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Allí estaba, en el salón de un hombre que había conseguido llevarme a su casa para destruir mi mente masculina follándome tal y como yo inconscientemente había buscado. Y ahora estaba dándose una ducha, seguro de que aquella mujer que acababa de beneficiarse, ya había conseguido lo que quería y se marcharía. Pero yo era esa mujer, y ahora que había descubierto cuánto me podía atraer un hombre y el placer que podía darme, estaba dispuesta a seguir descubriendo hasta dónde podía llegar siendo Lucía. Estaba sedienta de sexo, y aquel tipo iba a gozar de mi sed mucho más de lo que acababa de disfrutar con mi cuerpo dejándose llevar.

Cogí mi ajustado vestido, poniéndomelo de nuevo, aunque no me puse la ropa interior. Quería estar lo más sexy posible para que ese camarero que me había seducido deseara follarme más que cualquier otra cosa en el mundo. Fui al dormitorio, y frente a un espejo de pie, me calcé y terminé de colocarme la prenda para que se ajustase a mis femeninas formas como una segunda piel. Acondicioné mi melena y me observé. Estaba súper sexy con aquel ceñido vestido y altos tacones; mostrándome excitada con mis pezones erizados marcándose en la tela.

La ducha seguía sonando, se lo estaba tomando con calma, seguro de que yo ya no estaría allí. Dejé la ropa interior pulcramente doblada sobre una cómoda, donde vi un paquete de tabaco rubio, un mechero y un cenicero; me apeteció encenderme un cigarrillo. Me senté en los pies de la cama y, exhalando el humo suavemente a través de mis labios, esperé.

El sonido de la ducha cesó, y por fin apareció aquel que yo deseaba, desnudo, y con su piel aún húmeda.

– ¡Aún estás aquí!- exclamó sorprendido-, pensé que ya habías tenido lo que habías ido a buscar cuando entraste en mi pub.

– ¿Te refieres a un polvo rápido?. Quiero más…– le dije con un tono de voz tan sugerente que a mí misma me sorprendió.

El camarero se acercó a mí, y me embebí de su cuerpo desnudo recorriéndolo completamente con mis azules ojos. Estaba realmente bueno, por eso me había atraído tanto desde el primer instante. Era un auténtico moja-bragas acostumbrado a picar de flor en flor, justo lo que yo necesitaba para iniciarme en el sexo con hombres.

– No te importará que te haya cogido un cigarrillo, ¿verdad? – pregunté soplando suavemente el humo hacia él.

– Joder, nena – me contestó-. ¡Estás súper sexy!. –añadió observando con fascinación cómo el aromático humo salía como una fina columna blanca a través de mis rosados labios-. Haces que quiera volver a follarte… pero necesito algo más de tiempo para recuperarme….

Le sonreí. Sabía lo frustrante que podía ser el querer practicar sexo inmediatamente pero no estar aún físicamente preparado para ello. La edad se notaba en ese aspecto, y aunque yo, como Antonio, sólo había llegado hasta los 26 años, también había sentido en alguna ocasión sus efectos, por lo que entendía a la perfección la sensación de aquel hombre que ya había pasado los 35.

Se acercó más a mí, y pude comprobar cómo, a escasos centímetros de mi cara, su pene colgaba inánime. Lo miré fascinada, como si nunca hubiese visto uno, a pesar de haber sido un hombre, y de conservar la imagen de varios de ellos entre los recuerdos de Lucía. Ante mis ojos de mujer, sus genitales se mostraban increíblemente atractivos, y no pude reprimir el que mi mano izquierda fuese a tocar sus testículos para acariciarlos.

Él sonrió, mostrándome que eso le gustaba. Sopesé sus pelotas en la palma de mi mano con delicadeza, mientras le daba una nueva calada a mi cigarrillo y las envolvía con el cálido humo. Subí y acaricié su flácido miembro con suavidad, recorriendo la rugosa piel con delicadeza.

– Eso puede ayudar – me dijo mirándome desde las alturas.

Asentí, y seguí acariciando la longitud de ese pedazo de carne colgante, retirando la piel para ver su suave glande. Sentí el impulso de besarlo, y alzándolo con la mano posé mis labios sobre la delicada piel para darle un pequeño beso. El camarero emitió una breve risa y su pene reaccionó con un leve engrosamiento.

– Parece que esto despierta- le dije con una sonrisa.

