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En mi vida había gozado tanto. Si el sexo siempre iba a ser tan intenso como acababa de experimentar, le iba a coger mucho gusto a mi intención de descubrir a Lucía.

Estaba cubierta de sudor, con el cabello alborotado, mi coñito aún húmedo, y mi mano perfumada con el excitante aroma de mis fluidos, así que esforzándome para levantarme de la butaca, me dirigí al baño y decidí probar uno de los pequeños lujos de mi nueva vida: la bañera de hidromasaje.

Relajado, salí de la bañera y me vestí con ropa cómoda para estar en casa: un conjunto deportivo de ropa interior que mantuviese mis pechos sujetos, un top de tirantes, y unas cómodas mallas que me hacían un culito de lo más apetecible.

– Tranquilo – tuve que decirme al verme en los espejos -, no puedes pasarte el día masturbándote…

No eran más que las 8:00 de la mañana, y tenía todo el día por delante, así que decidí dedicarme a mi faceta profesional, poniéndome al día con el trabajo que la nueva Lucía debía continuar y mejorar, puesto que en realidad era eso lo que había deseado al pensar: “Ojalá yo estuviese en su lugar”, y no convertirme físicamente en ella.

Encendí el ordenador portátil del trabajo, y comencé a revisar los archivos almacenados, refrescando la información en mi cabeza ayudado por los recuerdos que conservaba de Lucía. Era muy ordenada y metódica, y la verdad es que tenía ideas brillantes que se plasmaban a la perfección en cuantos trabajos había desarrollado. Realmente, yo había estado muy equivocado. Lucía era una gran profesional y jefa, lo tenía todo perfectamente bajo control, y las decisiones que había tomado no habían sido a la ligera o por capricho, siempre se había basado en un profundo conocimiento de la situación, en la inteligencia, y en la búsqueda de lo mejor para la empresa. Desde esta perspectiva, ya no me parecía errónea su postura en la reunión que mantuvimos el día del fatídico accidente; de hecho, era la postura más acertada, tan sólo le habían perdido las formas, porque como ya he comentado en otra ocasión, Lucía tenía un verdadero problema para empatizar con sus interlocutores. Bien es cierto, que una forma de trato más suave con el cliente, habría facilitado las cosas, y ahí era donde yo podía incidir para ser una Lucía mejor. Tal vez yo no fuera tan brillante como la Lucía original, pero no estaba falto de ideas y conocimientos, y además ahora atesoraba los conocimientos de mi jefa junto con toda su experiencia. La nueva Lucía seguiría siendo la mejor en su trabajo, pero sería más flexible, amable y comunicativa, pues así era yo.

Sonó el teléfono, miré el reloj y vi que ya eran las 10 de la mañana y no había hecho más que revisar algunos archivos, aquella tarea me iba a llevar bastante tiempo. En la pantalla de mi Smartphone de última generación vi que quien me llamaba era María.

– Buenos días – dije al darle al botón de contestar.

-¿No estarás en el trabajo, verdad? – preguntó inmediatamente mi hermana.

Puesto que había asumido que yo ahora era Lucía, ya podía llamarla “mi hermana”. Todos los recuerdos que conservaba sobre ella eran buenos, y me inspiraban un enorme afecto, lo cual se había confirmado la tarde anterior, cuando se la pasó conmigo tras salir del hospital.

– No, no te preocupes – contesté en tono afectuoso-, estoy en casa, voy a tomarme un par de días libres…

– ¿Un par de días?. No deberías volver al trabajo, como muy pronto, hasta el lunes… Y aunque estés en casa, ¿a que adivino qué estabas haciendo?.

– Trabajando… – contesté avergonzado.

