La criada serbia.
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Prometo responder. gracias.

Tamara aparcó su pequeño Citigo debajo de uno de los grandes robles de la avenida Rotter, muy cercana a Axxon Stone. Se dirigió hacia la cercana finca, donde se ubicaba una casita de estilo Tudor, perfecta en todos los detalles, así como en la vereda de piedras que llevaba hasta ella.

Activó el melodioso carillón que hacía de timbre, y, pasados unos segundos, la puerta se abrió. Una mujer, vestida con una bata de trabajo, blanca y rosa, le franqueó el paso.
―           Buenos días, Olga – la saludó Tamara.
―           Buenos días, señorita Tamara – respondió la criada, con un fuerte acento eslavo. – La señora espera en la cocina.
―           Gracias.
Tamara, quien ya se conocía la casa, anduvo directamente hasta la amplia cocina rústica, con suelo de imitación a arcilla cocida y un gran poyo de piedra pulida. La señora Gardner le estaba dando de comer a Stan, su retoño de tres años. Vestía un elegante traje de pantalón y chaqueta que, en previsión de cualquier manotazo de su hijo, llevaba cubierto con un gran delantal de cocina.
―           Ah, Tamara, que bien que hayas llegado – saludó la mujer, levantando la cabeza.
―           Si. Ya me ocupo yo – respondió, quitándose el plumón nórdico.
―           Esta mañana tengo que enseñar un par de casas en la colina Rubbert. Me ocuparan casi toda la mañana.
―           Vaya tranquila. Almorzaré aquí e iré directamente a casa de los Gaffter.
―           Hablé con Kate ayer, por teléfono. Parece que lleva muy bien su postparto – Tamara asintió, sabiendo que las dos mujeres eran amigas. De hecho, Tamara fue recomendada por la señora Kiggson para trabajar con Kate. – Bien, me voy, querida. Aún me queda un rato de conducir.
―           Hasta luego – le dijo ella, mientras la señora se quitaba el delantal.
Tamara acabó de darle el desayuno al niño en pijama, que jugaba con un cochecito a escala sobre la superficie de la mesa. Olga, la doncella, entró en la cocina y le sonrió.
―           ¿Un café, señorita Tamara?
―           Me vendría bien, gracias.
―           ¿Has desayunado?
―           Solo un par de galletas y un sorbo de café – rió Tamara.
―           Malo. Hay que alimentarse bien al desayunar. Es la principal comida del día. En mi país, se toma hasta sopa en las frías mañana.
―           Lo sé, lo sé, pero, desde hace un tiempo, me siento terriblemente desganada por las mañanas. No tengo energía para nada, ni siquiera para comer.
―           Eso puede ser por falta de vitaminas, o exceso de trabajo – dijo Olga, pasándole una jarra de cerámica con el café. — ¿Muchos clientes?
―           Bueno, no me puedo quejar. Tengo cubiertas todas las horas de la semana, y los fines de semana, casi siempre tengo un extra – se encogió de hombros la hermosa rubia, mientras añadía leche a su café y un par de cucharadas de azúcar.
―           Tómate un complemento vitamínico, ya verás como te anima.
―           Puede que tengas razón – dijo, tomando un sorbo. — ¿Y tú? ¿Sigues viviendo aquí, en casa de los Kiggson?
―           Si. Prefiero echar unas horas más y ahorrarme el alojamiento. Es la única forma de enviar algo de dinero a mi familia, en Kosovo.
―           ¿Cuántos años llevas fuera de casa?
―           Casi quince años. He estado en Grecia, España y, ahora, en Inglaterra.
―           ¿Y no has vuelto por tu país?
―           Si, al acabar la guerra. Soy serbia, aunque mis padres han mantenido su casa entre vecinos albaneses, gracias a que siempre se han llevado bien. Dejé allí a mi hija – no pudo ocultar el pesar en su tono, a pesar de su acento.
Tamara observó atentamente a la criada. No es que la conociera mucho, pues, aunque siempre estaba en la casa cuando ella venía a cuidar del niño, no solían coincidir demasiado, cada una dedicada a sus tareas. Pero Tamara se había fijado en ella, de todas formas. Era una mujer de estatura media, de pelo rubio oscuro, corto y de punta. Sus ojos eran de un marrón claro, muy bonitos cuando reflejaban la luz. Llevaba las cejas muy depiladas, lo que acentuaba aún más sus finas y afiladas facciones. Su cuerpo era esbelto, un tanto delgado en brazos y piernas, pero poseía unos senos pujantes que realzaban su bata.
―           ¿Cuántos años tiene tu hija?
―           Doce años.
―           ¡Doce! ¿Con cuantos años la tuviste? – Tamara estuvo a punto de atragantarse.
―           A los dieciocho. Tengo treinta años.
―           ¡Que joven!
―           Pues me siento bastante mayor – musitó Olga, poniendo unas rebanadas de pan en la tostadora.
―           ¿Por qué?
―           Porque he vivido demasiado para mis años, y eso suele pasar factura.

