herederas3I. Año 2332

sin-tituloCuando el desnudo ángel Deneb Kaitos se sentó en un sillón frente al extenso ventanal, dobló las puntas de sus alas como acto de asombro. La capital del Hemisferio Norte imponía con esos interminables y altos edificios poblando el horizonte y, sobre todo, irradiaba como nada que hubiera visto antes en su milenaria vida; era sobrecogedor verlos, cientos de haces de luces acuchillando en diferentes direcciones. Faltaba poco para el amanecer y ya estaba cayendo en la cuenta de que los mortales no iban a apagarlas en ningún momento.

Luego se acomodó sobre el sillón; la textura se sentía extraña al tacto con su piel y pensó en vestirse con su túnica. El problema era que no sabía dónde la había dejado.

Al otro lado de la habitación, Reykō se arrodilló sobre su amplia y revuelta cama, recogiéndose su cabellera ceniza en una corta coleta. Su cuerpo desnudo destilaba una sensualidad natural; nunca negó los pasos de los años ni optó por implantes de mejoras cosméticas o cirugías. Sus senos ya no se erguían firmes y las caderas eran anchas; sin embargo, no parecía mostrar incomodidad por aquello. Era una mujer madura que llevaba lo suyo con orgullo y elegancia; incluso allí sin más que una manta enredándose en su cintura.

Luego se fijó en el ángel y se inclinó, quedándose de cuatro patas. En verdad que Deneb Kaitos le resultaba un auténtico adonis, sus facciones duras y la musculatura definida resaltaban con la luz de la ciudad irradiándolo; probablemente era el mejor cuerpo que ella había probado en toda su vida, pensó retorciéndose suavemente. Se sentía vigorosa cada vez que acogía en su interior al plateado ser celestial, como si él tuviera una suerte de elixir de la juventud. Eso sí, Deneb Kaitos no era precisamente habilidoso la cama. Apático por más que se empeñara, sin saber cómo y cuándo moverse o dónde tocar o besar; sin embargo, todo ello parecía ser parte de su encanto.

Reykō se sonrojó abruptamente. La mujer más poderosa y mayor detractora de ángeles estaba completamente enviciada por uno; sonrió al pensar en la ironía del asunto, pero más valía que ningún rumor de esa índole saliera de allí, que la prensa no perdonaría. La presencia del ángel era un secreto en el Norte; nadie, salvo la estructura militar de su corporación, sabía del ser celestial que fue intercambiado por la espada zigzagueante para evitar una batalla en Valentía. Aunque el detalle de que la acompañaba en su cama lo sabían más pocos aún.

—¿Extrañas tu hogar? —preguntó ella.

—No. Solo observo el vuestro.

La cama se removió y de entre las mantas surgió, también desnudo, el comandante Albion Cunningham. El hombre se rascó la mejilla y sonrió cuando tuvo frente a sí a su madura amante. Solo en aquella habitación su más leal soldado se sentía en confianza para tratarla como una pareja y no como a una superior. Se arrodilló detrás de ella y pegó su cintura; tomándola, la obligó a reponerse sobre sus rodillas. La apretó contra sí, haciéndole sentir su erección.

—Tuve el sueño más raro… —confesó él.

Reykō bajó una mano para agarrarle la verga y manoseársela. Él no se quedó atrás, escarbándole su sexo con los dedos. Reykō gruñó de gusto cuando sintió la dureza de su comandante abriéndose paso; fue una excelente idea tener como amante a Cunningham, quien siempre despertaba con deseo y energías.

La mujer ladeó el rostro para besarle la mejilla y luego morderle la boca.

—Cuéntame —susurró ella.

—No te culparé si deseas enviarme a un manicomio —dio un empujón suave—. Pero soñé que compartimos la cama con un ángel…

Ambos rieron. Solo que Cunningham se paralizó y su piel se le erizó cuando vio una pluma balancearse frente a sus ojos. La mujer gruñó de disgusto, moviendo la cintura en un intento de que siguiera penetrándola. Giró la cabeza y susurró que no se detuviera, que le apetecía, pero ahora el hombre tenía la mirada fija en el ángel plateado que, sentado en el mullido sillón, contemplaba la ciudad.

No fue un sueño, concluyó con los labios convirtiéndose en una fina línea recta en su rostro pálido. Es más, aquella era la tercera noche que pasaron juntos. Sintió las mejillas arderle cuando recordó lo que Reykō les ordenó hacer junto con ella. Vinieron cientos de imágenes, una tras otra como una oleada avasallante; sus dedos acariciando un cuerpo varonil en la oscuridad, su lengua dibujando un trazo húmedo sobre una piel firme que luego se redondeaba, recordó la presión de unos labios en su pecho conforme Reykō engullía su sexo. Meneó la cabeza en un intento de deshacerse de los recuerdos.

¡Sexo con ángeles!, pensó alarmado, no por una cuestión de salubridad, después de todo era bien sabido que aquellos seres poseían una puridad excepcional, sino porque no comprendía por qué la mujer accedió a semejante disparate. Pero ella siempre fue de gustos extravagantes tanto en la privacidad de una habitación como fuera de ella. Y él obedecía porque se trataba de una figura autoritaria e idolatrada, simplemente deseaba poner un límite porque no se encontraba cómodo.

Deneb Kaitos se levantó desperezando brazos y alas. La mujer, atrapada en los brazos de su pareja, se mordió los labios al ver el cuerpo angelical ahora dorado por los primeros rayos del sol. Resaltaba la barbilla marcada y sus pómulos finos, rematando unos flequillos plateados y desarreglados. Un cosquilleo le invadió el vientre; cuán atrás parecían haber quedar aquellos desafiantes discursos contra los seres celestiales.

—Ven, querido, acompáñanos de nuevo —ordenó.

Deneb Kaitos asintió. Notó al mortal tras ella y le sonrió.

—Buenos días, Cunningham.

—He tenido suficiente con el pájaro —gruñó él—. No entres a la cama.

Abrazó con más fuerza a Reykō. Ella rio; le sorprendió ese lado celoso y posesivo de su amante. Arqueó la espalda cuando sintió un envión brusco.

—¡Ah! —Reykō vio estrellas—. ¿El problema lo tienes conmigo o con él, Albion?

—Sácalo de aquí.

Vino una seguidilla de embestidas que hacían chirriar la cama y desperdigar las plumas sobre las mantas. El ángel miró con curiosidad esos senos balanceándose, generosos y rematados por pezones erectos.

—¡Ah! Te recuerdo… que tú… ¡Ah!… Tú no mandas en mi habitación, querido.

—Tengo mis límites. Si él entra, yo salgo.

Ella gruñó.

—¿Por qué siempre me lo pones difícil?

Deneb Kaitos se rascó un ala, viéndoles “aparearse”. En realidad, no tenía el más mínimo interés de unirse; simplemente accedía a lo que la mujer le ordenase. Al fin y al cabo, hasta que él guiara a su escuadrón militar hasta los dragones, ella sería “su señora”. Con la claridad del amanecer notó de nuevo la peculiar marca en el hombro derecho del joven comandante; unas líneas curvas y rosadas que parecían formar una pequeña ala de ángel.

