Pasé el día con nerviosismo y ansiedad ante la visita de Antonio. Mi estado era absolutamente irracional, me sentía como una adolescente ante su primera cita. ¿Acaso era eso lo que estaba esperando?, ¿una cita?. Solo pensar en él hacía que me ruborizase, y no podía más que pensar en él. En ninguna de mis dos vidas había sentido algo tan intenso, y no era capaz de explicármelo a mí misma.

Traté de controlar mi estado con una larga sesión en mi gimnasio y un posterior baño en el jacuzzi. Pero no fue suficiente, así que decidí visitar a Alicia en su trabajo para reconfortarme con su amistad y distraer mi mente.

Hacía más de mes y medio que no veía a mi amiga. Tras mi regreso de Shanghái, aún no había tenido tiempo de quedar con ella, por lo que, al volver a encontrarnos, nos abrazamos dándonos dos cariñosos besos. Durante mi viaje, ambas nos habíamos echado de menos, y aprovechando la ausencia de clientes en la tienda de moda, nos pusimos al día. Ella, tal y como me había dicho por mensajes, me habló de lo a gusto que estaba con Pedro, y de cómo su pasión, lejos de verse disminuida, iba en aumento.

– Nos pasamos los fines de semana encerrados en casa –me dijo-. Él se siente culpable por haberse marchado aquel fin de semana a la playa dejándome sola en casa. Y yo, en secreto, me siento culpable por haber aprovechado esa circunstancia para tirarme a su amigo. Así que, nos pasamos los sábados y domingos follando sin parar, jajajajaja.

– ¡Qué suerte tienes! –le dije con sinceridad-. Debe ser increíble tener a alguien a quien quieres y deseas tanto que no puedes despegarte de él.

– Lo sé, es maravilloso, y todo es gracias a ti…

Jamás volveré a tener un desliz con otro mientras esté con él, estoy realmente enamorada, y no necesito a nadie más. Me tiene satisfecha más allá de lo que jamás pensé que pudiera estarlo, y cumple todos mis deseos y fantasías sin necesidad de que se lo pida, porque también son los suyos.

– No me digas, eso parece un ideal –comenté pensando en voz alta.

– ¿Recuerdas todas las guarradas que te dije que me gustaría que me hiciera su amigo salido?. Pues Pedro me las hace, y más…

– Uf, Alicia, eso suena pervertido y excitante.

– Y lo es… Sobre todo, los fines de semana. Si los de CSI me pasaran una luz ultravioleta de esas, ¡me iluminaría como el cartel de un puticlub!.

Las dos nos reímos a carcajadas.

Por las mañanas mi amiga no tenía dependientas a su cargo, y como seguía sin haber clientes, ya que la mayoría acudían por las tardes, Alicia me ofreció salir a la puerta para fumarse un cigarrillo e invitarme a mí a otro. No lo había vuelto a probar desde la última vez que estuve con ella, pero lo acepté pensando que ayudaría a calmar mis aún presentes nervios. Le conté mis vivencias en Asia, aunque realmente, apenas tenía nada que contar más que trabajo, salvo la anécdota con el subdirector pajillero que a ambas nos hizo reír de nuevo.

– ¿Y ya has visto a Antonio? –me preguntó sondeándome con la mirada-. Pedro me había dicho que se estaba recuperando bien, pero no lo comprobé hasta hace unos días, cuando visité a su madre y me lo encontré allí, en su casa.

Sentí cómo se me hacía un nudo en el estómago y los nervios volvían a dominarme.

– Sí, le vi ayer –contesté pidiéndole otro cigarrillo con la mano-. Está muy bien.

– ¡Y que lo digas, nena!. Parece mentira por lo que ha pasado, no solo está muy bien, sino que está mejor que antes –dijo mordiéndose el labio.

– ¿Tú también te has dado cuenta? –pregunté con curiosidad.

– Por supuesto, le conozco desde que era un crío… Ahora parece distinto, no sé, más… misterioso, tal vez. Y no hay duda de que se ha machacado bien con la rehabilitación, se ha puesto más buenorro –contestó guiñándome el ojo.

El nudo de mi estómago se tensó aún más. Aquella conversación no me estaba ayudando nada.

– Sí… -dije escapándoseme un suspiro.

– Venga, nena, dime qué hay entre vosotros. Hasta Pedro me ha preguntado si yo sabía algo.

– Bueno… Soy su jefa en el trabajo, y… Somos buenos amigos. Hoy he vuelto a quedar con él, va a venir a mi casa –noté cómo se subía el rubor a mis mejillas.

– Ya veo, ya… -comentó Alicia soplando el humo de su cigarrillo hacia mí-. No hace falta que me digas más. Anda, vamos a entrar y elegir un vestido con el que hagas que se le caiga la baba.

La tarde se me hizo eterna. Intenté ver una película, pero no le presté ninguna atención. Intenté leer un libro, pero no hacía más que pasar una y otra vez por el mismo párrafo. Me preparé un sándwich para merendar, ya que apenas había podido comer, pero no le di más que un bocado. Hasta que decidí arreglarme.

