Mi vida social estaba empezando a ser mucho más intensa de lo que la antigua Lucía jamás habría imaginado. Trabajaba tanto como había trabajado ella, pero en poco tiempo había conseguido cultivar más amistades que las que sus recuerdos me mostraban que ella había tenido en años.

Omitiéndolo para siempre como si nunca hubiera pasado, el incidente con mi cuñado y mi hermana había quedado como un excitante y extraño episodio en mis recuerdos. Hablaba a diario por teléfono con ella, y María volvía a ser la hermana cariñosa que siempre había sido con Lucía; estaba encantada de poder hablar todos los días conmigo, lo cual antes era algo esporádico. Yo la quería como si realmente siempre hubiera sido mi hermana.

Con las chicas del café en el trabajo, ya era una más. Definitivamente había dejado de ser “La jefaza”, era, simplemente Lucía. Entablé amistad con Eva, la compañera de mi edad con la que mejores migas había hecho, hasta el punto de quedar con ella fuera del trabajo para ir juntas de compras y asesorarle en el cambio de look que definitivamente ambas habíamos acordado que necesitaba. Incluso, un día, con la excusa de que quería conocer mi ropero, se vino a cenar a casa y pasamos un rato de lo más agradable conociéndonos mejor.

Empecé a darle las clases particulares a Pedro, y aunque la primera semana me resultó difícil centrarle únicamente en los estudios, poco a poco lo fui consiguiendo. Mis rotundas evasivas y negativas a sus continuas insinuaciones, fueron surtiendo efecto, hasta el punto de que acabó asumiendo que sólo seríamos profesora y alumno, y a pesar de que alguna vez noté que me desnudaba con la mirada, comprobé que se tomaba las clases muy en serio.

Alicia, su madre, solía llegar a casa tras la primera hora de clase, pero sólo nos interrumpía un momento para saludarnos y luego nos dejaba con la tranquilidad necesaria para continuar. Cuando la clase terminaba, Pedro solía marcharse a disfrutar del resto de la tarde veraniega con sus amigos, y yo aún me quedaba un par de horas más charlando con mi nueva amiga, hablando y riendo sin parar, afianzando una amistad que se estaba haciendo inquebrantable. Nos tomábamos una cerveza, y entre ambas arreglábamos el mundo. Me encantaba su forma de ver las cosas.

Un jueves, justo antes de empezar mi clase con Pedro, recibí una llamada de mi “vieja” amiga Raquel. Por fin iba a volver a la ciudad, y se iba a traer a su novio para que nos conociésemos, así que quedamos en que al día siguiente, cuando llegasen, irían a visitarme a casa. Empecé la clase con el joven, ilusionada por volver a ver a mi amiga, y con ganas de que llegase el viernes para conocer a ese chico que le hacía tan feliz. De hecho, la primera hora de clase se me pasó volando, y sólo fui consciente del tiempo transcurrido cuando Alicia llamó a la puerta de la habitación de Pedro y asomó la cabeza para saludarnos. Y la segunda hora habría transcurrido igual, pero ocurrió un pequeño incidente que se grabó en mi memoria.

A los diez minutos, Pedro se disculpó para ir al servicio, pero tras un rato de solitaria espera en su cuarto, me extrañé al percibir, en medio del silencio, el sonido de la ducha.

– ¡No puede ser! – pensé-. ¿Se está duchando ahora?, ¡pero si aún nos queda casi una hora para acabar!.

Me levanté y, al acercarme a la puerta, pude escuchar el sonido de la ducha con mayor claridad.

– ¡A este chico se le ha ido la pinza!- dije para mis adentros.

Me asomé al pasillo, y ahí le encontré, de espaldas a mí junto a la puerta del baño. No era él quien estaba en la ducha.

– ¡Pero bueno! – pensé-. En vez de volver a la clase para aprovechar el tiempo en lo que su madre termina de ducharse, ¡se queda ahí esperando!.

Iba a llamarle la atención cuando me di cuenta de un importante detalle: la puerta del cuarto de baño estaba entreabierta, ¡y él estaba mirando a través de ella!. Perpleja, me metí nuevamente en la habitación.

