Quiero que esta historia sea un homenaje a mi amigo Peter. Sin él no habría conseguido nada de lo que tengo y, lo que es peor, probablemente estaría muerto.

Desde que tengo uso de razón y guardo recuerdos, el nombre por el que todos me conocen y por el que me han llamado es John. Sin embargo, mi apellido, Smit, no es el mío original. Nunca conocí a mis padres. Fui criado por una prostituta del barrio más pobre de Nottingham, mejor dicho, por las tres únicas putas que había, aunque la que me controlaba siempre era Edwina (curioso nombre para alguien que nunca tuvo un penique, en inglés antiguo, significa “amiga rica”), a la que llamaba madre.

Mi amigo Peter vivía en una casa donde acogían a niños huérfanos para educarlos y hacerles hombres y mujeres de provecho, aunque la realidad era que se dedicaban a iniciarlos en la mendicidad y la delincuencia. Les enseñaban a leer, escribir y algo de números. Lo justo para poder realizar mejor su trabajo.

Ambos estábamos siempre en la calle, donde pasábamos los días peleando entre nosotros y con los otros muchachos del barrio. Yo le ayudaba a conseguir las cantidades de monedas que le exigían sus benefactores, a pesar de los castigos que me aplicaba Edwina cuando se enteraba, y él me enseñaba las letras y números.

Se nos daba muy bien robar la bolsa a los borrachos, pero resultaba poco productivo, ya que solían llevarla casi vacía, pero por lo menos, conseguíamos que no fuese castigado.

Yo dormía en un rincón de la habitación en la que vivíamos y que mi madre también utilizaba para trabajar con sus clientes. Mi obligación era estar dormido o hacer que lo estaba, lo que me permitía ver lo que ocurría entre mi madre y los hombres que la visitaban.

Un día, oí que uno de los clientes le decía:

-Acuéstate bocarriba y levanta el culo, que te la voy a clavar en él.

Oí los movimientos, mientras permanecía con los ojos cerrados, haciéndome el dormido.

-Ooooohhhh. Qué estrecho lo tienes para ser puta. ¡Cómo lo voy a disfrutar!

Luego los sonidos y ruidos habituales, hasta que empecé a oír golpes. Abrí los ojos y vi a mi madre con las piernas abiertas y separadas, a su cliente que, mientras la enculaba, le daba puñetazos en las tetas y en la cara, hasta hacerle escupir sangre.

-Maldita zorra. Toma lo que te mereces… por puta… -Le decía mientras golpeaba.

Sin pensarlo, me levanté y fui corriendo hasta ellos, mordiendo con fuerza al castigador, hasta marcarle los dientes en su muslo.

Él se volvió rápidamente y con el mismo impulso, me dio una tremenda bofetada que me arrojó de la cama al suelo, hasta que choqué con la pared.

Eso originó un tremendo lío. El cliente se quería ir sin pagar, alegando que no se había corrido. Mi madre no se lo permitía después de lo que había tenido que soportar. Yo llorando e intentando aferrarme a mi madre…

Al final, me sacaron a la puerta con orden de esperar allí hasta que terminaran. Yo me senté en el suelo, con la espada pegada a la pared y seguí llorando durante mucho rato, hasta que me quedé dormido. Por la mañana, desperté en mi saco de paja.

Mi madre me explicó que había hombres que disfrutaban pegando a las mujeres y mujeres que disfrutaban siendo golpeadas y humilladas. Que el cliente de la noche, era de los que les gustaba pegar, y pagaba buenos chelines por ello, lo que contribuía a mejorar nuestra forma de vida.

Yo le dije que quería trabajar para llevar ese dinero a casa y que ella no tuviese que aguantar a esas personas. Ella solo me abrazó y la sentí llorar.

El caso es que esa escena me marcó para el futuro. Desde entonces, cuando robábamos a los borrachos, siempre se me escapaba algún golpe, junto con algún otro de mi amigo Peter, que también se aficionó.

No sé si fue por eso o por el afán de dinero, el caso fue que desde los ocho años (puestos a ojo, porque nadie supo cuando nací, y por eso celebraba mi cumpleaños el 1 de enero), mi madre Edwina, me alquilaba a los campesinos de la zona para ayudarles en el campo: retirar hierbas, amontonar heno, llevar a las vacas u ovejas a pastar, etc.

Unas veces, el trabajo resultaba agradable y descansado, otras era penoso y me castigaban duramente, golpeándome con cinchas de caballerías, palos o lo que tuviesen más a mano, para “animarme” y que me cundiese más.

Unas veces, el trabajo era de un día y volvía a casa a dormir, donde tenía que esperar a que mi madre o alguna de las otras se desocupase para poder acostarme en mi rincón. Otras veces duraba varios días o era tan tarde al terminar que tenía que dormir en las cuadras, pajares, o a la intemperie, cubierto por la paja o el heno de los montones que tenían los granjeros.

Algunas veces, las mujeres de los campesinos, me daban ropa vieja de sus maridos para que me la arreglase mi madre. O de sus hijos, que ya no se podía estirar más y se les había quedado pequeña.

Para mí, después de vivir siempre entre putas, el sexo no tenía secretos y tampoco el desnudo me producía pudor. Por eso, cuando las mujeres me hacían quitarme los pantalones o desnudarme delante de ellas, no tenía inconveniente, mostrando mis partes sin sonrojo, ya que la ropa interior me resultaba algo totalmente desconocido. Realmente, hace poco que he sabido de su existencia.

El caso es que muchas veces aprovechaban para acariciar y manipular disimuladamente mi sexo hasta ponerme el pene como una piedra, que siempre ha sido de buen tamaño, (según decían mis madres), para luego hacer bromas y reírse con la cara totalmente roja. ¡Cuántas veces me he pajeado después pensando en ellas!

De mis tres madres, Margaret, que estaba enferma desde hacía años, decían que del mal francés, y que no podía curarse por no tener dinero para el médico, murió cuando yo tenía quince años. Bebía mucho, y a veces se quedaba dormida por las esquinas. Cuando despertaba, solía estar con las faldas levantadas, medio desnuda y cubierta de esperma. Tosía mucho y a menudo echaba sangre. Los últimos días había permanecido en cama, con problemas para respirar y gran debilidad.

