Aunque llevaba una vida personal rica y variada, infinitamente más rica y variada de lo que había sido la de la Lucía original, el trabajo ocupaba una gran parte de mi tiempo. Sé que podría dar una impresión equivocada, por sólo relatar mis recuerdos más extraños o más gratificantes pero, en realidad, la mayor parte de mi nueva vida la pasaba inmersa en el trabajo, con agotadoras jornadas desde las ocho de la mañana que fácilmente se prolongaban hasta las ocho de la tarde, con apenas una hora para comer y veinte minutos para el café matutino. Me pasaba la mayoría de mañanas de reunión en reunión o enganchada al teléfono, por lo que tenía que emplear las tardes en revisar la ingente cantidad de correos electrónicos diarios, planificar el trabajo y las estrategias a seguir, y preparar las reuniones del día siguiente. Era un auténtico estrés al que ya me había acostumbrado, gracias, sobre todo, a mi capacidad para olvidarme del trabajo en cuanto tenía tiempo de asueto, y para ello, todas mis experiencias sexuales habían resultado de lo más efectivas, despejando mi mente y haciendo desaparecer el estrés gozando de mi nueva condición. Tal vez eso fuera lo que le había faltado a Lucía antes de convertirme yo en ella, no había conseguido abstraerse del trabajo, siempre pensando en él. Sin duda, tendría que haber follado más y con más intensidad.

Pero lo de evadirme del trabajo me fue imposible durante una temporada, puesto que como estrategia de ampliación de negocio y expansión hacia nuevos mercados, la junta directiva de la empresa, yo incluida, decidió abrir una sucursal en China, concretamente en Shanghái. Todo estaba preparado, con el personal chino seleccionado y entrenado por nuestro departamento de formación, con algunos de nuestros mandos intermedios habiendo pasado allí estancias, y con su propio equipo directivo ya estructurado para comenzar a funcionar. Y sólo faltaba un detalle, mi estancia en China para supervisar, durante algo más de mes y medio, los inicios de la aventura empresarial.

Me trasladé a Shanghái para vivir en un buen hotel durante las siete semanas que tenía por delante aunque, prácticamente, sólo lo pisaría para dormir, pues debía aprovechar al máximo mi presencia en la nueva sucursal, de tal modo que, a posteriori, no hiciera falta más que alguna visita puntual.

Ya instalada e incorporada al equipo chino, cuando llegaba al hotel, antes de meterme en la cama, tan sólo tenía tiempo de pedir algo para cenar y escribir mensajes con el móvil a mi hermana y amigas, puesto que la diferencia horaria hacía difícil hablar directamente con ellas. Incluso, los fines de semana que tenía para pasar allí, ya los tenía programados para visitar a clientes y potenciales clientes, tanto del país, como de Corea del Sur y Japón.

La primera semana fue muy dura, trabajando codo con codo con mis colegas chinos, asesorándoles en la política de la empresa y las estrategias comerciales de la misma para conseguir una posición en China y otros países de la región. Y el fin de semana fue agotador, con una visita relámpago a Tokio para afianzar los contactos que durante meses habíamos establecido con futuros clientes japoneses. Y cuando, al fin, regresé a mi hotel el domingo por la noche, al conectar mi móvil a internet, entre los mensajes de mi hermana, Alicia y Raquel, encontré uno de Pedro que me puso los pelos de punta:

– Hola, Lucía. Ya me ha dicho Alicia que estás de viaje, pero me dijiste que si había alguna novedad te avisara. ¡Antonio ha despertado!.

Aún tienen que hacerle pruebas, pero parece que está bien, un poco desorientado y débil por haber estado casi cinco meses en coma, pero bien.

No me han dejado entrar a verle, solo le han permitido el paso a sus padres, pero mañana ya podré visitarle.

Besos.

El móvil me tembló en la mano y me sentí mareada. No podía creer lo que estaba leyendo, ¿cómo era posible?. Mi primer impulso fue llamar a Pedro, pero enseguida me di cuenta de que no sabría qué decir. Me quedé bloqueada ante la apabullante cantidad de preguntas que se agolparon en mi mente, aunque una de ellas destacaba por encima del resto: ¿quién era el Antonio que había despertado?. Sabía la respuesta de antemano: si yo ahora era Lucía, entonces él… Ni me atrevía a materializar el pensamiento, como si el hacerlo lo convirtiera en real y el eludirlo pudiera servir para descartarlo, pero sabía que era la única posibilidad lógica dentro de la locura que era todo cuanto había ocurrido.

Con las manos temblorosas, conseguí escribirle un mensaje a Pedro agradeciéndole el aviso, y le pedí que, cuando supiera algo más, me escribiese.

Para que no se preocupasen por la falta de respuesta, escribí a mi hermana y amigas diciéndoles que estaba de vuelta en Shanghái, que estaba agotada del viaje y que ya les contestaría con más tranquilidad.

Aquella noche no habría podido pegar ojo por el bullicio de preguntas y temores en mi cabeza, pero el cansancio acumulado por el intenso fin de semana fue mi aliado, sumiéndome en un profundo sueño para que pudiera afrontar la noticia con un nuevo amanecer.

