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Comencé mi primer día de trabajo como Lucía levantándome a las 6:30 de la mañana y siguiendo todas las rutinas que ella habría seguido. El tema del vestuario fue sencillo, pues uno de los armarios de mi vestidor estaba exclusivamente dedicado a los trajes para el trabajo. Elegí uno negro, de tejido veraniego, formado por una falda que se ajustaba perfectamente a mis caderas y muslos para cubrir hasta las rodillas, una chaqueta entallada y una blusa blanca. Para completar, unos zapatos negros, abiertos, terminados en punta y, por supuesto, con un tacón fino de casi diez centímetros. Al verme en los espejos, estos me devolvieron la imagen de una auténtica ejecutiva, un bellezón que provocaría los suspiros de sus subordinados.

El asunto del maquillaje me resultó mucho más sencillo de lo que habría esperado. Lucía apenas se maquillaba, no le hacía falta. Con un simple toque de color rojizo-terroso en mis mejillas y una pasada de pintalabios a juego, estaba lista para dar mi mejor cara.

No fui a trabajar en trasporte público, como siempre había hecho siendo Antonio, sino que cogí el coche de Lucía, un Mini Cooper prácticamente nuevo, de color crema, que podría aparcar en la plaza de garaje reservada para mí en el edificio de la empresa.

Confieso que estaba tan nervioso como el día que un chico recién licenciado, llamado Antonio, comenzó a trabajar en la empresa tres años atrás. Era como empezar en un nuevo puesto, aunque partía con la gran ventaja de atesorar en mis recuerdos toda la experiencia de mi predecesora.

Una pequeña parte de estos nervios se esfumó ante el saludo del guarda del parking.

– Buenos días, señorita Lucía –me dijo con una amplia sonrisa-, me alegro mucho de su regreso.

Todo el mundo me reconocería como Lucía, la Subdirectora de Operaciones de la empresa, y no tendría nada por lo que preocuparme salvo por hacer mi trabajo.

– Buenos días… – busqué el nombre del guarda entre los recuerdos de Lucía, pero este no apareció, ¡no lo sabía! – …Manuel – dije finalmente leyendo el nombre en su placa del pecho y devolviéndole una cálida sonrisa-. Muchas gracias, yo también me alegro de regresar

Su rostro se iluminó al escuchar su nombre en mis labios y deleitarse con mi sonrisa. La antigua Lucía habría devuelto el saludo con frialdad, sin más. Sospeché que aquel hombre tendría alguna fantasía conmigo aquel día.

Tomé el ascensor, y en lugar de marcar la primera planta, como siempre había hecho, marqué la última, la reservada a los cargos más altos de la empresa. El último piso del edificio estaba dividido, únicamente, en siete despachos independientes, un cuarto de baño y una sala de reuniones. Todas las puertas estaban cerradas y el silencio era absoluto, parecía que era la primera en llegar esa mañana. Avancé por el pasillo para llegar a mi despacho, dejando atrás a la izquierda los tres despachos de los Jefes de Sección que estaban bajo mi responsabilidad, y a la derecha, el cuarto de baño y los despachos correspondientes al Secretario de Recursos Humanos y el de su homólogo Financiero. Mi despacho estaba frente al del Subdirector Financiero y de Recursos Humanos, y contiguo al de Gerardo, el Director General. El último despacho correspondía al Presidente de la empresa, aunque rara vez lo ocupaba.

Como Antonio, sólo había estado dos veces en el despacho de Lucía. Una con mi jefe directo, y otra yo solo, ambas para preparar la reunión que acabó en accidente. Sonreí al recordar lo nervioso que había estado en la primera reunión, y lo excitado que había estado en la segunda, yo solo en aquel despacho con aquella mujer tan sexy, sin poder evitar que una y otra vez acudieran a mi mente situaciones de película porno.

La decoración era bastante minimalista, a Lucía no le gustaban las distracciones en el trabajo, por lo que a parte de los elementos típicos de un despacho para el trabajo del día a día, la única decoración consistía en una planta, una foto de sus sobrinos sobre la mesa, y los títulos y reconocimientos obtenidos enmarcados y colgados en una pared.

Dejé el maletín sobre el escritorio, aunque antes de sentarme corroboré que Gerardo no se encontraba en el despacho de al lado. Encendí el ordenador, y comencé con la lectura de correos atrasados. Poco a poco fueron llegando el resto de inquilinos de la planta, quienes al ver luz a través de la puerta de mi despacho fueron pasando por este a saludarme como un goteo que no me dejó hacer nada en media hora. Todos me dieron dos besos y expresaron cuánto se alegraban de verme allí y entera, pero aunque yo les traté con la calidez y cercanía habitual en mí, noté que ellos conservaban la prudente cordialidad y distancia que siempre habían mantenido con la antigua Lucía. Para ella, los sentimientos y vida propia de aquellas personas no tenían ningún interés, tan sólo eran compañeros de trabajo o subordinados a los que no conocía más allá de lo estrictamente profesional. Yo debía cambiar aquello.

A las 9:00 llegó Gerardo, mi jefe y el de todos.

– ¡Hola, preciosa! – dijo entrando en mi despacho y cerrando la puerta tras de sí.

– Hola, Gerardo – respondí poniéndome en pie para rodear la mesa.

– Estás tan fabulosa como siempre – añadió mirándome de arriba abajo sin pudor alguno-. ¡Cuánto me alegro de verte aquí de nuevo!.

