PORTADA ALUMNA2   Mi nerviosismo se empezó a convertir en terror.  Esa locura tenía que parar ya mismo.  Pero acudió enseguida a mi mente el video en el que yo le chupaba la verga a Franco, así como también la amenaza de que el mismo fuera exhibido por todo el colegio si es que aún no lo había sido.  Me llevé las manos a la zona del orificio para separar los plexos y al instante en que lo hice, prácticamente sin más trámite, la endemoniada jovencita empujó el consolador adentro.  Los ojos se me llenaron de lágrimas y tuve unas ganas incontrolables de gritar pero mis potenciales alaridos no pasaron de un “mmmmmm” ahogado.  Agradecí en ese momento que Vanina me hubiera amordazado la boca.  Ahora, la perversa gordita me acariciaba por entre los bucles detrás de mi oreja y no paraba de darme besitos sobre la mejilla.  De manera acompasada empujaba y extraía, aunque nunca del todo, y en cada nueva arremetida iba más adentro: no le llevó demasiados intentos lograr que todo el objeto estuviera adentro de mi culo.  El dolor era insoportable.  Me vino a la cabeza una sensación muy semejante a cuando uno está intentando defecar pero se encuentra terriblemente constipado: sólo es una analogía; la sensación era todavía peor.
             “Sí, hermosa, ya sé que duele – me decía siempre maternalmente -.  Pero es necesario que se vaya acostumbrando para cuando le metan una verga de verdad… Acuérdese que cuando llegue ese momento, doctora, me lo va a agradecer”
             Durante un buen rato no lo movió pero sí mantuvo presionado el objeto de tal modo de mantenerlo allí instalado.
             “Así el culito se abre bien… Y se va acostumbrando…” – explicó.
            Por cierto, el dolor era muy agudo pero la pendeja tuvo razón en lo del acostumbramiento: paulatinamente mi ano se fue habituando a tener ese elemento extraño en su interior y el dolor fue mermando, aunque nunca llegó a desaparecer.  Pasado un rato, Vanina recomenzó con el trabajo de penetración anal hacia atrás y hacia adelante.   Y, extrañamente, el dolor fue dejando, en cierta forma, paso a la excitación… o mejor dicho, ambos fueron aprendiendo a convivir.  Por supuesto que el que yo pudiera sentir excitación al ser penetrada en el culo por una pendeja con un consolador no dejaba de ser, cuando menos, degradante.  Otra vez agradecí tener mi boca encintada: ya no era sólo el temor a que mi garganta despidiese gritos de dolor que resonaran haciéndose oír por los pasillos y las aulas del colegio; ahora también era que no quería que Vanina oyera, de mi parte, gemidos de placer por debajo de los hirientes quejidos.  Cuando se cansó de penetrarme por la cola, extrajo sin demasiada delicadeza el falo artificial y con su mano libre tanteó mi concha.  Uno o dos de sus dedos me hurgaron sin ningún respeto.
            “Está mojadita, doctora – dijo la pendeja dejando escapar una risita -.  Momento ideal para que le den una buena cogida…”
            Un momento.  No podía permitir que me penetrara con el consolador por la vagina después de haberlo hecho por la cola: era contrario a las mínimas normas de higiene que yo, tantas veces, exigí en mis pacientes.  Pero no podía hablar y si me detenía a quitarme la cinta de la boca, sería tiempo más que suficiente como para que la gordita introdujera el objeto en mi concha.  Intenté incorporarme pero ella pareció adivinar mi movimiento y me aplastó contra el escritorio con una mano justo en el centro de la espalda; la presión que ejercía allí me impedía cualquier intento.  Probé otra cosa: llevé la mano hacia atrás para detener su intento de introducirme el objeto… pero sólo tanteé el aire y no encontré nada.  En ese momento ella debió apoyar el consolador en alguna parte (no supe dónde) y quitó de encima mío la mano que me sostenía presionada por la espalda; ello podría haberme dado la chance de zafarme pero estuve lenta de reflejos o bien ella lo hizo todo demasiado rápidamente: en cuestión de mínimos segundos tomó una de mis muñecas y la apoyó sobre la otra para así dar varias vueltas en torno a ambas con la misma cinta que, momentos antes, había utilizado par a silenciarme.  Y así, con las manos encintadas a mi espalda, ella me tenía completamente a su merced.  Sentí una palmada en la cola:
          “Quieta” – me dijo secamente.
