Así estuvimos tres o cuatro meses, pues perdimos la cuenta al resultar inútil hacerlo si nos acordábamos de actualizar el calendario un día cada tres o cuatro.

Sobre ese tiempo, salimos Jessy y yo a dar la vuelta a la isla (ya sólo salía con ella) cuando encontramos el cuerpo de un hombre sobre la arena, que al acercarnos pudimos comprobar que estaba vivo, aunque muy mal. Estaba helado y con gran cantidad de agua en su cuerpo. Le hice soltar toda el agua que pude y lo abrigamos con todo lo que teníamos, permaneciendo ambos uno a cada lado de él, dándole calor con nuestro cuerpo.

Cuando recuperó la temperatura, hice unas parihuelas y lo subimos en ellas, llevándolas yo de un extremo y arrastrando el otro, quedando libre Jessy para prestarle atención. Por la arena no era difícil llevarlo, pero por las rocas, tenía que ayudarme.

Ya en el campamento, fue atendido por las mujeres durante varios días en los que la fiebre lo dominaba. Cuando ya pensábamos que iba a morir, desapareció la fiebre y en pocos días se encontró lo suficientemente bien como para moverse por todos los sitios.

Ante este hecho, recomendé a todas que se pusiesen alguna prenda encima, hasta que conociésemos mejor al hombre. Hasta yo me puse una.

Nos enteramos de que se llamaba Tasos y era marinero en un barco hundido durante una tormenta. Que consiguió asirse a unos maderos y que las corrientes le habían traído a la isla.

Su físico no era muy agraciado, bajo, gordo de barriga prominente, calvicie superior y pelo largo hasta los hombros del que le salía por los lados y bajo la coronilla. Le faltaban dientes, y los que le quedaban estaban negros, se adornaba con una nariz aguileña y su cuerpo estaba cubierto de pelos negros a corros.

A él le había asignado un pequeño cobertizo que hicimos en su momento pero que lo teníamos en desuso, y desde donde observaba el trajín nocturno en mi choza.

Durante bastantes días, no hubo problemas. Colaboró en las tareas de pesca, recogida de fruta y arreglos de nuestro campamento. También salí con él a varias vueltas a la isla, donde recogimos mucha madera que dejamos secando.

Como casi toda ella se encontraba en el primer tramo, hicimos varios viajes para llevarla al campamento, que dejamos aprovisionado para mucho tiempo.

Un día, me encontraba preparando una pequeña presa en el hilillo de agua que era nuestro río para acumular más cantidad cuando oí fuertes gritos.

-Maldita puta. Estate quieta que vas a saber lo que es un hombre, no ese maricón de mierda con el que os acostáis cuando él quiere.

-Zassss. Zasss –Se oían golpes.

-No, por favor. No me pegues…

En ese momento estaba intentando sujetar uno de los apoyos en los que se enganchaban los laterales y dudé un momento entre dejarlo o sujetarlo antes de ir a ver lo que ocurría.

-AAAAAAAAGGGGGGGGGGGGGGGGG.

El grito me decidió, solté todo, que cayó y se desmoronó y fui corriendo a la playa para ver qué pasaba.

Cuando llegué, Rachel estaba, tumbada en el suelo, las ropas rasgadas, con la cara ensangrentada y con este elemento sobre ella, con los pantalones bajados y violándola.

Salté sobre él y lo agarré del pelo, tirándo fuertemente hacia atrás. Aunque al principio ofreció resistencia, terminó separándose de ella y revolviéndose contra mí, se puso en pié, con los pantalones en los tobillos y amagó un puñetazo que esquivé con facilidad. No en vano había practicado la lucha, aunque hacía tiempo que no lo hacía, pero seguía en forma gracias al trabajo diario.

Le solté una patada en los cojones, que si llega a pillarle de lleno, lo mata directamente, sin embargo, le pilló con las piernas cerradas y solo fue un golpe frontal, que aunque doloroso, no es lo mismo que si le hubiese dado de lleno. No obstante, el golpe hizo que se doblase por el dolor, recibiendo un puñetazo en la barbilla que lo echó al suelo sin sentido.

Mientras habían aparecido todas las mujeres y entre todas la tendieron primero y luego yo la llevé hasta su lecho donde lavaron sus heridas y la dejaron descansando.

Como era cerca de medio día, nos pusimos a comer y en ello estábamos cuando apareció Tasos con un cuchillo en la mano y medio corriendo y renqueando hacia mí, a la vez que murmuraba “Maldito cabrón. Te vas a acordar, pero en el otro mundo…” y cosas parecidas.

Cuando llegaba ya a mi lado, me puse de pie, tomé su brazo con rapidez elevándolo al tiempo que le daba la espalda, haciendo que el brazo quedase más alto sobre mi hombro y bajándolo de golpe con intención de partírselo.

No lo conseguí, pero el terrible dolor que le produjo, le hizo soltar el cuchillo. Un nuevo giro con el puño preparado me permitió darle otro en su mejilla que hizo crujir su mandíbula y al apartarme, le volví a soltar otra patada en los cojones, con mejor fortuna, que lo hizo caer redondo al suelo totalmente sin sentido.

