DETECTIVE CONAN: DETRÁS DE LAS CÁMARAS.
Me llamo Conan Edogawa. Supongo que, si estás leyendo esta historia, sabes quien soy y lo que me ha pasado, pero claro, habrá lectores que no tengan ni idea de lo que me sucedió, así que les haré un pequeño resumen.
Mi verdadero nombre es Shinichi Kudo, y soy detective. A pesar de ser todavía un adolescente, he resuelto cientos de casos. Robos, asesinatos, secuestros, ningún crimen se me resistía… Hasta que me topé con los hombres de negro.
Estos tipos conforman una peligrosa organización criminal, de la que tuve noticias por primera vez mientras resolvía un asesinato en un parque de atracciones. Estos criminales, para librarse de mis pesquisas, me obligaron a beber un veneno que habían desarrollado ellos mismos. Por suerte, el brebaje falló, así que no acabé muerto, pero tuve que sufrir un inesperado efecto secundario: rejuvenecí varios años, volviendo a convertirme en un crío de primaria.
Ayudado por el profesor Agase, un científico amigo mío, conseguí mantener en secreto mi situación, y acabé viviendo bajo el mismo techo que la chica de la que estaba enamorado, Ran Mouri, una morenaza deportista con un cuerpo de impresión y un carácter de perros, la cual pensaba que Sinichi estaba de viaje por un caso y yo era un primo lejano de visita.
Imagínense el infierno en que se convirtió mi vida a partir de entonces, convivir con la chica que amas, atrapado en un cuerpo infantil, mientras tu mente adolescente se llena de pensamientos muy poco infantiles.
Esto no aparece en los comics, ¿verdad? Apuesto a que ninguno de ustedes se ha parado a pensar en la tormenta desatada en mi interior. Vivir con Ran, verla día a día, era algo a la vez maravilloso y enervante.
Y claro, lo peor era que ella no sabía nada y me tomaba por un simple crío, por lo que no se cortaba en pasearse vestida “cómoda” delante mío, vestiditos veraniegos, pantaloncitos cortos y lo peor de todo, toalla de baño rodeando su juvenil cuerpo tras darse una ducha…
Y yo, más caliente que un mono, en celo permanente, trataba de huir de ella, sabedor de que, si me quedaba a su lado cuando me asaltaban esos impulsos, podía abalanzarme sobre Ran, lo que, en el mejor de los casos, acabaría con mi tapadera y en el peor, Ran, que era campeona de karate, podía cortarme las pelotas.
Mis pelotas… tema interesante, que me lleva a otra cuestión nunca abordada en los comics… Mis atributos masculinos no habían rejuvenecido con el resto del cuerpo. Sí, sí, lo que oyen, mi polla continuaba siendo la de un adolescente de 16 años, lo que suponía un problema adicional.
Y es que no se imaginan lo que me costaba ocultar en casa mis erecciones matutinas, o lo difícil que me resultaba esconder mi empalmada cuando Ran me obligaba a tomar un baño con ella (costumbre muy japonesa). La chica se reía de mí, pensando que yo era increíblemente tímido para mi edad, sin imaginar siquiera que, si me mostraba ante ella en todo mi esplendor, podía saltarle un ojo de un pollazo. Qué dura es mi vida.
Pues así trascurría todo, ocultándole continuamente a mi amor mi auténtica identidad y resistiendo los impulsos de asaltarla. Infernal.
Y la cosa siguió así durante bastante tiempo, hasta el bendito día en que Sonoko nos invitó a pasar un fin de semana en la casa de montaña de su familia. Les cuento.
Sonoko Suzuki es compañera mía y de Ran del instituto. Sin duda, es la mejor amiga de mi amorcito, se lo cuentan todo. Físicamente no está nada mal, rubia, buen cuerpo y con mucho dinero, aunque tiene un defectillo que yo siempre encontré enervante. Es bastante pendón.
Ante la ausencia de mi yo adulto, Sonoko trataba siempre de convencer a Ran para salir por ahí a ligar. La chica tenía novio, pero el pobre no sabía el tamaño de la cornamenta que portaba, pues Sonoko no dejaba pasar ni una oportunidad. Y trataba de que Ran hiciera lo mismo conmigo. Afortunadamente, mi chica es buena persona y no le hacía caso, pero conforme pasaba el tiempo y yo no regresaba, veía como la firmeza con que Ran rechazaba las invitaciones de Sonoko de salir de marcha comenzaba a flaquear. Supongo que después de haber probado el sexo conmigo, la entrepierna debía picarle a ella tanto como a mí, y si yo no volvía…
Pues sí, señores, les revelo otro secreto que no aparece en los comics. Algún tiempo antes de mi desaparición, Ran y yo habíamos llevado nuestra relación a un nivel superior y habíamos comenzado a acostarnos. ¡Toma ya detective adolescente!
Pues eso, Sonoko, la niña rica, nos había invitado a pasar un par de días en una de las mansiones de su familia. Por suerte, la invitación me incluía a mí, pues tío Kogoro (el padre de Ran) estaba de viaje y yo no podía quedarme solo en casa. Eso me tranquilizó bastante, pues no me seducía la idea de dejar sola a Ran con el pendón desorejado, que aunque fueran a una casa pija, seguro que cerca había algún pueblo o sitio para ir de marcha.
Así que me apunté a la excursión.
El viernes por la tarde Sonoko pasó a recogernos, sentada en la parte trasera de un enorme coche. En la parte delantera iban un par de empleados del padre de Sonoko, a los que yo conocía de vista de habernos llevado en otras excursiones. El conductor se llamaba Yoshi y el otro, que actuaba más bien de guardia, creo recordar que se llamaba Taro. Era lógico que Sonoko llevara guardaespaldas, al fin y al cabo era heredera de una importante fortuna.

 

Las dos chicas iban vestidas de forma parecida, muy primaverales ellas, con tejidos ligeros y fresquitos. Especialmente sexy iba Ran, con una minifalda playera blanca que dejaba al aire sus torneadas piernas, esculpidas a conciencia con sus duros entrenamientos. Y yo, bajito como era, zascandileando entre las piernas de las dos chicas, procurando echar disimulados vistazos por debajo de sus falditas, para ver hasta donde lograba atisbar.
Por fin, nuestros dos guardianes acabaron de cargar las maletas en el coche y nos dispusimos a partir. Nos montamos los tres en el amplísimo asiento trasero, conmigo sentado entre las dos chicas, tratando de aparentar estar emocionado por la perspectiva del viaje, tal y como correspondía a un crío de mi edad. Pero mi mente iba ocupada en otras cosas. Ir montado en el coche entre dos pares de muslos juveniles estaba comenzando a alterar mi tranquilidad.
Y lo peor era que las dos chicas, pensando que viajaban acompañadas de un crío, no se preocupaban mucho de su ropa, así que las minifaldas se les subían continuamente, dejando al aire sus magníficos muslámenes, lo que me ponía burro total. Tratando de ocultar el bulto que comenzaba a formarse en mi pantalón, me senté al borde del asiento, asomándome entre los respaldos delanteros, fingiendo en estar muy interesado en el viaje y lo que íbamos a tardar en llegar a nuestro destino. El conductor, muy simpático, comenzó a charlar conmigo, diciéndome que aún nos quedaban un par de horas de viaje. Continué hablando con él un buen rato, haciéndole preguntas lo más infantiles posibles, y como el tío era buena gente y me respondía a todo, pasé un rato bastante agradable, en el que logré olvidarme un poco de las chicas y tranquilicé un poco mi erección.
Mientras, ellas proseguían su cháchara a mis espaldas. Como no les prestaba mucha atención, no sé muy bien de qué hablaron, aunque capté retazos en los que hablaban de darse un baño en las fuentes termales que había en la mansión. No me pilló de sorpresa, pues ya sabía que la casa de Sonoko poseía sus propios baños calientes.
Así pasó un buen rato, hasta que, un poco cansado de ir inclinado hacia delante, me eché hacia atrás, apoyándome en el respaldo. Las chicas seguían habla que te habla, sin prestarme la menor atención, como si yo no estuviera allí.
Aburrido, me dediqué a mirar el paisaje por la ventana. Ya habíamos dejado atrás la ciudad y transitábamos por una carretera que atravesaba un área rural, aproximándonos a una zona boscosa que debíamos atravesar. Después de hacerlo, subiríamos por una carretera secundaria de montaña hasta llegar a Hayashima, un pueblecito rústico que estaba a un par de kilómetros de la casa de Sonoko.
Como seguía aburrido, comencé a prestarle un poco más de atención a mis compañeras de viaje, en concreto a sus deliciosos muslos, porque la verdad es que no me interesaba nada de lo que estaban hablando (si la conversación hubiera versado sobre chicos, yo hubiese sido todo oídos), así que comencé a echarles miraditas disimuladas, aprovechando que no me hacían el menor caso.
Descuidadamente, empecé a mirar de reojo las piernas de las dos muchachas, que estaban bastante al aire al ir sentadas con minifalda. La temperatura de mi cuerpo comenzó a subir, pues mi mirada no se apartaba de aquellos cuerpos juveniles.
Especial atención mostraba hacia Ran claro, aunque alguna que otra miradita sí que se llevó Sonoko. Embobado espiando los muslazos de Ran, mi mente empezó a divagar, viajando unos meses atrás, cuando los dos, completamente desnudos, explorábamos nuestros cuerpos en mi dormitorio.
Recordé cada sensación, cada olor, cada sabor de aquella tarde mágica en los que los dos nos hicimos adultos. Después hubo otras tardes, sí, pero ninguna tan cargada de electricidad como la primera vez. Recordé cómo se estremecía el cuerpo de Ran entre mis brazos mientras le besaba el lóbulo de la oreja, cómo gemía quedamente mientras mis labios se apoderaban de sus dulces pezones, cómo su mano se abría paso entre mis piernas, para acariciar torpemente mi inhiesto falo, haciendo que fuera yo el que se estremeciera…
De pronto, un brusco bote del automóvil me sacó de mi ensimismamiento. El coche había pillado un bache de los gordos, lo que nos había sobresaltado a todos.

Perdón señorita – dijo el conductor sin apartar los ojos de la carretera.
Tranquilo Yoshi – respondió Sonoko – pero ten más cuidado que casi me rompo la cabeza con el techo.
Descuide.

Fue justo entonces cuando noté el estado en que me encontraba. Me había empalmado a lo bestia. Aquello era muy problemático, pues al ser tan pequeño mi cuerpo, costaba mucho esconder una polla adolescente de tamaño normal dentro de mi pantalón. Disimuladamente, volví a echarme hacia delante, rezando para que las chicas no se hubieran dado cuenta del bulto.

Conan – dijo Ran de repente – ¿estás bien?
Sí, sí – balbuceé – sólo quiero ver la carretera.
¿Seguro? –insistió ella.
Que sí, que sí.

Para tranquilizarla me volví un poco hacia ella, esbozando una sonrisilla afable. Sin embargo, lo que vi me paralizó el corazón.
El bache había hecho que la faldita de Ran se subiera por completo, quedando prácticamente enrollada en su cintura. Su dueña, que no se había dado cuenta de nada, me miraba con gesto de preocupación, mientras que yo, con la cabeza un poco ida, clavaba mis ojos en las blancas braguitas que Ran me enseñaba inadvertidamente.
Pasaron un par de segundos hasta que Ran, siguiendo la dirección de mi mirada, se dio cuenta de lo que había pasado, y se apresuró a colocarse la falda correctamente, mientras su rostro se encendía de un vivo color rojo.
Y qué decir de mí. Pillado in fraganti, me puse colorado como un tomate, así que me apresuré a inclinarme de nuevo hacia delante, con las orejas como dos farolillos de feria. Ran, supongo que avergonzada, decidió ignorar el incidente y continuó su charla con su amiga, mientras yo le hacía nuevas preguntas tontas a Yoshi.
Seguimos así un rato, bastante la verdad, pues ya me dolía el cuello y todo por la postura. Más calmado (sobre todo de cintura para abajo), volví a sentarme entre las chicas, sin que me pasara inadvertida la mirada un poquito avergonzada que Ran me dirigió.
Decidido a ser bueno, me recosté en el respaldo, tratando de prestar atención a la conversación de las chicas, que versaba principalmente sobre trapos, música y películas, temas en los que no teníamos los mismos gustos en absoluto, por lo que volví a aburrirme. Pero eso sí, esta vez logré controlar mis instintos y no espié a las chicas, así que pronto pasó lo lógico en un crío de mi edad: me entró sueño.
Sin saber muy bien cómo, pronto me encontré dando cabezadas y como no me parecía mal echar una siestecita, me abandoné. No sé cuanto rato después me desperté y medido amodorrado, me di cuenta de que me había recostado sobre Ran. Ella, con naturalidad, había dejado que el pobre crío reposara en su regazo, de forma que mi cara estaba apoyada en sus piernas. Incluso me había echado una rebeca por encima para que no cogiera frío. Dulce Ran.
Pero claro, mi calenturienta mente juvenil volvía a actuar, pues mi mejilla estaba apoyada directamente contra la piel desnuda del firme muslo de Ran. Qué delicia. El tacto de su piel envió nuevas oleadas de cálidos recuerdos a mi mente, de forma que mi imaginación volvió a dispararse.
Pronto estuve cachondo de nuevo, pero ahora me sentía más seguro, pues la rebeca tapaba mi cuerpo (ocultando la nueva erección que experimentaba) y además las chicas creían que estaba dormido. Con disimulo, deslicé una mano bajo la rebeca, muy despacito para no llamar la atención, y la dejé reposando junto a mi cara, palpando suavemente el muslo de mi amiga.
Qué maravilla, volver a sentir su calor, el roce de su piel… se me había puesto como un leño. Muy lentamente, y siempre bajo la cobertura que me ofrecía la prenda que me tapaba, llevé mi otra mano hasta mi entrepierna, y deslizándola por la cinturilla del pantalón, me agarré con fuerza la polla, dándome delicados estrujones mientras sentía la cálida piel de Ran con la otra mano.
Aunque mi cuerpo me lo pedía a gritos, no me atreví a pajearme de forma más decidida, pues la posibilidad de que las chicas me pillaran me aterrorizaba. Además, si me corría en los pantalones me iba a poner perdido y sería algo imposible de ocultar.
Así que me dediqué a acariciarme subrepticiamente, sin atreverme a nada más, pero disfrutando cada segundo del viaje. Llegué a sopesar la posibilidad de darme la vuelta en sueños, de forma que mi rostro quedara apretado contra la entrepierna de Ran, a ver si conseguía echarle un nuevo vistazo por debajo de la minifalda, pero después de que me hubiera pillado antes no me atreví.
De pronto, un nuevo bache sacudió el coche, la rebeca se desplazó, descubriéndome parcialmente, aunque, por fortuna, quedé arropado del pecho para abajo, por lo que no quedaron al descubierto mis manejos dentro de mi pantalón.