            Y a continuación, sin que mediara nada más, entró con el consolador en mi concha y juro que fue como si el objeto llegara a mi estómago: era imposible, desde ya, pero ésa fue la sensación.  Comenzó entonces a penetrarme alocadamente, con un movimiento continuo que se fue acelerando.  Yo ya no podía controlarme: estaba viajando hacia el orgasmo más humillante de mi vida mientras los gemidos pugnaban por salir de mi boca sin conseguirlo.  El ritmo se fue haciendo cada vez más frenético y la excitación aumentaba de idéntico modo; me sentí cerca, muy cerca: de un momento a otro mis flujos estarían chorreando por mis piernas y buscando el piso, todo para alegría y beneplácito de la muchachita que me sometía a tan vergonzante ignominia.  Pero, no sé si por bondad o por crueldad, en el momento justo en que yo estaba a punto de estallar, retiró el objeto.  Podía pensarse que todo había concluido pero no fue así.  Me aferró por los cabellos alzándome la cabeza hasta sentir su aliento en mi oreja nuevamente; luego me tomó por los hombros y me giró, con lo cual quedé encarada con ella.  Sus ojos llameaban: es indescriptible poner en palabras lo que irradiaban; si dijera que mostraban “deseo” sería sólo dar al lector una pobre imagen que se quedaría muy lejos de lo que yo percibía en esos momentos.  Me apoyó una mano en el esternón y me empujó hacia atrás, con lo cual caí de espaldas contra el escritorio; se abalanzó sobre mí mientras blandía el consolador en una mano cual si se tratara de un arma.  Me abrió el ambo, cuyos botones ella misma había soltado momentos antes y, así, mis pechos quedaron expuestos ante ella puesto que el corpiño aún seguía levantado por sobre ellos.  Clavó la vista en mis senos y prácticamente los devoró: primero se mordió el labio inferior y luego la vi relamerse.  Se abalanzó sobre mí enterrando la cabeza entre mis tetas: les pasó la lengua una y otra vez insistiendo muy especialmente en los pezones y la zona de alrededor.  Luego se prendió a uno de ellos en una succión que me transportó ignoro a qué mundo; una vez que se cansó, atacó el otro pezón.  Estuvo así un buen rato.  Después apoyó nuevamente el consolador sobre el escritorio y, con sus manos, me aferró por las caderas haciéndome levantar mis piernas.  Una vez que me tuvo en la posición en que ella quería, volvió a tomar el fálico objeto y atacó sin piedad mi vagina. Otra vez el movimiento frenético y alocado; otra vez el delirio y el éxtasis.  Con su mano libre me arrancó la cinta de la boca.  Me pareció una locura hacerlo justo en ese momento en el cual la cogida del consolador arreciaba nuevamente y era de esperar que mis gritos y gemidos de placer fueran a hacerse incontrolables.  Pero Vanina tenía su propio plan: me miró durante unos segundos y luego apoyó su boca contra la mía con fuerza, enterrándome la lengua sin que yo pudiera hacer nada al respecto.  Yo seguía con mis manos atadas a mi espalda y, por más que quisiese, no podía hacer nada para detenerla.
           Jamás pero jamás había yo sido besada por una mujer.  Qué podía imaginar que un día eso ocurriría y, peor aún,  que la responsable sería una adolescente gordita muy poco favorecida por la naturaleza o por la estética.  Y sin embargo allí estaba ella, con su lengua buscando mi garganta… Y con el consolador  buscando llevarme al orgasmo.  Por cierto, éste se acercaba… cada vez más, cada vez más, ya estaba al caer; yo quería gemir pero no podía: la lengua de Vanina prácticamente me lo impedía.  Y la cogida del consolador fue in crescendo…y más, y más, y más… Hasta que, claro, ocurrió lo inevitable: el orgasmo llegó y me encontró en un estado de conmoción que me hacía estar en cualquier planeta en tanto que mis fluidos, al poco rato, comenzaban a bañar mis piernas.  Ella me siguió besando durante largo rato aun después de que mi estallido llegara; cuando finalmente dio por terminado el beso, separó su boca de la mía pero me tomó por las mejillas y me las estrujó con una sola mano, obligándome así a prácticamente hacer una trompita con mi boca.  Estrelló sus labios contra los míos un par de veces, como si le costara despedirse… pareció como que se estuviera despidiendo o, al menos, dándole un cierre a los hechos.  La realidad era que Vanina siempre parecía tener un as más en la manga y si ese beso había sido un cierre, sólo lo había sido parcialmente para dar paso a la siguiente etapa, la cual, por cierto, llegó rápidamente y sin previo aviso.  En un brinco que bien podría haber sido propio de una rana, saltó sobre el escritorio cayendo con sus rodillas a ambos lados de mi rostro.  Se alzó la falda plisada y en ese momento descubrí, desagradablemente, que no tenía bombacha, no sé si porque no la tuvo nunca o porque se la habría quitado en algún momento mientras había estado “trabajando” a mis espaldas.  Prácticamente me asfixió y sentí el aroma y el gusto de su vagina en pleno rostro aplastándome tanto nariz como boca.  La sensación de no poder respirar me llevó maquinalmente a querer sacármela de encima pero era imposible: mis manos estaban encintadas a mi espalda y aplastadas tanto por el peso mío como, ahora también, por el de Vanina.
