Debe ser mi pasado como deportista, pero cuando veo un desafío soy como Jesús Calleja, no cejo hasta que lo conquisto y la primera vez que la vi, acompañada de su vigilante madre, sabía que era gordo como los catorce ochomiles.
Cuando me crucé con ella por primera vez, el pañuelo blanco severamente ajustado al delicado óvalo de su  cabeza no impedía que un pequeño mechón negro y brillante como el ala de un cuervo escapase por el borde superior. Aprovechando mis gafas de espejo, disminuí un poco el ritmo de mis pasos y me dediqué  a observar a la joven.  Durante los escasos segundos que tardo en pasar ante mí, pude apreciar unos ojos grandes redondos y expresivos de color caramelo  enmarcados por unas cejas finas y unas pestañas largas y rizadas. Su nariz era pequeña y respingona, sus labios gruesos y rojos  y su cutis era pálido y suave,  sin ninguna mancha aparte de un pequeño lunar en el pómulo izquierdo, todo sin una  gota de maquillaje.
Me aparté para dejarlas pasar por la estrecha acera y aproveché para echarle un último vistazo a su cuerpo, tan rotundo y voluptuoso que el vestido largo y basto como un saco no era capaz de disimular.
A partir de aquel día comencé a acecharlas, y digo bien acecharlas porque la madre,  un esperpento pelirrojo y de malignos ojos verdes la vigilaba como un halcón y no se separaba de ella ni veinte centímetros.
Salían todos los días a caminar con aquella especie de hábitos. La única concesión que hacían en su indumentaria era un paraguas negro y grande como una carpa si llovía y unos abrigos gruesos de lana en lo más crudo del invierno.
Al principio me limité a observarlas de lejos con ropas discretas y sin quitarme las gafas de sol, pero cuando me sentí un poco más seguro,  me puse un sobrio traje negro,  me afeité  la perilla y comencé a coincidir con ellas y a saludarlas amablemente en la calle, en el supermercado o en la iglesia de santo Tomás Apóstol a la que acudían casi todos los días a oír misa a las ocho de la tarde. Cuando me las encontraba me mostraba exquisitamente solícito y jamás olvidaba saludar antes a la madre,  de dirigirme a ella cuando charlaba sobre cualquier fruslería y nunca me paraba más de dos minutos.
Poco a poco y con el paso del tiempo la relación fue afianzándose pero el avance era desesperantemente lento así que decidí  darle un empujón al asunto. Para ello le pedí un favor a mi amigo Dani que participó con mucho gusto previo pago de treinta euros y una birra.
Cuando  entraron las dos del brazo en la plaza de la iglesia,  puntualmente como todas las tardes,  se pararon en seco embargadas por el espectáculo. Allí estábamos Dani y yo discutiendo a grito pelado. Como habíamos quedado le llamé desalmado, pecador y asesino de bebes y el me propinó un izquierdazo al que yo respondí cayéndome al   suelo como un saco intentando hacerme el menor daño posible. A continuación Dani escapó corriendo con cara de gran satisfacción.
Las mujeres finalmente reaccionaron y se acercaron a mí. Yo fingí estar mareado y necesitar auxilio para levantarme y entre las dos me ayudaron a incorporarme. Por primera vez,  en cuanto la joven me tocó, ignore a la vieja harpía y le dedique una mirada de profundo agradecimiento. Enseguida  aparté la mirada y me dediqué a darle las gracias a la vieja pero no antes de comprobar en su mirada y en el ligero temblor de sus labios  la profunda emoción que había conseguido despertar en la jovencita.
Intentando no desaprovechar el momento y con una pose de profundo desaliento les conté la historia que había preparado minuciosamente.
Con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada  les conté a las dos mujeres cómo mi hermano Dani había traicionado y deshonrado el nombre de la familia yéndose a vivir con una mujer divorciada, practicando el sexo con preservativo y usando la píldora del día después en repetidas ocasiones. Tras el relato y fingiéndome algo más recuperado les dejé ir a misa. Esperé un cuarto de hora y entre en la iglesia. Me senté en uno de los últimos bancos y  aguardé.