Casi nunca me maquillaba, y no porque no supiera, los recuerdos de la antigua Lucía me habían ayudado en eso, sino porque en realidad no me hacía falta. Miré mi reflejo en el espejo del baño, y simplemente adorné mi belleza natural con barra de labios roja, y rímel en las pestañas, haciendo mi azul mirada aún más intensa. Me puse lencería negra, ligera, casi etérea, y medias del mismo color. Me enfundé con el vestido de suave y flexible cuero rojo que Alicia me había ayudado a elegir, ajustado para delinear todas mis generosas formas femeninas desde el cuello hasta las rodillas, siendo la falda algo más ancha para resultar más cómodo. Puesto que era invierno, encima me puse una chaqueta negra entallada, también comprada en la tienda de Alicia, cuyos botones se cerraban hasta arriba dando la impresión de que el vestido fuese una falda.

– No debes mostrar todas tus cartas en la primera jugada –me había aconsejado mi amiga al probármelo-. Que le guste lo que vea, pero que le haga desear ver más. Mejor empezar insinuando, y que luego vea lo despampanante que estás.

Para rematar, unos fabulosos zapatos negros, finos y elegantes, con un buen tacón que realzaba la longitud de mis piernas y redondez de mi culito, y un par de gotas de mi exclusivo perfume. Estaba lista, sólo a falta de cepillar mi sedoso y largo cabello azabache, lo cual hice con dedicación, mientras las dudas me asaltaban.

¿No estaría llevando aquello demasiado lejos?. Me había preparado para recibir a Antonio como si aquello fuera una cita. ¡Pero no lo era!. Él no era cualquier tío al que yo quisiera seducir, ¡era la antigua Lucía atrapada en mi antiguo cuerpo!. ¡Menuda locura!. ¿Cómo podía atraerme tanto?, ¿por qué había sentido aquella extraña energía al tocarle?. ¿Y si él no sentía lo mismo?. Tal vez él se había dejado llevar por su nueva condición y sólo estaba explorando su masculinidad como yo misma había hecho explorando mi feminidad. Tal vez la atracción que en él había sentido el día anterior sólo era fruto de no ser capaz de controlar su nueva naturaleza y sentimientos. Yo ya había madurado como mujer, pero él no había tenido tiempo de madurar como hombre.

El sonido del telefonillo me sacó de mis pensamientos.

– Buenas tardes, señorita Lucía –oí la voz del portero del edificio al descolgar- . Un caballero pregunta por usted.

– Dígale que suba –contesté-. Gracias, Arturo.

Respiré hondo y conseguí controlar mis nervios diciéndome a mí misma que no debía mostrarme así, que siempre había tenido el control de la situación, y que esa ocasión no debía ser distinta.

Abrí la puerta cuando oí el timbre, y la primera buena señal no se hizo esperar. Antonio se había arreglado para mí, vistiendo una bonita chaqueta azul entallada bajo la cual se veía una camisa blanca con finas raya también azules, y unos pantalones color crema claro bien ajustados a sus piernas. No reconocí ninguna de aquellas prendas, eran nuevas, y le quedaban muy bien.

Segunda buena señal: Noté cómo me escaneaba de arriba abajo del mismo modo que yo hacía con él, y percibí el brillo en sus ojos y la bonita sonrisa que se le dibujó.

Tercera, cuarta y quinta buenas señales: Dio un paso hacia mí para darme dos besos, pero su mano, en lugar de ir a mi hombro o brazo, fue directa a tomarme por la cintura para atraerme hacia él. En cuanto entramos en contacto, sentí la característica descarga recorriendo mi espina dorsal, y en su mirada supe que él también la sentía. Y, por último, no se limitó a poner su cara contra la mía lanzando dos besos al aire, me dio los dos besos con suavidad en las mejillas, acariciándolas con sus labios.

Por un instante, sin respiración, nos quedamos los dos mirándonos fijamente. Me perdí en la intensidad de sus oscuros ojos mientras él nadaba en la profundidad de los míos.

– Pasa –le dije rompiendo el onírico momento-, estás… en tu casa.

A los dos se nos escapó una carcajada y entramos riendo al salón. Le ofrecí algo para beber, pero él rechazó la invitación, así que se sentó en el sofá y yo en el sillón ante él, observándonos mutuamente.

– Estás muy guapa –me dijo-. Veo que has desarrollado un buen gusto para la ropa.

– Gracias -contesté sintiéndome ruborizada porque se hubiese fijado-. Tú también estás guapo… No recuerdo que tuviera esa ropa que llevas.

– Bueno, creo que antes no destacabas por tu gusto por la moda. Tenías un armario bastante escaso, así que he comprado algunas cosillas.

– Reconozco que antes la ropa me importaba un pimiento –le dije observando cómo sus penetrantes ojos estudiaban cada uno de mis gestos-, pero ahora me encanta, como otras cosas que jamás pensé que podrían gustarme.

Inconscientemente, mi mirada fue a observar cómo los pantalones de Antonio envolvían sus muslos y marcaban paquete, lo cual no pasó desapercibido para él. Sentí cómo me estaba analizando, y aquello resultaba algo inquietante. Sin duda, en el interior del hombre que tenía frente a mí se encontraba la antigua Lucía, quien analizaba todo cuanto le rodeaba, incluyendo a las personas. Aparté la vista y él sonrió.

