CAZADORAntes de nada quiero explicaros que no soy una loca ni una perturbada sino la típica mujer de mi tiempo. Con dieciséis años perdí sin pena ni gloria mi virginidad en una fiesta. Siendo una mocosa veía en ese rostro repleto de granos al amor de mi vida. Manuel, mi novio por entonces, era todo para mí. Cuando me miraba sentía que me derretía y por eso, le entregué mi cuerpo sin pensar que a los dos meses, le cazaría con la niña que me había sustituido en su corazón.
 
 
No me arrepiento de haberlo hecho. Para mí, el himen no es más que un estorbo del que hay que desembarazarse cuento antes. Lo que sí me lamento son los tumbos que dio mi existencia a partir de entonces.  Buscando un ansiado ideal, me fui entregando a cuanto hombre me prometía bajarme la luna. En mi fuero interno, necesitaba encontrar a ese príncipe azul que me hiciera subir a los cielos. Desgraciadamente, lo que siempre me ocurrió es que una vez había dejado el suelo, mi pareja de turno me soltara de la mano y sin excepción, la realidad se estrellara contra mi rostro.
Disfruté y mucho. El sexo para mí siempre fue importante pero si no va acompañado de magia se convierte en algo vulgar y aburrido. Un día como otro cualquiera, en el que me lamía las heridas de mi último amor, cansada de tanta mediocridad; decidí poner un anuncio en internet.
Tratando de definir que era los que ansiaba, fue Joaquín Sabina quien me sugirió parte del texto:
 “Ando en busca de un hombre que me haga soñar. Absténganse brutos y obsesos en busca de orgasmo. A estas alturas quiero alguien que sea capaz de satisfacerme. Necesito que me den un revolcón al corazón. Firmado…..Sola y necesitada”

Mi llamada de auxilio tuvo un éxito relativo, porque aunque recibí multitud de emails, lo cierto es que la gran mayoría provenían de cerdos que solo deseaban echar un polvo. Usando el sentido común fui borrando de mi correo a todos aquellos que no supieron encontrar la esencia de lo que pedía y cuando ya creía que había sido inútil y que ninguno había sabido leer y entender lo que decía, abrí uno que me enganchó: 

“La verdadera esencia de un hombre es la inteligencia y saber captar los deseos de la mujer que tiene a su lado. Con muchos años sobre mis espaldas, soy lo que necesitas. Conmigo encontrarás lo que ningún hombre puede darte. Si me he equivocado y no eres una mujer deseosa de experimentar el placer que otorga la complicidad de una historia escrita, tira este mail a la basura. En cambio si eres una mujer que sabe interpretar la belleza que se esconde en las palabras, con más razón borra ahora mismo mi contestación. No te aconsejo establecer este juego conmigo, soy adictivo.
Si aun así quiere correr el riesgo, contéstame.
Un abrazo.” 
Debí de hacer caso de su aviso porque “Adictivo” no era precisamente la cualidad que buscaba. Desgraciadamente, esa forma sutil de expresarse siempre fue irresistible para mí. Todo mi ser sabía que ese sujeto sería  mi perdición pero sin embargo no pude resistirme y busqué las palabras idóneas que trasmitieran mis ganas de catar y saborear sus palabras. No obstante también no demostrar demasiado interés, no fuera a ser que lo confundiera  con ansiedad.
 Y respondí: 
“La verdadera afinidad no viene de la edad. Aunque tengo solo veintiséis años y ni siquiera había despertado cuando tú ya recorrías los caminos oscuros de la vida, sé que soy la idónea para ti y que tú eres lo que necesito. Deseando ser la coprotagonista de tu destino,  estaría encantada en seguir recibiendo tus mensajes llenos de erotismo y  amor.”
Todavía no sé qué fue lo que me llevó a contestarle. Quizás su tono lleno de seguridad, puede que la masculinidad que transpiraban sus frases o con mayor seguridad el seguro peligro que conllevaba. Lo cierto es que no tardé en recibir un mail plagado de imágenes sensuales, en el que me decía que llevaba mucho tiempo esperándome.
Si de por sí, mi experiencia con los hombre me había dejado un poco mosca, el establecer una relación por internet me dio miedo no fuera a ser que al cabo del tiempo ese desconocido, resultara  un niñato jugando a ser un hombre. No hacía mucho que una amiga me había contado que, tras más de dos meses carteándose con un tipo, al final resultó que el macizo con el que hablaba no había terminado secundaria.
Tardé un buen rato en elegir las palabras, no quería que sonara duro, pero después de mandar mi respuesta, la releí y me di cuenta que no lo había conseguido, y que mi email, era bastante rudo porque le exigía una prueba de que era quién decía ser.  Supuse que ni siquiera se iba a dignar a contestar por lo que esa tarde, no abrí mi correo y en vez de ello me fui a topar unas copas con unas amigas.
Ya en un bar, le confesé a mis acompañantes que había puesto un anuncio en internet y que me había puesto en contacto con uno de los tipos que lo contestaron. Una de ellas,  María, se pasó toda la noche tomándome el pelo, llamándome loca por buscar pareja de ese modo:
-¿Tú sabes el tipo de maniático con el que te puedes encontrar?,  nadie normal responde a eso, ¡Debe de ser un puñetero friki!.
 