-¿Lo has matado? –Pregunto Jessy.

-Todavía no…

Até sus manos a la espalda y los pies juntos, mientras tomaba una decisión.

-¿Alguna de vosotras está dispuesta a ser su pareja o queréis compartirlo entre varias?

Todas dijeron que no.

Eso planteaba unos grandes problemas: si todas se acostaban conmigo y ninguna con él, íbamos a estar en peleas continuas. También implicaba que correríamos riesgos. Las peleas y ataques podrían derivar en muertes intencionadas o accidentales. Y sobre todo, el riesgo lo corría yo. Para él, lo mejor sería deshacerse de mi, por lo que podría matarme en cualquier momento que me encontrase distraído o durmiendo.

Decidí que no iba a vivir el resto de los días con la espalda pegada a un árbol y las noches con un ojo cerrado y otro abierto.

Cuando terminamos de comer, preparé la mochila de viaje, mientras todas me miraban expectantes.

-¿Vamos a salir a dar otra vuelta ahora? –Preguntó Jessy extrañada.

-No, solamente voy a llevar a Tasos a otro lugar de la isla y le prohibiré venir por aquí si no quiere que lo mate.

Cuando me volví, vi que me estaba mirando con gran odio que se veía reflejado en sus ojos y cara, también vi que me había oído.

-Pero es tarde ya. ¿No sería mejor que salieseis mañana? –Dijo Caitlin.

-Cuanto antes me libre de él, mejor para todos. Podría soltarse y atacarnos a cualquiera.

Solté la cuerda de sus pies y se la até al cuello. Lo hice levantarse y partimos. Durante todo el camino no paró de insultarme, rogarme y hasta proponerme que no tocaría a ninguna si le dejaba mirar solamente. No le hice caso

Estuvimos andando toda la tarde y parte de la noche, aprovechando la luna, hasta que consideré que estábamos lo suficientemente lejos para que no se nos oyera. Entonces, me desvié hacia la espesura y me preparé el cuchillo y un machete, que utilicé para ir abriendo camino varios metros entre la maleza.

Cuando me pareció suficiente, me giré con rapidez y clavé el cuchillo en el pecho de Tasos, a la altura del corazón. Sólo tuvo tiempo de mirar sorprendido el mango sobresaliente de su pecho y levantar su mirada hacia mí, que ya estaba preparado otra vez.

-Lo siento, amigo, pero eres tú o yo.

Y descargué el machete con fuerza sobre su cuello, cortándolo hasta la mitad o algo más. Cayó al suelo como un pesado objeto.

Me retiré a un lado, busqué un sitio donde colgar la hamaca y dormí hasta el día siguiente. Cuando desperté, cubrí el cadáver con arena y piedras, comí algo y volví al campamento, al que llegué a media tarde.

Me preguntaron, pero solamente contesté que lo había dejado lejos y que no volvería.

Todavía pasaron como unos dos meses más, hasta que una mañana vimos un barco en el horizonte. Rápidamente encendimos la hoguera que teníamos preparada y la estuvimos alimentando con todo lo que pudiese producir más humo y más fuego.

El barco vino hacia nosotros y ancló cerca de la costa, arriando un bote que trajo a varias personas hasta nosotros, que nos habíamos reunido en la playa para esperarlos con el corazón en un puño por la emoción, la alegría de que venían a rescatarnos y un cierto miedo de no saber si serían buena o mala gente.

Nuestra alegría se desbordó cuando vimos que en el bote venía Peter haciéndonos gestos con las manos, a los que respondíamos con gritos, saltos y agitar de manos también.

Cuando desembarcaron, la madre y las hijas se abrazaron a un hombre, ya mayor, al que no conocía y que adiviné era el marido y padre por las lágrimas que derramaban todas. Iba escoltado por un negro enorme y un blanco demasiado pálido para mi gusto y muy amanerado.

Peter y yo nos fundimos en un abrazo emocionado, sobre todo por mi parte, que no podía decirle una sola palabra porque mi garganta estaba cerrada, como las de las mujeres, según contaron más tarde.

Rachel, tímidamente y llorando, se fue acercando a nosotros hasta que abrimos los brazos para que se uniese a nosotros. Luego, ya más tranquilos, fueron las presentaciones y una sustanciosa comida con víveres del barco y frutas y pescado nuestro, durante la cual Peter contó su historia.

Salieron de la isla sin problemas los cuatro. Cuando llevaban como medio día de viaje, les pilló algo de viento y la mar se puso bastante picada, sacudiendo la barca, aunque aguantó bastante bien. Allí perdieron a la tutora.

-Si, ya vi que te habías deshecho de ella. Apareció su cadáver en la playa.

Todas me miraron extrañadas, pues no les había informado de este hecho, pero Peter me rebatió.

-No, no le hice nada. Hubo un momento en que tuvimos muy mala mar, con grandes olas y con temor a que nuestra balsa no aguantase. Ella anduvo moviéndose por la balsa, a pesar de mis recomendaciones y de los vaivenes. De repente escuché sus gritos entre el ruido de las olas, pero no podía dar la vuelta si no quería que nos ahogásemos todos si nos pillaba una ola de costado. Tenía que mantener la balsa frente a las olas, que aunque no eran grandes, si podía destrozarnos. En mi descargo, también tengo que decir que las chicas no me avisaron en ningún momento, aunque tampoco tengo muy claro si fueron ellas las que la ayudaron a caer.

