DE PROFESIÓN, CANGURO…
 Nota de la autora: podeis dejar vuestros comentarios y opiniones en janis.estigma@hotmail.es 
Prometo responder. Gracias.

Tamara esperó pacientemente en uno de los cruces de la calle Splitson, a que cambiara el semáforo. Pasó sus dedos por el suave cuero artificial del salpicadero, en un gesto que evidenciaba lo que sentía por su nuevo coche. Como un niño con zapatos nuevos. No era ningún bólido, lo sabía, pero era suyo. Se trataba de un flamante Skoda Citigo, de un suave color lila. Un coche pequeño y manejable, urbano y que gastaba poco. No pensaba hacer viajes largos con él, salvo quizás ir a Londres, pero le serviría perfectamente para cruzar Derby y sus alrededores, haciendo su trabajo.

Ese era el segundo coche de su propiedad. El primero, un Seat Ibiza rojo, de segunda mano, se lo agenció justo al sacarse el permiso de conducir, el año pasado. Un amigo de su hermano se lo vendió, con toda confianza. Tamara no tenía ni idea de coches. Acaba de cumplir dieciocho años, y solo quería tener autonomía y no depender de horarios de autobuses urbanos. El Ibiza cascó antes de llegar al año; tenía más kilómetros que la maleta del capitán Nemo. Por lo menos, le sirvió para soltarse en el manejo del coche, y perder el temor a la hora punta.
Ahora, justo para su cumpleaños, se había dado el capricho de comprarse un coche nuevo, recién comercializado por la económica marca checa: el Citigo. De nuevo tuvo que solicitar la ayuda de su hermano, pero solo para que le avalara el crédito. Pensaba pagarlo con lo que sacaba de su trabajo.
Un claxonazo la sacó de su ensimismamiento. Metió primera y salió rápidamente. El MP3 incorporado sonaba de fábula y ella estaba eufórica. Disfrutó de la conducción mientras se dirigía a su cita laboral.
Es, quizás, el momento adecuado para presentar a Tamara Baxter. Es una chica joven, apenas diecinueve años, y muy dinámica. Estudia psicología infantil y ha seguido varios cursos de puericultura y maternidad, para mejorar en su trabajo: nanny, o canguro para los que no sepan mucho del idioma de la reina Isabel II.
A Tamara le encantaban los niños. No solo eso, sino que era capaz de manejarlos, soportarlos, y manipularlos, hasta conseguir su propósito. Era como un don. Podía pasarse horas al cuidado de un niño, sin aburrirse, ni irritarse. Muchos clientes decían de ella que los calmaba con el sonido de su voz, a veces cantando, o simplemente riendo. Por eso mismo, no era nada extraño que hubiera seguido la tradición inglesa de las nannys, pero en una versión modernizada. En el último mes, llegó a decir, en dos ocasiones, que era como Mary Poppins, pero más rubia.
Llegó a su destino justo al término de un temazo de Dire Straits, su legendario Sultans of Swing. Aparcó ante una de las encantadoras casitas de dos pisos de Axxon Stone, uno de los barrios residenciales más chic de Derby, y se bajó del coche para cruzar el pequeño jardín de la entrada.
Se detuvo, como llevaba haciendo en las cuatro últimas semanas, ante la puerta de grueso cristal, contemplando su reflejo y retocando su aspecto. Tamara, aunque jamás lo dijera en voz alta, estaba muy contenta con su aspecto. Era una privilegiada, pues no había tenido que perder peso jamás, no necesitó aparato corrector, ni pasó por el estrago del acné juvenil. Poseía un finísimo cabello que le llegaba al centro de su espalda, al cual gustaba de moldear en distintos peinados, según su humor y el clima, por supuesto. No era alta, eso había que reconocerlo, apenas llegaba al metro sesenta y tres, pero con unos tacones, daba el pego fácilmente. El color de sus ojos oscilaba entre un azul cielo y un gris celeste, dependiendo de la calidad de la luz que incidiese sobre ellos. Su nariz era recta y menuda, salpicada de diminutas pecas que también cubrían sus pómulos. Una boca pequeña, de labios de muñeca, completaba el ovalo de su rostro, otorgándole una belleza clásica anglosajona.
En cuanto a su cuerpo, Tamara siempre había sido una niña deportista. Había jugado al voley, al basket y al fútbol. Solía dar grandes paseos cuando podía, sobre todo en el parque Markeaton, y nadaba al menos una vez a la semana. Poseía un cuerpo fibroso y trabajado, de vientre plano y duro y un trasero pequeñito y redondeado. Su pecho no estaba demasiado desarrollado, pero tenía unos pezoncitos deliciosos y rosados, que estaba pensando en perforar con algún piercing.
