15

Durante unos días no volví a tener ningún contacto con Alicia o Pedro. Después de su encuentro, ambos me dieron las gracias por haberles preparado aquella aventura y se marcharon precipitadamente de mi casa, tenían mucho que asimilar y hablar.

El perder contacto con Pedro era una decisión que yo misma había tomado para mi futuro. Por todas las circunstancias que rodeaban nuestra amistad, y puesto que ya no me necesitaba como profesora, era mejor que cada uno siguiese su camino y yo sólo quedase en su vida como una amiga de su madre.

Sin embargo, necesitaba saber algo de Alicia. Se había convertido en alguien muy importante para mí, una amiga del alma, y el no tener noticias de ella me hacía temer que lo que yo había hecho pensando que era lo que ambos querían, en realidad había destruido sus vidas.

Finalmente, conseguí quedar con mi amiga para tomar un café en una terraza tras varios días de incertidumbre. Cuando volví a verla la encontré radiante, estaba guapísima, alegre y juvenil, mis temores se disiparon al instante. Tras pedirle los cafés a la camarera que nos atendió en la mesa, me invitó a un cigarrillo, se disculpó por no haber dado señales de vida en varios días, y enseguida comenzó a contarme cómo había cambiado su vida en tan poco tempo.

– Pedro es un cielo- me dijo exhalando el humo de su cigarrillo con satisfacción-, aún más de lo que ya era…

– ¿Ah, sí?.¿Entonces las cosas no se han enrarecido entre vosotros?

– ¡Ni mucho menos, Lucía!, ¡están mejor que nunca!. Estamos juntos en todos los sentidos, y por eso no he tenido tiempo ni para llamarte.

– Entonces no quedó la cosa en esa noche…

– Pues claro que no, y tú ya te lo imaginabas. Aquella noche no hablamos cuando llegamos a casa, sólo nos dejamos llevar por lo que habíamos estado tanto tiempo reprimiendo, y mi chico es mucho chico…

– Ya me imagino –contesté con una sonrisa y viendo que ella seguía sin saber que yo ya lo había catado antes.

– Total, que hablamos al día siguiente y decidimos probar a continuar con ello. Nos queremos, nos deseamos y ambos los sabemos. Así que vamos a seguir con esta aventura hasta donde llegue…

– Y viendo lo feliz que estás, no hay duda de que está yendo bien, pero eso de “hasta donde llegue”…

– Lucía, no soy tonta. Soy consciente de mi edad y de la de Pedro, y sé que un día conocerá a alguna chica y esto tendrá que acabarse. Es tan joven que tiene toda la vida por delante, y no se la puede pasar conmigo… Pero mientras tanto, vamos a disfrutar del momento.

– Veo que lo tienes muy claro.

– Le he dado muchas vueltas a la cabeza y he llegado a la conclusión de que, cuando llegue el momento, tendré que dejarle ir, e incluso, incitarle a ello. Su felicidad es lo más importante para mí y no puedo negar que nuestra relación se podría tachar de enfermiza, pero es que… Es un cielo, me tiene enamorada como una colegiala. Es amable, cariñoso, atento, encantador…

– Y guapo… -añadí entre risas siguiendo la conversación como si ambas fuésemos adolescentes.

– ¡Guapísimo! – contestó siguiendo el tono de forma natural-. Y está tan bueno… Y es tan apasionado…

Su tono de voz cambió, pasando del de una adolescente enamorada al de una mujer en plena liberación sexual:

– Parece que sólo piensa en poseerme, ¡y me encanta!. Me hace sentir más viva que nunca.

– ¡Pues claro que sí, mujer!. Tienes que vivir el ahora. Eres preciosa, estás estupenda y te mereces disfrutar…

– Y es lo que estoy haciendo. No dormimos juntos, cada uno sigue teniendo su espacio, pero, ¿sabes?, no me da un respiro, cada mañana me lleva el desayuno a la cama…

-¿Ah, sí?. ¡Qué romántico!.

– Bueno, no es romanticismo exactamente –contestó con una pícara sonrisa-. Ya te he dicho que parece que sólo piensa en poseerme… Así que el desayuno que me trae cada mañana es una buena ración de leche calentita…

-¡Uf!, ¡no me digas!. Cuenta, cuenta…

– Me despierta cada mañana presentándose en mi habitación desnudo, con la polla más tiesa que he visto nunca, y claro, no me puedo reprimir, me la como con ganas hasta que me termino el biberón –contestó entre risas.

– Joder, Alicia, qué morbazo…

-¡Uf!, ¡y tanto!, porque luego me corresponde con una comidita de escándalo, y así todas las mañanas. Te juro que nunca había ido tan contenta y relajada a trabajar…

– Jajajaja, ¡no me extraña!.

– Y lo mejor es que es un no parar. Ahora viene todos los días a comer a casa, y en cuanto entra por la puerta, me echa un polvazo.

– Vaya, veo que lo habéis cogido con ganas –contesté sintiéndome excitada-. Si es que los chicos de su edad es lo único que tienen en la cabeza.

– Ni te imaginas, no había estado tan satisfecha en toda mi vida. Mi chico es una máquina de darme placer, y en cuanto hay ocasión, me lo da. Ahora también me espera a que llegue de trabajar por las tardes, y casi no me da tiempo ni a dejar el bolso, se me echa encima en cuanto cierro la puerta y me desnuda en el mismo pasillo.

– Sí que estáis calientes, sí…

– Jajajaja, demasiado tiempo reprimiendo nuestros deseos. Cuando quiero darme cuenta, ya me tiene a cuatro patas y me monta hasta que no podemos más.

-¡De solo imaginarlo me estoy poniendo malísima!.

