herederas3I. Año 1368

sin-tituloEl calor ya se sentía intenso en las arenosas calles de la ciudad árabe de Bujará, reino de Corasmia, a pesar de que había amanecido hacía pocas horas. El sol se colaba en haces dentro de los pasillos del zoco principal, atravesando el entramado de madera del techo, en tanto los comerciantes armaban sus tiendas y extendían las alfombras con una rapidez y precisión propia de quien ha dominado la rutina durante años.

Un soldado mongol patrullaba por uno de los pasillos, llamando la atención con su radiante y largo sable envainado en el cinturón. Destacaba entre los mercaderes y beduinos que agachaban la cabeza a su paso, pues vestía una armadura de placas pintadas de rojo y dorado, colores propios del kanato de Persia, regida por el mongol Tamerlán.

Mijaíl, enfundado en una chilaba negra, reacomodó el largo rollo de tela sobre su hombro, esperando que nadie se percatara de su espada escondida allí. Aunque Bujará fuera completamente distinto al mundo que conocía en Nóvgorod, el miedo que percibía en la gente ante la presencia de un soldado mongol parecía ser siempre el mismo. De hecho, cuando él era niño y veía a los mongoles patrullar por las calles, se alejaba corriendo y sorteando los obstáculos, ágil como una gacela.

Luego recorrió los pasillos de un atestado zoco hasta que llegó a una fuente de agua, donde se sentó en el pretil de mármol y miró en derredor; le agobiaba el gentío tan bullicioso, incontables como hormigas, y los estrechos pasos. Nada en las tierras de Corasmia se asemejaba a su amada y fría Nóvgorod. Frío, eso era lo que deseó por enésima ocasión desde que dejara las estepas rusas. Agitó la mano frente a su rostro; deseó que una brisa polar se llevara los molestos mosquitos que dejaban ronchas a su paso.

Pensó en levantarse y comprar alguna fruta, pero llegó hasta él un beduino, enfundado en una túnica negra como la suya, con un pañuelo rojo, de lino, envolviéndole la cabeza. Se inclinó hacia la fuente, mojando las manos y luego el rostro.

—¡Loado sea Alá por este gran día, amigo!

El ruso dejó sobre el pretil una bolsa de cuero cargada de monedas y de un vistazo notó la lujuria en los ojos del árabe. El beduino se tocó la frente y agradeció el pago con un apenas perceptible “Assalamoe alaykum”.

—Mañana nos vamos, Yusuf —dijo Mijaíl en un forzado árabe—. Dame buenas noticias.

—He hablado con un par de amigos. Sirven como mensajeros del ejército de Tamerlán.

—¿Consideráis amigos a los mongoles? No veo que aquí os llevéis muy bien los unos con los otros.

El beduino recogió la bolsa discretamente y se sentó al lado del ruso. La abrió para contar las monedas, prosiguiendo con la conversación.

—No es un gobierno perfecto, Mi-jaíl, pero funciona. Podemos seguir con nuestras vidas. Tamerlán es un líder piadoso con los reinos que se someten a su voluntad. Ya lo estás viendo con tus propios ojos. Aquí en Bujará todo prospera

Mijaíl se rascó la barba, que había crecido bastante durante su viaje.

—Hay comercio, sí, y se ve muy activo. Pero, al final del día, gran parte de tu cosecha o tu ganancia van a parar a sus manos. Hay sometimiento. Este imperio no es sino un gobierno innatural y por lo tanto ilegítimo que algún día se derrumbará.

El ruso se sorprendió de sí mismo al notar cuánto había absorbido de sus conversaciones con el embajador de Koryo. Había oído tanto acerca de las doctrinas morales confucianas que las había aceptado de buen grado, aunque bufaba cada vez que discutían sobre religión.

—Interesante manera de verlo —asintió Yusuf—. Me recuerdas a un hombre que, con palabras parecidas, unió a otros hombres para poner fin a este imperio. Tamerlán lo metió dentro de un cañón y él mismo encendió la mecha.

—Solo cuéntame lo que te han dicho esos mensajeros.

—Luego de Bujará sigue el camino de comercio que llega hasta Kabul. Los orientales la recorren siempre y no os perderéis. Veréis puestos de vigía sobre las colinas, pero los comerciantes son muy apreciados y siempre que no reveléis vuestras armas, todo irá bien. El problema será cuando lleguéis al reino de Xin. Dicen que los locales se están alzando contra el Imperio. Si quieres llegar a Koryo, tendrás que atravesar un auténtico campo de guerra.

Mijaíl ahogó una risa. Era imposible no llamar la atención. Llevaba la chilaba negra para aparentar ser un mercader, pero ese embajador y su sirviente eran tan llamativos que durante su viaje fueron asaltados en tres ocasiones. Se les volvió necesario contratar un beduino que conociera el reino y les ayudara a tomar rutas más seguras.

—Si los xin son enemigos del Imperio mongol, les haremos ver que somos sus amigos —continuó el ruso.

—Como quieras. En estas tierras solo debéis temer a los asaltantes, si me preguntas.

Mijaíl se levantó.

—Eso es lo que quería oír, beduino. Estamos agradecidos por tus servicios.

—¿Es una despedida, Mi-jaíl?

—Por supuesto que sí.

—Podría acompañaros hasta Kabul. Aunque no haya mongoles, sí es probable que tengáis problemas en Transoxiana. Por un precio, seguiré vuestro camino.

Mijaíl hizo un ademán, alejándose. No iba a volver a solicitar sus servicios, menos ahora que aparentemente el peligro se diluiría a su avance. Aunque era verdad que al embajador de Koryo se le estaban acabando las monedas de oro y joyas, por lo que necesitaban ahorrar.

