De super soldado asexuada a puta sin remedio.
Antes de nada permitirme que me presente.  Me llamo Alan McArthur y  aunque ahora soy civil, durante muchos años he sido un científico a sueldo del ejército americano. Graduado por Yale en Ingeniería Bioquímica y molecular, desde que salí de la universidad, me fichó el departamento de defensa para una serie de estudios tan inconfesables como secretos.  Trabajando codo con codo con los mejores, fui cabeza de un proyecto en el que los militares habían puesto todas sus esperanzas.
“CREAR AL SUPERSOLDADO”
Las premisas eran claras, debíamos  dotar a esos especímenes de una fuerza y rapidez sobrehumana  pero también incrementar hasta niveles nunca antes vistos su resistencia a enfermedades y su inteligencia. Lo demás no solo era accesorio sino que sobraba. Tras muchas discusiones, mis colegas y yo decidimos extirpar cualquier rastro de sexualidad de ellos dando como resultado un híbrido sin ningún rasgo distintivo sobre si era hombre o mujer.
El resultado de nuestro diseño fueron unos seres andróginos, bellos a su manera, tremendamente fuertes, brillantes y ¡Defectuosos! Tras unos meses, rompiendo marcas y maravillando a sus superiores, todos y cada uno de los sujetos de estudio, ¡Se volvió loco y terminó suicidado!
La tara tan evidente nos hizo temer que ese gigantesco derroche de recursos se iba a ir a la basura y asumir por tanto que serían nuestras cabezas las que con otras muchas iban a rodar con ello. Ya daba por perdido mi puesto cuando uno de mis colegas me insinuó que entrevistara a Mary Doe, una estrella de la psiquiatría experimental. Al no tener nada que perder y poseer esa médico la acreditación de los servicios secretos, acepté pedir su consejo.
No sé si es vuestro caso pero yo siempre me hago una idea preconcebida de las personas que voy a conocer y por eso creí que esa eminencia sería una solterona desgreñada. Mi sorpresa fue el toparme con una morenaza de casi un metro sesenta que además de  bella era encantadora. Agradándome  desde un inicio, le planteé el problema y junto con ella empezamos a buscar   una solución.
Como buena investigadora, Mary se pasó dos semanas recabando datos antes de aventurarse a dar un diagnóstico. Para ello, me citó en un restaurante donde sin oídos ajenos poder hablar con libertad. Todavía recuerdo que la estaba esperando cuando de pronto unos comensales cercanos a mi mesa, empezaron a cuchichear con evidentes signos de excitación. Al girar y mirar el objeto de sus comentarios, descubrí que esos tipos hablaban de mi cita.
“Joder”, exclamé mentalmente al percatarme de que olvidando su bata de trabajo, la morena se había enfundado un traje que dejaba poco a la imaginación.
El pegadísimo vestido daba idea de sus maravillosas curvas mientras la fina tela dejaba entrever la belleza de sus pechos. Cortado por el modo en que venía ataviada, me levanté de mi asiento para saludarla. Mary sabedora del efecto que provocó ese día en mí, incrementó mi turbación pegando su cuerpo al mío, tras lo cual, en plan coqueto me preguntó:
-¿Qué tal estoy?
-Guapísima- reconocí bastante extrañado por su pregunta.
La mujer sonriendo, insistió:
-¿Pero te atraigo?
Comprendí entonces que esa pregunta no era baladí y tras analizar su significado, contesté:
-Sabes bien que sí. Eres una mujer atractiva y cualquier hombre que te mire se sentirá atraído por ti.
Sentándose en su silla, cruzó sus piernas de tal modo que la raja del vestido permitió que mis ojos se recrearan con sus muslos y habiendo captado mi atención, prosiguió:
-La excitación que sientes, ¿Disminuye tu inteligencia?
Avergonzado tapé con una servilleta mi entrepierna y respondí.
-En este momento, me siento idiota. Pero contestando a tu pregunta, no. Es algo pasajero que incluso obliga a mi cuerpo a segregar una serie de hormonas que son deseables.
-Entonces- y entrando por primera vez en el asunto que nos había llevado a ese lugar, preguntó: -¿Por qué habéis negado a esos sujetos la sexualidad? ¿No veis que sin ella se convierten en una olla a presión?
-No comprendo- alcancé a decir- Si carecen de sexo, no se verán afectados por su ausencia.
Soltando una carcajada, posó su mano sobre mi bragueta diciendo:
-Que no supieras que te atraía, no significa que ante el mínimo estimulo, tu amiguito se levante como el de un crío- Al sentir bajo sus dedos, la confirmación de sus palabras se rio con picardía  y cambiando de tema, me dijo: -Ahora que te lo he demostrado, pensemos en como subsanar el error de principiante que habéis cometido.
Tras lo cual, abandonando cualquier coqueteo se lanzó de lleno a discutir conmigo las posibles salidas de nuestro problema y dos horas después con la solución esbozada, se despidió de mí dejándome contento desde el punto de vista laboral e intelectual pero insatisfecho porque una vez había despertado al monstruo, no pude más que quedarme babeando al verla alejarse meneando su trasero.
