El barco tenía dos camarotes de pasajeros, con seis literas cada uno, como solamente éramos cuatro y dos de ellos eran matrimonio, el capitán los puso en uno y a nosotros en el otro.

Tuvimos buen viento y buena mar casi todo el camino, sin grandes cosas que comentar, salvo las vistas maravillosas de las costas francesas, españolas, portuguesas, toda la costa africana, la bulliciosa ciudad de Port Elizabeth, donde recalamos para cargar provisiones y agua, la costa de Madagascar, que vimos algo alejados a indicaciones del capitán, porque ya nos estábamos internando en el océano y sería la última costa que viésemos hasta llegar al nuevo continente.

Durante el trayecto, establecimos buena relación con los otros pasajeros, con el capitán y los marineros, sobre todo con uno que había viajado mucho y contaba amenas historias de los lugares donde había estado o de los trabajos que había realizado.

Tras varios días de navegación, el viento cesó de repente, hablando preocupados con el capitán, le quitó importancia, avisándonos que esto era frecuente y que en un par de días, como mucho, volvería a soplar. Y efectivamente, así fue, al atardecer del día siguiente, empezó a soplar una nueva brisa que hinchó las velas y nos puso nuevamente en marcha.

La brisa fue convirtiéndose en fuerte viento y derivó a una tormenta con vientos huracanados. De madrugada, el capitán nos envió a los pasajeros, que habíamos salido a cubierta, a nuestros camarotes con orden de no movernos hasta que pasase el temporal, animándonos diciendo que eso no era nada, que habían soportado temporales mucho peores.

Durante todo el día siguiente se oyeron gritos, batir de olas contra el barco, crujidos por todas partes. Legó un momento que ya no vomitábamos porque no había nada en nuestros estómagos. Hacia la noche, alguna de las arboladuras debió de caer, a juzgar por los gritos y ruidos que se oían. Nuestro camarote tembló y quedó inclinado hacia el costado del barco. Nosotros estábamos sentados juntos en la litera inferior de ese lado, lamentando el momento en el que se nos había ocurrido la idea de viajar y nos agarrábamos con desesperación a los postes de la misma. De repente entró nuestro amigo marinero para saber cómo estábamos, pues el palo de mesana había caído justamente sobre nosotros, y no había terminado de contarlo, cuando se abrió una brecha vertical por el costado de babor que se desplazó hasta popa, dividiendo nuestro camarote en dos y arrojándonos sentados en las literas al mar, junto al trozo de casco desgajado y a nuestro amigo que se encontraba agarrado a uno de los postes.

Rápidamente, las olas nos separaron del barco. Pasamos una noche horrible. El casco hizo de balsa, solo que, cuando venía alguna ola grande, le daba la vuelta, dejándonos debajo y teniendo que salir para volver a subirnos, hasta que llegaba la siguiente, que hacía lo mismo y nuevamente teníamos que repetir el proceso.

El ruido de los truenos y las descargas de rayos y relámpagos nos tenían aterrorizados. Uno de esos rayos pareció caer a nuestro lado, aunque no fue así, pero sentimos erizarse nuestro bello y una extraña sensación nos recorrió el cuerpo.

Al amanecer, apunto de desfallecer agotados por el esfuerzo, el cielo se calmó y pudimos descansar. Afortunadamente, la parte de las literas había quedado encima por lo que disponíamos de sábanas, colchones y mantas que se encontraban sujetos a las camas por correas de cuero.

A partir de ahí, la suerte ya no nos abandonó… Si se puede decir así.

Estuvimos dos días sobre la balsa, cubriéndonos del sol con unos toldos hechos con mantas y sábanas, que también nos protegían del frío de la noche. Sin comida, sin agua. Mirando constantemente al mar para ver si se veía alguna vela y poder llamar la atención. Solamente veíamos trozos de madera que iban y venían a nuestro alrededor.

Al amanecer del tercer día, apareció a nuestro lado un tonel de agua, con la inscripción de nuestro barco, lo que nos dio una idea de lo que había sucedido con él. Conseguimos subirlo a la balsa, con gran esfuerzo quitamos el tapón y bebimos hasta saciarnos. Más tarde, decidimos racionar el agua por si tardábamos en encontrar ayuda.

Aproximadamente una semana después, pues estábamos tan debilitados que no sabíamos cuando pasaban los días, seguíamos sin recibir ayuda, el hambre corroía nuestros estómagos, y yo me encontraba ya debatiéndome entre matar a nuestro nuevo amigo para comérnoslo o esperar un poco más, cuando Peter, que vigilaba en ese momento, comentó:

-Creo que tenemos tierra ahí delante.

Y efectivamente, ante nuestros ojos había un gran trozo de tierra, que el agotado Peter no había visto hasta que casi chocamos con ella.

Tomamos las tablas que habíamos quitado de las literas para que sujetasen el entoldado y las utilizamos como remos para acercarnos a la orilla.

Una vez en la playa, arrastramos un poco nuestra improvisada balsa, lo justo que nuestras escasas fuerzas permitieron para que no se la llevase el mar y nos dirigimos a la sombra de los primeros árboles que vimos cerca, dejándonos caer bajo su sombra.

-¡Dátiles! –Exclamó Robert, que así se llamaba nuestro nuevo amigo.- ¡Son dátiles!

-Y eso ¿qué es? –Pregunté yo, pues no los conocía.

-Comida. ¡Son frutos que se comen!

Como si ya hubiésemos comido, nos pusimos en marcha y comenzamos a tirar piedras para hacerlos caer, también buscamos una rama larga (la palmera no era excesivamente alta) para usarla con el mismo propósito.

Comimos con avaricia todo lo que cayó, hasta que no pudimos más, bebimos más agua de la poca que quedaba y nos quedamos dormidos hasta el día siguiente.