           “Ahora quiero tener yo mi orgasmo – anunció en un tono nuevamente imperativo pero ya no tan jocoso o burlón sino más bien severo, mucho más serio.  De hecho fue la primera vez en que no me tuteó -.  Chupame la concha, vamos…”
Más allá de la asfixia, me producía un fuerte desagrado tener una vagina así de inserta en mi cara.  Si por alguna razón no me especialicé en ginecología fue porque no podía ni pensar en pasarme la vida viendo conchas.  Y, sin embargo, allí estaba, con mi rostro aplastado por una… y sin posibilidad de hacer nada con mis manos.  Lo peor de todo era que no había demasiada forma de no hacer lo que me decía… y no se trataba tan sólo del maldito video o la amenaza de difundirlo: lo cierto era que yo me estaba asfixiando y, al estar mi nariz totalmente aplastada, no me quedaba más remedio que abrir la boca.  Y en la posición en que ella me tenía, no había casi forma de que su concha no entrara prácticamente en la misma apenas despegaba yo mis labios.  El sexo oral que la pendeja estaba reclamando era casi inevitable.  No me quedó más que abrir la boca bien grande, la cual, de ese modo, se vio invadida por su sexo.  Casi como paso obvio, sólo me quedaba entonces sacar la lengua bien larga… y, como ella me ordenaba, lamer, chupar… No se pueden dar una idea de lo chocante y desagradable que la situación era para alguien que nunca había tenido sexo con mujeres: por momentos hasta hice arcadas.  Aun así, tenía que conformarla: quería que me liberara lo antes posible de su peso además de que,  obviamente, no diera curso a la difusión del video.  Así que, tan rápidamente como pude, comencé a darle lengüetazo tras lengüetazo por mucho que mi estómago se quejase, puesto que en la medida en que ella acabara rápido, más satisfecha quedaría y antes me liberaría.  Vanina comenzó a gemir y casi sin solución de continuidad sus gemidos se fueron mutando en alaridos.  ¡Dios mío!  Acudió a mi mente otra vez la terrible idea de que la puerta se abriera de un momento a otro y alguien viniera a ver qué estaba ocurriendo, alertado posiblemente por esa pendeja de mierda que gritaba como una marrana.  Traté, no obstante, de hacer de tripas corazón y ponerle a mi labor toda la sangre fría que fuese posible a los efectos de que su orgasmo llegase lo antes posible.  Ella estaba desenfrenada y fuera de sí: ya ahora gritaba  de manera desencajada y yo hubiera querido disponer de algún medio para callarla… Por suerte llegó el momento final… Un solo grito prolongado y un aflojarse de la presión sobre mi cara fueron claros indicadores de que la pendeja estaba teniendo su orgasmo; ello, claro, sin mencionar, el desagradable flujo de líquido que invadió mi boca… Fue tal la arcada que hasta temí vomitar boca arriba y morir asfixiada.

Ella se incorporó un poco y, por primera vez desde que se apeara sobre mi cabeza, pude verle el rostro: los ojos cerrados y la boca abierta en un jadeo que había quedado en suspensión permanente, como congelado… No bajó la vista hacia mí; sólo se bajó del escritorio, primero una pierna, luego la otra.  Yo, al igual que ella, estaba totalmente exhausta.  Durante algún rato quedé como estaba, de espaldas sobre la superficie del mueble y con las manos encintadas atrás; sólo ladeé un poco la cabeza por si, como temía, terminaba vomitando.  No ocurrió.  Ella se acomodó la ropa;  la seguí con los ojos mientras volvió hacia la silla en la cual se hallaba su mochila: tanto el rollo de cinta como el consolador desaparecieron en el interior de la misma y, seguramente, se confundieron con un montón de útiles colegiales entre los cuales estarían fuera de contexto pero a la vez camuflados.  Se secó la transpiración de la frente.

           “Me ha cumplido un sueño, doctora – dijo -.  No sé si volveré a tener en mis manos a una mujer tan hermosa en mi vida.  No creo…”
           Yo no podía decir palabra.  Tenía ahora la boca liberada pero conseguir articular algo que fuera inteligible después del momento vivido era impensable.  Me incorporé del escritorio como pude pues mis manos seguían encintadas.
             “Más le vale que se mantenga callada, doctora – sentenció -.  Una, porque no creo que le guste que se sepan de usted estas cosas.  Segunda, porque lo más posible es que la acusen a usted de acoso y no a mí.  Tercera… bueno, je, no se olvide que tenemos el videíto con las cositas que hizo con Franco.”