Se acercó a mí, y en lugar de darme dos tímidos besos y apartarse como el resto había hecho, sus besos fueron cálidos en mis mejillas y sus brazos me estrecharon contra su pecho. A pesar de ser un hombre en plena cincuentena, se mantenía fuerte, y aunque gracias a los tacones yo era más alta que él, por primera vez desde que era Lucía, tuve la percepción de diferencia de peso, volumen, fuerza y delicadeza de mi cuerpo con respecto al de Antonio. Me sentí atrapada entre sus brazos, sin escapatoria posible, con su cuerpo pegado al mío envolviéndome. La incomodidad de tan íntimo abrazo se acrecentó cuando percibí cuánto se alegraba realmente de verme de nuevo. Sentí en mi entrepierna cómo algo duro se apretaba contra ella. ¡Gerardo se estaba empalmando!, ¡por Dios!.

Tras unos instantes en los que su erección era tan patente que presionaba mi pubis, Gerardo, fue plenamente consciente de la situación, y liberó su abrazo permitiéndome dar medio paso atrás pero manteniéndome sujeta por los hombros. Sentí rubor en las mejillas, aquella era la situación más embarazosa en la que me había encontrado en mi vida. Me sentía avergonzado. Mi mente heterosexual masculina trataba de asquearse al haber sentido la erección de un hombre, pero mi cuerpo femenino enviaba unas señales bien distintas a mi cerebro: me había gustado y me había excitado. Incluso podía sentir cómo el tanguita que me había puesto ese día se humedecía. Estaba terriblemente confuso, completamente paralizado.

Vi el brillo en los ojos de aquel hombre, me deseaba con todas sus fuerzas, y no pudo reprimir el impulso de intentar besarme. Volví a la realidad cuando vi su rostro acercándose al mío. Sin ser consciente de ello, unos reflejos como los que la antigua Lucía habría tenido, me salvaron de tan terrible trance. Fui más rápida que él, y justo antes de que sus labios contactaran con los míos, mi rostro giró de tal modo que pasó de largo para darme un simple beso en la mejilla, y tras eso, mi cuerpo me sorprendió con un suave movimiento felino que hizo que Gerardo soltase sus manos atenazando mis hombros sin sentir brusquedad en ello.

– Gracias, Gerardo, por hacerme sentir tan querida aquí – le dije para aliviar la tensión -. Tenía ganas de reincorporarme al trabajo y dejar la mala experiencia atrás. Yo también me alegro mucho de verte… – tira y afloja, tira y afloja, lo que Lucía llevaba haciendo durante siete años con maestría.

El jefe esbozó una sonrisa de oreja a oreja. Había conseguido que no se sintiera totalmente rechazado, y disimuladamente vi cómo el incipiente bulto de su entrepierna iba desapareciendo para volver todo a la normalidad. No pude evitar que la visión de aquel paquete me produjese cierto cosquilleo en mi interior… Pero pareció que conseguí mi objetivo, la tensión sexual entre ambos se disipó.

– Bueno – dijo él-. Como ya te escribí por mail, tómatelo con calma. Que hoy sólo sea una toma de contacto con el trabajo, no te estreses… Si quieres, luego podemos comer juntos, charlar, tomar una copa… – inconscientemente volvía al ataque.

– Muchas gracias por el ofrecimiento – respondí-, me encantaría comer contigo, pero a la salida tengo que ir a ver a alguien, y seguramente pase antes por casa para comer algo rápido –no era mentira, pues esa mañana me había levantado con el firme propósito de ir al hospital.

– Claro, claro, es viernes e imaginaba que ya tendrías tus planes. Ya tomaremos algo juntos otro día.

– “Lo que tú quieres tomar es a mí” – pensé.- Por supuesto – le dije a él-, y hoy seguro que tus niñas se alegran de que vayas a comer con ellas.

Tira y afloja, tira y afloja…

Asintiendo con la cabeza, con otra sonrisa en los labios, Gerardo se despidió para encerrarse en su despacho.

Suspiré aliviado cuando oí la puerta de su despacho, y me sentí satisfecho de mí mismo por cómo había manejado la situación, pero recordé cómo me había excitado al sentir su polla dura contra mí, y ese recuerdo hizo que volviese a sentirme excitada notando mis pezones erizados contra la suave tela del sujetador.

– ¿Pero qué coño me pasa? – me pregunté mentalmente -, ¡me ha excitado un tío!.

– Pues eso, querida – me respondí-, que ahora tienes coño y te excitan las pollas duras.

No podía creerlo, no podía ser, yo seguía siendo yo mismo, y me gustaban las mujeres. Mujeres como Raquel, mujeres como yo misma, porque ahora era una mujer…

– ¡Dios! – exclamé por dentro-, ¡me voy a volver loco!.

Respiré profundamente e intenté calmarme. Me senté en la silla y traté de controlar el ataque de pánico que me estaba entrando. Poco a poco recobré la calma, algo por lo que siempre me había caracterizado, y desterré de mi mente cualquier preocupación sobre el asunto recordando el sexo del día anterior con Raquel. Miré la pantalla del ordenador, y viendo la cantidad de correos que aún tenía que revisar y contestar, conseguí que todo volviera a su cauce.

Pasé prácticamente toda la mañana encerrado en mi despacho, recibiendo y enviando mails, hasta que a las 13:00 convoqué una reunión con los Jefes de Sección para que me pusieran al día, de primera mano, sobre las novedades de la semana de cara a empezar la siguiente.