El día se me hizo eterno, ocupada con el trabajo pero con la cabeza a miles de kilómetros de donde físicamente me encontraba. Para evitar distraerme aún más, había dejado intencionadamente el móvil personal en el hotel, pero no veía el momento de que la jornada acabase para volver a mi habitación y encenderlo ansiando nuevas noticias.

Apenas tuve tiempo de quitarme los zapatos y dejar el maletín de trabajo tirado en el sofá de la confortable habitación. Encendí el móvil, y en cuanto cogió la red del hotel, los mensajes de Pedro lo hicieron sonar:

– Hola, Lucía. Hoy he podido ver a Pedro. Los médicos le están haciendo pruebas mentales para ver si el accidente o el coma le han dejado secuelas, aunque todo parece indicar que no. Yo le he visto muy bien, sólo tiene las típicas lagunas por haber estado tanto tiempo ausente, así que le han dicho que se lo tome con calma.

Si todo está tan bien como parece, en un par de días le darán el alta, aunque aún tendrá que ir mucho al hospital para hacer rehabilitación intensiva.

No sé quién se lo habrá dicho, pero sabe que nos conocimos y me ha preguntado por ti. Le he dicho que vas a estar fuera bastante tiempo. Está deseando hablar contigo.

Besos.

Lo que leí, lejos de calmarme, me puso aún más nerviosa. Si Antonio le había preguntado a su amigo por mí, no había ninguna duda: Antonio era la persona cuyo cuerpo y vida yo había ocupado. Él era la antigua Lucía como yo era el antiguo Antonio. Mis peliculeras sospechas se habían confirmado, ¡nos habíamos intercambiado!.

Tenía que volver a casa, tenía que hablar imperiosamente con ella/él. Estaría tan confusa/o como yo lo estuve al principio, hasta que fui asimilando mi nueva identidad para hacerla completamente mía. Tomé la decisión de quedarme un par de días en Shanghái para dejar todo lo más atado posible, y volver a casa argumentando una circunstancia personal de máxima gravedad.

Contesté a Pedro agradeciéndole la información, y le pedí que le dijese a Antonio que iba a anticipar mi regreso a casa para llegar en tres días y poder ir a verle cuanto antes.

Al día siguiente, a primera hora, le comuniqué por mail a Gerardo que debía volver a casa por un asunto ineludible, y también se lo expliqué a mis colegas chinos, quienes mostraron su desconcierto y decepción. Gerardo no tardó en llamarme para pedirme más explicaciones, la empresa se estaba jugando mucho, y sólo mi presencia en China le tranquilizaba a él y a los inversores. Tuve que inventarme una historia de grave enfermedad de un amigo, con pronóstico mortal, y tuve que prometer que, en cuanto acabase todo, volvería a Shanghái para continuar con mi trabajo.

Por la noche, al encender el móvil personal, tuve nuevos mensajes de Pedro:

– Hola, Lucía. Esta mañana he vuelto a ver a Antonio, y me ha pedido que te diga que no te juegues tu carrera por volver a casa antes de tiempo, que ya tendréis tiempo para hablar y que prefiere que por el momento no os veáis. También me ha dicho que, en cuanto pueda, te escribirá él mismo.

No lo entiendo, Lucía, ¿pero qué hay entre vosotros?. Él no me lo ha querido decir. ¿Estabais juntos en secreto?.

Me quedé perpleja, aunque pensándolo con más frialdad, llegué a la conclusión de que Antonio tenía razón. No debía jugarme mi futuro ni el de la empresa, y la distancia y el tiempo nos ayudarían a los dos a pensar antes de enfrentarnos cara a cara, lo cual podría ser un auténtico shock. Es cierto que yo ya le había visto muchas veces en el hospital, pero siempre le había visto como a una carcasa vacía, y ahora la realidad era muy diferente, algo sobrenatural para lo que tendríamos que estar preparados mentalmente, especialmente ella/él, que llevaba varios meses de desventaja. Y si quería tener contacto conmigo a través de mensajes, tal vez sirviera para preparar el terreno ante el inevitable encuentro que tendríamos que tener.

Volví a agradecer a Pedro su ayuda y le pedí disculpas por haberle utilizado de mensajero. Y, obviando sus preguntas, le pedí que cuidase de su madre y siguiera haciéndola feliz, lo cual ya sabía que hacía por los mensajes que mi amiga me mandaba.

Los chinos alucinaron al anunciarles que, definitivamente, me quedaría con ellos como había estado previsto. Se sintieron aliviados, en especial mi equivalente en la sucursal. Pero quien respiró mucho más tranquilo fue Gerardo, cuando se lo dije directamente por teléfono. Al Director General tuve que contarle el extraño caso de cómo mi amigo había sido mal diagnosticado por un garrafal error médico, y que con tratamiento se repondría.

Pasé tres días enfrascada en el trabajo sin tener más noticias de Antonio cuando llegaba al hotel, por lo que mi nerviosismo iba en aumento y varias veces estuve a punto de reservar un billete de avión. Hasta que, al cuarto día, al encender un momento el teléfono por la mañana antes de ir a trabajar, recibí varios mensajes de un número que no tenía almacenado en la memoria de mi móvil, pero que conocía perfectamente, era el número de mi anterior móvil, el que ahora pertenecía a Antonio.