Debimos dormir más de veinte horas, pues calculamos poco más de medio día cuando llegamos y nos empezamos a despertar avanzado el nuevo día.

Lo primero que hicimos fue recorrer los alrededores, encontrando más árboles con fruta y arbustos con alguna parte comestible, todo esto bajo la supervisión de Robert, pues a nosotros, casi todas aquellas plantas desconocidas, nos parecían iguales.

Al día siguiente, tercero de nuestra llegada, recogimos mejor nuestra balsa y nos hicimos un pequeño parapeto para las posibles inclemencias del tiempo y contra posibles animales que pudiese haber.

Explorando uno de los lados de la playa, encontramos un campamento derruido por las inclemencias del tiempo, donde se veían signos de que una persona había vivido algún tiempo.

Constaba de restos de una choza y un estropeado vallado que delimitaba un amplio espacio. Eso nos dio ánimos, pues significaba que alguien había naufragado y sobrevivido hasta su rescate. Pero pronto se echaron por tierra nuestras esperanzas, pues entre las ruinas de lo que había sido la choza, encontramos los restos de un cadáver que enterramos un poco más lejos. Por lo menos, nos dejó un pequeño cuchillo muy estropeado.

También descubrimos un canalillo pequeño de agua dulce, más bien un hilillo, que venía del interior y que acababa en la playa absorbido por la arena, donde nos podíamos aprovisionar de agua.

Reconstruimos y mejoramos la choza con ramas y hojas, así como la valla que rodeaba el recinto con cañas y más ramas, quedando un espacio protegido del sol y los fuertes vientos que, esperábamos, habría en la zona.

Una semana después, decidimos explorar, pues no nos habíamos movido más de unos metros a derecha e izquierda y hacia el interior. Así nos dimos cuenta, y Robert nos informó, que estábamos en una playa ubicada al sur sur-oeste de algún lugar, probablemente una isla. Que estaba bastante resguardada de los vientos dominantes y delimitada por un farallón a cada extremo, que dejaba un espacio de cerca de una milla de playa de arena blanca y limpia.

Dirigiéndonos hacia el norte, pasado el primer farallón con grandes grietas y piedras sueltas, encontramos más playa, pero ya no estaba tan limpia. Algas en la casi primera milla y luego restos de maderas, restos de cajas y dos esqueletos blanqueados por el sol, medio enterrados y todavía con ropas.

-Estos no tuvieron suerte. -dijo Robert, desenterrando el primero.

-¿Pero qué haces? ¿No sabes que no se debe molestar a los muertos? Luego se aparecen sus espíritus en busca de tu alma. –Dijo Peter.

-Eso son tonterías. Vamos a desenterrarlos para ver si llevan algo que nos pueda servir.

Con gran aprensión nos pusimos a la tarea de desenterrarlos y desnudar sus esqueletos de sus ya podridas ropas. Uno de ellos llevaba una bolsa con monedas, que habían quedado sueltas al deshacerse las prendas, y otro de ellos un buen cuchillo.

Decidimos guardarlo todo. Los esqueletos los llevamos a lo alto del farallón y los arrojamos a una de las grietas. Recogimos toda la madera seca que pudimos y volvimos a nuestro campamento, donde Robert nos enseñó a encender fuego con un palo duro y una madera blanda. De ahí salió nuestra primera hoguera y esa noche pudimos dormir junto a ella.

A la mañana siguiente echamos de menos a Robert, encontrándolo al pie de uno de los acantilados con una especie de lanza que había hecho con el cuchillo y un palo, moviéndose despacio y arrojando la lanza de repente. Le vimos sacar un pez, que arrojó junto a varios que tenía en la playa.

-Bueno, ya vale. Hoy vamos a mejorar nuestra comida con un par de peces para cada uno.

No me lo podía creer cuando un rato más tarde me estaba comiendo un suculento y desconocido pez, asado en el fuego, y con otro esperando a que diese cuenta de él.

En sucesivos días, nos fue explicando lo que podíamos hacer y lo que no, cómo pescar, cómo subir a los árboles altos con los pies atados y una liana a la cintura para recoger fruta, cómo preparar lianas para atar palos y ramas y conseguir tener una choza donde resguardarnos. En fin, muchas cosas.

Probamos a hacer una balsa con la madera y cañas que teníamos, pero no conseguimos hacer algo que flotase en condiciones sobre el agua. Sobre todo, cuando nos subíamos, siempre se hundía hasta que el agua nos llegaba al tobillo y visto que no podíamos salir sin disponer de un espacio seco, desistimos de la idea y esperamos a que pasase algún barco, mientras tanto, aprovechamos para mejorar lo que llamábamos nuestra casa.

Incluso decidimos hacer un calendario, que consistió en utilizar una zona de la playa donde clavaríamos una estaquilla por cada día, separándolas por meses con un pequeño espacio, comenzando en el mes de mayo, calculando que sería, creo recordar sobre el 27 ó 28.

También un reloj de sol, para tener referencia de horas, y ya que no sabíamos dónde estaba exactamente el norte, pues allí no se veía la estrella polar como referencia, tomamos como tal la salida del sol y su puesta y tomamos la mitad. Con eso calculábamos periodos de tiempo que llamábamos horas.

Sucesivas expediciones de reconocimiento nos confirmaron que se trataba de una isla, eso si, bastante grande, al darle la vuelta completa al cabo de varios días.

En todas las playas y acantilados de la zona norte y noreste, había gran cantidad de restos de naufragios, esqueletos y cadáveres en avanzada descomposición que algunas aves y animales marinos iban limpiando.