– Si sigues así, te aseguro que hará más que despertar…

Di una nueva calada al cigarrillo, y eché el cálido humo sobre su miembro produciéndole un cosquilleo que aumentó su engrosamiento. La punta ya asomaba por sí sola a través del prepucio, y el tamaño había aumentado hasta dejar de estar completamente flácido. Lo sujeté por la base, poniendo la palma de mi mano sobre su pelvis y rodeando su principio de erección con los dedos pulgar e índice. Ahora que se estaba desperezando, me entraron ganas de comerme esa polla, de tenerla en mi boca y hacerla crecer hasta que me la llenase…

Había dejado atrás todos mis prejuicios de hombre, y ya había aceptado que ahora, como mujer, me gustaban los tíos y sus duras pollas. En ese momento, mi vida anterior me parecía un fugaz sueño, y entre los recuerdos de ese sueño, estaban los de alguna mujer practicándome una felación y el cómo me había gustado que me la hiciera. También tenía los recuerdos de Lucía, quien había practicado ese arte en algunas ocasiones, así que contaba con la doble experiencia para saber bien qué podría volver loco a ese hombre cuya verga tenía en mi mano. ¡Cómo me apetecía comerme esa polla!.

Volví a depositar un beso en la punta, más intenso que el anterior, y mi lengua salió de entre mis labios para acariciarla rodeando su contorno. Como respuesta, obtuve un leve gemido masculino y una elongación del miembro que descubrió completamente su cabeza. Aún no era capaz de alzarse por sí solo, así que lo levanté tirando de él con la mano y recorrí con la lengua su longitud hasta llegar a los huevos. Un suspiro me hizo saber que iba por buen camino.

Di una última calada al cigarrillo, y lo dejé en el cenicero para que terminase de consumirse solo. Para lo que a continuación iba a hacer, necesitaba que mis labios estuviesen húmedos y que sólo se concentrasen en el vicio que tenía delante.

Me relamí, cogí la polla colocando la punta sobre mi labio inferior y acerqué lentamente mi cabeza hacia el pubis del camarero para que su verga se deslizase entre mis labios penetrando en mi boca.

– Uuuffffffff – oí que el hombre suspiraba mirando cómo su miembro iba desapareciendo engullido.

A pesar de no estar aún en todo su esplendor, aquel falo no cabía en toda su longitud dentro de mi cavidad bucal. Lo envolví, presionándolo entre la lengua y el paladar, sintiendo cómo su tamaño aumentaba dentro de mi boca, y eso me excitó; me excitó mucho más de lo que habría imaginado. Echándome hacia atrás, dejé que se deslizase lentamente por mi lengua y labios para salir de mi boca completamente recubierto de saliva. Al sacarlo, comprobé que ya se mantenía él solo a media altura, apuntando hacia mis labios. Ahora tenía un aspecto más apetecible, y deseaba volver a sentirlo crecer dentro de mi boca.

El dueño del pub aún seguía mirándome, disfrutando visualmente de cada uno de mis movimientos. Acaricié su pelvis, masajeé con suavidad sus testículos, y sujetándolo con la mano izquierda por la cadera, y con la derecha del pene, volví a colocar su glande en mis labios para succionarlo con ellos de tal forma que su polla penetrase de nuevo en mi boca. Oí un gruñido de macho complacido, y entre mi lengua y paladar sentí cómo su miembro aumentaba aún más de tamaño, engrosándose y poniéndose tan duro como el acero, lo cual hizo que mis pezones me doliesen de excitación y mi coñito mojase con cálido fluido la cara interna de mis muslos.

Sin dejar de succionar, recorrí la extensión de esa dura barra a la inversa, hasta que la punta se liberó de mis labios manteniéndose completamente erecta, y volví a contemplarla. Se mostraba erguida, orgullosa con su redonda cabeza de suave piel rosada, con el tronco grueso, surcado por algunas venas, y toda recubierta con mi saliva… No era la polla más grande que Antonio o Lucía habían visto, pero desde esa perspectiva que yo nunca antes había tenido, ante mis azules ojos, me pareció enorme, hermosa, apetitosa… y quise devorarla, engullirla completamente.

La gula y la excitación me hicieron descruzar mis piernas para poder agarrar a ese hombre de su bonito culo, y atraerlo aún más hacia mí con su verga abriéndose paso violentamente entre mis labios para que la punta chocase con mi garganta, provocándome una arcada que logré reprimir. Él gimió con fuerza y, poniéndome las manos sobre los hombros, echó la cabeza hacia atrás, apretó los glúteos y se entregó completamente a mi mamada. Desincrusté su glande de mi garganta y lo retiré hasta colocarlo a medio camino. Lo rodeé con la lengua varias veces, y junto al sabor de su piel y el del gel de ducha, percibí el salado y ligeramente amargo gusto de unas gotas preseminales. Me agradó aquel sabor, y me excitó aún más; ya tenía mojada la parte de la falda sobre la que estaba sentada. Succioné volviéndome a introducir la polla hasta casi tocar mi garganta, presionándola con la lengua y hundiendo los carrillos para que mis suaves labios la estrangularan cuanto pudieran, y así comencé a comérmela, metiéndola y sacándola de mi boca unos cuantos centímetros, los suficientes para que su redondo glande tocase mis labios para volver a introducirse.