—Pensaba que odiabais todo lo relacionado con los ángeles —dijo Deneb Kaitos.

Cunningham terminó saliendo abruptamente de su amante; se levantó enfadado, con su reluciente sexo balanceándose. Reykō quedó tendida sobre la cama, entre molesta y ansiosa por más. Intentó tomarle de la mano, pero el hombre se soltó ofuscado y se dirigió al baño. Nunca la había tratado tan rudo, nadie, y se retorció entre las mantas pensando que debería probarlo más a menudo.

Cuando Cunningham se encerró de un portazo, la mujer se sentó al borde de la cama. De alguna manera debía recuperar su orgullo herido. Deseaba que el ángel subiera y así volver a degustar de él, pero, en el fondo, no quería romper el corazón de Albion. Él la amaba, ella estaba convencida, por más que todo lo camuflara con un actuar duro.

—Deneb Kaitos. Bésame los pies.

El ángel se arrodilló y procedió a cumplir la orden.

—Sé que Albion tiene una marca llamativa, pero no vuelvas a mencionarla en un momento como este. Tienes que aprender a estar en intimidad, querido.

—No volverá a suceder, mi señora. Confieso que es difícil adaptarme a las costumbres de vuestro reino.

—No te martirices tampoco. No lo sabías. Esa marca la pusieron los hombres de la “Secta de las Alas”, cuando él era solo un niño.

Deneb Kaitos levantó la mirada con una clara interrogante sobre la cabeza. Reykō enarcó una ceja.

—¿He dicho que dejes de besarme?

El ángel volvió a su rutina.

—Albion proviene de una nación llamada “Alba”, de la región gaélica de Vieja Europa. Es una nación empobrecida y consumida por el crimen y la corrupción. Por si fuera poco, cuentan con la conocida secta.

Se inclinó y tomó al ángel del mentón para levantarle la mirada. Quería verle la expresión cuando se lo dijera.

—Esta secta cree tener la misión de sesgar vidas humanas, de manera que los ángeles no volváis aquí para traer otro Apocalipsis. Albion vio a toda su familia perecer frente a sus ojos, arrodillados y ejecutados uno por uno por esos maniáticos.

—¿Qué sucedió con él?

—La secta no asesina a niños. Los consideran Querubines. Antes de inmolarse, los marcan a vivo fuego para que crezcan y continúen la cacería de humanos.

Deneb Kaitos tragó saliva. Qué salvaje historia, pensó. Miró hacia la puerta del baño y dobló las puntas de sus alas. Él no tenía la culpa del Apocalipsis que los Arcángeles trajeron trescientos años atrás, pero ahora comprendían el odio extremo que le profesaba el joven comandante a él y sus congéneres. Cuando surgiera la oportunidad, buscaría una manera de aclarar sus diferencias, concluyó.

—Lamento oírlo, mi señora. Debéis saber que los dioses no aceptan sacrificios.

Reykō ahogó una risa.

—Querido, en este mundo los dogmas sobran. Vosotros sois la viva prueba de que hay algo más allá de nosotros, sí. Pero, a diferencia de ti, nosotros no los consideramos dioses. Si fuesen omnipotentes, ¿por qué permitieron la destrucción de nuestro mundo, trescientos años atrás? Esto conlleva a pensar que son malévolos. Si son malévolos, ¿para qué rendirles culto? Pero, si fuesen benignos, entonces está claro que no están en condiciones de detener todos los males que nos han aquejado, por lo que no son omnipotentes. Si no son omnipotentes, no son dioses. En mi presencia y en la de mis soldados, no vuelvas a llamarlos así.

Deneb Kaitos la miró con quieta calma. Tenía la fuerte sensación de que no valdría la pena ofrecer su versión de los hechos.

—Entiendo. Entonces, ¿cómo los llamáis?

—Ellos nos han creado. A ti. A mí. No hay dudas de ello. Está en nuestro genoma. Pero no hay nada más que eso, querido. No los llamamos dioses. Los llamamos “Ingenieros”. El culto a los Ingenieros está prohibido en el mundo que se considera civilizado.

—Ya veo —asintió—. No volveré a mencionarlos, mi señora.

—¿He dicho que me caes bien? Hoy por fin saldrás de aquí y conocerás a mi ejército de élite. Han llegado esta madrugada en la base militar de Valentía. Daré un discurso a los hombres que guiarás para cazar a los dragones. Sé que la cacería no será sencilla y costará quién sabe cuántas vidas, pero mis hombres han entrenado durante años para momentos así. Considera esta mi orden máxima: eres, oficialmente, el ser más fuerte de mi ejército. No hace falta ser un genio para saber que ningún hombre puede contigo ni siquiera enfundado en el EXO más moderno. Entonces, suceda lo que suceda, nunca abandones tu lugar al lado de Albion. Protégelo con tu vida si es necesario.

La mujer se levantó y acarició la cabellera plateada del Dominio. Suspiró; no quería hacer lo que iba a hacer, pero su corazón era claro al respecto. La mujer más poderosa del mundo no le importaba ser vista como un monstruo sin sentimientos por toda la humanidad; estaba acostumbrada a ello gracias a la prensa y solía tomárselo con relativo humor. La habían endurecido y se sentía orgullosa de ello porque, en una época convulsionada como aquella, la humanidad necesitaba de su dureza.

Cunningham, en cambio, era otro asunto. Con respecto a él sentía que debía hacer un esfuerzo y quitarse las raíces espinosas que atrincheraban su corazón.

—Me temo que tendré que acceder a la petición de mi comandante y pedirte que aguardes afuera de la habitación.

II.

Perla despertó e intentó rodar por la cama para librarse del abrazo de las alas de su guardiana, quien dormía a su lado, pero esta la atrapó con sus brazos. Gruñó cuando Celes la trajo contra sí para hundirle varios besos en la mejilla y la frente. La Querubín protestaba entre bostezos, tratando de escapar de los mimos que caían sin cesar.

—¡Mmmceles! Tengo que… ir a entrenar…

—¡Ve!, pero déjame tus mofletes que los voy a comer todo el día.

Perla se rascó el trasero, mirando el bosque por la ventana. Era un buen día, pero la muchacha no estaba con el mejor de los humores. Finalmente, dio un impulso y alargó el brazo para agarrar su túnica sobre una mesa. No obstante, la guardiana la volvió a capturar. Celes reía, pero Perla tenía el ceño fruncido.

—¡Ya no tengo mofletes!

—¡Ah, gruñona! ¡Pues entonces ve a entrenar! —cayó otro beso ruidoso en la mejilla—. Y recuerda decirle al Serafín lo que hablamos. O me enojaré.

—Hmm, ¿debo hacerlo? —refunfuñó—. Tampoco hay apuro. Déjame acicalarme primero.

—¿Acicalarte? ¿Desde cuándo te importa acicalarte para ir a entrenar?

La muchacha enrojeció; se sentó sobre su guardiana y plegó las alas. “Desde que entreno con Durandal”, pensó con una sonrisa bobalicona, poniéndose la túnica.

