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Sin títuloAunque una rebelión empezara a gestarse en el seno de los Campos Elíseos, se trataba de una realidad solo sospechada por un reducido grupo. El Trono prefería el orden y el control sobre la legión de ángeles antes que desatar el caos y el desconcierto debido a una amenaza que bien podría desvanecerse con las acciones adecuadas, mientras que el Serafín Durandal optaba porlas sombras y el silencio para ganar poco a poco adeptos a su causa de libertad. Ajena a todo, la pequeña Querubín, quien parecía ser la causante de la insurrección de un grupo de ángeles, solo tenía en mente un objetivo: encontrar al guerrero mongol angelizado para que este la entrenara. Ser fuerte era su meta, pero su verdadera motivación aún era un misterio.

La noche caía sobre una cala paradisiaca y en el cielo centelleaba una infinidad de estrellas alrededor de la fulgurante luna llena. Saliendo de un sendero rodeado de palmeras, el joven ángel Curasán llevaba a la Querubín de la mano, quien parecía temer a la oscuridad o simplemente a algo oculto entre los matorrales. Cuánto deseaba subirse de nuevo a la espalda de su protector, se sentía segura allí, aunque también sabía que lo mejor era armarse de valor y aparentar valentía, no fuera que el desconocido guerrero mongol la tomara por débil y rechazara instruirla.

—¿Cuánto falta? —preguntó Perla, apretando fuerte la mano de su guardián.

—Oye, no te preocupes, enana —zarandeó juguetonamente su mano al notar su nerviosismo.

—Pero si estamos el Aqueronte —protestó.

A la vista, el oscuro Río Aqueronte rayaba entre mágico y misterioso, envuelto por completo en una azulada bruma nocturna que a Perla le causaba cierta incomodidad. No era para menos, pues cualquier ángel de la legión sabía que se trataba de uno de los lugares más importantes de los Campos Elíseos. Era, nada más y nada menos, el punto desde donde podían acceder al reino de los humanos con tan solo sumergirse en el agua. Acto, desde luego, prohibido por el Trono.

—Tranquila. Quien vigila este lugar es mi colega.

—Tu colega, el mongol —susurró, tragando saliva—. Y… ¿cómo es ese hombre?

—Algo… extravagante. Se convirtió en ángel al morir, pero aunque respeta al Trono como líder, se recluyó aquí porque sus creencias entran en conflicto con el resto de ángeles, así que no creo que lo veas por Paraisópolis o el templo.

—¿Conflictos?

Una fría brisa recorrió las palmeras tras ellos. En el preciso instante que la peculiar pareja pisó la cala, una figura oscura cayó sobre el dúo y tomó violentamente el cuello de Curasán. Aquella bestia oscura y alada era veloz, de movimientos salvajes como los de un cóndor pero silencioso como un águila. Un batir intenso de alas, manotazos y patadas se hicieron lugar en la negrura de la noche; el extraño enemigo levantó al ángel guardián para inmediatamente tumbarlo en la arena con la fuerza de un solo brazo.

Varias plumas revoloteaban alrededor de ambos, entre el polvo levantado y los quejidos desesperados de Curasán.

—¡Por los dioses! —el protector de Perla se retorcía de dolor en el suelo, arañando la arena—. ¿¡Podrías al menos preguntar antes de atacar como una puta cabra!?

—¡Ja! Débil como siempre. —El desconocido ángel poseía una voz fuerte, casi amenazante. Pisó el pecho del joven, quien en un santiamén, había quedado reducido de manera humillante—. ¡Deshonras a los tuyos!

—Serás un… —Curasán abrió lentamente los ojos y vio ese rostro de facciones duras, los largos mechones de esa cabellera se mecían con la brisa al son de sus alas y túnica; de ojos rasgados e intensos, era el ángel mongol que había estado buscando. En ese preciso instante sintió una fuerte presión en el pecho—. ¡Daritai, por todos los dioses, basta!

—Demasiado tarde para pedir clemencia. Pensé que había quedado claro al ordenarte que no volvieras a pisar este lugar —el mongol angelizado sacudió sus alas para que la arena salpicara el rostro de su presa.

—¡Suéltalo, lo estás lastimando! —gritó la asustada Perla, escondida detrás de una palmera frente a ellos. Era la primera vez que estaba sintiendo en carne propia cómo uno de sus seres más queridos, si no el que más, sufría visiblemente. Sus alitas se extendieron y la piel se le erizó; la impotencia y rabia luchaban en su cabeza, tratando de decidir si ir directamente a por el enemigo, o retirarse para buscar algo puntiagudo.

—¿Quién es ella? —preguntó el guerrero, aumentando la presión sobre el pecho de Curasán.

—Es la… ¡Es la Querubín, Daritai!

—Interesante. ¿Qué es lo que quieres?

—Esto… —Curasán sonrió nerviosamente, luchando por apartar la pisada del ángel—, ¿cómo te lo digo sin que te cabrees, Daritai?

—¿Ese es tu colega?—la pequeña salió de su escondite, bastante aliviada al saber que se trataba de la persona que habían venido a buscar—. ¡Señor Daritai! Hemos venido porque le debes un favor a Curasán, ¡así que suéltalo ya!

—¿Un favor? ¿Eso es verdad? —volvió a pisar fuerte el pecho del joven—. No recuerdo que te debiera un favor. Yo conseguía mi sable, tú te paseabas por el mundo de los humanos en su búsqueda, eso era todo.

—¿¡Podrías dejar de pisarme, por lo que más quieras!?

—¡Entréname para ser fuerte, señor Daritai!

El mongol la observó de arriba abajo, soltando una pequeña y despreciativa risa. En su antigua y lejana vida como guerrero nunca vio a una niña pedirle semejante favor. Fuera una broma, fuera en serio, recordó que los ángeles no estaban del todo acostumbrados a su cultura, así que debía dejarles las cosas claras cuanto antes. Retiró el pie del pecho del atormentado Curasán y se acercó a la pequeña.

—Eres muy graciosa pidiendo que te entrene. Lo cierto es que en Mongolia empezábamos desde pequeños, pero desisto de la idea.

—¿Por qué me rechazas?

—¿Por dónde comienzo? En Mongolia, las mujeres no pensaban en luchar sino en contentar al hombre. Eso deberías hacer tú —se acarició el mentón y achinó aún más los ojos—, o mejor dicho, deberías hacerlo cuando esas pequeñas piernas sean más largas.

—¿Pero de qué hablas? —preguntó confusa, imitando su achinar de ojos.

—A eso me refería con “sus creencias entran en conflicto con la del resto de ángeles…” —masculló Curasán, quien desde el suelo, apenas podía respirar.

El joven ángel conocía a Daritai y cuán hombre de costumbres y cultura era, por lo que tiempo atrás le ofreció un trato irrechazable: si Daritai hacía la vista gorda y permitía que Curasán fuera al reino de los humanos, le conseguiría lo que más extrañara de sus tierras. Tras meses de búsqueda, de idas y vueltas, de descripciones y fallos, el joven ángel volvió con un resplandeciente sable escondido en los montes de Kyushu, Japón, lugar donde el mongol murió a manos de los samuráis, incontables siglos atrás. Obtenida la espada, los escapes diarios de Curasán pasaron a mejor vida.

—Escucha, Daritai —el guardián se levantó con dificultad—, ¡lo dijiste alto y claro cuando la traje impoluta! ¡“Te debo una”!

—¡He cambiado de parecer! —cortó el mongol, agitando una mano al aire—. A diferencia de ti, soy un hombre de honor, haberle fallado a la confianza del Trono permitiéndote ir al mundo humano es algo que prefiero olvidar.

—¡Pero por favor, maldito maniático, qué conveniente que lo digas ya habiendo recuperado tu sable!

—¡Suficiente! ¡El Río Aqueronte está prohibido salvo orden del Trono! ¡La próxima te pisaré el rostro, maldito insolente!