Si la situación hubiera sido distinta, y yo aún fuera Antonio con Lucía chupándome así la polla, me habría corrido ya en su boca para llenársela de mi leche. Pero aquel tipo, aquel moja-bragas, tenía una gran resistencia, seguramente debida a su mayor edad y, sobre todo, a su amplia experiencia.

Seguí chupando, succionando terriblemente excitada, acariciando el frenillo con mi lengua, degustando su sabor y disfrutando de la experiencia, pero mi excitación ya era tal, que no me conformaba únicamente con tener su verga en mi boca, la necesitaba dentro de mi coño para saciar su hambre implacable. Me la saqué de la boca succionando violentamente, puesto que me costaba dejarla, pero la otra parte de mi anatomía la pedía derramando lágrimas por ella.

– Quiero follarte en condiciones– le dije al camarero-, eso es lo que he venido a buscar.

Me puse en pie, y haciéndole girar, le hice caer sobre la cama. Estaba completamente desnudo para mí, con la polla dura y embadurnada con mi saliva, pero yo estaba más mojada aún, y aunque estaba vestida con mi sexy vestido y calzada con mis divinos tacones, no perdí tiempo en deshacerme de ellos. Subiéndome un poco la falda, me coloqué a horcajadas sobre él, iba a mostrarle a la hembra salvaje que había despertado.

Subiendo sus manos por mis tersos muslos, el camarero me subió aún más la falda hasta descubrirme de cintura para abajo y poder ver que no había vuelto a ponerme el tanguita.

– Joooder, nena… – me dijo resoplando.

Agarré su mástil, apunté con él, y balanceando mis caderas situé la punta en la entrada de mi chorreante coño para ir bajando poco a poco. Mi cuerpo sabía perfectamente cómo hacerlo, y sentí cómo la punta de aquella lanza se abría paso entre mis pliegues, separando labios mayores y menores para penetrar suavemente en mi lubricada vagina, provocándome un maravilloso cosquilleo. Me fui autopenetrando con aquel maravilloso músculo que acababa de saborear, descubriendo el placer que cada milímetro introducido me proporcionaba, hasta que no pude soportar más la expectativa y terminé por dejarme caer empalándome.

– ¡¡¡Oooooooooohhhhhhh!!! – gemí de pura satisfacción.

El falo se me clavó más profundamente de lo que había hecho durante el polvo anterior, por lo que el gustazo también fue mayor. El afortunado que me tenía empalada me agarró del culo desnudo, y lo apretó con fuerza obligándome a mover mis caderas hacia delante y nuevamente atrás, lo que acondicionó su polla en mi interior proporcionándome una placentera sensación, que se vio aumentada por el frotamiento del clítoris sobre su pubis. No necesitaba que aquel tipo me arrease como a una yegua apretándome el culo, era yo quien le montaba a él. Yo era la amazona y él mi satisfactoria montura, por lo que quien tenía el poder del placer de ambos era yo.

Apoyando mis manos sobre su fuerte pecho, seguí balanceando mis caderas de atrás hacia delante, incrustándome su pértiga con mi clítoris restregándose en su pubis para transmitirme deliciosas descargas eléctricas que me incitaban a continuar con la suave cabalgada. Él acarició la redondez de mi culo y subió sus manos sujetándome por la cintura, mientras las contracciones de mi vagina masajeaban su miembro. Mis pechos, a pesar de estar retenidos por el ceñido vestido, se movían al ritmo de mis caderas, en un baile que tenía hipnotizado a mi amante, y que me proporcionaba un agradable roce de mis estimulados pezones con la tela. Sus manos subieron para atrapar aquellas dos exuberancias cuyos pitones le señalaban. No podían abarcarlas en su totalidad, pero me las apretó de tal manera que el placer y el dolor se mezclaron haciéndome gemir: “Aaauuuuuummmm…”

Prolongué las idas y venidas de mis caderas, permitiendo que su polla hiciese más recorrido en mi interior entrando y saliendo, estimulando con su gruesa cabeza las paredes que lo envolvían, dándome tal placer, que inconscientemente me mordía el labio reprimiendo los gemidos.

Sus manos abandonaron mis pechos, quería liberarlos y disfrutar de la vista de mi cuerpo desnudo, por lo que bajaron hasta mis caderas y tiraron del vestido hacia arriba tratando de sacármelo, pero tal y como yo estaba, no pudo más que dejármelo recogido por encima de la cintura, así que decidí ayudarle. Me incorporé, y al hacerlo su estaca se me clavó con tal profundidad que los dos gemimos al unísono. ¡Cómo me gustó aquello!. Ahora sí que tenía toda su polla dentro de mí, sintiendo sus huevos en mi vulva, con mi culito sobre sus muslos; completamente abierta de piernas, pero cómodamente sentada y exquisitamente empalada.

