De super soldado a puta sin remedio 2

Esa mañana me desperté al sentir la luz del sol en mis ojos. La sensación de poder con la que me había acostado se magnificó al comprobar que no era un sueño y que en ese momento estaba compartiendo la cama con tres mujeres desnudas.
Haciendo un recuento de los dos últimos meses, recordé que tras una serie de fracasos en conseguir  el super soldado definitivo, tuve que pedir ayuda a Mary Doe, una psiquiatra de prestigio mundial. Ella al analizar nuestro problema, creyó encontrar nuestro error en haber suprimido todo tipo de sexualidad en los especímenes de laboratorio y por eso cuando alcanzaban la madurez, nuestros sujetos irremediablemente se suicidaban.
Entre esa morena y yo elegimos a uno que estaba a punto de salir de la cápsula criogénica y le dotamos de sexo. Debido a su insistencia, la sujeto de estudio  a la que llamamos Alice fue dotada de grandes pechos y una melena rizada acorde con su raza negra y junto con una sargento, nos desplazamos a una isla preparada especialmente para el experimento. Una vez allí, Vicky iba sería su instructora en el ámbito marcial mientras Mary y yo  nos debíamos ocupar del psicológico.  
Os juro que no comprendí la trampa que esa zorra de psiquiatra me había tendido hasta que después de cenar, me reveló parte de su plan al decirme que mi principal función sería el hacer que la super soldado descubriera su sexualidad junto con ellas dos y como no había mejor enseñanza que el ejemplo, indujo a la negrita a que me acompañara al cuarto y ahí me desnudara.
Como me había aleccionado que debía ir paso a paso, cuando Alice me rogó que la acariciara, me limité a ello aunque todo mi cuerpo me pedía el desflorarla. Aun así conseguí que se corriera y cuando yo ya no sabía que hacer con mi pene, llegaron las otras dos mujeres a la cama. Fue entonces cuando Vicky siguiendo las instrucciones de su jefa, me poseyó mientras Mary y la negrita miraban.
Para desgracia de la Psiquiatra, un comentario inocente de esa militar me hizo caer del guindo y llevándola hasta el baño, sonsaqué a esa mujer la totalidad de su plan. Así descubrí que esa cabrona había manipulado psicológicamente a todos, de forma que reafirmó mi tendencia dominante mientras a las otras dos mujeres les había retocado el cerebro para hacer de ellas una sumisas perfectas.  
Al preguntarle sus motivos, Mary confesó que ella misma había sido siempre una sumisa de libro y que al explicarle el experimento, había visto en él la solución a sus problemas para conseguir una pareja que supiera como tratarla.
¡Y vaya si supe cómo tratarla! Cabreado hasta la medula, la obligué a hacerme dos mamadas seguidas aunque ella me pedía que usara sus otros dos agujeros. Pero por mucho que me rogó y usando el mismo poder que ella me había otorgado, le prohibí que se corriera dejándola insatisfecha y caliente  como una mona.
Recuerdo que antes de dormir, casi llorando preguntó:
-¿No me vas a follar?
Muerto de risa, contesté:
-Todavía no te lo has ganado.
El ruido de la negrita desperezándose sobre las sábanas me devolvió a la realidad y al girarme descubrí que Alice me estaba mirando. La luz entrando por la ventana la hacía parecer tiernamente indefensa y aunque sabía que esa mujer sería capaz de destrozarme en una pelea, algo en ella me llamó a protegerla.
-Ven aquí.

 

