se cansó de aquella postura, pues al estar nosotras sobre el sofá, él tenía que colocarse prácticamente en cuclillas para tener buen acceso a la grupa de la joven. Por eso decidió cambiar de posición y lo hizo como siempre: sin dar explicaciones a nadie.
Haciendo un increíble alarde de fuerza, como en él era habitual, se limitó a incorporarse hasta quedar completamente de pié. Mientras lo hacía, sus brazos se deslizaron bajo los muslos de la joven y, usándolos como asidero, la levantó en vilo, sacando el consolador de su coño y sosteniéndola en el aire con la polla bien enterrada en su culo.
Sorprendida, alcé la vista y me encontré de bruces con el coño de mi alumna, pues Jesús la sostenía completamente despatarrada frente a mí. Un poco alucinada, observé cómo los labios vaginales de la chica iban cerrándose lentamente, una vez liberados del grueso juguete de látex que los mantenía separados. La visión me excitó.
–         Levántate Edurne – resonó la firme voz del Amo – Vamos a follárnosla de pié.
Como un resorte me puse en pié dispuesta a obedecer las instrucciones, pero entonces tropezamos con un inesperado problema logístico.
Como yo era más corta de estatura que Jesús, mi “polla” quedaba un poco más baja de lo necesario para efectuar la doble penetración.
–         No llego Amo – le dije mientras daba estúpidos saltitos para ver si lograba alcanzar el coño de Gloria.
–         ¡Mierda! – se quejó el chico.
Pero yo no estaba dispuesta a dejar insatisfechos los deseos de mi Amo. Miré a mi alrededor, a ver si encontraba algo donde pudiera subirme para ganar altura. Una silla… demasiado alta. El sofá… tampoco. Un momento…

Dando un gritito de entusiasmo, me abalancé a la mesita donde reposaba el teléfono, con el consolador dando botes de un lado a otro. En una pequeña repisa de cristal que había en la base, se amontonaban unas cuantas guías telefónicas y páginas amarillas.

–         Bien pensado perrita – me dijo Jesús, al comprender mis intenciones, lo que me llenó de felicidad.
Mientras yo preparaba un pequeño podio con 4 guías (dos montones, uno para cada pié), Jesús permanecía de pié en medio del salón, con Gloria empalada analmente, mientras sujetaba en vilo el cuerpo de la chica sin esfuerzo aparente.
Ella, por su parte, medio desmayada, tenía la cabeza echada para atrás, apoyada en el hombro de Jesús, diciendo cosas ininteligibles, mientras sus caderas experimentaban leves espasmos que hacían que sus pies dieran graciosos saltitos de vez en cuando.
–         Y pronto seré yo… – pensé con inquietud.
El montón de guías quedó que ni hecho a medida. Rápidamente me encaramé encima, comprobando que los 10 o 15 centímetros que había ganado eran más que suficientes para lo que nos proponíamos hacer.
Como yo no podía moverme sin bajarme de las guías, Jesús se acercó a mi portando a la semi inconsciente Gloria. Esta vez fui yo la que apuntaló el consolador en la posición adecuada y, cuando estuve lista, Jesús hizo descender lentamente el cuerpo de la chica, volviendo a clavarle el juguete hasta el fondo.
Aquello espabiló a Gloria de golpe. Sus ojos se abrieron como platos y comenzó a gemir y resoplar de nuevo, aferrándose a mis hombros como si le fuese la vida en ello, lo que pareció enardecer todavía más a Jesús.
Más que follársela, lo que Jesús hacía era levantarla unos centímetros y luego dejarla caer para que su polla y la mía se le clavaran hasta el fondo. Miré preocupada a Gloria, por si aquello era demasiado para ella, paro la chica gemía con la cara desencajada por el placer. Pensé que yo jamás sería capaz de hacer las cosas que ella hacía.
Qué ilusa.
El cuerpo de la chica se agitaba contra el mío, mientras yo me afanaba en hundir una y otra vez el dildo en su tierno chochito. No sé ni cuantas veces alcanzó Gloria el orgasmo, pero si sé que llegó un punto en que mis fuerzas se agotaron y fui incapaz de aguantar más sobre las guías.
–         ¡Amo! – jadeé – No aguanto más…No puedo…
–         Tranquila perrita – respondió Jesús jadeando por el esfuerzo – Yo la sostengo.
Derrotada, me dejé caer de rodillas en el suelo, obteniendo una vista en primer plano de la sodomización de Gloria.
Pero el espectáculo no duró mucho, pues Jesús también estaba a punto.
–         ¡Joder, perrita! – siseó – ¡Me corro! ¡Chúpame los huevos!
Como un autómata, me incorporé y me arrodillé frente a Jesús, con el cuerpo de Gloria suspendido sobre mi cabeza. Inclinándome bajo ellos, estiré el cuello para que mis labios tuvieran acceso al tenso escroto de mi alumno. Amasé y chupé sus pelotas con pasión y pude sentir perfectamente el instante en que entraron en erupción y descargaron su contenido en el ano de la chica.
–         ¡Cómele el culo! – gimió Jesús – ¡Que no se escape nada!
Colocándome entre los abiertos muslos de la joven, llevé mi boca hasta su ano y empecé a chupar con fruición. Jesús se corrió intensamente en su interior y, al estar en posición vertical, el semen resbalaba del interior del culito, momento en que era atrapado por mi ansiosa boca.
Una vez vaciados sus testículos, Jesús se apartó de mí y depositó con sumo cuidado el exánime cuerpo de Gloria sobre el sofá.
–         Acaríciala un poco – me ordenó – Hoy se lo ha ganado…
Obediente, dediqué los siguientes minutos a confortar y aliviar el cuerpo de la chica. La besé, la acaricié, la abracé… todo con el mayor de los cariños,  agradecida una vez más a aquella jovencita por el intenso placer que era capaz de suministrarme… y al Amo también.
Mientras confortaba a Gloria, Jesús fue a la cocina y regresó con refrescos para todos. Ambas agradecimos la dosis de azúcares y pronto nos encontramos más recuperadas.
–         Menudo par de putas estáis hechas – nos dijo un sonriente Jesús mirándonos por encima de su lata de cola – Habéis logrado que me pierda media carrera.
Era verdad. En la parte superior de la pantalla de televisión ponía 33/65 y aunque no entiendo ni una mierda de Fórmula 1, comprendí perfectamente qué significaban aquellas cifras.
–         Lo siento Amo – dije sin sentirlo en absoluto.
–         No pasa nada. Esta “carrera” ha estado mejor.
Cuando nos recuperamos un poco, Jesús nos mandó a las dos a la ducha.
Para nuestra sorpresa, anunció que iba a preparar algo de pasta para comer mientras nosotras nos aseábamos.
–         Jo, se ve que hoy está de muy buen humor – me dijo una sorprendida Gloria mientras nos metíamos juntas en la ducha.
–         Sí que es verdad – coincidí.
Nos lavamos mutuamente bien a fondo, jugueteando divertidas bajo el agua caliente. Una vez aseadas y bastante más recuperadas, nos secamos, nos pusimos los albornoces y regresamos al salón.
–         Poned la mesa mientras yo me doy una ducha rápida – nos indicó Jesús cuando entramos en la cocina.
Menos de diez minutos después, compartíamos los tres el almuerzo. Las dos felicitamos efusivamente a Jesús, pues la pasta estaba en su punto y la salsa, sencilla pero casera, estaba realmente rica.
–         ¿Veis? Se me dan bien otras cosas aparte de las que ya sabéis – dijo con un guiño.
Gloria y yo nos ruborizamos como colegialas.
El almuerzo fue ameno y divertido, pero, por desgracia, todo lo bueno se acaba y la cosa se torció a media tarde.
Mientras tomábamos café en el salón, un teléfono móvil se puso a sonar inesperadamente. Era el de Gloria.
–         ¡Mierda! – exclamó tras echarle un vistazo – Es mi padre.
Tras mirar a Jesús y tras un sutil gesto de éste, la chica contestó al teléfono.
–         Dime papi… Sí, con Jesús… Venga, no fastidies…
La expresión de la chica, tan relajada segundos antes, había cambiado profundamente. Sus ojos buscaron anhelantes a Jesús, pero no encontraron comprensión en él.
–         ¿Qué quiere tu padre? – preguntó el chico.
–         Quiere pasar la tarde conmigo. Dice que no me ha visto en todo el fin de semana… – dijo la chica tapando el micrófono con la mano.
–         Pues ya sabes lo que te toca – sentenció Jesús.
Gloria asintió, resignada. Yo la entendía perfectamente. Era una putada tener que marcharse y perderse lo que quedaba de diversión ese fin de semana. Pero claro, un padre es un padre…
–         Vale… Ahora voy – dijo la chica colgando el teléfono enfurruñada.
Una expresión indescifrable se dibujó en el rostro de Jesús. ¿Se habría enfadado con Gloria por tener que marcharse? Esperaba que no, pues no era culpa de ella…
–         Venga, Gloria, no te enfades – la consoló el chico, aliviándome al comprobar que no estaba enojado – Sabes que a tu padre le gusta pasar tiempo contigo y no siempre puede hacerlo. Hasta que no cumplas 18 y puedas emanciparte, se supone que tu custodia la tiene tu madre. Y tu padre tiene derecho a disfrutar de ti…
Era verdad, no me acordaba de que los padres de Gloria estaban divorciados.
–         Pero ya estuve con él el viernes… – se quejó la chica.
–         Gloria… – la amonestó Jesús con seriedad, lo que, por fortuna, indicó a la chica que no debía seguir protestando.
–         Vale…
Con aire cansado., Gloria se dirigió al dormitorio para vestirse y recoger sus cosas. Pocos minutos después regresó, portando una bolsa con la ropa sucia.
–         Bueno – dijo Gloria con tristeza – Nos vemos mañana.
–         Estupendo – dijo Jesús – Ven temprano y Edurne nos lleva al instituto. Recuerda que tienes cita con Mariano…
–         Sí Amo – dijo ella tan dócilmente que me dio pena.
–         Bueno… – intervine – Si tu padre se cansa pronto de ti quizás puedas volverte a la noche…
Gloria miró un segundo a Jesús antes de contestar.
–         No creo. Estaría feo salir corriendo a las primeras de cambio y dejando a mi padre solo otra vez.
–         Buena chica – dijo Jesús sonriendo.
La joven se despidió de nosotros con sendos besos en la mejilla y se marchó, dejándonos solos. Por un instante, el corazón se me aceleró al comprender que iba a pasar el resto de la tarde a solas con mi Amo, pero luego comprendí que follar con Gloria de por medio había resultado tremendamente divertido… y placentero. Iba a echarla de menos.
–         ¿Te parece si vemos una peli? – me preguntó Jesús.
–         Vale – respondí encogiéndome de hombros.
Y eso hicimos.
La tarde fue increíblemente normal para lo que estábamos acostumbrados. Lúgubremente, pensé que aquella tarde de domingo podría haberla pasado perfectamente con Mario, pues nos dedicamos exclusivamente a charlar, bromear y hacer el tonto… parecíamos novios.
Y lo peor estaba por llegar.
Cuando llegó la noche, después de cenar, a Jesús le entraron ganas de follar y yo… SIEMPRE TENÍA GANAS DE FOLLAR CON ÉL.
Sin embargo, el sexo fue incomprensiblemente decepcionante.
Jesús se metió en la cama conmigo y se mostró extrañamente dulce, amoroso incluso. Me besó y acarició por todas partes, explorando cada centímetro de mi piel, con cariño, con suavidad… como nunca lo había hecho.
Yo estaba descolocada, sorprendida, dejándome hacer y tomando parte activa, pero la pasión, la intensidad, el desenfreno… brillaban por su ausencia.
No podía creérmelo… Jesús me no me folló… me hizo el amor… Durante un loco momento, soñé que se había enamorado de mí y por eso había empezado a tratarme con dulzura… Pero todo mi ser clamaba contra aquello, no era lo que yo necesitaba, no era lo que Jesús siempre me brindaba…
Cuando se corrió estuve a punto de gritar de frustración. Había sido dulce, considerado, pero a mí no había logrado enardecerme en absoluto. No llegué ni una sola vez, aunque, obviamente, aterrada por la posibilidad de enfadar a mi Amo, fingí los orgasmos más intensos mientras me retorcía presa de devastadoras oleadas de falso placer.
La madrugada me sorprendió insomne, con los ojos clavados en el techo, mientras Jesús dormía profundamente a mi lado. Decepcionada e insatisfecha, sopesé por un instante agarrar a MC y encerrarme con él en el baño, pero no lo hice pues me asustaba la posibilidad de que Jesús me sorprendiera dándome placer.
Por fin logré dormirme y descansar unas pocas horas. El despertador me levantó temprano y, cansinamente, fui al baño a ducharme.
Cuando acabé, Jesús ocupó mi lugar bajo el grifo, mientras yo, muy cansada, regresaba al cuarto y hacía la cama.
Justo entonces, mientras me inclinaba sobre el colchón para remeter las sábanas por debajo, Jesús aprovechó para asaltarme con violencia. Me dio tal susto que el corazón casi se me sale por la boca.
Cuando me quise dar cuenta, Jesús me había arrojado encima del colchón y de un brusco tirón, me desgarró las bragas dejándome desnuda de cintura para abajo.
Sin darme tiempo a decir ni mu, mi Amo colocó su dura polla en la entrada de mi coño y me la clavó de un tirón. Su falo penetró sin oposición, pues bastó el simple contacto violento de sus manos para que mi coño se convirtiera en un charco.
–         ¡AAAAHHHHHHH! – gemí con la cara incrustada en la almohada mientras experimentaba el orgasmo que se me había negado la noche anterior.
–         Te gusta, ¿eh maldita furcia? – me susurró Jesús tirando con fuerza de mis cabellos y echando mi cabeza para atrás – Esto es lo que te gusta de verdad ¿eh?
Joder. Vaya si lo era.
Jesús inició su mete y saca inmisericorde, horadando una y otra vez  mi coño. Yo me afanaba en apartar mi rostro de la almohada, esforzándome simplemente en respirar. El chico tironeaba sin compasión de mis cabellos, haciendo que se me saltaran las lágrimas de dolor, pero me era completamente indiferente… estaba disfrutando al máximo.
Me corrí un par de veces en rápida sucesión, con los orgasmos estallando como fuegos artificiales en mi interior. Jesús tampoco tardó mucho, quizás porque la noche anterior tampoco había acabado muy satisfecho.
Su polla se vació a placer en mi interior, provocando que una vez más su ardiente semilla abrasara mis entrañas. Noté como su dura verga se retiraba de mi cuerpo y, aunque no me hubiera importado seguir un rato más, no pude evitar que una sonrisilla de gatita satisfecha se dibujara en mi semblante.
–         Vístete que vamos tarde – me dijo Jesús dándome un ligero azote en el trasero como parecía haber tomado por costumbre.
 