-¡Si es que no tienes remedio, chica!. Acabas de tener un accidente que podría haberte costado la vida, y en vez de descansar, estás enfrascada en el trabajo, ¡como siempre!. Ya he dejado a los niños en el campamento urbano (¡es verdad, tenía dos sobrinos de 8 y 10 años!), así que ahora mismo voy a buscarte y nos vamos a comer un buen desayuno y a quemar la tarjeta de crédito, ¿vale?.

María era diez años mayor que Lucía, y cuando sus padres fallecieron en un accidente de tráfico, se ocupó de su hermana pequeña realizando el papel de hermana, madre y amiga, por lo que era la única persona a la que mi jefa hacía caso de verdad.

– Pero es que tengo mucho trabajo, María… – le contesté sin mentirle.

– En veinte minutos estoy ahí, así que más vale que cuando llegue estés esperándome en la puerta – sentenció para acto seguido colgar.

Resignado, dejé el móvil, apagué el ordenador y fui a cambiarme nuevamente de ropa. Si iba a salir de compras con María, con unos vaqueros, un top un poco más “elegante” que el que llevaba, y unas sandalias con un poquito de tacón, serviría. Ya vestida, mi duda surgió con el bolso que debía llevarme. Rebuscando en mis recuerdos, y ojeando el interior del armario donde mis más de veinte bolsos estaban guardados, finalmente escogí una sencilla bandolera veraniega, pequeña y funcional para contener el móvil, monedero, billetero, tarjetero y juego de llaves. Volví a cepillar mi cabello, y echándome un par de gotas del caro perfume que en el coche me había embriagado dos días atrás, me sentí listo para salir.

En el hall del portal me saludó el portero, esbozando una amplia sonrisa al verme:

– Buenos días, señorita, tan bella como siempre.

– Buenos días, Arturo- le contesté hallando su nombre en mi cabeza-, tan halagador como siempre.

Mientras salía a la calle, percibí por el rabillo del ojo cómo miraba mi culito contoneándose con la cadencia de mis pasos. Justo al traspasar la puerta, le dejé al portero una señal de la nueva Lucía, me giré, y le dije adiós con la mano y una sonrisa, mi jefa nunca habría hecho eso.

María me llevó a desayunar a una cafetería cercana a una conocida zona comercial de la ciudad. Aunque ya había desayunado unas horas antes, no les hice ningún asco a unas deliciosas tortitas con chocolate. Lo pasamos bien juntas, y a mi hermana le entusiasmó la idea de un cambio en mi vida para estar menos encerrada en mí misma.

El resto de la mañana lo pasamos recorriendo las tiendas de la zona comercial, probándonos ropa y complementos que a mí me quedaban divinos, y confirmando que a la nueva Lucía también le encantaban esas cosas. Comimos juntas también, y por la tarde, volvimos a un par de tiendas que ya habíamos visitado por la mañana para terminar con un par de vestidos con sus zapatos a juego en mi haber, y un vestido para María que insistí en regalarle como agradecimiento por sacarme de casa para pasar un buen día entre hermanas.

A las 8:00 de la tarde ya me había dejado en casa para ir a buscar a mis sobrinos al campamento urbano.

La casa estaba perfectamente limpia y ordenada, mi “duendecillo mágico” había recogido la ropa que había dejado sobre la butaca del vestidor para lavarla, había hecho la cama, había fregado y recogido los cacharros del desayuno que yo había dejado en el fregadero, había dado un repaso general a todo el piso, e incluso, me había dejado preparado algo de cena en el frigorífico.

Los dos vestidos que me había comprado, bajo consejo de María, eran súper sexys. Se ajustaban a mi silueta como una segunda piel, teniendo uno de ellos un generoso escote recto y una escueta falda que apenas llegaba a la mitad de mis muslos, y el segundo, algo más recatado, sin escote delantero, pero dejando al aire toda la espalda, y con la falda hasta las rodillas, pero igualmente ajustado para remarcar todas mis sensuales formas de mujer. “Póntelos para darte un homenaje”, me había dicho mi hermana guiñándome un ojo con picardía. Los colgué en su armario correspondiente, junto a otros catorce vestidos veraniegos. Guardé también los zapatos, ambos abiertos y con tacón de vértigo, que al probármelos en la tienda comprobé que mi cuerpo sabía perfectamente cómo mantenerse en equilibrio sobre ellos y caminar con elegante sensualidad.

