I. Año 2.332. Inframundo

Las ninfas Mimosa y Canopus asomaron lentamente desde la cima de una gran colina que ofrecía una inmejorable vista del desierto rojo. Habían pasado montando sobre el lomo de Cerbero, en búsqueda del ángel que les rastreaba la bestia tricéfala, pero aún no habían dado con nadie. En cambio, se toparon con una realidad tan inesperada como desesperanzadora: comprobaban con estupor cómo, sobre la vasta planicie, un gigantesco ejército de espectros marchaba en perfecto orden. Desde la distancia solo era una mancha oscura y borrosa que levantaba una espesa neblina de polvo a su paso, pero incluso así imponía temor.

Y es que eran millones. Entre las filas marchaban bestias tricéfalas como Cerbero, que gruñían mientras eran guiadas por sus iracundos jinetes. Al frente iba su mariscal, este más sereno que sus súbditos, y montaba su propia bestia. Su nombre era Antares y poseía unos llamativos cuernos dorados poblándole la cabeza. Su armadura plateada refulgía y la capa flameaba enérgica al viento. Elevó su lanza al aire, rugiendo el grito de guerra para empujar a sus guerreros.

—¡Arded en nuestras almas, flechas de fuego!

Las bestias correspondieron el grito y el desierto rojo se estremeció hasta sus cimentos.

Mimosa sintió miedo y sus ojos se humedecieron cuando el rugido llegó hasta ambas. Piedrecillas repiquetearon a su alrededor. Conocía al mariscal de los espectros; Antares nunca había sufrido una derrota y había aplacado todas y cada una de las rebeliones que pretendieron derrocar el imperio del Segador. Temía que los ángeles y los mortales no tuvieran posibilidad alguna contra él y su vasto ejército, por lo que arañó una roca con desazón.

—Están marchando al reino de los ángeles ¿no es así? —preguntó Canopus.

—Probablemente.

—¿Cómo se supone que van a entrar?

—Seguramente usarán el acceso por donde se infiltraron esos ángeles.

—Si Antares va al frente, entonces no hay esperanzas —Canopus se sentó sobre la roca y abrazó sus rodillas—. Encima pensabas que aquí habría millones de ángeles, ¡y no es así! ¡No he visto ninguno más que aquellos dos!

—¡Siempre negativa! Tal vez al otro lado haya un ejército celestial resguardando la entrada.

—Como si fuera tan fácil de derrotar a Antares. Todo esto es otra rebelión perdida. ¡Ya no quiero continuar!

Canopus estaba enfurruñada, pero Mimosa se inclinó para acariciarle la mejilla. Ambas estaban agotadas de tanto viajar por el desierto, pero no podían rendirse. En Flegetonte y otras ciudades del Inframundo aún había ninfas que debían ser rescatadas y lo sabían muy bien; ambas eran la única esperanza y no podían dejarse vencer.

—Calma. Si ese ejército está marchando a los Campos Elíseos, entonces el Inframundo estará con la guardia baja. Continuemos buscando al ángel que Cerbero está rastreando —giró la cabeza y miró a Cerbero, que dormía sobre una roca—. ¡Shus! ¿Qué dices, pequeño? ¿Realmente estás convencido de que hay otro ángel por aquí?

Cerbero despertó desperezándose entre gruñidos. A Mimosa le causó ternura, pero Canopus ya no soportaba a la bestia tras tanto tiempo aguantando su olor. “Este perro”, pensó haciendo un mohín. “Solo nos está llevando de paseo por medio desierto”. La bestia estiró los tres cuellos entre ronroneos para que Mimosa le acariciase. La ninfa se inclinó y besó la frente de una de las cabezas. Frotó sus propias manos, que brillaron tenuemente, y las posó sobre una herida en las patas.

Luego montó ágilmente sobre el lomo.

—¡Vamos, Canopus! Tengamos confianza en Cerbero. Él sabe. Está rastreando al ángel que salvará a las ninfas, estoy segura.

—Si eso es lo que quieres pensar —hizo un ademán—. Como resulte que solo está rastreando una tricéfala hembra…

—¿Y qué vas a hacer? ¿Fruncir el ceño hasta matarnos? ¡Dioses! ¡Deja de ser tan negativa y sube! No hacemos nada lamentándonos aquí.

Al frente del ejército de espectros, Antares elevó horizontalmente su lanza y la sujetó con ambas manos. La misión que le encomendó su emperador era clara: llevar la destrucción a los Campos Elíseos y luego el mundo de los mortales. Llevar el nuevo Apocalipsis y esperar que con ello los dioses volvieran. Pero sabía que la guerra sería cruel y larga, que nada en la historia de los reinos de los dioses arrojaría tantas pérdidas como las que él causaría, por más que los ángeles y mortales no serían presa fácil.

Aunque el conocimiento del terreno era nulo, sí provecharía la desorganización y la sorpresa para lograr la victoria. Estaba convencido de que nada sería capaz de detener su fuerza bélica; Antares era un excelente estratega y los números de su ejército eran impresionantes. Deseaba sentir el más mínimo atisbo de emoción o incluso preocupación, pero solo había vacío dentro de él. Hacía mucho tiempo que Antares había perdido voluntad de juzgar los actos de su emperador, quien lo manipulaba, y se sentía como una marioneta más.

Partió en dos su lanza y entre los pedazos que se dispersaban se reveló una espada de hoja fina, oculta dentro de lo que fue la lanza. La cogió al vuelo. La hoja refulgía a la luz de los soles de sangre; los espectros que lo seguían por detrás lo vieron. Sabían que era un arma especial para el mariscal; un arma que claramente no era del Inframundo, pues allí estaban acostumbrados a los diseños aserrados y pesados, y no filosos y livianos.

Y, al menos al empuñar la espada, Antares se sentía vivo de nuevo. Sentía un calor en el pecho. Sentía que, bajo lo que parecía ser una costra vacía, había un alma otrora indomable. Y brillaba tanto como la fina y filosa hoja.

—¡Espectros! —gritó el temible mariscal—. ¡Mi alma arde!

Elevó su radiante shaska y los espectros rugieron al unísono.

II. Año 1368. Reino de Xin

Mijaíl envainó su shaska y luego sacudió los hombros. Su nueva armadura lucía, a la vista, tan pesada como la que solía llevar en Nóvgorod, pero, en realidad, se sentía mucho más liviana. La armadura lamelar, de un lacado negro, era bastante efectiva en el campo de batalla en comparación a las armaduras de acero de Rusia. Porque las de occidente eran demasiado llamativas; de día se les podía ver con facilidad y de noche hacían demasiado ruido como para planificar un ataque sigiloso. Cuando pudiera volver a su reino sugeriría al Príncipe de llevar algo como las armaduras xin.