Nos hicimos con una buena cantidad de monedas, dos sables mohosos que afilamos y limpiamos con unas piedras que parecían de las utilizadas para afilar cuchillos. Un cofrecito con una cruz en la tapa que contenía dos copas de oro y piedras incrustadas, y una pasta blanca como papel, irreconocible, pero que comprobamos que ardía bien cuando teníamos que encender un fuego, un baúl con ropajes de mujer y un par de pistolas de duelo, todo totalmente inutilizable. Y… ¡sorpresa! Sobresaliendo en la arena, el mango metálico de una tenaza, y que al escarbar salió acompañada de alicates, clavos, la cabeza de un martillo, el metal de unas gubias sin mango y unos trozos de alambre entre trozos de madera desechos.

A partir de entonces, cada semana aproximadamente, uno de nosotros daba la vuelta a la isla. En muchas de ellas no encontrábamos nada, y en alguna, nuevos trozos de madera o cadáveres recientes.

A los cadáveres les quitábamos todo, ropas, zapatos, monedas, joyas y cualquier cosa que llevasen, procurando darles la mejor sepultura que se podía. Íbamos desnudos y descalzos, pues no resultaban cómodas las ropas encontradas, además de no servirnos la mayoría y resultar problemáticas si nos mojábamos. Las utilizábamos para taparnos por las noches o hacer antorchas untándolas con resinas de árboles.

En un montículo cercano hicimos una hoguera en la que, entre la madera seca, poníamos plantas verdes y húmedas para que hiciesen abundante humo, incluso conseguimos que con tres visitas diarias, se mantuviese encendida todo el día, gracias a las ideas de Robert, rodeándola de piedras y dejando un agujero como tiro regulable. Hasta llegamos a fabricar un licor a base de frutas, con alto grado de alcohol.

Y pasó más de un año en aquél lugar, viviendo en armonía, hasta que Robert, pescando un día, dio un grito para llamar nuestra atención. Cuando llegamos corriendo a su lado, vimos que salía gran cantidad de sangre de la planta de su pie.

-He debido pisar un pez-roca y me he hecho una herida en el pie.

-¿Un qué…? –Dijimos Peter y yo a la vez.

-AAAGGG Un pez roca, es un pez que tiene unas espinas afiladas y duras en la parte superior que inyecta veneno. He perdido el equilibrio y he echado el pie encima con todo mi peso. La herida debe ser profunda. Debéis intentar sacarme todo el veneno que podáis.

Lo llevamos a la playa y utilizamos el cuchillo para abrir las heridas y dejar salir la sangre envenenada.

Cuando empezó a perder color, vendamos su pie con trozos de una camisa recuperada y que habíamos lavado, como toda nuestra ropa, con el agua del mar.

Estaba tan débil que los quejidos apenas se oían. Luego caímos que la tela llevaría algo de sal y le escocería.

-Pero también le desinfectará la herida.-Dijo Peter.

Estuvo cuatro días debatiéndose bajo terribles fiebres. Nosotros no nos separamos de su lado, siempre estaba uno de nosotros aplicando paños húmedos y refrescando su cuerpo. Al quinto día, estando ambos a su lado, pareció recuperarse, nos miró y dijo:

-Adiós, amigos gracias por lo que habéis hecho por mí.

-Tú has hecho más por nosotros, que nos has enseñado a sobrevivir en esta isla.

Creo que no oyó la frase. Quedó quieto, con la cabeza hacia mí, los ojos abiertos y un momento después exhaló el último suspiro.

Lo enterramos en lo alto de la montaña, en la ladera que daba más al norte, para que su tumba estuviese iluminada por el sol desde el amanecer al oscurecer.

Pasadas las primeras semanas de dolor, nuestra vida volvió a la rutina: Pescar, esta vez utilizando calzado recuperado, pero desnudos para después no tener que soportar la humedad de la ropa, recoger fruta y hierbas comestibles, cazar algún ave o pequeños reptiles, y recolectar huevos.

Para mantener la cordialidad y rebajar las tensiones, de vez en cuando hacíamos competiciones de lucha, ya desde los tiempos de Robert, cosa que mantuvimos Peter y yo. Un día, en medio de una de esas peleas en la hierba, quedamos: yo de espaldas al suelo y Peter sobre mí haciendo un 69, pero sus muslos estaban uno a cada lado de mi cara y él sujetaba los míos abiertos, quedando mi polla a la altura de su cara y la suya por detrás de mi cabeza.

-¿Y si te muerdo ahora la polla? –Me dijo cogiéndomela seguidamente entre sus labios.

-¡Cabrón!, como se te ocurra te arranco la tuya. –dije llevando mi mano atrás y cogiéndosela como pude.

El movimiento hizo que entrase y saliese ligeramente de su boca, despertando en mí algo que hacía tiempo que no sentía, y que hizo que mi polla creciese y engordase a marchas forzadas hasta llenarle la boca.

-Vaya, vaya. Parece que te gusta, eh! –Me dijo.

-A ti parece que también. –Le dije yo haciendo referencia al crecimiento de la suya en mi mano.

-¿Quieres que siga?

-Si, por favor.

-Pues ya sabes. Haz lo mismo.

Nos colocamos como mejor nos encontrábamos y me metí la punta en la boca. Primero con precaución, pues nunca había chupado una polla, si exceptuamos la del carcelero, y pensaba que su sabor sería igual de asqueroso, pero enseguida cambié de opinión. La primera sensación de sabor era a salado. Sabía a sal de mar con algo de arena. Con el glande entre mis labios giraba la cabeza en movimientos cortos, para que los labios rozasen el borde a la vez, luego con la lengua, lo recorrí en círculos para ir metiéndomela todo lo que podía, igual que me hacían las putas.

Peter también me hacía disfrutar con su boca. Igualmente recorría toda mi polla con la lengua, para luego engullirla totalmente. Ambos duramos poco. Tanto tiempo sin sexo nos pasó factura. Enseguida sentí el primer chorro en mi garganta, que tragué casi sin enterarme, luego fueron cuatro más. Parte de ellos se escurrió de mi boca, pero el resto fue a mi estómago. Luego pude saborearlo cuando me dediqué a limpiar su polla. Me gustó el sabor.