Fue al anochecer. Cuando volví del trabajo, me enteré que acababa de fallecer. Estuve horas llorando mientras la velaba, hasta que me quedé dormido. Por la mañana tuve que volver a trabajar, pues me tocaba ir durante dos días a una de las granjas, porque el marido iba a otra ciudad a vender unas cabezas de ganado y los productos del campo. Mientras tanto, yo tenía que ayudar a la esposa con los animales, sacarlos a pastar y recogerlos después, limpiar cuadras, ordeñar vacas, … En fin, todas las tareas que hay que hacer y él no podía. Por eso me dolió mucho no poder asistir a su entierro para darle el último adiós. Aunque tampoco fue algo muy sonado. La envolvieron con una sábana, la llevaron al cementerio y la echaron en la fosa de los pobres, según me contó mi madre.

Yo pasé el día entre triste y lloroso. La mujer, que se llamaba Candy, se interesó por mis penas y le conté lo que ocurría, apiadándose de mí y procurando, desde ese momento, consolarme con una sonrisa o acariciando mi cara cuando me veía más apenado.

Llegó la noche, cené en la casa y me dispuse a marchar a la cuadra para dormir mientras ella acostaba a sus dos hijos pequeños.

-No te vayas. No quiero que duermas solo en un día tan triste para ti. Como no está mi marido, duerme conmigo en nuestra cama, así estarás acompañado y yo no echaré de menos su falta. –Me dijo

-Como usted mande. De todas formas, voy a dar una vuelta por los animales, como me mandó su marido. –Le dije yo, saliendo hacia los establos y corrales.

Tras dar la vuelta y comprobar todo, volví a la casa, coloqué la tranca en la puerta y me dirigí al dormitorio. Realmente, solo había dos habitaciones, el salón, comedor, cocina, a la que se accedía directamente al entrar, y el dormitorio, donde estaba la cama de matrimonio y otra más pequeña donde dormían los dos niños.

Ella se encontraba ya en la cama. Yo me desnudé a la luz de la vela que alumbraba el cuarto y me metí bajo la sábana. Estaba totalmente desnudo, ya que, como he dicho antes, no usaba ropa interior.

La mujer me estuvo mirando todo el rato mientras lo hacía. Luego, me situé a un lado de la estrecha cama, casi en el borde.

-Te vas a caer. Ven un poco más cerca de mí. –Me susurró.

Yo me acerqué a ella pero sin tocarla.

-Te importa que te abrace. Con mi marido duermo abrazada a él, y si no lo hago me cuesta mucho alcanzar el sueño.

-No, señora, no me importa. –Le dije

Pasó su brazo por mi pecho y nos quedamos en silencio, aunque por mi parte, mi silencio se debió a que me había quedado dormido.

No sé cuánto tiempo pasó, pero algo me despertó en medio de la noche. Cuando me di cuenta de qué era, una mano acariciaba mi pene, mientras una vibración de la cama, junto a gemidos de ella me hizo darme cuenta de lo que pasaba.

-¿Le ocurre algo, señora? –Pregunté, aunque sabía lo que estaba pasando.

-¡Hey! ¿Qué? ¡Oh! ¡Qué vergüenza! …. Perdóname, pero soñaba que estaba con mi marido y no sé lo que he hecho. –Me dijo soltando mi pene.

-Por mí, puede seguir. Me estaba resultando muy agradable.

Quedó callada unos segundos, imagino que pensando.

-¿Has estado más veces con alguna mujer? –Me interrogó.

-No, la verdad es que esta es la primera.

-Entonces, déjate llevar, que yo te enseñaré.

Yo alargué mi mano para tocarla, topándome con un vasto camisón que me obligó a bajar la mano hasta más abajo de sus rodillas, para meterla por dentro y empezar a subirlo.

-¿Qué estás haciendo? –Me dijo.

-Quitarte la ropa esta.

-¿Cómo se te ocurre? ¡Ni mi marido me ha desnudado nunca! Eso es pecado.

-Bueno… Es que… Mi madre siempre lo hace desnuda.

-Pero tu madre es una puta. ¿Pretendes que yo lo sea también?

-No, claro, pero es lo que yo he visto siempre. Si no está desnuda, los hombres se van. Deben de disfrutar más.

Tras un momento de silencio, apagó la vela y deduje por sus movimientos que se estaba sacando el camisón. Volviendo a acostarse, pero ahora en el otro extremo de la cama.

Me acerqué a ella, dispuesto a poner en práctica lo mucho que había visto con mis madres.

Pasé mi mano por su vientre, subiendo hacia sus pechos. Mi otra mano y mi brazo, los pasé bajo su cuello para girarla hacia mí y besar sus labios. Hoy sé que ninguno de los dos sabíamos besar, pero hizo su efecto. Besé su cuello (a mi madre era lo que más le gustaba, según decía a sus amantes) y acaricié sus pezones, que también le gustaba.

-MMMMMM –Ella gemía de gusto.

Yo tenía el pene totalmente erecto, y a ella, cuando bajé mi mano hasta su sexo, una gran humedad lo inundaba. En ese punto, mi madre solía decir a su amante del momento: ¡Métemela ya, tengo el coño totalmente empapado! Y era cuando se abría de piernas y el hombre de turno se la metía.

Yo me coloqué entre sus piernas y se la metí. Entró sin problemas.

-Aaaaaaahhhhh. No es como la de mi marido, pero está muy bien. Por lo menos, no me hace daño.

Yo empecé un lento mete saca que solamente le hacía emitir suaves gemiditos. Entonces recordé algunas de las frases que mis madres decían a veces: ¡Súbete un poco más arriba para que me roces bien! Y cuando lo hacía, se la oía gritar hasta en la calle.

Hice lo mismo, me subí ligeramente y mi pene recorrió toda su raja.

-Oooooooohhhhh. ¿Qué me haces? ¡Qué gusto me das! No pareeeeeees.

Yo seguí dándole, mientras chupaba, lamía, besaba y mordía sus pezones.

-Sigue, sigue. –Era su frase más repetida, alternada con: ¡Más, más!

De repente exclamó:

-¡Dios mío! ¿Qué es esto? AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA.

Estallando en un tremendo orgasmo, con tal grito, que ambos niños, de muy corta edad, se despertaron asustados.

-Buaaaa. Mamaaaaaa. Buaaaaa. –Gritaban ambos a la vez.