De pie bajo la copa de un árbol, Mijaíl echó una mirada hacia el pueblo de Congli en cuyas inmediaciones acampó el ejército xin tras regresar del Corredor de Wakhan. No era especialmente grande. Una treintena de casonas arremolinadas entre sí y rodeadas por un mar de hierba, y luego otras más alejadas del núcleo. Era un sitio apacible y los habitantes parecían ser amables, aunque él percibiera cierto recelo que no comprendía y al que no estaba acostumbrado. Si es que hasta el barbero del ejército no pronunció palabra alguna durante la hora que lo afeitó, pensó frotándose el mentón rasurado.

Un jinete oriental se acercó a él. Desde su montura reverenció y Mijaíl correspondió.

—¿Eres el mensajero?

El jinete asintió. Mijaíl retiró una carta que tenía guardada en su cinturón.

—Es para el comandante de la legión de Nóvgorod. Gueorgui Schénnikov —en realidad, los detalles ya los sabía el mensajero, pero el joven solo quería cerciorarse—. Gueor-gui- Schén…

—Mi señor —interrumpió el mensajero—. Vuestra carta llegará.

El jinete la guardó en un pequeño cofre sobre la grupa del animal; se trataba del mensajero personal del emperador y no había nada de qué temer. Mijaíl sonrió recordando parte de lo que le había escrito en la carta. “Si quieres recuperar tu shaska, me temo que tendrás que venir a Xin. Si no te alcanzan los años, la encontrarás en el infierno”. Se frotó la nariz y asintió al jinete.

—Que Dios esté contigo, mensajero.

Xue apretó los puños y se los llevó contra sus pechos en respuesta a la incomodidad que sentía al caminar entre las tiendas del campamento militar de los xin. La esclava Mei, a su lado, la guiaba. Esta última sí sabía a dónde ir y, además, qué soldados evitar. Ya le había advertido a Xue que no se separase de ella en ningún momento; perderse entre las decenas de caminos que serpenteaban entre las tiendas era bastante usual para los que se internaban por primera vez.

La joven xin se sintió mareada. Mei la miraba y percibía fácilmente su estado. Pero pensaba que era lo normal: “Seguro que está preocupada por su hermano”, concluyó luego de enganchar su brazo al de ella para caminar unidas. Algunos soldados miraban fijamente a la muchacha de ojos amarillos. Y suspiraban a su paso; era hermosa. A la esclava la conocían y preferían no cruzar palabra con alguien que estaba “reservada” para su comandante, pero no les detenía de intentar que la bella xin que la acompañaba les dedicara como mínimo un vistazo.

Saludaban, pero ella hacía caso omiso. Entonces se envalentonaban más y las palabras subían de tono.

Xue estaba aterrada; debido a su traumática experiencia de niña, cuando fue capturada por mongoles, temía a todos los hombres que veía. Fueran de la nación que fueran, sencillamente se sentía a desmayar ante la presencia de varones. Era la razón por la que no socializaba mucho en el campo y por la que atravesar un campamento de soldados resultaba ser una auténtica prueba de fuego.

Pero, por su hermano, avanzaba. Tenía que verlo. Tenía que saber de él. Se armaba de valor y seguía. Las galanterías caían como una lluvia de flechas; algunos incluso la invitaban a descansar en la tienda y más de uno alabó su cuerpo.

—Tendrás que comprenderlos —dijo Mei—. Algunos de estos no han visto una mujer durante meses.

—Se nota —Xue, mirando el suelo, tragó una bocanada de aire—. Con esa actitud, seguirán sin ver a una.

—Es solo la algarabía por la victoria. No hagas caso. Ladran mucho, pero no muerden.

Ya no podía soportar el peso, tan real e incómodo, de las miradas de tantos hombres. Cerró los ojos y pensó que iba a caer desmayada hasta que oyó la voz de su querido hermano irrumpiendo como una suerte de rugido. Sintió cómo todos esos soldados se dispersaban a su alrededor; como agua evaporándose ante el paso de la llamarada de un dragón.

Y por fin se alivió.

—¡Tú! —gritó un exasperado Wezen—. ¿Qué se supone que haces aquí?

Entonces Xue frunció el ceño. ¿Qué manera de saludar era aquella? Pero, cuando abrió los ojos, supo que su hermano no se dirigió a ella, sino a alguien más que también estaba cerca.

Y notó que todo el ajetreo a su alrededor se había detenido. Los soldados habían formado un redondel en el que destacaba, en el centro, su hermano mayor. Allí también vio a un llamativo joven de cabellera dorada enfundado en una armadura xin. Era claramente un extranjero, pero se sorprendió cuando lo oyó hablar mandarín. No era perfecto, pero se entendía.

—He venido a presentar respeto a los muertos —dijo Mijaíl en un tono cordial para evitar exasperaciones—. Sé que uno de ellos era tu amistad.

Wezen apretó los dientes y desenvainó su sable. Murmullos surgieron a su alrededor. Mijaíl no se amilanó ante la actitud amenazante ni por el hecho de que fuera el único ruso en medio de un campamento xin. Era el verdugo del Orlok y se sentía envalentonado. Sacó a relucir su shaska.

Los soldados se miraron entre ellos. Conocían a Wezen y desde luego lucharían por él, sobre todo si su rival era un extranjero. Porque la rebelión en todo el reino de Xin había despertado un sentimiento de nacionalismo ardiente como el fuego: Xin solo para los xin. Pero enfrente estaba el hombre que, durante tres meses en Persia, protegió al emperador con su propia vida. Levantar la espada contra él sería considerado una falta de respeto merecedora de una ejecución.

Wezen escupió al suelo.

—¿Rendir respeto? Que vayas al campo de urnas y presentes velas… Que asientas y ores, nada devolverá a Zhao. ¿Eres un religioso más? No necesito otro así.

—Yo también perdí a un amigo —devolvió el ruso—. Su nombre era Yang Wao y sostenía su sable mucho mejor que tú.

Surgieron más murmullos en el redondel; Wezen se preparó para tomar impulso y Mijaíl ladeó su espada, esperándolo, pero todo se acabó cuando el mismísimo comandante Syaoran llegó montado sobre su caballo y provocando que el redondel se dispersara. Las espadas de los dos guerreros fueron envainadas en el acto, aunque no dejaron de mirarse.

Syaoran se retiró el yelmo de penacho; tenía aspecto serio y elevó una mano.

—Mi general en jefe y el custodio del emperador. Siempre es agradable encontrarme con dos grandes soldados como vosotros. Ahorradme un problema, no quisiera ponerme a engrasar el látigo.

El semblante de Wezen cambió abruptamente y miró a su comandante.

—¿Soy general en jefe?

Syaoran asintió.

—No hagas que me arrepienta de la decisión. Vosotros dos estáis invitados a compartir una cena con nuestro emperador. Están preparando un salón en Congli. Podría mandaros a vosotros dos a lavar el suelo, pero ya no sois simples soldados. Desconozco el motivo de vuestro desencuentro, pero hay un reino esperando por nosotros. No hay tiempo para rencillas.

