no son dos sino tres2 Estuve largo rato recorriendo la sandalia derecha de la trola con mi lengua.  Al igual que ocurriera antes, no hubo tampoco esta vez contraorden alguna al respecto; estaban, por otra parte, demasiado entretenidos.  Fui, por lo tanto, una vez más, yo misma quien decidió cuándo dar por terminada mi labor y, por alguna razón, permanecí allí, arrodillada junto a ellos, quienes se seguían besando al tiempo que ella persistía en masajearle la verga en tanto que él, ahora, le sobaba las tetas por encima del vestido.  Estuve un rato mirándolos estúpidamente y en algún momento me pregunté qué diablos hacía yo de rodillas.  Era como si de a poco yo misma fuera naturalizando mi propia humillación y degradación; si Franco y esa atorrantita habían querido conseguir en mí eso, lo habían logrado.
          Cuando terminaron con su insufrible franeleo, Franco me miró y me ordenó que fuera a buscar otra copa para reemplazar la que se había roto y que trajera más vino para los dos.  Así que, prestamente, fui a cumplir con lo ordenado.  Cuando volví, ella no estaba.
           “Fue al toilette un momento.  Ahora regresa.  Servile…” – me dijo, en tono a la vez explicativo e imperativo.
            Cumplí, por supuesto, con la orden y luego, sin dejar aún la botella sobre la mesa, elevé un poco mi vista hacia Franco pero no tanto como hacia su rostro; seguía con el pene afuera, tal como se lo había dejado la rubia.  Y la boca se me hizo agua.  Creo que me arrepentí toda mi vida de no haber contenido mi lengua al hablar en ese momento.
            “Franco…”
            “¿Sí, doc?” – se mostró sorprendido.
            “Q… quiero chuparte el pito… P… por favor, dejame hacerlo”
             Me sentí morir apenas lo dije.  ¿Por qué no me había mordido la lengua?  Franco carcajeó y palmoteó en el aire.
             “Epa, doc…, estamos con hambre, parece, jeje… y sí… ahora me doy cuenta de que no almorzó”
            Con todo lo hiriente y degradante que era su comentario, creo que una luz de esperanza se encendió en mi interior y me dio la impresión de que él lo notó porque mis ojos se deben haber iluminado.  El corazón me comenzó a latir más a prisa al interpretar que tenía alguna chance.  Quizás, después de todo, mi jugada de abordarlo en ausencia de la putita no hubiera sido tan mala.
             “Pero… sería un poco descortés con la invitada, ¿no le parece, doc?”
             La fugaz esperanza que se había construido por un segundo, cayó al piso haciéndose añicos.  Para colmo de males la odiosa rubiecita ya estaba de vuelta con rapidez asombrosa en una mujer, casi como si hubiera previsto que algo pudiera cocinarse a sus espaldas si se prolongaba mucho su ausencia.
              “¿Hablaban de mí? – preguntó, con la alegría que siempre la caracterizaba -.  ¿Me perdí de algo, chicos?”
              Bajé la vista avergonzada como un niño a quien han sorprendido en una travesura.  Aun después de todo lo que me habían hecho y a lo que me habían sometido, todavía era capaz de experimentar alguna culpa por haberle querido serruchar el piso mientras ella estaba en el baño.
              “Je… nada – respondió Franco -.  Parece que la doc se quedó con hambre…”
             “Uuuy – se lamentó ella, de modo notablemente fingido -.  ¿No te hiciste algún canelón de más, amor?  Yo igual dejé medio en mi plato; debe estar bastante frío ya, pero bueno…”
               No había forma de que no fuera humillante con cada cosa que decía.  Prácticamente sugería que me comiera sus sobras, tal como se hace con los perros.
               “No, no – intervino Franco -, no es esa clase de hambre la que tiene.  Quiere una pija”
              El comentario de Franco fue para mí como un puñetazo directo al mentón.  Honestamente no lo esperaba; había creído, ingenuamente, que desviaría el tema.    
              “Aaaay, pobrecita, claro… – otra vez el falso tono de lamento -; qué desconsiderados que hemos sido: de tanto vernos a nosotros se debe haber mojado como una esponja,  jaja”
             

Me quedé dura.  No podía creer estar siendo degradada verbalmente de ese modo, pero más me turbaba el tratar de dar un sentido a las palabras de supuesta conmiseración por parte de la muchacha.  Por un momento se me cruzó por la cabeza la idea de que estuviera a punto de sugerir un trío.  La idea, no sé con qué fundamento, me aguijoneó durante un segundo en la mente y me dije: ¿y por qué no?  ¿No sería para esa altura el mejor premio consuelo esperable?  Sin embargo, algo en la actitud inmediata de la chica no pareció encajar con mi poco sólida presunción: tomó su celular y pareció marcar un número.

               “¿Qué hacés?” – preguntó él, intrigado.