Desde que saliera de su habitación, atravesó las instalaciones de la reserva en completo silencio y con el ceño siempre fruncido; ni siquiera devolvió ningún saludo de los científicos mortales que, con sigilo, recogieron un par de plumas que cayeron de sus alas. Tampoco cambió afuera, en presencia de los ángeles de Durandal que poblaban el bosque. Estos se esforzaban en tratar a la muchacha como a una más, pero muchos tenían muy vivos los recuerdos de aquella epifanía en donde la pelirroja se mostraba como la destructora de los reinos celestiales, asesinándolos a todos entre sangre y fuego, por lo que era natural que les costara darle los buenos días con una sonrisa.

Se dirigió hasta el lago protegido por el frondoso bosque; era su sitio predilecto para los entrenamientos porque le recordaba a la cala del Río Aqueronte; el clima era agradable y la brisa también, pero parecía que nada le cambiaría el semblante. Se sentó sobre una roca que sobresalía del agua y abrazó las rodillas.

El Serafín Durandal descendió frente a su alumna, con los brazos cruzados y el rostro más severo que de costumbre. Perla lo notó, pero no quiso mirarlo a los ojos por lo que desvió la mirada hacia otro lado; hacia un rincón del lago donde Zadekiel y sus alumnas jugaban en el agua.

—Buenos días —saludó el Serafín.

—Bu-buenos días, maestro.

—¿Tienes algo que decirme?

La muchacha frunció los labios.

—Sí. He venido para ofrecer mis disculpas, maestro.

Durandal ladeó el rostro. La humildad no era precisamente una dote de la Querubín. Además, no parecía haber ni un solo atisbo de sinceridad en sus palabras. A Perla le gustaba decir que ya no era aquella niña altanera que creía que los Campos Elíseos giraba a su alrededor, pero lo cierto es que la pequeña consentida y orgullosa siempre salía a relucir cuando recibía regaños.

—Extiende las alas —ordenó él.

Perla se rascó la frente y por fin se atrevió a mirarlo a los ojos.

—No puedo, maestro.

—No puedes —repitió el Serafín—. Dime la razón.

—Porque tengo punzadas en las alas.

Y el Serafín ya lo sabía. Se veían especialmente gruesas; lucían hinchadas en las puntas y, de hecho, Perla hacía lo posible por no moverlas. Eran dos rocas talladas en su espalda.

—Dime la verdadera razón.

—Porque me excedí con las prácticas de ayer… —miró para otro lado, hacia un grupo de ángeles intercambiándose espadazos a orillas del lago—. Porque no le hice caso, maestro.

El Serafín no volvió a pronunciar palabra alguna y dejó que la Querubín siguiera martirizándose en silencio. La sabiduría de Durandal era milenaria; conocía perfectamente los límites del cuerpo angelical y ella nunca más osaría de contradecir sus órdenes.

Subió sobre la roca y se situó detrás de ella; Perla giró la cabeza, pero él ordenó que mirase hacia adelante. La muchacha gruñó cruzándose de brazos. El guerrero se preguntó cómo había hecho su anterior maestro para soportarle esa actitud. Pero, por más que deseara ser tan severo con ella como con sus estudiantes, no podía evitar tratarla distinto.

Habían muerto los tres ángeles que más la adoraban y consentían: el Trono Nelchael, el Serafín Rigel y su primer maestro, y Perla había sido testigo de las pérdidas. Durandal sentía que debía hacer un esfuerzo en tratarla como ellos, en su honor. Es lo que ellos hubieran deseado.

Se arrodilló y agarró con suavidad la punta del ala izquierda de la Querubín.

—¡Ah!

Perla dio un respingo y encorvó todos sus dedos; incontables puntos de colores se agolparon frente a sus ojos. El hábil maestro meció los dedos bajo las plumas, bajando suavemente y siguiendo con delicadeza todo el contorno del ala. Notó con que las plumas estaban radiantes, alisadas e incluso percibió un aroma agradable. La Querubín las cuidaba excesivamente bien.

De nuevo ese aroma intrigante invadió sus sentidos; el olor a hembra que, para colmo, gemía y se retorcía de gusto ante sus caricias, todo un regalo para los sentidos del Serafín. Por un momento abandonó las alas y la tomó de la cintura, de tímidas curvas aún, pero hizo un esfuerzo postrero para volver al plumaje; ella había aceptado ser su alumna y él debía rendir con creces esa confianza.

Por otro lado, la muchacha simplemente no podía armar una palabra con sentido. Aquel masaje era una experiencia que rayaba entre el placer y el dolor; abruptamente, su rostro había igualado el rojo de su cabellera.

—¡Ah, ah, ah!

—Recuerda que, para la próxima vez, cuando te ordene que descanses, debes obedecer.

—¡Ah! ¡S-sí, maestro! ¡Ah!

—Dime algo —soltó el ala—. Cuando aprendas a volar, ¿qué pretendes hacer?

—Bu-bueno… Eso es privado, maestro… ¡Ah, ah, ah! ¡Curasán! ¡Quiero ir junto a Curasán!

—¿Tu guardián? —ahora hundía sus dedos en el ala derecha—. ¿Entonces irás al Inframundo? ¿Pretendes salvarlo porque no confías en él?

—¡Uf, dioses! —apretó los puños y levantó la mirada hacia el cielo—. No es eso. Confío en él. Pero no quita el hecho de que esté preocupada por él. Habiendo tantos buenos guerreros en la legión, ¿por qué le habéis elegido?

—No me lo preguntes a mí. Fue decisión de Irisiel.

—¿Irisiel…? ¡Ah, ah, ah! ¡Por los dioses!

—Escucha. Irisiel es una maestra de la arquería en todo sentido. Prefiere guardar distancia y ser cautelosa antes de actuar. Fue por eso que prefirió enviar un pequeño escuadrón para infiltrarse en el Inframundo: un flechazo certero y desde la oscuridad. El sigilo es su plan para ganar la guerra contra el Segador sin enfrentar ejércitos.

Soltó las alas y Perla cayó de espaldas, aunque su maestro la sujetó de los hombros, lo que no impidió que la cabeza cayera hacia atrás. La joven abrió los ojos. Durandal cortaba el sol, su rostro era oscuro, pero se percibía sus facciones rectas y atractivas; sus ojos eran claros, brillantes y penetrantes; se clavaron en los de ellas, humedecidos de la dolorosa experiencia. La Querubín sintió las mejillas arder.

Se quedaron allí, mirándose.

—Ah… ¿Cu-cu-cuál es su maestro, plan?

Durandal enarcó una ceja.

—Si su plan falla, los espectros podrían invadir e iniciar una guerra como respuesta. Necesitamos un plan de contingencia. Ejército contra ejército; espada contra espada. No es misterio que me seduzca un enfrentamiento más cercano. No hay gracia cuando no ves a los ojos de tu rival.

Perla oía, mas no escuchaba. Se remojó los labios en un acto reflejo.

El Serafín se levantó y meneó la cabeza. Era como si el cuerpo de la joven hembra lanzase al aire un aroma que despertaba sus más bajos instintos; si cualquier ángel supiera las ideas que le cruzaban la cabeza al Serafín, probablemente se desmayaría. Perla le estaba resultando una auténtica fruta prohibida; una tentación demasiado difícil de ignorar. “Tal vez”, pensó frotándose el mentón, “Tal vez debería cederle la tutela a otro ángel”.

