Sin título1

HISTORIAS (3ª parte):

041El viernes desperté dolorida y agotada. Me dolía hasta el último centímetro de piel, que había sido sobada y manoseada a placer por un buen puñado de hombres. Con ese recuerdo revoloteando en mi cabeza, miré en la penumbra del dormitorio al bulto durmiente bajo las sábanas que era mi novio.
No pude evitar sonreír al mirarle, recordando que la noche anterior se había portado como un campeón. Por una vez, la perrita se había acostado bien satisfecha.
–         Pues nada – dije para mí – lo único que necesito para dormir como un bebé es que me follen dos tíos y sobar unas cuantas vergas. Mano de santo.
Todavía sonriente, me desperecé voluptuosamente, desentumeciendo los músculos. Con cuidado para no despertar a Mario, me deslicé fuera de la cama y caminé en silencio hasta el baño.
Como siempre hacía, examiné mi cuerpo en el espejo, comprobando que, como me temía, tenía varios moratones en la piel. Especialmente enrojecidas estaban las tetas (por razones obvias), aunque el culito también estaba colorado. Es lo que tiene que tu Amo te dé unos azotes por ser una niña mala.
Pero, a pesar de todo, me sentía estupendamente. El día anterior había sido glorioso, me sentía feliz y completa y, debía reconocerlo, el colofón nocturno con Mario había estado genial. No tanto como con Jesús, no… pero mucho mejor de lo habitual.
Tarareando una cancioncilla, me metí bajo la ducha y eliminé los últimos rastros del día anterior, tanto en forma de cansancio muscular como… los de otro tipo.
Procurando no hacer ni un ruido (pues era más temprano de lo habitual), me vestí y tomé algo en la cocina para desayunar. Cuando estuve lista, cogí mis cosas y me dispuse a salir, pero entonces me acordé de Mario y de lo mal que lo había tratado su novia últimamente, así que decidí darle un besito de despedida.
Me alegré de hacerlo, pues, aunque tenía una alucinante cara de sueño por haberle despertado, la sonrisa con que me despidió era contagiosa. Mejor portarse como una buena novia… por si algún día tenía que darle la patada. Qué menos que dejarle buenos recuerdos.
Canturreando otra vez, conduje hasta un lavado automático que me pillaba más o menos de camino, de esos de autoservicio con mangueras a presión. Aparqué en el último cubículo, me cambié de zapatos por unos que siempre llevo en el maletero para estos menesteres y procedí a eliminar el tuneado que me habían dejado en la puerta los tres mecánicos del parque. ¡Bah!, no pasaba nada, había salido barato.
Las clases fueron bien. Como me sentía bastante animada, logré que trascurrieran de forma amena, en un ambiente bastante distendido. Se veía en la cara de los alumnos que me agradecían que no los machacara con una clase plomo el último día de la semana, así que las primeras horas pasaron volando.
Me daban ganas de decirles: “Ya sabéis, chicos. Si queréis que vuestra maestra esté contenta en clase, lo que hace falta es que se la follen bien follada”.
Aquello me hizo reír. Seguro que pensaron que estaba loca.
Llegó la hora del recreo y noté que tenía hambre (lógico, con todas las calorías que había quemado el día anterior), así que me fui al bar.
Pedí un bocata y un café y con ellos en la mano, intenté encontrar donde sentarme. Fue entonces cuando vi a Gloria, solita en una mesa, tratando de llamar mi atención agitando un brazo de forma ostensible. Sonriendo, me acerqué a su mesa y me senté a su lado.
–         ¡Felicidades, número 6! – me espetó jovialmente mientras me sentaba.
–         ¡Shissst! – siseé mirando nerviosamente a los lados – ¿Estás loca? ¡No hables tan alto!
Me podía haber ahorrado el comentario, pues nadie nos hacía el menor caso.
–         ¡Venga, no seas mojigata! – dijo ella acercando su cabeza a la mía en plan confidencial – ¡Tienes que contármelo todo!
Joder. Debería habérmelo imaginado. Pero bueno, qué se le iba a hacer. Total, en nuestro grupito no había secretos.
Resignada, empecé a narrarle todo lo acontecido la tarde anterior, mientras ella, entusiasmada y charlatana como siempre, no paraba de interrumpirme, por lo que, cuando sonó el timbre que indicaba el final del correo, Jesús estaba todavía presentándome a Yoshi en su estudio.
–         ¡Mierda de timbre! – exclamó Gloria que ya estaba enganchada a mi relato – ¡Pero si aún no habías llegado a lo bueno!
–         Y qué quieres hija, si no te callas ni debajo de agua. Parecía que lo estabas contando tú.
Gloria hizo un gracioso mohín ante mis palabras y me sacó la lengua, divertida. La verdad es que era un encanto cuando quería.
–         Mira – le dije – Luego te llevo a casa en coche y te cuento el resto.
–         ¡Cojonudo! – exclamó ella en voz bastante alta.
Esta vez sí que nos miraron varios alumnos, pero me dio exactamente lo mismo. Salimos juntas del bar y fuimos hasta su clase, pues a esa hora me tocaba con ellos.

Junto cuando íbamos a entrar, me sonó el móvil. Extrañada, lo saqué del maletín y vi que tenía un mensaje de texto. El remitente era Jesús.

Un escalofrío me recorrió la espalda y me quedé quieta como un pasmarote en la entrada del aula. Nerviosa, accedí al contenido del mensaje, pero éste resultó ser bastante inocente.
–         Conecta el Blue Tooth – decía simplemente.
Alcé la vista y busqué a mi Amo en el aula. Allí estaba, mirándome sonriente desde su asiento, con su móvil colocado encima de su pupitre. Mi corazón palpitaba furiosamente y notaba ya el característico calorcillo en mi entrepierna.
Con torpeza, pues no se me dan muy bien esos aparatejos, manipulé el móvil hasta encontrar el encendido del Blue Tooth. Tras activarlo, continué hasta mi mesa, mientras los alumnos no me hacían mucho caso.
A los pocos segundos, el teléfono me avisó de que Jesús_Novoa quería compartir un archivo conmigo. Pulsé “Aceptar”.
Mi corazón latía en mis oídos mientras la barra de progreso subía. Ni siquiera percibía el jaleo que montaban los alumnos al ocupar sus asientos y eso que debía ser considerable.
Cuando la barra se llenó, pulsé “Abrir Archivo” sin pensármelo dos veces.
Allí estaba. Un vídeo de baja calidad, grabado por una mano temblorosa, pero que se veía bastante bien debido a que el interior del habitáculo estaba iluminado. Era mi coche.
En la pantallita del teléfono aparecía yo, cabalgando sobre la polla de mi Amo, con sendas vergas en las manos. El vídeo no era muy largo, pero el cabrito del pajillero aprovechó el tiempo para hacer un buen zoom a mi rostro, con lo que pude contemplar mi propia cara desencajada por el placer mientras daba botes medio enloquecida dentro del auto.
Sin embargo, la cara de Jesús no se veía ni por un instante, pues mi cuerpo le ocultaba al objetivo de la cámara.
Noté las mejillas calientes y alcé el rostro con timidez hacia mi Amo, que me miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Avergonzada (pero excitada), guardé con torpeza el móvil de nuevo en el maletín. Me di cuenta entonces de que Gloria me observaba extrañada, lo que me hizo ruborizar más aún. Sin duda luego tendría que contárselo también.
Como buenamente pude, calmé los ánimos de los alumnos y empecé con la materia. Esta hora fue un poco más jodida que las anteriores, pues cada vez que miraba a Jesús, me ponía nerviosa. Aún así, me las arreglé para sacar la lección adelante y, cuando sonó el timbre, sentí un infinito alivio.
A los chicos les quedaba otra hora antes de salir, aunque yo había acabado ya, pero, como le había dicho a Gloria que la llevaría, tenía que esperarla. Tras decirle adiós con la mirada a Jesús (y de que él me ignorara por completo, lo que me agobió un poco) le dije a Gloria que la esperaba de nuevo en el bar.
No quería ir a la sala de profesores, pues aún recordaba el desagradable incidente con el director, así que me llevé mis cosas a la cantina del instituto (mucho más vacía a esas horas), pedí un refresco y me dediqué a ordenar papeles.
Pero no podía concentrarme. Mi mente viajaba continuamente hacia Jesús y me di cuenta de que la completa satisfacción sexual que sentí por la mañana había desaparecido y nuevamente me encontraba contando los minutos que faltaban para mi siguiente encuentro con el Amo. Puto vídeo porno amateur de los cojones.
Como no iba a sacar nada en claro con las cosas del trabajo, me puse a redactar la lista de la compra, incluyendo todas aquellas cosas que podían gustarle a Jesús, pues si iba a pasar todo el fin de semana en mi casa, quería prepararle una buena comida.
Mientras estaba en ello, mi móvil sonó de nuevo. Nerviosa, volví a sacarlo, pero esta vez se trataba de un mensaje de Mario. Me decía que llegaría tarde para almorzar, pues había tenido que ir a llevar unos papeles a no sé dónde. Como siempre, mi responsable novio me avisaba si algo iba a sacarlo de su rutina, para que no me preocupara.

Trascurrida la hora y en medio de la barahúnda de alumnos abandonando el centro, Gloria pasó a recogerme. Tras pagar la consumición nos fuimos juntas al coche y, en cuanto estuvimos las dos dentro, la joven volvió al ataque.
–         ¿Qué coño te ha mandado Jesús por el móvil? – me espetó sin perder un segundo.
–         ¿Tú qué crees? – le respondí divertida.
–         ¡Alguna guarrada de las tuyas! – exclamó la joven.
–         Muy aguda – reí mientras arrancaba el vehículo.
–         ¡Quiero verlo!
–         Luego lo verás – le dije concentrada en no atropellar a ningún alumno – Es un vídeo del fin de fiesta y es mejor que te lo cuente todo por orden.
Conduje hacia nuestro edificio contándole con todo lujo de detalles mis aventurillas del día anterior. Gloria, sin poder evitarlo, no callaba ni para respirar, por lo que la narración se alargó de nuevo.
Mientras aparcaba mi coche en el garaje, la joven se reía a carcajadas.
–         ¿Y no sabías lo que era el sabo? – se descojonaba – ¡Pues estás bien harta de probarlo!
Me sentía tan de buen humor que ni siquiera me molestaron sus palabras.
–         ¡Y tú lo mismo, guapa! – retruqué riendo a mi vez.
Juntas, caminamos hacia el ascensor. Me sentía bien y estaba disfrutando con la narración. Me gustaba compartir mis depravadas experiencias con alguien que no iba a juzgarme, pues sus experiencias eran al menos tan depravadas como las mías.
–         ¡Vaya mierda! – dijo Gloria tal y como yo esperaba – Ahora tendré que esperar a mañana para saber cómo sigue.
–         Pues vente un rato a mi casa. Mario aún tardará en llegar y puedo seguir contándotelo todo. Te invito a un refresco.
–         ¡Estupendo! – exclamó Gloria con los ojos brillantes – Aunque prefiero que me invites a una cerveza.
–         ¿Cerveza? – dije en tono muy serio – Aún eres una menor. Menuda profesora sería yo si le diera alcohol a uno de mis alumnos.
En cuanto pronuncié esas palabras, me di cuenta de lo cataclísmicamente estúpidas que eran. Gloria me miraba atónita, sin saber qué decir quizás por primera vez en su vida. Al verla así, no pude evitar echarme a reír.
Casi llorando de risa, llegamos las dos a mi piso. Gloria, con toda la confianza del mundo, se lanzó sobre el sofá, arrojando su carpeta con descuido sobre una silla. Yo, todavía riendo, fui a la cocina a por las cervezas y algo de picar.
En pocos minutos estábamos las dos sentadas, contándole a mi alumna cómo Jesús se había follado a su profesora en el parque, mientras tres desconocidos repintaban el coche con su semen. Toma ya.
–         Increíble. Menuda guarra estás hecha – me dijo Gloria admirada.
–         ¿Y tú no habrías hecho lo mismo si Jesús te lo ordenara? – dije sonriendo.
–         ¿Y quién dice que no lo haya hecho? – respondió ella juguetona.
–         Entonces también eres una guarra – sentencié.
–         Yo no he dicho lo contrario – retrucó ella haciéndonos reír de nuevo.
Minutos más tarde, con una nueva cerveza en la mano, Gloria miraba con los ojos como platos el vídeo que me había mandado Jesús.
–         Vaya cara de zorra – siseó – Parece que se te haya ido la cabeza. Es increíble cómo te gustan las pollas… menuda golfa.
–         ¡Oye! – la regañé medio en broma – Que soy tu profesora. No me hables así.
Bromeando, le di un suave golpecito en la rodilla, pero Gloria no se reía. Súbitamente seria, me miró fijamente.
–         Te hablo como me da la gana. No te olvides de quien soy – me dijo en tono frío como el hielo.

Me estremecí.