De hecho, recordó que era momento de volver junto a él y su sirviente, que estarían esperando en la habitación humilde que alquilaron. En parte para ahorrar costes, en parte para pasar desapercibidos. Aunque una simple cama ya era un lujo considerando que, en la mayoría de las noches, lejos de las ciudades y pueblos, dormían bajo la luz de las estrellas.

—¡Mi-jaíl! —insistió el árabe—. Si el problema son las monedas, podría ayudaros a cambio de esa espada que tienes. Llevarla sería demasiado problema para ti.

El ruso se acomodó el rollo sobre el hombro con una mueca. Las armas estaban prohibidas en Bujará y otros reinos vasallos del Imperio. Ni siquiera los guardias árabes contaban con sus conocidas cimitarras, lo que acrecentaba una desagradable sensación de sumisión. Cualquier problema o crimen era solucionado exclusivamente con los sables de los soldados mongoles.

—Es una shaska y no es una espada cualquiera. No está a la venta.

Mijaíl salió del zoco, dando un mordisco a una manzana recién comprada. Pero, ¡cómo se atrevió ese beduino a pedirle su espada!, pensó enfurruñado. Era cierto que cuando estaban abandonando las estepas rusas, Mijaíl prefería portar un sable grande y de hoja gruesa, como la que llevaba el sirviente del embajador. Brillaba tanto o más que la calva del oriental; era un tipo de arma que imponía miedo con solo verla.

Pero Wang Yao, el sirviente, se mofó aduciendo que “No podría darle una espada pesada a alguien que no sabe cómo bailar con ella”.

El oriental consiguió convencer a Mijaíl de quedarse con el arma que le regaló su hermano. Era la que estaba predestinada para él, decía. Era fina, sí, por ende, liviana. Más rápida. Wang Yao se ofreció a entrenarlo para que Mijaíl viera que la shaska era tan mortífera como su sable.

El ruso solo tenía que aprender a “bailar” con ella. Wang Yao resultó ser un hombre paciente y un excelente tutor; fuerte en cuerpo y mente. Para cuando llegaron a la ardiente y arenosa Corasmia, Mijaíl no podía pensarse con otra arma que no fuera la de su hermano. La shaska era el estandarte de la caballería rusa y ahora se sentía orgulloso de portarla. No la vendería por nada en el mundo.

Sorteando a los comerciantes y los pequeños correteando por doquier, se dirigió a los establos donde había dejado su caballo. De paso, no dejaba de contemplar todos los detalles que podía, absorbiendo hasta el último detalle de la ciudad. Bujará era un lugar distinto, ciertamente bello con sus cientos de edificaciones de adobe erigiéndose altísimas y bellos jardines repartidos, y no podía negar que prosperaba aún con los mongoles rondando por las calles. Luego se fijó en las lejanas murallas de contención y vio cómo patrullaban, a lo alto, tanto soldados árabes como arqueros mongoles. En lugares estratégicos contaban incluso con grandes cañones y se estremeció al recordar la historia de Tamerlán que le contó el beduino.

Se detuvo en medio de la calle cuando, justamente, el mismo beduino lo detuvo poniendo su mano abierta sobre el pecho del ruso. Sonreía y además esos ojos suyos brillaban.

El ruso apartó la mano y exigió respuestas.

—¿Me estabas buscando?

—Ciertamente, mi señor.

—Lo siento. Seguir pagándote significará bancarrota. No insistas.

Mijaíl oyó un par de quejidos y golpes, detrás del beduino, entre el gentío. Un comerciante dejó caer una jaula repleta de gallinas cuando alguien por detrás lo empujó. Una mujer cayó tropezada cuando alguien la tumbó al grito de un idioma que le resultaba familiar. Tragó saliva al ver cómo tres soldados mongoles se abrían paso en dirección al dúo. Apurados, ansiosos. Uno de ellos se fijó en él y agarró la empuñadura de su sable.

El beduino empuñó el blusón del ruso, intentando sujetarlo, pero Mijaíl dio un manotazo y retrocedió un par de pasos. Yusuf reveló sus dientes; si ya no le darían monedas, no le servirían más. Habló con sus contactos de la guardia de mongoles: quién no querría saber sobre el soldado ruso que viajaba por Corasmia, todo un enemigo natural del Imperio. La información valía oro, bien que lo sabía él. La espada de Mijaíl sería suya, y todo el oro y joyas de su señor serían repartidos como botín.

Mijaíl instintivamente deseó hundirle el puño en el rostro, pero no había tiempo. Le lanzó el pesado rollo, tirando la empuñadura su arma para recuperarla, y corrió en dirección al zoco, donde los trataría de perder. Debía advertir cuanto antes al embajador de Koryo y su sirviente. Puede que los mongoles fueran indulgentes con los asiáticos, después de todo provenían de un reino vasallo de su imperio, pero salvajes como eran, quién sabría.

Varias aves levantaron vuelo cuando se oyó el rugir de uno de los tres mongoles, que agitaba su sable al aire. La dura travesía por las áridas tierras de Persia solo comenzaba.

II. Año 2332

Un nutrido grupo de aves levantó vuelo sobre el tupido bosque de la reserva ecológica. Se habían inquietado al surgir un ángel de entre los árboles, elevándose lentamente. Pero quien levantara la vista y observara, notaría que no era un simple ser celestial como los cientos que ahora habitaban en la reserva china. Esas seis alas extendidas a cabalidad solo podían ser del Serafín Durandal. Y la pelirroja que cargaba en su espalda no era otra que la joven Querubín.

Atenazándolo con brazos y piernas, Perla se removió inquieta al percibir cuánto se alejaban del suelo. Por fin vestía una túnica angelical; sus amigas habían vuelto de los Campos Elíseos con uno perfecto.