– Hola. La verdad es que no sé cómo dirigirme a ti… Sé que estás a miles de kilómetros de aquí, y tal vez eso facilite este trago.

Hoy me han dado el alta en el hospital, y aunque llevo tres días haciendo rehabilitación, aún necesito ayuda para moverme. Tus padres… Mis padres son encantadores, y me están ayudando mucho.

Tengo todo el cuerpo dolorido, un cuerpo que aún no entiendo, aunque no lo estoy llevando del todo mal porque creo que es un pequeño precio por haber vuelto a nacer. Porque eso es lo que ha pasado, ¿no?. Tú y yo hemos vuelto a nacer. Tenemos tanto de qué hablar…

Espero tu respuesta.

Las lágrimas de agolparon en mis azules ojos, rebosando hasta resbalar por mis mejillas. Eran lágrimas de dolor por el recordatorio de la familia que había dejado atrás, pero también eran lágrimas de miedo, por la incertidumbre de lo que podría pasar; lágrimas de culpabilidad, por haber usurpado la vida de aquella que ahora me escribía como hombre., y también eran lágrimas de alegría, porque ella/él aparentaba más entereza de la que yo había tenido cuando desperté en su situación, no parecía guardarme rencor.

Reponiéndome del cúmulo de sensaciones, y tras respirar hondo, le contesté imaginando que no vería mi respuesta hasta la hora de levantarse en España.

– Hola. Imagino el shock que habrá sido despertar y encontrarte así, porque yo pasé por lo mismo.

Sin duda, ambos hemos vuelto a nacer, aunque yo ya he tenido tiempo de digerirlo. Supongo que tendrás un millón de preguntas, y yo no podré contestarte a casi ninguna. No sé cómo ni por qué ha pasado esto, lo único que sé es que estoy viviendo la que era tu vida, y he hecho cambios… Y tú tendrás que vivir la que yo dejé en aquel hospital.

Ahora yo soy Lucía, y tú Antonio, y no hay vuelta atrás.

Espero que no estés sufriendo.

Me fui a trabajar, y tuve que ser disciplinada para centrarme en lo que estaba haciendo. Por suerte, el tener que comunicarme en inglés me obligaba a esforzarme, y eso hacía más sencillo apartar mis pensamientos personales para dar cabida solo a los profesionales. Y más teniendo en cuenta que para ese día tenía que realizar un par de presentaciones.

Al concluir la jornada, me despedí de mi homólogo chino, quien era el único que quedaba en la oficina, pero cuando ya estaba en la calle, a punto de tomar un taxi, me di cuenta de que las prisas por llegar al hotel para mirar el móvil me habían hecho olvidar el maletín, por lo que volví por él. Al llegar nuevamente a la última planta del edificio, vi que el subdirector chino estaba sentado en la sala de reuniones viendo un vídeo reproducido por el proyector en la pantalla gigante. Con curiosidad, me acerqué a la puerta, y comprobé que era el vídeo que habían grabado de mi última presentación.

– ¡Cómo es esta gente!- pensé-. Realmente viven para trabajar.

Mi homólogo parecía seguir la presentación con gran interés, aunque le noté inquieto. Así que decidí acercarme a él para preguntarle si le había quedado alguna duda o había algo que no le parecía adecuado para aplicarlo en su país. Para no asustarle por mi irrupción desde atrás, directamente le rodeé para saludarle mostrándome ante él, y entonces descubrí la causa de su inquietud. Aquel chino cuarentón tenía los pantalones y los calzoncillos por las rodillas, y empuñaba con fruición su polla, pajeándose con mi imagen proyectada en la pantalla gigante.

– ¡Lucíaaaaaaaaaahhhh…! –exclamó corriéndose en aquel preciso instante.

El denso líquido blanco embadurnó su mano, y en su rostro se dibujó un gesto mezcla de satisfacción y vergüenza. No pude evitarlo, me partí de risa. La risa más sincera que tuve durante toda mi estancia en aquel país, y que me sirvió para descargarme de gran cantidad de la tensión acumulada.

– Veo que te ha gustado mucho mi presentación –le dije entre risas-. Espero que las próximas te resulten tan satisfactorias…

A pesar de la vergüenza, él también se echó a reír, y todo quedó en aquella anécdota. Aquel hombre estaba felizmente casado, y además no me atraía nada, por lo que aquella fue mi única experiencia sexual en China. Nunca lo mencionamos, y actuamos como si nunca hubiera pasado, aunque reconozco que me gustó sentirme deseada incluso en aquellas latitudes.

Ya en el hotel con mi maletín, enseguida encendí el móvil. Tenía mensajes de Alicia y mi hermana, pero los dejé para después, los que más me interesaban eran los de Antonio, a quien ya había incluido en mi agenda de contactos.

– Lucía (aún se me hace un poco extraño referirme a ti por mi antiguo nombre), la verdad es que no ha sido ningún shock el despertarme y verme así.

Me quedé atónita, y seguí leyendo.