En el armario de los zapatos, vi dos pares de zapatillas, y me apeteció hacer un poco de ejercicio para terminar de agotarme y abrir el apetito para la cena, ya emplearía el día siguiente en continuar estudiando los archivos de trabajo. Me puse ropa deportiva junto a las zapatillas, y me metí en mi gimnasio particular porque, por supuesto, Lucía tenía una habitación exclusivamente dedicada al culto al cuerpo, con una cinta para correr, una bicicleta estática, un banco de abdominales, etc.

Acabé tan agotada, que tras una rápida ducha y un picoteo de la deliciosa cena que la asistenta me había preparado, me acosté para sumirme en un profundo y reparador sueño.

A las 6:30 en punto, el despertador me sacó de mi letargo. Desperté totalmente descansado, y aunque no tenía la verdadera obligación de levantarme, me puse en marcha para aprovechar el día y así estar preparado para volver al día siguiente al trabajo como la nueva Lucía. Tras las rutinas mañaneras, me enfrasqué en el ordenador, estudiando cada archivo como si fuese a tener un examen para el que debía dar el último repaso. A las 11:00 en punto, apareció Rosa, la asistenta, que se sorprendió de encontrarme en casa, y como no tenía ninguna gana de que anduviese pululando por la casa mientras yo trataba de concentrarme, le pedí que me preparase algo rápido para comer y se tomase el resto del día libre con su paga asegurada.

La mañana se me pasó volando, pero fue muy provechosa, habiéndome dado tiempo a repasar todo el trabajo asegurando que con los recuerdos de Lucía, estaba preparado para interpretar el papel de Subdirectora de Operaciones.

Durante la comida recibí un mensaje, era de Raquel, la mejor amiga de Lucía:

– ¡Hola guapa! Acabo de llegar a la ciudad. Tu hermana me ha contado lo que te ha pasado. Tengo la tarde libre, así que puedo pasarme en un rato por tu casa a tomar un café.

Hacía dos semanas que Lucía no veía a su amiga. Por trabajo, se pasaba la vida viajando de un lugar a otro, así que raras veces estaba en la ciudad. Entre mis recuerdos, encontré un verdadero sentimiento de amistad hacia Raquel. No en vano, habían sido compañeras de piso durante tres años en su época universitaria, y así como con otras “amigas” había ido perdiendo el contacto, con Raquel lo había mantenido, siendo junto con su hermana, la única persona con la que tenía verdadera confianza. Si esa iba a ser mi nueva vida, lo primero que debía hacer era conocer todo mi entorno y, la verdad, me apetecía conocer a Raquel por mí mismo y no basarme únicamente en recuerdos ajenos.

– No tengo ningún plan – le escribí-. Y me encantaría verte. Voy preparando el café. Besos.

– En una hora estoy ahí –contestó inmediatamente-. Yo también tengo muchas ganas de verte y que me cuentes. Un besito.

Terminé de comer, recogí y puse la cafetera eléctrica. No podía recibir a mi “nueva” amiga en ropa de estar en casa, así que me arreglé un poco poniéndome un ligero vestido veraniego de tonos alegres, y atándome la melena para hacerme una coleta, que aunque nunca antes me la había hecho, mis habilidosas manos ejecutaron mecánicamente.

Sonó el telefonillo, y al descolgar, oí la voz de Arturo, el portero:

– Buenas tardes, señorita Lucía. Está aquí su amiga Raquel.

– Que suba, por favor –contesté-. Gracias, Arturo.