La enorme muchacha sonrió con una dulzura apabullante y acercándose a mí, posó su cara sobre mi pecho mientras me decía:
-Doctor McArthur, ¡Tengo miedo!
Sus palabras me sorprendieron porque no en vano Alice era un prototipo de super soldado, creyendo que nuevamente el experimento iba a ser un desastre acaricié  su melena preguntando:
-¿Qué te ocurre? ¿De qué tienes miedo?
Levantado su mirada, contestó:
-Sé que no soy humana y que he sido “fabricada”.
Entendí la raíz de sus temores y por eso, acercando mis labios a los suyos, la besé y respondí:
-No solo eres humana sino una humana preciosa.
Mi gesto fue más efectivo que mis palabras y luciendo una breve sonrisa, insistió:
-Entonces ¿Por qué no se interpretar lo que siento por tí? Desde el momento que te vi, supe que eras mi superior jerárquico pero también que mi vida estaba irremediablemente unida a tu persona.
Intrigado, le pregunté:
-¿Qué es lo que notas cuando estás conmigo?
Reanudando su llanto, contestó:
-Aunque nací de una máquina, en tus brazos sueño que soy tu hija pero a la vez quiero ser tu mujer y disfrutar de tus caricias. Te parecerá raro pero anoche cuando la doctora me explicó que tanto ella como la sargento eran de tu propiedad, me excité pensando que  mi destino era el ser tu esclava.
Sus palabras me recordaron que a nivel afectivo esa musculosa mujer era una niña y por eso midiendo la situación, le respondí:
-Fíjate que a mí me pasa lo mismo. Te quiero como  si fueras mi cría pero también te reconozco que me siento atraído por la idea de hacerte mujer.
Mi respuesta le dio el valor suficiente para decirme con un tono tan duro que hizo que todos los vellos de mi cuerpo se erizaran:
-Mataría por ti.
Y sin darme tiempo a asimilar sus palabras, comenzó a acariciar mi piel con sus dedos. Mi pene reaccionó al instante irguiéndose con una brutal erección. Alice al percatarse de ello, sonrió e imitando lo que había visto hacer a la sargento, sensualmente fue deslizándose por mi cuerpo en dirección a mi entrepierna.
La urgencia que demostró al apoderarse de mi miembro me hizo pegar un grito que despertó a la Psiquiatra. Mary al adivinar lo que ocurría acudió en su auxilio diciendo:
-Deja que te enseñe. Imita todo lo que haga.
Tras lo cual, acercando su boca a mi verga, sacó su lengua y se puso a lamer delicadamente mis huevos. La negrita aceptado sus enseñanzas unió se unió a la morena de forma que entre las dos no tardaron en embadurnar tanto mis testículos como mi erecta extensión.
Viendo que sus maniobras habían conseguido su objetivo, Mary le susurró al oído:
-Hermanita, piensa que es un caramelo que vamos a compartir- y llevando la boca  hasta mi glande, lo empezó a besar con verdadero fervor mientras Alice la imitaba. 
Cómo os podréis imaginar, mi excitación era máxima y por eso no puse ningún impedimento cuando la Psiquiatra separando sus labios se introdujo brevemente mi pene en su interior para acto seguido decirle a la negrita:
-Ahora tú.
La muchacha con una mezcla de deseo y de terror, cogió mi verga entre sus manos y abriendo sus labios se la fue introduciendo lentamente. El modo tan pausado en que lo hizo, me permitió experimentar la tersura de los carnosos ribetes de su boca sobre cada centímetro de mi piel.

 