Daritai se alejó caminando hacia la playa, rumbo a una casona de madera añeja que siglos atrás, cuando llegó a los Campos Elíseos, construyó como su particular refugio. Aunque rápidamente fue alcanzado por la pequeña, quien se interpuso en su camino. La Querubín extendió sus alitas y los brazos para que se detuviera, y esta vez, sacando a relucir su peor lado:

—¡Entréname, te lo ordeno!

—¿Me lo ordenas? ¡Ja! Los mongoles tenemos la costumbre de no lastimar ni a mujeres ni a niños. Pero tú —se acuclilló frente a ella—, tú me das ganas de romper las costumbres. Tienes suerte de que yo no derrame sangre en un lugar de descanso como este.

—¡No te tengo miedo! ¡Entréname… —Perla se calló un par de segundos y pensó detenidamente qué iba a decir. Se armó de valor y dejó a un lado su actitud de “ser superior de la angelología”. Era su última oportunidad y casi podía sentir cómo se le estaba escurriendo de entre los dedos; ser la Querubín no le había servido en nada sino para causar gracia. Si pretendía obtener fuerza, tal vez podría intentar una alternativa más humilde—. ¡Te lo ru-ruego, por favor!

Curasán estaba llegando a duras penas hasta donde ambos discutían; conocía a Daritai y temía que castigara físicamente a la Querubín en caso de volverse demasiado irritante. Por un lado, sabía que el mongol no tenía demasiada paciencia, y por el otro, Perla tenía una facilidad asombrosa para ser irritante. “Mala combinación”, pensó, apurando el paso.

—¡Por el Dios Tengri! La verdad es que haces mucho ruido, granuja. ¿Para qué quieres entrenar?

La niña abrazó con fuerza la pierna del mongol, y casi en un tono de llanto, confesó algo que dejó paralizado al guerrero por algunos segundos. Además, en ese instante, él percibió algo en sus ojos. Un chispear. Una declaración de intenciones en forma de un brillo fugaz en esa mirada aniñada. Había algo demasiado familiar en esos ojos verdes que, por unos segundos, cobijaron valor y firmeza.

—¡Proteger! ¡Quiero entrenar para proteger!

—¿Proteger? —se calló por breves segundos mientras se rascaba el mentón—. Oye, pequeña, ¿eres como esos ángeles que han prometido arriesgar su vida para defender a esa humanidad allá abajo?

—¿Humanos? A ellos no.

—Hmm —gruñó con un cabeceo afirmativo. Levantó la pierna y comprobó que Perla lo tenía bien atenazado—. ¿Pero entonces a quién quieres proteger?

—A… a Curasán —le susurró.

—¿A mí? —Curasán, tras ambos, no comprendió la respuesta. No obstante, una sonrisa bobalicona se esbozó en su rostro.

—Sí. Es demasiado torpe. El día que Destructo venga, meterá la pata seguro. Y… también deseo proteger a Irisiel.

—¿Quieres proteger a la Serafín? —insistió Daritai, que estaba tan desconcertado como el guardián de la Querubín—. Escucha, la Serafín no necesita que alguien la proteja.

—¿Lo dice quién? ¿Quién cuidará de los que irán a la batalla? Lo he decidido y no dejo de pensar en ello en cada paso que doy: proteger a los que nos protegerán el día que Destructo se levante contra los Campos Elíseos.

Daritai bajó la pierna y observó por un rato a la Querubín, quien bravamente consiguió no derramar ninguna lágrima pese a que su voz delataba que estuvo, en algún momento, a punto de quebrarse. La nobleza no era algo que pudiera encontrarse fácil, y menos aún en una niña tan pequeña. Pese a su corta edad, era atrevida, tenía un motivo noble y parecía priorizar a sus compañeros antes que a ella misma; la reconoció.

Aun así, disfrazó su admiración con trivialidad.

—Gritas muchas tonterías, pero me gustas. Aunque ya es muy tarde, deberías volver junto a tu guardián.

El ángel mongol volvió a retomar su camino, rumbo a su casona. La pequeña quedó arrodillada allí ante nada, completamente descorazonada. Arañó la arena sin saber qué más debía hacer para que la escucharan; lo que para los ojos de todos era simplemente una tontería producto de una mente aún infantil, para ella representaba una forma de agradecimiento para la legión de ángeles que la acogió. Si bien abusaba de su condición de Querubín, solo deseaba que la dejaran de observar como a una niña frágil y que la reconocieran como algo más; tal vez como al ser superior de la angelología, o tal vez como a un ángel fuerte que los protegería a todos de una amenaza.

“Creo que fue un error haber venido aquí”, pensó Curasán, viendo a su peculiar protegida completamente abatida. Algo le decía que, en esa ocasión, ni un abrazo o algunas bromas servirían para consolarla. Se acercó a ella, plegando sus alas, pensando en alguna frase para levantarle el ánimo.

—Escucha, pequeña —Daritai, sin detener su andar, rompió el silencio de la noche—. Te esperaré mañana de día.

—¿Qué? —la niña levantó el rostro para verlo—. ¿Mañana?

—Mañana —levantó su pulgar al aire en señal de aprobación, cortando la luna—. Para comenzar a entrenar.

II. 8 de junio de 1260

El sol mañanero se asomaba tímidamente en el horizonte y las calles de Damasco empezaban a adquirir vida. Pero lejos del ajetreo y comercio diario, en un rincón alejado de la caballería del Kan, una veintena de jóvenes guerreros mongoles se apostaban tras el vallado de un peculiar corral improvisado para entrenar. Admiraban y temían en partes iguales a su nuevo comandante, quien acababa de tumbar a un soldado al suelo. Risas y quejidos se mezclaban entre el movimiento diario de los jinetes cabalgando a los alrededores.

—Vamos, arriba —Sarangerel ofreció una mano al joven guerrero. En el fondo nunca quiso aceptar el comando, pero hecho lo hecho, tener a un grupo de jóvenes guerreros dispuestos a escucharlo y seguir sus pasos le daba una motivación inesperada. Los entrenaría tal como su padre había hecho, tal como algún día haría con su hijo—. ¿De dónde eres?

—¡Karakórum!—el muchacho se repuso, aunque el dolor en la espalda era bastante evidente por el gesto en su rostro torcido—, soy de Karakórum, comandante.

—¿Ya has combatido alguna vez?

—Aún no, espero hacerlo pronto, comandante.

—Eres demasiado flaco. No es un defecto, lo puedes usar a tu favor contra alguien más grande como yo —sonrió, dándole un coscorrón a la cabeza—. Necesitas ser ágil como una gacela y astuto como un lobo para poder tumbar a alguien que te gana en tamaño —pese a que sus palabras iban dirigidas al muchacho, todos los soldados alrededor lo escuchaban atentamente. Había algo en sus palabras y su mirada cargada de ferocidad que hacía que se ganara rápidamente la atención y el respeto—. Y durante la guerra, cuando el enemigo descanse, necesitarás ser silencioso como un leopardo para asestarles un golpe sorpresa.

—¡Al diablo! Son demasiado jóvenes, demasiado inexpertos —se quejó Odgerel, sentado sobre el vallado, pasando trapo a su sable—. Pierdes el tiempo, Sarangerel.

—Claro que son jóvenes y débiles. Como tú y yo alguna vez fuimos —desenfundó su nuevo sable, un regalo de sus superiores por asumir el comando, y apuntó a su camarada—. Si nuestros predecesoresno nos hubieran bendecido con su sabiduría, hoy ni siquiera tendríamos el don de blandir un sable. Eres el segundo al mando, Odgerel, depónesa actitud salvo que quieras pasar el día ordeñando la mula allá al fondo.

—¿“Depón esa actitud”? Pasaste tantos días con esa francesa que ya tienes una lengua de alta alcurnia. Pero bueno, ¡consígueme una felatriz, amigo, una de muchas curvas, eso haría “deponermi actitud”! —carcajeó, mirando a sus nuevos pupilos—. Escuchen, las prostitutas de los barrios de Gálata no son nada comparadas con las mujeres que pueden encontrar en territorio mameluco, lo dicen los mismos francos. ¿Quieren ganar esta guerra? Piensen en las mujeres que repartiremos como botín. ¿No es eso suficiente motivación, perros?