La Querubín suspiró volviendo a acomodarse sobre la roca. Quería que el ángel la tocase más; gimió y se frotó los muslos para calmar el picor de su vientre. Probó mover sus alas y, aunque dolían, al menos había recuperado su movilidad. Su ceño fruncido había desaparecido.

El Serafín entró al lago hasta que el agua le llegó hasta las rodillas; era un intento de calmarse. Se giró para verla. Señaló un punto frente a él y, para susto de la muchacha, la espada de Durandal se materializó en el aire; era hermosa, brillaba por sí sola y su empuñadura dorada, con aquellos gavilanes en forma de alas, parecían refulgir del sol. Se hundió violentamente en el lago, clavándose en el suelo de modo que solo su empuñadura destacaba sobre el agua.

—Descansarás las alas el día de hoy —dijo él—. Tocará hacer algo distinto.

El ángel extendió los dedos de la mano derecha y cientos de espadas se materializaron en el aire, formando un círculo en cuyo centro se encontraban el Serafín y la Querubín.

Antes de que Perla pudiese responder, todas cayeron rápidas como flechas, hundiéndose tanto en el agua como en el suelo alrededor de la roca. La muchacha se levantó y se giró boquiabierta para verlas todas. El conjunto lucía como la piel de un gigantesco erizo. Ella sabía invocar su propia arma, y era buena en ello, pero no sabía que era posible hacerlo con otras espadas.

Reconocía muchas de ellas. Aquella espada de hoja gruesa debía ser de Altair. La de hoja fina y dentada debía ser de Ursae. Aquel mandoble con empuñadura plateada era de Xi Cephei. Concluyó que Durandal podía invocar armas de otros ángeles. Apretó los puños temblorosos; ¿tal vez le iba a enseñar aquella técnica? ¡Tenía que ser! Miró a su maestro con una sonrisa y le asintió.

—Es usted un ángel admirable, maestro.

Se preguntó qué otra habilidad le llegaría a enseñar. Alguna espectacular para derrotar al Segador, sin dudas, concluyó emocionada.

—Mis ángeles te temen —dijo el Serafín—, por lo que es menester que vean que eres uno de los nuestros. Pásales trapo y devuélveselas a sus dueños, uno por uno.

La Querubín desencajó la mandíbula; durante varios segundos solo se oía el murmullo del agua y unos lejanos cánticos de pájaros carboneros.

—¿Me has oído, ángel?

—¿Pa-pasarles trapo?

—Eso he dicho. Ellos intentan llevarse bien contigo a pesar de que eres el temido ángel de las profecías. Que te conozcan realmente. Sonríeles si quieres, el gesto de limpiarles sus armas es suficiente. Te lo agradecerán. Eres miembro de mi legión, así que ellos deberán aceptarte como a una más.

Perla se frotó la frente para que no le viera el evidente gesto de desagrado. Pero, ¡cómo se atrevía!, pensó horrorizada. Ella no deseaba ser vista como una Querubín ni como el ser superior de la angelología, pero tampoco deseaba ser la sirvienta de nadie. No había practicado con la espada durante años solo para terminar limpiándolas.

El Serafín salió del lago, elevando una mano como gesto de despedida. No estaba seguro de cuánto tiempo más aguantaría ese acto de ángel duro y severo, pero al menos había zafado de una más.

—Hazlo bien. Quiero que mi espada reluzca.

III.

El comandante Cunningham avanzaba dentro de un hangar de la base militar de Valentía. Prendió un botón plateado de su saco militar, estilo gabardina, de color negro con bordados grises. Había pasado tanto tiempo enfundado en armaduras EXO que extrañaba la comodidad de los trajes, aunque los del Hemisferio Norte eran particularmente oscuros e intimidantes. Debían imponer y transmitir la dureza de Reykō.

A su paso entre los soldados, estos devolvían un enérgico saludo de visera. Cunningham era un oficial respetado y querido. Con él, los soldados habían entrenado en los montes en Salduvia durante meses. Hasta antes de la llegada de los ángeles, el Ejército del Hemisferio Norte tenía como amenaza principal a los temidos dragones, por lo que era natural que entrenasen con simuladores virtuales en caso de que algún día los lagartos salieran del “cubil” en donde se habían escondido.

La noticia ya había corrido como la pólvora en la estructura militar del Hemisferio Norte. Los servicios de inteligencia habían recibido información de que el ejército privado del Vaticano ya se había movilizado para pactar una alianza con los temidos dragones. La misión se les volvió clara; no podían permitir que el poderío bélico de los enemigos se incrementara exponencialmente. Había que sabotearlos.

Cunningham y sus soldados eran la clave para ello. Para un mundo libre de dogmas y culto a los Ingenieros.

Muchos soldados se quedaron pasmados al notar al ángel plateado caminando tras el comandante. En la base los rumores corrían rápido y muchos sabían qué hacía el ser celestial allí, solo que no esperaban verlo tan cerca. Era una mezcla rara de miedo y respeto lo que sentían por el Dominio; miedo porque representaba la raza que, trescientos años atrás, trajo el Apocalipsis. Pero también respeto porque, lejos de mostrarse como un ser oscuro y violento, era pacífico, curioso como un niño y, sobre todo, se había ganado la confianza de Reykō hasta el punto que podía pasear con libertad.

Cunningham no se había percatado de su presencia y dio un respingo cuando se giró.

—Pero, ¿qué mierda haces?

Deneb Kaitos sonrió.

—Te sigo, Cunningham. Me impresionas. Todos te conocen.

El joven hombre miró a un lado y otro, comprobando la reacción estupefacta de sus subordinados. “Y encima el pajarraco me sonríe”, se lamentó pasándose la mano por la cabellera. “Pensarán que es mi amigo, el cabrón este”.

—Donde yo vaya es asunto mío. Hazme un favor y no me sigas.

El ángel se encogió de hombros.

—Órdenes de nuestra señora.

—¿“Nuestra señ…”? ¿Ahora es tu señora también? —parpadeó incrédulo—. Sígueme. Y a diez pasos de distancia.

El comandante dio largas zancadas hasta lo que parecía ser una estructura en forma de domo dentro de las instalaciones. La compuerta se abrió a su paso. Era un lugar tan oscuro que no se veía absolutamente nada. Solo resonaban sus pasos en eco. Se guardó las manos en los bolsillos y levantó la mirada.

—Alba, Glasgow.

Cientos de estrellas iluminaron el techo y el sitio, abruptamente, se había transformando en una ciudad destruida. Él estaba en medio de una avenida abandonada y erosionada, en medio de una hilera de coches varados y oxidados; una luna llena asomaba entre los edificios arruinados.

Cunningham apretó los labios. Era Alba, su nación. Al menos, una representación holográfica lo suficientemente realista para que se sintiera conmocionado cada vez que la veía. No había estado en ella desde que era un niño viviendo en los poblados aledaños a las grandes y peligrosas ciudades. La destrucción y desolación tras el Apocalipsis dejó como resultado un cubil en el que los dragones se asentaron durante años.