Peter se afanó más en su mamada, no tardando yo un segundo en correrme también, y tragando el todo mi esperma.

Más relajados, nos metimos en el mar para lavarnos y divertirnos un poco más.

Durante los dos años siguientes, seguimos con la misma vida: pescar, cazar, frutas, sexo y vueltas a la isla. Aunque Peter lo propuso, no consentí nunca que me la metiese por el culo. El recuerdo del cabrón del carcelero estaba muy presente en mí.

El sí que me pidió que se la metiese alguna vez, y lo hice con gusto, dilatando con paciencia y follándolo despacio, al tiempo que lo pajeaba. Lo hacíamos acostados de lado, porque a mí me resultaba más cómodo. Nunca hubo ningún sentimiento amoroso entre nosotros. Era puramente sexo.

Después de más de tres años en la isla, según nuestras cuentas en las que nos saltábamos algunos días, al dar la vuelta habitual de reconocimiento, un hecho me dejó anonadado.

Estaba cambiando de una playa a otra, pues cada ciertos tramos solía haber grandes grupos de piedras que las separaban, cuando subido en lo alto del promontorio de separación, divisé una barca, al parecer vacía y cerca de la playa.

Cuando me repuse, fui corriendo hasta quedar frente a ella, tiré al suelo todo lo que llevaba y me lancé al mar en su busca. Era una barca que algunos veleros suelen llevar atada a popa para casos de naufragio. Cuando subí a ella, vi que no llevaba remos, por lo que tuve que arrojarme al mar y agarrar la cuerda que se encontraba atada a la proa, me la até a la cintura e intenté nadar hacia la costa. Tuve suerte y la marea me ayudó, aunque eso no significó que fuese sencillo. Despacio y con mucho esfuerzo, conseguí llegar a hacer pie y ya fue más fácil. Cuando la proa rozó la arena, me dejé caer para recuperarme. Por suerte, mi forma física estaba en plenitud, porque segundos después de dejarme caer, un ruido de pasos acercándose a la carrera me hizo girarme a tiempo de ver una rama que caía sobre mí. Mis reflejos, entrenados por la lucha, consiguieron que me hiciese a un lado antes de ser duramente golpeado.

-Pero… ¿Qué es esto? ¿Qué está pasando?

Tuve el tiempo justo para ver venir nuevamente la rama, pero esta vez pude sujetarla y dar un fuerte tirón, como consecuencia del cual, cayó un cuerpo sobre mí. Hacía mucho tiempo que no sentía esa sensación, pero no la tenía olvidada. Sentir unos pechos de mujer presionando contra mi pecho hizo que se me pusiese dura al instante.

No me costó mucho dominarla, mi fuerza y su debilidad me permitieron hacerlo en un instante, sin problemas. Me coloqué a caballo sobre ella y sujeté sus manos sobre su cabeza.

-¡Por favor, no nos haga daño! –Dijo.

-¿Nos? ¿Cuantos sois y cuándo habéis llegado?

-Dame tu palabra de que no nos harás ningún daño.

-Nunca he pensado en hacer daño a nadie. Solamente me he defendido de tu ataque, que no sé por qué lo has hecho. Te doy mi palabra de que no haré daño a nadie. Ahora cuéntame cuantos y quienes sois.

-Soy Caitlin SaintJames, la esposa del gobernador de la colonia penal de Botany Bay, y viajaba con mis dos hijas a reunirnos con mi marido, su padre. Fuimos atacados por otro barco al que la tripulación consiguió hundir, pero no sin antes sufrir grandes desperfectos.

-Para reparar el barco, tuvieron que echar mano de los presos para que ayudasen y no sé si fue uno de ellos o alguien de la tripulación, que intentó deshonrar a mi hija menor. Por suerte fue impedido y para que no hubiese más problemas ni sufriésemos más molestias de las necesarias, botaron ésta barca y nos embarcaron en ella a mí, a mis hijas, a cuatro muchachas que iban al mismo lugar para casarse con presos liberados y convertidos en granjeros y a una religiosa que las acompaña para presentarlas.

Había oído comentarios sobre esas mujeres, huérfanas o delincuentes menores, que eran vendidas a los campesinos como esposas y que luego eran auténticas esclavas, recibiendo continuos castigos y llegando incluso a matarlas para conseguir otra joven.

Y prosiguió.

-Los presos debieron rebelarse, pues oímos gritos y lucha de espadas, hasta que alguien cortó la cuerda que nos unía al barco y nos separamos. Cuando se perdía por el horizonte, vimos una alta columna de humo y no hemos sabido nada más del barco y la tripulación, ni de lo que pasó con ellos.

Hemos pasado varios días de gran oleaje. Hemos vomitado hasta que lo que no teníamos en nuestros estómagos. El agua que nos habían dejado se acabó a los pocos días y hemos estado a la deriva no sé cuánto tiempo. Por fin el mar nos acercó a esta costa, donde llegamos ayer. Bajamos y nos metimos bajo los árboles, donde se encuentran ahora las demás totalmente agotadas. Cuando te he visto, he pensado que querrías hacernos daño y he intentado defendernos. ¡No nos hagas daño, por favor!

Mirándola con detenimiento vi su cara quemada por el sol, los labios agrietados, su escote quemado. Se encontraba en ropa interior, de un estilo que demostraba buen gusto y riqueza, y se había quitado las medias, por lo que también tenía quemaduras del sol por las piernas.

Me levanté y fui a por mis cosas, que se encontraban cerca, tomé el recipiente donde llevaba el agua y le di de beber un poco, le pedí que me llevase con sus compañeras, a las que repartí el agua y la comida que llevaba, mientras contaba rápidamente nuestra odisea y situación.

