Obsesión lingual.
 Tamara salió de la ducha, secándose con la gran toalla. Jimmy, su sobrinito la miró por un momento, enfrascado en sus dibujos favoritos. Estaba acostumbrado a ver a su tía desnuda, así como a su madre. No le dio importancia alguna.
―           ¿Vas a salir esta noche, Tamara? – le preguntó Fanny, desde la cocina.
―           Sí, cariño. He quedado con unas amigas para ir al cine y después a un pub.
―           Entonces, ¿no vas a cenar aquí?
―           No – respondió Tamara, asomándose a la cocina, totalmente desnuda, con la toalla al hombro.
Fanny sonrió, mirándola mientras cortaba unas verduras.
―           Estás preciosa – le dijo su cuñada, sin dejar su tarea. – ¿Vendrás tarde?
―           No lo sé, Fanny. Ya sabes como son estas cosas. Sabes cuando empiezas, pero no cuando terminas.
―           ¿Qué me vas a contar a mí? Un poco más y acabo alcohólica en la uni. De todas formas, es bueno que salgas con tus amigas. No puedes estar trabajando a todas horas. Necesitas divertirte…
―           Pero a veces me cuesta separarme de ti – le dijo la joven rubia, acercándose mimosa.
La pelirroja sonrió, dejó el cuchillo sobre la tabla y se inclinó para besar dulcemente los labios de su cuñada.
―           Si no vienes muy tarde, esta noche, despiértame – dijo Fanny, con una risita. – Te estaré esperando dispuesta…
―           Vale, cariño. Voy a vestirme – Tamara salió corriendo con un gritito que Fanny le arrancó al darle un cachete en el desnudo trasero.
Una vez en su dormitorio, Tamara se sentó ante el pequeño tocador y se pintó los ojos, sombreándolos con un tono marrón dorado y perfilándolos de oscuro. Últimamente, le encantaba el look de Taylor Momsen, sobre todo desde que muchas chicas le habían dicho que se parecía bastante a ella. Claro estaba que no podía asumir esa apariencia cuando trabajaba de niñera. No daría una buena imagen. Pero ahora que se dirigía a su segunda y secreta profesión, tenía que estar lo más guapa posible.
Dotó sus pequeños labios de brillo y de color rosa chicle y se colocó unos grandes aros en los lóbulos, así como una gargantilla de bisutería. Quedando complacida con lo que el espejo reflejaba, se levantó y se inclinó sobre la ropa que había dispuesto sobre la cama. Subió un culote negro por sus piernas que se ajustó divinamente a sus caderas, y desechó la idea de ponerse sujetador. Pantalones anchos de raso, en color lila, y una blusa cortita beige. Probó el escote desabrochando un botón y se sonrió en el espejo. Perfecta.
Sacó unos zapatos de alta plataforma y se los puso. Retocó su cola de caballo, pasándose el cepillo un par de veces y quedó satisfecha. Tomó un anorak del armario y un bolso a juego con los zapatos.
―           ¡Me voy! – exclamó al salir por la puerta de entrada.
―           ¡Diviértete! – le contestó Fanny.
Se subió a su Skoda Citigo y salió del barrio, en dirección a la ronda urbana. Tomó la dirección del centro, donde se encontraban los cines y espectáculos y pensó en su cita. Si Fanny supiera que no eran amigas del colegio con las que se iba a ver esa noche, sino con una madura señora, la cosa no acabaría bien, ni mucho menos.
Sus ingresos como canguro no eran tan lucrativos como su servicio de acompañante de féminas. Todo había surgido a partir de las relaciones que mantenía con algunas madres. Emma fue la primera en proponérselo.
―           ¿Por qué no me acompañas? – le dijo mientras ella cambiaba al pequeño Daniel.
―           ¿A cenar? – preguntó Tamara.
―           Sí.
―           Pero si no vas a llevar al pequeño…
―           No importa, quiero cenar contigo. ¿Te apetece?
―           Sí, estaría bien. ¿Las dos solas?
