me daríasDe crucero con mi papá

Sin títuloCuando era pequeña pasaba mucho tiempo de calidad con mi papá. Íbamos al estadio, de shopping, al cine, hasta de paseo en la playa, donde, en las noches más oscuras donde destacaban infinidad de estrellas, nos dedicábamos a trazar constelaciones imaginarias.

Era extraño porque lo normal, pensaría uno, sería que él prefiriera pasar más tiempo con mi hermano porque de seguro entre hombres se entenderían mejor, pero nada de eso se aplicaba en mi caso. Claro que ahora, yo en la facultad y con novio, él con un mejor puesto de trabajo y con novia, ya no pasábamos la misma cantidad de tiempo juntos.

Así que me emocioné muchísimo cuando un domingo entró a mi habitación para despertarme con una gran sorpresa. El siguiente viernes iríamos juntos, en crucero, a Ilhabela, Brasil. Sin novio, sin novia, sin libros ni teléfonos móviles que se interpusieran, solo él y yo. A mí al principio me molestó que gastara tanto dinero para algo que podíamos realizar con menos inversión, pero antes de que se lo reclamara me comentó que fue de luna de miel con mi mamá en su momento, también en crucero, y que quería llevarse ahora a “el amor de su vida, la nena de papá”.

O sea… que ya estaba enamorada de él pero ahora lo quería comer…

El crucero iba zarpar cerca del mediodía, pero ansiosa como estaba arrastré a mi hombre conmigo bien temprano a la mañana. La excusa era que yo no quería esperar mucho para abordar, que entre la gente y el despache de equipaje te puedes tirar una hora, y por otro lado me atraía la idea de disfrutar un rato de un crucero vacío.

Apenas había unas pocas personas a bordo y pudimos almorzar tranquilos, con el paisaje de los edificios como telón de fondo. Todo fue fantástico en el momento que el barco empezó a moverse, rumbo a Ilhabella. No sentí ningún tipo de problemas para navegar, ni mareos ni nada extraño, muy por al contrario, disfruté muchísimo pues el barco parecía desafiar a las olas como si fuese una tabla de surf. Realmente todo me pareció perfecto, ¡mágico!

Lamentablemente el discurso de la “nena de papá” se fue al garete en el momento que una amiga suya, una rubia despampanante, se nos topó en la cubierta y robó la atención de mi padre durante varios minutos. Yo no estaba cómoda yendo detrás de ellos, que conversaban sobre temas que yo ni conocía ni me interesaban, así que agarré la mano de él y tiré para que se acordara que yo también estaba ahí.

—Papá, ¿no quieres prepararte para ir a los jacuzzis?

—¿No ves que estoy charlando? ¿Por qué no vas tú y luego te alcanzo?

—Pero papá… Yo quería entrar a los jacuzzis contigo. Tienen hidromasaje y también tienen sales efervescentes.

—Ya habrá momento, bombón.

Enojada como estaba me volví para irme al camarote, y así cambiarme para luego ir a los jacuzzis. Al menos tenía que recrearme de las comodidades del crucero, tal vez hasta conseguía que se me pasara el enojo por haber sido abandonada. Me puse un bikini bastante bonito, de color cremita y lazos laterales rojos; me quedaba como guante y lucía coqueta. Confieso que pensaba ingenuamente que tal vez podría llamarle la atención a mi papá.

Pero no lo encontré en la cubierta donde lo había dejado, así que concluí que lo mejor sería serenarme y disfrutar del agua tibia de un jacuzzi. Entré en uno relativamente pequeño y desocupado. Estaba calentándome la cabeza y apenas disfrutando de las burbujitas cuando una voz me sacó de mis adentros.

I. Agarrando el timón

—¡Llamen a seguridad, hay una sirena en el crucero! —exclamó un sonriente señor de edad, acuclillado frente a mí. De cabellera canosa, bien afeitado y peinado, se le veía con más edad que mi papá aunque tenía un físico que ya quisiera él. Llevaba un traje blanco radiante, y la gorra plato que llevaba me dio a entender que era miembro de la tripulación del crucero.

—¿Yo? —me señalé. Fue inevitable sonreír porque nadie nunca me había dicho “sirena”. En un santiamén logró cambiarme la cara.

Él tenía los ojos más bonitos y chispeantes que había visto en mucho tiempo. Ya ni hablar de esa sonrisa de galán que hizo que yo retorciera mis pies sin que él pudiera notarlo debido a las burbujas. Me acercó una copa de Margarita que acepté con gusto.

—Me vas a disculpar, pero tendremos que registrarte en la sala de mando, es la primera vez que el crucero recibe una criatura mitológica.

—¡Ya! No soy ninguna sirena —bromeé, levantando un pie para mostrarle que no tenía aletas.

—Pues estoy hipnotizado y enamorado, no encuentro otra explicación.

—¡Exagerado! ¡A otra quien se crea tu cuento! —mordí la pajilla.

—¡Ja! ¿Qué haces aquí sola, niña? Estabas con el rostro serio y quería saber si podía hacer algo al respecto.

—Bueno, no me pasa nada —mentí, mirando para otro lado—. Estoy bien, solo algo aburrida.

—Si tú lo dices. Si estás sola y aburrida, ¿por qué no me haces compañía en la sala de mando?

—¿Sala de mando?

—Claro. Soy el Capitán de la MSC Lírica, Arístides Reinoso, a tu servicio.

—¿El capitán? Ufa, qué honor. Siempre quise ir a una sala de mando y rodar el timón…

—Pues ahora es tu oportunidad. ¿Cómo te llamas, preciosa?

—¡Me llamo Rocío, Capitán Reinoso! —mordí la pajilla, madre mía, ¡el Capitán me estaba invitando a la sala de mando! —. ¿Y puedo manejar el crucero y todo?

—¡Claro que sí, te declaro oficialmente la princesa del crucero!

Me ayudó a salir del jacuzzi y me llevó de la cintura por la cubierta. Charlando amenamente le confesé que mi papá prácticamente me había abandonado en la cubierta y por eso estaba sola. Ojalá él fuera así de atento, allá él si planeaba pasar el resto del día con su estúpida amiga, ni me sentí culpable por irme a otro lado sin avisarle.

En el enorme cuarto de mando estaban dos señores más, todos bien engalanados con sus trajes de marineros, charlando distendidamente entre ellos. Y me dio algo de vergüenza porque yo estaba con un bikini nada más, no es que yo estuviera vistiendo provocativa ni nada de eso pero había un contraste evidente allí, con hombres bien vestidos mientras que yo lucía solo un par de trapitos.

—No te vayas a preocupar por mis colegas, Rocío, pueden ser muy molestos pero son buena gente. Tú dime y yo les pongo en su lugar si te incomodan. Te vi allí triste y pensé que alguien tan linda como tú tenía que sonreír.

—Gracias, don Reinoso, aprecio lo que hace.