–         Lo… lo siento – acerté a decir sin saber muy bien qué hacer.
Aquellos súbitos cambios de actitud me descolocaban. Debería estar ya acostumbrada debido a Jesús, pero lo cierto es que siempre me pillaban por sorpresa.
–         Buena chica – dijo Gloria sin apartar sus ojos de mi rostro – Haces bien en disculparte.
–         Gracias – asentí sumisa.
–         Además, he de reconocer que tu historia me ha puesto muy cachonda, así que he pensado que me apetece que me comas el coño.
Un calambrazo recorrió mi columna vertebral. Miré a Gloria a los ojos, tratando de averiguar si estaba hablando en serio. Pero sus ojos no bromeaban.
–         Enseguida – respondí obediente.
Sin perder un instante, dejé mi cerveza sobre la mesa y me acerqué a Gloria. Ella me miraba con una excitante sonrisa de lascivia dibujada en los labios, observando cómo su profesora se disponía a practicarle sexo oral en el sofá de su propia casa.
Me arrodillé en el suelo frente a ella mientras se repantingaba a gusto sobre el cojín. Llevé mis manos a la cinturilla del pantalón, abriendo el botón fácilmente, pues la putilla no llevaba correa. Gloria, colaboradora, levantó el culo del sofá para que pudiera bajarle los pantalones. Me costó un poco, pues la zorrilla gustaba de ir marcando curvas, así que los pantalones eran muy ajustados.
Mientras yo dejaba los pantalones sobre una silla ella misma se bajó el tanga. Sacó una sola pierna, por lo que la prenda quedó colgando de un tobillo, mientras su dueña se abría de patas al máximo sobre el sofá.
Con una sonrisa increíblemente libidinosa, Gloria observó cómo volvía a arrodillarme entre sus muslos abiertos y, sin más dilación, posaba mis labios en la palpitante vulva de mi alumna.
Un estremecimiento de placer azotó el cuerpo de la chica cuando mi lengua se hundió entre sus labios vaginales y comenzó a juguetear en medio. Llevada por la excitación, literalmente hundí la cara entre sus muslos, de forma que incluso mi nariz quedó enterrada en el coño de la joven, mientras mi lengua serpenteaba y chapoteaba en las humedades que allí había. Para ser tan sólo el segundo coño que me comía, lo estaba haciendo bastante bien, a juzgar por los gemidos y suspiros de la pequeña Gloria.
Sin embargo, cuando me animé a meterle un par de dedos en el coño, Gloria se retorció como una culebra.
–         Te… te he dicho que… que me lo comas – jadeó – Na… nada de dedos.
Sorprendida, no tuve más remedio que obedecer, sacando los dedos del interior de la jovencita y redoblando mis esfuerzos con la lengua y los labios. Sabiendo lo que me gustaba a mí, absorbí su clítoris entre mis labios y empecé a juguetear con él con la lengua, lo que le gustó bastante a la zorrilla.
–         SÍ… ASÍ PUTA… CÓMEMELO… – aullaba mientras apretaba mi rostro contra su entrepierna.
Por fin, Gloria se corrió, con fuerza y voluptuosidad. Sus caderas bailaron en mi cara y sus muslos aplaudieron contra mis oídos. Finalmente, se relajó por fin, apartando su mano de mi cabeza, permitiéndome salir de entre sus piernas.
Me relamí de gusto, bastante cachonda a mi vez, pensando que, al fin y al cabo, el sexo lésbico no estaba nada mal.
Dispuesta a seguir con la juerguecita, me quedé esperando nuevas instrucciones de la chica, pero, por desgracia, ella no pensaba quedarse.
–         Ha estado genial, Edurne – me dijo dándome un besito en la mejilla – Me has puesto super caliente con tu historia. Y ese vídeo… Me muero por ver la copia completa.
¡Coño! Gloría tenía razón. El vídeo sólo duraba unos segundos y el tipo había estado grabando un buen rato. Lógico, seguro que Jesús lo había editado.
–         Y te ha mandado un fragmento donde no se le ve la cara – pensé sin saber por qué.
Gloria seguía charla que te charla mientras se ponía la ropa. Cuando estuvo decente, volvió a besarme en la mejilla, desconcertándome de nuevo con sus cambios de humor y se despidió de mí hasta la mañana siguiente, dejándome con un calentón de aquí te espero.
Mario sacó provecho de ello, pues cuando volvió, bastaron con un par de insinuaciones bastante descaradas para que el muy ladino se animara a echarme un polvo sobre la mesa de la cocina.
Y por la noche, para despedirse antes del viaje, unos cuantos más. Y estuvieron muy bien.
Agotada, me levanté a las seis de la mañana para despedir a mi novio. La despedida fue sincera, pues sentí que le iba a echar de menos, aunque en cuanto llegara Jesús… le olvidaría por completo.
Cuando se marchó, volví a dormirme un rato, con idea de levantarme a las ocho, arreglar un poco la casa e ir a hacer la compra al supermercado, pero con el cansancio acumulado, me olvidé de conectar el despertador, así que me levanté cerca de las diez, sin tiempo para hacer todo lo que tenía pensado.
Por fortuna, la solución se me ocurrió con rapidez.
Busqué mi móvil y escribí un SMS: “Asómate a la ventana” decía simplemente.
Tras enviarlo, me dirigí al ventanal del salón y, ni corta ni perezosa, me desnudé por completo asomándome al cristal, de forma que mi vecino el voyeur, que ya había obedecido mis instrucciones, pudiera hacerse una buena paja en mi honor mientras yo me acariciaba las tetas. Muy poético todo.
Cuando el buen hombre hubo acabado (y después de que limpiara frenéticamente las huellas de su aventurilla del cristal, para que su mujer no se diera cuenta) le hice un gesto inequívoco de que quería que viniera a mi piso.
Menos de cinco minutos después, llamaban a la puerta. Completamente desnuda, le abrí y dejé que se recreara unos instantes más con mi anatomía. Cuando el pobre recobró la respiración, le di nuevas instrucciones.
–         Necesito que vayas al supermercado por mí – le dije sin más preámbulos – Y tienes que estar de vuelta antes de las once y media.
–         No… no hay problema – balbuceó el pobre con los ojos amenazando salirse de las órbitas.
–         Toma. Aquí tienes la lista de lo que necesito y el dinero.
El tipo cogió ambas cosas sin mirarlas, pues estaba ocupado mirando otra cosa.
–         Venga, date prisa – le dije empujándole suavemente.
–         Sí… sí… vale…
Si me hubieran dicho semanas atrás que iba a hacer algo como eso me habría apostado sin dudar la nómina de 5 años. Las vueltas que da la vida.
Me puse una camiseta y un pantalón corto y como un huracán, me dediqué a arreglar el piso y a quitar el polvo. No había mucho que limpiar, pues Mario es muy apañado y cuando está en casa solo se entretiene limpiando, pero aún así se me fue un buen rato cambiando sábanas, limpiando el baño y pasando el plumero por los muebles.
Cuando volvieron a llamar, fui a abrir como un rayo. Esta vez no me molesté en desnudarme, pues ya le había pagado de sobra el servicio al buen hombre. El pobre no pudo evitar dirigirme una mirada tan desconsolada que me hizo sonreír.
Muy eficiente, me ayudó a llevar las bolsas a la cocina y me entregó el cambio y el ticket de compra.
–         Gracias Roberto – le dije mirando nerviosa el reloj – Si no te importa, voy con la hora justa y…
–         Claro, claro… me marcho… no dude usted en pedirme cualquier cosa que necesite. Aquí estamos para servir.
Le miré sonriente. Qué majo el tipo. Qué educadito. Para ser un voyeur pajillero digo. Me dio hasta cosa hacerle marchar sin más. Si no llego a ir tan justa de tiempo, le hubiera hecho una pajita y todo. Por apañado.
Fue por esto por lo que, una vez que hubo salido del piso y se dirigía al ascensor, no pude evitar llamarle.
–         Shiist… ¡Eh, Roberto! – le llamé.
El tipo se dio la vuelta y una enorme sonrisa se dibujó en su rostro cuando vio que me había subido la camiseta hasta el cuello y que estaba moviendo los hombros hacia los lados, para que mis tetas bailotearan como dos campanas.
Tras unos segundos de espectáculo le tiré un beso y regresé a mi piso sonriendo. Era simpático el pajillero.
Viendo que ya eran menos cuarto, arrojé la ropa que llevaba a la lavadora y me metí en la ducha. Me froté a conciencia, pues quería estar bien limpita para mi Amo. Me sequé a toda velocidad y me puse la ropa que había preparado: un tanguita, sin sujetador y un vestidito veraniego bastante corto que, aunque estaba un poco fuera de época, sabía que me quedaba muy bien, y como a Jesús le gustaba poner la calefacción en el piso… Y qué coño, seguro que frío no iba a pasar.
No llevaba ni dos minutos sentada en el salón agitando una pierna nerviosamente, cuando volvieron a llamar a la puerta. Mi cuerpo se tensó tanto que creo que se me borró el agujero del culo.
Temblorosa, tragué saliva y sacudiéndome un poco el vestido, fui a abrir la puerta, encontrándome de nuevo con la sonrisa lobuna que me quitaba el sueño.
–         Hola perrita – me dijo Jesús desnudándome con la mirada.
–         Ho… hola Amo – balbuceé.
Me mojé toda.
Aturrullada, acerté solamente a apartarme de la puerta para que Jesús pudiera entrar, cosa que hizo sin perder un instante. Penetró en mi casa con su conocido aire de suficiencia, mirando alrededor como si todo aquello le perteneciese, cosa que no distaba demasiado de la verdad.
Detrás venía Gloria, un poco sofocada, cargando una voluminosa bolsa de deporte, en la que supuse traían ropa para pasar el fin de semana. La saludé con una sonrisa, que ella correspondió con un guiño cómplice.
Cerré la puerta tras de ella y la acompañé al salón, donde Jesús ya nos esperaba sentado en el sofá, tomando posesión de toda la habitación.
–         ¿Dó… dónde puedo dejar esto? – dijo Gloria hablando la primera, como siempre.
–         ¡Ay!, perdona cariño, no me he dado cuenta de que pesaba. Déjame a mí.
Como buena anfitriona, me adelanté y cogí la bolsa de deporte, constatando que pesaba bastante. Sin duda, allí dentro había algo más que ropa.
Bastante nerviosa, llevé el bulto a mi dormitorio y lo dejé en la cama, regresando después al salón. Estaba deseando que mi Amo me metiera mano de una vez, pero, la fuerza de la costumbre y la buena educación hicieron que les preguntara si les apetecía tomar algo.
–         Yo me tomaría un café – dijo Jesús para mi sorpresa – Me he levantado tarde y no me ha dado tiempo a desayunar.
–         Si quieres te preparo algo – dije dubitativa.
–         Unas tostadas estarían bien. Gracias.
051

Me quedé parada un momento. ¿Por qué me lo pedía? Si lo que querían eran tostadas le bastaba una simple orden para que yo le preparara 100. Jesús seguía desconcertándome. Apuesto a que eso era lo que quería.

Una vez en la cocina empecé a prepararlo todo. Al poco escuché pasos a mi espalda, pero cuando me volví esperanzada, resultó ser Gloria que venía a ayudarme. Le sonreí encogiéndome indecisa de hombros y ella me entendió perfectamente.
–         Jo, tía, se te ve en la cara que no te apetece mucho estar aquí preparando café.
–         No, no es eso – le dije mientras enchufaba la cafetera – Es sólo que no esperaba que el fin de semana empezara así… Yo haré todo lo que me diga, claro, pero…
–         Pero tú preferirías estar ya con la polla de Jesús metida hasta el fondo – dijo Gloria con su sonrisilla pícara en el rostro.
–         Bueno… pues sí – asentí riendo.
–         ¿Y qué esperabas hija? ¿Que nos íbamos a tirar 48 horas follando sin parar? ¡Nos daría un síncope!
–         Pues tienes razón – concedí sonriendo.
La verdad era que no había pensado en ello.
Poco después regresamos las dos al salón. Acerqué una mesita al sofá y le serví café a Jesús. Gloria se sentó a su lado y también le serví una taza, aunque no quiso comer nada.
En honor a Gloria hay que reconocer que aguantó casi un minuto antes de empezar a cotorrear. Sin pudor alguno, empezó a contarle a Jesús nuestra aventurilla del día anterior, narrándole con pelos y señales lo bien que le había comido el coño. A esas alturas, ya no me daba la más mínima vergüenza hablar de ese tipo de cosas, así que no la interrumpí y la dejé explayarse a gusto.
En silencio, los miré a ambos y, para mi desazón, no pude menos que reconocer que hacían buena pareja. Jóvenes, guapos y depravados. Incluso parecían haberse vestido conjuntados, pues Jesús iba de sport, con unos pantalones chinos y una camisa a rayas, mientras que ella llevaba un vestidito blanco de tenis, con una camisa también de sport por encima. La minifalda del vestido dejaba bien al descubierto sus apetecibles y juveniles muslos, mientras su dueña narraba cómo menos de 24 horas antes había tenido mi cara bien hundida en medio.
Jesús sonreía en silencio, paladeando su café con tostadas.
–         ¿Y tú no tienes nada nuevo que contarme? – me preguntó Jesús repentinamente.
–         ¿Yo? – exclamé sorprendida.
Estuve a punto de describirle los polvos que había echado con Mario el día anterior, pero intuía que eso no agradaría a mi Amo precisamente. Así que le conté la aventurilla con el vecino de enfrente. Le gustó mucho.
–         ¿Lo ves? – dijo satisfecho – Te dije que te resultaría útil.
–         Tenías razón – asentí.
Entonces, inesperadamente, como todo lo que Jesús hacía, movió su mano hasta posarla en el muslo desnudo de Gloria. Ella, sin perder un segundo se despatarró encima del sofá, abriéndose de piernas al máximo, con lo que pude comprobar que la muy guarrilla iba sin bragas. Jesús, ni corto ni perezoso, posó su mano en el chochito de la chica y empezó a frotarlo vigorosamente, mientras sus ojos no se apartaban de los míos.
–         Ya he notado que vas sin sujetador – me dijo mientras arrancaba suspiros y gemidos de la pequeña Gloria – ¿Llevas bragas?
Por toda respuesta, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, me puse en pié y me subí el vestido, mostrándole a mi Amo el delicado tanguita que había escogido esa mañana.
–         Muy bonito – dijo sin dejar de frotar chocho – Pero este fin de semana no lo necesitarás. Te quiero accesible en todo momento. Cuando me apetezca poseerte no quiero encontrar obstáculos.
Me sentía eufórica mientras me bajaba rápidamente el tanga y me lo quitaba por completo. Pensé en arrojarlo a un lado, pero me acordé justo a tiempo de lo pulcro que era Jesús, así que fui al cuarto de baño y lo deposité en el cesto de la ropa sucia.
Cuando regresé al salón, contemplé con envidia que Jesús había sentado a Gloria en su regazo y que sus manos se perdían en su ropa, una en su escote y la otra bajo su falda. Y a tenor de los gemidos de la chica, le estaba gustando mucho que estuvieran por allí perdidas.
–         Mastúrbate – me ordenó simplemente.
Excitada, caminé por el salón hasta donde reposaba el sillón monoplaza, el mismo que había usado días atrás para darle el primer espectáculo al vecino de enfrente. Con esfuerzo, lo arrastré hasta situarlo justo frente al sofá y me senté, quedando cara a cara con mis joviales alumnos.
Sin perder un segundo, me abrí de piernas y empecé a obedecer las instrucciones de mi Amo. El fuego ardía en mis entrañas mientras mis propios dedos se abrían camino en mi intimidad, aunque sabía perfectamente que tan sólo Jesús sería capaz de sofocar esas llamas.
Me excité mucho masturbándome, pues mientras lo hacía, los ojos de mi Amo permanecieron clavados en los míos, y en ellos pude leer lo mucho que me deseaba. Por un instante, me olvidé de que Gloria estaba allí y estuvimos solos los dos, yo dándome placer para el disfrute de mi Amo y él… devorándome con la mirada.
Pero Gloria no podía permanecer callada por mucho rato y claro, cuando se corrió sobre el regazo de Jesús, montó un escándalo de aquí te espero.
–         ¡OH, DIOS CARIÑO! SÍIII… ME CORROO….
Jesús, tal vez un poco molesto por los gritos de la chica, actuó con la rapidez acostumbrada. Sin dudarlo un instante, empujó a Gloria hacia delante, de forma que, para no caerse, se vio obligada a apoyar las manos en el sillón en que yo estaba. Como las intenciones de Jesús eran obvias, me abrí aún más de piernas ofreciéndole mi palpitante vagina a la charlatana jovencita. Y allí, medio en volandas entre el sofá y el sillón, conseguimos que Gloria permaneciera callada un ratito simplemente llenándole la boca de coño.
Y qué bien lo comía la puñetera.
Cuando me corrí, volví a clavar los ojos en los de mi Amo, que me miraba sonriente. El culo de Gloria quedaba justo frente a su cara, pero él no hacía nada, limitándose a disfrutar del espectáculo que le ofrecíamos. Me excité todavía más.
Bastante sofocada, Gloria se bajó del sofá con cuidado de no caerse. Sudorosa, se quitó la camisa, quedando tan sólo con el vestidito blanco. Con cuidado, depositó la prenda en el respaldo de una silla, evitando todo desorden.
–         Muy bien zorras, no ha estado nada mal. Me habéis excitado.
Gloria y yo nos miramos sonrientes.
–         Luego os daré vuestra recompensa.
–         ¡Estupendo! – pensé.
–         Pero ahora, Edurne, dame el mando de la tele, que echan la ronda de calificación dela Fórmula1 y quiero verla.
Me quedé estupefacta pero, por fortuna, reaccioné rápido y cogí el mando de encima de la mesa, alargándoselo a Jesús.
–         Podéis ir a preparar el almuerzo – nos dijo – Por cierto, ¿qué hay para comer?
–         Yo… – dije insegura – Había pensado en preparar paella… Pero si prefieres otra cosa…
–         No, no, la paella me encanta. Perfecto.