Nos metimos los cuatro en la sala de reuniones, que aunque era demasiado grande para sólo cuatro personas, nos permitía estar más cómodos que en mi despacho, cada uno con su propio ordenador portátil y papeles. Yo me senté a un lado de la mesa, y ellos tres al otro. Por un momento me sentí como si estuviese ante un tribunal de examen, con la gran diferencia de que la examinadora, en este caso, era yo.

Era la única mujer en la sala, la única mujer de los altos cargos, y también la más joven. Rafael y Julio tendrían alrededor de 60 años, y Andrés, recién pasados los 50. Traté de hacer la reunión lo más informal posible, mostrándome dialogante y cercana a ellos, lo que rápidamente notaron. Poco a poco, la tensión que solía haber en las reuniones con su jefa se fue disipando, y la charla y el ambiente fueron distendidos, permitiendo incluso algún chiste que ninguno de ellos habría hecho con la antigua Lucía.

Me sentí muy satisfecho conmigo mismo, estaba interpretando mi papel a la perfección, de tal modo que mis subordinados seguían viendo a Lucía, su jefa, pero no como un ser estratosférico con el que no se pudiera dialogar, sino como una persona renovada, más amigable y cercana.

Me sentí tan cómodo, que cuando ya habíamos acabado lo estrictamente profesional, y sólo charlábamos, me levanté de la mesa para quitarme la chaqueta, porque a pesar del aire acondicionado, el calor del mes de Julio era patente en la sala. Al haber bajado la guardia que habitualmente mantenían con Lucía, percibí cómo los tres hombres se me quedaban mirando embobados, y eso me gustó. Sumándolo a las reacciones del guarda del parking y de Gerardo, fui plenamente consciente del gran poder que tenía sobre los hombres con mi nueva apariencia. Ante aquellos tres allí reunidos se presentaba una belleza de 30 años de edad, de larga melena azabache, ojos de un intenso color azul claro enmarcados con largas pestañas negras, labios carnosos, coloreados y muy sensuales; con un cuerpo voluptuoso en todas sus formas: generosos y redondeados pechos, estilizada cintura, anchas caderas, culito redondo y firme, largas piernas de tersos muslos… Ataviada con una entallada y ajustada camisa blanca que envolvía mis curvas como un guante, una falda negra pegada a mis piernas hasta casi las rodillas, y unos exquisitos zapatos de tacón… Entendí perfectamente sus miradas, y un nuevo sentimiento floreció en mí: me sentí coqueta.

Con la excusa de colgar la chaqueta en el perchero que había junto a la ventana tras de mí, me giré con elegancia exponiendo mi culo a sus atentas miradas. Me entretuve unos instantes, haciendo como que buscaba algo en un bolsillo de la chaqueta, y viendo a través del tenue reflejo en la ventana, cómo aquellos tres hombres devoraban mi culo con sus miradas e intercambiaban sonrisas cómplices entre ellos. Aquello me resultó divertido, me hizo sentir bien alimentando ese nuevo sentimiento de coquetería, y me entraron ganas de jugar explorando mi sensualidad. Me di cuenta que al vestirme por la mañana me había abrochado todos los botones de la camisa, como habría hecho siendo un hombre, pero ya no lo era, y tenía mucho que lucir. Disimuladamente, desabroché los dos botones superiores, abriendo un buen escote hasta la línea del sujetador y me giré con una leve sacudida de mi melena.

– ¡Qué calor! – dije con naturalidad.

Los tres hombres sonrieron, y percibí cómo sus miradas se dirigían a mi cuello y escote para apartarlas rápidamente, lo cual a mí también me hizo sonreír.

Me senté, y proseguí con la conversación, interesándome por las anécdotas que distendidamente contaban mis subordinados. Me sentí a gusto, y conocí un poco más la forma de pensar de aquellos tres. Sin duda, la postura defensiva que siempre habían mantenido frente a su jefa, había cambiado. Sin darse cuenta, para ellos, durante ese tiempo había abandonado mi rol de jefa para únicamente representar el de una mujer atractiva a la que trataban de agradar y hacer reír.

Me dejé llevar por la coquetería, me sentí más juguetona, y alimenté sus miradas reclinándome hacia delante para prestarles toda mi atención, situando mis brazos sobre la mesa y mis pechos sobre ellos. De este modo, les proporcioné unas privilegiadas vistas de mi escote, con mis grandes pechos alzándose apretados por la presión de mi cuerpo, mostrando una buena parte de su esplendor a través de la camisa abierta.

Por mucho que trataran de evitarlo, vi claramente cómo las miradas de mis interlocutores bajaban continuamente de mis ojos a mis pechos, para volver a subir como si rebotaran en ellos y volver a bajar inevitablemente. Se estaban dando un festín, y yo me estaba divirtiendo de lo lindo al sentirme tan irresistible.

De forma distraída, cogí uno de mis bolígrafos, y tras jugar con él unos instantes entre los dedos, me llevé uno de los extremos hacia mi boca. Lo apoyé sobre el labio inferior, y lo recorrí acariciándolo, entreabriendo un poco la boca para introducir en ella la punta y sujetarla con los dientes.

Ninguno de aquellos tres hombres se perdió un solo detalle de mi gesto, y por el brillo de sus ojos supe que tenían las pollas como estacas por mí, y que esa tarde-noche habría tres esposas muy satisfechas cuando sus maridos las follasen con ganas pensando en mí. Aquella idea me excitaba humedeciendo mi tanguita y poniéndome los pezones duros para marcarse ligeramente a través del sujetador y la camisa, lo cual pondría aún más duras aquellas tres pollas, tan duras como para empalarme por todos mis agujeros… y cómo me ponía eso…

– ¡Joder! – exclamé mentalmente y echándome hacia atrás -.¡Estoy pensando en pollas duras…! ¡y me estoy excitando!.