—¿Pero quién es esta garota? —preguntó un señor de piel oscura y precioso acento brasilero. Era enorme, tenía un poco de panza y contaba con una preciosa sonrisa, le pondría unos cincuenta y muchos, no sé. Se quitó su gorra plato y se inclinó para besarme la mano—. Me llamó André, Contramaestre de la MSC Lirica. Me Deus, ¿eres la famosa sirena que vimos abordar?

—¡No es verdad, no soy ninguna sirena!

—Esta sirenita se llama Rocío y estaba sola en los jacuzzis. Tenía la cara más triste que cuando André vio en vivo y en directo cómo Alemania le enchufaba siete goles a su selección.

—¡No te pases conmigo, Capitão! —carcajeó don André.

—Pensaba que sería buena idea levantarle el ánimo. No quiero rostros tristes en mi crucero.

—¿Y ya tienes novio? —preguntó el otro señor, probablemente era el más mayor de todos, aunque parecía tener un físico bastante bien cuidado que le daba porte y presencia. De barba fina y elegante, de mirada de ojos claros—. Ya estaba por pedirte tu número telefónico para invitarte a una cita. ¿Me lo vas a dar igual, no? Soy don Cortázar, mi amor, el Oficial de Máquinas a tus órdenes.

—¡Ja! Ya tengo novio, señor.

—Nada de pasarse con la sirena, compañeros, es una invitada especial. Vamos, Rocío, el timón te espera.

El Capitán me tomó de la mano y avanzamos hasta donde destacaba la enorme rueda del timón, hecha de madera y bronce. Lo toqué, pero no lo agarré, tenía algo de miedo, no quería meter la pata pues no sabía cómo funcionaba nada.

—Si le cuento a mi papá que estuve en la sala de mando no se lo va a creer…

—Ah, es verdad —dijo el Capitán Reinoso—, vino con el padre pero parece que la abandonó.

—¡Hay que ser desconsiderado! —bramó don Cortázar—. Rocío, ¿qué dirá tu papá si sabe que estás aquí con nosotros?

—No sé, probablemente me vaya a regañar por irme por ahí sin avisar.

—Aquí estás en buenas manos, tu papá no tiene por qué preocuparse. ¿Por qué no agarras el timón?

—Ah, no sé… ¡Ja! No voy a agarrar el timón frente a todos ustedes, qué vergüenza, voy a volcar el crucero o qué.

—¿Volcar? —carcajeó estruendosamente el Capitán—. Está todo guiado por computadoras, solo usamos el timón para entrar y salir del puerto —se acercó para ponerme su gorro plato, y apartó un mechón de mi cabello para besarme la mejilla ruidosamente—. ¡Mírate, toda colorada! ¡Así me gusta, que sonrías!

—¿Por qué no dejas en paz a la niña, Capitán? —susurró don Cortázar, a mi otro lado, rodeando mi cintura con un brazo, besándome la otra mejilla de tal forma que me dejó boqueando tontamente debido a la sorpresa.

—Ahhh… No soy ninguna n-nena… y tengo n-novio…

—Pues no veo ningún anillo, entonces eres libre como el viento —insistió el viejo Cortázar.

—¡Meu Deus! Déjenla en paz —don André separó a sus colegas de mí—. Rocío, ¡gira el timón unos treinta y cinco grados hacia la izquierda!

Estaba completamente demolida ante el tacto de esos señores. Pero meneé mi cabeza y aparté un poco cualquier pensamiento indecente, ¡ellos podrían ser mis abuelos! Así luego de ajustarme mi diminuto bikini, que entre tanto toqueteo se me querían desprenderse los lazos, agarré con firmeza el timón para darle la tímida vuelta que me ordenaron.

Don André se colocó detrás de mí, poniendo sus enormes manos oscuras sobre las mías. Me imaginé a los cientos de pasajeros que en ese instante estaban a mi merced. Creí que me entraría un pánico o miedo tremendo ante tamaña responsabilidad, pero la verdad es que en ese momento en donde era yo quien les guiaba me sentí súper… ¡poderosa!

—Bom, garota, lo haces muito bom, naciste para agarrar un timón enorme como este.

—Ufa… Me encanta esto, don André. En serio me alegra haber venido.

Estuve largo rato mirando el azulado horizonte. Si no fueran por las olas, ni sabría dónde comenzaba el mar y dónde el cielo, era algo alucinante. El Contramaestre Cortázar me daba órdenes sobre dónde ir, lo cierto es que el señor me estaba volviendo loquita con su insistencia. Obviamente me contenía por dentro pero me decía a mí misma “Está para remojarlo en leche, mamá, a saber cuántos años tendrá”.

—¿Cuándo me vas a decir dónde escondiste tus aletas?

—¡Ya dije que no tengo aletas!

—¿Te gusta el timón, Rocío?

—Me en-can-ta, don Reinoso, estoy pensando en venir a trabajar aquí y todo.

—Eso sería grandioso, ¿pero qué diría tu papá?

—No sé, seguro que no le importaría mucho…

—No seas así, seguro que en su corazón eres la nena consentida de papá. Además, con tus poderes de sirena, puedes encantarlo para que solo se fije en ti, como debe ser.

—¡Basta, deje de decirme “sirena”! —reí de nuevo. ¿Cómo no hacerlo? El lujo a nuestro alrededor, el precioso cielo fundido con el mar, el enorme barco, esos señores tan atentos, ¡y ese timón! Parecía que mi cabeza no podía con tanto; era, literalmente hablando, ¡el paraíso!

La verdad es que cuando el crucero salió del puerto ya no hacía falta usar el timón, pero yo no lo quería soltar, aunque bueno, tuve que hacerlo. Fue entonces cuando el Capitán me tomó de la mano y me llevó de nuevo a la cubierta, para “devolverme” junto a mi papá, con la misión conseguida: la “sirena” de rostro triste ahora estaba a rebosar de felicidad.

II. Preparando los torpedos

No dejaba de sentirme culpable cuando vi a mi papá, bebiendo solo en un bar. Lo había abandonado, sí, aunque él también lo había hecho conmigo. El Capitán Reinoso me acompañó hasta la zona de los jacuzzis pero tuvo que volver a sus labores, así que se despidió de mí con un sonoro y fuerte beso en la mejilla, con la amenaza de que volvería a por mí si me ponía triste.

Me acerqué para charlar con mi padre, ajustándome de nuevo los lazos de mi bikini, que los señores no tuvieron piedad conmigo y juraría que me lo querían quitar disimuladamente entre tanto toqueteo.

Me pidió disculpas porque que la chica con la que hablaba era una vieja a amiga y quería ponerse al día, pero por cómo hablaba de ella y cómo ponía sus ojos, melancólicos casi, yo al menos entendí que se trataba de una antigua novia. Es que ni siquiera se fijaba en mí, era como si estuviera rebuscando por esa mujer entre el gentío.

