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Sin títuloFrente a la Capitana se encontraba un adversario sin parangón. Cualquiera pensaría, viéndola con un ligero temblor en las manos y piernas, que la mujer estaba poseída por el miedo y la desesperación. Después de todo al Serafín lo rodeaban incontables soldados yacidos en el suelo, entre el fuego y la destrucción. El ángel, además, era imponente en su físico, amenazante en su porte, con las seis alas extendidas y sosteniendo aquel tridente dorado.

Pero, en realidad, Ámbar temblaba de emoción. Y sonreía porque ahora tendría una batalla digna, una batalla que había que pelear porque había algo importante que debía proteger.

—Aquí y ahora no hay asunto que concierna a los mortales —advirtió el Serafín—. Retírate.

—No me subestimes, pichón.

—Desearía no matar a ningún mortal.

—Demasiado tarde —Ámbar cabeceó hacia los helicópteros, tras el gran ángel, que se consumían por el fuego.

Rigel giró la cabeza hacia un lado y entendió que, cuando bajó de los cielos, entorpeció de alguna manera los artefactos de los mortales y aquello terminó sesgándoles la vida. Suspiró. Él venía a cazar a Destructo, el ángel de la desesperanza que traería el Apocalipsis y se rebelaría a los dioses. En cierta forma, él venía a proteger a los “débiles mortales del reino humano”.

Ámbar activó su espada y disparó al suelo, levantando al aire una pared de polvo y pedazos del pavimento. Cuando el Serafín volvió su mirada, notó que la mujer, de un brinco, se abrió paso a través de la cortina de humareda para abalanzarse a por él.

Hundió la filosa hoja en el hombro derecho del ser celestial. Apretó los dientes porque aquello parecía ser más bien una roca que un cuerpo de carne y hueso. Activó la descarga eléctrica, pero al no percibir nada más que impasibilidad en el rostro de su víctima, temió por un momento que su rival fuera una suerte de ser divino e invencible.

Rigel apartó la espada con un movimiento del brazo y rápidamente agarró a la mujer de la muñeca, lanzándola lejos, hacia un grupo de escombros amontonados a un costado de la avenida, donde impactó con violencia y desperdigando pedazos de pavimento al aire. Se tocó el hombro; pese a la línea de sangre encharcándole la túnica, no era una herida grave. No para un Serafín. Sonrió, mirando hacia la humana ahora despatarrada sobre los escombros; se trató de una estrategia sencilla pero efectiva, pensó. Además, jamás pasó por su cabeza que un mortal pudiera llegar a hacerle un rasguño a él, al ángel más fuerte de los cielos.

Por otro lado, a la Querubín le resultaba tan difícil actuar. Se había dicho que ya no volvería a congelarse o dejarse vencer por el miedo, pero parecía que el destino la ponía a prueba con situaciones más complicadas. Quería ir junto a la humana, aunque ahora había un enemigo entre ellas. Un enemigo que durante toda una vida fue un amigo.

El Serafín empuñó el tridente y la joven retrocedió varios pasos.

—¡Titán! ¡No soy Destructo!

—La profecía que vimos fue clara. Un destino te aguarda y he concluido que seré yo quien lo impida. Eres Destructo.

La joven negó vivamente con la cabeza.

—¡Soy Perla!

—¡Suficiente con los llantos!

Alejada de la discusión, la Capitana yacía boca arriba sobre el montón de escombros y restos de equipos tecnológicos que chispeaban. Miraba el cielo negro, esperando que pronto se le pasara el terrible dolor que sentía hasta los huesos. Era un enemigo fuerte, pensó, y debía tener precaución. Aún sostenía la empuñadura de su espada y la levantó para mirar la hoja.

Su dispositivo coclear emitió un sonido.

—¿Ámbar?

—Sigo aquí, Johan.

—Dijiste que tiene seis alas. Podría tratarse de un Serafín. Es decir… un ángel de seis alas coloridas que utiliza para cubrirse el rostro y el cuerpo, pues solo los dioses tienen derecho a verlos. Según la Angelología Cristiana son los seres más cercanos a los dioses, por lo tanto, los más fuertes de su linaje.

—¿Alas coloridas? Las tiene blancas—resopló la mujer—. ¿No dirá por ahí cómo matar a uno?

—No, no dice cómo matar a uno. Estamos hablando de un nuevo biotipo de Éxtimus que no conocíamos. ¿Se te ha pasado por la cabeza la posibilidad de que sea un ente divino? Podría ser invencible.

—No es un ser divino —respondió mirando la sangre que adornaba la hoja de su espada—. El pichón sangra.

—Si sangra, estará cabreado.

—Si sangra, puede morir.

Apretando los dientes, la Capitana se levantó con dificultad. Se sacudió el polvo de encima y contempló con una mezcla de fascinación y miedo hasta qué distancia había sido arrojada por el ángel. Si no fuera por su traje táctico, no sobreviviría el impacto, concluyó.

—Voy a probar con una bomba de neutrinos.

—Pero para eso tendrías que acercarte a él.

—¿Por qué tengo la sensación —clavó su espada en el suelo— de que todos me están subestimando?

Levantó la mano y presionó el pequeño dispositivo que sostenía, activando la bomba que había logrado colocar entre las alas del Serafín antes de que este la lanzara. Una gigantesca esfera de luz blanquecina surgió en medio de la destrozada avenida, engullendo en su interior al titánico ángel. Incontables líneas azuladas surgieron de adentro para girar velozmente alrededor de la esfera; era un auténtico espectáculo visual, aunque de naturaleza destructiva y un sonido atronador que todo lo hacía vibrar.