Tras un par de minutos, sonó el timbre, y ahí estaba Raquel al abrir la puerta. La primera impresión me sorprendió muy gratamente. No me había hecho una imagen mental de ella al indagar en los recuerdos de Lucía, y la verdad es que me resultó muy agradable el encontrarme a una mujer rubia de mi edad (30 años), con el cabello cortado a media melena haciendo bucles para enmarcar su rostro. No era especialmente guapa, debido a una nariz algo más prominente de lo normal, pero sí resultaba atractiva, y esa nariz le daba personalidad. Tenía los ojos de color miel, grandes, muy redondos y expresivos, y una boquita pequeña de sensuales labios rojos. Era de estatura media y complexión delgada, más delgada que yo.

– ¡Hola, preciosa!- dijo dándome dos sonoros besos y un abrazo-. ¡Estás tan espectacular como siempre!- añadió observándome de arriba abajo.

– Gracias- contesté ruborizándome un poco.

– Menos mal que no te ha pasado nada, menudo susto me he llevado cuando he visto el mensaje de tu hermana diciéndome que habías tenido un accidente. No le he dado ni tiempo a escribirme que estabas bien, le he llamado al instante para que me contara…

– Bueno, todo ha quedado en un susto- contesté pensando: “Si tú supieras…”

Pasamos al salón, y tras servir un café con hielo para cada una, le conté lo ocurrido (lo que podía contarle sin que me llamase loca) contestando a sus preguntas. Tal vez con el tiempo, y si alguna vez llegaba a tener el nivel de confianza con ella que había llegado a tener Lucía, le contaría la estrambótica verdad de lo ocurrido.

– Entonces, el chico que iba contigo, es aquel del que me comentaste una vez – dijo Raquel cuando le conté la situación de mi verdadero yo.

– Sí- contesté hallando en los recuerdos de Lucía una conversación en la que le había dicho a su amiga, confidencialmente, que había un chico del trabajo que le llamaba la atención.

-¡Joder!, qué mala suerte…

– Ya… – añadí sintiendo angustia que se reflejó en mi rostro.

Raquel era especialista en quitarle hierro a cualquier asunto y darle la vuelta para eludir las preocupaciones, así que su contestación me dejó descolocado:

– Bueno, al menos no habías tenido nada aún con él, así que a otra cosa, mariposa. ¡Con la de tíos que hay por ahí deseando tener un bombón como tú!.

– Gra-gracias… – conseguí decir.

– Y hablando de tíos… Tras esta experiencia, necesitas que te echen un buen polvo. Sólo voy a quedarme esta noche en la ciudad, ¿por qué no salimos y nos buscamos un par de chulazos que nos alegren el cuerpo?.

– Raquel, mañana tengo que volver al trabajo- le contesté tratando de eludir el tema.

– Cariño, siempre estás igual: el trabajo, el trabajo y el trabajo. ¿Cuánto hace que no echas un polvo?. Necesitas un tío que te dé marcha…

– Te lo agradezco, pero ahora mismo no me interesan los tíos…

Raquel me miró con fascinación, y sonrió como si una luz se hubiese hecho en su interior. Entonces hizo algo que rompió todos mis esquemas: tomó mi rostro entre sus manos, y me dio un suave y dulce beso en los labios que excitó a mi mente masculina, y provocó una descarga eléctrica en mi cuerpo femenino.

Al instante, los recuerdos de Lucía acudieron a mí, y en ellos hallé uno en el que, muchos años atrás, tras una noche de borrachera para celebrar su graduación, las dos compañeras de piso habían experimentado y compartido los placeres del lesbianismo. Para Lucía, aquello había quedado en una simple experiencia más vivida durante su época universitaria, pero para Raquel había supuesto mucho más, iniciándola en el camino de la bisexualidad, y aunque solía preferir estar con hombres, de vez en cuando se daba el capricho de acostarse con alguna mujer que le resultase atractiva.

