indefensa1Empecé a frecuentar la ciudad y sus tabernas, me fui familiarizando con los lugares frecuentados Sin títulopor los maleantes. En las tabernas donde había putas, me hacía acompañar por alguna y en las que no, permanecía largas horas con alguna cerveza, pero en todas estaba con los oídos bien abiertos. No iba de uniforme, sino con ropas oscuras y con dos dagas en lugar de pistola y sable.

Las putas intentaban llevarme a las habitaciones, pero como no me interesaba, lo único que les ofrecía era que me hiciesen una mamada allí mismo por unas monedas.

No eran nada recatadas, por lo que no tenían inconveniente en inclinarse a tu lado o ponerse de rodillas bajo la mesa, sacarte la polla y ponerse a chupar.

Descubrí la gran maestría que tenían todas en chupar y me costaba grandes esfuerzos aguantar sin correrme. Cuando me sacaban toda la leche, solía pedir una nueva cerveza, a la cual, generalmente, el dueño me invitaba. Al fin y al cabo, las habitaciones que alquilaba se llenaban con los parroquianos que, excitados al ver el espectáculo, se iban con las otras putas

Curiosamente, en uno de estos tugurios, coincidí con una puta que disfrutaba con su trabajo. Me hizo unas mamadas sin prisas, con toda su técnica, dejando que el cliente disfrute un buen rato. Sabía cuando estabas apunto y te cortaba, para luego volver a empezar.

La había visto por la taberna y me había llamado la atención su cuerpo, que se adivinaba lleno de curvas y magnífico. Destilaba lascivia en sus movimientos. Los clientes la buscaban, pese a ser la que más cobraba.

Uno de los días que estaba por allí, solicité sus servicios, pero me negué a ir a la habitación. Le pedí una mamada pero allí mismo. Le di las monedas que me pidió y no hizo falta nada más. Se arrodilló bajo mi mesa, sacó mi polla, la valoró y empezó a lamerla y ensalivarla bien, para seguidamente metérsela poco a poco hasta encajarla entera.

Con su mano, tomaba mi polla con el dedo índice por encima y el pulgar por la parte inferior, por detrás de los huevos, haciendo presión en la base y cortando el paso de mis espermatozoides hacia la salida. Mi polla se hinchaba con la presión y mantenía mi excitación en su grado máximo. Chupaba hasta llevarme al borde del orgasmo y se retiraba, presionando con su mano la base de mi glande. Repitió una y otra vez, hasta que, cuando no podía ya más, sujeté su cabeza cuando me iba a correr y no la dejé separarse, descargando toda mi leche en su garganta. Entonces me di cuenta de que se estaba metiendo los dedos con frenesí. Le solté una bofetada y la hice detenerse.

Después de limpiármela empezó a masturbarme, para continuar con una nueva mamada. Cuando me la puso en forma otra vez, apartó la mesa, se puso de pie, se levantó las faldas y se sentó sobre mi polla. Luego tomó mi mano y la llevó a su coño.

Acto seguido, empezó a moverse sacando y metiendo mi polla en su culo, mientras emitía gritos de placer, estimulados por mis dedos en su clítoris y coño.

El resto de los clientes se situaron alrededor nuestro, buscando el mejor punto para mirar, mientras sacaban sus pollas, alguna de ellas impresionante, y se masturbaban.

Ella, apoyada en la mesa, movía su culo en todas las direcciones, hasta el punto de que me hacía difícil el masturbarla con tanto movimiento. Se corrió tres veces, antes de que le llenase el culo de leche. Tras esto, la hice levantarse y limpiarme la polla, para luego despedirla, a pesar de que ella quería más, alegando que no siempre se encontraba un hombre como yo y no podía dejarme perder.

No le hice caso y marché de allí con intención de no volver, ya que mi pretensión de pasar desapercibido se había ido al traste en aquella taberna.

En la confianza de que no fuese la preferida de los que buscaba, continué mis recorridos nocturnos por las restantes.

En una de las tabernas, una de las noches oí decir:

-Bienvenido Malik. Hace mucho que no te vemos.

Eran tres hombres y el dueño de la taberna se dirigía a uno de ellos.

-Hemos estado divirtiéndonos con parte de lo ganado en el último trabajo.

-Parece que ahora os va bien. Últimamente no parece que os falte. Pero veo que preferís gastar las ganancias en otros sitios en lugar de aquí.

-Si, últimamente nos surgen buenos trabajos y bien pagados. Por lo demás, te he dicho muchas veces que tienes que traer putas y buenas putas, así no saldríamos de aquí y aumentaría tu clientela.