 

Mientras me cambiaba de bragas y me vestía, no dejé de darle vueltas al comportamiento de Jesús la noche previa. Imaginé que el chico simplemente había querido probar otra cosa, sexo un poco más normal y, por fortuna, había comprobado que no le satisfacía.

Ronroneé feliz. La velada había sido una mierda, pero la mañana había empezado muy bien
Mujer de poca fe. A esas alturas ya deberías saber que todo lo que hace tu Amo obedece a un propósito. Aunque aún tardaría un poco en averiguar cual era el de aquella extraña noche.
Una vez vestida, fui a la cocina, donde Jesús me aguardaba con café y tostadas. Minutos después se nos unió Gloria, que se mostró un poco más silenciosa de lo habitual. Pero yo estaba tan pletórica por sentirme recién follada que apenas presté atención a lo insólito del hecho.
Un rato después llegábamos los tres al instituto. Todavía era temprano, pues Gloria tenía que asistir a su clase de “manualidades” con Mariano, así que nos separamos en la entrada.
Gloria se fue a sus quehaceres y Jesús y yo también nos separamos, pues tenía que pasar por la sala de profesores a recoger unos papeles.
Las dos primeras clases fueron una mierda, pues yo no dejaba de rememorar los acontecimientos del fin de semana, con lo que no podía concentrarme.
Después tenía una hora libre antes del recreo y fue entonces cuando me acordé del cumpleaños de Jesús.
–         ¡Mierda! ¡Es mañana! – me dije.
Tenía que llamar a Kimiko y lo hice sin tardanza. No me extrañó encontrármela bastante nerviosa y estresada, pues era la encargada de preparar la comida de la fiesta.
–         Ha habido un pequeño cambio de planes – me dijo con voz tensa.
–         ¿En serio? – la interrogué – ¿Qué sucede?
–         Cambio de sede.
–         ¿Cómo? – pregunté intrigada.
–         Perdóname, Edurne, pero ando super liada. ¿Podrías pasarte por el restaurante luego y te lo explico todo? Vente a comer.
–         Bueno – contesté.
Pero ya me había colgado.
–         Joder, cómo se estresa – pensé – Espero que no haya cambiado de idea sobre nuestro regalo…
Nyotaimori. Me gustaba como sonaba la palabreja.
El resto de clases también fueron un asco, pero, por fortuna, los lunes tras el recreo tenía clase con el grupo de Jesús y luego… podía largarme.
Así que me fui derechita al restaurante de Kimiko, con idea de ver si podía echarle un cable con los preparativos.
A esas horas el restaurante ya estaba abierto al público y pude constatar que, a pesar de tratarse de un lunes laborable, había una buena cantidad de clientes en el local.
Me recibió el mismo chico asiático que en mi anterior visita y, como buen maitre, me reconoció enseguida a pesar de haber estado una única vez en el local.
Mostrándose muy amable, me condujo a un reservado donde, minutos después, aparecía Kimiko con idea de almorzar conmigo.
–         Hola Edurne – me saludó besándome en las mejillas.
–         Hola Kimiko. ¿Qué tal lo llevas? Por teléfono te noté un poquito agobiada.
–         ¡Y que lo digas!
Y procedió a explicarme todas las tareas que se había visto obligada a realizar en los últimos días así como en qué consistía el cambio de planes.
Al parecer, Jesús le había llamado por la mañana para comunicarle que la cena no se haría en el restaurante, sino que celebrarían la fiesta en casa de Natalia y Yolanda.
–         ¿Y eso? – exclamé un poco sorprendida – ¿No pasa nada por decidir hacerla allí tan repentinamente? ¿No habrá problemas?
–         Olvidas que Jesús es nuestro Amo – dijo la japonesa muy seria – Si quiere disponer de la casa de una de sus mujeres, ésta no puede negarse.
–         No, si no me refiero a eso – insistí – Estaba pensando más bien en el marido de Natalia… ¿No dirá nada?
–         ¡Ah! No te preocupes por él.
Supuse que Natalia sabría manejarle. Aunque no me imaginaba cómo se las iban a apañar las tetonas para expulsar al hombre de su propia casa para permitir que Jesús celebrara su cumpleaños con las mujeres de su harén.
El almuerzo transcurrió de manera tranquila. Kimiko aprovechó la comida para descansar un poco de tanto ajetreo, pues, aunque ya tenía dispuestas todas las cosas que iba a necesitar al día siguiente, había tenido que currárselo para organizar el transporte hasta casa de Natalia.
–         Y tú – me dijo – lo que tienes que hacer ahora es pasarte por el spa de Rocío. Ella ya está avisada y sabe qué tratamientos tienes que hacerte.
–         ¡Ah, vale! ¿Y qué tratamientos son esos? – pregunté.
–         ¿Tú qué crees? ¡Hay que depilarte de la cabeza a los pies! – respondió ella guiñándome un ojo.
Lógico.
–         ¿Y mañana? – inquirí – ¿Me paso por aquí y nos vamos juntas?
–         No, no. Ahora te doy la dirección de Natalia. La fiesta empieza a las nueve, así que procura estar por lo menos tres horas antes. No hace falta que te arregles, después podrás hacerlo en la casa, pero eso sí, ven con tiempo – me insistió.
–         Tranquila. Pero si quieres me paso y te recojo. O me vengo a comer otra vez y te ayudo con todo.
–         Te lo agradezco, pero no hace falta. Además, casi con seguridad yo me iré por la mañana apara empezar a prepararlo todo. Eso sí, tú procura almorzar bien que luego no podrás probar bocado…
–         Ah, vale, tienes razón.
Seguimos charlando un rato hasta que empezó a aproximarse la hora de mi cita en el spa. Kimiko me recordó una vez más que fuese puntual al día siguiente y me dio un papel con la dirección de las tetonas escrita.
Me planté rápidamente en el centro de estética y confirmé la cita en recepción. La chica que allí había se me quedó mirando unos segundos, lo que me recordó que había escuchado la conversación subida de tono que había mantenido con Gloria en mi primera visita. Me ruboricé un poco, así que me aparté del mostrador y fui a sentarme en un sofá hasta que Rocío pasó a buscarme.
La chica se mostró tan tímida y sumisa como siempre, a pesar de mis esfuerzos para lograr que se relajara.
Como ella no era la encargada de la depilación, me condujo hasta un cuarto donde una compañera suya se encargó del tratamiento.
No deseo extenderme sobre lo doloroso de la depilación a la cera. Por fortuna, yo mantenía mi vello corporal bastante bajo control, pero aún así, cuando eliminaron el mechoncito del pubis, vi las estrellas y los luceros.
Cuando terminó, me miré en un espejo comprobando que me habían dejado el chocho como el de una muñeca. Axilas, brazos, piernas… ni el más diminuto pelo había escapado al profesional tratamiento.
Y tras el dolor… el placer de un buen masaje con aceites aromáticos. Aunque, por desgracia, la encargada del mismo no fue Rocío, así que no pude solicitar el “tratamiento completo”.
Después, una horita en el jacuzzi, un par de batidos de frutas… me fui para mi casa con una boba sonrisa de satisfacción en la cara.
Justo al salir, Rocío vino a despedirse, disculpándose por no haber podido encargarse ella misma de mi masaje.
–         Es que, mi jefe, Martín… Había que poner al día unas cosas y he tenido que ayudarle…
–         Tranquila, cariño – le dije – No pasa nada. Por cierto, ¿te han avisado ya del cambio de sede de la fiesta?
–         Sí, sí – respondió mirándome con una extraña expresión – Kimiko me mandó un mensaje…
–         Bueno, pues nos vemos mañana.
Una vez sola en mi piso, tras una buena cena y una pequeña dosis de televisión, rememoré en la cama los acontecimientos del día, pero no duré demasiado despierta pues, agotada por no haber descansado bien la noche anterior y profundamente relajada por la sesión en el spa, enseguida me quedé dormida como un tronco.
Como me olvidé de poner el despertador, el día siguiente empezó bastante acelerado, conmigo llegando tarde a trabajar.
Las clases se me hicieron eternas, especialmente porque ese día no tenía clase con el grupo de mi Amo. Aunque intenté localizarle (para felicitarle por su cumpleaños), averigüé que ese día no había acudido al instituto. Ni Gloria tampoco. Al parecer la pequeña golfa estaba pasando el día con nuestro Amo. No me gustó.
Mejor no les cuento lo nerviosa que estaba en mi casa, horas después, tomando un buen almuerzo (como Kimiko me había ordenado), a pesar de tener un nudo hecho en el estómago por los nervios.
El cumpleaños de mi Amo… la fiesta… el regalo del coche… el regalo privado que íbamos a hacerle Kimiko y yo… y finalmente… mi culo sería esa noche propiedad de Jesús…
Tratando de olvidarme de todo eso, me zambullí en los preparativos. El vestido de noche (sí, el que “adquirí” en la tienda de Natalia el día que me la presentaron) fue revisado una vez más, para asegurarme de que estuviese impoluto y, a continuación, devuelto a su funda. Los zapatos de tacón alto… listos. En el cuello no llevaría joyas, sino el colgante que me había regalado Jesús, del que no me separaba nunca. Eso sí, pasé un buen rato escogiendo unos delicados pendientes y una pulsera que hicieran juego con el mismo. La ropa interior… la más sexy que pude encontrar en los cajones, de color negro, medias, tanguita y liguero… sostén no, pues el vestido dejaba la espalda al descubierto.
A pesar de tener GPS en el móvil y de haber programado la dirección de Natalia, me aseguré todavía más accediendo a la web de Googlemaps e imprimiendo un plano en papel. Sólo por si acaso. La batería del móvil… bien cargada.
