herederas3I. Año 1368

sin-tituloWezen montaba su caballo, silbando una canción y disfrutando del exuberante paisaje de la llanura; un interminable verde que se extendía hasta donde la vista alcanzaba. Su estado de ánimo era inmejorable, cabalgando en medio de la legión de jinetes xin de Syaoran y tomando rumbo a su pueblo. A un lado, el sol se ocultaba tras la interminable cadena de montañas y supo que pronto debían acampar. Si fuera por él, continuaría cabalgando durante la noche; faltaban pocos días para alcanzar Congli y estaba ansioso por ver a su hermana tras casi un año de partir rumbo a la guerra.

Desmontó a un costado del camino, viendo a los demás jinetes preparar el campamento con una velocidad y disciplina que nunca dejaba de sorprenderlo. Estaban perfectamente entrenados por Syaoran, pensó, y pronto él también sería un gran guerrero a su lado. Se había convertido en su escudero; estaba presente en todas las reuniones de su comandante, entrenaba con él y se enteraba de las noticias más importantes con rapidez.

Sabía que la prioridad de Syaoran era reunirse con el emisario de Occidente en una expedición en la frontera xin. Sabía, además, que los mongoles no estaban huyendo del reino, sino reagrupándose en algún lugar. Tardarían meses en asestar un ataque contra el nuevo emperador, apostado en Nankín, pero disfrutaría de los días mientras tanto.

Luego se fijó en Zhao, desmontando de su caballo y enfundado en su túnica budista sin ningún tipo de reparo. Buena parte del ejército lo conocía y ya no tenía necesidad de aparentar. Después de todo, la Sociedad del Loto Blanco a la que ahora pertenecían fue fundada por budistas. Lo vio acercarse y el guerrero xin frunció el ceño. Zhao le estaba resultando insoportable en los últimos días. Detestaba que su amigo le hablara sobre Buda y sus conceptos de paz y tranquilidad, que no hacía más que enfadarlo. Al parecer, ahora Zhao sentía una necesidad de predicar su credo a todos los soldados, que lo escuchaban con curiosidad y respeto, pero Wezen no era una persona de fe.

—¿Cómo está tu herida? —preguntó el budista, señalando el hombro que había sido alcanzado por una espada durante la toma de Ciudad del Jan.

—El hombro está bien —se palmeó la zona con fuerza—. Una de las esclavas del comandante se ofreció a curar la herida.

—¿Una esclava? ¿Cuál de las dos?

—La más bonita —asintió.

Zhao enarcó una ceja.

—Procura recordar que ellas entregan sus cuerpos a tu comandante. Syaoran no querrá saber que uno de sus soldados está detrás de…

Wezen hizo un ademán.

—No me sigas.

Se alejó silbando; nada ni nadie le arruinaría su estado de ánimo.

Lanzó su casco sobre la hierba y se acercó a un riachuelo para mear sobre unos matojos, entonando su canción y mirando las pálidas estrellas que asomaban en el cielo. Dio un respingo cuando oyó el chapoteo del agua y luego un par de risillas de algunas muchachas cerca.

Giró la cabeza y se sorprendió de ver a las dos esclavas de su comandante, tomando un baño entre risas. Actuaban como si él no estuviera allí. Eran hermosas, aunque distintas, como si su comandante las hubiera elegido así adrede. Una era exótica por lo alta, de corta cabellera y turgentes senos, de curvas pronunciadas. Toda una mujer. La otra, en cambio, era de rostro aniñado y más menuda, enrollaba su larga cabellera mientras las gotas de agua recorrían su cuerpo de tímidas curvas.

Wezen apretó los labios. Era esta última la que le había hecho una cura con hierbas y vino, la noche anterior en las afueras de la tienda del comandante. Solo sabía el nombre de esta, y era sencillo de recordar. Mei. “La más pequeña”.

Nunca dejaba de preguntarse sobre el extraño origen de las dos, después de todo no era común verlas en campamentos de la caballería, sino más bien en los castillos, sirviendo a emperadores, no a comandantes. Pensó que Syaoran era un hombre afortunado al tener aquellas dos jóvenes a su disposición.

—¿Vas a acompañarnos? —preguntó la más alta, ahora de pie frente a él.

Wezen quedó absorto. Vio los pezones erectos de la esclava y por un momento sintió el impulso de retirarse la armadura y zambullirse junto a ella, pero la cacofonía de martillazos y órdenes lejanas que oía eran un recordatorio de que no estaban solos; si algún soldado lo pillaba con las esclavas sería su muerte.

La mujer rio, volviendo a agacharse para darse un baño mientras que la pequeña le salpicó agua a su amiga, visiblemente molesta. Wezen suspiró y se sentó sobre la hierba, viéndolas.

—Muy graciosa. En Occidente harías de bufón de algún rey.

—¿Qué sabes de Occidente? —preguntó Mei, limpiándose una suciedad en el vientre.

—No mucho. Podrías preguntárselo al emisario cuando lo encontremos.

Mei asintió. No conocía al emisario y dudaba que un hombre tan importante se dignara a hablar con ella, pero lo intentaría. Charlar con Wezen, en cambio, era más agradable y podía ser ella misma, evitando formalidades. Podía hablar de temas que, con su señor, serían imposibles de tocar. Se lavó los brazos, hablando con Wezen sin mirarlo.

—Ese emisario… Tiene que ser un hombre muy importante para mover todo un ejército.

—Lo es. Según Syaoran, es clave para la guerra… Pero dos esclavas no tienen por qué saber detalles.

Aquella broma hizo que Mei frunciera el ceño, no obstante, su amiga se volvió a poner de pie. Brazos en jarras, miró a Wezen con una mueca.

—Vamos a encontrarnos con el embajador del reino de Koryo. Si pacta una alianza con Syaoran, nuestro ejército podría doblar sus efectivos. Koryo es un estado vasallo de los mongoles, así que no podemos entrar a sus tierras. Su emisario sí puede. Y no es ningún occidental, por más que viva allí. Es tan oriental como tú o yo.

Wezen quedó boquiabierto. Planeaba soltar pequeños detalles aquí y allá con tal de prolongar la conversación con aquellas dos ninfas desnudas, pero todo su plan se desbarató por completo.

—¿Qué? —preguntó la esclava, volviendo a bañarse—. Tengo oídos. Escucho.