Obedientes, las dos nos fuimos a la cocina y empezamos (con mucha calma, pues todavía era temprano) a preparar el arroz. Gloria no sabía mucho de cocina (ni yo tampoco, aunque por suerte Mario me había enseñado a preparar la paella), así que ella hacía de pinche, troceando lo que yo le indicaba.
–         Vaya mierda – me dijo sin poder aguantar más rato callada – Se ve que esas dos furcias tetonas le dejaron cansado anoche. ¡Joder, yo estaba deseando que me follara!
–         Y yo – asentí – Aunque, como me dijiste antes, no vamos a estar todo el día dale que te pego.
–         Ya, pero un poco de dale que dale no habría estado mal para empezar.
Ambas reímos.
Seguimos charlando un buen rato, mientras escuchábamos los ruidos de la retransmisión deportiva provenientes del salón. Un poco más calmadas, concluimos que, al fin y al cabo, estábamos allí para hacer lo que Jesús quisiera, no lo que quisiéramos nosotras.
–         Pues espero que “quiera” follarnos un ratito – dijo Gloria riendo.
–         Eso espero.
Poco después, la voz de Jesús resonó llamando a Gloria para que le llevara una cerveza. Yo seguí a lo mío, trajinando entre fogones, pero, cuando hubieron pasado 5 minutos y Gloria no regresó, me asomé al salón sintiendo una vaga inquietud.
Efectivamente, me encontré con una escenita que, aunque bastante esperada, hizo que un pequeño ramalazo de celos recorriera mi cuerpo.
Jesús seguía sentado en el sofá con los brazos abiertos, apoyados sobre el respaldo, con un botellín de cerveza en una mano. Gloria, de rodillas a su lado, le practicaba una soberana felación, que el joven disfrutaba a la par que las carreras.
Sin apartar la vista de la pantalla, como si hubiera sabido en todo momento que estaba allí, Jesús me habló con voz firme.
–         ¿No se te quemará el arroz?
–         No, no Amo – respondí dando un respingo de sorpresa – Ya está listo. Lo he dejado apartado del fuego para que repose. Podremos almorzar en 10 minutos.
–         Estupendo. Entonces ven aquí.
Un poco inquieta, caminé hasta quedar al lado del sofá, pudiendo ver un perfecto primer plano de la mamada que Gloria estaba practicando. Sentí envidia.
–         Pues, si no tienes nada que hacer, ensalívale un poco el culo a esta zorra.
Mientras decía esto, agarró con la mano el borde de la faldita de Gloria y la alzó, dejando al aire sus tersas nalgas. Pude notar que Gloria se encogía súbitamente, nerviosa, pero ni por un momento dejó de comerle la polla al Amo.
Sin perder un instante, me arrodillé tras la grupa de la joven y agarrando una nalga con cada mano, las separé para poder acceder al prieto agujerito de su culo. Con más entusiasmo que experiencia, procedí a ensalivarle a conciencia la zona a la chica, pues tenía una idea bastante aproximada de lo que iba a pasar. Las caricias de mi lengua pronto lograron relajar un poco el esfínter de la joven, con lo que pude introducir la lengua en su interior. Aunque no me habían dicho que lo hiciera, le metí el dedo corazón por el culo, para dilatárselo un poco, haciendo que el cuerpo de Gloria se tensara al percibir al intruso.
–         Ensalívalo bien, puta – dijo Jesús en una frase que podía aplicarse a las dos – Que te la voy a meter por el culo.
Pensándolo bien, era a Gloria a quien se dirigía.
Tras un par de minutos de lametones y chupetones, Jesús estuvo dispuesto. No sé si fue casualidad, pero en ese preciso instante la retransmisión de la tele se interrumpió por publicidad.
Jesús se puso de pie y con cierta brusquedad, obligó a Gloria a ponerse en pompa sobre el sofá, subiéndole la faldita con violencia, pues se le había bajado al moverla. Sin perder un segundo, ubicó la punta de su ensalivada verga en la entrada del culito de la chica y, sin más miramientos, la enculó de un soberano cipotazo que hizo que se le saltaran las lágrimas.
–         ¡AAAGGAGGAAAAAAHHHHAAAHHH! – aullaba la pobre Gloria mientras su esfínter era penetrado a las bravas.
Yo, que aún seguía arrodillada en el suelo, asistí atónita desde primera fila a la impresionante sodomización. Me sentí asustada al pensar que pronto me tocaría a mí, quizás ese mismo fin de semana. Tragué saliva con nerviosismo.
–         ¡AMOOOOOO, NOOOO! ¡JESÚS, POR FAVOR, MÁS DESPACIO! ¡ME VAS A PARTIR EN DOS! – gritaba Gloria con las lágrimas saltadas.
–         ¡Cállate ya, guarra! – exclamó Jesús mientras apretaba la cara de la chica contra el brazo del sofá, ahogando sus gritos – Así que me dejaron cansado anoche, ¿eh? ¿Pensabas que no tendría fuerzas para romperte el culo? ¡Dime, maldita puta!
Me quedé petrificada. Jesús había oído nuestra charla. Asustadísima, traté de recordar si yo había pronunciado alguna palabra inapropiada, porque, si era así, pronto ocuparía el lugar de la pobre chica.
Me sentía un poco mal por Gloria, que estaba siendo castigada a placer por nuestro Amo por haber sido impertinente. Por un segundo, pensé en interceder por ella, rogándole al Amo que no fuera tan duro, pero entonces Gloria levantó la cabeza del sillón, con la mirada perdida y los ojos en blanco, con un hilillo de saliva cayéndole de la boca, gimiendo y jadeando sin control. La muy zorra lo estaba gozando.
Miré a Jesús y vi que sonreía divertido mientras enculaba a su compañera, con lo que comprendí que había sido objeto de una broma cruel por parte de los dos. Allí no había ningún castigo, sino una pantomima para burlarse de mí. Aunque me molestó un poco, la verdad es que me quedé más tranquila.

–         ¿Te gusta puta, te gusta? – gruñía Jesús mientras tiraba con fuerza del pelo de la chica, obligándola a echar la cabeza hacia atrás.

–         Sí, Amo, dame más – gemía ella tratando de besarle sin conseguirlo.
Y yo allí, caliente como una perra, de rodillas frotándome el coñito, mirando cómo la verga de mi Amo se hundía una y otra vez en el culo de la joven.
Jesús no se molestó en sacarla cuando por fin se corrió; simplemente empujó con fuerza, estampando a Gloria contra el brazo del sofá, mientras vertía todo su semen en su ano.
Cuando estuvo satisfecho, se la sacó de un tirón, con lo que pude contemplar durante unos instantes el esfínter completamente dilatado de mi alumna, lleno hasta arriba de leche que resbalaba de su interior y goteaba directamente sobre la tapicería de mi sofá. Menudo desperdicio.
–         Ha estado bien – dijo Jesús incorporándose y estirando los músculos – Perrita límpiamela.
Obediente como siempre, caminé de rodillas hasta tener la morcillona polla de mi Amo a mi alcance y me dediqué a asearla convenientemente con la boca, eliminando hasta el menor rastro de corrida y del culo de Gloria.
–         ¿Y bien? ¿está lista la comida? – dijo el chico cuando estuvo satisfecho con la limpieza.
Sumisa y caliente a más no poder, fui a la cocina a por los platos. Una renqueante pero bastante saciada Gloria, me ayudó a poner la mesa, mientras Jesús veía el final de la clasificación dela Fórmula1.
–         Menudo carricoche lleva Alonso – se quejó Jesús apagando la tele – Corriendo adelantaría más.
Nos sentamos a comer y nos pusimos a charlar amigablemente. Teniendo en cuenta quienes eran los comensales, la conversación fue bastante normal y rutinaria. Yo estaba un tanto distraída, pues no dejaba de frotar los muslos una contra el otro por debajo de la mesa, tratando de calmar las llamas que amenazaban con consumirme, pero aún así me las arreglé para participar y disfrutar de la charla.
Tras comer, Gloria y yo recogimos la mesa y servimos café, que tomamos los tres esta vez. Tras acabar, Jesús dijo que iba a ducharse, pues quería echarse una siesta ya que, según dijo, la noche anterior había dormido poco. Pero esta vez no me engañó; comprendí que estaba calibrando mi nivel de sumisión, así que no protesté ni dije nada, aunque en el fondo me moría porque me follara de una vez.
Mientras se duchaba, Gloria y yo le atendimos en el baño, como había hecho con Esther el día en que me llevó a su casa. Las dos, completamente desnudas, nos metimos con él en la bañera y frotamos su piel, usando nuestros senos para enjabonarle el pecho y la espalda.
Yo fui la afortunada encargada de asear su miembro, que fue limpiado y acariciado a conciencia, hasta que empezó a ganar vigor. Por desgracia, Jesús me impidió continuar.
–         Tranquila perrita, que si sigues voy a tener que metértela por el culo.
A esas alturas, empezaba a no importarme.
–         Eso me recuerda algo, ¿qué tal lo tienes? ¿Está mejor? – me preguntó.
–         Sí – asentí un poco inquieta – Ya casi no me duele.
–         A ver, a ver – dijo él.
Jesús me hizo apoyarme en la pared y poner el culo en pompa. Él se agachó tras de mí y sus firmes manos separaron mis nalgas, dejando mi anito al descubierto. Me encogí cuando uno de sus dedos penetró hasta el fondo, haciendo que mi cuerpo se tensara como un cable, pero mi dulce Amo no pensaba estrenarme esa tarde.
–         Es cierto – dijo incorporándose y sacando el dedo – Está mucho mejor. Que Gloria te ponga luego la crema.
–         De acuerdo.
–         Y… perrita.
–         ¿Sí?
–         El día de mi cumpleaños, quiero que me regales tu culo.
Me estremecí.
–         No puedo regalarte lo que ya es tuyo – le respondí.
Él simplemente sonrió, satisfecho con mi respuesta.
–         ¿Y el tatuaje? ¿Qué tal?
–         ¡Oh! Muy bien. He seguido los consejos de Yoshi y no he tenido ningún problema.
Mientras nos secábamos, los dos chicos examinaron el dibujo de mi espalda. Me sentí bastante orgullosa, sobre todo cuando Gloria admitió que me quedaba muy bien.
Minutos después, una vez bien secos nuestros cuerpos, los tres penetramos en mi dormitorio. Yo me sentía nerviosa de nuevo, deseando que lo de la siesta fuera otra broma de Jesús. Necesitaba follar ya.
Jesús se dejó caer sobre el colchón, colocando las almohadas a su gusto y se reclinó mientras nos miraba a las dos, que aguardábamos instrucciones de pié, desnudas junto a la cama.
–         Pensándolo bien – dijo Jesús entonces – Creo que voy a follarme a una ahora mismo.
El corazón me latía desbocado.
–         Pero no sé a cual de las dos – dijo sonriendo.
¡Joder! ¡No era justo! ¡A Gloria se la había tirado ya! ¡Me tocaba a mí!
A pesar de que me apetecía gritar esas cosas, me las apañé para permanecer impasible, aguardando órdenes. Por una vez, Gloria, que ya debía estar acostumbrada a esas situaciones, permaneció también en silencio, aguardando sumisa.
–         Se me ocurre una idea – dijo Jesús – Gloria, vamos a hacer lo de los perros enganchados.
No tenía ni puta idea de qué cojones hablaba. Me quedé indecisa, sin saber qué hacer, mientras Gloria, que había entendido perfectamente qué pretendía Jesús, se había puesto en marcha y rebuscaba en el interior de su bolsa de deporte.
Finalmente, la chica extrajo un enorme consolador de cerca de un metro de longitud que me acojonó enormemente y un pequeño botecito de lubricante. Con el impresionante instrumento, Gloria se acercó a mí y, poniéndome una mano en el hombro, me empujó suavemente hacia el suelo.
–         Ponte a cuatro patas – me dijo.
Bastante asustada por si pensaban meterme aquel enorme juguete enterito, obedecí sintiendo cómo mis rodillas temblaban, acordándome del episodio de Rocío en todo momento. Al agacharme, pude ver más de cerca el dildo, que estaba siendo untado de lubricante por la manita de Gloria, dándome cuenta de que tenía forma de polla por ambos extremos, con lo que empecé a imaginar por dónde iban los tiros.
Una vez estuve a cuatro patas, Gloria se situó detrás de mí y con habilidad, procedió a separarme al máximo los labios vaginales para, poco a poco, ir metiendo uno de los extremos del consolador en mi coño. Para facilitar el acceso, Gloria usó más lubricante, con lo que el cacharro se deslizó con facilidad en mi sobrecalentado interior.
Al sentir la intrusión no pude evitar el tensar el cuerpo, pero pronto comprendí que lo mejor era relajarme y dejarme hacer. Cuando tuve un buen pedazo de látex clavado en mi gruta, Gloria se dedicó a lubricar el otro extremo del consolador y su propio coño. Una vez estuvo a su gusto, se colocó también a cuatro patas de espaldas a mí, ubicó la punta del juguete en la entrada de su rajita y, retrocediendo lentamente, fue empalándose en el dildo hasta que sus prietas nalgas quedaron pegadas a las mías, ambas con un buen pedazo de goma hundido en las entrañas.
Aquello era muy diferente a MC. Respirando profundamente, tratando de acostumbrarme al intruso, alcé la vista y nos contemplé a ambas en el reflejo de un espejo: era verdad, parecíamos dos perros que se habían quedado enganchados tras echar un polvo.
–         Muy bien zorras – resonó la voz de Jesús haciendo que volviera la vista hacia él – El juego es muy sencillo. La primera que se corra… pierde. Y la que gane, podrá probar esto.
Mientras decía estas palabras, se agarró el falo, que volvía a estar erguido y lo movió ligeramente, haciéndolo apuntar hacia nosotras. De pronto me apetecía mucho ganar aquella competición.
Pero, por desgracia, Gloria tenía muchísima más experiencia que yo en aquellas lides.
La muy puta. Cómo se movía. Enseguida empezó a hacer bailar sus caderas de forma que el consolador se retorcía en mi coño sin parar, horadándome sin piedad y dándome un placer inmenso. Como pude, traté de imitarla, moviendo mi culo a la vez, intentando que el juguetito se agitara en su interior igual que lo hacía en el mío, pero mis esfuerzos eran en vano.
Estaba tan mojada (y la zorra de Gloria había puesto tanto lubricante en mi lado del chisme) que el consolador se deslizaba en mi coño, martilleándome continuamente. En cambio, los músculos de la vagina de Gloria parecían sujetar el dildo con firmeza, pudiendo así hundírmelo una y otra vez.
En pocos minutos, yo ya estaba jadeando y resoplando descontrolada. Los brazos me temblaban y parecía estar a punto de caerme de morros contra el suelo de mi dormitorio. Desesperada, pues veía que Gloria iba a ganar sin remedio, alcé la vista hacia mi Amo, contemplando cómo el joven se masturbaba lánguidamente sobre mi cama, mientras disfrutaba del espectáculo que le ofrecíamos sus putas.
Y me corrí.
Efectivamente, al alcanzar el clímax, mis brazos fueron incapaces de sostenerme, con lo que tuve que apoyar la cara directamente en el suelo, mientras Gloria, sin clemencia alguna, seguía moviendo las caderas hundiendo el consolador una y otra vez en mi coñito.