A eso de las cinco de la tarde, me di una ducha, me vestí con ropas cómodas, recogí todas las cosas y me marché del piso con el corazón a punto de salírseme disparado por la boca.
Me llevó una media hora el salir de la ciudad y conducir hasta la urbanización de lujo ubicada en las afueras a la que correspondía la dirección de las tetonas. Admirada, conduje mi coche entre lujosas mansiones, separadas las unas de las otras por centenares de metros, gozando todas ellas de extensos jardines rodeados por muros que aseguraban la completa intimidad a sus ocupantes.
Por fin, llegué a la dirección correcta y bajando la ventanilla del conductor llamé a un timbre con videovigilancia que quedaba al lado del auto. Tras unos segundos de espera, me sorprendió escuchar la voz de la propia Kimiko que me saludaba por el telefonillo. Tras devolverle el saludo, se escuchó un chasquido y las puertas que daban acceso al jardín empezaron a abrirse lentamente.
–         El garaje está siguiendo el camino de la derecha – oí que me decía la japonesa mientras ponía de nuevo el coche en marcha.
Minutos después, la misma Kimiko me abría la puerta de la casa, saludándome con los dos besos de rigor.
–         Estupendo – me dijo – Llegas temprano. Espera, que te ayudo con eso.
Agarrando una de las bolsas que llevaba, me condujo al interior de la casa, mientras yo contemplaba admirada el lujo del que se rodea la gente que tiene pasta. Entramos en un pequeño dormitorio que había cerca de la cocina, que según me dijo Kimiko pertenecía a la criada y allí dejamos las cosas.
–         Dejémoslo todo aquí de momento – me dijo.
–         Vale – asentí resoplando.
–         ¿Estás lista?
–         Sí, claro – asentí.
–         Estupendo. ¿Un poquito nerviosa?
–         Sí.
–         Tranquila, que lo único que tienes que hacer es estarte quietecita. Ahora vamos a la cocina, que estamos organizándolo todo.
La cocina era tan grande como mi salón. Todo se veía impolutamente limpio. Sobre la enorme mesa central (hecha de azulejos) reposaban los ingredientes no perecederos de la comida. El resto, al parecer, estaba en las neveras.
Allí nos aguardaban dos japoneses, que imaginé serían los cocineros, afanándose en ordenarlo todo.
–         Edurne, te presento a Kenji-san y Tooru-san, mis chefs, que se van a encargar de preparar el sushi que luego serviremos.
–         Encantada – dije mientras ellos me saludaban con ligeras reverencias.
–         La comida occidental la traerá una empresa de catering y debe llegar sobre las ocho. Para esa hora debemos haber empezado ya contigo. Calculo que nos llevará como una hora u hora y media prepararte. Aprovechemos para enseñarte la casa y después vamos a darte un buen baño.
–         Vale, pero acabo de bañarme.
–         Tienes que estás impoluta para el Nyotaimori.
–         Lo que tú digas. Eres la experta.
Kimiko me sonrió.
–         Chicos, ¿tenéis todo lo que necesitáis? Pues manos a la obra – dijo Kimiko añadiendo a continuación unas frases en japonés.
La joven me tomó de la mano y me sacó de la cocina, procediendo a actuar como cicerone en la visita de aquella fabulosa mansión.
Primero me condujo al salón, donde iba a celebrarse la fiesta. Allí parecía estar todo bien dispuesto. La sala no había sido decorada especialmente, nada de carteles con “Felicidades” ni guirnaldas o globos, sino que se había respetado la decoración del lugar, moderna y elegante.
Lo que llamaba la atención era la enorme mesa que habían colocado en el centro, al menos de tres metros de largo por 1.50 de ancho. Ordenados alrededor del borde había un montón de cubiertos, palillos chinos y platos artísticamente decorados, con las servilletas dobladas adoptando diferentes formas. Hasta ese día yo ignoraba que pudieran hacerse tantas figuras con un simple trozo de tela. Pero fue otra cosa lo que atrajo mi atención.
–         Kimiko – dije insegura – En la mesa hay bastantes más de 8 cubiertos…
–         Verás – dijo ella mirándome un poco aturrullada – Es que… además de nosotras… Va a haber algunos invitados más.
–         ¡¿CÓMO?! – exclamé sin poderlo evitar.
Ella me miró muy seria, cortando de raíz cualquier idea que yo pudiera tener de protestar.
–         ¿Te supone eso algún problema? – me dijo en tono cortante.
–         No, no… si es el deseo de Jesús…
–         Buena chica – respondió ella sonriéndome con ternura.
Con tranquilidad, me mostró el resto del salón, la barra de bar, conteniendo una impresionante variedad de bebidas alcohólicas, los cómodos sofás que habían sido arrimados a las paredes, un par de divanes, sillones… todo con pinta de cómodo… y de caro.
A continuación salimos por unas puertas de cristal que daban a la terraza y en ella, una enorme piscina, donde supuse se había desarrollado el último capítulo de la historia con Natalia y Yolanda que Jesús me había contado un par de días antes. En uno de los extremos, había un jacuzzi que nada tenía que envidiar al del spa.
–         Mira – me dijo Kimiko señalándome una senda de losas – ese camino rodea la casa y lleva hasta el garaje donde has dejado el coche. Y esta puerta de aquí – me dijo abriendo una puerta de madera que había cerca de la cristalera por la que habíamos salido – Lleva a un dormitorio.
Abrió la puerta y me condujo a un lujoso dormitorio, decorado como yo sólo había visto en las películas. Una enorme cama ubicada junto a una de las paredes parecía reinar en la estancia. Me estremecí pensando en las sesiones que habrían contemplado aquellas 4 paredes.
–         Esa puerta lleva al baño privado y ésta otra… – dijo mientras la abría – Nos devuelve al salón.
–         ¿Este es el dormitorio principal? – pregunté intrigada.
–         ¡Ay, no nena! – respondió la chica – Es un simple cuarto de invitados. Te lo he enseñado porque es el que suele utilizar Jesús…
–         ¿El que suele utilizar?
–         Sí, cariño. Verás, en nuestro grupo, es muy normal celebrar ciertas… reuniones en las que Jesús nos junta a todas.
–         Comprendo.
–         Lo hacemos más o menos una vez al mes y claro, con semejante palacio a su disposición, solemos hacerlas aquí.
Me imaginaba en qué debían de consistir esas reuniones.
–         Eso me recuerda algo – dije – ¿Dónde están las dueñas de la casa?
–         ¡Oh! Es verdad. Me había olvidado. Después de comer Natalia y su hija se han ido al spa para hacerse un masaje y un tratamiento de belleza.
–         Ah, claro.
–         La verdad es que yo he influido un poquito en que se fueran – dijo sonriendo la joven – Así, con un poco de suerte, conseguiremos mantener en secreto nuestro regalo hasta la hora de la fiesta.
–         Bien pensado – asentí sonriendo.
Pasamos un rato más visitando el resto de la casa, envidiando en silencio el lujo y la opulencia que me rodeaba. Y lo peor era que la decoración era realmente apropiada, nada de extravagancias, lo que demostraba que la voluptuosa Natalia estaba dotada de un gusto exquisito.
–         Bueno – dijo Kimiko consultando su reloj – creo que ha llegado la hora de asearnos.
Me llevó al dormitorio de invitados al que se accedía desde el salón y me dijo que entrara al baño y fuera duchándome. Mientras, ella se dirigió a la cocina a ver cómo iba todo y pasó por el cuarto donde estaban mis cosas para recogerlas.
Me desnudé y dejé mi ropa en un confuso montón en el suelo. Abrí la mampara de la ducha y me introduje bajo el caliente chorro de agua, que dejé resbalar sobre mi piel durante varios minutos, tratando de relajarme y borrar todo rastro de nerviosismo de mi ánimo.
Inesperadamente, sentí cómo la mampara volvía a abrirse y con la vista enturbiada por el agua vislumbré como la pequeña Kimiko, completamente desnuda, había decidido compartir la ducha conmigo.
–         Eres muy hermosa – susurró mientras se aproximaba a mí.
–         Gracias – atiné a responder mientras la observaba con atención.
Era muy delgada, pero aún así, su cuerpo tenía curvas en los lugares apropiados, sólo que no tan exuberantes como las mías. Su piel, lisa y muy pálida, aún dejaba entrever las tenues marcas de las sesiones de bondage que Kimiko practicaba con Jesús. Era bellísima.
Su presencia allí me había hecho sospechar que la chica tenía intenciones de combatir el estrés de la jornada con una sesioncita lésbica y lo cierto es que no me hubiera parecido mal (amén de no haber podido negarme), pero Kimiko simplemente quería asegurarse de que mi aseo era lo suficientemente concienzudo.
Asiendo una esponja, la empapó de gel líquido, pero no usó el bote que había en la repisita de la ducha, sino uno que había traído con ella.
–         Es jabón inodoro – me dijo en respuesta a mi mirada interrogadora – No podemos usar jabón de olor, pues contaminaría el sabor de la comida.
Dicho esto, la japonesita procedió a frotar todo mi cuerpo con la esponja, añadiendo jabón cada vez que el volumen de espuma empezaba a menguar. Fue muy agradable sentir las caricias de sus expertas manos sobre mi piel y, aunque no tenía intención de hacerlo, no pude evitar sentirme un poquito excitada mientras me aseaba.
 