Wezen chasqueó los labios.

—Ya veo. ¿Qué hacéis dos esclavas sirviendo al comandante en la caballería?

—¿Qué hace un campesino sirviendo como escudero de uno de los hombres más poderosos de la dinastía? Tu pregunta y la mía tiene una misma respuesta. Syaoran es un hombre distinto. Si lo piensas, nuestro emperador también es un hombre afortunado por contar con él en su ejército.

La esclava salió del riachuelo, buscando sus prendas en la orilla. Se giró y miró a Mei.

—Vámonos.

La joven meneó la cabeza.

—Ya te alcanzaré.

La mujer blanqueó los ojos y dispuso a vestirse. Terminó volviendo al campamento con largas zancadas, dejando solos a los dos.

—Wezen —dijo Mei—. Mi señor dice que Congli es tu hogar. ¿Es un lugar bonito?

Wezen sonrió, tirando una piedrecilla al riachuelo.

—Sí. Es donde vive Xue…

—¿Xue?

—Mi hermana. Es menor que yo.

—No sabía que tenías una —lo miró sonriente—. ¿También tiene ojos amarillos como tú?

Wezen asintió.

—Seguro que es bonita. La guerra hace esto. Separa la familia y a veces para siempre. Lo veo todos los días. Tienes suerte de verla de nuevo.

—Bueno… Me alisté en la caballería por ella.

Mei no entendió. Entró más en el riachuelo, hundiendo su cuerpo casi hasta el cuello, y se paseó por allí, mirando al melancólico guerrero. Wezen parecía tener loss ojos en algún punto del río, con aire ausente.

—¿Querías separarte de ella? ¿Fue… vil contigo?

—¿Vil, Xue? No —sonrió meneando la cabeza—. Cuando éramos pequeños, por las noches nos acostábamos sobre la hierba y uníamos los puntos en el cielo. Formábamos figuras. Yo formaba animales, pero Mei era más imaginativa y formaba… dragones… Recuerdo que una noche lloró porque le dije que no existen.

—¿Puntos? ¡Estrellas! —rio Mei.

—Sí. Xue es dulce, no vil.

—Pues me gustaría conocerla.

Pero Wezen miró sus manos, y aunque la esclava no pudiera ver sus ojos, sí percibió una repentina sensación de amargura en el guerrero. Intuitiva con los hombres como era, calló y esperó con paciencia que el joven volviera a hablar.

—Pero cuando el emperador mongol llegó a Tangut, parte de su ejército pasó la noche emborrachándose en nuestro pueblo. Mi madre escondió a Xue en casa. Es lo que siempre hacían los aldeanos con sus hijas cuando venían los mongoles. Eso y agachar la cabeza. Porque si un mongol asesina a un xin, solo le espera una multa. Pero si un xin hace lo mismo, le espera la muerte. Esa era la ley del emperador. Así que cuando mataron a nuestra madre y se llevaron a la pequeña Xue, me acobardé… Temí por mi vida.

Mei tragó saliva.

—Lamento oírlo, Wez…

—Pero cuando oí los gritos —continuó sin hacerle caso, como si hablara con sí mismo—. Cuando oí los gritos de Xue, decidí que yo no iba a agachar la cabeza. Esos perros… Si vieras lo que yo vi, Mei, los odiarías tanto como yo. Los maté a todos. ¡Los maté a todos cuando dormían! La cargué en mis brazos y huimos. Y, ¿cómo crees que estaba ella? Pensé que estaría llorando, o desvanecida o completamente ida…

Mei se estremeció. Entendía perfectamente, no porque fuera víctima de mongoles en su pasado, sino porque en su condición de sirviente sexual lo había vivido y sufrido todo. Olvidándose de su desnudez, se apresuró en salir del riachuelo para ir junto al muchacho.

—¿Estás bien? No tienes que continuar.

—Huíamos. Y en mis brazos, trazó los puntos en el cielo. Sonreía. Pensé que se había vuelto loca… Porque sonreía y me decía que sí había dragones.

Mei lo tomó de la mano. “Detente”, susurró, porque era evidente que Wezen tenía una herida sangrante que no cerraba y que sin querer ella había tocado. No obstante, el guerrero se soltó del agarre. Se levantó, tomando la empuñadura de su sable enfundado en su cinturón; quería disimular la mano temblando.

—Xue me dijo que los dragones existen, y que yo tengo el corazón de uno.

Wezen se rio amargamente de sí mismo, enjugándose las lágrimas. Mei lo oía asombrada. Quería disculparse, que callara, pero Wezen proseguía.

—Pero un dragón no teme, ¿no es así? Pues yo tenía miedo. Y dudas. Tuve dudas cuando oí que una nueva Dinastía planeaba rebelarse contra imperio mongol y que estaban reclutando soldados. Pero cuando recuerdo sus gritos, cuando recuerdo su rostro durante aquella noche, siento que estoy listo para la guerra, Mei. No descansaré hasta que todos y cada uno de esos perros invasores mueran. Esta guerra… ¡Esta guerra tiene el nombre de mi hermana! Así que sí… ¡Si estoy aquí es por ella!

Mei agachó la cabeza, incapaz de sostener la mirada feroz del guerrero. Se sentía culpable de su abrupto cambio de ánimos y deseaba resarcirse.

—Xin volverá a ser una gran nación gracias a hombres como tú.

Hubo un largo y tendido silencio solo cortado por la brisa. La esclava apretó los labios y procedió a vestirse. Era solo una túnica sencilla, que revoleaba al viento y mostraba bastante piel. Se acercó al guerrero y se acarició la cintura, sonriéndole.

—¿Es bonita?

Wezen asintió.

—¿Qué tan bonita? —insistió Mei—. ¿Más que yo?

—Eres bonita, Mei, si es eso lo que quieres saber.

—Pregunté por tu hermana…

Wezen se volvió al campamento, despidiéndose con un ademán. No estaba acostumbrado a mostrar ese lado suyo, tan lejos del salvaje y habilidoso jinete. Y menos con una mujer. Esperaba que su amigo Zhao no lo pillara con esos ánimos, realmente no quería oír de Buda, o de Cristo o de Alá.

—Eres bonita. Xue es hermosa.