-¡Dios! ¡Qué gozada!- exclamé en voz alta al disfrutar del tratamiento.
Mi gemido la convenció e incrementando la velocidad de su mamada comenzó a meter y a sacar mi falo de su boca mientras Mary intentaba conseguir su parte ocupándose nuevamente de mis huevos.  La inexperiencia de Alice se vio compensada por su ardor y por ello comprendí que estaba a punto de explotar. Al avisarle de la inmediatez de mi eyaculación, la negrita me preguntó si la permitía tragársela.
-No solo te doy permiso sino que te lo exijo- respondí fuera de mí y tratándola por primera vez como si fuera una de mis sumisas.
La inflexión dominante de mis palabras lejos de cortarla la azuzó y olvidando toda cordura buscó mi placer con mayor intensidad.  La Psiquiatra disfrutando anticipadamente del triunfo despertó a Vicky para que la sargento fuera también testigo de la mamada de la muchacha y por eso cuando derramé mi simiente dentro de la negrita eran cuatro los ojos los que nos observaban con envidia.
Alice al  saborear mi semen creyó que estaba en el cielo y comportándose como una acolita en poder de su señor, con un fervor casi religioso se ocupó  que ninguna gota se desperdiciara y de esa forma prolongó mi éxtasis hasta límites insospechados. Usando su lengua a modo de cuchara recorrió mi pene recolectando cualquier resto que se le hubiese escapado y cuando comprendió que había dejado mi verga inmaculada, sonrió y me preguntó:
-¿Lo he hecho bien?
-Maravillosamente- respondí y mirando a las dos putas que tenía a mi lado, les solté: -¿No creéis que se merece un premio?
La sargento fue la primera en comprender mis deseos y lanzándose sobre la musculosa negrita, la comenzó a besar mientras con sus manos recorría su cuerpo. La pobre chavala no supo cómo reaccionar y pidiéndome con los ojos que le dijera qué hacer, se mantuvo quieta. Viendo su indecisión, la besé diciendo:
-Disfruta de tu premio mientras me ducho. Mary y Vicky  te van a devolver parte del placer que me has dado.
Al observar que psiquiatra estaba remisa a acostarse con una mujer, decidí antes de castigarle  avisarle de las consecuencias de no obedecer y acercándome hasta ella, cuchicheé en su oreja:
-¡Mueve el culo! O tendré que decirle a Alice que use tu trasero  como tambor.
La perspectiva de ser azotada por alguien tan fuerte como la super soldado la convenció y por eso muerto de risa observé que venciendo sus reparos hundía su cara entre las piernas de la negrita. Convencido de que durante mi ausencia, ese par conseguirían al menos sacar del interior de la cría un par de orgasmos, me metí tranquilamente a duchar…
La psiquiatra me presenta sus dudas.
Al salir del baño me encontré con que las tres mujeres habían desaparecido del cuarto. Suponiendo que debían haber acudido a cumplir sus obligaciones, me vestí y fui a la cocina a desayunar. Una vez allí, Vicky y Alice con uniforme militar me dieron de desayunar, la ausencia de Mary me resultó significativa y no queriendo hurgar en la herida, me abstuve de preguntar por ella.
“Debe estar cabreada” pensé descojonado importándome una mierda sus sentimientos.
En cambio, las otras dos mujeres estaban alegres y colmándome de cariño, me dieron conversación  y solo cuando hube acabado, se fueron a ejercitar. Nuevamente solo, me serví un café y con la taza en la mano, me dirigí a la oficina donde teníamos las cámaras para controlar la evolución de Alice. Al llegar, me topé con una imagen de lo mas insolita.
Lo creáis o no, la psiquiatra se había vestido con una ropa que bien podría formar parte de un disfraz de colegiala. Camisa y calcetines blancos haciendo conjunto con una pequeña minifalda de cuadros. Sin entrar en la habitación me tomé un minuto para dar un buen repaso a esa zorra sin que ella me viera.
“¡Está buena la cabrona!”, sentencié después de fijarme en el culo duro que se dejaba entrever a través de sus braguitas de encaje.
Sin saber a ciencia cierta los motivos que habían llevado a esa mujer a adoptar esa apariencia, tampoco me preocupó porque seguro que no tardaría en conocerlos. Por eso, cruzando la puerta, la saludé con un inexpresivo “buenos días”.
Mary se sorprendió y levantándose de su silla, vino hacía mí gritando:
-Alan, tenemos que hablar. Creo que has cometido un error mayúsculo con Alice. ¡No debías haberla forzado a mantener una relación lésbica!.
Cabreado por su tono, recordé sus inclinaciones sumisas y abusando de mi fuerza, la inmovilicé contra la mesa. Su rebelión duro muy poco, el tiempo justo que tardé en bajarle las bragas y pegarle un sonoro azote en una de sus nalgas con mi mano abierta, mientras le decía:
-Para empezar me debes respeto y  no te permito que me chilles.
El estupor que sintió con ese tratamiento  la dejó paralizada y aprovechándome de ello, le solté un segundo diciendo:
-Pero además estás equivocada. Alice no tiene los prejuicios y tabúes nuestros, para ella, las caricias de otra mujer no tienen el significado que tiene para ti- y recalcando mis palabras con un tercero, le solté: – ¿No será tú acaso la que no estaba preparada?
Con ambos cachetes colorados, la psiquiatra intentó pensar en una forma con la que rebatir mi planteamiento y al no encontrarla, solo le quedó quejarse de  mi rudeza diciendo:
-Amo, ¿Cada vez que le lleve la contraria en el ámbito profesional  me va a castigar?
Sabiendo que tenía razón  pero cómo no podía dar mi brazo a torcer, le solté el último diciendo:

 