—¡Menos mujeres, jala-barbas! Vamos, ¿¡quién es el siguiente!? —preguntó Sarangerel, extendiendo los brazos, esperando que alguno de sus nuevos guerreros quisiera probar fuerzas contra él. Aunque, quien se abrió paso entre los mongoles y saltó la valla fue la persona que menos esperaba.

—¿Pero qué…? —se sorprendió Odgerel, desatando una ola de risas entre los jóvenes guerreros—. ¡Ja! ¡Esto alegra el corazón de cualquiera!

Vestida con una añeja camisa, pantalones raídos y botas sucias, Roselyne no lucía precisamente como una dama bañada en agua de rosas. Pero la escudera del nuevo comandante de la legión mongola no necesitaba de preciosas apariencias; su objetivo estaba más que claro desde el momento que entró al corral, con un sable en una mano, y con la espada de su hermano en la espalda, inclinada, sostenida mediante correas.

—¿Qué sucede, escudera?—sonrió Sarangerel—. ¿Has venido para entrenar?

—Sarangerel, aquí tienes tu sable —dijo arrojándolo hacia el mongol, quien hábilmente lo cogió del mango. Podrían pasar todas las espadas por sus manos, pero el guerrero solo quería sostener una, la misma con la que había partido para conquistar el califato abasí y el sultanato mameluco, la misma con la que deseaba volver a Suurin—. Está radiante, como te prometí.

—¿No me diga, comandante, que piensa probar la fuerza de esa mujer? —preguntó un sonriente soldado, en dialecto jalja, esperando que la muchacha no lo entendiera.

—¿Por qué no? —preguntó ella, mirando a los ojos al joven guerrero que ahora ya no sonreía tanto. Desconocían que Roselyne entendía y hablaba jalja, lo cual era un misterio incluso para sus dos habituales compañeros. También ignoraban que una mujer pudiera ser tan altiva—. ¿Vosotros consideráis una mujer como un mísero botín?

—El Kan Hulagu no está presente—interrumpió Sarangerel, adelantándose al pensamiento de todo el grupo—, pero nos ordenó respetar las culturas y costumbres de nuestros aliados. Si alguien quiere probar fuerzas y entrenar, no soy quién para negarlo.Ven, Roselyne, te convertiré en guerrero mongol.

Aún pese a las férreas palabras de su nuevo comandante, era imposible detener las risas de los jóvenes. Pero poco a poco la curiosidad ganó terreno. Una atención y un silencio inusitado cayeron sobre todos los soldados alrededor del corral: no estaban acostumbrados a ver una mujer desafiando a un guerrero; no todos los días se veía a un zorro deseando entablar batalla contra un lobo.

Sarangerel comprobó el brillo de su sable, cabeceando ligeramente en señal de aprobación. Lo enfundó en su cinturón, para luego empuñar en la otra mano aquel sable que le habían regalado. “Es un arma preciosa, más liviana que la mía”, pensó. “Pero no la necesito. Sé quién será la dueña perfecta”. Se alejó hacia el lado opuesto del corral, y acto seguido clavó el arma hasta la mitad de la arena.

—Vosotros os reís, jóvenes, pero la vida me ha enseñado que las mujeres también tienen orgullo. Roselyne, a partir de ahora eres un soldado a mis órdenes, y estos perros alrededor son ahora tus hermanos. Deshazte de esa espada que llevas.

—Es de mi hermano, Sarangerel, lo sabes.

—Pues guárdala en otro lugar. Yo te enseñaré a rajar con un sable, no pienso usar ese juguete que tienes enfundado —las risas volvieron a poblar el lugar, aunque a Roselyne no parecía afectarle en lo más mínimo pues solo tenía oídos para su nuevo y flamante tutor—. Escucha, he decidido regalarte este sable que me han obsequiado mis superiores. Pero tendrás que venir a reclamarlo.

Se acercó a ella y, cruzando los brazos, afirmó tajantemente.

—Pasa sobre mí y reclámala. Si caes al suelo, retrocederás para volver a intentarlo.

—¿Me lo dices en serio?

—Te he hecho una promesa, te enseñaré a blandir un sable. Pero cuando logres reclamarla.

Ella lo entendió en la mirada del mongol. A su alrededor solo había sonrisas y alguna que otra carcajada, pero Sarangerel era distinto; la estaba tomando en serio. Ahora, Roselyne ya no era aquella amante de quien había gozado una noche en el desierto, y varias noches en su yurta a orillas del río Barada, ahora aquella muchachaera una igual, una guerrera. Un soldado a sus ojos.

—¡Debes ser rápida como una gacela! —gritó Odgerel, levantando su sable al aire—, y astuta como un zorro. Solo así se vence al lobo. Mis ojos te reconocen, hermana Roselyne, demuéstrales a estos todo tu talento…

—Bien… —susurró ella, acuclillándose para sentir la arena en sus dedos.

—Usa tus piernas con astucia —aconsejó Sarangerel—. Como es tu primera vez no seré rudo. Muéstrame qué es lo que sabes hac…

Roselyne se levantó y pateó la arena hacia el rostro de Sarangerel, apurándose rápidamente hacia el arma semienterrada. El mongol se repuso a tiempo y la tomó de la muñeca, aunque la muchacha respondió lanzándole un puñado de arena que tenía guardada en la otra mano, y de un rápido manotazo, se soltó del agarre del guerrero.

“¿¡Pero qué mierda acaba de suceder…!?”, pensó Sarangerel en el momento que tragaba tierra y soltaba a su presa; fugaz reflexión similar a la que todos en el corral parecían concluir boquiabiertos.

Pero cuando la francesa se encontraba a solo pocos pasos de agarrar del mango del sable, cayó bruscamente al suelo. Sarangerel había vuelto a extender su brazo para aferrarse al pie de la mujer, tumbándola. Roselyne estuvo cerca de conseguirlo, pero ya lejos de las burlas, de las risas y de las miradas de desprecio, los soldados mongoles observaban sorprendidos cómo una aparentemente sencilla mujer casi había superado el desafío de su comandante en el primer intento.

—¡Mierda! —Roselyne golpeó el suelo. Se levantó a duras penas, limpiándose la arena repartida por su ropa.

“Sí, mierda, esta mujer me acaba de avergonzar ante todos”, pensó Sarangerel, escupiendo la arena metida en la boca.

Roselyne se acercó a Sarangerel, quien aún yacía tirado y perplejo; se acuclilló para limpiarle la arena en la mejilla de manera suave. Estaba más que claro que ahora la francesa había aceptado su rol de soldado, nadie debía tomarla a la ligera pese a sus apariencias. Pero, viendo la dulzura con la que trataba a su comandante, era evidente que tampoco ignoraba su condición de amante.

—Sarangerel —susurró ella, acariciando el labio del sorprendido mongol—. Intentémoslo de nuevo.

III

Sentada sobre un tronco caído cerca de la cala del Río Aqueronte, la joven Celes disfrutaba del ambiente paradisíaco que ofrecía la naturaleza; el sonido del río, la brisa húmeda y los tibios rayos del sol colándose entre las hojas de las palmeras tras ella proporcionaban un gran efecto relajador.

—¡Uf! —se desperezó, extendiendo alas y brazos al aire —. No sé por qué quieren una segunda protectora para Perla, pero me alegra que me hayan nombrado a mí. Aunque la verdad es que me siento mal, verás, creo que estoy fallando a la confianza del Trono…

—¿A qué te refieres? —preguntó Curasán, sentado a su lado. A lo lejos, hacia la playa, la Querubín parecía dialogar con el mongol para iniciar su primer día de entrenamiento.

Habían obtenido el permiso del Trono para estar en el Río Aqueronte, con la condición de que no despegaran la vista de la pequeña. Si bien, al principio, Nelchael se negó a permitir que Perla entrenara debido a los peligros a los que se podría exponer, el viejo líder de la legión parecía haber encontrado cierto gusto en contentar y mimar los deseos de la niña, quien se abalanzaba a por él para agradecerle con besos por doquier.