                “Llamo a mi hermano – respondió ella, súbitamente seria -.  Tenemos que encontrarle una verga a la doctora ya mismo”
                Abrí los ojos enormes con expresión de horror.  Miré una vez más a Franco, ya a esa altura no sabía ni para qué: ni siquiera me miraba; tenía los ojos clavados en ella.  ¡No podían hacer lo que estaban haciendo!  ¿Qué era yo después de todo?  ¿Una perra en celo a la que había que conseguirle perro?… En fin, quizás no era la mejor analogía porque era precisamente en eso en lo que me había ido convirtiendo.  La situación era, en sí, tan absurda, que costaba creer que estuviera pasando.  Sin embargo, ellos se comportaban con absoluta naturalidad y, poco a poco, iban consiguiendo que yo misma empezara a aceptar parte de esa naturalidad.  Ella marcó el número y quedó a la espera; se llevó el celular a la oreja y resopló un par de veces con impaciencia, con la vista bailoteándole entre puntos indefinidos del techo.
                “Siempre igual este pelotudo – refunfuñó -.  No me contesta el pedazo de retardado.  Así no la va a poner nunca…”
               Franco festejó el comentario.  Ella, olvidado su llamado inicial, se puso, en apariencia, a rebuscar en su directorio.  Cada tanto parecía detenerse en algún nombre y ladeaba la cabeza de un lado a otro o bien gesticulaba como si estuviera calculando o sopesando algo; parecía como que no daba con el candidato justo.  De pronto se le iluminaron los ojos.
              “¡Jona! – exclamó – Ahí está, perfecto… Él siempre anda solito, pobre”
              Mi resignación se conjugaba con la sensación de sentirme poco, muy poco.  Una chiquilla veinteañera estaba decidiendo mi entrega como si yo fuera una cosa.  Además, mejor no pensar lo que sería “Jona” si, como ella acababa de decir, siempre andaba solo.  Imposible esperar a Brad Pitt.  Rogué internamente que la comunicación no entrara o que, como había ocurrido antes con el hermano de la jovencita, no contestase, pero, por desgracia, respondió.
               “¡Hola Jona!  ¿Qué hacés, lindooo??? – saludó ella efusivamente -.  Che, ¿qué andás haciendo?… Ahora, sí, en este momento te digo, pelotudo, ¿qué estás haciendo?… ¿Nada como siempre?… Atendeme, ¿tenés ganas de ponerla?… Jaja, siempre igual vos… Conmigo olvidate, somos amigos, nene, ya lo hemos hablado, pero tengo una chica para presentarte…”
               La conversación siguió durante un rato como si yo ni siquiera existiese.  Ella le terminó pasando la dirección del lugar y, al cortar, sonrió con satisfacción; me miró y me guiñó un ojo:
              “¡Listo! – dijo -.  Todo arreglado, amor.  Quedate tranqui que en un momentito chiquitito chiquitito – hizo un gesto apretando entre sí las yemas de sus dedos pulgar e índice – vas a tener una linda verga.  Hmmm, no es muy lindo te voy a decir…; más lindo es mi hermano pero el boludo no sé qué hace con el teléfono.  Jona es… hmmm… buen chico – quedaba en claro, con sus palabras, que carecía de todo atractivo físico -, pero con las mujeres no hay caso… No se puede levantar ni a la mañana.  Así que bueno, se puso contento… y con la alzadura que tiene ese guacho, en un toque lo tenemos acá, jaja”
              Franco, que había presenciado todo el episodio con una pasividad absoluta, se remitió sólo a reír con ella.  En un momento me miró:
                 “¿No estás feliz?” – me preguntó.
                La pregunta, por supuesto, sonaba a burla.  ¿Cómo podía yo estar feliz de ser usada como si fuera un objeto o un animal para reproducción?  Así y todo, bajé la vista y, con voz débil, respondí:
               “Sí”
               Yo no sé qué tan lejos viviría el amigo de la vendedora, pero no miento si digo que en diez minutos ya estaba ahí.  Cuando la joven, presurosa, corrió a recibirlo y lo vi entrar, las pocas esperanzas que tenía de que, al menos fuera un chico pasable, se me hicieron trizas.  ¿Por qué diablos no habría contestado el hermano de la zorrita?  Al menos había una buena chance de que fuera tan lindo como ella aun a pesar de la queja de su hermana en el sentido de que nunca la ponía.  Pero “Jona” carecía de todo atractivo: cara alargada de fuerte cariz equino y una nariz exageradamente aguileña, además de un físico que, por supuesto, estaba muy pero muy lejos de ser apetecible para una mujer: algo gordo y con la barriga colgando sobre la cintura, hombros caídos y brazos largos.  Sería un poco cruel e injusto decir que era un monstruo, pero era la clase de chico que una calificaría como “incogible”.  Como si fuera poco, su expresión, sus gestos y sus palabras daban la sensación de que tenía pocas o bien ninguna luz.  No sé de dónde habría trabado amistad con la vendedora, quien incluso daba la sensación de ser cuatro o cinco años menor.  Ella lo trajo a través del comedor prácticamente colgada de su cuello.  Luego de presentárselo a Franco, lo ubicó frente a mí tomándolo por los hombros y me señaló:
               “¿Qué te parece?  ¿Te gusta?” – le preguntó.