El estado de embriaguez de hormonas femeninas al que había sucumbido se disipó repentinamente. Miré el reloj, eran casi las tres de la tarde, hora de salida, así que me dio la excusa perfecta para dar por terminada la reunión y quedarme solo.

Ocultando mi batalla interna, recogí mis cosas y me despedí de los tres Jefes de Sección. Ninguno pudo levantarse de la mesa como gesto de cortesía, los tres se hicieron los remolones recogiendo los papeles para evitar que comprobase las erecciones que sabía que había provocado.

Ya ni siquiera pasé por el despacho, directamente me fui a buscar el coche. Necesitaba conducir y que el aire frío del climatizador me diese en la cara.

De camino a casa, alejé de mi mente cualquier pensamiento relacionado con el sexo, y me centré exclusivamente en lo realmente importante, mi propósito para esa tarde y que hasta ese momento había evitado: ir al hospital a “verme”.

Pasé por casa, y tras comer la ensalada que mi asistenta me había preparado, y un trozo de chocolate al que no pude renunciar al verlo en un armarito, me di una rápida pero relajante ducha de agua fría para dejar atrás todo lo acontecido esa mañana, y afrontar el trance que se me presentaba con fuerzas renovadas.

Por mucho que tratara de negarlo, la feminidad se estaba apoderando de mí, y me sentí reconfortada al entrar en el vestidor y estrenar uno de los vestidos que dos días atrás me había comprado con mi hermana. Elegí el que era un poco más largo, sin escote, como si inconscientemente mi mente se negase a repetir el juego de provocación que había iniciado en la sala de reuniones, aunque dejando la puerta abierta a la sensualidad, siendo ajustado a cada una de mis bellas formas como una segunda piel, pero con la elegancia de la insinuación en lugar de la provocación directa.

Ya en el hospital, consulté en recepción la planta y habitación en la que Antonio Sánchez Castilla se encontraba y, respirando profundamente, fui al encuentro de mi antiguo yo. Caminando por el pasillo de la décima planta, a escasos metros de la habitación indicada, el corazón me dio un vuelco cuando la puerta se abrió y por ella salieron mis padres. ¡Mis padres!. En mi afán por aceptar mi cambio de identidad y afrontar mi nueva vida, prácticamente les había desterrado de mis pensamientos para evitar el dolor y la tristeza. Y ahí me los encontré. Pasaron a mi lado sin reconocerme, y vi la tristeza en sus rostros. Me quedé paralizado, observando cómo se alejaban de mí sin saber que aquella mujer del pasillo era su hijo atrapado en un cuerpo y una vida que no eran suyos… y las lágrimas se me saltaron de los ojos. Lloré desconsoladamente, cuanto no había llorado hasta entonces, y toda persona que por allí pasó pudo ver a una mujer rota por la pérdida de un ser querido. Y así era, puesto que yo había perdido a dos: mis padres. Tuve que ir al baño, y allí terminé de desahogarme, soltando hasta la última lágrima hasta entonces reprimida. Cuando el dolor volvió a hacerse soportable, y pude recomponerme frente al espejo, volví a dirigirme hacia mi objetivo.

La habitación estaba libre, salvo por el cuerpo que yacía reposando en la cama, conectado a los aparatos que lo mantenían con vida. Ahí estaba mi verdadero cuerpo, plácidamente dormido, una carcasa vacía… La contemplación de mí mismo desde esa perspectiva, fue aún más surrealista que cuando descubrí que me había convertido en Lucía. Me sentí mareado y tuve que sentarme.

Durante una hora, me dediqué únicamente a refrescar en mi memoria aquellos rasgos que antes veía cada mañana en el espejo y que, en ese momento, me resultaban familiares pero ajenos. Hasta que una idea que ya había tenido en otro momento, acudió a mí:

– Lucía – le dije en voz alta a aquel joven dormido-, ¿estás ahí?, ¿puedes oírme?.

Por supuesto, no obtuve respuesta alguna, ni tan siquiera un indicio que alentase una mínima esperanza. Volví a hablarle:

– Lucía, ¿estás ahí dentro?. Soy… Antonio. Si es así, despierta, por favor…

Sólo el sonido de las máquinas de soporte vital interrumpían el silencio.

– Tras el accidente me desperté dentro de tu cuerpo… Siendo tú…

Seguí sin obtener respuesta o un atisbo de reacción, pero el hecho de confesar en voz alta lo que me había ocurrido, fue un desahogo que alivió parte de la carga que llevaba dentro. Y seguí hablando, relatando como si aquel cuerpo pudiese escucharme, cuanto me había ocurrido desde que desperté en una habitación de ese mismo hospital, y aquello me hizo sentir mejor.

Salí del hospital y comencé a dar vueltas por la ciudad con el coche. En mi cabeza no podía dejar de pensar en cuanto había sucedido ese día: el trabajo, mi jefe, la reunión con los Jefes de Sección, ver a mis padres, encontrar mi verdadero cuerpo sumido en un profundo sueño… Demasiadas emociones para un solo día. No quería volver a casa y seguir pensando en todo aquello, así que, puesto que aún eran las siete de la tarde y era viernes, decidí aparcar junto a un elegante pub cuya fachada me llamó la atención. Tomaría una cerveza para aplacar la sed y el calor, y me distraería observando a la clientela.