Apartada del regaño, Xue tomó de la mano de la esclava y se inclinó hacia ella.

—¿Quién es él?

Mei respondió sin apartar la mirada.

—Esta mañana las otras esclavas me han hablado de él. Viene de un reino de Occidente y es el flamante guardia de nuestro emperador. Dicen que fue expulsado de su reino. Al parecer, la hija de su Príncipe y él estaban perdidamente enamorados. El padre los separó.

Xue lo miró fascinada. “¿Una princesa se enamoró de él?”, preguntó susurrando, tan bajo que solo se oyó ella. Pensó que el hecho de que mantuviera una relación romántica con alguien de alta sangre no podía suceder por simple azar. Algo habría de tener ese muchacho. Y desde luego que no habría iniciado un romance con esa actitud pueril que los soldados xin le demostraron mientras ella se internaba en campamento, concluyó haciendo un mohín.

Notó, además, que el ruso no se dejaba intimidar por la actitud altanera de su hermano y aquello le gustaba. Entonces se sintió atraída.

—Ese necio de Wezen —dijo mordiendo las palabras—. Por poco no se le abalanzó encima.

—No está con el mejor de los humores, es verdad. ¡Vamos! A ver qué cara pone cuando te vea.

III. Año 2332. Reino de los mortales

El Serafín Durandal se sentó en el borde de una colina para tener una perspectiva imponente de la cordillera de Pamir. Le abrumaba ver esos incontables y altísimos picos que resaltaban como la piel de un gigantesco erizo atravesando las nubes. El frío era palpable y la brisa intensa, pero él podía resistirlo pese a que en las plumas se habían formado algunas finas capas de hielo. A su alrededor, los ángeles de su legión descansaban y charlaban distendidos; los dragones ya estaban entre ellos; volaban en los alrededores, comprobando el terreno o incluso reposando junto a grupos de guerreros para compartir anécdotas en lengua dragontina.

Durandal no estaba tranquilo pese a contar por fin con una feroz caballería. No era suficiente. Debía aliarse con los mortales si pretendía formar un ejército que hiciera frente a los espectros, pero la unión con estos parecía más complicada que con las bestias aladas y sabía que con los humanos no bastaría simplemente arrodillarse y pedir disculpas por el Apocalipsis acaecido tiempo atrás. Como fuera, debía conseguirlo a tiempo o la guerra sería demasiado corta.

Luego pensó en la Querubín y una pequeña sonrisa se le esbozó sin poder evitarlo. Se imaginó cómo la joven hembra reaccionaría al tener de frente a semejantes bestias. Seguro que se asustaría y se pondría nerviosa, lanzando frases sin sentido. Los dragones no gustaban de muestras de debilidad o miedo. Además, dudaba que Leviatán o cualquiera de su legión pudiera soportarla si se ponía testaruda. Perla tendría una tarea complicada si pretendía montar un dragón, pensó arrancándose una costra de hielo en un ala.

Una fina capa de nieve se levantó a su alrededor; luego fue tomando forma para finalmente materializarse un ángel de pie, a su lado. Se reveló un Principado, rango angelical destinado al espionaje. Como todo ser de su linaje, llevaba puesta una capucha que ocultaba el rostro tras la oscuridad de la sombra. En su espalda tenía sujeto un mandoble afilado y brillante, de empuñadura dorada. El recién llegado intentó sentarse al lado del Serafín, pero este hizo un ademán sin mirarlo.

—No tengo en gran estima a los Principados. El último que conocí traicionó mi confianza.

—Comprendo. Pero traigo un mensaje importante.

El Serafín agarró una piedrecilla y la lanzó hacia el horizonte.

—Quítate la capucha y hablaremos. Llevar el rostro oculto fue una norma ridícula de los dioses. Aquí los hacedores no tienen potestad alguna. No ofendas a mis alumnos y quítate la capucha o retírate.

El Principado se lo pensó. Tampoco perdía mucho por revelarse. Su rostro no era de importancia alguna; su mensaje sí. Miró a un lado y otro para finalmente asentir. Se retiró la capucha, revelándose un ángel de piel oscura como la noche y brillantes ojos pardos. No poseía cabellera. Un par de guerreros curiosos lo habían visto y murmuraron entre ellos; era la primera vez que veían el rostro de un Principado.

Durandal se fijó en él y finalmente volvió a mirar la cordillera.

—Dime tu nombre.

—Arcturus.

—Cuéntame, Arcturus.

—La Serafina está molesta. Abandonasteis los Campos Elíseos sin consultarla.

Durandal ahogó una risa agarrando otra piedrecilla. Asintió indicando un lugar a su lado y el Principado se sentó para acompañarlo.

—No podría esperar menos de ella. Su idea para detener la guerra tampoco me la consultó. Envió a tres ángeles para infiltrarse en el Inframundo y, hasta donde sé, uno está con paradero desconocido y los otros dos no reúnen las condiciones para eliminar al Segador. Es lo que yo llamo un fracaso. Pero tengo mi propia estrategia y estoy convencido de que será la que nos lleve a la victoria.

—Puedo entenderlo. Incluso así, ella está molesta. Se ha enterado de vuestra alianza con los dragones y considera que es una ofensa imperdonable. Ella los cazó hace milenios y le resulta todo un insulto que ahora estés del lado de ellos.

—Que trague su orgullo, todos lo estamos haciendo. La guerra que nos enemistó con los dragones quedó en el recuerdo. No habrá victoria si los reinos se mantienen divididos.

—Y estará molesta cuando se entere de que he venido hasta aquí sin su permiso.

Durandal enarcó una ceja. Lo miró fijamente. Tenía que ser algo serio para que el Principado estuviera allí a contraorden.

—Desde hace varios días la Serafina está diferente —continuó Arcturus—. Se ha encerrado en el Templo y solo sus alumnos más cercanos han podido charlar con ella. Ayer dio un discurso para sus soldados, en el salón principal. Fue a puertas cerradas.

El Principado desenvainó su mandoble con la fuerza de una sola mano y ladeó la gruesa hoja para mirarse el reflejo.

—Me infiltré. Ella ha cambiado de planes. Tras el presumible fracaso de sus tres enviados, su nuevo plan para detener esta guerra consiste en darle al Segador lo que desea.

Durandal tensó la mandíbula y aplastó la piedrecilla entre sus dedos, volviéndola polvo.

—¿Quiere entregarle a Perla?

—Según la Serafina, esta decisión salvará más vidas. No tenemos forma de ganar una guerra contra los espectros. Son millones, lo sabes. Y no vale la pena ir a una guerra por un solo ángel. Irisiel vendrá a este reino para cazarla y entregar su cadáver al Segador. También pretende cazar de nuevo a los dragones. Y que si vosotros, ángeles libres, os interponéis en su camino, no dudará en cazaros también.