Durandal se mostraba serio, echando un vistazo alrededor, comprobando que no tuvieran interrupciones de ningún tipo. La muchacha, en cambio, no podía disimular su sonrisa en su rostro enrojecido. Si ese era el tipo de entrenamiento que iban a llevar, los días se le harían muy llevaderos. Se acomodó como pudo, no quería caerse, y restregó, sin querer, su pelvis contra la baja espalda del Serafín.

—¡Lo siento! —chilló la Querubín, volviéndose a acomodar—. E-Estoy muy nerviosa.

Durandal deseaba estar concentrado en su tarea de entrenarla a volar, pero no podía dejar de pensar en aquel perfume de la Querubín que lo embriagaba. Nunca había olido algo como aquello. Y le agradaba. Ya ni decir el contacto de la joven hembra que despertaba unos deseos carnales que él creía haber enterrado.

—Presta atención —dijo el Serafín. En realidad, se lo dijo a sí mismo.

—S-sí, maestro.

Perla esbozó una ancha sonrisa al decirlo. Jamás en su vida pensó que llamaría al Serafín de esa manera. La noche anterior, en la habitación de Ámbar, apenas durmió de la emoción. A la mañana, durante su baño, utilizó un par de lociones. Sus alas eran intocables, solo podía rociarles agua, pero su cabellera era otro asunto. Conocía de aceites aromáticos, pero debía admitir que los “cultivados” en el reino humano estaban mejor hechos.

—Escúchame —prosiguió Durandal—. Extiende tus alas. Quiero verlas.

Perla así lo hizo. El Serafín echó la mirada hacia atrás y asintió. Luego volvió a mirar el horizonte.

—La clave es mantenerlas firmes. Siente el aire que las rodea, cómo se amoldan a tus alas al pasar. Siéntelo bajo el manto de plumas; imagínalo como una bolsa de aire que debes mantener. Cuando percibas que va perdiéndose, da un aleteo suave para recuperarlo y mantenerte en vuelo.

Perla achinó los ojos.

—S-sí, creo que lo siento.

—Bien. Te soltaré…

La Querubín apretó el abrazo y Durandal estaba sospechando que había algo más que una simple falta de pericia. Pareciera que Perla temiera volar. Cada vez que mencionaba la idea ella se aterrorizaba de una manera u otra.

—Te soltaré —insistió—. Y aletearás.

—¡Pero!… ¡Ah! Y si caigo… ¿Qué harás?

—Entonces caerás. Te veré caer.

Perla dobló las puntas de sus alas y frunció el ceño.

—No lo dirás en serio. ¿Acaso…? —miró el lejano suelo—. Dioses, ¿acaso no vas a recogerme…?

—¿Recogerte? ¿Es lo que hacían tus guardianes? Ese es el problema. Te han consentido demasiado y ahora tu cuerpo está acostumbrado a esperar una ayuda ante el fallo. Caerás. Caerás y te dolerá, pero eres un ángel, no tienes ese cuerpo frágil de los mortales. Si uno de ellos cae, con gusto iré a recogerlos antes de que caigan. Pero si tú quieres volar, aprenderás a caer. Te dolerá, sí. Que duela. ¿Me comprendes?

—¡Hmm! —gruñó, mirando para otro lado. La dureza de Durandal le recordaba demasiado a su antiguo maestro, el ángel mongol, Daritai. Pensó que debía ser un molesto denominador común en todos los grandes guerreros—. Bien. Adelante. Suéltame.

—Debes soltarte tú… —giró la cabeza hacia atrás—. Y no guardes las alas, extiéndelas.

Extendió las alas con cierto enfado. El truco, que había aprendido aquella vez que planeó con Ámbar, era no mirar hacia abajo durante el vuelo. Se consoló pensando que, como mucho, solo le esperaban rasguños y algún que otro moretón allá abajo. Se soltó del Serafín y dio un par de aleteos. Sintió la supuesta bolsa de aire bajo sus alas, tal como le había contado Durandal, por lo que volvió a dar un fuerte aleteo para mantenerla allí.

Por un momento, creyó conseguirlo.

Cayó como un bólido, con brazos, piernas y alas completamente desacomodadas. Chilló cuando miró el bosque bajo ella y comprendió lo realmente alto que habían volado. Y el solo imaginar cayendo entre ramas y luego impactando contra el suelo se le volvió abruptamente aterrador, por lo que instintivamente cerró los ojos, dando aleteadas, manotazos y patadas varias.

Durandal se pasó la mano por la cabellera. No podía ser cierto lo que sus ojos veían. Esa joven hembra era lo más torpe que había visto y eso que en la legión había unos cuantos.

Cuando Perla abrió los ojos pensó que se había estrellado, pero que el dolor por la caída aún no se sentía. Se sorprendió cuando notó que no había caído al suelo, sino que un ángel la cargaba en sus brazos, descendiendo juntos, lentamente, hasta la copa de un árbol.

A su alrededor, la Querubín vio a su maestra Zadekiel, posándose sobre la copa de otro árbol y con la ira dibujándole el rostro. Vino al rescate, pero no fue ella quien consiguió atraparla.

Cuando Perla levantó la mirada, no pudo ver el rostro de la rescatista que la cargaba, cortando el sol. La salvadora le habló, riéndose y agitando sus propias alas para burlarse.

—¡Dioses! Vuelas tan mal como cuando eras una niña.

Perla apretujó sus labios al oír la dulce voz de Celes, su guardiana. No podía creerse que había llegado al reino de los mortales; fue como una inyección de nostalgia que hizo que humedeciera sus ojos. Porque con ella descubrió cómo era tener una hermana; fue verla y recordar prácticamente toda su vida en los Campos Elíseos, desde que fuera una infanta hasta que su juventud. Alargó los brazos para tocarle el rostro, su nariz, su mejilla, sus labios; al final no pudo evitar llorar ahogadamente. Había vivido los peores días de su vida y cuánto la necesitaba.