Repentinamente mi papá miro mi cintura y abrió los ojos como platos. Se me congeló la sangre porque, queridos lectores de TodoRelatos, él aún no sabía que yo tengo un tatuaje de una rosa cerca de mi pubis. No sabía cómo iba a reaccionar mi padre así que siempre se lo ocultaba. Ahora, por culpa de los tocamientos con los señores del crucero, mi bikini cedió un poco y mostró la punta de la rosa asomando sobre el triangulito que me cubría mis partecitas.

—¿Es un tatuaje lo que estoy viendo? —con un dedo bajó un poco más el bikini.

—¡Papá! —dije golpeando su mano, por poco no me dejaba en pelotas en medio del crucero—. ¡Te lo quería mostrar un día, te lo juro! Es… es una rosa, ¿ves?

Tragué saliva y me quedé quieta, aguantando la respiración, mientras él volvía al asalto. Él podía ser capaz de tirarme a los tiburones si se ponía malo, ¡no es broma! Mi colita temblaba de miedo recordando un viejo castigo que me dio cuando era niña, pero él meneó la cabeza con un mohín mientras acariciaba los pétalos de la flor.

—Es bonita. Pero como sigues viviendo en mi casa, espero que la próxima vez que te hagas algo así me pidas permiso, ¿queda claro?

—Sí, perdón, papi, nunca más.

Estaba súper aliviada. Casi hasta me dieron ganas de confesarle que tengo los pezones anillados por barritas de titanio con bolillas en las puntas, pero me contuve, obvio que eso sería algo muy difícil de digerir para él. Me acomodé el bikini mientras él seguía insistiendo.

—¿Qué más tienes?

—Nada más, te lo juro. ¿No estás enojado?

—Eres mi nena, además vinimos para pasarla bien, ¿no? ¿Cómo voy a enojarme?

Cuando caía el sol intenté resarcirme y, en el camarote, me puse una camiseta más que especial que me compré al día siguiente de que me sorprendiera con el viaje en crucero. Era una camiseta rosada que ponía “La nena de papá”, rodeado por un enorme corazón, en letras súper coquetas, además de la foto de él y yo abrazados durante mi último cumpleaños, encuadrada en el centro.

Me hacía ilusión que la viera, para que supiera que siempre tiene un lugar en mi corazón por más que la facultad o mi novio nos hayan separado un poco. Me puse una chaqueta para ocultarla, la idea era que viera la sorpresa mientras caminábamos por la cubierta bajo la luces de las estrellas. Por último me puse un short de algodón blanco, coqueto, sencillito y cómodo.

Nuevamente le tomé de la mano para arrastrarlo y pasear. Eso sí, en el momento que salimos y vimos esas hermosas estrellas empezando a centellear durante la puesta del sol, la maldita rubia volvió a hacerse presente de camino, pero ahora llevaba un coqueto vestido verde manzana de infarto que me dejó boquiabierta hasta a mí. Además ella era muy bonita, y bueno, yo no iba a poder hacer competencia porque no tenía sus largas piernas ni su estilizado cuerpo, ni su súper ajustado y corto vestido atrapa-hombres.

Y sucedió lo que tenía que suceder. De nuevo caminaban juntos por el lugar mientras yo les seguía por detrás; reían, hablaban de viejos tiempos, de viejos amigos y demás tonterías. Juraría que la mujer pretendía reconquistarlo. Yo estaba jugando con el cierre de mi chaqueta, amagando quitármelo para que él viera mi camiseta. ¿O tal vez ni lo notaría? Sinceramente, no iba a soportar estar todo el rato siguiéndolos, así que luego de varios minutos intentando interceder y reclamar a mi padre, me aparté para irme a pasearme sola.

—¿Adónde vas? —preguntó papá.

—Voy a dar un paseo por el crucero.

—No te pierdas, bombón.

—¡Ya!

Estaba sentada en una silla plegable, perdida entre el montón de gente, escribiéndome con mis amigas y enviándole fotos del lugar, cuando se sentó a mi lado el mismísimo Capitán Reinoso, siempre coqueto y galán con su traje de marinero. Supe que era él cuando sentí que me puso una gorra plato.

—Muchos vienen aquí para quitarse de encima el estrés de la vida. Pero tú parece que estás siempre tensa y ofuscada. Sirenita, ¿qué te pasa ahora?

—Buenas noches, don Reinoso. No me pasa nada, ya deje de preocuparse por mí.

—La culpa la tienes tú, tienes que deshacer ese hechizo de sirena con el que me has encantado.

—¡Ya, ya, eso de la sirena seguro que se lo dice a todas sus conquistas!

—¡Claro que no! Escúchame, ¿por qué no me acompañas a un bar privado que tenemos en la tripulación? Tiene una vista hermosa. Te hará bien a ese ánimo decaído que tienes.

—¿En serio? Bueno, dentro de un rato tengo que volver junto a mi papá, así que no sé.

—No me digas. ¿Te abandonó otra vez, sirenita?

—Sí —dije por lo bajo, mirando para otro lado. Recordé a esa mujer, era súper despampanante y me volvió muy celosa. Entonces necesitaba demostrar, no sé si a mi papá o a mí misma, que yo también podría ser atractiva. Y bueno, ese señor no se cansaba de decirme lo guapa que yo le parecía, así que me gustaba la idea de pasarla con buena compañía.

—Yo creo que vas a divertirte más con nosotros que aquí sola.

—¡Ay, qué insistente es usted, don Reinoso! ¡Bu-bueno, pero solo iremos un ratito!

—¡Eso es lo que quería oír!

En la cubierta superior se encontraba el famoso bar del Capitán Reinoso, era espacioso pero oscuro, teñido de luces azuladas. Me fijé que en un sofá al fondo estaban sus dos amigos, el brasilero André y el viejo Cortázar, compartían tragos, dicho sofá tenía forma la letra “C”. A un costado había un jacuzzi y, tras ellos, había un enorme ventanal oscuro que ofrecía una vista hermosa de toda la cubierta, en donde se veía al gentío ir y venir.

—Miren a quién capturé otra vez con la carita triste, colegas.

—¡Rocío, garota preciosa! —exclamó don André, quien inmediatamente se levantó del sofá para tomarme de la mano—. ¡Ya te extrañábamos, meu Deus! ¡Ven, siéntate a mi lado!

—La noche acaba de dar un subidón —dijo don Cortázar cuando me senté. Quedé atrapadita entre él y su enorme colega brasilero. Él me tomó de la cintura, trayéndome hacia él—. ¿Cuántos años tienes, mi amor?

—No soy nena, tengo diecinueve ya.

—¿Cómo?, tienes la edad de mi nieta. Si mi señora se entera de que estoy con una preciosura como tú se desatará una furia como la de Poseidón.

—¡Pues no le diga nada a su señora, don Cortázar! —dije riéndome.