Mei por un momento se sintió ofendida, pero era verdad que ella no tenía hermanos así que desconocía qué tipo de lazo especial unía a Wezen y Xue. La ofensa se convirtió abruptamente en envidia, y luego en admiración. Ella también deseaba tener un lazo así.

—¡Wezen! —insistió.

—¿Qué?

—¿Cómo está tu hombro?

—Mejor.

Mei meneó la cabeza.

—Eso ya lo veremos. Esta noche te visitaré.

II. Año 2332

Perla se agarró el hombro derecho y lo sacudió suavemente; ya no le dolía. Luego se vio frente al espejo y dobló las puntas de sus alas. En toda su vida había vestido únicamente túnicas y solo había visto a los demás ángeles vestirlas, aunque era verdad que en los últimos días observó a mortales vestir una variedad de indumentarias que le parecían de lo más extrañas. Mostró poco o nulo interés en las ropas, pero su túnica se había roto por donde quiera que mirase tras su batalla contra el Serafín Rigel, y a falta de alguna confeccionista de los Campos Elíseos, no le quedaba mucha alternativa.

Miró hacia el ventanal de su habitación y perdió la mirada en los árboles de hojas coloridas, rojas en su mayoría. Era un lugar agradable, pensó. La reserva ecológica china contaba con modernas instalaciones en medio del tupido y gigantesco bosque, circundada además por una amplia cadena de colinas; incontables como los colmillos de un dragón. Los pisos superiores, suavemente enraizados por la vegetación, eran acristalados y contaban con amplios balcones para facilitar la ida y vuelta de los ángeles, quienes solían curiosear las actividades de los mortales: una mezcla de estudiantes y doctores de razas y nacionalidades distintas que se habían unido, años atrás, bajo el estandarte de la Academia Pontificia de Ciencias del Vaticano.

La directora de la reserva, Agnese Raccheli, se había acercado por la mañana para dejarle sobre la cama una variedad de vestimentas, la mayoría de ellas de diseño entubado y blanco, de modo que no extrañara su túnica, pero se había olvidado de que para un ángel le resultaría imposible vestir la mayoría de ellas debido a sus alas. Al final, escogió una tradicional china, de las pocas con espalda desnuda que dejaría libre el paso del plumaje. Era azulado, de cierre lateral y ribetes blancos, con el estampado de un dragón plateado cruzando un costado.

El vestido le resultaba molesto por la presión ejercida sobre sus senos, presión a la que no estaba acostumbrada con su habitual indumentaria. No era largo y, en un par de ocasiones, intentó forzarlo para que se acercara más a las rodillas, pero echó a suspirar al ver que no era posible.

Su maestra Zadekiel se situó frente a ella con el ceño fruncido; la ayudó con algunos ribetes y se le escapó un gruñido al terminar. A la instructora de cánticos no le agradaba las vestimentas de los mortales ni mucho menos le gustaba que su alumna las vistiera.

—Parezco una mortal —dijo Perla, plisándose la tela sobre el vientre—. ¿No es así?

—¡Ah! Claro que no. Deja de pensar en cosas raras.

Pero la Querubín no podía desentenderse del hecho de que ella tenía un padre o una madre mortal. Ni ángel ni humana, un híbrido, una alienada en medio de dos mundos, eso pensaba ella de sí misma. Se sintió humillada enfundada en su vestido de mortal. Se sentía menos ángel, sensación acrecentada por su imposibilidad de volar. Si quisiera, su maestra podría salir por la ventana y dar un paseo sobre el gigantesco bosque de afuera mientras ella se quedaría mirándola desde el balcón, acariciando sus alas.

—Piensa en tus amigas Aegis y Dione —continuó la maestra—. Si no las asesinan por traidoras, pronto te traerán una túnica nueva y radiante, ¡así que sonríe!

Solo Zadekiel rio de su propia broma.

—¿Cómo que…? —Perla desencajó la mandíbula—. ¡Ma-maestra! ¿Las van a asesinar?

—Claro que no —hizo un ademán.

A la única que posiblemente podrían despachar en la legión de ángeles era justamente a Perla, pero su maestra no quería sacarlo a colación; la Querubín había asesinado al Serafín Rigel y quién sabría cómo reaccionarían si regresara. Mejor tenerla en el reino de los mortales, concluyó sabiamente.

—Solo digo que será mejor que no te acostumbres a esos harapos que llaman ropa.

Para muestra, se levantó y tomó uno de los vestidos descartados para deshacerlo en varios pedazos sin dificultad alguna. La rubia frunció el ceño de nuevo. ¡Qué débiles! Una túnica, en cambio, era resistente y sobre todo servía como estandarte sagrado. Un recordatorio de la pertenencia a la legión de ángeles. Eso necesitaba Perla con urgencia, pensaba Zadekiel. Lamentablemente, tendría que esperar que sus alumnas volviesen de los Campos Elíseos.

—Bueno… A mí no me parecen tan feas, maestra…

Zadekiel se acercó y olisqueó el vestido. No detectó nada extraño, pero había algo que seguía sin gustarle, e insistió. Se inclinó hacia la Querubín y levantó el vestido. La muchacha dio un respingo al sentir la fría brisa acariciar libremente en su trasero y pasear bajo sus piernas; gimió e intentó sutilmente bajárselo, pero la maestra se mantuvo firme.

—Además de feo y poco resistente, es demasiado corto. Deberías ponerte también esto y evitar ojos perversos.

La Querubín se levantó, volviendo a ajustarse el vestido. Agarró al vuelo una braga y apretó los labios cuando la extendió. No había visto algo como eso y enrojeció al entender su uso. Cómo iba a saber que algo tan sencillo en los Campos Elíseos, como la vestimenta, resultaba ser mucho más complejo en el reino de los humanos.

—No te preocupes —continuó Zadekiel, tomándola de la barbilla—. Cuando salgamos, iré delante de ti y nadie verá nada. Y si ven algo, yo misma los lanzaré por el horizonte. ¿Te parece mejor así?

—Hmm —asintió suavemente, jugando con la pequeña braga—. Gracias, maestra. Parecerá que tengo mi propia guardia.

—Será así, pues. Digan lo que digan, sigues siendo la Querubín, el ser superior de la angelología. Es el título que te dio el Trono y lo será hasta siempre —luego le guiñó el ojo—. Y también eres mi alumna, así que eso me convierte en algo más superior aún.