Cuando la explosión fue apaciguándose, la mujer levantó la mirada con esperanzas de encontrar al ángel en el suelo, sufriendo espasmos musculares y convulsiones antes de su muerte, al menos así estaría un ser humano, pero el Serafín seguía allí, firme en su posición, rodeado, eso sí, de varias plumas que revoloteaban a su alrededor.

La Capitana gruñó, en parte por decepción, en parte por el dolor.

—Tal vez debería atraerlo hasta uno de los motores de fusión de los helicópteros —calculó la mujer.

—Le estoy hablando a una condenada pared… —se quejó el muchacho.

—Entiendo que eres una guerrera —dijo el Serafín—. No te midas por tu fuerza o tu valentía, sino por tu inteligencia a la hora de elegir batallas. Es mi última advertencia, esta no es tu lucha, mortal.

—¡Niña! —Ámbar levantó su espada al aire, haciendo caso omiso al ultimátum del Serafín—. Te ganaré tiempo para que puedas huir.

Pero Perla negó con la cabeza. Se repetía una situación idéntica a cuando el Trono murió tratando de protegerla. Y no deseaba permitirlo, que más gente se sacrificase por ella, que más gente muriese por ella. Se preguntó entonces si ese era el destino que le aguardaba como Destructo; que todo a su alrededor se marchitase inexorablemente.

Tal vez, después de todo, sí era el ángel de las profecías. El ángel de la desesperanza.

Ámbar partió rumbo al Serafín. Sonreía, aún con un hilo de sangre cayéndole de la frente y otro adornándole la comisura de los labios. Aún con el cuerpo doliéndole hasta los huesos. Para ella, el peligro y el olor a muerte ya eran viejos conocidos, qué menos que ponerles buena cara.

II

Johan suspiró al ponerse la chaqueta de cuero y miró a los lados del callejón para comprobar que nadie estuviera acechando; sabía que el tiempo apremiaba y no conseguiría salvar a Ámbar de una muerte segura solo manipulando los sistemas informáticos desde su departamento. Después de todo, él era “Égida”, su escudo; quedarse sentado a lamentarse no era opción.

Más de la mitad de la ciudad estaba sumida en un apagón y sospechó que el caos en la Jefatura de seguro era de órdago al haberse perdido el contacto con el escuadrón que persiguió a la Capitana. Debía aprovechar la situación y evitar que la mujer fuera capturada: podría ajustar el sistema del Estado de tal manera que la milicia pensara que Ámbar había escapado de la ciudad, provocando que el ejército se dispersara por toda la nación. ¿Pero quién creería que la mujer consiguió escapar tan rápidamente? Solo levantaría sospechas por lo inverosímil de aquello. No le quedó otra que modificar el software de manera que toda la milicia se presentara en su propio departamento pensando que tanto la mujer como el Éxtimus estarían allí.

En realidad, la milicia se encontraría con una pila de bombas electromagnéticas que inutilizarían su tecnología nada más abrir la puerta.

Acarició las curvaturas de su motocicleta, una auténtica bestia a base de energía de fusión de una rueda trasera y dos delanteras que, según convenía, se separaban o unían para dar una mayor velocidad. Tenía una fijación por las más antiguas, las que funcionaban a base de petróleo, ruidosas como ellas solas, aunque nunca pudo encontrar una desde que las últimas petroleras cerraran.

Subió al vehículo y encendió el motor. Cerró los ojos y vació los pulmones. Estaba casi convencido de que sería su último viaje. Cuánto deseaba invitar a Ámbar a montarlo rumbo a un destino indefinido, aunque sonrió prediciendo que probablemente la mujer se rehusaría a subir. Pero era justamente aquello, la esperanza de luchar por unos recuerdos que aún quedaban por construir, lo que lo motivó a ir en su rescate.

Cuando levantó la mirada, presto a arrancar, su alma cayó al suelo: tres ángeles, a contraluz, cerraban el paso del callejón.

Aegis dio un par de golpecitos al trapezoedro. No entendía. El punto que le indicaba dónde se encontraba Perla había variado una decena de veces los últimos minutos, zigzagueaba en el mapa holográfico y las hembras empezaban a ponerse nerviosas. Pero, ahora que por fin se encontraban en el punto exacto, no veían a su amiga por ningún lado.

—No está aquí —concluyó abrazando el artefacto contra sus pechos. Levantó la mirada y sintió un ligero vértigo al ver todos esos altos edificios a su alrededor. Desde arriba no se veían tan imponentes—. Y extraño Paraisópolis.

—Tal vez ese aparato no funciona —Dione se cruzó de brazos—. A ver si ese mortal no nos la ha jugado.

—Imposible —meneó la cabeza—. Me lo prometió.

—Ah, ¿quince minutos a solas y ya lo conoces? Pues ya ves lo que pasa por confiar en un completo desconocido…

Zadekiel avanzó un par de pasos y miró detenidamente al humano frente a ellas. Perla no estaba allí, pero él sí. El tiempo apremiaba y no dudó en exigir respuestas, aunque fuera a la desesperada.

—¡Tú! —clamó la maestra—. ¡Sé un buen mortal y dinos dónde está mi alumna!

—¿Alumna? ¿Pero de qué…? Tiene que ser una puta broma… —se lamentó el chico. Ya no era solo la presencia de un Serafín en la ciudad, sino ahora de otros tres ángeles más. La sola idea de una invasión angelical lo ensimismó, pero de nuevo se armó de valor y arrancó el vehículo.

Intentó embestirlas para abrirse paso, pero las tres levantaron vuelo para esquivarlo. La rubia estiró el brazo y lo tomó del cuello, tumbándolo al suelo mientras la motocicleta se daba de bruces contra un grupo de basureros apilados a un costado.