—No sé… ¿Cómo decirlo? —Celes retorció sus muslos y alas solo de recordar lo que su pareja le había hecho en el bosque, momentos antes—. ¿No crees que deberíamos detener esto que hacemos ya que ahora somos guardianes de la Querubín? Deberíamos ser ángeles ejemplares.

—¿Estamos lastimando a alguien, Celes, solo por meter mi cabeza entre tus piernas? ¿Ves a alguien herido por nuestra culpa?

—Bu-bueno, supongo que no… —balbuceó sonrojada, jugando con sus dedos—. Escúchame, Curasán… estaba pensando que si Perla va a comenzar a entrenar, necesitará una túnica mejor que la que tiene. No creo que le dé mucha movilidad la que ahora viste.

—¿Vas a confeccionarle una túnica nueva a la enana?

—¡Es tu protegida, no deberías llamarla “enana”! Y ahora es la mía también, así que no consentiré que llames despectivamente a la Querubín… —posando sus manos sobre su regazo y doblando las puntas de sus alas, se mordió los labios—. Pero también lo hago porque… a ver, cómo lo digo… esta mañana, ella no pareció muy emocionada cuando le dije que yo también sería su guardiana, así que pensaba que tal vez me gane su cariño si le hago una túnica.

—Lo he notado. No es sencillo ganarse su corazón —meneó la cabeza, mirando a su protegida.

Aunque a Curasán no le gustaba la idea de dejar a Perla sola, pues los cinco años que estuvo con ella a su lado no pasaron en vano, la orden del mongol estaba más que clara. La niña entrenaría únicamente con Daritai y sin interrupción de ningún tipo. Observarla desde la distancia era la única alternativa del ángel protector. De todos modos, Daritai le había dejado las cosas claras al verlo preocupado: “No te alarmes, a diferencia de ti, la niña me cae bien”.

—Bueno, Curasán —continuó Celes—, tú la conoces mejor que nadie, dame una idea para que yo le caiga bien…

—Ya. Puede que sepa algo… —tomó de su mano, levantándose—, pero tendrás que sacármelo en el bosque.

En la playa, la pequeña Querubín observaba con cierto recelo a sus dos guardianes, que ahora volvían a esconderse en la espesura del bosque. Ver a Celes al lado de Curasán le causaba una sensación desagradable en el cuerpo, bastante similar al que había sentido cuando Daritai tumbó a su guardián al suelo la noche anterior. De hecho, verla tan pegada a su protector hacía tensar sus alitas como pocas veces.

Aunque fuera su primer día de entrenamiento y sabía que debía estar concentrada, deseaba que el joven ángel estuviera a su lado en el caso de que algo saliese mal, para animarla, o simplemente confortarla con su sola presencia.

“Definitivamente, están pasando demasiado tiempo juntos”, pensó, achinando sus ojos.

—Oye, pequeña, presta atención —interrumpió Daritai, frente a ella. Había traído su sable, guardado en una funda en la espalda, entre sus enormes alas. A diferencia de la niña, el guerrero mongol sí estaba bastante animado por comenzar el entrenamiento. Más allá de que Perla fuera una niña, se trataba de alguien que depositaba toda la confianza y admiración en la sabiduría y fuerza del mongol. Era un honor, pensaba él, que un ángel, que por lo general se desinteresaban de él, se mostrara entusiasta por aprender de su vasta cultura.

—S-sí, señor Daritai. Anoche apenas dormí de la emoción —empuñó sus manitas—, pero… creo que Curasán debería estar aquí conmigo.

—Yo era un poco más pequeño que tú cuando empecé a entrenar. Ninguno de los niños con quienes compartí mis tardes tenía algo parecido a un ángel protector que nos vigilara. Teníamos a los adultos alentándonos, eso sí. Yo asumiré ese rol.

—Pero Curasán es mi guardián…

—Suficiente. Escucha con atención, no eres varón ni eres mongol, por lo que no eres tan especial como crees. Sería una tontería esperar fuerza bruta de ti —tras desenvainar su imponente espada curva, dibujó una gruesa línea en la arena entre ella y él—. Deberíamos aprovechar otras habilidades que pudieran ser útiles. Tus actividades consistirán en caza, pesca, recolección de frutas y remodelación de mi casona.

—¿Remodelar tu cas…?

—¡Agilidad, velocidad, reflejos, inteligencia! Esas son habilidades que puede desarrollar una niña como tú.

—No hagas como que no me has escuchado, ¿qué fue eso de remodelar tu cas…?

—¡Como regalo por tu primer día, te obsequiaré uno de mis sables!

—¿En serio?

“Esa enorme espada…”. Perla observó fascinada el sable de acero del mongol, que parecía ladearla para deleite de sus ojos. Brillaba e hipnotizaba. Había una inscripción a lo largo de la hoja, pero no comprendía la letra. “Ahora es mi espada…”, concluyó con una pequeña sonrisa. Pero por más que estuviera emocionada por comenzar a blandir su nuevo regalo, era evidente que no tenía la fuerza para sostenerla. “Aunque… no sé cómo…”, se dijo a sí misma, viendo sus manitas, “no sé cómo haré para levantar eso…”.

—¡Mírame a los ojos cuando hablo, pequeña!

—¡S-sí!

—¿Por qué miras tus manos? ¿Ya estás pensando en sostener este sable?

—N-no, claro que no…

—Te diré algo —se alejó varios metros y hundió la espada en la arena hasta la mitad—. Participé en la invasión mongola al imperio japonés, hace incontables siglos. Este sable mató a varios samuráis, unos de los enemigos más feroces contra los que tuve el honor de luchar. El sable es tuyo porque me caes bien, ya que me recuerdas a cuando yo era un guerrero: quieres luchar para proteger a los seres que quieres, no a los seres a quienes se te ha ordenado proteger.

—Bueno, no sé cómo haré para proteger a alguien que está en otro lado… —se quejó, mirando hacia el bosque.

—Escucha, había chicos muy jóvenes en mi grupo, éramos muy unidos y nos considerábamoscomo hermanos. Yo era uno de los estrategas más importantes durante la invasión, pero los japoneses eran muy hábiles, nunca tuvimos oportunidad de conquistar su imperio. Cuando estábamos perdiendo la batalla en la isla de Kyushu, los superiores ordenaron a mis soldados que retrasaran el avance enemigo para que yo pudiera huir hacia las barcazas, pero decidí cambiar de planes. Lo importante a esa altura ya no era la conquista, sino salvar la vida de los más jóvenes. Mis soldados huyeron sanos y salvos, yo perdí la vida retrasando a los samuráis. Pero mi sacrificio valió la pena; es nuestro deber proteger el camino de los seres que apreciamos. Eso es lo que hacen los hermanos.

La niña repentinamente quedó boquiabierta y fascinada. No solo por estar en presencia de lo que parecía ser un héroe, sino porque las palabras del mongol parecían venir cargadas de emociones y vida propia. Como si el sol brillara con más intensidad cuando hablaba; era la primera vez que escuchaba una historia tan emotiva y desde luego le había afectado.

—Continuemos —sonrió Daritai, había logrado su cometido de que la Querubín dejara de pensar en su guardián—. Niña, si bien este sable es tuyo, solo lo llevarás de aquí el día que seas capaz de pasar sobre mí para reclamarlo, y créeme que para eso pasará mucho tiempo. Estoy al tanto de que, a diferencia de los demás ángeles, tú creces, así que será cuestión de tener paciencia contigo.

“¿Qué? ¿Me lo ha dicho en serio…?”, pensó Perla, tragando saliva, viendo al imponente ángel guerrero. Su sola sombra atemorizaba. “¿Cómo voy a pasar encima de él?”.

—Eres libre de usar cualquier método que consideres necesario para pasar sobre mí e intentar agarrar tu sable —avanzó hacia ella—. Pero a la mínima que te tumbe al suelo, deberás volver detrás de esta línea para comenzar de nuevo. Te daré tres oportunidades al día para obtener tu sable, generalmente luego de que termines las actividades de entrenamiento.