-Sabes que tengo poderosas razones en casa para no ponerlas…

Me fijé bien en ellos con todo el disimulo que pude, mientras bebían y hablaban tanto entre ellos como con el tabernero.

Después de estar un buen rato, se volvieron a saludar y se dirigieron a la salida, momento que aproveché para levantarme y marchar tras ellos.

Fui siguiéndolos de taberna en taberna, sin la menor opción de intervenirlos debido a que las calles estaban muy concurridas. Mantenía una vigilancia sobre el local en el que entraban y estudiaba sus posibilidades, sin encontrar la forma de atacarles.

Me encontraba oculto en la esquina de un callejón, a varios metros de la última tasca en la que habían entrado, cuando los vi salir, al tiempo que observé que la calle estaba totalmente vacía.

Salieron los tres juntos. Por suerte, eligieron el lado en el que me encontraba. Iban los tres a la par, con Malik en el centro. Salí de mi escondite y me dirigí en dirección a ellos con intención de pasar por su lado.

Ellos me miraron, pero no debí de parecerles peligroso, por lo que no me costó esfuerzo, cuando casi estaba a su altura, ponerme delante del tal Malik, desenvainar rápidamente mis dagas y clavarlas en los cuellos de los sicarios, mientras le metía un rodillazo en los huevos a él.

El se dobló y cayó al suelo de rodillas, al tiempo que sus dos compañeros caían muertos a su lado al sacar yo las dagas.

Con una pequeña cuerda que llevaba preparada, até sus manos rápidamente, tras soltarle un rodillazo en su cara para que se estuviese quieto.

Lo arrastré al callejón cercano y le hice las preguntas de rigor: ¿Quién te mandó hacer el trabajo de la casa del Mayor? Y ¿Quiénes fueron tus cómplices? Como es normal, se limitó a insultarme, amenazarme y anunciarme que sus hombres me buscarían y me traerían ante él para arrepentirme el resto de mi vida por haber echo esto.

No le dije nada. Aprovechando que tenía las manos atadas delante, le levanté una pierna y se la metí entre sus muñecas y se la até con los restos de cuerda. Me senté sobre su pierna libre y corté sus mugrientos pantalones con una daga, dejando al descubierto su polla y huevos.

No hice caso de sus protestas ni amenazas. Movía la otra pierna hacia los lados, pero no podía alcanzarme.

Con “extrema delicadeza”, agarré el escroto por la parte de uno de los huevos y le di un corte longitudinal. Tuve que llenarle la boca con el pañuelo para no oír sus gritos. De todas formas, en aquellas calles a nadie se le ocurría averiguar quién emitía gritos a altas horas de la madrugada.

Extraje uno de los testículos y tomando un cordel con el que ataba uno de sus zapatos, procedí a atar y cerrar la incisión.

Seguidamente volví a repetir las preguntas. Solamente unos ruidos guturales me respondieron.

Volví a tomar mi daga y procedí a dar un nuevo corte en la bolsa escrotal, mientras él realizaba movimientos frenéticos para evitarlo.

-Como no te estés quieto se me va a ir la mano y te voy a cortar la polla, o a clavarte la daga en las tripas. –le dije con voz calmada.

El disminuyó los movimientos mientras gruesos lagrimones caían de sus ojos. Procedí a quitarle el otro testículo y aproveché el mismo cordel para cerrar ambas heridas. Volví a preguntar

-¿Quién te mandó hacer el trabajo de la casa del Mayor y quiénes fueron tus cómplices?

Otra vez sonidos guturales.

-No me dejas opción. Tendré que cortarte la polla, Ya lo siento, pero no podrás gastarte el dinero ganado con las putas. Aunque siempre te quedará el culo para seguir disfrutando.

El volvió con sus movimientos frenéticos y sus sonidos guturales. Tomé su polla con mi mano y acerqué la daga mientras sus movimientos eran más rápidos y sus sonidos más fuertes.

-¡Vaya! –Exclame retirando la daga –Como antes no parabas de decir tonterías y gritar, te he tenido que tapar la boca, ¿Será por eso que no me dices nada interesante? Te la voy a destapar y te volveré a preguntar.

No hice más que retirar el pañuelo y…

-Ese día, además de los dos hombres que acabas de matar, me acompañaban dos hermanos que viven en…. Y me dio todos sus datos.

-¿Cómo entrasteis en la casa?