La guardiana pegó su nariz a la de ella, susurrándole palabras de cariño que brotaban desde su corazón. Prosiguió una tanda de pequeños besos que caían por doquier; la enrojecida Querubín reía y pedía que se detuviera, pero Celes no iba a soltarla. Parecía haber pasado una eternidad desde que se separaran y esta vez no dejaría que nada las apartase.

El Serafín descendió cerca del grupillo con cara de pocos amigos. Iba a regañarles. A ambas. Cómo era posible que él buscase un lugar apartado para entrenarla, pero siempre hubiera alguien atenta a ella. Pero en el momento que abrió la boca, Zadekiel lo señaló con un dedo amenazador.

—¡Tú! Pero, ¿cómo te atreves a entrenarla de esta manera?

Durandal ladeó el rostro; no supo cómo reaccionar porque no se esperaba aquel exabrupto. Él era un ángel de rango superior y no estaba acostumbrado a que le hablaran así. Pronto aprendería que Zadekiel era toda una fiera a la hora de proteger a sus alumnas.

—A mí no se me ocurriría, Zadekiel, interrumpir tus clases de canto.

—No me interrumpirías ni tú ni nadie porque nunca me pasaría por la cabeza someter a una niña a un entrenamiento tan salvaje.

—Ese es precisamente el problema. Que la consideráis una niña a la que hay que vigilar. Aceptó mis condiciones para entrenar y deberíais respetar —miró a la guardiana y a la maestra cantora—. No volveréis a entrometeros.

Celes, que seguía cargando a su protegida, frunció el ceño al oírlo. Perla amagó salirse de los brazos de su guardiana, no quería quedar como niña consentida ante su maestro, pero esta era terca y no la soltó.

—No me separaré de ella. Soy su guardiana y es mi potestad.

Durandal hizo un ademán.

—Entonces vigilarás desde la distancia. Solo tú.

Zadekiel amagó rugir un “¡Inaceptable!”, pero dio un respingo cuando, tras ella, una joven hembra la tomó del hombro para nombrarla. Se giró, aún con el rostro rojo de ira, pero ni ella supo cómo no se desvaneció cuando tuvo frente a sí a una treintena de ángeles de rostros muy familiares; eran todas y cada una de sus alumnas del coro, esperándola sobre las copas de los demás árboles, entre risas que luego se volvieron vítores de celebración.

La maestra cerró y abrió los ojos, incrédula; esquivó a una que se lanzó para abrazarla. Extendió las alas y esquivó a otra, ahora con una sonrisa transformándole el semblante. ¡Sus alumnas habían llevado al reino humano! No podía ser verdad. Se elevó aún más, chillando un “¡Allí voy de nuevo!”, a lo que las cantoras no dudaron en responder un armónico “¡Montando el cielo!”. Zadekiel humedeció los ojos, ¡entonces no eran imaginación suya! Dobló las puntas de sus alas, cantando un débil y poco melodioso “Tocando los espejos de luz”.

Extendió brazos y alas, dejando que sus alumnas se abalanzaran sobre ella.

III. Año 1368

Mijaíl sorteó un par de angostos recodos y creyó perder a sus perseguidores en el auténtico laberinto que resultaba el zoco. ¡No se dejaría abalanzar por ninguno! Uno de los mongoles se dio de bruces contra un tablero de frutas, generando descontento entre los mercaderes y retrasando así a sus demás compañeros. El ruso no se detuvo; entró en una sección larga y estrecha, techada con entramados de madera, pues concluyó que sería difícil detectarlo entre la oscuridad y el bullicio.

Por un momento amagó agarrar la empuñadura de la espada de su hermano, por si debía prepararse para un choque de aceros, pero una lucha de ese tipo seguía aterrorizándolo y la dejó envainada en el cinturón.

Y es que, pese a entrenar en sus ratos libres con el sirviente del embajador, en el momento cumbre nunca pudo poner a prueba las enseñanzas recibidas. Todo era sencillo con su instructor, durante un bello atardecer en el desierto y con un par de camellos paseando como telón de fondo, pero con enemigos de verdad su corazón se aceleraba y las manos sudaban. De hecho, en las tres ocasiones que fueron asaltados, los bandidos fueron hábilmente despachados por Yang Wao mientras él lo miraba completamente petrificado.

Subió unas empinadísimas escaleras para escapar del zoco, entornando los ojos cuando salió a una angosta calle abarrotada y asada por el sol. Parecía que los había perdido, pero delante oyó unos lejanos casquetazos que iban acercándose, por lo que entró en alerta. La marabunta de comerciantes se abrió en dos para darle paso a un radiante caballo blanco. El animal relinchó al llegar y, montado sobre él, el sirviente Yang Wao empuñaba un largo sable, sosteniéndolo firme de manera horizontal en tanto que con la otra mano tensaba las riendas.

Mijaíl jamás se había sentido tan feliz de ver esa brillante cabeza afeitada.

—¡Agacha! —gritó el oriental.

El joven se lanzó al suelo. Yang Wao espoleó su montura. El ruso oyó un gruñido tras él y pronto la cabeza de un mongol rodó por el suelo, frente a sus atónitos ojos, dejando un abundante reguero de sangre sobre el empedrado. Se levantó, girándose para comprobar que aún quedaban dos guardias. Estos desenvainaron sus sables lanzándole improperios inentendibles tanto al ruso como al oriental. Yang Wao, tras ellos, se giró sobre su montura y adoptó de nuevo la pose de ataque para agarrarlos por detrás.