              Él me miró con una expresión absolutamente bobalicona.  Daba la impresión de no entender qué estaba pasando y era entendible.  Si la situación, ya de por sí, estaba lejos de ser verosímil, a eso había que sumarle la aparente estupidez que dimanaba su expresión.  Quizás soy mala al emitir tal juicio sobre el muchacho, pero supongo que el lector sabrá entender en qué contexto lo estaba yo conociendo.

                “¿Te gusta o no?” – insistió la turra, quien ni siquiera había tenido la delicadeza de presentarnos.   Él no contestó; sólo me miraba, pareciendo algo superado por la situación.
                Ella se acercó a mí, me quitó el delantal que aún llevaba puesto, derribando así la última barrera que el pudor interponía entre aquel desconocido yo.  Mi cola a la mitad y mi conchita quedaron expuestas y la putita se encargó de tomarme por una mano y hacerme girar sobre sí misma de tal modo de mostrarle mejor al joven mis atributos.
                 “¿Viste qué linda es?” – le preguntaba ella, con su insoportable insolencia que parecía no conocer límites.
                  “Sí, sí – asintió él, que no paraba de comerme con la vista -.  Es… muy linda.  ¿De dónde la sacaste?”
                 “Ay, no me jodas – le replicó ella, con evidente expresión de fastidio -.  Menos pregunta Dios y perdona… ¿O no?  ¿Así es cómo agradecés la amiguita que te conseguí?  ¡Qué ingrato de mierda que sos, eh!” – a pesar del tono de reprimenda, había evidente ironía en las palabras.
                “Jeje, no, no… – rió él, siempre de manera tonta -.  Está todo bien, diosa… Es solamente que…”
                “Ay, por Dios… ¡hombres!  Me hacés acordar a mi hermano.  No me rompas… ¿Te gusta o no?  Si no te gusta, llamo a otro”
                 “Eh, no, no… – el joven pareció súbitamente desesperarse -.  Claro que me gusta; te dije que es… muy linda”
                   “Me alegro – dijo la vendedora -, te comento: la señora es médica y es… bueno… jaja, ya dije señora, o sea que es casada – me tomó por la mano izquierda y la izó, exhibiendo mi anillo; una repentina sombra de desilusión pareció apoderarse del talante de Jona ante la mención de mi estado civil -, pero bueno, eso es lo de menos porque… ¿Sabés qué es lo que quiere la doctora?  ¿Sabés qué quiere?”
             Él negó con la cabeza del mismo modo estúpido en que antes había asentido.  Pobre chico; puede sonar muy loco, pero casi me empezaba a dar lástima.  Él, de algún modo, también era un juguete en manos de su amiga.  Una especie de interjección gutural salió de su garganta en lo que pudo, con mucha imaginación, haber sido un “no”.  Ella se le acercó y le habló al oído.  No se sabía por qué la idiota ahora guardaba tanta reserva después de la cantidad de cosas que había hablado sobre mí en mi presencia.  Pude, más allá de eso, ver cómo los ojos de Jona se iban encendiendo a la par que su rostro se iluminaba en la medida en que las susurradas palabras de la vendedora ingresaban en su oído.  Cuando dejó de susurrarle, ella se dirigió a Franco, convertido desde hacía un rato en sólo un sonriente espectador:
            “Fran, mi bomboncito… ¿A qué pieza pueden ir para tener intimidad?”
            “A la de mis viejos – respondió, señalando con un dedo pulgar por encima del hombro -.  Hay cama doble así que ahí van a estar cómodos”
              La excitación de saberme entregada por mi macho se combinaba de manera extraña con la degradación a que yo estaba siendo sometida por la vendedora.  La putita, prácticamente, arrastró a su amigo hacia mí y, luego, colocándome una mano a la espalda, me fue llevando hacia el cuarto señalado por Franco, a la vez que con su otra mano llevaba del brazo a Jona.  Casi literalmente, nos arrastró y nos arrojó dentro de un espacioso cuarto ocupado en su centro por una gran cama matrimonial.
              “Que se diviertan; son RE lindos los dos… ¡Pásenla divinooo!!!” – dijo, siempre sonriente y cerrando la puerta detrás de nosotros.
                Quedé allí, impávida.  Parada en el medio de la habitación y encarada con un chico de aspecto estúpido al que no había visto nunca hasta ese día.  Mantenía yo mis manos entrelazadas por encima de mi sexo de tal forma de cubrírmelo, tratando de salvar algo de pudor en aquella situación inimaginable para cualquiera.  ¿Cómo había llegado a esa locura?  No paraba de preguntármelo…
               “No te tapes” – me dijo él, señalando hacia mi zona genital.