-Uno de los criados, el que tenía que estar de vigilancia, fue sobornado para abrirnos la puerta y nos indicó la habitación. También me dio sus datos

-¿Y quién os pagó?

-Los tenientes Mawson y Young, Me dieron 100 libras cada uno.

Era casi el sueldo de un año de cada uno, pues cobrábamos 8 libras al mes, pero la mayoría recibía dinero de sus casas.

-¿Qué lugares frecuentan? ¿Dónde los puedo encontrar?

-Les encontrará en “La taberna del Inglés”. Suelen ir allí siempre que no están de servicio.

Volví a cortar un buen trozo de tela de su pantalón, mientras me miraba temeroso y asustado, haciendo un bolo con ella y metiéndosela en la boca.

-Esto es para que no grites y des la alarma antes de que los coja yo.

Seguidamente, le clavé la daga en sus tripas y la arrastré hacia el estómago, cortando tripa, intestinos y el propio estómago, porque se llenó todo de un apestoso olor a alcohol.

Después me marché a casa de los hermanos.

A pesar de la hora llamé fuerte a su puerta hasta que una voz cascada de mujer preguntó quién era y qué quería a esas horas.

-Tengo que encargarles un trabajo a los hermanos.

-¿No puedes esperar a mañana?

-No, es importante hacerlo ahora. Además está muy bien pagado.

Se debió de dar la vuelta y le oí decir

-Venga vago, levanta y llama a tu hermano que tenéis trabajo, Y no os gastéis el dinero en beber y en putas.

Cuando se abrió la puerta, aparecieron ambos, uno con los pantalones puestos y la camisa en la mano y al lado el otro poniéndose la camisa.

-¿Quién eres y qué tenemos que hacer?

-Morir. –Les dije mientras sacaba las dagas y se las clavaba en sus gargantas.

Cayeron emitiendo un sonido gutural. Yo di media vuelta y me marché. Al poco oí los gritos de la mujer, pero ya era tarde para todo.

De allí me dirigí a “La Taberna del Inglés” aproveché la entrada de unos borrachos para echar una rápida mirada al interior, viéndolos bebiendo y riendo junto a otros dos oficiales más, de los que iban siempre juntos.

Esperé pacientemente fuera, hasta que salió uno de ellos. Era uno de los amigos. Como dudaba que estuviese exento de culpa por conocerlos a los cuatro, me acerqué por detrás, con la daga desenvainada y, mientras con una mano le tapaba la boca, con la otra le abría el cuello de lado a lado, mientras le decía.

-Te doy la misma oportunidad que le disteis a mi mujer.

Cayó al suelo con un gorgoteo y mirándome fijamente con los ojos desorbitados.

Aparté su cadáver a un callejón y volví a la espera.

Al rato, salió uno de los esperados con una mujer cogida de la cintura y riendo.

-Me acerqué de frente, con la daga escondida a la espalda, y cuando llegué a su altura lo agarré por el hombro y puse la punta de mi daga bajo su barbilla, mientras le decía a la puta:

-Tú, lárgate bien lejos y no vuelvas por esta noche, si quieres ver amanecer.

Ella se fue corriendo

-¿Quién eres? –Me preguntó él.

Yo le mostré mi cara a la escasa luz de la calle, que había estado oculta por el sombrero. Me reconoció enseguida.

-¡George! Mira, lo siento, yo no tuve nada que ver, te lo juro, lo siento, no sabía lo que iba a pasar. Soy inocente.

-No más que mi Akuti y el hijo mío que llevaba dentro.

-Eso fue un error, interpretaron mal las órdenes.

-Te creo. Quítate el cinturón y bájate los pantalones.

-De verdad. George. Podemos entrar y preguntar a los compañeros.

-Si, eso voy a hacer. Esto es para que no huyas.

El se quitó el cinturón con las armas, lo apartó y se bajó los pantalones, siendo seguido por la punta de mi daga que ya había causado alguna herida sangrante.

-Pon las manos en la nuca y entrelaza los dedos.

Cuando lo hizo, me situé a su lado, tomé ambas manos con la mía y con la daga abrí sus tripas desde el hueso pélvico hasta el estómago. Seguidamente tapé su boca y lo arrastré al callejón, junto al otro cadáver, para que muriera.

Volví a esperar durante más de una hora, hasta que apareció uno de ellos a mirar por la calle. Debían estar esperando al que se fue con la puta y parece que se impacientaban.