Johan gruñó de dolor. La hembra montó sobre él y lo tomó del cuello de su chaqueta.

—No es manera de saludar, mortal —protestó Zadekiel—. Y pensar que desde aquí parecías tan manso.

El muchacho no lograba articular palabra alguna. No podía tener tanta mala suerte, pensó. De reojo vio a la otra ángel, quien abrazaba una portátil trapezoédrica contra sus pechos. Desconocía cómo lo había conseguido, pero sospechaba que el aparato las había dirigido directo hacia su departamento, tal y como había modificado el sistema para confundir a la policía militarizada. Pero no esperaba que unos ángeles se valieran de los sistemas de navegación para llegar hasta allí.

—¡Realmente no tengo tiempo para esta mierda! —gritó forcejando, pero simplemente no podía competir contra la fuerza de un ser celestial. Cuánto deseaba al menos vestir su traje táctico.

—Entiendo que estés asombrado, pasa a menudo —dijo la maestra, quien usó sus alas para abrazar al muchacho e intentar apaciguarlo—. Perverso mortal, ¿sabías que con un Arcángel no es pecado?

—¡Zadekiel! —gruñó Dione—. ¡No es momento!

—¡Ya, ya! —sacudió su mano al aire—. No temas, humano. Si me dices dónde está Perla, tal vez no te arranque la cabeza.

—¿Perla? —preguntó el joven—. ¿El Éxtimus? Quiero decir… “Perla”, ¿te refieres al ángel de nombre Perla? Mierda, ¡sé dónde está ella! ¡Sé dónde está ella!

—¿Lo dices en serio? —la maestra enarcó las cejas—. Pues más te vale. Como me mientas, te arrepentirás de haber nacido.

Tomó del brazo del chico y lo lanzó por los aires. Cayó sobre la espalda de Dione, entre sus alas, pues esta se había agachado para recibirlo.

—¡Sujétate bien, mortal! —ordenó Zadekiel—. Contemplarás la cara del mundo como solo los ángeles pueden hacerlo.

—Comprenderás que estamos en un apuro —Dione acomodó al muchacho sobre su espalda—. ¡Guíanos, humano!

III

La Querubín estaba en sus horas más bajas. El Serafín había extendido sus seis alas y, con un fuerte batir, lanzó violentamente a la Capitana por varios metros hacia otro amontonamiento de escombros donde terminó impactando. La mortal estaba sacrificándose por ella para que pudiera huir. “¿Y luego qué?”, pensó la joven. ¿Qué sentido tenía seguir viviendo si todo a su alrededor se marchitaba? Uno de sus mayores aliados bajó de los cielos para darle caza, la humana por quien sentía apego estaba sufriendo y ahora tenía la sospecha de que sus dos ángeles guardianes ya no estaban vivos.

El solo respirar se le estaba volviendo doloroso. Tal vez, pensó, sí era Destructo, un ángel que solo deja muerte y terror a su paso. Tal vez, concluyó agobiada, solo había una manera de traer el consuelo a la legión y detener esa sensación de desesperanza que la angustiaba.

Con los ojos humedeciéndose, extendió brazos y alas en cruz. Ofreciéndose. Sacrificándose. Por primera vez Perla perdió todo deseo de vivir.

—¡Basta! —chilló—. ¡Es a mí a quien buscas, Rigel!… ¡Hazlo! ¡Mátame, si es así como la legión lo desea!

Aunque el Serafín no revelara su estado de ánimo, por dentro luchaba contra su propia conciencia. Siempre había tenido la idea de que derrotar al ángel destructor le sería difícil, pero no imaginó cuánto. ¿Cómo iba a asesinar a la niña que creció ante sus ojos?, se preguntaba una y otra vez, pero bajó de los cielos porque sabía que era lo que tenía que hacer.

Empuñó su tridente.

—La profecía te dicta un destino cruel. Matarte es un acto de piedad —dijo el guerrero, vaciando sus pulmones antes de lanzar el arma.

La Querubín, como único acto, cerró los ojos tan fuerte como le fue posible. Tan fuerte, que ni siquiera se percató del relámpago plateado que cayó del cielo.

El Serafín observó atónito cómo dos sables fueron clavados en el pavimento, de tal manera que detuvieron el avance del tridente justo en el espacio entre los dientes del arma, a pocos metros de impactar contra la Querubín.

Bajó suavemente un ángel de alas plateadas, sirviéndose de las empuñaduras de los sables para posar sus pies. Se acuclilló, observando con curiosidad el arma dorada que aún repicaba en el suelo. Luego levantó su mirada hacia el Serafín. Era una mirada salvaje. Una mirada impropia de un Dominio que fuera creado como una mera herramienta.

Era la mirada de alguien que tenía algo importante que proteger.

Perla, tras el ángel plateado, bajó los brazos y alas al reconocer al recién llegado.

—¿“Fomalaut”? —preguntó.

IV

Antes de la llegada de la Querubín a los Campos Elíseos, el Dominio Fomalhaut solía patrullar el jardín adyacente al Gran Templo, muy a diferencia de las otras Dominaciones, quienes solían montar guardia en la entrada principal o en los pasillos del pomposo Santuario. Su jornada consistía en un ir y venir constante, a veces caminando en el mar de pétalos del extenso patio, a veces en vuelo, curioseando las actividades de las hembras del coro, pues era usual verlas practicando en las inmediaciones.

Por más que nunca sucediera nada por la que mereciera la pena ponerlo en alerta, vigilar la retaguardia era lo que se esperaba de él, su único objetivo desde que fuera creado por los dioses. De hecho, en la lejana guerra contra Lucifer no tuvo una actuación muy destacada, limitándose a guardar las espaldas del Trono y no viéndose involucrado en la sangrienta primera línea.