– Entonces tal vez te interese yo… ¿Recuerdas aquella noche? – me susurró.

– Sí… -contesté denotando la excitación en mi voz.

Sus labios volvieron a fusionarse con los míos, dándome esta vez un beso suave pero más jugoso y erótico que el anterior.

– Todavía sigo deseándote… – volvió a susurrarme.

– Y yo a ti – contestó mi mente masculina verbalizando con voz de mujer.

A Raquel le brillaron los ojos por la excitación, llevaba años deseando repetir aquella experiencia, y yo ahora lo sabía.

Se lanzó impetuosamente sobre mí, nuestros suaves y jugosos labios volvieron a encontrarse, y la punta de su húmeda lengua pasó a través de ellos para acariciar la mía. Aquel contacto me produjo un cosquilleo que arqueó mi espalda y endureció mis pezones hasta el punto de dolor. El sentir un beso de mujer en mi boca, labios y lengua de mujer, era una sensación de lo más excitante, así que me dejé llevar y respondí a su beso con pasión, enredando mi lengua con la suya, apretando mis carnosos labios contra la suavidad de los suyos, devorando su boca como ella devoraba la mía…

Sus manos abandonaron mi rostro y descendieron acariciando mi cuello para posarse sobre mis pechos. Sus pequeñas manos apenas abarcaban la mitad de mis exuberantes senos, y la caricia fue tan placentera que sentí cómo mi coño se humedecía.

– Qué pedazo de tetas tienes… – me susurró-. Yo siempre he querido tenerlas así de grandes y bonitas… – añadió masajeándomelas.

Mis manos fueron a sus pechos, y prácticamente los cubrieron. Eran un par de tallas más pequeños que los míos, pero eran unos pechos bonitos, turgentes y redondeados con sus pezones duros como escarpias. Los masajeé disfrutando su consistencia mientras me lanzaba a invadir su boquita con mi lengua.

Nos besamos apasionadamente, y la costumbre masculina me hizo tomar la iniciativa tumbándola sobre el sofá mientras sus manos comenzaban a acariciar mi estrecha cintura. La miré, y aunque los recuerdos de Lucía me decían que era mi amiga, mi mente de hombre sólo veía una atractiva mujer rubia, muy excitada, y preparada para ser follada sin compasión. Me sentí más mojada aún, el coño me ardía…

Haciéndome incorporar, Raquel tiró de mi vestido para sacármelo por la cabeza y yo, con fuerza, abrí su blusa haciendo saltar los botones. Hábilmente se sacó la falda y se deshizo de los zapatos quedándose en ropa interior para mí como yo lo estaba para ella. Llevaba un conjunto de color champagne (unos días antes no habría sabido diferenciar ese color) con encaje, y le quedaba muy bien. A pesar de su delgadez, Raquel no desmerecía en ropa interior, y pude percibir que su prenda interior estaba tan mojada como la mía.

En aquel momento, eché de menos mi polla para arrancarle las bragas y clavársela hasta el fondo, pero ella me agarró del culo y tiró de mí para tumbarme sobre ella. Nuestras lenguas y labios se recorrieron con húmeda dedicación, y nuestras pieles calientes se sintieron la una a la otra. Mis pechos se aplastaron sobre los suyos, y mi húmedo coño se posicionó sobre el de Raquel. Sus manos recorrían mi culo acariciándolo y apretándolo, me encantaba. Como hombre, esa parte de mi anatomía nunca había sido tan sensible.