Yoshiiii – resonó la voz de Sonoko.
Lo siento señorita, ya estamos en la carretera de Hayashima, y ya sabe usted que está fatal.

Sonoko pareció aceptar las explicaciones del chofer, pero entonces se fijó en mí.

Joder con el niño – dijo Sonoko haciendo gala de su exquisita educación – no se despierta ni con un cañonazo.
Déjale que duerma – dijo Ran – el viaje ha sido muy largo para él. Todavía es un crío.

Un ramalazo de enfado recorrió mi cuerpo por las palabras de Ran. Sentí ganas de incorporarme, bajarme los pantalones y demostrarle lo crío que era en realidad. Sin embargo, opté por lo más prudente y, con cuidado, saqué la mano de los calzoncillos, liberando mi torturado pene, deseoso de obtener alivio, cosa que me propuse suministrarle en cuanto llegáramos a la mansión.

Oye tía – continuó Sonoko – ¿no te parece que te está sobando la pierna?

Me quedé paralizado. Al quitarme la rebeca de encima se podía ver mi manita apoyada en el muslo de Ran. Afortunadamente, mantuve la presencia de ánimo y no me moví ni un ápice, pues, de haberlo hecho, se habría descubierto que fingía estar dormido.

Anda, no digas tonterías – respondió Ran tras pensárselo un segundo – Todavía es muy pequeño para pensar en esas cosas.
¿Seguro? – dijo Sonoko, burlona.
Claro que sí. Simplemente está recostado como si yo fuera una almohada.
¿Y a las almohadas también las soba así?

Cómo la odié en aquel momento.

Pues yo no estoy tan segura – continuó Sonoko – Antes, cuando fui a recogeros, me di cuenta de que nos echaba miraditas por debajo de la falda.

Ran no contestó, aunque yo sabía perfectamente en qué estaba pensando. Yo, por mi parte, sólo pensaba: ¡Mierda! ¡Mierda!¡Mierda!¡Mierda!¡Mierda!

En serio nena. Me parece que al pequeño Conan están empezando a interesarle las chicas, Ja, ja, ja.
Zorra – pensé.

La situación era jodida, pues no podía mover un músculo, pues entonces se descubriría el pastel, y se darían cuenta de que no dormía. Resignado, me dispuse a aguantar el tirón como fuera.

¿Has notado si ya le han salido pelillos en los cataplines? – dijo riendo Sonoko.
¡Sonoko! – exclamó Ran en el tono de enfado que yo también conocía.
Venga, dímelo, ya sé que os bañáis juntos. Te habrás fijado…
No.
Dímeloooo – bromeaba Sonoko – ¿O prefieres que le baje los pantalones y lo compruebe yo misma?

Sí, tú hazlo. Ahora mismo. Veremos quién se sorprende más.

Te digo que no lo sé. Es muy celoso de su intimidad. Cuando vamos al baño, no me deja que le lave ni nada. Le da vergüenza.
Yo creo que lo que le pasa es que se le pone dura y no quiere que te des cuenta…

¿Qué coño pasaba con aquella tía? ¿Era pitonisa? ¡Con lo tonta que era para todo lo demás y resulta que era ponerse a hablar de pollas y era toda una experta!
Entonces se escuchó un suave carraspeo. Provenía de uno de los asientos delanteros. Claro, Sonoko se había olvidado de que no viajaban solas y desde delante le recordaban que no dijera ninguna barbaridad. No saben lo agradecido que le estuve a quien quiera que fuese el que carraspeó.
Gracias al cielo, Sonoko, supongo que un poco avergonzada, cambió súbitamente de tema, poniéndose a despotricar de Miss Aoyama, nuestra profesora de lengua, con lo que la conversación de las chicas pasó a versar de temas más seguros para mí. Yo seguí fingiendo estar dormido, pues habría sido sospechoso que me despertara de repente, sobre todo cuando los baches no habían logrado espabilarme antes. Eso sí, me cuidé muy mucho de hacer nada raro, portándome ejemplarmente bien. Me aburrí tanto que llegué a adormilarme de nuevo.
Un rato después llegamos a nuestro destino. Ran me agitó del hombro, pues realmente me había quedado traspuesto, así que, cansinamente, me bajé del coche.
Craso error, en mi somnolencia, no me di cuenta de que, como me sucedía habitualmente en esa época, me había despertado con el miembro bien morcillón. Mientras me desperezaba fuera del coche, me encontré con la mirada entre divertida y admirada de Sonoko, que contemplaba la tienda de campaña de mi pantalón. Por fortuna, no dijo ni mú, alejándose hacia la casa con una maliciosa sonrisilla en los labios.

A tomar por el culo todo – musité.

A pesar de la presencia de los dos criados (un matrimonio muy amable) que acudieron a recibirnos, Ran y yo ayudamos con las maletas. Aún no me explico para qué coño quería Sonoko tantos bultos si íbamos a pasar allí sólo un par de días.
Tras dejar nuestros zapatos en la entrada y calzarnos unas zapatillas de cortesía, el matrimonio de guardas nos condujo a nuestras habitaciones en la planta de arriba, donde dejamos nuestras cosas. Mi cuarto era vecino del de Ran, existiendo incluso una puerta que comunicaba ambas habitaciones. Eran dormitorios a la europea, con camas, aunque el mayordomo que nos acompañaba nos indicó que si lo preferíamos, podían instalar futones japoneses, pero los dos dijimos que estaba bien así.
Mientras nos instalábamos, dejamos la puerta de comunicación abierta, pues los dos dormitorios compartían un solo cuarto de baño. Mientras colocaba mis cosas, no dejaba de echarle disimuladas miradas a Ran, que se afanaba en disponer el cuarto a su gusto. Su libro sobre la mesita de noche, su cepillo en el tocador, su ropa en el armario… ¡Qué bonita era!
Yo, más desastrado, dejé caer la maleta sobre una silla y me tumbé en la cama. Pronto Ran me anunció que iba a darse una ducha y yo, como quería alejar cuanto antes las sospechas que Sonoko había despertado sobre mí, dije que iba a salir a explorar la casa, para que Ran no pensara que iba a intentar espiarla en la ducha. Soy buen chico ¿verdad?
Como aún faltaban horas para la cena, decidí echar un vistazo por ahí, aprendiendo pronto la configuración de la mansión. Dos plantas, la baja ocupada por el salón, comedor, terraza (con piscina), la cocina… La segunda planta estaba llena de dormitorios, uno de los cuales era ocupado por el matrimonio que se encargaba de cuidar la casa, mientras que nosotros ocupábamos tres más, unos junto a otros, aunque bastante alejados de los del servicio.
Pero lo más interesante estaba abajo, en la parte trasera. Había un corredor con el suelo de madera, que conducía hasta una sauna. Al fondo, unas puertas correderas dobles daban a la gran atracción de la casa: los baños termales.
Era chocante encontrarse con algo tan japonés en una casa completamente occidental. Era un baño de los clásicos, decorado con plantas autóctonas, isletas de piedra, palmeritas y demás. Junto a la entrada, el suelo estaba alicatado con azulejos, habiendo bancos para sentarse y grifos de agua caliente y fría. Dando unos cuantos pasos, te adentrabas en los baños, formados por una fuente termal natural, que surgía de las grietas de la montaña.
El agua parecía estar bastante caliente, a juzgar por el vapor que inundaba todo el lugar, provocando una especie de neblina que lo envolvía todo, dándole un aire misterioso al sitio.
Pronto me encontré imaginándome lo agradable que sería usar esas termas para darme un relajante baño de agua caliente. Además, era la única oportunidad que tendría de tenerlos para mí solo, pues yo sabía que el plan de las chicas era aprovechar la estancia en la casa para aplicarse “baños de belleza”.
Miré mi reloj (sí, el del cómic, el que contiene dardos anastesiantes, que además da la hora) y vi que faltaba mucho para la cena. Ran estaba en la ducha y Sonoko había dicho que nos sintiéramos como en casa, así que…
Pero lo que verdaderamente me convenció para darme un baño fue la posibilidad de cascarme una agradable paja sumergido en las calientes aguas y aliviar por fin toda la tensión sexual acumulada durante el viaje en coche. Seguro que era la leche.
Decidido por fin, me dirigí hacia unos armarios que había a un lado y dentro encontré una gran cantidad de toallas. Cogí una de las pequeñas (mi cuerpo era bastante enano) y tras quitarme la ropa, me la enrollé en la cintura. Dejé mi ropa y todas mis cosas en el armario y, como un rayo, corrí hacia el agua.
Deseoso de probar las fuentes, me zambullí de un salto, cosa que jamás se debe hacer en unos baños, pero como estaba solo… el agua estaba caliente, pero en pocos segundos me acostumbré, deslizándome lánguidamente por el agua. La toalla se desprendió enseguida, quedando flotando por ahí, pero a mí me importó un bledo, pues allí no había nadie más.
Los baños no estaban pensados para dedicarse a nadar, pues eso es una falta de educación, pero al estar solo allí dentro, decidí explorarlos en toda su extensión, nadando lentamente. Pronto descubrí que había zonas en las que el agua estaba más fría, lo que suponía un agradable contraste con las partes calientes.
Por todas partes había islitas de roca, que habían sido erosionadas de forma que tenían su superficie muy pulida, por lo que eran tremendamente apropiadas para sentarse o apoyar la espalda mientras se disfrutaba del baño.
La profundidad media del agua no era mucha, un metro aproximadamente, pero sobraba para permitirme nadar a mis anchas, aunque pronto me cansé de hacerlo. Como no sabía cuánto tardarían en venir a buscarme y tenía una actividad ligeramente diferente en mente, me deslicé hacia una de las islitas que quedaban más alejadas de la entrada. Me coloqué en el lado opuesto, de forma que no se me viera desde la puerta, pues pensaba dedicarme a hacer ciertas “cositas” y no quería que nadie me pillara entrando de improviso en los baños.
Por fin, me senté en la roca pulida, con el agua caliente cubriéndome casi hasta el cuello, relajando mis músculos con su deliciosa temperatura.
Pero había un músculo que no se relajaba en absoluto. Supongo que sería por la voluptuosidad de andar por allí desnudo, o por el recuerdo del viajecito en coche, o porque a mi edad (la real digo, no la aparente) basta con cualquier cosa para excitarse, o quizás fuese la perspectiva de la paja que me iba a hacer… no sé, pero lo cierto es que estaba empalmado de nuevo.
Lentamente, comencé a sobarme el falo bajo el agua, masturbándome sin prisa, disfrutando del momento. El agua caliente en que estaba sumergido dilataba mis poros, haciéndome más sensible, con lo que disfrutaba más de lo habitual.
Relajado, cerré los ojos, rememorando el viaje hasta la casa, pensando en cada centímetro de la piel de Ran que había podido atisbar, recordando su arrebolado rostro cuando se dio cuenta de que le estaba viendo las bragas…
El ritmo de la paja fue aumentando y mi mente voló de nuevo a la tarde en que perdimos juntos la virginidad. Lo preciosa que estaba con su traje del instituto mientras nos dirigíamos a mi casa a hacer los deberes. El deseo que vi reflejado en su mirada mientras la besaba amorosamente y comenzaba a desabrochar los botones de su uniforme… la tersura de su piel cuando mis dedos la acariciaron tiernamente… me estaba poniendo como una moto.
Justo entonces me interrumpieron.
La puerta se abrió de repente, aunque yo, entretenido en mis cosas como estaba, no me apercibí inmediatamente. No fue hasta que escuché la risa de las chicas, que me di cuenta de que ya no estaba solo en los baños.
Acojonado, abandoné lo que estaba haciendo y me asomé disimuladamente desde detrás de la islita, encontrándome con que las dos chicas habían entrado en la sala y cerrado la puerta tras de sí.

¿Y seguro que no nos molestará nadie aquí dentro? – preguntaba Ran en ese instante.
Claro, tía. He puesto el cartel de ocupado en la puerta. Además, ¿quién iba a molestarnos? – contestó Sonoko.