– Ya veo que realmente han cambiado tus gustos –dijo él-. A mí me ha pasado lo mismo…

En ese momento fue su mirada la que se detuvo en mis piernas, y percibí cómo sus ojos se abrían más indicándome que le gustaba lo que veía. Para mí fue la señal que necesitaba para sacar toda mi artillería y ponerle a prueba.

– Yo sí que voy a tomar algo –le dije poniéndome en pie-. El calor de la calefacción me da sed.

Desabroché lentamente los botones de mi chaqueta y observé cómo Antonio arqueaba una ceja. La abrí y, sacando pecho, me la saqué por los hombros dejando al descubierto mi vestido y cómo se ajustaba a mi figura quedándome como un guante.

A él se le escapó un resoplido y se quedó mirándome fijamente sin poder evitarlo, recorriendo mis curvas con sus inquisitivos ojos, llenándoselos con mis formas y recreándose con el contorno y volumen de mis pechos. Se quedó extasiado contemplándome, y tuve la satisfacción de ver cómo su paquete reaccionaba a lo que veía abultándose escandalosamente.

– Parece que ahora sí que necesitas tomar algo –le dije con una sonrisa.

– Sí… –contestó poniéndose en pie- Necesito tomarte a ti.

– ¿Cómo? –pregunté poniéndome en jarras marcando cadera.

– ¿Para qué dar más rodeos? –añadió acercándose a mí-. Siempre fui una persona directa. Lucía, desde ayer no puedo pensar más que en ti…

– ¿Ah, sí?. Supongo que la cura que te hice ha tenido efectos secundarios… –dije sin perder de vista la fálica forma que su pantalón marcaba.

– No es solo por eso –sus manos me tomaron por la cintura provocándonos a ambos esa maravillosa descarga de energía-. Te deseo desde el primer instante en que te vi. No puedo explicármelo, porque eres quien yo era, pero me atraes como la miel a una mosca…

Su cuerpo se pegó al mío haciéndome sentir la dureza de su entrepierna en mi zona pélvica. Mis pezones se erizaron hasta casi dolerme y me sentí mojada. Pasé mis brazos por sus hombros y permití que estrechara su abrazo en torno a mi cintura para sentir aún más su lanza y que mis pechos se aplastasen sobre el suyo.

– Yo tampoco puedo explicármelo –contesté con mis labios a escasos dos centímetros de los suyos-, pero también te deseo… Y cada vez que me tocas siento que necesito más…

Sus labios alcanzaron los míos y la electrizante sensación recorrió cada fibra de mi cuerpo haciéndome estremecer. Su lengua invadió mi boca yendo al encuentro de la mía, enredándose con ella en un jugoso baile, devorándome con el más excitante y pasional beso que jamás había sentido.

Nuestros cuerpos se oprimían el uno contra el otro, y sentí con satisfacción cómo, a pesar de ser su primera vez como hombre, los instintos de macho dominaban a Antonio con sus manos recorriendo la curva de mi cintura, agarrando mis caderas para fusionarme más a él, y tomándome con fuerza del culo, acariciando su redondez y apretándolo para que mi ropa interior terminase de empaparse.

Mis manos acariciaron su nuca, recorrieron sus hombros y espalda, y se colaron bajo sus brazos para agarrarle de la cintura y alcanzar su trasero deleitándome con su dureza.

Nuestras lenguas se acariciaban en nuestras bocas y nuestros labios se presionaban y succionaban con gula, prolongando el tórrido beso mientras nuestros cuerpos se frotaban mutuamente al compás del excitante ósculo al que ambos nos entregamos sin reservas.

Sus manos subieron por mi anatomía y tomaron mis grandes senos haciéndome gemir en su boca. Sus labios bajaron por mi barbilla y besaron mi cuello proporcionándome un placentero escalofrío mientras sus manos trataban de abarcar mis pechos. Me entregué a sus caricias girando sobre mí misma, sintiendo cómo su polla se restregaba con mi cadera y llegaba hasta aplastarse contra mi culo, escapándoseme una carcajada de satisfacción al sentirla dura y gruesa presionándome las nalgas mientras manoseaba mis tetazas a través del suave y fino cuero que las cubría.

– Me pones cachondísima –le dije casi sin aliento.

– Y tú a mí. ¿Lo sientes? –contestó empujando con su cadera.

– Uuummmm…sí –su verga se incrustaba en mis glúteos deliciosamente.

– Ahora entiendo por qué todos los tíos querían follarme… -me susurró pensando en voz alta-. Lucía, eres la criatura más bella y excitante que he visto jamás… Ahora que tengo polla no puedo pensar más que en recorrer todo tu cuerpo y metértela por cada orificio para llenarte de mí…

– Y yo quiero que lo hagas… Desde que todo esto empezó nunca he deseado tanto a un hombre como te deseo a ti… Anoche me masturbé recordando cómo te corrías en mi boca… Necesito que me folles, Antonio.

Me hizo girar nuevamente sobre mí misma e invadió mi boca con su lengua mientras sus manos volvían a agarrarme del culo con pasión. Abrumada por la excitación, tomé por un momento el control de mí misma para poner una mano sobre su pecho separándome de él succionando su labio inferior. Me di la vuelta y me encaminé al dormitorio, marcando sensualmente cada paso con mis caderas. Al llegar a la puerta le miré, y le vi parado con su potente erección a punto de reventarle el pantalón, disfrutando del espectáculo de mi culo contoneándose para él.