Instintivamente, mi cuerpo empezó a moverse sobre el de mi amiga. Nuestros sujetadores se frotaron aplastando nuestros pechos y pezones, y nuestras braguitas se restregaron mezclándose la humedad de ambas, pero necesitábamos sentirnos más. Raquel desabrochó mi sujetador y liberó mis pechos para ella. Los atrajo hacia sí, abriendo la boca e introduciéndose un pezón para chuparlo. Aquello me hizo gemir. Succionó introduciéndose cuanta carne pudo en ella, y mamó con fuerza provocándome un dolor y placer que elevaron mi gemido hasta casi un grito. Yo le di succionantes besos en el cuello, y le quité el sujetador para comerme sus pechos de rosadas y punzantes cúspides. Su espalda se arqueó con las caricias de mi lengua en sus pezones y la succión de mi boca en sus tetas, y giramos para ser ella quien mandara. Me quitó las bragas, se deshizo de las suyas y tumbó su cuerpo completamente desnudo sobre el mío: pechos sobre pechos, vientre sobre vientre, coño sobre coño.

Si un hombre hubiera entrado en el salón en aquel momento, se habría encontrado con una de sus fantasías convertida en realidad: dos hermosas mujeres, una morenaza y una rubita, retozando juntas y dándose placer.

Los pezones de Raquel se clavaban en mis pechos, y pude sentir el calor y humedad de su, completamente rasurada, vulva sobre mis labios vaginales. Su cuerpo se frotó sobre el mío, sintiéndonos la piel. Los labios de su húmeda vagina besaban los de la mía, apretándose con fuerza para transmitir una deliciosa presión a nuestros duros clítoris. Mi amiga, comenzó a descender por mi cuerpo con su boca y manos, devorando mis pechos, acariciando mi ombligo, besando la cara interna de mis muslos… Hasta que sentí cómo sus dedos exploraban mi empapada abertura, separando los labios para acariciar mi botón y hacerme estremecer. Gemí con sus caricias, y de pronto sentí cómo algo suave y mojado comenzaba a acariciar mi clítoris. El contacto de su lengua con tan sensible parte de mi cuerpo hizo que mi espalda se despegase del sofá y mis manos se posaran sobre su rubio cabello. Su boca se adaptó a la chorreante abertura entre mis piernas, y esa divina lengua se coló entre labios mayores y menores para lamer todo mi sexo arrancándome grititos de placer.

La sensación era sublime, el cosquilleo que me provocaba hacía que mi coño vibrase con repetitivas contracciones que bañaban su boca con mis fluidos. Estaba a punto de estallar:

– Mmmmm… Raquel… – gemí.

Mi amiga detuvo su maravillosa comida, manteniéndome en el punto álgido, y subió hasta que sus labios se encontraron con los míos e introdujo su experta lengua en mi boca. Degusté en su paladar el sabor de mujer preorgásmica, el salado gusto de mi coño licuándose por ella, y me encantó.

– Estás deliciosa- me susurró.

– Ahora voy probarte yo a ti- le contesté con una sonrisa y dándole un mordisquito en el labio inferior.

Volví a tomar la iniciativa, giramos y me puse a cuatro patas sobre ella. Besé sus pechos, acariciando sus erizados pezones con la lengua, y con la punta de ésta descendí por todo su cuerpo hasta que llegué a su suave vulva, hinchada, rosada y jugosa como una fruta madura. Mi lengua descendió introduciéndose entre esos carnosos labios y recorrió la abertura desde arriba hacia abajo, acariciando clítoris y labios menores hasta que mis labios se adaptaron para darle un succionante y profundo beso que le hizo gemir:

– Mmmmm. Lucíaaaaa, assssí ssse haceeeee… Aprendesssss rápido…

Introduje mi lengua cuanto pude en su coño bebiendo el salado elixir que manaba para mí. Raquel emitió un gritito de placer y sorpresa. Ella no sabía que, como Antonio, yo ya había comido unos cuantos coñitos y sabía cómo dar placer disfrutando del manjar. Retorcí la lengua dentro de su gruta, haciéndola girar mientras succionaba para no perderme nada de su jugo.

– Diossssss – dijo mi amiga jadeando-, qué buena eressss…

Subí un poco, y ataqué su clítoris atrapándolo con mis suaves labios para chuparlo y acariciarlo con la punta de la lengua imprimiendo velocidad mientras mi dedo índice se introducía en su vagina para acariciarla por dentro.