Elegimos al espécimen de prueba.
Habiendo optado por dotar a nuestros experimentos de sexo, nos encontramos con dos nuevos focos de discusión, el primero era acordar el sujete que nos serviría de prueba y el segundo decidir si convertíamos a ese ser en hombre o en mujer. Hubo opiniones para todos los gustos, sobre el primero decidimos coger un espécimen recién creado que todavía no hubiese salido de la criogenia pero el siguiente fue el que realmente creó controversia. Mientras la mayoría de los científicos se inclinaban por darle atributos masculinos, Mary insistía en otorgarle una apariencia femenina.
Al preguntarle el porqué, contestó que fue rotunda diciendo:
-Como psiquiatra encargada, comprendo mejor la mente femenina y como seré yo quien te dirija mientras la reeducas, ¡Insisto en que sea mujer!
Al escucharla, me escandalicé ya que olvidándose de que yo era el jefe de todo el proyecto, me rebajaba a mero ejecutor de sus órdenes y por eso me negué en rotundo, aduciendo que había otros mejor preparados para esa función.
-Sí- respondió- pero entre tanto uniformado, solo me fio de ti y como deberemos estar dos meses aislados con el espécimen, no seguiré colaborando si no es así.
Comprendí que la muy cabrona me estaba echando un órdago. Desgraciadamente, el dineral que llevábamos gastados y la más que plausible responsabilidad que me exigirían ante semejante fracaso, me llevaron a claudicar y aceptar todos sus términos.
Habiendo cedido, no me quedó más remedio que acompañarle a elegir el candidato a la cirugía.  Esa misma mañana, fuimos a la sala de criogenia y tras echar un rápido vistazo a los distintos sujetos, Mary seleccionó a tres y dijo:
-¿Cuál prefieres?
 Pálido y sin saber cómo quería  esa mujer que decidiera, revisé los que había elegido con mayor detenimiento. Dos eran de raza blanca y uno de raza negra. Al examinarlos, imaginé cuál  de todos ellos se vería mejor con un aspecto femenino y por eso señalando al afroamericano dije:
-Este.
Muerta de risa, mi colega se congratuló de mi elección diciendo:
-Es el mismo que yo había elegido- y llamando al cirujano le dijo exactamente como quería que llevara a cabo la transformación.
Aunque ya lo habíamos hablado, no por ello, no pude dejar de sonrojarme cuando ante las reticencias del médico, la morena le soltó:
-¡No sea pesado! ¡He dicho que quiero que le ponga tetas, no unos granos!
El pobre tipo veía desmesurado el tamaño de los pechos que había elegido pero como ella era quien mandaba no le quedó otra que obedecer y dijo de muy mala leche:
-Mañana, el número 785/465 G tendrá esos melones.
Llevamos al espécimen a una base secreta en una isla.
Una semana después, Mary, la sargento Paulsen y yo aterrizamos en una remota isla del pacifico donde sin otra compañía íbamos a despertar a esa supersoldado. La problemática con la que nos encontrábamos era variopinta porque la programación genética con la que estaba dotada, exigía desde el comienzo que tuviese claro quién era el superior al que debía lealtad así como una serie de ejercicios físicos necesarios para fortalecer su musculatura pero nada decía sobre el modo en que deberíamos sacar a la luz su faceta femenina y sabiendo que en eso íbamos a ciegas, me descubrí mirándola a través del cristal de la capsula criogénica donde permanecía postrada.
Completamente desnudo, el objeto de nuestro estudio estaba como dormido ajeno a que en ese momento la estuviese contemplando.
-Ese puñetero cirujano es un artista- no tuve duda al contemplar su obra.
Descomunalmente alta y fuerte, ese espécimen con su metro noventa era un ser bellísimo. Rapada al cero y sin rastro de vello en su cuerpo, tenía una dulzura que contrastaba con la enormidad de sus senos. El médico solo había seguido fielmente las indicaciones de la psiquiatra sino que explayándose en su faceta creadora, le había dotado de un culo amplio que disfrazara su musculatura magnificando su feminidad. Creando hasta el mínimo detalle, su sexo lucía imberbe pero al fijarme en él, comprobé la perfección de sus labios así como el toque indispensable que le daba el rosado clítoris que le había construido.
Seguía absorto en ese ser cuando sentí que alguien me susurraba al oído.
-Alice es preciosa.
Al girarme y observar que mi colega, la doctora Doe, estaba tan impresionada como yo, solté una carcajada diciendo:
-No fastidies que le has puesto nombre.
-Por supuesto- contestó sin retirar su mirada del espécimen- Esa mujer cuando despierte deberá sentirse como si fuera cien por cien humana.
Asumiendo que desde el punto de vista psicológico debía tener razón, no discutí y di por sentado la certeza de su afirmación. Como el avión que nos había llevado hasta allá, ya había despegado no creí conveniente retrasar el despertar del sujeto y por eso dando instrucciones precisas a la sargento Paulsen, entre los tres programamos la apertura de la capsula en dos horas.