                 La risita socarrona, a la cual ya empezaba a estar yo acostumbrada, rubricaba cada una de sus frases.  Se acercó a mí y me liberó las manos rematando con una palmada sobre mis nalgas.  Finalmente se echó la mochila a la espalda y se marchó.  Antes de trasponer el vano de la puerta, se llevó tres dedos de la mano derecha  a sus labios y me arrojó un beso…
               Y allí quedé, una vez más abandonada en mi consultorio improvisado, tal como ocurriera dos días atrás.  El corazón me comenzó a latir a toda prisa en cuanto empecé a pensar que de un momento a otro entraría otra de las chicas a las cuales yo tenía que revisar.  Me acomodé presurosamente la ropa: yo estaba con la bombacha baja y con los pechos al aire.  Una vez que hube puesto nuevamente todo en su lugar me dediqué a acomodarme el cabello.  Justo a tiempo: otra borreguita estaba entrando al lugar…  Le dije que esperara y salí del aula para avisar a la preceptora que iba al toilette.  ¡Por Dios!  Tenía que sacarme de la boca el gusto a Vanina (o a vagina); inclusive el olor de las partes íntimas de esa chica debía estar impregnado en todo mi rostro e incluso en mis cabellos.  Cuando puse sobre aviso a la preceptora, no pude evitar pensar en si habría o no escuchado los espasmódicos gritos de esa adolescente cuando yo le practicaba sexo oral.  Me aseé todo lo que pude y no sé cuántas veces me enjuagué la boca.  Volví finalmente a retomar mi trabajo.
             El resto de la jornada laboral transcurrió sin sobresaltos.  La realidad fue que casi no presté atención a las chicas que siguieron y que lo que quería era sacármelas de encima lo antes posible e irme.  No podía dejar de pensar en la degradación que había sufrido ni de maldecir internamente a Franco.  ¡Qué pendejo hijo de puta!  Me había filmado y, de ese modo, me dejaba convertida en un juguete: de él, de Vanina y de vaya una a saber cuántos más que estuvieran al corriente de lo ocurrido o que hubieran visto el video.
              Cuando me retiré, lo hice en un mutismo y hermetismo todavía mayores a los de dos días antes.  Me subí al auto y me marché presurosamente del lugar.  El resto del día estuve encerrada en casa.  Llamé a la recepcionista de mi consultorio para avisar que cambiara los turnos, que me sentía mal.  En parte era cierto, desde ya, sólo que no se trataba de ninguna dolencia fisiológica.  Recién durante la tarde me di cuenta que con mi prisa en irme no había entregado las fichas en el colegio.  A la noche hablé con Damián, una vez que él estuvo en casa.  No podía ni mirarlo a la cara; no sé si notó algo o no, pero entre nosotros hubo cada vez menos palabras y, una vez más, fue una noche sin sexo.  Estaba haciendo las cosas mal, lo sé.  Tales cambios en la rutina sólo podían generar sospechas en la medida en que se volvieran reiterados con el correr de los días; Damián no era tonto y se daría cuenta de que yo no había vuelto a ser la misma desde el lunes en que regresé de mi primer día de trabajo en el colegio.  Lo que sí hice fue arreglar con él para que llevara las fichas al día siguiente: no me daba la cara para presentarme en dirección o en administración.  Antes de dárselas, estuve mirando detenidamente cada una y me detuve particularmente en la de Franco a quien, de acuerdo a lo que allí se leía, yo volvía a citar nuevamente para la semana siguiente.  Estuve cavilando largo rato acerca de qué hacer, si dejarlo así o corregir el informe.  No ver más al increíblemente hermoso muchacho sería una forma de empezar a quitármelo de la cabeza en la medida en que ello fuera posible después de todo lo ocurrido… pero ese guacho de mierda se había burlado de mí, me había filmado y había presumido de lo que conmigo había hecho ante sus compañeros o amigos, vaya  a saber ante cuántos.  Dejé todo como estaba: necesitaba hablar con él… y decirle unas cuantas cosas.  Que viniera a mi consultorio la semana entrante.  Simplemente cerré el sobre.
           Por suerte no volvía al colegio hasta el próximo lunes; las revisaciones tenían lugar los días lunes, miércoles y viernes y justo se daba que el viernes era feriado.  Esos cinco días sin pisar el colegio me vinieron bien para tratar de poner mi cabeza en orden nuevamente aunque, desde luego: ¿hasta qué punto?  Le había mamado la verga a un chiquillo de diecisiete años a quien además le di dinero y había sido manoseada y penetrada vaginal y analmente con un consolador por una adolescente lesbiana psicótica.  Traté de que en el fin de semana hiciéramos cosas: la idea era distraerme.  El sábado anduvimos con Damián por la feria de artesanos de Plaza Francia y por algún que otro bar de Recoleta.  El domingo fuimos de paseo al delta.  Pero si mi idea había sido que tales actividades me hicieran olvidar las situaciones vividas, la realidad fue que sólo operaron como distractores muy parciales e, inevitablemente, volvía a martillarme en la cabeza el hecho de que el lunes había que volver al colegio.  Ese fin de semana, también y para alejar sospechas, volví a tener sexo con Damián: como es de imaginar, no fue mi performance más feliz, pero al menos servía para que mi conducta no empezara a generar dudas en él.  Eso sí, no logré evitar que, cuando estábamos entre las sábanas, apareciera más de una vez la imagen de Franco Tagliano… El precioso Franco Tagliano, a quien yo debía volver a ver el lunes.