– Durante el tiempo que he estado en coma, he saltado de sueño en sueño, a cada cual más peculiar. Pero lo más extraño es que, de vez en cuando, estaba consciente, aunque no pudiera dar ninguna señal de ello. Y en esos momentos de consciencia escuchaba mi voz, tu voz, contándome cada experiencia que habías vivido, cada sentimiento, cada sensación… Y después, un torrente de recuerdos de tu anterior ser, mi nuevo ser, acudía a mi mente hasta desbordarla y sumirme nuevamente en un profundo sueño.

Te aseguro que cuando desperté, sabía perfectamente cuál era mi nueva realidad, y para nada estoy sufriendo. Es más, afronto mi nueva vida como un reto, y con ilusión, así que no tienes que preocuparte por lo que hayas hecho o dejado de hacer, porque como tú has dicho: ahora tú eres Lucía, y yo soy Antonio, y no hay vuelta atrás.

Seguiremos hablando.

Leí y releí los mensajes, como si en ellos pudiera encontrar algo que se me hubiese escapado. Y tras cada lectura, siempre llegué a la misma conclusión: la antigua Lucía ya no existía, se había convertido en Antonio y ya lo tenía perfectamente asumido, y además lo sabía todo de mí.

Tras un largo día de agotador trabajo, incluyendo la curiosa anécdota con el subdirector chino, no me sentía preparada para contestar. Mi cerebro ya había sido sometido a demasiado esfuerzo, e incluso ya había tenido mi dosis de surrealismo, por lo que necesitaba dormir para poder contestar con la mente clara.

Al día siguiente me levanté un poco antes de lo habitual para poder escribir a Antonio con tranquilidad, y así iniciamos una conversación que se prolongó durante toda mi estancia en Shanghái, en la que ambos tuvimos tiempo de sobra para pensar nuestras palabras, puesto que los dos empleábamos la primera hora de nuestras respectivas mañanas para contestar.

– No sabía que podías escucharme estando allí tumbado. Ni siquiera quise pensar que tú estuvieras allí. Me serviste como anclaje a la realidad, y a la vez como desahogo. Lo sabes todo de mí.

Me alucina que hayas asimilado tan bien tu nueva situación, ahora eres un tío, y tampoco es que mi vida anterior fuera espectacular… Creo que has salido perdiendo…

– Sí, lo sé todo de ti- me contestó- tanto por tus recuerdos que conservo hasta el día del accidente, como por todo lo que me contaste después. Pero no te preocupes, no te juzgo (aunque hayas sido un poco díscola), es más, te admiro. Parece que eres mejor Lucía de lo que yo fui jamás, tú has sabido vivir…

Si te soy sincero, lo único que echo de menos de verdad es a mi hermana, pero habiéndote escuchado a ti, supongo que eso también pasará, puesto que tengo una nueva familia.

Mensaje a mensaje, nos fuimos sincerando el uno con el otro, estableciendo una extraña amistad separados por la distancia y el cambio horario.

Antonio me confesó que cuando aún era Lucía se había sentido atrapada en su vida, y que no había sido capaz de encontrar la forma de reconducirla. Necesitaba un cambio drástico y muchas veces había soñado con él, aunque nunca había imaginado que supusiese un milagroso intercambio de cuerpo. Ahora que era un hombre, con toda una vida por delante, quería partir de cero entretejiendo los mimbres que yo le había dejado para reinventarse a sí mismo, tal y como yo había hecho. Y a pesar de los sinsabores de una dura rehabilitación física, estaba disfrutando de la experiencia de ser un hombre, con sus ventajas e inconvenientes, con sus nuevos sentimientos y gustos, tal y como a mí me había ocurrido.

El nuevo Antonio era más ambicioso de lo que el antiguo había sido, pero no iba a dejarse llevar por esa ambición. Prefería llevar una vida más sencilla y relajada, y abrirse más al mundo para disfrutar de las cosas buenas de la vida.

Habiendo cogido confianza ya, con largas ristras de mensajes diarios y buenas parrafadas, tanto trascendentes, como triviales, la confianza se hizo mutua, puesto que aquel secreto que ambos compartíamos era solamente nuestro, y ni siquiera nuestras familias o mejores amistades lo sabrían jamás.

Ya bromeábamos entre nosotros, y nos contábamos nuestro día a día como a un buen amigo, pues por medio de los recuerdos que compartíamos, nadie nos conocía tan bien como él conocía a la nueva Lucía y yo conocía al nuevo Antonio. Yo le contaba mis progresos en China, y él sus progresos con la rehabilitación, y así fue transcurriendo el tiempo hasta que él ya estaba preparado para incorporarse a una vida normal, y yo debía volver a casa con mi misión cumplida en la sucursal asiática.

Al regreso a España, informé de primera mano a Gerardo de cuanto se había avanzado con la nueva aventura empresarial, aunque ya le había adelantado casi todo por medio de mails diarios. Él se alegró de que todo hubiera ido bien, y su entrepierna me hizo sentir cuánto se alegraba de tenerme de vuelta cuando me abrazó. Como siempre, tuve que rechazar elegantemente su invitación para celebrar mi regreso a solas.