¡Mierda! ¡Había un cartel de ocupado! Me había lucido.
Qué quieren que les diga, hasta ese preciso momento la posibilidad de haber salido airosamente de la situación existía. Por un segundo pensé en darles una voz, alertándoles de mi presencia, con lo que hubiera quedado como un caballero. Incluso era posible que las chicas me hubieran permitido bañarme con ellas, poniéndome antes un bañador claro (y procurando que se me bajase pronto la erección, cosa tampoco muy difícil con el susto que tenía en el cuerpo).
Pero justo entonces Sonoko, sin cortarse un pelo, se sacó su fino vestidito veraniego por la cabeza, pudiendo entonces comprobar que la linda chica no usaba sujetador. Me quedé paralizado, viendo las respingonas domingas de Sonoko bamboleándose en libertad, mientras su dueña se apoyaba en uno de los armarios para quitarse el sexy tanguita blanco que cubría su entrepierna.
No les mentiré diciendo que dudé sobre si quedarme escondido o no, ya saben, con el angelito de mi conciencia diciéndome que avisara a las chicas desde un hombro mientras el diablito de mi líbido me ordenaba que me callara desde el otro. Qué va. Yo tenía dos diablos bien hermosotes gritándome que me escondiera bien, que allí iba a haber material para cascarme la paja sin necesidad de usar la imaginación.
Con rapidez, me escondí bien tras las rocas, asomándome con cuidado entre unas plantas, de forma que era casi imposible que me descubrieran. Con cuidado, reanudé mi masturbación, mientras contemplaba el espectáculo de las chicas desnudándose.
Sonoko ya andaba por allí en bolas, mientras rebuscaba una toalla de las grandes. Ran, más comedida, se desvestía poco a poco. Cuando se hubo despojado del vestido y se quedó en ropa interior, el corazón me dio un vuelco. ¡Qué buena estaba!
Y Sonoko no desmerecía en absoluto, la chica, delgadita como era, tenía un tipazo impresionante (supongo que debido a la danza y al gimnasio). Desde donde estaba, podía distinguir el rubio vello de su pubis, bien recortadito, mientras su dueña se dirigía a los grifos. Tras sentarse en una pequeña banqueta y coger uno de los cubos que había, comenzó a echarse litros de agua helada por la cabeza, para desentumecer los músculos.
Mis ojos se dirigieron de nuevo hacia Ran, que acababa de quitarse el sostén. Ante mí aparecieron de nuevo sus deseados senos, lo que me hizo recordar el maravilloso sabor de sus pezones. La boca se me hacía agua.
Ran se quitó las bragas de espaldas a mí, por lo que no pude ver si seguía llevando el mismo “peinado” que cuando estaba conmigo, pero sí pude confirmar que sus nalgas seguían tan firmes y espectaculares como siempre. Más tímida que su amiga, se enrolló una toalla en la cintura y se sentó en otra banqueta junto a Sonoko, para darse un buen remojón de agua fría.
Yo seguía dale que te dale al manubrio, aunque procurando regular el ritmo, pues en cuanto se metieran dentro del agua, estarían mucho más cerca de mí, con lo que tendría mejores vistas para excitarme.
Pronto, las dos chicas terminaron de mojarse, no sin antes gastarse alguna bromita de mojarse la una a la otra con el agua fría. Riendo, se pusieron de pié y caminaron hacia el agua, las dos juntitas, con lo que pude comprobar lo impresionantemente buenas que estaban las dos, aunque por desgracia, seguía sin poder ver las partes bajas de Ran, que se ocultaban bajo la toalla.

Te han crecido las tetas – dijo entonces Sonoko, colocándose a la espalda de Ran y agarrándole los senos con las manos.
¡Sonoko! – chilló la chica, mientras trataba de escapar de la presa de su amiga.

Las dos chavalas forcejearon un instante entre risas, Ran tratando de soltar sus tetas de las inquietas manos de Sonoko mientras ésta apretaba bien las suyas contra la espalda de mi amorcito. Casi me corro con la escenita.
Aún riendo, Sonoko soltó a Ran y corrió hacia el agua, perseguida por su amiga. De un salto se zambulló, arrojando la toalla que llevaba en la mano a un lado. Ran, más tranquila, se deslizó lentamente en el líquido elemento, emitiendo un suspirito de satisfacción que me erizó el vello de la nuca.
Sonoko, ya remojada, se acercó a su amiga, sentándose ambas junto al borde. Por desgracia, se sumergieron bastante en el agua, de forma que ésta las cubría justo por encima del pecho. ¡Mierda!
No queriendo acabar sin tener un buen paisaje a la vista, detuve la masturbación, manteniéndome en mi escondite a la espera de que mejorara el espectáculo.

¡Ummmm! – susurró Ran, mientras estiraba los brazos – ¡Qué bien se está aquí!
Te lo dije – respondió Sonoko – Esto es mucho mejor que la ducha.
Digo. Te agradezco que me avisaras, yo ya iba a meterme en el cuarto de baño.
De nada hija. Tía, no hace falta que te andes con tantos cumplidos. Relájate y disfruta.
Vaaale. Oye, ¿no sabrás dónde se ha metido Conan? – preguntó Ran

Me puse tenso

Ni idea. ¿Por qué lo preguntas? ¿Es que crees que va a venir a espiarnos?
Anda, Sonoko, déjate de tonterías, no empieces otra vez con lo mismo.

Sí, sí… Tonterías.

Pues tampoco sería tan raro. Estoy completamente segura de que antes nos ha mirado bajo la falda. En serio, al pequeñín está empezando a picarle ahí abajo… las chicas comienzan a ponerle…
No seas ridícula – insistía Ran – Todavía es muy pequeño para esas cosas.
¿Y qué tiene que ver la edad? Cuando se despierta la líbido, ya no se puede pensar en otra cosa. Y si el crío es un poco precoz, tampoco tiene nada de raro.
Te estás montando la película.
¿Seguro? Mira, niña, te juro que cuando llegamos tenía un bulto en el pantalón de mil demonios. Seguro que de pasarse todo el viaje sobándote las piernas.
Será zorra – pensé.
¡Anda ya! – contestó mi amor – No te inventes historias.
Bueno, pues no me creas… Pero te juro que tenía un bulto bastante grande.
¡Sonoko, déjalo ya! – dijo Ran enfadada – ¡Conan es sólo un niño!
Vale, vale, no te cabrees. Dejaré de hablar de la picha de Conan…

 

Te lo agradezco – dijo Ran muy seria.
¿Te parece que hablemos entonces de la de Shinichi?
Eres inaguantable – dijo Ran sonriendo a su pesar.

Aquello me interesó mucho más.

Venga tía, me dijiste que ibas a darme detalles de lo tuyo con Kudo. Yo bien que te cuento todas mis aventurillas.
¡Ay, hija! Me tienes harta. A ver, ¿qué quieres saber? – dijo Ran con resignación.

La madre que las parió. Iban a ponerse a hablar de mí. Pánico me daba.

¿Cómo la tiene de grande?

Ahí va, directa a la yugular.

No sé – dudó Ran un instante – Así más o menos – indicó separando un palmo las manos.
Pero ¿cuánto? ¿La tiene grande? ¿Cuántos centímetros?
Pues no sé… 17 o 18 calculo…
No está mal. Aunque las he visto mejores…

No lo dudo, pedazo de guarra.

Pues qué quieres que te diga – dijo Ran un poco picada – A mí me pareció enorme. Yo no tengo tanta experiencia como tú y sólo se la he visto a él.
¿En serio? Si quieres luego te enseño unas fotos que tengo en el móvil de algunos de los tíos con los que he estado.
No gracias – dijo Ran ruborizándose – ¿En serio les haces fotos de su cosa?… No, no me respondas. No quiero saberlo.
Si quieres te paso la de Mamoru. La tenía así de grande – dijo Sonoko separando las manos por lo menos 30 centímetros – No pudo ni metérmela entera. Sentía que me iba a partir.
Déjalo ya, Sonoko – dijo Ran, roja como un tomate.
Ay, hija, no seas estrecha. ¡Espera! Se me ocurre una idea.

Sonoko salió de repente del agua y corrió hacia los armarios. Abrió el primero de ellos y de dentro sacó un telefonillo, donde dio algunas instrucciones que no alcancé a escuchar. Mientras lo hacía, reanudé mi paja muy lentamente, pues la chica seguía en pelotas, pero pronto tuve que detenerla pues cogió una toalla seca y se lió el cuerpo con ella.
Fue justo a tiempo, pues la puerta del baño se abrió, entrando la mujer que cuidaba de la casa. Le entregó a Sonoko una especie de cubo y se retiró en silencio. En cuanto cerró, Sonoko volvió a despojarse de la toalla y corrió a reunirse con su amiga, que la miraba intrigada.
Al acercarse, vi que llevaba una cubitera de la que asomaban varias botellitas de sake frío.

¿Estás loca? – dijo Ran cuando comprendió las intenciones de la rubia – ¡Somos muy jóvenes para beber!
¡Pero qué mojigata eres! ¿Quién se va a enterar? Además, no vamos a emborracharnos, sólo a tomar unas copitas de sake frío. Va divinamente con el baño.
No sé…
Calla ya. Y bébete esto – dijo Sonoko sirviéndole a Ran un vasito de sake.

La chica dudó un instante, mientras su amiga retomaba su posición dentro del agua junto a ella y se servía a su vez una copita.

¡Campai! – gritó Sonoko entrechocando su copa con la de Ran.
Campai… supongo – dijo Ran aún dubitativa.

Las dos chicas se echaron el sake al coleto, Sonoko con una sonrisa de satisfacción y Ran tosiendo medio ahogada.

¡Venga chica! ¡A partir de la tercera esto entra como el agua! – la animó.

Debía de ser verdad, pues tras un par de copas medio obligadas más, Ran pareció ir cogiéndole el gusto a la priva y comenzó a ser ella la que rellenaba los vasos.

Pues tenías razón, esto da un calorcillo….
¿Lo ves? ¡Te lo dije! ¡Chica, hay que disfrutar mientras podamos!
¡Brindo por eso! – exclamó Ran dándose otro lingotazo.
¡Así me gusta! – respondió Sonoko haciendo lo propio.

Las dos estallaron en carcajadas, comenzando a mostrar síntomas de estar bien curdas.

Bueno – dijo Sonoko – Sigamos por donde íbamos. ¿Cuántas veces te lo montaste con Shinichi? ¿Cinco me dijiste?
¡S…seis! – respondió Ran agitando la cabeza vigorosamente – La última dos días antes de que se fuera…
¿Y no te has comido una rosca desde entonces?

Toda mi atención estaba puesta en las dos chicas.

N…no. Yo soy una chica fiel.
¿Y tú te crees que él te estará siendo fiel a ti?
E… eso espero porque si no…
¿Qué?
¡LE CORTO LAS PELOTAS! – gritó Ran, estampando su puño contra el agua.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Venga, no te enfades – dijo Sonoko pacificadora – Kudo es un gilipollas por dejarte aquí sola, pero estoy segura de que no se le ocurriría ponerte los cuernos.

Vale, Sonoko, acabas de recuperar algunos puntos.

¡Sí que es un gilipollas!
Venga, tranquila… Verás como vuelve pronto…
¡Eso espero! ¡Porque como no vuelva me voy a ir contigo y me voy a acostar con el primer tío que pille! – gritó Ran echando otro trago.
¡Eso es! – corroboró Sonoko entusiasmada – ¡Nos vamos a ir a Shinjuku una noche de estas sin bragas y nos vamos a pasar la noche chupando nabos!
Yo no hago eso – dijo Ran poniéndose de repente muy seria.
¿El qué? ¿Chuparla?

Ran asintió con la cabeza, mientras yo hacía lo mismo desde mi escondite. A mí me lo iban a contar.

¿En serio? – continuó Sonoko – ¿Os acostasteis seis veces y no se la chupaste nunca?
No.
Hija, qué estrecha eres.
Es que… eso es de guarras – dijo Ran en voz baja.

Sonoko estalló en sonoras carcajadas.

¿De guarras? ¡Ja, ja, ja! ¿Pero tú que eres, monja? ¡Hija, se trata simplemente de sexo! Además, si tú se lo haces a él, después él te lo hace a ti. Es una regla no escrita. ¡Y no sabes lo alucinante que es que te lo coman bien comido!
Sí que lo sé. Shinichi me lo hacía.
¿Que Kudo te practicaba sexo oral y no te exigía a ti que hicieras lo mismo? – exclamó Sonoko, incrédula.
Bueno, sí que me lo pedía, pero como yo me negaba, él se conformaba.
¡Ese tío es un tesoro nacional! ¡En cuanto vuelva voy a ser yo el que se lo tire! – gritó Sonoko entusiasmada.
¡Y una mierda! – aulló Ran poniéndose de pié de golpe.

El agua chorreaba por su cuerpo, como una diosa surgida entre las aguas. Pude comprobar que seguía llevando el pubis arregladito, no se había abandonado por mi simple ausencia. Mi mano se apoderó de nuevo de mi instrumento y reanudé la paja, gozando de la visión del escultural cuerpo de mi novia.

¡Ja, ja, ja! – se desternillaba Sonoko – ¡Venga tía, que es broma!
Ni se te pase por la imaginación Sonoko…
Ran, tía, que estaba de cachondeo…
Sobre todo porque cuando regrese… ¡lo voy a meter en un cuarto y no lo voy a dejar salir en una semana! ¡Me lo follaré hasta dejarlo seco! – exclamó Ran entre carcajadas.
¡Así me gusta! ¡Brindo por eso!
¡Campai! – gritaron a unísono.

Mientras las veía beber sake, me admiró el poder de la bebida sobre las personas. Ni en mil años hubiera creído posible que Ran dijera semejantes barbaridades. La verdad es que el simple hecho de oírlas hablar me tenía cachondo perdido, así que decidí que era un buen momento para terminar mi paja, por lo que aceleré el ritmo, acercándome al clímax.

Bueno – siguió Sonoko rellenando de nuevo las copas – ¿Y cómo te las apañas para calmar tus “necesidades”?
¡Me masturbo! – exclamó Ran alzando su copa – ¡Tengo escondido un consolador en la mesita de noche de mi cuarto!

Me quedé de piedra.

¡En cuanto me quedo sola en casa, saco una foto de Shinichi, agarro el consolador y me lo meto en el coño!

Ran estaba ya como una cuba.

