SECRETARIA PORTADA2

Es un relato bastante extenso pero decidí dejarlo de una sola pieza porque me gustaría evitar publicarlo en varias partes. Lo he dividido en capítulos para hacer más amena la lectura. Mis disculpas.

No recomiendo el relato a quienes no soléis congeniar con esta categoría, es una historia de fantasía fuerte pero sin muchas pretensiones. Traté de abarcar un tema que me interesa mucho: la corrupción de la personalidad y el cuerpo. Recomiendo a los autores JORJA, Stholle, Alexxx, Collado e Impresionista entre otros si os gusta la temática. Si hay más, ¡dalos a conocer!  ¡O date a conocer!
CAPÍTULO 1: AMANTE COLOR SANGRE
A veces el destino puede ser tan cruel. Cuando crees que nada puede ir peor puedes sentir el suelo que pisas abriéndose. Quiere tragarte, estamparte contra una nueva realidad para decirte al oído: “Esto es más fuerte que lo que temías”.
Me encontraba en la Plaza Libertador durante el atardecer, era mi hora ideal. Podría perderme en el horizonte naranja, en el sol bañándose en cada una de las ventanas de los edificios y en el sonido hipnótico de las cigarras. Me sentía más segura así, me sentía inspirada. Mi mente se aclaraba y podría ser capaz de lanzar una perorata nítida sobre cualquier tema. Es por eso que le pedí al periodista que viniera a esa hora.

Me fijé en mi reloj, ¿ya iban diez minutos de retraso? Tal vez el tráfico le atajó. Tal vez pedirle encontrarnos a esa hora fue un error.  Volví a contemplar la plaza en búsqueda de esa persona, pero nadie, absolutamente ningún alma venía hacia mí. Cada uno en su mundo propio, un montón de sombras desconocidas pasando a mi alrededor. Me encogí en mi gabardina, ya no por el frío solamente sino por la sensación de agobio y soledad. ¿Acaso no iba a venir? ¿Debía rendirme y volver a mis asuntos?

Recogí mi bolso que estaba en un banquillo y me apresuré para colocarme unos auriculares. Era hora d emprender la marcha a casa. Fue cuando empecé a desenredar los cablecitos que escuché su voz.
–          Siento la tardanza, señora Giselle. Hay un tráfico terrible. Vine en la línea Prísea pero debido a que no avanzaba apenas, decidí bajarme y emprender una caminata hasta aquí.
–          Mi culpa – le sonreí. Volví a dejar el bolso y los auriculares en el asiento. Esta vez, yo les acompañé. Y golpeando un poquito le invité al periodista a sentarse a mi lado.
–          Bien. Gracias Giselle.
–          ¿Trajiste tu grabadora?
–          Sí, sí. Deja que apriete esto… ya está.
–          ¿Vas a hacerme preguntas o cómo irá la cosa?
–          Bueno, pensaba tener una conversación distendida. Por eso te invité a un café… mira que aquí al aire libre y con todo el ruido que hay… pues mira, cuesta concentrarse así.
–          A mí me encanta el ambiente. Por eso te pedí que vinieras aquí. Me siento segura.
–          Entiendo.
–          Bien. Has venido porque eres una de las pocas personas en quien confío, Nathaniel.
–          Gracias. ¿Vamos a ir al grano?
–          He encontrado pruebas de que aquí hay instalada una red de trata de personas.
–          Fuerte… esto es fuerte.
–          Pero no estoy del todo segura. Lo que más me inquieta es que creo que hay implicados dentro del hospital militar donde trabajo. Gente que oculta información, que borra datos, que olvidan. Gente que ha desaparecido.
–          Te escucho, esto está que quema.
–          Solo soy una simple enfermera, pero he querido ahondar más. Fue por eso que inicié una relación clandestina con uno de los directores. ¿Ves por qué te llamé a ti?
–          No te preocupes, total anonimato. Pero necesito pruebas, ¿has encontrado algo que pueda serme útil?
–          Sí y no. Verás, me gané un poco la confianza del Director Ramírez…
–          ¿Te hiciste amante de él?
–           …  Sí. Tras meses de tórrido romance, y como muestra de confianza, ya tenía permiso para acceder a su oficina para visitarlo. A esa altura los guardias y demás médicos no verían raro que yo visitara su despacho aún sin él presente. Así que entré, requisé rápidamente y encontré una caja con varios DVDs. Principalmente eran software y alguna película obscena, pero me llamó la atención uno sin rotular, bastante rayado.
–          ¿Qué viste? ¿Hiciste una copia?
–          Mira, lo reproduje en su ordenador. Era… una habitación pequeña y había un hombre mayor arrodillado en el centro mismo. Estaba sin ropas y con una máscara de cuero. Luego una jovencita entró y le susurró algo al oído. Yo pensé: “¿Es esto solo una película porno más?” Luego la chiquilla le prendió una patada entre las piernas y le dijo que le haría atravesar un tratamiento hormonal a fin de hacerle tener rasgos más femeninos, que le harían actuar como mujer y que ganarían mucho dinero con él. Luego de eso el hombre le hizo sexo oral mientras ella le abofeteaba.
–          Retorcido… ¿pero era sólo una película, no?
–          Es lo que pensé, pero cuando iba a quitar el DVD escuché: “Esta noche recibirás al Director Ramírez, prepara tus ropitas y actúa como una buena chica”.
–          Vaya… ¿quién era ese hombre? ¿Dónde crees que lo filmaron? ¿Y la mujer?
–          ¿Cómo voy a saberlo? Tenía que hacer una copia pero el director entró.
–          ¿Te pilló?
–          No, pero el DVD se quedó en su ordenador, no pude guardarlo de vuelta en el cajón. Se enojó al verme sentada en su escritorio, así que tuvimos una leve discusión. Tuve mucho miedo y sin pensarlo muy bien corté mi relación con él. Al día siguiente recibí una notificación: me enviarían a trabajar a otro hospital militar, cuatrocientos kilómetros más al este.
–          Entonces no tienes nada. Solo tu palabra contra la de él, que parece tener muchos medios.
–          Lo sé. Ahora temo por mí y mi hija. He visto ya seis veces un coche oscuro seguirme en los últimos dos días. Mira, ya he pasado los cuarenta, siento he perdido el aguante y lo último que necesito es algo como eso.  Si siguiera trabajando allí podría hurgar más, pero ya no soporto el ambiente que vivo, no doy con el miedo. Sé que me están presionando para marcharme. Hasta me ofrecieron realizar una serie de conferencias allí sobre capacitación médica, muy buen pago… Voy a aceptar.
–          Oye, Giselle… venga, vamos, no te levantes aún…
–          Debo irme. Confío en que lograrás mejores resultados que yo. Alguien tiene que continuar, solo rezo porque no tengas que pasar por lo que yo.
*-*-*-*-*-*-*-*
Mientras avanzábamos dentro del aeropuerto yo pensaba en que no iba a extrañar esta ciudad. No había lazos que me ataran a ella. Me sentía un poco arrepentida por hurgar tanto en donde no debía, en tener que arrastrar a mi niña conmigo, obligándole a abandonar a sus amigos. Pero ella me entendía, después de todo ambas nos consideramos mejores amigas.
Mi hija Sofía me tomó de la mano y me sonrió, sacándome de mis adentros.
–          ¿Cómo está el clima en la luna, mamá?
–          Qué graciosa. Vamos, que estamos llegando. ¿Recuerdas el nombre?
–          Pirés, Pirés.
–          Bien, bien… creo que harás mejor en estar callada.
–          ¿Qué dices?
–          Es que se llama Pierre, pero realmente no creo que debas hablar. Verás, esa boquita tuya suele ser muy impertinente en los peores momentos.
–          No es lo que suele decir Sebastián.
–          ¿Sebast…? Así se llama, es verdad. Me encantaría volver a verlo un día de estos, pero primero tengo que hacerme con un par de pistolas silenciosas de ésas.
–          ¿Pero qué te pasa, mamá?
–          ¡Y con lo fácil que me será conseguirlas!
–          ¡Basta!, en serio deberías darle una oportunidad. Después de todo, planeo casarme con él nada más terminar este primer año de facultad. ¡Viviremos juntos!
¿Casarse? ¿Vivir juntos? Antes que pudiera contestarle se me acercó el hombre que sería mi guía y organizaría mis conferencias. Sofía se pegó a mí y me dio un codazo porque le había parecido muy guapo. Pero yo seguía mordiéndome muy fuerte en mis adentros, ¿ha dicho casarse?, ¿y me lo confesó en un aeropuerto durante un día muy importante para mí?
–          ¿Señora Giselle? Soy Pierre. Seré su secretario para llevarla a las conferencias… es ella… ¿es ella su hija?
–          Se llama Sofía – dije con una sonrisa forzada, tomándole fuertemente del brazo.
–          Auch… joer… encantada – dijo casi sollozando.
–          Un gusto, señorita. Pues bueno, ciudad  nueva, vida nueva. Será un gusto hacer de guía también, eso sí, creo que será mejor que abordemos el avión a la de ya.
Empezamos a avanzar todos. Yo solo estaba esperando el momento en que pudiera estar a solas con mi hija para poder recriminarle sobre sus planes de boda. ¿Es que se había vuelto loca? ¿Por qué no podía pensar con claridad? ¿Sus padres me pedirían pagar la mitad de los gastos de boda aun sabiendo que soy madre soltera? ¿Quién la entregaría en el día de la unión si no había padre?
Ya en el avión, Sofía se quedó hipnotizada con el paisaje aéreo. Dio un par de golpecitos con su puño a la ventanilla antes de que yo la interrumpiera.
–          ¿Quieres dejar de hacer eso?
–          Por dios, mamá… un golpe bien dado y esto se desmorona. Pídele a Pierre que pruebe, a ver.
–          Quédate callada.
–          ¿Pero qué te pasa?
–          ¿Te vas a casar con un tipejo al que solo conociste hace dos años?
–          Discúlpame madre pero creo que me estás dando clases de moral. ¿No me habías dicho que tenías una relación con un hombre casado? ¿Cómo era el nombre de ese amante, Ramiro o algo así?
–          ¡Que no te escuche Pierre! ¡Callada todo el viaje!
–          Venga, lo siento.
–          ¡He dicho silencio!
Sofía cruzó sus brazos, ladeó su cabeza un par de veces hasta que llevó su mano en el bolsillo de su abrigo. Tenía un aparatito de esos para escuchar música. Inmediatamente se lo quité. Se quedó boquiabierta y con el ceño molesto.
Antes de que se volviese hacia la ventanilla, me acerqué y le susurré:
–          Es Ramírez. Y ya no es mi amante.
CAPÍTULO 2: FUEGO EN EL SUELO

 

Nada más llegar a destino el intenso calor nos golpeó fuertemente. Dentro del aeropuerto sí estaba climatizado, pero solo fue breve nuestra estancia allí, pues al salir en búsqueda de un taxi nos volvimos a derretir. Pierre por otro lado no parecía estar muy afectado, es más, como si estuviera acostumbrado al calor del lugar.
Todo intento de mi hija por hablarme fue interrumpido. ¿Por qué tuvo que lanzarme tremenda daga sin siquiera consultarme? En acto de rabia tiré su MP3 a la calle nada más abordar el taxi.
–          ¡Pero por dios, mamá qué te pasa!
–          Creo que hay una mosca hablando, ¿lo escuchas Pierre?
–          ¿He? No… no entiendo, señora Giselle…
–          Genial, este viaje se ha convertido en una pesadilla – dijo volviendo a cruzar los brazos, perdiéndose en el paisaje que se vislumbraba desde el taxi.

Ya llegado al hotel Sofía se dispuso a cargar su notebook. Imaginé que lo primero sería actualizarse con su noviecito, aprovechando la señal del wi-fi gratis que ofrecía el hotel. Podría quitárselo también pero consideré que ya estaba siendo muy dura.

 

–          ¿Puedo hablarte o te seguirás haciendo la remolona?
–          Por dios… habla, niña.
–          Sobre Sebastián…
–          Cualquier cosa menos eso. Vamos, que se me agota la paciencia.
–          Vaya contigo, estás imposible. Bueno… se acaba de cortar la señal de internet.
–          ¿Ah, sí? Una pena que no podrás chatear con cierta persona.
–          ¿Pero qué estás haciendo ahora?
–          Me estoy preparando para la conferencia.
–          Por todos los santos, puedes cambiarte en el baño, ¡no tengo por qué ver tus tetas!
–          ¡Cuida esa lengua, niña! Estás celosa porque a mi edad no tendrás este cuerpo, lo sé.
–          Mmffff, esto es ridículo. Además, ¿es posible que haya una falda más larga que ésa? ¿Es que acaso vas a una convención de monjas?
–          La falda está bien, niña. ¿Quieres que lo lleve como tú? No es una convención de rameras.
–          Estás como una cabra. ¿Estás llamando ramera a tu hija?
–          Soy una mujer directa. Y no saldrás con esa faldita de aquí. Es más, te quedarás en la habitación hasta que vuelva dentro de un par de horas.
–          Eres genial, má.
–          Lo sé.
–          Sabes, sé que tienes una blusa mucho mejor que la que te estás poniendo.
–          Cuando vuelva de la conferencia haré una parada para comprar un bozal.
*-*-*-*-*-*-*-*
Dos horas duró la conferencia, fue la primera de cinco que daríamos en la ciudad. Pierre era el encargado de hablar con los organizadores, de manejar mis horarios y hasta de confeccionar las imágenes que serían desplegadas durante la presentación. Me libró de muchos pesos y me dediqué a lo mío sin muchos dramas. Realmente estaba haciendo su labor de diez, todo un “crack” como suelen decir los jóvenes.
Nunca se me dio hablar bien ante tanta gente, máxime cuando no podía quitarme de la cabeza el hecho de que todos y cada uno de los invitados solo pensaban en recoger sus diplomas de “yo estuve aquí” y salir cuanto antes. Pese a todo realmente hice una buena conferencia con otros colegas médicos.
Ya afuera volvimos a tomar un taxi. Solo yo y Pierre. Aproveché para hacer un par de compras, llevando a rastras a Pierre eso sí. Imagino que se habrá encendido en sus adentros al verme comprar un bozal para perros. Desde luego mi intención era solamente asustar a mi hija.
Volvimos al hotel. Mi secretario me acompañó hasta mi habitación pues llevaba el bolso con mis compras.
Al entrar en la habitación noté que Sofía no estaba. Me fijé en el baño, en el balcón… pero no se encontraba. Su notebook seguía allí donde lo dejó, así como sus maletas que aún no se habían abierto estaban sobre las camas. Rápidamente Pierre se preocupó por la situación, así que llamó al encargado para preguntar si había visto salir a mi hija.
Se me estaba congelando la sangre. Fui rauda hacia la azotea solo para comprobar. Quise llamar a su móvil pero me sentí como basura al recordar que le confisqué durante el vuelo como parte del castigo. Tenía ganas de tumbarme y llorar, pero debía ser fuerte ante la situación. He pasado por muchas cosas terribles en mi vida pero Sofía era mi pilar. Ahora todo mi mundo estaba con riesgo de desplomarse.
Volví a mi habitación atajándome las lágrimas. Pierre me estaba esperando. Para mi sorpresa había un militar bastante fortachón allí, y antes de que pudiese reaccionar, cerró la puerta.
–          Pierre… qué está pasando.
–          Sí, sí, disculpe señora Giselle. Verá, he tenido que actuar un poco a la espera de mi ayudante. No quisiera ensuciarme las manos yo solo.
–          Ensuciarte dices… hijo de puta dime dónde está ella.
–          Voy a ir al grano, señora. El taxi que hemos tomado al salir de la conferencia ahora mismo está destruido. En llamas. Oficialmente usted y su hija, así como un tal Pierre Melemont… bueno, estamos todos oficialmente muertos.
–          Mi hija. ¿Dónde está Sofía? – pregunté temblando como una poseída al tiempo en que los dos militares se acercaban peligrosamente más y más.
–          Sí, sí, sobre eso. Ella está bien. Pero si quiere verla tendrá que cooperar con nosotros. Le recomiendo que se siente.
Bruscamente me llevaron de los brazos hacia una silla frente a Pierre. Yo estaba con la mirada atigrada, hundiéndose en la de él. Pero lejos de sentirse amenazado el muy cabrón sonreía como si fuera un ser intocable, como sabiendo que el juego que había comenzado estaba bajo su completo dominio.
–          Cinco mil dólares. Solo eso.
–          ¿Q… qué?
–          Eso es el monto que necesitamos, señora Giselle. Cinco mil dólares.
–          Está bien… vaya pufo de secuestro, déjame que busque en el banco.
–          No, no. No está bien. Ése es el monto que usted deberá juntar a partir de ahora para acceder a su hija. Verá, le hemos despojado de todos sus bienes. Ahora mismo no tiene ni un solo céntimo.
–          Cómo es posible… ¿cómo quiere que junte ese dinero si me despoja de todo? Es ridículo.
Se levantó de su asiento. Quise levantarme también y encararle, pero el militar me retuvo en mi silla. Pierre se sirvió de una copa lenta y pausadamente mientras yo estaba expectante. Tomó un sorbo, y tras suspirar ásperamente, se volvió hacia mí.
–          Trabajarás para nosotros. Te prostituirás.
–          No estás hablando en serio – dije al borde del llanto.
–          Te ayudaremos. Te cambiaremos el look, no se preocupe, que no queremos que algún incauto te reconozca en plena faena.
–          ¡Basta, imbécil! – hice fuerza y me levanté. Sorprendí al militar y, antes de que él pudiera reaccionar, me abalancé hacia Pierre. Cuando lo tomé del cuello pude observar que aún sonreía. ¡Aun así sonreía el infeliz!
–          Señora Giselle, esto no es menester de alguien de su stand.
–          ¿Dónde está ella?
–          Se reunirá con su hija cuando junte el dinero necesario. De momento la llevaremos a usted a su nuevo hogar en la zona céntrica. Si coopera, ella sobrevivirá y podrán estar juntas de nuevo. El Director Ramírez solicitó a nuestro…  “grupo” encargarnos de vosotras.
Solté su cuello. Aquello me mató. ¿El mismo Director lo había planeado? Entonces sí sabía que yo sospechaba de su secreto. ¿Qué ganaría él con esto cuando todo terminara? ¿O es que acaso esto sería una pesadilla del que nunca podría salir? Lo miraba con rabia a Pierre pero éste seguía mostrándome sus dientes como un malnacido.
–          ¿Qué grupo dices?
–          Pertenecemos a Los Lobos de Fuego.
–          ¿Se supone que debo abrir los ojos como platos, imbécil? Es el nombre más risible que he escuchado en mi vida.
–          Pronto aprenderás a respetar. Es hora de irnos.
Me llevaron rápidamente afuera. No me dieron tiempo ni a empacar nada. Seguía con las mismas ropas con las que hice la conferencia y no llevaba nada más.
Me hicieron subir en un vehículo. El militar se encargó de viajar a mi lado, escuchando mis quejidos y protestas ácidas todo el momento. ¿A dónde nos íbamos? ¿Qué era lo que me deparaba en mi búsqueda de mi adorada hija?
Ese día el destino me estampó contra el ardiente suelo.