 

Sintiéndome un poco juguetona, agarré otra esponja y empecé a lavarla a ella a mi vez, logrando que la chica me dedicara una encantadora sonrisa. Estuvimos así un buen rato, aseándonos mutuamente hasta que Kimiko quedó satisfecha. Agarró entonces la ducha de teléfono y suavemente, dirigió el chorro hacia nuestros cuerpos, eliminando por completo el jabón.

Sin decir nada, ya que no hacía falta, Kimiko me sacó de la ducha una vez estuvimos bien enjuagadas y utilizando varias toallas, nos secamos la una a la otra.
–         Siéntate aquí – me dijo señalando un pequeño banquillo.
La obedecí, quedando sentada frente al espejo y ella comenzó a secarme cuidadosamente el cabello, usando un secador de mano que allí había. A continuación procedió a cepillármelo amorosamente durante varios minutos, para finalmente recogérmelo en un moño estilo japonés, muy similar al peinado que ella lucía habitualmente.
–         Preciosa – me susurró mientras miraba nuestro reflejo en el espejo.
–         Gracias – respondí enrojeciendo levemente.
–         Ahora vamos a maquillarte.
Lejos de lo que yo esperaba (por la imagen mental que tenía de las geishas) el maquillaje que me aplicó Kimiko fue muy sobrio y sencillo. Un poco de sombra de ojos, una pizca de polvos, perfil para los labios… la chica tenía buena mano.
–         Ya lo he dicho, pero lo repito. Eres preciosa – dijo haciéndome enrojecer de nuevo.
En aquel rato de intimidad con Kimiko, nuestros lazos de amistad se estrecharon. En aquel instante aprecié de veras a la pequeña japonesa y, sin poder evitarlo, le sonreí a través de mi reflejo, haciéndole una pequeña inclinación de cabeza que ella correspondió.
–         Ahora te toca a ti – le dije levantándome.
–         Ay, no cariño, me temo que debes ir ya al salón. Tooru y Kenji ya deben estar esperándote.
Tragando saliva para armarme de valor, me vestí únicamente con un ligero albornoz que Kimiko me entregó y salí del baño, dejando allí a la joven mientras se acicalaba. Bastante nerviosa, encaminé mis pasos al salón, donde me aguardaban los dos chefs japoneses con todo preparado.
Haciendo de tripas corazón, respiré hondo, recordándome a mi misma que todo aquello lo hacía por Jesús y me planté en la sala, tratando de aparentar seguridad y confianza frente a los dos hombres.
Cuando entré, los dos se volvieron hacia mí, saludándome con una reverencia. Yo la devolví torpemente y me reí con nerviosismo, pero los dos japoneses se mostraban imperturbables, lo que me tranquilizó un poco.
–         ¿Tú lista? – me dijo uno de ellos, aunque no supe cual, pues no sabía quien era Tooru y quien Kenji.
–         Sí – dije asintiendo con la cabeza.
–         Tú desnuda – me dijo moviendo las manos indicándome que me librara del albornoz.
Un poquito acojonada, obedecí acordándome una vez más de Jesús. Tratando de aparentar tranquilidad, me quité el albornoz y lo dejé sobre un sillón, mientras, por el rabillo del ojo, veía que los dos cocineros no se perdían detalle.
Decidida a mostrarme dura, me volví hacia ellos como si estar allí en medio como Dios me trajo al mundo fuera la cosa más natural imaginable.
Las pupilas de los dos japoneses se dilataron, en un inequívoco signo de admiración. El que me había hablado susurró unas palabras en japonés a su compañero, que se limitó a asentir con la cabeza sin apartar la mirada de mí. Me sentí cohibida, pero al mismo tiempo… halagada.
–         Tú mucho guapa – dijo mi interlocutor poniéndose por fin en marcha.
–         Gracias – respondí sonriéndole – Veo que no hablas mucho español.
Él me miró sin entender.
–         Español… – insistí – Tú no hablar mucho bien mi idioma – le dije hablando en voz alta y adoptando inconscientemente la lengua de los indios arapahoes.
¿Por qué coño hacemos eso cuando alguien no habla nuestro idioma?
Pero funcionó, pues su cara se iluminó al entender lo que yo lo decía.
–         ¡Ah! Yo poco español – dijo haciendo el signo de “pequeñito” con los dedos – Tooru – dijo apuntando a su colega – Nada.
Bueno, ya sabía quien era quien.
–         Bueno – dije – ¿Me tumbo?
–         Sí, sí – dijo Kenji asintiendo vigorosamente – Tú tumba.
–         Espero que no te refieras a una del cementerio – dije riendo.
El japonés también se rió, aunque estoy segura de que no había entendido un carajo. Aunque, bien pensado, quizás se reía por el júbilo que experimentaba por el espectáculo que yo estaba ofreciendo.
Sintiendo sus miradas clavadas en mi culito, avancé hasta el extremo de la mesa, que había sido despejado de platos para permitir que me subiese. De un saltito, quedé sentada sobre la madera y, ayudándome de las manos, fui arrastrando el trasero por la madera hasta quedar ubicada más o menos en el centro de la mesa.
–         Tú tumba – repitió Kenji, insistiendo en sus deseos de enviarme a la cripta.
Si bien, hay que reconocer que su frase estaba preñada de sentido, pues, en el fondo, lo que se esperaba de mí es que me quedara quieta como una muerta.
Y así lo hice.
En cuanto me hube tumbado, los dos chefs se inclinaron sobre mí. Uno se encargó de colocar bien mis brazos, que yo había puesto pegados al cuerpo, colocándolos en un ángulo de 30º con las palmas abiertas y pegadas a la mesa. El otro, mientras tanto, ponía en posición mis piernas, separándolas un poco, con lo que estuve segura de que obtuvo un excelente primer plano de mi afeitadito pubis de muñeca.
Una vez satisfechos, comenzaron a colocar la comida sobre mi cuerpo. El encargado de hacerlo fue Kenji, mientras su compañero iba trayendo lo necesario desde la cocina.
He de reconocer que me sorprendieron bastante pues, a tenor de las miraditas que me habían dedicado, yo esperaba que aprovecharan la ocasión para sobarme un poco… Ya había pensado antes en que algo así podía pasar y estaba totalmente decidida a dejarme hacer, pues cualquier sacrificio era poco con tal de hacerle un buen regalo a mi Amo Jesús; pero los japoneses fueron extraordinariamente profesionales. Kenji ni siquiera usó las manos para colocar las delicadas porciones de sushi y sashimi sobre mi cuerpo, sino que utilizó unos palillos chinos, que usaba con tal destreza, que pensé que ni con cien años de práctica lograría emularle.
–         Tú quieta – me reconvino Kenji en una ocasión en que alcé la cabeza un poco en un intento de ver cómo iba quedando la cosa.
Obedecí y les aseguro que fue un acto de tremenda fuerza de voluntad. Durante casi una hora los dos chefs japoneses se afanaron trabajando sobre mi cuerpo, organizando la comida que los invitados iban a disfrutar usándome como bandeja humana. Yo intentaba no mover ni un músculo, pero aún así algún trocito resbaló y cayó sobre la mesa. Ni un mal gesto, ni una protesta, los hombres se limitaban a limpiar lo ensuciado, deshacerse de lo que había caído y colocar un nuevo trocito sobre mi piel, en una posición más adecuada para evitar que volviese a caer.
Progresivamente fui logrando controlar los nervios y sumirme en un estado letárgico, de relajación extrema, tratando de ignorar todo lo que sucedía a mi alrededor. Apenas si me di cuenta de que Kimiko se reunía con nosotros y ayudaba a sus empleados, encargándose de ciertos arreglos florales que iban a quedar sobre la mesa, rodeando mi cuerpo.
Al rato, Kimiko salió para recibir a los del catering con la comida occidental, a los que, por fortuna, condujo directamente a la cocina, privándoles del espectáculo de la tía en bolas del salón. Ayudada por Tooru, fue disponiendo las bandejas en varias mesitas que habían distribuido por la habitación, pero no en la mesa central, donde reposaba el plato principal… Yo.
Por fin, la actividad a mi alrededor fue menguando y los profesionales fueron dándole los últimos toques a su obra, mientras intercambiaban palabras entre ellos en su lengua materna. Entonces, Kimiko, que hasta ese instante no me había dicho ni mú para no alterar mi concentración, se acercó a mí y me habló quedamente al oído.
–         Estás sublime querida. No, no hables, es necesario que permanezcas quieta. Falta poco para que la gente empiece a llegar y tengo que ir a acabar de arreglarme. Pero Kenji y Tooru desean despedirse y quieren decirte que ha sido un placer trabajar contigo, que eres muy bella y que están seguro de que los invitados van a disfrutar enormemente de la comida. Al principio tenían sus dudas de hacer esto contigo, pues es difícil incluso para las profesionales quedarse quieta para el Nyotaimori, pero tú lo has hecho fabulosamente bien.
Tan sólo mis ojos se movieron hacia un lado para captar la imagen de los dos chefs haciéndome una reverencia. Yo, sin poder moverme, sólo pude corresponder cerrando los ojos, pero ellos me entendieron perfectamente. No podía ni hablar, pues habían colocado porciones sobre mi cuello, por lo que se habrían caído de haber intentado articular palabra.
–         Ahora se marchan, pues sólo los invitados podemos estar aquí durante la fiesta. Voy a cerrar las puertas y vas a quedarte un ratito sola. Tranquila que no será mucho tiempo, son casi las nueve y todas somos muy puntuales cuando se trata de Jesús.
–         Y tanto – pensé sin decir ni pío.
–         Este ratito va a ser el más duro, pero es necesario que no te muevas ni un ápice para que no se caiga nada. Luego, cuando llegue la gente, podrás relajarte, pues, en cuanto empiecen a comer, no pasará nada si algo se cae… Lo tirarán ellos. Por cierto, he puesto la calefacción, pero no muy alta. Lo justo para que nos sientas frío.
Volví a cerrar los ojos asintiendo, agradeciéndole el gesto.
Muy cariñosa, Kimiko me dio un tenue beso en la frente y salió de la sala acompañando a los dos chefs. Sentí cómo cerraban la puerta tras de si, dejándome allí sola.
Por desgracia la nº 4 del harén de Jesús (ascendida en virtud a la bocaza incontrolable de Gloria) tenía razón y los siguientes minutos se me antojaron eternos. Ni siquiera podía respirar hondo para relajarme pues, de haberlo hecho, quizás habría desparramado la comida.
Traté de concentrarme en cosas tranquilizadoras, evitando pensar en todo lo que pudiera ponerme nerviosa. Jesús, Amo, culo, sodomización se convirtieron en temas tabús durante ese periodo, en los que repasé mis horarios de clase, la planificación de la materia, la revisión del coche, las fechas de los cumpleaños de mis padres…
Joder… mis padres. Si me hubieran visto en ese momento… Qué orgullosos se habrían sentido… sic…
Pero todo lo bueno se acaba y lo malo también, así que, tras unos 20 minutos que a mí me parecieron horas, comenzó a sentirse cierta actividad al otro lado de las puertas.
Saludos, grititos, risas, sonidos de seres humanos interactuando llegaban hasta mí, bastante amortiguados por las gruesas puertas de madera que cerraban la sala. Aquello, en lugar de tranquilizarme, me puso más nerviosa, pues el momento en que iba a ofrecerme a mí misma como regalo para Jesús se aproximaba.
Mentalmente imaginaba lo que estarían haciendo. ¿Actuaría Kimiko como anfitriona? ¿Habrían llegado ya las dueñas de la casa? ¿Y los misteriosos invitados?
Apurada, logré tranquilizarme lo suficiente para no echarme a temblar, pero aún así mi respiración se aceleró un poco, lo que me puso todavía más nerviosa.
–         Vamos, entrad ya, entrad ya – repetía mentalmente – Jesús, Amo, ven a mí… Contempla a tu esclava que lo haría todo por ti…
Escuché entonces una puerta que se abría, lo que disparó los latidos de mi corazón,  pero no se trataba de la principal, sino la del dormitorio. Instantes después, Kimiko, vestida con un elegante vestido chino (aunque no pude apreciarlo muy bien) se acercaba a la mesa para hablarme.
–         Impresionante Edurne – susurró – Me he adelantado para comprobar que todo iba bien. Increíble chica, no has movido ni un pelo.
Le respondí con una ligera sonrisa.
–         Les vas a encantar – me dijo – Tranquila que enseguida venimos.
Apreté los ojos.
–         ¿Sabes? Jesús está un poco enfadado contigo, pues piensa que no has venido a la fiesta. Nos ha salido perfecto. ¡La sorpresa que se va a llevar!
Me sentí eufórica. Estaba segura de que aquello iba a gustarle a mi Amo.
–         Te dejo, cariño. Vuelvo en un minuto.
El corazón me latía jubiloso en el pecho. Todo nos había salido bien. Esperaba que el esfuerzo que habíamos invertido Kimiko y yo fuera recompensado por Jesús. Bueno, qué coño, esperaba ser recompensada yo y Kimiko… otro día.
Sin querer, me había puesto a pensar en Jesús, en su polla y en lo que había prometido hacerme esa noche. Sin poder evitarlo, la zorra que hay en mí empezó a calentarse.
–         Joder – pensé – El que se coma el sushi que me han puesto en la entrepierna se lo va a llevar bien mojadito…
No sabía yo cuanto.
Por fin, las puertas del salón se abrieron de par en par y las luces se encendieron. Una exclamación de asombro resonó en la sala cuando los invitados vieron el extraordinario servicio que había dispuesto sobre la mesa.
–         ¡No me jodas! – escuché la inconfundible voz de Gloria – ¡Si es Edurne!
Una barahúnda de voces riendo y profiriendo exclamaciones de asombro inundaron la habitación, aunque yo, incapacitada para moverme, no pude apreciar las expresiones faciales de los que las emitían.
Enseguida me vi rodeada por las mujeres del harén de Jesús, que me miraban asombradas mientras cuchicheaban entre ellas. Me sentí orgullosa y feliz al percibir la admiración (y un poquito de envidia) de mis compañeras, que nos felicitaban a Kimiko y a mí por la extraordinaria idea que habíamos tenido.
Pero ni punto de comparación a lo que experimenté cuando percibí la perturbadora presencia de Jesús, que se había aproximado a mí desde atrás, donde no podía verle. Inclinándose sobre mí me susurró al oído, haciendo que se me erizase la piel. Por fortuna el día anterior habían eliminado todo el vello de mi cuerpo, si no los pelos se me habrían puesto tan de punta que se habría caído todo el sushi.
–         Exquisito, perrita – me dijo mi Amo colmándome de felicidad – Me preguntaba donde estarías y resulta que estabas haciéndome este maravilloso regalo…
Tras decir esto, me besó muy suavemente en los labios y yo creí morir de felicidad. Por desgracia, las felicitaciones no eran sólo para mí.
–         Kimiko, un trabajo delicioso – dijo Jesús.
–         Gracias, Amo – respondió la chica – Estábamos ansiosas por complacerte y pensé que una cosa así te encantaría.
–         ¡Pensamos, cacho zorra! – exclamé para mí.
–         Y Edurne-san está haciendo un trabajo realmente impresionante. Estaba deseosa de hacer esto por ti…
–         Bueno, vale… te perdono – pensé.
Con pena sentí cómo el Amo se apartaba de mi lado, intercambiando palabras de afecto con todas sus esclavas.
 
 

Kimiko tenía razón, una vez que no estuve sola no me resultó tan difícil permanecer quietecita. Las conversaciones de las demás me distraían y sus felicitaciones y celosas miraditas me halagaban, por lo que pude relajarme un tanto. Por el rabillo del ojo, traté de vislumbrar a mis compañeras, intentando sobre todo encontrar a Yolanda, la única a la que no conocía.