Cuando estuvo satisfecha de su aspecto, con aquel suéter de cuello de cisne, de lana irlandesa verdosa y gris, y una falda de tweed, de marcada tendencia escocesa, que sus botas tejanas complementaban a la perfección, llamó al timbre. Escuchó los pasos y sonrió a Kate cuando la puerta se abrió.
―           Hola, Tamara – dijo la joven mujer, inclinándose para besarla en la mejilla.
―           Hola, Kate – respondió Tamara, aspirando el olor a leche materna que impregnaba a la mujer. – ¿Cómo está Mary Anne?
―           Le acabo de dar el pecho – dijo la mujer, haciéndola pasar. – Habrá que cambiarla pronto.
Tamara siguió a la mujer hacia el interior de la casa, contemplando su espalda. Kate Gaffter, la joven esposa del conservador de Silk Mill, el museo del condado, Edgard Gaffter III. Este gentleman, viudo y veinte años mayor que su nueva esposa, se había obstinado en tener descendencia y Kate había sido madre primeriza dos meses atrás, a sus veintidós años. Para ayudarla con Mary Anne, el bebé, y procurarle descanso, el señor Gaffter había contratado a Tamara, ya que se la recomendaron muy bien. Cuatro horas al día, tras el almuerzo, Tamara relevaba a Kate en el cuidado de la niña, para que la madre pudiera descansar o disponer de tiempo para ella.

Kate era una mujer menuda y tímida, que no osaba decir una palabra más alta que otra, ni a su marido, ni a nadie. Por eso mismo, había cedido ante la insistencia de su entonces novio, y a los argumentos de sus propios padres, para casarse tan joven. Tampoco osó negarse al deseo de su marido a quedar embarazada tan pronto, antes del primer aniversario de la boda. La cola de caballo con la que llevaba recogida su cabellera castaña, se balanceó cuando se giró hacia Tamara, sonriendo.

―           ¿Deseas tomar algo?
―           No, Kate. Estoy bien, gracias.
Para Kate, Tamara había sido una bendición caída del cielo. Ella esperaba una matrona o bien una de las estiradas damas de compañía, tan evidentes en el círculo social de su esposo. Pero cuando apareció aquella chiquilla, rubia como un ángel, y llena de cariño por su bebé, casi estuvo dispuesta a quedarse de nuevo embarazada. Se llevaban muy bien, pues no había apenas diferencia de edad. Lo que Kate tenía de tímida, lo suplía Tamara con su dinamismo. Gustaban de muchos temas iguales, tanto en cine como en música, y ambas sentían verdadera pasión por la parapsicología.
Este tema, bueno, mejor dicho, una sesión de Ouija, fue lo que acabó uniéndolas íntimamente.
―           ¿Dónde está mi niña? – exclamó Tamara, llegando al amplio dormitorio.
Unos piececitos descalzos patalearon débilmente en la cuna. El bebé reconocía la voz de Tamara, pero aún era demasiado pequeño como para demostrar su alegría más que agitando sus miembros. La joven le hizo cosquillas en el pecho, arrancándole una sonrisa desdentada.
―           Mi preciosa niña… ¿Ha comido bien?
―           Si, aunque ha dejado antes el pecho izquierdo. Creo que estaba harta – comentó Kate.
―           Bueno, acuérdate de empezar por ese pecho en la próxima toma.
―           Si, claro.
―           Hay que cambiarla ya. Huele como un regimiento de marmotas enfermas – exclamó Tamara, apartando la nariz y riéndose. – Ya lo hago yo. Vete un rato a ver la tele…
―           Me he dejado un libro a medias. Es muy bueno…
―           ¿Cómo se llama?
―           Venganza de ángeles, de Sidney Sheldon.
―           ¿De qué va? – quiso saber Tamara.
―           De la caída y ascenso de una joven periodista en Nueva York. Amores adúlteros, un hijo no reconocido, amantes…
―           Bufff… tus clásicas novelas románticas.
―           Si, pero esta tiene buen sexo – bromeó la joven madre.
―           Anda, ve a leer – la despidió Tamara, colocando el cambiador sobre la propia cama.
Mientras cambiaba el pañal del bebé, pensó en Kate y en su vena romántica. La pobre estaba desencantada con su matrimonio. Había adquirido una buena posición social y no le faltaba de nada, pero había renunciado al amor y a la pasión. Eso no quería decir que no amara a su esposo, pero era un amor afectuoso, lánguido como el curso de un calmo río. De ahí, su gusto por las novelas románticas, y, sobre todo, la oculta pasión que se demostraban.