Pero al menos estaba en tensión. Cuando vino la paz también sobrevino un inusitado aburrimiento. A veces creía firmemente que, terminada la guerra, ya no tenía utilidad alguna; el hecho de vigilar un apacible jardín lo decía todo. Entonces, para paliar el hastío, se elevaba en el cielo y volaba en círculos, arremolinando y deformando las nubes para luego caer en picado hasta el mar de pétalos del jardín donde, con un veloz vuelo rasante, los hacía revolotear a su paso.

Algunas hembras, que de vez en cuando se internaban en los jardines para recolectar flores, lo miraban fascinadas pues su velocidad era asombrosa. Era, según los que lo veían, un relámpago plateado; sin dudas el ángel más veloz de la legión.

Una tarde que patrullaba a pie decidió sentarse sobre una roca de considerable tamaño que sobresalía del mar de pétalos. Retiró los dos sables enfundados en su espalda y los arrojó a un lado. Llevando sus manos tras la cabeza, se tumbó y miró aquellas nubes lejanas que rompían la monotonía del cielo.

Pronto subiría para deformarlas, pensó para sí, mientras cerraba lentamente los ojos.

—“Fomalaut” —dijo una voz torpe y aniñada.

Abrió los ojos, algo cansado, y giró su cabeza para mirar a quien había pronunciado su nombre de manera equivocada. Era una niña, de cabellera roja y alas diminutas, quien lo miraba boquiabierta. Era tan pequeña que el mar de pétalos le llegaba hasta las rodillas.

Sostenía entre sus manitas una hoja de lino. Solo se conseguía algo así en los aposentos del Trono.

—Tus alas. Las tienes plateadas —continuó ella, revelando el motivo de su asombro. Pero luego sonrió, destacando sus graciosos mofletes—. Y además tienes el nombre más feo de todos.

El Dominio se repuso y miró para todos lados antes de volver a fijarse en ella. Nunca había visto una niña en persona y ya ni decir una con alas. “¿Vino con alguien?”, pensó, pero no había nadie en las inmediaciones. Se rascó la barbilla y cotejó posibilidades. ¿Tal vez los dioses volvieron y crearon un nuevo prototipo de ángel? ¿Y por qué crear una tan pequeña? ¿Qué clase de hacedor crearía una niña con alitas tan diminutas que de seguro no le servían ni para volar? Tenía que ser un error propio de un dios sumido en una borrachera, como Dionisio.

Se encogió de hombros y decidió charlar con la niña.

—Fomal-“jaut” —corrigió.

La pequeña vio sus apuntes y meneó la cabeza:

—Aquí dice Fomalaut.

—Esa “jet” no es muda —señaló el símbolo sumerio de su nombre—. Fomal-“jaut”.

—Sigue siendo un nombre feo.

Le arrebató los apuntes. Estaban escritos los nombres de varios ángeles. Al menos, los más importantes: las Virtudes, los Principados, los Serafines, las Potestades, las Dominaciones, el Trono e incluso algunos ángeles de menor rango. Fomalhaut estaba allí, entre los nombres de sus compañeros Dominios.

Miró seriamente a la pequeña. “Podría ser una lista de asesinatos”, pensó achinando los ojos.

—El Trono quiere que aprenda algunos nombres —dijo ella reclamando su hoja—. Hoy me tocan las Dominaciones.

—Ya veo. Entonces ya sabes el mío.

La pequeña volvió a reír torpemente y asintió:

—Sí, “Fomalaut”.

Cuando la niña se alejó para volver al Templo, el guerrero se dispuso a continuar su descanso. Antes de cerrar los ojos miró de nuevo a aquellas lejanas nubes y esbozó una sonrisa, pensando en cómo las arremolinaría cuando volara hacia ellas.

Era el único divertimento del ángel más solitario de la legión.

Si no eran vuelos rasantes o si no practicaban las hembras del coro en las inmediaciones, se entretenía viendo a las jardineras recolectar las infinidades de flores dispersas en el prado. Entraban al lugar cada tres días para renovar las flores que adornaban las calles de Paraisópolis. Nunca se acercaba a ellas, solitario como era, pero le resultaba imposible no escudriñar cómo creaban los ramos y hacían contrastes con los colores de dichas flores.

Sentado sobre la roca de siempre, espiaba a las jardineras. Unas conversaban, otras reían, incluso había una con el rostro alicaído. Esta última fue consolada por otra hembra que la rodeó con sus alas y le susurró algo para que sonriera. El Dominio se preguntaba constantemente el motivo de aquel desfile de emociones: qué causaba el decaimiento, la risa, pero, sobre todo, le intrigaba el poder que podían ejercer unas palabras o algunos gestos en el ánimo de los demás.

Y es que, aunque desconociera de emociones o sentimientos, no podía negarse a su naturaleza curiosa.

Dio un respingo cuando alguien tiró de su ala para llamarle la atención. Se giró y vio a la niña de la otra tarde, ahora con el ceño fruncido.

—¿Estás espiando?

—Tú de nuevo —el Dominio se acomodó sobre la roca—. Y no, no espío. Vigilo.

—Ya….

—¿A qué has venido?

—Tus sables —dijo ella, señalándolos—. Están aplastando los gladiolos.

El Dominio retiró las armas y rápidamente la niña se agachó para arrancar las flores blancas que crecían allí. Notó que, en la otra mano, ella ya había acumulado una variedad de gladiolos de distintos colores. De seguro entró al prado con las demás jardineras y ahora se dedicaba a imitarlas, aunque no con la pericia ni delicadeza de ellas.