A esas horas no había mucha gente, así que pude elegir sentarme en una mesa que me permitía observar todo el local. Al momento, un camarero que aparentaba treinta y pocos años, se acercó para tomarme nota:

– Buenas tardes, señorita – dijo con una cautivadora sonrisa -, ¿qué desea tomar?.

Le observé de la cabeza a los pies, tenía buena planta, lo suficientemente buena para que mis hormonas femeninas se me dispararan gritándome que me gustaba lo que veía. Traté de rechazar su llamada.

Sonreí al camarero, y aunque mi idea inicial era la de tomarme una cerveza, de pronto cambié de opinión, me apetecía algo más fuerte, y sobre todo más dulce:

– Un ron añejo con cola, por favor.

El hombre volvió a sonreírme, estaba claro que a él también le gustaba lo que veía, y asintiendo con la cabeza se dirigió a la barra. Mientras preparaba la copa, no me quitó el ojo de encima, así que para no alentarle, me hice la distraída jugueteando con el móvil. Me trajo la copa y un pequeño cuenco con gominolas que dejó sobre la mesa.

– Cortesía de la casa – dijo guiñándome un ojo.

– Gracias – contesté buscando la cartera en el bolso -, y me cobras, por favor – añadí dándole un billete. No tenía intención de hacer más que una consumición.

El camarero recogió el billete y percibí en él que había adivinado mi intención de marcharme pronto, por lo que se mostró algo contrariado. Al traerme la vuelta, no pudo reprimir su impulso de volver a hablarme:

– Gracias, preciosa – dijo esta vez con un cálido tono de voz y perdiendo totalmente la formalidad que debía mantener con una clienta-. Si deseas algo más, aquí me tienes para servirte…

Sin duda, no se refería únicamente a servirme una bebida.

– Está bien, gracias – le contesté sin apartar la vista de la pantalla de mi móvil.

Yo nunca habría sido tan cortante, habría contestado con la misma familiaridad que él había utilizado, pero realmente mis hormonas femeninas estaban en pie de guerra, y me estaba costando un mundo sobreponerme a ellas para negar que aquel hombre me atraía.

El primer trago de la copa me resultó de lo más refrescante, estaba muerto de sed, y el dulce sabor del ron envejecido con la cola hizo las delicias de mi paladar. Antonio nunca habría pedido ese combinado, se habría tomado una cerveza, o un whisky con cola en el caso de querer algo más fuerte, pero yo ya no era Antonio, era Lucía, y estaba descubriendo que lo que me había ocurrido conllevaba cambios más profundos que lo meramente físico.

Se estaba a gusto en aquel pub, había poca gente y la música ambiental era bastante agradable, así que dando sorbos de la copa, saqué cualquier preocupación de mis pensamientos observando a la clientela mientras buscaba en eBay artículos para darme algún capricho, ya que mi nuevo sueldo me lo permitía con holgura.

Estaba tan sediento, que apuré la bebida casi sin darme cuenta, así que le hice un gesto al camarero, al cual se le iluminó el rostro cuando entendió que quería otra consumición. Me puso la copa con una amplia sonrisa, y con su cálido tono de voz me dijo:

– A esta te invito yo.

– Gracias – le dije devolviéndole la sonrisa. El alcohol había conseguido relajarme y no veía la necesidad de mostrarme antipática-, pero no es necesario…

– Gracias a ti por alegrarme la tarde. Ya sabes, para lo que necesites… – añadió guiñándome el ojo y haciéndome sentir un cosquilleo interno.

La segunda copa me duró algo más, y entre trago y trago compré en eBay algunas chucherías que se me antojaron aunque luego resultaran inútiles. Cuando terminé la copa, consulté el reloj, y vi que ya era hora de marcharse, así que me levanté sintiéndome mareada. ¡Uf!, los efectos de la bebida eran más patentes de lo que habría imaginado. Estaba claro que mi tolerancia al alcohol se había visto muy mermada al convertirme en Lucía, y no sólo me había afectado al equilibrio, sino que sentía esa sensación de euforia y bienestar propia de un principio de borrachera que me envalentonó para acercarme a la barra, y decirle unas últimas palabras a aquel atractivo camarero que me observaba con atención. Manteniendo con dificultad el equilibrio sobre los tacones, traté de caminar con toda la elegancia de la que fui capaz, y pensé: “Estos zapatos son preciosos, y estoy divina con ellos, pero van a conseguir que me mate”. Si una semana atrás me hubiesen dicho que yo era capaz de tener un pensamiento así, habría matado a quien lo hubiera dicho.

Con pasos algo más vacilantes de lo que me habría gustado, llegué hasta la barra acercándome a aquel que me sonreía ampliamente. Estaba saboreando el que fuese hacia él, disfrutando de cada uno de mis pasos mientras sus ojos marrones seguían el contoneo de mis caderas. Puse el bolso sobre la barra, y rebuscando en él, saqué la llave del coche y la cartera.

– Déjame que te pague la ssssegunda copa – dije denotando en mi habla los efectos del alcohol-, no me conocessss de nada…

El camarero me miró fijamente, y puso una mano sobre la mía para evitar que abriese la cartera. El contacto me produjo un cosquilleo.

– Ha sido una invitación personal, preciosa – dijo. Y mirando la llave del coche, con su cálido tono de voz añadió: ¿No pensarás coger el coche ahora, verdad?.

No supe contestar, realmente estaba mareado y me costaba enlazar pensamientos.

– Deberías esperar un rato a que se te bajen las copas– prosiguió-. Yo puedo salir ahora mismo y quedarme contigo hasta que estés preparada para conducir.