―           ¡Ya estás sequita, Mary Anne! – le dijo al bebé, tocándole la nariz con la punta del índice. — ¿Tienes sueño? ¿Aún no? Eres una pillina… ¿Quieres jugar, eh?
Tamara retiró el cambiador y se tumbó al lado de la niña, sobre la cama, haciéndole arrumacos y juegos de manos. Su pensamiento recayó de nuevo sobre Kate. ¿Cuáles eran sus sentimientos, respecto a la joven madre? Que le gustaba, no había dudas, pero ¿el sentimiento iba más allá? No podía asegurarlo, pero no lo creía posible. Kate no disponía del carácter que ella necesitaba… Tamara pensaba que estaba haciendo de muleta con Kate y, la verdad, no es que le importara. Estaba dispuesta a ayudarla…
Se quedó adormilada junto a la niña y cuando despertó, minutos después, Kate la miraba, apoyada con un hombro en la puerta del dormitorio. Tamara le sonrió.
―           Estabas preciosa, así dormida al lado de mi hija. Parecías una Madonna, una de esas Señoras Celestiales italianas del Barroco…
―           ¿Me estás llamando gorda? – susurró Tamara, en broma.
―           Sabes que eres perfecta. La que está gorda soy yo. Aún no he conseguido bajar las cartucheras… — se lamentó Kate, dándose una palmada en el muslo, oculto bajo un holgado pantalón blanco de algodón; una prenda para andar por casa.
―           Pues ven aquí, que vamos a hacer deporte para rebajar esos michelines – sonrió Tamara, tomando a Mary Anne en brazos y depositándola en su cuna.
Kate se sacó por la cabeza, en un gesto casi sensual, la camisola de lana que llevaba, quedando solo con una pequeña camiseta blanca. No solía llevar sujetador en casa, sobre todo desde que le daba el pecho a su hija, pero debía ponerse una camiseta para no manchar la prenda que llevara. A pesar de sus palabras, no tenía nada de obesa. Estaba un poco más rellenita que Tamara, por el embarazo, pero mantenía un bonito cuerpo de senos mórbidos y caderas esbeltas.
Se abrazaron de pie ante la cama, uniendo sus labios con pasión. La lengua de Tamara buscó el camino para entrar en la boca ajena, donde fue aceptada de inmediato. Kate se reveló hambrienta de besos.

―           Te he echado de menos – jadeo la joven madre, al separarse. — ¿Por qué no lo hicimos ayer?

―           Difícil lo teníamos con tu madre aquí, de visita – sonrió Tamara, apretándole las nalgas con los dedos.
―           Ah, si, mi madre… Menos mal que no trajo al pastor Kelian con ella.
―           El día que lo haga, me despido – amenazó en broma la rubia.
―           Como lo hagas, me fugo contigo. Te lo advierto – Tamara no supo decir si lo decía en broma o no.
―           Calla y bésame, tonta…
Más que besarla, Kate la adoró, llenando su cuello de besitos y pequeñas succiones. Lamió los labios y las mejillas, alcanzó su paladar con la lengua y chupó largamente su lengua, con una delicadeza tal que hizo gemir a Tamara. Kate la acabó tumbando completamente en la cama, ocupándose de desnudarla completamente, entre pellizquitos, osadas caricias, intensos frotamientos de sus caderas, y jadeantes respiraciones.
Tamara se acordaba de los primeros pasos lésbicos de Kate. Se había estrenado con ella. De hecho, solo había tenido dos mentores, su marido que la desfloró, y Tamara que la inició. Kate apenas se movía, tumbada en el sofá, dejando que la ávida mano de la rubia la explorara. Sus dedos aferraban el brazo del mueble, como un náufrago se aferra a un madero.
Procuraba no gemir por vergüenza, ni mover su cuerpo para no molestar. Fue interesante para Tamara porque era la primera mujer adulta que iniciaba, pero, fuera de eso, resultó algo lamentable, sobre todo, cuando descubrió la verdadera naturaleza de la joven madre.
Ahora, en el plazo de casi un mes, Kate había alcanzado su potencial. Seguía siendo tímida y apocada, pero se entregaba al placer con un deseo tremendo. Primero, quitó el suéter de cuello vuelto, y la camisetita que Tamara portaba debajo. Un rojo y precioso sujetador apareció, siguiendo el mismo camino que la ropa. Kate contempló la pálida piel de los pechos, delineada por alguna sesión de rayos UVA. Tamara poseía una piel espectacular, blanca y sedosa, salpicada de algunas pecas. Nunca conseguía broncearse, por muchos rayos o sol que tomara; era rubia y blanca, lo cual encantaba a Kate, quien era de la opinión que una piel así debía de pertenecer a la aristocracia.