Ya puestos en marcha, acompañé a la doctora a revisar el que sería el alojamiento de los cuatro durante todo el experimento. Fue al visitarlo cuando por enésima vez desde que conocía a esa doctora, me sorprendió porque habiéndose encargado de todo nunca me avisó de que solo me encontraría una cama. ¡Enorme pero solo una!.
Al ver mi cara de estupefacción, soltó una carcajada diciendo:
-¿Te gusta el aula donde vamos a dar clase a ese retoño?- dijo señalando el colchón de tres por tres.
-Explícate- exigí: -¿Dónde coño vamos a dormir todos nosotros?
Fue entonces cuando sacándome de mi inopia, esa morena me informó:
-Alice debe aprender de su sexualidad sin sentir agobio. Por eso he seleccionado personalmente a Vicky- dijo señalando a la sargento- Ya sabe que entre sus funciones tendrá que compartir el lecho con nosotros y a través del ejemplo, hagamos nacer en ella su faceta sexual.
-¿Me estás diciendo que tú, Paulsen y yo le mostraremos en vivo todo lo que necesite aprender sobre el sexo?
Muerta de risa, contestó:
-Por eso insistí en que fueras tú quien vinieras. Desde que te vi, supe que serías sexualmente compatible con nosotras- y dirigiéndose a la militar prosiguió diciendo: -Vicky, ¿verdad que tú opinas lo mismo?
-Así es señora. El doctor me parece muy atractivo.
 Si alguien me hubiese dicho solo una semana antes que iba a pasarme dos meses en una isla con tres mujeres dispuestas para mí, nunca le hubiese creído pero en ese instante os tengo que reconocer que lejos de estar excitado con la idea, ¡Estaba acojonado!
El plan de la doctora me parecía descabellado. Como buena rata de escritorio, no me consideraba ni un don Juan y mucho menos un atleta. Y por eso albergué serias dudas de ser capaz de satisfacer a semejante adversario. Durante unos minutos permanecí callado mientras Mary y la sargento Paulsen comenzaban los preparativos para recibir a nuestra paciente.
Tratando de analizar las consecuencias me fijé en la militar. Si la psiquiatra era el prototipo de morena, Vicky era un bello ejemplar de nórdica. Rubia con ojos azules, en un escaso metro sesenta se escondía una profesional de las armas. Sus movimientos acompasados la delataban. Todo lo que hacía estaba milimétricamente ejecutado. Daba lo mismo lo que hiciera, si levantaba una caja, la izaba usando solo el esfuerzo necesario pero era a la hora de andar con sus zancadas donde realmente te dejaba entrever su formación.
“Parece un robot”, me dije viendo la ausencia de femineidad. Su fría mirada iba acorde con el resto. Hierática y seria, esa mujer me recordó  a un tempano de hielo.
Estaba imaginándome cómo sería en la cama cuando al recoger una herramienta del suelo pude admirar su culo sin disimulo y debido al evidente encanto de su duro pandero, por primera vez, me apeteció descubrir como estaría en pelotas.
La alarma de la capsula me devolvió a la realidad y yendo hasta el lugar donde estaba ubicada, me preparé a recibir a la enorme mujer. Tal y como había visto tantas veces, el espécimen se despertó desorientado y por eso entre la sargento y yo tuvimos que ayudarla a levantarse y llevarla hasta el baño donde se daría la ducha.
Tras cinco minutos en silencio y parcialmente repuesta, me miró y poniéndose en posición de firme, se presentó diciendo:
-785/465 G listo para el servicio.
Aleccionado por Mary del modo que tenía que comportarme, contesté:
-Relájese soldado Alice. Acaba de hacer un largo viaje y necesita descansar.
La paciente  al escuchar el nombre con el que me había dirigido a ella, mostró su extrañeza y por eso se lo aclaré diciendo:
-Desde este momento, se llama Alice New.
 Programada para la guerra, nada la había preparado para recibir una identidad y menos que fuera femenina, por eso todavía desnuda, preguntó:
-Disculpe, no entiendo. ¿Soy acaso una mujer?
Que la persona que me hiciese semejante consulta, fuera un ser con dos tetas y un culo descomunales resultó gracioso pero adoptando un gesto serio, respondí:
-Así es soldado. Créame, ¡Nadie que la mire tendrá duda de que es una mujer!.
Como su superior se lo había afirmado, su mente geométrica lo asumió como cierto y pidiendo permiso para hablar, me informó que estaba dispuesta para empezar su formación. Su actitud resultó un calco a la de tantos fracasos y por eso con recelo, dejé que la sargento se ocupara de vestirla y  de sacarla a dar una vuelta por el campamento para  desentumecer sus músculos.
Sabía que mentalmente era inestable y que nuestra función en ese lugar era cimentar su personalidad y su sexualidad para que ambas le sirvieran para afrontar su futuro. Nuestro fracaso significaría su suicidio en un tiempo corto.
“Ojalá funcione”, pensé mientras la veía correr por el circuito bajo la atenta mirada de la rubia.