-La culpa es tuya por venir vestida como una zorrita. ¿No esperaras que me quede indiferente ante un culo divino?
El piropo que escondían mis palabras curiosamente le agradó y luciendo una sonrisa buscó meneando su trasero el contacto con mi entrepierna mientras me respondía con picardía:
-Me alegro que le guste pero entonces ¿Por qué no lo ha usado?
Muerto de risa por el cambio experimentado por la mujer, recorrí sus nalgas con mis dedos. Mary al sentir esa caricia gimió de gusto y apoyando su pecho contra la mesa, me rogó que la tomara.  Recochineándome de su entrega, pasé una de mis yemas por su sexo y  lo hallé totalmente empapado.
-Mi putita está cachonda- susurré en su oído.
La calentura de la morena quedó todavía más patente cuando comenzó a frotarse contra mi pene diciendo:
-¡Llevo bruta desde que le conozco!
La certeza de su entrega consiguió que me olvidara de sus afrentas y  ya contagiado de su lujuria, sin más prolegómeno, la ensarté violentamente. La psiquiatra chilló al experimentar quizás por primera vez que era tomada por alguien al que ella consideraba su dueño y facilitando mis maniobras, movió sus caderas mientras gemía de placer.  Tumbada sobre la mesa se dejó follar sin dejar de gemir de placer.
La humedad que inundaba su sexo, permitió que mi pene  se adueñara de ese estrecho conducto libremente mientras ella se derretía a base de pollazos. Berreando como si la estuviese degollando, se corrió cuando yo apenas acababa de empezar y desde ahí, encadenó un orgasmo tras otro mientras me exigía que siguiera follándola.
La facilidad con la que alcanzaba los continuos clímax me revelaron que me enfrentaba a una mujer multiorgásmica y cogiendo sus pechos entre mis manos, forcé el ritmo de mis embestidas  sobre su encharcado coño.
-¡Me encanta!- aulló al sentir el rio de flujo que corría por sus piernas y recalcando sus deseos, me gritó:
-¡Fóllame a lo bestia!
Acuciado por mi propia necesidad, la seguí penetrando con más intensidad hasta que ya con sus defensas asoladas, se desplomó mientras su cuerpo convulsionaba de gozo. La sensación de poder que me dio el sentirla totalmente entregada a mí fue la gota que colmó el vaso de mi lujuria y dejándome llevar y derramé  mi simiente en su interior con brutales explosiones de placer. Agotado y satisfecho, me senté en la silla y mientras descansaba, me fijé que Mary permanecía en la misma posición sonriendo con los ojos cerrados.
La dicha que manaba de su rostro ratificó que no mintió cuando me confesó que todo lo había orquestado para convertirse en mi puta, por eso dejé que descansara durante unos minutos antes de preguntarle qué pasos había que dar para completar la educación sexual de Alice, la super soldado. La pregunta le hizo gracia y con celeridad, contestó:
-Esa mujercita lo único que necesita es que ¡Te la folles de una puta vez!…
La negrita me confiesa su pecado.
El resto de la mañana fue meramente burocrática. Frente al ordenador íbamos tomando datos de la evolución de Alice en las pruebas físicas donde uno tras otro iban cayendo los records de pasados experimentos. Sus registros tanto en carrera como en tiro harían palidecer de vergüenza al mejor de los “marines”. Rápida, efectiva y letal, la muchacha iba camino de convertirse en la super soldado que los mandos del ejército deseaban, sin mostrar hasta el momento ningún  signo del desorden mental que había llevado al suicidio a todos sus predecesores.
Encantado con su progreso, me atreví a preguntar a la psiquiatra como lo veía ella.  Adoptando una postura más rígida de lo normal, respondió:
-Alan, tengo mis dudas. Aunque todo parece ir normal, fíjate en la expresión de su cara cuando mira a la sargento. Parece estar mas preocupada del movimiento de su culo que de las dianas que le va poniendo en su camino.
“Tiene razón”, tuve que reconocer tras observarla, “tiene tanta seguridad en su pericia que se aburre y dedica su tiempo a comerse con los ojos a la rubia”.
La confirmación de que su mente no estaba centrada en el ejercicio llegó del modo mas irrebatible cuando al terminar la negrita se acercó a Vicky, diciendo:
-Sargento, ¿Qué tal lo he hecho?
Revisando sus datos, la militar le respondió:
-Francamente, eres impresionante. ¡Nunca en mi vida había visto unos registros como los tuyos!
Fue entonces cuando sin previo aviso, la negrita agarró de la cintura a su superiora y pegando su cuerpo al suyo, le soltó:
-¡Quiero mi premio!

 