La niña se levantó manipulando los tallos recogidos, amasándolos torpemente. Se hacía evidente que la pequeña no tenía mucho futuro como floricultora de la legión. “Si las flores hablasen”, pensó él, “estarían gritando…”.

—¿Las vas a llevar a Paraisópolis?

—No. Son para el Trono —levantó el improvisado ramo—. Se cabrea cuando no hago los deberes, pero he notado que le gusta cuando le llevo las flores.

—¿Y consigues tranquilizarlo con eso?

La niña asintió. Fomalhaut silbó suavemente para sí; desde luego que ganarse el beneplácito del Trono no era un logro al alcance de cualquiera, por lo general el líder era bastante severo con los demás ángeles si estos incurrían en alguna falta. La niña podría ser un auténtico despropósito como jardinera, pero no podía negar su inteligencia y viveza.

—Te admiro. Pero ese ramo…

Se sentó sobre una rodilla y, cogiendo las flores que la pequeña había recolectado, empezó a trabajar con ellas. De tanto mirar a las jardineras el Dominio sabía cómo debía lucir un ramo, con qué suavidad tratar las flores, cómo agruparlas para que se viera pomposo, cómo liarlas con unas tiras de césped que crecía en el terreno.

Colocó el ramo sobre la roca. Desenvainó uno de sus sables presto a cortar los tallos con la filosa hoja; la pequeña respingó y tensó sus alitas, yendo detrás del Dominio, ocultándose tras sus grandes y radiantes alas, asomándose apenas.

—¿Y ahora qué te pasa?

—¡Ten cuidado! —gruñó apretando las alas plateadas—. Parece un arma peligrosa…

El Dominio achinó los ojos al notarla asustada; levantó sus alas y la cubrió con ellas. Había visto a las demás hembras hacer algo similar para calmar a las otras y esperaba que funcionara. Sonrió al ver que surtía efecto; la pequeña se aferró a las plumas, tratándolas como si fuera un manto con el que cubrirse completamente, lo suficiente como para solo asomar la mirada.

—Tranquila. Es peligrosa solo si no sabes manejarla.

Una pequeña amistad había surgido entre el revoloteo de las flores. A la niña le convenía. No lo iba a admitir, pero el guerrero tenía mucho mejor gusto que ella a la hora de elegir las flores que harían contraste con los gladiolos. Por más que ella luchara por terminar un ramo, no le quedaba otra que refunfuñar por ayuda. Como su fuerte no eran precisamente los estudios, los regaños de parte de su guardián y del Trono eran una constante, por lo que entrar al jardín en búsqueda de ramos se había convertido prácticamente una obligación.

Sentada sobre los hombros del Dominio, la pequeña Perla observaba con fascinación cómo este cortaba los tallos con uno de sus sables sobre la misma roca de siempre. Ya no sentía miedo y, es más, en un par de ocasiones solicitó ser ella quien maniobrara las armas, aunque terminaba recibiendo una negativa de parte del ángel plateado.

Se bajó cuando él terminó con la manualidad y procedió a sentarse sobre la roca para atar los tallos. Entonces se fijó en el guerrero, que envainaba su sable. Hasta ese momento no lo había pensado mucho, pero aquel Dominio era el único ángel de la legión que manejaba dos armas por lo que concluyó que debía ser habilidoso como ninguno.

—“Fomalaut” —dijo—. ¿Conoces la profecía de Destructo?

—He oído algo.

—Bueno… —continuó atando los tallos—. El día que venga espero que estés cerca de mí.

—Ya veo. Trataré.

—No, no trates —dijo mirándolo fijamente—. Es una orden.

El Dominio asintió. Después de todo ya estaba al tanto de que ella era una Querubín, el ser superior de la angelología. Sus caprichos los tomaba como órdenes. “Cómo negarme”, concluyó, justo en el momento que la pequeña terminaba de formar su primer ramo.

El guerrero silbó suavemente, agachándose para admirar el ramo:

—Luce bien.

—Lo sé. Es para ti.

—Es un honor —lo tomó del tallo, ladeándolo. Lo cierto es que no tenía idea de qué iba a hacer con el regalo, pero cómo iba a rechazarlo. Le buscaría un lugar en su casona para perfumar el lugar.

—Claro que es un honor —la pequeña achinó los ojos—. Te la renovaré de tanto en tanto.

Ahora, tras el fin de la lejana guerra, el Dominio por fin volvía a estar en alerta. Y se sentía útil. Importante. Se sentía vivo. Porque, ¿quién sabría cuándo aparecería Destructo? ¿O qué tan fuerte sería? A veces, durante sus guardias en el jardín, friccionaba sus sables entre sí; si el ángel de las profecías se presentara él tendría que estar preparado. No le importaba que ella, a esa altura, ya tuviera dos guardianes; era el mismo caso el del Trono quien siempre tuvo guardianes que vigilaran la línea de frente.

Él era el ángel que cuidaba la retaguardia.

Con el paso del tiempo aquella niña se veía tan joven como los demás ángeles de la legión. Y ahora entrenaba con su propio maestro particular. Era usual que Perla, luego de sus entrenamientos, se bañara en un arroyuelo que atravesaba el bosque, muy cerca de la cala del Río Aqueronte.

El Dominio descendió suavemente sobre la rama de un árbol cerca del arroyuelo. Se acuclilló y se fijó en ella. Perla se había recogido la cabellera sobre la nuca, con unas horquillas. Brillaban con intensidad los cientos de gotitas de agua que pasaban por su cuerpo mientras ella se limpiaba las manchas ocasionadas por sus entrenamientos. Un par de hojas de nenúfares se pegaron en la cara interna de sus muslos y otro sobre un ala.