El niño empezó a bailotear sentado. Tamara supo que eso significaba “pipi”, así que se lo llevó directamente al cuarto de baño, cortando la conversación. Cuando regresó, tras dejar a Stan ante los dibus que daban en la tele, Olga tenía tostadas preparadas y untadas.

―           ¿A qué te referías con haber vivido tanto? ¿A la guerra? – preguntó Tamara, sentándose a la mesa y atrapando una tostada.
―           No, me sacaron del país antes de comenzar la guerra, así que no la he conocido.
―           ¿Ah, si? ¿Conseguiste un trabajo fuera del país?
―           Algo así – sonrió Olga, con tristeza. – Trata de blancas.
―           ¿QUÉ?
―           A los catorce años, fui raptada por un fis albanés, un clan criminal, que me sacó del país, vía Macedonia. Allí, fui vendida a un burdel. Aún no estaba demasiado desarrollada, por lo que la encargada me tomó bajo su tutela.
―           ¡Joder! ¡Qué palo! ¿Te obligaron a…?
―           Al principio no. Demeka, la señora, fue casi amable, se podría decir. Dormía con ella y me educó para ayudar a las chicas y para satisfacerla. Creo que fue mi periodo más feliz. Demeka y las chicas me cuidaban, me arrullaban con caricias y golosinas, y yo, tan contenta, trataba de devolverles el placer – confesó, enrojeciendo un tanto.
Tamara no preguntó nada, dejándola hablar. Su mente generó una imagen excitante, que le removió el cuerpo. Le dio otro mordisco a una nueva tostada y se sirvió algo más de café.
―           Pero solo me estaban cebando – masculló Olga. – Me estaban confiando, a la espera de vender mi virginidad…
Tamara extendió su mano y la posó sobre el antebrazo de la doncella, en un mudo gesto de solidaridad. Le rubia serbia la miró y sonrió, posando su propia mano sobre la de Tamara, como muestra de agradecimiento.
―           Entonces, empezó mi calvario. Era carne fresca en un burdel. Al menos, fue uno de categoría y los hombres no eran apestosos. Al año, me traspasaron a otro local, esta vez, en Atenas. Pasé dos años más allí, y me llevaron a Barcelona, donde me quedé embarazada, sin saber quien era el padre.
La mano de Olga atenazaba los dedos de Tamara, mientras recordaba su periplo. En un par de ocasiones, tuvo que tragar saliva para no echarse a llorar. Tamara intuyó que la doncella necesitaba desahogarse, participar de su emoción.
―           Me estuvieron usando hasta el último mes de embarazo. Era una especie de atracción, pues había tipos que repetían a diario. Decían que era toda una oportunidad tirarse a una preñada – dijo Olga, con despecho.
―           ¡Que brutos!
―           Tras el parto, dejaron que me recuperara durante un mes, en el cual solo tenía que cuidar de mi bebé y hacer ejercicio físico para volver a obtener mi figura. Los cabrones no estaban dispuestos a perder dinero.
―           ¿Cómo saliste de esa vida?