Ella, agotada, se encontraba incapaz de hacer nada, por lo que tuve que ser yo el que empezase a calmar a los niños hasta que ella se recuperó lo suficiente.

-¿Qué me has hecho? –Me preguntó mientras acunaba a uno de ellos y yo al otro.

-¿No sabes lo que es un orgasmo? ¿No has tenido ninguno nunca?

-Pues… Esta ha sido la primera vez que he sentido esto.

-¿Tu marido no te hace llegar? ¿O tu cuando te tocas?

-Con mi marido solamente la mete por el agujero de mi camisón, se mueve un poco y alcanza su placer. Luego se da media vuelta y se duerme. Yo suelo tocarme un rato más para disfrutar, pero eso es un gran pecado, y me da mucha vergüenza de que me pueda pillar, por eso nunca llego tan lejos. Así ha sido durante los cuatro años de matrimonio.

Luego recapacitó.

-Dios mío, ¿no me habrás echado tu semilla dentro? ¡No quiero quedarme embarazada!

-Tranquila, no he llegado todavía. Volvamos a la cama.

Seguimos acariciándonos un rato más. Yo estaba con la polla a reventar. Fui besando su cuerpo ya excitado nuevamente hasta bajar a su sexo, donde intenté meter mi lengua como había visto hacer, pero no lo hacía bien, porque ella me agarró del pelo y empezó a mover mi cabeza arriba y abajo.

-Oooooooooooohhhhhhhhh ¡Qué maravilla! Sigue ahí, sigue ahí. Aaaaaa ¡Que gusto! –Decía conteniéndose para no despertar a los niños.

Ahí descubrí una protuberancia que era sobre la que ella quería que pasase mi lengua. Me dediqué a lamerla y chuparla, hasta que nuevamente alcanzó su orgasmo. Esta vez mordiendo la ropa de cama y solamente dejando oírse:

-MMMMM. Fuuu. Fuuu. –Sus gemidos y su fuerte resoplar.

No tardó en reponerse y pedirme que la follara como al principio, cosa que hice de inmediato.

-Pero no llegues dentro. –Me suplicó.

-No te preocupes, que no lo haré. –Dije con un convencimiento que no tenía.

La estuve follando despacio, recorriendo su raja con mi pene y metiendo y sacándolo, en un juego que duró mucho rato. Cuando sus gemidos aumentaron, también aumentaron mis movimientos, hasta que volvió a correrse con una mano mía en su boca, mi boca en su pezón y mi pene machacando su sexo hasta que terminó.

Entonces, la saqué, me la menee un poco y me corrí abundantemente sobre su vientre,

Estuvimos durante muchas horas, hasta que, ya de madrugada, quedamos dormidos abrazados. No sé cuántas veces disfrutó, yo lo hice tres, pero a la tercera no solamente no me salió nada, sino que sentí un cierto escozor.

Nos despertaron los niños. El sol ya estaba alto, los animales pedían a su manera la comida y bebida que debían haber recibido varias horas antes.

Yo salí corriendo a atenderlos, mientras ella lo hacía con los niños para luego venir a ayudarme. Estábamos repartiendo heno en los pesebres cuando me dijo.

-Esta noche he hecho, me has hecho y he disfrutado de cosas de las que jamás en mi vida había pensado que pudiesen existir. Muchas gracias John.

-No tienes por qué dármelas. Es más, podemos repetirlo cuando quieras.

-¿Hoy también? –Me dijo.

-Ahora, si quieres.

Ella se colgó de mi cuello y empezó a darme besos, mis manos fueron a su cuerpo para desnudarla, pero no me dejó hacerlo.

-No podemos desnudarnos. Tengo que controlar a los niños que están sentados en la puerta de la casa y, además, podría venir alguien y sorprendernos.

Enseguida encontramos la solución. La puerta del establo estaba dividida en dos mitades. Cerramos la inferior y abrimos la superior. Ella se situó apoyada con los brazos cruzados sobre la inferior, mientras se asomaba hacia fuera y observaba a los niños y el camino hacia la casa.

Yo me situé detrás. Levanté su falda, saqué mi pene ya erecto y la hice separar las piernas. Luego comencé a recorrer su raja frotando bien el glande por todas partes, pero sin meterlo.

-MMMMMMMM. Siiiiiii. ¡Qué bueno! –Decía conteniéndose.

-Te gusta, ¿verdad?

-Siiiii.

-¿Quieres que te la meta ya?

-Siiiiii. ¡Por favor, métela ya!

Así que se la metí todo lo que pude y empecé a darle con fuerza. Solamente se oían mis jadeos, los golpes de mi pelvis contra su culo y sus gemidos acallados por su mano situada en su boca.

-Uufffffff, uuffffff, uuffffff.

Plas, plas, plas.

-MMMMM. AAAAAAA. SIIIIIII.

Poco tardó en alcanzar su orgasmo, que resaltó con un grito apagado y contracciones de su cuerpo.

-Aaaaaaaagggggggggggg. Mmmmmmmmmmmmmmmmmm.

Yo no detuve mis movimientos. Cuando quiso enderezarse, la tomé del pelo para obligarla a mantener la postura, mientras me inclinaba sobre su espalda para que no se moviera, como había visto hacer, y llevaba mi otra mano a su coño, buscado su protuberancia, que ahora sabía por qué le metían mano a las mujeres por delante, para tocarla, presionarla y hacerle una paja.

Con estos procedimientos, aún alcanzó dos orgasmos más, hasta que sentí que me iba a correr y, sacándola, me la meneé un poco y eché toda mi lefa sobre sus glúteos, riñones y parte del vestido.

Después de esto, preparamos un carrito tirado por una cabra, que el marido había hecho y colocamos en él a los niños, saliendo todos con el ganado hacia los pastos.

Siendo los niños tan pequeños, correteaban con el ganado, se cansaban y los acostaba en el carrito a dormir, momento que aprovechábamos nosotros para volver a follar, hasta que los despertaba con sus gritos. Aún conseguí sacarle un par de orgasmos más, sin que yo pudiese alcanzar el mío.

A última hora de la tarde, cuando regresamos, volvió el marido, algo pasado de bebida y probablemente con sus deseos de sexo ya calmados. Recogimos a los animales, me pagó y volví a mi casa.