CAPÍTULO 3: CORRUPCIÓN DE TITANIO

 

Al bajarnos pude contemplar el terrible lugar en el que supuestamente viviría hasta juntar el dinero. Era un edificio muy pequeño de tan solo cuatro pisos, bastante en malas condiciones y horrible como el barrio alrededor.
–          Vaya, el poderoso piso franco de los lobos estos… ¡madre mía, esto es ridículo!
Entramos hasta una habitación pegada a la mesa de entrada, donde ya nos estaba esperando Pierre:
–          Quítate la ropa – me ordenó.
–          ¿Aquí? ¿Po… por qué? – pregunté retrocediendo hasta una esquina.
–          ¿Quieres que te lo quite el gigantón ése? Venga, quítate la ropa. Ya no la necesitarás aquí.
–          Suficiente, lleguemos a un acuerdo. Solo quiero recuperar a mi hija.
–          Quítasela – ordenó. Como bestia, el militar se abalanzó hacia mí. Grité un poco, pero puse mis fuerzas en pelear. Fue en vano, al instante me tumbó al piso y me dejó lamentándome un buen rato. Se acuclilló frente a mí y me arrancó una buena parte de la blusa de un manotazo.

Reaccioné, intenté levantarme pero sentí una poderosa descarga eléctrica en mi espalda. No pude verlo pero era evidente que Pierre me lo había propinado. Caí gimoteando penosamente. No tenía más fuerzas ni ganas, así que me limité a escuchar el sonido seco de mis ropas siendo arrancadas violentamente, despedazadas y desprendidas de mí hasta dejarme desnuda. Con fuerza, el hombre me obligó a levantarme. Yo estaba aún muy shockeada, muy torpe, ocasión aprovechada por él para aprisionar mis manos al techo mediante una cuerda que colgaba.

Pierre empezó a dar vueltas a mi alrededor.
–          No mentía el Director cuando habló sobre su envidiable estado físico. Está usted bastante bien conservada para su edad, aunque por aquí no gusta mucho la carne magra así que le prepararé una dieta para que suba un poco de peso. Una dieta muy especial.
–          Cuando salga de aquí haré que los encierren y violen en una cárcel mugrienta.
–          Claro que sí, señora Giselle. Veo que tiene el tatuaje de una rosa roja hacia la cadera. Muy bonito pero habrá que dibujar algo encima. Te pondremos un nuevo nombre y los llevarás con orgullo en tu cuerpo. Su pelo largo y lacio no corresponde a la imagen que deberás proyectar… Creo que a partir de ahora le irá bien con el pelo rubio y muy corto. Los labios lo haremos más carnosos y trataremos de redondear esas facciones rectilíneas de su cara.
–          Sofía… mi hija… ¿puedo verla un momento?
–          Si coopera la verá. Vamos a depilar ese chumino y aplicar unas cremas para que no vuelva a salir nada. Habrá que darle a la clientela un deleite visual sin precedentes.
–          Tienes que estar bromeando – balbuceé tontamente.
–          No me olvido de los piercings. Comenzaremos anillándote las tetas. Serán unos anillitos lo bastante gruesos y pesados para que con el tiempo le den un tamaño ideal. También en los labios vaginales, y por último una sorpresita que le tenemos guardada con respecto a los anillos.
–          No puedo esperar a averiguarlo, cabrón.
–          Hemos traído un hermoso collar también. Con tachuelas plateadas. No se preocupe que por dentro estará forrado para su comodidad. Atrás y adelante dispondrá de argollas para que se puedan conectar a una cadena. Llevará también unos brazaletes de acero en las muñecas y en los tobillos, cada uno con una argolla a fin de facilitar encadenamientos. Luego de su transformación física, nos encargaremos de seleccionarle la ropa con la que saldrá a las calles para trabajar. Aquí en el edificio no te librarás del trabajo pues deberás encargarte de la limpieza, lavandería y mantenimiento general, o cualquier otra labor que su Amo considere necesario.
¿Amo? ¿Ha dicho Amo? Quien sea que fuera me encargaría de escupirle en los pies por meterme en este infierno en la tierra. Me quería convertir en un maldito monstruo de circo y empleada doméstica personal, definitivamente se iba a enterar.
Pierre se dirigió hacia una mesita y de allí abrió un maletín ante mi atenta mirada. Me observó de reojo. Se acercó y me susurró:
–          Piensa en cuánto ama a su hija y lo mucho que desea estar junto a ella. Hágame fácil el trabajo y yo haré lo propio con usted.
–          Terminemos esto – mascullé con rabia.
–          Eso es. Su Amo me pidió expresamente este collar – dijo mostrándome uno grueso, negro y con tachuelas plateadas -. Es precioso – finalizó.
–          ¡Es un puto collar de perro! –protesté.
–          Cariño, cariño, vaya lenguaje tienes. Recuerda que también tenemos cirujanos que pueden quitarte las cuerdas vocales.
–          Está bien, me callaré. Apresúrate y pónmelo de una vez.
–          Necesito que la desates – le ordenó al militar – vamos a fuera hacia el yunque para poder soldar los remaches.
–          ¿Que qué has dicho, infeliz? – me removí enérgicamente – ¿Eso no abre y cierra simplemente, por qué va a soldar los remaches?
–          Debo soldarlo porque el collar será permanente. Para eso he traído estas herramientas, pero usted tranquila que no le va a doler.
–          ¡Estáis todos locos!
–          Si te pones violenta volveré a usar la picana eléctrica.
Yo estaba con un miedo atroz pero tras esa advertencia me dejé hacer. Me quitaron las cuerdas y me llevaron hacia el jardín, a la fragua que se había construido en una de las esquinas.
–          De rodillas, con las manos sobre su regazo.
Oí el click del collar abrirse. Sentí la fina tela que abrazaba mi cuello, caliente e incómoda al tacto. Posteriormente escuché el click con el que lo cerraban.
Así pues acomodaron mi cabeza de manera a poder cerrar los remaches. Escuchaba con rabia el sonido de los martillazos. Mis oídos ya zumbaban y empecé a lagrimear pensando en el infierno que sería mi vida con un collar de acero para siempre en mi cuello. ¿Cómo podría liberarme de ello a corto plazo? Primero tendría que rescatar a Sofía, luego podría preocuparme por el collar.
–          Ya está – dijo ante un horrible olor a quemado inundando el lugar. Tiró un poco de agua fría en el collar y me estremecí al sentirla en mi espalda y pechos.
–          ¿Ya terminó… verdad? – pregunté temerosa.
–          Ahora los brazaletes de acero. Venga, que no tenemos todo el día.
Me había olvidado también de los malditos brazaletes. Aquello fue más rápido de lo que pensé. El militar se encargó de acomodar mis manos en el yunque, así como posteriormente los pies. Estaban también forrados por dentro, eran pesados al igual que el collar pero imaginé que pronto me acostumbraría a ellos.
–          Dime que has terminado – murmuré alicaída.
–          No, cariño.
–          Ahora qué… estoy harta del olor a quemado, estoy harta ya de llevar este estúpido collar…., estos brazaletes… En qué mierda me estoy metiendo – dije empezando a llorar.
–          Volvamos adentro, que vamos a continuar con los piercings.
De vuelta a la mugrienta habitación Pierre extrajo del maletín dos gruesos aros. ¿Acaso esas enormes argollas deberían atravesar mis pezones? ¿Era físicamente posible que algo tan grueso pudiera quedar colgado sin desgarrarme? Sofía, Sofía. Lo estaba haciendo por ti.
Me volvió a sujetar por la cuerda del techo. Solo que esta vez estrenó las argollas de mis brazaletes. Rápidamente Pierre comenzó su preparación aplicando alcohol en los alrededores de mis pezones, y con un cubito de hielo empezó a acariciármelos.
Yo me mordía los labios a fin de evitar gemir como una maldita cerda, pero mi cuerpo lejos de acompañarme en mi silencio decidió reaccionar al roce y juego del maldito infeliz. Sí, mis tetillas empezaron a levantarse y exponerse en todo su esplendor para mi vergüenza.
Aprisionó mi pezón dolorosamente con una pinza, lo retorció un poco y lo estiró sin tener piedad por mis lamentos. Luego el militar le facilitó en su otra mano una aguja bastante gruesa.
–          Dime, corazón – dijo reposando la punta de la aguja justo antes de atravesarme el pezón – ¿cuántos años tienes?
–          A ti qué te importa basu… aghh…. ¡Aaahhh! – chillé como cerda y me retorcí mientras sentía cómo la aguja me atravesaba. Sin retirarlo aún injertó un remache en el agujero que había hecho. Posteriormente tomó un anillo, lo abrió y lo incrustó a través del remache
–          ¿Cómo te sientes, Giselle?
–          Duele demasiado… y pesa mucho…
–          Claro que pesa mucho. La idea es que te lo estiren.
–          Maldito sicópata… ¿está… sangrándome demasiado?
–          Vamos por el otro.
–          Madre mía, no me dejáis descansar… ¡auch! – volvió a aprisionarme con las pinzas, esta vez en el otro pezón.
Fue más rápido. Se trataba de un auténtico profesional. Ya no me dolió tanto, pude aguantar como una campeona pese a que volví a derramar un par de lágrimas. Para aunar valor, en ningún momento solté la imagen mental de mi adorada hija.
Mi cuerpo estaba totalmente sudoroso y ciertamente algo bañado en sangre. Quería descansar aunque sea un momento pero cuando Pierre soltó la pinza del pezón, anunciando así que había terminado el anillado, se volvió de nuevo hacia su maletín.
–          ¿Hemos terminado, maldito sádico?
–          Sujétale la cabeza, échale para atrás – ordenó al militar. Inmediatamente obedeció. Mientras yo miraba el techo pregunté con mucho miedo:
–          ¿Ahora dónde?
Tomó de la punta de mi nariz y la estiró en dirección hacia mis ojos. No podía verme, pero seguro que la imagen que daba era de pena. Con la nariz totalmente abierta como la de un puerco.
–          Ahora toca el “piercing septum”.
Fue veloz. Quise zarandearme del dolor pero me retenían con mucha fuerza. Sentí el pinchazo en medio de mis orificios nasales, bajo el tabique. Chillé un poco pero tenía que dejar el meneo porque sabía lo mejor era facilitarles el trabajo.
Duró solo pocos segundos y tras eso me injertó un remache como con mis pezones. ¿Me iban a colocar una argolla allí como si yo fuera una maldita res? Sentí la sangre correr por mi rostro y aquello solo aumentó mi desesperación.
–          Ánimo que aún no hemos terminado.
–          Quiero lavarme el rostro…
–          Déjame terminar que debo poner la argolla.
Aquel pedazo de titanio era enorme. Una vez injertado, podía sentir la circunferencia metálica pasar desde mi nariz hasta mi boca. Era pesado, molesto y estiraba mi nariz de manera dolorosa.
–          Ahora quiero que la desates y la lleves a la Cruz de San Andrés.
No sabía lo que era una maldita cruz de San Andrés. Pero válgame pronto sabría lo que era, y sería como mi segundo hogar por el tiempo en que me tendrían allí para distintas prácticas. Era esa cruz con forma de equis que disponía de sujeciones en los extremos. Sentía que me desmayaba mientras avanzaba hacia ese artefacto tan terrible.
El militar fue muy brusco y poco cortés al sujetarme en cada esquina mediante mis brazales. Me aprisionó de manera que podía verlos trabajando. Mi nariz y mis pezones me ardían y con desesperación pensé en qué más me quedaba por sufrir. Fue cuando sentí la mano de Pierre frotando mi sensible sexo con un frío líquido cuando realmente se me heló la sangre.
–          Vamos a depilarte de manera definitiva aquí. Y luego procederemos al anillado.
–          Maldito pervertido, te encanta frotar tus sucias manos contra mí, hijo de…
–          Ponle un bozal.
–          Sí, señor.
–          ¡¿Bozal has dicho, cabrón!? No soy un perr… hmmm… ¡ugghmmm!
–          Así está mejor. Quédate tranquila que soy un experto depilando. Tan experto como en la herrería, sí señor – dijo soplando allí en mi vagina. Sentí un escalofrío al tiempo en que grácilmente empezaba a depilar.
Mi cara estaba rojísima. No podía creerlo. Encima el militar me observaba con lujuria total. Yo le devolvía una mirada atigrada junto con algunos murmullos amenazantes. ¿Pero cuánto más podría continuar yo así?, ¿cuánto más podría caer antes de volverme loca?
–          Quieta, quieta – musitaba el maldito sádico depilador al son de sus movimientos cortantes.
Pensaba en mi adorada Sofía. En su bienestar. En poder verla y abrazarla de nuevo, disculparme por las tonterías por las que la maltraté en nuestro viaje. Rogué porque todo terminara cuanto antes para poder darle el visto bueno para casarse. Total, ella solo estaba siguiendo mis pasos, que yo también me casé de muy joven.
–          ¿Ves que no es tan difícil, Sergei?
¿Así se llamaba el puto militar? ¿Sergei? Ambos contemplaban mi sexo depilado. Ojalá yo pudiera hacerlo también. El tal Sergei trajo una crema de la mesita, no era la misma que había utilizado Pierre, no. La puso por su mano y se dedicó a magrearla torpemente por todo mi sexo sin importarle mis quejidos. Es que aquello hervía como demonios.
–          Es para que no te vuelva a crecer el vello púbico. Al menos no durante un tiempo. Hay que ser consistente para lograr el resultado deseado. Ahora procederemos finalmente al anillado de tus labios exteriores. Tu Dueño me ha especificado que desea cuatro argollas, dos en cada labio.
¿Acaba de decir Dueño? ¿Dueño de qué? Me encantaría ver a ese supuesto Amo/Dueño de una maldita vez para poder decirle un par de verdades. ¿Cuatro argollas parecidas a las que me estaban matando en mis pezones y nariz? En la polla le deberían poner para que pudiese sentir mi dolor y vejación como ser humano.
Quería protestar. Vi aquellas cuatro argollas que planeaba injertarme en mis labios vaginales. Maldito bozal, lo mordí con todas mis fuerzas con la esperanza de reventarlo. Pierre me los mostró uno por uno frente a mi rostro. Eran también de titanio, cada una con una incrustación de piedra preciosa distinta. Si no fuera por mi humillante situación me sentiría halagada ante el gasto que estaban haciendo por mí.
Se agachó mientras yo empezaba a revolverme por la cruz. Sentí un pinchazo y al rato podía notar mi sexo muy hinchado y caliente, imagino que lo hicieron para poder anillarme con más facilidad.
Y acto seguido me atravesó con un catéter, de un labio al otro. Lo dejó allí y con otro catéter perforó un poco más abajo. No dolió mucho para ser sincera. Solo comencé a sentir penurias cuando injertó las argollas, con el peso de ellas haciendo de las suyas. No tardó más de diez minutos en terminar de adornarme.
Se retiró nuevamente hacia su maletín. ¿Qué vendría ahora? Sergei se acercó y sin mediar palabras me quitó el bozal. Hábilmente cogió mi lengua con la pinza e inyectó anestesia.
–          Mmmfff… maldito cabrón…
–          Cuida ese lenguaje, corazón.
Mostró a mi aterrorizada vista una cajita con un montón de bolillas y argollitas.
–          En serio eres una desgracia, hijo de puta, ¿cuál va a ir en mi lengua? – dije atemorizada y con mis fuerzas yéndose poco a poco.
–          Todas – sonrió – seis argollitas irán a los costados de tu lengua, las cinco bolillas plateadas en el centro, de arriba a abajo, y las seis bolillas de oro en los espacios que sobren. Sorpresa.
Me desmayé.
CAPÍTULO 4: VADE MI AMO
Me levanté y me encontré en una pequeña celda. Muy a lo alto tenía una ventanilla con barrotes y a tan solo escasos metros de mí estaba una puerta cerrada. Más tarde sabría que mi celda se encontraba en el segundo piso. En el tercero se encontraban las habitaciones de Sergei y Pierre, mientras que el último piso era completamente propiedad del desconocido Amo.
¿Cuántas horas habían pasado desde mi anillado? Mis pezones seguían ardiendo al igual que mi nariz. No obstante en mis labios vaginales todo estaba bastante tranquilo… obviando los destrozos visibles. Los muy sádicos no me limpiaron la sangre, ya reseca por mi rostro, senos y entrepierna.
Y me acordé de mi lengua. Inmediatamente todos mis sentidos se concentraron en mi lengua. Se sentía pesada y bastante más gorda que lo usual. Supongo que estaba hinchada. Abrí mi boca y posé un dedo para palparla… con lágrimas en los ojos corriéndome como ríos pude comprobar que no me habían mentido: toda mi lengua estaba plagada de bolillas y argollas. Adiós a mis papilas. Adiós al comer decentemente.
La puerta se abrió. Era Pierre, acompañado de un jovenzuelo con la mirada muy curiosa por mis argollas.
–          Veo que ya te has despertado. Ahora toca el tatuaje, querida.
–          Erez daduador… dadu… daduador… joded….
–          Sí, sobre eso. Soy tatuador también. Reposa esa lengua que la tienes hinchada. De todos modos con tanto piercing no podrás hablar ni aunque baje la hinchazón.
–          Hio de puda… mfff… cabonado…
–          Bueno, bueno. Por la zona hay muchas prostitutas que han elegido un nombre más “comercial”. Tenemos a Trixie, Sya, Niopía, Aranea… en fin. Lo normal es que cada una invente el que más le guste a fin de ocultar su identidad. Pero no será tu caso pues será tu Dueño el que decida por ti.
–          ¿Y dónde edta ed cabonado ese? Puto piedzing…. ¿Cómo ez que aún no he vidto a mi supuedto duemdo… duendo… dueññño?
–          Ehm… soy yo – dijo el jovencito, levantando la mano – soy tu dueño. Sí.
–          Me eztaz jodiendo…
–          No, no estoy jodiendo. Mi padre me ha encargado tu custodia.
–          Joded… edez maz joven que mi hija…
–          Sí, su hija. Solo soy un poco más joven. Soy un iniciado en el grupo de los lobos calientes… ¿o eran de fuegos? Como sea, verás que me han dado medios muy pobres para trabajar pero pienso demostrarles mi valía. A lo que venimos. Le he dicho a Pierre que tengo que elegir un nombre adecuado para ti.
–          Exacto. Obsérvela bien y piense con cuidado el nombre que llevará, pues lo tatuaré en el cóccix y en el vientre. Debe ser un nombre que congen…
–          Cerda.
–          ¿Qué?
–          ¿Qué eztaz dizziendo madito infediz?
–          Mírela. Es una puta cerda. Me parece el nombre ideal…. ¡a tatuar!
–          Vaya…  supongo que tus deseos son órdenes.
–          ¡Ni te adtevas a podnedme ezze nombde tan didículo hijo puda!
Me levanté como pude. Iba a pelear. Iba a buscar a mi hija a como dé lugar. Iba a matar a ese maldito Pierre también. Pero mis articulaciones se sentían entumecidas. Ambos vieron mi gesto de sobre esfuerzo, momento en el que el joven Amo sacó una fusta y no dudó en hundirla en mis carnes.
–          ¡Auugchhh!
–          Abajo, Cerda.
¿A quién demonios estaba llamando Cerda? Pero el maldito dio un fustazo tan fuerte que caí presa del dolor. Me dio justo entre un brazo y parte de mi adolorido seno.
–          ¿Pero supuestamente no tiene un tranquilizante?
–          Claro que lo tiene, mi señor. El problema es que la mujer es muy terca… pero bueno, ya como ve se está durmiendo de nuevo.