Deneb Kaitos llegó hasta su lado visiblemente fascinado.

—¿Cómo puede caber una ciudad aquí?

Cunningham ahogó una risa. Los ángeles no entendían mucho de tecnología. Pensó que, tal vez, si la humanidad tuviera sus dotes: inmortalidad, inmunidad e incluso no sufrieran de hambre, ellos tampoco hubieran evolucionado tecnológicamente al no existir necesidades que cubrir.

—Magia —respondió pateando una piedrecilla holográfica.

—Me impresiona. Aún así, podrían hacerlo más bonito.

—No. Así está bien. Que se vea lo que los dragones han hecho. Al igual que vosotros, escribieron con fuego sobre nuestras tierras y esto nos motiva.

El ángel meneó la cabeza.

—Ya os lo he dicho. No fui yo ni los miembros de mi legión. Fueron los Arcángeles. Fue una rebelión.

El hombre hizo un ademán.

—Esta es mi nación, Alba. Ahora mismo el programa te mostrará un dragón.

Tal como había predicho, un lagarto alado se levantó sobre sus patas en la azotea de uno de los edificios cercanos y pareció fijar sus ojos rojos en Cunningham. Era uno de escamas plateadas y, aún desde la distancia, se le notaban los gruesos cuernos poblándole el cuerpo y la cabeza. Rugió tan fuerte que los cristales de los coches reventaron en cientos de pedazos. Levantó vuelo y tomó rumbo hacia el peculiar dúo.

Deneb Kaitos desenvainó su espada. Cunningham dio un respingo e intentó calmar al ángel.

—No, espera. Guarda tu espada, esto es solo un simulad…

El ángel extendió las alas y agarró el brazo del comandante; dio un salto elevado hacia uno de los coches, llevándoselo con él, y se ocultó tras el vehículo. Deneb Kaitos echó un vistazo y notó que el dragón sobrevolaba cerca; lamentó no contar con un arco y poder cazarlo con relativa facilidad, pero no tendría problemas en encararse contra él y tratar de clavarle su espada entre los ojos.

—Nos vio —asintió el ángel, clavando la espada en el pavimento—. Mis alas te protegerán en caso de que decida arrojarnos su aliento.

Levantó sus alas plateadas y con ella rodeó al despatarrado comandante. Cunningham abrió la boca para regañarlo pero lentamente fue cerrándola; porque por más de que el ángel no tenía idea de que el dragón fuera solo un holograma, ¿realmente pretendía cumplir la misión de salvarlo? Era, definitivamente, inesperado para él.

No obstante, notando lo ridículo de aquella situación, se acomodó sentándose en el suelo y hundió las manos en su rostro.

—Nada aquí es real, ¡condenado pajarraco! Es un simulador.

—Simulador —repitió sin entender, echando otro vistazo hacia el dragón.

—Te he traído aquí para que entiendas una cosa —se apartó de las alas y se levantó, sacudiéndose—. Mis hombres y yo hemos entrenado durante años, hemos estudiado sus movimientos, sabemos en qué son fuertes y cómo atacarlos. La humanidad los ha sufrido durante trescientos años, sabemos a qué nos enfrentamos. No sé qué es lo que te ha dicho Reykō, pero tú solo estás aquí para guiar a mi escuadrón. No necesito de tu compañía ni de tu protección.

El dragón sobrevoló sobre ellos y arrojó un aliento de fuego azulado que se desperdigó sobre el suelo y los coches cercanos. Deneb Kaitos se inclinó y tocó las llamas frente a él para comprobar que nada era real. Así que aquello solo era una muestra más de aquella inocente “magia” del que le había comentado el comandante.

Se repuso recuperando su espada.

—Me debo a vuestra señora, Cunningham. Es su orden y me temo que estaré pegado a ti.

—“Pegado a…”. No vuelvas a decir algo como eso —susurró—. No frente a mis hombres.

—¿Por qué no? En la cama parecías estar cómodo con la idea.

Cunningham enrojeció de furia.

—¡No menciones, maldito plumero, nada de lo que sucedió allí!

Se alejó dando presurosas zancadas. Deneb Kaitos esperó un tiempo prudencial antes de seguir su estela.

IV.

La luna llena plateaba el lago de la reserva china de una manera casi mágica; era como una pintura llena de vida que cabrilleaba con tanta intensidad que el ángel más severo de la legión no tuvo más opción que detener su caminata y conmoverse ante la belleza. Durandal decidió quitarse las botas y meter los pies en el agua para relajarse.

Detrás, más allá del tupido y oscuro bosque, oía a sus alumnos charlando o estallando a carcajadas en los alrededores de cientos de fogatas, mezclándose todo con unos cánticos angelicales. Parecía una buena noche, pero él deseaba estar solo.

Tiró de una pluma rebelde en su ala izquierda y la sostuvo entre sus dedos; en verdad que la libertad que había anhelado durante tanto tiempo ofrecía un sabor agridulce. Por fin había escapado de aquella “jaula” llamada Campos Elíseos y que los dioses, donde fuera que estuvieran, ya no dictaban su destino. Era un ángel libre, aunque no podía compartir su triunfo con aquella hembra que, milenios atrás, escribió a vivo fuego en su corazón. Bellatrix era la única razón de toda su cruzada para abandonar el reino de los ángeles.

“Me faltas tú”, pensó el guerrero. Soltó la pluma para que flotase perezosa. “O, tal vez, simplemente debería dejarte ir de una vez. Aprender a olvidar”.

Perla lo sorprendió cuando llegó al lugar, riendo y chapoteando el agua con los pies, manos en la espalda, ocultándole algo. Le dio un largo soplo a la pluma para que se agitara en el aire. La muchacha estaba de buen humor.

—¡Maestro! —dijo mirándolo—. He terminado de devolver las espadas.

—Se te ve animada. Pero falta la mía.

—Desde luego —y se la ofreció sosteniendo la hoja sobre las manos, reverenciando—. He dejado la más bonita para el final.

Durandal alargó el brazo y recuperó su arma. La ladeó; la hoja no parecía especialmente limpia; aún tenía rastros de arena en la punta. Cerró los ojos y tragó una bocanada de aire; realmente la muchacha no había puesto el más mínimo empeño. Pero, en realidad, no era la limpieza de su espada lo importante.

—¿Cómo se portaron tus compañeros?

Perla frunció el ceño, chapoteando el agua.

—Xi Cephei es un malagradecido. Me dijo que no podía verse su propio reflejo en la hoja, que aún estaba sucia.

—Estuve cerca. Le respondiste: “Si no te puedes ver en el reflejo, entonces te hice un favor”.

Perla rio entre dientes y asintió. De hecho, en aquel momento, los guerreros a su alrededor habían estallado a carcajadas. Durandal lo dio por bueno porque el objetivo era que su legión la aceptase. Era consentida, gruñona y respondona en el peor de los casos, pero no un ángel destructor. Podía percibir la tranquilidad en su legión; risas y diálogos distendidos en la distancia; al fin ella parecía ser uno de los suyos.

—¿Cómo están tus alas?