Sin levantar la vista del suelo, pude escuchar perfectamente cómo Jesús se levantaba de la cama y caminaba hacia nosotras.

–         Vale, Gloria – dijo – Has ganado tú.
–         Estupendo, Amo – respondió la chica alegremente.
Cómo la odié en ese momento. No era justo. Me tocaba a mí.
–         Agacha la cabeza y levanta el culo.
Girando el cuello hacia atrás, pude ver cómo Gloria pegaba la cabeza al suelo, imitando mi postura, aún unidas ambas por el juguete de goma. Jesús se acercó y, muy lentamente, pasó una pierna por encima de nuestros cuerpos, quedando de pié sobre nosotras. Agachándose un poco, acercó su formidable erección a la retaguardia de la joven, con lo que comprendí que su intención era porculizarla de nuevo, esta vez con un buen trozo de látex llenándole el coño.
Ya no la envidiaba tanto.
Cuando Jesús se inclinó sobre Gloria y colocó su enhiesto falo en la entrada de su culo, la pobre chica entendió lo que pretendía.
–         Espera, Jesús – dijo temblorosa – Déjame que saque el…. ¡Noooooo…!
Jesús la enculó sin piedad. No con violencia como antes (por más que fuera fingida) pero sí con firmeza y seguridad. Sin dudar un instante.
No podía ni imaginarme lo que sería que te sodomizaran mientras tenías el enorme consolador en la vagina. El juguetito bastaba para llenarme por completo, así que, tener además la polla de Jesús en el culo…
La pobre Gloria gimoteaba soportando como podía los empellones que Jesús le propinaba. Noté que su coño no sujetaba ya con tanta firmeza el dildo, así que empecé a mover lentamente las caderas para que el consolador se moviera en su interior. De perdidos al río.
Gloria farfullaba y balbuceaba medio enloquecida, diciendo incoherencias, mientras era doblemente penetrada por Jesús y por mí. Bajo ese tratamiento, no fue de extrañar que la chica no aguantara ni dos minutos.
Cuando se corrió, simplemente se derrumbó desmadejada en el suelo. Eso hizo que el consolador se retorciera en mi interior, haciéndome daño. Y además, la polla de Jesús se salió de golpe de su culo, provocando que el Amo soltara un gruñido de frustración.
–         Menuda furcia de pacotilla estás hecha. Me has dejado a medias. Edurne, ve a la cama.
¡Olé! ¡Me tocaba a mí!
Con cuidado, moviéndome lentamente, me desenfundé el juguete del coño. Durante un instante pensé en extraer el otro extremo del interior de Gloria, pero no quería hacer esperar al Amo, así que dejé allí tirada a mi alumna, casi desmayada, con medio metro de goma incrustado entre las piernas.
Jesús me aguardaba ya sobre el colchón y no estaba para juegos. En cuanto me senté sobre la cama, me empujó sin muchos miramientos, obligándome a tumbarme. Agarrándome por los tobillos, atrajo mi cuerpo hacia sí y, tras apoyar mis pantorillas contra su pecho, me la metió de un tirón y empezó a follarme con ganas.
Allí en la cama que compartía con mi novio, con las patas para arriba, mi alumno me folló por fin. Mi cuerpo se estremecía bajo su peso, disfrutando como siempre lo hacía con mi Amo. Nuevamente me sentí dichosa, feliz, en el lugar que me correspondía en el mundo.
Jesús me folló como quiso. Cuando se hartó de darme por delante, me la sacó del coño y me hizo ponerme a cuatro patas, metiéndomela desde atrás. Así estuvo bombeándome un rato, apretando mi cara contra las sábanas, impidiéndome levantar, mientras la saliva resbalaba de mis labios y empapaba el colchón.
Perdí la cuenta de las veces que me corrí, encadenando orgasmos que estallaban como relámpagos en mi cabeza y en mi vientre. Jesús me usó como se le antojó, como si mi cuerpo fuese un simple juguete en sus manos. Y yo disfruté cada segundo.
Cuando sentí que por fin la hirviente semilla de mi Amo inundaba mi interior, no pude evitar que una estúpida sonrisa se dibujara en mi rostro. No sé si eso molestó a Jesús, pero lo cierto fue que, antes de terminar de correrse, me la sacó del coño y disparó los últimos lechazos directamente en mi cara, vaciando sus pelotas sobre mi piel.
Cuando por fin terminó todo, nos quedamos mirándonos el uno a otro, jadeantes y sudorosos. Tímidamente, esbocé una sonrisa y, para mi infinita dicha, fue correspondida por una de mi Amo. Me sentí feliz.
–         Tu coño es genial, perrita – me dijo – Estoy deseando comprobar si tu culo es igual de bueno. Armando dice que es el mejor que ha probado.
Ni siquiera la mención del bastardo del director empeoró mi humor.
–         Gracias Amo.
–         Bueno, voy a darme otra ducha. Aprovecha y limpia un poco esta pocilga.
–         Sí Amo – respondí levantándome trabajosamente.
Mientras yo abría la ventana para airear el cuarto, Jesús le dio una leve patada en el culo a Gloria, para espabilarla. Renqueante, la jovencita salió del dormitorio detrás de nuestro Amo, sin duda para atenderle en el baño. Mientras caminaba, el dildo se deslizó de entre sus piernas y cayó al suelo con un sonoro “plof” que me hizo sonreír.
Justo cuando terminaba de cambiar las sábanas, mis alumnos regresaron al dormitorio. Mi increíblemente pulcro Amo parecía estar en plena forma e incluso Gloria, con el pelo mojado de nuevo, parecía más recuperada.
–         Ahora lávate tú – me dijo Jesús – Estás toda pringosa.
–         ¿Y de quién es la culpa? – pensé mientras sonreía para mí.
Cinco minutos después, desnuda y completamente aseada, regresé al cuarto. Allí me aguardaban los chicos, tumbados sobre el colchón. Jesús estaba levemente incorporado, con la espalda apoyada en el cabecero de la cama mientras Gloria, abrazada a él, dejaba reposar su cabecita en el pecho del joven, que le acariciaba distraídamente el pelo mojado.
De nuevo me asaltaron los celos.
Jesús, al verme entrar, me hizo un gesto con la mano para que me acercara, cosa que hice inmediatamente. Me tumbé junto a ellos en la cama, copiando la postura de Gloria, de forma que las dos quedamos tumbadas junto a Jesús, una a cada lado, con nuestras cabezas muy próximas la una a la otra reposando sobre el fuerte torso de nuestro Amo.
Cuando su mano libre empezó a acariciar también mi cabello, mi corazón estuvo a punto de estallar de gozo. Me sentí querida, feliz. Supe que haría cualquier cosa por estar al lado de aquel hombre. Cualquier cosa.
061

–         Ha estado bastante bien, queridas – dijo Jesús sin dejar de acariciarnos.

–         Gracias, Amo – respondimos las dos casi al unísono.
–         Ahora vamos a descansar un rato. Luego, si me apetece, os follaré otra vez.
–         Como quieras – dije sin pensar.
–         Sí, como tú digas – corroboró Gloria.
Estuvimos así unos minutos hasta que Gloria, incapaz de seguir callada, interrumpió el silencio.
–         Oye Amo, ¿por qué no nos cuentas alguna historia?
–         ¿Una historia? Si ya te las sabes todas – respondió él.
–         Sí, pero me encanta cómo las cuentas. Y me he acordado de que Edurne aún no sabe cómo entraron Natalia y Yoli en el grupo.
–         ¿Es cierto eso?
–         Sí – asentí – Más o menos conozco cómo fue la cosa con Gloria, con Kimiko y con Rocío. Con Esther, por lo visto, no hay mucho que contar, pero de Natalia y su hija apenas sé nada. De hecho, todavía no conozco siquiera a Yolanda en persona.
–         Es verdad, no había caído. Bueno, pues si os apetece os cuento cómo empecé a follarme a las tetonas, ¿no es así cómo las llamas, guarrilla? – dijo Jesús dándole un cariñoso capirotazo a Gloria.
–         Es que… son tetonas de verdad – dijo la chica alzando un poco la cara para mirar a Jesús.
–         ¡Sí, es verdad! – rió el Amo – ¡Esas dos tienen las mejores tetas que he visto en mi vida!
Aquello me molestó un poco en mi orgullo, pero enseguida me olvidé, quedando atrapada en el relato que Jesús empezó a contarnos.
LA HISTORIA DE NATALIA Y SU HIJA YOLANDA:
–         Hace mucho, mucho tiempo… en una galaxia muy lejana – empezó Jesús.
–         Muy gracioso – dije sonriendo, contenta porque el chico estuviera de tan buen humor.
–         Bueno, vale, hace unos pocos meses, en Junio del año pasado, pocos días después de terminar el curso, mi padre me vino con un encargo “coñazo” de los suyos.
–         ¿Tu padre? – inquirí.
–         Sí, fue por su padre que Jesús empezó a ir a casa de las tetonas – intervino Gloria.
–         Mi padre – continuó Jesús ignorando la interrupción – me dijo que la hija de su jefe…
–         Yolanda – dijo Gloria.
–         Sí, sí, Yolanda – siguió mi Amo – había suspendido un par de asignaturas y necesitaba clases de refuerzo ese verano. Como yo sacaba buenas notas, mi padre se había ofrecido a que se las diera yo y, de esa forma, podría ganarme un “dinerillo” para mis cosas.
–         Como si a ti te hiciera falta – intervino Gloria una vez más.
–         Bueno, pues eso, inicialmente me negué, teniendo una buena bronca con mi padre. Le dije que su jefe tenía mucha pasta y que se buscara un profesor de verdad, que yo no tenía tiempo para perderlo dándole clase a niñatas pijas, que por fin estaba de vacaciones y no pensaba desperdiciarlas.
–         Ya – asentí – Debió de ser un palo.
–         Sí, me cabreé bastante con él. Discutimos un buen rato y al final le mandé a tomar por saco como siempre que nos peleamos. Pero el tío no se rindió y, al día siguiente, volvió a la carga.
–         Insistente el tipo, ¿eh? – dije para animarle a que continuara.
–         No lo sabes tú bien. Sin embargo, los argumentos que esgrimió el día siguiente fueron distintos.
–         ¿Distintos?
–         Sí. Me dijo que Yolanda había pedido expresamente que fuera yo quien le diera las clases, que había quedado muy impresionada conmigo cuando me conoció en la boda de Arturo…
–         ¿Arturo? – pregunté.
–         Es un compañero del padre de Jesús. Todos estuvieron en su boda una año antes y, por lo visto, allí conoció a Yoli – interrumpió de nuevo Gloria.
Jesús la miró un par de segundos antes de continuar.
–         Gloria, guapa, ve a por unos refrescos a la cocina – le dijo Jesús – Tengo sed.
–         Claro – respondió la chica levantándose de la cama.
En cuanto salió por la puerta, miré a Jesús a los ojos y pude detectar un ligero brillo en el fondo de los mismos.
–         Está muy buena y folla muy bien, pero no calla ni debajo de agua – me susurró Jesús.
–         Sí – respondí sonriendo – Es parte de su encanto. Callada no sería la misma, ¿verdad?
–         Supongo. Bueno… Por dónde iba.
–         Por la boda de Arturo.
–         ¡Eso! Como ha dicho “Lengua inquieta” me habían presentado a Yoli en la boda de ese tipo, aunque yo no me acordaba para nada de ella. Pero entonces mi padre dijo algo que me interesó vivamente.
  • ¿Cómo que no te acuerdas? ¡Si estuviste bailando con ella! ¡Y con su madre! ¡Coño, cómo vas a olvidarte de Natalia! ¡La morenaza de las tetas enormes!
–         ¿Tetas enormes? Aquello despertó mi interés.
–         Ya me imagino – dije sonriendo.
–         Poco después busqué en mi PC las fotos que tenía del día de la boda y enseguida localicé a la buena de Natalia. Mi padre tenía razón, yo había bailado con ella en la boda, cómo iba a olvidar aquel par de melones. Si no me había acordado en un primer momento fue porque, durante el convite, estuve más pendiente de llevarme a Esther al baño para ponerle una vez más los cuernos a mi padre que de otra cosa. Aunque aquellas tetas no se me habían olvidado.
–         Obviamente – asentí un poco picada.
–         Y era cierto que, instigado por la madre de la chica, había estado bailando con Yolanda. Busqué su foto para refrescar la memoria y lo que vi me agradó mucho. Morena, pelo corto a lo paje, muy guapa y con una muy buena delantera. Recordé que, mientras bailábamos, se había ruborizado muchísimo, contestando con monosílabos a todos mis intentos por entablar conversación. No le presté mucha atención, pues poco después logré desmarcarme con mi madrastra, pero, si era verdad que ella se acordaba todavía de mí… la cosa prometía.
–         Aunque podía ser una mentira de tu padre.
–         Cierto. Pero me interesó lo suficiente como para querer indagar más.
–         No me extraña – pensé.
En ese momento, regresó Gloria con 3 latas de refresco.
–         ¿Por dónde vas? – dijo mientras se subía de un salto a la cama y repartía las latas.
–         Cállate y escucha – le respondió Jesús abriendo el refresco y dándole un trago.
Gloria volvió a tumbarse y Jesús reanudó la historia.
–         Pues bien. Un par de días después me presenté con mi moto en el chalet del jefe de mi padre, una casa bastante lujosa en las afueras. Cuando me abrieron la puerta… decidí que quizás no fuera tan malo hacer de maestro después de todo…
–         ¡Qué cabrito! – pensé sin atreverme a decir ni mu.
–         Natalia me abrió la puerta en persona. Iba en bikini, con lo que lo primero que vi cuando abrió fueron sus formidables aldabas. Pude observar que tenía un cuerpazo, aunque sus piernas estaban parcialmente ocultas por un pareo de playa. En las manos sostenía un vaso con una sombrillita y una revista. Estaba buenísima.
  • ¡Hola, Jesús cuanto tiempo! – exclamó abalanzándose sobre mí para darme dos besos en las mejillas – ¡No nos veíamos desde el año pasado! Pero, pasa, pasa, no te quedes ahí. Estaba a punto de irme a la piscina, ¿te apetece darte un bañito? Puedo prestarte un bañador de mi marido…
–         Yo apenas atiné a saludarla. Me sentía un poco intimidado, cosa extraña en mí – admitió Jesús.
  • ¡Yolanda! – aulló Natalia sin cortarse – ¡Baja, que tu nuevo profesor ha llegado!
–         Tras hacerme pasar a un saloncito, Natalia llamó a una criada y le pidió un refresco para mí, sin aceptar un no por respuesta. Enseguida se puso a parlotear como loca, aunque apenas me enteré de lo que decía, concentrado en el cuerpazo de mi anfitriona y en calibrar si de allí podía sacar algo en claro.
–         Y entonces llegó Yolanda – intervino Gloria demostrando que se sabía la historia de memoria.
–         Exacto. Y así pude constatar que la preciosa jovencita que había conocido el año anterior… estaba todavía más buena.
–         Pues qué bien – dije, bebiendo de mi refresco.
–         Y tan bien. Ni te imaginas. Menudo bomboncito. Seguía igual de guapa que en las fotos, con su media melena a lo paje de pelo negrísimo como su madre. Sus ojos, de color marrón verdoso, eran mucho más grandes de cómo los recordaba. Y su cuerpo… Impresionante. La naturaleza había aprovechado muy bien el año que llevaba sin verla. Tenía unas tetas enormes, que aunque no alcanzaban el volumen materno, desafiaban la gravedad con descaro.Además, justo sobre el labio tenía un pequeño lunar que… uf, tenía un morbazo que te cagas.
–         Vale, vale, ya lo pillo – dije sin poder evitarlo – Es muy guapa, puedes seguir.
Jesús me sonrió muy ladino, sabiendo perfectamente qué era lo que pasaba en el interior de mi cabecita. Y siguió hurgando en la herida.
–         Y cómo iba vestida… ¡Ufffff! Me la hubiera follado allí mismo. Llevaba un vestidito de verano, parecido al que llevabas esta mañana, Edurne, pero lleno de unas prietas y juveniles carnes que me ponían malísimo… Y unas curvas…
–         Tengo ganas de conocerla – dije en tono un tanto seco.
Jesús se echó a reír.
–         ¡Ja, ja! ¡Cómo eres, perrita! – dijo dándome un beso en el pelo.
Me sentí mejor.
–         Pues bien, como comprenderás, lo demás es historia, no tardamos mucho en ponernos de acuerdo en los detalles, coste de las clases, duración (2 horas, tres veces por semana, lunes, miércoles y viernes), materias…
–         Y claro – dije – Yolanda no paró de insinuarse para asegurarse de que aceptabas el trabajo.
–         ¿Quién? ¿Yolanda? – exclamó Gloria sin poder contenerse – ¡Ni de coña! ¡Si es super tímida!
–         Gloria, ¿lo cuentas tú o lo hago yo? – dijo Jesús mirándola fijamente.
–         ¡Ay, perdona!
–         Cállate un poquito, anda. Bébete el refresco.
Haciendo un gracioso mohín, Gloria le obedeció, aunque estaba segura de que no podría permanecer en silencio mucho rato.
–         Como decía Gloria, Yolanda estuvo muy cortada durante la conversación, bastante ruborizada, limitándose a responder las preguntas que le hice sobre sus notas y las asignaturas, pero no importaba mucho, pues su madre hablaba por los tres.
–         Y Nati sí que se insinuó – dijo Gloria.
Ni un minuto callada, la tía.
–         Es verdad. Me ponía la mano en el muslo, se cruzaba de piernas para que el pareo me dejara ver bien sus muslos, se inclinaba para que sus tetones colgaran como campanas… Empecé a preguntarme si no habría sido ella la que había insistido en que fuera yo el profe de su hija…
Bueno, aquello no difería mucho de la imagen que me había formado de Natalia por el poco rato que había pasado con ella.
–         Yolanda, por su parte, parecía un poco molesta por las atenciones que me brindaba su madre y fue precisamente eso lo que me decidió a aceptar el trabajo. Ya habían empezado a formarse en mi mente ciertas ideas.
–         Adivino cuales – dije sonriendo.
–         Bueno, pues eso – dijo Jesús devolviéndome la sonrisa – como era lunes quedamos en empezar el miércoles. Me volví a mi casa tras jurarle a Natalia que llegaría a las cuatro y media, para que nos diera tiempo a tomar un refresco antes de empezar con las clases y me fui.
–         Y cómo vino. Se presentó esa misma tarde en casa de mi padre y me folló a lo bestia. Menos mal que mi viejo había salido, porque creo que, aunque hubiera estado allí, me habría follado igual.
–         Bébete el refresco, anda – dijo Jesús empujando la lata hacia la dicharachera jovencita.
Yo me reí.
–         El miércoles me presenté a la hora convenida y la escena se repitió casi calcada. Natalia, exuberante, no paraba de flirtear conmigo, mientras su hija apenas hablaba, aparentando estar bastante molesta por la actitud materna. Pero, poco a poco, me fue dando la impresión de que Natalia estaba actuando de cara a la galería, su intención no era seducirme sino más bien mortificar a su hija, pienso que para hacerla reaccionar y que dejara de ser tan tímida.
–         Eso ¿lo sabes o lo imaginas? – pregunté.
–         Por cómo se desarrolló la cosa… estoy bastante seguro. Durante las dos primeras semanas de clase no pasó nada en absoluto. Siempre era igual, tomábamos algo, un rato de charla y luego dos horas en el dormitorio de Yolanda dándole clase.