Mi amiga rio con ganas, y echó una mirada hacia el pub al que pertenecía la terraza en la que estábamos.

– Pues creo que, si quieres, puedes aliviarte. El camarero que está en la barra está muy bueno, y no nos ha quitado el ojo de encima…

Giré ligeramente la cabeza y miré en la dirección que Alicia me indicaba. Hasta ese momento, no me había dado cuenta del truco que había realizado mi subconsciente al quedar con mi amiga en aquella terraza, ¡era el pub de aquel moja-bragas!. Al ver que le miraba, esbozó una amplia sonrisa, y cayendo en lo cautivadora que era, se la devolví.

– ¡Vaya chulazo, nena! –dijo Alicia-. No es mi tipo, pero creo que es exactamente el tuyo. Voy a pagarte parte del enorme favor que te debo…

Y para mi asombro, Alicia se levantó y fue hacia la barra dejándome sola para observar cómo hablaban mirándome. Al poco volvió con una sonrisa de oreja a oreja.

– ¡Resulta que te conoce!. Dice que ahora no puede salir de la barra, pero que si vas para allá, estará encantado de darte lo que quieras.

– ¿Estás loca?, ¿pero qué le has dicho? –pregunté atónita.

– Que mi amiga estaba muy caliente y deseando echar un polvo… Te está esperando.

– Joder, Alicia, se te ha ido de las manos… Ya tuve un “encuentro” con ese tío, y es un moja-bragas prepotente…

– Bueno, tampoco tienes que hablar mucho con él. Anda, ve y quítate el calentón, que está bien bueno.

– No me lo puedo creer, Alicia… Voy a ir, pero para decirle cuatro palabras bien dichas a ese prepotente.

– Tranquila, tómate el tiempo que necesites, yo te espero aquí, no tengo prisa…

Fui hacia aquel que me esperaba en la barra del pub con una sexy sonrisa.

– Irina, guapa –le dijo a la camarera que nos había servido en la mesa-, controla esto y deja la terraza en autoservicio, que tengo que hacer un negocio.- Añadió saliendo de la barra antes de que yo llegara a él.

Me fijé en la camarera a la que anteriormente no había prestado ninguna atención, la famosa Irina, la novia de Carlos, ¿habrían cortado?. Era una jovencita muy atractiva, de rasgos eslavos y mirada felina, cabello dorado y más bien bajita, pero muy bien proporcionada, una muñeca rusa. Al instante vino a mí el recuerdo de aquella frase dicha por aquel a quien me dirigía: “Tengo una camarera en el primer turno, una muñeca rusa de 18 años llamada Irina a la que le encanta hacerme una mamada todas las mañanas”, y justo después acudió a mi mente el sonido de sus gemidos a través de los altavoces del ordenador de Pedro. Me calenté aún más, hasta el punto de sentir mis braguitas húmedas.

El dueño del pub me recibió abriéndome la puerta de la oficina con un arrogante: “Sabía que volverías”. En ese momento tuve ganas de darle un tortazo y soltarle cuatro verdades sobre su chulería y prepotencia, para marcharme dejándole con un palmo de narices, pero en cuanto la puerta se cerró tras nosotros, su innegable atractivo se grabó en mi retina y me descubrí mirando hacia su paquete. Una versión resumida de su frase se repitió en mi mente: “…a la que le encanta hacerme una mamada todas las mañanas”, y acto seguido rememoré unas palabras de Alicia: “…y claro, no me puedo reprimir, me la como con ganas hasta que me termino el biberón”. Sentí el coñito encharcado, y los labios secos.

– Quiero comerme tu polla –me sorprendí diciendo mientras me relamía.

– Toda tuya, preciosa – me contestó desabrochándose el pantalón.

En contra de mí misma y mis principios, cediendo a la excitación y dejándome llevar por mi auténtico vicio, me puse sumisamente de rodillas y rodeé la rosada cabeza de aquella verga que aún no había tenido tiempo de alcanzar todo su esplendor. La succioné hacia el cálido interior de mi húmeda cavidad, y la degusté acariciándola con toda mi lengua mientras se endurecía y crecía dentro de mi boca. Me encantaba esa sensación, y el haber sucumbido al deseo ante aquel hombre cuya actitud despreciaba, me confirmaba como una verdadera adicta.

Chupé la polla con ganas, recreándome en sentir su dureza y longitud con mis labios recorriéndola de dentro a fuera, saboreando su piel y succionando glotonamente con mis carrillos hundidos para envolverla por completo mientras él gemía de gusto, haciéndome sentir poderosa, pues yo era la dueña de su placer. Quería comérmela más y más, degustarla entera, llevar a aquel moja-bragas al límite y hacerle explotar en mi boca regalándome el premio a mi destreza y dedicación, hasta dejarle seco. Me entregué a hacerle la mejor mamada de su vida, con la que jamás me olvidaría entre sus múltiples conquistas, la mamada a partir de la cual el resto le parecerían insuficientes, pero cuando ya estaba casi a punto de correrse para mi deleite, su fanfarronería le condenó.

– ¡Joder, cómo la chupas!. Te vas a ganar mi mejor corrida… Uuuufffffff… Y luego te vas a traer a esa amiguita tan rica, que creo que se ha quedado con las ganas, y os voy a dar bien a las dos…

Aquello me despertó de mi irracional vicio, y me sobrepuse a él detestando tanta soberbia. Hice una profunda y poderosa succión con la que casi hago que se corra, pero calculada para que faltase rematar, y me saqué la polla de la boca para ponerme en pie y mirarle directamente a su boquiabierto rostro.

– Ni dos, ni una, cabronazo. Esto te lo terminas tú solito pensando en mí.