A los dos minutos volvió el chico, y al instante reparé en lo abultado de su entrepierna, aunque a él no se lo hice notar. Durante el resto de la clase, no pude dejar de darle vueltas, tratando de decirme a mí misma que no había visto lo que creía haber visto, y que seguro que esa erección que había notado no era más que un vestigio de la atracción que el chico sentía por mí. Pero incluso después de la clase, mientras me divertía charlando con Alicia, no podía dejar de pensar en ello. Así que disculpándome ante mi amiga, le dije que necesitaba ir al servicio. Me puse en la misma posición en que había estado Pedro junto al baño, y entreabrí la puerta. A través de ella, justo enfrente, vi el enorme espejo del lavabo, y reflejada en él, la ducha de mampara transparente.

– ¡Joder! -pensé-. Ahora sé por qué siempre se refiere a ella por su nombre en lugar de llamarle mamá o madre…

Me guardé aquello para mí, y tras hacer uso del váter mirando la ducha atontada, volví con Alicia para decirle que ya debía marcharme, despidiéndome de ella hasta el siguiente día de clase.

Por fin llegó el viernes, y tras la clásica reunión de situación con los jefes de sección, pude salir antes de trabajar para comprar unas bebidas que poder ofrecer a Raquel y su novio cuando llegasen a casa.

A media tarde llegó Raquel, y al abrir la puerta se me abalanzó encima para darme dos efusivos besos y un emotivo abrazo que correspondí con ganas.

– Pasa, Sergio –dijo tras de sí- ¿no irás a quedarte en el portal?.

Me quedé de piedra al ver a Sergio. Era un treintañero de más de metro noventa, cuerpo atlético y… negro, negro como el chocolate puro.

– Lucía – dijo Raquel riéndose al ver mi sorpresa- Te presento a Sergio, mi chico.

Poniéndome de puntillas, y acalorada de vergüenza por mi evidente sorpresa, le di dos besos e invité a ambos a pasar.

Tomando una copa, ya que yo la necesitaba para reponerme de la primera impresión, Raquel me contó que no me había dicho nada del físico de Sergio para poder reírse conmigo, como así había sido. Mi sorpresa había sido lógica, una pareja interracial era algo muy exótico en mi ambiente habitual, pero yo no tenía ningún prejuicio al respecto y, de hecho, el chico me pareció muy atractivo. Me disculpé por no haber sabido reaccionar, y alabé el gusto de mi amiga, con lo que ambos se partieron de risa.

Sergio me contó que su verdadero nombre era Senghor, y que procedía de Senegal, pero como llevaba viviendo en nuestro país desde que era un niño, por similitud, al final todo el mundo empezó a llamarle Sergio. Era médico, y la pareja se había conocido en urgencias al sufrir mi amiga una torcedura de tobillo y ser él quien la atendió.

– Fue amor a primera vista – dijo Raquel con entusiasmo.

Nos pusimos al día sobre nuestras vidas, y mi amiga, con su habitual desparpajo, me contó lo enamorados que estaban y cómo no podían separarse el uno del otro.

– Por eso no he vuelto antes a la ciudad –confesó-. Necesitábamos que él tuviese un fin de semana libre de guardias.

– Claro, claro –contesté feliz por ella-. Se os ve muy bien juntos, en este rato os he visto súper compenetrados…

– Y tanto –me dijo ella-. ¡Apenas salimos de la cama cuando estamos juntos!.

Los dos se rieron a carcajadas, y vi cómo la mano de Raquel se aferraba al muslo de su novio.

– Aunque esta mañana no nos ha dado tiempo a nada… –añadió Sergio entre risas rodeando la cintura de ella con su largo brazo.

– Es cierto –añadió riendo mi amiga-. ¡Hemos salido tan corriendo que no hemos podido echar ni medio polvo!

-¡Casi veinticuatro horas sin follar! -añadió él con el mismo desparpajo que su novia-, eso sólo nos pasa cuando tengo guardia…

– Sois tal para cual –añadí riendo con ellos sin dejar de observar cómo la mano de ella recorría el muslo de él mientras la de Sergio bajaba por la corta falda de mi amiga para agarrarle del culo.

Hablamos y reímos durante un buen rato, y Sergio me cayó genial. Realmente eran tal para cual, nunca había visto a una pareja reciente tan compenetrada. Parecía que llevasen juntos muchísimos años, salvo por la pasión que ambos me mostraron que les costaba reprimir. No dejaban de toquetearse mutuamente, él con su mano ya metida bajo el culo de ella sin dejar de moverla, y ella recorriendo arriba y abajo la cara interna del muslo derecho de él. Me hicieron sentir acalorada, y la sensación se me hizo insoportable cuando reparé en que lo que Raquel acariciaba no era el muslo propiamente dicho.

-¿Por qué no salimos por ahí a tomar algo? – pregunté tratando de salir de aquella situación.

