Si mi primera noche con mi cuñada fue en gran medida sexo forzado, en la segunda Nuria se entregó a mí voluntaria y totalmente. Habiendo descubierto un placer que hasta entonces le era desconocido, decidió que junto conmigo iba a explorar todas sus facetas y comportándose como una autentica zorra, buscó una y otra vez mis brazos aunque eso  supusiera traicionar la confianza de su hermana.
Aunque durante años, esa morena y yo no nos podíamos soportar después de la experiencia vivida, comprendió que su rechazo no era más que una forma de ocultar la atracción que sentía por mí y por eso al despertar esa mañana en mi cama, sintió celos de Martha que todavía dormida, se acurrucaba al otro lado de mi cuerpo. Sin podérselo creer, supo que aunque había disfrutado con ella también no le gustaba que otra mujer estuviera en mis brazos.
De mal humor, despertando a la inglesa, le dijo:
-Vete a ver si Arthur te necesita.
Yo, que seguía dormido, no me enteré de que la rubia se había ido. Mi cuñada al quedarnos solos, se volvió a abrazar a mí y sintiéndome suyo, sonrió mientras con su mano me empezaba a acariciar. Sin mediar intención por mi parte, involuntariamente mi pene reaccionó a sus caricias y poco a poco fue poniéndose duro ante la mirada satisfecha de esa mujer. Al alcanzar la longitud que estaba buscando, se puso a horcajadas sobre mí y poniendo mi glande en su sexo, se empaló lentamente.
Al sentirlo, me desperté y me quedé pasmado al comprobar la mirada de amor con la que la zorra de mi cuñada me recibió. Como estaba dormido, no la supe interpretar bien y creí que lo que esa mujer  sentía era deseo y por eso, cogiendo sus nalgas entre mis manos, introduje hasta el fondo el resto de mi miembro. Nuria al sentir que la cabeza de mi pene chocaba contra la pared de su vagina, pegó un grito y como desesperada, empezó a cabalgar sobre mí buscando que nuevamente derramara mi simiente en su interior.
-Se ha despertado bruta la zorra de mi cuñada- dije al comprobar el volumen de sus berridos.
-Te necesito- fue lo único que alcanzó a decir la hermana de mi mujer antes de empezar a sentir que un orgasmo le atenazaba la garganta.
Con su coño convertido en manantial antes de tiempo, la mujer que durante años me había hecho la vida insufrible, comprendió que en solo dos días se había vuelto adicta a mí y mientras se corría, comenzó a llorar en silencio. Sin exteriorizarlo, disfrutaba y sufría con mi pene inserto en su cuerpo. Deseaba a la vez que me desparramara y sembrara su útero con mi semen pero por otra parte quería salir corriendo y no verme más. Ajeno a su sufrimiento, cogí sus pechos entre mis manos y llevándolos hasta mi boca, me puse a mamar de ellos mientras le decía:
-¡Me pasaría toda mi vida entre tus tetas!

Mi comentario jocoso en absoluto tenía un significado más allá de un piropo un tanto brusco, pero mi cuñada al oírlo creyó que compartía su mismo sentimiento y abrazándose a mí, me dijo:

-Yo también te amo pero no quiero hacerle daño a mi hermana.
Su confesión me puso los pelos de punta y retirándola de un empujón, salí de la cama todavía empalmado. Nuria que no se había percatado de mi cara, creyó que era parte de un juego y poniéndose a cuatro patas, me pidió que volviera con ella. Aunque en otro momento no me hubiese podido resistir a semejante ofrecimiento entonces me pareció fuera de lugar y sentándome en una silla, le pedí que me explicara qué era eso de que me amaba.
Al ver mi seriedad, Nuria echándose a llorar me reconoció que desde que había sido mía, no podía pensar en otra cosa mas que en compartir su vida conmigo.
-¡Tú estás loca!  ¡Tu hermana es mi mujer!- exclamé indignado.
Echa una energúmena, se lanzó contra mí diciendo:
-Maldito, ¡Eso no te importó al violarme en la playa!
Os juro que si no llego a parar sus brazos, esa mujer me hubiera pegado pero afortunadamente conseguí detenerla y ya aprisionada, intenté razonar con ella. Por mucho que intenté que recapacitara, como una loca se retorció e intentó darme patadas, por lo que no me quedó más remedio que soltarle un tortazo. Desde el suelo, me gritó:
-¡No te basta con haber destrozado mi vida que ahora me pegas!