Tras lo cual, forzó los labios de la sargento mientras con sus manos rasgaba su camisa dejando los pechos de la indefensa mujer al aire. Con una inexplicable violencia, levantó a su víctima entre volandas y tumbándola en el suelo, se tiró encima, inmovilizándola. Os juro que me quedé petrificado viendo cómo acercando su boca a los pezones de Vicky, se ponía a mamar de ellos obviando sus protestas.
-¿Qué hacemos?- pregunté horrorizado a la psiquiatra mientras éramos testigos de esa violación.
Mary con tono frio y sin dejar de mirar la pantalla, me contestó:
-Nada. Alice está tomando su lugar. Se sabe más fuerte y lo único que está haciendo es comportarse como la cazadora que es. Ha visto una presa y la está cazando.
Mientras hablábamos, la negra había terminado de desnudar a la rubia y con una genuina determinación, se había apoderado del sexo de su víctima con la boca. Al catar por primera vez  un coño, su actitud cambió y dejando de lado toda brutalidad, se dedicó a saborear con ternura el flujo de la chavala. Vicky al notar esa transformación se relajó y permitió que la negrita experimentara con ella el placer lésbico.
Convidado de piedra e incapaz de interactuar con la escena que estaba viendo a través de la pantalla, me tranquilizó comprobar que ya no la estaba forzando y por ello, me senté a vigilar cómo se iba desarrollando.
-¡Lo ves!- recalcó Mary señalando a la super soldado: – Un cazador no se ensaña con su presa. Una vez la ha conseguido, se dedica a satisfacer sus necesidades.
Aceptando sus palabras pero temiendo en cierta manera que algún día fuera yo la víctima de esa musculosa mujer, ya sosegado y con espíritu crítico, me quedé observando el modo en que Alice se hacía con la otra militar.
Azuzada por la lujuria, la negra le separó las piernas y contempló el coño de su inesperada amante con interés antes de usar sus dedos para separar los pliegues rosados de Vicky.  Admirando la belleza del sexo de su sargento, la soldado comenzó a lamer con delicadeza el ya erecto botón de la mujer mientras esta cerraba los ojos disfrutando ya del momento.
Os reconozco que disfruté viendo  que Vicky no le hacía ascos al tratamiento del que estaba siendo objeto y gimiendo como posesa, uso sus manos para presionar la cabeza de Alice contra su coño. La confirmación que  esa chavala estaba gozando me llegó al escuchar los gritos de placer que surgieron de su garganta mientras su teórica alumna se recreaba metiendo y sacando su lengua del interior de su cueva.
-¡Me corro!- chilló a los cuatro vientos descompuesta por las sensaciones que estaban asolando su cuerpo.
Alice, sorprendida por la profundidad del orgasmo de esa chavala, intentó secar el torrente en el que se había convertido la cueva de la rubia  pero cuanto más intentaba absorber el delicioso flujo, mas placer ocasionaba a su amante que completamente desbordada no dejaba de gritar de placer.
La visión de esas dos mujeres disfrutando me terminó de excitar y si no llega a ser por mi convencimiento de la necesidad de ahorrar fuerzas para mi encuentro con la negrita, me hubiera desahogado con Mary. Al girarme y observar a la psiquiatra, me percaté que ella también se había visto afectada por la escena y sin la responsabilidad de tener que cumplir, se estaba masturbando sin parar.
“¡Joder!”, exclamé mentalmente al verla y sabiendo que si seguía en esa habitación, iba a terminar tirándomela, decidí salir y darme un chapuzón en la piscina que calmara mis ánimos.
Era tanta mi calentura que ni siquiera fui a ponerme un traje de baño y despojándome de mi ropa, me tiré al agua enteramente desnudo. Con la imagen de Alice en mi retina, comencé a hacer largos en un vano intento de ocultar ese recuerdo en el rincón mas alejado de mi mente. Durante media hora,  nadé sin descanso hasta que ya cansado decidí salir de la piscina.
Lo que no me esperaba fue que, al subir por la escalera, toparme de frente con  Alice. La mujer, trayendo una toalla entre sus manos, esperaba al borde para secarme. Conociendo que mentalmente estaba condicionada a servirme, me pareció natural que esa musculosa negrita estuviera allí aguardando mi salida y haciendo como si no supiera nada de lo ocurrido, cordialmente le pregunté cómo le había ido en el entrenamiento.
Mi sorpresa fue que sentándose en una tumbona, la chavala se echara a llorar desconsoladamente. Impactado por sus lágrimas, me acomodé a su lado y pasando mi brazo por sus hombros, la abracé diciendo:
-Cuéntame qué te ocurre.