-¡Uy, Lucía! – exclamó mi amiga-. ¡Sí que estás cambiada!. Creo que es la primera vez que eres tú la que propone salir de copas…

– Aprovechemos que ya ha caído el calor –contesté obviando el comentario sobre mi cambio-. Me doy una ducha rápida, y nos vamos de marcha.

-¡Genial!, aquí te esperamos.

Me di una ducha con agua bien fría que rebajó mi acaloramiento, y me vestí para la ocasión con un fresco vestido de tirantes y falda corta con vuelo, y unos buenos tacones tan altos como los que llevaba mi amiga para compensar la diferencia de estatura con su novio.

Al volver al salón, por encima del respaldo del sofá, vi a Sergio sentado solo. No se había dado cuenta de mi regreso por estar de espaldas a mí, e imaginé que Raquel habría bajado al coche a buscar alguna cosa. Decidí volver a mi dormitorio y hacer tiempo para que volviese mi amiga. Sentada en la butaca que tenía junto a la ventana de mi habitación, eché en falta no tener un cigarrillo para entretenerme.

– No seas tonta –me dije mentalmente-, estás haciendo lo que habría hecho la otra Lucía. Es un tío muy majo, vuelve al salón y siéntate a hablar con él.

Mi conciencia tenía razón, así que cambié de opinión y volví al salón rodeando el sofá con la intención de sentarme junto a mi invitado, pero… ¡oh!, Sergio no estaba sentado solo. A su lado, recostada, estaba Raquel con su cabeza subiendo y bajando lentamente sobre la entrepierna de su chico.

Él sonrió al verme paralizada ante ambos.

– Cariño –le dijo a la melena rubia que subía y bajaba sobre su regazo-, tu amiga ha tardado menos de lo que esperábamos…

Estás espectacular, Lucía…

Raquel se incorporó permitiéndome ver cómo empuñaba una gruesa polla negra, brillante de saliva, asomando por la bragueta del pantalón de Sergio. Tuve que desviar la vista para evitar quedarme mirándola embobada.

– Um, perdona –me dijo-. No te había oído…

Nos quedamos mirando fijamente y por un momento se hizo el silencio. Sus ojos brillaban, al igual que sus labios, más sonrosados de lo habitual. Mis pezones estaban en punta, y ella reparó en lo evidentes que eran en mis voluptuosos pechos cubiertos de finas prendas veraniegas.

– ¿Quieres probar? –me dijo indicándome con la cabeza aquello que aún empuñaba.

No pude evitar que mis ojos siguiesen su gesto, y entonces sí que vi bien la dura polla de Sergio saliendo por la arrugada bragueta del pantalón. La mano de mi amiga la empuñaba casi sin poder abarcarla por su buen grosor, pero lo más impresionante era que, por encima de su puño, asomaba una buena porción de venoso tronco y el redondo glande. Me quedé alucinada.

– ¿Qué? – conseguí reaccionar.

– Que si quieres probar la polla de chocolate de Sergio…

– Pero, pero, pero… -sólo conseguí decir sintiendo cómo el calor recorría todo mi cuerpo y la humedad se hacía presente en mi zona baja.

– Te aseguro que nunca has probado nada igual –siguió incitándome Raquel-. Cariño, enséñale a mi amiga por qué no me puedo resistir en cuanto hay oportunidad –añadió soltando la verga.

Sergio asintió, y cuando su imponente estatura se irguió al levantarse del sofá, me quedé estupefacta con el pedazo de polla que salía por aquella bragueta. Tuve que sentarme en el sillón tras de mí al sentir que me flojeaban las piernas.

– ¡Madre mía! – exclamé resoplando.

– ¿A qué es impresionante? –me preguntó mi amiga.

Asentí con la boca abierta y ella se sentó a mi lado sobre el reposabrazos de mi sillón.

– Espera –intervino Sergio dando un paso hacia mí-. Si te gusta, tendrás que verla mejor.

Se desabrochó el botón del pantalón y se lo bajó junto al calzoncillo para mostrarme con orgullo su imponente miembro.

– ¡Joder!- exclamé.

La bragueta del pantalón aún había mantenido oculta una buena porción de aquel rabo, que se presentó ante mí como la polla más larga que jamás había visto en mis dos vidas. Sí, era gruesa, pero ya había visto y probado pollas con ese grosor, pero de esa longitud… Parecía una auténtica anaconda capaz de llenar de carne una tubería. Además, para deleite de mi vista, tenía la pelvis perfectamente depilada para ensalzar su longitud, y sus dos colgantes testículos acompañaban el conjunto con un tamaño superior al habitual. Sergio era un auténtico superdotado.