Y sin darle tiempo a reaccionar, abrí la puerta de la oficina de par en par y salí de allí con la cabeza bien alta, permitiendo a todos los clientes que en aquel momento estaban dentro del pub, ver al dueño con los pantalones bajados, la verga tiesa, y cara de gilipollas.

– ¡Qué rápido! -dijo Alicia al verme aparecer.

– Vámonos –le contesté-, estamos invitadas. Ahora te cuento…

Mi amiga me entendió perfectamente tras contarle toda la historia con sus precedentes, aunque omití que la camarera era la novia de un amigo de su hijo, y confirmó y aplaudió mis actos con un “Bien, hecho. Ese tipo de tíos se merecen una lección”.

Aquella noche, aunque inicialmente avergonzada por haber caído arrodillada ante aquel tipo, me sentí orgullosa de mí misma por haberme levantado y haberle dejado plantado sobreponiéndome a un vicio que parecía superior a mí. En adelante tendría que controlar mis impulsos sexuales, por muy atractivo que me pareciera tío, no debía sucumbir siempre a mi cóctel hormonal, tenía que ser capaz de dominarme a mí misma para no perder las riendas de mi propia vida. Y si necesitaba desahogarme, un poco de autosatisfacción de vez en cuando podía ser muy relajante, por lo que antes de acostarme, me di un buen homenaje yo solita metida en mi jacuzzi.

Unos días después, en mi cada vez menos periódica visita al hospital para ver y hablar con Antonio, coincidí allí con Pedro. Al igual que su madre, me expresó su agradecimiento por aquella treta con la que había urdido que ambos satisficieran sus ocultos deseos, e igual que ella, me expresó lo feliz que era. Pero ahí quedó la cosa. Su antiguo deseo por mí estaba totalmente apaciguado, sin duda, dejaba toda su joven fogosidad en casa, y aunque en su lenguaje corporal descifré que seguía resultándole atractiva, ya no sentía la necesidad de tenerme. Era completamente fiel a su madre.

Se marchó pronto, dejándome a solas con Antonio. Para mí, aquel cuerpo tumbado ya no representaba la evidencia física de mi anterior vida. Ya nada tenía que ver con él, salvo las visitas que le hacía, y que lo habían convertido en un fiel amigo que siempre escuchaba, el único al que podía contarle todos y cada uno de mis secretos, con la confidencialidad que puede suponer el escribir en un diario. Tras cuatro meses descubriendo a Lucía, mi versión de Lucía, de una forma tan intensa, no quedaba nada de aquel veinteañero en mí.

La verdad es que era feliz con la vida que ahora tenía. En el trabajo me iba bien, era eficiente y resolutiva, ya no necesitaba echar mano de recuerdos ajenos, pues todo cuanto necesitaba podía obtenerlo por mí misma. Y era capaz de tener contento a Gerardo, el Director General de la empresa, a pesar de tener que darle continuamente capotazos ante sus insinuaciones para acostarme con él.

Y en el terreno personal mi felicidad era aún mayor. Tenía una nueva familia, con la que había superado una dura prueba sin más daños colaterales que unos buenos y excitantes recuerdos. Podía verles todas las semanas, sin necesidad de forzar nada, y aprender de mi hermana, que era como una madre para mí. Tenía a Raquel, con quien sólo hablaba por teléfono, pero que seguía siendo una maravillosa amiga con la que bromeaba sobre cómo dejaríamos seco a su chico entre ambas cuando volvieran a visitarme. También estaba Eva, con la que confraternizaba en las pausas del trabajo y con quien, de vez en cuando, quedaba para ir juntas de compras. Y por encima de todos, estaba Alicia, quien se había convertido en una auténtica amiga del alma, aquella con la que podía hablar de lo que fuese y con quien compartía opinión sobre todas las cosas importantes de la vida. Teníamos nuestras diferencias, por supuesto, pero eso también enriquecía nuestra amistad, y el que fuera mayor que yo, y la gran madurez que su vida le había hecho adquirir, la convirtieron en una imprescindible consejera. Y lo mejor de todo, nos reíamos muchísimo juntas, nos divertíamos y nuestra complicidad parecía no tener límites. Y como muestra de ello, lo que me preparó una tarde de sábado:

Me llamó para que fuese urgentemente s su casa, diciéndome que tenía una sorpresa para mí. Cuando llegué, me dijo que Pedro se había ido de fin de semana con unos amigos, y que enseguida llegaría mi sorpresa. Yo no pude reprimir mi curiosidad, y finalmente tuvo que confesarme lo que me había preparado. Había llamado a Luis, el amigo de Pedro con el que ambas habíamos fantaseado una vez, para que fuese a su casa con la burda excusa de que le instalase unos programas en el ordenador.

– Yo ya estoy cumpliendo mis fantasías con Pedro, y no necesito nada más –me dijo-, así que es el momento de que tú realices aquella que imaginamos juntas con el protagonista de la misma, el yogurín salido.

– ¡Venga ya! –le dije- me estás tomando el pelo…

En ese momento sonó el telefonillo del portal, y antes de dirigirse a abrir, me indicó:

– Métete en la cocina y deja la puerta entreabierta. Tú podrás vernos pero nosotros a ti no. En aquella ocasión te dije que ese chico me desnuda con la mirada, así que déjame disfrutar un rato calentándole para ti antes de que te muestres.

– Pero, Alicia –le repliqué-. ¡Es que no me apetece nada!.

Y era cierto, el plan de mi amiga habría sido magnífico si no hubiera habido ya unos precedentes que ella no conocía. La experiencia con Luis, Carlos, y por supuesto, Pedro, había sido muy satisfactoria, pero no tenía ninguna gana de repetir con ninguno de ellos con el fin de que aquella pequeña orgía quedase como un gran recuerdo en mi memoria. Y me había propuesto el firme propósito de no ceder siempre a mis poderosos impulsos sexuales.