La boca de Kate jugó con los pezones hasta endurecerlos tanto que solo soplar sobre ellos producía pequeñas descargas de placer. Sobó y amasó los pequeños senos hasta dejar sus dedos marcados. Cuando se hartó, ni siquiera insinuó una mano bajo la falda, sino que la quitó directamente, junto con las botas.
Finalmente, Tamara quedó tumbada sobre la cama, solo con un tanga rojo, compañero del sujetador, de laterales estrechos y altos.
―           Necesito tu lengua, cariño – jadeó Tamara, acariciando los labios de su patrona.
―           ¿Quieres que te lo… coma? – preguntó Kate, enrojeciendo al mirarla a los ojos.
―           Haz que me corra, Kate… por favor…
Descendió lentamente, sin apartar los ojos de la rubia, y metió un dedo en el tanga, tirando de él hacia abajo, desvelando un pubis totalmente lampiño y blanco como la leche. La marca del bikini era intensa allí abajo. La vagina aparecía, hinchada por el deseo y abierta por el agitado pulso que no cesaba de humedecerla. Kate la contempló, salivando su boca. Aquel órgano era la causa de su delirio, de los atormentados sueños que no le contaba a nadie; el motivo de su alegría y de sus secretos llantos. Era la flor de su amada,la VaginaSuprema,la EsenciaVitaldela Diosa…
Se lanzó a lamer como una desesperada, abarcando todo el sexo con su boca, hundiendo salvajemente su lengua hasta regiones ignotas de su interior. Tamara, gimiendo cada vez más fuerte, le acarició la cabeza, mientras echaba las caderas hacia delante, fortaleciendo aún más el contacto. La mano de Kate subió hasta apoderarse de uno de los pechos…
―           ¡Oh, Dios mío! ¡KATE! ¡Kate… ya… YA! Uuuummmm…
Y, con un batir de caderas, Tamara vació sus entrañas, su mente, y hasta su alma inmortal, arrastrada por un orgasmo devastador. Parecía imposible que aquella mujer que se había iniciado unas semanas antes, lamiera tan bien una vagina. Era como si tuviera un don para ello.
Mientras se recuperaba, Kate se tumbó sobre ella, besándole suavemente el cuello y el pecho. Tamara le colocó el cabello detrás de la oreja, pues lo tenía todo desordenado, y mirándola a los ojos, le preguntó:
―           ¿Qué es lo que más deseas en este momento?
―           Si te lo digo, no se cumplirá – le contestó Kate, con una sonrisa.
―           ¡Tonta! Me refiero sexualmente… ¿Quieres que te haga algo en especial?
Kate la abrazó y colocó su boca a un centímetro del oído de Tamara.
―           Quiero… frotarme…
La joven rubia sonrió, conociendo la debilidad de su compañera de cama. Rodaron sobre la sábana, entre risas y caricias, hasta que Tamara quedó sobre ella. Con un gesto pícaro, le aprisionó las muñecas contra el colchón y desató el cordón de la cintura del pantalón. Kate tragó saliva, sintiendo como su sexo se humedecía totalmente, como respondiendo a la manipulación de su amante. Cuando estaba con Tamara, su vagina se llenaba totalmente de lefa, incluso resbalando por sus muslos; sin embargo, con su marido, apenas si se humedecía. Kate llegaba a dudar de si amaba a su esposo.
Tamara acabó quitándole los pantalones, solo con una mano, pues con la otra, seguía aferrándole las muñecas. Intentó levantar la cabeza para besarla, pero la rubia la esquivó, dominándola. ¡Cómo le gustaba esa actitud! Las cómodas braguitas de algodón siguieron el mismo camino que el blanco pantalón, y los angustiosos dedos de Tamara se deslizaron por su vagina, muy lentamente. El dedo corazón, algo encogido, se hundió un tanto en su coñito, abriéndolo y rozando su clítoris. Kate gimió, cerrando los ojos, totalmente entregada a ese momento feliz. Se lo debía todo a Tamara, desde recobrar la confianza en ella misma, hasta aprender a recortar graciosamente su vello púbico. Sabía que se había enamorado de su niñera, de aquella jovencita que parecía ser tan capaz y dispuesta, y que le rompería el corazón cuando se marchara, pero, por el momento, se sentía en la gloria.
El dedo de Tamara siguió atormentándola un rato, haciendo que sus caderas ondularan, siguiendo el ritmo que marcaba el apéndice sobre su clítoris. Después, con una sonrisa ladina, Tamara se inclinó y lamió el exceso de fluido, como si estuviera degustando almíbar puro.