―           Por suerte. Viví en un par de apartamentos dela CostaAzuly también en el Levante, en Valencia, y tras unos tres años, me enviaron a Madrid. A los cinco meses de estar en la capital, la policía hizo un registro del chalé donde estábamos ejerciendo, cinco chicas y yo. Buscaban drogas de unos colombianos, pues el chalé estaba a su nombre, pero lo habían subarrendado a los albaneses. Así fue cuando, sin querer, la policía dio con el lupanar.

―           Vaya, vaya…
―           Como ninguna de nosotras tenía papeles, ni documentación, pasamos a disposición judicial, pero ninguna habló por miedo. Finalmente, acepté que me repatriaran, aunque pude haberme quedado en España, pues mi hija disponía de la nacionalidad.
―           Pero quedarte era quedar en sus manos, ¿no?
―           Exactamente – asintió Olga. – Preferí ir con mi familia.
―           Menuda historia. El reencuentro tuvo que ser de aúpa…
―           Si. Mi padre creía que me habían matado, pero mi madre intuía que estaba retenida. Busqué trabajo en Pristina y en los alrededores, pero solo encontré trabajo temporal y mal pagado. Así que dejé a Mila, mi hija, con sus abuelos, y me vine a Londres, con una oferta de trabajo. He estado en Liverpool y en Glascow, trabajando en pubs y en locales nocturnos, siempre como camarera. Al final, probé suerte en Derby, buscando un sitio más tranquilo, y aquí estoy – dijo, sonriendo y palmeando la mano de Tamara.
―           Ahora estás bien, ¿no?
―           Si, señorita. Ahora está todo bien…
―           Así que… de amores, ¿nada de nada?
―           No. Los hombres no me atraen demasiado, después de lo vivido.
―           Normal.
―           En ocasiones, paso mi tarde libre en Olser, un pub para gays y lesbianas en Motte Hill, pero, salvo algún escarceo temporal, no hay nada más. No dispongo de tiempo, ni espacio para una relación.
―           Conozco Olser – musitó Tamara, mirándola a los ojos.
―           ¿Tú has ido por allí? – se asombró, a su vez, la doncella eslava.
―           Si, pero suelo ir los fines de semana, por la noche – sonrió la rubia, sin apartar la mirada.
La criada se estaba poniendo nerviosa, porque ahora, los dedos de Tamara transmitían otra intención, deslizándose sobre el dorso de su mano.
―           Eres muy joven como para haber experimentado con ambos sexos – Olga se repuso de la sorpresa y acarició la mano de Tamara, a su vez.
―           Bueno, nunca me ha atraído la personalidad de los hombres. Son tan brutos y zafios, tan jodidamente arrogantes y pagados de si mismos… — Tamara se estremeció. – Verdaderamente, me desagradan. Esos cuerpos velludos, las bruscas maneras…
―           Ya veo, señorita.
―           Llámame solo Tamara. Creo que podríamos ser buenas amigas, ¿no te parece?
―           Para mí sería estupendo, de verdad.
―           ¿Ah, si? ¿Por qué?
―           Porque no necesitaría salir de aquí para tener una agradable compañía – repuso Olga, acercando su cuerpo al de la joven.
Aún mantenía la mano de Tamara atrapada entre sus dedos y la acabó llevando hasta uno de sus pletóricos senos, introduciéndola bajo su bata.
―           No sería mala idea – susurró Tamara con una sonrisa.
―           Es una idea que ha pasado muchas veces por mi cabeza. Cada vez que te veía en casa, cuando me cruzaba contigo… siempre has llamado mi atención… eres muy hermosa – le susurró Olga al oído, antes de mordisquear suavemente su lóbulo.
―           ¿Por qué… no lo dijiste… antes? – preguntó Tamara, refrenando las cosquillas.
―           No creí que una preciosidad tan joven gustara de las mujeres – los labios de Olga se quedaron a un centímetro de la boca de la joven.
―           Tonta… — musitó Tamara, antes de aplastar aquellos labios que la incitaban, con los suyos propios.