La calle, antes atestada, se había vaciado y solo contados curiosos asomaban en las esquinas viendo el singular duelo.

Yang Wao silbó a Mijaíl.

—¡El de tu izquierda es mío! Te dejo el más grande.

Mijaíl frunció el ceño, ¿por qué tenía que dejarle a él justamente el guerrero enorme? Pero asintió, tragando aire mientras desenvainaba su radiante shaska. Apretó los dientes en un intento de que las manos dejasen de temblarle. La clave era mantenerlas firmes, eso le decía el oriental cada vez que entrenaban. Pero cuánto le costaba. ¡Sería su primer duelo a muerte! Aunque, inesperadamente, sostener la espada de su hermano en un momento como aquel le resultó abruptamente tranquilizador.

Luego lo comprendió; con esas armaduras de escamas, los mongoles no eran muy ágiles. Sobre todo, aquel más grande. Y él mismo, solo con aquel blusón, tenía una gran ventaja y podría incluso hacerlo trizas con rapidez y agilidad. Se lo imaginó, lento como un camello, y él, ágil como una gacela, y se relajó al recordar sus entrenamientos en el desierto.

Yang Wao era un hombre sabio. No había dudas de por qué el embajador de Koryo lo eligió como sirviente.

Mijaíl tomó la empuñadura con ambas manos y acercó la hoja a su rostro, mirando a su enemigo, que se removió inquieto. Había un punto débil en esa armadura de escamas. El otro ya le había dado la espalda para encararse al jinete que le desafiaba.

Que comience el baile, susurró el novgorodiense.

El cruce fue rápido, con los dos mongoles, espalda contra espalda, esperándolos en ambos frentes. Tan rápido que la shaska del ruso fue solo un fulgor plateado atravesando la pechera del mongol, en tanto el oriental cruzó tan veloz que nadie entendió cómo un hombre tendría tiempo de realizar algún movimiento con ese sable largo y pesado.

Uno de los mongoles cayó de rodillas; su cabeza colgó hacia atrás, sostenida solo de la piel de su cuello, brutalmente cortado de un tajo. El otro, el más grande, aún estaba de pie, sosteniendo su sable como si el corte sangrante en su hombro no estuviera allí. En el momento que se giró para encararse de nuevo con Mijaíl, cayó en la cuenta de la rapidez del joven; el ruso clavó la hoja en la armadura, haciéndole lugar entre las costuras de las escamas para hundírsela hasta el corazón.

La sangre se roció en el estupefacto rostro del joven.

Yang Wao acercó su montura, admirando la técnica de su pupilo. Fue un buen ataque coordinado. Además, se sorprendió de sí mismo cuando sintió una repentina ola de orgullo por Mijaíl. Sí que ese pedante e irreverente soldado ruso se había ganado su simpatía, pensó sonriendo. Retiró un trapo de la montura y limpió su sable. Luego se fijó en su alumno, que estaba absorto viendo a su primera víctima mortal.

—¡Has bailado perfecto, Mijaíl! ¿Qué me dices? ¿Buscamos a los caballos?

El mongol cayó a los pies del ruso. Mijaíl asintió rápidamente, aunque sus ojos no conseguían despegarse del cadáver. Luego se inclinó para desclavar su espada, espabilando al recuperarla. El gentío poco a poco volvía, asustados ante la visión esperpéntica de los tres cadáveres mongoles. Sin embargo, ni uno solo los extrañaría.

—Por Dios… ¡Por Dios! ¿Lo has visto, Yang Wao?

—Era de esperar. Tienes un buen maestro.

—¡Pero…! ¿Y esa técnica con el caballo? La tenías bien escondida. Si te consideras buen maestro no tardarás en enseñármela.

—¿No se te olvida algo importante? Busquemos a mi señor y salgamos de la ciudad antes de que una horda se nos venga encima.

IV. Año 1368

Eran aún muchas las estrellas que parpadeaban en el cielo negro, aunque pronto la luz matutina empezaría a asomar tras la larga cadena de montes. Por el camino de tierra, la larga fila de jinetes xin marchaba lenta e inexorablemente rumbo a la frontera, dejando en la villa solo una docena de guardias. Habían pasado dos buenos días gozando de la cordialidad de los pueblerinos.

Al frente, el comandante Syaoran levantó la mano para llamar la atención de su escudero. Quería ordenarle que se adelantara con un grupo de centinelas para limpiarle el camino. Bostezó largamente, no había dormido bien. Luego miró hacia atrás al no encontrarlo.

Asintió a uno de los jinetes cerca de él y le inquirió.

—¿Dónde está Wezen?

El jinete se encogió de hombros. Es que ni siquiera habían visto a su amigo, el monje budista, desde que desarmaran las tiendas y se preparasen para continuar el viaje.

Syaoran miró luego hacia las lejanas casas en el pueblo, unas manchas negras sobre la hierba plateada. Si el chico prefería quedarse en su hogar, junto con su familia, no le guardaría rencor. Le había dado la opción de elegir, de continuar a su lado o quedarse a continuar su tranquila vida en las campiñas, y no podía culparlo. Si él no tuviera el peso de una nación sobre sus hombros, también elegiría a la familia por encima de todo.

Suspiró, dirigiéndose a sus hombres.

—Bien. Prosigamos nuestro camino. El embajador nos espera.

Xue despertó temprano, pero no lo suficiente. Se encontró sola en la cama, con la manta arremolinada por sus piernas y cintura. Buscó a su hermano con las manos y apretó los puños al no sentirlo; en el fondo sabía que Wezen no se quedaría; tenía asumido que su lugar no era en un simple pueblo perdido en la campiña, pero tampoco esperaba que de nuevo la dejara sin despedirse.