Comprendí al ver la señal de mi mano en su cara que me había pasado y tratando de reparar mi torpeza, me senté junto a ella y la trate de tranquilizar diciendo:
-Nuria, yo también te quiero pero lo nuestro es imposible.
Al sentirme a su lado, se arrodilló a mis pies y con genuinas lágrimas en los ojos, me pidió que lo intentáramos diciendo:
-No me importa ser tu amante, ni siquiera la zorra en la que liberes tu tensión cuando te enfades con tu esposa pero te lo ruego, ¡No me dejes!
Pensando que una vez en Madrid, mi cuñada aceptaría la realidad y se olvidaría de tan absurda petición, di mi brazo a torcer diciendo:
-De acuerdo pero ahora vístete.
Soltando un grito de alegría, se levantó del suelo y me obedeció. Os juro que entonces no valoré apropiadamente lo cabezota que era esa mujer pero no tardaría en comprobarlo porque cuando ya vestidos salíamos del yate, rumbo al hotel, entornando los ojos susurró en mi oído:
-¿Crees que mi hermana aceptaría compartirte conmigo?
Sé que debí cortar por lo sano pero esa idea me pareció además de irrealizable, super morbosa y como todavía nos quedaba un día en esa playa, preferí dejar para España ese trance y disfrutar de esa zorra lo que quedaba de estancia por esos parajes. Por eso, azuzando su ritmo la llevé hasta mi cuarto.

Nuestra última tarde en México
Una vez habiéndonos desahogado las ganas, Nuria se quedó dormida en la cama. Su descanso me permitió valorar apropiadamente lo buenísima que estaba esa mujer. Su melena morena caída sobre la almohada, dotaba a esa preciosidad de una sensualidad difícil de describir pero para colmo esos enormes pechos eran tan duros que aunque estaba acostada boca arriba, seguían como por arte de magia apuntando al techo. Bajo esos dos monumentos, un estómago liso era el anticipo de unas caderas de infarto  y siguiendo el camino, su depilado pubis coronaba su belleza.
“¡Si no fuera tan zorra…!”pensé al recordar que, aunque pareciera a simple vista un ángel de ojos verdes, esa mujer era una manipuladora sin escrúpulos. Cuanto más la veía y más recordaba su pasado comportamiento, menos me podía creer su supuesta transformación. “Nadie cambia así de la noche a la mañana!” sentencié dando por sentado de que su “enamoramiento” no era más que otra estratagema con la cual joderme y por eso, decidí que iba a hacérselas pasar putas en tiempo que siguiéramos en México.
Con la tranquilidad que me dio el haber tomado esa decisión, me senté a su lado y la empecé a acariciar con el propósito de que se confiara. Tal y como había previsto, Nuria al sentir mis manos por su cuello, se despertó y mirándome con una expresión enamorada, me pidió que volviera a la cama.
-Levántate, es la hora de comer- le dije mientras mis yemas se apoderaban de uno de sus pezones.
Su areola, como si tuviera frío, se contrajo dando muestra clara de su excitación y tratando de forzar su calentura para que fuese bien calentita a comer, llevé mi boca hasta su pezón. Nuria creyendo que quería reanudar hostilidades intentó llevarme nuevamente entre las sabanas pero dándole un suave mordisco, le reiteré que se levantara.
-Pensaba que nos quedaríamos toda la tarde en la habitación- me dijo con voz triste -¿No te apetece volverme a amar?
Estuve a punto de explicarle que nosotros no habíamos hecho el amor y que simplemente habíamos follado pero comprendí que no serviría de nada. Por eso, la cogí entre mis brazos y llevándola hasta la ducha, abrí el agua fría mientras le decía:
-Tienes quince minutos para estar lista.
Tras lo cual, la dejé gritando mientras me ocupaba de revisar su equipaje. Mi idea inicial fue elegirle la ropa pero me quedé atónito al descubrir entre sus pertenencias un marco de fotos de ella conmigo. No me impactó el no reconocer cuando nos habían tomado esa instantánea, lo que realmente me puso en alerta fue el motivo por el que esa mujer la había llevado consigo en ese viaje.
Por primera vez, comencé a temerme que no fuera una pose pero tras recapacitar, comprendí que esa foto era parte de un plan b. Estaba convencido e incluso ella me lo había confirmado que su diseño inicial era engatusar a nuestro jefe y ahora que le había fallado, quería ejecutar su proyecto alternativo. Encabronado, guardé el marco en la maleta y decidí esperarla sin más.