Con los ojos incendiados de deseo y lujuria, mi macho observó cómo yo terminaba de subir la ajustada prenda como quien se quita un guante de látex, para sacármela por la cabeza y así liberar mis pechos. Con sus manos sobre mis muslos, el camarero me observó disfrutando del esplendor de mi cuerpo desnudo.

– ¡Qué tetazas tienes! – expresó devorándomelas con la mirada.

– ¿Te refieres a esto? – le pregunté cogiéndolas con mis manos, elevándolas y apretándolas con un autocomplaciente masaje.

– Joooodeeeeeerrrr… – obtuve como respuesta.

Sentí su polla latir dentro de mí, y elevó su cadera taladrándome tan profundamente, que aquella sensación me provocó un pequeño orgasmo. Aunque muy placentero, ese orgasmo fue de mucha menor intensidad que aquellos que hasta el momento había tenido, de tal modo que me hizo morderme el labio inferior y apretarme los senos con un gemido: “Mmmmmm…”, pero me dejó con ganas de llegar aún más lejos. Por suerte, aquel tío sólo había tenido una preeyaculación; estaba a punto de correrse, pero aún podía aguantarme un poco más.

– ¡Qué pedazo de cabrón! – pensé en el declive del miniorgasmo-. A cuantas tías se habrá follado… Pero ninguna como yo… Se va a enterar…

Solté mis pechos y me agarré a sus manos que atenazaban mis muslos; me levanté hasta dejar únicamente dentro de mí su glande, casi a punto de salirse. Tras comprobar orgullosa la cara de sorpresa y expectación de mi montura, me dejé caer de golpe, ensartándome con su lanza hasta que los huesos de nuestras pelvis chocaron.

– ¡Aaaaaaaahhhhhh!- gritamos al unísono.

Aquella maniobra había sido tan salvajemente placentera, que la repetí deleitándome con la sublime sensación de ese potente músculo abriéndose paso violentamente por mi vagina y latiendo dentro de mí. Mi semental apretó los dientes, con un gruñido me hizo saber que aquello iba a acabar con él, y yo quería domarle corriéndome con él.

Me elevé, y me dejé caer; subí y bajé; arriba y abajo, deslizándome por su falo repetidas veces, cada vez más rápido, sintiendo cómo mis grandes pechos botaban con cada ensarte. Me volví loca en una frenética cabalgada de lujuriosos saltos que hizo que mi espalda se arquease y mis manos se soltasen, obligándome a apoyarlas sobre las piernas estiradas de aquel hombre para no caerme de espaldas cada vez que me elevaba antes de dejarme caer tragándome la polla de mi montura con el coño.

Cada profunda penetración era un corto y seco grito por mi parte, y un gruñido por la suya. En cada subida, mi vagina succionaba aquel falo queriendo devorarlo de nuevo; en cada bajada, lo engullía estrangulándolo con sus potentes músculos, buscando extraer hasta la última gota de su zumo, y no tardó en conseguirlo. De pronto, mi semental se puso completamente rígido, me agarró del culo apretándome contra su pelvis, y su cadera se elevó clavándome la verga en mis entrañas; con un: “¡¡¡Dioooosssssssssss!!!”, sentí la hirviente erupción de su corrida derramándose dentro de mí. Aquello desembocó en mi apoteósico orgasmo, que con un grito arrancó de mi garganta hasta el último aliento. Mi cuerpo se tensó hasta tal punto que formó una “D” invertida mientras mi cabeza daba vueltas en un tornado de sensaciones de puro placer que me hicieron perder toda noción de la realidad. Y por fin, increíblemente satisfecha, sintiéndome más mujer y plena de lo que, hasta entonces, me había sentido, me relajé por completo dejándome caer sobre el pecho de aquel hombre.

Tras unos instantes que necesité para recobrar el aliento, lo descabalgué y me levanté de la cama dándome cuenta de que aún llevaba los tacones puestos.

– Parezco una actriz de peli porno – pensé con una sonrisa.

Recogí la ropa interior que había dejado sobre la cómoda. Mientras, con las manos detrás de la cabeza y su ya flácido pene ladeado, el dueño del pub se recreó observando cómo me ponía el tanga, el sujetador y el vestido.

– Ha sido un polvazo, nena – me dijo.

– Así soy yo – dije orgullosa, tanto para él como para mí misma-. Aunque no pensé que fueras a aguantar tanto tiempo…

– Jejeje, tengo que confesarte que es porque esta mañana ya tuve mi pequeña ración diaria…

– ¿Ah, sí?- pregunté-. “¡Qué cabrón!”- pensé.