Enseguida identifiqué a cada una. Las hijas de Elizabeth, también iban en ropa interior de calidad, las cuatro muchachas llevaban una especie de escueto y basto camisón, con mayores quemaduras y en estado de mayor debilidad. Al parecer se habían quitado los vestidos para soportar mejor el calor y habían terminado en el mar. La tutora llevaba un vestido y sombrero, aunque se notaba que no llevaba nada bajo él. Casi no tenía quemaduras ni estaba tan débil, pero también se encontraba en mal estado. Más tarde, nos enteramos de que las habían utilizado para que se interpusiesen entre el sol y ella para darle sombra.

Recogí toda la fruta que pude en los alrededores y se la dejé junto a ellas, avisando de que iba a ir a buscar a mi compañero para trasladarlas a nuestro campamento. Todas estaban con las cabezas gachas, aunque me lanzaban miradas furtivas de vez en cuando y no había terminado de decirlo, cuando la tutora pidió a una de las agotadas muchachas que le acercase la fruta que parecía más sabrosa, al tiempo que impedía que las cuatro fuesen a coger alguna para ellas y obligándolas a servir primero a la señora y a sus hijas.

De mal humor salí de allí volviendo al campamento, ante la extrañeza de Peter al verme por el mismo sitio por donde me había ido.

-¿Qué te pasa? ¿Te has puesto cachondo y quieres que te solucione?

Lo miré extrañado por sus palabras, hasta que, siguiendo la dirección de su mirada, vi la tremenda erección que llevaba. Eso me hizo darme cuenta de que había estado desnudo delante de las muchachas y comprendí el porqué de sus miradas furtivas.

Entonces le expliqué lo sucedido y cómo estaba la situación, cogimos algunas tablas de las antiguas literas, nos pusimos algo para cubrirnos y volvimos donde estaban las mujeres.

Cuando Peter vio la barca, daba saltos de alegría.

-¡Por fin podremos salir de aquiiii!

-Peter, ¿qué te parece si la aseguramos primero y atendemos a las mujeres?

-Sí, perdona John, pero me pueden las ganas de marcharme.

Después de amarrar bien la barca, acompañamos a todas a nuestro campamento-casa. Mejor dicho, yo ayudaba a la madre y Peter a la tutora, las hijas iban por libre y las otras muchachas cargaban con todo lo que tenían, que no era mucho. No pude evitar fijarme en la mayor de las hijas, de nombre Jessy.

Las prendas que llevaba resaltaban sus pechos, estrechaban su cintura y marcaban sus caderas. Unido a una cara preciosa, eran motivo de mis constantes miradas atrás. El concepto sobre ella mejoró cuando, al entrar en nuestra playa y verse el campamento al fondo, las dos hermanas aceleraron el paso para llegar antes, ante las reprobaciones de su madre avisándoles que las señoritas no deben correr, y mi gozo viendo el magnífico culo de Jessy.

Cuando llegamos al campamento, tanto la madre como la tutora despreciaron la construcción, tachándola de precaria, máxime sabiendo que llevábamos más de cuatro años allí. Nos reprocharon no tener una casa en condiciones, nos desalojaron de nuestra choza, donde se quedaron la madre, las dos hijas y la tutora, diciéndonos que preparásemos otra en condiciones y más grande para ellas, y un techo para las muchachas. Se dio por entendido que cuando estuviese hecho recuperaríamos nuestra choza.

Al día siguiente, después de preparar comida suficiente para todos, fuimos a buscar la barca, que llevamos hasta nuestra playa remando con las tablas.

Hicimos la propuesta de estar todos desnudos para conservar nuestras ropas el mayor tiempo posible, por si venían a rescatarnos.

Cerdo. Degenerado. Guarro. Indecente y otras lindezas similares zanjaron la propuesta. También nos prohibieron acercarnos a cualquiera de ellas si no era estrictamente necesario o para llevarles agua y comida. No obstante, cuando salíamos de su entorno, nos desnudábamos y nos movíamos así hasta la vuelta.

A partir de ese día, nos tuvimos que multiplicar, hasta que volvimos a hablar con ellas (siempre hablaban la madre y la tutora) para proponer que trabajasen todas, cada una en las tareas que pudiese y estuviese preparada.

Fue una discusión de varias horas. Por fin llegamos a un acuerdo, consintiendo la tutora que trabajasen las pupilas, pero ellas y las hijas, nada de nada. Pero no por eso nos rendimos.

Otra discusión fue la de celebrar el día del señor, cosa que a nosotros no nos importaba ni teníamos interés, por lo que les dijimos que hiciesen lo que quisieran pero que no nos molestaran. Ellas mismas montaron lo que dijeron que era el altar y cada semana iban a rezar todas allí, dirigidas por la borde de la tutora. Yo me entretenía mirando el culo de Jessy mientras rezaban alrededor del altar.

Recolectábamos comida, controlábamos el fuego, construíamos otra vivienda, discutíamos con la tutora, a la que cada vez teníamos más odio, y preparábamos la barca para hacernos a la mar. Hicimos unas nuevas chozas y ampliamos la cerca, para que estuviesen más cómodas y a cubierto del sol y de los vientos. Dispusimos una hoguera central con grandes piedras alrededor para sentarnos, aunque luego no nos dejaban estar con ellas “por decencia”.

Todos las mañanas teníamos la misma discusión: Nosotros decíamos que allí tenían que colaborar todos trabajando, las mujeres, que eran las discutidoras, se empeñaban en que ellas eran demasiado mayores para ello, la madre decía que sus hijas no debían realizar esas labores para no estropear sus manos y sus cuerpos, pues tenían que conservarse para poder hacer buenos matrimonios y la tutora decía que trabajasen las jóvenes para que se fuesen preparando para su vida futura, junto a agricultores y ganaderos. Así que siempre eran las jóvenes y nosotros los que teníamos que trabajar y mantener a las otras en su situación ociosa.