—¿Vas a tumbarme? ¿Al suelo?

—¡Será divertido! Al menos para mí… solo necesitaré un dedo para someterte. Tendrás que poner en práctica todo lo que vayas aprendiendo. Planeaba comenzar cuanto antes con las otras actividades, el día es bonito para ir a pescar, pero tengo curiosidad por ver qué es lo que sabes hacer. ¿Por qué no intentas pasar sobre mí para reclamar tu espada?

—¡Puf! ¿Sinceramente? —la Querubín se cruzó de brazos y arqueó los ojos—, esto no es precisamente mi idea de entrenar. Con este tipo de cosas mi túnica se ensuciará e incluso se echará a perder. No tengo muchas, ¿sabes? Encima me pides que remodele tu hogar, el Trono dice que yo estoy en la cima de la angelología, y esta no me parece la forma adecuada de tratar a alguien que es un superior.

—Impresionante. Es tu primer día y ya deseo renunciar —suspiró el guerrero, frotándose la frente. ¿Tal vez se había equivocado con ella? ¿Tal vez no se trataba de alguien tan noble y decidida como había creído? Se alejó gruñendo acerca de haber aceptado entrenar a una completa perezosa y consentida. Aunque, en el preciso instante que se apartaba para buscar a Curasán y reñirle, notó de reojo que la niña en realidad se había apresurado para correr hacia la espada, aprovechando la distracción.

—¡Esa espada será mía a toda costa!

—¡Pequeña granuja!

IV. 8 de junio de 1260

La noche había caído en Damasco, y dentro de una gran tienda de paja, lonas de lana y entramados de madera, armada a orillas del río Barada, Sarangerel se encontraba arrodillado, despojado de su armadura, recibiendo un cálido masaje de una mujer que, durante el entrenamiento de esa mañana, lo humilló frente a todos sus guerreros. Si bien Roselyne no pudo reclamar la espada, pues cayó en todos los intentos, el respeto poco a poco se lo había ganado en el grupo de jóvenes mongoles, probablemente en detrimento del respeto que había perdido Sarangerel.

—¿Qué sucede? ¿Te encuentras bien? —preguntó ella, con sus manos sobre los hombros del guerrero, pegando su cuerpo contra la espalda del guerrero. Con los días la mujer había aprendido a aceptar su nuevo rol de amante de un hombre, lejos de las nociones cristianas a las que había vivido aferrada; se dejaba llevar por su nuevo espíritu, siempre ansiosa de probar los secretos de la carne—. Te noto tenso, Sarangerel.

Si no era un puñado de arena, Roselyne lo había esquivado mostrando una misteriosa velocidad y agilidad utilizadas inteligentemente; incluso propinó golpes y patadas efectivos para dejarlo tambaleando ante la atónita mirada de sus guerreros, y ante la sonrisa y ojos burlones de Odgerel. Pese a que ya habían pasado horas de aquello, en la mente del comandante aún se oía claramente las risas y expresiones de sorpresa al ver que una mujer ponía en aprietos a un mongol.

—Eres fuerte —masculló Sarangerel, mirando el baile del fuego de las velas sobre una mesa. No obstante, le perdonaba a la mujer debido a su habilidad para calmar y destensar sus músculos con sus finos dedos, también ayudaba ese perfume embriagador, su cuerpo pegándose al suyo de una manera sensual y que poco a poco despertaba una erección; un recordatorio constante de los placeres que le aguardaban cada noche—. También eres rápida e inteligente, Roselyne, pero no lo suficiente.

—Es un honor recibir esas palabras del comandante más fuerte de la legión —besó un hombro; sus manos bajaron hasta la cintura, presta a meterlas bajo la tela del pantalón—. Ya tendré otras oportunidades para reclamar ese sable. Si me permites, me gustaría reclamar algo que también es valioso.

—Suficiente con las burlas —cortó secamente. Pese a que Sarangerel estaba disfrutando del momento, no dejaba de sospechar que Roselyne era algo más que lo que realmente aparentaba—. Dominas nociones de lucha y sabes cómo y dónde golpear —se tomó de su quijada, abriendo dolorosamente la boca, recordando el puñetazo que ella le había propinado—.Tú has entrenado en algún lado.

—¿Tanto te duele? —cual zarpa, sus finos y cálidos dedos tomaron de su sexo palpitante bajo el pantalón—. Lo siento, permíteme resarcirme.

—Responde —el guerrero no estaba de humor.

—Bueno… —iniciando un vaivén lento, demostrando que también tenía otras dotes a parte de la lucha, susurró un par de secretos a tan solo centímetros de su oído—. Sarangerel, he aprendido a ser rápida y a saber dónde golpear porque de otra manera, no sobreviviría en este mundo. He estado huyendo los últimos dos años, sufrí muchas penurias pero aprendí a sobreponerme. Puede que no lo aparente, pero la vida me ha hecho fuerte.

—Hmm —gruñó. Suspiro luego, disfrutando de la manualidad—. ¿De qué parte de Francia provienes? Es decir, ¿por qué has tenido que huir?

—De dónde provengo ya no es importante, ahora estoy contigo.

—De dónde provienes es importante. Sabes árabe, jalja, y quién sabe qué más. Responde.

—He aprendido árabe porque los comerciantes de las caravanas con los que he convivido estos años me lo enseñaron para mercadear en tierras musulmanas. También domino jalja porque hacía trueques con los mongoles. ¿Está satisfecha tu curiosidad?

—Aún no —dio un respingo pues la mujer apretó fuertemente su sexo—. Sería humillante para nosotros los mongoles tener que romper un tratado con los francos por tener en nuestras filas a una mujer del reino de Francia, hija de alguna casa importante y declarada como desaparecida.

—¿Hija de alguna casa importante? —rio Roselyne, abandonando la manualidad—. ¿Es eso lo que sospechas de mí? No digas necedades.

—Confiesa. Por algo has tenido que huir, esto no es ningún juego. Nosotros no rompemos tratados por culpa de una mujer.

—¿Es que acaso parezco de la realeza? —la francesa se levantó para arrodillarse frente a él.

Las miradas de ambos chocaban con intensidad; pero dentro de la mente del guerrero había un conflicto intenso; quería arrancarle las ropas a aquella mujer sensual y hacerla suya, pero su orgullo exigía que ella hablara y justificara la paliza que le había propinado esa mañana.

—Parece que cuando pierdes el orgullo también pierdes la cordura —continuó la francesa, acercando una mano para acariciar la mejilla de su amante, mas Sarangerel ladeó la mirada. Él notó entonces, a un costado de la tienda, la espada de la mujer. Observó de nuevo el escudo estampado en el pomo del arma.

“Seis barras, rojas y blancas”, pensó para sí, tratando de recordar dónde la había visto.

—¿Deseas que te traiga algo de beber? —se inclinó para besar en la comisura de los labios del guerrero, acariciando su firme pecho, deseosa de calmarlo cuanto antes para llevarlo a la cama.

—“Coucy” —interrumpió Sarangerel, provocando que Roselyne diera un respingo.

—¿Di-disculpa?

—El escudo que tienes grabado en el pomo de tu espada —lo señaló con un cabeceo—, pertenece a los Seigneurs de Coucy. Son conocidos por sus desavenencias contra el rey Luis; desaprobaban el aumento de los impuestos en vuestro reino. Aumento destinado para reforzar la Cruzada Cristiana.

—¿Pero cómo es que lo sabes, Sarangerel?

—No me subestimes, mujer, soy emisario. He estado presente en casi todos los tratados del Kan Hulagu. Antes de aceptar nuestra alianza con los francos, hemos hecho averiguaciones acerca de vuestro rey, de vuestros conflictos internos y vuestras alianzas con los ingleses. Los Seigneurs de Coucy, representados en ese escudo de seis rayas, fueron los principales detractores del rey Luis.

—S-se la robé a un guerrero moribundo —se excusó.