Raquel estaba a punto de correrse, pero quería que nos corriésemos las dos juntas, así que haciendo un esfuerzo por sobreponerse a los deseos de su cuerpo, agarró mi cabeza y tiró de ella obligándome a subir. Vi fuego en sus melosos ojos, y me llevó hacia ella para beber sus propios fluidos de mi boca.

– Vamos a corrernos juntas – consiguió decir entre jadeos.

Recuperó el control de la situación, haciendo que me tumbase y, girándose, se puso a cuatro patas sobre mí, con su aromático sexo sobre mi cara. Cogiéndome del culo, hundió su cara entre mis piernas, y me clavó la lengua en el coño arrancándome un grito de placer. Yo también agarré su culito, y atrayéndola hacia mí, hundí mi lengua en su coño.

Me comió sin compasión. Su lengua era un torbellino acariciando con fuerza y velocidad mi coñito, metiéndose por la abertura, acariciando las paredes, lamiendo el clítoris… y sus labios succionaban cuanto jugo manaba de mí, apretándose contra mis labios vaginales, abriendo y cerrando la boca… Me hacía enloquecer. Sentía mi sexo en combustión, con sus paredes contrayéndose y relajándose a una velocidad increíble. Las descargas eléctricas recorrían mi espina dorsal, y los pezones me dolían de pura excitación.

Yo le correspondía de igual manera, comiéndome ese chorreante y suave coño como si la vida me fuera en ello. Nuestros gemidos se ahogaban en cálidos fluidos de mujer, y nuestras caderas acompañaban el movimiento de nuestras lenguas contoneándose y apretándose contra las fuentes de tanto placer.

Estaba a punto de correrme, me estaba muriendo de gusto, y era insoportable. Me sentía a punto de explotar, con todo mi cuerpo en tensión, cargada de una energía que necesitaba ser liberada. Aquella boca acoplada a mi sexo me estaba abriendo las puertas del paraíso, y necesitaba cruzarlas… Raquel lo sabía, y aunque ella misma también estaba a punto del orgasmo, levantó sus caderas para liberar mi boca por unos instantes y hundir su lengua cuanto pudo en mi coño succionando con los labios.

– ¡¡¡Aaaaaaaaaaaaahhhhhhhh!!! – grité cuando toda mi energía se liberó.

El orgasmo fue un terremoto que sacudió todo mi cuerpo desatando una tempestad de sensaciones que me transportaron más allá de donde nunca había llegado.

Raquel siguió bebiendo de mis esencias, prolongando mi placer hasta conseguir que mi espalda se despegase del sofá para abrazarme a sus caderas y besar su sexo clavando mi lengua en él.

– ¡¡¡Ooooooooooooohhhhh!!! – gritó ella en pleno orgasmo.

Mi boca recibió el salado zumo de su orgasmo y lo degusté prolongando su placer como ella había hecho conmigo.

Mi amiga consiguió girarse, y aún jadeante, se tumbó a mi lado.

– Lucía… -me susurró acariciando mi cabello. Eres increíble, una caja de sorpresas…

– Tú sí que eres increíble – contesté-. Mi mejor amiga… -añadí dándole vueltas en la cabeza a ese concepto.

– Y tú la mía… – Raquel se mostró dubitativa por unos instantes-. No puedo negar que en más de una ocasión he soñado con este momento, y me he dejado llevar por el deseo. Eres tan hermosa…

Pude ver en sus ojos un sentimiento de culpa y tristeza que trató de disimular con una sonrisa.

– Me has hecho tocar las puertas del paraíso – le contesté.

Raquel era una buena persona, y una verdadera amiga que quería a Lucía con locura, por lo que empecé a sospechar lo que rondaba en su mente en aquel momento de relax tras la tormenta de excitación desatada.