Transcurrida la comida, plagada de risas y anécdotas, cargamos el barco con todo lo que habíamos recogido de valor en estos años, joyas, un montón de barriles llenos de monedas y un cofre con unos papeles que resultaron ser pagarés por varios miles de libras y abandonamos la isla.

Una vez elevadas anclas y con proa a nuestro destino, vino corriendo Caitlin para avisarme de que nos habíamos olvidado de Tasos.

-No te preocupes-le dije- él está descansando…, y qué mejor lugar que ese. –Y no le di más explicaciones, pero ella debió de imaginar lo que pasaba.

De los días siguientes, tengo pocos recuerdos, aunque si los más importantes. Peter tenía alquilada una casita pequeña, donde nada más desembarcar, llevamos todo lo acumulado durante los años de la isla. Hicimos recuento de la mitad de lo que habíamos recogido y nos encontramos con más dos millones de libras en monedas, billetes y pagarés, sin contar el resto de barriles con monedas, que repartimos a medias.

Al día siguiente envié un mensajero anunciador de mis intenciones y fui a casa de Jessy a pedirle formalmente su mano a su padre, acompañado de una buena botella de whisky. Me recibieron en una gran sala, donde el padre estaba sentado en un sillón y Caitlin en uno doble junto a él. Cuando el mayordomo salió, me invitaron a sentarme junto a ella, en el espacio libre. No tuve ningún problema con la petición. Me la concedió encantado y empujado por su mujer. Lo celebramos con la botella de whisky, de la que mi futuro suegro dio buena cuenta casi en su totalidad.

En la misma petición manifesté el deseo de Peter y mío de adquirir tierras, a lo que me informó de unas concesiones cercanas, pendientes de asignar propietarios y que, en nombre del gobierno, nos las cedía al precio oficial de 1 libra, siempre que las explotásemos al menos durante 25 años, cosa que acepté sin dudar.

Cuando mi futuro suegro terminó la botella, se puso a alabar, con voz pastosa, las tierras, el ganado, la familia, sus maravillosas hijas, su mujer hasta que poco a poco fue bajando la cabeza y se quedó dormido soltando potentes ronquidos.

Caitlin no perdió tiempo. Se abalanzó sobre mí, desabrochó mis pantalones y liberó mi polla, que solamente vio la luz un instante, porque se la tragó entera de una sola vez.

-MMMMMMM Estabas con ganas eh! –Le dije.

Se sacó la polla de la boca, lo justo para decirme:

-No sabes cuantas, pero me voy a desquitar.

-¿Y si no llego a traer la botella?

Se separó un poco de mí y, señalando la repisa de las bebidas dijo:

-Tenía preparadas esas dos.

Y siguió chupándomela y poniéndomela como una piedra. Cuando la tuve totalmente dura, la hice levantarse y la llevé hasta una mesita redonda, donde dejaban el correo y algunas otras cosas, que fueron al suelo directamente, para acostarla boca abajo sobre ella y remangar faldas y refajos, echándolos por su cabeza.

No llevaba calzones ni nada, A mi disposición quedaron su culo y su coño, brillante hasta los muslos de los líquidos de su excitación.

Froté mi polla, recorriendo su raja de un extremo a otro, un par de veces, pero ella directamente me interrumpió diciéndome:

-Vamos, métemela ya. Estoy caliente desde que esta mañana me han anunciado que venías. No pierdas más tiempo.

Sin esperar más, se la metí de golpe hasta que nuestros cuerpos chocaron. Ella emitió un gemido de placer y dolor por la rápida dilatación, siendo ella la que empezó a mover su cuerpo atrás y adelante para follarse, sin esperar a que yo lo hiciera.

Unos azotes en su culo volvieron a hacerla gemir y detenerse, pasando a ser yo el que se movía dentro de un coño cada vez más rezumante.

Poco después se corría con fuertes espasmos y un grito que acalló los ronquidos de su marido. Tras unos segundos, la saqué para metérsela por el culo, aprovechando la abundante lubricación. La apoyé en su ano y fui empujando despacio, a pesar de que entraba con mucha facilidad. Una vez toda dentro, empecé a moverme con suavidad, y llevé mi mano a su coño donde unas veces metía un poco los dedos y otras acariciaba su clítoris, al tiempo que también aceleraba mis movimientos.

De vez en cuando, dejaba caer un buen churretón de saliva para seguir moviéndome con comodidad, aunque ella no se quejó en ningún momento. Y no solo eso, sino que pedía más y más.

Un buen rato después y creo que con un par de orgasmos más, anuncié mi corrida inminente, pidiéndome que aguantase un poco más por que estaba a punto. Aguanté como pude hasta que me anunció su corrida, acompañándola con la mía.

Tras unos segundos de relajo, yo me subí los pantalones que estaban en mis tobillos y ella se acomodó faldas y refajos.