Los elogios empezaron de caer uno tras otro, sacándome los colores y risas varias, seguramente porque me vieron el rostro alicaído. Si no era don André diciéndome piropos en portugués, era don Cortázar comparándome con sus romances de juventud, o el Capitán Reinoso acuclillándose frente a mí para mostrarme su tatuaje de un ancla en su enorme brazo. Con los tres hombres luchando por ganarse mi atención, ¡me sentía como una reina!

—¿Tú tienes tatuaje, sirenita?

—¡Sí!… Es una rosa muy bonita.

—Garota brava, no me digas, ¿se puede ver? —preguntó don André.

—¡Claro que no! Está muy escondido, ¿capisci?

—Sí, capisco. Vamos, ¡solo muéstramelo, aunque sea um pouco!

Siguieron sus embates, incluso don Cortázar posó su mano cálida en mi muslo y me dijo que me llevaría de paseo a Brasil para comprarme todas las ropas que yo quisiera, pero solo si le mostraba mi tatuaje, aunque obviamente le dije que nada de nadita, que yo soy una chica decente.

—Bueno, sirenita, ¿por qué no jugamos a algo para hacer la noche más divertida?

—Supongo… ¿Qué clase de juego?

—Se llama “Verdad o Reto”. No te preocupes, no vas a hacer nada que no te guste, tenlo por seguro.

—¡Bueno, pero no voy a mostrar nada, que conste!

Todos aplaudieron el que aceptara jugar, y yo súper colorada, a saber qué me deparaba, seguro que querrían ver mi tatuaje. Por si acaso, les volví a insistir que ni en mil años iba a mostrárselos, que una cosa es jugar y tal, lo otro ya sería pasarse la línea, no sé, mi tatuaje es privado y no es algo para andar mostrando a cualquiera.

—Venga, Capitán, yo comienzo —dijo don Cortázar—. ¿Cuántas mujeres te esperan por puerto? ¿Verdad o reto?

Todos reímos por la pregunta tan directa, y más aún cuando el Capitán negó al aire con una sonrisa. No lo quería decir, de seguro que eran muchas. Suspiró y dijo “Reto”. El castigo fue simplemente que el Capitán llamara a su señora por móvil, para decirle lo mucho que la amaba, cosa que cumplió de mala gana ya que según él tenía una mujer algo cascarrabias. Puso en altavoz para que todos oyéramos, y vaya que oímos, la señora le riñó por despertarla a mitad de su sueño.

—¡Ya está, ya cumplí el condenado reto! —rugió el Capitán al colgar su móvil—. Ahora es mi turno. Rocío. ¿Cuántos años tenías cuando te dieron tu primer beso? ¿Verdad o reto?

—¡Ja! ¡Verdad! Tenía quince, don Reinoso.

No iba a decir “Reto” ni loca, que seguro querrían ver mi tatuaje. Sabía que ahora me tocaba a mí hacer la pregunta, así que miré a don Cortázar, que estaba a mi lado.

—Hmm… a ver, dígame, don Cortázar, ¿cuántos años tiene usted? ¿Verdad o reto?

—¡Maldita sea, niña! —rio estruendosamente, bebiendo de la tequila. Como parecía el más mayor, tenía curiosidad, no era mi intención ofenderle ni nada de eso, por suerte se lo tomó con humor—. ¡Reto!

—¡El abueliño del barco no quiere decirlo! —carcajeó don André.

A mí me parecía adorable, como dije era el más insistente de los tres y me generaba un poco de ternura, con un poquito de atracción. O sea, era natural, era un hombre guapo y coqueto; concluí que no iba a hacerle cumplir un reto humillante ni nada de eso. Así que me ajusté mi short y le ordené:

—Don Cortázar… cánteme algo.

Me tomó de la mano y enredó sus rugosos dedos entre los míos, me mostró una matadora sonrisa de hoyuelos, clavándome sus ojos claros en los míos. Sus colegas le llamaron aprovechado pero yo me dediqué a oír su dulce voz, que cantaba: “¡Ay! Rocío, caviar de Riofrío, sola entre el gentío, tortolica en celo. Como un grano de anís, un weekend en París, un deshielo.” Al terminar me dio un beso en la nariz que no tenía forma de esquivar, ni quería, sinceramente. ¡Vaya con el señor y su coquetería!

Estaba derretida mirando a Cortázar, no quería soltar su mano. Él había ladeado el rostro para beber un trago, y cuando la devolvió a la mesa, notó que yo aún le observaba como tonta, con la boca entreabierta y sin ser capaz de armar una frase.

—Rocío, va a ser verdad que eres una sirena que hechiza a los hombres, ¡estoy enamorado! —besó mi mano—. ¿Te gustó la canción?

—S-sí, don Cortázar, tiene una voz muy bonita…

—Gracias, mi amor. ¿Te puedo besar?

—No sé…

Entonces sonrió de lado cuando humedecí mis labios, y depositó un besito casto que hizo olvidarme completamente de la situación. Ya podría chocar el crucero contra un témpano de hielo, que no había forma de traerme de vuelta a la realidad. Empuñé mis manos y las llevé hacia mis pechos mientras degustaba esos labios con un ligero sabor a tequila.

Apretujó sus labios con los míos, los de él estaban secos pero luego se humedecieron un poco debido al contacto. Abrí los ojos como platos cuando sentí la punta de su lengua queriendo entrar en mi boca, atravesó la barrera de mis finos labios y palpó mi propia lengua, para luego retirarse fugazmente. Siguió con el jueguito de labios, me puso tan cachondita que decidí buscar su lengua, con la mía, en señal de venganza.

Estuvimos así un rato, solo escuchando cómo nos comíamos la boca, yo gemía un poquito y retorcía mis manos y pies, hasta que el viejo Cortázar decidió dar por terminado el beso más caliente y sensual que había vivido nunca. ¡Y con un señor que podría ser perfectamente mi abuelo!

Sus compañeros lo felicitaron, pero él no les hizo caso, sino que me preguntó:

—Chiquita sabrosa. ¿Tienes labiales de sabor frambuesa?

—S-sí, me lo puse… me gusta… Espero que le haya gustado a usted, don Cortázar.

—Desde luego. Eres única, mi amor. Dime, ¿con cuántos chicos ya has tenido relaciones? ¿Verdad o reto?

—Ahhh… —respondí atontada. Me puse coloradísima porque uno, no esperaba que me hicieran esa pregunta, y dos, aún tenía ganas de besarme con él—. ¡Re-reto, pero no sean malos!

Todos celebraron al unísono mientras yo hundía mi rostro en mis manos, toda avergonzada.

—Minha garota —dijo don André—. ¿Tanta vergüenza tienes de decirlo?

—No es eso, don André, ¡es que eso no se pregunta, tramposos!

—Tranquila, niña, no voy a ser malo. Allá en el bar dejé los habanos, ¿por qué no nos los traes y nos los enciendes, mi amor?