–          Perfecto. ¡A tatuar! Y ponle el logo de los “Lobos Explosivos” sobre la rosa que tiene tatuada allí… espera, ¿me dices cómo se llamaban los lobos de nuevo?

 

*-*-*-*-*-*-*-*
–          Perfecto. Le queda perfecto.
Me despertó la voz del joven hijo de puta. ¿Se refería acaso a mi tatuaje? Aún no lo he visto pero con semejante nombre dudo que pronto tuviera ganas de hacerlo. Mientras intentaba recuperar mi visión pude sentir todo mi cuerpo húmedo. ¿Acaso por fin me habían limpiado y curado?
–          Sí, el pelo hasta los hombros, bien cortito. Me gusta.
–          Tiene usted un buen gusto, mi señor – dijo Pierre.
–          Gracias amigo. Y usted tiene una gran habilidad también, no sabía que era peluquero.
–          ¿Peduquedo? – pregunté adormecida –. Un espejo pod favod…
–          Cómo no, Cerda – dijo el joven Amo. Me pasó un espejo. Quise tomarlo pero inmediatamente sentí mis extremidades sujetadas a los extremos de una incómoda cama – Ah, carambas… levántale el mentón, Pierre. Le voy a mostrar cómo ha quedado.
–          Diozzz…. Zoy un modstrdo… modstrdo…. Mons… joded….

–          No te pongas así, Cerda. Ahora eres rubia y ya casi pareces una puta callejera. Todo gracias a mi gran asistente.

–          Solo soy un humilde servidor.
–          ¿Estás llorando porque te quitamos las cejas? Tonterías. Solo falta contratar al cirujano para que te agrande más esa boca. Que tengas labios carnosos y apetecibles. Y quiero que sean de color rojo. Rojo Putón… si es que eso existe. ¿Será posible dejarlo permanentemente así con ese color?
–          Voy a por el bótox, mi señor.
–          Qué cojones… ¿tú eres cirujano también?
–          Sé cosas. También puedo encargarme de la micropigmentación para colorear permanentemente sus labios con el color que usted desee.
–          Eres todo un crack.
–          Decidme que ezta bomeando, puda made…
*-*-*-*-*-*-*-*
Han pasado cinco días desde que me sometieron a un cambio radical y extremo. Me encerraron en aquella celda pequeña, encadenándome por el collar a una esquina. Entraba Sergei dos veces al día para llevarme algo de comida: solo era puré con vitaminas y agua debido a que me costaba masticar con tanto objeto incrustado en mi lengua. Para comer tenía que levantar la argolla nasal, que de otra manera el puré se pegaba por ahí y tenía que relamer el metal si quería alimentarme.
El dolor se había ido. La hinchazón también. En mi soledad he intentado fútilmente hablar de manera correcta pero solo salía lo mismo de siempre. “Ezto ez una pedadillzda… mfff”.
El primer día entró el jovencito. Se acuclilló ante mí y vio mis ojos cargados de un odio profundo. Si la maldita cadena de mi collar no fuera tan corta me lanzaría a por él para matarlo. Me preguntó a secas “¿Vas a trabajar hoy como puta?”. Le respondí que aún no estaba lista, acto seguido le escupí los pies. Se levantó y no volvió sino hasta el día siguiente para hacerme la misma pregunta. Obtuvo la misma respuesta.
¿Cómo esperaban que de un día para otro yo trabajara como una vulgar prostituta? Pero he pasado los momentos de mi soledad imaginándome. Ofreciendo mi cuerpo a otros en mi cabeza. Tenía que hacerlo si quería sobrevivir y encontrar a mi amada niña. Poco a poco fui adaptándome a la idea de que aquello era el camino que debía tomar.
El joven Amo me siguió visitando durante cinco días más. Incluso el día de mi operación estética vino  con un espejito en mano para mostrarme cómo me habían quedado mis nuevos, rojos y carnosos labios. Lloré desconsoladamente. Eran vulgares, ridículos. Pensé que sería ya imposible que alguien me reconociera.
Aprovechó mi llanto para dibujar unas pestañas en mi cara. Tuvo que venir Pierre para borrar el estropicio que había hecho y dibujar unas pestañas más adecuadas para la puta en la que me estaba convirtiendo. Largas, fina y que daban un aspecto desafiante.
Dos días completos me dejaron descansar pues me sometieron a una operación para cambiar la voz. Dijo el joven que quería que yo tuviese una voz más de “mujerona”, levemente más grave y potente. Si tan solo no estuviese dopada lo mataría. Si lo que dijo es cierto, probablemente remodelaron mi cartílago tiroides para tensar mis cuerdas vocales.
No me atreví en esos días a emitir algún sonido. Si bien era lo que debía hacer como parte de un reposo médico, también tenía demasiado miedo de oírme.
Había caído la décima noche y con ella aumentaron los ruidos en las afueras de mi celda. Me sentía mejor pero odiaba mi nueva voz. Emitía un tono tan vulgar y no me sentía yo misma. Un infortunio total si sumábamos a mi torpe hablar debido a las incrustaciones en mi lengua.
Me estaba transformando en otra cosa. Y mi odio hacia el niñato crecía y crecía. Justo en medio de mis pensamientos de rabia se abrió la puerta, y el jovenzuelo entró con una bolsa en mano y una fusta en la otra.
–          Du de nueddvo…
–          Sí, esto…. Yo de nuevo. ¿Cómo estás, Cerda?
–          De fabduda…
–          Me alegro. ¡Y me encanta tu nueva voz! Por cierto, hoy empezarás a trabajar quieras o no. Hablé con mi padre y me ha dado un par de consejos… y esto… ¡toma!
Me propinó un cruento trallazo con ese pedazo de fusta que llevaba. Se hundió muy bien en mi espalda y parte de un seno. Caí sollozando lastimeramente del dolor, dejando escapar algunas lágrimas.
–          Esto, lo siento Cerda… olvidé que primero debo pedirte que me reconozcas como Amo. LUEGO debo azuzarte en caso de que te niegues.
–          Mmm… mfff… ¿qué qu-quiedez?
–          A partir de ahora me llamarás Amo. No toleraré el mismo trato que me has estado dando estos días. Quiero absoluta sumisión de tu parte. ¡Toma!
–          ¡Auuuchh, mmfff!
Volvió a darme un violento trallazo. Ya desde el suelo solo me limité a revolverme penosamente mientras mis generosas carnes ardían.
–          ¡Maldita sea! ¡No sirvo para esto! Cerda… Cerda… lo lamento, se supone que debo esperar una respuesta tuya….
–          Amo, Amo… deja de azozadme pod favod… vade, te yeconzco como mi Amo… pedo pod favod…. Deja de azozadme…
–          Bien, bien. Creo que lo estoy haciendo bien…. ¿verdad Pierre?
–          De fábulas, mi señor.
–          Bien. Ahora continuemos, Cerda. He traído esta bolsa. Es tu ropa, tu uniforme. La he seleccionado yo… Y Pierre también.
Débilmente me repuse y me acerqué a la bolsita que había traído. Con total resignación observé los dos pedacitos de tela que supuestamente serían mi única ropa durante un largo período de tiempo. Por un lado tenía un top de cuero rojo, dejaría mi espalda desnuda pero con tiras que se entrelazaban. Era demasiado pequeña y era evidente que querían aprovechar eso para poder destacar mis enormes senos anillados. Odiaba el top, no cubriría mi ombligo.
Llorando, proseguí.
Lo siguiente era una mini falda de cuero también de color rojo. Si el top me parecía muy ajustado, aquello me hacía dudar seriamente que pudiera entrarme. Yo estaba en forma, pero por la edad tenía algo de carne. Y si era verdad que me alimentarían para agrandarme más como habían dicho, no sé cómo podría entrarme algo tan pequeño.
Cuando extendí la faldita me sentí a punto de desmayar… solo tenía el cuero suficiente para cubrir un poco de mis nalgas por detrás, y muy poco de mi perforada vagina por delante… ambos pedazos estaban unidos por lazos de cuero que se entrecruzaban y que dejarían ver el nacimiento de mis muslos y cadera.
Proseguí a revisar la bolsa, mareada ya.
Lo siguiente eran unos zapatos de tacón alto. Rojo para variar. Tenían tacones de diez centímetros de alto ni más ni menos. He usado tacones así que no me serían problema acostumbrarme de vuelta. Punto para mí, supongo.
Por último en la bolsa solo quedaron unas pelotitas de cristal unidas por un cordón, eran cinco e iban de más pequeñas a grandes. Ya había visto eso en alguna película para adultos pero no recordaba el nombre.
–          Pues eso es todo, Cerda. Pierre y Serge te llevarán un rato al baño para darte una limpieza general.
–          No puedez eztad hablando en zezddio… ¿ni ziquiedya ropya inyerior?
–           Venga, ¡toma dos tazas!
Dos violentos trallazos cayeron sobre mí. Directamente sobre mi mano, y cuando me revolqué de dolor, otro trallazo cayó en mi espalda. Me iba a volver loca el maldito crío.
–          Uno por no obedecer mis órdenes. El otro por no llamarme Amo. Venga, Cerda. ¡A levantarse!
–          Vade… vade, pedyon mi Amo…
Me levanté como pude, sorteando el dolor que me quemaba las entrañas. Me llevaron al jardín y me pasaron un jabón. Pierre sujetaba una manguera de agua en una mano y una cadena conectada a mi argolla nasal en la otra.  Sergei por su parte sostenía un látigo enorme y una esponja. Dadas las condiciones no tuve muchas opciones. A lo lejos mi joven Amo se sentó a leer una revista… ¿o era un cómic?
Media hora después y ya bastante limpia, me llevaron a la celda y me ordenaron vestir. Comencé con la opción más cercana: los zapatos de tacón. Vi de reojo al muchacho mientras acoplaba las tiras a mi pie: me estaba observando de manera bastante torpe y con un dejo de excitación. ¿Es que acaso nunca ha visto una mujer? Pensándolo detenidamente creo que yo podría ser la primera que veía desnuda.
–          La próxima vez que necesites coger algo del suelo, inclínate. No te agaches, no uses las rodillas. Y que tu culo apunte a mí siempre – dijo leyendo un papelito.
–          Vade mi Amo…
Cogí el top tal como me lo indicó. Era demasiado vergonzoso, inclinada tan vulgarmente ante un mocoso evidentemente inexperto. Me comí el orgullo y decidir seguir a lo mío.
Extendí el top tratando de averiguar cómo me podría entrar. Lo intenté, era demasiado ajustado y los lazos en mi espalda no tenían pinta de querer extenderse mucho para facilitarme las cosas. Mis argollas se veían relucientes bajo la tela y ciertamente me molestaban. Lo siguiente fue la faldita, aunque nada más tomarla mi Amo me ordenó agarrar las extrañas pelotitas de cristal.
–          Pásame las bolas chinas… ¿o se dice bolas tailandesas?
–          OK… ez ezzto, ¿ñdo?
–          Sí. Perfecto. Ahora quiero que me des la espalda de nuevo. Bien. Ahora quiero que con tus manos tomes de tus tobillos, y sin doblar las rodillas. A ver… Perfecto, Cerda.
Dejé que me manoseara mi anillada vagina con total impunidad. Posteriormente sentí un lubricante en mi ano, y luego posó la primera bolilla en la entrada. Hizo caso omiso a mis quejas y al dolor que me llenaba mientras me injertaba la primera.
Luchaba por sostenerme en tan ridícula posición, tuvo que intervenir uno de los sirvientes para atajarme por la cadera. No tuve que soportar mucho más hasta que, tras incrustar dos, por fin me ordenó reponerme.
–          Dice aquí que tengo que meterlas todas… ¿Pierre, tengo que hacerlo?
–          Si está en el papelito… su padre se lo habrá escrito porque cree que es lo mejor. De todas formas no debe hacerlo necesariamente usted, señor.
–          Está bien, ¡por los Lobos Fantásticos!, ¿no, Pierre? Pues nada, inclínate de vuelta Cerda.
Fue un martirio. Cuando terminó solo quedó una cuerdita con nudo colgando de mi dolido trasero.
–          Ahora puedes ponerte la faldita.
–          Gadiaz mi Amo.
A duras penas, y con el dolor en mi ano, pude ponerme la maldita y vergonzosa falda. De reojo observé en mi vientre ese maldito nombre con el que me bautizó. “Cerda”… maldito niño.