– ¡Pero, Lucía! –dijo mi amiga poniendo gesto contrariado-, si es un regalo para ti, lo tengo todo previsto… -añadió descolgando el telefonillo para pulsar el botón de apertura.

Luis ya subía por las escaleras, lo que me obligó a confesar de forma precipitada.

– Es que ya me lo tiré una vez, y no necesito complicaciones con un crío.

– ¡Qué zorra!, y no me lo habías contado…

– Lo siento, ocurrió antes de conocernos tú y yo, y es complicado…

– Bueno, tú sabrás… ¿y ahora qué hago con él?. Lucía, estoy a tope, pero yo no puedo…

Sonó el timbre de la puerta.

– Pues o le echas o le dejas pasar, y preferiría que no me viera –contesté.

– Métete en la cocina como te he dicho, improvisaré algo…

Fue a abrir la puerta y yo, aún sorprendida y apenada por desbaratar los planes que mi amiga había preparado para mí con toda su buena intención, me metí en la cocina dejando la puerta tal y como me había dicho.

Al momento, entró Alicia en el salón caminando delante de Luis, y mi privilegiada perspectiva me permitió ver cómo este le miraba el culo sin perder detalle.

– Siéntate y tómate algo conmigo, no hay prisa –le dijo ante el evidente nerviosismo del joven.

Me dio la impresión de que Alicia quería ganar tiempo.

– Un café estará bien –dijo él.

– Espérame, que lo preparo.

Mi amiga vino a la cocina y cerró la puerta tras de sí.

– Ahora que le tengo ahí sentado –me dijo susurrando mientras preparaba el café-, no puedo dejar de darle vueltas a aquella fantasía. Lucía, estoy excitada, y creo que voy a jugar un poco con él…

– Tú verás lo que haces… –le contesté también susurrando-. Pero ten en cuenta que quien juega con fuego se acaba quemando…

– No te preocupes, lo tengo todo bajo control. Ahora debo volver con mi invitado.

Se desabrochó dos botones de la blusa guiñándome un ojo y evidenciando un más que generoso escote, y con una deslumbrante sonrisa, Alicia salió de la cocina llevándose la bandeja con los cafés, dejando la puerta entreabierta para que yo pudiera mirar sin ser vista.

Colocó la bandeja sobre la mesa y le ofreció a Luis una de las tazas reclinándose hacia él. Al chico sólo le faltó meter la cabeza por la abertura de la blusa, con los ojos abiertos de par en par observando el buen par de tetas que aquel escote le mostraba. Mi amiga se tomó su tiempo sirviéndole el café de la jarra, la leche, e incluso el azúcar para permitir al joven regalarse la vista con sus encantos, y observé cómo Luis se relamía con su mirada perdida en aquel balcón.

Después, mi amiga se giró de forma algo exagerada, ya que realmente no le hacía falta, para servirse su café igualmente reclinada y arqueando ligeramente la espalda, de tal modo que le ofreció una privilegiada panorámica de su culito mientras repetía el pausado proceso de servir todos los ingredientes. Cuando al fin se sentó, pude volver a ver a Luis con auténtica cara de pervertido y un evidente abultamiento en su entrepierna.

Alicia sabía perfectamente cómo provocar a un hombre y, por supuesto, su postura al sentarse fue de lo más sensual. Cruzó la pierna más alejada del chico sobre la otra para mostrar el terso muslo a través de la raja de su falda, y giró su torso hacia él pasando un brazo por encima del sofá para que sus pechos se alzasen. Bebió de su taza llevándosela suavemente a la boca, y contemplé cómo el chico no perdía detalle de sus labios, indagaba en su pronunciado escote, y recorría el muslo desnudo con su mirada. La potente erección que Alicia le había provocado marcaba un llamativo paquete que mi amiga también miró sonriéndole.

– ¿Qué tal Pedro en la playa? –preguntó el chico casi sin voz tratando de desviar la atención.

– He hablado con él por teléfono. Está encantado. Supongo que te dará pena no haber podido irte con ellos…

– Pues sí, pero es que ando un poquillo justo de pasta, y quiero comprarme un nuevo disco duro portátil.

– Entiendo. Lo bueno es que eso ha permitido que estés aquí conmigo… A solas…

Luis sonrió con nerviosismo, y Alicia se encendió un cigarrillo exhalando sensualmente su humo hacia el muchacho.

– Con eso le vas a matar, nena- dije para mis adentros-. Ese es el mayor fetiche de ese chico.

– No te molesta que fume, ¿verdad?- le dijo mi amiga con una seductora caída de pestañas.

– No, no, todo lo contrario. En realidad… me fascina.

– Ya veo… – contestó Alicia recreándose al exhalar el humo en una fina columna blanca-. No eres el primer tío que conozco con esa… predilección.

Luis no perdía detalle de cómo la madre de su amigo se llevaba, con un grácil movimiento de mano, el cigarrillo a sus bonitos labios para darle una calada hundiendo sus carrillos y después soplar el blanquecino humo suavemente, poniendo “morritos”. Se la estaba comiendo con la mirada.

– ¿Quieres uno? –le ofreció ella indicándole el cigarrillo.

– No, gracias, no fumo- contestó el con una sonrisa-. No es nada sano…

– Lo sé, es un mal vicio, y yo debería dejarlo… Pero no quiero, debe ser que soy muy viciosa.

El chico resopló tirando inconscientemente de la cintura de su pantalón, como si quisiera aflojarlo.

– ¿Estás bien? –le preguntó Alicia captando el gesto y mirando con descaro el abultado paquete del chico-. Creo que no estás muy cómodo.