―           No… aguantaré mucho si sigues…así, amor mío – susurró Kate.

Demostrando su agilidad, Tamara dejó libre las muñecas de su amante y giró sobre sus posaderas, piernas en alto, hasta quedar frente a frente de Kate. Con ansias, entrelazaron sus depiladas y desnudas piernas, encajando las pelvis, una contra otra. Sus vaginas podían sentir la humedad ajena, las palpitaciones que buscaban acompasarse con la misma cadencia, incluso compartían los agradables escalofríos que nacían sobre sus riñones.
Tamara extendió su mano izquierda, tomando a Kate por el mismo antebrazo y codo, sujetándose así ambas para medio incorporarse y contemplarse. Sus pubis ya rotaban lentamente, las vaginas frotándose, besándose como auténticas bocas sin lengua, los clítoris erguidos y desafiantes, prestos para el mínimo roce.
―           Te quiero – musitó Kate, con el rostro enrojecido por la pasión y la timidez.
―           Y yo a ti… — contestó Tamara, y era cierto, en cierta medida.
Kate no demoró mucho su orgasmo. Balbuceó algo que solo ella entendió y sus caderas se contrajeron en un par de fuertes espasmos. Cayó hacia atrás, jadeando, mientras Tamara buscaba su propio placer frotándose contra las nalgas de su amiga, el rostro enterrado en la sábana.
Cuando recuperaron el aliento, comprobaron que Mary Anne seguía durmiendo en su cunita y, entre risitas, se metieron en la ducha. Un poco más tarde, Tamara esterilizaba un biberón que pensaba usar con la leche materna que Kate se sacó el día anterior, usando el extractor. Ésta, a su vez, sentada ante el ventanal del living, que daba al impresionante jardín trasero de la casa, hojeaba una revista de cruceros. Su esposo le había prometido uno en cuanto pudieran dejar a Mary Anne con sus suegros. Tamara le había aconsejado que buscara uno de los caros…
 
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Tamara estaba acabando de bañar al bebé, usando una suave esponja natural, cuando Mr. Gaffter entró en su casa, proveniente del museo de la ciudad. Era un tipo alto y rubicundo, bien metido en los cuarenta años, con unos grises que su hijita había heredado. La alopecia le había dejado tan solo con sus rubios cabellos sobre las orejas y en la nuca. Aún así, no era un tipo feo, al menos eso creía Tamara, aunque ella no tenía ninguna opinión formada en ello. Pero si era un tipo insulso y pedante, que se vanagloriaba de saber sobre cualquier tema que se estuviese discutiendo.
Por eso mismo, en cuanto tuvo a Mary Anne seca y cambiada, la puso en brazos de su padre, con una sonrisa, y se despidió de ellos (de Kate con un beso en la mejilla). Cuando llegó a su coche, quitó una octavilla publicitaria del limpiaparabrisas. Le echó un ojo, solo por curiosidad. Anunciaba el partido del domingo, el Liverpool venía a la ciudad, a enfrentarse al equipo local, el Derby County F.C. Eso significaba no salir con el coche ese día, porque la ciudad se colapsaría de tráfico. Era bueno saberlo, pensó.
Regresó directamente a casa, saboreando aún el té que se había tomado con Kate. Lo preparaba como lo hacía su madre, con un poco de leche y canela. Tamara entró en el apartamento de su hermano y llamó a Fanny, su cuñada. Nadie respondió. Se asomó al dormitorio y comprobó que Jimmy tampoco estaba. Sin duda, habrían ido de compras o al parque.
Entró en su habitación y se cambió de ropa, poniéndose algo más cómodo, como un pijama holgado y cálido que era su preferido. Así mismo, se recogió el rubio cabello en dos cómodas e infantiles coletas, que surgían detrás de sus orejas. Se detuvo un momento ante la fotografía de su mesita de noche, en la que sus padres aparecían, sonrientes bajo unas palmeras, a la orilla del Nilo. Como tantas veces, Tamara tomó la foto y repasó aquellos rostros añorados y suspiró.
Ambos murieron en un accidente de ferry, cruzando el canal, cuando ella cumplió los quince años. Fue un trágico accidente que salió en todas las cadenas de televisión, y que ella misma contempló en la tele de su hermano, sin aún saber que ella era una de las afectadas. Sus cuerpos nunca se recuperaron. Gerard, su hermano mayor (se llevaban diez años), se hizo cargo de ella. Así que Tamara se quedó en la casa de Gerard y Fanny, su esposa, como si aún siguiera de vacaciones.