Nuria salió del baño todavía enfadada y sin dirigirme la palabra se puso a vestir. Aunque fui testigo de cómo esa preciosidad se vistió, os tengo que reconocer que no me excitó ver como lo hacía, estaba demasiado enfadado con ella para ello. En cambio, los diez minutos que tardó en vestirse me dieron el tiempo que necesitaba para tranquilizarme y sobre todo para planear qué coño hacer.
Cuando se hubo engalanado, el resultado no podía ser más satisfactorio. Aprovechando la temperatura que hacía, mi cuñada se puso un vaporoso vestido que resaltaba la perfección de sus formas.
“Será una zorra pero está buena”, pensé al admirar su cuerpo tras la tela.
La hermana de mi mujer se percató de mi mirada y sonriendo me dijo que estaba lista por lo que sin explicarle donde íbamos, la saqué del hotel. Con la cámara de fotos colgada en mi cuello, la llevé hasta el coche que había alquilado y ya en él, me dirigí hacía una playa alejada.
-No traigo traje de baño- dijo cuándo se dio cuenta  a dónde íbamos.
-No te va a hacer falta- respondí.
Debió de comprender que tenía planeado porque poniendo una expresión pícara, me soltó:
-Eres muy malo.
Al mirarla de reojo, observé que sus pezones se le habían erizado. Su reacción, no por ser previsible, me dejó de sorprender porque sabiendo la facilidad que esa tipa tenía para calentarse que, solo con la perspectiva de ser fotografiada por mí, se pusiera verraca era algo al menos novedoso.  Intentando confirmar esa faceta, le dije:
-Voy a hacerte un book erótico.
Nuria se quedó callada al oír mis intenciones pero lejos de enfadarse con la idea, saber que le tomaría fotos de carácter porno, le hizo suspirar y tras unos minutos donde debió estar valorándolo, me preguntó:
-¿Por qué?
Sin ocultar mis razones le expliqué que con ese reportaje, sería incapaz de traicionarme porque de hacerlo, le arruinaría la vida. Si creía que seiba a enfadar, me equivoqué porque nada mas revelárselo, me dijo:
-Nunca podría traicionarte pero si así te quedas más tranquilo, ¡Lo haré!
Que hubiese aceptado a la primera darme las herramientas con las que tenerla controlada, me hizo dudar de si había juzgado bien sus motivos temiéndome que su entrega fuera real tal y como ella sostenía. Al llegar a la playa, su actitud solo incrementó mi zozobra porque bajando del coche, me soltó:
-¿Qué quieres que haga?
La naturalidad con la que me lo preguntó, me indujo a buscar en esa playa algo que la hiciera reconsiderar su decisión. Al ver cerca de unas rocas a una negra tomando el sol, decidí llevarla hasta allá:
“En cuanto vea que la voy a exhibir ante una desconocida se va a negar”, me dije dirigiéndome hasta ese lugar.
De camino, Nuria en vez de estar preocupada parecía feliz porque me soltó que esperaba que después de la sesión de fotos, volviéramos a la habitación. Al irnos acercando a donde estaba esa mujer, me quedé pálido al observar que la dama en cuestión era una culturista y que en vez de un cuerpo femenino, bajo ese bikini se escondían una serie de músculos con los que yo no podría competir en una lucha.
La negra al escucharnos llegar, dio muestras de que la estábamos incomodando al dirigirme una dura mirada tras lo cual se giró para no vernos. Decidido a que esa hembra fuera parte de la prueba, puse el trípode con la cámara a escasos tres metros  de ella y una vez con todo preparado, miré a mi cuñada y le pedí que empezara a posar. Haciendo caso omiso a que hubiera alguien observando, Nuria se comportó como una modelo profesional, meneando su melena y poniendo poses a cada cual más sensual.

Cómo ya os he explicado varias veces, la hermana de mi mujer es un espectáculo. Sus ojos verdes le confieren a su cara una picardía mezclada con ternura que hace que su presencia no resulte indiferente a nadie y si a eso le unimos unos pechos enormes y un cuerpo de antología, dan como resultado que mi queridísima cuñada resulte irresistible.
No llevaba ni diez fotos cuando comprendí que me estaba empezando a calentar pero recordando mi plan, tuve que aguantarme las ganas de saltar sobre ella y con voz profesional le dije que dejara caer un tirante. Nuria no solo me obedeció sino que adelantándose a mi siguiente orden, metió una mano por su escote y se pellizcó un pezón mientras se mordía sensualmente los labios.