Y no solamente eso, también teníamos que soportar las impertinencias que se les ocurrían, sobre todo por cuenta de la tutora, aunque con poco éxito, ya que las respuestas eran siempre las mismas: háztelo tú. Todo esto mantenía una guerra constante entre ellas y nosotros.

Ambos empezamos a odiar a la tutora por su despotismo al tratar a las muchachas y la prepotencia con la que nos trataba a nosotros. A las muchachas, además, les solía pegar y castigar, cosa que todavía nos cabreaba más.

Cuando íbamos a pescar, nosotros nos desnudábamos, por la incomodidad de ir vestidos al meternos al agua y el tener que soportar la humedad después, y las muchachas que nos acompañaban en la pesca, o bien se tenían que remangar las faldas de los camisones o las hacíamos quedarse en la orilla cuando las aguas eran profundas. No tocábamos a ninguna de ellas, resultando normal que nosotros nos desnudásemos y que ellas, en sus movimientos, mostrasen su culo o su coño, o que se les transparentasen las tetas cuando se mojaba su camisón. De vez en cuando, pero más a menudo que antes, nos alejábamos para satisfacer nuestras necesidades discretamente.

Dos meses más o menos después, estaba con Judith, una de las muchachas, pescando junto a la playa y las rocas. Se encontraba tirando de la red de lianas que utilizábamos, cuando pareció quedar enganchada, poniéndose a tirar de ella con fuerza. Yo me acerqué a ayudarle cuando perdió el equilibro, apresurándome a sujetarla, agarrándola entre mis brazos y presionando contra mi cuerpo.

Por mi posición, ligeramente más baja que la de ella, y su vestido muy remangado, mi polla quedó por debajo del borde del vestido, rozando sus muslos. Cuando me quise dar cuenta, mi polla se había levantado y estaba clavándose entre los cachetes de su culo.

Mantuve la situación unos segundos para disfrutar de algo que hacía muchos años que no lo hacía. Luego, avergonzado, me separé de ella diciendo:

-Perdona Judith, ha sido algo inconsciente, no he podido controlarlo. Y…

-No te preocupes, lo comprendo. Yo también tengo necesidad y solamente llevo aquí unos meses. Imagino la que debéis tener vosotros después de estos años. Si queréis, podemos ayudarnos…

Me quedé tan sorprendido que no supe cómo reaccionar. Me aparté de ella y me quedé pensando.

La verdad es que, por la sorpresa, no controlé la situación y no recuerdo bien la conversación, pero si recuerdo algunas frases.

-¿Eres virgen? –Le solté de repente.

-No. En Inglaterra tenía un novio con el que me iba a casar cuando nos apresaron. Hacíamos el amor todas las semanas al mientras los demás estaban en la iglesia.

-Mañana tengo que dar la vuelta a la isla. Vente conmigo. –Y totalmente cortado por la situación, recogí la pesca y volví con el grupo. Por la noche, a solas, comenté a Peter lo ocurrido, empalmándonos los dos al momento.

Al día siguiente, salí para realizar mi ronda y pedí delante de todas que Judith me acompañase. Hubo reticencias por parte de la tutora, apoyada por la madre. No podíamos ir juntos un hombre y una mujer que no estuviesen casados.

Nueva discusión con ellas, sobre todo con la tutora que no había forma de convencerla, pero con el apoyo de Peter, aconsejando que alguien debería aprender las cosas por si en algún momento teníamos problemas o nos pasaba algo a nosotros, para que pudieran seguir subsistiendo y encontrar ayuda, conseguimos que aceptara.

Partí con las provisiones, seguido por Judith, recorriendo un buen tramo del camino hasta que empezó a oscurecer. De tantas vueltas realizadas, ya teníamos establecidos campamentos para descansar durante nuestra ronda, que duraba tres días (dos noches) si no había novedades o cuatro días o más, si se encontraba algo.

Cuando llegamos al punto de descanso todavía era pronto, no habíamos encontrado nada nuevo y eso nos había hecho avanzar más rápidamente. Me quite la tela que llevábamos en la cintura para cubrirnos y que no protestaran las mujeres y fui a darme un baño en el mar, apareciendo Judith enseguida, totalmente desnuda y cubriendo sus pechos y su sexo con las manos.

No se puede decir que fuese muy guapa de cara, más bien corriente. Sus pechos puntiagudos tirando a pequeños, muy delgada y una suave pelusa rubia en su coño que ya anticipaba la larga cabellera de su cabeza. De culo más bien liso, acompañado de unas piernas delgadas también. A mí me pareció que era la más maravillosa del mundo. Solamente unas marcas de golpes o latigazos, que aparecían como finas líneas, estropeaban su imagen. Más por lo que significaban que por la estética.

Todo el día lo había pasado con la polla tiesa, solamente con pensar lo que me esperaba, pero al aparecer a mi lado, casi me corro. Nos bañamos, jugamos en el agua, frotamos nuestros cuerpos, los acariciamos, hasta que muy excitados, sobre todo yo, nos fuimos a la choza.

Nos besamos, mientras acariciaba su cuerpo recorriendo sus pechos y sus muslos. Bajé a succionar sus pezones, que ya estaban duros, y tras comprobarlo, probé a poner mi mano sobre su raja. La encontré abierta y totalmente mojada y ya no pude continuar esperando. Más de cuatro años sin mujeres me empujaban. Me puse sobre ella y recorrí su raja con mi polla, pasando la punta de arriba abajo, disfrutando de la sensación que me producía su humedad en mí glande y dejando que entrase ella sola al llegar a su vagina, gracias a su lubricación.

Su gemido de placer me detuvo en la entrada, pero ella levantó sus caderas para intentar metérsela de una vez, sin conseguirlo. Seguí entrando poco a poco, con movimientos de vaivén, sintiendo como ella se iba excitando cada vez más. Una vez dentro, esperé a que se acostumbrase y, cuando ella empezó a mover sus caderas a los lados, para que mi polla frotase su clítoris, empecé mi bombeo. No duré mucho, no por acumulación de ganas, sino por la excitación de volver a estar con una mujer. Al poco tiempo tuve que sacarla a toda velocidad para correrme sobre su vientre.