La rapidez de su carrera, no por conocida, me impresionó menos. La espécimen, me costaba llamarla Alice, era tan veloz como los  ejemplares anteriores sin que el par de kilos extras que le habíamos añadido afectasen a su rendimiento. Al poco rato de comenzar, su instructora dio por terminada la primera sesión y la llevó ante la doctora.
Mary la estaba esperando y siguiendo su plan,  le había  preparado una dura jornada de estudio. Desde mi oficina seguí  a través de un monitor el desarrollo de esa clase magistral en la que contra todo pronóstico, no trató de nada marcial sino en un documental sobre la vida de una familia.
“Parece hasta interesada”,  sentencié extrañado al ver la concentración con la que seguía esa película.
Si os preguntáis por qué me intrigaba, la razón era que a mi modo de ver no podía ser más aburrido por tratar temas evidentes como podía ser la estructura de la familia, la relación entre los padres y las diferencias entre los sexos. Observando a la enorme negra, comprendí que para ella todo era nuevo pero no fue hasta que terminó e le hizo a la doctora una pregunta cuando valoré en su justa medida el desconcierto de la muchacha.
-Doctora Doe- con tono serio soltó- no consigo entender. Tal y como me ha enseñado en una familia,  el padre y la madre educan a sus hijos. Entonces. ¿Debo considerar al señor McArthur mi padre? Y ¿A usted y a la sargento como mis madres?
Mary tras analizar la cuestión, le respondió:
-Desde ese punto de vista sí pero quiero que sepas que no somos tus padres sino tus profesores.
La confusión de la mujer no hizo más que crecer y con un gesto duro en su rostro, comentó:
-Es verdad, los soldados como yo no somos engendrados sino fabricados.
Ese comentario hizo que la psiquiatra se ratificara en la decisión de dotar al sujeto de un sexo al comprender que desde el primer día el diseño actual  entraba en conflicto con la naturaleza humana.
“Los lanzamos a un mundo que no comprenden”, pensó y deseó con más énfasis que con su plan, esa enorme mujer consiguiera el salvavidas que  le permitiera enfrentarse a su destino sin volverse loca.
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El  siguiente problema con el que tuvo que lidiar Alice fue más previsible al tener que ver con los aditamentos sexuales con los que la habíamos dotado.  La psiquiatra quería que el espécimen fuera asumiendo su género de manera natural y por eso dispuso que al terminar el documental y antes de cenar, la sargento se la llevara a la playa a darse un chapuzón mientras ella y yo observábamos su reacción a través de los monitores de mi oficina.
Siguiendo las directrices recibidas, Vicky condujo a la enorme mujer hasta la arena y allí empezó a quitarse su uniforme mientras Alice la miraba, de forma que desde mi silla, observé por vez primera el desnudo de esa rubia. Tal y como había anticipado, los pechos de la sargento eran menudos y firmes al igual que su trasero. Fibrosa y atlética, sus desarrollados músculos le daban una apariencia un tanto masculina que no me pasó desapercibida.
“Es un poco marimacho”, me dije sin por ello reconocer que estaba buena.
Al igual que yo, la negra no perdió detalle del striptease de su instructora y cuando terminó, se vio forzada a comentar:
-Sargento,  no termino de entender para que nos sirven los pechos.
La nórdica soltó una carcajada al oír tamaño despropósito y sin dar mayor importancia al comentario, contestó:
-En teoría para amamantar a los niños pero ya tendrás tiempo para descubrir que tienen otros usos.
La escueta respuesta no satisfizo a Alice que viendo que no iba a obtener mas información de su superiora decidió imitarla y quitándose la ropa, se quedó en pelotas.
-¡Menudo hembrón!- exclamó la doctora al verla desnuda y de pie por primera vez.
Estuve totalmente de acuerdo. Alice era espectacular. Su negro y gigantesco trasero era toda una tentación y sin poderlo evitar, me imaginé como sería hacer uso de él. Mas excitado de lo que nunca reconocería, vi como las dos mujeres se cogían de la mano y entraban corriendo en el agua.
La diferencia de tamaño era tal que Vicky parecía una niña al lado de la negraza. Quizás por eso no me extraño verla comportarse como una cría e iniciando las hostilidades, salpicara a su acompañante. Alice tardó en asimilar que era un juego al no comprender las risas de la sargento. Cuando lo hizo su rostro cambió y con una expresión infantil agarró a Vicky y alzándola sobre las olas la lanzó unos metros mas allá.
La facilidad pasmosa con la que impulsó a la rubia me hizo valorar su fuerza y por eso desee nunca tener que enfrentarme cuerpo a cuerpo con ella:
“Me haría añicos “, acepté reconociendo mi inferioridad.
Mary estaba tan impresionada como yo y mientras tomaba notas, me dijo:
-Aunque me había contado lo fuertes que eran, me sigue resultando ciencia ficción.
En la playa, la sargento mientras tanto se había sumergido apareciendo a la espalda de su alumna  y respondiendo al ataque se subió a caballo de la negra, diciendo:
-Demuestra que puedes conmigo y corre.