Mi corazón latía rapidísimo porque no tenía idea de qué me iban a ordenar, pero suspiré aliviada cuando me dijo lo de los habanos. Le dije que sí, que no tardaba. Lo cierto es que mientras buscaba los habanos en el bar empecé a sentir muchísima culpabilidad. Es decir, ¿qué iba a decir mi papá si me pillara así, pasando la noche con tres señores, todos más mayores que él, y para colmo en un lugar tan privado como aquel? Y si supiera que uno de ellos ya me comió la boca como nadie…

Como tenía calor, me quité el abrigo y lo dejé sobre una butaca. Volví al sofá con los tres habanos y un mechero. Cuando me acerqué, los tres señores estaban sentados juntos, y vieron mi camiseta rosada. Me había olvidado completamente que tenía la foto de mi papá y yo, impresa allí, además de la frase de marras.

—“La nena de papá” —dijo el Capitán—. ¡Qué bonito!

—¿Quieres hacernos sentir culpable, mi amor, al mostrarnos esta linda foto? —preguntó don Cortázar.

—¡No, era una sorpresa para mi papá, no para ustedes!

—Como dijimos, tu papi no tiene por qué preocuparse, su nena está en buenas manos —afirmó don Cortázar—. Vamos, ponme el habano entre los labios, mi vida.

Uno a uno se los puse, y sumisamente se los encendí tal y como se me exigió para cumplir con el reto. La verdad es que al encendérselos ellos expelían el humo hacia mi rostro, cosa que me hacía toser y a ellos les hacía reír. Estaba encendiéndole el habano a don Cortázar cuando el Capitán me expelió de nuevo el humo de su habano en mi rostro:

—Rocío. ¿Quién te parece el más guapo de nosotros? ¿Verdad o reto?

—¡Ya! No voy a decir eso, ¡reto!…

Otra vez vitorearon los señores.

—Sirenita, ¡qué mal! La verdad que es estuve todo el día con este uniforme y no veía la hora de quitármelo. Seguro mis colegas piensan igual. Mi reto es que te pongas este lindo bikini que dejó una de las camareras por aquí. Y bueno, nos gustaría que nos acompañes en el jacuzzi que tenemos. ¿Qué me dices?

Inmediatamente sus colegas callaron, mirándome con detenimiento, como esperando mi respuesta. A mí me parecía pasarse un montón, pero los señores me agradaban y no habían hecho nada que yo no quisiera, así que me sentía en buenas manos. Si quisieran propasarse, yo solo debía poner las cosas claras, o eso pensaba.

El Capitán sacó de su bolsillo dos diminutos pedacitos de tela que según él eran un bikini de una de las camareras del Crucero; me puse coloradísima y me arrepentí de haber dicho reto porque a la vista no parecía que eso pudiera entrarme. Además, lo de la camarera me parecía sospechoso, de seguro que yo no era la primera ni la última en entrar en su bar privado.

—¿Qué hacía una camarera por aquí?

—Limpiando —dijo don Cortázar. Reinoso y André rieron.

—¿Vino a limpiar con un bikini tan diminuto puesto?

—Mira, Rocío. Nos harías un gran honor —dijo el Capitán, poniendo en mis manos el bikini—. De estar con la muchacha más hermosa de este crucero.

—¿En serio? ¿M-más hermosa que esa mujer que está con mi papá?

—Niña, te diré con sinceridad —dijo don Cortázar, mordiendo su habano mientras se desprendía de los botones de su traje—. Tú tienes algo que hace que me olvide del resto de mujeres. Por ejemplo, ni siquiera sé de quién me estás hablando, ¡y no me importa! Lo de la sirena va en serio, mi amor, porque nos tienes enamorados, para qué te vamos a mentir a estas alturas.

—Creo que sé de quién hablas, minha garota —dijo don André, desabotonándose también—. ¿La rubia de vestido verde manzana, no? Si me dieran a elegir, tú serías siempre mi elección.

Me súper convencieron, era inevitable sonreír y morderme un dedo ante tanto piropo.

—¡Bu-bueno, voy a cumplir el reto, pero solo porque no quiero que me digan tramposa!

Los viejitos rugieron de alegría mientras me iba al baño. Me quité mis ropas y empecé a colocarme el bañador. Era demasiado pequeño y diametralmente distinto al que yo había usado esa mañana. La parte superior apenas cubría mis pezoncitos pero de igual forma tiraban fuerte y mostraban la generosidad de mis pechos, los realzaban de una manera exuberante que no me lo podía creer. “Si mi papá me viera”, pensé mordiéndome los labios.

Luego me puse la parte inferior; me di cuenta qué era lo que pretendían porque el triangulito que me iba a cubrir mi vaginita era una cosa de lo más pequeña, por lo tanto mi tatuaje de la rosa se veía con claridad. Entonces me sentí súper sentí mal por mi papá ya ahora unos señores iban a verlo completamente antes que él.

Terminé ajustándomelo bien, era tan fino y apretado que sentí un gusto súper rico recorrerme la espalda cuando el hilo se ciñó con fuerza entre mis piernas. Miré para atrás para comprobar cómo el hilito desaparecía entre mis nalgas. Así y todo me miré en el espejo y no me lo podía creer, iba a modelar tamaño modelito para unos sesentones.

Estos son los momentos en los que una sabe que, de seguir, no hay forma de dar marcha atrás. Sin darme cuenta, o tal sí me daba cuenta y solo me negaba a reconocerlo, estaba entrando en una tormenta en medio del mar del que no iba a escapar fácilmente. Tragué saliva, esperando que la tempestad no durase mucho. Y si duraba mucho, qué menos que pedirle que fuera inolvidable.

“Perdón, papi”, pensé, saliendo del baño para ir al jacuzzi, donde ya me esperaban los tres señores.

III. La más putita de los siete mares

Yo avanzaba a pasos tímidos, tapando con mi mano mi tatuaje de forma disimulada, mientras ellos se acomodaban y fumaban. Podía sentir sus miradas comiéndome a cada paso, madre. Pensé que me iban a acribillar a piropos, pero no, ahora estaban más relajados, seguramente porque me veían muy nerviosita, o seguramente porque disfrutaban de las burbujitas del jacuzzi.

—Eres una jovencita muy hermosa, realmente somos hombres muy afortunados —dijo el Capitán, con los brazos reposando fuera del jacuzzi. Miré de refilón su pecho poblado de vello canoso, y como sospechaba, tenía un cuerpo para mojar pan, de seguro que hacía ejercicio como un condenado todos los días.

—Gracias don Reinoso, usted también se mantiene súper bien.

—Antes de que entres, déjanos ver ese tatuaje, Rocío, prometemos que no nos vamos a burlar, si es por eso que no quieres mostrarnos.

Tragué mucho aire antes de mostrarle el tatuaje, pero me sentí bien al hacerlo porque no me hicieron bromas pesadas ni nada de eso, al contrario, suspiraron sorprendidos. Les dije que era una rosa roja que me lo puse hacía tiempo y que muy, pero que muy poca gente lo había visto. De hecho, ni mi papá lo había visto, al menos no completamente. Les encantó porque miraron embobados por largo rato, cosa que me hizo sonreír porque yo no esperaba que unos señores de esa edad quedaran así por mi culpa.