-OOOOOOOHHHHHHHH No puedo más. Me corrooo.

Cuando solté todo, que era mucho, ella me dijo:

-Me ha gustado mucho, pero mi novio estaba más tiempo metiendo y sacando.

Acepté el reproche y me excusé con el tiempo que llevaba sin estar con una mujer. Me bajé hasta su coño y empecé a lamerlo, haciendo hincapié en su clítoris y metiendo primero uno y después dos dedos, para follarla con ellos.

-AAAAAAAAAHHHHH. Qué buenooooo. Nunca había sentido nada como estooo. Siiiiiiii.

Su coño me supo a gloria. Su juventud y el tiempo que hacía que no me comía uno hicieron que me pareciese todo un manjar, sin menospreciarlo ni dudar que también fuese un manjar en cualquier otro momento que me pillase con menos ganas. Ella no dejaba de gritar su excitación mientras pedía más.

Y poco después.

-OOOOOOHHHHHHH Me corroooooo. No pareeeeeess. AAAAAAAAHHHHHH.

Se corrió con un intenso orgasmo.

Luego preparamos y comimos algo. Después de comer, acostado sobre la hierba, le pedí que se acostase a mi lado, y hablamos de lo que había pasado, de mi necesidad de una mujer, de mi tremenda excitación de todo el día y de que si quería repetir.

Ella me contó que con su novio disfrutaba mucho cuando se la metía y sacaba, que estaba más tiempo que yo entrando y saliendo hasta que se él corría, que luego también la hacía llegar a ella con el dedo, pero que no había ni punto de comparación con lo que yo le había hecho.

Mientras hablábamos, iba acariciando su cuerpo desnudo, repasando sus pechos, su vientre, sus muslos. Acariciaba su coño y depositaba besos por su cuello hombros.

Los efectos no tardaron en notarse. Su coño volvió a abrirse totalmente mojado, mi polla se había puesto dura desde el principio, así que, poco apoco, me fui colocando sobre ella para ir metiéndosela suavemente hasta que le entró entera.

-OOOOOOOHHHHHHH. ¡Qué gusto! Nunca me habían hecho esto tan seguido.

Le apliqué todas las formas de follarla que sabía, tanto boca arriba como a cuatro patas, pero siempre por el coño. Se corrió dos veces hasta que ya no pude más y me corrí yo también sobre su vientre.

De nuevo acabé su última excitación con mi boca, dejándola rendida.

Cuando se recuperó, reanudamos la marcha. Ella iba pegada a mí, con cara de felicidad, mientras me contaba lo distinto que era hacer el amor conmigo o con su novio y otros relatos de su vida sexual.

Cuando le pregunté el por qué la habían enviado a las nuevas tierras, me contó que era huérfana y estaba en una institución regida por el pastor de una de las tres iglesias de la ciudad, y su mujer, una persona sádica, que disfrutaba castigando a todos.

Su novio era un muchacho, hijo del panadero cercano, que traía el pan todos los días, y que se veían porque ella siempre estaba en la cocina. Los sábados, cuando el pastor celebraba los oficios, ella se tenía que quedar para tener lista la comida y era el momento que aprovechaban para tener sus relaciones íntimas.

El pastor y su esposa desconocían la relación, pero él también tenía interés en ella y le solía hacer proposiciones para llevarla a su cama, como había hecho con alguna de las pupilas. Un día, se descuidaron después de hacer el amor y quedaron dormidos, siendo descubiertos por el propio pastor que, encolerizado, les reprochó sus pecados, su impudicia y la falta de respeto al hacerlo en la casa de Dios.

A los gritos acudió su mujer, que también puso su parte de gritos, insultos y golpes. La encerraron en un cuarto, anunciándole que sería enviada a las nuevas tierras como castigo. Estuvo seis meses encerrada, sin ver a nadie, excepto a las horas de trabajo en la cocina y el último día, que entró el pastor en su celda y le dijo apremiándola, al tiempo que sacaba su polla:

-Venga puta, hazme una mamada si no quieres que te muela a palos.

Ella se negó y él le dio una bofetada que la tiró al suelo, donde le pegó un par de patadas. La tomó de los cabellos para levantarla hasta ponerla de rodillas y volverle a decir:

-O chupas o sigo hasta romperte todos los huesos.

Como se volvió a negar, empezó a darle bofetadas a diestro y siniestro, hasta que fueron interrumpidos por la mujer, que los sorprendió, a ella de rodillas y a él con la polla fuera y pegándole, al tiempo que le decía:

-Puta, más que puta. Yo te voy a enseñar a obedecer.

-¿Qué está pasando aquí? –Preguntó la mujer.

-Esta puta, que se me ha ofrecido para hacerme una mamada y estoy disciplinándola.

La mujer la hizo ponerse de pie y desnudarse. Como no fue lo bastante rápida, el pastor la ayudó desgarrando alguna de las prendas. Una vez desnuda, mientras intentaba taparse y ocultar sus partes a la asquerosa y lujuriosa mirada del pastor, la mujer tomó una vara que llevaba siempre a la cintura y le pidió que la sujetase.

El pastor la sujetó por debajo de los hombros, de cara a él, y la apretó contra su cuerpo, quedando su polla entre las piernas de ella. Cuando la mujer comenzó a golpear, ella intentaba escapar moviéndose hacia adelante, lo que hacía rozar la polla del viejo contra su raja y los pechos contra la basta tela de su ropa.

Conforme la iba golpeando, a él se le ponía dura cada vez más rápido, hasta que eyaculó sin llegar a meterla. Entonces la soltó y recogió su flácido pene, al tiempo que la mujer dejó de golpearla.