–         ¿En su cuarto? ¿Natalia os dejaba a solas en su cuarto? ¡Qué peligro! – bromeé.
–         Al principio pasaba de vez en cuando para controlar, pero pronto dejó de hacerlo. Qué quieres, yo era el hijo de un buen amigo de su marido, un chico responsable y buen estudiante…
–         Que estaba deseando follarse a su hija… – intervino Gloria.
Esta vez bastó con una mirada de Jesús para que Gloria cerrara la boca.
–         Yo andaba un poco desencantado, pues no pasaba absolutamente nada con Yolanda, aparte de que paulatinamente fue cogiendo más confianza conmigo y se mostraba más abierta. Y con la madre tampoco, sólo algunas bromitas y flirteos pero nada más.
–         Y empezaste a aburrirte – afirmé.
–         ¡Qué bien me conoces, perrita! – dijo Jesús sonriéndome – Pero no me atrevía a intentar nada. Ya te dije hace algún tiempo que soy capaz de “oler” a las golfas como vosotras, pero con aquellas dos mujeres… aunque el “olor” estaba allí… no era muy intenso.
–         Y claro, no querías montar un follón que pudiera complicarle la vida a tu padre. Al fin y al cabo eran la familia de su jefe.
–         Exacto – corroboró Jesús sonriéndome de nuevo.
–         ¿Y qué pasó? – inquirí, animándole a continuar.
–         Lo bueno empezó el miércoles de la tercera semana y fue… bastante inesperado.
–         Cuenta, cuenta – dije apretándome todavía más contra su cuerpo.
–         Las clases se me hacían eternas, especialmente cuando le ponía alguna tarea a Yoli, pues tenía que pasarme un buen rato sin hacer nada, así que me entretenía desnudando a mi alumna con la mirada. Me la comía literalmente con los ojos.
–         ¿Y ella no se daba cuenta?
–         ¡Claro que se daba cuenta! Se ponía colorada, pero no hacía ni decía nada. Como te dije antes, “olía” a zorra, pero no lo suficiente.
–         Comprendo.
–         Pues bien. Como la niña no se cortaba a la hora de vestir, con vestiditos ligeros, pantaloncitos cortos y tops bien escotados y fresquitos….
–         ¿La niña? – le interrumpí – Perdona, acabo de caer en que no sé la edad de Yolanda.
–         Es de mi quinta. Unos meses menor que nosotros – dijo Jesús apuntando ligeramente hacia Gloria.
–         Sí – dijo ésta – Le decimos la niña porque es un poco infantil. Tiene el cuarto lleno de peluches y figuritas de unicornios.
–         Bueno, continúo – dijo Jesús – Como te decía, me gustaba observar su cuerpo e imaginarme todas las cosas que podría hacer con él. A veces, cuando estaba inclinada sobre su mesa resolviendo un ejercicio, yo me acercaba por detrás y me asomaba por encima de su hombro, como si estuviera mirando lo que escribía, pero en realidad lo que hacía era asomarme a su escote desde arriba. Le veía hasta el ombligo.
–         Me imagino la escena – dije.
–         Y claro, pasó lo que tenía que pasar. Ese miércoles que te digo, yo andaba bastante acalorado y Yoli iba especialmente sexy. Me incliné sobre su hombro y, sin darme cuenta, me acerqué demasiado, de forma que mi entrepierna se apoyó levemente en su hombro.
–         ¿Y qué pasó? – pregunté hechizada por el relato.
–         Mi polla, que estaba morcillona por el vistazo que había echado a su escote, se puso como un leño en un instante, apretándose contra su piel. Durante un segundo, pensé en apartarme, no fuera a ser que la niña montara un escándalo porque su profesor anduviera refregándole el nabo por la espalda, pero entonces, inesperadamente, ella enderezó el torso un poco, apretando su hombro con más fuerza contra mi erección.
–         Apuesto a que ya “olía” a zorra con más intensidad – dije.
–         Y tanto. Me quedé en esa postura unos segundos, asegurándome de que no había sido accidental. Pero cuando vi el rostro coloradísimo de Yolanda con los ojos clavados en el papel de los ejercicios, supe que iba a poder hacer realidad mis fantasías.
–         Puedo imaginarte perfectamente – dije alzando los ojos hasta que encontraron a los de Jesús – Sonriendo de oreja a oreja sin decir nada, sabiendo que una vez más todo había salido como tú querías.
–         Exacto – dijo él acariciándome suavemente – Ya te he dicho que me conoces bien.
Durante unos instantes, permanecimos en silencio, mirándonos. Gloria, quizás porque se sintió un poco excluida, utilizó una táctica para romper el hechizo distinta de la habitual. En vez de abrir la bocaza, como hacía siempre, posó descuidadamente la mano en el fláccido pene de Jesús y empezó a acariciarlo muy livianamente. Él no protestó y la dejó hacer, retomando el hilo de su historia.
–         Como no quería precipitar las cosas (pues Yoli olía a virgen que tiraba de espaldas), me controlé y decidí ir poco a poco. Esa tarde no pasó nada más pero, en la siguiente clase, en cuanto tuve oportunidad me coloqué detrás de ella y volví a apoyarle el nabo en el hombro.
–         ¿Y qué hizo ella?
–         Lo mismo. Ponerse coloradísima y dejarse hacer sin decir ni pío.
–         ¿Y tú te conformaste con eso?
–         Bueno, di un pasito más. Cuando la tuve bien dura contra su hombro, comencé a mover las caderas suavemente, frotando mi erección contra su espalda.
–         Y ella callada como una muerta – dije.
–         Precisamente. Pero claro, aquellos jueguecitos no podían durar mucho.
–         Obviamente.
–         Tras un par de clases arrimando la cebolleta, me presenté en casa de Yoli decidido a ir un poquito más allá – dijo Jesús.
–         ¿Y qué hiciste?
–         Cuando llegué, el aspecto de Yoli me decidió por completo. Se había puesto un top con unos tirante super finos, que dejaban sus hombros al descubierto. La niña quería sensaciones más intensas… Y yo se las di.
Me imaginaba qué venía a continuación.

–         En cuanto estuvimos en su cuarto, le mandé unos cuantos ejercicios que ella se apresuró a resolver, sentándose erguida en su silla como hacía últimamente. Yo, por mi parte, me dediqué a sobarme el falo por encima del pantalón hasta que estuvo bien enhiesto, pero no me acerqué a ella en ningún momento.