Ambos salimos de la habitación como si nada y Caitlin mandó llamar a Jessy para que la informase del resultado de la entrevista y pasear por los alrededores de la casa como una pareja de novios normal, siempre a la vista de los criados para evitar maledicencias.

En ese paseo, fijamos las visitas a su casa y las salidas de ella a caballo hacia puntos de encuentro más íntimos.

Cuando volví casa, informé a Peter de la adquisición, imaginando que la concesión sería de unos pocos acres de tierra, donde podríamos hacernos casas y vivir, mientras adquiríamos otros terrenos donde criar ganado.

Cuando nos enteramos de lo que habíamos comprado, casi nos desmayamos del susto. ¡Más de 20.000 acres cada una! ¡Eran mayores que muchos condados de Inglaterra! Las habíamos elegido al azar y la mía resultó algo más grande que la de Peter.

Estaban separadas por otra gran finca, perteneciente a Mr. Mcgregor, un hombre autoritario, de nariz ancha y roja, jugador, borracho, putero y pendenciero. Casado con una mujer delgada y plana, con una cara angelical que pocas veces dejaba entrever las penas y disgustos de su matrimonio.

Los Mcgregor tenían una hija de unos 17 años, a la que el padre tenía totalmente sometida y del que recibía algunas de las palizas de las que conseguía escapar su madre. Hablándolo con Peter, comentamos que sería un buen partido para él, pues era la heredera del terreno entre ambos, prácticamente tan grande como los nuestros, y podría tener una de las más grandes fincas de allí.

Al principio, Peter alegó la diferencia de edad, pero después de hablarlo, considerar las ventajas y hacerle ver que también había diferencia de edad entre nosotros y las pupilas, sin que fuera un problema para acostarnos con ellas, cambió de opinión y se propuso cortejarla.

Como buenos futuros vecinos, pasamos a visitarlos una mañana, cerca de mediodía, para presentarnos y entablar buenas relaciones. Mcgregor, que ya llevaba alguna copa, nos presentó y obligó a comer con la familia, empujándonos con fuertes palmadas en la espalda y los hombros que nos hacían a avanzar más rápido para evitar que nos partiese algún hueso.

Durante la comida, sentados en el extremo de una larga mesa, fuimos atendidos por la madre, Martha y la hija Eloise, pues como nos comentó nuestro anfitrión, no consentía que los criados lo hiciesen, porque la obligación de las mujeres era estar a disposición de los hombres y servir la mesa.

Cuando nos despedimos, besamos las manos de ambas mujeres. Como puestos de acuerdo, yo primero besé la mano de la hija y Peter la de la madre, cambiando después y permaneciendo Peter más rato de lo normal sujetando la mano de la hija, mientras alababa su belleza con la sonrisa más seductora.

Los nervios de la muchacha evidenciaron que había hecho efecto, lo que nos hizo marchar con alegría, al ver que había posibilidades.

El momento del cortejo fue un mes después, en la fiesta de anuncio de mi compromiso con Jessy. Como es normal, todas las familias importantes de la zona estaban invitadas a la fiesta, incluidos los Mcgregor, durante la cual, tanto Caitin y Jessy, que estaba informadas de todo, como yo, estuvimos pendientes del matrimonio. Yo sacando a bailar a la madre, ellas con el padre, a pesar de los múltiples pisotones, con breves descansos cuando lo acompañaban junto a su padre para que bebiesen juntos.

Pronto ambos hombres se retiraron a una de las salas dela casa para dar buena cuenta de un par de botellas y quedarse dormidos en los sillones.

La madre, libre de su marido y agasajada por mí, Caitlin y Jessy, que la llevaban de uno a otro de los corrillos que formaban las otras mujeres, donde podía escuchar los cotilleos del momento y participar sin ser importunada por su marido, estaba radiante de alegría, eufórica más bien, incluso más que si hubiese bebido.

Con todo esto Peter tuvo vía libre para cortejar a Eloise, que no tenía la más mínima oportunidad de escapar.

Una mujer maltratada por un padre que tampoco la dejaba relacionarse con nadie, que por tanto no tenía amigos entre los hombres de la sociedad, y acosada por un hombre guapo como Peter y con facilidad de expresión para adular y conquistar, no le quedó más remedio que rendirse cuando, acabando la fiesta, le pregunto si le daba permiso para pedirle a su padre la autorización para visitarla.

Según me contó después, no le salían las palabras, y tuvo que asentir con la cabeza. Tras la declaración y aprovechando que se habían situado fuera de la vista de todos, la tomó de la mano, se la besó y, aprovechando la cercanía, dejó otro beso sobre sus labios.

Ella, sofocada, vino corriendo hasta el grupo donde se encontraba su madre con otras mujeres y yo.

-¿Qué te pasa, que estás tan sofocada? –Le preguntó.

– … Es que he bailado mucho…

La fiesta terminaba ya y uno de los invitados, amigo de la familia, fue a buscar a los maridos durmientes que salieron poco después dando tumbos. Durante la espera, Martha y Eloise cuchichearon en un aparte, echando miradas fugaces a Peter.