– ¿Todo bien? –le pregunté con sonrisa de picardía.

– Todo perfecto –aseguró viniendo tras de mí.

Antonio me alcanzó cuando llegaba a los pies de la cama, y me agarró el culo con salvaje pasión, haciéndome proferir un excitado “¡Auuumm!”.

– Me parece increíble que me guste tanto el culo de una tía –me susurró al oído mientras me lo masajeaba-, y más pensando que antes era mi propio culo…

– Y vuelve a ser tuyo –afirmé-, puedes hacer con él lo que quieras…

– Uuuuuufffffff… -resopló soltándolo para volver a restregar su paquete contra él y aferrarse a mis pechos-. Nunca había deseado nada con tanta intensidad… ¿Es siempre así? –preguntó amasando mis senos y empujándome con la cadera.

– Ahora eres un hombre –contesté alzando mis brazos y cogiéndole por la nuca para ofrecerle mis gracias en todo su esplendor-. Ahora todo tu mundo girará en torno al deseo…

Sin separarse de mí, apretando su dureza contra mis glúteos, abandonó los pechos para hallar la cremallera del vestido en mi espalda y bajarla completamente hasta la zona lumbar. Yo reculé empujándole para que se despegara de mí, y me giré para mostrarle cómo me quitaba la prenda de cuero rojo, descubriéndome lentamente hasta sacarla por los pies. Me quedé ante él, con mi lencería negra casi transparente, las medias y los tacones, mordiéndome el labio inferior a la espera de su reacción.

– Diosssssss… Eres puro fuego… -susurró escaneando cada milímetro de mi anatomía.

Parecía que fuese la primera vez que contemplaba mi cuerpo casi desnudo, y en realidad lo era, con su nueva perspectiva masculina. También él estaba descubriendo a Lucía. En sus oscuros ojos se reflejaba la fascinación, excitación y lujuria que el contemplarme le producía, y todo su ser clamaba por mí haciéndome sentir la mujer más deseada del mundo porque, para él, así lo era. Sin siquiera darse cuenta de lo que estaba haciendo, se quitó rápidamente toda su ropa, quedándose únicamente con el slip que envolvía sus atributos de forma increíblemente atractiva para mí, apenas dejando nada para la imaginación.

Contemplé su anatomía del mismo modo que él había contemplado la mía, sorprendiéndome y maravillándome con lo irresistiblemente atractivo que me resultaba aquel cuerpo que anteriormente había sido mío. Bajo mi azulada mirada, Antonio era el hombre más increíblemente sexy del mundo, un auténtico dios merecedor de mi adoración, el eje sobre el cual girarían todos mis deseos.

Nos fusionamos en un ardiente beso batallando por devorarnos mutuamente, sintiendo el calor de nuestros cuerpos pegados, disfrutando del tacto de nuestras febriles pieles. Las caricias de Antonio en mi espalda me hacían arquearla, y la presión de su palpitante músculo sobre mi braguita me sobrexcitaba haciéndome desear desesperadamente que todo él estuviera dentro de mí. Con magistral habilidad desabrochó mi sujetador, y tomó mis pechos con sus manos para acariciarlos mientras sus labios recorrían mi cuello bajando hasta la clavícula. Besó mis tetas, primero suavemente, después con pasión, succionándolas y comiéndoselas sin dejar de masajearlas con sus cálidas manos mientras mi pubis no podía dejar de frotarse contra la dureza que su slip envolvía.

Volvió a subir a mi boca, devolviéndome el aliento que sus caricias me arrancaban, mientras mis manos recorrían su fuerte torso memorizando el tacto de sus pectorales con la yema de mis dedos. Alcancé una de sus orejas con mis labios, y succioné el lóbulo dándole suaves mordiscos, a lo que él contestó con una carcajada de satisfacción. Mi húmeda lengua se coló en su oído y el cosquilleo le hizo apretarme en su abrazo aplastándome contra él.

– Voy comerte entero –le susurré al oído provocándole un escalofrío.

Recorrí su cuello y pecho con mis labios, y fui bajando por su abdomen trazando una línea recta con mi lengua hasta llegar a su cintura. Besé el imponente abultamiento de su ropa interior, oyéndole suspirar y, colocándome sumisamente de rodillas, le bajé la única prenda que le quedaba para adorar la majestuosidad de su erecto miembro. Le miré fijamente a los ojos, y él me devolvió la mirada con el deseo y la excitación reflejados en su rostro. Jamás había experimentado una mirada tan íntima, me sentí perdida en ella mientras una de mis manos le sujetaba de su culo en tensión y la otra empuñaba su virilidad.

Sus ojos navegaron en la mar embravecida de los míos mientras mi mano recorría suavemente la longitud de su tronco y acariciaba sus sensibles testículos, tomándolos como a dos frutas maduras.

– Mmmmmmm… -gimió con una gota de transparente néctar brotando en la punta de su estaca.