—Mucho mejor, maestro —dijo la muchacha, agarrando una de sus alas para alisar el plumaje—. ¿Es verdad lo que me han dicho? ¿Desobedeceréis la orden de Ámbar e iréis en búsqueda de los dragones?

Durandal enfundó la espada en su vaina.

—Me temo que sí. Pólux envía informes desde el Inframundo y ha confirmado nuestras sospechas. Los espectros son hostiles y cuentan con un ejército de millones. Necesitamos a esos dragones de nuestro lado o la guerra será muy corta.

Perla tragó saliva.

—Permítame acompañarlo, maestro.

—No —fue rápido y tajante—. Tú aún no sabes volar, así que, si hay problemas, no podré velar por ti.

La Querubín agachó la mirada, apretando el ala con fuerza. Como si necesitase que alguien velase por ella, pensó ofendida. La muchacha se pensaba como una guerrera hecha y derecha. Iba a insistir, pero su maestro se adelantó.

—Y si te lo permitiera, me caería una reprimenda de parte de tu guardiana y tu maestra de cánticos, ¿para qué negarlo? No existe ángel que soporte los regaños de Celes y Zadekiel. Lo peor de todo es que esas hembras pasan por encima de mi autoridad. Siento las alas pesadas solo de imaginarlas sobre mí.

Perla rio triste. Era verdad. No le gustaba, pero era demasiado sobreprotegida porque para muchos ella aún era la Querubín. Para muchos aún era una niña y así la trataban. Luego se giró y miró la enorme luna llena recortada por una nube; recordó aquella lejana noche que huyó de los Campos Elíseos.

—Maestro —dijo la muchacha—. Celes me dijo que, la noche que escapé, tú volaste hacia ella y Curasán, con tu espada empuñada. Ella pensaba que los ibas a ejecutar… —se giró para verlo a los ojos—. Maestro, te detuviste y no les hiciste daño.

Durandal se cruzó de brazos; era un tema peliagudo que él no quería profundizar. En aquella noche estaba tan desesperado por la huida de la Querubín que, como castigo inmediato, pretendía despachar a sus guardianes. ¿Pero quién iba a esperar que estos fueran amantes? Cuando vio cómo estos se tomaban de la mano delante de la Luna, el Serafín recordó su propio romance clandestino… y se detuvo en el aire, conmocionado ante lo que entonces veía.

—¿Tú lo sabías? —preguntó Durandal—. ¿Sabías que tus guardianes eran amantes?

Perla se encogió mirando para un lado y otro. Iba a decir que no, pero empezó a trastabillar frases sin sentido y sus alas daban respingos involuntarios. En verdad que la Querubín no sabía cómo confrontar el hecho de que ella sabía el infame secreto. Durandal no pudo evitar ahogar una risa; esa muchacha era tan torpe como lo fue su amada.

—Calma. El romance está prohibido por los dioses, sí. Pero tus guardianes se ganaron mi respeto con ese acto de rebeldía.

—¡Ah! ¿Así que era eso…? —se alivió abruptamente y recogió un mechón de la frente, qué diferente era el Durandal que ahora descubría, lejos del ángel severo que creyó conocer una vez—. ¡Yo…! ¡Ah! Maestro, y pensar que cuando yo era niña te odiaba más que a nada en el mundo.

El Serafín la miró divertido.

—Está bien. Todos cometemos errores.

—¡Nada de errores! Tenía motivos para odiarte. Recuerdo perfectamente el día que te conocí. Era una tarde cuando escapé de la biblioteca. Pólux había ido en búsqueda de un libro y aproveché para subir por las estanterías y salir por la ventana… —se rascó la frente y rio—. No esperaba que el techo fuera tan empinado…

—Lo recuerdo. Eras una pequeña revoltosa. Cuando te atrapé en el aire, me dijiste que no se lo dijera a nadie, que era una orden directa. Que eras la Querubín, mi superior.

Perla, brazos en jarra, achinó los ojos.

—Así que fuiste y me tiraste a la fuente de agua más cercana.

—Tu primer baño de humildad —asintió el Serafín—. ¿Qué? ¿Aún estás moles…?

La Querubín enganchó un pie contra el de su maestro, tirándolo de las manos para hacerlo caer de bruces en el lago. Durandal cayó despatarrado e incluso tragó agua al estamparse; no era un lugar muy profundo e intentó reponerse, pero se vio atacado por chapoteadas de agua que la muchacha le arrojaba entre risas.

—¡Revancha! ¡Justicia!

El Serafín se sentó allí, acomodándose y recibiendo los embates con el agua llegándole hasta el pecho. Echó un vistazo en derredor; sería una vergüenza que algunos de sus alumnos lo pillaran con la guardia baja. Luego, simplemente, se destensó y, pasándose la mano por la cabellera, rio por primera vez en mucho tiempo. Eso era lo que necesitaba para celebrar su libertad, se dijo, disfrutar y reír como los demás.

—Debí haber supuesto que algún día te vengarías.

Elevó la mano para que ella lo ayudase a levantar, aunque aprovechó la cortesía para tirar de ella y hacerla caer sobre él. Perla chilló; el agua era fría y además una mano se apoyó en el vientre del espadachín para luego resbalar hasta su entrepierna. Cómo no enrojecerse y marearse al tocar más de la cuenta; intentó reponerse, pero solo resbalaba más y más entre chillidos.

Luego la risa del varón y los grititos de la muchacha se diluyeron; ambos quedaron allí, mirándose. Los ojos de Perla brillaban como estrellas y sus senos destacaban especialmente, apretujados por la túnica mojada que revelaba las formas de las areolas. El ángel deseaba tomarla de la barbilla y probar sus labios; ya no le quedaban fuerzas para resistir.

—Déjame acompañarte, Durandal.

Perla se arrimó sobre su maestro, frotándose sobre él en un gesto descarado de pulsión, sosteniéndose de sus hombros. Quería que él supiese que ya no era una niña. Y que luego de los entrenamientos no era necesariamente su alumna. Deseaba que le sintiese los senos, el cuerpo, y supiera que era toda una hembra.

El agua entre los ángeles estaba agitada.

—No —insistió él—. Si fuiste importante para el Trono o para Rigel, lo eres para mí. Si te sucediese algo, no me lo perdonaría.

Las puntas de las alas de Perla se doblaron. La muchacha ladeó el rostro, entre decepcionada por no conseguir el permiso y halagada por escuchar tales palabras del ángel que ella admiraba. Pero era terca. Volvió a mirarlo lista para protestar, solo que no se esperó que Durandal la tomase de la cintura y la trajese contra él. La hembra gimió como respuesta, pero algo dentro la empujó a acercar sus labios para facilitar un beso.

Hubo un encontronazo entre las narices de ambos.

Rieron entre dientes, alejándose solo unos centímetros. Durandal intentó volver al asalto, pero se sorprendió cuando la Querubín enredó los dedos en su cabellera; la fémina humedeció sus finos labios y lo guio para que probara de ella. Fue una unión torpe, propia de una primeriza y alguien que no había besado a otra desde hacía, literalmente, más de diez mil años.