            Y el día fatídico llegó.  Había dejado a Franco para el final a los efectos de que la eventual turbación que su visita pudiera producirme no boicoteara el resto de mi actividad en la mañana.  Para no generar sospechas, no era Franco el único chico al que había pedido ver por segunda vez: había otros dos, pero a él, por supuesto, lo había ubicado al final.  ¿El postre, tal vez?  Difícil decirlo… Difícil tratar de imaginar qué ocurriría cuando él estuviera ahí: si mi furia por lo que había hecho lograría imponerse sobre el deseo enfermo que ese chico me generaba o si, por el contrario, la razón, al igual que ocurriera una semana atrás, sucumbiría ante los carnales dictados de la pasión.  Estuve nerviosa durante toda la mañana, como imaginarán.  Y mi corazón fue incrementando su ritmo en la medida en que los muchachitos iban pasando y se iba acercando el momento de verlo nuevamente a él después de una semana.
            Y el turno le llegó.  Cuando entró por la puerta, fue como si de pronto volvieran las mismas sensaciones de aquel lunes en que lo vi por vez primera; diría que aumentadas, habida cuenta de todo lo que después había ocurrido y de la ansiedad que se había adueñado de mí durante toda esa semana que había mediado entre ambos momentos.  Él entró, esta vez, sonriente ya desde el principio.  Ese deje de burla, tan característico en él, me seguía atrayendo con su influjo pero además me irritaba sobremanera.
           “Buen día, doc… ¿cómo…?”
          “Sentate” – le corté con sequedad.
           Se mostró sorprendido o, al menos, eso me pareció.  Aun así, nunca abandonó la sonrisita socarrona y todo lo que hizo fue abrir los brazos en jarras.
           “¡Epa!  ¡Cómo estamos!  ¿Qué nos pasó hoy?  ¿Dormimos mal?”
            “Sentate” – insistí.
             Se me quedó mirando en silencio sin dejar de sonreír ni por un instante.  Se llevó la mano derecha a la sien como si imitara un saludo de corte marcial.
            “Como usted diga, doc”
             Se ubicó entonces en su silla, encarado conmigo.  Yo lo miraba: una vez más, no podía creer que fuera tan hermoso.  Ni el odio que me había generado en los días previos en que no lo había visto era capaz de eclipsar el viril hechizo del que era dueño. Viéndolo y teniéndolo enfrente, con todo lo que su personalidad irradiaba, era como que todos mis cálculos acerca de cómo sería el momento del reencuentro se vinieron abajo.  Más aún: se hacía perfectamente entendible la pérdida del sano juicio que yo había sufrido ante él una semana antes y que tantas culpas me había generado luego, con el correr de los días.  Claro: era mucho más fácil tratar de pensar fría y racionalmente cuando no se lo tenía enfrente.  Traté, no obstante ello, de mantenerme lo más racional que fuera posible o, al menos, aparentarlo.
            “Explicame qué es esa historia del video” – le espeté secamente.
             Abrió la boca como si soltara una carcajada sin sonido.
             “Ah… eso era… – dijo -.  Le pido mil disculpas, doc… Cayó en manos que no debía caer y… bueno, lo demás supongo que ya más o menos lo sabe”
             “Pero me filmaste – le increpé enérgicamente -… y no me dijiste una palabra”
              “Je, sí, le vuelvo a pedir disculpas, doc… Lo que pasa es que no quise decirle nada para que usted se comportara lo más naturalmente posible.  Piense que en ese momento usted era una perra alzada que quería verga y si yo la ponía al tanto de lo que estaba haciendo…hmm… tal vez no se comportaba de la misma forma.  No sé si me explico…”
             “No me hables así” – repuse enérgicamente, harta e incrédula ante tanta insolencia.
              “Bueno, doc… No se enoje.  No se me ponga así.  Usted pagó por un servicio y yo se lo di.  Usted quería que le llenara de leche la boquita y yo lo hice.  ¿Qué hay de malo en eso?  Es más: por algo estoy acá otra vez, ¿no?  ¿O va a hacerme creer que si me llamó de vuelta no es porque quiere tener mi pija en su boquita de nuevo?”

Me quité los lentes y me restregué los ojos.  Conté hasta diez para no mandarlo a la mierda.  Era eso lo que tenía que hacer, desde luego, pero debía recordar todo el tiempo que él y algunos de sus compañeritos, o todos, tenían el video.

               “¿Cuántos lo vieron?” – pregunté.