                Yo estaba tan turbada que no entendí la pregunta o no quise entenderla.  Tardé un rato en asimilarla.
                “Sos muy linda, ¿por qué te tapás?” – insistió él.
                Con la resignación propia de quien se sabe sin fuerzas para oponer resistencia, separé mis manos y las dejé caer a ambos lados de mi cuerpo.  Otro duro golpe para mi pudicia.
                “Muuuy linda – reafirmó él -.  A ver, date la vuelta…”
                 Despaciosamente me giré para cumplir con lo que me pedía y así mi cola quedó expuesta ante él.    En ese momento, estando de espaldas, esperé algún contacto pero no se produjo.  De pronto sentí sus pasos pero no venía hacia mí; al mirar por el rabillo del ojo lo vi sentarse sobre la cama matrimonial.
                 “A ver… acercate” – me invitó.
                  Yo estaba dura, casi imposibilitada de dar un paso para esa altura.  Me costó despegar mis tacos del piso para ir hacia él; era como si algo me mantuviera clavada.  Justo en ese momento llegaron a mis oídos desde el comedor las risitas alocadas de Franco y la vendedora.  Otra vez la sensación de desgarrarme por dentro.  Junté fuerzas a pesar de ello y caminé hacia Jona.  Una vez que me tuvo de pie ante sí, él, siempre sentado sobre la cama, me tomó por la cintura y me hizo girar levemente hasta ponerme de perfil con respecto a su posición.  Acto seguido, sus manos comenzaron a recorrerme.  Una la apoyó sobre mis nalgas y prácticamente no la despegó de allí por largo rato; me las sobó durante varios minutos de un modo extraño e indefinible: me sentía como si estuviera siendo toqueteada por un niño.  En algún momento se dedicó específicamente a mi zanjita entre ambas nalgas y la recorrió con sus dedos de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo varias veces.  Su otra mano, en cambio, jugueteó por delante de mí, recorriendo primero el espacio entre mis muslos y luego masajeando mi vagina.  Imprimía, a cada uno de sus actos, una cierta torpeza que no rayaba en la ordinariez sino más bien en la candidez; y ello, de modo extraño, me provocó excitación.  Un largo gemido, casi un grito diríase, de la vendedora, llegó procedente del comedor y entró en mi oído como un bisturí sin esterilizar.

          “Parece que se divierten aquellos dos, eh” – comentó el muchacho sin dejar de tocarme.  Ignoro si esperaba alguna acotación de mi parte pero nunca llegó: yo sólo sentía rabia, dolor, envidia y frustración.  Cada vez que algún sonido de placer emitido por Franco o por la joven llegaba hasta mis oídos, mi espíritu, inevitablemente, se trasladaba a otro sitio, aun cuando mi cuerpo siguiera allí, palpado y toqueteado como si fuera una mercancía a la que se le comprueba la calidad.

           “¿Cuál es tu nombre?” – me preguntó el chico.
           “Mariana” – contesté lacónicamente, devuelta de pronto a la realidad de la habitación en que me hallaba.
            Un rato de silencio siguió a mi respuesta.  Se notaba en el joven una fuerte timidez que, casi con seguridad, sería aun mayor al tratar con mujeres.  Sería por eso que, a veces, transcurrían largos silencios entre un comentario y otro, una pregunta y otra.
              “¿Y sos doctora?” – preguntó finalmente.
              “Sí, lo soy”
                Largo rato de silencio otra vez.  Sus dedos seguían jugando con mi raja y con mi canaleta.
                “Mirá vos… – dijo -.  ¿Y es verdad que sos casada?”
                No respondí.  Simplemente tendí mi mano hacia él mostrándole nuevamente el anillo: una forma de dar a entender que eso ya estaba dicho.  Lo vi asentir con la cabeza.
               “¿Te comento una cosa?” – espetó, de repente.
               Lo miré de soslayo.
                “¿Qué?”
                “Nunca estuve con una mujer…”
                 Su rostro asumió un cariz terriblemente triste.  Aunque sea difícil de creer para el lector, en ese momento me enterneció.  Sí, lo sé: como siempre digo y a pesar de que toda mi vida he defendido al género femenino, las mujeres tenemos que admitir que somos medio pelotudas en ese aspecto.   Vemos a alguien triste y nos inspira una piedad casi maquinal.  Giré la cabeza sobre mi hombro par a mirarlo más directamente.
              “¿Y con un hombre…?” – pregunté.
              “No, no… – negó riendo, aunque su rostro súbitamente se ensombreció -, bueno, no sé…, pensándolo bien, no sé… Tendría unos dieciséis años cuando un chico me rompió el culo… No quiero hablar mucho de eso, pero… lo único que puedo decirle es que en todos lados me tenían de punto: en el colegio, en el club…Pero, bueno, no me gustan los hombres, je…”
                Ya lo dije.  Somos medio pelotudas.  Tanto arrebato de sinceridad me pudo, me provocó algo.  Ahora entendía por qué al sentir sus manos sobre mí, me daba la sensación de ser tocada por un chico.