La puta que la parió (bien pensado, era verdad que su madre era bastante puta), qué buena estaba la jodía. Ataviada con un vestido largo de noche de color blanco y negro (a juego con el de su madre), estaba simplemente arrebatadora. Con su media melena peinada a lo paje de cabello negrísimo, que le daba un aire de infantil, pero con una sonrisilla pícara en el rostro… y con un par de tetas que dudaba mucho mi espalda hubiera podido sostener.
–         Bien, chicas – dijo de pronto Natalia – Id tomando asiento que el resto de invitados acaba de llegar.
Me había olvidado de que aquella noche no íbamos a estar solas. Nuevamente la inquietud se apoderó de mí.
Las chicas, en un revuelo de risas y bromitas, fueron sentándose a la mesa, rodeándome. Curiosamente, no se sentaron unas junto a otras, sino que iban dejando una silla vacía entre ellas. Enseguida averigüé por qué.
–         Bienvenidos – resonó la voz de Jesús apagando todas las conversaciones.
El ambiente había cambiado. Las chicas se habían quedado calladas, mirando hacia la puerta del salón. Gloria, que estaba cerca de mi cabeza, dibujó una sonrisilla maliciosa y me dirigió un guiño cómplice. Se lo agradecí, pues me tranquilizó bastante.
–         Bien, ya estamos todos – dijo Jesús – Sentaos amigos míos.
Joder, qué acojonada estaba. Y la cosa no mejoró.
Las sillas vacías empezaron a ser ocupadas por hombres vestidos de smoking negro y pajarita, lo que no era nada extraordinario teniendo en cuenta los elegantísimos vestidos que portaban las mujeres. Lo intimidante era que todos llevaba el rostro cubierto por un antifaz decorado, que les cubría desde la frente hasta el labio superior, ocultando sus rostros.
La escena me recordó a la peli esa de Tom Cruise, “Eyes Wide Shut”, aunque mi enloquecida mente pensó que el título de la película en la que me encontraba sería más bien “Eye Wide Open” a tenor de lo pretendía hacerme Jesús después.
Muy nerviosa, observé a los invitados masculinos. Era seis en total, lo que sumado a Jesús hacía un total de 7 hombres y siete mujeres, con lo que no hacía falta saber muchas matemáticas para imaginarse lo que iba a acontecer en aquella fiesta. Me armé de valor mientras me repetía mentalmente que Jesús había prometido estar conmigo esa noche (bueno, por lo menos con mi culo), así que los desconocidos se repartirían a las demás.
–         Es preciosa – dijo uno de los tipos, que por sus canas parecía ser el mayor.
–         Sublime – respondió otro – Menudo espectáculo Jesús, no me habías dicho que la cena iba a estar tan bien presentada.
–         Yo mismo no lo sabía. Ha sido un regalo especial – respondió mi Amo.
–         Hijo mío, qué vida te pegas – dijo otro – Qué bien te tratan.
–         Así que ésta es la famosa Edurne – volvió a intervenir el canoso.
–         Así es.
–         Es muy hermosa. ¡Seguro que la comida va a saber mucho mejor servida en semejante fuente! ¡Me pregunto cuánto pagarían en Christie´s por semejante bandeja!
Todos rieron.
–         Bueno, no hagamos más cumplidos – dijo Jesús – ¡Que aproveche!
–         ¡Jesús! – exclamó el tipo mayor – ¡Déjame que me encargue yo de trinchar el pavo!
Nuevas risas.
–         ¡A mí no me gusta mucho el sushi! ¡Pero está tan bien servido que creo que voy a probarlo!
–         ¡Yo voy a rebañar el plato!
A pesar de las burlas (unas encantadoras, otras bastante groseras) me fijé en que había dos hombres que no participaban en la algarabía general, no alzando nunca la voz. Se limitaban a conversar con la chica que les había tocado al lado, uno con Yolanda y el otro con su madre, por lo que en medio del follón no pude escuchar sus voces.
Sin esperar más, empezó el rumor de cubiertos y platos, mientras los comensales comenzaban a servirse pedazos de comida de mi cuerpo.
–         ¡Sushi con sorpresa! – exclamó el canoso tras coger un trocito que cubría uno de mis pezones – ¡Y qué bonita sorpresa! ¡Dan ganas de llevársela a la boca!
El jolgorio continuó en el salón, animándose cada vez más a medida que los comensales regaban la comida con buen sake. Algunos de ellos se levantaban de tanto en cuanto para servirse de las bandejas que había sobre las otras mesitas, aunque ninguno se privó de servirse de lo que había sobre mi piel.
Alguno, un poco más osado, llegó incluso a juguetear donde no debía. Di un pequeño respingo cuando me pellizcaron en un pezón, pero, por fortuna, no derramé nada.
Como no podía hacer nada más, me dediqué a observar en silencio a los misteriosos invitados y fui bautizándolos mentalmente a todos. Primero teníamos al del pelo canoso, al que llamé viejo verde; después había uno que parecía ser ligeramente más joven al que denominé tito Luis, pues me recordaba a mi tío; luego estaba golfo, que debía tener la misma edad que tito Luis, al que llamé así porque hablaba menos… y metía mano más. Luego estaba timidín, que no parecía muy mayor y que parecía estar un poquito azorado. Y por último estaban los dos silenciosos.
Mudito 1 y mudito 2… Y en ese preciso instante reconocí a uno de los dos: Yoshi.
Al llevarse la copa con la mano izquierda, la manga dejó al descubierto un tatuaje sobre el brazo. Aunque sólo lo vi un segundo me bastó para reconocer al hermano de Kimiko.
Así que la gigantesca polla de Yoshi estaba en la fiesta… aquello me inquietó bastante, pero luego pensé que no había nada raro en que Jesús invitara a su cumpleaños a un buen amigo como Yoshi. Además, no había que olvidar que el japonés conocía al dedillo las actividades y aficiones del Amo, las compartía e incluso había llegado al punto de entregarle a su propia hermana en bandeja. Su presencia era normal.
Mudito 2 tenía algo familiar, la manera en que me miraba… pero mis ensoñaciones se cortaron de raíz cuando Jesús se puso en pié para hacer un brindis.
–         Quiero agradeceros a todos que hayáis venido esta noche a celebrar conmigo mi cumpleaños. Que estemos juntos muchos años más y que podamos celebrar cien fiestas como estas. ¡Salud!
Extrañamente, sólo los hombres correspondieron al brindis con sus copas, pero enseguida Jesús se dirigió a las chicas.
–         Y a mis zorras – dijo alzando su copa de nuevo – Porque sigan tan buenas y obedientes como hasta ahora. ¡Ése es el mejor regalo que pueden hacerme!
Esta vez todos brindaron.
–         Y esta noche quiero agradecer especialmente a Kimiko y a Edurne por la extraordinaria cena que nos han servido. Os habéis portado muy bien. Estoy muy satisfecho.
Casi pude sentir físicamente las miradas del resto de mujeres clavándose en mi desnuda piel. Pero todas acompañaron el brindis.
–         Bien – dijo Jesús – veo que me habéis guardado la mejor parte.
–         Claro, hombre – dijo viejo verde – Es tu cumpleaños.
–         ¡Y ganas de comérmelo no han faltado! – asintió golfo.
–         Bien. Hagamos los honores.
No sabía muy bien a qué se refería, pero como ya casi no quedaba sushi sobre mi cuerpo, aventuré una miradita hacia el sur. No pude evitar sonreír al darme cuenta de que los invitados habían respetado el sushi que había colocado directamente sobre mi vagina. Bocatto di cardinale.
–         ¡A vuestra salud! – dijo Jesús cogiendo la porción con los palillos.
–         ¡Pero mójalo, hombre! – exclamó tito Luis – ¡La salsa es lo mejor!
Durante un breve instante, no entendí a qué se refería, pero Jesús lo había pillado a la primera. Muy lentamente aproximó la porción a mi entrepierna, y frotándolo un poco, logró introducirlo entre mis labios vaginales, mojándolo bien en mi intimidad. Me estremecí.
–         Ummm… Delicioso – siseó Jesús tras probar el manjar bien sazonado.
Los demás estallaron en aclamaciones y gritos, mitad burlones mitad ebrios.
Yoshi y los demás palmearon a Jesús en la espalda y le llevaron a un lado, hacia la barra de bar, para servirse unas copas. Kimiko, aprovechando la tregua, se acercó a mí y me ayudó a incorporarme, cosa que hice muy trabajosamente, pues estaba bastante entumecida.
–         Ven, por aquí cariño – me dijo ayudándome aponerme en pié – Lo has hecho muy bien. Estoy muy orgullosa.
Por fortuna, la maternal Natalia se acercó a ayudarnos, pues las piernas, acalambradas, no me sostenían. Entre las dos, me sacaron del salón y me condujeron de vuelta al cuarto de baño.
–         Menudo par de zorras estáis hechas – nos reconvenía la tetona señora – Qué calladito os lo teníais. Podríais haber dicho algo, que así sólo vosotras habéis quedado bien.
–         Vamos, Nati – le dijo Kimiko – ¿Me quieres explicar cómo habríamos podido colocar el sushi encima de ese par de montañas? ¡Se habría caído todo!
–         Y el superglue no está bueno – dije con una sonrisa cansada.