En los días y meses siguientes, parecía que me habían puesto un letrero en la frente de “desvirgado” y “follador”, porque empecé a recibir invitaciones de casi todas las mujeres de la zona. Curiosamente, todas necesitaban ayuda cuando sus maridos se iban a otra ciudad.

Yo las hice disfrutar a todas. Luego me enteré que dos vecinas que iban a Nottingham nos vieron a Candy y a mí follando. Sobre todo, la oyeron a ella gritar y pedir más. Fue la comidilla entre las mujeres durante bastantes días. Todas lo comentaban entre risitas pícaras y comentarios maledicentes, pero todas empezaron a sentir curiosidad y a buscarme para que les hiciese sentir lo mismo.

Yo procuré dejarlas bien contentas a todas, al fin y al cabo, todas me pedían algo que yo sabía hacer bastante bien. Pero hubo una que me pidió algo distinto: Quería que se la metiese por el culo.

No era nada nuevo, pues a mi madre se lo pedían a menudo. La frase: quiero metértela por el culo, era una de las más oídas. Y la de mi madre diciendo: voy por la manteca, la siguiente.

Era la esposa, aunque las malas lenguas decían que había trabajado en un burdel hasta que él la retiró, de un campesino bastante bien situado. Las tierras y el ganado eran suyos y todo le resultaba muy productivo, lo que les generaba buenos beneficios, parte de los cuales gastaba en la taberna y parte con mi madre.

Estaba follándola por delante, cuando tuvo un nuevo orgasmo, que no sé qué numero hacía, pero en vez de dejarme seguir, me hizo sacarla, se puso a cuatro patas y fue cuando me dijo.

-Métemela por el culo. Fóllame el culo y podrás correrte dentro. –Me había prohibido correrme en su coño.

-Si señora. ¿Y la manteca?

-¿Manteca? ¿Para qué coño quieres la manteca? Métemela de una puta vez y olvídate de la manteca. Mójala en mi coño y adentro.

Yo la mojé con los líquidos que salían de su raja, pero mi falta de experiencia hacía que no supiese metérsela. Todos mis intentos fallaban y mi pene terminaba dentro de su coño.

-¿Nunca se la has metido a nadie por el culo?

-No, señora, es la primera vez.

Cambiamos de lugar, acostándome yo bocarriba, con mi pene como un árbol, y poniéndose ella a caballo sobre mí. Tomó mi pene y se lo puso en la entrada de su ano, metiéndoselo poco a poco hasta encajarlo todo.

-Uffff. ¡Hacía mucho tiempo que no sentía esto!

Y empezó a moverse, acelerando cada vez más. Era tal el ritmo, que se salía muchas veces y tenía que parar para volver a meterla. La presión sobre mi pene era mucho mayor, y me costaba no correrme, a pesar de que el roce me estaba irritando el glande. Llevó una mano a su clítoris y se estuvo masturbando al tiempo que se enculaba. Cada vez me resultaba más difícil aguantar. Por suerte, ella se corrió pronto, y yo a continuación.

Me dijo que le había gustado mucho, que su marido no quería pero a ella, ya desde muy joven, siempre le había gustado.

Cuando volví a casa, se lo conté a mi madre y, sobre todo la irritación que tenía en el pene. Primero me aplicó una pomada, y mientras me hacía efecto, fue contándome cómo había que hacerlo y otras muchas cosas sobre el sexo. Durante bastantes días, cuando no estaba ocupada, ampliaba mis conocimientos.

Repetí muchas veces más, y gracias a ellos, conseguí dejarla completamente satisfecha por todos sus agujeros. No solamente a ella, sino también a otras más que, aunque no lo pidieron, yo se les insinué y convencí.

Cuando cumplí los 18 años, ya habían muerto las dos madres que me quedaban y veía que mi futuro era muy incierto, por eso le di muchas vueltas a los comentarios que se oían por las tabernas:

Al parecer, en las nuevas tierras del sur, exploradas por un tal James Cook, se estaban haciendo grandes negocios con la cría de ovejas en grandes explotaciones. Había mucho trabajo y muchas posibilidades de hacer fortuna.

Mi amigo Peter, que venía de vez en cuando y desaparecía durante largas temporadas, vino por aquella época, y también me habló de las nuevas tierras. Él se había embarcado muchas veces y recorrido mares y océanos, y en cada puerto que recalaban, se oía lo mismo. Estuvimos fantaseando durante varios días con enrolarnos como marineros, viajar hasta ellas y hacernos ricos, mientras dábamos cuenta de unas buenas jarras de cerveza, hasta terminar totalmente borrachos.

Por fin, el mismo día que Peter se marchaba, me decidí y nos fuimos a Southampton, ciudad junto al mar, con uno de los puertos de donde salían los barcos hacia las nuevas tierras, generalmente llevando convictos y trayendo madera.

Cuando llegamos, nos enteramos que el barco había salido dos días antes y que teníamos que esperar al siguiente, seis meses después.

Para las primeras semanas, no tuvimos problemas. Alquilamos una habitación que nos resultó muy barata, cerca del puerto y comíamos en una taberna justo en frente de la casa. Llevábamos dinero para comer y dormir, pero nuestros gustos por la bebida y las putas hicieron que antes de un mes, nos quedásemos sin un penique, por lo que tuvimos que buscarnos trabajo.

Gracias a Peter, que tenía contactos y conocimientos de otras veces, conseguimos enrolarnos en barcos pesqueros, lo que nos permitía ahorrar una o dos semanas para gastarlo en la siguiente. Cuando no podíamos enrolarnos, nos dedicábamos a algo que conocíamos bien, robar a los borrachos o salir de la ciudad a realizar labores en el campo.

A los tres meses de espera, tuvimos la suerte de coincidir en la entrada con un hombre, al parecer acaudalado, al que seguimos hasta la posada donde se iba a alojar. Estuvimos controlando todo lo que hizo hasta que se fue a dormir. En ese momento, forzamos la puerta de la habitación, entramos coincidiendo cuando se quitaba el jubón por la cabeza, por lo que nos resultó fácil sujetarlo y sacudirle un fuerte golpe en la cabeza, que lo mató sin emitir más que un quedo gemido.

Buscamos entre sus ropas y en la habitación, encontrando bajo el colchón un par de bolsas llenas de monedas. Bastantes libras y muchos chelines. Lo terminamos de desnudar, le pusimos su camisón y lo dejamos en la cama como dormido.