Se devoraron mutuamente, mordisqueando los sensibles labios, compartiendo saliva y retorciendo hábilmente sus lenguas. Su abrazo era cada vez más fiero y sensual. Olga metía uno de sus muslos entre los de Tamara, aprovechando los ajustados jeans que la niñera llevaba. En cuanto a la mano que Tamara mantenía en el escote de la serbia, había ahondado mucho más, desabrochando un par de botones más.

Palpaba a placer unos senos que se le antojaban realmente voluptuosos, atrapados por un sujetador deportivo, de color blanco. Los sentía plenos y firmes, bajo sus dedos. Los pezones respondían inmediatamente al roce, irguiéndose como obedientes soldados ante una orden.
Se separaron, jadeando y mirándose. Tamara sonrió.
―           Tengo que ver a Stan. Puede hartarse de estar solo y venir a la cocina – dijo.
―           No habría mucha diferencia. Tan solo tiene tres años – sonrió Olga.
―           Pero mejor es que se quede mirando los dibujitos. Nunca sabes lo que un niño puede contar – repuso Tamara, zafándose de las manos de la serbia. – Vuelvo enseguida…
Al pasar, tomó una botellita de agua, de esas que disponen de una boquilla para los niños, y marchó al living, con pasos acelerados. Stan estaba muy atento a lo que unas marionetas de fieltro estaban contando en la pequeña pantalla. Tamara se sentó a su lado y el niño, tras mirarla, se echó en ella, buscando su calor.
―           ¿Qué estás viendo? – le preguntó, dejando la botellita de agua sobre la mesita.
―           Pery… y Dory – exclamó el niño.
―           ¿Te aburres?
El niño negó enfáticamente con la cabeza.
―           Bien. Estoy con Olga en la cocina. Si deseas algo, me llamas, ¿de acuerdo?
Un asentimiento, esta vez.
―           Stan, mírame… — el niño volteó el cuello hacia ella, mirándola con sus grandes ojos claros, llenos de inocencia. – Así está mejor. Recuerda que hay que mirar a la gente cuando se habla con ella…
―           Si, Tami.
―           Bien. Tú no te levantes. Si quieres algo, me llamas. Ahora, dame un besito – le pidió, poniendo la mejilla.
Stan la obsequió con un beso muy fuerte y largo, que la hizo reír. Más tranquila, le dejó con su programa de marionetas y regresó a la cocina. Se quedó muy sorprendida al encontrarse con la criada serbia en ropa interior. La bata se encontraba sobre la mesa y la mujer le sonreía pícaramente, posando en ropa interior.
―           He pensado que estábamos perdiendo el tiempo – dijo Olga, tomándola de la mano. — ¿No te parece?
―           Quizás…
―           Ven… súbete – le pidió la criada, ayudándola a sentarse sobre el poyo de piedra pulida.
Una vez arriba, Olga le quitó las botas y le sacó el jersey por encima de la cabeza.
―           Quiero verte… — le susurró Olga, con deseo.
Tamara se quitó ella misma la camiseta, mientras que su amante le desabrochaba los tejanos.