Me acerqué a él llamando su atención, y cuando estuve a su lado repetí la acción anterior. Puse la punta de mi daga en el cuello y le dije:

-Ahora vas a llamar a tu compañero para que salga. Si haces el más mínimo gesto o sonido que haga que sospeche, te rebano el cuello inmediatamente. ¿Lo has entendido?

-Si

-Adelante. -Le dije mientras me situaba detrás de él y ponía mi daga en su cuello, en posición de cortar.

Nos acercamos a la puerta y dijo con voz fuerte.

-Hey Mawson, sal a ver esto. No te lo pierdas.

Puse la mano sobre su boca y le abrí también el cuello de lado a lado. Aparté rápidamente el cadáver a un lado y esperé pegado a la puerta.

Cuando Mawson salió, una mano lo agarró de la pechera haciéndolo girar y aprisionándolo contra la pared, mientras la otra ponía la daga en su cuello.

-Hooola George, que sorpresa. ¿A qué viene esto? –Dijo levantando las manos.

-Quítate el cinturón y bájate los pantalones.

-Je. ¿Acaso te has vuelto maricón o algo así?

-Haz lo que te digo si no quieres tener una nueva boca más grande.

-Está bien, hombre, pero no te pongas nervioso.

Se quitó el cinto y bajó sus pantalones mientras decía sonriendo:

-¿Me la vas a chupar?

-Algo parecido que también te ayudará a descargar.

Yo retiré la daga rápidamente, justo en el momento que volvía la cabeza, probablemente en busca de ayuda, y veía a su compañero muerto en el suelo. Intentó gritar y defenderse, pero yo ya le estaba abriendo las tripas.

Amontoné los cadáveres juntos en el callejón me fui a casa.

Al entrar coincidí con el criado que les había abierto la puerta, que me vio ensangrentado y la cara desencajada y me dijo.

-Qué ha pasado, sahib, ¿se ha peleado?

-Ven conmigo, ayúdame a quitarme esto y a quemarlo.

Me acompañó hasta las cocinas, donde había un fuego que ardía con grandes llamaradas. Lo acababa de encender para cuando llegasen los cocineros,

Le hice echar las prendas al fuego, y cuando estuve desnudo, tomé su mano como distraídamente y se la retorcí a la espalda. Echó el otro brazo atrás para que lo soltase y solo sirvió para sujetarlo por los dos. Le dije:

-Tú abriste la puerta a quienes mataron a mi mujer, hoy voy a hacer justicia.

-No sahib, no me hagas daño. No tuve más remedio. Me amenazaron con matarme a mí y a mi familia.

-Podías haberme avisado y no lo hiciste. Elegiste la opción equivocada.

No era un hombre fuerte ni corpulento., por lo que no me costó nada meterle la cabeza en el fuego y mantenerlo hasta que murió. ¿Gritó?, claro que gritó al principio, pero la casa es grande, la cocina está algo apartada por el calor que produce y los ruidos que genera no se oyen por ningún lugar.

Seguidamente, me di un baño rápido y me fui a dormir.

Me despertaron al poco tiempo, aduciendo que era necesario que acudiese al cuartel inmediatamente.

Me vestí de inmediato con mi uniforme y me presenté en el cuartel.

El mayor nos citó a todos los oficiales a una reunión en su despacho. Se había armado un gran revuelo al informarles que se habían encontrado los cadáveres de cuatro oficiales en un callejón dos destripados y dos con la garganta abierta.

El mayor sospechaba que era cosa de los rebeldes que habían hecho una incursión en el pueblo y los habían matado. Se prohibieron las visitas al pueblo hasta nueva orden.

Yo fui encargado de ir a recoger los cadáveres con mi compañía. Los cargamos en un carro, los llevamos al cuartel y se les dio sepultura.

Cuando volvíamos a casa el Mayor y yo, el Mayor me preguntó.

-¿Qué crees que ha pasado? ¿También piensas que ha sido cosa de los rebeldes?

-Creo que si. Para mí tiene algo que ver con eso. Quizá con un atentado que ocurrió en su casa.

Se me quedó mirando y me dijo:

-¿Qué quieres decir?

En ese momento, un criado llegó corriendo para avisarle de que el vigilante había muerto quemado en el fuego de la cocina, mientras echaba al fuego unas prendas.

Entramos en la casa, fuimos a la cocina y le contaron que el vigilante debía de estar quemando unas prendas, por los restos que se veían, cuando debió de resbalar y caer sobre el fuego. Quizá perdió el sentido o no se sabe porqué, no debió gritar, porque nadie oyó nada… etc. etc.