—Pues sería bueno que recordaras dónde has visto a ese guerrero moribundo. Es información importante para los francos saber que aún andan sueltos enemigos del rey. Estoy seguro que nos darán bastante oro o armas a cambio de tan valiosa…

—De la casa de los Seigneurs de Cousy, me llamo Roselyne de Cousy —interrumpió la francesa, quien rápidamente tomó las manos de su amante—. Mi familia era dueña de grandes extensiones de tierra en Francia, no es que fuéramos como los barones ingleses, pero teníamos poder. La rama a la que yo pertenecía vivía en Périgueux, hasta que el Rey Luis decidió ofrecer toda la ciudad, nuestras tierras incluidas, al reino de Inglaterra.

Cayó el silencio en la tienda. La mujer había confesado ser de una facción rebelde del reino con quienes los mongoles tenían forjada una alianza. Ella representaba un serio peligro para las relaciones del Kan Hulagu con los francos comandados por Luis IX, paradójico por otro lado, pues a los ojos de Sarangerel una mujer no podría tener tal notoriedad o importancia. La guerra era terreno de los hombres; pero de nuevo, él aprendió que con aquella francesa las nociones no eran como en sus tierras.

—He oído de los incidentes. Suena rastrero que el rey entregue sus propias tierras y exponga a sus habitantes a los peligros de otro reino —tomó la mano de la mujer y la besó en los nudillos—, “su majestad”.

—¡No soy de la realeza, Sarangerel! El rey Luis marcó a nuestra familia desde que mi tío, Enguerrand de Cousy, protestara contra los altos impuestos, asesinando a tres de los escuderos de la realeza. El rey ofreció nuestras tierras al reino inglés no solo para calmar el conflicto que mantenía con Inglaterra, sino como venganza contra los Seigneurs de Coucy. Toda… —se mordió el labio inferior, buscando consuelo en la mirada del guerrero—, escucha, toda mi familia cayó muerta defendiendo nuestras tierras de los invasores ingleses.

—¿Toda tu…? ¿Entonces no hay ningún hermano esperándote en Acre? —Por más que Roselyne estuviera abriéndose y mostrándose frágil, varias preguntas asaltaban la mente del guerrero y apremiaban una respuesta rápida—.¿Por qué ibas allí entonces? ¿Estabas buscando al Rey Luis? —soltó las manos de la mujer—.¿Acaso cruzaste medio mundo para vengar a tu familia?

—¡Baja la voz, por favor! —protestó ella, tomándolo de los hombros y acercándose para besar su pecho, aunque rápidamente el guerrero tomó un puñado de su cabellera para apartarla. Pareciera que la rabia contenida en el guerrero haría que la tienda terminase derrumbándose en cualquier momento—. ¿Qué queríais que os dijera a ti y a Odgerel? ¿Qué yo iba a Acre para asesinar al mismísimo rey francés con el que los mongoles tenéis un tratado de paz y cooperación? O se reían de mí o me mataban sin contemplación.

—Así que terminaste tomando el mismo camino que dos emisarios mongoles e incluso te acostaste con uno para tener techo y cobijo aquí en Damasco —soltó su cabellera bastante ofuscado—. Has venido hasta aquí para que te entrenara con la espada, ¿no es así, escudera?

—¡Fui escudera de mi hermano, no creas que he mentido! No creas que cada beso que te he dado ha sido por conveniencia, no dudes de cada caricia que te he dado con todo mi cariño—volvió al asalto, con la voz rota y las manos temblándole, buscando enredarse sus dedos con los del guerrero—.Te he admirado desde el primer día, en el momento que me protegiste, cuando me hablaste de tu hijo, cuando me contaste de tus tierras, cuando me tocaste en el lago y me hiciste disfrutar como ningún otro hombre.

Ahora no fueron las manos sino las palabras quienes relajaron al tenso guerrero. A su pesar, dejó que la mujer se acercara para acariciarle la mejilla, para que volviera a besarlo con intensidad. Pero el sendero de la venganza era un camino que Sarangerel reconocía perfectamente, pues en su vida alguna vez lo recorrió y sabía de sus efectos: angustia, tristeza, noches de contantes pesadillas que amenazan con llevarlo a uno a la locura. Era un sendero en el que ahora Roselyne se encontraba, uno en el que Sarangerel se sentía obligado a advertirle de sus peligros.

Oyó repentinamente una lejana carcajada, probablemente era Odgerel compartiendo tragos con el grupo de jóvenes guerreros en alguna fogata cerca de su tienda. “Ese perro”, pensó él, “si se entera, seguro me preguntará cómo se siente encamarse con alguien de la nobleza”.

—Yo sé que asesinar al rey no me devolverá nada —continuó ella, incapaz de sostener la mirada del hombre a quien había mentido. A Roselyne ya no le quedaban tierras, ni familias, ni dignidad ni honor. Lo había perdido todo en el camino, y había probado los sinsabores de la vida tanto de manos de soldados inglesescomo de comerciantes. Su vida ahora solo era movida por su firme deseo de venganza—. Simplemente… quiero ver a ese hombre sufrir. Así que,¿qué vas a hacer, vas a entregarme?

—¿Entregarte?—tomó del mentón de ella y levantó el rostro para observarla a los ojos. Era una mujer fuerte que había sufrido demasiados castigos. El orgullo del guerrero ahora se sentía culpable al ver los surcos de lágrimas, esos ojos enrojecidos, esa boquita entreabierta de labios que temblaban.

Sarangerel suspiró.

—Escúchame, Roselyne. Frente a mí veo a una persona con tanto orgullo como un hombre, que ha cruzado medio mundo para vengar la muerte de sus seres queridos. Como yo lo hice cuando mi mujer cayó muerta a manos de un clan rival. Me recuerdas a mí mismo. Veo tu sufrimiento y recuerdo el mío propio. Te he cobijado como uno de los nuestros. Los mongoles no entregamos a nuestros hermanos.

Recibió el abrazo y luego el llanto silencioso de la mujer. Susurros de “gracias” llenaron la tienda, en donde poco a poco la calma ganó terreno, permitiendo que tomara relevancia las caricias y luego los besos entre uno y otro. Y otra vez la mano femenina se buscó un camino bajo el pantalón, otra vez las armas se endurecían dispuestas a firmar las paces.

“Supongo que ahora mismo no es conveniente pensar en ella como una hermana”, pensó él, acariciando su cintura, levantando poco a poco la túnica para revelar a sus ojos aquel precioso cuerpo femenino que arrebataba su aliento y la razón.

V

Atardecía cuando, sentada en un tronco caído a orillas del Aqueronte, Perla pasaba trapo a uno de los tantos sables que Daritai le había apilado a un costado. Lo hacía a regañadientes y de forma torpe, pues no estaba acostumbrada a tales labores. A veces, miraba a lo lejos su sable semienterrado en el mismo lugar de siempre, y suspiraba. Habían pasado varias semanas y aún no podía reclamarla.

—Oye, ¡oye!, límpialo con cuidado —ordenó severo su instructor, sentándose a su lado. Había dispuesto una fogata frente a ellos para recibir la noche.

—¡Hmm! —gruñó mientras proseguía con la limpieza.

—Fue divertido cómo te tropezaste sola en el segundo intento —se mofó.

“Se le van a quitar todas las ganas de reírse cuando reclame mi sable”, pensó Perla, girando la espada para limpiar el otro lado de la hoja curva.

—¿Acaso tienes un problema, granuja? —su maestro notó que la Querubín aplicaba una presión excesiva y temió que un desliz lastimara su manita. Extendió su brazo para arrebatarle el arma—. ¡Suficiente por hoy!

—¡Perfecto! —tiró el trapo a un costado—. Porque tengo un montón de cosas que decirte —refunfuñó mientras se levantaba del tronco para pararse detrás de su maestro. Empezó a tomar algunas de sus largas trenzas para arreglarlas, había aprendido a hacerlas y le encantaba recomponerlas; nunca había visto algo similar en ningún ángel de la legión.

—Me pregunto qué desvarío me vas a contar ahora —resopló, frotándose la frente.