Me llevaron afuera del hotel. ¡Iba a salir por primera vez en días! Mi corazón latía rápidamente por el nerviosismo. Mi caminar era patético debido a todo lo que había pasado, pero estaba emocionada porque por fin empezaría la búsqueda de mi hija. Y no pude evitar preguntarme: ¿me reconocería acaso al verme así?

Salí tomada de la mano de mi joven Amo, quien sonriente me llevó hasta la plaza frente a nuestro edificio. Se sentó en el banquillo, y mirándome habló:
–          Tienes que cobrar treinta dólares la mamada. Cincuenta si te quieren montar. Si te piden otros servicios, sé ingeniosa y arréglatelas con el precio. No te corras antes que los clientes.
–          Vade mi Amo.
–          No vuelvas al edificio hasta que hayas recolectado cien dólares.
–          ¿Cien dodades… Amo? ¿Cien? Hm… Puedo hacedyo.
–          Ingéniatelas, Cerda. No esperes que los clientes vengan a ti. Tú búscalos, piropéalos, muéstrale tus encantos. Hazte valer, carambas. Y recuerda, piensa siempre en tu hija cada vez que te veas aminorada.
–          Mija Zofdía…
–          Para el carro Cerda, zoofilia no – dijo levantándose para acercarse a mí.
–          Qué ezdá hazzdiendo, Amo.
–          Es un regalo de mi parte pues eres mi primera esclava. Es un colgante de oro con tu nombre, ¿ves? Lo voy a acoplar a tu collar. Levanta el mentón, a ver.
–          Gradiaz mi Amo.
–          No hay de qué, Cerda. Y antes que me olvide, ten. Es una carterita para que puedas guardar el dinero. Adentro hay un mapita de la ciudad para que no te pierdas.
Y se alejó. Bien podría correr junto a la policía. A que el desgraciado no se lo había pensado muy bien. Fui caminando con cierto apuro hacia la comisaría más cercana que marcaba el mapa. La gente me miraba con asco pero no los culpaba. Algunos hombres me lanzaban piropos y gestos obscenos, pero yo avanzaba rápido con una mano tapando la argolla de la nariz y la otra sujetando la faldita a fin de que no se visualizaran mis partes privadas

–         ¡Poldicía!

–          ¿Eh?
–          Me dienen secuesdrada. Dienen a mi hija secuesdrada. Me han convertido en ezdo por puro capricho de un mocoso pedverdido…
–          A ver, Cerda.
–          … ¿Qué me ha dizcho?
–          Será mejor que haga su trabajo por el bien de su hija. Por ser su primera noche como puta no le diré a su Amo de la tontería que está haciendo.
–          ¿Tú… tú estáz implicazdo?
–          A ver, ese mocoso es hijo de alguien muy importante aquí. Tú haz lo tuyo y todo saldrá bien.
–          Ddienes que esdar jodiéndome.
–          Venga, te mostrare lo mucho que estoy jodiendo, Cerda.
Me tomó del brazo y me llevó de vuelta a la plaza. Ahora ya no podía cubrirme como me gustaría, a trompicones que iba. A los ojos de todo el gentío me esposó a una columna de manera que quedé abrazándola. ¿Es que nadie tenía un poco de piedad en ese lugar? ¿Todos se limitaban a mirar a una pobre mujer siendo vejada de esa manera?
–          Abre bien esas piernas, para que todos vean.
–          Vade, vade… ¡endiendo, pod favod déjeme en pad!
Sacó de su cinturón una fusta. Aparentemente era miembro de la caballería. Con su pie separó mis piernas. Ya las argollas de mis labios vaginales se evidenciaron a la vista de todos. No contento con ello y mis fuertes llantos, subió la faldita de cuero y reveló mis generosas carnes a las personas. Supongo que también podían ver la punta el cordón colgando de mi ano.
Lanzó el primer fuste en mis nalgas. Grité como loca pero hice fuerzas para mantenerme erguida. Lanzó el segundo, directo a mis muslos traseros. Me agité de dolor, las argollas en todo mi cuerpo se tambalearon. El tercero en la espalda, justo donde se imprimía mi nombre de puta. Lanzó un cuarto de vuelta a mis muslos. La gente se retorció al verme el rostro enrojecido y con lágrimas conjugándose con mocos. Lanzó un último trallazo cerca de mis hombros, aprovechando que mi top dejaba mi espalda desnuda.
–          Vaya puerca, has dejado soltar una bolilla… ¡usted, señor!
–          ¿Qué pasa, oficial?
–          ¿Quiere hacer el favor de injertarle de vuelta la bola a esta furcia?
–          Esto… ¿por qué no?
Fue vergonzoso. Podía escuchar el murmullo ahogado de ese montón de sombras que me rodeaban. El policía separó mis nalgas muy groseramente y permitió al hombre que volviera a meter la bolilla de cristal en mis adentros. Se despidió con un sonoro guantazo a mi nalga.
El oficial volvió a colocarme la faldita con mucho esfuerzo. Fue un martirio sentir el cuero ajustado sobre la piel enrojecida por los varazos. Por último me quitó las esposas y caí burdamente. Sin siquiera importarle el evidente estado de shock en el que yo estaba, me tomó del cabello y lanzó una última advertencia:
–          Más te vale no volver a intentar otra tontería. ¡A trabajar, Cerda!
Así pues volví a donde todo había comenzado, sólo que en peores condiciones que antes. Nadie a mi alrededor se apiadaba, o todos temían apiadarse. ¿Tan poderoso acaso era el padre de ese mocoso? Me sequé las lágrimas y me levanté.
¿Cómo atraería a un cliente? Todos los hombres me miraban, algunos me hablaban pero yo no sabía con qué afrontarles. ¿Qué debía decir? Dejé la caminata por un momento y me detuve bajo un semáforo para acomodarme las argollas de mis senos. Por suerte y gracias a ese vulgar gesto que hice pude encontrar a mi primer cliente… o debería decir clientes.
Una camioneta oscura paró y me tocó la bocina. Me acerqué a la ventanilla esperando que la bajaran. Pude observar mi reflejo pero rápidamente ojeé otro lado con tal de no ver a la cerda en la que me habían convertido.
–          ¡Buff, jamón de primera!, – dijo el joven acompañante, mirándome de arriba para abajo – ¿cuánto cobras por un oral?
–          Dr… Dr…. Dreinda… – dije con esfuerzo.
–          Válgame, nos tocó una puta tartamuda – dijo el chofer – Pues mira, yo quiero un servicio completo. Sube al carro, ¿quieres?
–          Va… vade – dije abriendo la puerta trasera. Me latía el corazón a mil por hora nuevamente, ¡eran mis primeros clientes! No debía joderla. Por mi hija.
Me senté. Con un gesto de dolor me reacomodé porque las fustas y bolas me atormentaban. El acompañante se dirigió hacia mí rápidamente. Era tan joven como su amigo y me hacía recordar a al joven Amo. Se sentó a mi lado con una sonrisa de punta a punta.
No sabía muy bien qué hacer. ¿Qué hacía alguien como yo en ese coche? He imaginado mil situaciones en mi celda así como mil maneras de actuar. Creí que ya podría enfrentarlos. Pero era todo tan diferente en la realidad. El jovencito puso su mano sobre mi muslo y empezó a magrearlo. Quise abofetearlo pero me acordé rápidamente de mi rol, debía dejar de lado mi humanidad. Por Sofía. Por mi adorada niña.
–          Una mamada… eso es, ¡una mamada!
–          Vade… ed dinedo…
–          Sí, sí… toma, aquí tienes. Vaya, esto, ¿no te molesta un poco ese anillo ahí en la nariz?
–          Zi, un poco. Pedo me acostumbo.
–          Mira…. ¿Cerda? ¿Así te llamas? Mira, es la primera mamada que me darán en la vida, ¿sabes? Quiero que lo hagas especial, por fi, hembra.
–          Ezpedial… clado – le mostré mi lengua anillada en todos sus confines. El pobre muchacho sonrió forzadamente y me preguntó si aquello iba a destrozarle su miembro. Le dije que no.
Me incliné hacia su miembro y llevé mis manos para quitarle su cinturón. Por suerte el vehículo estaba en movimiento porque de otra forma notaría mis temblantes y aficionadas manos. Pude sacar ese miembro caliente que poco a poco empezaba a endurecerse en mis dedos.
No he estado con muchos hombres en mi vida. De hecho ese pequeño miembro palpitante era el sexto que vi en mis más de cuarenta años. Eso sí, he estado con pocos pero nunca se han quejado. Me sabía trucos, solo que no pensaba usarlos con completos desconocidos. Mis manos aún tiritaban y no pude evitar soltar un par de lágrimas. ¿Podría hacerlo acaso? Sofía, todo por ti.
Levanté la argolla de mi nariz para darme margen de maniobra y dispuse a darle un dulce beso en la punta.
El carro paró. Observé que el chofer ya se estaba preparando para la faena. ¿Acaso debía servir a los dos al mismo tiempo? Preferiría evitarlo así que con valor decidí apurar mi trabajo con el primer chico. De todos modos no sería trabajo difícil viendo su inexperiencia.
Me incliné para besar sus huevos y pajearlo un poco, subiendo a besos por su tronco. El joven pudo contemplar mi espalda desde su vista y no dudó en pasar su mano por los trallazos que me había propinado el policía.
–          ¿También haces sado, Cerda?
–          ¿Quez ezo?
–          Látigos y eso.
–          Mmm… pod dreinda más dejo que me azyotes…
–          Nah, paso. Solo preguntaaaggghh…
Hice movimientos de lengua de los que no estoy orgullosa. Pasé la puntilla por su uretra. Me ayudaron un poco los anillos en la lengua y mis gráciles manos en sus huevos. Ni siquiera hubo necesidad de meterle dedo en el ano porque el chico ya se había corrido.
A lengüetazos me encargué de limpiar el líquido viscoso que se desparramó un poco por sus muslos. Aún no sabía muy bien por qué lo estaba haciendo pero creo que la situación me estaba poniendo algo caliente.
Justo a tiempo, que su amigo ya se había posicionado en el otro lado del asiento.
–          Estoy K.O. – dijo recostándose.
–          Puto precoz – le reclamó su amigo al tiempo en que me metía mano entre las nalgas.

Pero a mí me pareció adorable, era mi primer cliente y no parecía tan malo como imaginaba. Así que dejando que su amigo me siguiera metiendo mano, le di unos dulces besos en la punta del pene a modo de despedida. Me sentía tan excitada, no podía creer que fuera yo misma la que había dejado fuera de combate a un muchacho.

–          Mi turno, yegua. Pero yo quiero solo una cabalgata.
–          Cincuetda dóladez.
–          Sí, sí. Mira, aquí tienes. Ahora vente – dijo tomando de la argolla de mi nariz, trayéndome dolorosamente hacia sí. Me senté encima de él. Se quejó de mi peso pero rápidamente se volvió a acomodar. Su rostro estaba prácticamente enterrado bajo mis tetas, por lo que tuve que inclinarme para poder acercarme y besarle en los labios.
–          ¿¡Te he pedido que me besaras, animal!?
–          Pedyon, pedyon, pendze que te guzyadia.
–          Pues piensa bien de nuevo. Esa boca ha estado en la polla de mi amigo… de hecho tienes un poco de su pelo púbico aun…
–          Zoy udna burrda… pedyon.

Me limpié la boca rápidamente y comencé a montar sobre él un buen rato mientras su amigo salía afuera a fumar. Él tenía más aguante y tal vez una polla más grande. Me gustaba mucho, de hecho, la sensación de su carne entrando completo en mí. Quería relajarme y gozar pero también debía aunar fuerzas para no correrme antes que él.