―           Sí, mi marido está en otra convención.
―           ¿A qué hora?
Aquella misma noche, sentadas frente a frente en el coqueto restaurante, Emma le dijo en broma:
―           Deberías cobrarme por cenar contigo. Estás tan guapa…
A Emma no le cobró, pero le sacó una cara pulsera que la mujer le regaló con mucho gusto. Desde ese momento, Tamara se planteó salir con otras mujeres por dinero y regalos. Una joven acompañante de féminas.
Claro que procuró separar sus clientes diurnos de las nocturnas. Las primeras solían ser madres jóvenes o trabajadoras, con las que era poco frecuente que mantuviera una relación, salvo una buena amistad. Las segundas, eran damas más maduras, más de su gusto, que querían algo más que una amistad. Las acompañaba al cine, a cenar, a ciertos espectáculos, e incluso había viajado a Cardiff con algunas de ellas. Solía pasar gran parte de la noche con ellas, e incluso dormían juntas, con lo cual necesitaba montar ciertas excusas para Fanny. Esa noche, había quedado citada con la señora Laundas.
 Emily Laundas miró su diminuto reloj de pulsera. Aún faltaban minutos para que se cumpliera la hora de la cita, así que procuró calmarse. Había sido todo un paso decidirse a quedar con una acompañante. Emily era una mujer muy vistosa, elegante, y opulenta, con unos bien cuidados cuarenta y cinco años. Llevaba un peinado de ciento cincuenta libras, exquisitamente esculpido. Emily pertenecía a esa alta sociedad reprimida que vegetaba en un gran apartamento de la colina Hossman, un barrio periférico y caro. Estaba casada con un arquitecto esnob, no tenían hijos, ni ella un hobby definido. Llevaba tiempo pensando en un amante, pero nunca se atrevió a dar el paso. Su amiga del club de campo, la señora Dencker le habló de cierta compañía hermosa, joven y discreta, que había utilizado en diversas ocasiones.
―           No me sentiría a gusto con un gigoló – le contestó Emily.
―           No, querida. No hablo de un hombre, sino de una chica. ¡No me digas que no hiciste algo en ese exclusivo internado en que estuviste de jovencita!
―           Bueno… – Emily enrojeció al recordar, de repente, las oscuras tardes de invierno, metidas entre las sábanas. Las risas y los felices tocamientos. Por un momento, deseó probar de nuevo.
―           Te daré su número, querida – le dijo su amiga, palmeándole la mano.
Había tardado dos semanas en decidirse, pero finalmente había llamado a la chica. Charlaron por teléfono y Emily quedó muy satisfecha de cuanto aquella chiquilla le decía. Su edad, sus preferencias, incluso su físico cuando le envió una foto con el móvil, le parecieron muy adecuados. Charlaron en un par de ocasiones más, antes de concretar la cita y Emily se sintió totalmente atraída por la dulzura de Tamara, por su aspecto aniñado, y por su necesidad de ser atendida por una mujer madura. Estaba impaciente por verla en persona.
Dejó pasar el tiempo, rememorando los jadeos y gemidos que llenaban la habitación que compartía en el internado Maifalder. Desde entonces, no había vuelto a tocar piel femenina, pero había soñado con Leonor, su compañera de dormitorio, muchas veces.
En ese momento, Tamara cruzó la puerta y Emily la devoró con los ojos. Parecía más niña, pero, al mismo tiempo, se movía con sensualidad. Era muy bonita, se dijo, antes de levantar una mano, atrayendo su atención.
Tamara sonrió al detenerse delante de la pequeña mesa de la cafetería. También ella estaba impresionada por aquella mujer al natural. Era mucho más opulenta y elegante de lo que pudo ver en la foto enviada. La mujer se puso en pie y le dio dos besos en las lozanas mejillas. Tamara sintió un leve tirón entre sus piernas. Aquello prometía.
―           Creo que te lo he comentado con anterioridad, eres muy hermosa – le dijo Emily.