El Dominio sonrió contemplando aquel atlético y desnudo cuerpo repleto de pecas. No había deseo carnal en su sangre debido a su naturaleza; simplemente analizaba las diferencias de cómo esa niña de alitas pequeñas y mofletes marcados se había transformado con el paso del tiempo en una hembra de curvas sinuosas, de radiantes alas y de movimientos refinados.

La Querubín musitaba una canción. Fomalhaut conocía la letra de tanto que la oía cuando ella practicaba con las hembras del coro. “Imperio de Ángeles”. Se le había hecho usual ir a los cánticos nocturnos para vigilarla y de paso escucharla; no podía negar que su voz tenía encanto y lograba animarlo.

Pero no había tiempo que perder. Se acuclilló sobre la rama y carraspeó.

—Tu guardián —dijo—. Está aleteando por media Paraisópolis en tu búsqueda.

—¡Ah, ah, ah! ¡Ah!

Perla y sus alas dieron varios respingos del susto. La Querubín cubrió sus senos con un brazo mientras que con las puntas de sus alas se tapó el sexo. Luego recordó que en la legión de ángeles no existía el pudor. En el lago cerca de Paraisópolis era común ver tanto a varones como hembras bañándose sin problema alguno, por lo que, temblando y presa de vergüenza, se dejó de cubrir, no fuera que el Dominio sospechara que ella empezaba a experimentar deseos carnales de tanto espiar a sus guardianes.

Enrojeció visiblemente. Por más que era evidente que el Dominio, con su ausencia de emociones, no la viera con otros ojos, no se sentía muy cómoda.

—¿Q-qué pasa? —preguntó, girándose para buscar su túnica. Se encargó de que sus alas cubrieran su trasero de manera disimulada.

—Que tus guardianes están buscándote.

—¡Hmm! —gruñó, avanzando por el riachuelo mientras se quitaba la hoja pegada al ala—. Pues que sigan buscando.

El Dominio ladeó el rostro. Que Perla mantuviera rifirrafes con su guardián Curasán no era precisamente un secreto en los Campos Elíseos. Aunque al final terminaban haciendo las paces, tenía la sensación de que esa tarde había algo distinto.

—¿Es por tu mudanza?

—¡Tengo mis razones para mudarme! —se giró; ahora ya no le importaba revelarle su desnudez porque había una cuestión más importante. Su mirada se había vuelto feroz—. ¡Y él piensa que es una tontería!

La mudanza de casona era algo que Perla lo había deseado desde hacía tiempo a pesar de las negativas de sus guardianes: alejarse de la ciudadela y estar más cerca de los bosques y, por ende, más cerca del Río Aqueronte donde entrenaba. Para ella representaba no solo su deseo de independizarse del ángel con quien vivió toda su vida, sino también alejarse de aquellas miradas de los habitantes de Paraisópolis, quienes buscaban en ella consuelo o respuestas acerca de los dioses desaparecidos. Después de todo, ella era la Querubín, la enviada por los hacedores.

Una enviada rota que no podía dar ningún tipo de consuelo.

Perla se volvió a girar para hacerse con sus botas en movimientos rápidos y torpes, dejando entrever su nerviosismo.

—Diles que no hay nada de qué preocuparse porque volveré enseguida. Pero… —agarró su túnica y la llevó contra sus pechos—. “Fomalaut”, ya que estás aquí, ¿me ayudarías?

—¿En qué?

—En la mudanza, claro. Dudo que Curasán mueva una mano. Y mis amigas son muy chillonas, la verdad —tensó sus alas y se volvió a girar para mirarlo a los ojos. Concluyó que Fomalhaut, severo, serio, con su ausencia de emociones o sentimientos, era el ángel ideal para afrontar la mudanza.

Se retiró las horquillas, meneando la cabeza para sacudir la cabellera.

—¿Qué me dices?

El sol se ocultaba y pocas nubes flotaban sobre el cielo naranja de los Campos Elíseos. Perla estaba sentada sobre el techo de su recién estrenada casona, en las fronteras de Paraisópolis. Se encontraba pensativa, abrazando sus rodillas. Apretaba los dientes recordando lo que un irritado Curasán le había dicho durante la mudanza: “¿Ya te vas? Espero que aún no temas a la oscuridad, ¡las velas terminan apagándose, enana!”.

—¡Hmm! —gruñó la Querubín, meneando la cabeza para olvidarse del amargo recuerdo de despedida.

—¿Qué te sucede? —preguntó Fomalhaut, sentado a su lado.

—Nada, no pasa nada —respondió alicaída.

La muchacha rememoró la última frase que lanzó su guardián. “¿Y ya pensaste en quién te lavará las túnicas? ¿O acaso lo vas a hacer tú? Me río solo de imaginarte lavando ropas a orillas del lago, ¡oh, ser superior de la angelología!”.

—¡Hmm! —volvió a gruñir, torciendo las puntas de sus alas.

—¿Es cierto lo que dijo tu guardián? ¿Le temes a la oscuridad?

—¿También lo escuchaste? ¡Pues n-no es verdad!

Pero era fácil para él detectar los estados de ánimo, tan observador como era. La Querubín se encontraba desanimada, se le notaba en la mirada y, sobre todo, en el tono de su voz. Cayó en la cuenta de que ella pasaría su primera noche sola y que tal vez necesitaba de algún tipo de apoyo.

Levantó sus alas y rodeó a la joven, esperando confortarla como cuando era mucho más pequeña, pero esta las apartó con un movimiento de manos.

—No. Ya no soy una niña.

El ángel plateado silbó suavemente para sí; realmente no sabía cómo lidiar con la nueva Perla. Se levantó, extendiendo las alas.