                “¿Y ahora cuántos años tenés?” – indagué.
                “Veintiséis” – dijo, con evidente vergüenza.
                 Cuán extraña puede ser a veces la mente y cuán sorpresivos los cambios que transita.  Con todo el odio visceral que yo sentía por la detestable rubiecita que, en ese mismo momento, se estaba cogiendo a Franco, experimenté súbitamente una muy rara admiración por ella, ya que quedaba claro que como amiga era realmente digna de reconocimiento.  Ella me había entregado como si fuera yo un presente o un objeto, sí, pero lo había hecho para hacer sentir un poco mejor a un amigo frustrado que no sabía lo que era el contacto íntimo con una mujer.  Sé que suena retorcido y hasta enfermo, pero lo que describo era exactamente  lo que me estaba pasando.  Me quedé mirándolo sin decir palabra mientras sus manos seguían recorriéndome.
                “¿Tenés hijos?” – me preguntó.
                “No” – le contesté, con una ligera sonrisa.
                 Bajó la vista.  Ladeó la cabeza de un lado a otro, como en actitud incomprensiva.
                 “¿Cómo puede ser? – preguntó, dando la impresión de hacerlo más para él mismo que para mí -.  Si yo fuera tu marido te haría por lo menos cuatro”
                    Qué increíble.  El comentario era guarro y a la vez dulce.  Le retiré suavemente sus manos de mi cuerpo y me giré más decididamente hacia él.  Lo tomé por el mentón para que levantase sus ojos hacia los míos y me incliné para besarlo en la frente.  Fue lo que me salió.
                    “Gracias” – le dije, casi en un susurro.  Acababa de agradecer a alguien por decir algo que, de habérmelo dicho un desconocido en la calle, le hubiera valido de mi parte ser mandado a la mismísima mierda.  Pero la inocencia de Jona hacía distinto todo.  Era un nene, un nene grande…
                    Creo que el siguiente paso estaba más que obvio y, muy locamente, yo empezaba a verlo como que quizás el muchacho se lo merecía.  Me arrodillé frente a él y le desabroché el cinto.  Se puso muy nervioso; se notó.  Apoyé una mano sobre su pecho para calmarlo.
                  “Tranqulito – le dije -, quedate tranquilito… Relajate y nada más”
                 Una vez que le desprendí el pantalón y le bajé el cierre, deslicé mi mano por dentro de la bragueta y luego por debajo del calzoncillo.  Se le había puesto dura.  Era lógico.  Intenté sacarle el pito hacia afuera pero me fue imposible así que lo insté a ponerse de pie durante un instante para bajarle tanto el pantalón como el slip.  Buena pija.  Para ser que yo no había almorzado, no estaba nada mal.  La tomé entre mis dedos y me dediqué a lamerle con mi lengua el tronco completo para, luego, dedicarme con más esmero a la cabecita.  Tracé círculos en torno a ella y jugué muy especialmente allí donde glande y prepucio se unen.  Eso lo puso a mil y hasta temí que acabara de un momento a otro; por eso mismo, se la mamé un poco pero me interrumpí ante el peligro de una eyaculación precoz.  Lo miré a los ojos; estaba como fuera de sí.  Me trepé a la cama y me puse en cuatro.
                “Cogeme” – le dije, mirándolo por sobre mi hombro.
                 Lo noté confundido.  Era su primera vez, después de todo.  Se colocó, no obstante, de rodillas detrás de mí y me tomó por las caderas.  Estuvo un rato tratando de introducir su pene en mi vagina pero sin lograrlo, razón por la cual yo misma tuve que pasar una mano por debajo del hueco entre mis piernas y guiárselo hasta el objetivo.  En otra situación y dado que (cosa rara últimamente) estaba siendo yo quien imponía la forma, le hubiera colocado un preservativo, pero la realidad era que habían quedado en mi guardapolvo una vez más y que la vendedora nos había arrojado prácticamente a la nada dentro de aquella habitación.   Al principio empujó con toda fuerza, tanto que me hizo arrancar un grito tan lastimero que se preocupó.
                   “¿Estás bien?” – me preguntó; un dulce.
                    Volví a llevar mi mano por entre mis piernas y le acaricié los huevos.