–         ¡Par de fulanas! – exclamó Natalia riendo – ¡Encima cachondearos! ¡Que lo habéis hecho en mi casa! ¡Podríais haberme avisado!
–         ¿Y estropear la sorpresa? Ya sabes que eres incapaz de guardar un secreto.
–         ¡Claro! ¡Por eso nos mandaste a Yoli y a mí al spa! – exclamó Natalia comprendiendo de repente.
Seguimos bromeando mientras me reponía en el baño. Muy atenta, Kimiko me dio unas friegas en los músculos, para recuperarme un poco.
Poco a poco, todas las chicas fueron asomándose al aseo para ver cómo estaba. Comentaron admiradas cómo había sido capaz de permanecer tanto rato sin moverme y, en general, no detecté demasiada hostilidad en el ambiente.
–         Seguro que esta noche serás tú la que Jesús se lleve al cuarto – dijo Yoli a la que acababan de presentarme.
–         ¡Eso seguro! – exclamó Gloria – Pero eso se sabía ya de antes. ¡Hoy va a estrenarle el culito!
–         ¿En serio? – preguntó Yolanda – ¿Te lo ha respetado hasta hoy? ¡Querría guardárselo de pastel de cumpleaños!
–         No es eso Yoli – dijo mi alumna – Vente conmigo, que te voy a contar la historia del director de mi insti…
Cuando me dejaron tranquila pude por fin tomar una ducha para asearme, con cuidado de no mojarme el pelo, para no estropear el encantador peinado que Kimiko me había hecho.
Justo cuando me secaba, Natalia y la japonesa regresaron con mis cosas y, delicadamente, me ayudaron a vestirme.
–         Edurne, tengo que decirte una cosa – me dijo Natalia mientras me enfundaba las medias.
–         Dime.
–         Es sobre esta noche, sobre esta fiesta y el hecho de que se haya celebrado aquí.
–         Cuenta – contesté con un breve atisbo de inquietud.
–         Verás, una de las razones de que estemos aquí… eres tú.
–         ¿Yo?
–         Esta noche va a ser… tu prueba final.
–         ¿Mi prueba? – pregunté cada vez más nerviosa.
–         Sí. Jesús me ha pedido que te avise.
–         No lo comprendo. ¿Prueba para qué?
–         Para pertenecer definitivamente al grupo.
–         Pe… pero – balbuceé – Creía que ya pertenecía al grupo.
–         Sí. Pero aún te queda una cosa más por hacer. Hoy tienes que decidir cómo va a ser tu vida de aquí en adelante – me dijo Natalia muy seria – Aún puedes cambiar de opinión y volver a tu vida de antes.
–         Eso es ridículo – respondí con sequedad – Jesús es todo mi mundo y haré cualquier cosa que me pida.
–         Entonces no habrá problemas.
Contemplé unos segundos a las dos mujeres, sopesando lo que acababan de decirme.
–         ¿Y cual es esa prueba?
–         Jesús te lo dirá. No puedo decirte más.
–         ¿Tiene algo que ver con esos hombres?
No me respondieron, pero la mirada que se dirigieron la una a la otra fue suficiente respuesta.
–         Pues me da igual – continué – Si me pide que folle con todos ellos, lo haré. Pero no me apartaré de Jesús por nada.
–         Entonces ya eres una de las nuestras – me dijo Kimiko sonriéndome.
–         Por supuesto.
Natalia me miró sonriente, se encogió de hombros y, rodeando a Kimiko por la cintura, la condujo fuera del baño.
–         Como te digo, no creo que tengas problemas. Termina de arreglarte y reúnete con todos en el salón. Vamos a tomar unas copas y luego le daremos a Jesús las llaves del coche. Está aparcado fuera.
–         Vale.
–         Si tienes hambre, puedes picar algo fuera – dijo la japonesa – Queda mucha comida en las mesas. Aunque nada de sushi; se lo han comido todo – añadió guiñándome un ojo.
Estuve dándole vueltas a la cabeza a sus palabras mientras terminaba de acicalarme. ¿Estaban locas? ¿Qué iba a ordenarme Jesús que pudiera hacer que yo quisiera apartarme de su lado? ¡Nada!
Minutos después, salí del dormitorio y me reuní con los demás. Al verme llegar, me recibieron con efusivos saludos y felicitaciones, alguno incluso aplaudió. Un poco azorada, busqué a Jesús con la mirada, localizándole cerca de la barra, charlando con Mudito 2, ambos con sendas copas en la mano. Cuando me vio, alzó su copa hacia mí a modo de saludo. Yo le sonreí.
A pesar de que deseaba acercarme a él, me vi arrastrada por viejo verde y por golfo, quienes, tras ponerme una copa en la mano, me condujeron hasta un sofá, donde no pararon de piropearme y hacer bromas subidas de tono a mi costa. Yo, imitando a las demás, me vi obligada a seguirles la corriente, actuando como la perrita obediente que era, siguiéndoles el juego a los invitados de Jesús.
A pesar de todo, no me caían mal los dos tipos, especialmente viejo verde, que lograba que sus bromas soeces resultaran bastante graciosas.
Entonces Natalia, golpeando suavemente su copa con una cucharilla, atrajo la atención de todo el mundo.
–         Quisiera proponer un brindis por nuestro querido Jesús – dijo alzando su copa – Querido, no exagero un ápice cuando digo que has cambiado profundamente la vida de todos los que aquí estamos, lo que nunca te agradeceremos lo suficiente.
No la entendí. ¿La vida de todos? ¿De los hombres también?
–         Así que brindo para felicitarte por tu décimo octavo cumpleaños, tu mayoría de edad. Gracias Amo.
–         ¡Ahora las cosas que haces son legales! – gritó viejo verde a mi lado.
Jesús sonrió, alzó su copa y todos brindamos.
Minutos después, estábamos todos en el jardín enseñándole a Jesús el regalo que le habíamos hecho. Él sonreía satisfecho sentado en el asiento del conductor, soportando las jocosas felicitaciones masculinas.
Una vez examinado el regalo, Jesús se bajó del auto y fue acercándose una a una a sus esclavas, susurrándonos unas palabras al oído que nos hicieron enrojecer de placer a todas. Yo fui la última.
–         Perrita, gracias por haberte portado tan bien en mi cumpleaños, me habéis hecho muy feliz. Me ha encantado el coche y tu regalo… mucho más. Pero no te olvides de que hoy me habías prometido otra cosa…
–         Soy toda tuya Amo – respondí en voz baja.
–         Esta noche promete ser muy, muy larga – me dijo – Y va a empezar a tu lado…
Sonreí encantada.
–         Espérame en el dormitorio. Sabes cual es, ¿verdad? Enseguida estoy contigo. Es hora de empezar la fiesta de verdad.
Mi corazón volvió a desbocarse. Sentía intensamente los latidos atronando en mis oídos, por lo que apenas percibí las burlas que me dirigieron los hombres cuando, toda azorada, me dirigí a la puerta lateral que daba al dormitorio.
Con una sonrisilla tonta caminé hacia la puerta, deseando que Jesús viniera ya, mirando ruborizada al resto de invitados que me miraban sonrientes, sabiendo perfectamente lo que iba a pasar en la intimidad del cuarto. Entonces vi a mudito 2, que me miraba intensamente.
–         Espera tu turno campeón – pensé en silencio – Si mi Amo me lo ordena quizás luego puedas catarme.
Premonitorias palabras.
En cuanto hube entrado en el cuarto cerré la puerta tras de mí y apoyé la espalda contra la misma, respirando profundamente con los ojos bien cerrados. Traté de calmarme, para serenar los latidos de mi corazón, lo que logré tras un par de minutos.
–         No seas estúpida – dije hablando sola en voz alta – Ya has follado con Jesús veinte veces. No tienes por qué estar nerviosa. Y el sexo anal no es para tanto, todas las demás lo practican y les gusta y tú no vas a ser menos. La otra vez fue duro pues fue con el mierda de Armando, pero esta vez es con Jesús…
Más tranquila, me senté en la cama a esperar. Pensé en desnudarme, pero recordé que el chico me había ordenado que le esperase allí, no que lo hiciera en pelotas.
Para distraerme, dejé vagar la mente por los acontecimientos de la noche. ¿Quiénes serían esos hombres? Si Yoshi estaba allí, debía ser un grupo de amigos de Jesús, aunque algunos eran bastante mayores… Y era indiscutible que todos sabían lo que Jesús hacía con nosotras, es más, estaba bastante segura de que la noche iba a acabar en una orgía…
Mis elucubraciones fueron bruscamente interrumpidas por el clic de la puerta que daba al salón. Todos mis intentos por tranquilizarme acabaron en fracaso, pues bastó aquel sonido para que mi corazón volviera a dispararse.
Como un resorte, me puse en pie de un salto y permanecí quieta como una estatua junto a la cama.
Y por fin entró Jesús.
Me miró, allí quieta y me dirigió una de sus sonrisas, tan intensa que las rodillas me flaquearon. En ese momento me di cuenta de que estaba muy excitada, aunque eso no tenía nada de extraño.
–         Bueno perrita – me dijo sin dejar de sonreír – Aquí estamos.
–         Sí Amo – respondí sin que mi cerebro fuera capaz de articular otra cosa.
–         Esta noche estoy muy contento contigo – dijo mirándome fijamente – Estás bellísima.
–         Gracias – respondí azorada.
–         Desnúdate.
 