La escena estaba subiendo de temperatura cuando de reojo, observé que habíamos conseguido captar la atención de la afroamericana. Con sus músculos en tensión, no perdía ojo de lo que estábamos haciendo.
-¡Súbete la falda!- dije todavía manteniendo una frialdad que no sentía.
La zorra de mi cuñada sin quitar su mano de su pecho, llevó la otra a su entrepierna y dando ostensibles gemidos, fue levantando el vuelo de su vestido mientras ponía cara de puta.
“¡Cómo me pone!”, no pude dejar de aceptar al ver la sexualidad que desprendía por todos sus poros y añadiendo otro motivo para picar aún más la curiosidad de la negra, le pedí que se quitara las bragas.
Dotando a sus movimientos de una lentitud exasperante, Nuria me obedeció mientras yo inmortalizaba la secuencia con mi cámara. Lo creáis o no, esa mujer llevó sus manos hasta su tanga y con una sensualidad sin límites, fue bajándola por sus piernas mientras me miraba fijamente.
“¡Dios!, ¡Qué buena está!”, exclamé mentalmente al observar que una vez se había despojado de su ropa interior, se apoyaba en la roca y arremangándose el vestido, iba descubriendo centímetro a centímetro la perfección de sus muslos.
La enorme culturista que hasta entonces se había mantenido en un discreto segundo plano, no pudo evitar acercarse a mí y observar de más cerca a mi cuñada.  Sonreí al percatarme de la mirada de deseo de la negra y buscando incrementar su morbo, cuando Nuria ya tenía su sexo al descubierto, le pedí que se masturbara.
SI pensé en algún momento que se iba a sentir incomodada, no pude estar más errado porque con un brillo no disimulado en sus ojos, separó con sus dedos los pliegues de su vulva y cogiendo el botón que escondían, se puso a acariciarlo.
-¡Oh! ¡My god!- susurró la desconocida al advertir que mi cuñada se toqueteaba el clítoris  mientras yo seguía tomando fotos.
Los pezones de la negra se le marcaron bajo el bikini mientras su dueña era incapaz de retirar su mirada de ese coño. La confirmación de que esa gigantesca mujer se estaba viendo excitada por la escena vino cuando la vi cerrar sus piernas en un intento de contener su calentura. Ya convencido de que esa mole iba a ser coparticipe de la sesión de fotos, pedí a mi cuñada que le mostrara el culo.
Nuria viendo mis intenciones, se dio la vuelta y usando sus manos, separó sus nalgas para que pudiera tomar una fotografía de su ano. Acercándome a ella, tomé varios primeros planos, descubriendo que para entonces la humedad ya encharcaba su sexo.
-¡Eres una putita exhibicionista!- le dije dando un azote en su trasero.
Mi caricia hizo que con más interés se abriera los dos cachetes y que sin habérselo exigido se introdujera un dedo en su esfínter mientras miraba de soslayo a la negraza. La desconocida al ver a mi cuñada masturbándose por ambos orificios, pegó otro suspiro totalmente excitada. Al percibir que estaba deseando participar, le solté en inglés:
-¿Can you help me?
Sin llegarse a creer su suerte, la mulata se acercó y en un español con marcado acento, me preguntó en que quería que me ayudara.
-¿Te apetece participar?- contesté y viendo que aceptaba, le pedí que terminara de desnudarla.
La mujer sin esperar a que se lo repitiera, se acercó a donde estaba mi cuñada y le ayudó a quitarse el vestido. Mientras lo hacía, la sonrisa que lucía Nuria me informó de que estaba disfrutando por lo que comprendí que no estaba consiguiendo mi propósito de avergonzarla. Pero lo que nunca me esperé fue que abrazándose a la negra, le pusiera los pechos en la boca y le dijera:
-Mi hombre quiere fotografiarme mientras me follas.
Os confieso que me alucinó la reacción de esa desconocida porque sin conocernos ni saber cuál iba a ser el destino de esas fotos, metió en su boca los pezones de mi cuñada y se puso a mamar de ellos como descocida. El contraste de su piel oscura contra la blancura de Nuria terminó de elevar mi paranoia y ya sin freno, le dije al oído:
-Es toda tuya.
La culturista habiendo obtenido mi permiso, pegó aún mas su cuerpo contra el de mi cuñada y restregando su sexo contra el de la otra mujer, me sonrió totalmente entusiamada.
-Así, ¡Sigue!- suplicó al sentir los dientes de la negra en sus areolas.