              “El tema fue que Vanina, sin que yo me diera cuenta, me manoteó el celular de adentro de la mochila… Y bueno, fue ella la que…”
               “¿Cuántos lo vieron?” – insistí, tajante.
               Se quedó pensativo unos segundos.  Frunció los labios.
                “La verdad es que yo no sé a cuántos se lo pueda haber mostrado la enferma retardada ésa.  Yo, por mi cuenta, no se lo mostré a nadie, pero por lo menos a cuatro de mis amigos les llegó.  Lo que pasa es que… en fin, usted ya sabe cómo es esto.  Yo no sé a cuántos se lo puedan haber mostrado ellos ni tampoco Vanina o las amistades de la “torta” esa…  Ese tipo de videos se hacen populares muy rápido”
               Coronó su respuesta con una sonrisa que, esta vez, fue abierta y de oreja a oreja.  Yo sólo me sentí morir.  Tenía ganas de llorar.  Mi carrera, mi futuro, mi vida… todo había quedado en manos de unos chiquillos con las hormonas a mil.  Ni siquiera importaba si su versión era cierta, si realmente era verdad que le habían sacado el celular de la mochila o si él mismo se había encargado de difundirlo.  Lo verdaderamente importante era que todo mi prestigio se caía a pedazos ante mis propios ojos.  No aguanté más y comencé a lagrimear.
               “¡No, doc!  ¡No se me ponga así! – dijo él con tono de conmiseración -.  No va a pasar nada… El profesor Clavero no se va a enterar de esto y…”
               “¡No nombres a mi esposo!” – rugí, perdiendo el cuidado de no ser oída desde fuera del aula.  Rompí abiertamente en sollozos.  Mi rostro desapareció entre las palmas de mis manos.
                 Él se quedó en silencio durante un rato.  Lo único que se escuchaba en la habitación eran mis gimoteos y mi llanto.  De pronto fue como que noté algo… un tacto, un cosquilleo, como que me estuvieran tocando la pierna.
                 Levanté la vista hacia él con los ojos inyectados en rabia.  Me miraba sonriendo como siempre y, por supuesto, yo no podía ver sus manos porque estaban por debajo del escritorio, jugando con mis piernas.
                “¿Qué hacés?” – pregunté, entre dientes.  Mi llanto había dejado lugar a la ira.
              “Solamente trato de que se sienta bien, doc… – contestó él con un encogimiento de hombros  y sin dejar de toquetearme-.  Me pone muy mal ver a una mujer llorando… y más todavía a usted.  Siento muchísimo lo que pasó…”
              Qué pendejo extraño.  Ahora mostraba una cara dulce, muy diferente del talante dominante y soberbio que exhibiera una semana antes.  De todas formas, aun en la delicadeza, siempre se advertían por debajo destellos de la insolente perfidia que le caracterizaba.  Algo infinitamente maligno parecía subyacer en su dulzura.   Lo cierto era que, tanto cuando mostraba una cara como la otra, el chico conseguía el mismo efecto sobre mí: hacerme pelota, destruir mis defensas… Y, una vez más, perdí control de mis actos.  Le retiré la mano de mis piernas pero me puse en pie y crucé hacia el otro lado del escritorio.  Él, sin dejar de estar sentado, se ladeó ligeramente hacia mí.  Yo llevé algo hacia arriba tanto el ambo como la corta falda y, sin más trámite, me senté en su regazo.  Lo tomé por la corbata, lo atraje hacia mí…y lo besé.  Era lo que realmente tenía ganas de hacer: besarlo durante minutos, horas, días…, besarlo por siempre, tal el influjo que ese muchachito tenía sobre mí.  Entré con mi lengua en su boca y se la enterré hasta el fondo.  Cuando ya no di más, la extraje un poco y me dediqué a morderle el labio.  Luego fue él quien ingresó con su lengua cuan larga era en mi boca mientras me sostenía aferrándome por las nalgas y me llevaba aun más hacia sí, ubicándome justamente donde él me quería: allí donde mi sexo se tocaba con el suyo, como si ambos se llamaran mutuamente por debajo de las prendas que aún nos cubrían.  No sé durante cuánto tiempo nuestras bocas permanecieron unidas.  Yo no tenía absolutamente ninguna noción al respecto.  Sólo sé que en un momento separé mis labios de los de él únicamente para mirarlo a sus hermosos ojos.  Me sostuvo la mirada:
             “¿Qué puedo hacer por usted para reparar mi error, doc?”.
              Me mordí el labio inferior y le propiné un beso en los de él, esta vez corto y más delicado, aunque no exento de lascivia.
               “Vos sabés bien lo que podés hacer, pendejo”
                Largó una risita.  Se mostró sorprendido, aunque creo que fingía.
               “Ja… No, doc, le juro que no…”
               “Cogeme, pendejo” – lo corté.