– Preciosa, ¿verdad? – dijo Raquel-. Anda, no te cortes– añadió tomando mi mano para ponérmela sobre aquel instrumento.

La agarré de la base empuñándola, maravillándome al comprobar que aunque la hubiese tomado con ambas manos, aún no la cubriría entera. Raquel siguió guiándome, y me “obligó” a recorrer su increíble longitud haciéndome desear tenerla para mí. Inconscientemente me relamí los labios.

– Cariño –le dijo mi amiga a su chico-, creo que Lucía está deseando comerte la polla, ¿quieres dársela?.

– Claro –contestó el con una sonrisa de oreja a oreja-.Tu amiga es aún más guapa de lo que me habías dicho… Me encantaría llenarle la boca…

Con medio paso se acercó aún más a mí poniendo aquella redonda cabeza negra a escasos milímetros de mi alcance.

– Venga, toma chocolate – dijo él con arrogancia poniendo su mano sobre mi cabeza para empujármela suavemente y meter su glande entre mis sensibles labios.

En cuanto mis labios se amoldaron al grosor de la redonda cabeza de aquel falo, mi instinto y excitación hicieron el resto. Succioné tirando de él, haciendo que penetrase más en mi boca, llenándomela de carne mientras acariciaba su suavidad con mi lengua.

– Uuummmm –gimió Sergio-. Eres golosa, Lucía…

Me sentía como borracha, me encantaba aquella enorme polla, me sobreexcitaba su longitud y su exotismo, ansiaba comérmela en toda su extensión… Degusté su carne, envolviéndola y girando sobre ella para que ocupase cada rincón de mi boca, y la medí tragándomela hasta sentir que podía producirme una arcada. Tocó mi garganta, y mis labios aún no habían hecho contacto con mi puño. Apenas pude llegar a engullir poco más de un tercio de aquel oscuro pepino, y esa constatación hizo volar mi imaginación con la posibilidad de que aquella anaconda se introdujese por otros orificios de mi cuerpo. Casi me corro de sólo pensarlo.

– Dan ganas de tragársela entera, ¿verdad? – me dijo Raquel.

Chupando con fuerza, hundiendo mis carrillos, me la saqué para poder contestar.

– Uuuufff, sí, pero no llego ni a la mitad. Nunca había chupado una polla así.

– Ahora entiendes por qué me tiene tan salida, ¿verdad?.

Asentí con la cabeza.

– Es cuestión de práctica –intervino Sergio-. La chupas muy bien Lucía, pero Raquel ya es toda una experta, ¿se lo enseñas, nena?.

Mi amiga asintió, agarró el trabuco para agacharse sobre él, y se lo metió en la boca con ganas hasta hacer desaparecer dentro de ella una porción similar a la que yo me había comido. Me resultó especialmente atractivo el contraste de la oscura piel de Sergio con los rosados labios y pálido cutis de mi amiga. Pero no se quedó ahí. Se acomodó para coger el ángulo correcto, y lentamente siguió engullendo haciendo pasar el glande de Sergio a través de su garganta para seguir entrando como la espada de un tragasables. Alucinada, escandalizada y terriblemente excitada asistí al espectáculo de aquella linda rubia de aspecto delicado tragándose un súper rabo negro hasta que su nariz topó con la pelvis del superdotado.

– Uuuummmmmm- gruñó Sergio-, cada vez la tragas mejor nena, uummmmm…

Raquel se retiró despacio, para acabar succionando con ganas el último tramo de verga dándole un último beso en la punta. Con lágrimas en los ojos por el esfuerzo de dilatación de su garganta, me sonrió.

– Eres increíble –le dije-. Yo no puedo hacer eso…

– Como te ha dicho Sergio –me contestó con la voz quebrada-, es cuestión de práctica, y de desear hacerlo, claro. Yo antes tampoco podía, pero teniendo esto- dijo volviendo a ofrecerme el duro miembro de su novio- en estas semanas he practicado bastante…

Me guiñó un ojo y me colocó la polla entre los labios.

– Come cuanto quieras… –añadió.