—No soy una Querubín —miró para otro lado—. Deja de decirlo. Tengo un padre o una madre mortal, y puede que yo también lo sea. Tenga el título que tenga, no durará mucho.

Zadekiel tragó saliva. Realmente le costaba aceptar la verdad acerca de Perla y el misterio de si sería inmortal como los demás ángeles. Todo aquello era como un baldazo de agua fría cada vez que lo recordaba, pero se negaba a tratarla distinto a como acostumbraban en los Campos Elíseos. Era la Querubín, se decía a sí misma.

—Pon buena cara. La mortal ya despertó y de seguro querrá verte. ¿No querrás presentarte con el rostro desganado?

Ámbar avanzaba dentro de las instalaciones de la reserva, blanco radiante y aséptico como un hospital, y todos los que allí se apostaban, tanto desde los balcones internos como desde los pasillos, detenían su rutina para verla, amontonándose en los alrededores. La espada zigzagueante era particularmente llamativa, sujeta en su espalda mediante correas. Se trataba de su nuevo estandarte y se sentía orgullosa de llevarlo.

Hombres y mujeres no la perdían de vista. Ya no solo era el hecho de ser conocida por vencer a un ángel o liberarla luego, sino que su nombramiento como “Protectora del reino de los humanos” era ya una noticia conocida dentro de la organización, por lo que la veían como a una leyenda viva.

A su lado la acompañaba el comandante Alonzo Raccheli, poniéndola al día: su milicia privada contaba con más de treinta mil hombres perfectamente entrenados que seguirían su estela en la búsqueda de los dragones. Además, como “Protectora”, le recalcó que ella tenía la capacidad de solicitar la ayuda de ángeles guerreros para que la acompañasen y protegiesen. Partirían pronto y debían cerrar todos los detalles.

Pero Ámbar se preguntó si debía revelarles su incómoda situación. Ella no profesaba culto a ningún dios; era lo normal, en su natal Nueva San Pablo la práctica religiosa era inexistente. Tras el Apocalipsis y la venida de los ángeles como verdugos, la humanidad se había dividido en dos. Por un lado, en el Vaticano se habían congregado todas las religiones monoteístas, los “creyentes”, cuyos adeptos huían de las naciones en donde el culto a los dioses era considerado delito; las penas variaban desde la detención hasta la condena a muerte. Raccheli, la cabeza visible de la organización, era descendiente directo de los “Primeros niños”, los sobrevivientes del Apocalipsis que fueron inculcados por un hombre que, según las leyendas, tuvo un romance con un ángel antes de la hecatombe.

La otra facción, mayoritaria en el mundo y representada principalmente por el Hemisferio Norte, sí aceptaba la existencia de uno o varios seres superiores pues los ángeles y el Apocalipsis eran prueba de ello; había una fuerza mayor, era indudable, pero no los consideraban deidades y prohibían su culto.

Estos últimos parecían acechar la nación de China, donde gran parte de los creyentes se apostaban. Había una guerra en ciernes, se percibía en el aire incluso, y por ello el Vaticano necesitaba con urgencia a los dragones como medio de persuasión.

Ámbar se detuvo de golpe, justo cuando Alonzo le insistía en llevar al menos cinco mil hombres en su operativo.

—Puedes ofrecer a todo tu ejército si quieres —dijo ella—. Pero solo necesito un pequeño escuadrón de diez soldados y al ángel rastreador. Nada más.

Alonzo se rascó la frente. Ámbar notó su desacuerdo y continuó.

—Somos odiados y considerados enemigos por casi todos los gobiernos. Lo último que deseo es que crean que pretendemos atacar algún territorio. Tus hombres se quedarán aquí y también los pichones. No le des más motivos al Hemisferio Norte de venir aquí para invadir. ¿Querías que yo estuviera al mando? Pues esta es mi condición.

—Tú tendrías el mando hasta en mi cama, mujer. Pero estamos hablando de dragones. Si actúan hostiles, un escuadrón pequeño no sobrevivirá más de dos segundos.

—Si son hostiles, no sobreviviremos seamos diez mil o seamos diez. Hablé con el ángel y él dice que conversará con los dragones. Está convencido de que habrá una alianza y no me ha dado motivos para dudar de él.

—¿Conversará, dices? Trescientos años y me vengo a enterar de que los dragones hablan.

La mujer se encogió de hombros.

—El pichón dice que los dragones gruñen. Pero que él entiende. Cosas más extrañas he visto en estos días, si me preguntas.

Alonzo se frotó el mentón, inseguro del plan. Deseaba movilizar gran parte de su ejército, tal y como había hecho para rescatarla de la milicia de Nueva San Pablo. Aún no se daban cuenta, pero ambos ya estaban cercados por el redondel de científicos que, sencillamente, querían ver a la mujer. Algunas esferas fotográficas flotaban por aquí y allá, capturando imágenes para el recuerdo sin que esta se diera cuenta.

—Tú mandas —concluyó Alonzo—. Pero iré contigo, mujer. Encargaré la gestión de la Reserva a mi hija.

—¿Tienes una hija?

—Es un bombón, como buena Raccheli. Se llama Agnese y es la directora de la Academia Pontifica.

—Una Raccheli. ¿También tendré que tener cuidado con ella?

El redondel de científicos se dispersó entre suspiros y murmullos. Ámbar se sorprendió cuando vio a Perla abriéndose paso con una timidez abrumadora, plegando sus alas para no golpear a los mortales, tenía la mirada baja y, además, el rojo de su rostro estaba al nivel de su cabellera. Notó el vestido azulado que llevaba y sonrió porque no creyó que la vería con otra cosa que no fuera su túnica; seguro era la razón de su vergüenza, concluyó.

Ámbar silbó.

—Te ves bonita, niña.

—¡Ah! ¡Á-ámbar! Al vestido lo llaman Qipao… Se siente apretado.

—Pues te queda bien.

La muchacha apretó los puños, mirando a un lado y otro. No le gustaba estar rodeada de mortales y más que estos la mirasen. Pero ya no le importaba; se lanzó a los brazos de la mujer, quien extendió los brazos para recibirla. Ámbar chilló por la fuerza, aunque luego rio al sentir cómo la muchacha la rodeaba con brazos y alas, en tanto que la cabeza se enroscaba bajo su mentón, sobre sus pechos, como buscando un lugar donde reposar.