—¿Adónde vas? —preguntó ella—. No quería que te molestaras.

Fomalhaut se elevó y con su veloz vuelo se volvió un auténtico relámpago plateado que se abalanzaba una y otra vez a por una nube, dándole golpes con sus alas para deformarla, giraba en el aire y volvía para hacer y deshacer formas con su sola velocidad.

Perla lo miró con curiosidad, realmente era un ángel rápido; acomodó sus alas, pensando que algún día debería no solo aprender a volar, sino a ser tan veloz como él.

“Me llamarán relámpago rojo”, sonrió con los labios apretados, apartándose un mechón de la frente.

El Dominio bajó suavemente sobre una terraza frente a ella. La muchacha levantó la mirada y contempló boquiabierta lo que el ángel había hecho. Se trataba de una nube con forma de flor, de largas hojas lanceoladas dibujadas sobre el marco naranja del cielo. Por primera vez en todo el día, sonrió.

—Gladiolos —dijo ella sin apartar la mirada de la nube. Desde niña eran sus preferidas.

—Por las noches no tengo ninguna rutina. Podría vigilar por aquí hasta el amanecer.

—¿Lo harías? No quiero ser molestia, “Fomalaut”.

—No es molestia, pero no te saldrá gratis. Quiero que renueves mi ramo de flores cada tres días.

—¡Ja! —la Querubín meneó la cabeza—. Lo había olvidado. Desde que empecé el coro que no te la renuevo con asiduidad. Pero —apretó los puños—, desearía pasar la noche sola. Es un paso que me gustaría dar sola, ¿me entiendes? Se lo pedí a Curasán. Se lo pedí a Celes. Tengo que pedírtelo a ti también.

El Dominio simuló alejarse al ocultarse el sol, aunque no tardó en volver, aterrizando sobre una terraza cercana para sentarse en el borde. Luego de apagarse las velas de la casona de la Querubín, la notó asomándose por el marco de la ventana de su habitación.

Perla suspiró al ver que él estaba allí, vigilándola. Aunque, lejos de regañarlo, decidió saludarlo con un tímido gesto de manos. Fomalhaut asintió como saludo.

Cuando la muchacha se volvió a su cama, el ángel plateado miró el cielo, allí donde la nube poco a poco perdía forma. Vigilarla era la orden irrevocable que juró cumplir. Sonrió para sí porque por fin, desde que fuera creado por los dioses, sentía firmemente que servía para algo.

Era el ángel que cuidaba la retaguardia.

Y era bueno en ello.

V

En medio de la destrozada avenida de Nueva San Pablo, un inesperado aliado había caído del cielo. Bajó tan rápido que los mortales que lograron observarlo desde la distancia solo vieron un borroso relámpago plateado.

Fomalhaut miraba fijamente al Serafín:

—Realmente no te entiendo. Lo he pensado varias veces y sigo sin entender por qué has tenido que ordenarnos que matáramos a Perla.

El Serafín no esperaba que un Dominio se presentara para proteger a la joven. Había enviado a tres de ellos para la misión de buscarla y esperaba un reporte, pero la impaciencia ganó terreno y decidió que él mismo bajaría para finiquitar la misión que les encomendó en secreto: “Buscar y asesinar al ángel destructor”.

—Te di una orden que debías cumplir —respondió el Serafín—. Quienes no cumplen las órdenes son traidores a la legión.

—Seré traidor a tu juicio. Prefiero serlo a ser carroña.

—¿Dónde están tus compañeros?

—Los maté —el Dominio sacudió sus alas presumiendo de su proeza—. Y planeo matarte a ti también.

Ámbar, a lo lejos, suspiró aliviada ante la llegada de un nuevo e inesperado aliado. Se sentó a duras penas sobre los escombros y dio golpecitos al lóbulo.

—Johan, ¿estás allí? Contesta.

No hubo respuesta y temió lo peor. Intentó levantarse, pero las fuerzas se le habían agotado. No se percató, hasta muy tarde, que alguien se había sentado a su lado, imitando el gesto de los golpecitos al lóbulo. Se trataba del Teniente Santos, quien también se retiró el casco, lanzándolo hacia un lado pues también estaba incomunicado.

—Toda la parvada está aquí —dijo harto—. Eres la culpable directa. Si no fuera por vuestro ataque al sistema, los hubiéramos detectado a tiempo.

—No me eches la culpa, iban a venir de todos modos. Detectarlos a tiempo no iba a ayudar en lo más mínimo. Lo que sí creo es que nada de esto habría sucedido si hubiéramos devuelto a la niña donde pertenece.

—“Niña”, dices… Me apena decírtelo, pero las noticias corren rápido. Todos están al tanto de que liberaste al Éxtimus.

—¿Y entonces? ¿Vas a arrestarme? —rio Ámbar.

—Ya no trabajo para el Estado, así que haré la vista gorda —pasó la mano por su cabellera—. Pero no cambiará nada. Irán a por ti. Reykō irá a por ti.

—Si ahora trabajas para Reykō, ¿significa que algún día vendrás a por mí?

Santos meneó la cabeza con una sonrisa y se repuso. Solo Ámbar podría tocar temas incómodos como si se trataran de una broma. Ayudó a la Capitana a levantarse; la mujer rodeó los hombros de su camarada con un brazo, en tanto que con la mano libre aún sostenía su espada. El ambiente era extrañamente distendido, agotados como estaban ambos.

—Si ni siquiera uno de estos pajarracos pudo matarte, ¿cómo voy a conseguirlo yo? —suspiró acomodándola a su lado.