 

Las malditas argollas por otro lado lo hacían todo más doloroso, estirando mis labios vaginales continuamente al ritmo de mis vaivenes.
Yo chillaba más que él. El muchacho habría pensado que lo hacía para excitarlo, pero realmente era una mezcla del dolor que me producían las argollas y algo de placer.
Intentó chuparme las tetas pero dejó la tarea al verse imposibilitado por mis enormes argollas. “Puta masoquista” murmuró con decepción. Pude sentir luego su lechosa corrida. Aquello no me asustó pues desde hace dos años que no puedo procrear.
Sí me sentí algo molesta porque no me dio oportunidad de correrme. Salí de encima, no sabía si debía besar ese bello miembro que por primera vez tras mucho tiempo me hizo gozar como mujer o dejarlo. Por la cara de perros que tenía, decidí irme.
El chofer no se despidió pero el chico precoz sí. Yo estaba algo caliente, quería terminar lo que el muchacho dejó a medias.
Volví a las calles. Ya tenía ochenta dólares, así que con un cliente más debería bastar para terminar la noche. Saqué el mapita y busqué el nombre de la arteria en la que estaba. No, no estaba muy lejos de mi edificio y con cierta tranquilidad decidí volver caminando con la esperanza de encontrar algún cliente potencial para lanzarle mi primer piropo.
A los pocos metros me acerqué a un hombre mayor, decidí probar bailando un poco mis tetas y jugando mi lengua con la argolla de la nariz. Me frustraba no poder hablar correctamente, pero la gente me entendía de todos modos.
–          Papadzito, ¿quiered padarla bien pod… dreinda dodlades?… zzolo dreinda…
–          Puta de mierda, no te da vergüenza.
–          No tengdo yemedio, sseyor…
–          Claro que no tienes remedio. Vete de aquí antes que llame a la policía, que estoy esperando a mi esposa.
–          Vade, vade… no podizias pod favod…
Me retiré tan buenamente pude. Me hirieron bastante sus palabras. Me lastimaba el no poder revelar mi verdad a la gente, que no pudiesen comprender el porqué de las cosas. Para ellos yo solo era una sucia ramera porque sí.
Volví a mi caminata. Los trallazos del policía me estaban volviendo a hervir. De un vistazo rápido pude notar que mis muslos ya no estaban enrojecidos, sino que ya poseían rayas lilas producto de la violencia inusitada. ¿Cómo podría atraer clientela con tantas marcas por mi cuerpo, por todos los santos?
Observé a un hombre que caminaba del otro lado de la calle. Ya estaba desesperándome un poco por la calentura y además por el frío que me comía la espalda y las piernas, así que sin miedos crucé la calle a su encuentro. Debía seguir practicando mi selección de palabras si quería triunfar.
–          Udna mamada pod dreindta dodladez… vedga papi te judyo que no de ayepenyidas….
–          ¿He?
–          Udna mamada… dreindta dodladez…
–          Vaya. Paso.
Se iba a alejar, así que tomé de su mano.
–          Podfi papi.
–          Treinta dólares suena bien. Pero verás, por una vieja como tú solo pagaría diez.
–          Viedja tu puda madrde… Mmmff… No ez zufiednde pada mí. Veintde… Veintde. Ez zolo una mamada, vamos, al pasidyo ayi… zabras lo que ez una buena madmada…
–          Veinte dólares… está bien, solo una mamada. A ver qué tanto lo vale.
–          Gadiaz – le dije llevándole hacia el callejón oscuro.
Estuve diez minutos dándole una repasada a ese asqueroso pene. Cuando se corrió por fin, se limpió su órgano por mi pelo. Le dejé hacer, yo estaba demasiado ensimismada y contenta por conseguir los cien dólares mínimos que me había pedido mi Amo para volver al edificio.
–          Anda y que te revisen esos moratones que tienes por tu pierna, puta.
*-*-*-*-*-*-*-*
–          Mira quién ha vuelto.
–          Dengo loz dien doladez, Amo.
–          Entrega la carterita. Y ponte de rodillas luego de hacerlo.
–          Vade, Amo.
–          Besa mis pies y agradéceme, Cerda.
–          Gradiaz Amo, gradiaz.
–          Bien. Traes el dinero justo. Como no estás aquí viviendo gratis, voy a descontar algo de tu dinero. Todo esa joya que tienes también ha costado lo suyo, Cerda, por más de que las detestes. Así que aquí está tu parte, y guárdalo bien.
–          ¿Diez dódades?
–          Agradéceme, Cerda. O haré que hayan más marcas de fustas en tus piernacas.
–          G…  gadiaz Amo.
Besé sus pies con absoluta rabia. ¿Diez dólares de cien? A este ritmo me tardaría una eternidad llegar los cinco mil pactados para recuperar a Sofía. Diez dólares por noche. Serían quinientas noches de callejeo. Aunque si hacía más dinero tendría un poco más de ganancia…  me volvía loca solo de pensarlo.
–          Vamos a mi habitación, Cerda. Quiero probar esa enorme boca tuya y jugar un poco con esas argollas.
–          Vade mi Amo.
–          A cuatro patas, Cerda. La cabeza gacha.
Lo seguí con desgano. ¿Diez dólares? Y debía agradecérselo para colmo. Maldito niñato. Pero estaba demasiado cansada. Demasiado adolorida. Y no físicamente: En esa noche murió un poquito de la humanidad que llevaba conmigo.
CAPÍTULO 5: PRINCESA LOBA

 

–    Un hombre de color, un joven y dos ¡aauughmmm!
Un fustazo cruzó toda mi nalga. Era ya el sexto trallazo que se quemaba en mi piel. Estábamos solo el Amo y yo en su habitación, yo colgada por las cadenas del techo y con una barra separadora en los pies. Era un lugar enorme completamente alfombrado en rojo, y con espejos tanto en las paredes como en el techo con los que podía contemplarme en toda mi vulgaridad.
–    Veo que aprendes muy lento, Cerda. Déjate de palabras pudientes. Habla como puta, ya has estado trabajando veinte días y sigues pareciendo una remilgada. De nuevo, venga.
–    Arghm… Esta noche he follado con un… con un negro…
–    Eso es.
–    Le he hecho una mamada a un yogurín… y he montado… con dos viejos verdes.
–    Excelente, marrana. ¿Cuál es hasta ahora tu mejor fuerte?
–    Me han dicho… me han dicho muchos que les gusta… mi… mi culo macizo.
–    Bien, bien. Aquí en el papelito dice que debes gritar con orgullo estas guarrerías y no decirlas con dificultad o miedo, pero sinceramente estoy aburrido y cansado. Voy a soltarte.
–    Gracias, Amo.
–    No me había dado cuenta pero ya puedes hablar como un ser humano.
–    Sí, me he acostumbrado, aunque de vez en cuando las argollitas golpean mis dientes.
Me liberó de las cadenas y la barra. Me arrodillé ante él y besé sus pies.
–    Me voy a mi cuarto… mi celda, Amo.
–    Esta noche no. Levántate y pon las manos tras la espalda, voy a esposarte.
–    Claro, Amo.
–    Eso es… junta más las manos… ya está. Vamos.

Me llevó hasta su enorme cama. Se acostó boca arriba y me ordenó que yo me acostara sobre él. ¿Acaso quería disponer de mi cuerpo por primera vez?

Me costó hacerlo con las manos esposadas, y fui muy cuidadosa de no lastimarlo. Se quedó en silencio allí, tendido y pensativo con mi rostro recostado sobre su desnudo y esquelético pecho, así que por mi cuenta decidí besar su cuello. Ya sabía que le encantaba mis enormes labios, que los apretujara fuerte contra su piel e hiciera sonidos de succión.
–    Cerda, tengo que confesarte algo.
–    Dime, Amo – dije para chupetearle la comisura de sus labios.
–    Es un problema que no quiero contarles a Pierre o Sergei. Es un problema… de sentimientos. Verás, Cerda, me gusta mucho alguien.
En lo primero que pensé fue que el muchacho se estaba enamorando de mí. Creo que era normal, después de todo me he convertido en la mujer qué más veces había visto desnuda. Todo lo que él quería yo lo hacía… supongo que era lo inevitable. Inmediatamente le di un beso en los labios, bajando luego hacia su mentón.
No me molestaba la idea, es más, creo que sentía cierta ternura. Es decir… odiaba con toda mi alma al maldito capullo, y si no fuera porque siempre andaba con fustas en la mano, probablemente ya le hubiera dado una patada en los huevos. Pero fue esa dificultad en expresar sus sentimientos lo que me hizo conmover.
–     Su nombre es Tania di Simone… ¡auch! ¿Me acabas de morder el pezón, furcia?
–    Perdón Amo, fue cosa del momento. Perdón.
–    Maldita seas, no tengo ganas de ir a por la fusta… En fin, es una chica de mi edad y estoy planeando invitarla a salir. Ella es tan hermosa, Cerda. Es morena, flaquita, con un culito respingón, de ojos celestes y piel lechosa… ¡uff! Es un ángel. Es hija de uno de los líderes de Los Lobos Asombrosos… o como sea que se llamen. Así que ella está familiarizada con este mundo.
–    ¿Sabe que tú eres miembro de los Lobos de Fuego?
–    Claro que lo sabe, la conocí en una reunión que tuvimos todos los miembros. Nuestros padres son muy amigos. Éramos los dos únicos jóvenes del lugar y juraría que fuimos objeto de burlas por eso.
–    Parece que tienes mucho en común con ella, ¿no Amo?
–    Bueno, ella aún no es miembro de los Lobos. Me dijo que le gustaría entrar, eso sí.
–    Ya has hecho medio camino, Amo, podrías invitarle a un tour aquí. No sé para qué más me necesitas.
–    La razón por la que te necesito a ti, y no a Pierre o Sergei, es porque ella tiene mucha más experiencia que yo en la cama… ¡no quisiera espantarla con mi impericia! Así que Cerda, entréname.
–    ¿Entrenarte yo? ¿En qué?
–    Enséñame a follar.
–    Esto… ¿Es usted virgen, Amo?
–    ¡Baja la voz! ¡Eres la única que sabe que soy un Amo virgen!
–    Bueno, tiene usted dieciocho años, Amo, tampoco es para alarmarse.
–    ¿Será mi tutora o no, Cerda?
–    Cincuenta dólares la noche, Amo.
–    ¿Qué? ¿Puede una esclava regatear con su amo?
–    No lo sé, Amo.
–    Espera que busco entre estos papelitos… ¡bah! Odio esta mierda de reglas de dominación. Mira, no te daré un céntimo, furcia. Pero sí he estado pensando en algo que podría interesarte como forma de pago.
–    ¿A qué se refiere, Amo?
–    Tu hija.
–    ¡Sofía!
–    Sí, prometo traer información valiosa sobre tu hija, imagino que será duro el día a día sin saber nada de ella.
–    Gracias… gracias Amo – dije besándolo en sus labios.
–    Vamos, hoy dormirás aquí, te encadenaré a la pata de la cama. Estoy demasiado cansado para comenzar, lo haremos mañana. Y que esto quede entre nosotros.
–    Está bien, Amo. Entiendo.
Al día siguiente amanecí hambrienta pero también con unas ganas terribles de hacer mis necesidades físicas. El joven Amo se levantó con una sonrisa de punta a punta, pero al verme con la cara desesperada me preguntó:
–          ¿Qué pasa, Cerda?
Me arrodillé ante él y bajé mi cabeza hasta el suelo. Si no estuviera encadenada podría acercarme más y besarle sus pies.
–          Amo, tengo ganas de ir al baño. Si fuera de noche podría ir a la plaza, pero no puedo aguantar más.
–          Claro que sí. Venga, vamos que te llevo de la cadena. De cuatro, ya sabes.
Me liberó y tras una larga marcha llegamos al jardín. Sergei y Pierre, curiosos, salieron a mirar.
 –          A partir de hoy harás tus necesidades aquí y solo aquí.
–          ¿Aquí? No puede ser…  ¡aauchhh! ¡aahhmmm!
–          Deja de balbucear – dijo enterrando su fusta en mi espalda y tensando mi cadena.
Dolía terrible. Ya estaba harta de sus golpes sádicos así que muy sumisa me posicioné para orinar.
–          Cerda, pídeme permiso. Quiero que me mires a los ojos cuando empieces y luego de hacerlo quiero que beses mis pies y lo agradezcas.
–          E… está bien, Amo. ¿Puedo orinar?
–          Adelante Puerca.
Abracé sus piernas y con sumisión lo miré a los ojos. Él tuvo que atender su teléfono móvil repentinamente, ¿sería acaso la tal Tania con quien estaba hablando? Como cerda obediente seguí mirando sus ojos hasta la última gota. Besé sus pies y agradecí su permiso pero rápidamente volví a hablar:
–          Permiso para… permiso para hacer lo otro, Amo.
–          Dilo de una vez, Cerda, ¿qué te he dicho sobre tu lenguaje? – dijo estrellando otro fustazo sobre mi adolorida espalda.
–          ¡Auuchhmm! Permiso para… para cagar, Amo.
–          Adelante.
Aquello fue aún más vergonzoso. De hecho mi joven Amo decidió guardar su teléfono y observar mi rostro que hacía un esfuerzo por sacar todo de mí. Parecían segundos interminables, con él levantando mi mentón con su fusta para no perder detalle de mis vulgares expresiones, mientras yo peleaba por terminar esa tortura sicológica y física lo más rápido. Por suerte desde que estaba allí solo había comido puré, así que no tardé mucho.
–          Gracias mi Amo.
–          He autorizado a Sergei y Pierre para que puedan limpiar tu culo con la manguera en la otra esquina del jardín. Si les haces una mamada accederán.
–          Gracias mi Amo, ahora mismo les pediré. ¡Auchnmmm! ¡Diosss! ¿Por… por qué me azotas ahora?
–          Eso es por lo de anoche, por haber mordido mi pezón, guarra.
*-*-*-*-*-*-*-*

 

Hubo noches de entrenamiento muy difíciles pues tenía que compaginarlos con el callejeo. A veces regresaba muy adolorida pero a mi joven Amo no le interesaba mi situación. Principalmente le enseñé un poco de cortejo y mucho de juegos previos antes de ir a la cama.
La noche de su desvirgamiento fue muy especial. Me sorprendió encontrar su habitación repleta de velas y perfumes. De hecho se encargó de armar una mesa allí, con vino y una deliciosa cena de bife a la plancha. Claro que eso era solo para él mientras que yo debía comer el mismo puré de mierda de siempre con agua… y en el suelo.
Una vez que terminamos de cenar decidió aplicar todas las enseñanzas que le he ido dejando en nuestras noches.
–    ¿Me acompaña a mi edificio, Cerd… digo, Tania? Me gustaría llevarte al tour que te prometí.
–    Ya estamos en tu habitación, Amo. Eso se lo dices cuando terminan de cenar en el restaurant.
–    ¡Claro, pues claro! Esto… debo tomar tu mano, así. Y traerte hacia mí para rodearte con mis brazos.
Yo debía actuar pero también me sentía muy especial creyéndome cotejada. Me besó tal como le había enseñado, nada de lenguas y dientes, todo más tierno. Me llevó a su lecho, haciéndome sentar para regalarme un cunnilingus.
Sus primeros intentos de días atrás fueron nefastos, pero he conseguido explicarle dónde debía ir su lengua si buscaba excitar a su pareja. Un poco de experiencia propia y experiencia de mis clientes.
Mi joven Amo ya era capaz de comer como correspondía. Reptó por mi cuerpo y juntos nos tumbamos.
Sentía mariposas por mi alumno aventajado… aunque mis ganas de matarlo siempre estaban a flor de piel.
–    Cerda, me gustaría que tú llevaras el ritmo.
–    Te ayudaré, Amo. Iremos despacito. Vente, tú te pondrás encima.
Apoyó su mano a mis costados, pegando su cintura a la mía. Su polla a mi coño. Le rodeé con mis piernas esperando que él pudiera penetrar.
Como noté que le costaba introducirlo, tomé de su mano y le expliqué que lo mejor sería que apoyara su tronco contra mi raja. Le dije que lentamente lo debía empujar hacia abajo, que poco a poco él sabría hallar el camino.
Como mis clientes vírgenes a quienes hice debutar, mi Amo no duró realmente más de dos minutos dando tímidos bombeos. Cayó sudado sobre mis pechos, algo cansado y ensimismado.
Luego de otro par de minutos silenciosos en los que yo solo me dedicaba a acariciar su cabello, él repentinamente dijo:
–    Según mi padre, tu hija Sofía está viviendo en una mansión. Está en otra ciudad, no recuerdo el nombre. Dice que una familia adinerada la tiene como criada, que vive bien y que está estudiando, ya que le han contratado un par de tutores. Es todo lo que pude sacar.
Lloré en silencio mientras él comenzaba a chupar mis tetas. Lloré de felicidad. ¡Estaba sana y salva! Solo tenía que seguir juntando el dinero y me llevarían con ella. Quise levantarme de la cama porque ya era hora de ir a mi celda, pero él me atajó:
–    Quédate, Cerda.

Fue la primera vez que dormí en una cama.