Escuchadas todas las explicaciones, el Mayor me tomó del brazo y me llevó a su despacho, me ofreció asiento y una copa, que rechacé, pero él si que se preparó una.

De repente preguntó:

-Cuéntame qué ha pasado.

Yo le conté absolutamente todo, y él, tras escucharme, me ordenó dejarle solo para pensar.

Al día siguiente me volvió a llamar a su despacho y me dijo:

-Entiendo tus razones de venganza, pero no era esa la forma de actuar. En estos momentos, debería mandarte detener y fusilar tras un consejo de guerra.

-Lo se, Mayor, y acepto gustoso el castigo. Mi vida sin ella no tiene sentido…

-No me interrumpas. Debería fusilarte, pero eso debilitaría la imagen de nuestro regimiento y por ende, la imagen de Inglaterra. Además, yo, como responsable máximo, sería destituido y vuelto a Inglaterra con deshonor. Además y sobre todo ello, en este tiempo he llegado a quererte como un hijo, el hijo varón que nunca tuve.

Hizo una pausa.

-Por tanto, informaremos del ataque rebelde y solicitaremos más oficiales, pero en cuanto lleguen solicitarás la baja en el ejército aludiendo unas fiebres constantes. El médico y yo lo certificaremos y volverás a tu casa.

-Gracias Mayor, todavía no estoy seguro si deseo volver o ser fusilado, pero gracias de todas formas.

-Es una orden, teniente. Retírese.

Saludé militarmente y me marché.

-Ah, teniente, una cosa más.

-Si, Mayor. –dije girándome.

-Yo, en su lugar, hubiese hecho lo mismo.

-Gracias. Mayor.

Y salí del despacho

Todo esto calmó mi espíritu y volví a mis costumbres habituales, al igual que el Mayor.

Estaba tomando un baño cuando entró Janice. Se sentó junto al borde y me preguntó:

-¿Qué tal te encuentras?

-Ahora ya bien. Creo que descansa en paz.

-Te echamos de menos.

-Yo a vosotras también. Os he cogido mucho cariño.

Se puso de pié, se desnudó y se metió junto a mí. Solo de verla ya tenía la polla a reventar.

-¿Crees que hacemos mal? –Me preguntó

-No, nunca he dudado de que si ella hubiese sabido que iba a morir, me hubiese negado seguir con vosotras, al igual que no lo hizo en vida, sino que participó con nosotros en todo.

Me hizo subirme un poco más para que mi polla quedase sobre el nivel del agua y procedió a lamerla y a meter la punta en su boca.

La verdad es que llevaba meses deseando esos momentos. Las putas habían sido un remedo, muy placentero eso si, de nuestros juegos en la piscina, y sentir su lengua lamiendo mi prepucio y sus labios alrededor, mientras con su mano me acariciaba los huevos, unido a varios días ya sin descargar, me hizo precipitarme:

-AAAAHHHH. Me corroo.

Se la metió hasta el fondo y estallé en un orgasmo intenso. La mantuvo hasta que dejó de salir y continuó con la mamada, volviendo a ponerla dura enseguida.

Se subió encima y se la clavó hasta el fondo.

-MMMMM Yo también estaba necesitada de tu polla.

Empezó a botar sobre ella y a gemir, acelerando el ritmo tanto de los botes como de los gemidos, hasta que se abrazó fuerte a mí mientras explotaba en otro orgasmo.

-Realmente estábamos necesitados. –Dije yo, con la polla todavía dentro.

-No sabes cuanto. –Dijo ella- No sé qué haremos cuando te vayas.

-¿Te lo ha contado ya?

-Si. Y no he podido hacer que cambie de opinión. Ni siquiera recordándole que eres el mejor oficial que tiene.

Volvió a abrazarse a mí, y al momento empezó con movimientos circulares de su cuerpo teniendo como eje mi polla.

-Vaya, vaya. Que bien os lo estáis pasando. ¿No me vais a invitar? –Dijo Ana mientras se desnudaba.

-¿Porqué no me das tu coño a probar? –Le dije.

Ella se colocó entre ambos, con el coño en mi boca, y el culo en la de Janice.

Yo empecé a comerlo con apetito, mientras que Janice le daba lametones en el ano cada vez que sus círculos le obligaban a pasar por allí.

La madre, no tardo mucho en empezar a gemir, a moverse más deprisa y decir.

-Me voy a correr, me voy a correr.

La hija, estimulada por estas palabras y mi boca soltó

-Yo también, también.