Cuando entré al agua me sentí en el paraíso, entre las sales efervescentes y el hidromasaje que me hacía cosquillas. Eso sí, me aparté un poco de los señores. Ellos tres estaban juntos, uno al lado del otro, pero yo estaba al otro lado del jacuzzi, frente a ellos.

—Rocío —continuó el capitán, en medio de los tres—. ¿Qué es lo que más te excita? ¿Verdad o reto?

—¡Ah! —grité, salpicándole el agua a su rostro—. ¡Era mi turno, tramposo!

—¡Mi barco, mis reglas!

—¡Re-reto, pero me voy a vengar, don Reinoso!

Echó la cabeza para atrás y empezó a carcajear. Con los brazos descansando fuera del jacuzzi, se acomodó y juraría que se abrió de piernas, pero no podía verlo con claridad porque había muchas burbujitas. Mirándome, dio una última calada a su habano antes de decirme:

—Ven aquí.

—Ahhh… ¿para qué?…

—¿Tienes miedo, sirenita? No muerdo.

A cuatro patitas avancé hasta poder sentarme frente a él. Pero él insistía, “Ven más, ven más”. Cuando estuve demasiado cerca, me preguntó si yo estaba bien, a lo que respondí que sí, aunque en realidad estaba excitadísima porque de seguro que me querían merendar ya, que no soy tonta. Todo ese deseo que podía sentir de su parte, de parte de esos tres señores, era algo palpable en el aire y me contagiaba. Eso sí era algo que me mareaba, que me arrancaba sensaciones riquísimas en mi vientre: ¡deseo, eso era! ¡Que me desearan! ¡Que me mostraran que yo podía ser como esa amiga de mi padre que me lo arrebató sin que yo pudiera hacer nada!

—Ven aquí, vamos, no te asustes. Bésame el pecho, sirenita.

—¿Besar su pecho?

—Sí. Eso me gustaría muchísimo. Ven, no tengas miedo.

—S-sí, don Reinoso.

Y lo hice, me acerqué de cuatro patas y di un par de besos, pero él me decía que no parase, así que, todo su pecho repleto de canas fue objeto de besitos, y cuando me puse súper viciosita, le di un par de chupetones y mordiscos. Me decía que chupara sus pezones y así lo hice, que mordiera y jugara cuanto quisiera. Lo hice gruñir, lo hice gemir, me excitó oírle pues yo era la provocadora de sus reacciones, ¡sí!

Estaba mordisqueando su pezón cuando él me agarró de la mano y la llevó para que tocara su verga, ocultada bajo las burbujitas. Suspiré largo y tendido, la tenía súper dura por mi culpa. Cuando lo toqué mi vaginita empezó a picar un montón.

—¿Sigues dudando de lo que te dijimos? Nos tienes locos, pequeña sirenita. Ven, siéntate entre mis piernas, de espaldas a mí.

Me guió para que me sentara sobre él y, luego de ladear mi bikini, pudiera restregarme su verga por mi panochita. Sus colegas se levantaron del agua y, parados como estaban, con sus vergas a tope, agarraron, cada uno, una manita mía, y la llevaron hasta sus grandes trancas para que les pajeara. Don André la tenía gigantesca y negra, mi manita no se cerraba en su tronco, y me guiaba para que le estrujara suavemente su verga. Don Cortázar en cambio era muy bruto y me exigía que se la cascara con violencia y rapidez a esa verga larga, algo curvada, pero no muy gruesa.

Fue en ese momento que me sentí realmente una sirena que domaba a los hombres con sus encantos.

—Don Reinoso… ahhhh… soy muy estrechita… sea ama-amable, por favor…

—Parece que sí eres estrechita, me cuesta encontrar tu agujerito. Maldita sea, ¿ves cómo nos tienes, Rocío? ¿Sabe tu papi que eres así de coqueta?

—¡Ah! N-no es mi culpa. Ustedes estaban haciendo preguntas y retos muy tramposos…

—Si su papá se entera no le va a dejar jugar más con nosotros —picó el Capitán, meciendo la cabecita de su verga entre mis gruesos labios vaginales—.Dime, ¿cuántas veces te han comido tu almejita? ¿Verdad o Reto?

—¡Tra-tramposos, ya es mi turno! —protesté sin ser capaz de soltar las vergas de esos viejos; me encantaba masturbarles y oírles gemir.

—¿Cuándo fue la última vez que vocé… te masturbaste, menina? ¿Verdad ou Reto?

—Ahhh… ¡Re-reto, reto! —gemí cuando la polla del capitán empezó a hacer presión para entrar en mi conchita.

—Rocío, ¿cuántas vergas has chupado? ¿Verdad o reto?

—Ahhh… Ahhhh… ¡Re-reto… Ahhhh!

El Capitán encontró mi agujerito y penetró un poco, lo cual me hizo retorcer toda. Fue tanto el gustirrín que me olvidé de pajear a los otros dos señores y mis manitas resbalaron, pero rápidamente ellos las recapturaron para que siguiera estrujándoselas con fuerza.

—¡Son unos tra-tramposos! —respondí mientras el viejo empezaba a metérmela. Perdí la vista mientras sentía perfectamente la forma de una verga larga y gruesa entrar en mí de manera suave.

No tardé en retorcerme como si estuviera poseída, cosa que le habrá asustado a los tres señores. Aunque estuviera follando en el agua del jacuzzi, sentía perfectamente cómo derramaba mis fluidos de manera bestial, corriéndome como una cerdita sin que pasaran más que un minuto. La verdad es que cuando me excito mucho no me controlo y no puedo llevar una relación sexual por mucho tiempo, cosa que me da muchísimo corte…

—¿Qué te pasa, sirena? —el Capitán me habrá sentido cómo mis músculos vaginales le estrujaban su verga—. ¿Por qué tiemblas toda?

—¡Ahhh, ahhh!

—No me lo puedo creer, se está corriendo solita. Su coñito me está haciendo fiesta adentro, amigos.

El viejo Cortázar gruñó, seguramente estaba celoso porque quería follarme también, pero eso era privilegio del capitán. Se inclinó hacia mí para hundir sus dedos en mis mejillas, de tal forma que mis labios fueron empujados hacia afuera. Oí una gárgara y el señor escupió en mi rostro, sentí cómo su saliva resbalaba desde mis labios y nariz para adentro de mi boca. Cabeceó satisfecho, y empezó a meter sus gruesos dedos para follarme la boca.

—Se vuelve muy sumisa cuando se excita. Parece que encontramos un tesoro en medio del mar, Capitán.

—¡Mff!…. —dije al apartarme, presta a evitar que los dedos entraran más. Me dio unos segundos para que volviera a tomar aire, mientras hilos de saliva caían de mi boca. Inmediatamente, el enorme brasilero también me agarró del rostro, escupiéndome otro cuajo enorme dentro de mi boca.