―           Gracias, señora – sonrió Tamara.
―           Llámame Emily. Vamos a ser amigas, ¿no?
―           Por supuesto – “tú pagas”, se dijo la joven.
―           ¿Nos vamos?
―           Sí.
Tamara no se sentía como una prostituta, en absoluto. Primero, andaba sólo con mujeres, y segundo, algunas ni siquiera querían tener sexo, solo compañía. El Royal Scène no estaba lejos de allí, apenas un par de calles al norte, y llegaron enseguida. Era un cine antiguo, reconvertido como tantos otros de su época en un coqueto multicine con cinco salas, dos grandes y tres pequeñitas.
―           ¿Qué vamos a ver? – preguntó Emily, mirando la cartelera.
―           Lo que tú quieras, Emily – repuso Tamara. – Pero te aconsejaría esa película francesa.
Emily miró la dirección del dedo de la jovencita. “Le bonheur de mademoiselle Jodine”, leyó.
―           ¿Por alguna particularidad?
―           Sí, por dos. La sala es pequeña y oscura – levantó otro dedo –, y no va a entrar nadie más a ver esa película.
Emily se rió bajito. No era nada tonta la chica, se dijo. Se acercó a la taquilla y sacó dos entradas. Al entrar en el vestíbulo, donde la calefacción se notaba considerablemente, Tamara se quitó el anorak que llevaba. La señora Laundas la dejó caminar delante de ella, observando el bonito culito que le hacía aquel pantalón de perneras anchas. Notó que se le secaba la boca. ¡Dios! ¡Y si no estaba a la altura? Aquella niña era monísima y no quería fastidiarla. Tan sólo tenía que mantener la serenidad. Era como montar en bicicleta, una vez aprendido nunca se olvidaba.
La mujer observó la sala al entrar. En realidad era muy pequeña, apenas una treintena de butacas y una pantalla de dos por tres metros. Se sentaron al final, en el rincón más alejado de la puerta. Emily también se quitó su abrigo, disponiéndolo sobre sus piernas. Tamara, en cambio, lo dejó en el asiento contiguo.
Ni siquiera habían comprado palomitas ni refrescos. La señora estaba ansiosa realmente y no estaba para picotear. Como buena acompañante, Tamara no abrió la boca. Cruzó las piernas y se arrellanó en el asiento. La sala se apagó y comenzaron los anuncios y luego los extractos de novedades. Con satisfacción, la señora comprobó que apenas podía ver más que el contorno del perfil de Tamara. Sin duda, aquella chica se había sentado allí, en esa misma sala, en más ocasiones.
Emily ni siquiera esperó a que empezara la película para besuquear el suave cuello de la chica. Tamara se rió por las cosquillas. La mano de la señora palpó uno de sus muslos y luego ascendió hasta su blusa, colándose por debajo. Emily acarició aquellos dulces pechitos, regodeándose en el tacto y en la ausencia de sostén. Reconocía que se estaba poniendo muy bruta. Todo aquel toqueteo hacía reaparecer sensaciones que tenía olvidadas.
―           ¡Madre mía! ¡Qué tetitas más deliciosas tienes! ¡Quisiera mordisqueártelas cuando salgamos de aquí! – susurró Emily.
―           ¿Por qué no ahora? – respondió Tamara, alzándose la blusa y dejando sus marfileños pechitos al abrigo de la penumbra.
―           ¡Oh, joder, joder! – dos dedos de la señora pellizcaron en pezón izquierdo con fuerza, haciendo jadear a la chica rubia. Después, inclinó la cabeza y se apoderó de la punta del cono de carne con los dientes.
Tamara se estremeció completamente. Aquella mujer sabía tratarla como deseaba. Sí seguía por ese camino, no tardaría en correrse. Alzó una mano y acarició la cabellera de la señora, haciendo que mordiera con más interés. No se atrevía a pedirle un buen bocado porque no quería asustarla, pero sin duda es lo que más deseaba.