– Gracias – contesté sintiendo cómo el cosquilleo de mi interior se acrecentaba.

En aquel momento, mi juicio estaba tan nublado, que cualquier palabra amable era bien recibida. Estaba realmente borracha, y no sólo de alcohol…

Una nueva sonrisa, esta vez de satisfacción, se dibujó en su atractivo rostro. Intercambió unas palabras con un compañero, que me miró de arriba abajo resoplando, y salió de la barra para cogerme de un brazo e invitarme a salir.

– Vivo aquí al lado- me dijo cuando salimos al calor de la calle-. Tengo aire acondicionado y, si quieres, te invito a un café para que te ayude a despejarte.

Aquello me pareció una buena idea. En otro momento me habría opuesto diametralmente a aquella proposición. Habría pedido un taxi y me habría marchado. Pero me costaba razonar, y en mi interior deseaba quedarme con ese hombre, me sentía irremediablemente atraída hacia él y no podía resistirme a ese sentimiento.

Realmente vivía en el portal de al lado del pub en el que trabajaba, y antes de darme cuenta, ya estaba sentada en el sofá de su salón con un café con hielo entre mis manos. Me dijo su nombre, el cual olvidé casi al instante y, tras un breve titubeo, yo le dije que me llamaba Lucía. Charlamos de cosas triviales entre sorbo y sorbo de café bien cargado, y así descubrí que no era un simple camarero del pub, sino que realmente era el dueño y que había decidido servirme a mí personalmente.

Poco a poco mi embotado cerebro se fue despejando, pero no podía evitar que mis ojos le estudiasen con detenimiento. Me gustaba mucho lo que veía, y la sensación de cosquilleo de mi interior se había convertido en una profunda sensación de vacío que me obligaba a mantenerme en tensión. Él me observaba con fascinación, con sus brillantes ojos siguiendo cada línea de mi anatomía, me deseaba desde que entré por la puerta de su local.

Por fin, me despejé lo suficiente para tener la fuerza de voluntad de acabar con esa situación, por lo que me puse en pie ante él y le dije:

– Ya me encuentro bien… y… tengo que marcharme…

Mi subconsciente me traicionó, y aquello sonó mucho más dubitativo de lo que yo hubiera querido expresar. Ante mi vacilación, en lugar de expresar decepción por mis palabras, su cara denotó cuánto le excitaba, devorándome con la mirada y relamiéndose como quien está ante un manjar, y eso hizo que la sensación de vacío de mi interior fuese aún más apremiante. Me excité, sentí humedad entre mis piernas, y los pezones se me pusieron tan duros que se marcaron por debajo del ajustado vestido que llevaba. Como un acto reflejo, mis manos fueron hacia mis muslos, tirando hacia abajo de la falda que, con un balanceo de caderas, estiré para que quedase perfecta delineando mi silueta.

Ese gesto inconsciente a él le animó aún más, y observé cómo en su entrepierna se marcaba un protuberante paquete que aceleró mi lubricación y provocó que el rubor subiese hasta mis mejillas. Se levantó, y poniendo sus manos sobre mis caderas, las recorrió hasta cogerme de la cintura. Aquella caricia me dejó sin aliento.

– No te vayas… – me susurró.

Sobreponiéndose a todas las señales de mi cuerpo, mi mente masculina hizo un último alarde por tomar el control de mis actos:

– El que me hayas invitado a una copa y un café no quiere decir que me vaya a abrir de piernas para ti – le dije tratando de mantenerme firme.

– No – contestó él con su cautivadora sonrisa-. Pero el que no me hayas quitado el ojo de encima desde que entraste en el pub, sí –añadió acariciando eróticamente mi cintura.

Me quedé totalmente desarmado. En ese momento fui consciente de que tenía razón. A pesar de haber querido negarlo, y tratar de evitarlo, durante el tiempo que había pasado sentado en la mesa del pub, mis miradas habían ido una y otra vez hacia él. Sentí la boca seca, y humedecí mis labios instintivamente en un claro gesto que denotaba mi propia excitación, por lo que, de repente, sentí el contacto de sus masculinos labios en los míos y su lengua penetrando en mi boca a través de ellos. Un terremoto sacudió mi interior, entré en combustión y mi cuerpo se tensó como la cuerda de un violín. Aquellos labios apremiantes y esa lengua audaz sacudieron los pilares de mis convicciones y me volvieron loca de excitación. Me entregué a ese beso, enredando mi lengua con la suya, presionando mis jugosos labios contra los suyos, dejando que explorase mi boca mientras mis brazos rodeaban su cuello para que todo mi cuerpo se apretase contra el suyo.

Estaba duro, y su dureza me gustaba. Sentía su erección como una lanza presionándome el pubis, y eso me hacía vibrar. Sus manos se deslizaron por mi cintura y cogieron mi culo con fuerza, apretándome los glúteos y haciendo que su pértiga me punzase en la pelvis. Estaba tan excitada, que cualquier vestigio de masculinidad desapareció completamente de mí. Deseaba a ese hombre con todos mis sentidos, deseaba ver su cuerpo desnudo, oír su respiración excitada, inhalar su aroma, acariciar su dureza, saborear su piel…

El camarero invadió toda mi boca con su lengua, haciéndome sentir que lo quería dentro de mí. Recorrió mi cuerpo con sus grandes manos, acariciando la abertura del vestido en mi espalda, subiendo hasta mis poderosos pechos para presionarlos con las palmas de sus manos, con mis pezones restregándose contra la suave tela interior del sujetador. Me estaba derritiendo en sus manos, en ese momento era suya y yo quería que me poseyera.