Al día siguiente enviamos a un criado con una nota para el padre, solicitando que Peter fuera recibido con la intención de pedir relaciones con la hija. El padre aceptó, pues le habíamos caído bien, porque éramos familia del Gobernador, teníamos mucho dinero y grandes extensiones de tierra. Lo que se dice un buen partido.

No sé lo que le contó, pero fijaron fecha de la boda para seis meses después. Pero la alegría duró poco, pues una semana después, el gobernador anunció la boda de Diana con un viejo rico y tan borracho como los demás de 75 años. Viudo hacía años, había hecho una gran fortuna negociando con todo, legal o no, y que quería una mujer que le diese un hijo.

El disgusto de la muchacha fue tremendo. Estuvo varios días llorando, hasta que, entre su hermana y yo, pudimos convencerla de que a un hombre tan mayor, no tendría que aguantarlo mucho y sería la heredera de su fortuna. Mientras, podría formar parte más activa en nuestros juegos de cama.

-¡Pero tendré que darle un hijo! -Alegó

Dudábamos que se le levantase, por lo que le propusimos que fuésemos Peter o yo quienes la dejásemos embarazada. Por fin asumió su futuro y todo volvió a la normalidad.

El día de mi boda llegó y la pequeña iglesia se llenó de gente importante de la ciudad y otra venida desde sitios lejanos. El vicario que nos casó ni se quién era, ni de qué religión, ni lo he vuelto a ver.

Se celebró una fiesta por todo lo alto en la finca del gobernador. A la salida de la iglesia nos esperaba un carruaje descubierto para llevarnos hasta ella, donde nos montamos mi flamante esposa, sus padres y yo.

De camino, nos cruzamos con una cordada de presos que acababan de llegar e iban pasando por mi lado, sin que les prestase atención. De repente, uno de ellos, saltó al carruaje, echando sus manos a mi cuello e intentando ahogarme.

Su debilidad y mi mayor fuerza me permitieron retirar sus manos sin esfuerzo y sin que llegara a hacerme daño. Los guardias se abalanzaron sobre él y lo redujeron a culatazos con sus fusiles.

Cuando estaba en el suelo, sin sentido, el oficial ordenó que le clavasen las bayonetas hasta que muriese. Entonces lo miré y supe que lo conocía. Era el carcelero de Southampton. Extrañado por su presencia, pedí que no lo matasen y que lo encerrasen porque quería interrogarlo. El gobernador convirtió mi petición en orden y se lo llevaron mientras nosotros seguíamos nuestro camino.

Cuando llegamos ya estaban la mayoría de los invitados. Comimos, bailamos, hubo juegos para damas y caballeros, cenamos, bailamos y seguimos bailando hasta agotarnos.

A altas horas de la noche, nos escabullimos y nos fuimos a lo que sería nuestra casa temporal, pues había mandado construir una casa pequeña, de madera, para vivir mientras nos construían la nuestra, mucho más grande, de tres plantas, la superior para el servicio, la intermedia para las amplias habitaciones y la inferior, con grandes salones que nos permitiesen dar fiestas y otros más pequeños y más acogedores para diario, además de la cocina.

Cuando llegamos a nuestra casa, Rachel nos recibió levantada. Nos había estado esperando despierta hasta entonces. La mandé acostarse, abracé a Jessy y entre besos y caricias, la llevé hasta la habitación. Nos detuvimos un momento en la puerta para darnos un largo beso. Al separarnos, echó mano a mi pantalón, notando mi polla dura ya como una estaca. Jessy me tomó de la mano y riendo me arrastró hasta la cama.

-Pensaba ser yo el que te trajese hasta aquí, pero parece que tienes prisa en estrenar nuestro matrimonio.

-Por lo que he tocado hace un momento, más bien parece que seas tú el que tiene prisa.

Nos besamos. Primero con suavidad, pero poco a poco fuimos incrementando la pasión, hasta que mis manos empezaron a soltar sus botones.

-¿Desea la señora que le ayude a quitarse el vestido?

No me había dado cuenta, pero Rachel había entrado tras nosotros y esperaba cumplir con su misión de doncella personal de mi flamante esposa.

-Sí, le dije, ve desnudándola.

Y seguí besándola, sujetando su cara para evitar la ligera oposición inicial, mientras la doncella soltaba enganches y cintas a su espalda.

Cuando ya estaba en ropa interior, me desnudé yo y terminé de quitarle las últimas prendas. La abracé y caímos sobre la cama. Estuve un rato besándola y disfrutando con las caricias a su cuerpo, pasando mi mano por su cuello, sus hombros, su costado, sus brazos, sus muslos, su cuerpo desde su pubis hasta el borde de sus pechos. Luego me dediqué más a fondo a su excitación.

Colocado sobre ella, con sus piernas abiertas y mi polla sobre su vientre, cambié sus labios por su oreja, bajé por su cuello sin dejar de besar cada milímetro, mientras mi mano estrujaba su pecho. Recorrí su hombro, bajé por su canalillo a tiempo que bajaba también mi cuerpo y mi polla quedaba apoyada en su coño. Su respiración era agitada, y sus manos no dejaban de acariciar mi pelo.