Se vistió presurosa con una túnica de algodón y salió en búsqueda del guerrero. Estaba desesperada y tropezó un par de veces. Miró en la habitación de Zhao, pero ya nadie estaba allí. No supo si sonreír o enfurecerse más. Ahora hasta el monje budista que ella misma había salvado la vida se había escurrido, pero, si su hermano iba a estar nuevamente afuera, expuesto al peligro de una guerra, qué mejor compañía que ese apacible hombre calvo. Era el único, además de ella, que lograría calmar al temperamental guerrero si la situación se descontrolaba.

Corrió hacia afuera, abriendo la puerta de golpe. ¡Tenía que verlo, aunque fuera solo una mota negruzca en la distancia! Se detuvo abruptamente al tenerlo frente a ella, esperándola, engalanado en su radiante armadura; una antorcha arrojaba una pálida luz sobre él, acrecentando el amarillo de sus ojos. Zhao, tras el guerrero, montaba un caballo y sostenía las riendas de otro.

Wezen reverenció.

—Lo siento, hermana. Pero volveré de Transoxiana. Prometo que haré que todo mejore. Si me honran con un cargo importante, no extrañarás la vida en el campo.

—Tal vez me guste la vida en el campo.

—Pues a mí no. Dejarás de hilar para que otros hagan vestidos de seda. Tú los vestirás.

—Si tardas demasiado, tal vez ya viva en otro lugar con algún buen hombre.

El guerrero sonrió con los labios apretados. Le hacía gracia que Xue fuera celosa, sí, pero no se esperó esa ira apabullante al imaginarla al lado de alguien más. Después de todo, habían crecido juntos. Por un momento, comprendió que fuera tan posesiva. Desenvainó su sable y la levantó; irradiaba bajo la luz de las estrellas.

—Míralo bien, Xue —sonrió blandiéndola al aire—. ¡Esto es lo que le espera a cualquiera que te pretenda!

La muchacha se cruzó de brazos. Pero, si él volvía a alejarse a una peligrosa travesía, ya no cometería el error de regañarlo como despedida. Quería que se llevara un grato recuerdo.

—Eres bien tonto. Mi corazón ya está ocupado.

Wezen echó la cabeza hacia atrás y rio estruendosamente. Luego guardó su sable en la montura de su caballo, subiendo de un enérgico salto. Tensó las riendas, mirándola por una última vez.

—Solo por si acaso, traeré una espada más grande.

—No hagas promesas que no puedas cumplir.

—¿Acaso ya no recuerdas? —y señaló el cielo, a las estrellas, dibujando la bestia mitológica que ella solía trazar de niña—. Nunca oses de dudar de un dragón.

Xue meneó la cabeza con una sonrisa e hizo una profunda reverencia. Luego se repuso, extendiendo ambos brazos a los lados.

—Entonces vuela, honorable dragón. Yo esperaré tu vuelta.

Wezen asintió; se giró sobre su montura y espoleó, iniciando una veloz cabalgata a través de la campiña plateada; la fría brisa azotaba su rostro; debía alcanzar cuanto antes al ejército de Syaoran. Se inclinó sobre el caballo para darle más velocidad y por un momento creyó poder incluso volar. Zhao lo siguió como buenamente pudo, pero qué difícil era alcanzar a aquel jinete.

Xue se abrazó a sí misma, tratando de protegerse de la fría brisa y a la vez consolarse.

—No dejaré de mirar el cielo —susurró—. Porque tengo la certeza de que volverás. Mi hermano, el dragón de las estrellas, me lo ha prometido.

V. Año 2332

Ámbar clavó una lanza ónice en la arena al llegar a lo alto de una duna. Su capa flameaba enérgica al viento y se retiró la capucha para echar un vistazo al desierto en aparente infinito que tenía frente a sí. Refulgía la espada zigzagueante, sujeta diagonalmente en la espalda. Jamás había sentido en carne propia un calor tan abrasador. Por un momento, deseó vestir una armadura táctica EXO para que regulase la temperatura, pero ya no contaba con una y además se había negado rotundamente a vestir un EXO de los cruzados del Vaticano por su condición de no creyente.

Condición que ya era ampliamente conocida en la organización.

Se giró y vio la decena de helicópteros descendiendo en los alrededores, en tanto que el propio Alonzo Raccheli subía por la duna, enfundado en un radiante EXO blanco, con la cruz del templario engalanando el pecho. Un dragón dorado se enroscaba por la cruz.

El hombre activó el casco para retirar la visera.

—¡Mujer! ¿Ya tienes idea de cuántos ángeles han llegado a la reserva? Mi hija acaba de enviarme los números…

—Los vi. Eran miles. No seas molesto y deja de insistir —luego señaló el cielo—. Con uno es suficiente.

Descendió suavemente frente a ella el ángel rastreador, de rango “Dominación” y de nombre Fomalhaut, removiendo un círculo de arena en su descenso. Sus alas y cabelleras plateadas prácticamente irradiaban de luz bajo el fuerte sol, pero él no se veía particularmente afectado por el clima. Ámbar lo conocía muy bien; era el ángel que protegió a Perla, en Nueva San Pablo, la noche que intentaron asesinarla. Por la nobleza de ese acto, la mujer confiaba en él.

El ser alado se sentó sobre una rodilla y se golpeó el pecho en señal de respeto, pues estaba ante la elegida como representante de los reinos:

—Nari-il.

Ámbar enarcó una ceja.

—Ya que estamos, hazme el favor de decirme qué significa esa palabra.

Fomalhaut lo pensó un momento. No había una traducción exacta, pero intentó darle un significado aproximado.

—“Representante sagrada”.