Si los ángeles, creados por los dioses, buscaban con desespero el amor de sus desaparecidos creadores, Perla buscaba exactamente lo mismo en la actitud maternal que había descubierto en Ámbar. Y a la mujer le atraía la idea de redescubrir esa madre que fue una vez.

—Me alegra verte, niña.

—Tengo una habitación —dijo la Querubín—. Es bonita. La cama es espaciosa. Mi maestra puede dormir en el sillón, ya hablé con ella.

Ámbar volvió a reír. Para ambas, todos a su alrededor habían desaparecido. Ya hablarían luego sobre la misión de búsqueda de dragones, o sobre la verdadera naturaleza de Perla, mitad ángel mitad humana. Incluso sobre el nombramiento de Ámbar por el propio Serafín Durandal.

—Entonces ya sé dónde dormir esta noche.

III. Año 1368

El ajetreo en los establos de Nóvgorod era prácticamente inexistente. El silencio imperaba y solo de vez en cuando se oían los cascos de algunos caballos, que se removían inquietos dentro de sus corrales. Era cierto que la victoria de los rusos sobre los mongoles había causado un furor desmedido, tanto en los que participaron en la batalla como en los nobles que rezaban en sus hogares, o en la catedral de Santa Sofía, durante la contienda, pero luego sobrevino un ambiente oscuro y triste debido a los caídos.

Bajo una nevada, Mijaíl guiaba un caballo rumbo a los establos, con un desgano evidente en su expresión. Como si caminar en la nieve fuera más pesado que de costumbre. Había pasado toda la mañana en el campo de batalla, recogiendo flechas y espadas, marcando aliados y enemigos para el recuento final. Reconoció un par de amigos, con sus cuerpos tan asestado de saetas que parecían más bien puercoespines. Pero lo que más lo tenía preocupado era no haber encontrado al Orlok entre los muertos. Ni él ni los otros cien jóvenes que fueron al campo consiguieron dar con el paitze, una tabla de oro que solo podía ser propiedad del mariscal mongol.

Pensó que, tal vez, alguno de los jóvenes lo pudo haber encontrado y guardado para venderlo. Al fin y al cabo, estaba hecho completamente de oro. Tal vez el Orlok sí murió, pensó para tranquilizarse.

Luego de guardar al animal, se sentó sobre un banco cerca de los corrales y vio un grupo de monjas recorriendo los establos, reconocibles por sus hábitos completamente negros. Notó que una de ellas tenía unos senos de considerable tamaño, indisimulables bajo su abrigo, y recordó a Anastasia Dmítrievna con un deje de amargura. Aún quedaba la cuestión sobre su peligroso romance con la hija del Príncipe de Nóvgorod.

Deseó por un momento volver a aquella lejana noche en la que el general de la caballería y sus hombres de confianza murieron luchando contra los lituanos, a orillas del Río Don, y él, su escudero, asumiera junto con su hermano el comando para resistir y posteriormente derrotarlos. Tal vez no hubiera sido recibido en el palacio como un héroe y no hubiera conocido a la hija del Príncipe.

Meneó la cabeza. ¿Cómo iba a arrepentirse? Anastasia era la muchacha más hermosa y cariñosa que había conocido. No dejaban intercambiarse miradas cómplices cada vez que se encontraban; eran los más jóvenes en el palacio. A veces se sonreían. Aprovechando que él era el escudero de su hermano, era usual pasear por los pasillos del palacio cada vez que había alguna reunión.

Entonces sucedió.

Mijaíl deseó por un momento enredar sus dedos en aquella larga y ensortijada cabellera dorada, o agarrar esa nariz aguileña entre los dedos porque ella se inhibía debido a que no le gustaba la forma, aunque a él no le importaba, es más, le encantaba su nariz. La destacaba. Y sus senos…

Una monja se acercó a Mijaíl, retirándose la capucha del abrigo.

—Pensé que estarías en la catedral —dijo ella—. Siempre estás en la catedral.

Mijaíl levantó la vista. Era la monja de grandes senos. La levantó aún más y dio un respingo.

—¡Anast…! ¡Su… Su… Su Serenísima!

Anastasia rio, volviendo a esconderse bajo la capucha.

—¡Baja la voz!

—Su Serenísima, no debería estar aquí.

La joven se sentó al lado de Mijaíl. Este se apartó, pero ella insistió en estar junto a él.

—No, no debería estar aquí. Y, sin embargo, lo estoy.

La muchacha arrugó su nariz; realmente no comprendía cómo los hombres podían aguantar ese olor tan fuerte de los establos. Esa mezcla rancia de orín y excremento que mataba cualquier atisbo de romanticismo. Luego miró a su amante, Mijaíl evitaba el contacto visual y estaba visiblemente nervioso. Anastasia frunció el ceño.

—¿Y tu colgante?

—Lo perdí durante la batalla.

—Entonces es verdad. Gueorgui le ha dicho a mi padre que luchaste bravamente. Que catorce mongoles cayeron bajo tu arco, y dos bajo tu espada.

Mijaíl soltó una risa apagada

—¿Eso ha dicho?

—¿Acaso no es verdad?

—No sé si alguno cayó bajo mi arco. Era de noche. Y cuando los tuve de frente, en vez de desenvainar mi espada, lo único que hice fue agarrar mi pendiente y orar.

Anastasia apretó los labios. No era agradable imaginar a Mijaíl en una situación como aquella, completamente sobrecogido ante los enemigos que habían masacrado Nóvgorod. Quiso tomarlo de la mano, pero dudó y miró hacia las monjas. Su dama de compañía había ido junto con ella y también pidió prestado el hábito de las religiosas, pero ahora no la encontraba. Decidió abrazarse a sí misma.

—Fui yo.

—Fuiste tú —Mijaíl repitió sin entender.

—Le dije a mi padre que no quería casarme con el Príncipe de Kholm.

Vació sus pulmones como única respuesta, perdiendo la mirada en sus botas. Así que fue ella, pensó. La culpable de que, tal vez, lo condenaran a muerte. Anastasia era una joven romántica y ensoñadora. Tan ensoñadora que a veces perdía la noción de la realidad. No la culpó de haberlo intentado.