Fue tal su insistencia, que me convencí que tenía razón y deseché la idea de continuar en búsqueda de mi ideal por esa vía, jurándome que aunque contestara, no pensaba hacerle caso.
-Linda– insistió – Aunque te haya ido mal en el pasado, eres una mujer guapa, con un buen culo, que puede conseguir  un hombre cuando quiera. ¡Déjate de tonterías!.
Cabreada conmigo misma, volví a casa. Sobre la mesa del comedor seguía encendido el portátil.
-¡Que desastre soy!- pensé al acercarme a apagarlo, pero fue entonces cuando vi que tenía correo nuevo.
Aunque soy una mujer que difícilmente se altera, algo en mi interior provocó que me pusiera nerviosa al ver que me había contestado. Temblando y sabiendo que no debía leerlo, lo abrí. Era un mensaje corto con una foto. El texto era lo de menos, la foto era lo que me interesaba.
Mi supuesto candidato se había fotografiado de cuerpo entero en la popa de un velero antiguo. Me quedé tiesa al comprobar que era un cuarentón de buen ver. El bañador que llevaba era de esos largos que tan de moda habían estado la temporada pasada. Con entradas sin llegar a ser calvo, su cara transmitía confianza. Quizás fue eso, su serenidad, o mi enfermiza afición a los hombres  de mar, lo que me excitó. ¡Ya me veía surcando las olas en sus brazos!

No respondas, qué te conoces-, susurró mi conciencia, esa pequeña arpía que tan a menudo me molestaba

 