 

*-*-*-*-*-*-*-*
Mes y medio ya. Mi joven Amo se había vuelto bastante habilidoso en las artes amatorias. A mí me emocionaba cada vez que me llamaba a su habitación, pero no porque quisiera follar con ese esqueletito sádico, sino porque me dejaba dormir en esa mullida cama que tenía.
Lastimosamente para mí las cosas cambiarían, porque se acercaba el día en que Tania iba a venir a realizar su tour personal en el edificio. Debería volver a acostumbrarme a dormir en el frío piso de mi celda.
Yo estaba en el jardín con Pierre bañándome con la manguera. Era ya de noche y ya había hecho mi recorrido callejero. Pierre recibió el dinero por mi Amo, que estaba en plena cita con la chica de sus sueños.
Justo cuando dejó de lanzarme agua sobre mi enjabonado cuerpo, alguien lo llamó. Segundos después colgó.
–    Ya vienen, Sergei está trayéndolos. Vamos, debo encadenarte en tu celda.
Estaba bastante emocionada  por conocer a la muchacha. En mi celda me arrodillé frente a la puerta, agaché mi cabeza y puse mis manos sobre mi regazo por si la pareja quisiera entrar a verme. Yo era la única atracción del lugar, así que tarde o temprano entrarían.
Escuché las voces. De mi Amo y de esa chica. Tenía una voz fina y hermosa. Jovial. Se reía mucho. Mi corazón se aceleró cuando los pasos se acercaron hacia mi celda. Tragué saliva cuando oí el girar del pomo.
–    Aquí está, su nombre es Cerda.
–    Diosss… se parece a una que tiene mi padre. Es también muy vieja pero creo que tu esclava se conserva mucho mejor.
–    ¿En serio? Gracias, Tania, es todo un halago para mí. ¿Tú sueles interactuar con los esclavos de tu padre?
–    ¡Un poco! Te asustarías de mí si vieras de las malicias que soy capaz.
–    Qué me estás diciendo, eres un ángel, Tania. Me alegra que quieras ser miembro de los Lobos Fulgurosos, me encantaría tener de colega a alguien tan hermosa… ¡y de mi edad!
–    ¡No me hagas sonrojar!
–    Venga, toma… dale un latigazo bien fuerte. Ella aguantará. Muéstrame qué es lo que tanto debo temer.
–    ¡Es nuestra primera cita, no planeo espantarte con mis habilidades!
–    Puede azotarme como desee, señorita Tania – dije llevando mi cabeza contra el suelo.
–    ¿Ves, Tania? No seas descortés… ¿eh? Maldita sea, mi padre está llamando. Ya vuelvo en seguida.
Levanté mi mirada hacia la chica y por fin pude verla. Era preciosa, realmente el joven Amo acertó al describirla como un ángel. Pero su rostro también me sonaba… ¿era ella la chica que protagonizaba el DVD que encontré? ¡Era ella! Tragué saliva cuando la vi inclinarse hacia mí con una sonrisa cándida.
–    ¿Te llamas Cerda?
–    Sí, señorita Tania.
–    ¿Te molesta ese aro en la nariz?
–    Un poco, señorita.
Tomó de mi argolla nasal y lo estiró dolorosamente. Tuve que levantarme para que no me desgarrara la nariz. Sumisamente llevé mis manos tras la espalda y dejé escapar algunas lágrimas de dolor.
–    ¿Señorita Tania dices? A partir de ahora me llamarás Ama – dijo cambiando el tono de su voz – No puedo creer que tengas tan pocas marcas de azotes. A tu amo le falta más dureza, más sadismo. Me decepcionó no encontrar a su esclava encharcada en sangre y orina, que es como están ahora los esclavos de mi padre con los que he jugado esta tarde.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué se había convertido esta niña tan inocente en algo mucho más oscuro? Zarandeaba mi argolla nasal al tiempo en que soltaba pequeñas risas de niña buena. ¿Más azotes? ¡Mi entero cuerpo estaba cubierto de trallazos finos que se entrecruzaban!
–    A… Ama, me está doliendo mucho la nariz. Por favor suélteme.
–    ¿Desde cuándo puede una esclava sugerir algo? Definitivamente estás mal entrenada, pero no es tu culpa. Ahora arrodíllate.
–    S… sí, Ama.
Tomó mi rostro con ambas manos y con esa sonrisa bonita me ordenó:
–    Mírame. Y abre la boca.
 Lanzó un asqueroso cuajo adentro. Volvió a coger de mi aro nasal y siguió zarandeándolo lenta y dolorosamente:
–    Repásalo con tu lengua, memoriza el sabor. Es el sabor de la próxima líder de los Lobos de Fuego. Por mi sadismo y mano dura me recordarán por generaciones. Me conocerán como la Princesa Loba.
Me sonrió mostrándome sus dientes de manera amenazante. Era en serio la definición de una loba. Tenía un brillo endemoniado en sus ojos y un aura demencial. Y soltando por fin mi argolla, finalizó:
–    Planeo casarme con tu Amo pronto. Hoy follaremos y verá lo buena que soy en la cama. No, no tardará en pedirme mano. Con la unión de mi familia y la suya podremos alcanzar la cima bien rápido.
–    ¿Se casará por conveniencia… Ama?
–    ¿Por qué hablas sin mi permiso, vieja idiota? Pero mira, claro que habrá matrimonio por conveniencia. Desde el momento en que nos conocimos todo estaba pactado, no sé cómo no ha podido verlo… simplemente estamos siendo protocolarios.
Tomó luego una argolla de uno de mis senos, volviendo a traerme junto a sí, pegando mi cuerpo contra el de ella.
–    ¿Sabes que tu Amo ha dicho “Cerda” un par de veces durante nuestra cena? O estaba pensando en ti o ha estado memorizando frases. Una vieja como tú no tiene oportunidades con él, que te quede claro, pero por si acaso me aseguraré de que sepas cuál es tu lugar. De rodillas de nuevo.
Me lanzó un fustazo fuertísimo que se hundió de nuevo en mi adolorida espalda. No creo que mi Amo alguna vez haya sido tan violento, tal vez sí algunos clientes. Pero yo estaba con la sangre hirviendo de rabia, una maldita cría de mierda estaba jugando conmigo, no iba a gritar de dolor en la presencia de esa arpía. No le daría esa satisfacción.
–     Voy a convencer a tu Amo para que te encadene a los pies de su cama cada vez que vayamos a dormir juntos. Así sabrás quién es la única que puede hacerle gozar. Ahora abre de nuevo la boca.
*-*-*-*-*-*-*-*
Tercer mes. Tania ya se había instalado en el edificio. Por algún motivo aún no había aceptado la proposición de matrimonio del Amo, pese a que todos los días follaban como locos en el lecho conmigo de testigo a sus pies.
–          Ven Cerda, quiero ir al baño.
–          Pero Ama, estoy a punto de salir a trabajar.
Tania sacó su cigarrillo de la boca y me miró seriamente. Bajé la mirada con resignación y la seguí hasta el jardín.
–          Menuda pinta tienes, vieja verde. Venga de rodillas, que voy a orinar ya.
Me arruinó el pelo, el rostro y encharcó todo mi cuerpo. Yo hice algún que otro amague de vomitar, pero ya me estaba acostumbrando y realmente no me gustaría volver a sufrir la ira de mi Ama.
–          Ahgm, perfecto. Ponte de cuatro, putón. Eso es…
–          ¡Aghhmm! ¡Ahhh! – chillé al sentir su cigarrillo quemarse en mis nalgas. Rápidamente me zarandeé pero ella se inclinó para sujetarme del collar, pisándome con sus zapatos de tacón aguja.
–          Sólo ha sido un ratito, tampoco es para llorar, marrana. Deja que regale un poquito de amor.
Zapateó un poco en mi espalda ya manchada de sangre. Antes de que yo pudiera reponerme me dio un cruento latigazo que me atravesó todo el culo. La desgraciada era diestra en el arte de los azotes.
–          Límpiame el chocho, vamos.
Tuve que reponerme rápidamente. Con la cara asqueada limpié cada recoveco de sus carnes porque el castigo por no obedecerla excedía mis límites. Sujeción de mis tetas al techo, azotes con varas de hierro e incluso tener que comer mi puré desde su culo. Ya no estaba dispuesta a sufrir esas vejaciones y obedecía todo lo que me pedía.
–          Muy bien. Abre la boca que mami te va a dar de comer un rico cuajo de esos que te gustan… ponte bien… eso es… perfecto, ahora traga, traga Cerda. Habla: ¿Te gusta?
–          Ughm… sí, Ama.
–          Eres una puta – dijo dándome un bofetón sonoro en mi mejilla – Ahora besa mis pies y agradéceme.
–          Gracias Ama.
Volvió a mostrarme sus dientes, volvieron a encenderse sus diabólicos ojos negros. Tomó de mi argolla nasal nuevamente. Le encantaba zarandearla.
–          ¿Pero es normal que alguien sea tan lela para aprender? Aunque siendo tú tan vieja, creo que es normal que chochees un poco. Cuando digo “besa mis pies”, me refiero a pasar tu sucia lengua  por y entre cada dedo. Hazlo como se debe.
–          Sí, Ama… ¡arghmm! Diosss…
–          La próxima vez no usaré estaba vara de hierro sobre tu espalda, putón.  Eso es… lame lento, besa cada dedo antes de ir a por el otro… muy bien…
Cuando terminé de remojar ambos pies, procedí a esperar nueva orden.
–           ¿Quieres salir a callejear hoy?
–          Tengo que hacerlo, Ama.
–          Como hoy no está tu Amo voy a quedarme con lo que recolectes hoy. Todo el dinero. ¿Alguna objeción, vaca?
–          … No, no Ama.
–          Bien. No vuelvas hasta que hayas juntado unos trescientos. He visto unas bonitas botas de cuero en el centro, creo que me quedarán muy bien. Desaparece de mi vista ya, ramera.
Volví esa noche con el maldito dinero. Costó mucho atraer clientela con el olor que desprendía, pero trabajando en los baños de la plaza nadie notaría mi sucio tufo a orín. Por suerte para el final de la noche empezó a llover torrencial y pude limpiarme un poco a mi regreso.
Ni Pierre ni Sergei me atendieron en la entrada al edificio, pero enseguida noté que había alguien en el jardín bajo la fuerte lluvia. Me alegró ver que era el joven Amo, solo él me daría mi parte de la ganancia.
–          Amo, entre que se puede enfermar por la lluvia.
Pero él no me contestó, seguía observando los relámpagos con tranquilidad. Con las manos en los bolsillos de su gabardina y la mirada melancólica. Fui junto a él para besar sus pies.
–          Eres tú… Hoy no. He dado la noche libre a todos, me gustaría estar solo.
–          Qué ha pasado, Amo.
–          Sólo por esta noche no me llames Amo. Llámame Adrián.
–          Adrián… Te llamas Adrián… tienes un bonito nombre. Vamos adentro, está lloviendo muy fuerte.
–          No quiero entrar. Y levántate, en serio no quiero saber nada de esta mierda por un rato.
–          ¿Quieres… contarme lo que pasó, Adrián?
–          ¿Quieres saber qué ha pasado? Tania ha solicitado este edificio así como todos sus bienes, que te incluye a ti, debido a que consideraba que yo no tenía dotes suficientes para pertenecer a los Lobos Solitarios esos.
–          ¿Significa eso que ahora ella es la dueña de este lugar?
–          No. Significa que la he pateado de aquí. Significa que la muy puta nunca tuvo intención de casarse conmigo para juntos escalar en la cadena de mando, fue una mentira que te ha dicho a ti, a Pierre y a Sergei para desviar nuestra vista. Su objetivo era recabar pruebas sobre mi incapacidad para gestionar este lugar para, al retirarse mi padre y sin yo poder heredar su cargo, poder ella y su padre absorber todos los bienes de mi familia.
–          ¿No te quitarán este edificio?
–          No, dicen que aún tengo que demostrar más temple como Amo pero aún es muy temprano para juzgarme.  De momento mi gestión es bastante pobre, aún estoy en números rojos… ¿cómo cojones puedo sacar más dinero con una esclava de cincuenta años?
–          Esto… no tengo cincuenta años.
–          Ya, claro, ¿pero me entiendes, no? Bah… y con todo eso encima, ¿me crees que solo puedo pensar en Tania? Sé que no te caía bien, sé que sólo quería apartarme del camino, pero aun así…
Adrián… El joven Amo me seguía pareciendo el chico más desagradable de la humanidad. Tenía ganas de dispararle entre las piernas mil y un veces, y de paso a esa bruja de quien se enamoró. Pero al fin y al cabo, bajo toda esa imagen de mierda que le rodeaba, en ese momento era un simple muchacho con el corazón roto y sin el pecho de alguien sobre el cual llorar.
Bueno…
–          ¿Por qué te arrodillas de nuevo, mujer?
Tomé de su mano y la reposé en mi mejilla. Se veía tan guapo con su gesto triste y el rostro mojado.
–          Vayamos a tu habitación mi Amo. Que por esta noche yo seré tu Reina Loba…

CAPÍTULO 6: CARGA ETÉREA

Cuarto mes como prostituta, esclava y doméstica. Estaba yo trapeando el piso de la recepción cuando mi joven Amo se presentó ante mí. Aparentemente ya tenía una idea para generar más dinero.
–          Cerda, he querido preguntarte algo, ¿tú conoces del embarazo sicológico?
–          Sí, mi Amo, conozco algo.
–          Tu cuerpo actúa como si estuvieras embarazada aunque realmente no lo estás. Puedes producir leche, e incluso hubo casos en los que crecieron las barrigas de las mujeres afectadas.
–          Por qué me cuenta esto, mi Amo.
–          Un científico de mi escuadra ha estado trabajando en una sustancia.
–          ¿El científico será Pierre, mi Amo?
–          Sí, él. Vaya. Es un crack. Lo primero es que te comas este amasijo de puré especial… es un poco diferente al que sueles comer pero es necesario que lo hagas para comenzar el proceso de “inseminación etérea”…. Así es como Pierre llama a su método.
–          ¿Comer esa cosa pastosa y verde, Amo, está seguro?
–          Claro que sí, abre la boca que te daré de comer de mi mano… deja que tome un puñado… ya está, este plato ya no me sirve. Toma, rápido.

Frente a mí estaba el puré. ¿Acaso esa mierda funcionaría? ¿Me vería como una embarazada, y mi cuerpo reaccionaría como si realmente estuviera preñada? ¿Se me hincharían los tobillos, aumentaría mi apetito, mi panza, mi deseo y el tamaño de mis senos… digo tetas? Estaba pensando demasiado.