                  “Estoy perfecta, dale sin miedo”
                   Envalentonado por mi aprobación, volvió a acometer contra mi sexo y lo hizo una y otra vez.  Lo hacía con cierta torpeza, desde ya, pero a la vez con esa misma inocencia con que, momentos antes, se dedicara a toquetearme.  Debido a su estilo, novato y algo aparatoso, no había ni modo de comparar con Franco así que era imposible pensar en él; por otra parte, en este caso prefería no hacerlo.  Aun así, los jadeos de Franco y los frenéticos gemidos de la vendedora reaparecían cada tanto procedentes del comedor y ello conspiró en algún momento contra una debida erotización; sin embargo, los efectos eran contradictorios, ya que la rabia y la envidia se mezclaban con la excitación que me producía oírlo a mi macho gozar de esa manera y con la que me provocaba la tan particular cogida que estaba yo recibiendo.  Acabó rápido; era previsible ya que no estaba acostumbrado a manejar los tiempos.  Lo lamentable del asunto fue que yo no llegué, pero por otra parte me dejaba con la satisfacción del deber cumplido.  Sí, sé que el lector se preguntará en qué decadente abominación me estaba yo convirtiendo para pensar de ese modo pero, bueno, yo también me lo he preguntado y me lo sigo preguntando.
               Quedó abatido sobre la cama, luego de jadear tanto que hasta me pregunté si no estaría sufriendo alguna convulsión, pero no: era tan sólo la incomparable excitación de su primera vez.  De pronto la vendedora irrumpió en la habitación abriendo la puerta sin previo aviso y trayendo de la mano a Franco: sensación de parejita feliz. 
             “¿Y? ¿Qué tal lo pasaron?” – preguntó, jovial y con una sonrisa de oreja a oreja que evidenciaba haber tenido un orgasmo realmente celestial con Franco.  Entre las mujeres sabemos reconocer cuando alguna acaba de ser cogida y, sobre todo, si ha sido bien cogida.  El talante no se compara a nada.
             “… Bien…” – contestó Jona, a quien,de tan extenuado, le costó sacar una palabra.
              El rostro de ella se encendió.  Soltando la mano de Franco, se inclinó hacia su amigo y tomó el rostro entre sus manos para besarlo efusivamente en una mejilla.
              “¡Cuánto me alegro! – exclamó y repitió el beso un par de veces -. ¿Viste qué buena amiga que tenés?  A ver, decime, ¿quién te consigue una chica como la que te conseguí? Jiji…”
              “Nadie… – contestó él, siempre con la respiración algo entrecortada… – Sos una amiga increíble.  Te quiero”
              “Mmmmuuack… Yo también te quiero mucho”
              Qué raro todo.  La escena era increíblemente perversa y, a la vez, emocionaba.  Me pareció que un par de lágrimas brillaron en los ojitos de ella y que estaba increíblemente feliz por haberle hecho un favor a su amigo.  Favor muy especial, desde ya…
            “Aaaay qué cansada estoy – dijo después, girando hacia mí y acercándose a mi oído para hablarme en un susurro -.  ¡Cómo coge Franco!”
            
           La siguiente hora discurrió en la nada.  Franco y la turrita charlaron de todos los temas posibles en el comedor; Jona, por su parte, era una especie de invitado silencioso que sólo opinaba cuando su amiga le requería opinión.  Yo no me senté a los sillones como sí lo hicieron ellos; me pareció que no me correspondía hacerlo y creo que estuve en lo correcto porque jamás me invitaron a hacerlo.  Les serví algunas bebidas y me quedé de pie junto a ellos.  De pronto la zorrita miró el reloj y abrió grandes los ojos:
               “Uy, la puta…, la hora que se hizo”
                 Su comentario no sólo venía a indicar que se iba sino además que la sobremesa o como se la quisiera llamar, ya había terminado.  Franco se puso en pie y también lo hizo Jona.
                 “Ah… – intervino Franco, como acordándose súbitamente de algo -.  Casi nos olvidamos de lo que habíamos quedado en pedirle a la doc…”
                La jovencita abrió los ojos aun más.
                 “¡Cierto! – aulló -.  Menos mal que me hiciste acordar. Mmmmuack – lo besó en la nariz -.  Cómo te quiero bombón… – luego se giró hacia mí -.  Escuchame, yo hoy falté a mi trabajo para poder venir acá.  Vos, que sos médica, ¿no podés hacerme un certificado como que estoy enferma?”
               Touché.  Claro: no iban a dar por terminada la jornada sin humillarme una vez más.  Ella no había ido a trabajar para poder pasar el día de su vida con Franco, con mi Franco… y ahora encima era yo quien debía dar el aval profesional para justificar su inasistencia.  Odio.  Odio una  vez más… Me quedé un momento en silencio, como barajando sus palabras o no asimilándolas aún del todo.  Ella puso cara de consternación.
              “Ay, no me digas que no andás con recetario encima”
              Me dio, sin querer, una buena chance para mentir.  Sin embargo, no pude hacerlo, no con Franco presente en el lugar.
              “Sí, arriba del auto” – dije, con voz fría y apagada.
               “Aaaay, qué buenooo – palmoteó en el aire y saltó en el lugar sobre sus tacos -.  Sos una genia, doc… Bueno, ahora en cuanto salimos, pasamos por tu auto y me lo hacés, ¿sí?”