—Me prohibió verte. Así que esta es nuestra última vez juntos —la muchacha miró de nuevo en los alrededores y se lamentó de que fuera en un lugar ordinario como un establo—. Me gustaría… besarte. Y… Y más cosas. Pero mi dama está mirándonos.

El joven ruso se inclinó hacia un lado y buscó entre las monjas. Había una, de aspecto robusto, que lo miraba en la distancia y con ojos feroces.

—¿No será ese jabalí?

Anastasia ahogó una risa. Meneando la cabeza, acarició la mejilla de Mijaíl.

—Pero mi padre me conoce. Si sigo aquí, siempre encontraré mi camino hasta ti. Así que me ha ordenado viajar a Kholm.

Mijaíl sintió el impulso de besarla, realmente era su última vez juntos y lo sabía muy bien. Se inclinó, olvidando a la lejana jabalí, pero vio pasar frente a sus ojos un fulgor plateado. Dio un salto hacia atrás cuando notó una espada clavándose en la nieve, a un lado de Anastasia, quien se volvía a esconder bajo la capucha.

El gigantesco Gueorgui clavó los ojos en su hermano. Estaban inyectados de sangre. ¿Cómo era posible que, a pesar de las advertencias, aún se reuniese con la hija del Príncipe? Pero no estaba allí para recriminárselo. Estaba allí porque debía transmitir las órdenes del hombre más poderoso de Nóvgorod.

—Su Serenísima —el imponente comandante saludó a la joven, pero fijando sus feroces ojos en Mijaíl—. No le corresponde estar en un lugar ordinario como un establo. Su padre la está buscando.

Anastasia se levantó. Pero se mantuvo allí, de pie, como una mediadora silenciosa entre los dos hermanos. Miró a Gueorgui, pero no se estremeció como Mijaíl al notar su mirada.

—Y seguirá buscando.

Gueorgui quiso sonreír por la soltura de la chica. Anastasia le agradaba. No obstante, lo disimuló todo bajo un aspecto serio y continuó sin prestarle atención a la muchacha.

—Mijaíl. Nuestra Serenidad, el Príncipe Dmitri Ivánovic, transmite sus felicitaciones por vuestros actos heroicos en la batalla contra la Horda de Oro. Os ha honrado con una misión de escolta para que representéis con honor a vuestro reino. Acompañaréis a un emisario de vuelta a su nación. Ha vivido durante doce años aquí, ayudando al reino, y ahora desea regresar. Solicitó un acompañante para él y su sirviente.

Mijaíl dejó escapar un largo suspiro de alivio. El anuncio era mucho mejor de lo que había esperado. Cualquier opción que no fuera la muerte era buena. No obstante, con la tranquilidad sobreviniéndole, pensó mejor aquello último que le había dicho.

—¿Escolta? Es decir, ¿me quiere fuera de su vista?

—Os está honrando con una misión importante.

—Es una manera elegante de expulsarme.

“Es más bien un castigo elegante”, pensó Gueorgui.

—¡Soy un héroe y me necesitáis! ¡Coreasteis mi nombre cuando derrotamos a los mongoles!

—Y en el bar corearon el mío. Y luego el de una puta. ¿Qué más da? Eras un simple escudero que tuvo una oportunidad y la aprovechó. Ahora se te honra con una misión importante. Saldrás y conocerás el mundo más allá de Tierra Santa. Muchos desearían estar en…

Mijaíl hizo un ademán para interrumpirlo.

—¿Adónde iré?

—Al Reino de Koryo.

—Habla en serio, por favor.

—En serio. Partiréis mañana al amanecer.

Anastasia miró a un hombre y a otro, completamente incrédula. A diferencia de Mijaíl, quien pensaba que tal reino no existía, ella sí lo ubicaba. Era prácticamente otro mundo. Apretó los puños pensando en su padre.

—Es Oriente, Mijaíl —dijo ella—. Lo llaman el Reino del Dragón.

Mijaíl frunció el ceño y miró a su hermano.

—¿Oriente? Se suponía que íbamos a defender Nóvgorod juntos.

—¿Y acaso no lo hemos hecho? Los mongoles se estarán reagrupando y no los veremos durante meses, quizás años. Por lo que sabemos, la batalla ahora se centrará en Moscú.

—No me interesa Moscú. Además, si Moscú cae, volverán a por nosotros.

—Entonces sobrevive en tu viaje a Koryo. Y vuelve. Juntos aplastaremos hasta el último de ellos.

—Me envía a mi muerte. No sirvo para luchar —sacudió su mano—. Ya lo viste contra los lituanos y contra los mongoles. Sobre todo, esos perros de ojos rayados, esos sí que son dragones. No nací para luchar contra ellos.

Gueorgui desclavó su shaska, una radiante y filosa espada. Inesperadamente, se la ofreció a su hermano.

—Sobrevivirás. Eres demasiado terco para morir.

Mijaíl silbó suavemente por el piropo y el regalo; agarró la empuñadura de la espada y comprobó el filo, marcando un tajo sobre la nieve.

—El mejor regalo, hermano mío —asintió, mirando su propio reflejo en la hoja.

—No es un regalo, perro. Me la devolverás cuando regreses.

Anastasia rio. Había oído a Gueorgui charlando con su padre, en los salones del palacio, y sabía que el oso rogó al Príncipe para que sus mejores hombres acompañaran a su hermano en el viaje al reino de Koryo. Al recibir una negativa, y visto lo visto, la muchacha concluyó que el Gueorgui decidió entregarle al menos su mejor arma.

Mijaíl hizo una mueca, pero la envainó en su cinturón.

—Está bien. Volveré. Sé que me seguirías hasta el infierno solo para recuperar esta estúpida espada.

Gueorgui se inclinó para agarrarle por el cuello, pero Anastasia intercedió. En su mirada había tristeza indisimulada y, sobre todo, resignación. Sabía que no existía manera, que no estaban destinados a estar juntos. Aun así, hizo lo posible para sonreírle al muchacho con el que había descubierto cómo era sentirse mujer.

—Ya no tengo tiempo. Solo he venido a decirte que fuiste mi primer beso, Mijaíl.

Gueorgui se cruzó de brazos y miró para otro lado, tratando de aplacar sus ganas de aplastar a su hermano, en tanto que Mijaíl miró boquiabierto a la Princesa, que soltó una risa amarga luego de confesarlo.