Cuando terminó  el cura y sabiendo que madre e hija se quedaban unos minutos reflexionando me acerque a él  y le pedí confesión. El cura, que no me conocía, puso cara de  escepticismo pero accedió.  Una vez arrodillado en el confesionario  y vigilando por el rabillo del ojo que era objeto de atención por parte de las dos mujeres le conté la escena de ira que había tenido lugar momentos antes así como varios pecadillos bochornosos pero sin importancia y con mi carga de avemarías y padrenuestros me dirigí al banco más cercano para hacer penitencia mientras las dos mujeres se iban de retirada sin apartar los ojos de mi atribulado personaje.
El empujón había surtido efecto y ahora cuando me encontraba a las dos “monjitas” nos parábamos a hablar durante un buen rato. A estas alturas ya me atrevía a soltar alguna mirada de casto interés a María, que así se llamaba la joven, ruborizándola y provocando miradas de fingido reproche por parte de la astuta madre.
Finalmente un día de abril, después de Semana Santa, contando con la subida de hormonas primaveral y con la prolongada separación que suponía el haberme ido a esquiar a Baqueira (para ellas una semana de profunda meditación alternada con largos periodos de ayuno en Santo Domingo de Silos) le pedí permiso a la madre para salir con su hija a pasear.
Después de cinco días de deliberaciones familiares obtuve permiso para pasear  por el parque e ir a misa, eso sí, cogidos de la mano y  vigilados estrechamente por Casilda que así se llamaba la vieja bruja.
Debíamos de ser un espectáculo de lo más chocante, incluso notaba algunas risas a mis espaldas…  también se reían de Juanito Oiarzabal cuando decía que iba a subir los catorce ochomiles.
Lo que no sabía Casilda es que como a Messi,  si me los dejan,  dos metros me bastan para hundir cualquier defensa y más si se trata de una joven de veintipocos totalmente inocente en lo que al juego amoroso se refiere.
El primer paso era hacerla reír, lo cual conseguía contándole  inocentes chistes para niños que sacaba de internet. Luego poco a poco fui elevando el tono y la seriedad de mis relatos eso si manteniendo la vista al frente y simulando total naturalidad, pero notando como la mano de la chica ardía, sudaba y se estremecía.
El domingo, después de misa  invité a Casilda y a su hija a cenar un potaje de garbanzos y un poco de pescado para agradecerles su paciencia conmigo. Ellas aceptaron sin sospechar para nada que una peligrosa trampa se estaba cerrando entorno a ellas.
Las invité a entrar,  entré cortésmente tras ellas y con discreción di dos vueltas a la cerradura  y guarde la llave en el bolsillo.
La mesa estaba puesta en el salón comedor y sin dejar a Casilda rechistar la senté delante del televisor a ver el DVD que había regalado El Progreso  con la toma de posesión del nuevo obispo, mientras me llevaba a María a la cocina con la excusa de que me ayudase a freír los jureles.
En cuanto entramos en la cocina la agarré por el cuello y utilizando mi cuerpo para inmovilizarla contra la pared  la besé.  María respondiendo a años de adoctrinamiento ultracatólico reaccionó intentando debatirse, pero en cuanto  solté su cuello e introduje  mi lengua en  su boca la sorpresa se convirtió en excitación.
Con las mejillas ruborizadas y la respiración agitada me abrazo y me devolvió el beso, primero con timidez, sin saber muy bien que hacer, luego dejándose llevar por su deseo y su instinto. Sabía a canela y clavo.
Desde el comedor llegó la voz de su madre preguntando si necesitábamos ayuda rompiendo el hechizo. Separé los labios para decirle  que estaba todo controlado y aprovechando el momento María se escurrió y se dirigió hacia el frigorífico para sacar el pescado.
Aparentando haberme calmado saqué la sartén y el aceite mientras ella enharinaba el pescado. Le deje la iniciativa y enseguida se adueñó de los fogones con una sonrisa, consciente de que le miraba el culo con descaro. Me acerqué y le quité el pañuelo, una suave cascada de pelo negro y brillante se derramó por su espalda hasta casi rozar su cintura. Tiré suavemente de el para descubrir su cuello y poder besarlo, ella soltó el mango de la sartén y se dobló dócilmente gimiendo de placer. Mientras acariciaba su pelo con una mano, ceñí su cintura con la otra apretando mi incipiente erección contra su culo. El pescado crujía, chisporroteaba y se doraba  lentamente igual que mi entrepierna. Incapaz de contenerme agarre sus pechos con fuerza.  María se puso rígida un momento pero se dejó hacer. Sus pechos, grandes como cantaros me resultaron blandos y acogedores incluso a través del basto tejido del vestido.