Os resultará ridículo pero al ver el cuerpo desnudo de Vicky pegado al de Alice me empecé a excitar y tratando que no se me notara, acerqué mi silla a la mesa. Al mirar de reojo a la psiquiatra, descubrí anonadado que no era el único que se había visto afectado por ese juego y que bajo su blusa, dos pequeños bultos dejaban de manifiesto su calentura.
“¿Será lesbiana?” me pregunté un tanto desilusionado porque ya me había hecho ilusiones con ella.
Como esa noche en teoría la verdad afloraría rechacé la idea y me concentré en la imagen de los monitores. En ella, las dos mujeres habían salido del agua y se habían tumbado a tomar los últimos rayos de sol de la tarde. Fue entonces, cuando Mary volviendo a la realidad, me dijo:
-Te has fijado, ¡Ha jugado!
Al escucharla comprendí el alcance de sus palabras ya que ninguno de los especímenes había actuado de esa forma. Envalentonado por el éxito, involuntariamente abracé a la doctora sin caer en que bajo mi pantalón mi pene seguía erecto. Ella al notar mi bulto, sonrió y acariciando mi trasero con una de sus manos, comentó satisfecha:
-Mi jefe está cachondo.
Avergonzado por mi idiotez, me separé de ella y cogiendo la puerta desaparecí sin rumbo definido hasta que una hora mas tarde, Alice me vino a buscar para avisarme que la cena estaba lista. De camino de vuelta a las instalaciones, la mujerona me preguntó:
-Doctor, ¿Me considera usted una mujer bonita?
La cuestión me cogió desprevenido y tras unos instantes le contesté que sí. Al escuchar mi respuesta, Alice insistió diciendo:
-¿Tanto como Vicky?
-Mucho más. La sargento Paulsen es guapa pero tú eres única.
Mis palabras la alegraron y demostrando quizás gratitud, mostró su incipiente femineidad diciendo:
-Usted también es un hombre muy atractivo.
Su evidente tonteo quedó patente cuando imitando a Vicky cogió mi mano y con ella agarrada, me llevó a través de la oscuridad. La veloz marcha entre matorrales me recordó que esa mujer había sido genéticamente mejorada y que sus ojos podían ver en esas condiciones pero aun así, le pedí que bajara su ritmo al temer tropezar.
Alice me obedeció al instante y tratando de evitar que diera un traspié, me agarró de la cintura. Ese gesto inocente provocó que mi cabeza quedara a la altura de sus pechos y con ellos a escasos centímetros de mi cara, me quedé petrificado al admirar su verdadera dimensión.
“¡Son enormes!”, extasiado medité.
Con ellos en mi mente, llegamos al comedor. Una vez allí y mientras oía que Mary ordenaba a la negra que se fuera a cambiar, nuevamente me asombró la vestimenta de la doctora y de la sargento. Ataviadas con sendos camisones, las dos mujeres parecían un anuncio de lencería.
Mi gesto de estupor  fue captado por la psiquiatra que llegando hasta mí, susurró en mi oído:
-Alice debe aprender a comportarse y sentirse como mujer.
Aun teniendo todo el sentido, no por lógico evitó que mis ojos quedaran prendados en el profundo canalillo que formaban sus dos tetas y recreando mi mirada en ese espectáculo, le pregunté si necesitaba ayuda. Su respuesta me dejó pasmado porque bajando la voz, me dijo:
-Nuestro hombre debe descansar mientras sus mujeres le miman- y recalcando su frase con hechos, me llevó hasta una silla donde sin esperar mi respuesta, me pidió que me sentara.
Todavía no había asimilado su tono cuando coincidiendo con la llegada de Alice, Vicky me acercó una copa y poniéndose detrás de mí, llevó sus manos a mis hombros y comenzó a darme un masaje. Nada en mi vida profesional me había preparado para semejante trato y bastante cortado, tuve que aguantar que la recién llegada me modelara el picardías que se había puesto diciendo:
-Doctor, ¿Le gusta?
Quizás aleccionada por la psiquiatra, la sargento murmuró:
-Dígale que está preciosa.
Recreándome en el piropo, alabé su belleza con determinación. Ella al escucharme, bajando su mirada, se sonrojó y aunque en teoría ese era un buen síntoma, temí viendo su timidez que al final la super soldado no sirviera para lo que se le había creado: la guerra.
Estaba tan absorto observando las largas piernas de Alice que no me percaté que Vicky había incrementado su masaje y que con descaro, recorría mi pecho con sus manos. Cuando sus yemas se apropiaron de mis pequeños pezones caí en ese cambio y girando mi cabeza, la miré alucinado. La rubia aprovechó mi desconcierto para dar un suave beso sobre mis labios, mientras me decía con picardía:
-Esta noche seré suya.
La seguridad que leí en sus ojos me excitó y llevando mis manos hasta sus piernas, las comencé a acariciar. La rígida sargento desapareció en cuanto notó mi caricia y se transmutó en una dulce jovencita que pegando un sonoro gemido, acercó su boca a mi oído diciendo;
-Es usted muy malo. Por favor, pare o no respondo.