Decidí tomarme una semana de vacaciones para descansar mentalmente de mi periplo asiático y retomar la vida normal poco a poco. Aunque mi verdadero motivo era disponer de tiempo para pasarlo con Antonio y ayudarle en lo que fuese necesario durante su adaptación. Aunque por lo que sabía por medio de sus mensajes, estaba siendo menos traumática que la mía, ya que durante sus momentos de “consciencia” durante el coma, ya se había preparado mentalmente.

El primer día de mis vacaciones ya quedé con él. Aunque, en cierto modo, temía el encuentro, también estaba ansiosa. Tras meses guardando el increíble secreto en el que consistía mi existencia, por fin podía hablarlo abiertamente con alguien, y ese alguien ya no solo escucharía, sino que podría interactuar conmigo y, tal vez, juntos, entender el porqué de todo aquello.

Mi primera idea fue acudir al encuentro lo más cómoda posible, ya tenía seleccionados unos vaqueros, una camiseta y un jersey de algodón, todo muy casual. Pero cambié de opinión al mirarme en los espejos del vestidor para acabar poniéndome un discreto pero bonito vestido y unas botas altas. Quería darle a Antonio una buena impresión mostrándome femenina, para que no pensara que me había abandonado transformándome en un marimacho.

Cuando me abrió la puerta de su (mi antiguo) pequeño piso, nos quedamos los dos mirándonos paralizados. Tuve una sensación de vacío en el estómago, incluso vértigo. El Antonio que tenía ante mí era la imagen que había tenido de mí misma durante años, el mismo que había permanecido dormido en aquella cama de hospital. Pero había algo distinto en él que no supe explicarme, algo que me hizo mirarle como si fuera la primera vez que lo viera, y percibí que a él le ocurría lo mismo.

– Lucía… -dijo rompiendo el tenso silencio.

– Antonio… -contesté dando un paso hacia él.

Nos dimos dos besos, y en cuanto mi mejilla rozó la suya, sentí una descarga eléctrica recorriendo mi espina dorsal.

– Estás… -dijo tomándose su tiempo para respirar hondo- …muy guapa.

– Gracias –le contesté sintiendo cómo el rubor subía a mis mejillas.

Otros hombres me habían halagado con adjetivos más efusivos, elaborados y explícitos, pero el de Antonio me había afectado infinitamente más. Tal vez fuera porque, en el fondo, buscaba su aprobación.

– Tú también estás bien –añadí volviendo a estudiarle de arriba a abajo.

Vestía con unos sencillos vaqueros y un polo, pero noté el duro entrenamiento al que se había sometido en el último mes y medio para rehabilitarse, llenaba más la ropa y le quedaba especialmente bien.

Me invitó a entrar y sirvió café para los dos. El pequeño y modesto piso me llenó de recuerdos de mi vida pasada, aunque se notaba la mano del nuevo Antonio. Muchas de las que habían sido mis cosas habían desaparecido y habían sido sustituidas por otras. Parecía que él había sido más radical de lo que yo fui al adaptarme a mi nueva vida.

Al principio, la conversación fue tensa, con preguntas de cortesía como qué tal había sido mi vuelo o como cuándo tenía él intención de reincorporarse al trabajo.

– Vaya, ¡ya actúas como mi jefa!- exclamó-. ¡Espero que seas menos cabrona de lo que yo era!- y se echó a reír.

Aquello provocó también mi risa, y por fin el hielo se rompió para iniciar una charla abierta, como la que habíamos mantenido durante tanto tiempo a través de mensajes de móvil.

– La verdad es que ya tengo ganas de incorporarme al trabajo –me dijo-. Ahora que ya me encuentro bien, empiezo a aburrirme. Necesito algo con lo que entretener mi mente.

– Te entiendo, siempre fuiste una persona muy ocupada, y aunque quieras tomártelo con más calma, seguro que necesitas algo que te estimule –le dije.

– Eso es. Ahora tengo ante mí todo un mundo de retos, pero no pienso dejarme absorber por ellos, no estoy dispuesto a cometer errores pasados. Se me ha dado la oportunidad de empezar de nuevo y ser mucho más feliz de lo que era. Porque… ¿tú eres feliz con quién eres ahora? –me preguntó clavando sus intensos ojos marrón oscuro en los míos.

– Si me hubieras hecho esa pregunta al principio de todo esto –le contesté manteniendo su mirada-, te habría dicho que no. Me sentí desbordada por ser una mujer, tantas cosas distintas, tantas sensaciones nuevas, tantos nuevos sentimientos, tanto desconcierto… Y tu vida, era tan ordenada, metódica y pulcra, que me sentí intimidada por no estar a la altura.

– Ya…

– Pero ahora sí que soy feliz, más feliz de lo que era antes. He conseguido encauzar mis sentimientos y energías para conseguir lo que quiero y ser capaz de afrontar cada reto. Antes me había estancado, dejándome llevar por la costumbre, y no hacía nada por alcanzar las metas que tenía. Pero desde que soy Lucía, me he obligado a superarme a mí misma, y puedo estar orgullosa de ser una persona de éxito, tanto en lo profesional como en lo personal.

– Me alegro mucho –me contestó con total sinceridad-. Realmente creo que eres mejor Lucía de lo que yo nunca fui, y eso me hace ilusionarme más por querer ser mejor Antonio de lo que fuiste tú. Voy a canalizar todas mis energías para conseguirlo, que por cierto, desde que soy un hombre son muchas y aún no las domino.