Un dragón rugió a lo lejos y dejó escapar una llamarada desde su nariz; una docena de ángeles que lo rodeaban estallaron a carcajadas debido a la broma que les había narrado. Estaban distendidos, desconocedores de la horrorosa verdad que se le revelaba al Serafín. Porque habría guerra. Y no era la guerra que él esperaba. Parecía inevitable, pero había surgido un conflicto entre los propios ángeles.

Durandal se levantó con prisa, pero ni siquiera sabía dónde ir; o volver a los Campos Elíseos para encararse con la Serafina, o ir cuanto antes a la reserva natural de los mortales para proteger a la Querubín. Como fuera, no permitiría que Perla tuviera un final trágico como sí lo tuvo su primer y lejano romance.

—Irisiel ha cambiado —dijo Arcturus—. Ya no es la misma Serafina a quien yo servía.

La ciudad de Valentía había amanecido de la peor de las maneras. La milicia del Norte perdió contacto con su ejército de élite, “Caza Dragones”, desde que entraran al Mar Radiante y no llegaba el rutinario reporte desde hacía horas; la verdad incómoda de que el escuadrón había sido completamente aniquilado por los dragones flotaba incómodamente en la estructura militar.

Reykō se había encerrado en su despacho durante toda la noche y no solo no había conciliado sueño, sino que evitaba comunicarse con sus allegados. Para sus hombres, estaba claramente afectada por la pérdida del escuadrón. Pero, en realidad, le dolía no saber nada de Albion Cunningham. Se sentía tan despechada que pretendía echar todo su ejército sobre la nación de China pese a que estos ahora parecían tener en sus filas a los temidos dragones. Lo había decidido entre copa y copa de vino.

Que el mundo entero cayese sumido bajo una cruenta guerra.

Descalza y sin preocuparse en lo más mínimo por su aspecto desaliñado, salió al balcón con una copa colgando de los dedos y una cara de pocos amigos. El balcón era semicircular, muy amplio y contaba con una perspectiva inmejorable de la ciudad, pero no quiso observar nada de eso. Solo deseaba que algún helicóptero atravesara las nubes y Albion llegarse sano y salvo…

Sintió un dolor punzante en el pecho y cientos de puntos coloridos se agolparon frente a sus ojos. Se le resbaló la copa. Apretó los dientes y, tambaleándose, llegó hasta la baranda para sostenerse. Cerró los ojos porque veía todo borroso. Era el llamado de la muerte, estaba convencida; el corazón ya no resistía la desazón y sentía cómo la fuerza se le escurría como agua de entre los dedos. Pero debía aguantar unos momentos más, se dijo a sí misma, para tratar de saber qué sucedió con Albion. Esperanza. Eso era lo que necesitaba. Un resquicio de esperanza.

Tragó aire y abrió los ojos, ahora notando una flecha de plumas blancas clavada en la baranda de mármol, clavada justo entre sus manos.

Parpadeó incrédula. El astil era de madera y la punta, casi incrustada en su totalidad, de acero; lucía como una flecha antigua. Había un mensaje tallado a lo largo, pero no comprendió los símbolos. La agarró; su mano temblaba y no tuvo fuerza para sacarla.

Luego levantó la vista y desencajó la mandíbula. Retrocedió varios pasos mirando de arriba abajo los edificios que rodeaban el balcón. Todos, absolutamente todos estaban erizados de flechas con plumas blancas. Se preguntó quién sería capaz de lanzarlas de aquella manera tan sorprendentemente sincronizada y silenciosa.

“¿Una nueva invasión angelical?”, pensó. Fue el detonante final para que su corazón dejara de latir.

Reykō cayó y solo vio oscuridad.

En la cordillera de Pamir, Arcturus acompañaba al Serafín Durandal en su apurada caminata. El mariscal ya había ordenado a sus ángeles que se preparasen para volver a la reserva ecológica de los mortales. Había un trajín intenso a su alrededor, pero el Principado aún debía informarle todos los detalles.

—La Serafina tiene un plan de ataque. Lanzará en todas las ciudades del reino humano una oleada de flechas de plumas blancas. No son peligrosas, pero serán las portadoras del mensaje. De la advertencia. “O entregáis a Destructo o habrá sangre”.

Durandal lo fulminó con la mirada. Algunos de sus alumnos percibieron su estado de ánimo, otros se acercaron para oír al Principado, formando un redondel que los seguía. El silencio era adusto y parecía que hasta la brisa se había detenido con tal de oír el infame reporte del Principado.

—Luego de un día, si no obtiene respuestas, la Serafina lanzará una oleada de flechas de plumas rojas. El mensaje tallado seguirá siendo el mismo, pero ahora habrá destrucción de monumentos y ciudades. Habrá muertes, pero no cuantiosas.

Durandal no quiso oír más. Chasqueó los dedos con la mano elevada y pronto un dragón de escamas doradas sobrevoló sobre ellos para aterrizar cerca, levantando una espesa neblina de nieve a su alrededor. La bestia alargó el cuello y agachó la cabeza. Era Doğan y se había convertido en la montura del Serafín. Durandal subió y se sentó el lomo, acomodándose.

Dragón y ángel miraron al Principado.

—¿Algo más, Arcturus?

Arcturus tragó saliva.

—Para el tercer día, lanzará flechas de plumas negras. Será el mensaje final. Asesinará a todo lo que se cruce en su camino hasta que dé con Destructo. Mortales, ángeles y dragones. No habrá paz.

El dragón, ahora rampante, extendió las alas y se preparó para elevarse. Durandal desenvainó su radiante espada y todos lo observaron.

—¡Darle al Segador lo que desea es aceptar una condición de esclavitud que no estoy dispuesto a permitir! ¡No somos los perros de los dioses ni seremos los perros de él! ¡Si Irisiel pretende despachar a los dragones y a un ángel de mi legión, entonces bienvenida sea la guerra!

Ángeles y dragones rugieron al unísono; la cordillera de Pamir se estremeció por completo.

IV. Año 2332. Inframundo.

Pólux y Curasán bajaban lentamente por las derruidas gradas de lo que parecía ser un gigantesco coliseo destruido, arruinado tanto por el paso del tiempo y el abandono, como por algunas que otras batallas acaecidas en el lugar: lanzas rotas, huesos y espadas repartidas por donde fuera que mirasen o pisasen eran suficiente prueba de ello. Abajo, el campo central era circular, de hierba azulada y de al menos cien metros de diámetro en cuyo centro surgía una gigantesco haz de luz blanquecino que se elevaba en las alturas, cruzando las nubes hasta desaparecer más allá.

Desde que llegaran a la fantasmal y silenciosa ciudad de Cocitos, todo lo que ambos ángeles encontraban era un incómodo silencio. Pólux tenía la fuerte sospecha de que, a través de los milenios, grupos de espectros se rebelaron contra su pérfido emperador. Los huesos que encontraba aquí y allá, agujereados de saetas o atravesados por espadas, eran indicativo de ello. Había una facción contraria que lo quería derrocar, pero era evidente que ya no estaban vivos o, en el mejor de los casos, seguían vivos, pero ya no eran un número suficiente para hacerle frente.