Durante un rato, la mulata se  conformó con mamar esos pechos que había puesto a su disposición. Con la destreza que da la experiencia, chupó de esos dos manjares sin dejar de acariciar la piel de mi cuñada. Viendo que había conseguido vencer sus reparos iniciales y que Nuria estaba disfrutando, siguió bajando por su cuerpo dejando un húmedo rastro camino su sexo.
Arrodillándose en la arena, le separó con ternura los labios de su vulva, tras lo cual la obligó a separar las piernas. Incapaz de negarse, Nuria obedeció y fue entonces cuando se apoderó de su sexo. Con suavidad se concentró en su  botón.
-¡Me encanta!- suspiró aliviada al asimilar que la boca de esa mujer le gustaba.
Esa confesión dio a la desconocida el valor suficiente para con sus dientes y a base de pequeños mordiscos, llevarla hasta su primer orgasmo. De pie, con sus manos en el pelo afro de la mujer y  mirándome a los ojos, se corrió en la boca de la otra. La negra al notarlo, sorbió el río que manaba de ese sexo, y profundizando en la dulce tortura, introdujo un dedo en la empapada vagina. Sin importarle que yo estuviera presente,  gritó de placer:
-¡Por favor! ¡Quiero más!
Interviniendo, cogí la toalla de la desconocida y trayéndola hasta el amparo de las rocas, la extendí sobre la arena. Una vez allí, ordené a mi cuñada que se tumbara en la misma  y mirando a esa extraña, le solté:
-Fóllatela.
La mujer me miró aterrada pero cumpliendo con nuestro trato no escrito, se fue acercando hasta donde le esperaba la otra mujer. Nuria desde el suelo esperó a que esa gigante procediera  pero la indecisa mujer no se atrevía.
-¿Qué hago?-  me preguntó asustada.
Comportándome como su mentor, la obligué a arrodillarse entre las piernas de mi cuñada y con una suave presión de mis manos, acerqué su cabeza contra su meta. Al sentir el coño de Nuria pegado a sus labios, venció todos los reparos de la culturista y sacando su lengua reinició sus caricias. Por su parte, la hermana de mi mujer berreó como una puta al notar la húmeda carantoña y en voz en grito proclamo su placer al viento.
Si de por sí yo ya estaba excitado al observar las negras y duras nalgas de la desconocida moverse al compás de su boca, fue algo a lo que no me pude evadir y acercándome a la pareja, las acaricié con mis manos. En contra de lo que había previsto, la piel de su trasero era tersa y suave. Por eso y habiendo escuchado el gemido que salió de su garganta al ser tocada por mí, me dio los arrestos suficientes para prolongar y profundizar mi manoseo. Fue entonces cuando olvidándose momentáneamente del sexo de mi cuñada, la enorme mujer se giró y con voz descompuesta, me dijo:
-Fock me.

No me lo tuvo que repetir y sin darle tiempo a arrepentirse, le bajé la parte de abajo del bikini, dejando al descubierto un sexo casi depilado por completo. La visión de ese manjar y la certeza de que estaba anegado hicieron el resto y ya con mi pene completamente erecto, me desnudé.
Para entonces, la negraza ya se había apoderado del clítoris de mi cuñada y mordisqueando dicho botón había vuelto a conseguir llevarla al borde del orgasmo. Contando con su autorización, cogí mi pene y colocándolo entre sus nalgas empecé a frotarlo contra su raja. La culturista bramó como loca, al sentir mi tranca en su culo y sin pedirme mi opinión la cogió con la mano y la llevo hasta la entrada de su sexo.
“Mierda, me apetecía follarle el culo”, maldije entre dientes pero asumiendo que me quedaría con las ganas, de un solo empujón se lo metí hasta el fondo. No me sorprendió encontrármelo encharcado por lo que sin esperar a que se acostumbrara empecé a cabalgarla mientras le ordenaba que usara sus dedos para dar placer a mi ya amante. La mulata quizás estimulada por sentir mi miembro en su interior pegó un grito y con mayor énfasis, reanudó la comida de coño introduciendo un par yemas en el sexo de Nuria.
-¡Me encanta ver cómo te la follas!- aulló, satisfecha y sin cortarse en absoluto, se pellizcó los pezones mientras me pedía que le diera un azote en ese culazo a la desconocida.
No tardé en complacer su deseo y con un sonoro azote, azucé el ritmo de la mujerona. Esta al sentir mi ruda caricia en su nalga, aceleró el roce de su lengua sobre el sexo de la muchacha. El chapoteo de mi pene al entrar y salir del chocho de nuestra cómplice me convenció de que esa mujer estaba disfrutando del duro trato y soltándole otra nalgada, exigí que se moviera.