               Esta vez rió estruendosamente.
              “Jajaja… Está bien, doc… – concedió, divertido -.  Me parece una buena forma de compensarla.  Que tenga una buena dosis de pija y sin pagar un peso… Está bien – repitió -, me parece un trato justo…”

Se incorporó de la silla y, al hacerlo, prácticamente me alzó en andas, siempre sosteniéndome por mis nalgas.  Me sentó sobre el escritorio y volvió a introducir su lengua en mi boca pugnando por tocarme la garganta.  Liberó una de sus manos de mi cola y la llevó hacia uno de mis pechos, masajeándolo por debajo del ambo pero por encima de la remera.  Yo, con mis manos, busqué el cinto de su pantalón y se lo solté.  Deslicé luego una de ellas por debajo  del bóxer y le acaricié suavemente pene y testículos: se lo puse durito y me encantó.  Cuando dejó de besarme me tomó por la cintura y me giró.  Otra vez quedé de bruces sobre el escritorio tal como ocurriera unos días antes cuando Vanina había hecho lo que quiso conmigo.  Franco introdujo sus manos por debajo de mi falda y en un rápido movimiento me dejó sin tanga.  A partir de ese momento todo se dio muy precipitadamente.  Antes de que pudiera darme cuenta de algo su magnífica verga estaba entrando en mí cuán grande era.  No pude evitar levantar un poco espalda y cabeza mientras mis manos y mi vientre seguían sobre el escritorio; abrí mi boca en todo su tamaño en un reflejo involuntario, como si quisiera tragar todo el aire de que fuera capaz.  Luego lo solté, volví a inhalar… y así sucesivamente.  Franco, mientras tanto, se encargaba de cogerme y era una verdadera máquina sexual.  Fue aumentando el ritmo de la embestida aceleradamente y en sólo cuestión de segundos la intensidad del bombeo era insoportable pero a la vez me llevaba al placer en su máxima expresión.  ¡Por Dios!  Nadie, pero nadie me había cogido así… ¿Qué tenía aquel chico endemoniado de sólo diecisiete años?  No me dio respiro… Por momentos quería decirle que esperara o que bajara la intensidad pero no había forma de que las palabras acudieran a mi boca: sólo brotaban gemidos y quejidos que mezclaban dolor y placer.  Era paradójico porque a la vez no quería que se detuviera… nunca.

           Imposible saber cuánto rato me cogió, pero el frenético ritmo no bajó en ningún momento.  Yo ya no podía contener mis gemidos que se iban convirtiendo en gritos.  En ese momento volví a recordar el contexto: el colegio, el pasillo, estudiantes y profesores en las aulas o tal vez la preceptora al otro lado de la puerta, vaya una a saber si con una oreja contra la misma.
            “Mové el culo, puta… – me espetó él mientras me estrellaba un par de palmadas sobre la cola con tal fuerza que estoy segura que me dejaron colorada la zona del impacto -.  Mueva el culito, doc…, mueva el culito como la putita que es…”
            Sus palabras volvían a recuperar el tono insolente de una semana atrás y debo confesar que eso me provocó a un mismo tiempo indignación y calentura.  Era una sensación nueva, por supuesto, jamás experimentada con ningún hombre y mucho menos con mi esposo.  Me encantaba ser el objeto sexual de aquel chiquillo adolescente con aire arrogante.  Es que… no era un chiquillo, tampoco un hombre… Esa bestia desenfrenada que no paraba de penetrarme no podía ser comparada a ningún hombre con el que hubiera intimado en mi vida.  Era una bestia justamente; un animal prácticamente: un macho semental hermoso y dominante.  Y, como tal, él sabía perfectamente cómo degradarme en mi condición de mujer y hacerme sentir que ya ni siquiera eso era: en mi vida hubo hombres que me hicieron sentir mujer; pero Franco era el primero que lograba hacerme sentir como una hembra.  Una hembra en celo.  Cuando momentos antes él mismo utilizara la expresión “perra en celo” para referirse a mí, me había producido en mi interior sensaciones extrañas y contradictorias, porque la realidad era que así me había yo sentido una semana atrás y así me sentía, ahora, pero aumentado por cien: como una perra en celo…
          Llegué al orgasmo tres, cuatro, cinco veces… no tengo idea.   ¿Es que nunca iba a acabar ese pendejo hijo de puta?  ¿Hasta cuándo pensaba tenerme ensartada a semejante ritmo?  Jamás me llegaron señales auditivas ni de ningún otro tipo que me pudieran indicarme que él se hallaba medianamente cerca del orgasmo.  Eso sí: no paraba de proferir entre dientes insultos y sonidos guturales.  De pronto retiró su verga de adentro de mi conchita.  Caí de bruces nuevamente sobre el escritorio, pensando que todo había terminado…, pero al igual que otras veces me equivoqué.