¿En serio? – dijo Sonoko, divertida – ¿Y sólo lo haces con la foto de Shinichi?
¡Y la de Bradd Pitt!

Cerdo americano.

¡Ja, ja, ja! ¿Brad Pitt? – rió Sonoko.
¡Sí! ¡Eshtá buenízimo….!

A Ran comenzaba a costarle hablar con claridad. Estaba bastante borracha. Se veía que le costaba mantenerse de pié, pues se tambaleaba un poco. Sonoko se puso de pié a su lado y la ayudó a sentarse de nuevo en el agua.

Ya has bebido bastante – dijo la rubia quitándole el vaso a Ran – Tampoco conviene pasarse, que no estás acostumbrada.
Vale – respondió Ran – estoy un poco mareada.
Tranquila. Relájate.

Estuvieron calladas un par de minutos, mirando al techo. Yo disminuí el ritmo, pues, sin saber por qué, intuía que iba a pasar algo.

Oye Sonoko – dijo de pronto Ran – ¿Alguna vez has estado con una chica?
Claro, ahora mismo estoy con una.
No seas tonta. Me refiero a… ya sabes…
¿Si me he acostado con una mujer? Alguna vez.
¿En serio? – dijo Ran incorporándose – ¿Y cómo fue?
No estuvo mal. Distinto. Las chicas conocemos mejor nuestro cuerpo, por lo que sabemos donde tocar y acariciar, pero, donde esté una buena polla…
¡Ay, hija! ¡Qué fina eres!
¿Qué pasa? Soy sincera.

En ese momento, la conversación me interesaba más que nunca.

¿Por qué lo preguntas? – dijo Sonoko con voz juguetona- ¿Es que quieres que hagamos “cositas”?

Mientras decía esto, se deslizó lentamente por el agua, aproximándose a su amiga. Ran, para mi sorpresa, no dijo nada, dejando que la rubia se acercara hasta quedar casi pegada a ella.

Sonoko… – susurró Ran.
Shissss. Tranquila. Te haré olvidar a Shinichi durante un rato…

Inclinándose sobre Ran, Sonoko la besó tiernamente en los labios. Mi chica, excitada, no dudó en responder a los labios de su amiga, fundiéndose ambas en un tórrido morreo. Sonoko, delicadamente, reclinó el cuerpo de Ran sin dejar de besarla, mientras una de sus manos se hundía en el agua, buceando en busca de la entrepierna de Ran.
Al estar desarrollándose la acción bajo el agua, no pude ver cuando la mano llegó a su destino, aunque no me cupo duda del momento exacto, pues el cuerpo de Ran se tensó visiblemente, mientras estremecedores gemidos escapaban de sus labios.
Mientras, yo me había quedado petrificado. No podía creer lo que estaba pasando. Desesperado, traté de estirar el cuello entre las plantas que me ocultaban, pues desde donde estaba, el cuerpo de Sonoko me tapaba lo interesante de la acción.
No sabía qué hacer, pero cuando Sonoko, abandonando los dulces labios de Ran, viajó al sur comenzando a chuparle las tetas, me decidí a buscar un observatorio mejor.
Moviéndome por el agua muy despacio, sin hacer ruido y sumergido casi por completo, fui desplazándome de islita en islita, acercándome poco a poco al excitante show lésbico.
Por fin, me oculté detrás de unas piedras que quedaban a unos tres o cuatro metros de las chicas, peligrosamente cerca, pero yo estaba tan excitado que ni pensé en ello.
Desde mi nuevo puesto de vigilancia, tenía una perspectiva mucho mejor de la acción, pudiendo ver cómo Sonoko chupaba los pezones de mi Ran mientras la masturbaba hábilmente con la mano. Ran, dejándose hacer, tensaba el cuerpo presa de la excitación, sacándolo del agua, permitiéndome así ver todo lo bueno.
Mientras, yo me la machacaba con furia, alucinando con el impresionante espectáculo que se me ofrecía. Menuda idea había tenido Sonoko con la excursioncita de las narices. Había que darle un premio.
Y justo entonces se jorobó todo.

¿Qué coño es esto? – exclamó Sonoko – sacando algo del agua que no acerté a ver.
¿Ummm? – siseó Ran sin comprender.
¿Una toalla? ¿Qué demonios hace aquí?

¡Mierda! ¡Mi toalla! La había dejado flotando por ahí, de forma que había terminado enganchándose en la espalda de Sonoko.

Tía, es sólo una toalla – dijo Ran – ¿No es la tuya?
No, la mía está ahí – respondió la rubia, señalando hacia un lado.
Pues estaría aquí de antes. Se le habrá pasado a los criados cuando limpiaron el baño por última vez.
¿A Rumiko? ¡Imposible! No sabes lo atenta que es. Tiene contadas las toallas al milímetro.

Mientras decía esto, Sonoko, sospechando algo, echaba rápidas miradas a su alrededor. Si yo no hubiese sido tan imbécil y me hubiera quedado lejos de las chicas, no me habría visto y hubiera bastado con bucear un poco para ocultarme.
Pero no, el señorito había tenido que acercarse hasta poder sentir el olor a hembra cachonda… Y claro, me pillaron.

¡Ahí, mira! – exclamó Sonoko – ¡Es Conan!
¿Conan? – aulló Ran, incorporándose de un salto y liándose en su toalla a la velocidad de la luz.

Me quería morir. Me iban a matar. Y lo peor es que estaba a punto de correrme, los huevos me latían a puntito de disparar su carga.

¡CONAN! – gritó Ran – ¿se puede saber qué haces?

Compungido, no tuve más remedio que salir de mi escondite, teniendo buen cuidado de que mi cuerpo quedara sumergido de cintura para abajo. Ran me miraba con los ojos fuera de las órbitas, mientras Sonoko, con los brazos en jarras, se partía de la risa.

¿Lo ves? ¡Te lo dije! ¡Al nene ya le gustan las mujeres! ¡Y menudo espectáculo que le hemos dado!
¡SONOKO! – gritó Ran – ¿QUIERES TAPARTE?

La rubia se echó un vistazo, dándose cuenta de que estaba completamente desnuda frente a mí. Encogiéndose de hombros se dirigió a donde flotaba su toalla, enrollándosela al cuerpo.
Mis ojos, traviesamente, no se habían apartado de ella ni un segundo mientras se tapaba, lo que no pasó inadvertido para Ran.

¿Y TÚ QUÉ DEMONIOS ESTÁS MIRANDO? – aulló.

Avergonzado, bajé la vista, fijándola en la superficie del agua, esperando que el castigo me fulminara en breves instantes. Pero lo que llegó fue la risa divertida de Sonoko.

Venga, Ran, no te pongas así, que no es para tanto.
¿QUE NO ES PARA TANTO?
Pues no, hija. Ya te dije que me parecía que a Conan le atraían ya las chicas y el numerito que hemos montado no era como para perdérselo…
¡TÚ TE CALLAS! ¡Y TÚ – gritó dirigiéndose a mí – ¿CÓMO SE TE OCURRE COLARTE EN EL BAÑO PARA ESPIARNOS?
Yo no me he colado – susurré.
¿QUÉ?
Que no me he colado. Yo estaba antes que vosotras, pero no sabía que había que colgar un cartel de ocupado. Luego llegasteis vosotras…
¡PUES PODÍAS HABERNOS AVISADO DE TU PRESENCIA!
Es que… me había quedado dormido. Me despertasteis vosotras con vuestros gritos. Entonces no supe qué hacer y cuando empezasteis a besaros…

Decidí que lo mejor era ocultar parte de la verdad, asumiendo un poco de culpa. Además, Sonoko se mostraba como un buen aliado en la situación.

¿Lo ves? – dijo la chica – ¡No es para tanto! Es normal que un chico que se encuentre con dos tías buenas montándoselo eche una miradita.
¿NORMAL?

Juro que Ran echaba humo por las orejas. Su piel estaba completamente roja, no sé si por vergüenza, calor o ira. Supongo que por las tres cosas.

¡Ay! – dijo Ran llevándose una mano a la frente mientras se tambaleaba – Creo que me voy a desmayar.
Tranquila nena, eso es el sake – rió Sonoko.

Ran se sentó en el borde, sin querer mirarme siquiera. Yo no sabía dónde meterme. Y entonces, la cosa se lió todavía más.

Vamos, Ran, no te enfades con Conan. Es un tío y ya sabes cómo son los tíos…

Mientras decía esto, Sonoko se había colocado detrás de mí, abrazándome suavemente, supuse que para darme consuelo. Aunque pronto comprendí que en realidad tenía otras intenciones en mente.
Sus manos, con disimulo, se deslizaron por mi pecho hasta hundirse en el agua. Yo, que sabía a dónde iban, traté de zafarme, pero me tenía bien sujeto. De pronto, sus manos chocaron con su objetivo: mi monumental empalmada.

¡OH! – exclamó Sonoko con admiración, mientras sus manos se apoderaban de mi instrumento.
¿Qué dices? – dijo Ran levantando un poco la mirada.

Las inquietas manitas de Sonoko no soltaron en ningún momento su premio. Supongo que admirada por el tamaño inesperado en un chico tan joven, la recorría en toda su longitud, enviando descargas de placer a mis aturdidos sentidos, precipitando sin saberlo el acontecimiento que estaba a punto de ocurrir.

Así que Conan es todavía un crío y es muy joven para pensar en mujeres ¿eh? Pues aquí tengo algo que demostrará quien tiene razón.

Mientras me sobaba la polla, Sonoko había ido empujándome poco a poco hasta quedar frente a frente con Ran. Súbitamente, tiró de mi cuerpo hacia arriba, sacando mi entrepierna fuera del agua y exhibiéndola ante los asombrados ojos de mi querida Ran. Nunca olvidaré la mirada de asombro de la chica cuando se encontró de bruces con la polla adolescente que había entre mis muslos infantiles.
Aunque la verdad, mucho más impresionante fue su gesto de incredulidad cuando mi pene, no aguantando más, alcanzó el clímax disparándole gruesos churretes de semen directamente en la cara y pecho.
No todo fue culpa mía. Os juro que fue Sonoko la que, empuñando mi polla cual manguera, dirigió mis lechazos contra el cuerpo de Ran, manchándole la cara, el cuello y el pecho, hasta que Ran interpuso sus manos tapándose, de forma que los últimos disparos impactaron en sus palmas.

Joder, tía – dijo Sonoko rompiendo el silencio sepulcral – Ha sido como si fuese yo la que se te corría encima.

…………………………………
Horas después Sonoko y yo cenábamos a solas en el salón. La muy zorra no paró de burlarse de mí en toda la cena.
Ran, enfadadísima, no había querido permanecer con nosotros y se había refugiado en su cuarto para darse una ducha y no tener que vernos.
Yo estaba acojonadísimo, pero Sonoko no le daba mayor importancia al asunto, diciéndome que ya se le pasaría, aunque sería mejor que procurara “no correrme encima de ella la próxima vez”.
Así transcurrió la cena, entre comentarios sobre el tamaño de mi miembro, invitaciones jocosas a que me pasara luego por su cuarto, y sobre cual era mi dieta habitual “salchichas supongo”.
Compungido, apenas si probé bocado de la cena, pensando solamente en cómo hacer las paces con Ran. No tenía ni idea.
En cuanto pude, dejé sola a Sonoko y me fui a mi cuarto. Cansado, pero sabiendo que no iba a poder pegar ojo, me tumbé sobre la cama. Como hacía bastante calor, me despojé de la ropa, pero no me puse el pijama, quedándome solo con los calzoncillos. Tras encender el aire acondicionado, me tumbé de nuevo a pensar.
Ran, Ran, Ran… No me odies. ¿Pero cómo había podido ocurrírseme hacer semejante cosa?
Pasaron horas y la madrugada llegó, encontrándome desvelado en mi cama, mirando al techo. Yo, que me tenía por una de las mentes más inteligentes de Japón, el detective al que ningún caso se le resistía, era incapaz de imaginar un plan mágico que solucionara aquel tremendo problema. ¿Qué podía hacer?
Por más vueltas que le daba, lo único que se me ocurría era hablar con Ran y suplicarle que me perdonase. No me convencía ninguna mentira que pudiera suavizar la cosa. Podía decirle que no sabía lo que me había pasado, que era la primera vez que ese líquido me salía, que había sido Sonoko la que lo había provocado tocándome… No, no me iba a creer. Mejor la verdad. Y aceptar el castigo.
Justo entonces me di cuenta de que tenía ganas de orinar.
Me levanté y me dirigí a la puerta de comunicación con la habitación de Ran, pues el baño quedaba en su cuarto. Por un segundo, pensé que Ran habría cerrado la puerta de comunicación, pero, girando el picaporte, comprobé que no era así.
Procuré entrar sin hacer el menor ruido, llegando incluso a entrar en el baño sin encender la luz, para no molestar a Ran. Oriné sentado en la taza, para minimizar los ruidos y cuando tiré de la cisterna, comprobé complacido que no emitía ruido alguno… lo que no haga el dinero… hasta waters silenciosos se pueden comprar.
Con cuidado, salí del baño, decidido a regresar a mi habitación, pero un quedo gemido proveniente de la cama de Ran me hizo detenerme en el acto.
Me volví hacia su cama y, alumbrado por la tenue luz que entraba por la ventana, pude vislumbrar que Ran yacía desarropada, con el camisón mal colocado. Por un segundo, el diablillo de mi interior me tentó a hacer otra barrabasada, pero mi sentido común (o mi culpabilidad) me hicieron desechar la idea.

Ummmm – siseó Ran desde su cama, mientras su cuerpo se retorcía levemente.
¿Ran? – pregunté en la oscuridad – ¿Estás bien?