Mientras mi mano seguía acariciando su pecho, fui besando el otro, recorriendo su contorno en círculos cada vez más pequeños hasta llegar a su pezón donde, además de depositar mi beso, abrí mis labios para darle un ligero toque con la lengua que le arrancó un gemido.

De ahí pasé a darle el mismo tratamiento al otro pecho, cruzando con mis besos el valle que los separa. Mientras ella hacía movimientos con la pelvis para que mi polla recorriese su raja, cosa que yo evitaba todo lo que podía.

Chupé sus pezones y lo fui lamiendo alternativamente, arrancando gemidos de deseo y más movimientos de su pelvis. No dejé sus pechos hasta que consiguió colocar bien mi polla, señal de que se estaba abriendo. Entonces continué mi camino bajando hasta su coño, al que di un primer repaso recorriendo los bordes, bajando por un lado, subiendo por el otro para meterle un recorrido central de arriba abajo y de abajo arriba con rápidos lengüetazos durante el trayecto.

-Mmmmm. Siiii. Sigueeee. –Decía entre gemidos.

Puse bajo su culo un par de almohadones para levantar su pelvis y sujeté sus piernas bien dobladas y abiertas. Su coño y debajo su ano, quedaron expuestos a mi vista y se ofrecían palpitando al ritmo de las contracciones pélvicas de su dueña.

No me hice esperar mucho, y me lancé a lamer desde su clítoris a su ano, donde deposité abundante saliva. Subí a su clítoris de nuevo, lo rodee con mis labios y lo chupé y lamí. Ella gemía muy fuerte y pedía más.

-Mmmmmmm. No pareees. Ohhhh. Siiii.

Bajé varias veces recorriendo toda su raja, metiendo la lengua en su coño y mojando su ano, para luego subir de nuevo a su clítoris, hasta que ya no pudo más y cuando se lo estaba chupando empezó a gritar.

-No pareees. Me voy a correeer. Más fuerte, más, máaasss. Siii. Me corrooo, me estoy corriendoooo.

Yo dejé su clítoris cuando acabó su corrida, pero seguí pasando la lengua desde la base hasta meterla en su vagina todo lo que podía, hasta que volvió a recuperar la excitación. Entonces dejé que apoyase sus talones sobre mi espalda y dejando que siguiera bien abierta, volví a lamer y chupar su clítoris, al tiempo que metía dos dedos en su coño y la follaba con ellos. Sus gemidos eran tan fuertes que parecía casi gritos.

Retiré mi boca de su clítoris para sustituirla por mi pulgar, con el que lo frotaba en círculos a distintas velocidades, extrayendo más gemidos de ella.

Me pareció oír eco en ellos, y cuando miré por la habitación vi que Rachel se encontraba a los pies de la cama, con la mano bajo sus faldas, masturbándose furiosamente. No dije nada y seguí con mis manipulaciones sobre Jessy, consiguiendo que se volviese a correr poco después.

Cuando se recuperó, intenté metérsela por el coño, pero estaba muy sensible y tuve que desistir. Pero ella se puso a cuatro patas y me ofreció su culo, moviéndolo en círculos ante mí. Ensalivé bien mis dedos y eché más saliva sobre su ano, para ponerme a dilatarlo con suavidad, un dedo, dos, tres. Mientras se dilataba, hice una señal a Rachel para que me la chupase y ensalivase bien.

Una vez dilatado, procedí a metérsela con calma.

-Agggg Duele un poco, pero me gusta.

Detuve mi avance y le iba a preguntar si lo dejaba cuando insistió.

-Pero no pares, hazlo con cuidado, pero no pares.

Y seguí avanzando hasta que entró entera y me detuve a esperar. Ella misma fue moviendo su cuerpo adelante y atrás para ir follándose, al tiempo que me decía:

-Muévete de una vez. Dame fuerte.

Comencé mis movimientos entrando y saliendo, entre tanto, Rachel se metió desde atrás entre mis piernas para ir lamiendo y chupando mis huevos, cada vez que sacaba la polla.

Jessy llevó la mano a su coño y noté que se lo acariciaba. Primero con suavidad, pero poco a poco fue creciendo en ritmo, transmitiendo a su vez fuertes sensaciones a mi polla. Cuando anunció su corrida, ya estaba preparado para hacerlo en cualquier momento, por eso, sus gritos coincidieron con los míos en un orgasmo común

-Aaaaaaahhhhh. Siiii. Me corroooo.

-Aaaaaaahhhhh. Siiii. Yo tambieeeen.

Rachel se retiró rápidamente y nosotros caímos rendidos en la cama. Hice una señal para que se retirase Rachel y nos quedamos dormidos.

A la mañana siguiente, fue una boca la que me despertó, lamiendo y chupando mi pene. Era Jessy, que cuando consiguió ponerla dura, se subió encima de mí y ella misma se empaló y empezó a moverse en una cabalgada unas veces con movimientos circulares de cintura y otras moviendo la pelvis atrás y adelante conseguía unas veces rozar su clítoris contra mi pelvis y otras el roce continuo de mi polla cuanto entraba o salía.