 
 

El corazón me dio un vuelco. La entrepierna me ardía. Los pezones, duros como diamantes. El momento había llegado.

Sin decir nada, deslicé los tirantes de mi vestido de mis hombros y simplemente lo dejé resbalar por mi cuerpo, donde quedó hecho un guiñapo a mis pies.
–         Eres muy bella – repitió él haciéndome estremecer.
Con paso firme, Jesús caminó hacia mí, pero, aunque yo lo ansiaba desesperadamente, no me tocó. Con aire descuidado se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla. Se aflojó la pajarita y, tras desabrocharse un par de botones de la camisa, se dejó caer sobre el colchón.
–         Quítame los zapatos – me ordenó.
Vestida únicamente con la ropa interior y los tacones (con las tetas al aire) caminé hasta los pies de la cama para obedecer las instrucciones de mi Amo. Sentía su mirada sobre mi cuerpo, abrasando mi piel, lo que hacía que mi corazón latiese todavía más deprisa.
Sumisamente, desaté los cordones y le descalcé, dejando sus zapatos bien colocados a los pies de la cama.
–         Los calcetines – me indicó – Quiero que me chupes los dedos de los pies.
–         ¿Eso era todo? ¿Esa era la prueba que tenía que superar? – me dije mientras le obedecía – Sin problemas.
Obedeciéndole, le quité los calcetines de ejecutivo y, sin pensármelo dos veces, empecé a masajear delicadamente sus pies con las manos, mientras mi lengua empezaba a deslizarse entre sus dedos. Estaban salados, pero no me dio reparo ninguno hacerlo. Hasta los saboreé como un manjar, pues eran los dedos de mi Amo.
–         Quítame los pantalones.
Con rapidez, gateé por encimadle colchón y desabroché el cinturón de sus pantalones. No pude evitar sonreír complacida al percibir el notable bulto que tensaba la tela del pantalón.
Con rapidez y un poquito de ansiedad, libré a Jesús de la prenda encontrándome de bruces con su erección, pues el joven había optado por ir sin calzoncillos.
–         Te gusta ¿eh perrita? He pensado que era mejor no ponérmelos porque no iba a durar mucho tiempo con ellos puestos.
–         Estupendo Amo.
–         Cállate y empieza a chupar.
No tardé ni un segundo en obedecerle. Con ansia, agarré su erecto falo, que sentí ardiente entre mis dedos y, lentamente, deslicé todo el tronco entre mis labios, hasta que mi cara quedó apretada contra su ingle. Alzando los ojos, miré el rostro sonriente de mi Amo, que contemplaba cómo su perrita se metía su polla hasta el fondo de la garganta.
Deleitándome en el momento, fui poco a poco retirando mi boca del ardiente pene, dejando que mis labios resbalaran voluptuosamente por toda su longitud, provocando que Jesús emitiera un ligero gruñido de placer, cosa que me encantó.
Cuando sólo me quedó la punta dentro de la boca, empecé a juguetear con la lengua en el glande, logrando que mi Amo cerrara los ojos estremecido por el placer.
–         Mejoras día a día, zorra – me susurró.
–         Gfafias – le respondí.
Su mano se apoyó en mi cabeza, marcándome el ritmo que le gustaba. Sin embargo, no permanecimos mucho tiempo con aquel saludable ejercicio, pues Jesús tenía otras cosas en mente.
–         Para, perrita, para – me ordenó – Esta noche estoy muy excitado y no quiero acabar tan pronto. La primera corrida va a ir al fondo de tu coño, para así durar más rato encargándome de tu culo.
–         Como digas Amo – respondí tras abandonar a regañadientes mi jugoso caramelo.
–         Arrodíllate sobre la cama, a mis pies.
–         ¿Me quito los zapatos? – le pregunté mientras seguía sus instrucciones.
–         No. Me excitan las mujeres con medias y tacones.
Nota mental: A la basura con todos los zapatos de suela plana.
–         Acaríciate – me dijo una vez hube adoptado la posición indicada.
Sensualmente, comencé a deslizar mis manos por mi cálida piel. Siguiendo sus indicaciones, me entretuve acariciando mis senos, poniendo especial interés en mis pezones que pellizqué suavemente con los dedos.
–         Enséñame el coño – siseó.
Incorporándome sobre las rodillas, me bajé las bragas hasta medio muslo, dejando mi depilado coñito expuesto a los lujuriosos ojos de Jesús.
–         Te lo has depilado por completo – me dijo mientras yo me abría bien el coño para que pudiera recrearse con las vistas.
–         Sí. Tuve que hacerlo para el Nyotaimori. Me depilaron todo el cuerpo.
–         Normalmente no me gustan los chochos pelados. Pero a ti te queda bien.
–         Gracias.
Tras decir esto, Jesús se inclinó hacia un lado para abrir el cajón de una mesita de noche. Tras rebuscar en su interior unos segundos me arrojó uno  objeto que rebotó sobre el colchón frente a mí. Un vibrador.
–         Úsalo.
Sin pensármelo un instante, agarré el juguetito e hice girar el conmutador para ponerlo en marcha. Un suave zumbido inundó el cuarto mientras yo, muy despacito, empezaba a juguetear con el ronroneante aparato en mi vulva.
Un calambrazo de placer se extendió por mi cuerpo cuando las vibraciones se desataron en mi coñito. Cuando empecé a frotar el cacharro en mi clítoris, no pude evitar dejar escapar un pequeño gemido de placer.
–         Me encanta que seas tan puta – me dijo Jesús.
Mientras yo me masturbaba, Jesús aprovechó para librarse de la camisa, última prenda que quedaba sobre su cuerpo. Ya completamente desnudo, colocó una almohada contra la cabecera de la cama y apoyó la espalda, dedicándose a disfrutar del espectáculo mientras se sobaba distraídamente el falo.
–         Métetelo hasta el fondo.
Y lo hice. Abriéndome bien el coño coloqué el vibrador en la entrada de mi gruta y lo deslicé sin problemas hasta el fondo, pues ya estaba muy mojada. No me costó trabajo el admitir el juguete en mi interior, pues no era demasiado grande, sin embargo al sentir las vibraciones en el fondo de mi ser me puse a resoplar sin control, con los ojos bien cerrados para sentirlo por completo.
De repente, noté cómo Jesús se movía sobre el colchón, lo que me hizo abrir los ojos. El chico se desplazó hasta quedar también de rodillas frente a mí, con su enhiesto nabo apuntando hacia mí con descaro.
–         Vuelve a chupármela.
Inclinándome hacia delante, apoyé las manos sobre la cama, quedando a cuatro patas, con mi boca justo frente a la picha de Jesús. Sin decir nada, separé los labios y fue el mismo chico el que simplemente echó las caderas hacia delante, deslizando una buena porción de rabo en mi boca.
Con delicadeza, inició un suave movimiento de vaivén, con lo que lo único que yo tenía que hacer era mantener la cabeza firme y los labios bien apretados, mientras sentía cómo la verga de mi Amo se hundía una y otra vez en mi boca. Mientras, el vibrador seguía clavado en mi coño y sus insidiosos movimientos estaban empezando a provocar que mi jugo escapara a borbotones, resbalando por mis muslos hasta mojar las sábanas.
–         Ah, perrita, cómo me pones – siseó Jesús.
Echándose para adelante, Jesús deslizó un buen trozo de nabo en mi garganta. Mientras, sus manos se deslizaron por mi espalda, acariciándome, hasta que finalmente llegaron a mis nalgas, que fueron amasadas con fruición.
Justo entonces, una de sus manos agarró el extremo que asomaba del vibrador y empezó a deslizarlo en mi interior, logrando que el placer que experimentaba se incrementara.
–         Ughghggghh – gorgoteaba yo con la polla de mi Amo enterrada hasta la garganta.
–         Te gusta, ¿eh zorrilla? Qué bien te conozco.
Era verdad. En un par de minutos, Jesús me puso a punto de caramelo y cuando quise darme cuenta, experimenté el primer orgasmo arrasando mi cuerpo, logrando a duras penas mantener la polla del joven en la boca y reprimiendo unas irrefrenables ganas de morderla.
Con desgana, noté cómo la verga de Jesús iba saliendo de entre mis labios, pues su dueño no tenía intención de acabar allí dentro. Dejándose caer a mi lado, Jesús me observó sonriente, mientras los últimos estertores del orgasmo recorrían mi cuerpo.
–         Échate boca arriba.
Pletórica, obedecí de inmediato, quedando tumbada a su lado. Con firmeza, su mano se deslizó por todo mi cuerpo, empezando por el cuello, estrujando mis enardecidos pechos, acariciando mi estómago hasta perderse finalmente entre mis piernas, en busca del insidioso juguetito que no había parado de vibrar.
No pude evitar retorcerme de placer cuando Jesús extrajo el vibrador de mi interior. Sin apagarlo, repitió la trayectoria que antes había seguido su mano sobre mi cuerpo pero en sentido contrario, usando esta vez el vibrador.
Cuando llegó a mis pechos, se entretuvo unos instantes jugueteando en los pezones, que se pusieron más enhiestos si cabe debido a las placenteras vibraciones.
–         Chúpalo – me dijo cuando apoyó el juguete en mis labios.
Y así lo hice. Fue una extraña sensación el sentir el cacharro zumbando dentro de mi boca, pero aquel juego me permitió paladear mi propio sabor.
Entonces Jesús se incorporó, arrodillándose a mi lado, dejando el vibrador activado entre mis labios. Su polla quedó suspendida sobre mi cuerpo, proyectando su libidinosa sombra sobre mi piel, mientras mis ansiosos ojos no se despegaban de él ni un segundo.
Caminado de rodillas sobre el colchón, Jesús avanzó hasta quedar a mis pies y entonces, bruscamente, me agarró por los tobillos y levantó mis piernas, empujándolas al máximo, hasta que mis pechos quedaron apretados contra mis muslos y mis pies, aún con los tacones puestos, tocaron el colchón a los lados de mi cabeza, plegando mi cuerpo por completo, totalmente ofrecida a él.
–         ¡Ah! – gemí sorprendida sin poder evitarlo.
Sin soltar mis tobillos ni un instante, Jesús deslizó sus caderas sobre mí hasta dejar su polla bien apuntada en la entrada de mi coño. La tenía tan dura que no precisó usar las manos para colocarla bien y, de un tirón, me la clavó hasta las bolas sin más contemplaciones.
Mis ojos se dilataron al sentir la súbita penetración. Sin poder evitarlo, mis dientes mordieron el consolador,  lo que produjo un extraño sonido de repiqueteo al vibrar el juguete contra mi dentadura e incontrolables balbuceos escaparon de mis labios mientras sentía cómo aquella verga me asolaba.
Lejos de molestarle, aquello pareció enardecer aún más a Jesús, pues apretó con muchísima fuerza mis tobillos contra la almohada, redoblando la intensidad de los pollazos en mi expuesto coñito.
–         Joder, puta, cómo me pones – siseó Jesús con los dientes apretados por el esfuerzo – Tu coño es increíble. No me canso de follarlo.
Sus palabras me hicieron regocijarme de placer, pero no pude responderlas, pues seguía con el vibrador en la boca. Por fortuna, Jesús me libró de él.
–         ¡Escupe eso! – ordenó – ¡Quiero oírte chillar de placer!
Girando la cabeza, escupí el juguete a un lado sobre la cama, donde permaneció emitiendo su perturbador zumbido tras rodar unos centímetros. Volví la mirada y clavé mis ojos en los de Jesús, leyendo en ellos la lujuria más absoluta.
–         ¿Te gusta zorra? – me dijo – ¿Te gusta cómo te follo?
–         Sí Amo, me gusta – gimoteé – Mi coño es tuyo para que lo uses, me encanta cómo me follas, me gusta todo de ti.
–         ¿Harás todo lo que te diga?
–         Pues claro, Amo. Haré cualquier cosa que me pidas.
–         Bien. Espero que eso sea verdad.
Y siguió follándome sin compasión.
A pesar de la incómoda postura, sentí un placer terrible con la intensa follada. Me sentía llena de gratitud con el Amo por el inmenso placer que me daba cada vez que me jodía y experimenté alivio al constatar que no pensaba volver a follarme delicadamente como había hecho un par de noches antes. Comprendí que ese tipo de sexo no me bastaría nunca más. Era la zorra de Jesús.
–         ¡Uf! Date la vuelta Edurne. Quiero follarte desde atrás.
Desclavándome un instante, Jesús me liberó de sus manos para permitirme colocarme a cuatro patas. Sin aguardar un segundo, se colocó tras de mí y me empitonó el coño con destreza, obligándome a morder la almohada para no ponerme a aullar de placer.
Agarrado a mis caderas, Jesús bombeó a su antojo, hundiendo una y otra vez su durísima estaca en mi interior, dándome empellones tan fuertes que pronto me encontré empotrada contra la cabecera de la cama.
Y justo cuando estábamos en lo mejor, sentí de pronto como uno de los dedos de Jesús se hundía por completo en mi ano. Sorprendida y agitada, mi cuerpo se tensó enormemente, pero he de reconocer que me gustó la sensación. Instantes después, me corrí nuevamente, mientras Jesús penetraba mis dos agujeros.
–         Perrita – siseó entonces – Voy a llenarte el coño de leche…
–         Co… como tú quieras, Amo…
Y se corrió. Sentí cómo el semen se desparramaba en mi interior, llenado mis entrañas de fuego. Enfebrecida, volví a hundir el rostro en la almohada y me puse a pegar berridos sin control, afortunadamente amortiguados por la tela. Jesús se había quedado muy quieto, agarrándome con firmeza de las caderas, procurando que toda su semilla se alojara dentro de mí. Apuesto a que lo hizo así para no mancharse de leche después, pues la sesión no había ni mucho menos acabado.
 
 

Una vez vaciadas sus pelotas, Jesús me la sacó y se dejó caer a mi lado. Derrengada, me tumbé junto a él, mirando el techo mientras luchaba por recuperar el resuello.