No sé cual de ellas empezó primero, pero empezaron a moverse más, a apretarse más a mí y a gemir.

-AAAHHH

Se corrieron ambas a la vez..

-Ahora déjame a mi, mamá.

La madre se retiró y la hija la sustituyó, clavándose la polla en el culo. Se estuvo moviendo un buen rato, mientras se estimulaba el clítoris, se corrió varias veces más, hasta que, al fin, llegó mi turno y derramé mi leche en su culo.

Seguimos repitiendo posturas y alternancias, hasta que se hizo tarde. Nos fuimos a la cama y al poco llegó el Mayor.

Durante los dos meses largos que duró la espera de los nuevos oficiales, seguimos follando de todas las formas y maneras posibles, hasta que llegó la hora de la despedida.

El día antes de mi partida reuní a la familia para despedirme.

Les dije que les iba a echar mucho de menos, porque habían sido como unos segundos padres para mí. Pedí perdón al Mayor por haberle puesto en esa situación.

-No tengo nada que perdonarte. En el fondo, defendiste mi casa y mi familia también. Esos oficiales no merecían tal título, ni siquiera estar en el ejército de Su Majestad de soldados rasos. Creo resumir el sentir de todos cuando te digo -Dijo el mayor- que te vamos a echar mucho de menos.

-Lo sé. –Dije emocionado- Espero que nos volvamos a encontrar cuando vengan por Inglaterra

Al día siguiente, al salir el sol, partí para mi casa.

Cuando llegué a Inglaterra, me esperaba otra sorpresa. Al llegar a casa de mis padres, me encontré con mi padre en el lecho de muerte. Al parecer, llevaba unos meses cada vez más enfermo. Me habían escrito para informarme, pero debía haberme cruzado con la carta.

Murió en mis brazos. Conseguí unos minutos con él para darle la alegría de mi regreso y el último abrazo que era lo que deseaba. Expiró mientras lo abrazaba.

Mi madre estaba desolada. Es amor que los unía era tan fuerte que cuando se supo que no tenía remedio, empezó a enfermar ella. Murió un mes después de mi padre. También yo estuve hasta el último momento junto a su lecho, para intentar compensar los años que había permanecido fuera.

Una vez enterrados ambos, empezó a normalizarse la situación, que he de reconocer, me vino bien para mi espíritu, ya que me ayudó a olvidar el cuartel, los oficiales, los rebeldes y la casa del Mayor, así como a atenuar el dolor por la muerte de Akuti y mi futuro hijo.

Las aguas volvieron a su cauce. Una vez calmado, pude enterarme que mi hermano se había casado con Mary Anne, para que las tierras de ambos quedasen unificadas en una enorme propiedad.

A Claudine la habían casado con un rico hombre muy mayor, y era mi hermano quien la entretenía y la hacía disfrutar.

También seguía entreteniendo a Desireé.

Enseguida se puso en contacto conmigo Amanda, para reanudar nuestras ocultas relaciones. Ya no me importaba nada, por lo que acepté más por mi placer que por el de ella, aunque nunca tuvo queja.

Aprovechando una visita a su hija, deslizó una nota en mi mano, en la que me invitaba a quedar en la misma cabaña. Tras leerla disimuladamente, le hice un breve gesto de asentimiento.

Como siempre, llegué a la hora convenida y la encontré allí, vigilada por la fiel Brigitte.

Le dediqué una sonrisa y me dirigí a la casa. Nada más entrar, me encontré a Amanda acostada sobre la mesa, con los pies en el suelo y las piernas separadas, ofreciéndome su culo y su coño.

Vi que había estado masturbándose, porque su coño estaba abierto, brillante y goteando, su culo dilatado también me decía que estaba preparado.

No dije nada. Ella tampoco. Me acerqué despacio. Cuando estuve a su lado, puse mi dedo en su nuca y lo fui moviendo a lo largo de la columna vertebral hasta llegar a la raja del culo. Se le puso la piel de gallina. Me situé tras ella, el ruido de mi ropa al salir de mi cuerpo le hacía mover el culo de excitación.

Desnudo y con la polla a reventar, le di un repaso desde el clítoris al ano con la punta de mi polla. Apreté mi cuerpo contra su culo, dejando mi polla a lo largo de su raja, e inclinándome, levante su torso para apoderarme de sus tetas, sobarlas y presionar sus pezones.

Ella respondió moviendo el culo para sentir más el roce de mi polla y con un largo gemido.