Acaricié sus tetas, froté sus pezones, recorrí su cuerpo y acaricié su culo, que tanto me gustaba, mientras ella me iba llevando al orgasmo. No obstante se corrió dos veces antes de que le anunciase que estaba a punto y pidiese que la esperase para corrernos juntos más tarde.

Ese día fuimos a casa del gobernador, donde comimos todos juntos, incluido Peter y por la tarde, mientras las mujeres se encerraban en una habitación para hablar, los tres nos fuimos hasta el cuartel para interrogar al ex carcelero. Nos llevaron hasta su celda, donde se encontraba encadenado de pies y manos, pero que permitían su movilidad. Nada más verme, volvió a abalanzarse sobre mí gritando:

-Maldito cabrón, hijo de puta. Por tu culpa estoy aquí…

Cuando llegó a mi altura le solté en plena cara, el puñetazo que llevaba preparado, haciéndolo caer al suelo, sangrando profusamente por la nariz.

-Te haré unas preguntas y quiero que contestes rápido y con la verdad. Si abres la boca para otra cosa que no sea responderme, vas a pasar un mal rato. ¿Me has entendido?

-Zii –Contestó sujetándose la nariz para evitar el sangrado.

Le pregunté por lo que había ocurrido al marcharnos y contó que nada más irnos, su esposa mandó a la hija que contuviese la hemorragia con un paño, mientras avivaba el fuego y ponía al rojo el atizador.

Cuando lo estuvo, cauterizó su herida y el perdió el sentido.

-Dezpedte cuato diaz despuéz, zin polla, zin huevos. ¡Maddito hijo de puta. Te matadé aunque zea lo utimo que haga!

Toda la conversación se produjo con las dificultades propias de pronunciación al tener la nariz tapada. En respuesta a su salida de tono, le di una fuerte patada en las tripas que lo hicieron doblarse de dolor.

-Te he dicho que solo respuestas. Si quieres más, ya sabes lo que tienes que hacer. ¿Por qué estás aquí?

-Al principio mi mujer se comportaba normalmente conmigo. Me decía que no le importaba si no podíamos hacer el amor plenamente, que se conformaba con que le siguiese comiendo el coño y follándola con los dedos, pero poco a poco fue gustándole cada vez menos hasta que llegó un momento que dejamos de hacerlo.

Un día, le quité a un preso un medallón de oro y decidí regalárselo a ella cuando iba a salir de la prisión, vi por la ventana que ella salía de casa. Dudé entre esperar para dárselo o ir a buscarla y cuando decidí ir, ella ya había avanzad mucho.

La seguí, pero antes de alcanzarla entró en la posada. Cuando entré yo, no la vi y cuando pregunté al posadero, me dijo la habitación donde estaba y que lo hacía en compañía de un oficial de la guarnición militar.

Entré en tromba encontrándolos desnudos, cogí lo primero que encontré, que fue el sable del oficial y los traspasé a los dos con él. Al oficial le llegó al corazón y murió en el acto y a mi mujer le traspasó el pulmón y aún vivió algunas horas. A mí me detuvieron, me juzgaron y enviaron aquí.

Cuando terminó su historia, decidí comprarlo y enviarlo a mi finca, donde su misión es recibir cualquier polla que quiera encularlo. Estuvo encadenado al principio, pero luego asumió su situación y ahora disfruta siendo la puta de los obreros.

Los días fueron pasando y dos meses después se celebró la boda de Diana. El viejo fue tan desconfiado que, antes de la boda, mandó a unas mujeres a comprobar su virginidad, porque quería una mujer pura.

Durante la fiesta procuramos que bebiese, y antes de irse a la cama con su esposa, Jessy le ofreció una última copa que llevaba mezcladas unas gotas de un fuerte somnífero, mientras nosotros nos escondíamos en su habitación.

Cuando entraron, la llevó directamente a la cama, se desnudó él y más que desnudarla a ella, le arrancó la ropa. Se acostaron y la estuvo besando y acariciando, sin darse cuenta de los gestos de asco que hacía ella, esperando que se le pusiese dura.

Al no conseguirlo, la cogió del pelo y llevó su cabeza hasta su maloliente polla y la estuvo chupando entre arcadas hasta que consiguió una dureza suficiente. Entonces la hizo acostarse y abrirse de piernas para colocarse entre ellas y metérsela sin ninguna preparación.

No hizo más que colocarse y apuntar su polla con la mano, cuando empezó a cerrar los ojos, dejándose caer sobre ella, aplastándola con su peso y poniéndose a roncar desaforadamente.

-Por favor, ayuda. Quitadme a este cerdo de encima.

Enseguida salimos Peter y yo y se lo quitamos de encima.

-Joder, como huele. Además de alcohol, no se ha debido lavar en años.

-Pues si queréis algo asqueroso, tenéis que chuparle esa mierda de polla. Huele y sabe a orines y suciedad.

Dejamos entrar a Jessy, que venía con una botella y cuatro vasos, y le dimos una buena dosis para quitarse el mal sabor de boca.

Nos pusimos a besarla y acariciarla, uno a cada lado, quedándose Jessy mirando. Mientras yo me dedicaba a un pecho, Peter atendía al otro y ambos alternábamos para compartir su boca. Cuando empezó a gemir, Jessy se situó entre sus piernas y empezó a comerle el coño.