– Tengo una camarera en el primer turno, una muñeca rusa de 18 años llamada Irina a la que le encanta hacerme una mamada todas las mañanas. Es adicta a desayunar mi leche calentita… Jejeje, ya sabes…

– Ya sé… – le contesté con una irónica media sonrisa-. Eres un cabrón moja-bragas – le espeté acomodándome el vestido.

– Y tú una zorra revienta-braguetas… Tal vez estemos hechos el uno para el otro…

– Ahora sí que me marcho – le dije tras domar mi alborotada melena ante el espejo.

– Sabes dónde trabajo y dónde vivo… Me gustaría echarte otro polvazo… ¿Cuándo vendrás a por ello? – me preguntó con autosuficiencia.

Saliendo de la habitación, y dirigiéndome por el pasillo hacia el salón, sabiendo que sus ojos seguían el balanceo de mis caderas sin perder detalle de mi culito, le contesté desde la distancia algo que ninguna mujer había podido decirle hasta entonces:

– ¡Nunca!.

Recogí mi bolso y me marché de allí.

Llegué a casa agotada, aquel había sido el día más largo y lleno de emociones desde que era Lucía y, probablemente, de toda mi vida. También estaba hambrienta, no había comido más que una ensalada desde el mediodía y picoteado un par de gominolas en el pub. Además, tenía algo de resaca de alcohol y, sobre todo, de sexo. Me preparé un bol de leche fría con cereales de chocolate, realmente ahora me apasionaba el dulce, y aunque sabía que debía moderar su consumo para mantener mi equilibrada línea, esa tarde me lo había ganado a base de intenso ejercicio físico.

Después de cenar, me regalé un relajante baño en el hidromasaje, conectando las burbujas para que me hicieran cosquillas en todo el cuerpo mientras mi mente rememoraba el día completo. Había empezado el día con nervios por la “reincorporación” al trabajo, siendo un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer, y lo había terminado totalmente relajada, siendo una mujer con recuerdos de haber sido un hombre. En el proceso, había conseguido afianzarme en el trabajo ganándome al jefe y mis inmediatos subordinados; había descubierto mis armas de mujer para la seducción y la provocación; había visto a mis padres y me había desahogado llorando como una magdalena; había visto mi anterior cuerpo y ante él me había confesado relatándole cuanto me había sucedido; había aceptado el atractivo que los hombres tenían para mí; me había “desvirgado” acostándome con un tío… Este último pensamiento me hizo sonreír. Había descubierto lo increíblemente satisfactorio que era el sexo siendo una mujer, y no había hecho más que vislumbrar cuáles eran las cotas de placer que podía obtener con un hombre. Ahora que lo había probado, no podía renunciar a ello, era demasiado bueno y tentador. “Zorra revienta-braguetas”, me había llamado aquel tío… me gustaba cómo sonaba, me divertiría haciendo honor a ese apelativo…

El sábado desperté tarde. Los cambios producidos en mí se hicieron patentes desde el primer momento: no tomé la pastilla anticonceptiva como algo mecánico que Lucía habría hecho cada mañana, sino como una decisión propia para evitar sorpresas inesperadas. Yo era Lucía, una mujer independiente que tomaba decisiones propias y con necesidades que estaba dispuesta a cubrir.

Desayuné y dediqué parte de la mañana al culto al cuerpo, ejercitándome en mi gimnasio particular para estar a gusto conmigo misma y obtener el gratificante cansancio de la actividad realizada. Al salir de la ducha, recibí una llamada de mi hermana. Ángel, su marido, tenía un cursillo de formación del trabajo durante todo el fin de semana, por lo que me propuso ir a pasar la tarde con ella y mis sobrinos en la piscina de su urbanización. Puesto que no tenía ningún otro plan, me pareció una gran idea. Así podría conocer mejor a mi nueva hermana y amiga, y disfrutaría de una relajada tarde bronceando mi piel y mitigando el calor dándome un baño.

Después de comer, me puse uno de los bikinis guardados en un cajón del vestidor, comprobando ante los espejos, que me quedaba espectacular, parecía salida del calendario anual de una famosa revista deportiva. Me cubrí con un cómodo vestido playero, y tras meter en una mochila la toalla, crema para el sol, unas chanclas y la copia de la llave de la casa de mi hermana, cogí el coche rumbo para allá.