– Eso es morena –dijo su imponente novio quitándose la camiseta para mostrarme un torso fibroso perfectamente esculpido-, haz caso a la rubia, que tengo de sobra para las dos…

Aquel dios de ébano estaba tan seguro de sí mismo, que cogió mi cabeza con sus manazas y empujó con su cadera metiéndome la polla en la boca hasta que sintió que hacía tope contra el fondo de mi paladar, justo antes de poder provocarme una arcada. Entonces se movió hacia atrás sacándomela hasta dejarme sólo el grueso glande dentro de la cálida y húmeda cavidad, e inmediatamente volvió empujar con su pelvis mientras sujetaba mi cabeza para follarme a gusto la boca durante un largo minuto, en el que no pude más que tragar mi propia saliva mientras esa tremenda invasora me llenaba la boca deslizándose entre mis labios, arrastrándose sobre mi lengua para incidir repetidamente contra el fondo de mi paladar, hasta que finalmente me la sacó del todo para volver a ofrecérsela a su chica.

– Joder- le dije ya libre de esa casi violación bucal que había hecho chorrear mi coñito-. Quiero comérmela, no hace falta que me la metas así…

– Perdona… uuuuuummmm… -se interrumpió al sentir que Raquel se la succionaba ahora repetidamente-… Es que eres tan guapa… uummmm… Esos ojazos… uuuummmm… Esos labios… uummmm… Tenía que follarte… oooooohhhhh…

Mi amiga volvía a exhibir su profunda habilidad maravillándome y haciéndome sentir envidia de ella. Envidia por ser capaz de hacer algo tan “guarro” y excitante de ver, pero sobre todo envidia por ese novio que había conseguido, idealizado protagonista de los húmedos sueños de muchas mujeres por sus magníficos atributos. No pude resistirme y tomé sus colgantes pelotas con mi mano mientras Raquel se sacaba todo el sable.

– También son grandes, ¿a qué sí?- me dijo volviendo a pasarme la pértiga de ébano-. Mi chico es un auténtico semental…

Me metí la pollaza en la boca, y la chupé con ganas, siendo yo, en esa ocasión, quien controlaba el ritmo de la mamada. La degusté cuanto me cabía, rodeándola con la lengua, succionándola una y otra vez hacia dentro y hacia fuera, y aprovechando su generosa longitud para acompañar los movimientos de mis labios con mi puño masajeando el pedazo de tronco que no podía meterme, escuchando los gruñidos de aquel hombre disfrutando de mi destreza.

– Uuuuufffff- resopló- qué bien se te da comérmela, Lucía… Te gusta el chocolate, ¿eh?.

– Me encanta el chocolate –le respondí pasándosela a su novia.

Raquel se la comió al instante con auténtico ansia, succionando como yo acababa de hacer y metiéndosela entera en la garganta antes de volver a pasármela a mí.

Yo no podía igualar su arte, no estaba físicamente preparada, pero puse empeño en disfrutar aquel manjar demostrándole que, a pesar de ello, era capaza de hacer que su novio viera las estrellas con mi combinación de intensas succiones y pajeo.

Así fuimos alternándonos la magnífica dotación de una boca a otra, viendo cómo aquel poderoso macho disfrutaba de tener a dos golosas hembras para darle placer.

– Joderrrrr, guapa… Vas a conseguir el chocolate con leche… -me dijo tras una potente succión con la que su glande salió de entre mis labios con un “¡flock!”.

– ¿Te vas a correr en mi boca?- le dije poniendo cara de fingida inocencia-. No sé qué opinará de eso tu novia –añadí pasándole a ella el cetro.

– A mí no me importa –contestó ella dándole un lengüetazo a la transparente gota que asomaba de la punta -. Si a ti te gusta…

– Me encantaría probar el chocolate con leche… -contesté sonriendo con picardía.

– Es mi postre favorito y no puedo renunciar a él… Pero tranquila, habrá para las dos- añadió al ver mi cara de decepción-. Ya te he dicho que Sergio es un semental…

Y se metió la verga en la boca para chuparla con fuerza y devorarla varias veces hasta su base. Dejándome atónita con su voracidad y haciéndome desear que llegase mi turno.

Sergio gruñía de gusto, y parecía estar a punto de correrse, pero aún aguantaba. Así que, viendo que su novia había caído en la glotonería con egoísmo, aprovechó su aguante para ser él quien se la sacase de la boca y meterla en la mía volviendo a sujetarme la cabeza con ambas manos. Me folló los labios sin compasión a golpe de cadera mientras yo succionaba su carne tratando de seguir el ritmo de su pelvis. Los golpes de su glande en mi paladar derramaban gotas preseminales que alimentaban con su sabor mi retrogusto, y me sentí como un instrumento de placer utilizado sin remedio, hasta que la sentí palpitar.