Al momento estaba gimiendo de placer y poco más tarde se retorcía de gusto. Pronto sujetó la cabeza de Jessy contra su coño mientras alcanzaba su primer orgasmo. Ella misma impedía que Jessy se separase, para que siguiese comiéndole el coño y mantener su excitación.

Cuando sus gritos y gemidos avisaban de la proximidad de un nuevo orgasmo, pedí a Peter que se la follase. Dudó al principio entre ser él el primer que la desvirgara o que fuera yo, pero le dije que era mi cuñada y que como éramos familia, le correspondía a él.

Jessy se retiró y Peter ocupó su lugar. Se arrodillo ante ella y puso una almohada bajo su culo. Con el coño más levantado y aprovechando que tenía lo tenía encharcado de flujo y saliva, puso su polla a la entrada y fue metiéndola poco a poco. Yo alternaba entre sus pechos y Jessy se puso a pasar la lengua por su clítoris y la polla de él.

-Mmmm. Qué apretadita está. –Comentó.

Cuando encontró el obstáculo de su himen, pidió que nos aplicásemos más a fondo y se la clavó con un golpe de riñones.

Diana emitió un grito de sorpresa y dolor, que volvió a ser de placer al empezar a moverse. Dos orgasmos después, Peter se corrió en su coño coincidiendo con el tercero de ella. Mantuvo su polla dentro hasta que quedó totalmente flácida. Ella quedó rendida sobre unas sábanas manchadas por su virginidad perdida y la lefa que escurría de su coño, por lo que decidimos marcharnos, no sin antes lavar bien la polla del viejo cerdo y darle instrucciones para que le hiciese beber mucho durante el día siguiente y el otro para que, al llegar la noche, estuviese dormido. Al tercero, tenía que prohibirle la bebida hasta media tarde con la excusa de que si no, no rendía en la cama.

Entre el viaje a nuestra casa y desahogar nuestra calentura, era cerca de mediodía cuando nos quedamos dormidos.

Dos días después, repetimos la operación. Ella lo llevó a la cama con la bebida complementada con las gotas de somnífero correspondientes, y nos abrió cuando estaba dormido. Repetimos la operación, la excitamos entre los tres, y cuando se corrió, Peter la folló por el coño, solo que añadimos algo más, la pusimos boca abajo y volvimos a excitarla de nuevo, al tiempo que dilatábamos su culo.

Cuando estuvo preparada, la mojé con un par de envestidas en su coño para ponerla en su ano e ir metiéndola poco a poco. La follé despacio, mientras acariciaban sus tetas y su coño. Jessy estaba muy excitada, y al darse cuenta Peter, me pidió permiso con su mirada y tras dárselo, se dedicó a comerle el coño hasta que le sacó dos orgasmos.

También Diana se corrió un par de veces, casi seguido a las de su hermana, hasta que le dije que le iba a llenar el culo de leche y se corrió de nuevo, siendo seguida por mí a los pocos segundos.

El viejo aceptó que cuando estaba bebido, rendía más que un joven en la cama, aunque no se acordase de nada, pero las sábanas manchadas y su pollita reluciente le hacían creer que se había portado mejor que a los 20 años.

Esta escena se repitió todos los días, hasta que Diana anunció que estaba embarazada de dos faltas. Después de a nosotros, se lo dijo al feliz cornudo, que se fue al club a celebrarlo y tardó una semana en volver. Y encima borracho hasta la inconsciencia.

A partir de entonces, Diana prohibió relaciones al vejete de su marido, con la excusa de podría malograrse el embarazo y perder a la criatura. Así, fue Peter el que la visitaba de vez en cuando, mientras el marido estaba emborrachándose.

El cornudo no llegó a conocer a su hijo. Falleció mes y medio antes del parto, ahogado con uno de sus propios vómitos, una noche de borrachera hasta la inconsciencia.

Entre unas cosas y otras, llegó la fecha de la boda de Peter, celebrada por todo lo alto durante el día y en la intimidad por la noche. A los pocos días, me contó que su esposa era sumamente obediente. Hacía cualquier cosa por extraña, rara o cualquier otra cosa que pudiese parecer.

Le había dicho de participar en sesiones de sexo con nosotros, y había aceptado, si era lo que él quería.

A los nueve meses de estar casados, Eloise dio a luz un bebé. Un precioso y grande varón, que su orgulloso padre nos ha ido mostrando cada vez que podía. Ahora, mientras espero a que sea mi mujer la que dé a luz a mi heredero, porque las mujeres que entienden de esto dicen que es niño y muy fuerte y grande por las patadas que da, voy acabando este relato, que empecé después de la boda de Peter, porque quiero enviarlo a Londres para que lo conviertan en un libro.

Termino ya, porque me acaban de anunciar que he sido padre de una preciosa niña. Si no continúo, espero que le haya gustado a quienes lo lean, y comprendan que si son valientes y arriesgan, y sobre todo, si tienen un amigo que les ayude, pueden triunfar en la vida y llegar a donde quieran. Tampoco me importaría que me enviasen comentarios sobre mi libro y su valoración

John Smit