Con una disculpa me separe de ella y aparentando turbación por mi osadía cogí la fuente del pan y la llevé al salón. Como me había imaginado, Casilda pudiendo elegir entre varios cómodos butacones, escogió una silla pesada y de respaldo recto, sin cojín y con unos reposabrazos labrados, incómodos y duros como piedras. Totalmente abrumada por la ceremonia que estaba viendo en la tele no se dio cuenta como me acercaba por detrás. Con dos movimientos rápidos y repetidamente ensayados le até con unas bridas los brazos a los reposabrazos y antes de que se le ocurriese protestar,  estaba amordazada con un  trozo de sábana. La mujer intentó debatirse pero la silla de madera de castaño vieja y maciza apenas se movió. Con una sonrisa y un guiño la dejé y fui a la cocina.
Cuando volví a la cocina María estaba sacando los peces de la sartén. Con suavidad la aparte del pescado frito y maloliente mientras le acariciaba la cara, le besaba suavemente y le susurraba palabras de amor.
Cogiéndola de la mano y tirando suavemente de ella la llevé al salón. Cuando vio a su madre atada se sobresaltó pero un nuevo beso largo, húmedo y profundo acabó con su voluntad. Sin dejar de mirarla a los ojos le quite el burdo vestido y la sencilla ropa interior de algodón.
María,  avergonzada y temblorosa por la mirada reprobadora de su madre, intento tapar su cuerpo  rotundo y voluptuoso pero yo, tranquilizándola con palabras suaves y arrulladoras, le aparte los brazos hasta que se quedó allí, en el medio del salón, quieta como una estatua, con los brazos inertes a los lados mientras yo disfrutaba  admirando su cuerpo turgente y juvenil.
María bajo la cabeza y esperó. Yo me limite a disfrutar del momento y a observar sus pechos grandes y pesados con los  pezones rosados y pequeños, su vientre liso y sus piernas largas y torneadas. Avance unos pasos y la rodeé rozando su pubis con la punta de mis dedos provocándole un estremecimiento.
Tuve que contenerme para no dar un tremendo estrujón a ese culo y tomarla en ese mismo momento pero conteniéndome a duras penas,  me acerqué a la madre, la cual no paraba de moverse intentando liberarse.
-¿Verdad qué es una auténtica belleza? ¿Verdad que parece haber sido creada para pecar? –Le susurre a Casilda al oído –El hecho de haber esperado durante tanto tiempo la hace aún más apetitosa.
-¿Te acuerdas de tu primera vez? –Continué mientras observaba como María esperaba pacientemente con la mirada baja –seguramente tenías tan poca idea como la tiene ella ahora mismo. Igual que tú se asustará y temblará de miedo como un pajarillo cuando vea mi cuerpo desnudo y mi verga empalmada. Para cuando entierre mi miembro en su coño seguirá temblando, pero será de placer.
La vieja harpía se debatía e intentaba gritar atragantándose con la tela que tenía alojada en su garganta, tosiendo y moqueando. Sin hacer caso de su furia me quité toda la ropa hasta quedar totalmente desnudo y me acerqué a María. Ésta, acobardada por mi miembro erecto balanceándose obscenamente, dio un paso atrás.
Cuando me acerqué la tome por la nuca y la besé dejando que mi  polla rozara su vientre. El contacto con su piel suave y cálida fue exquisito. Le cogí la mano y la guie hacia mi polla. María la agarró, primero con dudas y luego con curiosidad. Al descubrir el glande se inclinó para ver mejor. Su boca estaba a escasos centímetros de mi polla y aprovechando el momento acerque mi glande a sus labios y lo metí en su boca.  Acostumbrada a obedecer María no opuso resistencia y arrodillándose empezó a chupar y a lamer siguiendo mis instrucciones mientras yo miraba malévolamente a los ojos desorbitados de su madre.
María, olvidada toda vergüenza, se incorporó y subiéndose a la mesa abrió sus piernas dejando a la vista su sexo excitado y anhelante. Me acerqué y acaricié con mis manos la mata salvaje de pelo que cubría su pubis y su sexo. Con mis dedos acaricié su vulva que reaccionó inmediatamente congestionándose y los metí en el interior de su vagina hasta chocar con el himen. María suspiro y levantó levemente las caderas intentando incitarme a seguir adelante.