Estaba preparada para recibir su corrida, deseosa de sentirla explotando en mi boca, pero para mi sorpresa, me sacó la polla y se la metió a Raquel para, del mismo modo, follarle la boca durante unos segundos. Hasta que con un “¡Ooooohhhh!”, se detuvo y vi cómo los carrillos de mi amiga se hinchaban hasta que tragó. Y él se retiró hacia atrás deslizando la negra anaconda entre los rosados labios para volver a empujarla hacia dentro con otro “¡Oooooohhhh!” que volvió a saturar la boca de mi amiga obligándole nuevamente a tragar. Él repitió el vaivén de cadera, y un nuevo “¡Oooooooohhh!” hizo rebosar la blanca lefa de aquellos labios chorreando por el venoso tronco que los perforaba.

Me quedé embobada observando con la boca abierta, fascinada y envidiosa viendo que, finalmente, sería todo para Raquel. ¡Pero qué iba a hacer!, a pesar de estar en mi casa, en esa situación la invitada era yo, y no le iba a decir a mi amiga que quería que su novio se corriera en mi boca en lugar de en la suya…

Sergio se retiró otra vez hacia atrás y fue Raquel quien, cogiendo la verga con la mano, se la sacó de la boca y la puso rápidamente en la mía. El largo taladro horadó mis labios con un empuje de cadera y, escuchando un “¡Oooooooohhhh!, sentí el músculo palpitar en mi lengua y una cálida explosión de sabor a hombre inundó mi boca pillándome por sorpresa. Tan inesperada fue esa corrida, que sentí cómo todo mi ser vibraba con un pequeño y rápido orgasmo, mientras tragaba el denso elixir de aquel hombre succionando hasta la última gota. Sergio deslizó su rígido miembro por mi lengua sacándolo hasta sólo dejarme dentro la gruesa cabeza y, “¡Ooooooohhhhh!” una nueva eyaculación chocó contra mi paladar llenándome la cavidad bucal de nuevo con hirviente semen. Su sabor saturó mis papilas gustativas, era el más intenso que jamás había probado, y su polla me lo empujó hacia la garganta haciéndomelo tragar.

Abrí los ojos incrédula ante lo que estaba sintiendo, y mientras tragaba vi la dura barra de carne negra brillante saliendo completamente de mi boca. La pálida mano izquierda de Raquel, sujetaba y acariciaba los huevos de su hombre, mientras la derecha masajeaba el tronco, y volvía a dirigir la punta para colocarla nuevamente entre mis carnosos labios.

– ¡Ooooooooooohhhhhhhh!…

Otro cálido chorro embadurnó mis labios y entró a presión en mi boca enlechándomela nuevamente. Viendo que aquello parecía no tener fin, me tragué la corrida y succioné esa deliciosa polla para estrangularla con mi paladar y lengua.

– Eso es- me susurró Raquel- traga, que llega el final…

Palpitando dentro, con vida propia, la verga aún dio dos potentes espasmos con sendos gruñidos de su dueño que me obligaron a seguir tragando mientras parte de la varonil esencia escapaba de entre mis labios mientras mis carrillos permanecían hinchados como los de una trompetista. Esos dos últimos estertores, aunque más seguidos, eran igual de abundantes que su predecesores, así que mi amiga me sacó la polla de su chico de la boca para evitar que me ahogase. El denso líquido blanco rebosó de mi boca abierta resbalando por mi barbilla y garganta, y también goteó directamente sobre la plataforma de mis generosos pechos, acumulándose en el canalillo para colarse lentamente entre mis dos apretadas tetazas, provocándome un escalofrío.

– Pero qué guapa eresssssss…- dijo entre dientes Sergio con su mirada fija en mí.

Su polla, aún ante mi rostro, eyaculó un último borbotón sobre mis labios, y Raquel tomó mi cara entre sus manos acoplando sus labios a los míos, metiéndome su lengua para volver a degustar el orgasmo de su macho de mí. Nuestras lenguas se enredaron compartiendo el intenso sabor del denso líquido que las lubricaba, y devoramos nuestros labios tragando el exquisito elixir.

Sergio dio un par de pasos atrás y se sentó en el sofá observando cómo su chica chupaba mi barbilla y bajaba por mi garganta lamiendo los regueros del licor rebosado. Raquel besó mi escote poniéndome la piel de gallina, y succionó la pequeña laguna blanca que se había formado sobre mi canalillo. Apartó los tirantes del vestido de mis hombros y me lo bajó para besarme los pechos con pasión, dejándomelos limpios de todo rastro de semen salvo por la húmeda mancha que había quedado en la parte media de mi sujetador. Subió y volvió a besarme, quedándose con su frente y nariz pegadas a la mía, mirando en la profundidad de mis azules ojos.