Mis manos recorrieron su pecho y espalda, acariciando con las yemas de mis dedos sus formas. Agarré su culo con fuerza, como él había agarrado el mío, y empujé con mis caderas para que su abultadísima entrepierna se clavase contra mi vulva. Había pasado casi todo el día pensando en duros penes, y en ese momento tenía para mí una marmórea polla que anhelaba tocar e introducir dentro de mí.

Con una habilidad que me sorprendió, desabroché su pantalón haciéndolo caer mientras él se desembarazaba de los zapatos, e introduje mis manos por la cintura de su calzoncillo. “¡Oooohhhh!”, ahí estaba el objeto de mi deseo. Con su lengua haciendo diabluras en mi boca, yo cogí aquella polla con mis suaves manos. La recorrí arriba y abajo, explorando su longitud, grosor y dureza, y me encantó. Había desterrado totalmente de mí a Antonio, era como si nunca hubiese sido él y nunca hubiese tenido mi propio órgano masculino. Ahora era Lucía, y estaba descubriendo cómo a Lucía le fascinaba tener un falo entre sus manos para acariciarlo.

El dueño del pub bajó sus manos de mis pechos y me subió la falda que tan coquetamente yo me había recolocado. Mi reacción fue inmediata: mis manos soltaron su verga y me sujeté de sus hombros para que una de mis piernas abrazase su cadera atrayendo su sexo hacia el mío. Mi tanguita humedeció su calzoncillo, y su glande me presionó a través de ambas prendas, estimulándome el clítoris y haciéndome jadear.

– Te estás abriendo de piernas para mí, preciosa – me susurró al oído.

– Ni siquiera me has quitado la ropa aún – le dije invitándole, borracha de lujuria.

Tiró de mi vestido hacia arriba y, dándolo la vuelta según lo subía por mi anatomía, me lo sacó por la cabeza. Sin esperar a que se desabrochase los botones, yo hice lo mismo con su camisa, quedándonos ambos en ropa interior.

– ¡Pero qué polvazo tienes, Lucía! – me dijo comiéndome con la mirada.

– Y tú me lo vas a quitar…

La sensación de vacío en mi interior era tan apremiante, que era mi vagina quien hablaba en mi nombre. Necesitaba sentirme llena, quería tener esa polla dentro de mí, y la excitación y el deseo eran tan grandes que era lo único en lo que podía pensar.

– Date la vuelta. Quiero memorizar lo buena que estás y disfrutar ese culito prieto que me ha vuelto loco en cuanto ha entrado meneándose en el pub.

Su apelación a mi narcisismo dio justamente en la diana. Yo sabía perfectamente lo buena que estaba, tanto como para masturbarme con mi imagen en los espejos de mi vestidor, por lo que me sentí encantada de darme la vuelta para mostrarle la redondez de mi culito.

– Precioso- dijo-, el mejor culo que he tenido aquí.

– ¿Acaso los has tenido mejores en otro sitio?- le pregunté indignada.

– Puede ser… – contestó desabrochándome el sujetador-, pero nunca he tenido en mis manos unos melones tan ricos como estos- añadió cogiéndomelos desde atrás y apretándomelos con fuerza-. Tienes la mejores tetas que he visto y acariciado nunca.

La fuerza del masaje en mis pechos me hizo jadear, y sus palabras me hicieron suspirar para mojar aún más mi tanga. Apreté mi cuerpo al suyo, y sentí la longitud de su erección con mis nalgas, me cautivó sentir su excitación con esa parte de mi anatomía; quise más, y él también quería más. Se bajó el calzoncillo y sentí su duro órgano entre mis glúteos, piel con piel, y me encantó. Sus manos bajaron de mis pechos delineando mi silueta para colarse bajo la humedad de mi tanga, y acariciarme el chorreante coño.

– Ummmm – gemí gustosa.

Acarició mi vulva, impregnándose de mis cálidos fluidos, masajeándome el clítoris mientras su glande trataba de abrirse paso entre mis nalgas y chocaba contra la tira del tanga. Me tenía tan excitada, que no dudé en ponerme completamente a su merced bajándome la ropa interior mientras él extendía mis jugos hacia mi suave entrada trasera. Empujó con la cabeza de aquella polla que yo tanto ansiaba tener dentro de mí, pero no con la suficiente fuerza como para vencer la natural resistencia de mi estrecho agujerito. Sólo estaba tanteando si yo aceptaría ser dada por el culo, calentándome más y más… Yo ya no podía soportar tanta excitación, necesitaba ser penetrada ya, fuese por donde fuese, así que me agaché para soltar las trabillas de mis zapatos y bajarme de los tacones, ofreciéndole mi culo en todo su esplendor.

– ¡Joder, métemela ya! – me sorprendí pidiéndole sin incorporarme.

– Definitivamente, sí es el mejor culo que he tenido nunca – contestó.

Y arremetió con fuerza con su ariete, haciéndome sentir cómo su glande se abría paso entre mis glúteos para incidir contra mi ano. ¡Iba a ser follada por el culo porque yo lo había pedido!. Pero, ¡oh, sorpresa!, mi ojal no estaba resuelto a dejarse vencer por tan grueso invasor, así que la lubricación aplicada en la zona hizo que la punta de la verga de aquel hombre se deslizase por toda la raja hasta que finalmente encontró una abertura ansiosa por devorarla, y esta fue la entrada de mi coño, que engulló el duro miembro hasta que la pelvis de aquel macho chocó contra mi culo.