–         ¿Por qué?
–         Me divertía observar cómo se iba poniendo cada vez más nerviosa. Disimuladamente, intentaba mirar de reojo para poder ver qué estaba haciendo yo y por qué demonios no me acercaba a ella de una vez. A medida que pasaban los minutos y yo no hacía nada, ya no se preocupaba de mirar con disimulo, sino que volvía la cabeza hacia mí y me interrogaba con la mirada.
–         Y tú sonreías – dije, imaginándome el cuadro.
–         Exacto – corroboró Jesús, dedicándome una de aquellas sonrisas.
–         Pero finalmente fuiste a por ella – dijo Gloria hablando de nuevo.
Jesús hizo una pequeña pausa antes de continuar.
  • Sigue con tus ejercicios, Yolanda – le dije – No te distraigas.
–         La pobre pegó un respingo y volvió a inclinarse sobre su hoja de papel. Yo, sin pensármelo más, me abrí la bragueta y me saqué la polla, que estaba dura y rezumante como nunca.
Sentía la boca seca. El refresco se había terminado y el relato me tenía completamente cautivada.
–         Enarbolando mi pene como una lanza, me aproximé muy despacio a Yolanda. Pude ver perfectamente cómo su cuerpo se tensaba, nerviosa al percibir que íbamos a reanudar nuestros jueguecitos. Pero no se había dado cuenta de que esta vez mi polla estaba desnuda.
–         Menuda situación.
–         Morbosísima – asintió Jesús – Por fin, agarrándome la verga por la base, la apoyé suavemente en la piel desnuda del hombro de Yolanda y empecé a frotarla muy despacio. Los fluidos preseminales dibujaban regueros brillantes sobre ella y mi mente, un poco enturbiada, pensó en dibujarle mi firma en la espalda.
–         Muy bueno – reí.
–         Por fin, ella notó que aquello era distinto de lo habitual y, muy despacio, giró la cabeza hasta encontrarse frente a frente con mi polla. Sus ojos se abrieron como platos y su boca pareció estar a punto de soltar un grito… pero no lo hizo.
–         Sigue, sigue – le apremié mientras él echaba un trago a su refresco.
  • ¿Te gusta, preciosa? – le pregunté agitando lentamente mi polla frente a su cara.
–         Mientras le decía esto, levanté con los dedos el tirante de su top y deslicé mi verga entre éste y su piel. Moviendo ligeramente las caderas, mi erección parecía tirar hacia arriba del tirante, cómo si intentara desnudar a mi alumna él solito.
  • Yo… yo… – balbuceó ella, con la piel tan roja que parecía imposible.
  • Pues… si te gusta… dale un besito.
–         ¿Y lo hizo? – pregunté sin poder contenerme.
–         Al principio no. Se quedó contemplándome con los ojos muy abiertos, parecía ir a echarse a llorar.
  • Bueno, si no quieres… – le dije – No pasa nada. Mira, siento lo que ha pasado, había malinterpretado lo que estaba pasando entre nosotros. Eres muy bonita y no he sabido controlarme. Bueno, ahora será mejor que me marche. Le diré a tu madre que no soy el adecuado para darte las clases, pero te pido por favor que no le cuentes esto a nadie, podría perjudicar mucho a mi padre y él no tiene la culpa de nada.
–         ¿Dijiste eso en serio? – pregunté extrañada.
–         ¡Qué va! Era una sarta de mentiras, pero ya había calado por completo a Yoli y sabía cómo iba a reaccionar. La tenía en el bote.
Yo estaba bastante de acuerdo.
–         Fingiendo estar cohibido, me guardé la verga en el pantalón y caminé hacia la puerta. No me dejó ni llegar. De repente, Yoli se abalanzó sobre mí y me abrazó con fuerza desde atrás, apretando sus tetazas contra mi espalda. Yo sonreía, pues sabía que había ganado.
–         Para que luego diga la niña, que ella no es puta – dijo Gloria sin poder seguir callada.
La verga de Jesús, bajo las delicadas caricias de Gloria, había empezado a ganar volumen, así que su dueño decidió pasar por alto la nueva interrupción.
  • Entonces, ¿me la besarás? – le pregunté a Yolanda sin darme la vuelta.
–         Pude percibir cómo ella asentía con la cabeza a mi espalda.
–         ¡Qué cabrito! – pensé de nuevo para mí.
–         Me di la vuelta y la atraje hacia mí, dándole un morreo de campeonato. Le metí la lengua hasta la tráquea y ella me devolvió el beso con entusiasmo pero con nula experiencia.
–         Entonces sí que era virgen – dije.
–         Virgen e inexperta – confirmó Jesús – La tomé de la mano y caminé hacia su cama, donde me tumbé. Como la cama estaba junto a una pared del cuarto, apoyé la espalda en la misma y dejé los pies en el suelo. En un segundo, me había sacado otra vez la chorra del pantalón y la exhibía ante Yolanda, que no se perdía detalle.
  • Pues ya puedes empezar – le dije.
–         Me sentía loco de excitación cuando la chica se arrodilló entre mis piernas abiertas y posó sus manitas en mis muslos. Estaba tan excitado que la polla me daba saltitos, como si diminutos calambres recorrieran mi miembro. Cuando su tímida manita se aferró a mi instrumento, creí que iba a enloquecer. Me faltó poco para arrancarle la ropa y violarla en ese mismo momento.
–         ¿Y te la chupó?
–         Pues claro que se la chupó. Qué coño te crees – dijo Gloria.
Y Jesús ya no aguantó más.
–         ¡Me tienes hasta los huevos, zorra! – le gritó haciendo que la chica se encogiera sobre el colchón – Como te habías portado muy bien, te he hecho caso y he empezado a contarte la historia, pero tú no callas ni un momento.
–         ¡Perdón, Amo! – gimoteó Gloria, por fin consciente de que había estado cabreando a Jesús – ¡Me quedaré callada! ¡No diré nada más!
–         ¡Y tanto que no lo harás, puta! ¡Yo me encargaré de que no puedas decir ni pío!
Agarrándola bruscamente por el pelo, Jesús le dio un fuerte tirón, arrastrando la cabeza de la joven hacia su entrepierna. Ésta, con las lágrimas saltadas, comprendió lo que pretendía su Amo y no se resistió, abriendo enseguida los labios y recibiendo en ellos la erección que su propia mano había originado. Jesús empujó con fuerza, hasta que su polla se hundió por completo en la garganta de la joven, que boqueaba y daba arcadas medio asfixiada, con las lágrimas resbalando por sus mejillas.
Cuando Jesús apartó la mano de su cabeza, la pobrecilla sacó un trozo de verga de su boca, logrando recuperar el aliento y, sin dejar de llorar, empezó a mamársela a su Amo.
–         ¿Quién cojones te ha dicho que me la chupes, puta? – gritó Jesús obligándola a tragar su nabo de nuevo por completo – ¡Te vas a quedar ahí quietecita, con mi polla metida hasta el fondo! ¡Y como se te ocurra potar en la cama te voy a dejar el culo en carne viva! ¡Y desde ahora mismo vuelves a ser el número seis!
Yo estaba alucinada por lo rápido y violento del episodio, aunque, en el fondo, no estaba nada sorprendida, pues llevaba rato viéndolo venir. Incluso a mí me habían molestado las continuas interrupciones de Gloria, así que a Jesús…
Y de repente, todo se calmó; Jesús volvió a reclinarse contra el cabecero y, dándose unas palmaditas en el pecho, me hizo volver a apoyar la cabeza en su torso. Desde esa posición, tenía un primer plano del lloroso rostro de Gloria, y pude observar cómo se esforzaba en relajar los músculos de la boca y la garganta para que el intruso de dura carne no le provocara demasiadas arcadas y la hicieran vomitar.
Me acordé de cómo un par de días atrás, Jesús me había obligado a permanecer en mi coche en la misma postura que estaba Gloria ahora y de cuánto me había costado soportarlo, y eso que fue poco tiempo. Me compadecí de la chica, por más que estuviera de acuerdo en que se merecía un castigo por importunar a nuestro Amo.
–         Bueno, como ya no nos interrumpirán más, sigo con la historia perrita – dijo Jesús acariciándome el cabello.
–         Estupendo Amo – dije con voz queda.
–         Pues bien, cuando por fin Yoli se animó y posó sus tiernos labios en mi verga, estuve a punto de acabar. El morbo que tenía aquella chica era demasiado. Ver cómo su delicioso lunarcillo se movía mientras deslizaba sus carnosos labios por mi rabo… Ufff. Increíble. Aunque, la verdad, no tenía ni puta idea de cómo chuparla, su misma inexperiencia lo hacía todavía más excitante.
  • Así no, cariño – le dije – Empieza chupando la punta, sigue por el tronco, ensalivándola un poco y, mientras, me acaricias los huevos con la otra mano. Cuando esté bien mojada, puedes meterte la punta en la boca y luego… tanta como puedas.
–         El morbazo que tenía por saber que sin duda la mía era la primera polla que sobaba aquella putilla me hizo estremecer. Era un diamante en bruto, sin pulir y sólo de pensar en todo lo que podía enseñarle y hacerle… Uffffff… Era la ostia.
Hasta yo estaba excitada.
–         La nena seguía mis instrucciones como podía, lameteándomela y chupándomela de arriba a abajo, mientras sus ojos se clavaban fijamente en los míos. Y, cuando por fin se metió un pedazo en la boca… no pude más.
–         Te corriste – asentí.
–         No. Le compuse un soneto, no te jode.
Me eché a reír, haciéndole sonreír también a él.
–         Cuando noté que mis huevos entraban en erupción, no pude contenerme y le sujeté firmemente la cabeza, para que se tragara toda mi corrida.
–         Menuda iniciación – pensé.
–         Ella forcejeó un poco, pero yo no cedí un ápice, así que me vacié por completo en su garganta. Mi leche desbordó su boca y un hilillo se escapó por la comisura de sus labios, manchándole el top.
  • Te queda mucho por aprender, cariño – le dije – Pronto aprenderás a no desperdiciar ni una gota.
–         Cuando la liberé, la pobre se levantó y, dando arcadas, salió corriendo hacia la puerta del baño que había en su habitación. Enseguida escuché el agua del grifo correr y a la dulce jovencita escupiendo. Tras guardarme la verga y arreglarme la  ropa, la seguí al aseo. Estaba frente al lavabo, inclinada enjuagándose la boca. Me aproximé por detrás y pegué mi entrepierna a su trasero, agarrando y amasando sus enormes tetas con las manos.
  • No ha estado mal para ser la primera vez – le dije mientras nos mirábamos el uno al otro en el espejo – El próximo día lo harás mejor.
–         ¿No te la follaste? – inquirí un tanto incrédula.
–         Ese día no. Pero no adelantemos acontecimientos. Para ser una pija reprimida y mojigata, aquello había sido un salto de gigante. Era mejor ir poco a poco, tirando del sedal paulatinamente, que querer una captura rápida y que el pez acabara escapándose.
–         Entiendo.
–         Además, para sacarme las ganas tenía a mis otras golfas. Esa tarde me fui otra vez a casa de Gloria y la enculé a gusto, ¿verdad, putilla?
Gloria, con lágrimas en los ojos, se las apañó para asentir manteniendo la verga hundida hasta el fondo de la garganta. Tenía mérito.
–         ¿Lo ves, zorra? Ya he conseguido que te calles. Soy listo ¿eh?
Ella volvió a asentir.
–         Bueno, pues el día siguiente regresé super contento a las clases. La media horita que pasamos de charla con Natalia estuvo muy bien, pues mientras ella hablaba por los codos, yo observaba a Yolanda que, coloradísima, no se atrevía ni a mirarme.
–         ¿Te la tiraste ese día?
–         Paciencia, perrita, paciencia. Ese día me hizo otra mamada. Al principio no quería, pero no me costó nada convencerla. Pero esta vez hice que se arrodillara en el colchón a mi lado, para poder sobar su cuerpazo mientras me la comía.
07
–         Ibas poco a poco.
–         Exacto. Cada día un pasito más. El siguiente día, le subí la falda por detrás y la masturbé mientras me la chupaba, acariciando su culazo. Pero no la dejé correrse, sino que paré cuando estuvo a punto y me largué, dejándola cachonda perdida.
–         Pero tú si te corriste – dije.
–         Of course, darling. Y ella se lo tragó todito. Aprendía deprisa.
–         Como todas – pensé.
–         Y a la semana siguiente… la gran función.
–         Te la follaste – dije innecesariamente.
–         Me la follé. Y cómo me la follé.
–         Cuenta, cuenta.
–         Esta vez pasamos por completo de dar clase y fuimos directamente al asunto. Hice que me la chupara en cuanto entramos al cuarto, pajeándola de nuevo para ponerla a tono.
Yo ya estaba deseando que Jesús me hiciera lo mismo a mí.
–         Cuando lo tuvo bien empapado, la tumbé en la cama y me puse encima. Ella, ya con más experiencia, comprendió mis intenciones y se resistió un poco, pero sin auténticos deseos de que parara. Me agarré la polla, la froté en su coño y se la metí de un tirón.
–         ¿De un tirón? – exclamé – ¡Jesús, que era virgen! ¡Le harías daño!
–         ¡Y a mí qué! – respondió Jesús encogiéndose de hombros – Aquella furcia estaba deseando que le pegara un pollazo y yo se lo di. A esas alturas ya había caído la imagen de niña de papá buenecita  y obediente. Era una puta como todas y yo le di lo que estaba deseando.
–         No, si lo entiendo, pero…
–         Ni peros, ni leches. Ella se lo había buscado. Ya me conoces, perrita, yo os doy ni más ni menos que lo que queréis… pero también tomo lo que quiero.
–         Sí, es verdad – asentí abrazándome con más fuerza a él.
–         Pues eso. Me la follé como quise. La niñata gemía y sollozaba, pidiéndome que fuera más despacio, pero a mí me daba lo mismo. Tenía un coñito tierno, húmedo y caliente enterito para mí y quería disfrutarlo. Como no paraba de gimotear, hice que se diera la vuelta y me la follé a cuatro patas, apretándole la cara contra la almohada, no fuera a ser que su madre la escuchara y viniera a interrumpirnos.
Me acordé de las veces que me había hecho a mí lo mismo y me excité más todavía, pues podía ponerme perfectamente en el pellejo de la pobre Yolanda e imaginar lo que había experimentado.
–         Pronto empecé a notar que la niña estaba gozando un poco, pues ya no lloraba ni se resistía tanto, gimiendo contra la almohada de forma muy erótica. Cuando me corrí, le eché toda la leche en el coño, vaciándome a gusto. Se la saqué y me quedé observándola, allí tirada y sudorosa sobre la cama, con la ropa revuelta y sus enormes tetones al descubierto. Me dieron ganas de follármela otra vez.
–         ¿Y no lo hiciste?
–         No. Había sangrado y eso me cortó un poco el rollo. Fui al baño y me limpié la polla, que estaba un poco manchada y regresé al cuarto. Estaba sobre su cama, con las rodillas abrazadas, sollozando un poco. Me senté a su lado y le acaricié el pelo. Ella se encogió.
  • Eres un cabrón – me espetó sorprendiéndome un poco, pues no cuadraba con ella lo de decir tacos – No tenías por qué ser tan brusco. Me has hecho daño.
  • ¿Y qué? – le contesté – La primera vez siempre les duele a las tías.
  • Podrías haber sido más delicado – me dijo con sus ojos llorosos mirándome fijamente.
  • ¿Para qué? Tú querías que te follara y yo lo he hecho. Y no me digas que al final no has empezado a disfrutar.
  • ¡Yo no quería que me follaras! – exclamó con tono enfadado.
  • ¿Ah, no? ¿Y  por eso llevas dos semanas chupándomela? ¿Qué creías que iba a pasar?
–         No supo qué responderme.
  • Mira niña. Haz lo que te dé la gana. Si quieres cuéntaselo a tu madre, que yo le contaré nuestros jueguecitos y cómo me la has chupado.
  • ¿Y piensas que te iba a creer? – me dijo con los ojos echando chispas – ¡Se lo diré a mi padre y verás cómo despide al tuyo!
  • Me importa una polla – respondí encogiéndome de hombros – Lo que le pase a mi viejo me la trae al pairo. Pero tú… seguro que a tu papi le encanta el escándalo cuando se sepa que su nena es una comepollas.
  • ¡Cabrón!
  • Aunque… por otra parte – le dije en tono zalamero – Podríamos seguir como hasta ahora y cuando vuelva el lunes… te doy lo tuyo otra vez. Una vez pasada la primera vez te aseguro que vas a pasarlo muy bien…
  • Y una mierda.
  • O también podrías callarte y seguir dando clases como si nada. Tus padres no se enterarían de que su hija ya no es virgen  y aquí paz y después gloria. Seré tan sólo tu profesor. Como tú quieras.
–         Siguió mirándome fijamente.
  • Esto es lo que haremos. Hoy es viernes. Si el fin de semana pasa sin que tu padre venga a buscar mis pelotas, entenderé que quieres seguir con las clases, así que volveré el lunes como si nada hubiera pasado.
–         Ella seguía sin decir nada.
  • Y si el lunes regreso y… – le dije acercándome a ella hasta que nuestros rostros quedaron casi pegados – …compruebo que bajo tu ropa no llevas bragas ni sujetador… entenderé que quieres que sigamos jugando.
–         Y me largué – concluyó Jesús.
–         ¿Y qué pasó?
–         El lunes recibí una llamada de Natalia. Me dijo que Gloria no se encontraba bien, así que era mejor suspender la clase.
–         Uf, un poco inquietante, ¿eh? – dije.
–         ¡Bah! Para nada. Ya tenía a Yoli bien calada. Sabía que no iba a chivarse. Se resistiría un poco más pero… ya era mía. Como tú.
Era verdad. Yo había pasado por lo mismo tras la primera vez con Jesús. Comprendí que él SABÍA cómo íbamos a reaccionar.
–         El miércoles me presenté como si nada en su casa. Natalia, sonriente como siempre, me condujo al salón para tomar un refresco y poco después, la silenciosa Yolanda se reunió con nosotros.
–         ¿Y?
–         Cuando vi sus exquisitos y enhiestos pezones marcándose en su camiseta, supe que la tarde iba a estar bien.
–         Y sonreíste – dije sin pensar.
–         Vaya si lo hice.
Justo en ese momento, Gloria gorgoteó medio ahogada. La miré, preocupada pues se veía claramente que no aguantaba más con la polla de Jesús embutida en la garganta. Dando arcadas, parecía estar a punto de echar la papilla en cualquier momento.
–         Amo – le dije a Jesús apiadándome de ella – Creo que ya ha aprendido la lección.  Por favor, te pido que la perdones. Estoy pasándolo muy bien con tus historias y no olvido que ha sido gracias a ella que me la has contado.
Jesús clavó su mirada en mí, haciendo que me encogiera un poco inquieta, pensando en si se habría molestado.
–         ¿Qué te parece si te castigo a ti en su lugar? – me espetó inesperadamente.
Tragué saliva imaginándome cómo sería estar en el lugar de Gloria. Pero entonces la miré, llorando desconsolada, esforzándose por mantener la verga en su boca para complacer a su Amo. Y me apiadé.
–         De acuerdo, Amo – castígame a mí en su lugar.
Inesperadamente, Jesús se inclinó hacia mí y me dio un tenue besito en los labios. Yo le miraba sorprendidísima, mientras él me contemplaba con una sonrisa de oreja a oreja.
–         Estoy muy contento contigo, perrita – me dijo – No es habitual entre mis putas el sacrificarse las unas por las otras. Creo que una chica como tú hará un gran bien en la estabilidad del grupo.
–         Gra… gracias Amo – balbuceé.
–         Zorra, da las gracias a Edurne. Ya has cumplido el castigo.
La pobre chica, con el rostro empapado de lágrimas, fue sacándose la verga de nuestro Amo muy despacio de la boca, tratando de controlar las arcadas. Por fortuna lo logró, aunque no pudo evitar que su saliva resbalara y empapara la entrepierna de Jesús.
Aparentando calma, usé mis propias sábanas para limpiar las babas de la joven y evitar el enfado del chico que, por suerte, no dijo nada. Como pudo, Gloria se las apañó para agradecerme el gesto.
–         Gracias, Ama. Agradezco que haya liberado del castigo a esta humilde puta.
Me sorprendieron las palabras de Gloria. No sólo que me llamara Ama, sino la forma de expresarse. Aunque claro, como yo no había experimentado en mis carnes la disciplina de Jesús, no sabía muy bien cuales eran las formas apropiadas de comportamiento. Tomé nota.
–         No te preocupes número seis – le dije muy seria – Espero que hayas aprendido la lección. Ahora ve a lavarte, estás que das asco.
Traté de aparentar dureza para que Jesús se sintiera orgulloso de mí, pero en el fondo, lo que pretendía era darle un respiro a la chica para que pudiera recuperarse. ¿O no era así? La verdad es que me gustaba darle órdenes a Gloria. Me acordé de cómo ella me había hecho comerle el coño el día anterior… y ahora podía ordenárselo yo…
–         Y cuando vuelvas, tráenos 2 refrescos – le ordené mientras salía.
Cuando volvió, cinco minutos después, Jesús había reanudado su relato y esta vez era mi manita la que acariciaba con mimo el falo de nuestro Amo, sintiéndolo caliente y mojado por la saliva de la putilla.
–         Ponte  a los pies de la cama, puta. Y no quiero volver a oírte – le ordenó Jesús.
La pobre, visiblemente compungida, obedeció en silencio y, tras entregarnos los refrescos, se hizo un ovillo a los pies del colchón.
–         Bueno, sigamos – dijo Jesús.
–         Volviste a follarte a Yoli esa tarde – dije ayudándole a retomar el hilo.
–         Esa y las siguientes. La puse de vuelta y media. Me la follé en la cama, en el baño, sobre su escritorio… Lo único que lamentaba era que no podía follármela en el resto de la casa, pues su madre, aunque se pasaba las tardes en la piscina, era un peligro… Así que decidí follármela también.