Bajaron hasta el campo y se acercaron hasta el imponente haz de luz. Comprobaron sorprendidos que, en realidad, el haz surgía de un pozo que parecía no tener fin.

Era “Samsara”; el ciclo de la vida; el acceso por el cual las almas que expiraban se retiraban del plano existencial, en tanto que las almas nuevas accedían al mencionado plano. Vida y muerte entrecruzándose en el mismo sitio.

Curasán achinó los ojos e, inclinándose, notó miles de pequeñas esferas blanquecinas cayendo y otras elevándose.

—Almas —aclaró Pólux.

—Por los dioses, son millones.

—Mis alumnos de la Biblioteca me enviaron un reporte —dijo Pólux sin apartar la mirada de Samsara—. Dicen que en el reino de los humanos hay dragones, lo cual es imposible. Irisiel los exterminó en la guerra contra Lucifer.

Curasán, sin dejar de escucharlo, caminó rodeando el haz. Pateó un par de vasijas rotas desperdigadas alrededor y se preguntó cómo era posible que los dragones aún existieran. Solo esperaba que Perla no se metiera en problemas con alguno de ellos, pues no eran bestias fáciles de tratar.

—Cuando Irisiel cazó a los dragones —continuó Pólux—, el Segador, entonces un aliado, capturó y selló las almas de las bestias en vasijas, de modo que no resucitaran. Se suponía que, luego de miles de años y sin un cuerpo en el que residir, las almas capturadas finalmente se extinguirían. El Segador debía guardarlas y esconderlas para siempre.

Curasán se agachó y agarró un pedazo roto de una vasija.

—Ese condenado miserable —gruñó el joven ángel al entender que el Segador había roto los sellos.

—Coincido. En algún momento de la historia, para evitar que las almas se extinguieran, deshizo el sellado y las arrojó a Samsara para que reencarnasen como humanos y tuvieran una vida plena. Luego las volvería a capturar y así esperar el momento adecuado de resucitarlos como auténticos dragones.

Curasán tragó saliva.

—Aquí se libró una batalla. ¿Crees que los espectros intentaron evitarlo?

—Es probable. Un acto heroico que los honra, más allá de que hayan fracasado en su intento de detenerlo.

—Me pregunto cómo luciría un mortal con alma de dragón.

Pólux se encogió de hombros.

—Luciría como un mortal común y corriente. Como mucho, tendría alguna reminiscencia del dragón que escondía en su interior.

El robusto ángel se sentó sobre la hierba azulada y cerró los ojos para descansar. En verdad que fue un viaje cansador y él estaba más bien acostumbrado a usar sus alas, no las piernas. El misterioso “Plan de contingencia”, como llamaban a su nueva estrategia, estaba en marcha. Solo debían tener paciencia.

Curasán seguía fascinado por Samsara. ¡Qué bella se veía! Y qué aterrador saber que tantas almas estuvieran cayendo y elevándose allí. Sabía perfectamente que el ciclo de la muerte era natural, pero no esperaba que fuera tan intenso. Dobló las puntas de sus alas al pensar especialmente en las miles de almas extinguiéndose. Cada una cargaba sus propios recuerdos, temores, anhelos y esperanzas. Y todas, sin excepción, se perdían para siempre en el olvido.

Metió la mano en el haz y capturó una esfera que caía; cerró los ojos e inesperadamente sintió una sacudida, como un relámpago estremeciéndolo todo en su interior. Y, para su sorpresa, experimentó sensaciones nuevas y agridulces. Sintió en carne propia el amor, luego un dolor desgarrador. Sintió un conjunto de decepciones que le dieron ganas de llorar, pero luego quiso reír debido a unos recuerdos ajenos que generaban alegría. Incluso, en esos pocos segundos, aprendió un idioma nuevo y algunos secretos interesantes que le hicieron doblar las puntas de sus alas y silbar sorprendido. Tanto se agolpó en la mente del ángel y parecía que ese aluvión de sensaciones era insostenible.

Le resultó obvio que estaba experimentando en carne propia la vivencia de un alma. Se preguntó si aquella también podía experimentar lo mismo que él había vivido. Si, de la misma manera que él aprendía, el alma también podía aprender lo que él sabía. Finalmente, abrió los ojos y, con una sonrisa, envió el alma para arriba.

Pólux desencajó la mandíbula.

—Pero, ¿qué acabas de hacer?

—¿Eh? —Curasán retiró la mano—. Solo toqué un alma…

—Nada de “solo la toqué”. La lanzaste arriba, de vuelta al plano existencial.

Curasán se rascó la cabellera.

—¿Eso hice?

Pólux parpadeó incrédulo.

—¡Acabas de devolver a la vida un alma que ya había expirado!

—¿Me estás diciendo que reviví a alguien?

—Pero, ¡cómo se le ocurrió a la Serafina elegirte para esta misión, ángel torpe!

—Tranquilízate un poco. ¿A quién se supone que reviví?

—¿Cómo diantres voy a saberlo?

—Eres una Potestad, ¿no lo sabías todo?

Pólux enrojeció de furia.

—¡No vuelvas a meter la mano allí!

V. Año 2332. Reino de los mortales.

Reykō abrió los ojos y vio el cielo azulado rematados por pequeñas nubes. Le pareció más hermoso que de costumbre. O tal vez era ella. Una ola avasallante de vigor la invadió por completo y se irguió por sí sola. Seguía en su balcón en Valentía. Pero, ¿no acababa de morir?, se preguntó. Juraría que incluso vio un túnel oscuro con una luz al final del camino. Se miró las manos; los dedos ya no temblaban. Luego dio un respingo cuando recordó que, en su trayecto hacia lo que parecía ser la muerte, alguien la sostuvo.

El pecho ya no dolía y se preguntó si todo aquello no era sino una segunda oportunidad otorgada por alguna suerte de ser divino. No quería creerlo. Sus creencias estaban enraizadas: no había dioses. Pero, si estaba allí, viva de nuevo, debía deberse a una razón.

Miró de nuevo al cielo y sonrió con los ojos cerrados. ¿Tal vez fue uno de los infames “Ingenieros” o “Dioses” los que la ayudaron a volver? Recordó de nuevo el momento que “alguien” la agarró. Y en ese momento se sintió calmada. Reconfortada. Experimentó tantas cosas de quien la sostuviese; sintió amor y alegría, pero, sobre todo, sintió una esperanza sobrecogedora. ¡Esperanza! Era exactamente lo que necesitaba.

Incluso creyó saber el nombre de su salvador.

—¿Croissant?