En verdad, a Gerard le vino muy bien la presencia de su hermana en casa. Era comercial de una importante casa de productos químicos, para desinfección, limpieza, y abonos, lo que le llevaba a pasar gran parte de la semana viajando. De esa manera, Tamara le hacía compañía a su cuñada. Gerard y Fanny llevaban aún poco tiempo casados, pero Jimmy ya estaba en camino. Así que Tamara, más que nada para despejar su cabeza, ayudó a su cuñada a leer y memorizar todos los consejos y guías para futuras madres que encontró. Ahí fue donde comenzó la implicación de Tamara con los niños. La amistad entre las cuñadas creció muchísimo y se fortaleció con un vínculo que Tamara ni siquiera tenía con una amiga de su edad.
Cuando el embarazo de Fanny llegó al sexto mes, en un momento de debilidad, se sinceró con Tamara, contándole que su hermano no quería acostarse con ella, a causa de su vientre. La jovencita, inexperta en estos temas, solo pudo que volcarse aún más sobre su cuñada, mimándola y consolándola como podía. Desde chocolates a friegas calientes, todo para animar a Fanny, se decía.
Al final, fue otro tipo de mimos los que animaron a su cuñada, y lo que encauzaron a Tamara hacia el mundo de Lesbos. Tanto dormir juntas, abrazadas, y confesándose sus temores y pecados, la acabaron convirtiendo en amantes. Tamara se inició con Fanny, la cual recordó su época universitaria, en la que se pasó tres años conviviendo, como pareja, con su compañera de habitación. Cuando acabó la carrera y se separaron, conoció a Gerard y decidió cambiar de nuevo de acera.
Tamara siempre había sospechado que Fanny era una chica inconstante, pero eso si, muy de fiar. Por eso mismo, aceptó cada uno de los consejos que le dio, y. hasta el momento, no se arrepentía de ello. De todas formas, los hombres no le habían atraído nunca, a pesar de que Fanny le decía que no podía saberlo aún, que era muy joven. Sin embargo, Tamara pensaba que tenía la cosa muy clara: Desde hacía un tiempo, sus ojos se iban detrás de los traseros de las mujeres que se encontraba a diario, y cuando se masturbaba, lo hacía ensoñando con su profesora. Espiaba a sus amigas en la ducha y en el cuarto de baño, y le gustaba lo que veía.
Pensaba que su cuñada Fanny se equivocaba; a ella le gustaban las mujeres.
Unos meses más tarde, su hermano quedó en paro. Su cuñada estaba recién parida, con su hijo aún muy dependiente de ella, y la economía casera se resintió. Fue cuando Fanny le consiguió su primer trabajo de canguro, y así poder contribuir con algo para los gastos. Ese fue el momento en que Tamara, que nunca había tratado con niños mayores que Jimmy, su sobrino, descubrió que tenía buena mano y paciencia con ellos, y le tomó gusto al trabajo.
Hasta el momento, habían pasado tres largos años, en los que Tamara había aprendido muchas cosas. Por ejemplo, cuales eran sus límites, tanto en el trabajo como en sus relaciones; o cuando debía ceder o imponerse, y, sobre todo, cual era su mujer preferida.
Tamara perdía el norte ante las señoras de mediana edad, aún firmes y hermosas (lo que se suele denominar MILF, Mom I’d Like to Fuck o Mamá que me gustaría follarme, en español castizo). Este tipo de mujer era su debilidad, y terminaba entregándose completamente a ellas, incluso sometida. Se volvía tímida e insegura, dejándose arrastrar por sus fuertes personalidades, buscando el placer de no tener que decidir para nada.
Por eso mismo, su affaire con Kate aún le sorprendía. No era su tipo de mujer, ni su tipo de relación. Debía asumir un rol más dominante, llevando ella las riendas, lo que, generalmente, la agotaba. Sin embargo, por algún motivo, algo en ella la atraía, la obligaba a continuar. Pero sabía que eso pronto la cansaría y acabaría abandonándola. Esperaba que Mary Anne supliera la necesidad de Kate, porque sino…
Escuchó la puerta abrirse y dejó su habitación. Fanny llegaba, con Jimmy de la mano. El niño, al ver a su tía, se echó en sus brazos, con una carcajada. Venía sucio de tierra.
―           ¿Has estado en el parque? – le preguntó a Fanny.
―           ¿Es que se nota? – ironizó su cuñada.
―           Noooo… — se rieron. – Vamos, campeón, ¡a la ducha!
Tamara bañó a su sobrino, mientras le preguntaba por sus amiguitos del parque. El niño, a sus tres años, estaba bastante espabilado, y mantenía cierta conversación con su balbuceante idioma. Secó sus cabellos, mucho más rojizos que los de su madre, y le puso el pijama. En ese momento, Fanny asomó la cabeza, preguntando que hacía de cena. Tamara, llevando al niño a cuestas, le dejo:
―           Calienta algo de sopa y yo haré una ensalada.