Judith pensaba que debía estar preparado, porque la mujer disfrutaba torturando y él debía tener gustos perversos.

Mientras me contaba la historia, íbamos avanzando hacia nuestro siguiente destino. La llevaba de la mano, aunque a veces, coincidiendo con los pasajes más escabrosos, donde ella estaba a punto de romper en llanto, la tomaba de la cintura, la apretaba contra mí y depositaba besos en su cuello y cara hasta que se calmaba.

Ya de noche, llegamos al segundo campamento, donde teníamos que dormir. Cenamos ligeramente para acostarnos en el lecho de ramas y hojas, donde volví a acariciar su cuerpo hasta conseguir que se excitase.

Levantaba su cara ofreciéndome sus labios, que eran apresados por los míos, mientras mi lengua recorría su boca y jugaba con la suya. Fui acompañando su cabeza poco a poco, mientras repartía besos por mi pecho y vientre, hasta llegar a mi polla, nuevamente dura, para que empezase una mamada, que no solamente no rehuyó, sino que se dedicó a ella con pasión.

La hice ponerse a caballo sobre mí para hacer un 69, haciéndole abrir las piernas al máximo, para recorrer su coño con la lengua mientras lo mantenía abierto con mis dedos.

Recorrer su raja con mi lengua, desde el clítoris hasta la entrada de su vagina, para saborear todo lo que soltaba, me resultó tan excitante que tuve que presionar las piernas sobre su cabeza para que no la moviese y poder retener mi inminente corrida.

Yo le daba un par de vueltas a su clítoris con la lengua para luego recorrer su raja hasta llegar casi hasta su culo. Le metía un par de dedos, la follaba con ellos un poco y volvía a quitarlos para seguir recorriéndola con mi lengua. Al llegar a su botón, de nuevo lo rodeaba un par de veces con mi lengua para volver hasta su culo.

Cada vez su humedad era mayor, a pesar de que la mayor parte me la llevaba yo con mi lengua. Por eso poco después noté la fuerza de sus muslos sobre mis brazos, al tiempo que dejaba su mamada para lanzar sus gemidos de placer, pero sin dejar de pajearme.

-AAAAAAAAAAAAHHHHHHHHH MMMMMMMMMMMMMMMM.

Eso provocó mis espasmos, soltando mi corrida sobre su nariz, boca y cuello.

Cayó sobre mí, quedando un momento relajada, para pasar al sueño de inmediato. La desperté mientras la colocaba a mi lado y dormimos abrazados.

Al día siguiente, me desperté empalmado, pero Judith tenía el coño irritado, por lo que nos dimos un baño ligero, ella menos por el escozor, y partimos para seguir el viaje. Follamos esa noche y al día siguiente, nos detuvimos para volver a follar otra vez, apareciendo en el campamento un día más tarde de lo habitual.

Nada más llegar, Peter pidió ayuda a Judith y desaparecieron entre los árboles, mientras que yo, con otra muchacha, fuimos a pescar.

Desde ese momento, cada día nos llevábamos a Judith para alguna tarea en lugares escondidos. Nuestras discusiones con las mujeres disminuyeron. Nuestro rendimiento también.

Las mujeres no son tontas, aunque a veces lo simulen, y todas estaban en el secreto o al menos, se imaginaban lo que pasaba. Así que también recibimos disimuladas ofertas del resto de las chicas, que habíamos decidido no tocar, por lo que las rechazamos alegando inocencia y respeto.

Uno de los días que volvía yo de recoger fruta y que Peter estaba revisando las trampas de caza, me encontré con que la tutora golpeaba a Judith con una vara.

Me lancé sobre ella deteniendo su mano, al tiempo que le soltaba una bofetada que la lanzó al suelo.

-¿Qué pasa aquí? ¿Por qué te está pegando?

-Quiere que suba a la montaña a atender el fuego, pero Peter me ha dicho que lo espere que me necesita. Y me pegaba porque me niego hasta que venga él y me lo diga.

-¿Por qué no mandas a otra? –Le dije a la tutora que se levantaba, primero sorprendida, pues era la primera vez que uno de nosotros intervenía en un castigo, y segundo, hecha una furia y con intención de agredirme a mí también.

-Las otras tienen que atendernos a nosotras. Y ella lleva mucho tiempo haraganeando. –Contestó acercándose.

-¡Y tú no tienes por qué meterte en esto, y menos golpearme a mí. Cabrón! –Continuó a la vez que levantaba la mano con la vara y la intención de golpearme.

No necesité ser muy rápido para soltarle un puñetazo en el estómago, pues lo estaba viendo venir, y quitarle la vara para darle cuatro fuertes golpes mientras caía al suelo echa un ovillo.

Nadie se movió ni dijo nada. Fue una escena violenta que dejó a todas anonadadas, mientras que a mí daba un subidón por las ganas que le tenía a la mujer.

-A partir de ahora, se hará lo que nosotros digamos. Si queréis algo, nos lo pedís a Peter o a mí, pero nadie dará órdenes sin nuestro consentimiento. ¿Entendido?

Todas asintieron con la cabeza, menos la tutora, que se retorcía de dolor encogida en el suelo. Entonces llegó Peter que al ver la situación, preguntó que pasaba y tras explicárselo y contarle mi resolución, con las correspondientes interrupciones de la tutora alegando que nos estábamos metiendo en su forma de disciplinar a sus pupilas y que no era de nuestra incumbencia, Peter me dio la razón y confirmó además, que no se volverían a aplicar castigos que nosotros no hubiésemos aprobado.

Desde ese día, las relaciones con la madre y la tutora fueron de mal en peor, por lo que las evitábamos en lo posible.

En ese mal ambiente de convivencia, pasamos unos seis meses, hasta que por fin terminamos la barca para salir de allí.