– Delicioso, ¿a que sí? – me dijo.

– Increíble- contesté yo-. ¿Es siempre así de… intenso y abundante?.

– En cuanto tiene unas horas para reponerse, sí. Tiene polla de caballo, cojones de caballo, y se corre como un caballo… ¡Me tiene loca!.

– Joder, no me extraña…

La mano derecha de Raquel se agarró a mi pecho izquierdo, y me lo masajeó con fuerza mientras sus delicados labios volvían a tomar los míos succionándomelos con suaves besos de mujer. La agarré por su estrecho culo y, palpando bajo su corta falda, lo recorrí hasta llegar a su tanga, tan empapado como el mío. Su lengua se enzarzó en combate con la mía, y aprovechando que la tenía bien sujeta por el culo, desabrochó mi sujetador liberando mis senos para ella. Abandonó mi boca y se comió mis tetazas como si se estuviera amamantando de ellas, haciéndome gemir de gusto. Mis manos tiraron de su prenda interior bajándosela por los muslos hasta que se la sacó y tuve paso libre para acariciar su empapada vulva, haciéndole suspirar mientras mordisqueaba mis pezones.

Sergio se había deshecho de las prendas que habían quedado en sus tobillos, y nos contemplaba, desnudo, con una amplia sonrisa. Y mientras su novia me comía las tetas con mis dedos explorando su jugosa almeja, yo no podía dejar de admirar su cuerpazo de dios ancestral, recreándome la vista con cómo acariciaba con suavidad su relajado miembro llegándole hasta casi medio muslo en total reposo. Era impresionante, y él lo sabía, por eso había mostrado tanta iniciativa y confianza en sí mismo follándome la boca de aquella manera. Sabía que sus superdotados atributos podían asustar o podían hacer enloquecer a las mujeres con sus instintos más primarios, y en mi ausencia de prejuicios y rápida aceptación, enseguida había comprobado que yo pertenecía al segundo grupo.

Raquel tiró de mi vestido hacia abajo, y me lo sacó por los pies junto con el tanga para dejarme completamente desnuda, salvo por los taconazos que me había calzado para salir de marcha. Me quedé a su merced, sentada en el sofá con las piernas abiertas mostrando mi mojado coñito de abultados labios. Mi amiga no me hizo esperar y, poniéndose en cuclillas, me agarró del culo y metió su cabeza entre mis muslos para lamer mi concha.

– Uuuummmm- gemí al sentir el contacto de su suave lengua.

Me lamió suavemente, abajo y arriba, permitiéndome ver únicamente sus bucles rubios entre mis piernas. Su escurridizo músculo penetró en mi vulva, con sus labios presionándola mientras entraba en mi calidez retorciéndose dentro de mí.

– Aaaaaahhhhh, Raquel, me mataassssss- dije agarrándome los pechos y masajeándomelos.

Su apéndice sabía perfectamente cómo moverse en mi sexo para deleitarme con un cosquilleo que provocaba que mi espalda se arquease, entrando y saliendo, retorciéndose dentro, lamiéndome la raja mientras su boca me la succionaba… La punta de su lengua alcanzó mi erecto clítoris y lo acarició trazando círculos en él, haciéndolo vibrar mientras un par de dedos se metían en mi humedad profundizando en ella.

– Uuuuummmmmm…

Sus experimentadas falanges estimularon mi rugosa zona interior, y elevó mi placer a un nuevo nivel que me obligó a apretarme las tetas con más pasión, mientras observaba cómo aquel que nos contemplaba se ponía en pie con su imponente virilidad completamente dura apuntando hacia nosotras.

– Levántate un momento –le dijo a su chica agarrándola del culito para sentarse entre sus piernas quedando de espaldas a ella.

Raquel se levantó y me besó dándome a probar de sus labios y lengua el característico sabor de mi propia excitación. Con las grandes manos de su hombre tirando de sus caderas, volvió a ponerse en cuclillas sujetando con una mano la larga pértiga del macho hasta colocarla en su coñito y bajar suavemente ensartándose en ella.

– Aaaaaaaaaahhhhh… ¡oh!- exclamó cuando sintió la gruesa cabeza haciendo tope en su interior.