Se sentía casi cómo los dioses, donde fuera que estuvieran, se lamentasen de aquel acto prohibido. Y a ambos ángeles les encantaba. No lo decían, pero el beso, que seguía y seguía, era suficiente. Estaban haciendo posible lo imposible.

Las manos del varón palparon las tímidas curvas de la hembra con extrema suavidad, sobre la túnica mojada, para luego recorrer las redondeces del trasero, estas más definidas. La tocaba como si no quisiera causarle el más mínimo rasguño. Perla torcía las alas en respuesta a ese picor intrigante que sentía en la entrepierna, luego se restregaba con fruición y ni qué decir cuando sintió por primera vez la dureza del guerrero sobre la tela de la túnica, clara señal de que había logrado provocarlo.

Entonces se sintió más hembra.

Se volvieron a alejar para mirarse ambos, entre asustados y deseosos de más. ¿Tal vez algún rayo caería del cielo para separarlos? Nada de eso. Al final, todo el nerviosismo se disipó con sendas sonrisas de complicidad; la sensación de culpa, la prohibición de los dioses, los remordimientos, los “qué dirán”. El solo besarse se sentía demasiado bien como para pensar en consecuencias.

Perla dio un respingo cuando se vio completamente abrazada por las seis alas del Serafín; su cabeza dio vueltas y vueltas cuando el varón se inclinó para dar un mordisco al cuello. Gimió del gusto y el Serafín se envalentonó. Las manos del guerrero ladearon los tirantes de la túnica para que los pechos tímidos de la muchacha se le revelasen, con esos pequeños pezones rosados pero erguidos orgullosos. La joven pegó las manos abiertas en el pecho de él, arañándolo en respuesta y alejándolo unos centímetros.

—Durandal —susurró.

El guerrero no se detuvo, excitado como estaba, y remangó la parte inferior de la túnica de Perla, hasta la cintura, pero esta dio un respingo al sentir la erección de un varón, ahora sin túnicas de por medio, restregándose y palpitando sobre su vientre; sintió su propio sexo contraerse deliciosamente, anhelante de recibir y cobijarlo, pero pensar que aquello entraría y saldría de ella la aterró tanto que lo arañó con fuerza.

—¡Ah! ¡Duran…! Durandal…

—¿Qué sucede?

La muchacha no respondió, pero se la notaba claramente asustada; tenía los ojos abiertos como platos y sus finos dedos, sobre el pecho firme del varón, temblaban. El Serafín rio, librando la presión de sus seis alas. Su instinto era demasiado fuerte, más que el de la joven hembra, por lo que debía hacer un esfuerzo por contenerse. La estaba asustando.

“Y pensar que eres Destructo”.

—Lo siento —la peinó con los dedos—. Iremos despacio.

Ella asintió volviendo a inclinarse para degustar de sus labios. Era lo que más le estaba gustando de todo y sentía que no se cansaría de hacerlo.

Sobre una rama gruesa de un árbol perdido en la oscuridad de la noche, la guardiana de Perla y la maestra de cánticos observaban, una con la mandíbula desencajada y la otra con una sonrisa bobalicona en su rostro. Celes estaba furiosa, ¡un ángel milenario pervirtiendo a su preciada niña! Hacía rato que intentó abalanzarse sobre ellos, pero Zadekiel ya le había detenido en todas las ocasiones, rogándole que respetara la intimidad de los amantes.

—A ver si logro entenderlo —medió Zadekiel—. ¿Quieres negar a tu protegida lo mismo que tú disfrutas con Curasán?

—No es, ¡ni por asomo!, lo mismo.

—¡No te enojes! No sabía lo tuyo con Curasán. Lo que tenéis es algo especial. La unión entre ángeles es una potestad natural que nos fue arrebatada por los dioses. Para ellos, solo éramos sus herramientas. Creyeron que arrancaron nuestros deseos cuando nos crearon, pero no es así. Solo los escondieron. Algunos los hemos encontrado.

Celes la miró con una clara interrogante.

—¿“Los hemos”? ¿Tú también?

La maestra se abrazó juguetona, mirando la luna y ronroneando una canción.

—¡Ah! Sí, yo también. Aunque mi pareja ya no está, siempre recuerdo su cariño. Por eso, atesora lo tuyo con Curasán. Y deja que tu protegida lo descubra con Durandal. Creo que no encontrará mejor varón en toda la legión.

—¿De quién hablas? ¿Con quién estuviste?

Zadekiel cerró los ojos.

—Él libró una guerra contra los dioses, no por celos de sus poderes, sino por la libertad y el amor que hoy disfrutamos —y mordiéndose los labios, sonrió mientras Celes desencajaba la mandíbula—. Aún lo siento, ¿sabes? En las noches de luna llena. Lo siento en mis labios. Lo siento dibujando figuras en mi vientre. Siento la hierba que picaba cuando hacíamos el amor en los prados de los Campos Elíseos.

—¡Ah! Pero, ¿qué cosas dices? ¿Lucifer?

—Ajá. Pero, a diferencia de él, no me interesaban las rebeliones. No lo apoyé en su cruzada y eso fue un error que no volveré a cometer. Por eso he decidido que ayudaré a Durandal en esta guerra contra el Segador. No sé mucho de espadas, pero sí sé cómo podría ayudar… Vale la pena, ¿no lo crees? Librarse de estas cadenas que una vez los dioses quisieron echarnos. Las mismas cadenas que el Segador pretende controlar.

Celes dio un respingo cuando Perla, a lo lejos, chilló entre risas. Los amantes se resbalaron en el agua. La guardiana encogió sus alas y, finalmente, se relajó. Demasiada información que asimilar, pensó. No quería aceptar de buenas a primeras lo que Zadekiel había sugerido, que Durandal parecía ser un buen partido para la Querubín.

—Me parece un objetivo noble. Yo también me uniré a esta guerra, algo sé hacer con el arco —asintió Celes, invocándolo en su mano—. Por ejemplo, ahora mismo practicaré mi puntería apuntado las alas del Serafín.

Zadekiel rio pensando que Celes bromeaba. Se asustó cuando la guardiana se puso de pie sobre la rama, arco en ristre. Se hizo con una flecha y tensó la cuerda hasta la oreja. Celes acababa de asumir el hecho de que Perla podría tener una pareja, simplemente no permitiría que ninguno de los dos se propasara en lo que parecía ser una primera noche.

Era su niña y lo sería hasta el fin de los tiempos. La saeta silbó cortando el aire, presta a interrumpir la noche.

V.

La lluvia no había mermado de intensidad desde que anocheciera en la capital del Hemisferio Norte. Reykō, vestida con un vestido negro largo y elegante, salió a un alto balcón exterior para comprobar por sí misma a su ejército formando en el campo abierto de la base militar. Eran largas filas de soldados que se extendían hasta el horizonte, repartidas en perfecto orden. Para los que no podían estar cerca de ella, se desplegaban carteles holográficos en el aire y así le llegase el discurso que tenía preparado. Cunningham, a su derecha en el balcón, le acercó una sombrilla, pero ella apartó la cortesía con un gesto de manos. Si sus hombres estaban allí, esperándola a la intemperie, qué menos que mojarse.