Tonto de mí.
Ran pegó un respingo en su cama. Como un rayo, se incorporó sentándose. Algo voló en la oscuridad, chocando contra mi pié. Extrañado, me agaché y recogí el misterioso objeto.

¿Qué haces aquí? – exclamó Ran mientras encendía la luz.
Yo… he venido a orinar, y como te he escuchado quejándote me he acercado a ver si estabas bien.

No hizo falta que Ran encendiera la luz, pues mis manos identificaron enseguida el objeto. Cuando la luz se encendió, me encontré con un hermoso consolador de látex entre los dedos, todo húmedo y pegajoso, lo que indicaba bien a las claras dónde había estado metido segundos antes.
Ran, con el rostro coloradísimo, no acertó a decir palabra, mientras que yo, por fin tranquilo tras horas de angustia, depositaba cuidadosamente el cacharro en el colchón, a su lado, con una sonrisilla de suficiencia en los labios.

¿Lo ves? – no pude menos que decir – Todos sentimos esos impulsos.

Y me largué.
Una vez en mi cuarto, resoplé relajado. Vale, yo era un guarro y me habían pillado pero bien, pero Ran también hacía sus “cositas”. Así que seguro que le daba vergüenza regañarme. Conociéndola como la conocía, lo más probable es que decidiera ignorar todo lo que había pasado y fingir que nada había sucedido. Borrón y cuenta nueva. Pelillos a la mar.
Recuperada la tranquilidad y mucho más sosegado, me di cuenta de que me había entrado hambre. Lógico, casi no había probado la cena. Así que, mucho más seguro de mí mismo, salí sigilosamente del cuarto, dirigiéndome a la cocina, en la planta baja.
No queriendo despertar a nadie y dado que la noche era clara, no me molesté siquiera en encender las luces, pues el trayecto no tenía pérdida.
Pronto llegué a la cocina y, rodeando la gran mesa central, me acerqué a la nevera, que abrí de par en par.
El frío me golpeó agradablemente en el rostro y me paré unos instantes sintiéndolo. Refrescado, rebusqué en el interior, buscando restos de la cena que antes había rechazado.

Vaya, vaya, así que tú tampoco puedes dormir.

Casi me da un infarto. Las luces de la cocina parpadearon encendiéndose. Alcé la vista, sobresaltado, encontrándome con Sonoko en el umbral de la puerta.

¿Qué haces? – me dijo.
Só… sólo buscaba algo de comer – tartamudeé.
Pues no te cortes. Y acércame una botella de agua.

¿Que por qué tartamudeé? La respuesta es bien sencilla. Sonoko estaba de impresión.
Iba prácticamente desnuda. Llevaba puesto para dormir un pantaloncito corto hiper super mega pegado, que le marcaba perfectamente los labios de su chochito, el “camel toe” como dicen los americanos, mientras por detrás, se le incrustaba bien incrustado entre los cachetes del culo.
Y arriba llevaba una camisetita por llamarla de alguna forma, pues era tan corta que dejaba toda su barriguita al aire, asomando incluso, por debajo, la parte inferior de sus pechos, obviamente completamente libres de sujetador. En la camiseta podía leerse “SEX BOMB”. Era cierto.
Ella sonrió complacida al ver mi rostro con la boca abierta y se dirigió con andares felinos hacia una silla donde tomó asiento, cruzando las piernas y apoyando los codos en la mesa.

Conan – susurró – El agua…

Sus palabras me sacaron de mi embeleso, con lo que logré por fin ponerme en marcha. Como un rayo, cogí una botellita de agua mineral y se la acerqué a Sonoko, volviendo rápidamente a la nevera para rebuscar algo de cena y ocultar mi coloradísimo rostro a la chica.

Gracias – escuché que me decía.
De nada – siseé.

Recolecté un par de platos con sobras de la cena y un refresco de cola, dejándolos torpemente sobre la mesa, enfrente de Sonoko, que me miraba con expresión divertida.

El pan está en ese armario de ahí – me dijo tras dar un trago a su botella.
Gracias – repetí.

Cerré la nevera y me dirigí a la alacena que ella me indicó, de donde saqué un paquete de pan de molde, que dejé en la mesa junto a lo demás. Tras coger un cuchillo, me senté enfrente de Sonoko, comenzando a prepararme un sándwich. No me atreví a alzar la mirada hacia la chica, tratando de concentrarme en la comida, pero podía sentir perfectamente sus ojos clavados en mí.

¿Te pongo nervioso? – dijo de pronto.
Un poco – admití.
¿Por qué?
………………………………..
¿Porque soy una chica?

Asentí.

Y por como vas vestida – dije en voz baja.
¿En serio? ¿Te molesta que vaya cómoda? – dijo ella jugando conmigo.
No, no es eso…
¿O es que te pone cachondo?

No respondí, aunque el cada vez más intenso rubor en mis mejillas era respuesta suficiente.
Justo entonces noté como el pié de Sonoko se estiraba bajo la mesa y comenzaba a frotarme la pantorrilla.

No hagas eso – le dije.
¿Te molesta que te toque? – me dijo fingiendo sorpresa.
No – dije un poco más tranquilo, convencido de que lo que quería la chica era burlarse de mí – Lo que me molesta es que lo que pretendes es reírte de mí otro rato, como durante la cena.

El pié de Sonoko se apartó de mí.

¿Eso piensas? – dijo.
Claro – respondí – Estás intentando ponerme nervioso, sabiendo que no estoy acostumbrado a estar con mujeres medio desnudas para poder reírte un rato a mi costa.

Sonoko sonrió ladinamente mientras yo le daba un mordisco a mi sándwich.

A lo mejor estoy intentando otra cosa… – me dijo – A lo mejor es que quedé impresionada esta tarde… A lo mejor quiero probar un poco de esto…

Casi me atraganto cuando sentí el pié de Sonoko apretando esta vez directamente contra mi entrepierna; frotó la zona un momento antes de abandonarla, riendo maliciosamente.

No. Tienes razón. Estaba cachondeándome de ti – dijo, estallando en carcajadas.
Eres bastante zorra – le dije sin pensar.
Sí, me lo dicen mucho – contestó ella riéndose todavía más.

Sacudiendo la cabeza, decidí ignorarla, dedicándome a mi cena, aunque mirándola por el rabillo del ojo, pues, aunque estuviera divirtiéndose a mi costa, la chica estaba super sexy, así que la observaba con disimulo. Cuando por fin dejó de reír, se sentó un poco más recta en el asiento y retomó la conversación.

¿Has hablado con Ran? – dijo cambiando bruscamente de tema.
No – mentí – Se ha encerrado en su cuarto. A saber cómo se levantará mañana.
¡Bah!, no te preocupes. Seguro que cuando se le pase el enfado te perdona y lo ve como una chiquillada.
Eso espero – asentí.
Si quieres puedo hablar yo con ella. Le diré que es normal que un chico que comienza a interesarse por las chicas no pueda resistirse a espiar en unos baños si se le presenta la ocasión.
No sé yo si te va a hacer caso. Además, lo peor no fue que me pillarais espiando…
¡No! ¡Eso es verdad! – exclamó Sonoko riendo de nuevo – ¡Lo peor fue que te le corrieras en toda la cara! ¡A quién se le ocurre!
¡Pero si fuiste tú la que me obligó a hacerlo! ¡Me tenías agarrado!

Sonoko me miró divertida unos instantes antes de continuar.

Vale, vale, admito mi parte de culpa…
¿Parte de culpa? – dije indignado – ¡Si me agarraste la polla y apuntaste hacia ella!
Cierto – asintió la chica – La verdad es que me sorprendí muchísimo cuando empezaste a correrte. No me esperaba que llegaras tan sólo por tocártela. Pero a mí no me engañas…
¿Cómo? – dije extrañado.
No pretenderás que me crea que te corriste como una bestia, disparando leche a diestro y siniestro simplemente porque te la agarré un poco ¿verdad? Tú ya llevabas un buen rato pelándotela a nuestra costa y te pillamos cuando estabas a puntito. Y claro, fue rozártela y ¡PUM!

Ya lo dije antes. Era ponerse a hablar de pollas y Sonoko demostraba tener unos conocimientos y una intuición fuera de lo común.
Derrotado, no supe qué decir. Así que imploré clemencia.

Por favor, no se lo digas a Ran. Ya es bastante malo que crea que me pasó por la excitación del momento para que además se entere de que estaba masturbándome mientras la espiaba.
¿Mientras la espiabas? ¿Así que la mirabas sólo a ella? – dijo Sonoko con un brillo divertido en los ojos.
No, claro – respondí sabiendo lo que ella quería escuchar – Os miraba a las dos. ¡Sois tan bonitas!
¿En serio te parezco bonita?
Claro, eres preciosa.

Una esplendorosa sonrisa iluminó el rostro de Sonoko.

¡Caray, Conan! Gracias.

Mientras decía esto, Sonoko se incorporó y echándose para adelante me besó dulcemente en la mejilla. Al acercarse, pude notar perfectamente el delicioso aroma que desprendía su cuerpo, lo que provocó que se me erizase el vello de la nuca. De pronto fui consciente de la situación; estaba a solas, de madrugada, con una bella y descarada chica semidesnuda, hablando de cómo me había corrido en la cara de su amiga por la tarde. Comencé a excitarme.

Verte comer me ha abierto el apetito – dijo ella rompiendo el encanto – Creo que voy a picar algo también.

Se puso de pié y rodeó la mesa, dirigiéndose a la nevera que estaba a mi espalda. Yo no me perdí ni un segundo del espectáculo de su delicioso cuerpecito caminando por la cocina. Ella, plenamente consciente de mi admirativa mirada, sacó pecho y se contoneó sensualmente, hasta quedar detrás de mí. Entonces, me abrazó desde atrás, pegando su cuerpo contra el mío.

Te gusta lo que ves, ¿eh, guarrete?

No respondí, me limité a dejarla hacer, a ver cual era su siguiente paso.

No me dirás que no, al menos a tu amiguito sí que le gusta mucho, ¿verdad?

Diciendo esto, deslizó sus manos por mi pecho hasta llegar a mi entrepierna, donde volvió a encontrarse con mi erección, como había sucedido por la tarde en el baño. Una de sus manos se metió en mis calzoncillos, masajeándome la polla, que estaba como el asta de la bandera.

¡Uf! – siseó – Todavía no me puedo creer lo que tienes aquí abajo. Si fueras un poco mayor…

Dándome un último estrujón, se separó de mí, dejándome ansioso de más. Estoy seguro de que lo que pretendía era burlarse aún más de mí, poniéndome cachondo, pero lo que ella no sabía es que estaba jugueteando con un chico de su edad, más caliente que el palo de un churrero y no con el crío salido que ella pensaba.
Tras separarse de mí, fue hasta la nevera y la abrió, inclinándose para buscar en los estantes algo de comer. Al hacerlo, hizo lo mismo que yo había hecho antes, regodearse unos segundos en el exquisito frescor que irradiaba el frigorífico.
Para mí fue una bendición, pues, al estar inclinada hacia delante, me ofrecía una vista realmente impresionante. Su culito, con el sexy pantaloncito incrustado entre sus cachetes, quedaba a un metro más o menos de mi cara. Además, la camisetita, se había abolsado, separándose de su torso, por lo que podía ver perfectamente sus tetas al natural, colgando como fruta madura, meciéndose rítmicamente mientras su dueña rebuscaba en el refrigerador.
Pero lo mejor era que, no sé si por el frío de la nevera o por el morbo del momento, los pezones de la pequeña Sonoko se habían puesto duros como escarpias, provocando que mi erección fuera casi dolorosa.
La chica, seguro que perfectamente consciente del espectáculo que me estaba brindando, se demoró bastante en la búsqueda de su cena, hasta el punto que yo…yo… no aguanté más.
Con la cabeza completamente ida, moviéndome medio hipnotizado, como si fuera un sueño, me levanté de la silla y me quedé de pié, tras Sonoko. Debido a la diferencia de estatura, su rotundo trasero quedaba justo a la altura de mis ojos, que no se perdían ni el más mínimo detalle de las excitantes curvas del culo de mi amiga.
Aún hipnotizado, mis manos, guiadas por los dos diablillos de mi conciencia, se izaron y fueron a plantarse directamente en el culo de Sonoko, un cachete para cada mano, apretando con firmeza.

¡Ay! – exclamó ella sorprendida – ¡Pero qué coño haces! ¡Déjame!

Sonoko trató de debatirse, sin mucha convicción, pero por si acaso yo no le di ninguna oportunidad de escape, empujándola suavemente hacia delante y obligándola a agarrarse a la nevera con las manos para no caerse dentro.

¡Conan! – exclamó un poco más enfadada – ¡Ya está bien de juegos! ¡Una broma es una broma, pero te estás pasando!

¿Juego? ¿Broma? Pero, ¿qué coño se creía aquella tía? A aquellas alturas a mí ya me daba igual, Ran, Sherlock Holmes y el papa de Roma. Lo único que sabía es que no se me escapaba viva.
Hábilmente y sin dejar de empujarla, le bajé el pantaloncito hasta medio muslo, dejando su culito al aire. Con mis manos separé ampliamente sus cachetes, echándole un vistazo a su apretadito ano, aunque no me detuve allí, pues mi destino estaba un poco más adelante.
Abriéndole un poco las piernas, los tiernos labios de su chochito aparecieron frente a mí y la manera que Sonoko tuvo de “resistirse” (separando los muslos) me confirmó que ella no deseaba escapar de mí precisamente.
Sin perder un segundo más, hundí mi cara entre sus muslos, desde atrás, postura que no es la más cómoda para comerse un coño, no, pero que dada la situación tenía un morbo que para cagarse.
Mi lengua se hundió en la rajita de Sonoko, mientras mis dedos buceaban en la humedad que inundaba su intimidad. Sonoko gemía medio poseída, agarrándose como podía a la nevera para no empotrarse dentro mientras yo abusaba de ella.