—Y nos imaginé dándonos el último, de viejos —continuó—. Pero tienes razón. Siempre la tuviste. La verdad de este mundo es que nuestros deseos no son nada. Tú eres el inapreciable, el que se sacrifica y sufre para el bien de los nobles; eres el que defiende la libertad de los que nunca te reconocerán. Pero yo te reconozco, Mijaíl. No naciste para luchar contra dragones, es verdad. Tú naciste para guiarlos. Dios contigo, guerrero.

Esa era la Anastasia que él conocía. La romántica y ensoñadora, la de ojos melancólicos. Mijaíl deseó besarla, entre otras cosas, pero entre el oso y la jabalí, poco podía hacer. Hizo una reverencia al ver que la muchacha se giraba para retirarse.

—El Príncipe de Kholm es un hombre afortunado. Sé que no habrá otra como usted, su Serenísima.

IV. Año 2332

Perla entró al gran lago de la reserva, pero solo hasta que el agua le llegó hasta los tobillos. Por más que debía llevar aquel incómodo vestido cada vez que salía afuera, sentirse en un lugar natural que rememoraba al hogar hizo que súbitamente levantara su estado de ánimo. Era un lugar apacible y silencioso, circundado por un frondoso pinar. Muy lejos quedaban las instalaciones. Se giró y miró en los alrededores; no quería que nadie la mirase bañándose.

Luego se inclinó para lavar sus manos y mojar sus alas. Se sentía en cierta manera aliviada de haberse desfogado con Ámbar, como si cientos de piedras amontonadas sobre sus alas hubieran desaparecido. Lo confesó todo cuanto se le había revelado acerca de su verdadera naturaleza y que aún no podía superar el haber asesinado al Serafín Rigel, aunque este fuera un recurso in extremis.

Abrió los ojos cuanto era posible al notar frente a ella una sombra expandiéndose sobre el agua, agrandándose más y más. Vio una pluma balancearse frente a ella. Era más grande, propia de un varón, por lo que descartó que se tratara de su maestra Zadekiel. Se tensó, agudizando los sentidos. Oyó un suave chapoteo tras ella y tragó saliva.

Se giró y notó una espada clavada en el lago; arriba, un ángel bajaba de los cielos, cortando el sol, lo que le imposibilitaba ver el rostro. Pero las alas. Esas seis alas extendidas a cabalidad solo podían ser de otro Serafín.

—¡Ah! ¡No te acerques más!

Retrocedió y pisó una hendidura del lago, tropezando y cayendo. Miró de reojo su sable; era el arma con la que asesinó a Rigel. Se le resbaló de la mano o tal vez ella se asqueó de tocarlo. Cómo pudo ser tan tonta de alejarse de su maestra Zadekiel. Tenía que haber presupuesto que, ahora que había asesinado a Rigel, la legión de ángeles vendría a por ella con ansia de sangre y revancha.

El Serafín bajó suavemente y hundió sus pies en el agua, observándola detenidamente.

Perla quedó inmóvil, acostada boca arriba. La mitad de su cuerpo estaba escondido bajo el agua y se sintió indefensa y torpe. Reconoció a Durandal. Pensó que, como Rigel no había conseguido su objetivo de asesinarla, el Serafín bajó para finalizar su tarea.

—¿Vienes a matarme?

—¿Por qué habría de hacerlo?

—¿Por qué no?

Lo preguntó en tono quejumbroso. Había tantas razones para acabar con su vida. Era un híbrido sin hogar, un ángel destructor despreciada por la legión de ángeles y odiada en el mundo de los mortales. Todo aquello lo tenía asumido, pero solo una razón la amargaba.

—Maté a Rigel.

—Por lo que entiendo, eras tú o él. El Rigel que yo conozco habría preferido que fueras tú la sobreviviente.

Perla frunció el ceño. Sus ojos se volvieron feroces pero humedecidos.

—¿A qué Rigel conocías? Yo también lo conocía… ¡Y allí estaba él, queriendo matarme!

—Cuida tu tono. Él estaba siendo manipulado.

Perla dio un respingo. Entonces eran ciertas sus sospechas acerca de Rigel. Tragó saliva cuando Durandal se inclinó hacia ella, ofreciéndole la mano.

—No he venido para quitarte la vida. Hace milenios que me he prometido no volver a matar a ningún ángel de la legión. Y, aunque tú vistas como una mortal, sigues siendo uno de los nuestros.

a joven se ruborizó. Aceptó la mano y se repuso. Notó su vestido completamente arruinado y mojado, desarreglado y más pegado a su cuerpo que de costumbre. Intentó arreglarse y no se percató de los ojos curiosos del Serafín, que se detuvieron especialmente en los pechos resaltados.

—Se llama Qipao —plisó la tela en el vientre—. Y aprieta demasiado.

Amagó quitárselo, realmente no le agradaba y menos ser vista por otro ángel de esa manera, pero recordó que ahora estaba bajo escrutinio de un varón. Un varón que era secretamente admirado por ella.

Durandal se volvió a inclinar, buscando el sable de Perla.

—La próxima vez no sueltes tu espada.

Se repuso, levantando el sable que parecía irradiar la luz del sol. Luego se la entregó, pero Perla se negó a agarrarla.

—Vine a decirte que vi a tu madre.

Perla abrió los ojos cuanto pudo y avanzó un paso hacia el Serafín, ladeando la mano que sostenía el sable. ¡No podía ser verdad lo que le acababa de decir! Cientos de pensamientos inundaron repentinamente su mente y se amontonaron hasta el punto de sentirse mareada.

—¿Mi madre? ¡Mi madre! Pero, ¿cómo? ¿Cómo?

—Fue en la noche que huiste. El Segador nos mostró el Apocalipsis que asoló hace trescientos años en este reino. Y vimos a tu madre.

—¿Cómo? —avanzó otro paso—. ¿¡Cómo era ella!? ¿Qué la viste hacer? ¡Su nombre! ¡Dime su nombre!

—Tu tono, ángel. Ella era… Era como tú.

Perla intentó tocarse el rostro o mirarse el reflejo en el agua, pero el lago estaba agitado. Su madre. Su madre tenía un rostro. Y el Serafín aseveró que era como ella. En vez de todo eso, volvió a clavar su mirada desesperada en el varón, rogando con los ojos que soltara más.