—¿Sagrada, has dicho? —se rascó la frente; en realidad que todo aquello la incomodaba sobre manera—. Deja de hablar raro y solo llámame Ámbar.

—Ámbar —dijo mirándola—. ¿Por qué os habéis detenido? Los dragones están más adelante. Mucho más.

La mujer se acuclilló frente al ángel.

—¿Qué pasa? ¿Estás ansioso?

Fomalhaut no respondió. Pero, de todos los dragones que conoció, tenía especial recuerdo de uno. El más veloz de su especie, tan veloz que ni el propio Dominio podía vencerlo. De vez en cuando recordaba las carreras que echaban sobre el Río Aqueronte, levantando el agua a sus rasantes pasos.

—Antes de la rebelión de Lucifer, conocí a uno. Su nombre era Nío y era un dragón albino.

—¿Y crees que sigue vivo?

—Bajo el comando del dragón Leviatán, decidieron aliarse a Lucifer en su lucha contra los hacedores. Murieron todos cuando enfrentaron a la legión de la Serafín Irisiel, hace milenios. Pero, saber que el dragón Leviatán está vivo de alguna manera, me hace creer que Nío también lo está.

—Ya veo. Vayamos en búsqueda de tu amigo, pues. Pero ten en cuenta que la misión se vuelve complicada para nosotros.

Fomalhaut no comprendió. Ámbar se levantó y señaló con el mentón el desierto que debían atravesar.

—Hace trescientos años, vuestro Arcángel descendió de los cielos en este mismo lugar. Bujará, de una antigua nación antes conocida como Uzbekistán. Fue el primer lugar que destruyó antes de ir a por Europa. Cuentan que el cielo, rojo como la sangre, escupió fuego sin cesar. Los beduinos aseguran que en algunas noches se pueden oír los lamentos de cientos de miles de voces que luego son acalladas de un golpe.

Fomalhaut se repuso también y miró el desierto. Sabía que, hacía trescientos años, los envilecidos Arcángeles habían destruido una parte del mundo y que, luego, la madre de Perla remató la faena. Aún así, él no se sentía especialmente culpable de nada, aunque comprendía por qué el reino humano odiaba a los ángeles.

—A las zonas donde el Arcángel descendió las llamamos “Mar radiante”; aun a día de hoy todo artefacto que entre en un radio de casi cien kilómetros deja de funcionar. En Vieja Europa hay uno, en Oceanía hay otro. Aquí también.

—Artefactos —repitió el Dominio.

—Sí, los artefactos dejarán de funcionar. Como esas navecitas que usamos para transportarnos. Por eso, amigo mío, vamos a continuar a pie. Así que regula las aleteadas, que no te podremos seguir el paso.

Ámbar se giró de nuevo, encarándose con el escuadrón que comandaría en el desierto, que ya subía por la duna. Era una treintena de hombres bien entrenados, cada uno contaba con arcos de polea, con carga sedante en las saetas como último recurso en caso de avistar un dragón hostil. Los rifles de impulsos plásmidos no funcionarían en el Mar Radiante.

Levantó una mano para que la oyeran.

—¡Escuchad! Si alguno de vosotros poseéis mejoras de rendimiento implantados en vuestros cuerpos, tengo que daros malas noticias. Vuestros dispositivos cocleares tampoco funcionarán, ni tampoco vuestros trajes tácticos. Estaremos incomunicados, por lo que permaneceremos juntos en todo momento. Os doy veinte minutos para que os pongáis algo más cómodo. Y no olvidéis llevar una capa para protegeros de la arena.

La pesadumbre fue notable. Uno se quitó el casco y frunció el ceño al sentir el repentino golpe de calor. Otro midió la temperatura a través de la visera y preguntó a sus compañeros si esos 50 grados eran una falla del sistema. Quién querría asarse bajo ese fuerte sol. Otros permanecieron allí, fijos, como si la mujer no les hubiera ordenado moverse. En realidad, esperaban la orden del Comandante Alonzo Raccheli, su auténtico líder. No estaban dispuestos a acatar órdenes de una no-creyente.

Ámbar lo notó, pero no hizo caso.

—Ya la habéis oído —les dijo Alonzo, retirándose el casco—. Montad un campamento. Veinte minutos y bienvenidos a la Edad Media.

—Me odian —susurró ella, destapando una cantimplora.

—No. Pero se preguntan qué motivos tuviste para rescatar al ángel de la milicia. Yo también.

—Tuve mis razones y no hubo un dios en ellas. Y si has escuchado al Serafín la noche que me nombró, mencionó a varios dioses, no a uno.

—Sí, lo oí. Puede que haya varios dioses. Puede que uno principal gobierne sobre ellos. Incluso puede que lo que ellos interpreten como “dios” no sea necesariamente lo mismo para nosotros.

—Piénsalo como quieras, no voy a discutir sobre eso. La orden de cambiarse también va para ti. Aunque, dada tu edad, te recomendaría quedarte en el campamento.

—¿Es una orden?

Ámbar se encogió de hombros.

—Haz lo que te plazca. No pondré peros si decides venir.

—Me quieres a tu lado, mujer, se nota. No soy quién para negarte un deseo.

Ámbar meneó la cabeza y se volvió a poner la capucha al sentir cómo el viento levantaba la arena. Se preguntó qué sería de la Querubín, entrenando su vuelo en la reserva ecológica. La noche anterior, antes de partir a Bujará, había compartido la cama con ella. Y fue devastador. No dejaba de moverse. No dejaba de abrazarla contra sí. Y para colmo esas molestas plumas que se desprendían de las alas y caían sobre su rostro. Pero, pese a todo, le agradó el momento que pasaron juntas. Lo veía como una segunda oportunidad de desarrollar un olvidado lado maternal.