– Sí, sí… estoy cómodo…

– Pues a mí no me lo parece -dijo ella soplando el aromático humo hacia él- . Parece que te aprieta el pantalón… -añadió con una sonrisa de picardía-. ¿Puedes ponerte un momento en pie?.

– Yo… -dijo él poniéndose colorado.

– Por favor… -añadió Alicia con un tono de voz de lo más sugerente.

El chico se puso en pie ante ella, tratando de disimular inútilmente su patente erección que, al levantarse del asiento, se evidenciaba delineando la forma de su miembro hinchado prolongándose hacia su pierna derecha ante la imposibilidad de alzarse por la opresión de la ropa.

– Mmmmm… Eso está mejor. Veo que realmente esos pantalones te aprietan mucho, ¿no?- le dijo acariciándose el cuello.

– Uf, Alicia…

– Y supongo que lo que ahí guardas –continuó- no es una pistola, aunque parece que está bien cargada…

Reclinándose hacia delante hasta que su cara casi topa con la entrepierna de Luis, apagó su cigarrillo sin ninguna prisa, dándole a él tiempo para que su imaginación volase viéndola en esa posición, y después volvió a echarse hacia atrás hasta apoyarse en el respaldo del sofá subiendo ambos brazos por encima del respaldo. Sus pechos se elevaron ensalzándose aún más, y la blusa se abrió mostrando un precioso y excitante busto. Él, ante la evidencia de que mi amiga no estaba en absoluto escandalizada, se quitó la inicial vergüenza de encima y dio un paso lateral para quedarse justo ante ella. Ya estaba seguro de que aquella situación había sido buscada intencionadamente por la ardiente y sexy madurita que tenía ante él, la madre de su amigo a la que ya sólo le faltaba descruzar las piernas para sellar la invitación a que la tomara allí mismo.

– ¿Te refieres a esto, Alicia? -le dijo recorriéndose la longitud de su abultamiento con la palma de la mano.

– Exactamente a eso. Pobrecito, si hasta te tiene que doler.

Mi amiga estaba yendo muy lejos, hasta yo me sentía seducida humedeciéndose mis braguitas. Estiró la pierna que tenía cruzada sobre la otra, y la puntera de su zapato de tacón alcanzó con suavidad el paquete del chico para recorrer la forma cilíndrica que se marcaba en el pantalón.

– Joder –dijo el joven- me estás poniendo cardiaco.

Alicia se mordió el labio inferior con un gesto de deseo contenido, y metió su pie entre las piernas del excitado chico hasta llegar a su culo y tirar de él, obligándole a quedarse pegado al sofá con las piernas abiertas, y entre ellas, las rodillas de mi amiga.

– Creo que deberías liberar esa presión y dejarme ver lo cardiaco que te estoy poniendo –le indicó encendiéndose otro cigarrillo.

A Luis le faltó tiempo para cumplir con la sugerencia.

– Por supuesto, me va a reventar el pantalón por ti –contestó el muchacho desabrochándoselo y bajándose el calzoncillo para que su polla dura y congestionada saltara como un resorte,

– Mmmmm… -dijo Alicia dándole una profunda calada a su cigarrillo y soplando el cálido humo blanco hacia el trabuco que le apuntaba-. Esto está mucho mejor… Veo que el pantalón te ha provocado una hinchazón –añadió con sonrisa pícara

– Uffff… -resopló él-. Esta hinchazón me la has provocado tú, que tienes un polvazo.

– No me digas… ¿Tengo un polvazo?.

Alicia recorrió su sensual cuerpo con la mano libre, partiendo de la rodilla que mostraba desnuda, subiendo por su abdomen, colándola por la abertura de la blusa acariciándose, y llegando hasta sus labios.

-¿Y tú quieres echarme ese polvazo?.

– Joder, Alicia… -contestó él con las manos en las caderas-. Mira cómo me tienes, quiero follarte salvajemente, empezando por meterte la polla entre esos labios que me están torturando…

– ¿Quieres que te la bese?- preguntó ella pasándose la lengua por los labios- Tienes la punta húmeda…

– Uuufffff… Claro que sí, me vuelven loco tus labios… Ahora no puedo pensar en más que en follármelos…

– ¿Entonces quieres meterme la polla en la boca?. Mmmmmm… -gimió besando la boquilla de su cigarrillo-. Lo que quieres es que te haga una mamada –sentenció soplando el humo hacia él.

– Dios, lo estoy deseando, me duelen los huevos ya…

– Pobrecito… Y con lo que me gusta comerme cosas bien duras… Creo que los dos queremos lo mismo. Te voy a mamar la polla hasta que te corras en mi boca. Quiero que me la llenes con tu leche para que me la trague toda.

– Diossssss… -contestó el muchacho apretando los dientes.

Alicia volvió a llevarse la boquilla del cigarrillo a los labios y dio una profunda calada con la que sus carrillos se hundieron de forma evocadora; lo apagó en el cenicero que había dejado a su lado, y exhaló reclinándose hacia delante, envolviendo aquella estaca en neblina mientras sus labios se acercaban lentamente a ella formando una “o”.

– ¡Se la va a comer!- pensé. ¡Ha jugado tanto que al final ha caído en su propio juego!.

A escasos centímetros de alcanzar el húmedo glande que le esperaba, mi amiga se detuvo un instante para mirar a los ojos al joven, colocándose un mechón de cabello tras la oreja para que Luis pudiese ver su expresión de puro vicio, y reanudó su avance manteniendo la mirada.

– ¡¡¡Oooooooooooooohhhhhhh!!! – gimió el chico.