–         Me lo imaginaba – asentí dándole un cariñoso apretón en la verga.

–         Comprendí que si la hija, que tenía pinta de modosita, había resultado ser una golfa de cuidado, la madre, que ya tenía pinta de puta, debía ser sencillamente la ostia.
–         ¿Y Yolanda no se resistió?
–         A esas alturas la niña hacía todo lo que yo lo decía. Se había vuelto adicta a mi polla y prácticamente me suplicaba que me la tirara. Todos los días, mientras charlábamos con su madre antes de las clases, se la veía inquieta y nerviosa, deseando que terminásemos de hablar y subiéramos a su habitación.
–         Entiendo.
–         Bueno, aún tuvimos un pequeño conato de rebelión con ella, aunque lo superamos sin muchas dificultades.
–         ¿A qué te refieres?
–         Ya sabes. Cuando me cansé de darle por delante…
–         Quisiste darle por detrás – completé la frase, comprendiendo perfectamente a qué se refería.
–         A veces me sorprendo de por qué mujeres que han demostrado ser unas completas golfas, se solivianten tanto por una cosa tan sencilla.
–         Porque duele – dije sin pensar – Además, es humillante…
–         Ah, ¿te lo parece? – dijo él mirándome con curiosidad.
–         Sí, Amo – le respondí muy seria alzando la cabeza para mirarle – Pero eso no quiere decir que no esté dispuesta si tú me lo pides.
–         Estupendo perrita – dijo acariciándome la mejilla – Además, te aseguro que, tras probarlo unas cuantas veces, te gustará.
–         Si es contigo… seguro que sí – le dije.
Él me besó.
–         Pues bien, un día Yoli estaba inesperadamente seria cuando subimos a su cuarto. Me dijo que ese día no íbamos a poder hacer nada, pues le había bajado la regla y le dolía un poco.
  • No te preocupes por eso Yoli – le dije – Ya sabes que hay otras maneras de pasarlo bien.
–         La pobre me dedicó una sonrisa tan encantadora que inmediatamente supe que no me había entendido – continuó Jesús – Al poco rato, la tenía de rodillas en la cama comiéndome la polla, con mi mano perdida bajo su falda, amasando los redonditos molletes de sus nalgas.
Jesús refrescó un poco su garganta, echando un trago a su lata antes de continuar.
–         Pues bien, cuando la tuve bien ensalivada se la saqué de la boca, mientras ella me miraba con extrañeza. Me arrodillé detrás de ella y le subí la faldita, quedando su magnífica grupa al descubierto, dejándola a merced de mis manos, que la estrujaban y acariciaban por todas partes.
–         ¿Y no se dio cuenta de lo que pretendías?
–         Para nada. Me coloqué detrás de ella y empecé a darle tiernos besitos en las nalgas, que la hacían reír y gemir quedamente. Pero claro, yo ya no podía más, así que, irguiéndome sobre el colchón, me agarré el húmedo falo y lo coloqué a la entrada de su retaguardia.
–         ¿Y se la clavaste de un tirón?
–         ¿Como a Gloria antes? No, no, fui más delicado. Antes de que le diera tiempo a reaccionar le había metido la punta, pero ahí me detuve. Ella se asustó muchísimo y empezó a gimotear, tratando de apartarse de mí, pero yo la tenía bien agarrada por las caderas y le impedía escapar.
  • Shist… Tranquila Yoli… Relájate, que te prometo que esto te va a encantar – le susurré.
  • No, eso no… Por el culo no, por favor, deja que termine de chupártela, me lo tragaré todo… Mira, la regla me dura pocos días, seguro que para la próxima clase podemos hacerlo…
  • Pero yo no puedo esperar más…
08
–         Muy lentamente, fui empujando mi émbolo, que fue penetrando sin compasión en el ano de la chica. Cuando tuvo dentro la mitad, me detuve de nuevo. Yoli tenía un rictus de dolor en el rostro, pero yo no permití que se librara.
  • Relájate, tonta – le susurré – Ya está casi toda dentro. Sólo falta un poco. Y en cuanto esté toda metida empezarás a disfrutar.
–         La putilla intentó hacerme caso, pero su culito era muy estrecho y estaba sin estrenar, así que no pudo evitar llorar un poco hasta que logré metérsela entera. Cómo apretaba aquel culito. Era genial.
–         ¿Y ella no decía nada?
–         A esas alturas ya me conocía lo suficiente como para saber que iba a hacer lo que me diera la gana, así que no intentó protestar, pero lloraba y gemía sin parar. Yo, que a cosa hecha había hecho que me la chupara un buen rato para dejarme próximo al orgasmo, empecé a moverme muy lentamente, enterrándosela una y otra vez, disfrutando al máximo de aquel tierno culito, pero sin perder el control.
–         ¿Te corriste en su culo o fuera?
–         En lo más profundo de sus entrañas. Verla después, tirada en la cama, con la falda levantada, sollozando mientras mi leche se salía de su culo… Joder. Impresionante. El próximo día que vayas a mi casa te enseñaré la foto. La imagen era tan increíble que no pude resistirme a fotografiarla con el móvil.
–         Me encantará verla – dije.
–         Pues bien. Cuando se recuperó un poco, tuvimos una nueva bronca, aunque no te aburriré contándotela pues fue un calco de la anterior. Y sus consecuencias fueron las mismas, pues el día de la siguiente clase, ella ya estaba esperándome cachonda perdida.
–         ¿Te la follaste de nuevo por el culo sin esperar a que se recuperara? – pregunté extrañada de que hubiera tenido esa deferencia conmigo y no con Yolanda.
–         ¡No, no! Verás, el día de la siguiente clase fui yo el que llamó para decir que no me encontraba bien y la posterior me la salté también, por lo que estuvimos unos cuantos días sin vernos.
–         ¿Y por qué lo hiciste?
–         Por 3 motivos. Por un lado, al dejar a Yoli varios días sin su ración de rabo me aseguraba de que estuviera bastante desesperada esperando mi regreso. También le daba una semana a su culito para recuperarse. Y por último, me aseguré de que ya hubieran pasado esos días del mes.
–         ¡Ah, claro! – asentí.
–         Cuando regresé a las clases, Yoli me había perdonado por completo. Durante un par de días me la follé sólo por el coño, pero la tercera vez, la enculé de nuevo. Esa vez me llevé un pequeño vibrador con el que estimulé su clítoris mientras la sodomizaba, con lo que la experiencia le fue mucho más grata. Tras un par de sesiones, resultó que la muy golfa empezó a disfrutar por el culo tanto o más que por la vagina.
–         Madre mía – dije en tono un tanto incrédulo, que fue percibido por Jesús.
–         Te lo aseguro, y la prueba es lo que pasó a continuación.
–         Dime, dime.
Jesús echó un último trago a su lata y la dejó, vacía, sobre la mesilla.
Por ese entonces yo estaba de nuevo como una motillo, más caliente que el palo de un churrero. Mi mano aferraba cada vez con más ganas la erección de mi Amo y me costaba Dios y ayuda resistirme para no abalanzarme sobre ella y metérmela por donde fuera. Pero entonces vi a Gloria, encogida a los pies de la cama, la viva imagen de la tristeza. Y se me cortó un poco el rollo.
–         Gloria – le dije – Trae más refrescos.
Sin decir ni mu, la chica se levantó y salió del cuarto.
–         Jesús – le dije con tono comprensivo – Me da un poco de pena Gloria. Lo estábamos pasando tan bien.
–         Estás en tu casa y ahora mismo tu número es más bajo que el de ella, así que haz lo que te plazca – respondió él, comprendiendo mis intenciones.
Cuando Gloria regresó, le levanté el castigo. Ella me sonrió agradecida y sin poder contenerse, se inclinó sobre mi y me dio un besito en la mejilla. Por un instante, me pareció más joven de lo que era.
–         No te quejarás, Gloria – dijo Jesús – Ya es la segunda vez que Edurne intercede por ti. Te he perdonado porque ella me lo ha pedido, que si no, esta noche habrías dormido en el puto suelo.
–         Gracias, Amo – dijo ella – Gracias Ama.
–         Anda, ven aquí, putilla – dijo Jesús iluminando el rostro de la joven.
Ella volvió a subirse a la cama de un salto, recuperando su posición abrazada al cuerpo de Jesús. Nuestros ojos se encontraron y ella volvió a sonreírme, mientras sus labios dibujaban un “gracias” silencioso. Me sentí mejor.
–         Bueno, sigamos con la historia – dijo Jesús cuando nos tuvo a las dos de nuevo reclinadas sobre su pecho – Como iba diciendo, Yoli empezó a disfrutar del anal de mala manera, empezó a preferirlo a la vía más común.
–         ¿En serio? – pregunté aunque ya sabía la respuesta.
–         Y tanto. Cuando le daba por el culo, parecía que se le iba la cabeza (vaya, sigue igual, ya lo verás) y yo encantado, pues disfrutaba mucho sodomizándola mientras agarraba sus tetas con las manos.
–         ¿Y Natalia?
–         Ahora voy con eso. Pues bien, en mi mente ya había ideado cómo atraer a Natalia a nuestro jueguecito. Ya la conocía bastante bien, era la típica cuarentona (espectacularmente atractiva) que se encontraba bastante frustrada por la falta de atención de su marido y que se desfogaba tonteando un poco con el jovencito que le daba clases a su hija, aunque, en el fondo, la muy estúpida ni se imaginaba lo que el jovencito y su hija estaban haciendo. Así que decidí que lo más eficaz sería enfrentarla a la cruda realidad y usar el shock en mi beneficio.
–         Jesús, me tienes cautivada con la historia.
–         Me alegro. Pues bien, una tarde, cuando aún estaba dándole vueltas a la idea, la fortuna se puso de mi parte.
–         ¿Qué pasó?
–         Mientras estábamos charlando antes de la clase, estalló una repentina tormenta de verano, con lo que Natalia no pudo ir a la piscina, teniendo que quedarse encerrada en la casa. Y, para mayor suerte, esa era la tarde libre de la criada, por lo que estábamos los tres solitos en la casa.
–         Me voy imaginando por dónde van los tiros – dije.
–         Muy lista. Esa tarde, dejé disimuladamente la puerta del cuarto entreabierta, para que se escucharan bien los relinchos de Yolandita por toda la casa. Me la follé con toda el alma, dándole con ganas, hasta que sus gemidos y aullidos de placer atrajeron inevitablemente a su madrecita.
–         Oye, acaba de ocurrírseme una cosa.
–         Dime.
–         ¿Y la criada? Porque Natalia no escucharía vuestras sesiones por estar fuera de la casa, pero la criada…
–         La criada tenía veinte años y la había escogido el padre de Yoli, así que estaba buenísima. Por ese entonces ya me la había follado un par de veces, así que no decía esta boca es mía.
–         ¿TELA HABÍAS FOLLADO? – exclamé sorprendidísima – Pe… pero… de ella no sabía nada.
–         De ella no hay nada que saber. Ella no es como vosotras. Fue sexo sin compromisos, más convencional. Ya te dije en otra ocasión que vosotras no sois las únicas mujeres con quien me acuesto. Sólo cuando encuentro a alguna especial es que la convierto en una de mis putitas.
–         Comprendo.
Era verdad que me lo había dicho, pero hasta ese momento no me había parado a pensarlo. Sólo de imaginar que Jesús anduviera por ahí follándose a otras me molestaba bastante.
–         Bueno, sigo. Como decía, esa tarde hice gemir y aullar a la tetona con ganas y claro, al poco rato, su incrédula mamaíta vino a ver qué le pasaba a su hijita.
–         Y se llevó la sorpresa de su vida.
–         Ya te digo. Cuando entró en el cuarto, se encontró de bruces con la escena que a todas las madres les encantaría ver. Yo estaba sentado en la silla de estudios de Yolanda, que tiene dos brazos; la chica estaba empalada por el culo en mi nabo, de espaldas a mí, de forma que sus tetas eran estrujadas por mis manos después de haberle enrollado el top en el cuello. Para tener más estabilidad, sus piernas estaban abiertas al máximo, apoyadas sobre los brazos de la silla, colgando a los lados. La tía, con una mano apoyada en el escritorio y la otra no sé donde, se las apañaba para botar sin descanso sobre mi polla, enculándose ella solita una y otra vez, berreando como loca.
  • ¡YOLANDA! – aulló con voz histérica la buena mujer – ¡DIOS MÍO! ¡¿QUÉ ESTÁIS HACIENDO?!
  • GGGGHH… AHHHHGGGG –  gorgoteaba Yolanda mientras la saliva se le escapaba de los labios.
  • ¡HIJO DE PUTA! – exclamó Natalia acercándose a mí con llamas en los ojos – ¡ESTÁS VIOLANDO A MI HIJA!
  • ¿Violándola? – exclamé echándome a reír – ¿A ti te parece que esto es una violación?