-MMMMMMMMMMMM. Cuanto tiempo. –dijo.

-Calla. No hables si no te lo indico.

Seguí manipulando sus tetas, presionando los pezones y frotando mi polla por los labios del coño. Ella cada vez se movía más, gemía más y más fuerte y se la notaba al borde del colapso nervioso por el deseo.

En ese momento eché su cuerpo sobre la mesa, retrocedí levemente hasta que mi polla se puso en su entrada y la clavé sin contemplaciones.

El choque de mi cuerpo con su culo como consecuencia de la total penetración de mi polla, le desencadenó un orgasmo que la hizo gritar y convulsionar. Yo notaba las contracciones, que me producían un placer morboso.

Cuando cesaron, comencé un lento movimiento de entrada y salida, contrarrestado con la entrada en su culo de mi dedo pulgar, con rotación en su interior, cada vez que la sacaba y con la retirada del dedo cuando la metía.

Poco a poco fui acelerando los movimientos de mi polla, dejando dentro de su culo el dedo, pero moviéndolo en círculos dentro de su culo.

-¿Qué me estás haciendo? Sigue –Decía al sentir la presión de mi polla aumentada por la del dedo.

Llevé mi otra mano a su coño y empecé a frotar su clítoris lo que le provocó un orgasmo largísimo o una serie encadenada de ellos. Quedó como ida. Me salí de ella, y la cogí en mis brazos, llevándola a la cama y depositándola en ella.

Cuando se recuperó dijo.

-Gracias George. No sabes lo que te he echado de menos. Esto ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida.

-No hables todavía. Aún no me he corrido.

Fui bajando por su cuerpo, besando su cuello, pechos, chupando sus pezones y jugando con ellos y mi lengua, bajando por su ombligo hasta llegar a su sexo que se hallaba tan abierto como las puertas de la catedral el día del patrono.

Metí su clítoris nuevamente hinchado en mi boca y lo acaricié con mi lengua. Nuevos gemidos de placer acompañaron mi acción. Yo respondí metiendo dos dedos en su coño y otros dos en su culo y frotando con rapidez.

Cuando estaba al borde de un nuevo orgasmo, la dejé para incorporarme, levantar sus caderas echando sus piernas sobre mis hombros y clavándosela en el culo. Emitió un grito, mezcla de dolor y placer y dijo:

-Asiii, rómpeme el culo. No pares.

Bombeé con rapidez, mientras mi pulgar hacía círculos sobre su clítoris hasta que alcanzó un nuevo orgasmo. Las contracciones de su ano provocaron que le llenase el culo con mi leche y caímos rendidos una junto a otro.

Una vez repuestos, se levantó y comenzó a ponerse su ropa interior francesa.

-Si tuviésemos tiempo te follaría con esa ropa puesta.

-La próxima semana podrás hacerlo. Y probablemente un modelo nuevo que espero recibir en los próximos días.

-Lo esperaré con impaciencia.

Nada más marchar Amanda, entro Brigitte, que se situó junto a la cama, con la cabeza baja y las manos a la espalda, esperando algo de mí.

-¿Qué te pasa? ¿No quieres venir a la cama conmigo?

Levantó la cabeza y sonriendo empezó a desnudarse de la poca ropa que llevaba, saltando sobre la cama y abrazándome. Cuando se separó, llevaba lágrimas en sus mejillas, y con los gestos me dijo que tenía miedo de que ahora no quisiese saber nada de ella.

-Claro que quiero estar contigo. Es más, realmente eres la única con la que estoy más a gusto y con la que más quiero estar.

Nos recostamos en la cama y comencé a besarla. Respondió al instante. No la follé, le hice el amor como anteriormente se lo había echo a Akuti. Las penetraciones fueron acompañadas de besos y caricias, lo que quizá propició más el que alcanzase fuertes orgasmos que la hacían abrazarse a mí con fuerza hasta que volvía a relajarse, mientras le susurraba palabras de amor al oído, continuando nuevamente donde lo habíamos dejado. Yo me corrí dos veces en su coño y una en el culo.

Cuando marché de allí, la dejé dormida, totalmente agotada por los orgasmos y las emociones que había tenido.

A la semana siguiente, cuando llegué a la cabaña, Amanda me esperaba como la vez anterior, pero esta vez lucía sobre su cuerpo la fina lencería francesa.

La follé bestialmente por todos los agujeros. Perdió la cuenta de los orgasmos que tuvo, hasta el punto que, cuando marchó, tuve que montarla sobre su caballo. Eso si, sin la ropa interior de diseño francés. Se la había destrozado.