Mis labios besaron aquella muestra de su extrema excitación y mi lengua degustó el salado sabor de su lubricación. Manteniendo aún su mirada, acaricié el rosado glande con la lengua y disfruté del suave tacto de su piel. Mis labios se posaron de nuevo en la punta y fui echándome hacia delante, aún perdida en sus profundos ojos, para que la cabeza de su cetro fuese penetrando entre mis pétalos con suavidad, hasta alcanzar mi lengua y comenzar a arrastrarse sobre ella llenándome la boca con su polla. El contacto visual se rompió, al echar él hacia atrás la cabeza con un profundo suspiro mientras yo me concentraba en engullir cuanta carne era capaz.

Succioné con todas mis fuerzas, presa de la lujuria y glotonería, mientras me sacaba la verga de la boca, haciéndole estremecer hasta dejar salir su potente músculo de entre mis labios con un poderoso chasquido.

– Uuuuuuufffffffff… -resopló Antonio volviendo a mirarme-. Eso ha sido brutal… He sentido que me absorbías hasta la vida…

Sonreí y volví a meterme la polla en la boca chupándosela con verdadera gula. No podía reprimir mis ganas de él, y eso provocó que empezase a mamársela intensamente, moviendo mi cabeza hacia delante y hacia atrás a un buen ritmo, succionando la dura carne que hacía las delicias de mi paladar. Toda mi húmeda y cálida cavidad envolvía su plátano, haciéndome el hambre hundir mis carrillos tirando de él mientras mis labios le regalaban su opresora suavidad.

– Ooooh, oooooh, ooooooohhhhh…

Mi saliva lubricaba toda la longitud de su potente músculo entrando y saliendo de mi boca, resultándome tan exquisita su forma de deslizarse dentro de ella, que noté cómo mis muslos se mojaban con mis propios fluidos. Había descubierto que me gustaba practicar el sexo oral hasta el punto de convertirse en un pequeño vicio para mí, pero la sensación que me producía comerme la polla de Antonio escuchando sus gruñidos de placer, era la más sublime de mis experiencias bucales.

Mis chupadas eran cada vez más intensas, más voraces, más profundas, y a pesar de que sentí cómo la verga palpitaba sobre mi lengua, y Antonio me anunciaba con desesperación que iba a explotar, no pude dejar de succionar dentro y fuera sin disminuir la intensidad para prepararme ante la inminente corrida. Me agarré con ambas manos a sus prietos glúteos, y mis uñas se clavaron en su piel.

– Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhh –le oí gritar orgásmicamente.

Sentí el cálido chorro de leche de macho estrellándose contra mi paladar, llenándome la boca de espeso y dulce néctar de hombre. La repentina descarga me hizo temblar de puro placer al sentir aquella polla derritiéndose dentro de mí. La varonil esencia era incontenible, se deslizó por mi garganta mientras la polla latía sobre mi lengua con nuevos chorros que impetuosamente golpeaban el cielo de mi boca, hasta que su arrebato decayó regando mis papilas gustativas. No dejé de succionar en ningún momento, con la verga deslizándose entre mis labios lubricados con su semen, bebiendo de aquella fuente para intensificar el orgasmo de Antonio y prolongar su placer hasta que quedase completamente satisfecho regalándome todo su delicioso esperma.

– Uuufffffff… -resopló mirando cómo, sentada sobre mis talones, daba los últimos lametazos a su glande-. Ha sido brutal, incluso mejor que ayer… Aunque sólo fuera por esto, merece la pena ser un tío.

– ¡No me digas!- exclamé mirándole fijamente y relamiendo los restos de semen de mis labios.

– Y la vista que ahora mismo tengo desde aquí –añadió sonriéndome desde las alturas-, me encanta…

Noté cómo me sonrojaba, en parte de vergüenza, cosa que hasta ese momento no había sentido con un hombre, por mi sumisa actitud; en parte de satisfacción, por haberle complacido, y en parte de coquetería, por sentirme halagada. Alimenté mi vanidad con picardía para ofrecerle una mejor vista aún, arqueando mi espalda para que contemplase bien mi culito de forma acorazonada, y presionando mis pechos con mis brazos para que se elevasen y mostrasen sensualmente su exuberancia mientras mis labios le lanzaban un beso.

– Digna de los sueños húmedos de cualquier hombre –pensó en voz alta-. Estás para comerte entera… Quiero comerte entera…

Me levanté y mis labios fueron al encuentro de los suyos. Me besó recorriendo mis curvas con sus manos como un alfarero dándole forma a un jarrón. Sus besos fueron a mi cuello, regalándome un placentero cosquilleo mientras succionaba mi delicada piel. Bajó hasta mis pechos besándolos mientras yo echaba la cabeza hacia atrás dejándome hacer. Siguió bajando por mi vientre, colando su lengua en mi ombligo con un nuevo cosquilleo, y continuó descendiendo hasta besar la humedad de mi braguita y aspirar su aroma de hembra excitada. Con exquisita delicadeza acarició mis muslos y pantorrillas sacándome las medias y los zapatos, para, finalmente, tirar de mi más íntima prenda deslizándola por mis piernas hasta quitármela. De rodillas, observó por unos momentos mi jugosa y sonrosada vulva.

– ¡Qué preciosidad! –exclamó con un suspiro.