Meneó la cabeza. A ver si la encerraban en un manicomio si se atrevía a comentárselo a alguien. “Tal vez solo fue ese vino…”, pensó rascándose la frente. Luego se acercó a la baranda para fijarse en la misteriosa flecha de plumas blancas. Ahora sí tuvo la fuerza para arrancarla y ver mejor esos símbolos extraños. El lenguaje en el astil era arameo. Enarcó las cejas: ¡era arameo! Pero, ¿cómo era posible que ella ahora pudiera entender aquel idioma? Se volvió a fijar y leía claro el mensaje tallado. “Entregad a Destructo o habrá consecuencias”.

La flecha cayó y repiqueteó en el suelo.

“¿Entiendo arameo?”.

Luego presionó el lóbulo de la oreja para comunicarse con sus soldados, pero oyó un rugido estremecedor provenir del cielo que sacudió el suelo y a ella misma. Levantó la vista y vio un gigantesco dragón arremolinando las nubes a su paso para tomar rumbo hacia su edificio. Reykō miró la copa de vino y luego al dragón. El animal extendió sus alas para frenar la caída y aterrizó en el amplio balcón, que vibró intensamente, pero no se derrumbó. Sí destruyó parte de la baranda al paso de sus patas y cola. La mujer cayó tropezada debido al temblor; quedó cegada debido al polvo levantado, pero, cuando este fue bajando, notó que el dragón había alargado el cuello, bajando la cabeza para revelar a sus dos jinetes.

Reykō pretendió gritar por ayuda, pero cerró la boca cuando reconoció a quienes domaban al lagarto. El comandante Albion Cunningham se había puesto de pie, sobre el lomo, sacudiéndose el polvo de su destrozada gabardina militar. El ángel Deneb Kaitos estaba a su lado con su túnica igual de desgarrada.

Cunningham descendió de un ágil salto. Lucía tranquilo, como si viniese de un paseo…

—¡Albion!

El comandante hizo un ademán al dragón para que lo esperase. Leviatán gruñó, ladeando el rostro hasta fijar sus ojos purpúreos en la mujer.

—Mi señora —saludó Cunningham con una reverencia y posterior golpe de puño en el pecho—. Él es Leviatán. Dice que, durante su estancia, espera un cese a las hostilidades.

Reykō, desde el suelo, enarcó una ceja.

—¿“Dice”?

Cunningham asintió. Giró la cabeza y miró a los ojos de Leviatán. El comandante ahora experimentaba una sinergia inaudita desde que montara sobre el dragón. Deneb Kaitos le había hablado de ello; una conexión natural que facilitaba el entendimiento entre el jinete dragontino y la bestia. Finalmente, el joven avanzó hasta Reykō para ayudarla a levantarse.

—Puede sonar como una locura, pero lo entiendo a la perfección —confesó.

—¿Y tu escuadrón? ¿Qué hay de mis hombres, Albion?

—Muertos —miró para otro lado, pero se armó de valor y la miró a los ojos—. Todos, mi señora. La misión ha sido un completo fracaso.

—¿Muertos? ¿Acaso es este el dragón que aniquiló a tu escuadrón?

—No comprende, mi señora —meneó la cabeza—. Me duelen las pérdidas más que a nadie. Pero hay una guerra. Mucho peor que esta cacería de ratas que hacemos. Y las pérdidas serán aún mayores. Sé que es difícil, pero le ruego que me escuche.

Se sentó sobre una rodilla, frente a la mujer, agachando la cabeza.

—Tengo razones para creer que hay un ejército avanzando hasta aquí. No hablo de humanos, ni ángeles, ni dragones. Estoy hablando de algo más. Leviatán los llama “Espectros”.

Deneb Kaitos intercedió desde el lomo.

—El ejército de Espectros se debe al Segador. No tiene por qué creerme, pero se trata del culpable del Apocalipsis que acaeció en vuestro reino. No he hablado con los ángeles de mi legión, pero deduzco que el Segador pretende traer nuevamente un Apocalipsis.

—Mi señora —insistió el comandante—. Usted tiene el mayor ejército del mundo. Mil millones de soldados que seguirían su estela, yo incluido. No le pido que se alíe con esos malditos pájaros o con esos perros del Vaticano. Los detesto tanto como usted. Pero créame cuando le digo que hay algo allá afuera. Y pretenden aplastarnos.

Reykō tenía los ojos fijos en los del dragón. Lo oía todo tratando de absorberlo como buenamente podía. ¿Cómo se suponía que debía asimilar tanta información? Y vaya giros del destino, pensó acomodándose la cabellera. Porque detestaba a los ángeles y ahora uno de ellos era su leal sirviente. Y quería deshacerse de los dragones, pero allí estaba el líder de ellos pretendiendo pactar una alianza para salvarlos de una amenaza mayor.

“Dragones, ángeles, espectros, dioses”… Luego miró la copa de vino hecha trizas en el suelo. “Definitivamente, debería dejar de beber”, concluyó.

Se acercó al dragón. Era una sensación extraña la que experimentaba porque se trataba del verdugo de sus hombres. Miedo y respeto. Leviatán, además, se trataba de una figura temida en todo del mundo. Ella incluso, cuando era niña, tenía pesadillas en donde Leviatán se la devoraba. Pero, cuando le vio a los ojos, el miedo se diluyó. Él no había venido a luchar y Reykō lo comprendía.

El dragón gruñó cabeceando hacia ella.

Deneb Kaitos quiso traducir, pero la mujer respondió inmediatamente.

—Si, luego del Apocalipsis, un grupo de mortales buscó cazaros para descamaros con el objetivo de hacerse con vuestras pieles, el resto del mundo no tuvo por qué pagar platos rotos. Destruir ciudades y sesgar la vida de inocentes es una respuesta desmedida de vuestra parte. Por más que os hayáis escondidos para evitar más muertes, no os exime de vuestros crímenes.

El dragón ladeó el rostro y gruñó un par de veces.

—No creas, querido. Hasta hace unos minutos no sabía que vosotros teníais un idioma. Si ahora puedo comprender tu lengua, se lo debo a un croissant… O tal vez ya esté loca, ¿qué importa? Lo único cierto es que me siento lo suficientemente viva para seguir aquí, al pie del cañón.

Deneb Kaitos abrió los ojos cuanto era posible. “Pero, ¿cómo es posible?”, se preguntó el ángel, mirando a la mortal y al dragón de manera intermitente. “¿Cómo es que ella comprenda la lengua dragontina?”.

—Te confesaré algo, dragón —prosiguió Reykō con su acostumbrada confianza—. Sé que te sonará como una locura, pero créeme cuando te digo que hasta yo he visto a ese ejército de “Espectros” que marcha hacia el hogar de los ángeles. “Campos Elíseos”, es así como se llama, ¿no? Por mí, que lo destruyan y lo dejen en cenizas.

El dragón gruñó y Reykō sonrió.