¡AH! ¡¡Ostias, qué bueno! ¡Pe…. Pero…¿cómo coño eres tan bueno? – siseaba la chica.

Yo seguía a lo mío, acariciándola por todas partes y comiéndole el coño a lo bestia. Mi polla era una dura barra en mis calzoncillos, pero ni se me pasó por la cabeza tratar de aliviarme, pues estaba seguro de que en pocos minutos podría meterla en un sitio bien acogedor.
El chichi de Sonoko sabía a gloria, y yo seguía chupa que te chupa mientras los jugos de la chica comenzaban a resbalar por mi barbilla y mi cuello hasta mojarme el pecho. Uno de mis dedos comenzó a juguetear con su clítoris, mientras otro comenzaba a horadar el interior de la chica.

¡OH, DIOS! ¡SIGUE! ¡ES TAN BUENO! ¡ES TAAAAAN BUENO!

La voz excitada de Sonoko tenía un efecto como de eco, debido a que su cabeza estaba completamente dentro de la nevera. Mi oído captó como algunas de las viandas eran derribadas por nuestro forcejeo y caían al piso de la cocina, pero mi cerebro ni siquiera registró el suceso, completamente concentrado en darle placer a Sonoko.
Decidí probar entonces algo nuevo, que jamás me había atrevido a probar con Ran en nuestros encuentros. Con delicadeza, llevé uno de mis deditos al ano de Sonoko, comenzando a juguetear con el agujerito. Instantes después, le metí el dedo hasta el fondo, consiguiendo que la chica aullara de placer.

¡NOOOOO! ¡CONAN! ¿QUÉ HACES? ¡NO JUEGUES CON ESO! ¡DEJA MI CULO EN PAAAAAAAZ!

Mientras me gritaba, los inconfundibles espasmos de un devastador orgasmo azotaron el cuerpo de Sonoko. La chica, casi sin fuerzas, se derrumbó por completo, y habría caído dentro del frigorífico destrozándolo todo si yo no hubiera tirado con todas mis fuerzas de ella, dejándola tumbada en el suelo.
Sonoko, completamente desmadejada, jadeaba agotada, tumbada entre los restos de la comida que habíamos tirado antes, sin importarle en absoluto el mancharse. Su pantalón seguía bajado hasta medio muslo, permitiéndome ver perfectamente su depilado chochito, con los labios bien brillantes de mi saliva y de sus propios jugos. Para acabar de rematar el cuadro, le subí la camisetita hasta el cuello, dejando al aire sus domingas, con los pezones erectos apuntándome desafiantes. Estaba matadora.
Podría haberme quedando contemplándola durante horas, admirando el excitante cuadro de una mujer arrasada por el placer, pero mi propia necesidad era intensísima.
Arrodillándome junto a su rostro, procuré que mi entrepierna quedara bien a su alcance. En mi mente retumbaban las palabras de Sonoko por la tarde, cuando alardeaba frente a Ran de las muchas pollas que se había comido. Y eso precisamente era lo que quería que me hiciera: comérmela.
Para despertarla un poco (y por mi propio placer, claro) masajeé un poco sus tetas, jugueteando con los pezones, lo que le provocó un par de sensuales gemiditos de placer.
Sonoko pareció espabilar un poco y se volvió hacia mí, encontrándose frente a frente con mi entrepierna. La chica, buena entendedora, comprendió enseguida mis deseos y esbozando una sonrisilla traviesa dijo:

Vaya, vaya, Conan. Menuda sorpresa me has dado. Todavía no me creo que se te dé tan bien…
Ahora te toca a ti – dije adelantando la pelvis hacia ella, sin ganas de conversar.
Tranquilo, tranquilo. Soy una chica agradecida y verás lo bien que te devuelvo el favor que me has hecho.
¡Viva la madre que te parió! – pensé ilusionado.
Pero antes, dime ¿dónde has aprendido a practicar el sexo oral tan bien?

Para qué decir la verdad, no me iba a creer…

En una película.
¿En una película? ¿Y es la primera vez que lo haces?
Sí – asentí.
Pues vas a tener que decirme qué película es – continuó Sonoko mientras se incorporaba y se ponía en pié – Conozco a un par de tipos a los que les vendría de perlas aprender lo que sale en ella.

Sonoko se quedó mirándome un segundo, con su sonrisilla pícara imborrable en el rostro. Por fin, pareció decidirse y, agarrándome por los sobacos, me levantó en el aire, sentándome encima de la mesa.

¡Eh! ¿Qué haces? – exclamé más sorprendido que otra cosa.
¿Cómo que qué hago? – respondió ella acercando una silla y sentándose frente a mí – Devolverte el favor…

Aquello acalló todas las protestas de golpe. Me quedé, tieso como un palo, aguardando a que la chica comenzase a actuar. No cabía en el cuerpo de la emoción. Mi primera mamada. Recuerdos imborrables. Uno de los momentos más importantes de la vida de cualquier hombre (—lagrimita—).
Sonoko, buena conocedora de la psiquis masculina, se despojó por completo de ropa, mientras yo la observaba admirado. Volvió a sentarse en la silla, con las tetas al aire y posó sus manos en mis muslos, comenzando a acariciarlos. Sorprendido, di un gran respingo en la mesa, pues la chica tenía las manos heladas.

Están frías, ¿eh? – dijo divertida – es por haberlas tenido dentro de la nevera. Verás qué bien cuando te toque la polla.

Dicho y hecho. Con gran habilidad, Sonoko me hizo levantar el trasero de la mesa y me libró de los calzoncillos en un santiamén, Sus gélidas manitas se apoderaron de mi instrumento, que en contraste estaba a 100º. La frialdad de su contacto hizo que un ramalazo de placer recorriera mi cuerpo.

Te gusta, ¿verdad? – dijo ella mientras yo asentía vigorosamente – Espera, se me ocurre algo.

Pese a mi desencanto, Sonoko se levantó de la silla, abandonando su presa, abriendo la nevera a continuación. Tras buscar un segundo, sacó algo que me hizo estremecer: un spray de nata montada. Después, abrió el congelador y sacó una cubitera de hielo. Tras golpearla en la encimera para soltar los cubitos, dejó ambas cosas en la mesa, a mi lado y volvió a sentarse.
Yo sabía bastante bien lo que ella pretendía hacer y estaba verdaderamente impaciente de que empezara a hacerlo.

Esto te va a gustar – canturreó Sonoko cogiendo un par de cubitos.
Estoy seguro – respondí, haciéndola sonreír de nuevo.

La chica cogió uno de los cubitos y lo chupó con placer, presagio de lo que iba a pasar. Tras un segundo, agarró mi polla con una mano y comenzó a recorrerla lentamente con la otra, acariciando todo lo largo del tronco con el hielo. Cuando llegó casi al final, justo donde termina el prepucio y aparece el glande, el frío envió tales descargas de placer a mi cerebro que casi me desmayé.

¡JODER, JODER, SONOKO! ¡OSTRAS, QUÉ BUENO! – exclamé.
¿Te gusta? Pues verás ahora.

Sonoko, ni corta ni perezosa, se metió el cubito en la boca y, sin demorarse más, comenzó a hacer lo que yo estaba deseando: empezó a mamármela.
Cuando mi polla comenzó a deslizarse entre sus carnosos labios, creí que iba a enloquecer de placer, pero cuando mi miembro se encontró de golpe con la frialdad del hielo unida a la humedad y el calor de la boca de la chica, pensé de verdad que me moría el gusto.
Cómo había podido ser tan gilipollas de consentirle a Ran que yo le practicara sexo oral sin hacérmelo ella a mí también. Menuda pérdida de tiempo, cuanto sexo desaprovechado. Aquello era lo mejor del mundo. Ahora comprendía que ella quisiera siempre que se lo comiera. Si yo era capaz de darle con mi boca la mitad del placer que Sonoko me estaba dando a mí, lo normal era que Ran se pasara la vida contando los segundos hasta la siguiente comida de coño.
Sonoko se mostraba como una maestra en aquellos menesteres. Cierto era que yo no tenía otras experiencias con las que comparar, pero dudaba de que fuera posible procurar más placer que el que ella me estaba dando con una mamada, porque entonces sería ilegal y calificado como droga peligrosamente adictiva. Bien pensado, ya lo era.
La chica seguía chupa que te chupa, con mi polla atrapada en su boca; de vez en cuando la sacaba, atrapando el cubito entre los labios y lo deslizaba por todo lo largo del tronco, haciendo que me estremeciera de placer, para a continuación volver a metérsela en la boca, jugueteando con su lengua, labios y garganta con mi afortunado pene y el cada vez más derretido hielo.
Estaba claro que, yo, inexperto en esas lides, y con el descomunal calentón que llevaba encima, no iba a aguantar mucho más. Cuando noté que estaba a punto de correrme, pensé en avisar a Sonoko, como me habían dicho algunos colegas del instituto que hay que hacer para no cabrear a la chica, pero una vez más los diablillos acudieron en mi ayuda y me obligaron a darme el gustazo de correrme en la boca de una chavala. Demasié.

¡AAAAAAH! ¡SONOKO! ¡OSTIAS! ¡ME VOY!

Sí, sí, mucho gritar de placer, pero la corrida había ido casi toda a la boquita de la rubia. Para mi sorpresa, ésta ni se inmutó, limitándose a tragarse mi semen como si fuera agua. Por si fuera poco, y para postre, cogió el spray de nata y se echó un buen chorreón en la boca, no sé si para eliminar el sabor a polla o para qué.

Conan – dijo muy tranquila – Debes avisar antes de correrte. A muchas chicas no les gusta que se le corran en la boca.
¿Y a ti no te pasa?
Bueno – dijo ella encogiéndose de hombros – No es que me entusiasme, pero tampoco es para tanto.
Oye, ¿la nata era para eso? – le pregunté.
No, en principio tenía otra cosa en mente, pero viendo lo bien que te lo pasabas con el hielito, pensé que lo mejor era no interrumpir el juego.
Sabia decisión – dije filosóficamente, arrancándole nuevas risitas a la chica.

Allí estábamos los dos, desnudos, a las cuatro de la mañana en la cocina, después de haber alcanzado ambos sendos espectaculares orgasmos, mirándonos sonrientes el uno al otro. Pero yo quería más. Y ella también.

Vaya – dijo Sonoko apuntando hacia mi pene – Parece que tu amiguito no se calma.

Tenía razón. Seguía empalmado.

Es que… quiero probar más cosas de las que vi en la película – respondí con descaro.
Vaya, vaya… ¿cómo qué por ejemplo? – dijo ella continuando con el juego.
No sé, podríamos… follar un poco.
¿De verdad que tú nunca habías hecho esto antes? Me parece que voy a tener que decirle a Ran que te controle más de cerca de partir de ahora. Yo creo que tú andas por ahí con tus amiguitas… ¿Cómo se llamaban? ¿Aibara y…?
Anda, no digas tonterías. Si son sólo dos crías.
¿Y tú que eres majete? – rió Sonoko.
Bueno, lo mismo. Pero tú antes dijiste que yo era muy precoz.
¿Y cuando fue eso?
Antes, en el baño.
Así que la historia esa de que te habías quedado dormido en el baño era mentira ¿eh? Tú no te perdiste detalle desde que entramos…

Mierda. Me había pillado.

Bueno – dije dubitativo – Es que…
No, si a mí no tienes que explicarme nada. Yo también fui muy precoz para el sexo. Con tu edad ya andaba por ahí cachonda perdida.
¿Tú perdiste tu virginidad con mis años?
No, no. En eso me ganas. Pero con tu edad ya andaba yo por ahí frotándome el coñito con todo lo que pillaba, espiando a mi hermana con sus novios…
Oye – la interrumpí – Has dicho que yo te gano en lo de perder la virginidad.
Sí que lo he dicho – dijo ella sonriendo al adivinar por dónde iba yo.
Pero yo aún soy virgen… – mentí sonriendo pícaramente.
¡Ah, pues verdad! – dijo ella haciéndose la tonta.
Pero… podría dejar de serlo ahora mismo…
¿En serio?
¿Era así cómo te frotabas cuando tenías mi edad?

Mientras hablábamos, había ido acercándome hacia ella, pegando mi tremenda erección contra su pierna, frotándome de arriba abajo, haciéndole sentir mi dureza. Ella sólo podía dejarse hacer, pues yo era tan bajito que a duras penas le llegaba a las tetas. Tras unos segundos de sobeteo, llevé mi mano a su entrepierna, deslizando mis dedos entre sus labios vaginales, comprobando que la chica seguía tan caliente y mojada como antes.
Un estremecimiento de placer azotó el cuerpo de Sonoko cuando volví a hundir la cara entre sus piernas. Ella, sin dudarlo, se abrió de piernas mientras yo chupeteaba por ahí abajo.
Poco a poco, Sonoko fue sentándose en el suelo, hasta quedar de nuevo tumbada. Yo me fui dejando caer a la vez que ella, sin dejar de saborear su deliciosa intimidad. Queriendo darle un poco más de sabor a aquello, me incorporé y cogí la nata, acercándome de nuevo a la chica.
Con rapidez, deposité pequeños montoncitos de nata sobre el cuerpo de Sonoko, mientras ella se dejaba hacer a la expectativa. Cuando terminé, procedí a limpiar con la lengua toda la nata del juvenil cuerpecito, recreándome especialmente en la que tapaba sus pezones, que eran como duros fresones entre mis labios.
Sonoko tanteó hasta hacerse con el bote de nata y lo llevó de nuevo a su boca, donde disparó un buen chorro. Yo pensé que iba a tragársela, pero no era ese su plan, sino que me ofreció sus jugosos labios repletos de nata para que la besara. No tardé ni un segundo en fundir nuestras bocas en una sola, mientras nuestras lenguas jugueteaban juntas, compartiendo el dulce sabor de la nata.
Mientras nos besábamos, noté como la manita de Sonoko se aferraba a mi instrumento, acariciándolo y pajeándolo levemente, para que los jugos preseminales lo lubricaran bien para lo que estaba a punto de venir.
Con reluctancia, Sonoko abandonó mis labios y volvió a reclinarse, quedando tumbada boca arriba con las piernas abiertas. Yo, como loco por meterla ya en caliente, corrí hasta situarme entre sus juveniles muslos, arrodillándome justo en medio. Echándome hacia delante, acerqué mi polla hasta la meta, deseoso de atravesarla en cualquier momento.