Me cogió por las caderas y acarició la redondez de mi culito, incitándome para que mi pierna derecha pasara por encima de su hombro y mi sexo se le ofreciese como una fruta madura recién abierta. Con su cabeza entre mis muslos, sentí cómo lamía mis abultados labios mayores provocándome un escalofrío que me hizo suspirar, y besó con dedicación la entrada a mis placeres provocando que me dolieran los pezones de pura excitación. Su lengua exploró los pliegues de mi piel, acariciándolos y lamiéndolos mientras penetraba a través de ellos para llegar al origen de mis aguas termales.

– Uuuuuuummmm – gemí sujetando su cabeza de cabellos castaños.

Apretando con sus dedos mis glúteos, acarició la suavidad y el calor de mi almeja, subiendo con su lengua por ella hasta encontrar la sensible perla que escondía. Sus labios la besaron provocándome un estremecimiento y, haciéndome desear más, tiró de mi culito obligándome a sentarme sobre la cama.

– Túmbate y ponte cómoda –me susurró levantándose.

Mordiéndome el labio, ansiosa porque aquello continuase, obedecí tumbándome y ofreciéndome a él con mis ojos fijos en el magnetismo de su mirada.

Con su barbilla brillante por mi lubricación, Antonio se colocó sobre mí dándome un profundo beso en el cuello, para volver a descender por la geografía de mi cuerpo deteniéndose en las montañas que todo alpinista querría escalar. Las cogió con sus manos apretándolas, oprimiendo su volumen para que sus erizadas cúspides quisieran rozar el cielo. Con toda su boca tomó una de ellas, y se amamantó provocando un terremoto que sacudió todo mi ser. Después pasó a la otra, y se la comió haciéndome gemir. Sus labios tomaron el rosado pezón y lo chuparon con su lengua lamiendo su dureza, provocándome exquisitas descargas eléctricas que me recorrían en una tormenta de placenteras sensaciones. Del mismo modo estimuló mi otro pezón, mientras la palma de su mano cubría el pecho abandonado amasándolo y masajeándolo.

Habiendo conquistado sus cumbres, mi amante franqueó el paso montañoso y planeó sobre el valle de mi abdomen soplando su aliento, regalándome unas maravillosas cosquillas en mi hipersensible piel hasta llegar a la cueva que pedía ser nuevamente explorada.

Me agarró de los muslos situando su cabeza entre ellos, alcanzando mi monte de venus para besarlo suavemente. Sentí cómo seguía bajando y abría su boca para que su lengua se presentase penetrando entre mis labios mayores y menores, poniéndose dura como una pequeña polla y enterrándose en mi coño hasta que toda su boca se acopló a él.

– Aaaaaaaaaahhhhhhhh… -grité arqueándome sobre la cama.

Uno de los brazos de Antonio se estiró hasta que su mano alcanzó uno de mis senos, y lo agarró y acarició mientras su húmedo y manejable músculo se retorcía dentro de mí provocando que todo mi cuerpo se retorciese con él. Su lengua lamió todo mi coñito de abajo arriba una y otra vez, sin prisa pero sin pausa, alternando con besos que presionaban mi vulva mientras me penetraba con dureza alcanzando cuanta profundidad podía.

– Ooooooohhhhh, Diossssss, mmmmmmíoooooo… -me hizo gritar fuera de mí.

No había duda de que Antonio sabía perfectamente cómo complacerme. Sabía por propia experiencia de su vida pasada, qué haría vibrar a mi cuerpo, qué me haría enloquecer. Y lo estaba llevando a cabo con destreza, disfrutando él mismo de mi excitación, degustándola con la calma con la que se saborea el más exquisito de los manjares.

Atacó mi clítoris con la punta de su lengua, acariciándolo suavemente, rodeándolo y besándolo mientras dos de sus dedos penetraban lentamente hacia mi lubricada vagina,

– Uuuuuuuuuuuummmmm… -gemí mordiéndome el labio.

Las lamidas en mi botoncito aceleraron su ritmo, alternándose con succiones que me llevaban al borde del precipicio. Al mismo tiempo, los dos dedos exploraban mi calor interno, entrando y saliendo de él, dándome un exquisito placer que me hacía contonear mis caderas a con su ritmo.

Con la boca me comía el clítoris, con una mano acariciaba mis pechos, y con la otra me follaba lentamente. Era tanto el placer que me daba, que empezaba a sentir la necesidad de liberar toda la tensión sexual acumulada con un glorioso orgasmo. Pero mi devorador sabía cómo mantenerme en un delicado equilibrio para que, cuando pensaba que no podría más, él me hacía cruzar esa frontera sin descargarme, aumentando la intensidad de mi disfrute. Sin duda, aquella era la más exquisita de las torturas.

Sacó sus dedos de mí, y su boca atrapó toda mi vulva para que fuese su lengua la que me penetrase contorsionándose en mi interior. Sus dedos se encaminaron hacia abajo y recorrieron el gran cañón de mi culo abriéndose paso por él hasta hallar su puerta secreta.

– Aaaahhhh, aaaaahhhhh, aaaaaaaahhhhhhh… -jadeé sintiendo su lengua follándome y sus dedos entre mis nalgas.