Siempre he sido una inconsciente, y con mi edad no iba a dejar de serlo. Por eso, rebuscando entre mis fotos, elegí una muy sensual, donde estaba  totalmente desnuda pero  sin mostrar nada que me pudiera avergonzar,  y sin medir las consecuencias se la mandé.
Al meterme en la cama, ya me había arrepentido.
“Estoy loca”, pensé al temer que había mandado esa imagen a un desalmado que la hiciera circular por la red.
Intentando olvidar ese error, busqué en el sueño la expiación de mi pecado pero continuamente retornó a mi mente el recuerdo de ese hombre.  Por mucho que intenté borrarlo y dormir, no pude porque mi imaginación me traicionó trayendo secuencias en las que juntos recorríamos el mar. Poco a poco, se fue convirtiendo en una fijación y antes que me diese cuenta, estaba excitada.
La calentura que recorría mi entrepierna provocó que  involuntariamente dejara que mis manos acariciaran mis pechos mientras pensaba en ese tipo. Como si fuera una película, me vi en mitad de su camarote y a él, desnudándome lentamente. Esa imagen me hizo separar mis rodillas y soñar que era el cuarentón quien me estaba tocando.
Al sentir mis yemas separando los pliegues de mi sexo y mis propios dedos dentro de mi vulva, comprendí que estaba perdida si alguna vez llegaba a conocerlo y descubría en él, la masculinidad que manaban sus escritos.
Aunque fui consciente que nada de eso era real, os juro que sentí un latigazo en mi entrepierna al notar su caricia. La forma tan sensual con la que en mi sueño pellizcó mis aureolas, asoló mis defensas. Como era solo producto de mi imaginación, pensé en que no había ningún peligro en dejarme llevar por mi calentura y por eso no tardé en sentir su lengua recorriendo los bordes de mis pechos mientras sus manos bajaban por mi espalda. 
Entre mis sábanas, la temperatura de mi cuerpo subía por momentos. La imagen de ese lobo de mar me estaba volviendo loca con sus besos y aunque os parezca imposible, los sentí tan reales que rendida a sus encantos, gemí al sentir que sus dedos se hacían fuerte en mi trasero.
Excitada como pocas veces, traté de despertarme al notar que si ese sueño se prolongaba iba a correrme:
-No quiero- grité temiendo las consecuencias si seguía soñando con él y por mucho que sabía que era irreal, tuve miedo.
La seguridad de que no estaba a mi lado  no consiguió tranquilizarme y por eso cuando en mi mente me mordió en la oreja,  me estremecí. El que sabía que era solo un amante ficticio no se quedó ahí y bajando sus labios por mi cuello, lo recorrió lentamente poniéndome cada vez más nerviosa pero también más excitada.
Mi claudicación se  aceleró al notar que su mano había vuelto a apoderarse de mi pecho y lo acariciaba rozándolo con sus yemas. Fue entonces cuando puso mis manos en su cintura y me empezó a desnudar. Reconozco que me cautivó la lentitud con la que me despojó de mi vestido y me mordí los labios al ver  su masculino rostro lleno de deseo.
En mi sueño, el cuarentón  me agarró y me obligó a sentarme sobre él en una silla. Sin casi poder respirar, le miré pidiendo una tregua.
-Lo estas deseando- me soltó – Desde que viste mi foto, deseas ser mía.
-¡No es cierto!- exclamé a la defensiva.
-Te voy a follar, putita- susurró a mi oído mientras sus manos se apoderaban de mi culo.
Os juro que intenté rechazar su contacto pero mis manos, desobedeciendo a mi mente, desabrocharon su pantalón y sacando su miembro, me lo quedé mirando con deseo.
“¡Qué maravilla!”, pensé al disfrutar por anticipado del placer que ese enorme aparato me iba a dar y tragando saliva, esperé su siguiente paso. El maduro me devolvió la mirada  y cogiéndome de la cabeza,  acercó su boca a la mía mientras mientras volvía a poner su mano en mi pecho.
-Tienes unas buenas ubres- dijo con una sonrisa en los labios.
Acto seguido, su lengua  volvió a apoderarse de mi erecto pezón, provocando que una descarga eléctrica por todo mi cuerpo.  Al verle que no se quedaba contento con mi pezón, comprendí cual iba a ser su siguiente paso y por eso sabiéndolo me puse aún más nerviosa.
– Vas a disfrutar la zorra que eres- me soltó.
Su insulto lejos de enojarme, exacerbó mi ánimos.
– ¡No es real!- exclamé al sentir noté su mano bajando por mi estómago mientras la otra me acariciaba los muslos.
Fue  entonces cuando sentí que sus dedos acariciaban el interior de mis muslos. Totalmente entregada, temblé de placer.  Ese cuarentón al que ni siquiera conocía, anticipando su victoria, separó los pliegues de mi sexo y acarició mi humedad. De mi garganta brotó un sordo aullido. Mi amante al escucharlo sonrió sin que sus dedos  no dejaran de torturar mi clítoris.
Intenté nuevamente despertar. Necesitaba volver a mi habitación y dejar ese camarote pero en vez de ello, separé mis muslos ofreciéndome a él por completo.
El hombre, al ver mi entrega, besó los bordes de mis pliegues  mientras volvía a recoger mi botón entre sus dedos. Un gemido aún más ardiente surgió de mi garganta cuando sin dejarme descansar, agachándose entre mis piernas lo mordió.  Completamente excitada, le pedí que me tomara moviendo mis caderas. El lobo de mar hizo caso omiso a mi súplica y acelerando el ritmo de su lengua, consiguió llevarme desbocada hacia el orgasmo.

Sintiendo mi cuerpo al borde del colapso, cerré mis manos y con el puño golpeé las sábanas. Entonces mi dulce agresor metió con suavidad dos dedos en mi coño,  provocando que todo mi ser se derritiera. Disfrutando de sus imaginarias caricias, me corrí sobre el colchón.