—Daritai —la pequeña iba incorporando partes del cabello a la trenza—, cuando estaba persiguiendo a esa liebre en el bosque, encontré a Curasán y Celes… A ver —tensó sus alitas—, no creo que lo que sea que estuvieran haciendo esté permitido.

—¡Ja, no me digas! —carcajeó el mongol. Mil imágenes obscenas desfilaron en su cabeza, esperando que la niña no hubiera visto más de la cuenta—. Ese completo idiota ha sido descuidado al dejarse pillar.

—He estado pensando. Si le informo al Trono de lo que acabo de ver, Celes dejará de ser mi guardiana. Entonces las cosas volverán a ir por el sendero que deben ir.

—¿Podrías repetírmelo? —esbozó una sonrisa—. Creo que tengo arena en el oído. ¿Soy yo o la mismísima Querubín está celosa?

—¡Ya! ¡Curasán ha estado conmigo desde hace cinco años, no solo debería prestarme más atención, es que esa muchacha está robándome a mi guardián!

—A ver… —Daritai llevó su brazo para atrás y tomó de la mano de la Querubín. Lentamente la trajo delante de él para así poder tomarla de sus hombros. Sonrió con los labios apretados; no deseaba dar consejos sentimentales, no era un rol con el que se sintiera cómodo ni con el que tuviera mucha experiencia, ¿pero quién más iba a hacerlo?—. Por cómo suenas no parece que consideres a Curasán simplemente como un guardián.

—¡Claro que no es “solo un guardián”, por el Dios Tengri! —Perla se cruzó de brazos, mirando para otro lado para no revelar su sonrojo; estaba completamente alterada.

—¿Y entonces qué es? ¿Tu mejor amigo? ¿O tal vez lo ves como a un hermano?… ¿O alguien que en un futuro lo quieres a tu lado?

—No responderé a eso, no tiene nada que ver con mi entrenamiento —se sentó sobre la arena, de espaldas a él, ahora era su turno de tener una trenza como las decenas que tenía su maestro.

—Pues será mejor que decidas qué es ese ángel para ti —Daritai tomó un puñado de la cabellera rojiza y empezó a separarla en tres largos hilos—. Noto cómo lo miras cuando se va a caminar con tu guardiana. No estaré siempre para llamarte la atención, así que será mejor que resuelvas esto si no quieres que afecte tu concentración durante los entrenamientos.

—¡Hmm! —gruñó.

—Déjalo respirar, lo cierto es que a veces te vuelves irritante —uno tras otro, los lazos de su cabello se entrecruzaban para crear una larga y fina trenza en la parte posterior de la cabeza, y que iba cayendo como una cascada hasta entre sus hombros—. A diferencia de ellos, no soy un ángel puro, sino que fui humano, pero algo me dice que lo que ellos dos sienten el uno por el otro no es algo muy natural en los de su especie, y por ende, se podría considerar como algo bastante peligroso a los ojos de los demás ángeles de la legión.

—Exacto, alguien debería hacer algo, y pronto.

—No seas tonta. Cuando él camina junto a ella, sonríe y es feliz. Yo no destruiría ese camino que recorre, sino que lucharía por protegerlo también. Eso es lo que hacen los hermanos, ¿o ya no lo recuerdas? Así que madura un poco, granuja, y decídete.

—¡Puf!

—Listo, ahí tienes la trenza que querías.

Perla se levantó, agarrando su recién estrenada trenza. Aunque no podía verla, sentirla a través de sus dedos la hizo sonreír. Ahora era como su maestro, a quien, con los días y sus historias, aprendió a admirar. Después de todo, por más rudo que pareciera, era un héroe que había demostrado tener un corazón de oro.

—Ten, niña, un regalo para ti —apilado a un costado del tronco donde se sentaba, Daritai le entregó lo que parecía ser un cubo hecho de papeles unidos por un aro de bambú en la base.

—¿Ah? ¿Qué es eso?

VI. 8 de junio de 1260

—Es un farol volador —sonrió Sarangerel, entregándoselo en las manos a la francesa. Sentados a una fogata de las miles que se extendían alrededor del río Barada, disfrutaban de la noche, probablemente una de las últimas que se teñía de fiesta, pues la guerra estaba asomándose poco a poco, y pronto los ejércitos empezarían a mover sus efectivos.

—¿Qué? ¿Esto vuela? —rio Roselyne, tomándolo delicadamente.

—Por supuesto. Se enciende la vela que está aquí, en la base. Dale tiempo, y cuando quiera volar, pides un deseo y lo dejas ir.

—Bueno, espero que funcione —lo ladeó curiosa, nunca había visto ni oído hablar de algo así—. Es decir, espero que vuele y que el deseo se cumpla.

—¡No se cumplen, ya te digo! —masculló Odgerel, pichel en la mano, quien se sentó a la fogata de la pareja para hacerles compañía—, en su momento he deseado fornicar con la esposa del Rey Luis. Pero mira que ni siquiera me ha devuelto mi sonrisa durante las reuniones a las que asistí.

—Primero deberías desear dejar de ser tan feo, perro —rio Sarangerel, tomándolo del hombro para zarandearlo.

—¡Ya!, bueno, me pregunto cómo será trincarse a alguien de la nobleza—murmuró, bebiendo del pichel.

A lo lejos, en las otras fogatas repartidas a lo largo del río, los mongoles poco a poco soltaban los faroles para que estos se elevaran al cielo. La sonrisa de Roselyne fue bastante visible cuando vio aquello; tres, cuatro… cinco lámparas que subían a paso lento y rompían la negrura de la noche con su tenue brillo naranja.

—Escucha, Roselyne —Sarangerel acercó una vara de madera a la fogata—. Es una costumbre de los Xin. Utilizamos los faroles para elevar nuestras plegarias y deseos al Dios Tengri. Eres un guerrero mongol ahora, así que él también te oirá.

Acercó la vara a la vela del farol para encenderla, mientras más lámparas escalaban por el cielo, en lo que se había convertido en una lenta y preciosa danza que rompía la monotonía de la noche. Deseos, añoranzas, anhelos subiendo y refulgiendo en la oscuridad de la noche tal estrellas portadoras de esperanzas.

Poco tiempo después, su farol reclamaba un lugar en los cielos, junto a los cientos que ya poblaban la noche de Damasco.

—Sarangerel —susurró ella, imposibilitada de despegar la mirada del farol que se hacía lugar entre los demás—. ¿Has deseado algo? Es decir, ¿has deseado volver a encontrarte con tu hijo, no es así?

—No—sereno, tomó de la mano a la mujer—. Espero que encuentres un mejor motivo para caminar tu sendero. Comprendo tu deseo de vengar a tu familia, aunque será triste el día que consumas tu venganza y no tengas otro motivo para vivir.

“Como siempre, a Sarangerel le gusta sonar bien pidiendo lo imposible”, pensó, apretando sus dedos entre los de él. Desde que perdió a su familia solo había un objetivo en su mente. Los sacrificios que había hecho, luchando contra sus propias creencias arraigadas, marcados por un sendero de sufrimiento y soledad, era algo que no lo podía aparcar de un día para otro; sus deseos de venganza le habían dado la fuerza necesaria, pensaba, y desligarse de aquello no estaba en sus planes.

No obstante, motivada por la nobleza del guerrero, decidió probar un deseo más fácilmente alcanzable.

—Sarangerel, yo he deseado reclamar ese sable cuanto antes. No veo la hora en que me entrenes con el sable.

—Interesante…—cabeceó con una sonrisa forzada, volviendo a torturarse con los recuerdos de las risas de sus pupilos.

—¿Pero habláis en serio? —preguntó un borracho Odgerel—. ¿Tenemos una guerra en ciernes y esto es con lo que salís, par de campesinos?

—¿Y qué es lo que has deseado tú, perro?

El cielo era único. Las estrellas fueron reemplazadas por miles de faroles que se elevaban a paso lento. Odgerel era un caso especial; sabía que tarde o temprano se encontraría con sus seres queridos, por lo que no tendría mucho sentido orar por un deseo de esa índole a su Dios Tengri. Mejor disfrutar la vida, o lo que le quedaba de ella, antes de que la guerra le robara para siempre los días de goce. Era, para él, una obviedad tan clara que ni la borrachera se lo impedía ver.