—Por favor, ¿crees que llegué hasta aquí siendo tan tonta? Sé que, luego de destruir el reino de los ángeles, vendrán a por nosotros. Es un ejército gigantesco, hasta donde sé —se acomodó la cabellera y sonrió a Leviatán—. Pero el mío es más grande.

Leviatán volvió a gruñir.

—Por supuesto, querido. Tú controla a los tuyos y yo haré lo mismo con mis hombres. Si sobrevivimos a esta guerra, haré lo posible para paliar las diferencias. Solo ten en cuenta que no es a mí a quien tienes que pedir perdón. No represento a la humanidad.

Se acercó aún más y posó la palma de su mano en la nariz del dragón.

—Yo solo soy Kazúo Reykō. Y, hasta que el mundo se acabe, tú y yo seremos aliados.

El dragón rugió y toda Valentía se estremeció.

VI. Año 1368. Reino de Xin.

Wezen, tendido en una cómoda silla, echó la cabeza hacia atrás y rugió golpeándose el pecho. Los generales xin que lo acompañaban a la mesa carcajearon animadamente en tanto las esclavas llenaban las copas de vino. La noche era fantástica en el salón. La mayoría oía atentamente cómo el joven xin narraba los momentos heroicos por los que pasaron él y su escuadrón de arqueros en la cordillera de Pamir; narró el ataque sorpresa y la esperada victoria rematada con la muerte del Orlok.

Todas las anécdotas adquirían una tonalidad épica gracias al sonido de flautas y tambores llenando el salón. Wezen se levantaba a veces, copa de vino en mano, y ordenaba a los sirvientes que repiquetearan los ku cuando le tocaba narrar cómo despechó sigilosamente a los vigías mongoles del corredor de Wakhan.

La mesa era larga; al extremo de ella se encontraba el emperador xin, Zhu, quien dialogaba animadamente con el comandante Syaoran y otros hombres de alto rango. Pronto debían volver a la capital, Nankín, ubicada al este, para liderar el grueso del ejército y unir más pueblos a su causa. El peso de la nación Xin no tardaría en caer de nuevo sobre sus hombros y simplemente deseaban, por un momento, beber y dejarse fascinar por las historias.

Al otro lado de la mesa Mijaíl intentaba dominar los palillos para capturar las verduras de su cuenco. Se resbalaban una y otra vez, por lo que frunció los labios. Luego levantó la mirada y se fijó en el animado Wezen. Se sorprendió cuando vio a una muchacha sentada a su lado. Le pareció hermosa. Destacaban especialmente los ojos, amarillos como los de Wezen, pero estos estaban subrayados con una línea oscura que los resaltaba.

Era extraño verla en un lugar atestado de hombres; aún no sabía que era la hermana de uno de los héroes de guerra y por tanto era respetada y bienvenida. Se cruzaron la mirada. La muchacha aguantó una risa y el ruso dedujo que lo había pillado “batallando” con los palillos.

Luego la joven xin miró para otro lado; sus mejillas eran de tonalidad rosa, pero no por la vergüenza, sino por el maquillaje que le habían ofrecido las esclavas. Se sentía abrumada por cómo estas la habían “preparado”, como si fuera de alta cuna, pero también por la misma razón se sentía con la suficiente confianza para actuar más desenvuelta. Se sentía hermosa. Se sentía mujer. El atractivo extranjero la miró. “Y me sigue mirando”, pensó jugando con sus dedos.

Tímidamente, Xue elevó su mano con los dos palillos correctamente colocados. Capturó una fina tira de fideo y se lo llevó a la boca. Mijaíl sonrió y trató de imitar el gesto como buenamente pudo, pero la comida se le volvió a resbalar.

Ambos rieron.

Wezen miró al ruso y se levantó abruptamente golpeando la mesa; todos los hombres enmudecieron. El jocoso y animado joven había transformado abruptamente su actitud. Ahora estaba serio y su sonrisa de hacía segundos era ya solo una delgada línea en el rostro serio. Pero, ¡cómo ese maldito extranjero se atrevía!, pensó apretando la empuñadura de su sable enfundado. Juguetear de esa manera con su celada hermana. Había oído varias historias sobre él: sabía que ese soldado había sido expulsado de su reino por mantener un romance con la hija del Príncipe de Nóvgorod. Pero, para él, era más molesto saber que le robó la oportunidad de matar al Orlok, ¿y ahora rondaba como un lobo a su hermana?

—Te gusta meterte en donde no te llaman, ¿no es así, extranjero?

Las flautas y tambores se detuvieron. Xue se encogió de miedo; en privacidad ya le recriminaría a su hermano. Pero Mijaíl, al ver la pose provocativa y altanería del oriental, como si estuviera a punto de desenvainar, no se amilanó y se levantó imitando el gesto con la empuñadura de su shaska.

—Eres irritante —devolvió Mijaíl—. ¿En otra vida fuiste una puta mongol?

El emperador se rascó la frente y trató de no reír; era un insulto que el ruso aprendió de él, mientras viajaban por Persia. Luego miró de reojo a su tenso comandante. Syaoran se encogió de hombros; parecía que la rivalidad entre el ruso y el xin no tenía fácil solución. “Deme un látigo y lo soluciono, mi señor”, susurró Syaoran. Pero el emperador apreciaba demasiado a su escolta y al atrevido guerrero xin como para castigarlos de forma humillante, por lo que elevó una copa de vino y ordenó tajantemente:

—Fuera de mi vista.

Sentado en las escaleras que daban al salón, Mijaíl ladeaba su fina espada y veía cómo reflejaba la luna llena en su hoja. Xin le parecía un reino peculiar, pero no precisamente el paraíso del que le hablaba el emperador durante su viaje. Salvo el momentáneo cruce de miradas con la hermosa muchacha de ojos amarillos, no se sentía especialmente bienvenido. Y ese guerrero entrometido solo empeoraba la situación.

Suspiró pensando que tal vez Xin no era el lugar ideal para él.

Se sorprendió cuando Wezen se sentó a su lado con evidente desgano. Lucía cansado y borracho, por lo que el ruso entró en alerta. Pretendió moverse a un lado para alejarse, no fuera que le clavara una daga, pero el xin hizo un ademán.

—Tranquilo. Vengo con buenas intenciones.

Mijaíl se acomodó.

—¿Tan pronto? ¿Por qué debería creerte?

Wezen levantó la vista y miró la Luna.

—Mi comandante amenazó con quitarme todo el vino que me regaló, si es que vuelvo a causar problemas contigo —se frotó el mentón—. Tienes que verlo, es un cargamento importante. Una carroza llena.

Rio apagadamente y Mijaíl se relajó.

—No me malinterpretes —continuó el xin—. Estoy enterado acerca de vuestro viaje por Persia con el emperador. Esta noche pretendía disculparme hasta que… —se calló abruptamente y decidió no nombrar a su hermana—. Escucha. Eres un impertinente.

El ruso frunció los labios; iba a responderle, pero Wezen hizo otro ademán para continuar.