Cuando ya creía que todo había terminado y que la cordura volvería a mí dejándome dormir, le vi incorporarse y cogiendo su pene entre sus manos, acercarlo a la entrada de mi chocho:
-¡Eres solo un puto sueño!- grité acojonada por la intensidad de mi sensaciones.
Mi insulto espoleó su lujuria y colocando la punta de su enorme glande en la entrada de mi cueva, la fue forzando lentamente. Mas encantada de lo que me gustaría reconocer, sentí el paso de su gigantesca extensión a través de mis pliegues mientras invadía mi estrecho conducto.
¡Dios! ¡Cómo me gusta!- aullé  al notar que su pene chocaba con la pared de mi vagina.
A partir de ahí, me dejé llevar y dominada por el placer que estaba sintiendo, disfruté como una cerda de sus huevos rebotando contra mi culo al ritmo marcado por sus embestidas hasta que, de improviso, su verga explotó en mi interior. Lo creáis o no, sentí su semen como si fuera real rellenando mi conducto. Cada una de las explosiones con las que regó mi interior, me provocaron un placer indescriptible y temblando sobre el colchón grité a los cuatro vientos mi placer.
Agotada desperté para descubrirme a cuatro patas sobre la cama y con mi chocho chorreando. Era tanto el flujo que brotaba de mi interior que me parecía imposible. Todavía aturdida, llevé mis dedos hasta mi sexo y cogí un poco de ese líquido viscoso que recorría mis piernas.
-¡No puede ser!- exclamé al comprobar que no parecía flujo y que por su color, lo que salía de mi coño, ¡Era semen!
Ese descubrimiento, me dejó aterrorizada y por eso durante toda la noche fui incapaz de conciliar el sueño, no fuera a ser que se repitiera.
Recibo un nuevo mail:
Sin haber casi descansado, me levanté con la sensación de que mi mente me había jugado una mala pasada y que todo lo ocurrido había sido producto de mi perversa imaginación. Aun así no podía dejar de pensar en ello y aunque me costara aceptarlo, estaba cachonda.
Al recordar el placer que había sentido la noche anterior, mi sexo se llenó de humedad:
-Estoy loca- exclamé en voz alta combatiendo las ganas de masturbarme.
Luchando contra lo que me pedían todas las células de mi cuerpo, fui a desayunar. En mi mente, seguían presentes todas y cada una de las sensaciones que habían asolado mi anatomía la noche anterior. El placer que había experimentad había sido tal que todavía  me seguía obsesionando sus secuelas y sabía que una leve brisa, podía convertir los rescoldos de esa hoguera en un incendio de incalculables proporciones.
El agradable calor de ese café con leche matinal me terminó de calmar y olvidando ese perturbador sueño, encendí mi ordenador  y revisé mi correo. Al encender mi Outlook, comprobé que tenía uno de él. Aterrorizada y excitada por igual, tardé un buen rato en abrirlo.
Me daba miedo pero aun así algo me impelió a hacerlo. Temblando, clickeé el mensaje y lo abrí. Solo con leer el encabezado, el sudor empezó a recorrer mi asustado pecho:
“Relato de nuestra primera noche”.
Deseando y temiendo leer su contenido, me puse a leerlo.
Desde el principio, me percaté que era una recreación de mi sueño. Letra por letra, mi desconocido amigo recreaba  en su escrito mi sueño. Si en un principio me había parecido casualidad, al leer de su mano mis propios sentimientos me empezó a perturbar y cuando terminé, la perplejidad se había convertido en miedo y el miedo en terror.
“¿Cómo es posible qué sepa lo que soñé?”, pensé mientras intentaba dar un sentido a ello.
Recordando la forma tan extraña con la que entró en contacto conmigo, la palabra “Adictivo” llegó a mi mente. La certeza de lo extraño que era todo aquello me golpeó en la cara y tratando de recobrar algo de cordura, decidí no contestar a su mensaje. La sensación de ser un juguete en sus manos me obligó a mandar a la basura su email y cerrando el ordenador, salí a correr a un parque cercano.
A través del cansancio, conseguí que su recuerdo se fuera diluyendo poco a poco de forma que al final del paseo, lo había dejado apartado en un rincón de mi memoria de donde nunca debía volver.

Ese sencillo ejercicio de disciplina solapó las brasas pero no pudo apagar y por eso, nada más ducharme, cogí mi bolso y salí de mi casa. Mi hogar se había vuelto opresivo y costándome hasta respirar, llamé a Itxiar.