En las siguientes semanas, fueron repeticiones de la primera. Mi cariño por Brigitte fue en aumento, aunque no quería reconocerlo, escudándome en que utilizaba a todas las mujeres para mi propio placer.

Desireé empezó a sospechar de las salidas semanales, mismo día, misma hora, por lo que hizo averiguaciones no se cómo, y descubrió lo que hacía, y esa misma noche y las siguientes, se metió en mi cama con la sana intención de dejarme seco.

Claudine, que iba todos los días a visitar a su hermana y así quedar con mi hermano, también le extrañó que yo no estuviese el mismo día y a las mismas horas, por lo que oliéndose algo, uno de los días pasó por la cabaña, mientras estábamos su madre y yo. Aunque Brigitte nos avisó con tiempo y estábamos vestidos cuando llegó, no pudimos ocultar lo que pasaba, por lo que se apuntó a las visitas de su madre

Esto duró seis meses, hasta que reflexioné y me di cuenta de que me estaba convirtiendo en el semental de todas ellas y que eso no era lo que yo deseaba para mi futuro. Al mismo tiempo, tanto el marido de Claudine como el de Amanda, recibieron información de que sus esposas se veían conmigo, y, aunque nunca pudieron demostrar nada, fui retado a duelo por el marido de Claudine, con el apoyo oculto del marido de Amanda, que no podía participar por ser el suegro de mi hermano.

Cuando mandó a sus padrinos a retarme, me pilló por sorpresa. En ese momento, me encontraba con mi hermano en el despacho que fuera de papá y que ahora era suyo, comentando cosas de la finca, cuando un lacayo entró y anunció que dos hombres habían venido a visitarme. Tras hacerlos pasar y exponer su misión, mi hermano se ofreció inmediatamente a ser mi padrino. Gracias a él, no tuve que preocuparme por los detalles.

El día señalado para el duelo acudí puntualmente a la cita, donde ya estaban los padrinos y donde al momento, llegó mi oponente.

Al considerarse él el ofendido, eligió pistolas, sabedor de que con la espada no tenía mucho futuro. Recibimos las instrucciones de los padrinos, pusimos nuestras espaldas juntas, avanzamos ocho pasos cada uno y nos giramos. Yo sabía que era muy superior a él, y no era mi intención matarle. Cuando el padrino que dirigía el duelo dio orden de apuntar, pasé auténtico miedo. Más que en los combates contra los rebeldes. La mano del viejo temblaba de tal forma que temí que el disparo me diese y recorriese todo mi cuerpo antes de salir.

Por suerte, disparó y la bala se perdió por algún lugar. Yo por mi parte, renuncié a mi disparo y le pedí perdón por los rumores que habían surgido, asegurándole la virtud de su esposa, con la que me unía una amistad desde niños, y que probablemente alguien había malinterpretado a la hora de informarle.

Él, que se había visto muerto, reacciono bien, no le dio importancia y me autorizó a visitar a su esposa en su casa cuando quisiera. Preferentemente cuando estando él presente.

Al regreso, hablé con mi hermano a petición suya, analizamos la situación y llegamos a la conclusión de que no podía quedarme allí. Si permanecía, sufriría el constante acoso de las mujeres de mi vida, incluso de Mary Anne, su mujer, y no es que le importase, porque todas ellas las habíamos compartido ya, pero con ello no me labraría un futuro digno.

Acordamos que el gestionaría mis tierras y mi patrimonio, para lo que le di poderes suficientes, y yo marcharía hacia el nuevo mundo para hacer fortuna. Y así lo hicimos.

Antes de partir hacia el puerto, mi hermano me dio una buena suma de dinero y una carta de recomendación para un hombre que conoció en Londres y que partió como colono hacía bastantes años ya. Al parecer, le había escrito solicitando una persona honrada e inteligente para llevar su plantación de tabaco y sabía que yo reunía esas condiciones.

Y aquí estoy, esperando a que parta mi barco dentro de un par de horas. Dejaré mi diario aquí. Lo enviaré con un correo a casa de mi hermano para que lo guarde. Desconozco cual será mi vida futura, y quiero creer que tendré tiempo para poder relatarla algún día. Nuevamente dejo a Brigitte, ahora que me encontraba a gusto con ella, pero espero volver para poder casarnos.

George Geldof

Por la gracia de Dios y Su Majestad El Rey

Con estos datos, busqué otros diarios y encontré el que continúa la historia de este.

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