Me incliné y le besé los muslos que olían a agua de rosas. Poco a poco mi lengua fue avanzando hasta que todo su sexo estuvo en el interior de mi boca.  María abrió más las piernas y tirando de mi pelo y gimiendo acompañó los movimientos de mi lengua con sus caderas. Me erguí y dejé que mi miembro erecto y brillante por la saliva de María descansase sobre su vientre  golpeando su vulva  suavemente  con mis testículos.
Tiré de ella para besarla y mi polla quedo aprisionada entre nuestros vientres. Cuando noto que mi polla superaba ampliamente la altura de su ombligo se asustó un poco y tuve que tranquilizarla. La besé y estrujé sus pechos disfrutando esta vez sin impedimentos de la suavidad de su piel. Con mis labios agarre sus pezones y se los chupe arrancándole nuevos gemidos.
Con la voz ronca por el deseo se volvió a tumbar y me pidió que fuese dulce con ella. Excitado como un burro le separé las piernas y lubricando mi pene a conciencia lo introduje en su vagina. Casi inmediatamente la punta de mi glande chocó con su virginidad. Tomándome mi tiempo y preparando a María lo tanteé un par de veces para comprobar su resistencia y luego con un movimiento seco  atravesé su himen.  María soltó un breve grito, yo continúe empujando poco a poco hasta que toda mi polla estuvo enterrada en su coño. Con suavidad empecé a entrar y salir, disfrutando de su sexo estrecho caliente y suave. María gemía y loca de placer me suplicaba que le diese más. Mi ritmo se fue acelerando,  abriéndome paso sin piedad en su interior , “citius altius fortius” hasta inundar su vagina con mi corrida.
María, al notar como mi pene escupía  el semen en su interior  paro de moverse, creyéndose satisfecha pero  tiré de ella y poniéndola de pie le di la vuelta y la penetré por detrás. Con cada embestida su culo temblaba y sus piernas vacilaban. María gritaba cada vez más fuerte a medida que iba acercándose al climax hasta que el orgasmo la dejó totalmente muda y sin aliento. Con el cuerpo temblando y paralizado por las descargas del orgasmo no pudo impedir que yo continuase penetrándola esta vez con una furia salvaje.  Enseguida note que tras un leve momento de duda separo las piernas y poniéndose de puntillas, levanto las caderas para hacer más profunda mi penetración.  Ahora ambos jadeábamos con el esfuerzo y nuestros cuerpos estaban cubiertos de sudor como dos purasangres.
Le pregunté si le gustaba y girando la cabeza con los ojos empañados por el deseo me respondió afirmativamente y me dijo que me amaba. Yo aprovechándome sin escrúpulos de su inocencia le dije que me tenía que dar una última prueba de su amor.
Sin esperar su respuesta  acaricie su culo y separe los cachetes dejando a la vista la diminuta abertura de su ano. Con firmeza pero con suavidad fui introduciendo mi pene poco  a poco hasta que estuvo dentro en su totalidad. María se limitó a adoptar una  postura más cómoda mientras soltaba un largo y quedo gemido.
Su culo era aún más estrecho y delicioso, y mientras la penetraba lentamente notaba como se contraía involuntariamente estrujándome aún más la polla. Con mis manos rodeé  su cintura y le acaricié el clítoris mientras aumentaba la fuerza de mis penetraciones.  Enseguida noté  que se relajaba y comenzaba a disfrutar.
En ese momento María me aparto y me sentó en una silla. Poniéndose de espaldas a mí, se agachó enseñándome su sexo ardiente y el interior de sus piernas por el que resbalaban sangre sudor y semen.  Sin esperar a que yo tomase la iniciativa pasó su mano entre las piernas y agarrando mi pene volvió a metérselo por el culo. Con todo el peso de su cuerpo se dejaba caer sobre mi verga cada vez más rápido mientras con las manos se acariciaba el clítoris. Mis manos recorrían su cuerpo a placer estrujando sus pechos, tirando de sus pezones  y explorando con mis dedos su boca y su coño húmedos y calientes.
Momentos después María se corrió, sin darle tregua me levanté,  con mi polla aún en su culo la guie contra la pared y tirando de su pelo con fuerza empuje salvajemente hasta  que, sacando mi polla de su culo me corrí sobre su cuerpo contraído y palpitante por el placer y la incómoda postura que le obligaba a adoptar.