Uno de sus dedos presionó mi entrada trasera y, bien lubricado, no tuvo ninguna dificultad para franquearla suavemente arrancándome un grito por la impresión. Aquella era una de las cosas que más me enloquecían de sentir mi culito perforado, que la primera impresión siempre resultaba tan poderosa como para dejarme sin aliento. Ese dedo trazó círculos dentro de mí, intensificando aún más lo que su lengua hacía en la entrada principal, y enseguida comprobó que ya estaba preparada para que el otro dedo le acompañase penetrándome con los dos a la vez.

– Dioooooooooosssssssssssss… -clamé.

El torrente de placer desbordó mis sentidos con una catarata de sensaciones que me llevaron hasta el delirio. Todo mi cuerpo se convulsionó y me corrí en la boca de Antonio, con él bebiendo del manantial de mi orgasmo, prolongándolo hasta el infinito con sus labios y lengua e intensificándolo al límite de mi locura con sus dedos dentro de mí.

Sintiendo aún los ecos del poderoso orgasmo recorriendo todo mi cuerpo, Antonio ascendió hasta llegar a mis labios e invadir mi boca con su deliciosa lengua. Sentí el calor de su piel sobre la mía, el peso de su cuerpo sobre mí, y la maravillosa sensación de cómo su glande se abría paso entre mis pliegues deslizándose a través de ellos para meterme toda su polla hasta el fondo.

– ¡¡¡Aaaaaaaaaaaahhhhhhhhh…!!! – grité sorprendida y complacida.

Una réplica del terremoto que acababa de sacudir mi cuerpo volvió a ponerme en tensión para hacerme alcanzar un nuevo orgasmo, aún más intenso que el que acababa de experimentar, exquisitamente inesperado y satisfactorio. Toda mi vagina se contrajo agasajando al repentino invasor, oprimiéndolo para sentir su dureza, grosor y longitud, haciéndome gritar en pleno éxtasis sintiendo cómo me llenaba por dentro mientras mis fluidos lo bañaban con su calor.

Sentí aquella verga como el instrumento de placer más sublime de cuantos había probado, y tuve la certeza de que aquella era la horma de mi zapato. Su tamaño era, simplemente, perfecto para mí, y su curvatura demencial para mis sentidos. La sentía toda dentro, acariciando y taladrándome en lo más profundo, dilatando mis paredes y estimulándolas para que la envolviesen como una funda hecha a medida. Sin duda, aquella polla existía para mí y mi coño para ella. Me entraba entera, toda ella, permitiendo que el pubis de Antonio se incrustase en el mío, presionándome el clítoris mientras sus pelotas acariciaban mi perineo y culo convirtiendo la penetración en la más maravillosa y completa experiencia que jamás había tenido.

Con mi orgasmo en pleno declive tras la satisfactoria primera acometida, Antonio comenzó a moverse dentro de mí sin dejar de besarme acariciándome los labios. Le noté inicialmente torpe. Tenía tantas ganas de follarme, y hacerlo bien, que sus inexpertos movimientos y ansiedad me indicaron que se estaba dejando arrastrar por el nerviosismo de ser su primera vez como hombre.

– Ya has conseguido que me corra dos veces seguidas –le susurré-. Así que, tranquilo, deja de pensar cómo hacerlo para darme más placer. Déjate llevar por lo que sientes, disfruta y tu cuerpo sabrá cómo hacer el resto…

Le agarré del culo, abracé su cintura con mis piernas, y él respondió dándome un magnífico empujón con el que me clavó su sable hasta el fondo.

– Uuuuuuummmmmmm… -gemí embriagada por la profundidad de su vigorosa arremetida.

– ¿Así? –me preguntó jadeando-. Estás tan preciosa cuando gimes…

– Uuuuufffff… Así… No pares…

Levantando sus caderas y haciéndome sentir toda su virilidad deslizándose dentro de mí, volvió a empujarme con fuerza, clavándomela entera y arrancándome un nuevo gemido. Ayudado por mis caricias en sus duros glúteos, arañándole cada vez que profundizaba, inició un ritmo de embestidas con el que me deleitó haciéndome sentir toda la potencia de su ariete abriendo y perforando mis entrañas, ensalzando la gloriosa sensación con el ímpetu de su pelvis golpeando rítmicamente mi vulva y haciendo vibrar el clítoris, avivando mi lujuria con el cosquilleo de sus testículos estrellándose contra el perineo y azotando mi culito.

Con su mirada encendida de pasión escrutando mi alma a través de mis ojos, nuestra unión trascendió más allá de nuestros cuerpos, fusionándonos por medio del placer en un solo ser que al fin se sentía completo.

Los dos gemíamos disfrutando de cada penetración, gozando de cómo nuestros cuerpos estaban hechos el uno para el otro sincronizándose en un fogoso baile que hacía hervir la sangre en nuestras venas, y acelerar nuestros corazones para redoblar como tambores de guerra.

Estaba disfrutando tanto de él, me excitaba tanto, le deseaba con tal intensidad, que anhelaba que me atravesase salvajemente con su polla, sentirle tan dentro que mi cuerpo combustionara, que me empalase convirtiéndome en una marioneta manejada por su verga… Le hice girar saliendo de mí y me coloqué sobre él.