 

Berreando con la respiración entrecortada por el dolor que sentía, Alice posó su cara contra mi pecho mientras me decía:
-Doctor McArthur, me he comportado mal con Vicky.
Conociendo a lo que se refería, insistí en que me contara lo que había pasado porque necesitaba saber qué es lo que le había inducido a forzar de ese modo a la otra militar. La muchacha, reconfortada por mi tono, se calmó e incapaz de mirarme me empezó a explicar su desconsuelo diciendo:
-¿Recuerda que usted me enseñó lo que se sentía cuando una mujer era acariciada por un hombre?
-Sí- respondí escuetamente
– Y ¿Recuerda que en su presencia también experimenté lo que qué se sentía cuando una mujer era tocada por otra?
-Claro- contesté- fui yo quien lo provocó. No en vano fui yo quien les ordenó a Vicky y a Mary que te dieran placer mientras me duchaba.
Reanudando su llanto, Alice se desmoronó al confesarme:
-Esta mañana después del ejercicio, quise ser yo quien tocara y no la tocada.
-¿Qué has hecho?
Con la vergüenza reflejada en su rostro, la negrita ratificó lo que había sido testigo diciendo:
-Sé que estuvo mal pero algo en mí me obligó a coger a la sargento y a obligarla a tener sexo conmigo.
-Comprendo- respondí y mientras acariciaba su rizada melena, la reprendí diciendo: -El sexo es bueno pero siempre que sea consensuado. Debes aprender a reprimir tus emociones o al menos preguntar antes de actuar. Estoy seguro que a Vicky no le hubiera importado acostarse contigo si se lo hubieras pedido.
-Lo sé- llorando contestó- le juro que no volverá a ocurrir pero en ese momento, recordé el modo en que usted tomó a la sargento y sentí envidia de ella. Ahora me arrepiento pero por algún motivo que no alcanzo a entender, quise castigarla.

 

Fue entonces cuando caí en la cuenta que en su mente infantil veía a las otras dos mujeres como competencia más que como compañeras y recordando mi papel de instructor y dueño, susurré en su oído:
-¿Sabes que tengo el deber de reprenderte?
-Sí, doctor y a eso he venido- contestó sin mirarme a los ojos.
Asumiendo que en la programación de su cerebro, era además su dueño, la separé de mí diciendo:
-Desnúdate, ¡No puedo admitir tu comportamiento!
Obedeciendo mi orden, Alice se puso de pie y en silencio, empezó a desabrochar los botones de su camisa con decisión. Aunque su intención no fue la de calentarme, os tengo que confesar que al ver aparecer sus negros melones me puse como una moto y disfrutando ya de ese nada erótico striptease, no perdí ojo de cómo iban cayendo sus ropas al suelo. Al quitarse el pantalón de campaña, descubrí que bajo esa dura prenda militar, la chavala llevaba un coqueto tanga blanco que le dotaba de una femineidad indiscutible.
-Date la vuelta, ¡Quiero verte el trasero!
Mi orden tuvo un efecto no previsto en la negrita e involuntariamente sus pezones se pusieron duros. Satisfecho, vi cómo se giraba y con su trasero en pompa lo puso a mi disposición. Las musculosas nalgas de esa mujer eran un objeto de deseo que no pude ni quise dejar de acariciar y llevando mis dedos a su piel, comencé a masajearla mientras su dueña comenzada a respirar con mayor dificultad.
-¡Tienes un culo precioso!- le solté al reparar que tenía todos sus vellos erizados.
La cría me miró agradecida pero no dijo nada. Su completa sumisión me permitió obligarla a apoyarse en una de las mesas de la piscina y entonces sin avisar le aticé un sonoro azote en uno de sus cachetes. La sorpresa le hizo gemir pero sin moverse de la posición que había adoptado, esperó que siguiera con el castigo.
“¡Qué curioso!”, pensé al saber que esa mujer que podría hacerme papilla con suma facilidad, deseaba recibir mi reprimenda con auténtica ansia.
La siguiente serie de tundas sobre su duro pandero la soportó sin emitir queja alguna y solo cuando hice un breve descanso para examinar los efectos sobre su piel, se permitió emitir un suspiro al sentir que separaba con mis manos sus adoloridas nalgas. No me constó deducir que ese sonido era en gran parte una muestra de deseo y por eso mientras reanudaba con una mano el castigo, me permití usar la otra para examinar su coño.

 