―           De acuerdo.
Fanny era pelirroja también, pero más oscura, digamos que una castaña rojiza, quizás debido a los diferentes tintes. Tenía los ojos marrones verdosos y un rostro agraciado y algo alargado. Era bastante más alta que Tamara, de figura esbelta y sinuosa. Dejaron a Jimmy viendo la tele en el salón comedor, y ellas se aprestaron en la pequeña cocina, charlando y preparando. Tamara preparó una ensalada española con pollo y queso, regada con un buen aceite, y Fanny calentó dos jarras con consomé de verduras, así como uno de los preparados de puré de Jimmy.
Había anochecido cuando se instalaron a cenar ante la tele, compartiendo el sofá de cuero marrón y la mesita baja.
―           ¿Por dónde anda mi hermano?
―           Creo que hacía noche en Cardiff.
Gerard llevaba trabajando año y medio en otra empresa, también como comercial, pero, esta vez, de útiles para ferreterías. Seguía con su rutina de pasar la noche fuera de casa, al menos durante cuatro días a la semana. Vieron el noticiario de las ocho y acabaron de cenar. Después, acostaron a Jimmy, y Tamara le contó un cuento hasta dormirle. Cuando volvió al salón, Fanny había limpiado la mesita y la esperaba, recostada en el sofá.
 

―           ¿Qué hay para ver esta noche? – preguntó Tamara.

―           Hoy me he bajado algo bueno – le sonrió Fanny.
―           ¿Ah, si?
Fanny estaba algo enganchada a la red y se bajaba, todos los días, episodios de series o películas. La verdad es que la programación televisiva daba pena y algo había que hacer para mejorar la oferta.
―           ¿De qué se trata?
―           Ya lo verás. Siéntate.
Tamara lo hizo y Fanny estiró una cálida manta sobre las piernas de ambas. Con el mando a distancia, activó el disco duro multimedia conectado a la gran pantalla, y buscó el archivo adecuado.
―           ¿Los juguetes de miss Patton? – preguntó Tamara, al ver el título.
―           Si, me la han recomendado.
―           ¿Es porno?
―           Ajá.
Miss Patton resultó ser una opulenta señora ejecutiva que, al parecer, se aburría en su despacho y que acabó llamando a su secretaria para putearla un rato, en la intimidad. Empezó colocando a su jovencísima secretaria contra el escritorio, inclinada y con el culo en alto, la falda bien remangada. La estuvo azotando con la mano hasta ponerle las nalgas rojas como un tomate. Luego, se quitó las bragas y se remangó su propia falda, para frotar su pelvis contra aquellas maltratadas nalgas.
―           Uffff… que buena está la secretaria – dijo Fanny, acariciando uno de los muslos de su cuñada, bajo la manta.
Sin embargo, Tamara solo tenía ojos para miss Patton, quien, para ella, representaba el epítome de la hembra perversa por excelencia. Había sentido envidia de aquella azotaina y se había puesto más caliente que las varillas de un churrero.
La señora ya había desnudado a su secretaria, colocándola a cuatro patas sobre su despejado escritorio. La chica mostraba una cara de vicio que no era normal, meneando sus nalgas enrojecidas. La señora sacó, de uno de los cajones del escritorio, tres consoladores, de diferentes tamaños y estilos, dándole a la chica la oportunidad de escoger.
La chica se decantó por uno rosa y grueso, con una bifurcación para el clítoris, y con unos extraños engranajes que rotaban la cabeza del consolador. Aquello parecía un inusual robot de cocina rosa, más que nada. El coño de aquella chica se tragó todo el aparato y la señora utilizó el pequeño ramal para metérselo en el ano, en vez de que rozara el clítoris. Tamara no sabía si los gemidos de la secretaria eran fingidos, pero si estaba segura que si se lo hubieran hecho a ella, no lo serían.
―           ¿Ya estás encharcada? – le preguntó Fanny al llegar con sus dedos a la entrepierna de su cuñada.
Tamara asintió, mordiéndose el labio. Frotaba sus muslos con insistencia.
―           ¿Te ha puesto cachonda el dildo?
―           Mucho…
―           ¿Me traigo el mío?
―           Si… por favor…
Fanny saltó del sofá y marchó a su dormitorio. Tamara aprovechó para apretar lentamente su pubis, gozando de su excitación. En la pantalla, la señora aumentaba el ritmo de la penetración, hasta arrancar aullidos de su secretaria. A los pocos minutos, Tamara sonrió al ver a su cuñada aparecer desnuda, con un grueso consolador doble en la mano, también rosado. Con rapidez, ella también se quitó el pantalón del pijama y las húmedas bragas, quedándose abierta de piernas.