La tarde en la piscina fue divertida, realmente me encontraba muy a gusto y en confianza con mi hermana, como si lo hubiera sido desde toda la vida. Charlamos de todo un poco, del trabajo, sus niños, viajes, ropa, hombres… Por supuesto, en este último tema yo escuché más que hablé, y descubrí que a pesar de estar casada, María era propensa a fijarse en otros tíos, además de en su marido. Era fiel por naturaleza, pero eso no le impedía disfrutar de la contemplación de las cualidades físicas de otros hombres, y de fantasear con ellos. Mientras mis sobrinos jugaban en el agua, nos dedicamos a hacer un repaso de todos los tíos que había aquella tarde en la piscina, haciéndome descubrir que, tras mis últimas experiencias y el análisis de la mercancía que estábamos haciendo, estaba desarrollando un marcado gusto por las formas y virtudes físicas masculinas; resultando coincidente, en la mayoría de los casos, con los gustos de mi hermana. Así que pasamos un rato divertido con comentarios como: “Mira qué culo más rico tiene ese”, “¿y el barrigón del de rojo?”, “aquel chico tiene las piernas como si llevarse un caballo debajo”, “¡vaya abdominales tiene ese!”, “a aquel me lo comía enterito…”. Y también nos divertimos observando cómo cada vez que yo me levantaba de la toalla para bañarme o cualquier otra cosa, atraía todas las miradas, algunas disimuladas y otras no tanto, de cuanto varón se encontraba en las instalaciones.

– Eres un imán para los tíos – me dijo María-, deberías aprovecharlo más y echarte novio, que seguro que puedes elegir a cualquiera.

– Eso no me interesa – contesté tratando de eludir el tema.

– Centrada en el trabajo, como siempre. Deberías disfrutar más de tu vida, querida. Deberías abrirte más.

– Sí, sí – le contesté para sincerarme algo con ella-. Tras el accidente, he decidido hacer un cambio en mi vida. Voy a intentar abrirme más, ser más sociable, conectar con la gente…

– Eso es, cariño, ya es hora de que salgas del caparazón ese que te has creado alrededor. Relaciónate más, habla con la gente, y aprovecha las virtudes que tienes. Conoce a hombres, disfruta con ellos y dale unas cuantas alegrías a ese cuerpazo, y tarde o temprano encontrarás aquel con el que te quieras quedar.

– Claro, claro. A eso me refería, aunque por ahora lo de quedarme con uno…

– Sí, claro – pensé-, y ahora me voy a echar novio… ¡Lo que me faltaba!.

– …prefiero probar y probar- le dije a ella con una sonrisa maliciosa.

– ¡Qué pícara! – exclamó mi hermana con una carcajada-, ¡eso es lo más divertido!.

Pasé el resto de la tarde entre risas con María y chapuzones con mis sobrinos, fue realmente genial, aunque a eso de las siete de la tarde decidí que ya era hora de marcharme, con la promesa de volver al día siguiente. Mi hermana se quedaría un buen rato más en la piscina, no habría forma de sacar a los chiquillos del agua hasta la hora de la cena.

– Si no te importa- le dije- me gustaría darme una ducha en tu casa para quitarme el cloro antes de irme.

– Por supuesto, usa tu llave y cierra cuando te marches. Llevas el bikini mojado –observó-. Habrás traído ropa interior seca, ¿no?.– le salió la madre que llevaba dentro.

– La verdad es que no – contesté comprobando la mochila.

– Que ni se te ocurra irte con la ropa mojada. Coge algo de ropa interior limpia del primer cajón de la cómoda de mi habitación. Así, a ojo, las bragas te quedarán grandes, pero te servirán para llegar a casa. Y el sujetador… ¿Qué talla usas, una 100?.

– 95D – contesté hallando el dato entre los recuerdos de Lucía y sonrojándome.

– Mis sujetadores son todos de la 105B, te sobrarán en la espalda y las copas te quedarán bastante pequeñas, pero hasta llegar a tu casa, lo aguantarás.

– Creo que podré aguantar sin la parte de arriba – contesté visualizando mis pechos doloridos, apretados y rebosando de las copas del sostén.

– ¡Qué suerte tienes de que la fuerza de la gravedad aún no te haya vencido!.

Me despedí de ella y los chicos hasta el día siguiente. En el cajón de ropa interior de María encontré unas bragas blancas (de monjita, me parecieron), un poco más pequeñas que el resto, aunque seguro que me quedarían bastante grandes. Al terminar de ducharme, vi junto al lavabo un bote de aceite corporal para hidratar la piel después de la ducha. Como sentía la piel algo tirante por efecto del sol y el cloro, y puesto que realmente no tenía ninguna prisa, decidí usarlo poniéndome ante el amplio espejo del lavabo. Seguro que a María no le importaba que gastase un poco.