De allí nos fuimos a la casa de putas más cara y de mejor género de la ciudad, en la que ya habíamos estado alguna vez y donde teníamos echado el ojo a un par de putas que eran lo mejor de la casa.

Bebimos y follamos hasta caer rendidos. Cuando nos despertamos por la mañana, no recordábamos nada, y nos fuimos hasta la posada donde nos alojábamos, y donde poco después apareció el sheriff para detenernos, acusados del asesinato de un rico prohombre de Londres que iba de paso hacia su casa.

Nos cachearon, encontrándonos solamente unas monedas, nos colocaron cadenas y nos llevaron ante el juez para tomar declaración.

Nosotros negamos nuestra culpabilidad, alegando que habíamos pasado el día trabajando en el campo y la noche con las putas. El juez, conocedor de lo que costaban, nos preguntó de dónde habíamos sacado el dinero, porque también sabía que el muerto llevaba una buena cantidad. Ahí Peter estuvo rápido, respondiendo que habíamos cobrado trabajos de los campesinos, que también era cierto, dando un par de nombres cuya paga bastaba para cubrir el gasto de las putas, para que pudiesen comprobarlo, y que apenas nos quedaban las monedas que nos habían encontrado.

Tras el interrogatorio, el juez nos envió al calabozo hasta realizar las comprobaciones oportunas donde nos encerraron en celdas separadas sin contacto con nadie durante toda la mañana y casi toda la tarde.

Poco antes del anochecer, el ruido de la cerradura me hizo pensar que me traían algo para comer, después del ayuno desde la noche anterior. Cuando se abrió la puerta de mi celda, entraron los dos ayudantes del carcelero, que sin decir nada me tomaron uno de cada brazo y me llevaron fuera.

-¿Qué pasa? ¿Dónde me lleváis? ¿Me vais a soltar? Tengo sed. Dadme agua.

Ellos no hablaron. Me llevaron a un habitáculo, directamente a una mesa que había en el centro, colocándome boca abajo, con el pecho sobre ella y los pies en el suelo, quedando ellos delante, mientras me sujetaban las manos para que no me moviese.

-¡Por favor, no me peguéis! ¡No he hecho nada! ¡Lo juro! ¡Yo no tengo nada que ver! ¡Si ni siquiera lo conocía! No me peguéis. Por favor…

Había oído de las palizas que les daban a los presos para que hablasen. En ese momento entró el carcelero.

-Bueno, buenoooo, ¿a veeeer que tenemos aquíiiii? ¡Pero si es un jovencito asesino!

-Señor, yo no he hecho nada, todo esto es un error.

-Pchst, pchst. El guarda de la puerta ha dicho que os vio entrar siguiéndole. Ibais en busca de su dinero, ¿no?

-No, señor, solamente coincidimos en la entrada, pero no lo conocíamos de nada. Nosotros no hemos hecho nada, solamente nos fuimos de putas…

-Vaya, vaya, ¿así que sois puteros, os gustan las putas? ¿Sabes?, a mí sin embargo me gustan más los jovencitos como tú, de culo respingón y apretadito. Me va a encantar rompértelo.

-¿Cómo dice? No lo entiendo. –Nunca había conocido el sexo entre hombres, mis madres sí que se acostaban con hombres y yo siempre lo había hecho con mujeres.

-No te preocupes, que lo entenderás enseguida.

Se situó a mi espalda y bajó de un tirón mis calzones hasta los tobillos. Yo intenté revolverme, pero los carceleros eran más fuertes y no me permitieron más que un leve forcejeo.

Él ya se había bajado los suyos y debía estar ya muy empalmado, pues sentí su polla que estaba como una piedra mientras iba recorriendo la raja de mi culo y dejando un rastro húmedo.

Debía tener un pollón enorme y gordo, pues se encontraba separado de mí, y sin embargo, sentía un buen trozo rozándome. De repente, se acercó hasta quedar pegado, encajando su polla entre mis cachetes, forzando su separación.

Con ella encajada a lo largo de mi raja, sentí como su mano manipulaba mi polla, a la vez que también movía la suya que asomaba bajo mis cojones. Estuvo haciéndolo un buen rato, hasta que consiguió ponérmela algo morcillona.

-Verás cómo te va a gustar y lo que te voy a hacer disfrutar. –Me dijo.

Seguidamente, retiró su polla de mi culo, colocando su punta justo bajo mi ano. Entonces, lanzó un gran salivazo, que restregó por él y que le sirvió para empujar y abrirlo ligeramente. Otro escupitajo para presionar un poco más.

-Ahora viene lo bueno. Prepárate a sentir como nunca lo has hecho.

Y dicho eso, dio un fuerte empujón que clavó el tablero de la mesa en mi vientre, pero que fue lo que menos noté. Su polla entró en mi ano produciéndome un dolor terrible.

En el primer momento, no conseguí articular ningún sonido. Cuando fui consciente de todo el dolor, un terrible grito escapó de mi boca:

-AAAAAAAAAAAAAGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGG.

-NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO DÉJEMEEEEE. ES HORRIBLEEEE.

-Relájate, disfruta. Me encanta ver como disfrutáis de la follada. –Decía en respuesta a mis gritos.

Con mis movimientos intentaba retirarme de la mesa y sacar la polla de mi culo pero con ello, además de no conseguirlo, estaba haciendo disfrutar más a mi violador.

-Siiiii. Muévete más, putita. Me estás dando mucho placer. –Repetía constantemente.- Cómo me gusta esta visión. Cada vez me excitas más.

Mis movimientos cesaron conforme el dolor disminuyó y mi ano se acostumbró a la invasión. Entonces inició un movimiento de entrada y salida que me hizo gritar nuevamente.

-¿Estás disfrutando? –Me decía el cabrón.

Yo no podía hablar del dolor, solamente gritar e intentar quitármelo de encima, cosa imposible, mientras el añadía al dolor fuertes palmadas en mis glúteos.

No sé cuánto tiempo duro. Pero el martirio se me hizo eterno. Al fin, sentí que me la clavaba hasta el fondo, se quedaba quieto unos instantes y soltaba un gemido de placer, mientras me llenaba el culo con su asquerosa lefa.

-MMMMMMMMMMMMM AAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH.