La mano de la madura mujer estrujaba convenientemente sus senos, arañándolos levemente con las uñas. Tamara se mordía el labio, tratando de retener los gemidos que amenazaban con escaparse. No pudiendo soportarlo más, Tamara levantó el rostro de la mujer y buscó sus labios con ardor. El ansioso beso tomó un poco por sorpresa a Emily, pero tardó poco en enviar su lengua en busca de su contrincante. Tamara sabía jugar muy bien con su lengua y los besos. Succionaba como nadie y tenía todo un repertorio de niveles de lengua, como los llamaba.
Emily comenzó a alucinar cuando Tamara se puso a ello. Se echó hacia atrás, dejando que la chiquilla tomara la iniciativa y se recostara sobre ella, saboreando su saliva, enfundando la lengua con sus labios. La mano de Tamara exploró su pecho, buscando una apertura para colarse. Desabotonó un par de botones y sus dedos se deslizaron como pequeños animales furtivos. Con dos dedos, sacó uno de los senos del interior de la copa, pero sus pellizcos fueron suaves y tiernos, levantando la cabeza de la aureola lentamente hasta conseguir que se endureciera.
―           Oh, sí, así…
Emily llevó una de sus manos al duro trasero juvenil, aprovechando que prácticamente la chiquilla estaba recostada sobre ella. El liviano pantalón permitía sobar a consciencia. Apretó salvajemente aquellas nalgas mullidas y tensas a la vez, sacando una queja de los labios de su acompañante. Sin embargo, Tamara aprovechó aquel movimiento para deslizar una de sus piernas entre las de la señora, subiendo la larga falda todo lo que pudo. Nada más sentir la presión entre sus piernas, Emily las abrió de par en par, dejando que Tamara hiciese lo que quisiese.
―           Ay, Emily, qué ansiosa estoy – murmuró Tamara sobre los labios de la señora.
―           Eres puro fuego…
―           ¿Puedo meter la mano? – preguntó Tamara como una niña buena, refiriéndose a las piernas de la mujer. — ¿Qué tipo de braguitas llevas?
―           … lencería fina…un culote tipo… boxer, amplio – jadeó la mujer, sintiendo como la mano de la chiquilla se colaba bajo su falda.
―           Me gusta – susurró Tamara a su oído.
Los dedos de Tamara remontaron el acrílico de los pantys hasta llegar a la entrepierna ofrecida. Allí, la humedad era evidente y notable. Frotó la vulva con los dedos extendidos y tiesos, haciendo tragar saliva a Emily.
―           Rompe los pantys… hazlo, putilla – rezongó Emily. – Tócame, Tamara…
La joven rasgó con pericia las medias sobre la entrepierna, permitiendo introducir una mano para acariciar suavemente el flojo pantaloncito de encaje que ocultaba el sexo de la mujer. En la penumbra, mordiéndose el labio inferior, Emily posó sus ojos sobre el rostro de la chiquilla, enfrascado en su caricia. Se le antojó bellísima con aquella escasa iluminación. ¿Por qué una chiquilla como ella rondaba mujeres maduras? ¿Qué clase de vida llevaba?
Alejó esas preguntas de su mente, ni era el momento ni su problema. Estaba allí para gozar de su acompañante, para gozar como nunca…
Dos dedos de la rubia se colaron por el lateral del amplio culote, topando con un coño de pubis bien recortado y labios mayores inflamados de deseo. Tuvo la impresión de acariciar la vagina de una compañera de su edad, porque aquel sexo no había dado de sí con ningún parto. Coló los dos dedos en su interior, escuchando el siseo de la mujer.
“Lento, hazlo lento, que no se corra enseguida”, se dijo, frenando el ritmo de su mano.
―           Aaah… putita… no es tu primera vez, ¿verdad? – musitó tras lamer los labios de Tamara, que mantenía su frente pegada a la de la señora.
―           No, señora…
―           ¿Te gustan las viejas como yo? – Emily la aferró fuertemente por la cola de caballo.