Me reí con ganas.

– No te rías, lo digo en serio –dijo él, aunque sonriendo-. Una vez recuperado para ser capaz de valerme por mí solo, empecé a sentir un hambre brutal, y tenía que comer a todas horas…

Me reí a carcajadas.

– Y claro, como comía tanto, me sentía lleno de energía y con la necesidad de consumirla haciendo algo, así que empecé a doblar y triplicar los ejercicios de rehabilitación, con lo que después volvía a tener más hambre. ¡Ahora entiendo por qué los tíos son unos tragones!.

Se me saltaron las lágrimas de la risa. Realmente, el poder hablar con Antonio de nuestras sórdidas experiencias, era lo mejor que me podía pasar.

– Y se nota que has entrenado duro –le dije poniendo inconscientemente la mano sobre uno de sus pectorales.

Los dos sentimos nuevamente la descarga recorriendo nuestras espinas dorsales, y mi sensación de vértigo volvió a hacerse patente. Enseguida aparté la mano. Él sonrió y noté cómo sus ojos, inconscientemente, me miraban de arriba abajo dilatándose sus pupilas. El rubor volvió a mis mejillas.

– Cuéntame más cosas- le pedí-. Te servirá como desahogo, e incluso podrás reírte de ellas. Si podías oírme en el hospital, tú ya conoces mis sensaciones con ese tipo de detalles.

– ¿Quieres que te cuente cosas como lo de afeitarme o hacer pis?- preguntó riendo.

– Sí, lo segundo parece divertido -asentí riendo con él-. Pero dicho así no suena muy masculino, mejor di “mear”.

– ¡Perfecto, “Mear”!. Con este tipo de detalles quería que me ayudases.

– Lo de mear de pie ha sido toda una experiencia para mí. ¡Qué comodidad!. Fácil y rápido, aunque la primera vez puse el váter perdido.

– ¡No me lo creo! –exclamé con las lágrimas saltándoseme nuevamente por la risa.

– Es cierto, no veas cómo me costó apuntar, hasta que me di cuenta que no debía pensar en ello, que mi cuerpo sabía cómo hacerlo él solito…

– ¿Entonces ya apuntas bien con la manguera? –le pregunté sin poder dejar de reír.

– Pues claro que sí –contestó riendo conmigo-. Ser un hombre es muy fácil, es todo muy básico. Rutinas básicas, necesidades básicas, gustos básicos… La única dificultad se me plantea algunas mañanas, que me levanto con la cosa como una estaca…

Instintivamente mi mirada fue a posarse en su entrepierna, y él captó mi gesto. Enseguida volví mis ojos hacia su rostro, y le vi ligeramente colorado. Involuntariamente, mi mirada volvió a su entrepierna, y esta vez encontré que comenzaba a marcar paquete. Sentí cómo me mordía el labio, y al volver a levantar la vista me encontré con sus penetrantes ojos fijos en mis sonrosados pétalos de rosa. Un hormigueo me recorrió por dentro y le sonreí.

– Claro –dije-, entonces sí que hay que apuntar bien…

– Bueno, eso con la práctica se consigue –contestó devolviéndome una cálida sonrisa-. ¡Pero es que es como si tuviera vida propia!. Me resulta dificilísimo que se me baje o evitar que se me levante cada dos por tres.

– Como ahora –repliqué sin poder evitar que mis ojos volvieran a posarse sobre su ya descarado abultamiento.

– Como ahora…

Sentí cómo mis pezones se ponían duros, y a pesar del sujetador y el vestido, supe a ciencia cierta que se me marcaban, pues la mirada de Antonio fue a ellos y vi el brillo en sus ojos.

– Eso es que estás hasta las cejas de testosterona –le dije sacándole de su ensoñación con mis pechos-. ¿No haces nada para que se te pase? –le pregunté con una sonrisa pícara.

– Bueno… -contestó avergonzado-, me pongo a entrenar hasta que se me baja…

Me reí sin poder evitarlo.

– Ya veo…. –dije observando cómo él no podía evitar que su mirada bajase una y otra vez a mis pechos-. ¿Y te funciona?.

– Más o menos, porque enseguida se me vuelve a poner dura. Y si te soy sincero, creo que debo tener algo mal.

– ¿Algo mal, por qué? –pregunté sorprendida.

– Pues porque a veces también me duelen mucho los testículos. Como ahora, que me están matando…

No pude contener una nueva carcajada.

-¿Te ríes de mí? –preguntó ofendido-. Esto es serio, y pensé que tal vez tú podrías ayudarme y decirme qué es lo que me pasa.

– Lo siento, no me río de ti… Es que eres tan novato… -añadí poniendo distraídamente mi mano sobre su pierna y disfrutando de la electrizante sensación.

-¿Lo ves?. Ahora es incluso peor, siento que me duele por dentro hasta la parte de atrás, como si tuviese algo inflamado.

– Déjame ver –le indiqué con mi mirada apuntando a su entrepierna.

-¡¿Qué dices?!, ¿quieres que me saque la… polla?.