Ummm – Susurró Sonoko removiéndose un poco – El suelo está duro. Esto es un poco incómodo para ser tu primera vez ¿verdad?
Por mí está bien – respondí con la mirada clavada en el abierto chochito de la chica.
¿No prefieres que subamos a mi cuarto o al tuyo?
No. Sonoko, por favor – supliqué.
Vale, vale. Ven aquí.

Gracias fueran dadas al cielo. Yo ya no podía más. Como pude, coloqué mi polla en la entrada de su gruta, pero ella, pensando que no tenía experiencia, fue la que se encargó de colocarla bien en posición.

Ahora empuja lentamente – me susurró.

Sí, para explicaciones complejas estaba yo. Echándome bruscamente hacia delante, se la enfundé de un tirón.

¡AAAAAHHH! ¡CONAN! ¡DESPACIO! ¡AY, QUE ME LO VAS A DESTROZAR!
Ya, seguro que no lo tienes acostumbrado a estas cosas – pensé.

Sin hacer ni caso a las falsas quejas de Sonoko, procedí a bombearla con ganas. Como yo era muy bajito, mi cara quedaba justo entre las tetas de la chica, lo que no me pareció mal en absoluto, pues así podía lamerlas y chuparlas a placer mientras me follaba aquel tierno chochito.
Redoblé mis empujones, comiéndole las tetas, sin preocuparme por dejar caer todo mi peso sobre ella, pues mi cuerpo era bastante pequeño. Me la follé con rapidez y con fuerza, redoblando mis culetazos con ganas, horadándola sin piedad mientras ella gemía y chillaba.

¡ASÍ, CONAN, ASÍ! ¡DAME MÁS DURO! ¡ASÍ, NIÑO, MÁS, MÁS….!

Joder, qué escandalosa era la tía, Ran era mucho más discreta. Se iba a enterar todo el mundo en la casa, aunque la verdad es que, a esas alturas, me importaba un comino. Si nos pillaban, iba a ser ella la que se metiera en un lío, por corruptora de menores.
Como pude, agarré las tetas de Sonoko con las manos, estrujándolas con fuerza, pues notaba que eso le gustaba más, mientras mis labios seguían chupeteando sus pezones como si me fuese la vida en ello. Mis caderas bombeaban enfebrecidas entre los muslos de la chica, hundiendo mi caliente bálano en el ardiente interior de mi compañera.
Ella, por su parte, aplicaba toda su experiencia en darme placer, sus manos acariciaban mi cabello, sus muslos ceñían mis caderas e incluso notaba cómo tensaba y relajaba sus músculos vaginales, demostrando que, en las batallas del sexo, era toda una maestra.

¡OSTIAS, OSTIAS, ME CORRO, DAME MÁS FUERTE QUE ME CORROOOOO….! – aullaba, posesa.

Yo, rezando mentalmente en que no se la escuchara en el piso de arriba, redoblé mis empellones para intensificar su orgasmo. Noté cómo su vagina se inundaba de líquidos, que empaparon mi entrepierna, mientras nuestros vientres seguían aplaudiendo el uno contra el otro con mis certeros culetazos.
Cuando se calmó un poco, relajándose tras la corrida, quise hacer algo que había visto hacer en alguna peli porno: cambiar de postura y seguir follando sin parar.
Se la desclavé a Sonoko brevemente, ignorando su gemido de protesta. Agarrando uno de sus tobillos, tiré de ella haciendo que se diera la vuelta. Ella entendió mis intenciones y no se resistió, pero no colaboraba mucho, disfrutando aún de los últimos estertores de su corrida. Queriendo acelerar la cosa, le di un cachete en el culo, lo que le provocó una risita la mar de sexy.

Ji, ji. Aprendes rápido – me dijo – Ya te estás poniendo en plan machito conmigo. Todos los hombres sois iguales.
Lo siento, Sonoko – dije con urgencia de meterla en caliente otra vez – Es que quiero probar otra cosa que vi en la peli. Otra postura.
Oye – me dijo mirándome muy seria – Ni se te ocurra intentar ninguna tontería ¿eh? Que mi culo es sagrado.
¿Cómo? – dije extrañado, sin comprender – ¡Ah, no, tranquila! Sólo quiero probar a cuatro patas.
Bueno, si es eso…

Un poco escamada, Sonoko adoptó la postura que yo le pedía. Yo me situé justo detrás y afiancé mi polla justo a la entrada de su coño, que se me ofrecía magníficamente abierto, por estar su dueña un poco inclinada. Me disponía a penetrarla, cuando súbitamente se me ocurrió una maligna idea.

Espera un segundo – dije.
¿Qué? – dijo Sonoko girando la cabeza y mirándome – ¿Qué coño haces?
Tranquila, esto te va a encantar.

Como un rayo, fui a la mesa y cogí un par de cubitos de hielo. Regresando junto a Sonoko, comencé a acariciar sus hinchados labios vaginales con el hielo, lo que hizo que un impresionante estremecimiento de placer recorriera el cuerpo de la chica.

¡COÑO! – exclamó – ¿SE PUEDE SABER QUÉ HACES?
Lo mismo que tú antes. ¿No te gusta? – respondí sin dejar de deslizar el hielo por el chochito de mi amiga.
No, no… si no es ESOOOO…. – aulló mientras frotaba el hielo sobre su clítoris.
¿Te gusta?
¡MMMMPPHHHH! – asintió Sonoko mientras se mordía los labios para no gritar.

Pero ese no era todo mi plan. Cuando la tuve bien cachonda y abriéndose el chocho a más no poder, hice lo que me pareció más lógico. Le metí los cubitos en el coño, primero uno y después el otro.

¡UAHHHHHH! ¿QUÉ HACES? ¿QUÉ HACES? ¡SÁCALO! ¡SÁCALO!
¿De verdad? ¿Quieres que lo saque? – dije riendo.

Lo que hice en realidad fue hundírselos mucho más adentro usando el dedo más largo que tengo. Se la clavé hasta los huevos, empujando los cubitos hasta lo más profundo de sus entrañas.

¡ME MATAS! ¡ME MATAS! ¡ME MATAS DE GUSTOOOO!

Joder. Menudo resultado. La tía se había vuelto medio loca de placer. Y yo no disfrutaba menos, sentir en la polla el ardor volcánico de su coño unido al frío del hielo era enloquecedoramente placentero. Como estaba seguro de que, a semejantes temperaturas, el hielo no duraría mucho, redoblé mis esfuerzos en su coño, usando sus caderas como asidero, mientras la penetraba una y otra vez sin compasión.
Creo que Sonoko se corrió un par de veces por lo menos antes de que yo alcanzara el clímax. No sé cómo aguanté tanto, teniendo en cuenta lo excitadísimo que estaba, aunque creo que fue gracias al hielo, que me insensibilizó un poco el miembro, permitiéndome retrasar el orgasmo.
Cuando noté que llegaba, no me anduve con tonterías, no quería correr riesgos innecesarios, así que se la saqué del coño, apoyándola entre sus nalgas y disparando toda mi leche sobre su espalda, poniéndola perdida de esperma. A ella no le importó.
Sonoko, rendida, se derrumbó en el suelo jadeando, tratando de respirar como podía. Yo, sintiéndome un dios, orgulloso de haber dejado derrengada a semejante ninfómana, contemplé la escena, como el cazador que contempla a su presa tras cazarla.
Sonoko, pringosa de semen y sudor, se removía agotada en el suelo, manchándose todavía más por la comida que había tirada. Alcé la vista, buscando un paño para limpiarla un poco y entonces fue cuando la sangre se me heló en las venas: Ran estaba en la puerta, agarrada al dintel, medio derrumbada contra él.
Cuando nuestros ojos se encontraron, reaccionó, y, tras mirarme un segundo, se largó corriendo mientras yo no acertaba a decir ni hacer nada. Fue Sonoko la que habló.

La has visto ¿eh?
¿Cómo? – dije sin comprender.
A Ran. En la puerta. La has visto ¿verdad?
¿Quieres decir que tú la habías visto antes? – exclamé atónito.
Claro. Lleva ahí por lo menos desde que saqué el hielo de la nevera. Puede que desde antes.
¿CÓMO?
Hijo, pues sí que estabas concentrado. Lleva ahí un buen rato.
No me lo creo.
¿De verdad? Y no solo eso, ha estado haciendo lo mismo que tú esta mañana. Haciéndose una paja con el espectáculo.
¿QUÉ? – grité sin importarme que me oyeran todos en la casa.

Me sentí súbitamente mareado, entendiendo por fin cómo se había sentido Ran por la mañana. Me dejé caer sentado en el suelo, junto a Sonoko, que me miraba divertida.

Venga, Conan, que no es para tanto. Creía que te había demostrado que todos sentimos estos impulsos. Es de lo más normal. No tiene nada de malo lo que ha hecho.
No – dije – Si no estoy pensando en eso.
¿Entonces?
Pienso en lo que me hará mañana por la mañana, cuando se le enfríe la cabeza y se dé cuenta de lo que ha pasado. Me va a dar una buena…
Venga, ya será menos, al fin y al cabo ella también estaba haciendo sus “cositas”.
Sí, pero no la hemos pillado in fraganti. Se limitará a negarlo todo y nos cascará. Sobre todo a mí.

Sonoko se quedó pensativa unos instantes, comprendiendo que yo tenía razón. De pronto, esbozó una sonrisilla maquiavélica y volvió a hablar.

Mira, Conan, conozco a Ran desde hace mucho más tiempo que tú y creo que sé la mejor manera de solucionar esto.

Eso no era del todo correcto, pero ella no lo sabía.

¿Y cual es?
Será mejor que vayas a su cuarto a hablar con ella.
¿Ahora? Si me coge, me arranca la cabeza.
Que va. Yo la conozco. Ahora mismo está alucinada. Lo que tienes que hacer es hablar con ella. Invéntate algo. Explícale que ya eres mayor, que sientes impulsos… como ella. Si quieres, échame la culpa a mí… dile que estuve bromeando contigo en la cena con que quería verte la polla, que te he asaltado en la cocina… lo que sea, pero asume tú parte de la culpa. Le parecerás más sincero.
Coño, eso no es inventarse nada. Has sido tú la que se ha metido conmigo en la cena y después me has asaltado aquí en la cocina.
Oye, rico – dijo Sonoko haciendo un mohín – Que has sido tú el que me ha dejado el culo al aire y ha comenzado a comerme el coño.
Y has sido tú la que me metió mano en los calzoncillos y se puso con el culo en pompa – respondí burlón.

Los dos nos echamos a reír.

En serio, Conan, hazme caso. Lo mejor es coger el toro por los cuernos y hablar con ella ahora. Mañana se habrá pasado toda la noche rumiando su enfado y no habrá quien trate con ella.
De acuerdo. ¿Y todo este lío? – dije señalando el estropicio en la cocina.
Yo me encargo. Y después me daré un buen baño.
Si quieres, voy a bañarme luego contigo – dije ilusionado.
No creo que puedas – respondió ella guiñándome un ojo misteriosamente.

Minutos después, vestido de nuevo con calzoncillos limpios y una camiseta, estaba en mi habitación, delante de la puerta de comunicación entre los cuartos, tratando de armarme de valor para enfrentar a Ran.
Yo no le veía la lógica al plan de Sonoko por ningún sitio, aunque, como me repetía a mí mismo, jamás había logrado entender a las mujeres, por lo que a lo mejor funcionaba. Además, no dejaba de pensar en Sonoko, desnudita y solita en los baños, pensando sin duda en el extraordinario polvo que acababa de echar, tocándose lánguidamente sumergida en el agua caliente… me voy con ella.
Pero, no. Tenía que arreglar las cosas con Ran. Sonoko debía saber lo que se hacía. Tenía que seguir su consejo. Ahora o nunca. Alea jacta est.
Decidido, abrí la puerta de comunicación y penetré en la oscuridad del cuarto de Ran, deslizándome sigilosamente hasta su cama, donde podía distinguir la silueta de mi novia. Noté cómo se estremecía al acercarme yo, asustada sin duda y pensé que lo mejor era tener una conversación lo más serena posible.
A tientas, busqué la luz y la encendí. Miré a Ran y vi que su cuerpo se había tensado enormemente, sin duda con tan pocas ganas como yo de tener la charla que debíamos tener. Pero era necesario, guardárnoslo para nosotros podía terminar por envenenar nuestra relación. Las cosas es mejor hablarlas.

Ran – susurré.

El cuerpo de la chica se puso todavía más tenso, pero no me contestó, tratando de fingir que dormía. Estaba de espaldas a mí, tratando de no moverse ni un ápice, lo que me recordó el viajecito en coche hasta la casa, cuando era yo el que simulaba dormir.
Fue entonces cuando me dí cuenta de un detalle muy extraño. A pesar del sofocante calor que hacía esa noche, Ran estaba arropada hasta el cuello con la sábana. Eso hizo despertar mi instinto de detective, intuyendo que allí pasaba algo raro.
Con una súbita iluminación en la mente, me acerqué despacio a la cama, llamándola de nuevo, ahora con voz más firme.