—He deseado trincarme a la reina de Francia, por supuesto.

VII

—¡Funciona! —se emocionó Celes en el momento en que Perla soltó el farol para que pudiera elevarse sobre el Río Aqueronte. Junto con Curasán, había llegado a la fogata y ayudó a la Querubín tanto a encender la vela como a sostenerlo, aunque la niña quiso hacerlo todo sola.

—No está nada mal, oye —Curasán observaba atentamente el farol—. ¿Y bien, enana? Daritai ha dicho que al soltarlo debes pedir un deseo. ¿Qué has deseado?

—Que me preguntes qué es lo que he deseado, eso he pedido… —los celos de la niña estaban sacando su peor lado.

—Ajá… Se te están pegando unas costumbres de Daritai que no me agradan lo más mínimo. ¿Te estás olvidando de quién tiene que traerte aquí todos los días cargándote en su espalda?

—Ya conozco el camino, sé venir a pie —infló sus mofletes y miró para otro lado.

—¡Buena suerte con eso, ja! —Curasán se alejó visiblemente enfadado.

Celes, aprovechando que estaban solas, vio el momento adecuado para hablar con la pequeña. Tenía un pedazo de tela doblado en las manos, de un blanco radiante. Se acuclilló a su lado, plegando sus alas, observando que la túnica que llevaba Perla, de una sola pieza y de diseño entubado, estaba sufriendo los rigores de los entrenamientos.

—Perla, te he traído un regalo.

—¿En serio? —preguntó, mirándola fijamente, pues la palabra “regalo” robó su atención.

—Es una túnica nueva para ti, la he hecho yo —sonrió, desplegándola sobre su regazo—. Es de dos piezas, a diferencia de tu túnica. Esta es la camisa, de tiras largas para que no molesten tus alas. Es bastante liviana y flexible. Esta otra pieza es una falda —la desdobló frente a su atenta mirada—. Tiene un corte diagonal por accidente… —rio—, pero la verdad es que me gusta cómo queda, así que lo arreglé un poco y lo dejé así, te dará mucha movilidad.

Perla quedó encantada desde el momento en que lo vio y lo palpó con sus manitas. Aquello era bastante distinto a lo que acostumbraba a observar en Paraisópolis, desde luego; fuera el diseño, el bordado o el contacto suave de la tela en su piel, la pequeña inmediatamente se imaginó con ella puesta, en su pequeño mundo de fantasías, en donde ahora, más que derrotar a un ángel corrupto, arrebataba las miradas de toda la legión.

—Cuando soltaste el farol, yo también he deseado algo… —Celes dibujó figuras informes en la arena, luego miró de nuevo aquella lámpara en el aire—. Es difícil explicarlo. Verás, siempre me han fascinado los lazos que forjan los humanos entre ellos. A sí que, ¿cómo lo digo? —preguntó, jugando con sus dedos y mordiéndose los labios—, he deseado tener una hermanita a quien cuidar.

—¿Una hermana? —Aunque Perla manejaba el concepto y tenía vagas nociones acerca de la hermandad, debido a las charlas con su maestro, no era algo con el que ni ella ni nadie en la legión estuvieran muy familiarizados.

—Sí —Celes la miró—, eso me haría muy feliz.

Perla suspiró, mirando detenidamente el precioso bordado de su nueva túnica. Era pequeña pero no tonta, sabía perfectamente que algo había entre ella y Curasán, aunque era evidente que la pareja prefería dejarlo como un secreto, estaba segura que era por miedo, pues como le había advertido su maestro, aquello no era natural ni estaba visto con bueno ojos.

Decidió entonces levantar la mirada para ver la lenta subida de su farol y revelarle a Celes un pequeño secreto.

—Más vale que eso del farol volador funcione, Celes, porque he deseado obtener ese sable cuanto antes.

—¡Oye! Me parece un deseo muy bonito. A Curasán le hubiera gustado oírlo…

—Bueno… quiero obtener ese sable para que en la legión me vean como alguien fuerte —miró para atrás, viendo a Curasán discutir airadamente con Daritai—. Pero por sobre todo quiero hacerlo porque me gustaría proteger el camino por donde tú y Curasán camináis.

—¿Proteger el camino por donde Curasán y yo caminamos? —preguntó, sospechando en el fondo que tal vez ella sabía de la relación secreta.

—Sí —Perla abrazó su nueva túnica—, supongo que eso es lo que hacen los hermanos.

Un repentino viento elevó con más fuerza al farol, que aguantaba estoicamente los embates y seguía su subida. Desde Paraisópolis podía observarse cómo lo que parecía ser una estrella de tonalidad naranja escalaba lentamente por el cielo negro; algunos ángeles detuvieron sus actividades y conversaciones solo para observarlo por un momento y preguntarse qué era aquello.

—Durandal, eres todo un espectáculo aparte —dijo la Serafín Irisiel, en la azotea de una casona de la gran ciudadela—. Me fascina tu manera de ver las cosas, en verdad que sí.

—Solo te he preguntado cuál es tu perspectiva acerca del asunto, Irisiel.

—Llámeme ingenua o como gustes —se acomodó su coleta, mirando de reojo el lejano farol—. Yo sí creo en la vuelta de los dioses y me niego a perderme en fantasías de libertad. Además, tenemos a la Querubín, prueba irrefutable de que están vivos. Gástate toda la perorata que quieras, Durandal, conmigo no va a funcionar.

—Esa niña crece, Irisiel —hizo contacto visual con ella—. Me pregunto cómo será llamar “Querubín” a alguien que pronto será tan grande como los demás ángeles.

—Se te ve un brillo raro en los ojos —se acercó para acariciar la mejilla del Serafín. Eran iguales, o al menos en algún momento lo fueron, luchando lado a lado, pero ahora los senderos de ambos estaban visiblemente separados. Libertad uno, lealtad a los dioses la otra—. Te diré algo, por si acaso —la Serafín extendió sus seis alas y levantó vuelo—. Si le haces aunque sea solo un rasguño a la Querubín, yo seré la primera en la línea de frente para darte caza.

—No pienso hacer nada. Entiendo que muchos ángeles depositan sus esperanzas en ella, como tú, y no planeo poner a nadie en mi contra por ello. Es por eso que resultará interesante ver vuestros rostros cuando la niña crezca. Verás, si ella crece, es más probable que entonces envejezca e inevitablemente muera. Estaré allí para ver vuestra reacción cuando vuestra preciada Querubín y enviada por los dioses se vaya de los Campos Elíseos sin haber dado ninguna respuesta acerca de su procedencia.

—La Querubín nos dirá algún día dónde están los dioses, ya verás que sí lo hará —sonrió, señalando el farol que se elevaba—. ¿Ves ese puntito naranja que sube lentamente? Es una lámpara china, la usan para desear cosas, seguro que es de ese ángel mongol que vigila el Aqueronte.

—No me digas que vas a desear algo, Irisiel.

—Ya lo he hecho —le guiñó el ojo—, acabo de desear que los dioses vuelvan. Preferentemente antes de que Destructo se levante contra los Campos Elíseos.

—Supongo que se te puede llamar ingenua.

—Tú y tu deprimente forma de ver las cosas.

El Serafín esperó a que Irisiel se retirase para fijarse con detenimiento en aquella estrella naranja y flotante. “Farol chino”, pensó. Le parecía una tontería confiarle un deseo a algo tan primitivo, pero no podía negarse a ese lado ingenuo presente en todos los ángeles, en ese lado noble que los hacía ver la luz aún en la oscuridad más absoluta. Que les hacía ver un mínimo resquicio de esperanza allí donde la angustia ha ganado terreno. Durandal tenía ese lado pese a ser un ángel distinto, pues los dioses hacía rato dejaron de ser prioridad en su corazón.

Extendió sus seis alas y levantó vuelo.

—Deseo volver a verte, Bellatrix —susurró, mirando fijamente aquella lejana lámpara.

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