Muchos hombres de las primeras filas ya habían notado algo extraño a la izquierda de la mujer y se confirmó cuando la transmisión inició en las pantallas: el ángel plateado se encontraba con ella. Surgieron murmullos, pero todo se extinguió cuando la mujer levantó la mano.

—¡Mitos, supersticiones, credo, fe! ¡El dogma ha sido desde tiempos inmemoriales la raíz de los conflictos entre los hombres! ¡Incluso en esta época convulsa, las naciones reinadas por dogmas pretenden llevarnos a una nueva destrucción! ¡Pero vosotros marcharéis por el mundo libre, marcharéis por los caídos y marcharéis por los que vendrán!

Los soldados se golpearon el pecho al unísono, con fuerza.

—¡La nación de China ha acogido en su seno a los ángeles y se niegan a entregarlos! ¡Se niegan a compartir cualquier descubrimiento que pudiera favorecernos como raza! ¡Desde ese momento, su hermetismo los convierte en traidores de los intereses de la humanidad! ¡Como si no les bastase este robo, ahora pretenden aliarse con aquellos que han hecho y desecho nuestra historia con fuego y cenizas!

El cielo tronó; un relámpago atravesó una de las pantallas holográficas y más de uno tragó saliva pensando en alguna suerte de mal presagio. Pero Reykō era una excelente oradora; sabía motivar el corazón de sus hombres con sus palabras cargadas de valentía.

—¡Hijos e hijas del Norte! ¡Marchad y eliminad para siempre el dogma! ¡Borrad las amenazas de este mundo para los hombres de buena voluntad! ¡Rugid, mis soldados! ¡Serán nuestros pechos las murallas con las que detendremos a los hombres poseídos por la religión!

Volvieron a golpear sus pechos y bramaron el grito de guerra norteño.

—¡Nuestros pechos las murallas!

—¡Escuadrón de élite, “Caza Dragones”, al frente!

Mil soldados se adelantaron sobre la línea. Era el escuadrón que, con la tecnología de punta de su lado, exterminarían a la amenaza dragontina. El grueso del ejército se prepararía para una inminente invasión a China con el objetivo de aplastar la última resistencia dogmática en el mundo civilizado, pero no se movilizarían hasta que los “Caza Dragones” cumplieran su cometido.

Cunningham tomó el lugar en el balcón y los gritos de euforia aumentaron de intensidad. Él sería el hombre que los comandaría en la misión histórica. Deneb Kaitos se mostró maravillado al ver de lo que era capaz de transmitir el mortal con solo estar de pie, allí frente a sus soldados. En su porte confianzuda parecía tener un aura que solo había visto algo en los Arcángeles o los Serafines, capaz de conmoverlo hasta a él.

—¡Caza Dragones, el Norte no olvida! —se golpeó el pecho—. ¡Me honraréis con vuestra compañía! ¡Que los dragones y esos bastardos del Vaticano nos oigan rugir en un ataque sorpresa e inmisericorde! ¡Marcharemos como uno solo para aplastar sus sueños pérfidos y convertirlos en pesadillas, y juntos arrojaremos sus cadáveres sobre sus ridículas mezquitas!

El bullicio se había desatado; ¡qué palabras tan feroces, qué ardor! Era tanto el entusiasmo desatado que hasta Reykō se vio impresionada. Ante ella sus soldados mostraban pasión, pero dentro de un contexto de orden; ante Albion todo se desbordaba porque su discurso era feroz, sanguinario. Sus ojos parecían destellar fuego que hacía que todos allí levantasen sus rifles al aire y rugiesen una y otra vez el grito de guerra.

Deneb Kaitos echó un vistazo a los eufóricos soldados y dobló las puntas de sus alas; el intenso sentimiento de algarabía flotaba en el aire y parecía que era capaz de hervir la lluvia. Incluso la sensación lo contagiaba hasta a él. Por un momento, también deseó golpearse el pecho y gritar un potente “¡Nuestros pechos las murallas!”. Se volvió a fijar en Cunningham; qué afortunado fue de haber compartido hasta la cama con él, pensó.

—¡Y cuando nuestro último aliento rasgue sus pulmones, ellos sabrán que este mundo nos pertenece! ¡Esta historia la escribieron con fuego, pero nosotros la terminaremos con su sangre! ¡Reclamemos nuestro mundo, hermanos!

El bullicio era intenso; ¡tanto fervor, tanto entusiasmo!; pronto el nombre del comandante era festejado entre bramidos. “¡Albion, Albion, Albion!”. Pero a él no le interesaba ese tipo de tributos; se giró hacia Reykō y reverenció.

—Volveremos, mi señora. Traeré el cráneo de Leviatán para decorar la cabecera de vuestra cama.

La mujer deseaba besarlo porque con él había redescubierto un lado romántico y su enérgico discurso la había excitado, pero toda la milicia observaba. Por un momento, pensó en hacerlo, al cuerno con los “qué dirán” o las consecuencias, pensó, pero finalmente se limitó a los protocolos, tomándolo del hombro.

—También es tu cama, querido, como lo soy yo —susurró—. Cuida del ángel y él cuidará de ti, Albion.

—Con todo respeto, no necesito de un ángel de la guarda. Es un rastreador y servirá nada más que como un rastreador, mi señora.

—Querido, en tu terquedad hay un encanto… —se remojó los labios, pero ladeó el rostro—. Esperaré tu vuelta. Hazme sentir más orgullosa de lo que ya estoy.

El joven comandante hizo una última reverencia a la adorada figura. Luego se giró para ver a Deneb Kaitos, quien se había sentado sobre la baranda del balcón para contemplar al eufórico ejército. El ángel lamentó que tantos grandes hombres se vieran desperdiciados; estaba convencido de que la cacería de dragones sería un absoluto fracaso, pero guiarlos hasta Leviatán era la orden que debía cumplir.

—Es hora, pájaro. Acompáñame en uno de los helicópteros.

Deneb Kaitos agitó sus alas, señal de que no necesitaba transporte, pero el comandante meneó la cabeza.

—Nada de eso, genio. Si vuelas sobre cualquier ciudad encenderás todas las alarmas.

—Entendido. Fue un discurso estupendo, Cunningham.

El hombre se acercó a él y se apoyó de la baranda para perder la mirada en el ejército. En el fondo, también temía, solo que era bueno enmascarándose tras una pose segura que contagiaba de valor a los demás. Había entrenado por años, era cierto, pero nunca tuvo, ni él ni sus hombres, una batalla real contra un dragón. Ya ni decir cientos.

—No me malinterpretes —dijo Albion—. No podría importarme menos todo lo que tú pienses. Pero, ya que conociste a los dragones, ¿qué opinas?

Deneb Kaitos sabía que la respuesta no le agradaría, pero él era un ángel sincero y directo. Lo miró, aunque el mortal solo tenía ojos para los emocionados soldados que bramaban.

—Hagáis lo que hagáis, la historia seguirá escribiéndose con fuego.

Cunningham chasqueó los labios. Pretendió retirarse, aunque el ángel no había terminado.

—Pero tú me haces pensar que lo imposible es posible.

Continuará.