 

-¿Comes conmigo?- le pregunté.
Afortunadamente, no tenía nada que hacer y por eso, aceptó ir conmigo a un restaurante.  En cuanto la vi, me abracé a ella y llorando le expliqué lo que me había ocurrido. Mi amiga escuchó con escepticismo mi relato y solo cuando acabé de relatárselo me dijo:
-Hay una explicación lógica- su seguridad me hizo aferrarme a ella y por eso permanecía en silencio mientras me decía:- Ayer bebimos bastante y aunque no lo recuerdes, debiste de leer su mensaje antes de irte a la cama…- esa explicación tenía sentido, tuve que aceptar:…-Tu sueño solo fue una recreación de lo que habías leído.
Aun no convencida, mostré mis reticencias diciéndole:
-Pero es que esta mañana, el mensaje aparecía como no leído.
Soltando una carcajada, Itxiar me soltó:
-Debiste de marcarlo ser tu quien lo marcara como no leído pero no lo recuerdas porque estabas borracha.
Su sensata respuesta me convenció porque de no ser así, le estaba otorgando a ese supuesto amigo de unos poderes más allá de lo razonable.
-Tienes razón- respondí quitándome un peso de encima y ya totalmente tranquila disfruté con ella de una comida agradable donde la única consecuencia de la noche anterior, fue que no probé el alcohol.
Mi segunda pesadilla.
Esa noche al llegar a casa, me negué a abrir el ordenador. Aunque mi mente me decía que no me preocupara, seguía teniendo miedo de ese sujeto y de sus mensajes y por eso, antes de meterme en la cama, escribí en un papel:
“No he bebido y no he leído ningún mensaje”, tras lo cual guardé ese mensaje en el portátil y me fui a dormir.
La seguridad de tenerlo escrito me hizo conciliar el sueño y aunque en un principio dormí a pierna suelta, enseguida volví a soñar con él. Me vi en su compañía recorriendo un paraje boscoso. El sol calentando mi piel me informó que estaba desnuda. .
“Joder, estoy cachonda”, pensé en sueños.
La sensación placentera se transformó en una siniestra pesadilla, al ver que mi acompañante iba vestido con las gruesas ropas de cazador. Sin saber que se proponía, intenté tapar mi desnudez con las manos pero entonces le oí decir:
-Corre por tu vida.
Fue su tono frio lo que me obligó a salir corriendo. Completamente aterrorizada, hui a través de la maleza. Las ramas me arañaron sin piedad pero el terror a lo desconocido, me hizo seguir tratando de alejarme de él. Nunca había pasado tanto miedo, me veía muerta y descuartizada si llegaba a alcanzarme y por eso, seguí sin descanso recorriendo las cuestas de ese hasta entonces paradisiaco lugar.
Mi falta de forma provocó que a los pocos minutos me faltara el resuello y cuando estaba a punto de parar a descansar, escuché un disparo y a él gritando que venía  a por mí. Azuzada por el miedo, incrementé la velocidad con la que luchaba con alejarme. Jamás en mi vida me había visto en una situación semejante y con la respiración entrecortada, empecé a subir una cuesta.
En mi fuero interno sabía que ese desalmado a darme caza, mi única duda era cuanto tiempo podría mantenerme a salvo. Deseando despertar y volver a la comodidad de mi cama, alcancé la cresta para descubrir desde ese punto alto que no se veía rastro de civilización.
“Mierda”, exclamé reiniciando la marcha.

A mi espalda, escuchaba sus pasos porque recreándose en mi búsqueda, a voz en grito, me decía lo mucho que iba a disfrutar cuando me capturara.  Con nuevos brios corrí por mi vida. Olvidando el cansancio que se acumulaba en mis músculos, bajé por una vereda llena de olmos. Ya abajo, mi propia desesperación me hizo cometer un error del que pronto me arrepentiría. Al ver un hueco entre unas rocas, decidí esconderme a su amparo, creyendo que mi perseguidor pasaría de largo.