               

 Momento de las despedidas.  Nunca supe a qué se debía la prisa de ella en irse, pero Franco manifestó en un par de oportunidades que, a partir de las cuatro, había riesgo de que sus padres cayeran de un momento a otro o, al menos, su madre.  Quien se despidió de mí de modo más sentido fue Jona; sus ojos denotaban un profundo y sincero agradecimiento que no era capaz de expresar con palabras.   Hay que decir que cuando miraba a su amiguita se veía lo mismo; era un ser sin maldad, agradecido con todos.  Yo me calcé el guardapolvo y tanto Franco como la putita me acompañaron hasta el auto.  Una vez allí, tomé mi recetario, le pedí su nombre y diagnostiqué una gastroenterocolitis.  Si una mancha le quedaba por agregar a mi historia profesional era la de la falta de ética.  Ella me agradeció alegre e irónicamente y me besó con fuerza en la mejilla; volvió a darme la odiosa palmadita en la cola, esta vez por encima del guardapolvo.  Quedé luego encarada con Franco; por unos segundos no nos hablamos sino que permanecimos estáticos, mirándonos el uno al otro.  Mis ojos, estoy segura, rezumaban angustia, pero a él se le notaba relajado y sonriente.  Ignoro si era capaz de captar todo lo que mi mirada le estaba diciendo.

                  “Chau, doc, cuidate…” – me dijo simplemente.
                  Hubiera esperado, desde ya, una despedida más sentida o, cuanto menos, más efusiva, pero fue así de frío y lacónico, como si de pronto se le fueran todas sus dotes de seductor y se encargara de recordarme que tenía apenas diecisiete años y que, después de todo, era sólo un chiquillo, un adolescente en plena etapa del “yo”.  ¿A quién le importaban mis sentimientos?  Por lo pronto, quedaba en claro que a él no; o bien era posible también que su frialdad fuera justamente una imagen que me quería transmitir a los efectos de que yo comprendiera mi lugar de hembra frente al macho dominante.  Finalmente no me sostuvo más la mirada; se giró y se encaró con la zorrita.  Quedaron confundidos una vez más en uno de esos besos larguísimos e interminables, comportándose como si yo no existiese.  Me subí al auto y me marché.  Ni siquiera miraron hacia mí al encender el motor.
           
           ¿Volver a casa?  De momento impensable e imposible.  Tenía que cambiarme, ducharme, quitarme un poco de maquillaje, pero más allá de eso la realidad era que me sentía tan pisoteada que no podía ir y mirar a la cara a Damián.  Mi ánimo estaba por el piso y mis pensamientos sólo tenían como destinatario a Franco.  Llamé, de todas formas, a mi marido, una vez que estuve en el consultorio: le aclaré que había tenido complicaciones y que volvería más tarde.  Mis excusas, por cierto, empezaban a ser cada vez menos elaboradas y explícitas, pero del mismo modo los pedidos de explicaciones por parte de Damián eran también cada vez menores.  ¿Qué le pasaba?  ¿Sospechaba?  Si lo hacía, después de todo, era perfectamente lógico considerando mi comportamiento de las últimas semanas.  Contrariamente al plan con el que había ido al consultorio, no me bañé ni me cambié; era tanto el abatimiento que me dejé caer, primero sobre mi escritorio y luego echándome sobre la camilla.  Y sólo pensé en él: Franco, Franco, Franco… En algún momento me dormí.  Cuando desperté era ya de noche; eché un vistazo al celular para comprobar si no habría mensajes o llamadas perdidas de mi esposo, pero no…, no había nada.  Me quedé abstraída, tratando de removerme un poco la modorra y la angustia que me oprimía el pecho; tuve, obviamente, más suerte con lo primero que con lo segundo. 
            Sentí necesidad de tomar el auto y salir a dar una vuelta.  No hace falta que diga al lector que mis manos y mis pies, casi como si fueran movidos por una fuerza superior, guiaron el vehículo hasta el barrio de Franco.  Pasé por la casa.  Estacioné enfrente.  Irresponsabilidad absoluta.  Ser reconocida allí y a tan avanzada hora podía implicar problemas tanto para él como para mí.  Pero la necesidad de sentirme cerca fue más fuerte.  Me quedé mirando un rato hacia las ventanas de las cuales emanaba luz.  Me marché finalmente, apelando al sentido común.  Otra vez volvía a estar casi sin nafta y recordé de inmediato la estación de servicio cercana, la misma en que me había detenido la noche del sábado, cuando tras la “fiesta” con los chicos había caído también en la tentación de pasar por la casa de Franco.  Al llegar reconocí al mismo empleado: muchachito lindo y atractivo, rasgos suaves pero varoniles, ojos claros.  Se acercó presuroso a pedirme la llave y yo estaba tan idiota que lo miré un rato como no captando qué me decía: no sé, para esa altura, qué pensaría el joven de mí ya que cada vez que me caía por la estación de servicio, me veía casi hecha una zombie.   Le di la llave y el importe por la carga y él, solícito, giró por detrás del auto para conectar al tanque la manguera del surtidor.