–         Natalia nos miró durante un segundo y pude percibir perfectamente cómo sus pupilas se dilataron cuando comprobó que era su propia hijita la que se empalaba una y otra vez en mi hombría. Tartamudeando, trató de insistir.
  • No… no… no puede ser… Has debido de… drogarla…
  • ¿Drogarla? ¡Muy bueno! ¡Yoli, dile a tu madre cómo se llama la droga que te estoy dando!
–         Y la muy puta se las apañó para contestar:
  • ¡LA POLLA! ¡ME ESTÁ DANDOLA POLLA! ¡LA POLLA ENMI CULO! ¡OH, MAMI, NUNCA SOÑÉ QUE ME SENTIRÍA ASÍ!
–         Natalia se quedó petrificada, muda. No podía creer lo que estaba pasando. Pude leer en su rostro cómo su mundo se desmoronaba a su alrededor. Y se volvía vulnerable…
–         Una pena que no pudieras hacer una foto del momento.
–         ¿Y quién dice que no la hice? Bueno, una foto no, pero el móvil desde una estantería grabó un vídeo que te cagas. Es super morboso, aunque no se ve muy bien. ¿Verdad Gloria?
–         Sí, es muy excitante – dijo la joven hablando después de un buen rato – Sobre todo porque conoces a las que salen en él y eso le da más morbo.
La entendía perfectamente.
–         Pues bien, no aguantando más y sin saber cómo reaccionar, Natalia optó por negarlo todo y huir, así que salió como una exhalación del cuarto dando un portazo.
–         ¿Y qué hiciste?
–         Yo sabía que no podía dejarla sola, pues su reacción natural en esa situación sería sin duda llamar a su marido en busca de ayuda… o puede que incluso a mi padre.
–         Sí, la cosa podía írsete de las manos.
–         Precisamente. Además, era necesario golpear el hierro ahora que estaba caliente, sin darle tiempo a enfriarse. Con desgana, pero con perspectivas de algo mejor, se la saqué del culo a Yolanda, ignorando las protestas de ella.
  • Dame dos minutos – le susurré besándola – Y después sígueme.
  • ¿Adónde vas? – me preguntó.
  • Ya lo sabes.
–         Sus ojos se abrieron como platos cuando la comprensión de lo que yo tenía en mente penetró en la suya. Pareció ir a protestar, pero finalmente optó por quedarse callada.
  • Buena chica – le dije besándola de nuevo.
–         Salí tras la madre enseguida, sin molestarme en guardarme la polla en el pantalón, pues sabía que así impresionaría más. No estaba seguro de hacia donde había ido, pero, al ver la puerta de su dormitorio matrimonial abierta, comprendí que estaba cerca.
–         Joder, cómo se lo monta Jesús. Sigue sorprendiéndome – pensé para mí sin dejar de acariciar su erección.
–         Cuando entré en el cuarto, me encontré con que, efectivamente, Natalia había cogido el teléfono y estaba marcando. Sin pensármelo dos veces, caminé hacia ella y le quité el aparato de un tirón tirándolo a un lado. Natalia se quedó atónita, asustada por mi presencia en su cuarto. Pero logró reunir el suficiente ánimo para enfrentárseme.
  • ¿Qué coño haces aquí? – me espetó – ¡Fuera de aquí ahora mismo! ¡Si no te vas llamaré a la policía!
  • No creo que estuvieses llamando a la policía – le dije – Seguro que llamabas al imbécil de tu marido, ese que no te folla porque es gilipollas.
–         Se quedó petrificada ante mi respuesta. Pero entonces, vio mi picha por fuera del pantalón y eso la hizo reaccionar.
  • ¡Tápate eso, puerco! ¡Cuando tu padre se entere de esto te vas a acordar de este día!
–         La tía se quejaba mucho, pero sus ojos no se apartaban de mi polla, lo que me hizo sonreír. Deseando metérsela ya, decidí poner las cosas en su sitio.
  • No, mi polla está bien como está. La voy a necesitar para lo que voy a hacer a continuación.
–         Una sombra de inquietud cubrió su rostro. Por fin empezó a entender cuales eran mis intenciones.
  • Có… cómo has dicho. Sal de aquí inmediatamente. Voy a… a tener…
  • Vas a tener que callarte de una puta vez – le solté – Si no cierras esa bocaza, te la meteré primero en la garganta, en vez de empezar con tu coño como había pensado.
  • ¡¿QUÉ?! – aulló ella con los ojos como platos.
  • Digo que a tu hija no la he violado, pero a ti sí que voy a hacértelo.
–         Entonces ella reaccionó abalanzándose de uñas hacia mi. Pero yo la estaba esperando y, de un empujón, la hice caer sobre la cama. Con rapidez, me subí encima de ella y le sujeté los brazos a la espalda. En ese momento llegó Yolanda.
  • ¡Yoli, rápido, huye! – gimió Natalia al verla – Pide ayuda.
  • Si, eso Yoli, es ayuda lo que necesitamos – le dije – Anda coge la funda de las almohadas.
10–         Para mi alegría y desesperación de Natalia, Yolanda no dudó ni un segundo en obedecer mi orden. Con las fundas, procedí a atarle las manos a la espalda a la mujer. Cuando estuvo sujeta, la hice sentarse en el colchón. Ella me miraba desafiante, pues no se atrevía a mirar a su hija.
–         Menudo cuadro – dije.
–         Precioso. Y para mejorarlo, agarré la camiseta que llevaba Nati por el cuello y la desgarré de arriba abajo. En menos de un segundo, el sujetador siguió el mismo camino, con lo que las dos tetas más impresionantes que había visto en mi vida quedaron desnudas frente a mí.
  • Yoli – le susurré a la chica acercándome – Tenéis cámara digital, ¿verdad? Tráela y graba la escena.
–         Obediente, la chica salió para cumplir mi encargo.
  • ¿Adónde va? – gimió Natalia.
  • Tranquila, enseguida vuelve.
–         Mientras decía esto, me aproximé a ella enarbolando mi erección hasta dejarla frente a su cara. Agarrándola del pelo, intenté metérsela en la boca, pero ella se resistió manteniendo sus labios bien cerrados.
  • Bien, como quieras – siseé – Te la meteré sin lubricación.
–         Un brillo de alarma se encendió en su mirada, pero yo no le di ocasión de protestar. Agarrándola del brazo la hice ponerse en pié para volver a arrojarla de bruces sobre el colchón. En menos de un segundo estaba arrodillado detrás de ella, forcejeando con sus shorts hasta que logré bajárselos a medio muslo junto con sus bragas. Menudo espectáculo, la madre no desmerecía a la hija.
–         ¿Y te la follaste? – pregunté para animarle a continuar.
–         Esperé unos segundos hasta que Yolanda regresó. Cuando empezó a filmar, no aguardé más y, de un viaje, se la metí hasta los huevos.
  • ¡AAAAHHHHHHHH! – gimoteó Natalia mientras la invadía.
  • Te gusta, ¿verdad puta? ¡Si estás deseándolo desde el primer día!
–         Y empecé a follármela con ganas. Para tener una mejor posición, pues no podía apoyarse en las manos por tenerlas atadas, coloqué bajo el vientre de Natalia un par de almohadas, con lo que su coño se me ofrecía desde un mejor ángulo. Sin pensármelo dos veces, inicié un mete y saca feroz, follándola con todas las ganas que tenía acumuladas desde que aquella golfa me abrió la puerta en bikini por primera vez. Ella se quejaba y me gritaba que la soltara, pero pronto noté cómo su coño chorreaba y ella, inconscientemente, empezaba a separar los muslos para facilitarme el acceso.
–         ¿Y te corriste dentro?
–         Aún no. Quería llevarla un paso más allá, así que se la saqué del coño y me senté al borde del colchón, con los pies en el suelo. Ayudado por Yolanda, la senté en mi entrepierna de espaldas, metiéndosela hasta el fondo de nuevo, en un remedo de la postura en que nos había sorprendido a Yoli y a mí minutos antes, sólo que no era anal sino vaginal.
–         Y todo esto está en vídeo – dije sonriendo.
–         Hasta ese momento sí, pero después la grabación no es muy buena porque Yoli tuvo que dejar la cámara en una mesa.
–         ¿Por qué? – pregunté estúpidamente.
–         ¿Y tú que crees?
–         ¡Ah, claro! – asentí comprendiendo por fin.
  • Yoli, cariño, demuéstrale a tu madre cuanto la quieres.
–         Yolanda no había hecho eso en su vida, pero bastó con mirarme a los ojos para entender lo que yo quería. Sin pensar, se arrodilló entre los muslos abiertos de su madre y empezó a chuparnos los genitales a ambos, mientras mi polla se hundía una y otra vez en el coño.
  • ¡YOLI, NO, QUÉ HACES! – aullaba Natalia – ¡NO HAGAS ESO! ¡POR DIOS NOOOO!
–         El primer orgasmo asoló el cuerpo de Natalia, haciéndola estremecer entre mis brazos. Su cuerpo se agitaba en espasmos de placer, que provocaban que su coño apretara mi polla de forma harto satisfactoria. Fue genial.
–         ¿Y la dejaste?
–         ¡Pero qué dices! Seguí follándomela en esa postura un buen rato más, mientras su hijita, a cuatro patas, con sus deliciosos melones colgando, nos mamaba a los dos, dándonos un placer impresionante. Aún logré que Natalia se corriera una segunda vez antes de hacerlo yo, llenándole el coño por completo de leche. Mi semen resbalaba de su interior, pero no llegaba a caer al suelo, pues era sistemáticamente recogido por la lengua de Yolanda, que lo tragaba todo.
–         Joder – musité.
–         Estaba tan excitado que ni se me bajó, así que la cambié de postura y volví a follármela. No puedo decirte cuantas veces logramos entre Yoli y yo que se corriera Natalia, pero estuvimos horas dándole, hasta que quedó desmayada por el placer.
–         Y después te encargaste de Yoli.
–         Por supuesto. Se había portado divinamente así que le di su premio. Y no sólo eso, al día siguiente, aunque no teníamos clase, la invité al cine y volví a follármela. Fue entonces cuando le hablé de las demás esclavas y ella me suplicó que la aceptara como una más.
–         ¿Y lo hiciste inmediatamente?
–         Claro, no te olvides que llevaba casi dos meses zumbándomela a mi antojo. Estaba totalmente entregada a mi voluntad.
–         ¿Y Natalia?
–         Como la seda. Cuando despertó no supo ni cómo reaccionar. Le dije que lo teníamos todo grabado en vídeo y que, se pusiera como se pusiera, no podía negar que había disfrutado Le dije que iba a seguir follándome a su hija como me viniera en gana y, si ella quería, podía participar.
–         ¿Y qué pasó?
–         Como su marido estaba de viaje, me quedé allí a pasar la noche. La pobre Natalia nos miraba a su hija y a mí durante la cena sin saber ni qué decir, se percibía la lucha en su interior entre sus convicciones morales y lo que su cuerpo le pedía.
–         ¿Y qué pasó?
–         Por la noche, Yoli y yo nos bañamos desnudos en la piscina y, cuando al poco rato Natalia apareció también completamente desnuda y se unió a nosotros, supe que había logrado mi objetivo.
–         ¿Y también la hiciste tu esclava?
–         Al tiempo. Al principio pasamos unas cuantas tardes geniales follando en la casa. No hubo problemas de ningún tipo, pues Natalia se encargó de darle todas las tardes libres a la criada.
–         No quería más competencia – dije.
–         Creo que sí. A las dos o tres semanas, Yoli le enseñó el colgante del corazón y le habló del grupo. Natalia me dijo que quería ingresar y puso su tienda a disposición de las chicas. Jugada redonda.
–         ¿Y siempre te las follas a las dos juntas?
–         Prácticamente siempre. Y es que no te imaginas lo increíble que es estar rodeado por las enormes tetas de esas dos. Es el paraíso.
–         Joder. Menuda historia – dije incorporándome y mirando a Jesús a los ojos.
–         ¿Te ha gustado?
–         Me ha encantado… Pero Amo….
–         Dime perrita.
–         Ya no puedo más – dije dándole un pequeño estrujón a su enhiesta verga que seguía en mi mano.
–         Vale perrita, a mí también me apetece.
En pocos segundos, estuve cabalgando sobre la polla de Jesús, en la misma postura en que se había follado a Natalia. Gloria, ocupando el puesto de Yoli, estaba a cuatro patas entre nuestras piernas chupándome el coño y lamiendo el falo de Jesús mientras se hundía una y otra vez en mí, elevando el placer hasta límites insospechados.
Me pasó como a Natalia, pues no recuerdo cuantas veces me corrí y cuando sentí cómo la polla de Jesús entraba en erupción en mi interior y me llenaba con su semilla, me sentí completamente feliz.
Tras la sesión, los tres reposamos en la cama un buen rato y no nos levantamos hasta que empezamos a tener hambre. Demasiado cansados para cocinar, Jesús pidió unas pizzas y nos sentamos juntos en el sofá a cenar y a ver el fútbol.
Su equipo ganó. Jesús se puso contento. Y volvimos a follar por la noche antes de quedarnos dormidos.
Continuará.
                                                                                TALIBOS
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