Ran. No te hagas la dormida. Sé bien que estás despierta. Te he visto en la cocina.

Ran se agitó casi imperceptiblemente, pero yo noté su movimiento, pues tenía los ojos clavados en ella. Cuando llegué junto a la cama, abrí con cuidado el cajón de la mesita de noche y eché un vistazo dentro. Al ver su contenido (o más bien la falta de contenido) sonreí ladinamente, pues todas las piezas del puzzle encajaron por fin en mi cerebro.
¿Qué creen ustedes que eché en falta en el cajón? Seguro que lo habrán adivinado ya: el consolador con el que la sorprendí antes…
Sí, es cierto, existía la posibilidad de que lo hubiera guardado en otro sitio, en una maleta o algo así. Pero conociendo como conocía a Ran, estaba seguro de que habría ordenado todas sus pertenencias como si estuviera en casa, ¿y antes había dicho que guardaba el consolador en su mesita de noche, verdad?
Al hacerse la luz en mi mente, todo comenzó a tener sentido. Ahora entendía en qué consistía el plan de Sonoko al enviarme de madrugada al cuarto de Ran. Ya entendía qué esperaba ella que pasara para impedir que Ran nos echara la bronca al día siguiente. Ya sabía lo que tenía que hacer… pero antes debía asegurarme.

Ran – llamé por tercera vez, sin obtener respuesta – Como quieras.

Suavemente, agarré el borde de la sábana que tapaba el tentador cuerpecito de la chica y la destapé. Ran se cubría con un ligero camisón que yo conocía muy bien de habérselo visto puesto por casa y que le quedaba divinamente. Pero lo que me paró el corazón fue el comprobar que Ran tenía las bragas bajadas hasta medio muslo, indicio inequívoco de lo que había estado haciendo hasta mi llegada.
Aquello me puso medio loco de excitación. Ran, después de espiarme y masturbarse mientras follaba con Sonoko, había regresado a su habitación para completar la faena. Pero esta vez iba a ser yo el que la completara.

¿Qué has estado haciendo aquí solita? – susurré.

Con delicadeza, levanté el borde del camisoncito de Ran, dejando sus excelsas posaderas al aire y la liberé por completo de las bragas, que arrojé al suelo. La chica continuó esforzándose en no mover ni un músculo, tratando de fingir que nada estaba pasando. Pero yo estaba decidido a que pasaran cosas… y de las gordas.
Su culito era firme y delicioso, tal y como lo recordaba, pero esta vez estaba además empapado en sudor, lo que le daba un aspecto erótico y sensual. Tenía uno de los muslos echado un poco hacia delante, lo que me permitió echarle un vistazo a su coñito desde atrás, pegando la cara al colchón.
Y ¡voilá!, allí estaba. Al asomarme entre los muslos de mi chica desde atrás, pude atisbar el extremo del desaparecido consolador, que estaba bien enterrado en la entrepierna de la muchacha.
Con una sonrisa de oreja a oreja, me incorporé y me apresuré en desnudarme. Me disponía a meterme en la cama junto a la nena cuando pensé que lo mejor sería tensar la cuerda un poco más. Inclinándome junto al oído de Ran, le susurré unas palabras.

Ran. Te he visto antes mientras me espiabas con Sonoko. Sé que, aunque lo niegues, estás deseando que haga lo mismo contigo. Ahora voy a meterme en la cama a tu lado y te voy a follar hasta el fondo. Si no quieres que lo haga, dímelo y me iré a mi cuarto, pero si sigues callada, no dudaré más.

El silencio fue toda la respuesta que obtuve.

Como quieras – dije mientras me deslizaba en la cama quedando detrás de la chica.

Me sentía exultante, pletórico. Había logrado poner tan cachonda a Ran que ni siquiera se planteaba la posibilidad de no hacérselo conmigo. Estaba tan necesitada de verga, que había terminado de un plumazo con todas sus convenciones sociales y sus principios. Iba a follármela… otra vez… aunque ella pensara que era la primera.
Con cuidado, pegué por completo mi cuerpo al de Ran, apretando con fuerza mi tremenda erección contra las posaderas de la chica. Como ésta no decía ni mú, deslicé suavemente una mano por su cuerpo, acariciando su muslo, su cadera, su vientre, hasta llegar hasta sus durísimos senos, de pezones enhiestos, donde me entretuve un rato masajeando y jugando.
Poco después, llevé esa mano hacia abajo, hacia la entrepierna de Ran, donde tironeé suavemente del escaso vello púbico de la chica, logrando que su cuerpo se estremeciera contra el mío, clavándole con más fuerza la polla contra las nalgas. Mi inquieta manita comenzó a acariciar con dulzura su chochito, hasta que me topé con el intruso de látex que Ran se había metido. Agarrándolo con los dedos, procedía a masturbar a mi preciosa morena con el consolador, que hacía un ruidito de chapoteo de lo más erótico cuando penetraba en la intimidad de mi chica.
Ella, sin poder aguantarlo más, comenzó a gemir y a contonearse contra mí, disfrutando como loca de la paja que le estaba haciendo.
Como pude, logré deslizar mi otra mano entre su cuerpo y el colchón, volviendo a apoderarme de los senos de Ran, dedicándome ahora a dar delicados pellizquitos en los sobreexcitados pezones de la chica.
Ela, retorciéndose como una culebra, empujó hacia atrás girándose un poco, de forma que su cuerpo quedó boca arriba acostado sobre el mío. Yo quedé atrapado debajo del cuerpo de ella, soportando todo su peso, pero sin liberar en ningún momento las presas que había hecho en sus tetas y en su coño.
Seguí masturbándola unos instantes, pero ella pesaba mucho más que yo, por lo que su peso comenzó a sofocarme.

Ran – siseé sin dejar de pajearla – me aplastas…

Como un zombi, Ran volvió a girarse en la cama, quedando de nuevo acostada de lado como al principio. Yo prendido de ella cual garrapata, no dejé de masturbarla ni un segundo, hasta que decidí que ya era suficiente para ponerla a tono y que ya era hora de pasar a ejercicios más interesantes.
Como pude, liberé el brazo con el que le sobaba las tetas, que había quedado atrapado bajo su cuerpo al girarse. Poniéndome de rodillas en la cama, la hice volverse del todo, de forma que quedó tumbada boca arriba. Qué buena estaba, sudorosa, con la respiración agitada, los pezones duros como rocas y los labios de su chochito, húmedos e hinchados y con el extremo del consolador asomando entre ellos. Y además, con los ojos cerrados haciéndose la dormida… el que calla otorga.
Como un rayo, salté sobre el colchón hasta situarme entre las piernas de Ran. Con cuidado (y con una ligera expresión de descontento en el rostro de la chica) tiré del extremo del consolador, sacándoselo por completo del coño. Sin pararme un segundo arrojé el empapado juguetito a un lado, agarrando con fuerza los muslos de mi compañera.
Ella, lejos de resistirse, aprovechó para separar levemente las piernas, ofreciéndome tentadoramente su abierto conejito. Sonriendo como llevaba un buen rato haciendo, me agarré la polla para colocarla bien en situación y lentamente, fui clavando mi ardiente pene en las húmedas y calientes entrañas de mi novia. Impresionante.

¡AAAAHHHHHH! – gimió Ran sin poder evitarlo mientras la penetraba.
UMMMMMM – respondí yo mientras sentía como cada centímetro de mi verga era absorbida por la acogedora cueva de mi amiga.

El coño de Ran era tan cálido y maravilloso como lo recordaba. Parecía que ella y yo estábamos hechos el uno a la medida del otro, así de bien encajábamos. Sin perder el tiempo, comencé a bombear firmemente en el coño de la chica
.
Para mi sorpresa, Después de solamente cinco o seis culetazos, Ran se corrió intensamente. Pensándolo bien no era tan raro, pues al fin y al cabo yo la había interrumpido en su jueguecito con el dildo dejándola
a medias, y quizás justo al borde del orgasmo: como yo por la tarde en el baño.
Imperturbable, sentí con placer como la avenida de líquidos vaginales que anunciaron el orgasmo de mi compañera empapó mi entrepierna, produciendo un sexy chapoteo cada vez que le clavaba el nabo. Enfebrecido, redoblé mis esfuerzos en martillearle el coño a Ran, provocando que la intensidad de su orgasmo se multiplicara.

¡AHAHAHAHAAAAAAHHHHHHHH! ¡QUÉ BUENO! ¡QUÉ BUENO! ¡SIGUE CONAN, NO PARES!

 

¡Vaya! – exclamé, sin dejar de zumbármenla – ¡Ya me hablas!
¡SÍ! ¡SÍ! ¡LO QUE TÚ QUIERAS! ¡PERO NO TE PARES!

No pensaba hacerlo.
Envalentonado por el gran éxito de mi estrategia, cambié de postura sin sacársela (cada vez era más experto). Quedé de rodillas sobre el colchón, con los muslos de Ran apoyados contra mi pecho, mientras le aferraba los tobillos con las manos. Esta postura era muy erótica, pues nos permitía mirarnos a los ojos mientras follábamos.

¡AH! ¡AH! – gemía Ran ¡SHINICHI, MÁS, DÁME MÁS!

Un escalofrío me recorrió la columna. Por in instante pensé que Ran había descubierto todo el pastel, pero me di cuenta de que no era así, sino que elevada a los altares del placer, llamaba a gritos al hombre que ocupaba su corazón. Afortunadamente era yo mismo, así que no pude cabrearme porque ella me llamara de otra forma.
Seguí dale que te pego, logrando llevarla hasta un nuevo orgasmo, mientras yo notaba cómo se aproximaba el mío. Por desgracia, no fui capaz de lograr que nos corriéramos a la vez, pero aún así, mi corrida fue bastante intensa.
En cuanto noté que los huevos me entraban en erupción, desclavé a Ran de golpe y me pajeé la polla rápidamente, dirigiendo los lechazos contra el cuerpo de la chica, empapándole los muslos y el vientre. Me hubiera encantado pegarle un par de disparos en la cara, pero tenía las bolas un tanto vacías después de la aventurilla con Sonoko.
Nos tumbamos los dos, jadeantes y agotados, ella mirando hacia la pared y yo abrazándola pegado a su espalda. De momento, me sentía plenamente satisfecho, así que intenté descansar unos minutos, para recuperarme.

No puedo creer lo que hemos hecho – dijo de pronto Ran.
Vamos, Ran. No le des más vueltas. Sonoko tenía razón. Las mujeres me interesan ya, así que imagínate la oportunidad que he tenido este fin de semana. Y tú no has hecho nada malo, simplemente has seguido el impulso del momento. Eres joven y preciosa, y tu novio está muy lejos. Es normal que te desahogues de alguna forma. Shinichi lo vería de esa forma.
Eso no te lo crees ni tú – respondió sarcásticamente.
Bueno, y qué más da – sentencié – Él no está aquí y no se va a enterar ¿verdad?
No, supongo que no – dijo ella.
Pues eso – continué – No se va a enterar nunca de lo que ha pasado… y de lo que va a pasar dentro de un rato tampoco…
¡Dios mío, he creado un monstruo! – dijo ella resignada.

Ambos tratamos de dormir un rato, pero un par de horas después me desperté con una dolorosa erección apretada contra las nalgas de Ran. Aprovechando que seguíamos los dos desnudos y sin dejar de abrazarla, acerté con cierta dificultad a penetrarla desde atrás, y procedí a follármela lentamente, estando los dos tumbados de costado. Ran despertó enseguida, al sentir su intimidad invadida por mi tieso pene, pero no se quejó en absoluto, limitándose a disfrutar lánguidamente del sexo que yo le proporcionaba.
Esta vez no sé si logré que se corriera, aunque si lo hice debió ser un orgasmo dulce y profundo y no salvaje e intenso como los anteriores. Yo, por mi parte me corrí tras un buen rato de lento mete y saca, empapando todavía más la retaguardia de mi amiga con mi semen.
Por la mañana desperté en la cama de Ran, solo y tras echar un vistazo por el cuarto comprobé que la chica se había duchado y vestido, dejándome a solas.
Yo hice lo mismo rápidamente, cambiándome de ropa, bajando como un rayo a desayunar, pues tenía un hambre de lobo.
En el salón me encontré únicamente con Sonoko, que no me dio ni la oportunidad de preguntar.

Si buscas a Ran, se ha ido a dar un paseo en bici. No ha querido que fuera con ella.

La inquietud volvió a apoderarse de mí.

¿Está muy cabreada? – inquirí.
¡Oh, no! Estaba muy tranquila, es sólo que le apetecía estar un rato sola.
Menos mal.
No sé lo que le “dijiste” en vuestra “charla” de anoche – dijo Sonoko riendo – Pero parece mucho más calmada y feliz que hace bastante tiempo.
¿En serio? – dije resignado a aguantar las pullas de Sonoko durante un rato.
De verdad. Parece que por fin ha encajado la cosa. Mira, al menos le quedas tú como consuelo, ya que Shinichi no está.
Bueno… – dije sin saber muy bien qué responder.
A propósito – dijo entonces Sonoko – Aún nos queda pendiente el baño que dijimos anoche.
Es verdad – respondí esbozando una sonrisilla pícara muy parecida a la que esgrimía la chica.
Pues si quieres, desayuna bien para reponer fuerzas, que yo te espero en la sauna…
Me parece perfecto.
Y tranquilo, que Ran iba a bajar hasta el pueblo, así que tardará un par de horas en volver. Si quieres, podrás “charlar” con ella luego, después de comer.
Estaría bien.
Por cierto – concluyó Sonoko – No hace falta que traigas el bañador a al baño. Yo no lo uso…
……………….

Y le hice caso.
FIN
TALIBOS
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