El veloz ángel plateado partió hacia el Serafín. Levantó ambos sables, presto a hundir las hojas en el cuerpo del enemigo, pero este invocó de nuevo su tridente para desviar el rumbo de las filosas armas con la fuerza de un solo brazo. Con la mano libre hundió su puño en el estómago del sorprendido Fomalhaut, tan fuerte que terminó arrojándolo varios metros sobre el pavimento.

No había lugar para el dolor; se repuso rápidamente. Y de nuevo comenzó la mortal lucha. El Dominio era veloz, esquivaba con destreza los golpes del tridente, pero carecía de la fuerza del Serafín por lo que los sablazos, cuando los daba, no rompían la defensa del enemigo. Refulgían una y otra vez los destellos de color plateado y dorado que resonaban por la destrozada avenida, una auténtica lucha de otro mundo, entre las plumas que parecían danzar al son de los gráciles movimientos de los combatientes.

Pero el cansancio se apoderó poco a poco del Dominio. Su largo y agotador viaje estaba pasándole factura: tras cruzar el mar Tirreno, había bordeado el continente africano para luego atravesar el océano Atlántico sin descanso alguno. Además, tenía la sospecha de que el Serafín solo jugaba con él para agotarlo y, tal vez, rematarlo cuando la ocasión se presentara.

Ya no era tan veloz. Ya no era tan ágil y la destreza con la que manejaba sus sables disminuía paulatinamente. En el último intercambio de golpes consiguió rasgar el pecho del titánico ángel, pero un puñetazo terminó arrojándolo lejos, con saña, dejando un rastro de sangre sobre el suelo.

Fomalhaut estaba débil. Intentó levantarse, pero su legendario estado físico se agotaba. Miró las nubes en el cielo del reino humano y deseó por un momento elevarse y dibujar algo para Perla. La notó sufriendo y quería hacer algo para cambiarle el rostro.

La pelirroja se arrodilló cerca del Dominio; tomó su cabeza y lo acostó sobre sus muslos. Lo peinó con sus trémulos dedos, rodeándolo con sus alas. Hundió su rostro en el pecho del varón y susurró que ya nada valía la pena; se preguntó una y otra vez por qué tuvo que venir hasta el reino de los humanos para salvarla, a ella, el ángel de la desesperanza y la destrucción. Todo aquel que la ayudara terminaba muerto y ya no deseaba ver a sus más cercanos caer.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—Mi ramo —dijo el herido ángel plateado—. Vine porque aún tienes que renovarlo.

Perla cerró fuerte los ojos y susurró:

—Los gladiolos, ¿no es así? Me temo que eso ya no se puede hacer.

El Dominio tenía tanto por decirle. Que debía acatar la orden del Trono, aquella fatídica noche que ella huyó, de acompañar a los demás ángeles guerreros en el bosque y por lo tanto no pudo cumplir su promesa de vigilarla. Que vio la profecía de Destructo junto con los demás, pero cuando el deseo de cazarla se extendió en la legión, él simplemente deseaba protegerla del peligro que se cernía. Tanto se arremolinó en la cabeza del Dominio más solitario de la legión que simplemente no pudo decir más que un simple:

—Perdón.

Levantó la mano y acarició la mejilla de la que, a sus ojos, seguía siendo la dulce Querubín.

—Te he visto extendiendo brazos y alas, sacrificándote. Aférrate a la vida. Honra a los que han luchado para que sigas viva.

—Todos están muertos —Había amargura en la voz de la Querubín—. Y pronto lo estaremos tú y yo. ¿Lo entiendes, “Fomalaut”? Soy la desesperanza.

—Desmoronarse es fácil. Pero tus guardianes te han dejado bajo mi protección antes de venir aquí, y no deseo rendirme.

—¿Qué has dicho? —dio un respingo—. ¿E-están vivos?

Asintió, incapaz de comprender lo que eso significaba para ella.

“Están vivos”, se repitió una y otra vez. Sus guardianes, “hermanos”, estaban vivos. Y la esperaban. Recordó lo que ella misma se había dicho; que ya no sería una niña. Meneó la cabeza para librarse aquellos pensamientos derrotistas, de ese deseo de sacrificarse porque todo le dolía. No podía, viendo al herido ángel plateado, destruir aquello por lo que tanto lucharon ellos.

Había que aferrarse a la vida. Había que luchar por el sendero que ella misma juró proteger.

—Hasta que no te conocí, no entendía el significado de mi existencia —sonrió el Dominio—. Para mí, tú eres el ángel de la esperanza.

Sobre la cabina de un destruido helicóptero que era consumido por el fuego, Perla sostenía su sable. Lo había invocado y las inscripciones allí talladas refulgían. Miraba al imponente Serafín quien la esperaba con su tridente: el ángel estaba herido, ensangrentado, pero impaciente por finiquitar su misión de asesinato.

Había algo en los ojos verdes de la Querubín; un brillo, una intensidad. Era una mirada que de niña ya había conseguido estremecer a quien la viera. Había ferocidad y decisión en su semblante. Era la mirada de alguien que se vuelve peligrosa porque busca defender lo que ama o lo que considera sagrado.

Tal vez, después de todo, la muchacha sí era un destructor. El ser que venía a destruir, no el reino de los ángeles o el de los mortales, sino a destruir el orden impuesto por los dioses. Tal vez, pensó ella, Destructo no era sino el ángel de la esperanza.

Cambió el aire en el reino de los humanos. Se había vuelto frío, fuerte. Había un punto de sangre en el ambiente. Era como si los dioses, si es que aún existían, temblasen de miedo ante el hecho de que el temido ángel de las profecías había despertado y tomara conciencia de su verdadera naturaleza.

Fue así como comenzó la batalla entre el Serafín más fuerte de los cielos y Destructo.

Continuará.