Con la piel erizada, al cabo de unos minutos, escuché que se acercaba. Tratando de taparme cogí unas ramas y tras ellas, me puse a rezar. Sin moverme, le vi llegar al olmedo. Me aterrorizó comprobar que cuchillo en mano, miraba el claro rastro que había dejado a mi paso.
“Estoy perdida”, me dije al ver que se agachaba y revisando unas hierbas recién pisadas, sonreía. La frialdad de esa mueca hizo que me meara encima sin moverme. Curiosamente el calor de mi orín me resultó reconfortante y suponiéndome a salvo, me quedé observando a ese cabrón.
“Esta bueno”, con disgusto confirmé al ver la fuerza que manaba de su cuerpo. “No puede ser que me ponga bruta”, me quejé al percibir que la situación me tenía alborotada.
Involuntariamente separé  los pliegues de mi sexo y cogiendo entre los dedos mi botón de placer, me empecé a masturbar. Estaba a punto de correrme cuando de pronto, ese capullo se levantó y miró hacia donde estaba escondida, diciendo:
-“Zorra, ya sé dónde estás”.
La seguridad de haber sido descubierta, me hizo reaccionar y saliendo de mi inútil escondrijo, salí nuevamente despavorida. Mi huida lejos de molestarle, le agradó porque así haría más larga mi captura.  Viéndome desaparecer tras unos matorrales, soltó una carcajada mientras gritaba:
-Corre, puta, corre.
Al escuchar su risa, me di la vuelta y descubrí que sin prisa, seguía mi pista. Temblando de terror, di un grito y me seguí moviendo a través de la espesura. Supe que paso a paso, ese cabrón me iba ganado terreno y aunque entonces me parecía inconcebible, su cercanía iba acumulando tensión en mi entrepierna.
“No piense y huye”, tuve que repetirme para acelerar mi paso.  
Sin saber que cuanto más acelerase antes me cansaría, intenté abrir un hueco de él. Mis intentos resultaron infructuosos y con el sudor recorriendo mi frente, al girarme comprendí que estaba aún más cerca.          
Desde veinte metros de distancia, oí su nueva amenaza:
-Guarra, ¡Pienso disfrutar de ti!
Desfallecida y totalmente agotada me dejé caer sobre la hierba. El malnacido prolongó mi debacle, acercándose despacio. En sus ojos descubrí la satisfacción del triunfo y nada mas llegar a mi lado, me dio violentamente la vuelta.
-Por favor, ¡No me mates!- imploré mientras ese cerdo me ataba las muñecas.
Intentando zafarme, le lancé una patada que sin dificultad evitó. Mi resistencia le satisfizo y muerto de risa, terminó de inmovilizarme los tobillos. Sabiéndome en sus manos y llorando a moco tendido, le rogué que me liberara jurándole que no diría nada a la policía.
Estaba totalmente vencida. Mi agresor me tenía en su poder y esa sensación me resultó terriblemente excitante. Fue entonces sin dignarse a responder, el cuarentón, me puso a cuatro patas y separándome las nalgas, rozó  con sus yemas mi ojete mientras se reía de mí diciendo:
-Ves cómo eres una sucia puta, mírate… estás cachonda- y antes de que pudiera contestarle, metió uno de sus dedos en mi  interior.
Su brusca caricia me hizo daño pero  temiendo su reacción, ahogué la queja y me quedé quieta esperando a ver mi suerte. Mi total entrega le azuzó a seguir  y poniéndose tras de mí, cogió su miembro y lo acercó hasta mi entrada trasera.
-¡No lo hagas!- chillé indefensa.
Haciendo caso omiso de mi ruego, me desfloró en plan salvaje. Esta vez no pude evitar que un alarido saliera de mi garganta al sentir forzado de esa forma mi esfínter y con lágrimas en los ojos, traté de relajarme. Mi agresor, entusiasmado por mi claudicación, se puse a cabalgar mi culo olvidando mis chillidos hasta que mi resistencia inicial se fue relajando y al poco de empezar a moverse, su pene campaba libremente. Sintiendo mi culo violado no paré de gritar.
-Cállate, zorra- ordenó sin dejar de tomarme.
Paulatinamente mis  gritos de dolor fueron increíblemente transformándose en  gemidos de placer al verme apabullada por el cúmulo de sensaciones. La ferocidad con la que violó mi trasero, me hizo descubrir mi lado masoca y por eso cuando lo terminé de asimilar, me vi desbordada por un siniestro gozo. Al percatarme de que me gustaba ser usada, pegando un berrido, le imploré que continuara.
Disfrutando como el hijo de perra que era, no hizo falta que se lo repitiera dos veces y cogiéndome de los hombros, incrementó aún más la profundidad de sus cuchilladas.
-¡Dios!- aullé en voz en grito por el gozo que estaba asolando mi cuerpo.
Mi imprecación fue el banderazo de salida para que decidido a someterme  azuzara mis movimientos con un azote. Al sentir el escozor en mis nalgas, como si hubiera abierto un grifo, mi sexo se llenó de flujo, dando como resultado  un arroyo de placer que empapó mis muslos.
-¿Estás disfrutando? ¡Guarra!- increpó sin dejar de machacar mi esfínter con su verga.
-¡Sí!- Tuve que reconocer anunciando de esa manera mi rendición.
Hasta ese momento, nunca había experimentado la sensación de ser poseída en  cuerpo y alma por ese tipo y eso elevó mi calentura hasta extremos impensables. Sometiéndome a sus dictados, moví mis caderas y me dejé conducir hacia el orgasmo. Tras unos segundos de agonía y retorciéndome entre sus piernas, me corrí pegando berridos mientras el cuarentón explotaba  llenando mi culo con su lefa, tras lo cual caí derrumbada sobre la hierba.
Aterrorizada por lo que había sentido, me desperté y solo cuando me vi en la seguridad de mi cama, conseguí relajarme. Durante largos minutos me quedé paralizada hasta que no pudiendo aguantar más en el colchón, me levanté.
Mis miedos se convirtieron en  franca desesperación cuando mirándome al espejo, descubrí los arañazos que me había provocado huyendo de él…
-¡Estoy perdiendo la razón!- exclamé al ver lo hilos de sangre seca sobre mi piel.
No pudiendo volver a la cama, deambulé toda la noche por mi casa sin saber qué hacer.  
 