―           ¿Quieres que te meta esta maravilla? – preguntó Fanny.
―           Por favor…lo estoy deseando.
Su cuñada lamió y humedeció la dúctil silicona recubierta de látex, antes de apoyarla en la abierta vagina de su joven amante. Después, la hundió lentamente, sin apartar la mirada del compungido rostro de Tamara, quien mantenía la boca abierta sin que nada brotara de ella.
―           Así… un buen pedazo dentro – susurró Fanny. — ¿La sientes?
―           Sssiiiii… — contestó Tamara, bajando una mano hasta su coño, para estimular su clítoris.
Ambas habían olvidado ya a miss Patton, la cual había sacado otro consolador que usaba en el culo de su sufrida secretaria. Fanny le alzó la camiseta del pijama para atormentarle los endurecidos pezones, mientras que su otra mano metía y sacaba el largo consolador de su vulva. Sus gemidos se convirtieron en constantes, cabalgando hacia un éxtasis que la colmara. En el momento en que abrió la boca para correrse, Fanny, inclinada sobre ella, dejó caer un buen golpe de saliva sobre su lengua. Tamara lo tragó todo, a la par que sus muslos se cerraban y su pelvis botaba hacia delante.
―           Así, mi niña… que guarra eres – gimió Fanny.
―           Tú me hiciste así – murmuró Tamara, recuperando el aliento.
―           Si… la guarrilla de mi cuñada que, ahora, me va a meter este pollón bien adentro… ¿verdad?
Fanny se subió de pie en el sofá, algo inclinada hacia delante, con las manos apoyadas en el alto respaldar. Tomando el doble consolador, Tamara se quitó la camiseta y se situó a su espalda, también en pie, con el pecho apoyado sobre las nalgas de Fanny. La vagina de su cuñada rezumaba lefa desde hacía rato, humedeciendo la cara interna de sus muslos. Con cuidado, introdujo la cabeza del dildo, empujando suavemente, deleitándose con los roncos quejidos que surgían de la garganta de su cuñada.
―           Méteme un dedo en el culo, cariño – le suplicó Fanny.
Y Tamara lo hizo con gusto, sabiendo que eso dispararía el orgasmo de su cuñada. Las dos se conocían muy bien, por lo menos en la cuestión sexual. Ya llevaban durmiendo juntas bastante tiempo. Las rodillas de Fanny cedieron, debilitada por el orgasmo, y cayó de rodillas sobre el asiento de cuero marrón. Se quedó babeando sobre el respaldar, sin fuerzas, mientras que Tamara, que le había dejado el consolador metido en el coño, sonreía y apartaba un rebelde mechón de sus ojos.
―           Me gustaría probar una de esas, alguna vez – comentó Tamara, lo que hizo que Fanny se girara.
―           ¿Probar qué?
―           Eso – dijo la rubia, señalando la pantalla.
La secretaria estaba ahora atada a una extraña máquina sexual, con las rodillas contra su pecho, y las piernas atadas. Un largo émbolo metálico impulsaba un rígido falo artificial, que se hundía con rítmica fuerza en su vagina. De pie, al lado de la máquina, miss Patton manejaba una especie de control.
―           No sé yo… a mí me da un poco de miedo.
―           ¿Miedo? – se extrañó Tamara.
―           ¿Qué pasaría si no controlas la velocidad o te equivocas en alguna posición? Eso, una vez que lo pones en marcha, no se para así como así. Te puede desgarrar…
Tamara se encogió de hombros. No había pensado en eso. Suponía que si una vez probaba algo así, sería con alguien experto en el tema. Pero seguía pensando que sería impresionante experimentar el empuje de la máquina, el ritmo sin pausa. Tamara no deseaba a ningún hombre, pero eso no se aplicaba a un buen miembro. Lástima que no los hubiera de cálida carne…
Sonrió, pensando que sería un poco como llegar a una carnicería y pedir un trozo de vaca.
“Quisiera una polla negra, de veinte centímetros. Enseguida, señora. ¡Chac! Y se escucharía el sonido del trinchante sobre el taco de madera. Polla a la carta.”
Fanny se tumbó desnuda en el sofá, boca arriba, llevando aún el consolador en su interior. Con lascivia, lo tomó con la mano, meneando el glande del otro extremo, mirando a su cuñadita.
―           ¿Lo compartimos, nena?
Tamara suspiró y sonrió. “¿Por qué no?” Aún era muy pronto para acostarse…
                                                                  CONTINUARÁ………..
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