—Chupa, vamos, chupa —dijo metiendo sus gruesos y oscuros dedos, desencajándome la cara.

No podía chupar esos dedos con comodidad, ya que por poco no metía el puño completo en mi boca. Pero logré pasar lengua por los dedos como me ordenó, hasta que por fin, tras largo rato, retiró los malditos dedos de mí, todos encharcados y ensalivados.

Repentinamente, el capitán bramó, apretándome la cinturita con fuerza:

—¡Madre de Dios!, me voy a correr dentro de ti, sirenita. ¡Qué muñequita tan linda eres!… eres preciosa y tienes el coño más apretadito que he sentido en toda mi vida.

—¡Men-mentira!…

—¡Es verdad! Luego te la voy a comer hasta que te desmayes de gusto… ¿Por qué no le das tu cola a uno de mis colegas, para que no se queden con las ganas?

—Ahhh… ¡A m-mí nadie me toca la cola!

Entonces sentí la lechita caliente del Capitán; su verga escupía semen sin cesar dentro de mi interior, lo podía percibir con claridad, además que salía en cantidad. No me lo podía creer, en ese entonces me asusté muchísimo. Me imaginaba preñada, paseando por la borda de la mano de esos tres viejos mientras mi novio y mi papá me miraban decepcionados. ¡Qué humillación, todo por ser una cerdita! Pero mientras el Capitán me seguía llenando de su leche, me dijo que ya no podía tener hijos, así que no pasaría nada.

Quedé demolida, sin fuerzas en los brazos y pies, si don Reinoso vaya con el abuelito, me había follado a base de bien. Yo aún estaba sufriendo algunos temblores productos del intenso orgasmo cuando sus dos colegas se masturbaron con fuerza frente a mí para llenarme la cara y los pechos de sus corridas. Un cuajo enorme de semen cayó en uno de mis ojos y me lo cerró durante toda la noche, causando risas varias.

Don Cortázar seguía estrujándose su verga frente a mí. Don André le prestó su habano y el viejo, luego de expeler el humo hacia mí, me dijo:

—Lo estás haciendo muy bien. Tu papá tiene que estar orgulloso de tener a una nena tan obediente.

—No hablen de mi papá ahora mismo —susurré, tratando de limpiarme la cara.

—¿Ves esta verga, Rocío?

No respondí, pero cabeceé tímidamente.

—Esto va a entrar en tu colita. Así que ponte de cuatro y la colita en pompa.

—E-estoy cansada, don Cortázar…

—Ya veo. ¿Crees que esa rubia que está con tu papá duraría más que tú?

—¡N-no, claro que no! Don Cortázar, bueno… pero tenga mucho cuidado o me voy a enojar…

—Excelente, eso es, papi la tiene bien entrenadita por lo que se ve.

Me volví a poner de cuatro patitas y me apoyé del borde del jacuzzi mientras los tres viejos me veían todas mis partecitas. Estaba temblando de miedo, mis colita parecía latir y boquear, como rogando por verga, pero vamos que un poquito más y me orinaba ahí mismo.

—Vaya tesoro tiene escondido. Nunca vi un culito tan pequeño. Seguro que cuando caga salen fideos.

—¡N-no me hable así, don Cortázar!

Escuché una fuerte gárgara y pronto sentí un enorme cuajo de saliva caerse en mi colita, cosa que me dejó boqueando como un pez de lo rico que se sintió. El Capitán me tomó la cabellera y ladeó mi rostro, hizo una gárgara y me escupió en la boca. Luego su colega brasilero hizo exactamente lo mismo, solo que su escupitajo fue más grande. Ambos asintieron de satisfacción al ver lo sumisita que me volvía al estar tan caliente.

—Bendigo a tu papi por haber engendrado este pedazo de hembra —dijo don Cortázar, que parecía que se había arrodillado ante mi cola—. Dime, sirenita, ¿tu novio al menos te come la almejita?

—Mmffsíiii…

—¿Cómo te lo come? O sea… ¿Te gusta cuando lo hace? ¿Trabaja bien con la lengua?

—Ahhh, no sé…

En ese momento don Cortázar metió mano y empezó a estrujarme la conchita. Dos dedos separaban mis labios y uno iba actuando como si fuera una especie de lengua en mi rajita, mojándose todo de mí mientras acariciaba mi clítoris. Era súper caliente y rico, lo hacía súper bien, así que disimuladamente arqueé mi espalda para que siguiera, gimiendo y disfrutando del hábil manoseo.

Luego pude sentir la lengua de viejo recorriendo el anillo de mi ano, boqueé al notar cómo se entraba en mi culito. Primero pareció tantear el terreno, luego fue punzante y parecía que la lengua me follaba mi agujero. Me retorcía todo, es que me gustab un montón cómo ese viejo me chupaba el culo.

—Estás muy rica. ¿Me dejas hacerte la cola?

—Tengo… m-miedo, me va a doler…

—Tranquila, voy a ser muy despacioso.

Me separó las nalgas y empezó a acariciarme el anillo de mi cola. Al meter su dedo, uno rugoso y grueso, empezó a follármelo con rapidez. Di un respingo y arañé el borde del jacuzzi, pero aguanté como pude, apretando los dientes. Mi vista se emborronó y no sé si habré dicho algo pero de seguro fue inentendible, ¿quién iba a poder hablar en esas condiciones?

—Es estrechito, haré lo posible para que no te duela.

—Culo chico, esfuerzo profundo, goce grande —dijo don André—. Me gustaría darte por culo también, pero será mejor que lo haga cuando tu colita esté más acostumbrada a tragar vergas. Esto que tengo aquí te va a dejar el culo como la bandera de Japón durante semanas.

—No cierres el ano, relájalo —Cortázar se apartó y escupió de nuevo en mi agujerito.

Tragué todo el aire que mis pulmones me permitían cuando el señor empezó a meter su verga. Primero fue la cabeza de su polla; me invadió un dolor terrible pues estaba estirando el anillo del ano más de lo que su dedo o su boca habían hecho. Grité fuerte y desencajé mi cara de dolor. El señor, pese a su edad, tenía vigorosidad, y me sostuvo de mi cinturita, no fuera que me escapara.

—Tranquila, tranquila, la cabecita ya está adentro, mi amor. ¿Te sientes bien?

El abuelo se mantuvo un rato así, dejándome casi al borde del desmayo. Yo estaba temblando de miedo, podía sentir perfectamente la forma de la cabeza de su verga ensanchando mi agujerito. Cada vez que parecía que me iba a desmayar, recordaba a esa maldita rubia de vestido verde manzana y me decía que yo tenía que ser mejor que ella.

—Aguanta. Seguro que te va a encantar y vas a querer hacerlo todos los días.