―           Te quiero toda desnuda – sonrió la mujer. – Vamos a jugar a algo que suelen hacer los ricos…

Dejó a Tamara quitándose la ropa interior y abrió el frigorífico, sacando un bote chato de chocolate líquido. Lo metió en el microondas, programándolo para un fuerte y rápido golpe de calor. Tamara la miraba con curiosidad. Olga sacó un plato de gordas fresas de la despensa, que tuvo la virtud de hacer palmotear a Tamara.
―           Veo que te gustan. ¿Las has tomado bañadas en chocolate caliente?
―           No…
―           Bien – la sonrisa de Olga era casi diabólica. – Ábrete bien de piernas, por favor.
Tamara resbaló un poco su trasero por la fría piedra y se abrió de piernas, mostrando su depilado sexo completamente.
―           Lo tienes todo depiladito… Perfecto, mucho mejor así – dijo Olga, dejando el plato de fresas al lado.
El microondas timbró y la criada sacó el bote de chocolate. Vertió un poco sobre la cara interna de la muñeca, como si se tratase del contenido de un biberón, catando así su temperatura. Limpió el chorreón de chocolate con la lengua, sin dejar de mirar a Tamara. Esta se estaba calentando con toda aquella presentación que Olga estaba realizando. Mantenerse así, desnuda y abierta, sin saber muy bien qué iba a pasar, la estaba poniendo ansiosa.
Abrió un placard y tomó un platito de café. Puso en él una de las fresas y la bañó de chocolate, con un fuerte chorro.
―           Esta es para ti – le indicó a Tamara. – Pruébala. Yo tomaré otra fruta madura…
Y, de repente, vertió un buen chorro de chocolate tibio sobre el pubis y la vagina expuesta de la niñera, quien jadeó y se sobresaltó, por la impresión.
―           Tranquila… pienso limpiarla toda con la lengua – le susurró Olga, inclinándose entre sus piernas. – Cómete la fresa…
Pringándose los dedos, Tamara atrapó la fresa del platito y se la llevó a la boca. Le dio un mordisco y lamió el goteante chocolate. Estaba riquísima. La fruta algo ácida y el chocolate, negro y dulzón; una perfecta unión. Sin contar que la lengua de Olga estaba realizando travesuras sobre su clítoris. La sensación del chocolate deslizándose por entre los pliegues de su entrepierna, con aquella textura de cálida melaza, elevó su excitación.
Gimió más fuerte cuando el índice de Olga se introdujo en su bien mojado coñito, ayudando al chocolate a entrar en la cavidad. Un dedo que salió varias veces para embadurnarse de más chocolate, para verter en el interior.
―           Mmm… un coñito de chocolate… mucho mejor que los huevos de Pascua – bromeó la doncella.
―           Si… ni siquiera… tienes que… buscarlo en el jardín…
Tamara tenía los ojos cerrados y dos dedos pellizcando uno de sus pezones. Estaba tan concentrada en la sensación de su pelvis que ni siquiera se había limpiado los labios con la lengua, aún manchados de chocolate. Sin embargo, la lengua de Olga estaba dejando el interior de su coñito bien limpio. Sacaba el chocolate que antes había introducido, con toda paciencia, gota a gota.
―           Quiero… probarlo – jadeó Tamara.
Olga sacó la lengua del interior de la babeante vagina, llevando en ella restos de chocolate y flujo. Se irguió y dejó la lengua al alcance de los labios de Tamara, quien succionó rápidamente el grueso y sensual apéndice, degustando así su propio sabor.
―           Sabes deliciosa – la alabó Olga.
―           Lo sé. Estaría todo el día… lamiéndome, si pudiera…
Olga se rió con ganas y le pasó la lengua por los labios manchados, limpiándola. Tomó de nuevo el bote y roció levemente los pezones, aplicándose a chuparlos. Tamara le acarició la nuca, gruñendo de placer.
―           Vámonos a una cama – le pidió Olga.
―           No… no… puedo dejar… solo a Stan – murmuró Tamara, febril.
―           Entonces… échate sobre la mesa… vamos
―           Si… si…
―           Así, de bruces… alza más el trasero, cariño… Voy a comerte toda la raja como nadie te la ha comido nunca…
―           Uuuuhhh… — Tamara solo pudo gemir al escuchar aquello, la mejilla sobre su antebrazo, tumbada sobre la mesa que apenas contenía su cuerpo.
Un nuevo chorro de chocolate, que cayó resbalando entre sus nalgas. Olga hundió su rostro allí, lamiendo como una desesperada, llevando su lengua, todo lo adentro que podía, cubriendo el sabor íntimo con el regusto del chocolate. Dos de sus dedos se encargaban de penetrar a Tamara, a toda velocidad.
Tamara, agitando las caderas como una loca, se mordía el propio antebrazo para no gritar de gusto y alertar al niño. Cuando el orgasmo la alcanzó, se llevó dos dedos al clítoris y lo pellizcó muy fuerte, consiguiendo subir una nueva cresta en su placer.
Aún estremecida, permitió que Olga le diera la vuelta, dejándola boca arriba. La besó dulcemente, diciéndole suaves piropos, unas veces en español y otras veces, suponía, en su lengua materna.
―           Espera… un minuto a que… me recupere – gimió Tamara.
―           Claro que si, bomboncito.
Se bajó las bragas, pues aún seguía llevando su ropa interior, y las dejó sobre el rostro de Tamara, con una risita.
―           ¿Huelen bien?