―           Me chiflan… pero no eres… vieja… mi señora – dijo Tamara, entre dientes, la cabeza ladeada por el súbito tirón.
Emily sintió como sus entrañas se licuaban al escuchar aquella denominación que había surgido tan natural de los delicados labios de Tamara. “Mi señora”. La hizo imaginarse tumbada sobre cojines plumosos, rodeada de chiquillas de todas las razas y colores, y decidiendo a quien desflorar o castigar, según le viniera en ganas. “Mi señora.” ¡Qué morbo le hacía sentir!
Los dedos de la chica se llenaron de lefa que amenazaba con desbordar el tejido y deslizarse bajo sus medias. Tamara llevó su dedo corazón a rascar suavemente el clítoris y se encontró con toda una sorpresa. Emily poseía un clítoris descomunal. Se lo imaginó sobresaliendo desafiante y rollizo, completamente tieso. Nada más rozarlo, Emily botó en la butaca de cine, dejando escapar un gruñido. Con tal órgano, Tamara debía llevar cuidado con sus caricias. Corría el riesgo de hacerla acabar enseguida y eso podía significar quedarse sin propina.
Sin embargo, cada vez le costaba más esfuerzo serenarse. Podía intuir lo increíblemente cerda que podía ser aquella burguesa y eso la ponía frenética. Deseaba meter su cara entre aquellas piernas y aspirar el aroma a coño maduro que debía desprender.
―           ¡No puedo más, señora! ¡Tengo que comérmela! – exclamó en un ronco susurro Tamara, tirándose de rodillas al suelo, entre las piernas de Emily.
―           ¿Qué…? – repuso la mujer, sorprendida por la vehemencia de la joven.
―           Quiero lamerle el coño… por favor… déjeme hacerlo… meter mi lengua en su sexo… por favor – Tamara gemía mientras sus manos subían el tejido de la falda para dejar la entrepierna de la mujer al descubierto.
Los ansiosos dedos desgarraron aún más la rotura de los pantys, permitiendo que una mano apartara a un lado el flojo culote y la lengua sedienta se lanzara a lamer cada gota de humedad.
―           ¡Ooooh, síííí… cómetelo todo… mi niña! – exclamó Emily, con voz ronca. Si hubiera habido otro espectador con ellas, lo hubiera escuchado sin duda.
La mujer se dejó caer en la butaca, levantando su pelvis para incrustarla en el mentón de la chiquilla. Ésta, arrodilla en el suelo, metía la cabeza bajo la falda, en busca del mayor tufo posible. La cubierta cabeza formaba un bulto que se agitaba en el bajo vientre y Emily la mantenía aferrada con ambas manos, una de sus piernas cabalgando el brazo de la butaca.
Totalmente a oscuras, los labios de Tamara aspiraron con fuerza aquel gigantesco clítoris, haciéndolo rodar entre sus dientes. Las caderas de Emily se dispararon como si hubiera recibido una descarga.
―           Oooiiigggg… p-para… paraaaa… aaahhggg… – Emily intentaba detener la lengua de Tamara, pero las palabras apenas brotaban de su reseca boca. Se estaba corriendo como nunca, traspasada por pequeños espasmos de puro placer. Ah, cuanto había echado de menos aquello… que siguiera lamiendo aquella niña, poco le importaba ya si se le escapaba unas gotas de pipi. – Sigue… sigue así, Leonor… por el amor de Diossss…
Tamara, dedicada a su tarea, escuchó aquel nombre extraño, pero no hizo pregunta alguna – tampoco era el momento – y siguió atormentando aquel botón de la locura. Sin duda, la señora estaba desvariando de gusto. A saber quien sería la tal Leonor.
Emily se corrió una segunda vez, en menos de un minuto, y en esa ocasión dejó escapar el mayor flujo que salió nunca de sus entrañas, llenando la boca de Tamara. Ésta se relamió tras tragarlo y salió de debajo de la falda. Estaba loca por gozar, pero sabía que aquella mujer sólo utilizaría los dedos para contentarla y, por eso, prefería salir del cine. La calentura de la señora la había puesto frenética y la había hecho gozar en los primeros quince minutos de la sesión. Ambas necesitaban una cama e intimidad.