A decir verdad tenía demasiada hambre… me importaba ya una mierda lo que hicieran con mi cuerpo, he cruzado hace tiempo mi límite. Ya no tenía sentido seguir luchando. Sofía… Sofía… la seguía amando, y seguiría sufriendo por ella hasta que mi cuerpo resista. Levanté la argolla de mi nariz y me incliné para comer de su mano, esperando que aquello fuera simplemente un experimento fallido por parte de esos pervertidos.
–    Bien hecho. Deja de limpiar el piso y sígueme hasta mi habitación. Voy a introducirte estas tres pastillas esponjosas por tu coño. Lo haremos divertido, te pondrás de cuatro en la cama y te inseminaré como si fueras una vaca de ésas. ¡Traje una filmadora, mira!
*-*-*-*-*-*-*-*
Me sentía un poco más cómoda a decir verdad. Tal vez porque debido a mi pobre alimentación me estaba poniendo muy flaca, y como durante las mañanas me encargaba de limpiar las ropas, planchar, fregar e incluso recoger mis desechos con bolsa de plástico… pues diría que estaba consiguiendo un cuerpo muy apetecible y macizo.
Las únicas cosas que empezaban a estirarse y agrandarse eran mis tetas, labios vaginales y pezones debido al peso de mis argollas.
Me seguía molestando la mirada de las personas hacia mi cuerpo… digo, mi cuerpo de puta maciza. Pero también era capaz de reunir fuerza para caminar con más seguridad. Moviendo mi culo de manera soez, poniendo grácilmente una mano sobre la cintura, sacando tetas y anillas con mucho orgullo. Con mi carnosa y obscena boca levemente abierta invitando a una mamada demencial.
Esa noche en especial mi joven Amo me empotró en su habitación y con la ayuda de sus dos asistentes, metió su mano hasta el fondo de mi chumino para “inseminarme”. Les dije que yo era infértil pero según Pierre eso no importaba. Para colmo tuve que mugir por orden suya.
Antes de liberarme me azotaron muy fuerte. Era la primera vez que volvía a darme fustes de látigo tras la ida de la Princesa Loba. Por un lado me sentí feliz por él, me parecía que ya estaba volviendo a ser el desgraciado hijo de puta de antes.
Así pues, tuve que callejear con un sinfín de marcas de fustes por todo el cuerpo. Lo extraño de todo es que estaba sonriendo de felicidad durante mi caminar. ¿Acaso me estaban ya gustando los azotes? ¿Me estaba convirtiendo en una maldita masoquista?
Pero radicalmente me sentí muy mal hacia el final de la noche, me mordieron una teta y la sentí demasiado sensible. Me mareaba, tenía ganas de vomitar. Así fue que llegué con la cara blanca al edificio, arrodillándome ante mi amo para besarle sus pies.
–          He hecho dos felac… he mamado a dos sementales, otro macho me follo el culo con tres dedos y finalmente me monté con cuatro yogurines. Gracias mi Amo.
–          Vaya, has traído trescientos cuarenta. Bien hecho, Cerda, como recompensa extra mañana pondremos unos cubitos de hielo a tu plato de agua. Y aquí tu parte: treinta y cuatro dólares.
–          Gracias mi Amo.
Me levanté y fui al jardín tan rápido como pude para vomitar. Semen, semen y más semen era lo único que salía de mi boca. Y tal vez algo de ese puré. ¿Qué me estaba pasando?
Mi joven Amo llegó detrás, y lejos de preocuparse por mi estado, me ordenó arrodillarme frente a él.
–          Cerda. No me esperaba esto de ti. ¿Así es como me lo pagas?
–          A qué se refiere mi Amo.
–          Cuando venías para aquí… se te cayó este fajito de dinero. ¿Lo escondías en tu collar? Sabemos que tu ganancia está toda guardada tu celda, ¿así que de dónde salió esto?
Maldita sea. ¡Maldita sea! Me sequé la boca con mi brazo y lamí sus pies. Pedí perdón una y otra vez. Le expliqué que no podría juntar tanto dinero al ritmo al que estaba yendo. Pero a mi joven Amo no le importaba mi historia ni clemencia. Le había decepcionado, me había convertido en algo pueril y de poca confianza, en algo parecido a Tania.
Sergei vino para tomarme del brazo. Me llevó a rastras hasta la habitación de mi enojado Dueño. Me he tropecé un par de veces por las escaleras durante mi ida, ya no por mi torpeza con el taco sino por temblar de miedo.
Me llevaron al centro del lugar para inmovilizarme boca para arriba sobre una especie de camastro de baja altura. Sergei me enganchó cada argolla de mis extremidades a las esquinas de dicho camastro. Por último me colocó un bozal.
Me observé de reojo por uno de los espejos. ¿Cómo podría ser yo tan puerca, tan asquerosa, tan inmunda? Los trapitos que llevaba no tapaban nada, absolutamente nada. Todo en mí era obsceno, degradante y humillante. Y para colmo me sentía una sucia ladrona. ¿Qué estaba podrido en mi cabeza?
Fue la noche más larga que recuerdo. Nunca lloré tanto. Nunca sentí tanto dolor. Nunca vi a mi Amo tan enojado. Se descargó demasiado con mis tetas y mi pobre coño. Entre mis llantos prometí en mis adentros que no volvería nunca más a decepcionarlo.
Antes de caer desmayada por el quincuagésimo trallazo, volví a mirarme por el espejo.
¿Era acaso eso una pancita?
*-*-*-*-*-*-*-*
Ya había pasado un mes desde que me inseminaron con esa sustancia rara, y también se cumplía mi quinto mes como callejera y esclava doméstica.
Al levantarme en mi celda, más allá del terrible dolor que sentía en mi espalda debido a la azotaina que sufrí por un cliente sádico, pude notar con pavor que mi panza estaba cada vez más y más grande. ¿Cómo podía ser posible? Han pasado ya treinta días, ¿pero ya mi panza era similar a la de una embarazada de seis meses? Trabajar en ese estado era un puto suplicio y para colmo mi joven Amo ya no me requería en su habitación desde que tuve panza.
–          Cerda, buenos días – dijo Pierre.
–          Tú… dónde está mi Amo, quiero preguntarle algo – dije intentando levantarme.
–          Me ha pedido que yo me ocupe de ti por hoy. Está visitando a su padre, así que me tocará a mí informarte.
–          ¿Informarme?
–          Probablemente tengas una panza similar a una embarazada de nueve meses para la próxima semana.
–          ¿Es… esto parecerá de nueve meses?
–          Sí. El aspecto de embarazada es permanente una vez que llegue a su máximo. Salvo claro que el Amo desee administrarte el suero que también he desarrollado.
–          No puedes estar hablando en serio. ¿Voy a estar así indefinidamente?
–          Estoy hablando seriamente, Cerda.
–          No quiero seguir pensando en eso… bueno, hoy tengo que limpiar. ¿Me quitas la cadena del collar?
–          Sí, sobre eso, hoy no harás la limpieza. Hoy trabajarás en tu primera película porno.
–          ¿Película porno? ¿Pero tú ves cómo estoy? Tengo trallazos por todo mi cuerpo… ¡me duele de solo moverme! Encima esta panza de mierda… lo está empeorando todo…
–          Órdenes del Amo.
–          Esto es un suplicio de no acabar…. ¿dónde debo ir?
–          Toma la línea 598. Debes bajarte en la calle Cordeón casi Concordia. Aquí tienes el número de casa. Necesitan esclavas azotadas como imagen de fondo. Doscientos dólares por estar colgada mientras una pareja folla frente a las cámaras. El dinero ya lo recibió tu Amo, te dará tu parte esta noche.
–          Entonces me dará veinte dólares… supongo que no me queda alternativa – dije acariciando mi panza -, por cierto Pierre, tengo que pedirte a ti permiso para cagar, estoy que no aguanto.  Necesito que alguien esté presente cuando cago en el jardín.
–          Está bien, ponte la cadena por la argolla de tu nariz que te llevo.
–          Gracias.
Mientras abrazaba las piernas de Pierre en el jardín, pensé que sería la primera vez que tomaría un bus desde que era prostituta. Creí que me darían algo de ropa decente para viajar de día, pero Pierre dijo que, o iba desnuda o usaba mi ropa de puta. Le dije que al menos podría darme una gabardina, pero inmediatamente me dio un azote en la espalda y me ordenó silencio total mientras durara mi vaciamiento y posterior limpieza con manguera.
El problema era que el embarazo, aunque fuera falso, me estaba engordando las piernas y el culo, por lo que para ponerme la faldita tenía que llamar a Sergei o Pierre para que me ayudaran. Ya no podía tragar panza para poner mi top, así que me contentaba con cubrir mis tetas y remangar el resto. En otras palabras, todo lo que antes era firme estaba cayendo a pasos agigantados.
Al ser las nueve de la mañana esperaba que no hubiera tanta gente en el bus, sabiendo que solían ir llenos en horas pico como el amanecer, mediodía o el anochecer. Tuve que rechazar a dos clientes potenciales en la parada para por fin subirme.
En el bus tuve que viajar parada a pesar de que había varios asientos libres. Es que en el papelito de la dirección había un post data de parte de mi joven Amo, en el que me ordenaba no sentarme. Finalizaba con un “Hazlo por el honor de los Hombres Lobos o como se llamen”…
Allí viajaba una señora con su hija. Le sonreí porque la imagen me hacía recordar a mi niña: la razón por la que estaba haciendo todo esto. Desde luego la mujer se levantó y se bajó del bus asqueada mientras los demás pasajeros ojeaban los varazos que tenía en mi muslo y espalda desde la comodidad de sus asientos.
Llegué por fin a la casa. Toqué el timbre y me hicieron pasar. Allí conocí a la joven pareja que serían los protagonistas, al director y a dos camarógrafos. Creo que la película iba sobre el sirviente de un sádico Amo que se enamoró de una de las esclavas.
Me excité mucho, colgada como estaba, viéndolos follar enérgicamente. Cuando terminaron de rodar y me descolgaron del techo, me acerqué al semental con la esperanza de ligar. Yo estaba muy acostumbrada a follar con jóvenes inexpertos y obreros mugrosos sobretodo. Nunca me había topado con alguien físicamente agraciado como ese adonis, así que estaba loca por montármelo. Estaba sentado y desnudo en una esquina del set, tomando agua.
–          Has estado muy bien, guapo. ¿Cómo te llamas?
–          Gracias. Mi nombre comercial es Xarlex.
–          El mío es Cerda. Encantada.
–          Mucho gusto… esto, me gusta mucho esa argolla en tu nariz. ¿Te molesta acaso?
–          Ya no. Es como parte de mí.
–          ¿Y esas marcas por tu piel es maquillaje?
–          No, corazón. Me azota mi Señor para su placer – dije acercándome para mostrarle con orgullo los fustazos en mis muslos.
–          Me cago en… esto, ¿y tú estás de acuerdo con eso? ¿No debería frenarse un poquito debido a tu estado de embarazo?
–          ¿Embara…? Claro. Embarazo. No, no se apiada de mí.
–          Y encima te ha puesto aritos por todos lados, ¿qué clase de persona es?
–          Mi Dueño es un sádico. Pero me gusta mucho ser tratada así.
–          Lo siento mucho por ti, Cerda. Si hay algo que necesites… ¿quieres que te traiga algo de beber?
–          No tengo permiso para beber o comer,  ellos controlan mis heces y orina. Pero… ¿Quieres ir conmigo al baño para pasarla bien un ratito, querido?
–          Ah, de eso se trata. Estaba siendo amable pero veo que al final eres un gran putón que solo piensa en follar. No, ni en sueños vieja guarra.
–          Te ofrezco cincuenta. Traje algo de dinero por si acaso, mira.
–          Puto orco de mordor. ¿Es que no entiendes?
–          Cincuenta y dos dólares, puedo regresar caminando a mi edificio. Por favor, es todo lo que traje.
Me arrodillé y dejé el dinero sobre sus piernas. Sí, era parte de mi ahorro. ¿Pero qué más daba gastar un poco en mis necesidades? Sofía me comprendería. No volvería a tener la oportunidad de estar ante un ejemplar de macho como aquél.
–          Estás desesperada, jaca. Vamos, pero tengo condiciones. Usaré condón.
–          ¿Pero puedo quedarme con el condón luego?
–          Supongo que sí. Iremos a un cubículo y te pondrás contra la pared, no quiero ver tu rostro mientras te la meto. Tampoco quiero escuchar tus gemidos de vaca. Nada de besos ni caricias, tus manos bien quietas sobre el váter, te apoyarás bien porque no voy a tocarte ni con un palo. Y no pienses que voy a meter mi boca en ese amasijo de carne molida y aritos que tienes entre tus piernas, ¿estás de acuerdo?… Oye, ¡me refiero a que te pongas de cuatro en el baño, no aquí vieja chocha!
CAPITULO 7: CRISTALES ROTOS

 

Ha pasado ya un año. Estaba llegando a los cuatro mil dólares ahorrados, pero había días en los que no podía callejear por excesivos dolores debido a las azotainas a las que usualmente me sometían tanto mis clientes como mi joven Amo sobre mi falsamente preñado cuerpo.
Tenía que aumentar mis ganancias. Tenía que ser más viva que las otras putas que solían cruzarse en mi camino. Como mi joven Amo me dijo, tenía que usar a mi favor todos mis atributos. Nuevos y ya conocidos.
Con la panza enorme que tenía me sería más difícil moverme, levantarme y posicionarme para goce de los clientes. Pero había que intentarlo. Con el correr de los meses fui quitándome más y más el miedo. Era una nueva versión la que se abría paso. Más libidinosa, más soez. Debía hacerlo. Por Sofía. Siempre con mi adorada hija en mi mente
–          ¿Te apetece probar una madurita, guapo?
–          Puedo dejar que metas tu puño completo en mi culo, bombón.
–          Hago descuentos especiales a grupos de tres en adelantes, caballeros.
–          ¿Te apetece jugar con las argollas de mi coño y mi nariz?
–          Si te apetece puedo dejar que me azotes, tengo distintos tipos de látigos y cada uno tiene su precio. Por ser tan guapo te hago un descuentito si escoges el látigo con púas.
–          Todos me rechazan por llevar estar embarazada, porfi, solo necesito un poco de cariño mi corazón.
–          No, no y no… No hago zoofilia, que no soy guarra. ¡Vete!
–          Puedo darte un poco de leche materna. Cinco dólares el minuto.
–          Tengo el clítoris más grande de la ciudad. Lo tengo adornado con las mejores joyas y agrandado por los mejores doctores que pueda comprar el dinero. Por cinco dólares te dejo chupármelo.
–          ¿Me lleváis, guapos? Mis tobillos están inflamados debido a mi embarazo, y aún tengo que recorrer kilómetro y medio para llegar a mi edificio. Me ofrezco como forma de pago.
–          Sólo me has pagado por follar, ¡no bebas de mi leche, cabrón! ¡Eso se paga!
–          He hecho debutar a casi veinte vírgenes ya, así que no te preocupes que sé lo que hago mi niño.
–          Mi lengua anillada es experta en chupar culos, cariño. Inclínate y verás lo buena que soy.
–          Por favor, no azotes tanto mi panza de embarazada. No es que esté con una criatura adentro, pero joder… ¡auchhh! Estoy sensible allí… ¡ahmmm!

–          Eres la quinta mujer que solicita mis servicios. Soy muy buena chupando coños y tetas. Dicen que usando un arnés soy mejor que los hombres. Si tienes amigas que estén interesadas avísales que suelo callejear mucho cerca de la plaza.

 