– Eso es, nena – le dijo él-. Tú cómete bien a tu amiga, que yo controlo la profundidad.

La melena rubia volvió a colocarse entre mis muslos, y sus labios succionaron mi clítoris mientras sus dedos volvían a penetrarme el coñito con decisión, arrancándome un nuevo gemido profundo. Sergio la mantenía en cuclillas, sujetando su peso con sus fuertes brazos, haciéndola deslizarse arriba y abajo por su polla, obligándola a gemir de gusto con mi clítoris en su boca mientras un palmo de negra carne le taladraba hasta el fondo.

Experimentando la deliciosa comida de coño que mi amiga me estaba regalando, observé la cara de placer de Sergio, controlando en cada bajada la profundidad con que se follaba a su novia. Y aunque no podía meterle todo su instrumento, quedándosele fuera una buena parte, se veía que él estaba disfrutando tanto como nosotras dos.

Enseguida percibí cómo Raquel gozaba de aquella verga llenándole las entrañas y golpeándole en lo más profundo de su cueva. No paraba de gemir, haciéndose su comida más lujuriosa y apremiante, devorándome el clítoris con ansia, estimulándolo con rápidas y fuertes lamidas arriba y abajo y poderosas succiones que me arrastraban al borde del orgasmo. Sus dedos, cubiertos de mi flujo, salieron de mí y se colaron en mi culo sin encontrar resistencia. Primero uno, perforando mi agujerito con suavidad a través de mi relajado esfínter, y luego el otro, acompañándole para abrirme el culito y follármelo con ambos, entrando y saliendo, trazando círculos en mi ya acostumbrada entrada trasera para hacerme temblar de puro placer.

Mis gemidos se hicieron tan intensos como los suyos, aunque ella los ahogó metiéndome nuevamente la lengua en la vagina, follándomela con tal pasión y devorándomela con tal intensidad, que me corrí gritando enloquecida por aquella comida y penetración anal, con mi espalda despegándose del respaldo del sillón y mis manos comprimiendo mis tetazas en pleno éxtasis.

Raquel devoró mi orgasmo, y justo cuando éste llegaba a su zenit, ella misma se incorporó sacándome los dedos del culo para agarrarse sus pechos y disfrutar de su propio orgasmo con la polla de Sergio dilatándole las entrañas.

Contemplé cómo mi amiga se retorcía de gusto sobre aquel falo, empalada por él, ensartada en aquella lanza de la que yo aún podía ver medio palmo embadurnado de zumo de hembra, y deseé tenerlo para mí. Deseé que aquella pollaza también me hiciese retorcerme de gusto clavada en ella.

Cuando su chica terminó de correrse, Sergio la ayudó a levantarse deslizándose hacia arriba por aquella estaca. Cuando el conejo liberó la zanahoria, ésta se agitó de un lado a otro cubierta del fluido femenino que aún conectaba ambos sexos con un fino y transparente hilo brillante. Me quedé hipnotizada con aquella visión.

Viendo cómo no perdía detalle, aquel portento de la naturaleza se puso en pie, y agarrando su miembro con una mano se acercó a mí para tomarme de la barbilla y metérmelo en la boca.

– Toma más chocolate, golosa, que lo estás deseando –me dijo.

No me esperaba aquello, pero había adivinado mis deseos, así que degusté los fluidos de Raquel en aquel rígido músculo que volvía a follarme los labios con un suave balanceo de caderas.

– Tu amiga es una cachonda –le dijo a su novia mientras su verga invadía mi cavidad bucal.

– Ha estado reprimiéndose muchos años- le contestó Raquel.

– Joder, pues qué pena, ¿no?. Con lo guapa que es y lo buena que está… Y, ¡uf!, sabe comérmela bien y con ganas…

Yo sólo podía escuchar, sin opción a intervenir, silenciada por aquel manjar que saciaba mi hambre con pétrea carne.

– Bueno, cariño, normal que te la coma con ganas, con esa talla que gastas…A mí me has convertido en garganta profunda por las ganas de comérmela entera…

– Y eres la mejor – contestó sacándome su miembro de mi boca para besar con pasión a su novia.

Yo me quedé inmóvil, paladeando aún el sabor de mujer que aquel macho me había obligado a degustar de su verga respondiendo a mis pensamientos. Y volví a desear tener aquella polla para mí, que me follase como se había follado a mi amiga. Me lo había ganado mamándosela y tragándome la mitad de su leche… Pero no me hizo falta decir nada, ya habían decidido por mí.

CONTINUARÁ…

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