Cuando su erección bajó, se salió de mi culo, dejando un dolor sordo, un fuerte escozor y una extraña sensación de vacío. No sé cómo ocurrió, pero en un instante, me habían vuelto boca arriba y mi cabeza colgaba por un lado. El carcelero colocó un cuchillo en mi cuello y metiendo su asquerosa polla en mi boca, me dijo.

-Como intentes algo o no me la dejes bien limpia, vas a llenar este suelo con tu sangre. –Y presionó ligeramente el cuchillo.

En ese momento, la sensación de mi ano dilatado, dio paso a unas fuertes ganas de defecar, que no pude contener, y solté lo poco que llevaba dentro entre grandes explosiones y dejando un terrible hedor.

Los carceleros se reían y hacían comentarios jocosos, mientras yo chupaba la polla, recogiendo el sabor de su corrida y de mi mierda.

Cuando se cansaron, me dieron un cubo con agua y un trapo y me hicieron limpiarlo todo, sin dejarme subir los calzones. Cuando quedaron satisfechos con la limpieza, volvieron a dejarme en mi celda, donde pude vestirme y recostarme como pude.

Esa noche no pude dormir. Cualquier movimiento me daba fuertes latigazos de dolor y el escozor estaba implantado permanentemente. Increíblemente, mi polla se puso dura la mayor parte del tiempo.

Solamente me toqué la parte dolorida un par de veces, sintiendo la sensación de que se me había salido el intestino y retirándola manchada de sangre.

A pesar de todo, al día siguiente me encontraba bastante mejor. A mediodía, se abrió de nuevo la puerta, acurrucándome, entre grandes dolores, en el rincón más alejado, de nuevo pensando que volvían para repetir la experiencia.

Por suerte no fue así, me sacaron de la celda y me colocaron junto a Peter, que también lo habían sacado.

-Preparaos que vais a ir de nuevo ante el juez. –Nos dijo el carcelero.

Una vez ante él, nos informó que nuestra coartada era correcta y, aunque dijo no creernos, nos dio la libertad.

Conté a mi amigo la amarga experiencia que había tenido y que él no había pasado, pero que lo habían dejado justamente para ese día. Él se encargó de ir a la botica a por cremas y mejunjes, que todos los días repartía con mucha suavidad y risas sobre mi ano, consiguiendo que poco a poco recuperase su apariencia y desapareciese el dolor.

No obstante, lo primero que hicimos nada más ser puestos en libertad fue visitar a las putas. Nada más vernos, empezaron a balbucear frases inconexas excusándose e intentando decirnos que nos habían guardado el dinero, que no habían dicho nada y otras cosas más.

-Por no haber dicho nada, no os mataremos, -dijo Peter- pero entregadnos todo el dinero ahora mismo.

Subimos a la habitación y nos entregaron el dinero que tenían escondido bajo el colchón. No pudimos reprimir la tentación de darles unas fuertes bofetadas y algún puñetazo.

-Ha… Habéis dicho que no nos matarías.

-Y no os mataremos, esto solamente es para que aprendáis.

Seguidamente, Peter se folló a una de ellas y, pese a mi dolor anal, yo conseguí correrme estando de pie, mientras la otra, arrodillada, me hacía una mamada con tal pasión que no he vuelto a tener otra igual.

Les dejamos una buena cantidad por sus molestias y en agradecimiento por sus servicios y nos fuimos de allí.

Peter me dijo que había estado pensando en la cárcel sobre qué hacer si recuperábamos el dinero, y me dijo que debíamos comprar unos pasajes en el barco, así iríamos como pasajeros, en vez de como marineros, que era nuestra primera intención.

Sacamos nuestros pasajes y con lo que quedó, encargamos unas vestiduras que nos hiciesen aparecer como acaudalados, todo esto, siguiendo las instrucciones de Peter. Las ropas las guardamos en nuestra habitación, una vez que nos las entregaron confeccionadas. Todos los días nos las poníamos un rato, sin salir de la habitación, para que no resultasen demasiado nuevas en su momento.

El resto de los días, seguimos trabajando y actuando como hasta entonces, con la salvedad de que no nos emborrachábamos y nuestras visitas a las putas disminuyeron drásticamente, hasta el punto de que llegamos a ahorrar algunos chelines.

Y por fin vino el barco…

La salida fue fijada para un mes después, nosotros hicimos varios trabajos y dejamos la última semana para otro trabajo que me tenía obsesionado: La venganza sobre el carcelero. Matarlo.

El carcelero vivía en una casa adosada al edificio de piedra donde se ubicaba el juzgado y casa del juez en la planta superior y los calabozos y cárcel en la planta calle y sótano. Esta casa estaba hecha de madera, de una sola planta y en ella vivía el carcelero, su mujer y su hija.

Actuamos la noche antes de partir. Abrir la puerta sin ruido, no fue problema para nosotros. Llegar hasta su habitación y sacudirle unos golpes en la cabeza mientras Peter sujetaba a la mujer, tampoco. El problema surgió cuando la mujer, forcejeando, se soltó de Peter e intentó escapar gritando. Tuve que soltar el palo y sujetarla, tapando su boca para silenciarla.

-Como emitas un solo sonido sin que nosotros te lo hayamos pedido, te retuerzo el cuello y te dejo seca. ¿Entendido?… -Al no decir nada, le grité: ¡ENTENDIDO!

Asintió con la cabeza. El carcelero intentó levantarse, pero cayó pesadamente al suelo una brecha en su cabeza hacía que la sangre machase su cara. Estaba bastante más muerto que vivo como consecuencia de los golpes.

En ese momento, apareció la hija en la puerta, alertada por los gritos de la madre.

-¡Papá! ¡Mamá! ¿Qué ocurre? ¿Quiénes son estos…?

Peter estuvo rápido y cayó sobre ella, inmovilizándola y tapando su boca.

Me dirigí a un armario que había y, tras avisarle que cualquier movimiento extraño significaría la muerte de su hija y de ella, solté la mano de su boca, lo abrí y extraje el cinturón de un vestido, que me sirvió para atar sus manos. Un par de pañuelos silenciaron su boca y otro par sujetaron sus pies.

Libre de ella, busqué nuevas prendas para sujetar a la hija y dejarla en la misma posición, quedando libres para rematar al carcelero. Cuando tomé el palo, Peter me interrumpió.