Me lo di por brazos y hombros, para continuar con mis pechos. En ellos extendí un generoso chorro, acariciándolos y disfrutando la sensación de que su volumen se deslizase entre mis manos y, casi sin darme cuenta, la caricia extendiéndome el aceite se convirtió en un placentero masaje. Me miré en el espejo, y pude ver a la preciosa Lucía apretándose las tetas con los erizados pezones escurriéndose entre sus dedos. Un resquicio de mi anterior mente masculina se excitó ante la visión de esa preciosa mujer acariciándose la brillante piel, mientras mi nueva mente femenina se excitaba con el masaje y comenzaba a rememorar el sexo del día anterior.

Seguí acariciándome, sintiendo cómo mis pechos resbalaban entre mis manos proporcionándome un placer que humedeció mi entrepierna. La sensual hembra que veía en el espejo, se estaba acariciando para el reducto de masculinidad que en mí quedaba, y estaba disfrutando del espectáculo. A mi mente acudían incesantemente los recuerdos de cómo me había follado a aquel camarero y cómo había estrujado mis tetas… Mi excitación estaba alcanzando un punto de no retorno.

Echando más aceite en las palmas de mis manos, lo extendí acariciando mi vientre, cintura y caderas, contoneándome con la exquisita sensación en mi piel. Recordaba cómo mis caderas habían bailado y saltado sobre la polla de ese hombre, haciéndome gozar… Ya estaba completamente cachonda.

Estaba disfrutando tanto de mi autocomplacencia, que quería dejar lo mejor para el final, por lo que unté bien con el aceite mis muslos, y lo extendí por toda la longitud de mis piernas. Subir por la sensible cara interna de los muslos me hizo recordar las caderas de aquel moja-bragas entre ellos, y noté cómo una gota de fluido vaginal resbalaba por mi piel hasta llegar a mi mano. Mi coñito ya estaba llorando de excitación, y debía atender a su súplica…

Subí, y acaricié mi vulva extendiendo sobre ella el aceite. El recuerdo de la verga del camarero abriéndose paso a través de mis pliegues casi consigue que me metiera los dedos para aplacar el deseo, pero conseguí mantenerme firme para terminar de darme el aceite en la única zona a la que aún no había llegado.

Unté mis nalgas, masajeando su redondez y recorriéndolas para que finalmente mis dedos extendieran el aceite separando los glúteos. Al sentir algo duro colándose por la raja de mi culito, el recuerdo del fallido intento de penetración anal vino a mí para atormentarme con más excitación si eso era posible. Me gustaba la sensación de tener algo entre mis nalgas, y mis dedos continuaron con la exploración hasta llegar a la suave piel de mi entrada trasera. El contacto me produjo un agradable cosquilleo, y el recuerdo de un glande empujando mi ano se me hizo tan insoportable, que mi dedo corazón continuó con el recorrido hasta introducir suavemente una falange untada de aceite. “Mmmmmm….” La sensación fue exquisitamente placentera, y dejé que mi dedo penetrase con más profundidad. “Uuuuffffff”, ¡eso me gustaba!. Lucía no había permitido nunca que ningún tío le diera por el culo, pero sí que había llegado hasta sentir una polla contra su ano, y la sensación le había excitado tanto, que en la soledad de su dormitorio sí que había experimentado metiéndose un par de dedos…Yo quería seguir descubriendo mi propio placer, y puesto que el intento del día anterior había derivado en una rica penetración vaginal, ahora quería experimentar la delicia de mi culito profanado.

Saqué el dedo, y la sensación al hacerlo también me gustó, pero quería más, por lo que echándome más aceite y untando bien mi ojal, volví a meter el dedo hasta el final, sintiendo un cosquilleo en mis entrañas y cómo mi agujerito apretaba aquello que se alojaba en él. Comencé con un lento y satisfactorio mete-saca, alternando con movimientos circulares que dilataron la estrechez de la entrada para que mi escurridizo dedo índice se uniera al corazón penetrándome con ambos. ¡Qué delicia!.

Apoyándome con la mano libre en el lavabo, observé en el espejo cómo la exuberante morena de ojos azules estaba ligeramente doblada hacia delante, con sus generosos pechos medio colgando, y con un erótico gesto de placer dibujándose en su rostro de sonrojadas mejillas y labios entreabiertos expresando un mudo: ”Oooooohhh”.

De pronto, y para mi sorpresa, la puerta del baño se abrió y entró Ángel, mi cuñado, completamente desnudo y sin esperar encontrarme allí. Había vuelto de su cursillo y yo, concentrada en mi autosatisfacción, no le había oído. Iba a darse una ducha, y en plena masturbación me encontró.

Por unos instantes ambos nos quedamos paralizados, mirándonos fijamente. Hasta que mis ojos, guiados por mi recalentada mente, descendieron por la anatomía de mi cuñado estudiando su cuerpo hasta que se posaron en su sexo, el cual comenzaba a llenarse internamente de sangre para que aquel pedazo de carne se alzase ante mi atenta mirada.