―           Parece que has estado nadando con ellas – comentó Tamara, olisqueándolas.

Olga se sentó en una de las sillas, abriéndose de piernas. Su pubis presentaba un pequeño mechón de vello rubio.
―           Quiero que vengas a gatas y metas la cabeza entre mis piernas. ¿Lo harás? – le dijo.
―           Si – contestó Tamara, bajándose de la mesa y arrodillándose en el suelo.
―           ¿Vas a ser una buena perrita y me vas a comer todo el coñito, hasta que chille?
―           Si… hasta que te desmayes…
―           Mmm… ya lo creo – dijo, atrapando con una mano la barbilla de Tamara y levantándole el rostro para admirarlo. – Con esa carita de viciosa y esos labios tan hermosos… me voy a correr con solo verte lamer…
Aquella actitud de mujer agresiva, de hembra guarra y dominante, ponía frenética a Tamara. No podía resistirse a quien pudiera manejarla de esa forma. Se derretía totalmente, a poco de ser tratada de tan sucio modo. Tomándola del pelo, Olga llevó su boca hasta donde pretendía. Tamara probó el fluido salado que perlaba la vagina de su amante, en abundancia, y se explayó allí, como si hubiera encontrado la fuente dela EternaSatisfacción.Lentamente, abandonó su postura de perra, para replegar sus piernas y sentarse sobre sus talones, los codos apoyados sobre los muslos abiertos de Olga, y las manos abriendo la ansiada vagina, que no dejaba de lamer y chupar.
―           лепа курва… jamás me… lo han comido… con tanto…aaaahhh… fervor… — murmuró Olga.
Tamara subió sus manos hasta los pechos de su amante, metiéndose bajo el sostén deportivo, aferrando los turgentes senos hasta estrujarlos. Al mismo tiempo, su lengua envolvía completamente el clítoris, soplando fuertemente sobre él, para, inmediatamente, sorber largamente.
―           ¡Cabrooonnaaaaa! ¡ME ESTÁS MATAAAANDOOOO! – gritó Olga, sacudiendo sus caderas en verdaderos espasmos, pero no consiguió que Tamara apartara los labios de su clítoris.
Con un largo quejido, Olga se cayó de la silla, quedando en una postura fetal en el suelo, de costado, con las manos entre sus piernas. A su lado, Tamara, aún de rodillas, se limpiaba las comisuras de la boca, tan jadeante como su compañera.
―           ¿Crees que encontraras tiempo para hacerme esto a diario? – preguntó débilmente Olga, sin moverse de su postura en el suelo.
Tamara no contestó. Estaba atareada en tapar sus desnudeces a los ojos del pequeño Stan, quien estaba mirándolas desde la puerta de la cocina, atraído por el grito de Olga.
                                                  CONTINUARÁ………..
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