             Y yo sólo pensaba en Franco.  Qué estúpida: me daba cuenta ahora de que, finalmente, ni siquiera le había dicho nada sobre las fotos que le habían enviado con mi celular, las cuales tanto me inquietaban y que  habían desaparecido.   A tal grado habían llegado mi obsesión, mi obnubilación y mi estupidez que me había olvidado del motivo más importante que tenía para ver a Franco.
             “¿Quiere que le repaso los vidrios, señora?”
               Me devolvió a la realidad el empleado de la estación, quien se hallaba al otro lado de la ventanilla ofreciéndome de vuelta la llave, concluida aparentemente la labor de echar combustible en el tanque.
                “S… sí”– le dije.  Y mientras él, prestamente, ya estaba echando agua y pasando una esponja por el parabrisas, yo rebusqué en la guantera a la búsqueda de alguna moneda o algún billete de poco valor que pudiera servir de propina por el servicio extra.
             Mi cabeza seguía en cualquier lado.  Una a una revivieron las imágenes de aquella jornada: Franco y la chiquilla gozando alocadamente, yo practicándole sexo oral a una minita odiosa y un joven sin experiencia alguna cogiéndome en cuatro patas en lo que, dentro de todo e inesperadamente, había sido para mí el momento más gratificante.  Y al pensar y repensar en todo lo ocurrido, recalé en el hecho de que yo era la única que no había tenido un orgasmo.  Ni uno…
   

          No encontré ni moneda ni billete para la propina; los que había eran todos de alto valor y no daba para entregárselos a un playero por un simple repaso de vidrios.  Por cierto, el joven ya estaba terminando con la luneta trasera.  No sé qué me pasó entonces, pero me bajé del auto y me quedé de pie a un costado; miré al muchacho quien, durante algún momento más, siguió con su tarea y pareció ni siquiera darse cuenta de que yo me había bajado.  Desprendí el guardapolvo y me lo eché por sobre los hombros, dejando al descubierto mi cuerpo enfundado en el erótico conjunto de lencería y, obviamente por delante, mi concha.  Una locura.  Si me piden que explique a ciencia cierta qué me pasó, no podría.  Yo sólo sabía que era la única que no había tenido un orgasmo en ese día.  Cuando el muchacho acabó con la luneta y se aprestaba a volver junto a la cabina para buscar su premio, se quedó petrificado.  No era para menos.  Podría haber esperado una propina, pero no tanta.  Los ojos se le abrieron cuan grandes eran y la mandíbula se le cayó ante el espectáculo, seguramente poco frecuente, que tenía ante la vista, mientras sostenía en sus manos un balde y un cepillo esponja. 

                “Cogeme ya – le dije, a bocajarro -, en donde sea.  ¿Tenés algún lugar por ahí?”
                 Se me quedó mirando sin poder salir de su incredulidad; tardó un rato en responder.
                  “Sí, sí… claro… – dijo, dibujándose al fin en sus labios una sonrisa que bien podía ser vista como la de alguien a quien se le acaba de presentar, en bandeja, la oportunidad de su vida -.   Pase por acá, s… señora”
                  Eran tantas su excitación y sorpresa que soltó el balde y el cepillo, dejándolos caer.  Se acercó y me tomó por la mano, guiándome hacia un estrecho pasillo que corría por detrás de una heladera y que, al parecer, conducía a los baños.  En el momento de girar, le habló a alguien:
                   “Cuidame la playa un toque… Si cae alguien, decile que espere, que… estamos haciendo el cierre de caja…”
                  Recién en ese momento recalé en que, semioculto en las sombras, había un hombre cincuentón vestido con uniforme de seguridad.  La expresión de su rostro denotaba no entender absolutamente nada; ni siquiera contestó a lo que le dijo el muchacho.  Un instante después, apenas hubimos girado alrededor de la heladera y estuvimos en el pasillo, él me puso de espaldas contra la pared y, en un impulso irresistible e incomprensible, lo besé llevando mi lengua lo más profundo que pude hacia su garganta.  Él aceptó mi beso, por supuesto, y mientras nuestras lenguas se entrechocaban y nuestras salivas se mezclaban, me aferró con ambas manos por las caderas y me alzó un poco, siempre sosteniéndome contra la pared.  No sé en qué momento se había desprendido el pantalón, pero  ya lo tenía por las rodillas.  Lo rodeé con mis piernas, entrecruzándose mis tacos apenas por debajo de su cola y, en tal posición, me cogió con todo el ímpetu de que fue capaz.  Yo quería un orgasmo; él necesitaba una propina: después de todo no era tan mal trato.  Al poco rato, mis jadeos de placer invadían el aire de la noche.  Imagino cómo estaría el guardia…
                                                                                                                                                                      CONTINUARÁ
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