Un borbotón de espeso líquido blanco salió disparado de la punta de su polla y se estrelló contra los rosados labios de Alicia, quien en lugar de mostrar sorpresa, cerró la boca para recibir el resto de eyaculación sobre sus labios, cuello y escote hasta que el muchacho terminó de correrse.

– ¡Vaya con la experta en yogurines!- pensé-. ¡Es mi heroína!.

Alicia había sido capaz de calentar tanto a Luis, que había conseguido que se corriera sin tocarle más que con un ligero roce de zapato. Le había llevado hasta tal punto, que le había provocado un orgasmo espontáneo y en el preciso instante que ella había querido. Había cumplido la fantasía de que Luis se corriera sobre ella sin que él llegase a tocarla ni a masturbarse, y lo había conseguido con su capacidad de seducción y provocación, hasta culminar con una última y magistral maniobra. Admiré a mi amiga más aún de lo que ya la admiraba, y reí para mis adentros pensando en que ese chico debería convertirse en actor porno, dado su historial de correrse en la cara de sus parejas.

– Joder, Alicia… -dijo Luis cuando concluyó su polución con la punta de su verga aún goteando.

Mi amiga se relamió los labios, y se echó hacia atrás con un gesto de sorpresa e indignación.

– Chico, ¡te me has corrido en la cara antes de que pudiera hacerte nada!.

– Yo… es que… Me has puesto a mil…

– Ya, ya lo he notado bien. ¡Mira cómo me has puesto!- contestó Alicia mostrando los regueros de semen de su barbilla, cuello y escote-. Pues hasta aquí hemos llegado.

Levantándose desairada, mi amiga se fue ante el aparador donde guardaba la cristalería, justo al lado de la puerta de la cocina. Miró su reflejo en los cristales de la vitrina, y le vi sonreír demostrándome que aquello era puro teatro.

– Será mejor que te marches –le dijo cruzando los brazos de espaldas a él.

– Pero… esto no puede quedar así…

El miembro del chico aún seguía tremendamente erecto, y por experiencia propia, yo sabía que aún tenía mucho más que ofrecer. Para él eso sólo había sido un precipitado prólogo.

Sin darse la vuelta para mirarle, marcando cadera ladeándola, y tratando de aparentar auténtico enfado a pesar de apenas poder ocultar su sonrisa, Alicia le espetó:

– ¿Te parece poco haberte corrido en la cara de la madre de tu amigo?. Enfunda, pistolero, y márchate. Ya no puedes follar conmigo, Billy El Niño…

Vi cómo el muchacho cogía sus calzoncillos para subírselos, pero las palabras de Alicia le hicieron mella y levantó la cabeza para mirarla. Vi cómo le brillaron los ojos al contemplar la marcada curva de su cintura y cadera, y en lugar de subirse la ropa, se la bajó del todo deshaciéndose de ella con su mirada fija en el redondo culo de la madre de su amigo. Con dos rápidas y largas zancadas alcanzó a Alicia para tomarla por las caderas apretando su inhiesto miembro contra sus nalgas. Ahora estaba tan cerca de mí, que incluso podía escuchar su excitada respiración.

– No voy a marcharme, mira cómo me tienes–le susurró a mi amiga-. Todavía tengo mucho para ti

Alicia fue cogida por sorpresa, y tuve la impresión de que aquello no entraba en sus planes. Yo pensé que, tras correrse de forma tan impetuosa y tras el rechazo de mi amiga, el chico se marcharía avergonzado. Pero no era así, sentía su orgullo herido, quería más y ya estaba preparado para obtenerlo.

– Luis… -dijo ella tomando sus manos y moviendo sus caderas para liberarse.

Pero fue en vano, el chico la tenía bien sujeta, y lo único que consiguió fue restregar su trasero contra la dura polla del muchacho. Vi cómo se mordía el labio y un gemido inconsciente se le escapaba. Mi amiga estaba excitada, tanto como él, y su fachada estaba a punto de desmoronarse.

– No deberías hacer esto… -añadió moviéndose y sintiendo aquella pértiga aún más.

– Tú no deberías haberme puesto así… -contestó él subiéndole la falda para agarrarle con fuerza el culo desnudo-. Con que Billy El Niño, ¿eh?. Ahora te vas a enterar…

– No, Luis, por favor… Soy la madre de tu amigo… y… tengo pareja…

La verga de Luis presionaba la tira del tanga entre sus glúteos, y vi cómo eso derretía a mi amiga, que apretaba con más fuerza las manos del chico, pero no para apartarlas, sino para que volviese a sujetarla por las caderas. Estaba teniendo la misma lucha interna que yo había tenido en una ocasión, la lucha entre hacer lo correcto o ceder al deseo.

– Que tengas novio y que seas la madre de Pedro me pone más bruto aún- contestó él bajándole el tanga-. Te voy a follar ahora mismo.

– ¡No, suéltame!- exclamó ella.

– ¡Te la voy a clavar!.

Aquello fue más que suficiente para mí, Alicia iba a ser forzada y yo no lo podía permitir. Di un paso saliendo de la cocina, preparada para abalanzarme sobre el joven, pero mi amiga me vio, y negó con la cabeza.

– ¡No lo hagas! – exclamó guiñándome un ojo.

Apoyó sus manos sobre el aparador y se reclinó lo suficiente como para facilitarle la maniobra a aquel que la tenía sujeta por detrás. Yo retrocedí sorprendida, entrando nuevamente en la cocina, y saliendo de su ángulo visual.

– Tu boca dice una cosa y tu cuerpo la contraria –contestó Luis empujando con su pelvis.