– Quiero que me folles hasta hacerme desfallecer –le dije-, que me ensartes con tu polla y me mates de placer…

Sus manos me tomaron por la cintura y acompañaron mi movimiento de descenso mientras mi mano sujetaba su asta para clavarme en ella. Bajé metiéndomela entera hasta quedar totalmente ensartada con mi amante levantando sus caderas.

-¡Ooooooooooohhhhh! –grité.

Le sentí con mayor intensidad de lo que ya le había sentido, y el placer se hizo casi insoportable cuando me incorporé para quedar perpendicularmente a él, empalándome de tal modo que sentí cómo su lanza empujaba mis entrañas como si pudiera atravesarlas.

Antonio, con los dientes apretados sintiendo cómo mi vagina exprimía su pértiga tocando fondo, me contemplaba con fascinación, embebiéndose de cada uno de los rasgos de mi rostro y cada una de las formas de mi cuerpo; reflejándose en sus oscuros ojos que para él yo era la mayor obra de arte originada por la habilidad y genio del mejor de los escultores.

Desde que me convertí en Lucía me había sentido deseada por muchos hombres, pero nunca de aquel modo, no con esa magnitud. Era abrumador.

Sus manos acariciaron mi cintura, recorriendo su curva para bajar a las caderas y delinearlas hasta cogerme del culo y tirar de él hacia sí apretándome las nalgas.

– Aaaaaauuuuuuummmmm… -gemí quedándome sin respiración con su polla clavándose aún más en mí.

Moví las caderas hacia delante y hacia atrás, frotándome sobre su pelvis, disfrutando del calibre de su sexo llenando el mío, estrangulándolo con mis músculos internos y obligándome a morderme el labio para reprimir los escandalosos gemidos que hasta el portero del edificio podría escuchar.

– Uuuuuuuffffffff… -gimió él-. Me encanta cómo me aprietassssss…

Sentía mis pezones como puntas de flecha a punto de ser disparadas, y pareció que Antonio leyese mis pensamientos al subir sus manos para cubrírmelos y masajear la turgente generosidad de mis pechos. Sus caricias me volvieron loca, y me hicieron llevarme las manos a la cabeza para revolverme el cabello de forma inconsciente. Mi espalda se arqueó en respuesta a tanto placer, y no pude conformarme con contonear mis caderas ensartada en aquella deliciosa verga que me taladraba, tuve la necesidad de saltar sobre ella para que entrase y saliese de mí con golpes secos de su glande en la boca de mi útero y el choque de su pelvis con la mía. Aquello fue el apoteosis.

Antonio exprimió mis melones y acompañó mis botes sobre él subiendo y bajando la cadera, consiguiendo que las penetraciones fuesen más largas y potentes, logrando que todo mi cuerpo se retorciese sobre él como la cola de una lagartija.

Mis paredes internas devoraban su duro miembro con voracidad, tirando de él, masajeándolo y oprimiéndolo para sentir todo su grosor abriéndome por dentro, incitándole a profundizar más y más. El sube y baja por aquel mástil se hizo febril, perlando mi piel con sudor y ruborizando mis mejillas mientras mis dedos revolvían mi negra melena como si estuviese poseída. Y es que Antonio me estaba poseyendo hasta conseguir que en mi mundo no importase nada más que el placer que me estaba dando.

– Ah, ah, ah, ah, ah, ah… -jadeaba sin descanso.

– Ummm… Lucía… Uuuuummm… Lucía… -gemía él apretando mis senos como si fuera la primera vez que lo hiciera.

Entramos en puro frenesí, y él bajó sus manos de nuevo a mi culo para sujetarme mejor y darme una y otra vez sin piedad, haciendo que cada golpe de su cadera y penetración en mi coño fuese un húmedo estallido de sensaciones que recorrían todo mi cuerpo en rugientes oleadas.

Antonio gruñía de placer y esfuerzo, con una fiera mirada que se embebía del espectáculo de mis tetas botando al ritmo de sus embestidas. Y en su expresión pude ver que estaba llegando al límite de su capacidad para retener la inevitable liberación, al igual que yo sentía cómo todo mi cuerpo se estremecía con el preludio de un glorioso orgasmo.

– ¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhh!!! –grité logrando el éxtasis.

– ¡¡¡Oooooooooooooooooohhhhhhh!!! –gritó él con un rugido.

Alcancé el nirvana sintiendo cómo su cálida esencia irrumpía en mis entrañas como la lava de un volcán que entra en erupción con abundantes borbotones de incandescente magma. Nos corrimos a la vez, disfrutando de un sublime orgasmo que a ambos envolvió hasta hacernos perder la cabeza en un delirio de indescriptible placer que desbordó nuestros sentidos, haciéndonos despegar de la realidad.

Cuando volví al mundo terrenal, tras viajar por todo el universo de mis fantasías, fui consciente de que en realidad estaba despertando de un plácido sueño. Aquel increíble orgasmo compartido me había hecho entrar en un verdadero éxtasis, llegando a perder el conocimiento con él. Desperté sobre la cama experimentando una maravillosa sensación de paz y absoluta felicidad. Miré a mi izquierda, y vi a la preciosa Lucía dormida.

– ¡¡¡Lucía!!! –grité con voz varonil.

Al mirar hacia abajo y ver mi cuerpo de hombre, mi sorpresa se confirmó: volvía a ser Antonio.

CONTINUARÁ…

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