–         Ha estado muy bien perrita – me susurró – Pero lo mejor aún está por venir.
–         Claro, Amo.
Permanecimos unos instantes en silencio, recuperándonos. De reojo, observé la rezumante verga de mi Amo, que aún permanecía morcillona reposando sobre su ingle. Sabía que, cuando aquella cosa recobrara su vigor, se hundiría de nuevo en mi cuerpo por la vía menos transitada.
Jesús, como quien no quiere la cosa, alargó la mano y agarró el vibrador, que no había parado de zumbar y lo apagó, dejándolo sobre la mesilla.
–         Te ha gustado el juguetito, ¿eh? – me dijo.
–         Me gusta cualquier cosa que tú me des – respondí.
–         Buena perrita.
Más recuperado, Jesús se giró hacia mí, quedando sobre un costado. Su polla dio un saltito y quedó apoyada en mi cadera. Al sentir su calor me estremecí, deseando que volviera aponerse gorda y regresara a mi interior, aunque fuera por el culo.
–         Me encanta follarte – me dijo mientras jugueteaba con sus dedos en uno de mis pezones.
–         Y a mí que me folles.
–         Veremos si es así después de esta noche.
La angustia me embargó. Clavé mis ojos llorosos en él, pero no llegué a preguntarle, pues sus palabras me lo impidieron.
–         Date la vuelta.
Temblorosa, obedecí al instante, quedando tumbada boca abajo sobre el colchón. Incorporándose, Jesús quedó sentado a mi lado y sentí cómo sus manos acariciaban mi espalda, especialmente la zona que exhibía el tatuaje.
–         Yoshi hizo un buen trabajo – dijo – Aunque claro, el lienzo es inmejorable.
–         Gracias – respondí amándole intensamente.
–         He visto que tienes el culito ya recuperado. No te has quejado cuando te he metido el dedo.
–         Es todo para ti.
–         Lo sé.
Sus manos aferraron mis nalgas y las separaron, dejando mi ano al descubierto. Un inquieto dedo recorrió el borde del agujerito, pero no llegó a penetrarlo.
–         Perrita, me pones a mil, no puedo esperar más. Este culito tiene que ser mío.
Me estremecí con nerviosismo, pero también con ansiedad, expectante por lo que iba a pasar. Jesús volvió a abrir el cajón de la mesilla (donde al parecer había de todo) y extrajo un bote de lo que yo supuse era vaselina.
–         Esto lo usaremos las primeras veces – me dijo – para hacértelo más fácil. Pero pronto no lo necesitarás más.
Con cuidado, abrió el botecito y dejó la tapa en la mesilla junto al vibrador. A continuación metió dos dedos y los sacó con un grueso pegote de crema, que procedió a extender por mi ano.
Yo trataba de relajarme, de mantenerme calmada, pero aún así no pude evitar tensarme cuando un dedo embadurnado de vaselina penetró, con lo que mi culo se contrajo, ciñendo al intruso con fuerza.
–         Cómo aprietas, perrita – me dijo Jesús – Cuando tenga la polla dentro espero que hagas lo mismo. Así disfrutaré más.
–         Claro – respondí sin saber que más decir.
Durante un par de minutos, Jesús trabajó en silencio en mi retaguardia. Como tenía la cara vuelta hacia él, pude constatar que aquellas maniobras preparatorias excitaban terriblemente al chico, pues su verga había vuelto a despertar ella solita y volvía a estar apuntando al techo.
–         Madre mía – pensé -Y me va a meter todo eso en el culo…
Y además estaba lo de la última prueba a la que me tenían que someter para aceptarme en el grupo. Claro, eso era, sin duda se trataba de mi sodomización. Jesús disfrutaba con el anal y quería comprobar que podía hacerlo sin problemas. Pues no iba a sentirse defraudado, no me importaba lo que doliera, iba a aguantarlo sin quejarme… por Jesús.
–         Creo que ya está bien lubricado, Edurne. ¿Estás lista?
–         Claro. Cuando tú quieras.
Delicadamente, Jesús hizo que levantara un poco el torso del colchón y deslizó una almohada debajo, para que mi culito quedara más alzado. Yo estaba nerviosísima, mientras sentía una extraña sensación en el ano debido a la crema que me había puesto.
Finalmente, Jesús quedó satisfecho y, nabo en ristre, se colocó detrás de mi grupa. Se entretuvo unos instantes más acariciando mis nalgas, hasta que por fin sentí su ardiente barra en contacto con mi piel. Para lubricarse, Jesús llevó su polla hasta mi coño y la frotó repetidas veces, para que se empapara con mi humedad y cuando la tuvo lista, la colocó apoyada en mi ano.
–         Allá vamos – susurró.
Yo no dije nada, simplemente clavé mis uñas en las sábanas, preparándome para soportar el dolor.
Y vaya si me dolió.
Sin prisa pero sin pausa, la verga de Jesús fue abriéndose paso en mis entrañas. No puedo decir que fuera violento ni salvaje, pero lo cierto es que me la clavó de un tirón, lentamente eso sí, pero de un tirón.
Mientras sentía cómo aquella gruesa barra de carne me invadía, apreté los dientes para soportar mejor el dolor, clavando las uñas salvajemente en las sábanas hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Por fin, sentí cómo las pelotas de mi Amo quedaban apoyadas contra mi grupa. Me la había clavado hasta el fondo.
–         Joder qué culo… qué culo… – siseó Jesús – Barato se lo vendí al cabrón del director.
A pesar del dolor, las palabras de Jesús me llenaron de gozo. A mi Amo le gustaba mi culo, le gustaba darme por detrás. Si él era feliz, si él disfrutaba, yo no necesitaba nada más.
–         Tranquila – me dijo entonces – Lo peor ha pasado ya. Me quedaré quieto un minuto. Si después te duele un poco tendrás que aguantarte, porque yo voy a follarme este culo sea como sea.
Sus palabras me hicieron estremecer… Allí estaba el Jesús que yo adoraba. El que me usaba como si yo fuese simplemente una funda para su polla. Cerré los ojos sintiéndome exultante.
Lentamente, Jesús se retiró un poco de mi interior y, con sorpresa, noté que no me dolía tanto como al principio, lo que me tranquilizó enormemente. Tras extraerme unos centímetros, volvió a clavármela de un tirón hasta las bolas, esta vez más violentamente. Me dolió, pero no tanto como había pensado. Soportable.
–         ¿Te ha dolido? – preguntó.
–         Un poco – respondí.
–         Me importa una mierda – respondió él haciendo que mis rodillas temblaran.
Y empezó a follarse mi culo.
Poco a poco, la polla de Jesús empezó a incrementar su ritmo en mi recto. La vaselina que me había aplicado lograba que su verga se deslizara sin problemas en mi interior y pronto me encontré con su pelvis aplaudiendo alegremente contra mi trasero.
Me dolía, sí, pero descubrí que también me gustaba. Que te dieran por el culo era algo… humillante. Y a mí me encantaba que mi Amo me humillara, que me usara a su antojo.
Cuando me quise dar, cuenta, estaba gimiendo como una perra.
–         Joder, qué puta eres – resoplaba Jesús sujetándome firmemente por las caderas – Tanto gimotear y ya estás disfrutando de la enculada. Eres peor que la tetona.
No podía discutírselo. Estaba disfrutando. Me dolía, pero el placer era mayor.
–         Tienes razón Amo, me gusta que me des por el culo – gemí – Tenía miedo, pero tu polla es magnífica. Me encanta que me encules.
Estaba exagerando para excitarle, claro. Pero no demasiado.
–         Eres perfecta, zorrita – siseó el chico – Pero aún te falta un poco…
–         ¿El qué, Amo? – pregunté con angustia.
–         Debes estar dispuesta a todo para estar conmigo.
–         ¡Y lo estoy!
–         ¿En serio? Pues empieza por chuparle la polla a mi amigo.
Alucinada, giré la cabeza y me encontré con un hombre completamente desnudo junto a la cama, exhibiendo una erección tan intensa que su polla parecía un cohete a punto de despegar. Sorprendida, me fijé en que el hombre llevaba todo el cuerpo depilado, sin rastro de vello corporal, como yo.
Justo entonces reconocí el diseño del antifaz que cubría su rostro. Era mudito 2.
El tipo había sido super sigiloso para entrar en el cuarto, pues yo no había escuchado ni la puerta ni sus pasos, aunque, bien mirado, quizás había sido por estar concentrada en otros asuntos.
–         Así que ésta es la prueba – pensé – Follarme a sus amigos. Pues vaya cosa.
Sin decir nada, simplemente estiré la mano y agarré la ardiente polla que me miraba con descaro. Tirando suavemente, lo atraje hacia mí, hasta que logré que quedara de rodillas sobre el colchón a nuestro lado. Sin embargo, no era aquello lo que buscaba aquel tipo, pues, dando un gruñido, liberó su polla de mi mano, para asirla a continuación con la suya propia.
Yo estaba algo confusa, pues no entendía qué quería el desconocido, pero pronto se hicieron patentes sus intenciones. Con la mano libre, me aferró por los cabellos y tiró, acercando mi rostro a su erección. Luego, enarbolando su verga como si fuese una porra, me golpeó varias veces en la cara con ella, lo que me sorprendió muchísimo.
–         Abre la boca, perrita, o nuestro amigo te va a ostiar a pollazos – dijo Jesús riendo mientras redoblaba sus esfuerzos en mi culo.
Un poquito anonadada, separé levemente mis labios para admitir entre ellos la erección de mudito 2, que aprovechó el estrecho hueco para hundírmela en la garganta sin contemplaciones. Medio asfixiada, no pude reprimir dar arcadas cuando el trozo de carne me llegó hasta el fondo, pero logré controlarme tras unos segundos, pues el volumen era algo inferior al de la polla de Jesús, con lo que ya estaba acostumbrada a manejarme con tallas mayores.
El cabrito aquel no se cortó un pelo y, aferrando con fuerza mis cabellos, empezó a follarme la boca con ganas. Al principio aquello me molestó mucho, pues me impedía respirar con normalidad y me costaba lo mío reprimir las arcadas; sin embargo, poco a poco, fui cogiéndole el gusto al asunto; me encantaba que el tipo fuera tan brusco, que se limitara a obtener de mí lo que le apetecía, me sentía cada vez más caliente, cada vez más puta…
En ese momento, Jesús me propinó un fuerte azote, que apunto estuvo de provocar un buen mordisco en la polla que tenía en la boca por la sorpresa. Por fortuna, supe controlarme.
–         Para, zorra – me ordenó Jesús – Vamos a probar otra cosa.
Con reluctancia, tuve que dejar escapar la cada vez más sabrosa polla de entre mis labios. Satisfecha, no pude reprimir una sonrisa de agradecimiento a nuestro misterioso invitado. Me había gustado chupársela.
Justo entonces Jesús se puso en acción. Lentamente, me extrajo la verga del culo, cosa que me dolió un poquito, consiguiendo que volviera a concentrarme únicamente en él.
–         Ah, perrita, qué maravilla de culo.
Entonces hizo algo inesperado. Se levantó de la cama y caminó hacia un armario, en cuyo interior estuvo rebuscando unos instantes. Cuando regresó a la cama, portaba un objeto que no tardé mucho en identificar: una cámara digital.
–         Enséñame el culo, zorra – me ordenó mientras activaba la cámara.
Y yo, obediente, me incliné y separé las nalgas con mis manos, ofreciéndole a mi Amo un primer plano de mi culito recién follado.
–         Me encanta cómo se te va cerrando el agujerito después de sacarte la polla – dijo mientras me grababa.
–         Gracias, Amo – respondí avergonzada.
–         Tú – dijo haciéndole un gesto a Mudito 2 – Túmbate boca arriba – Y tú, quiero que te claves su polla en el coño.
Súbitamente comprendí sus intenciones. Recordé el fin de semana pasado con Gloria en mi casa y comprendí que iba a experimentar la doble penetración. Tragué saliva y respirando hondo, me armé de valor para subirme a horcajadas sobre la verga del tipo, que ya había adoptado su posición.
–         Así me gusta – dijo Jesús mientras yo me clavaba lentamente en la polla del desconocido.
Cuando quedé bien empalada en la verga, con mi culito apoyado contra la ingle del hombre, éste agarró con fuerza mis nalgas con las manos, con tantas ganas que me hizo daño, sin embargo no me quejé. El muy cabrón tiró hacia los lados con intensidad de mis mofletes, ofreciéndole a Jesús una vista completa de mi culito y de mi coño penetrado.
–         ¡Estupendo primer plano! ¡Menuda grabación! ¡Spielberg, muérete de envidia!
Seguimos un par de minutos con el jueguecito de la grabación. El tipejo estrujaba mis nalgas con ganas, recreándose en mis curvas, pero he de reconocer que aquello me excitaba. A pesar de permanecer un rato sin hacer nada, la verga en mi interior no decreció un ápice, si acaso se sentía cada vez más gorda e hinchada.
Por fin, Jesús se cansó de grabar y, tras dejar la cámara encendida sobre la mesita de noche, ocupó su posición en mi popa. No pude evitar sentirme asustada.
–         Tranquila, perrita, que esto te va a encantar.
Sentí cómo su polla se frotaba entre mis nalgas, buscando la posición adecuada como un espeleólogo busca la entrada de una cueva. Mis uñas volvieron a clavarse en la almohada cuando sentí cómo el glande se abría paso de nuevo en mi esfínter. Justo entonces, mis ojos se encontraron con los de mudito 2 y eso provocó que me embargara una inexplicable sensación de inquietud.
Sin embargo Jesús logró borrarla de un plumazo por el sencillo sistema de encularme hasta los huevos.
–         ¡AAAHHAHHAHHHHH! – aullé cuando me sentí completamente llena por las dos barras de carne.
–         ¡Oh, perrita! – gimió Jesús – ¡Cómo aprietas! ¡Es genial!
Mudito 2 también gruñía de placer, pero no dijo nada inteligible.
Sentí como mi cuerpo se acalambró al sentirme repleta de verga. A duras penas era capaz de mover mis miembros y mucho menos de articular un pensamiento racional. Mi mente era un fogonazo de luz, me sentía deslumbrada por la intensidad de las sensaciones. Y cuando Jesús empezó a bombearme, llegó el éxtasis.
–         ¡Qué te dije, colega! – resoplaba Jesús mientras me follaba el culo – Ya se ha corrido otra vez. ¡Esta zorra es de marca mayor! ¡Categoría extra!
–         Sí, insúltame, humíllame – repetía mi mente – Dime lo zorra que soy, la guarra que estoy hecha por estar aquí follando con un alumno, dime que me joderás el resto de mi vida, que harás conmigo lo que te plazca, te obedeceré en todo, pero por favor…
–         ¡DAME CON TODO! – grité mientras los dos hombres se hundían en  mí una y otra vez sin compasión.
Creo que en ese momento perdí incluso el conocimiento durante unos instantes. Cuando desperté, la cabeza me daba vueltas y me sentí momentáneamente desorientada, hasta que noté los empellones que Jesús propinaba en mi culo y cómo la otra verga se retorcía en mi coño. Una sonrisa demente se dibujó en mi cara, abandonada por completo al placer.
Al desmayarme, me había derrumbado por completo sobre el cuerpo de mudito 2. Agradecida, empecé a chupar y a besar su cuello, pero de pronto me detuve, pues la extraña inquietud que había sentido antes volvió a apoderarse de mi ser.
Y justo entonces se corrieron. Primero mudito 2 se tensó enormemente bajo mi cuerpo. Sus dedos se clavaron como garras en mis nalgas, apretándome con toda el alma, lo que me hizo dar un gritito. Sentí cómo su semilla inundaba mi interior y mi mente alucinada pensó en cómo su semen iba a mezclarse con el de mi Amo.
Y mi Amo también estalló. Su leche se desparramó en el interior de mi recto, quemándome como lava ardiente, inundándome por completo, arrasándome.
Me sentía elevada, próxima al nirvana, con aquellos dos hombres prendidos a mi cuerpo, dándomelo todo y exigiéndomelo todo a cambio.
Cuando estuvo saciado, Jesús salió de dentro de mí, se derrumbó sobre el colchón a nuestro lado y me sonrió alegremente. Agotada, le devolví la sonrisa como pude y él me respondió con un guiño.
–         Espera – vamos a inmortalizar el momento.
Tras decir esto, Jesús recogió la cámara de encima de la mesita y la enfocó hacia nosotros.
–         Bueno, perrita, creo que ha llegado el momento de que conozcas a nuestro invitado. Quítale la máscara.
La inquietud retornó. El corazón atronaba en mi pecho y me retumbaba en los oídos. No sabía por qué, pero de repente, no quería saber quien era el desconocido. Temblorosa, alargué la mano hacia su rostro y miré a Jesús, que seguía grabándonos.
No es exacto, en realidad me grababa A MÍ, queriendo sin duda captar mi expresión cuando descubriera la identidad del misterioso desconocido. Estaba asustadísima.
Con torpeza, mis dedos  aferraron el borde de la máscara y, muy lentamente, la despegaron del sudoroso rostro de mudito 2.
Me quedé petrificada, el espanto se abrió paso por mis venas. No entendía nada, no sabía qué estaba pasando, todo a mi alrededor se me antojaba irreal…
Tumbado en la cama bajo mi cuerpo, con su cada vez más menguante polla aún hundida en mi interior, los ojos de mi novio me contemplaban con una indescifrable expresión en el rostro.
Era Mario.
Continuará.
                                                                                TALIBOS
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