– Quieres que te ayude, ¿no?. Pues tendré que ver cuál es el problema. Tranquilo, ahí no hay nada que no haya visto ya.

Antonio dudó por un momento, pero vi que estaba realmente preocupado y no sabía identificar las sensaciones que me describía.

– Está bien –dijo poniéndose en pie ante mí-, tienes toda la razón. Tampoco tengo a nadie más a quien contarle esto… Mira.

Se desabrochó el pantalón y se lo bajó hasta las rodillas junto a la ropa interior. Su verga, aquella que había sido mía, se mostró vigorosamente erecta, congestionada y surcada de gruesas venas recorriendo su tronco mientras su circuncidado glande se veía suave y rosado, con humedad en su punta. Era la polla que en mi anterior vida siempre había visto, la que había acariciado y empuñado, con la que me había estrenado con Alicia siendo un adolescente… Pero ante mis azules ojos de mujer, se presentó como si fuera la primera vez que la viera. Me pareció hermosa, poderosa y excitante.

-¿Y bien? –preguntó impaciente.

– Yo no veo nada que esté mal –le contesté acercándome a su inhiesto miembro para examinarlo de cerca-. De hecho, lo veo bien, lo veo muuuuy bien… -añadí con tono meloso.

Los impulsos que llevaba tiempo reprimiendo se me hicieron más apremiantes que nunca. En Shanghái, mis compañeros asiáticos no me habían atraído nada y me había resultado fácil, pero en aquella situación…

– ¿Entonces qué me pasa?, ¿por qué me duele todo tanto?.

– Nene, estás muy excitado y necesitas descargar, eso es lo único que te pasa. En cuanto te descargues, te sentirás aliviado.

– ¿Te refieres a que me haga una paja?. Nunca pensé que fuera una verdadera necesidad física, sino más bien puro vicio.

– Es un poco de las dos cosas, ya lo verás. Yo puedo ayudarte…

– Uuffff, Lucía –resopló él-. Creo que eso sería muy raro… Tú… Yo…

– Pues yo creo que no -contesté modulando aún más mi voz-. Creo que ahora mismo yo soy la causante de tu… sufrimiento –añadí mirándole directamente a los ojos.

– Ahora mismo no puedo negarlo –me sonrió sonrojándose-, pero sigo pensando que es raro.

– Tenemos muchísimo más en común que con cualquier persona que conozcamos o vayamos a conocer jamás. Quieres abrirte más al mundo, ¿no?. Pues ahora tienes una nueva amiga, y está dispuesta a ayudarte… Estaré encantada de ayudarte…

– ¡Buf!. Siento hasta palpitaciones en mi interior… Creo que lo necesito ya… ¿Me ayudarás haciéndome una paja?.

– Te ayudaré haciendo algo mejor, mucho mejor –contesté humedeciéndome los labios-. Tú disfruta.

Con mi mano derecha tomé suavemente su congestionado falo, y la sensación que recorrió todo mi cuerpo hizo que me ardiesen los pezones. Antonio tuvo la misma sensación y arqueó ligeramente la espalda acercando aún más su lanza a mi rostro. Mis labios se posaron sobre su glande, y se fueron abriendo rodeando su grosor mientras pasaba deslizándose entre ellos.

– Uuuuuuuuuuuffffffffff… -resopló él profundamente-. Qué labios tan suavessssss…

Fui reclinándome hacia delante, sintiendo cómo la gruesa cabeza de aquel cetro penetraba en mi boca y se deslizaba por mi lengua.

– Diossssssss, está tan mojada… -le oí decir.

Para Antonio era su primera experiencia como hombre, y no podía reprimir la necesidad de exteriorizar lo que estaba sintiendo.

Succioné lentamente su polla hacia el interior de mi boca, envolviéndola con toda ella hasta que alcanzó mi límite al fondo del paladar. Ahora que tenía referencias, supe que no estaba nada mal dotado.

– Oooooooohhhhhhh –gimió-. Qué caliente y húmeda tienes la boca… Me encantaaaaaaahhhh….

Sabía que no aguantaría mucho. Si hasta ese momento no se había masturbado, no tardaría nada en correrse, a no ser que hubiese tenido alguna polución nocturna reciente, lo cual sabía que no había sucedido por el agudo dolor al que se había referido. Así que decidí hacerle una mamada suave y pausada, para que tuviera tiempo de disfrutarla antes de liberarse.

Con cuanta dura carne me cabía en la boca, realicé pequeñas succiones apenas sacándola un dedo de mí, acariciándosela con la lengua y degustando el salado sabor de su piel.

– Uuuuuuuuffffffffff… ¡Qué gusto da eso!. No me extraña que todos los tíos estén obsesionados con que se la chupen… Uuuuuufffffff…

Succioné con un poco más de fuerza recorriendo todo el grueso tronco moviéndome hacia atrás, e imprimí más fuerza aún hundiendo mis carrillos para que, sin dejar de echarme hacia atrás, su glande saliera con dificultad friccionándose con mis labios hasta salir de pronto con un sonoro beso.