-¡Yes!-chilló dominada por la pasión la enorme desconocida.
El rostro de mi cuñada me reveló que no iba a tardar en tener un orgasmo por lo que aceleré el compás de mis penetraciones para intentar que ese saco de músculos cumpliera con su función. Curiosamente, el conducto de ese oscuro chocho era estrecho y por eso cuando acuchillé su interior con mi estoque, creí partirla en dos. La presión que ejercía contra mi pene me hizo temer correrme antes de tiempo y por eso tratando de prolongar mi erección, redujé mi ritmo mientras con los dedos empezaba a acariciar su esfínter.
Desgraciadamente, Nuria no pudo más y soltando un berrido se corrió. Nada más hacerlo, se percató de que estaba estimulando a la negra por detrás y hecha una furia se abalanzó sobre ella y la retiró de mí.  Mi cuñada totalmente celosa no se lo pensó dos veces en darle ese empujón y a voz en grito, me pidió que me tumbara. Con mi pene tieso, obedecí y nada más poner mi espalda contra la toalla, escuché que me decía:
-¡Puedes follarte a cualquiera pero dar por culo solo a mí!
Medio cabreado por la oportunidad perdida, le contesté:
-¡A qué esperas!
Mi respuesta debió complacerla porque luciendo una sonrisa de oreja a oreja, se agachó de espaldas y poniéndose a horcajadas, se empaló lentamente su propio ojete. La lentitud con la que se introdujo mi miembro en su interior, me permitió sentir como mi glande se abría camino y como su estrecho conducto, parecía estar hecho a medida de mi pene.
-¡Qué gozada!- aulló al notar que la rellenaba por completo y que la base mi verga chocaba contra sus nalgas.
Fue entonces cuando con la cara descompuesta, La negra que había asistido atónita al empalamiento, se puso a chuparle los pechos y al ver que mi cuñada no rehuía el contacto bajando la mano hasta la entrepierna, empezó también a masturbarla. Nuria al sentir la triple estimulación  con tono descompuesto, chilló:
-Cariño, ¡Dale por culo a tu puta!
Tras lo cual, inició un desenfrenado galope usándome como montura. Bramando de deseo,  empleó mi pene como si de un consolador se tratara.  Izando y bajando sus caderas, dio inicio a un rápido mete-saca donde mi única función era poner mi polla a su disposición.
-¡Dirty bitch!- exclamó la mulata al percatarse del zorrón que era y pegándole un duró mordisco en un pezón, reinició sus toqueteos.
-¡Como deseaba sentirme tuya!- chilló satisfecha  mientras su cuerpo unía un orgasmo con el siguiente.
La entrega de mi cuñada fustigó pasión y llevando su ritmo a unos extremos brutales, acuchillé su interior sin parar. Si ya estaba de sobra estimulado, bramé como un toro al ver que la negra usaba su otra mano para satisfacer su propia lujuria e incapaz ya de parar, busqué liberar mi tensión vía placer.
La explosión con la que sembré sus intestinos, se derramó y saliendo por los bordes de su ano, empapó con su blanca simiente no solo las piernas de Nuria sino las negras manos que la estaban pajeando. La culturista al advertir que había terminado, usó su fuerza bruta para voltear a mi indefensa cuñada y poniéndola a cuatro patas, le abrió ambos cachetes y se puso a recolectar con su lengua mi semen.
Nuria que no se lo esperaba, disfrutó como una perra de la lengua de esa atleta mientras recogía con auténtica ansia la producción de mi pene. La morena habiendo dejado sin rastro de mi simiente su ano, se levantó y yendo hasta su bolso, cogió un boli y anotó algo en un papel, tras lo cual volvió y dándomelo, me dijo:
-Este es mi mail- y sonriendo me pidió: -¡Mándame las fotos!
Soltando una carcajada, le prometí hacerlo y tumbado sobre la arena, vi como esa mujer de enormes músculos y coño pequeño desaparecía rumbo a la salida. Mi cuñada todavía tardó unos minutos en sobreponerse al esfuerzo y cuando lo hizo, se abrazó a mí diciendo:
-Tengo que contarte un secreto.
Por su tono meloso, comprendí que no me iba a gustar ese “secreto” pero aun así, la curiosidad pudo más que la prudencia y por eso le pregunté cuál era. Mi cuñada, la preciosa hermana de mi mujer, se acurrucó entre mis brazos antes de decirme:
-¡Llevo más de dos meses sin tomarme la píldora!