Miró el horizonte, la extensa pero apenas perceptible supernova Betelgeuse asomaba tras las dunas, como los pétalos de una tenue flor azulada sobre un fondo celeste. De noche sería un espectáculo que quitaría el hipo, sin dudas, pero a ella solo le recordaba su difunta hija. Era una extraña mezcla de amargura, pero también de esperanza. Sentía que la miraba; que la confortaba donde fuera que estuviera.

“Aún no te olvido”, pensó desclavando la lanza. “Siempre que miro al cielo…”.

Perla cayó en el lago, pero no era profundo y se quedó allí, arrodillada e impotente. Extendió las alas e intentó dar un aleteo, solo por rabia, pero no se elevó. Luego levantó la mirada hacia las brillantes estrellas. Ya estaba enterada acerca de la peligrosa misión de Curasán en el Inframundo. Y estaba tan furiosa que ni siquiera se percataba del lejano cántico angelical del coro que provenía desde el interior del bosque. ¿Por qué habían enviado a su guardián?, se preguntaba una y otra vez; deseaba verlo, abrazarlo y dejarse consolar por quien consideraba como un hermano.

El Serafín Durandal, de pie a orillas del lago, se cruzó de brazos. El entrenamiento sería largo, sin dudas, pero la terquedad de esa joven hembra era hasta necesaria. Aunque él había ordenado descansar, ella prefirió seguir practicando. La Querubín prefería caer en el agua, eso sí, que caer en la tierra, de ahí que prefiriera practicar allí.

La guardiana de Perla, al lado del Serafín, decidió sentarse sobre la arena y abrazar sus rodillas. Celes también intentó convencer a su protegida para que descansara, pero fue en vano.

—He hablado con tus soldados —dijo Celes—. En este reino hay dragones. Pero lo que más me inquieta es que vosotros habéis decidido que iréis en su búsqueda.

—¿Algún problema?

—La mortal a quien nombraste “Nari-il” ha ordenado expresamente que los ángeles estemos aquí. Que el mundo afuera nos teme. Pese a todo esto, saldrás e irás en búsqueda de dragones. ¿Qué sentido tiene nombrarla Nari-il si ni siquiera vas a cumplir su orden?

Durandal se sentó a su lado, pero con la mirada fija en su alumna. Le hacía gracia que, tras haber nombrado a Ámbar como la representante del reino de los mortales, la primera orden que ella dictase fuera la de que ningún ángel saliese de la reserva ecológica. Como en los Campos Elíseos, se sentía “enjaulado” nuevamente. Pero él era un ángel rebelde y no había caso en intentar echarle cadenas.

—Lo siento por “Nari-il” —dijo él—, pero en verdad que nunca me llevé bien con las figuras autoritarias.

Celes frunció el ceño. Iba a recriminarle su actitud, pero el Serafín retiró de su cinturón una carta de papel de lino enrollada. La elevó entre sus dedos.

—Pero no lo hago por placer. Pólux envía reportes desde el Inframundo. Los envía a las Potestades y desde allí los reparten a los más altos rangos. El ejército de espectros se cuenta en millones; si los ángeles infiltrados no consiguen asesinar al Segador, este podría ordenar que invadiesen los Campos Elíseos a través del mismo el acceso por el cual entraron. Enviar a esos infiltrados era un arma de doble filo. Al igual que Nari-il, yo también necesito a esos dragones. O todos caeremos si los espectros invaden.

—Entiendo tu necesidad —asintió la guardiana—. Pero, ¿hace falta recordarte que los dragones son animales peligrosos? No pienses siquiera en llevar contigo a Perla.

—¿Por qué no? No es una niña.

—Ni siquiera sabe volar, ¿y pretendes que vaya a conocer a esas bestias? ¿Velarás por ella si son hostiles? Porque, en caso de que te hayas olvidado, ángeles y dragones fueron enemigos una vez.

—Y, antes de eso, éramos aliados. Como los mortales con sus jinetes.

—Ella no irá contigo a esa misión suicida. Eres su maestro, pero yo soy su guard…

El Serafín hizo un ademán para interrumpirla. Ya iban dos hembras en todo el día que estaban pisando su autoridad. Estaba ofuscado, pero, ¿podría culparlas? Al fin y al cabo, eran rebeldes como él. Y sabía que Perla había crecido abrigadas por ellas y era natural que la sobreprotegieran.

—Está bien. Ella se quedará aquí si con eso vosotras dejáis de estar encima de mí a cada decisión que haga.

Celes se acomodó, doblando las puntas de sus alas.

—Gracias, Serafín.

—Vamos —dijo—. Ayúdame a sacarla de ese lago.

Perla, a lo lejos, se levantó y extendió las alas mojadas, que salpicaron gotas aquí y allá. Corrió hasta que el agua le llegó a las rodillas y saltó, dando aleteadas torpes para luego volver a caer. Al reponerse mandó varios puñetazos al agua entre gritos de rabia.

Se volvió sobre sus pasos e invocó su sable, en cuya empuñadora ató el rollo de papel de lino que Celes le entregó. Era una carta de Curasán. La volvió a leer antes enrollarla y atarla de nuevo a la empuñadura. Des-invocó el arma. Volvió a extender las alas y, tras saltar, cayó indefectiblemente. Sus piernas eran dos brasas y de hecho sus propias alas ya se torcían involuntariamente, pero no se detendría.

Con el agua hasta la cintura, levantó una mano y acarició las estrellas. Su “hermano” estaba allí, solo había que volar y alcanzarlo. Meneó la cabeza, tratando de olvidarse del dolor y el cansancio.

Repitió en silencio la carta. El texto era largo, pero ella solo podía pensar en la última frase.

“No dejes de mirar el cielo; pronto volveré”.

Continuará.