– Aaaaaahhhhhhmmmm – gemí satisfecha.

– Oooooohhhhh – gimió él.

Desde que era Lucía, mi sexo sólo había sido explorado por mis propios dedos, los de Raquel y su experta lengua, y ninguno de ellos había profundizado hasta ese nivel. Era, justamente, la sensación que mi cuerpo había estado buscando desde que sintió la polla dura de mi jefe contra él, y era una auténtica gozada que ansiaba seguir experimentando.

El camarero me dio un par de envites más, deleitándome con la dureza de su lanza abriéndome por dentro. Pero a pesar de tenerme sujeta por las caderas, puesto que yo no tenía ningún otro punto de apoyo, no conseguía penetrarme con la profundidad que a ambos nos gustaría, así que manejándome como si fuese una muñeca, con una fuerza que me resultó aún más excitante, me sacó el falo y me tumbó sobre el sofá para rápidamente ponerse encima y, ahora sí, meterme su verga a fondo, cuanto nuestro cuerpos permitieron.

– ¡¡¡Aaaaaahhhhhhh!!! – me hizo gritar.

Las sensaciones eran tan intensas, que no podía evitar emitir sonoras muestras de placer, los mismos sonidos que siempre me había excitado oír cuando era un hombre. No podía controlarlo, simplemente gemía de gusto.

Mi amante repitió su movimiento, retirándose para volver a clavármela a fondo, taladrándome el coño y golpeándome el clítoris con su pelvis, haciéndome ver las estrellas. Me aferré a su pétreo culo con las manos y apreté mis muslos contra sus caderas. Ahora que sabía lo que era ser follada por un hombre, quería experimentarlo con la máxima intensidad, que su virilidad se clavase tan dentro de mí que me hiciera sentir llena de ella.

Mirándome fijamente, aquel hombre siguió penetrándome una y otra vez con movimientos de cadera lentos pero firmes. Mi vagina envolvía su falo succionándolo como si quisiera tragárselo, con unas maravillosas y electrizantes contracciones que me hacían jadear y acompañar sus movimientos para que ese potente músculo alcanzase lo más profundo de mi ardiente gruta. El placer era incomparable, y la sensación de una pétrea polla abriéndome por dentro era indescriptible. Sus dedos se colaron en mi boca abierta, y los chupé con deleite saboreando en ellos el salado gusto de mi coñito mientras él seguía dándome empujones que consumían su leño en la hoguera de mi placer.

Mis manos recorrían su fuerte espalda atrayéndolo hacia mí para que su boca atrapase uno de mis bamboleantes pechos y succionase el erizado pezón para hacerme gritar de gusto. Estaba llegando al momento culminante, y la cabeza me daba vueltas, no ya por los efectos del alcohol, sino por las continuas embestidas de aquel macho follándome sin compasión.

El dueño del pub aceleró el ritmo, gruñendo con cada empellón, golpeando mi clítoris con su pelvis para que este vibrase con cada profunda penetración. Sacó los dedos de mi boca, soltó mi pecho, y clavando sus ojos en los míos me sujetó por los hombros para acelerar aún más el ritmo y volverme totalmente loca en un torbellino de gemidos mientras su verga latía dentro de mi licuado coñito.

Había fuego en sus ojos y, de pronto, apretó los dientes con una salvaje embestida de su cadera que me dejó sin aliento. Un gruñido animal escapó de entre sus dientes, y una abrasadora explosión inundó mis entrañas escaldándome por dentro. La violencia de su arremetida, la incrustación de su glande en las profundidades de mi vagina, el golpe seco en mi clítoris, y la ardiente sensación de su esperma derramándose dentro de mí, me hicieron llegar a la cúspide del placer. Me corrí con él, sintiendo que el mundo giraba a mi alrededor, descargando toda la tensión sexual acumulada durante el día, con mi cuerpo elevándose del sofá en un espasmo que hizo vibrar cada fibra de mi ser, y al decaer mi orgasmo y relajarme, me sentí una verdadera mujer.

Aquel que sin saberlo había dado la vuelta a todos mis prejuicios, salió de mí y se levantó para admirar mi cuerpo desnudo y sudoroso sobre el sofá. En su rostro se mostraba satisfacción, pero, aunque no lo verbalizó, en él pude leer que la satisfacción no era total. Sus ojos me revelaron que físicamente sí debía ser la mujer más atractiva que se había follado, pero el polvo que acababa de echarme no había sido, ni de lejos, el mejor de su vida.

Lo que en él percibí, me dejó una agridulce sensación. Aunque para mí la experiencia había sido increíble, sentía la necesidad de que para él también lo fuese. No por él, sino por mí, como satisfacción personal. En mi fuero interno reconocí que mi papel no había sido demasiado activo, simplemente me había dejado llevar por la situación, y esa no era mi forma de ser. Estaba segura de que aquel tipo pensaba: “Acabo de follarme a la típica tía buena, espectacular a la vista, pero sosa en la cama”.

– Necesito una ducha – dijo confirmándome mis sospechas-, si ya estás bien para conducir y quieres marcharte, lo entenderé.

Sin más, me dejó allí y se fue al cuarto de baño. Yo no podía dejar así las cosas, acababa de descubrir lo que era ser follada por un hombre, y quería más, mucho más. Ese macho había despertado en mí a la hembra salvaje que llevaba dentro, y se lo iba a demostrar.

CONTINUARÁ…

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