Nuevamente leo mi email y descubro aterrorizada  su contenido.
 
Al amanecer, reuní el valor suficiente para encender mi ordenador. Los dos minutos que tardó en arrancar me parecieron una eternidad y temblando descubrí que en esa ocasión, me había mandado dos mensajes.
El título del primero decía lacónicamente:
-Tu sueño de esta noche.
Mientras que en el segundo pude leer:
-El futuro de mi zorra.
Sabiendo de ante mano que el contenido del más antiguo iba a ser una repetición de mi sueño, decidí directamente leer el último en llegar.
 
Con lágrimas en los ojos, lo leí detenidamente varias veces sin llegármelo a creer:
 
Para mi incrédula putita:
Como ya has experimentado en carne propia desde que aceptaste mi contacto, te has convertido en mi marioneta y aunque te alerté de que no me contestaras, pudo más la guarra que llevas dentro. Ahora no me puedes echar la culpa de tu desdicha, fue tu elección y por lo tanto voy a seguirte usando a mi antojo.
Jamás me verás en persona, pero todas las noches acudiré a tu lecho para disfrutar de ti sin que puedas hacer nada por negarte.  Jugaré contigo como nunca nadie lo ha hecho y pronto te darás cuenta que tu vida sin mis visitas no tendrá sentido.
Ese día dejaré de acudir a tu lado y desorientada, irás en mi busca.
Atentamente
 
Lucifer
Epilogo:
 
Han pasado ya tres meses desde que el diablo me hizo su primera visita. Cumpliendo su promesa, ese engendro me usó como le vino en gana. En su perverso modo de amar, me entregó a un grupo de violadores, me hizo probar el látigo de una dominatriz, fui sodomizada por un caballo e incluso me vi envuelta en una orgía de dolor y sangre en la que estuve a punto de morir.
Pero lo peor es que lleva una semana sin venir a verme. Las noches sin él no tienen fin… ¡Me siento terriblemente  sola!
Tal y como me informó, no resisto su ausencia y necesito volver a  verle. Me urge estar entre sus brazos y sentir sus rudas caricias.  
Sé cómo ir a su lado y por eso llevo dos días despidiéndome de mis amigos y familiares.
Ninguno ha entendido que les llegara  y les diera un abrazo como si esa fuera la única vez. No pude explicarles a nadie que esta noche, después de escribir estas letras como testamento, voy a reunirme con mi amado.
Tengo todo preparado: la copa de vino en la que he disuelto el bote entero de pastillas, sus cartas impresas que me han servido de compañía desde que desapareció y por eso, deseando estar presentable cuando llegue a su reino, me he puesto el último camisón que él me destrozó.
 
Adiós a todos. Cuando leáis esto, no lloréis por mí.
 
¡Estaré en el  infierno!