– ¡Joder, Lucía! – fue todo lo que dijo con la verga ya completamente dura.

Ante el sonido de su voz, desperté de mi erótica ensoñación, sacándome los dedos aceitados y girándome para encararle, aunque sin poder apartar la vista de su inhiesto músculo.

– Joooodeeeeer, Lucííííííaaaaa…

Como un gran felino que da caza a su presa, mi cuñado se abalanzó sobre mí sin darme tiempo a reaccionar. Me giró, volviendo a ponerme de cara al espejo y me inmovilizó rodeándome con su largo brazo a la altura del pecho, pegando su cuerpo al mío. Me tenía atrapada. Sentí su durísimo falo en el culo, y viendo su rostro de perversión en el espejo, noté cómo con su mano libre agarraba su miembro situándolo entre mis nalgas.

– Ángel, ¡NO!- grité.

Mi cuñado estaba completamente ensordecido por la lujuria, era un animal que debía obedecer a sus instintos.

Sentí cómo su glande se abrió paso entre mis glúteos, para llegar hasta mi agujerito y vencer su resistencia dilatándolo y penetrándolo sin compasión. El envite de su cadera fue tan violento y preciso, que toda su polla taladró mi culo, alojándose en mi recto hasta que su pubis chocó con fuerza contra mis nalgas, aplastándolas con el empuje.

– ¡Ah! – un escueto grito escapó de mi garganta.

La penetración había sido suave gracias al aceite corporal, que permitió que su músculo se deslizase por mi interior con facilidad. Pero su grueso miembro dilató tan repentinamente la entrada y estrecho conducto, que me hizo sentir dolor.

Estaba completamente ensartada, con una dura verga, más gruesa y larga que los dos dedos que momentos antes me habían explorado, abriendo mis entrañas, y me dolía. Sentía cómo mi culo estrangulaba su polla intentando hacerla salir, acostumbrándose a su grosor y longitud. Y gracias a mi estimulación previa, casi sin darme cuenta, el dolor desapareció, convirtiéndose en una agradable sensación de calor que me hizo jadear.

Ángel aflojó su abrazo, ya me tenía sometida. Su ariete se deslizó por mi interior hacia atrás dejándome una placentera sensación de alivio, pero justo antes de volver a salir, un nuevo empujón de cadera que me postró obligándome a apoyar mis manos en el lavabo, me dio el sorprendente gustazo de su polla follándome el culo hasta hundírmela entera con un golpe seco de su pubis en mis glúteos.

– ¡Uuuummmm! – gemí.

Por mucho que tratase de negarlo, la sensación era muy placentera. Sentía ese pétreo y palpitante pedazo de carne dentro de mí como un delicioso invasor que me abría hasta llegar a lo más profundo de mi ser. Y estaba tan excitada, que ese sentimiento hacía que de mi coñito manase cálido flujo que resbalaba por la cara interna de mis muslos. Era una auténtica perra cachonda…

Mi cuñado, viendo que ya no podía oponer verdadera resistencia, teniéndome completamente a su merced, agarró mis tetas y las estrujó con fiereza para sacar su falo y volver a encularme a fondo. Gruñó como un salvaje, y en el espejo vi su rostro en tensión, con su mirada incendiada, entregado a sus instintos de domar a esa hembra a base de pollazos.

Aunque traté de evitarlo, volví a gemir de gusto. No quería demostrarle que estaba terriblemente excitada, aquello estaba ocurriendo en contra de mi voluntad, pero… ¡Oh!, otra embestida, seca y dura, deliciosa… Y otra más, y otra, y otra… Ya no podía pensar, tan sólo sentir y gozar…

Aquella bestia sexual me incrustó su polla en el culo unas cuantas veces más, aumentando mi placer hasta hacerme vislumbrar el orgasmo, pero de pronto, sus manos soltaron mis pechos y me sujetaron con firmeza de las caderas para darme una última y brutal embestida, con la que sentí su ardiente leche derramándose en mi recto; dejándome, frustrantemente, al borde del precipicio.

Apoyó su barbilla en mi hombro derecho, respirando con dificultad, y a través del espejo vi la relajación en su rostro. Su mirada había vuelto a ser la que reconocí entre los recuerdos de Lucía, era la verdadera mirada de Ángel, la mirada de mi cuñado.

– ¡Sal de aquí! – le dije imperativamente, frustrada e indignada.

Salió de mí y, mostrándome un atisbo de culpabilidad en sus ojos, salió rápidamente del baño.

Furiosa, me limpié, me vestí, y salí de aquella casa sin mirar atrás.

CONTINUARÁ…

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