―           Necesito que me folle… señora – murmuró, sin levantarse del suelo.
Emily aún jadeaba, recuperándose de su impresionante orgasmo. Su fiebre sexual había descendido a niveles controlables, pero el morbo seguía en su cerebro, activando imágenes libidinosas e inconfesables que mantenía su interés bien alto.
―           Aquí no podemos, pequeña.
―           A su casa… lléveme a su casa, por Dios. Me muero…
―           ¿Ahora?
―           Ahora mismo. Tengo el coche cerca – Emily la ayudó a levantarse, mientras pensaba en la propuesta. Su marido estaba en una convención, en Escocia. Estarían solas y ninguna vecina chismorrearía sobre dos mujeres en casa.
―           ¡Vamos! – se decidió la mujer, tomando su abrigo del suelo, donde había resbalado.
A su lado, Tamara se puso el anorak para que cubriera cualquier desperfecto en su ropa. El chico de las palomitas se quedó mirándolas, extrañado de que se marcharan tan rápidamente. De acuerdo que la película esa era un tostón, pero… ¿tan mala era?
Ya en la calle, ambas aspiraron el aire frío de febrero, calmándose algo. Caminaron hasta el coche de Tamara y ésta le preguntó a su contratante:
―           ¿Ha traído coche, señora?
―           No, cariño, vine en taxi.
―           Mejor – sonrió Tamara, abriendo su vehículo.
Emily contempló el rostro arrebolado de la rubita y sus límpidos ojos que la hacían parecer un ángel. ¿Estaba fingiendo cuanto habían hecho? La mujer no lo creía, era demasiado joven para ser tan buena actriz. ¿Cuál sería su historia?, acabó preguntándose. En un ramalazo de cordura, desechó la idea de preguntar.
Tamara arrancó y le pidió su dirección. Emily, tras decírselo, se volvió a sentir traviesa y juguetona. Avanzó una mano, depositándola en el muslo de la conductora. Notó los firmes músculos bajo el pantalón, activando los pedales. Sus dedos se clavaron en la entrepierna. Tamara se rió y le quitó la mano.
―           Nos vamos a matar como siga, señora – Tamara tan sólo utilizaba aquella forma respetuosa para referirse a su clienta. Sabía que le encantaba a la mujer y a ella también.
―           ¿Te lo han hecho alguna vez?
―           ¿El qué, señora?
―           Masturbarte mientras conduces – Emily volvió a colocar sus dedos en el sitio indicado.
―           No, nunca. Hace poco que conduzco…
―           Pues vamos a probar ahora.
―           No… espere…
Pero Emily no hizo caso. Desabotonó la cintura del pantalón y descendió la cremallera de la bragueta. De esa forma, pudo introducir su mano derecha, con la palma pegada al pubis de Tamara, deslizándose bajo el pegado culote.
―           ¡Por San Jorge! ¡Estás chorreando, niña!
―           Usted me tiene así, señora.
―           Céntrate en la carretera y déjame a mí – se relamió la mujer, introduciendo uno de sus dedos en el coñito de Tamara.
Aunque redujo la velocidad, Tamara no las tuvo todas consigo. Aquellos dedos la enloquecían, la traspasaban, la enervaban de tal manera que estuvo más de una vez a punto de soltar el volante y empujarlos hasta el interior de su cuerpo. Mantenía la sien derecha apoyada en el cristal de la ventanilla y los ojos se le entornaban de placer. Conducía sólo con una mano, la derecha. La izquierda estaba apoyada sobre el hombro de Emily. Ésta, sin llevar el cinturón puesto, se inclinaba un poco hacia delante, para poder admirar las expresiones de placer que adoptaba Tamara, entre suspiro y suspiro. Sus dedos estaban atareados entre los muslos y, de vez en cuando, giraba la cabeza para atrapar uno de los dedos de Tamara sobre su hombro y chuparlo.