—Pero, por tu valía, a mis ojos eres un hermano de escudo. Por el bien del reino, considera a Xin como tu hogar.

Se levantó y, ante la atenta mirada de su hermana Xue, que los espiaba escondida tras una columna del salón, reverenció susurrando unas disculpas. Mijaíl se sorprendió; no lo esperaba. Se levantó, aunque Wezen seguía firme en su posición. El ruso se quitó el guante y se inclinó para tomarle de la mano. El xin dio un respingo porque no estaba acostumbrado al tacto sino a las reverencias como muestra de saludo y respeto; no se sintió invadido como cabría esperar de un oriental, tal vez por efecto del vino. Simplemente, le pareció un gesto agradable.

—Mi nombre es Mijaíl.

El xin sonrió.

—Wezen.

No muy lejos, bajo la copa de un árbol de ginkgo, decenas de hojas amarillas se elevaron al aire al paso de un ángel encapuchado, de túnica y alas negras. El Segador, invisible a los ojos de los mortales, clavó su guadaña en el suelo. En aquel entonces, repartió las almas de los dragones alrededor del mundo de los humanos con el objetivo de que no se extinguieran y así poder usarlos en algún momento. Siguió la evolución de cada uno de ellos en sus vidas como mortales: algunos se habían convertido en guerreros, como el dragón Nío, nombrado Wezen, por lo que había que vigilarlo, no fuera que su vida se terminara abruptamente en alguna batalla.

Pero, en su silencioso recorrido durante las decenas de batallas que se libraban en el reino humano, se topó con algo demasiado seductor para sus ojos. En una cruenta lucha entre dos ejércitos sobre el congelado río Volga, vio a un mortal que brillaba de solera, de inteligencia y gran espíritu. Incluso vio dejes de valentía que, con el desarrollo adecuado, lo convertirían en un guerrero temible.

Lo nombró desde la oscuridad de su capucha mientras sus largos y flacos dedos se cerraban en la empuñadura de su arma.

“Mijaíl”.

En su afán de probar la valía del ruso, enloqueció al Orlok para que este se lanzara en su búsqueda por toda Rusia y Persia. Asaltó cada noche del mongol con pesadillas, exigiéndole la sangre del ruso, reclamo que el Orlok interpretó ciegamente como órdenes de su dios. El Segador deseaba ver cómo Mijaíl rendía bajo presión. Y el joven venció. Superó su prueba. Ahora no había dudas para el ángel oscuro; ese valeroso joven debía ser parte de su ejército del Inframundo. Lo dejaría vivir como humano, pero cuando pereciese reclamaría su alma para resucitarlo como un espectro.

Y sería su preciado mariscal; el líder del más grande ejército de todos los reinos creados por los dioses. Tan fuerte, que rivalizaría las aptitudes del desaparecido dios de la guerra, Ares.

“Serás Antares”, murmuró en tono gutural; desclavó su guadaña para desvanecerse con la brisa.

Wezen giró la cabeza hacia atrás y clavó sus feroces ojos amarillos hacia el ginkgo. Juraría que había oído algo, pero solo había guardias xin bebiendo y carcajeando en las inmediaciones. Meneó la cabeza; a ver si era cosa del vino. Luego se volvió hacia el ruso.

—Por Xin, te prometo que aquí termina.

—No —Mijaíl le sonrió—. Aquí comienza.

Perla abrió los ojos y sonrió al sentir el calor del sol en su rostro. Temblaba un poco, no tanto por el frío, sino por miedo. Agarró un pedazo de la nube que estaba atravesando y la vio disolverse sobre su palma abierta, dejando solo un rastro de humedad.

Frunció el ceño.

—¡Dijiste que se sentían como algodón!

Su guardiana se elevó atravesando una nube cercana, girándose sobre sí misma y riendo estruendosamente. Celes sabía que, desde niña, Perla creía el cuento de que estaban hechas de algodón y no pensó que, ahora joven, siguiera creyendo.

—Pero, ¡qué tonta eres! —carcajeó Celes—, ¿cómo iban a sentirse como algodón?

—¡No me llames tonta!

—¡Ya, ya! Sonríe, ¡gruñona! Y observa a tu alrededor. Volar es solo el comienzo.

La Querubín levantó la vista y se impresionó del horizonte; interminables picos escarpados y nevados, tan altos que atravesaban las nubes, extendiéndose por el horizonte tanto que parecía no acabar. El reino humano era hermoso y se dio cuenta de que no había por qué sentir miedo al levantar vuelo; es más, ahora comprendía por qué muchos ángeles pasaban horas y horas en el cielo; el mundo, desde esa perspectiva, parecía mucho más agradable.

Celes pasó a su lado para hundirle un beso ruidoso en la mejilla y luego, aleteando con rapidez, se alejó. Perla la persiguió, pero su guardiana era más rápida.

Eran dos luces bailando a lo alto en el cielo.

La Querubín se detuvo y gruñó como respuesta, frotándose la mejilla. Agitó sus alas y se elevó hacia otra nube. Dio un manotazo al sol, como si ahora pudiera alcanzarlo, y sonrió porque ahora se sentía todo un ángel; se sentía la dueña de los cielos. Desenvainó su sable y dio un potente tajo a la nube para desperdigarla en distintas direcciones.

Entonces rio porque se sentía invencible.

“Sí, sin dudas”, pensó la Querubín acariciando un trazo de la nube dispersa. “Aquí es donde todo comienza”.

Y los dioses, donde fuera que estuvieran, temblaron de miedo. Porque la historia del ángel destructor no se detenía. Porque Destructo ya arremolinaba las nubes y golpeaba las puertas del cielo para reclamar el sitio que le correspondía. Rápida. Indomable. Invencible.

Era una estrella irradiando en el firmamento a la espera de una gran hazaña.

Esta es la historia acerca de la gran guerra que acaecería pronto entre los reinos de los dioses. Acerca del dragón albino de ojos amarillos, Nío, y el temible mariscal de los Espectros, Antares. Amigos en un tiempo atrás y ya olvidado. Enemigos que se verían enfrentados mediante un ser de alas negras como la noche más oscura, cegado por amor y, a la vez, estremecido por la existencia de una Querubín de cabellera roja como el fuego y profetizada como un ángel destructor.

Pero, sobre todo, esta es una historia de esperanza y del ángel que la abraza con sus alas.

Esta es la historia de Destructo. Esta es su leyenda.

Fin de la tercera parte.

Nota del autor: Muchísimas gracias a los que han llegado hasta aquí. Por los comentarios, valoraciones, correos y los ánimos. A cuartodecimano y Longino por soportarme las miles de consultas y también los lectores Machi, AlexBlame, Tiresias, Jarkus, Leongallo, Carcarela, Oroel, AngelKaido, Flota19, Natjaz, MamonaViciosa, Sapner, AdrianaAbogada, Xio, Leonnela, Elpy y Morte! ¡Nos leemos!

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