           “Me dijo Vanina que te estuvo preparando un poco el culito… ¿Es así?”
            Los ojos se me abrieron de par en par.  ¿Hablaban entre ellos sobre mí entonces?  Ahora que lo recordaba, la propia Vanina me había dicho que la penetración con el consolador en mi cola era necesaria para prepararme para el momento en que mi culo recibiera una buena pija.  Quizás no había sido una frase pronunciada al azar después de todo.  Quizás… todo fuera parte de un plan.  Un siniestro plan elaborado entre los dos.  De cualquier modo que fuese, lo cierto fue que él empezó a juguetear con la cabeza de su pene sobre la entrada de mi cola.

“N… no – balbuceé -.  Por favor… Eso nooo”

              “¿Así que nunca te hicieron el culo? – preguntó él haciendo caso omiso de mis ruegos -.  ¿Tan inútil es el profesor?”
             Yo no salía de mi asombro.  Él prácticamente jugaba con el manual en mano: un manual que la gordita lesbiana le había ayudado a confeccionar.
               “P… por favor, Franco… te lo ruego… No, por favor”
               “¿Sabés una cosa? – continuó él, siempre ignorándome -.  Hiciste bien, je… – me palmeó la cola -.  Hiciste bien en guardar este culito para que fuera estrenado por una pija como la que se merece…”
               Rubricó sus palabras jugando nuevamente con su verga sobre mi agujerito.  Un mar de contradicciones se sacudió dentro de mí.  Quería que la retirara, pero a la vez deseaba que siguiera adelante…
               “P… por favor… – insistí -.  Te lo pido, Franco.  No…”
                Fue entonces cuando su siguiente reacción no fue justamente la que yo hubiera esperado… Si yo, hasta ese momento, había estado rogándole que cejara en sus intenciones, lo había hecho (tal vez inconscientemente) a sabiendas de que él no desistiría nunca de su propósito.  Por el contrario y para mi sorpresa, retiró el miembro de mi culo.
              “Muy bien, doc… como quiera…” – dijo.
                Qué pendejo hijo de su madre.  Qué guacho de mierda.  Le gustaba jugar conmigo al punto de hacerme desear y rogar: disfrutaba de  hacerme sentir que yo era una puta ya que con eso, él le arrebataba a mi culposa conciencia casi el único consuelo que le quedaba: el de poderme creer que yo, en realidad, me resistía…  Quedé allí, tal como estaba; no me moví…
                “¿Qué pasa, doc? – preguntó él -.  Vaya vistiéndose… Podría venir alguien”
               “¡No!” – exclamé yo.
               Fue prácticamente un reflejo: algo mecánico e impensado.  Me arrepentí al instante de haberlo dicho pero lo cierto era que la palabra había brotado de mi boca casi como si hubiera sido llevada hasta allí por otro, no por mí.
                “¿Qué ha dicho, doc?” – preguntó, imprimiendo a su voz un tono que quería sonar intrigado pero que denotaba una fuerte carga de burla.
                Cuánta vergüenza sentía yo.  Después de todo, no sé cuál era la sorpresa cuando sólo una semana antes le había dado dinero por chuparle la pija.
               “N… no, no te vayas” – balbuceé.
               “Ajá… ¿y por qué quiere que me quede, doc?”
               Touché.  Larga pausa.  Aspiré.  Dudé mil veces acerca de si decir lo que realmente tenía ganas de decir.  Finalmente hablé:
               “Quiero que me hagas el culo, pendejo”
                “Jajaja – rio con estruendo, lo cual resonó de un modo cavernoso adentro de la sala… (y tal vez también fuera de ella…) -.  Qué pedazo de puta, doc… Pero le aviso que acá la cuestión no es lo que usted quiera o no quiera.  Yo ya le di una buena cogida para compensarla por lo de la filmación.  Todo lo demás es extra…”
                Otra vez el silencio.  Permanecí cavilando sobre sus humillantes palabras.
             “¿Tengo que pagar?” – pregunté, con la dignidad ya hacía rato en cero y tocando niveles infinitamente más bajos e impensables para mí hasta poco tiempo atrás.  Eso, junto con una cierta ingenuidad que denoté al preguntar, pareció divertir a Franco.
              “Parece que ya entiende cómo es la cosa, doc, jeje”
              Yo aún estaba con el bajo vientre apoyado contra el escritorio.  Mi bolso estaba al alcance de la mano y dentro de él, la billetera.  Esta vez me ahorraría la engorrosa y degradante marcha en cuatro patas para ir a buscar el dinero.  Tomé el bolso y hurgué adentro en busca del mismo, pero Franco me cortó en seco:
              “Podemos dejarlo de lado – dijo -.  Usted ya entendió que por esta pija hay que pagar y eso está bueno… pero podemos llegar a un arreglo.  Yo le hago el culo y usted no pone un peso… pero me tiene que pedir por favor”