– Has pasado por una experiencia traumática, y probablemente aún estás confusa por ello… Me he aprovechado de la situación y de tu vulnerabilidad en estos momentos…

– No te sientas culpable, he hecho lo que quería hacer. La confusión no tiene nada que ver con esto…

– Noto algo diferente en ti – sentí cómo el rubor subía a mis mejillas con esta afirmación-, no sé si será transitorio o permanente, pero creo que con lo que acaba de pasar, no te ayudo… Mañana vuelvo a marcharme, y no volveré en quince días… creo que será tiempo suficiente para que ambas pensemos…

– Pero…

– Lucía, te quiero como mi mejor amiga, y no quiero que eso cambie nunca. Deberíamos ver si esto tiene alguna implicación más para ambas, o sólo ha sido un momento de diversión fruto de una experiencia traumática para ti…

– Ya… – contesté adivinando cómo seguiría la conversación, por lo que decidí adelantarme-. Creo que tienes razón, debemos darnos un tiempo para reorganizar ideas…

No podía olvidar que Raquel no era cualquier mujer, un polvo sin más. Era la mejor amiga de Lucía, mi nueva mejor amiga, y no quería destruir eso.

Raquel se levantó y comenzó a vestirse, yo hice lo mismo. Nos miramos, y la capacidad de mi amiga para quitarle hierro a cualquier asunto, afloró de nuevo:

– ¡Pero qué buena estás! – dijo dándome una palmada en el culo-. ¡Y lo mala que eres!.

Ambas nos arrancamos a reír mientras terminábamos de colocarnos la ropa.

Acordamos no volver a hablar hasta que ella volviese a la ciudad, para hacerlo cara a cara y sin tapujos, como las amigas que siempre habíamos sido.

– En quince días nos vemos, preciosa, y veremos si cogemos la opción “A”, “B” o “C” – dijo antes de despedirse.

– ¿Y qué opciones son esas?.

– A: Aquí no ha pasado nada; B: Bueno, ha estado bien y podríamos repetir alguna vez; C: ¿Cuántas veces nos correremos cada vez que estemos juntas?.

Una gran sonrisa se dibujó en su atractivo rostro haciéndome sonreír a mí también con su ocurrencia.

– Estoy segura – dije con total sinceridad -, que si eligiese ahora mismo, sería la opción “C”.

– Yo también elegiría la opción “C” ahora mismo, por eso debemos pensar hacia dónde nos puede llevar todo esto…

Dándome un suave beso en los labios se despidió de mí, dejándome solo con mis pensamientos.

¡Aquella había sido la experiencia más increíble de mi vida!. Me había acostado con mujeres, pero nunca lo había hecho siendo una de ellas, ¡y había sido alucinante!. El hecho de ser yo mismo una mujer, lo transformaba todo en un acto mucho más erótico y excitante, y las sensaciones y placeres que mi cuerpo femenino era capaz de experimentar y proporcionarme, eran sublimes. Sin duda, quería repetir aquello una y otra vez, por lo que la única opción de Raquel para mí, en aquel instante, era la “C”. Pero ella tenía razón, el acostarnos juntas asiduamente, con un lazo de amistad entre ambas fraguado por los años, podría tener otras repercusiones… Si las cosas salieran mal, se destruiría esa amistad que me iba a ser tan necesaria en mi nueva vida, en la que me encontraba solo sin poder compartir con nadie mis verdaderos sentimientos.

– El camino del medio será mi opción – pensé-. Raquel me gusta, y me encantaría volver a tener sexo con ella, aunque sin más complicaciones que algo esporádico. Le propondré la opción “B” que me permitirá experimentar con otras mujeres.

Y esa perspectiva me entusiasmó.

– ¡Resulta que voy a ser lesbiana! – dije en voz alta.

¡Qué equivocado estaba!, y no tardaría en descubrirlo.

CONTINUARÁ…

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