Muerto de risa, me di la vuelta y dejé que mis manos subieran  por sus muslos hasta el inicio de su trasero, entonces y solo entonces, le pregunté que pasaría si no me detenía. La rubia se mordió los labios mientras me decía:
-Soy una chica  muy ardiente.
Explayándome en el magreo, agarré sus nalgas entre mis manos y las apreté con suavidad, disfrutando de la suavidad de esos cachetes. Vicky se derritió al sentir mis dedos e incapaz de contener su lujuria, soltó un profundo suspiro al decirme:
-Ahora tenemos que cenar pero esto no queda así. Esta noche me vengaré- y para que supiera de que hablaba metió una mano bajo tanga y sacándola totalmente impregnada de flujo, me la dio a probar diciendo:- Me has puesto brutísima.
El sabor de sexo enervó mis ánimos y llevando mi locura hasta el final, sumergí mi boca entre sus piernas. Cuando ya pensaba que esa rubia iba a ceder llegó la psiquiatra y soltando una carcajada, me separó diciendo:
-No le puedo dejar solo. Ya sabe que para eso está la cama.
El tono divertido de la morena me confirmó que no le molestaba que nos divirtiéramos un rato pero  también me recordó de esa sutil manera  el objeto de nuestra estancia en esa isla.
“Tiene razón”, admití y más cuando al mirar a Alice, me percaté de la expresión de asombro que tenía.
Como para ella todo era nuevo, no comprendió  esa demostración y con la ingenuidad de una cría, llevando a Mary  a una esquina le preguntó:
-¿Por qué la  transpiración de Vicky se ha incrementado cuando el doctor la tocó?
La morena sonrió y en voz baja le contestó:
-Le resulta muy agradable que un hombre la acaricie.
 Alice todavía no muy convencida, insistió:
-Y a mí, ¿También me va a gustar que me toque?
Dulcemente, Mary le susurró:
-Eso deberás descubrirlo por ti misma.
La determinación que leyó en sus ojos le confirmó que el experimento discurría tal y como había planeado. Alice involuntariamente había cedido a la curiosidad y tarde o temprano, buscaría confirmar su femineidad entre mis brazos.
Tras ese paréntesis, pasamos a cenar.  Aunque los platos que me pusieron estaban deliciosos, os tengo que confesar que no pude saborearlos porque mi mente, anticipando lo que iba a ocurrir esa noche, estaba ocupada en otros menesteres. Por eso, no os puedo narrar nada relevante al no acordarme ni siquiera de los temas que se hablaron durante esa media hora.
Debían ser sobre las diez y media cuando terminamos  y aprovechando que Alice y Vicky habían desaparecido en la cocina, Mary se acercó a mí diciendo:
-Alan, esta noche es muy importante. En nuestra alumna están aflorando sensaciones desconocidas por eso debemos ir con tiento y procurar no acelerarlas. Por eso le pido que al menos por hoy, te mantengas pasivo y dejes que nosotras llevemos la voz cantante.
-De acuerdo- contesté en absoluto molesto.
Si esa conversación ya de por sí era muy reveladora, más lo fue cuando guiñándome la morena me soltó:
-No te preocupes, ¡Tendrás tiempo de cansarte de tanto follarnos como putas!    
Os juro que mi verga rebotó como un resorte al oírla y aunque no deseaba parecer un cerdo salido, no pude dejar de comprobar la veracidad de su promesa acariciando suavemente uno de sus pechos. La reacción de sus pezones erizándose bajo la tela fue muestra suficiente de que esa mujer no tardaría en entregárseme y por eso, con mi corazón a mil por hora no me importó esperar a descubrir que es lo que me tenía preparado.
Ni en mis mejores sueños, anticipé que al volver la negra me cogiera de la mano y me llevara a la habitación y me empezara a quitar la ropa. Al preguntarle sus motivos, la super soldado solo pudo contestar:
-La doctora me ha pedido que le desnude. Quiere que conozca el cuerpo de un hombre yo sola.
Sintiéndome un hombre objeto, permití que la enorme mujer cumpliera sus órdenes y aunque en sus movimientos no descubrí nada sexual, eso no fue óbice para que al bajarme los calzoncillos, mi pene emergiera de golpe mostrando una dura erección.
Vi la sorpresa reflejada en su rostro pero rehaciéndose rápidamente, la cogió  entre sus manos y  me soltó:
-¡Que diferente es su órgano reproductor del mío!
Sometiendo a duras `penas mis ganas de eyacular, soporté su detallado examen durante unos minutos. El ansia  de conocer llevó a esa mujer a sopesar mi huevos, jalar de mi prepucio e incluso a oler mi sexo buscando diferencias.  Cuando ya sentía que no iba a poder aguantar más, Alice se sentó en la cama y preguntó:
-Doctor, ¿Explíqueme porque a las mujeres les gusta que usted las toque?