Era un señor mentiroso porque no me encantó en ningún momento. El dolor cuando entró toda la cabeza en mi cola fue terrible, tanto que creía que el crucero se había metido en medio de una tempestad. Arqueé las plantas de mis pies, también mi espalda, apreté los dientes pero don Cortázar me sostenía fuerte de la cintura por lo que su tranca seguía partiéndome en dos.

—Parece que la verga me va a reventar por la presión, cómo cuesta meter. Se nota que no está acostumbrada. Venga, aquí viene más, Rocío, tú puedes tragar, se nota que eres una niña con ganas.

Dio un envión fuerte que me hizo blanquear la visión debido al dolor. En ese entonces me oriné completamente, ya no podía controlar ni mi vejiga y de mi boca salieron insultos varios dirigidos a ese viejo cabrón, pero babeando no me habrá entendido nadie. Si el abuelito me soltaba, me caería

—Afloja, Rocío, afloja el culo y disfrutarás. Créeme. Yo estoy disfrutando como un condenado. Es más, creo que me voy a quedar así para siempre, se siente muy bien. Al héroe que quite mi verga de tu culo lo van a llamar Rey Arturo.

Pero mintió otra vez, no se quedó así, dio un empujón terrible que casi me hizo reunir con mis ancestros, en serio creía que iba a morir de dolor pues entró otra porción más que me partió en dos y vació mis pulmones.

Aunque la verga no estaba toda dentro de mí, sí podía sentir claramente la forma de la punta y el tronco curvado dentro de mis intestinos. Estaba temblando de miedo y de hecho pensaba en renunciar si la cosa seguía así de dolorosa.

—No creo que entre más, por más que empuje. En mi vida encontré un culito tan estrecho. Venga, afloja, niña, afloja y déjate gozar, ¿quieres?

—Ahhh… Ahhh…

—¡Cuidado, un témpano de hielo! —gritó el brasilero.

Me súper asusté, tanto que di un respingo y mi culito aflojó debido al pánico; abrí el ano y los ojos como platos. Pero solo fue una broma para asustarme porque se rieron un montón, y parecía que el truco funcionó porque mi cola empezó a tragar más y más de aquella tranca vieja pero hábil. Y así, boqueando como un pez y arqueándome toda, empecé a disfrutar poco a poco mientras mis intestinos eran ocupados por toda la verga del viejo.

—¡Men-mentirosos… Ahhh… Ahhh!

—Madre mía, este culo está tragándose por sí solo toda mi verga. ¿Qué pensará tu papi si sabe que te estoy partiendo el culito, mi amor?

—Ahhh… Ahhh… me va a ma-matar…

—¿Sabe papi que tienes un culito tragón? ¿Sabe que su hija es la putita viciosa de los miembros de la tripulación?

—¿¡Cómo va a saber eso, cabrón!? ¡Ahhh… Ahhh!

Debo decir que me empezaba a gustar la sensación de tener a don Cortázar dentro de mí. De hecho, él también creo que lo notó porque mi cola tragó casi naturalmente lo que quedó de su verga y, según él, no quedó nada afuera. Vaya salvajada de hombre, ya estaba por desfallecer del gusto y del dolor pero él empezaba a menear su cintura, golpeando sus huevos contra mis nalgas. Chapoteaba el agua, gemía yo como una cerdita, más aún cuando mi colita se ensanchó y se acostumbró al tamaño de su tranca, permitiéndole ir y venir a gusto.

El placer era tan apabullante que quería seguir siendo enculada por ese pervertido durante toda la noche. Pero me acaricié mi perlita para terminar rápido pues que ya era hora de volver junto a mi papá; al instante empecé a mear descontroladamente más jugos, mojando más aún el jacuzzi.

Chillé de placer, arqueando el cuerpo sin que mi vaginita dejara de salpicarlo todo de manera descontrolada mientras la verga de don Cortázar poco a poco abandonaba mi culito.

Me quedé temblando toda y súper sonriente. No podía ser, había gozado toda una orgía con hombres más viejo que mi papá, uno de ellos incluso me hizo la cola de una manera ruda pero experta, que supo vencer mis miedos y a mi propio cuerpo.

Al final de la noche, todo el jacuzzi estaba literalmente encharcado en mis juguitos, los de los señores, un poco de orina y algo de… bueno, no voy a decirlo pero básicamente el mini bar privado de los viejos no quedó como el lugar más higiénico del crucero.

Yo ya estaba agotada, mi garganta me escocía de lo mucho que chillé y me dolía todo el cuerpo, pero ninguno de ellos menguó, al contrario, los abuelitos me habían estado follando durante horas y parecía que no había quién los parase. Cuando don André tomó mi cabello para levantar mi rostro y darme de comer su verga, supe que la noche iba a ser muy larga.

IV. La nena de papá

Así fue como la sirenita volvió sonriente a la cubierta, en compañía de los tres marineros, orgullosos de haber contribuido con mi felicidad. Comprobé que mi short tapara cualquier evidencia de mi noche salvaje con los abuelos, que me llenaron las nalgas de besitos y mordiscones, lo mismo con mis pechos, ahora resguardados por la camiseta rosada de “Nena de papá”.

—Me alegra que estés de nuevo con la carita sonriente, sirenita —dijo el Capitán—. Misión cumplida.

—¡Ya dejen de decir que soy una sirena!

—Cuidado, si te vemos triste, te llevaremos de nuevo a la sala de mando o al bar privado —amenazó don Cortázar.

—En Illhabela incluso tenemos un lugar muy bonito y privado, garota —sugirió don André—. Es de mi propiedad, con hermosa vista al mar. Tú harás que la vista sea más hermosa.

—¡Ya, qué exagerados!

Pero yo no podía olvidarme de mi papá, así que me despedí de ellos con la idea de reunirnos una vez más, que nos quedaban tres días muy largos. Pero no les podía prometer nada, pues como dije, tenía que pasar tiempo de calidad con el hombre de mi vida.

Mi papá me tomó de la mano cuando llegué hasta él. Me quiso quitar el short entre bromas, dijo que quería ver otra vez mi tatuaje ya que le gustó mucho, pero le dije que no, el solo pensar que me pillaba los mordiscones y chupetones me hizo marear.

—¿Me disculpas, bombón, por haberte abandonado? Te lo compensaré.

—Más vale que sí, papá. Al menos no estuve aburrida.

Entonces me dijo algo que me desarmó por completo:

—Mi amiga es camarera de este crucero, sirve al Capitán y todo, aunque hoy se tomó el día libre. Me dijo que él y sus colegas unos rompecorazones de cuidado, ¿te lo puedes creer? Si deberían estar jubilados a esta altura, ¡ja!

Me quedé blanca por un rato pero meneé la cabeza.

—Algún día vas a ser viejo también, ¡no te burles! —le golpeé el brazo.

Pero cuando nos paseábamos por la cubierta, bajo las luces de las estrellas, tiré de su mano y le pregunté:

—Papá, ¿tú crees en las sirenas?

Muchísimas gracias a los que llegaron hasta aquí.

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