– ¡Diossssssssss, qué delicia!. Haces que me palpite hasta la raíz…

Le había dejado la redonda cabeza colorada, haciéndomela ver más irresistible aún. Pero antes de volver a atacar, sabiendo que con ello le remataría, me divertí contemplando su cara de gusto con los ojos cerrados y las mandíbulas en tensión. Ni se atrevía a mirarme.

Besé el frenillo, y con la punta de mi lengua se lo acaricié lentamente.

– Joder, joder, joderrrrrrrr… Esassss cosssssquillasssssssss…

Mi lengua guio su glande hasta mis labios, para que estos, suaves y engrosados de excitación, lo envolvieran y succionaran nuevamente hacia el interior de mi boca permitiendo que toda ella fuese invadida por la virilidad de Antonio.

– Uuuuuuuuuuummmmmm…

Realicé el recorrido inverso chupando aún más fuerte que antes, y sentí su músculo palpitar contra mi lengua.

– Es demasiadooooohhhh, no puedo máaaaaaasssssss, siento que voy a explotaaaaaaarrrrr…

Esa vez me detuve en la corona del glande, y chupé, y chupé con movimientos cortos sin llegar a sacármelo, succionando, acariciando con la lengua y oprimiendo con los labios.

– Lucía, Lucíaaaa, Lucíaaaaaaa, Lucíaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhh…

Su polla entró en erupción como un potente volcán, llenándome la boca con la hirviente eyaculación de su semen, inundándome con su sabor, el sabor de leche de macho más delicioso que había probado nunca; el más dulce y exquisito que había tenido en mi boca. Un auténtico manjar del que, tal vez, otra mujer no habría tenido la misma percepción, pero que para mí fue sublime. La repentina sensación de la cálida explosión dentro de mi boca fue tan excitante, que estuve a punto de correrme de forma espontánea.

Seguí mamando, chupando, y chupando para que aquel néctar no dejase de manar de la verga de Antonio, chocando con violencia su candente elixir contra mi paladar para hacerme sentir glotona tragando la esencia de aquel que no podía dejar de repetir mi nombre entre gruñidos de placer.

Su orgasmo fue intenso y prolongado, deleitándome con su generosidad para calmar mi sed de hombre hasta dejarme saciada con la última gota de su catarsis.

Con una última succión, me saqué la polla de la boca y limpié la saliva de mis labios contemplando cómo Antonio resoplaba reponiéndose de su intensa experiencia.

– ¿Aliviado?- le pregunté con una sonrisa.

– Uuuuffff, totalmente –contestó guardando su decadente virilidad y recolocándose la ropa-. El dolor ha desaparecido, y ha sido… increíble. Gracias.

– No tienes por qué dármelas. Ha sido un placer ayudarte, y me alegra que te haya gustado.

– Era un poco ignorante en temas de hombres, ahora entiendo todo mucho mejor. Me siento más vivo que nunca.

La conversación fue interrumpida por su móvil. Antonio lo cogió y se quedó mirando la pantalla sin descolgar hasta que dejó de sonar.

– Debo devolver la llamada –me dijo con fastidio-. Son mis padres. Me dijeron que me llamarían para venir a verme. Lo siento…

– No te preocupes –le contesté contrariada y sintiendo nostalgia al ser mencionados-. Ahora son tu familia… Debo marcharme.

– ¿Nos veremos mañana?.

– Sí, claro, si quieres… –contesté sintiéndome sorprendentemente ilusionada.

– Pues a última hora de la tarde me paso por tu casa. Creo que me sé bien la dirección, jajaja…

Al llegar a casa, tras rememorar durante todo el camino cada palabra, cada gesto, cada sentimiento de aquella extraña tarde, me sentí feliz por cómo había transcurrido. Había ido infinitamente mejor de lo que pude imaginar, y el final había sido deliciosamente demencial. ¡Había disfrutado dándole placer a quien ocupaba el cuerpo que yo había dejado atrás con mi antigua vida!. ¿Se le podría llamar a eso una rocambolesca masturbación?. Me reí con mi propia idea, y suspiré volviendo a recordar cómo cada vez que había tocado a Antonio, todo mi cuerpo se había visto sacudido por una energía que jamás había sentido. Desde el primer momento del reencuentro, no le había visto como a mi anterior yo; le había visto como a alguien completamente nuevo y luminoso para mí, haciéndome sentir irremediablemente atraída por él.

Rememorando cómo había tenido su sexo en mi boca y, sobre todo, la excitación de sentir cómo se había corrido dentro de ella, pareciéndome su orgasmo el más exquisito manjar de dioses, me masturbé tranquilamente ante los espejos de mi lujoso vestidor, gozando de mis propias caricias imaginando que eran las manos de Antonio. Disfruté contemplando mi propio reflejo desde distintos ángulos, en lo que habría parecido un canto al narcisismo, pero que en realidad era la comprobación de que la belleza que los espejos reflejaban, aún era capaz de alimentar los deseos del hombre que, en silencio, sobrevivía en lo más profundo de mi alma, sepultado bajo toneladas de feminidad.

Alcancé un relajante orgasmo observando mis propios gestos de placer, gestos que deseé que Antonio pudiera ver siendo él quien me los provocase. No podía creer que mi encuentro con él me hubiera afectado tanto, ni de aquella manera. Ya estaba impaciente por su visita.

CONTINUARÁ…

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