-¡Estas empapada!- exclamé al descubrir que estaba totalmente encharcado y recreándome en ese descubrimiento, me apoderé de su clítoris con dos de mis dedos.
La serenidad de la negrita desapareció al sentir el doble tratamiento. La mezcla de dolor y placer asoló su cordura y sin ser realmente responsable de sus actos, me rogó que siguiera.
-A mi zorrita le gusta cómo su amo le trata, ¿Verdad?.
-¡¡Sí!!- replicó con un deseo que no me pasó inadvertido.
Os prometo que si no llego a recordar que la psiquiatra me había avisado que esa niña debía recibir las novedades una a una, hubiese aprovechado para desvirgarla en ese momento. Sabiendo por tanto que no debía mezclar el castigo con  la pérdida de su  virginidad, proseguí azotándola y masturbándola hasta que ya totalmente agotada y después de una serie de profundos orgasmos, perdió el equilibrio y cayó al suelo.
Sin ayudarla, llamé a las otras dos mujeres. Ambas debían estar observando porque en pocos segundos llegaron a mi lado. Asumiendo que era cierto, les solté:
– ¡Seréis putas! La próxima vez que os pillé espiándome, le diré a Alice que os castigue- la cara de estupefacción de ellas me confirmó su  acción y dando por sentado que ese aviso era suficiente, ordené: -Llevad a Alice adentro y ponedle crema en su pandero.
Reaccionando como psiquiatra, Mary se acercó a mí y me dijo:
-Alan, tienes que aprovechar que está débil para hacerla mujer- y con una sonrisa en sus labios, me preguntó: -¿Te parece bien que Vicky y yo te la preparemos?
Soltando una carcajada, acepté de buen grado la sugerencia y queriendo saber mi exacta función, le pedí que me sugiriera cómo comportarme. La morena guiñándome un ojo, respondió:
-Vete a tu cuarto y espéranos allí. ¡Te sorprenderás cuando la veas!- y recalcando sus palabras, me soltó: -la mujer que llegará a tu cama, no será una soldado sino una niña necesitada de cariño.
Tras lo cual entre las dos se llevaron a la adolorida mujer, dejándome solo en el exterior de la casa….
Por fin, Alice culmina su evolución.
Camino hacia mi cuarto, analicé las palabras de la doctora y vislumbré que debía comportarme como un amante dulce y cariñoso cuando ese par llevaran a Alice hasta mi cama.
-La vieja táctica del palo y la zanahoria- mascullé entre dientes- tras el castigo viene el premio.
Dando por sentado las razones psicológicas por las que Mary esperaba que al sentir ternura por mi parte después del duro trato al que la había  sometido, la negrita diera por terminada la primera fase de su educación, me metí a duchar para quitarme el cloro de la piscina. Bajo el chorro y mientras daba vueltas a esa situación, comprendí que a mí también me apetecía ser cariñoso y por eso tras secarme, esperé pacientemente que llegaran las tres mujeres.
Mi espera se prolongó durante casi media hora, pero no me importó al ver el resultado ya que me costó reconocer a la musculosa negrita en la tímida jovencita que entró por mi puerta.  Con su pelo recogido y vestida con un camisón rosa anudado hasta el cuello, Alice parecía no hacer cumplido los dieciocho.
“¡Que belleza!”, exclamé mentalmente al comprobar el cambio experimentado.
-¿Puedo pasar?- preguntó cortada y sin conocer realmente que se esperaba de ella.
El tono inseguro de esa negrita  ratificó que no era más que una niña inexperta deseando convertirse en mujer y por eso la llamé a mi lado diciendo:
-Ven preciosa.
Confundida por mi piropo después del modo que la había tratado se acercó a mí, con paso incierto. La sensualidad que manaba de sus poros y que era patente a través de esa tela transparente me hizo desear todavía más ser el primero en desflorar a esa cría. Reteniendo mis ganas de saltar sobre ella, le pedí que se sentara en la cama.
Alice, incapaz de mirarme a los ojos, se acomodó a mi lado casi temblando. Su nerviosismo quedó patente cuando le dije mientras mordía su oreja dulcemente que era guapísima.
-¿De verdad?- preguntó mordiéndose los labios.
-Sí, eres maravillosa.
Al escuchar mi lisonja, dos pequeños bultos bajo la tela la traicionaron haciéndome saber que con mi sola presencia esa cría se estaba excitando. No queriendo asustarla pasé mi mano por uno de sus pechos a la vez que acercaba mis labios a los suyos. La ternura con la que me apoderé de su boca disminuyó sus dudas y pegando su cuerpo contra el mío, susurró en mi oído:
-Quiero que me haga mujer.
Aunque ella me lo pidió, la vi temblar al ir deslizando los tirantes de su camisón. Uno tras otro aparecieron ante mí sus dos impresionantes pechos y con premeditada lentitud, llevé una de mis yemas hasta su pezón, diciendo:
-Tranquila, si no quieres lo dejamos.
Aterrorizada al pensar que no iba a ser mía, se desnudó por y se sentó sobre mis rodillas mientras me volvía a besar.   Su extraña belleza, ese cuerpo modelado por el ejercicio y  su dulce pero triste sonrisa, hicieron que mi pene  se alzara presionando el interior su entrepierna.
Esa presión no despejó sus miedos y sabiendo que quería formar parte de mi vida, esa mujer decidió que haría su mayor esfuerzo en complacerme para que de esa noche no pasase que fuera mía. Por mi parte, traté de ser todo lo delicado posible y poniendo mis manos en ese duro trasero, la tumbé junto a mí. Ya  con ella en esa posición, me esmeré en acariciar su cuerpo, tocando cada una de sus teclas, cada uno de sus puntos eróticos hasta que conseguí derretirla y ya sumida en la pasión, esa negrita me rogara nuevamente que la desvirgara. Tanteando el terreno, me di la vuelta y me coloqué sobre ella.
Sus ojos llenos de miedo entraban en franca contraposición con su sexo que presionando contra mi entrepierna pedía que guerra.  Mirándola a la cara, pedí con mis ojos el permiso para continuar.
-¡Por favor!- lo necesito.
Sus dudas me hicieron incrementar la lentitud y suavidad de mis caricias. Con la necesidad de no decepcionarla, la besé en el cuello mientras acariciaba sus pantorrillas rumbo a su sexo. El cuerpo de Alice tembló al sentir mi lengua bajando hasta sus pechos, muestra clara que se estaba excitando por lo que tiernamente me dispuse a retirar el tanga de encaje rosa que cubría su entrepierna.
Con el deseo brillando en sus ojos, la negrita me permitió retirar esa prenda y bajando por su cuerpo, asalté  ese último reducto con mi lengua. Nada más tocar con la punta su clítoris, Alice sintió que su cuerpo colapsaba y se corrió. No contento con ese éxito inicial, proseguí con mi lengua recorriendo los pliegues de su sexo hasta que incapaz de contenerse forzó el contacto de mi boca presionando sobre mi cabeza con sus manos.
Para entonces, el sabor juvenil de su coño ya impregnaba mis papilas, reafirmando mi erección y olvidando que debía ser suave, llevé una de mis manos hasta su pecho pellizcándolo. La ruda caricia prolongó su éxtasis y gritando de placer, Alice busco mi pene con sus manos. Sabiendo que estaba dispuesta, acerqué mi glande a su excitado orificio. La negrita, moviendo sus caderas, me pidió que la tomara. Decidido a que esa noche fuera inolvidable para ella, me entretuve rozando la cabeza de mi pene en su entrada, sin meterla.
-¡Fóllame!- rugió pellizcándose los pezones.
Al verla tan entregada, decidí que era el momento y forzando su himen, fui introduciendo mi extensión en su interior. Alice gritó por su virginidad perdida pero, reponiéndose rápidamente, violentó mi penetración con un movimiento de sus caderas y sin que yo hiciera nada más, volvió a correrse.
La humedad que anegaba  su cueva, facilitó mis maniobras y casi sin oposición la cabeza de mi sexo chocó contra la pared de su vagina, rellenándola por completo. Todas las células de mi cuerpo me pedían que acelerara la cadencia de mis movimientos pero mi mente me lo prohibió y por eso durante unos minutos seguí machacando con suavidad su conducto. La lentitud de mis penetraciones llevaron a un estado de locura a esa negrita que olvidando que yo era su dueño, clavó sus uñas en mi trasero mientras me exigía que incrementara el ritmo. 
-Me corro- chilló ya descompuesta.
Deseando que mi clímax coincidiera con su orgasmo, agarrándola de los hombros, llevé al máximo la velocidad de mis embestidas.
-Más fuerte- gritó con su respiración entrecortada.
Obedeciendo de cierta manera,  llevé mis manos a sus tetas y estrujándolas con fiereza, eyaculé en su interior derramando  mi simiente mientras ella no paraba de gritar. Agotado caí sobre ella. Alice recibiéndome en sus brazos, esperó a que tomara un poco el aíre para decirme:
-Llegué a tu cama siendo tu niña y ahora soy tu mujer.
Tras lo cual y sin darme un minuto de pausa, se arrodilló  frente a mí e intentó reanimar a mi adolorido sexo. Estaba tan cansado que estaba a punto de pedirle que parara cuando vi que Mary y Vicky entraban en la habitación, totalmente desnudas. La expresión de la cara de la psiquiatra me anticipó sus intenciones y llegando hasta la cama, separando a la negrita de mí, le dijo:
-Hermanita. ¡Soy la única que no te ha tenido!

 

Y poniendo su coño frente a su boca, exigió que la negrita tomara posesión él.
 
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