Asumiendo mi papel de instructor, me aposenté a su lado y le dije:
-Básicamente porque soy un hombre.
Entonces bajando su mirada dijo con tono inseguro:
-Me gustaría saber que se siente.
Sin saber a qué atenerme y ni cómo actuar, deseé que la psiquiatra me guiara pero viendo que estábamos solos solo me quedó decirle con dulzura:
-Túmbate en la cama y cierra los ojos.
La enorme y bella muchacha me obedeció acomodando su cuerpo sobre las sábanas. Al verla tensa, decidí comenzar a acariciar su cuello sin tocar ninguna de las partes conocidas como erógenas pero ante mi sorpresa nada mas sentir mis yemas sobre su piel  Alice pegó un sollozo antes de decirme:
-La doctora tenía razón.
Supe al instante que habiendo empezado no podía defraudarla y por eso, lentamente fui recorriendo su  cuerpo con mis dedos. La notable excitación de la mujer me dio los arrestos suficientes para acercarme a sus pechos, donde me recreé durante unos segundos antes de atreverme con las dos negras areolas que los decoraban. Ya convencido de su entrega, transité por los bordes de uno de sus pezones y viendo  que mi estimulación había obtenido sus frutos, acerqué boca y soplé un poco de aire sobre ese seductor botón.
-¿Qué me está haciendo?- preguntó confundida- Siento una extraña sensación en mi interior.
Con toda la dulzura del mundo, contesté:
-No pienses y disfruta.
Obedeciendo mi sugerencia, Alice volvió a cerrar sus ojos y esperó a que diera mi siguiente paso.  Fue entonces cuando sacando la lengua comencé a lamer su areola sacando los primeros gemidos de satisfacción de su garganta. Esa muestra me mostró el camino y repitiendo la misma maniobra sobre el otro pecho incrementé las emociones que nublaban su mente.
-Doctor. No se definir lo que siento pero noto mi sexo totalmente encharcado.
-Es normal- contesté y deseando que ella misma descubriera la función de su clítoris, llevé su mano hasta la entrepierna y señalándole ese singular pliegue, le pedí que se lo tocara.
-¿Para qué sirve?
-Te gustará- respondí reanudando mi ataque sobre sus monumentales tetas.
Acatando mis instrucciones la super soldado empezó a masajearlo y en cuanto notó el gustazo que ello le provocaba, siguió cada vez más rápido. El sonido de su respiración me anticipó su clímax y previéndolo llevé mis labios hasta los suyos y le di el primer beso de su vida. La entrada de mi lengua en su boca coincidió con su orgasmo y por eso su respuesta fue casi nula porque bastante tenía la pobre con asimilar el placer que recorría su cuerpo. Presa de un genuino orgasmo, Alice tembló con cada sacudida hasta que agotada se dejó caer sobre la almohada.
Sabiendo que esa lección era suficiente por esa noche, la dejé descansar y tumbándome a su lado, esperé que llegaran las otras dos mujeres. Comprendí que habían estado observando en cuanto las vi entrar. Mary llegaba con cara de alegría por el evidente éxito de su plan mientras la rubia hizo su entrada con signos de excitación.
Sin mediar ningún saludo, la doctora llegó hasta mí y me dijo al oído:
-Magnífico, ¡Has estado magnífico! Sabía que tendría las ternura suficiente para que ella diera ese paso- y quitándose el camisón, se quedó desnuda junto a mí.
Al disfrutar de la visión de sus pechos, se despertó mi lado malvado y llevando mi mano hasta su trasero y respondí: -Para magnífico, tu culo. No me importaría hacerlo mío.
La doctora meneando sus caderas dejó que lo magreara durante unos instantes y cuando ya creía que iba a dármelo, me soltó:
-Por ahora no me toca. Mi  función esta noche es resolver las dudas de Alice- tras lo cual se acomodó a la derecha de la muchacha.
Estaba tratando de asimilar sus palabras cuando Vicky llamó mi atención desde el otro lado y antes de que pudiese reaccionar ya me estaba besando. Impelida por un frenesí sin igual, se pegó a mí diciendo:
-No sabes que bruta me has puesto, doctorcito mío- y sin más prolegómeno, se encaramó sobre mi cuerpo buscando el contacto de mi pene.
La facilidad con la que se lo embutió hasta el fondo de su coño me informó de la veracidad de su afirmación y recordando que debía mantener un perfil pasivo, me mantuve quieto mientras la rubia empezaba a galopar usando mi verga como silla de montar.
Justo cuando los pechos de la sargento rebotaban al ritmo con el que se empalaba, escuché a la doctora decir:
-Observa como Vicky disfruta de nuestro hombre.
-Yo también quiero- contestó la negra al oírla.
Mary soltando una carcajada, respondió:
-Hoy es demasiado temprano pero pronto estarás preparada para que él te haga suya. Ahora aprende.
Si mi pene retozando en su interior ya era suficiente estímulo, la rubia al sentirse observada por las otras dos, berreó de gozo e incrementando el compás de sus caderas, buscó desbocada su liberación. La brutal excitación que le roía las entrañas provocó que adelantándose a mí, Vicky llegara al orgasmo sin que a mí me hubiera dado tiempo casi ni de empezar.