Durandal prosiguió.

—No vimos mucho. Ella estaba arrodillada en un suelo carbonizado. El cielo era rojo como la sangre y el reino humano caía a pedazos. Todo a su alrededor ardía, y ella…

—¿Qué? ¿Qué hacía ella?

—Lloraba. Sufría.

Perla mordió sus labios.

—Por lo que sabemos, de su odio y sufrimiento surgió el Apocalipsis. Todo lo que vimos fue destrucción provocada por ella. Probablemente tú estabas en su vientre en ese momento.

Nacida en medio del Apocalipsis. Sufrimiento. Llanto. Odio. ¡No podía ser verdad! Su madre era una auténtica destructora. Perla, repentinamente, retrocedió los pasos avanzados, abrazándose a sí misma y meneando la cabeza. Sus labios temblaban y volvió a morderlos intentando calmarlos.

—No quiero oír más.

—No. Lo oirás todo.

La muchacha cambió su semblante y lo miró con un odio irrefrenable. ¿Acaso quería que ella sufriera más escuchando lo aterradora que era su madre? Durandal en cambio ladeó el rostro; ¿cómo era posible que los ojos esa joven cambiaran de dulce a mortificada, y de mortificada a una auténtica fiera? Por un momento se sintió realmente amenazado; no era para menos, por más que le costara verlo, Perla era, al fin y al cabo, Destructo.

—Tu madre fue manipulada. Alguien en las sombras la usó para ponerla allí en el momento y lugar adecuados.

Fue decirlo y ver cómo parecía surgir fuego en los ojos de la Querubín. Cuánta ferocidad en solo la mirada, se dijo el Serafín.

—¿Manipulada? ¿Por quién?

—Solo pienso en el mismo ser que manipuló al Serafín Rigel para asesinarte. El mismo que nos manipuló a todos para que quisiéramos cazarte la noche que huiste. El que manipuló a los Arcángeles trescientos años atrás. Solo pienso en el Segador, el velador del Inframundo. Lo llaman el maestro de las sombras y rinde con creces ese título.

—¿Segador…? Ese ángel con capucha y guadaña. El de alas negras.

El Serafín asintió.

—Utilizó a tu madre para traer el Apocalipsis y llamar la atención a los dioses. No consiguió que volvieran y deduzco que ahora quiere manipularnos para intentarlo de nuevo. Pero tú estás en medio de su ecuación. Tú eres Destructo, aquella que nos matará a todos los ángeles.

En otro momento se reiría al decirlo, al imaginar aquello, pero era verdad que la furia de Perla era claramente percibida por él mismo, cargándose y haciendo pesado el aire, creciendo como el fuego. Por un momento pensó que, de seguir allí, el agua herviría.

—Desde hace demasiado tiempo que no libro una guerra, ángel, y tengo más dudas de las que puedas imaginar. Las vidas de todos mis guerreros pesan sobre mí cada instante, en cada decisión, y a veces me pregunto si valdrá la pena librar una batalla más. Pero cuando recuerdo a los que cayeron por culpa suya, me siento listo para la guerra. Y tú, ¿cómo te sientes?

Perla apretó los puños que temblaban. “¿Que cómo me siento?”, se preguntó. Se sentía destruida. Humillada. Desmotivada. ¿Por qué habría de volver a empuñar un arma y librar aquella guerra de la que le hablaba el Serafín? La muerte de Rigel escocía. Pero oía aquel nombre, “Segador”, y sentía que nunca había experimentado tanto odio por alguien.

Durandal insistió. Levantó nuevamente el sable para que ella lo reclamase.

—Desde que los dioses desaparecieron, el Segador gestó una guerra que aún a día de hoy no termina. Manipuló a tu madre. Manipuló a tu amigo y mentor. Los usó como herramientas para su propio beneficio y los desechó sin miramientos. Ahora busca cazarte. Desde el inicio esta guerra tiene tu nombre, ángel, así que encárala.

El sable desapareció inesperadamente de la mano del Serafín. No entendió qué sucedió, hasta que notó que Perla ya lo tenía empuñado, dando un tajo violento al agua. Era buena invocando armas, concluyó, admirándola en su decisión.

—Lo cazaré —dijo. Sería parte de la guerra. Por los caídos. Por la madre que no conoció.

—Bien. Mi legión y yo nos estableceremos aquí. Hemos venido a este reino en búsqueda de aliados.

Perla achinó los ojos.

—¿Aliados? ¿Quieres aliarte con mortales?

—¿Por qué no? Aquella a quien llamas “Ámbar” se ve capaz.

—Lo es —asintió—. Pero este reino tiene sus propios problemas.

—No podría importarme menos. Dejarán sus problemas a un lado porque esta guerra también les concierne. Confío en la mortal para transmitirles ese mensaje. Tú preocúpate por canalizar ese odio tuyo. Te ayudaré con ello. Seré tu maestro.

De un golpe, toda la furia de la Querubín se desvaneció cuando oyó aquello. Boquiabierta, no supo qué responder. Y no quería responder porque echaría a trastabillar palabras, revelando su nerviosismo. Durandal se alejó caminando hacia la orilla, por lo que Perla abrazó su sable contra sus pechos y se sonrojó. Su semblante dulce volvió. “¿Mi maestro?”, se preguntó, esbozando una pequeña sonrisa.

Durandal elevó la mano y señaló el cielo.

—Y te enseñaré a volar.

Perla dobló las puntas de sus alas al oír aquello. Iba a agradecérselo, pero Durandal se adelantó.

—Ya recuerdo —dijo—. “Rubí”.

—¿Qué?

—“Rubí”. Es así como se llamaba tu madre.

“Rubí”, repitió la Querubín. Y lo repitió varias veces, mentalmente, pero esbozando la palabra con sus labios. Le pareció un nombre hermoso. Su madre tenía un rostro. Y un nombre. Sus ojos se humedecieron y la sonrisa se le volvió más grande.

—¡Durandal!

El Serafín se detuvo.

—¡Te equivocas! Si esta guerra tiene un nombre, entonces ese es “Rubí”.

Continuará.

Nota del autor: El reino de Koryo es Corea. La actual Corea del Norte y Sur.