Cuando la solté María calló en el suelo desmadejada. Su cara surcada por un reguero de lágrimas me miraba con sacrílega adoración.
-¿Verdad que hacemos buena pareja suegra? –Dije acercándome a Casilda y poniendo mi miembro aún erecto y  a la altura de sus ojos.
La mujer echaba fuego y relámpagos por los ojos, yo ignorándola me acerqué a María y le ayude a levantarse. Al  ver la mirada acusadora de su madre María se puso a temblar arrepentida    pero  yo  le abracé con ternura y la tranquilicé diciéndole que todo estaba bien, que no había hecho nada malo.
A continuación me la llevé a  mi dormitorio donde le esperaba un regalo.
María abrió la caja de cartón más sorprendida que ilusionada. Cuando vio el vestido de tirantes y las bailarinas a juego se quedó mirándolos sin saber muy bien que hacer. La animé a ponérselos y a mirarse al espejo. Había acertado con la talla y estaba fantástica. La luz proveniente de la ventana atravesaba el vaporoso vestido veraniego  perfilando la sinuosa silueta de la  muchacha.
-Ahora vamos a charlar con tu madre.
Cogí su mano y tiré suavemente de ella para que me siguiese, cosa que hizo a regañadientes. Cuando entramos de nuevo en el salón Casilda estaba un poco más calmada.
-Ante todo no quiero  gritos ni escándalos. Con esto sólo conseguirás perjudicarte a ti y a tu hija. – comencé mientras le quitaba la mordaza.
-Has convertido a mi hija en una Jezabel –dijo Casilda con voz áspera.
– Te equivocas la he dado a una mujer de veintitrés  años la capacidad de elegir. De sentirse, independiente, hermosa y deseada.
-Es demasiado joven y tú te has aprovechado de ella. La has mancillado y ahora es una mujer vulgar, una puta a la que todo el mundo mirará con desprecio. –Dijo Casilda intentando que María se encogiese con cada palabra.

-Despierta, ya no estamos en el siglo diecinueve, la gente que os encontráis por la calle ya os mira con desprecio, -repliqué rodeando los hombros de María para darle valor. – y María tiene derecho a decidir con su vida…
-¡Basta ya! –Estalló María deshaciéndose de mi abrazo. –Madre, ya soy mayor de edad. Puedo hacer con mi vida lo que quiera. Te quiero y también amo a Dios, pero no estoy dispuesta a vivir como una monja el resto de mi vida, ni a vestir como un esperpento, ni a someterme a normas absurdas.
-Y tú, cerdo, -se dirigió a mí clavándome el dedo en el pecho -¿Cómo te atreves a atar a mi madre como un fardo y obligarla a presenciar todo esto? Eres un cabrón y quiero que sepas que me están entrando ganas de denunciarte por secuestro y violación.
Las cosas se estaban poniendo feas y un sudor frio comenzaba a recorrer mi espalda.
-Yo no…
– ¡Tú te callas!
-Bien dicho hija vamos ahora mismo al juzgado. –dijo la vieja oliendo la sangre.
-¡Y tú también! Aquí nadie va a ir al juzgado a menos que me vea obligada. Lo que vamos a hacer es ir a hablar con el cura inmediatamente y después de confesar todo lo que hemos hecho mañana mismo nos casamos…
-Un momento… -intenté objetar  acorralado.
-¿Prefieres ir a la cárcel mi amor? Si quieres llamamos ahora mismo a la policía y arreglamos esto. –dijo María mientras cortaba las bridas y soltaba a su madre.
Casilda y yo nos miramos compungidos, aquella chica supuestamente inocente nos había vencido a los dos. No sé cómo se sentiría la vieja pero yo me sentí igual que Mallory al perder el pie después de haber estado en la cima del mundo.
María me cogió de la mano y agachándose para recoger su antigua ropa salió de casa con su madre pisándonos los talones.
Cuando salimos a la calle María se dirigió con paso decidido al contenedor y tiro la ropa que  había aborrecido durante tanto tiempo.
-Tranquilo mi amor –dijo mirando mi atribulado rostro, pegando su cuerpo contra el mío y cogiéndome los huevos por encima del pantalón –si hace falta iré a confesarme todos los días, pero voy a hacerte muy feliz.

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