-Me corro- gimió mientras su sexo explotaba derramando por sus piernas la prueba líquida de su placer.
De no haberme comprometido a mantener un perfil bajo, os juro que hubiese dado la vuelta a esa militar y descargando mi frustración, le hubiera desflorado el ojete sin pedirle permiso. Pero no pudiendo cumplir esa fantasía tuve que aguantar que se bajara de mi pene mientras dirigiéndose a la negrita, le decía:
-Toda mujer debe adorar la virilidad de su macho y que mejor forma de hacerlo que con una mamada.
Traduciendo sus palabras en hechos, la sargento se deslizó por el enorme colchón y acercando su boca a mi miembro, lo cogió entre sus manos, diciendo:
-¿Quiere mi querido doctorcito que calme las ansias de su mástil? 
-Comételo, puta- rugí ya francamente insatisfecho.
-¡Que maleducado es tu dueño!- protestó la rubia dando un primer beso a mi glande.
La actitud de Vicky me estaba sacando de las casillas y por eso, presionando su cabeza, la obligué a introducírselo en la boca. La rubia no emitió queja alguna y como si fuera algo consustancial con su naturaleza, comenzó a mamar con un ímpetu impresionante. Descubrí que estaba siguiendo un guión preestablecido cuando llegaron a mis oídos las palabras de la doctora:
-Si algún día quieres sentirte mujer, debes entregarte a tu hombre y anteponer tu placer al suyo.  Fíjate en Vicky, sabe que el doctor es su dueño y por eso su mayor deseo es complacerle.
Inconscientemente, la super soldado deseaba participar en la felación y como no sabía si tenía permiso dejó que su mano bajara hasta su entrepierna y cogiendo el botón que le había enseñado, se comenzó a tocar. Mary no pudo más que sonreír al descubrirla y manteniéndose en un segundo plano, susurró en su oído:
-¿Sabes que el doctor también es mi dueño?
Esa revelación afianzó tanto su curiosidad como su calentura y ya sin importarle que alguien la descubriera, separó sus rodillas y masturbándose, preguntó:
-¿Usted cree que me aceptara a mí también?
-Claro, preciosa- respondió.
Ajeno a esa conversación, mi atención estaba concentrada en las maniobras de la sargento que usando su boca estaba ordeñando con una maestría sin igual mi miembro. El cúmulo de estímulos me hizo comprender que no tardaría en correrme y anticipándome a ello, avisé a Vicky de su cercanía. Mi advertencia lejos de medrarla, la animó y con nuevos ánimos, buscó mi placer.
Tal y como preví, mi pene explotó dentro de su boca. La sargento al notar las descargas de semen en su paladar, reclamó  para sí toda mi simiente y en plan golosa, la saboreó tragándosela mientras sonreía. Una vez confirmó que había extraído hasta la última gota, miró a la doctora diciendo:
-Está todavía más dulce que la muestra que me hizo probar.
Esa frase me mosqueó y dirigiéndome a la psiquiatra, exigí una explicación. La morena muerta de risa, me levantó de la cama y llevándome hasta el baño, me soltó:
-Alan, no te cabrees. Para que el experimento funcionara, nuestra ayudante debía ser una sumisa perfecta y por eso tras seleccionar a la sargento, arreglé unos pequeños desajustes en ella para que al llegar a aquí cumpliera a la perfección su papel.
Todavía más enfadado con su respuesta, le retorcí el brazo y haciéndole verdadero daño, exclamé:
-¡Le has lavado el cerebro!
La morena no emitió queja alguna por mucho que el dolor hiciera que unas lágrimas brotaran de sus ojos. Algo en ellos me determinó que eso no era todo y presionando su cuerpo contra la pared, le pregunté que me había hecho a mí:
-He reforzado tu faceta dominante – contestó y a modo de disculpa, prosiguió diciendo: – Piensa que para dominar a tres mujeres, era necesario un hombre muy especial y por eso tuve que retocarte.
Su confesión me dejó confuso y mientras trataba de descubrir algún cambió en mí, asimilé todo su contenido y bajándole las bragas, le pregunté:
-¿Por qué lo has hecho?
Excitada, me confesó:
-Siempre he sabido que era una sumisa y en cuanto supe de este proyecto, vi en él la solución a todos mis males.
Todavía enojado llevé mi mano hasta su sexo. Al hacerlo descubrí que la muy puta lo tenía encharcado e usando esa información  pellizqué uno de sus pezones antes de preguntar:
-Dime, ¿Qué es lo siguiente que tienes planeado con Alice?
Derritiéndose con la ruda caricia, la psiquiatra me explicó que no convenía hacer nada más esa noche para que al despertar, ella misma se atase a mí empalándose con mi miembro.
-Me parece bien- respondí –pero tenemos un problema, sigo con mi pene erecto.
La morena al percatarse de  mis intenciones, se apoyó en el lavado diciendo:
-Soy toda suya.

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