– Uuuuummmm- gimió mi amiga cuando el glande del chico se deslizó entres sus glúteos llegando hasta su húmedo coñito-. No me metas toda la polla… Aaaaaaaaaahhhhhh—gritó de placer cuando esa redonda cabeza se coló entre sus labios vaginales y penetró en su cueva de las delicias.

Escuchando cómo ella había disfrutado de la penetración, Luis se afianzó tirando de sus caderas para metérsela a fondo, y gruñó triunfalmente con ella.

– Diossssss qué caliente estás –le dijo subiendo sus manos recorriendo las femeninas curvas para llegar a los pechos y estrujarlos-. Te voy a follar como nunca te han follado.

Le abrió la blusa haciendo saltar los botones que quedaban abrochados, y Alicia, completamente entregada, se la sacó. Luis se echó un poco hacia atrás, y volvió a empujar con fuerza, arrancándole un exquisito gemido a su sometida. Le desabrochó el sujetador, y ella se deshizo de él para que Luis pudiera sujetarla de los pechos desnudos, apretándoselos mientras, golpe a golpe, le metía su joven polla a aquella seductora madurita.

Alicia gemía disfrutando del ímpetu del chico. Era más que evidente que estaba tan excitada que en cualquier momento alcanzaría el orgasmo, aquel muchacho le ponía tanto como ella a él. Mi amiga le había llevado tan al límite, que a pesar de acabar de correrse sobre ella, Luis había permanecido tan excitado como para sentir el impulso irrefrenable de tomarla de inmediato.

Escuchando sus gemidos y viendo cómo gozaba de la forma en que el joven la estaba poseyendo, tuve una revelación. Alicia no había sido cogida por sorpresa, ella esperaba esa reacción porque ella la había provocado. No se había marchado rápidamente para limpiarse, se había quedado mirando el reflejo en la cristalera del aparador, pero no el suyo, sino el de Luis para vigilar sus reacciones, dándole la espalda en una postura que subrayase sus formas para que este no pudiera dejar de desearla. Y la forma en que le había dicho que se marchara, no había sido más que otra provocación. Mi amiga era más manipuladora de lo que yo había imaginado, y no es que él hubiera ido a forzarla y ella acabase rindiéndose, sino que esa había sido su intención desde el primer momento, había jugado con su juventud y excitación para obtener exactamente lo que quería.

Y entonces tuve una revelación aún mayor: lo que a Alicia realmente le gustaba era seducir y gozar con jovencitos, ser su musa. Todas las piezas encajaron en mi mente. Recordé cómo me había desvirgado cuando yo aún era un adolescente llamado Antonio, y entonces me di cuenta de que aquel encuentro no había sido fortuito, ella lo había preparado. Y entonces estuve casi segura de que la historia con su hijo Pedro no había surgido por casualidad. Ella le había moldeado y seducido desde que había alcanzado la pubertad para convertirse en su fantasía adolescente, y el chico había sido presa fácil para sus encantos. Sólo había necesitado un detonante para tenerle sin remordimientos por dar el último paso, y ese detonante había sido yo.

Ahora, añadía una nueva conquista a su currículo, Luis. Llegué a la conclusión de que su historial con jovencitos no acababa en los tres que yo sabía; había descubierto la verdadera inclinación de mi amiga, y cuando en su día me dijo que pretendientes no le faltaban, y que tenía “cosillas por ahí”, se refería a algunos cuasi-adolescentes a los que había desvirgado, o por lo menos, dado un buen repaso.

Por un momento me sentí utilizada por Alicia como una pieza más en su juego por conseguir tirarse al jovencito que vivía con ella, su propio hijo, y como una excusa para conseguir, también, al jovencito con el que en aquel momento se estaba desfogando. Pero enseguida dejé aparcado ese sentimiento, centrándome en la maravillosa amistad que me había unido a ella., Esa amistad era verdadera e inquebrantable, aunque cada una tuviese sus propios secretos, a cada cual más turbio. Y si su preferencia era acostarse con jovencitos inmaduros, yo no podía juzgarle por hacer todo lo posible por conseguirlo sin sentirse culpable. Hasta donde yo sabía, sus conquistas siempre habían superado los 18 años, por lo que era muy libre de hacer lo que quisiera con ellos. Así que me deleité observando cómo obtenía lo que había buscado.

Con las manos sobre el aparador, seguía aguantando los envites de Luis, que empujaba una y otra vez sin dejar de estrujarle los pechos. Los jadeos femeninos iban aumentando de intensidad, y pronto comenzaron a convertirse en aullidos de placer, hasta que con uno de esos aullidos, más largo y profundo, mi amiga nos hizo saber a su amante y a mí que había alcanzado el orgasmo.

– ¿Lo ves?- le dijo él deteniendo sus acometidas-. Tanto negarte y lo estabas deseando, te has corrido enseguida.

– Eres un cabrón – le contestó ella mirando aún hacia arriba y recuperando el aliento, aunque yo le vi sonreír-. Me has obligado… Y seguro que no te conformarás con que me haya corrido una vez…

Me quedé fascinada con la facilidad con que ella le manipulaba.

-¡Pues claro que no!. Yo aún tengo para rato, y no pienso parar de follarte hasta llenarte con mi lefa…

Luis la obligó a agacharse aún más, y sujetándole firmemente las caderas, siguió metiéndole la polla más y más, mientras en la cara de mi amiga se dibujaba una sonrisa de satisfacción.

El polvo se volvió más intenso. El chico montó a mi amiga como si fuera un yegua salvaje, embistiéndola desde atrás mientras ella misma se movía ensartándose en el pétreo miembro del joven, con sus pechos colgando y bailando al ritmo de sus caderas. El constante golpeteo de la pelvis masculina en el culito de mi amiga se convirtió en un redoble de tambor por su fiereza y velocidad, siendo acompañado por los gruñidos de placer y esfuerzo del macho, y los gemidos y aullidos de la hembra.