-¡Espera! Se me ha ocurrido una idea.

-¿Qué has pensado?

-Sentir el cuerpo de esa jovencita presionado contra mi cuerpo y desnudo bajo su camisa de dormir, me la ha puesto dura…

-A mí la madre me ha producido el mismo efecto.

-¿Por qué no nos las follamos delante de él, antes de acabar con su vida?

-Me gusta la idea. Adelante.

-Vamos a curarle primero la herida y lo atamos a una silla en la cocina. En cuando se recupere un poco, empezamos con ellas.

Y eso hicimos. Buscamos y encontramos cuerdas con las que atamos en una silla de la cocina al hombre, curamos de cualquier manera la herida de su cabeza y nos dispusimos a esperar a que se recuperase. Mientras tanto, cogimos a la madre, desatamos manos y pies y la llevamos también a la cocina, le quitamos su camisa de dormir, dejándola totalmente desnuda y la tumbamos sobre la mesa, boca arriba, las manos las atamos a las patas de un lado, y las piernas, las atamos dobladas, muslo con tobillo y luego, bien abiertas a las otras patas, quedando totalmente expuesta.

La verdad es que estaba muy bien. Sus tetas grandes, pero no en exceso, sin tripa, un hermoso culo y un coño escondido bajo una suave pelambrera. Sus rodillas y manos evidenciaban las horas de fregar suelos, platos y lavar ropas, pero no afeaban el conjunto.

Yo me dediqué a lamer su cuello, sus pechos y chupar los pezones, mientras mi amigo acariciaba sus muslos y besaba los labios de su coño. Los pezones empezaron a crecer y ponerse duros, al tiempo que coño empezó a abrirse también poco a poco.

-MMMMMmomimto. Djmme pfooo –Se le oía decir mientras las lágrimas recorrían su cara.

No le hicimos caso, siguiendo con lo nuestro. Peter se chupaba el dedo y se lo iba metiendo por el ano. Pronto lo mojaba metiéndoselo en el coño para seguir dilatando su ano, cosa que no le resultó nada difícil.

-Pffff. Pffff. –Eran los nuevos sonidos de ella.

De repente empezó a gemir más fuerte y a tensarse como si tuviese convulsiones.

-MMMMMMMMMMMM. MMMMMMMMMMMMMMMMMMM

-Ja, ja, ja. Se ha corrido. –Dijo Peter.

La dejamos recuperarse y mientras nos volvimos a mirar a nuestro prisionero. Se había recuperado bastante su boca tapada también emitía sonidos apagados que no habíamos escuchado mientras estábamos entretenidos.

-Bueno, bueno, mi querido carcelero. Como sé que te gusta ver cómo disfrutan los demás, te vamos a ofrecer un espectáculo que te va a encantar: Nos vamos a follar a tu mujer y tu hija por todos sus agujeros.

-NNNNNNNNNNN HIMPTA NNNNNNNNNNNNNNNN –Decía él.

-NNNNNNNNNNN MMMHA NNNNNNNNNNNNNNN. Decía ella.

Nos desnudamos y Peter me cedió el primer turno, por lo que me acerqué a ella, la forcé a colocar su culo en el borde de la mesa y me decidí a metérsela por su ano, que se encontraba lubricado por las manipulaciones anteriores y por el flujo que escurría de su coño.

Primero apoyé la punta, haciendo una ligera presión, mientras con mi mano acariciaba su coño por encima de su pelambrera. Poco a poco fue entrando, mientras sentía como ella se iba excitando nuevamente, a pesar de los esfuerzos que hacía para que no se le notase.

No buscaba hacerle daño, al contrario, quería que disfrutase y que el cerdo de su marido la viese hacerlo para humillarlo al máximo.

Poco a poco ella fue relajando su ano, a la vez que su coño volvía a soltar líquidos y ella gemía de nuevo.

-MMMMMMMMMMMMM.

-Peter, quítale la mordaza. Y tú, si se te ocurre gritar, os matamos a los tres.

Una vez con la boca libre, ya no se cortó lo más mínimo.

-AAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHH SIIIII AAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHH.

-Por favor, Peter, ciérrale la boca. Se va a enterar toda la ciudad.

Peter se subió a la mesa, se arrodilló sobre ella, sentándose sobre sus tetas y le metió la polla en la boca. Los sonidos cambiaron nuevamente.

-MMMMMMMMMMM GLLLLLUPPPP

Yo empecé a follar su culo, sin dejar mis caricias sobre su coño, pero también sin permitir que su orgasmo llegase por mi acción sobre su clítoris.

A pesar de todo, no tardó mucho en alcanzar su segundo orgasmo, y poco después me corría en su culo.

Peter siguió follándosela por la boca un rato más, hasta que, debiendo estar a punto de correrse, se bajó de la mesa, la volvió a ajustar al borde y se la metió por el coño, encharcado desde hacía rato.

Yo me incliné sobre ellos y estuve dando lengüetazos en el clítoris de ella y rozando la polla de él en algunos momentos. Un nuevo y largo orgasmo la sacudió, al sentir la corrida de mi amigo en su interior.

Tras esto, llevamos a la hija a la cocina, soltamos a la mujer y nos dispusimos a descansar, pidiendo a la mujer que preparase algo rápido de comer y beber. Intentó ponerse su camisa de dormir, pero se lo impedí.

Preparó algunos embutidos y salazones, de las que dimos buena cuenta a la vez que las acompañábamos de unas pintas de cerveza, mientras contábamos a la mujer y a la hija las actividades del cabrón en la cárcel con los presos, todo ello ante la mirada de odio del carcelero.

Cuando terminamos me acerqué al carcelero y, con el mismo cuchillo que había cortado la comida, corté de abajo arriba su camisa de dormir dejando su cuerpo descubierto.

-Chúpasela hasta que esté a punto de correrse, pero que no lo haga. –Le dije a la mujer.

-No sé hacerlo. No la he chupado nunca, me da mucho asco.

-Pues empieza ahora y verás cómo aprendes rápidamente y se te pasa el asco.

-No, por favor, dejadnos ya. Ya os habéis divertido bastante. Marchad por favor.-Dijo con voz suplicante.

-Todavía nos queda tu hija. –Le dije.

-Noooo. Mi hija nooo. Haced conmigo lo que queráis, pero dejad a mi hija.