La rubita se corrió dulcemente, sin abandonarse del todo, sin perder de vista la carretera. Al menos sirvió para calmarla algo y dejar que llegaran a la casa de la señora, un magnífico chalé de dos plantas, con amplio jardín, al que no presto nada de atención Tamara. Nada más cerrar la puerta exterior, Emily abrazó la chiquilla, desnudándola con impaciencia. Quería verla desnuda, necesitaba ver si era como había imaginado en sus caricias.
Así que ni siquiera subieron al dormitorio, sino que ambas quedaron desnudas en el despacho biblioteca de su marido. Entre risas y pellizquitos, Tamara quedó con las nalgas apoyadas al escritorio, mientras la señora la abrazaba y besaba profundamente.
Ahora que podía verla al natural, Tamara estaba muy satisfecha de la suerte que había tenido con aquella señora. Era bastante atractiva y su cuerpo algo flojo pero despampanante. Además, era toda una perra altiva que la trataba como Tamara se merecía.
―           Ven, putilla… te voy a devolver esa lamida… ¡multiplicada por siete!
Tamara chilló, divertida, cuando la señora la arrojó sobre un mullido sillón individual, tapizado con líneas verticales, beige y rojas. Tamara quedó espatarrada sobre el mueble y Emily se encargó, de rodillas ante ella, de abrirla bastante de piernas. Entonces, con un grosero ruido de succión, se lanzó a devorar aquel coñito que, para colmo, no tenía un solo pelito.
Tamara suspiró, cerró los ojos y dejó caer la cabeza a un lado, atrapando el pelo de la señora con una mano. Una sonrisa beatífica no abandonaba sus labios, al menos al principio. Luego, la lengua, labios y dientes de Emily aumentaron su paroxismo, llevándola a culear agitadamente para que aquella lengua se hundiera aún más en su sexo.
Sus quejidos aumentaron, su respiración se volvió jadeante, sus ojos giraban en las órbitas. La mano que posaba sobre la cabeza de Emily se agarrotó, convirtiéndose en una zarpa que tironeaba del arreglado cabello de la señora. Todo eso sucedía a medida que la lamida seguía, lenta y persistente.
―           Aaaaaoooohhh… me corro… señora, por Dios… – dejó escapar Tamara, cerrando sus piernas y atrapando la cabeza de Emily entre ellas.
Emily apoyó la barbilla sobre el pubis de la joven y la admiró mientras se recuperaba del orgasmo.
―           ¿Quieres un trago, putilla? – le preguntó, poniéndose en pie.
―           No, gracias… estoy de maravilla ahora…
―           Pues no hemos hecho más que empezar, niña – dijo la señora, sacando del mueble bar, una cara botella de coñac.
Emily atrapó un cojín, lo tiró al suelo, ante el sillón donde aún estaba desmadejada Tamara y se arrodilló de nuevo. Descorchó la botella y dejó caer algunas gotas sobre el ombligo de la joven. Emily se inclinó y las limpió con la lengua. Riendo, Tamara se abrió de piernas ante las indicaciones de la señora. Un reguero de coñac bajó por su vientre y pubis hasta correr por encima de su vagina, donde la ávida boca de Emily esperaba para recoger el licor.
―           Ay… escuece – se quejó Tamara, muy bajito.
―           ¡A callar, putita!
―           Sí, señora.
―           Te he prometido que te lo devolvería por siete, ¿verdad? Pues vamos a por la segunda, cariño…
Aquella noche, Tamara no regresó a casa ya que se quedó dormida, totalmente agotada, en los protectores brazos de la señora Emily. Las dos desnudas y abrazadas en la gran cama de matrimonio. A la mañana siguiente, junto con un opíparo desayuno, Tamara recibió un cheque de mil libras esterlinas y un enorme beso de despedida.
Mientras arrancaba su coche, deseó que la señora no tardara demasiado en llamarla otra vez.
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