Como una perra en celo por lo que veía y escuchaba, miré desesperada a mi alrededor. Necesitaba liberar mi propia tensión sexual, y ansiaba tanto el ser penetrada, que mis dedos no me parecían suficientes. Sobre la encimera de la cocina vi un frutero de decoración, con piezas de cristal macizo. Sin dudarlo, cogí un evocador plátano y me lo llevé a la boca para comprobar su posible utilidad. Lo chupé sintiendo la frialdad del cristal, pero también su suavidad, No pude aguantar más y me lo introduje en mi encharcado coñito para masturbarme con él siguiendo el hipnótico ritmo del balanceo de la pareja y el compás de sus gemidos, gruñidos y choque pelvis-culo. Aunque un poco frío al principio, el traslúcido plátano enseguida cogió temperatura con mi calor interno, y el suave tacto de su pulida superficie lo hacía deslizarse dentro de mí sin ninguna dificultad. Aunque su grosor no era cuanto me hubiese gustado, sí era el suficiente como para estimular mis paredes internas y que estas se contrajesen apretando el duro material, lo cual, añadido a la suficiente longitud como para meterme un buen trozo sin dejar de sujetarlo, y la ligera curvatura de su forma, lo convirtieron en el juguete casi perfecto.

Luis había bajado la velocidad de sus envites, y recorriendo la sinuosa cintura de Alicia con sus manos, le obligó a incorporarse para volver a estrujarle las tetas mientras ella marcaba un nuevo ritmo de penetración más pausado y profundo, reculando y disfrutando del masaje en sus pechos.

– Qué maravilla de tetas tienes- oí que el chico le decía-. Llevo mirándotelas y deseándolas desde secundaria, nunca pensé que podría tenerlas en mis manos… Todo el mundo debería tener un amigo con una madre como tú…

– No hay madres como yo…

Desde mi perspectiva, podía ver cómo una mojada porción de la polla del chico aparecía y desaparecía en la entrepierna de mi amiga, y volvía a acelerarse haciendo que mi propia mano cobrase más velocidad para que el plátano de cristal me hiciese jadear en silencio. Ver toda la tensión en el cuerpo del muchacho, y el goce de Alicia, me hicieron desear alcanzar el orgasmo para mi propia relajación, así que me saqué el improvisado juguete del coño y me lo metí suavemente por el culo, provocándome un repentino orgasmo que me hizo gemir sin poder evitarlo.

Tuve suerte, Luis no pudo oírme, porque en ese preciso instante él se corrió de forma explosiva derramando su cálida esencia en el interior de Alicia, gruñendo como un animal, y eso provocó un nuevo clímax de mi amiga que le hizo aullar hasta quedarse sin aliento. Entre ambos ensordecieron mi propio éxtasis.

Me saqué el plátano y lo dejé en el fregadero, ya le explicaría a mi amiga la maravillosa utilidad que le había encontrado. Mientras, la pareja se separó y, por fin, mi amiga se dio la vuelta para darle un tórrido beso al jovencito que acababa de poseerla salvajemente.

– Este será nuestro secreto –le susurró-. Si lo guardas bien, tal vez podamos repetir…

– Ufffff, Alicia- resopló-. Nada me gustaría más…

– Ahora sí que tienes que marcharte.

Mi amiga recompuso su ropa como pudo, quedándose con la blusa abierta, y él se vistió y se marchó cumpliendo sus deseos.

– Se te ha ido un poco de las manos, ¿no?- dije saliendo de la cocina-. Sólo ibas a calentarle un poco y jugar con él…

– Sí- contestó ella entre risas-, pero es que estos yogurines son mi debilidad… Están tan ricos, y tan salidos… Se corren enseguida, pero si sabes manejarlos, son unos amantes incansables.

De esto ni “mú” a Pedro… -me advirtió.

– Pues claro que no, somos amigas –le contesté con una amplia sonrisa y aceptando el cigarrillo que me ofrecía-. Por cierto, tengo que decirte algo de la fruta de adorno que tienes en la cocina…

Durante un buen rato charlamos y reímos juntas sobre lo que acababa de ocurrir y mi encerramiento en la cocina. Le expresé a mi amiga mi admiración por cómo había sido capaz de provocar al chico hasta conseguir lo que había conseguido, y ella no le dio ninguna importancia argumentando que los chicos que apenas llegaban a los 20 eran muy fáciles. Omití que había descubierto su marcada preferencia en cuanto a sus parejas, puesto que sospechaba que era el resultado de haber sido abandonada tan joven por un chico de esa edad, y haber visto hipotecada su juventud haciéndose cargo del hijo de ambos. Y por supuesto, por el bien de la amistad con la que tan a gusto me encontraba, no le dije que había llegado a la conclusión de que en realidad había moldeado a su hijo desde su despertar a la sexualidad para que deseara a su propia madre. Aquello me lo quedaría para mí como nota mental. No quise juzgarle, y opté por apoyarle, puesto que ambos eran felices. La confianza y complicidad entre mi amiga y yo, a partir de aquel día, alcanzó su grado máximo.

Fruto del descubrimiento de los verdaderos deseos de Alicia, empecé a pensar que mi transformación en Lucía no había sido únicamente para cambiar drásticamente mi vida y darme la oportunidad de ser feliz con una completamente distinta, sino que, si cuanto había ocurrido tenía algún sentido trascendental, ese sería el hacer feliz a las personas con las que me encontrase en mi camino, actuando como catalizador para provocar una reacción en cadena que les llevase a cumplir sus deseos, al menos en el terreno sexual, uno de los pilares de la vida.

CONTINUARÁ…

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