-Ponte a chupársela y procura que se le ponga bien dura.

Se arrodilló entre sus piernas e intentó meterse la polla en la boca. Lo hizo con torpeza, y dado el descomunal tamaño de la polla, tanto en longitud como en grosor, no le resultaba fácil.

-Pásale la lengua lamiéndola en toda su longitud, y recréate en la punta, métetela en la boca y acaríciala con la lengua. –Le dije.

Poco a poco fue lamiendo la polla, se metía la punta en la boca y se veía mover la lengua dando vueltas a su alrededor. La polla de su marido, que inicialmente estaba dormida, fue despertando poco a poco hasta que alcanzó todo su tamaño y ya no cabía en la boca de la mujer.

En ese momento, le pedí que se lo follase. Ella se situó frente a él, colocó una pierna a cada lado y, sujetando la polla y apuntando a su ano, fue metiéndosela poco a poco.

Con la polla encajada completamente, empezó un movimiento circular con el culo.

-¡Detente! No te muevas. Abrázalo y pégate bien a él.

Hizo lo que le pedía. Su abrazo incluía la silla, a la que procedí a atar sus manos para que no pudieran separarse. Hecho esto, forcé y sujeté las piernas de él para que quedasen abiertas al máximo…

-¿Qué estás haciendo? –Me pregunto Peter.

-Voy a capar a este cabrón. No quiero que vuelva a follar a nadie más. Así que tú –dirigiéndome a ella- aprovecha los últimos momentos.

-NNNNNNNNNNNNNNNNNNN NNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNNN

Intentaba gritar él al tiempo que se movía lo poco que le permitían las sujeciones.

-¿Pero sabes hacerlo?

-He ayudado a hacerlo con muchos animales. Este no es otra cosa que un cerdo más.

Con la ayuda de Peter, tomé el cuchillo y lo acerqué a la parte del escroto donde resaltaba el testículo que Peter sujetaba.

Con el cuchillo, hice una incisión en la piel hasta que pude soltar el testículo. Luego hice lo mismo con el otro. Luego, viendo que goteaba sangre y no queriendo acabar con él tan pronto, busqué por la casa y encontré una madeja de lana preparada para hacer jersey, de la que tomé un trozo con el que até fuertemente el escroto para que no sangrase.

Fue una suerte que estuviese amordazado, porque no hubiésemos podido aguantar sus gritos.

Una vez terminado solté a la mujer y le pedí que me la chupase para seguir follando, ella lo hizo entre lágrimas y acciones torpes, pero consiguió el objetivo. La hice colocarse boca abajo sobre la mesa, pero dejando sitio para llegar a su clítoris.

Se la metí despacio, hasta que los cuerpos chocaron. Estuve un buen rato follándola despacio, al tiempo que acariciaba su clítoris. Cuando nuevamente excitada empezó a gemir, aceleré mis envestidas y las caricias buscando que alcanzase su placer porque yo estaba al límite de mi aguante.

Pronto me recompensó con su explosión y pude correrme de una vez ya.

-AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH

-SIIIII. Yo también me corrooo.

Después de mí, Peter, que volvía a estar excitado, le pidió que terminase de ponérsela dura con la boca, para luego colocarla en la misma posición y encularla.

-Tiene el culo más abierto que he visto nunca, casi no la siento. –Dijo.

La hicimos apretar fuerte las piernas y así consiguió follarla. Le hacía aflojar y apretar las piernas, según su excitación, hasta que ella obtuvo otro orgasmo más y el acabó en sus intestinos.

A ella la vimos agotada, por lo que la dejamos sentada en el suelo, donde poco a poco fue resbalando hasta quedar tumbada, de lado y con los ojos cerrados.

Entonces, tomé a la hija, la desnudé y coloqué boca abajo en la mesa, situándome tras ella. El padre intentaba gritar para que la dejásemos. Estábamos colocados de forma que él nos veía desde atrás, pero sin detalle, por lo que, no queriendo hacer más daño del necesario, me dediqué a frotar mi polla por el exterior de su raja, en movimientos atrás y adelante, mientras la presionaba con mi mano, haciéndome una paja con su coño y clítoris. Indiqué a Peter que se la fuese follando por la boca, porque dudaba de que ella supiese chuparla.

Los apagados gemidos y lloros del padre se escuchaban de fondo. Pronto se unieron los gemidos de la hija, también apagados por la polla que amordazaba su boca y contenidos cuando tosía y expulsaba babas, hasta que con un último gemido, la recorrió un temblor, señalando su orgasmo.

Entonces pedí a Peter cambiar para que hiciese lo mismo que yo. El siguió masturbándose con el coño de la niña y yo follándole la boca. Ninguno de los dos tardó mucho, pero la niña nos ganó alcanzando otro que hizo que nos corriésemos casi conjuntamente.

Nos retiramos dejándola sobre la mesa, tosiendo, escupiendo leche, que también le escurría de su pubis junto a sus propios líquidos que caían por sus piernas.

Ya empezaba a amanecer, por lo que dejamos a las mujeres y nos encaramos con él.

-Has tenido mucha suerte, cabrón. Había venido a matarte sin que llegaras a enterarte de lo que había pasado, pero todo ha salido distinto a lo planeado. –Le dije.- pero de esta no te libras. Voy a cortarte la polla, y espero que mueras desangrado. Y si sobrevives, por lo menos no podrás violar a más hombres y mujeres.

Y eso hice, con el mismo cuchillo le corté la polla a poca distancia de la base, corté también las cuerdas que lo sujetaban, lo que le hizo llevar sus manos rápidamente a la tremenda hemorragia y nos fuimos rápidamente a nuestra habitación. Nos lavamos y cambiamos de ropa, poniéndonos las nuevas y con nuestro pequeño equipaje ya preparado anteriormente, nos fuimos al barco, al que subimos por separado con un breve intervalo.

Escasos minutos después, terminaron la carga de provisiones, mercancías y prisioneros y comenzó la maniobra de desatraque. Estábamos a unos pocos metros cuando se acercaron los hombres del sheriff preguntando a gritos si habían subido una pareja de delincuentes, a lo que el capitán respondió que abordo solamente había un matrimonio y dos importantes comerciantes que habían llegado por separado.

Los soldados se fueron y el barco partió hacia las nuevas tierras.