–          Beberé tu orina por cien dólares. No pienso regatear el precio.
–          Hola muchachos, ¿os apetece azotarme en la plaza? Hoy precio especial.
–          ¿Correrte en mi nariz? ¿Tú de bebé te has caído de cabeza?
–          Ahgg… se supone que cuando los moratones sangran es porque estás cruzando de la raya… ¡ahhgg!
–          Señaladme un lugar. Orinaré y cagaré para vuestro deleite por diez.
–          Maldita sea, son las cinco de la mañana. Por favor, ¿alguno de ustedes puede ayudar a levantar a esta pobre embarazada de la cama? Mi Amo me espera.
–          Cuando me pongo de cuatro mis ubres llegan hasta el suelo al igual que mi panza. ¿Tu noviecita puede decir lo mismo?
–          Hoy no hago anal. Mi Amo me ha puesto un plug para evitar que cague sin su permiso. Solo será durante esta semana, es que no le ha gustado cierto servicio que venía ofreciendo.
–          ¿¡Y a ti que te importa con quién me estoy acostando, puta de mierda!? Ésta no es tu esquina, ¿es que te crees dueña de todo el puto barrio?
–          Yo a ti te pagaría por follarme, bombón. Tu polla me vuelve loca desde aquella vez en el baño público.
Me estaba transformando a pasos agigantados. Ya no recordaba mi verdadero nombre. Ya no podía recordar cómo era mi rostro o mi voz antes de mi transformación. Temo el día en que olvide el rostro de mi adorada hija.
Pero lo que más temía era ser azotada por mi joven Amo. Se había vuelto muy cruel, más despiadado y más inteligente. Creo que su experiencia con Tania lo estaba transformando. A veces simplemente se le antojaba llamarme para una azotaina severa… Odiaba callejear repleta de llagas y moratones…
Follar. Quería follar.
*-*-*-*-*-*-*-*
–          Pollas – sonreí con la saliva desbordándose de mi boca.
–          Quieta Cerda. ¿Es un salón muy hermoso, no? Hay gente muy importante aquí y no quiero que me avergüences. Te acoplaré aquí en la esquina. Ya vendré que quiero presentarte a mi padre.
–          Méteme tu puño Amo, por favor – dije relamiendo la enorme argolla nasal.
–          Compórtate por esta noche, Cerda. ¿O es que quieres recibir una azotaina en mi habitación?
–          Sí quiero, Amo, sí quiero, por favor azótame con el látigo de púas. Las gruesas. Las más gruesas. Azóteme por mi panza. Por toda mi enorme panza. Hmm… Pollas. Pollas.
–          Ya, ya… menos mal traje el bozal. Ven… esto… ya está, perfecto. Quédate tranquila.
Mi joven Amo se alejó. Tenía unas ganas enormes de masturbarme. Normalmente a esas horas debería estar siendo sodomizada en la plaza por unos… ¿cuarenta dólares? Ya no recuerdo bien el monto. Pero por otro lado me odiaría desobedecer a mi Amo.
Pensé que tal vez… tal vez si estirara un poco mis argollas vaginales… tal vez me pasaría un poco el calentón. Hmm… se sentía rico, se caían bastante ya. Me dijo que su objetivo final era que mis tetas, panza y labios vaginales llegaran todos al suelo al ponerme de cuatro. Ya solo faltaban mis labios. Pero faltaba mucho trabajo…
Tuve que parar. Allí venía de nuevo. Pollas. Venían muchas pollas hacia mí. Hombres. ¿Eran acaso los famosos Lobos de Fuego? Tenía que rendirles respeto. Me incliné con mucho esfuerzo para besar sus pies, ya que mi enorme panza me incomodaba mucho. Pero ellos apreciaban mi voluntad. Me alababan. Decían que mi cuerpo era muy hermoso y que estaba deliciosamente adornado.
Mi Amo me levantó el mentón, quitándome el bozal. Y señalándome a un hombre del grupo me dijo:
–          Éste es mi padre.
–          Honor. Padre de mi Amo. Soy Cerda, la puta de su hijo.
–          Es preciosa, hijo. Está completamente emputecida.
–          Gracias, padre. Ya ha pasado año y medio, estoy muy orgulloso de Cerda. Gracias a algunos contactos logré aumentar los ingresos. Es muy solicitada por los directores de porno duro debido a su panza de embarazada.
–          Has avanzado mucho, hijo. Llévala al centro de la sala. Y luego tú y yo hablaremos.
–          Vaya, esto… no me gusta ese tono.
–          No te preocupes, realmente no es nada malo. ¡Venga, vamos! ¡Lleva a esta zorra al centro! ¡Llévala por esa argolla de la nariz tan imponente! ¡Mirad la esclava de mi hijo! Esa panza que toca el suelo, esas ubres enormes y alargadas que se balancean en su caminar. Escuchad el tintinear de las campanillas que le ha puesto para esta ocasión por ese gigantesco coño.
–          Vaya, padre, sí que notas los pequeños detalles.
–          Pollas, pollas, pollas. Un puño, solo un puño…
–          Cerda, te presento a mi esclava. Se llama Crystal – dijo el padre.
Mientras me arrastraban hacia el centro de la sala, pude contemplar una hermosa mujer de pelo rojo fuerte, de pequeñas tetas, parada y observando mi avanzar con unos bellos ojos celestes. Tetas. Tetas pequeñas pero con areolas enormes repleto de varios piercings. Hmm… qué ganas de jugar con ella.
La hicieron acostar. Me llevaron sobre ella, coño contra cara. Mi panza aplastaba su plano vientre, lo cual me divertía sobremanera. Nos invitaron a comenzar el espectáculo con un sesenta y nueve. Moví un poco mi argolla nasal para chupar bien y fue cuando pude contemplar que ese coñito delicioso carecía de labios vaginales interiores. Su amo había mandado extirparlos.
Tenía varios trabajos de piercings, y sobretodo su clítoris se encontraba vulgarmente atravesado por exóticas piedras preciosas y anillos. Era bastante grandecito y jugoso. Se me hacía agua la boca.
Cuando abrí mis carnosos y vulgares labios me estremecí y grité como cerda. Todos rieron pues Crystal se adelantó y empezó a chuparme mi clítoris con maestría. Ughm… quería chupar el suyo pero me perdía en el placer infinito que me producían sus lamidas y chupadas.
Me habían contado de antemano que esta chica carecía de dentadura y que por ello no hablaba mucho, pero que como arma de doble filo, sus mamadas eran celestiales. Yo misma lo estaba comprobando….  Aghhm…. Tengo que comérselo.
–          La primera en correrse será la perdedora. Mi esclava contra la de mi hijo.
–          Vaya, te luces padre. No sé quién ganará pero confío en Cerda.
–          La perdedora será azotada por la ganadora. Con el látigo de púas, ¿qué te parece?
–          Me parece fantástico.
Me estremecí al escuchar esto. ¿Sería azotada por esta puta? Yo tengo principios. Y un gigantesco clítoris. Sólo me dejo azotar por mi adorado Amo y por mis clientes. Mi honor y el de mi Señor estaban en juego. Con mucha fuerza enterré mi boca en las carnes de Crystal.
Inmediatamente pude sentir cómo dejó de darme lengüetazos, pude escuchar sus gemidos de puerca. Sí, soy una puta bien entrenada. Sé cómo hacer llegar a las mujeres.
Yo al tener dientes tenía cierta ventaja pues podía mordisquear todo a placer. Como mucho, Crystal solo podía apretujar mi clítoris con sus labios pero no era lo mismo. En cuestión de segundos la muchacha chilló como posesa, rindiéndose ante mi maestra lengua anillada. Su pupita era deliciosa y no dejé de chuparlo aún con la victoria celebrándose a mi alrededor. Tuvo un grito raro, como si fuera ahogado. Como si tuviera una polla en la boca. Polla. Polla… aghmm….
Se llevaron a la chica y la encadenaron a un potro. Entre dos hombres me levantaron pues por mi preñez ya era incapaz de hacerlo por mí misma. Uno de ellos me entregó el famoso látigo con púas. Mi sonrisa era enorme, el llanto de la chica sería atroz y yo vería con orgullo a mi adorado Amo.
Me llevaron frente a su culo y me soltaron. Lancé el primer fuste. Todos aplaudieron al son del grito ahogado de Crystal. En serio, es que la puta tenía una polla en la boca. Qué grito más raro. Otro fuste. Más fuerte, más demoledor. He visto las primeras gotitas de sangre brotar de su espalda. Otro fuste fuerte en las nalgas. Era deliciosa la sensación de castigar a alguien, nunca lo había hecho. Otro azote. Crystal se había desmayado.
Miré a mi Amo con una sonrisa. Él estaba recibiendo las felicitaciones de los invitados. Fugazmente me observó y sonrió. Aghmm, quiero lamer sus pies y sentir sus caricias. Tal vez esa noche como premio me llevaría para follarme en su cama y dormir con él. Sería ya la segunda vez si accedía desde que tengo panza. La anterior fue por mi cumpleaños. El mejor día de mi vida.
Salí de mis pensamientos, pues nos llevaron a mí y a la inconsciente muchacha a una habitación para encerrarnos. Quería estar con mi adorado Dueño, pero por otro lado tenía a mi merced el rico coño de la esclava. Hmmm… comencé comiendo su coñito y de vez en cuando metía mi lengua en su culo. La terminé despertando, pero lejos de enojarse se volvió hacia mí para fundirnos en un apasionado beso. Chupé su lengua. Tragué su saliva. Puta…. Soy puta…
CAPÍTULO 8: COMPETENCIA

 

Me alegró mucho saber que Crystal sería la nueva esclava de mi joven Amo. Su padre le regaló como premio por su evolución como miembro de los Lobos de Fuego. Tenía un poco de celos tal vez, pero ella me caía muy bien. Sobre todo por saber comerme el culo y el coño. Era su especialidad.
Mi Amo la llevó a vivir en mi celda. Como aún no nos merecíamos un colchón, al menos nos teníamos la una a la otra para dormir juntas. Me encantaba abrazarme a ella y chuparnos mutuamente las bocas.
Debido a mi penoso estado físico me costaba horrores hacer los trabajos domésticos, así que su presencia fue un rayito de luz para poder continuar mis quehaceres. Le enseñé a lavar las ropas y cómo fregar con eficacia. Recoger nuestras cagadas con bolsitas para poder desecharlas, además del mantenimiento general del jardín.
Crystal decía que mi boca carnosa la volvía loca de placer. “Tiednes unos yabios enodmes… me los comeyé un yadtito”. Sí, el carecer de dientes le dificultaba el habla. Me hacía recordar esos días en los que me anillaron la lengua.
Siempre que podía me besaba y recorría mis labios con su lengüita: Cuando fregábamos las ropas del Amo en la terraza, cuando descansábamos en los pasillos, cuando nos acostábamos para dormir. Yo me dejaba hacer porque me parecía adorable. Podría estar todo el día así con ella… ¿acaso estaba cayendo enamorada de la nueva esclava?
Íbamos juntas a callejear. Mis ropas ya prácticamente no podían ocultar nada, pero el Amo insistía en que esa ropa sería la única que usaría. El top de cuero rojo solo llegaba a cubrir la mitad de mis voluptuosas tetas. La faldita prácticamente se escondía bajo mi panza por delante, mientras que atrás solo podía cubrir la mitad de mis ya gigantescas nalgas que constantemente tragaban el cuero.

Por otro lado Crystal le quedaba muy bien la nueva ropita que le compró nuestro adorado Amo. Llevaba una especie de ropa de colegiala muy pequeña y de aspecto rebelde, pero que al menos lucía más decente que mis harapos. Me encantaba su aspecto, y a veces no podía evitar llevarla a un callejón para podernos morrear y tocarnos.

Cuando no estábamos chupando pollas en la plaza, Crystal se ofrecía solícita a comerme mi ya gigantesco clítoris. Me decía que pronto se convertiría en una polla si seguía chupándolo y estrujándolo con tanta vehemencia. A decir verdad la putita sí que sabía cómo hacerme berrear con su boquita.
Tomadas de las manos volvíamos al edificio del Amo. Él ya no se ocupaba mucho de nosotras. Solo estaba allí para recoger el dinero que cobrábamos y para observar diligentemente cómo cagábamos y orinábamos en el jardín, con ambas sosteniéndonos de sus piernas y mirándolo con sumisión. No, nuestro joven Señor ya no se fijaba mucho en nosotras. Se encerraba en su estudio con su padre, Sergei y Pierre a discutir. Pero en parte era bueno porque podía dedicarme enteramente a satisfacer el cuerpo macizo de mi nueva amante.
Así pues, una noche en que volvimos al edificio, mi joven Amo entró en nuestra celda y me pilló apoyada contra la pared, con las piernas abiertas y Crystal de rodillas chupándome el culo. Rápidamente nos arrodillamos frente a él y besamos sus pies con mucho ahínco.
Tomó a Crystal de su collar, y sin mediar palabras le prendió un brutal latigazo que le comió la espalda. Chilló muy duramente.
–          Cerda, ¿nunca te has parado a pensar por qué Crystal grita de esta manera tan extraña?
–          No, mi Amo.
–          Pero lo has notado, ¿cierto? Es como si tuviera una puta polla trancada en su garganta.
–          Sí, mi Amo. Es así desde que la conocí. Creo que es porque no tiene dientes.
–          Es así porque mi padre le ha sometido a una glotoplastia. Es decir, tiene una voz muy diferente a la que tenía antes. Aparentemente la operación no salió del todo bien. Irónico que teniendo más recursos que yo terminó metiendo un poco la pata. Así como tú, Crystal pasó por una remodelación brutal. Le quitaron las piezas dentales. Le cambiaron el color de los ojos, su forma también. La nariz la hicieron más puntiaguda, así como su boca se volvió más fina. Le agrandaron los labios vaginales y le dieron una dieta muy especial para darle un cuerpo más esbelto.
–          Ya veo, mi Amo. Es una esclava muy afortunada.
–          Sí, sí lo es. Ahora dime, si tu hija estuviera observándote, ¿crees que ella te reconocería?
–          No, mi Amo. Definitivamente no. Yo también he pasado por un cambio radical físico.
–          Puff… no puedo con esto… Cerda, te presento a tu hija Sofía.
–          No… no puede ser… ¿es verdad, mi Amo? – pregunté observando como una tonta a la sollozante Crystal.
–          Sí, para serte sincero yo también creí la mentira de mi padre. Sobre que tu hija estaba bien cuidada en alguna mansión o yo qué sé. La verdad es que desde el día uno también le dijeron que debía callejear hasta juntar cinco mil dólares. Y mira, un año y medio después tiene casi cuatro mil ya. Estáis casi a la par.
No sé ella si lloraba por el terrible azote o porque se enteró que yo era su madre. Estaba irreconocible. ¿En serio ESO era Sofía? Lo más inmediato que sentí fue náuseas, así que rápidamente salí de mi celda para ir al jardín. Llorando me la pasé vomitando semen y puré.
Esa noche mi joven Amo fue muy cruel. Me llevó a su habitación y me aprisionó en un caballete. Con mi culo en pompa y listo para ser azotado, ordenó a mi hija que me flagelara. Que se vengara de la zurra que le propiné en la mansión aquella con ese látigo de púas.
Sofía, movida por la desesperanza y la confusión, me dio una infinita tunda de azotes fuertes que me hicieron llorar de dolor. Por los espejos vi su rostro enrabiado. Mi culo que tanto le gustaba chupar. Mis muslos que lamía y admiraba. Mi espalda en la que solía arañarme dulcemente cuando hacíamos el amor con un arnés. Todo. Golpeó todo mi vulgar cuerpo y sin piedad de mí.
Aquella noche nos forzaron a dormir juntas. Muy juntas. Unieron mi piercing bucal con el suyo mediante una cortita cadena, así como también nos engancharon por nuestros brazaletes de las extremidades. Por último engancharon nuestros collares.
Dormimos así, en la incomodidad y llanto. Sintiendo la respiración agitada de una sobre la otra. No pude evitarlo de todos modos, la besé y besé. Estaba perdidamente enamorada de mi hija. Ella me mordía débilmente con sus labios como queriendo evitar que le metiera mi lengua. Supongo que si tuviera dientes sería posible atajarme.
Al día siguiente nos despertó un fuerte trallazo. Mi niña estaba durmiendo sobre mi panza y recibió el latigazo de nuestro joven Amo. Se retorció y chilló, arrastrándome consigo debido a que su cadenita aún estaba unida a mi lengua.
–          Veo que las dos furcias se la han pasado muy bien anoche. Voy a ser directo con vosotras dos. Mantengo mi palabra y las liberare y ayudaré si conseguís los cinco mil dólares cada una.
–          Gracias Amo – dije restregándome por el voluptuoso cuerpo de mi niña.
–          Ugh… Graziaz Amo.
–          Pero a partir de hoy haremos vuestra estancia más interesante. A partir de hoy vosotras dos estaréis metidas en una competencia. Sí… la que hoy, esta noche, me traiga la mayor cantidad de dinero, descontando vuestra ganancia claro está, será la ganadora. Cada noche tendremos una ganadora distinta.
–          Hmm…. Qué ganademoz, Amo…
–          Cada noche habrá un premio especial. Hoy, la ganadora podrá marcar a la perdedora en el trasero.
–          ¿Marcar, ha dicho marcar, Amo?
–          Sí. La perdedora será marcada a vivo fuego esta noche en la mazmorra. Será el símbolo de los Lobos del Sol… Lobos del Sol… vaya, ése es mucho mejor nombre que el original.
Nos liberó por fin. Ambas estábamos muy adoloridas por la difícil noche que pasamos, y aún estábamos recuperándonos del shock que suponía la nueva normativa. ¿Marcar como si fuera una res? Preferiría… preferiría perder y dejar que mi adorada hija me marcase, y así salvarla de tan cruento destino.
–          Aún es de día, pero os doy permiso para que podáis ir a trabajar a la de ya. Arreglaros rápido. Esta vez tendréis una hora límite, y serán las once de la noche.
Se alejó. Abracé rápidamente a Sofía. Ella estaba llorando así que dije que tuviera fuerzas, que ella ya tenía experiencia como puta trabajando para el padre de mi Amo. De hecho yo pude comprobar que se le daba bastante bien el callejear.
–          Joer… má… no entiednes… no quiedo madcadte con fuego…
–          Lo sé, mi niña. No hables mucho que sé que te cuesta sin dentadura. Pero tienes que hacerlo, no permitiré que te marquen a ti.
–          Io sé… io sé… no quiedo hacedlo pero lo hayé… te madcayé…
–          Esto… Sofía, lo dices como si realmente fueras a ganarme en una competencia de putas.
–          Clayo que pueyo, má. Con los ojos ceyaddos…
–          Escúchame pequeña furcia, a mí no me subestimes. Quieres guerra, la tendrás.
–          Puta viedja, nadie quiede una puta viedja salvo para una peyícula zoófila.
Me levanté con rabia. Cogí mis harapos y me dirigí al baño. Si esa putita creía que podría ganarme estaba equivocada. Yo era más puta que ella. Se lo iba a demostrar. Se lo iba a demostrar a mi Amo. Le iba a marcar el culo para que aprenda. Maldita cría.
Fui la primera en salir, aunque Sofía también estaba acercándose a mí. A la salida del edificio, Sergei nos detuvo y nos dijo que por expresa orden de nuestro joven Patrón, debíamos ambas callejear con esposas puestas. Crucé los brazos tras mi espalda y me ofrecí inmediatamente. Yo no dudaba, tenía que ganar. La niñata por su parte murmuró rabiosa pero no tardó también en cruzarse los brazos y ofrecerse. Para facilitarnos nuestro trabajo, las carteritas las enganchó a nuestros respectivos collares.
Fui directo hacia una de las facultades locales. Me apresuré como pude para llegar a la hora de salida de aquellos muchachos. Ellos no son de follar mucho con una puta y menos con una embarazada, pero sí he ganado mucho dinero humillándome para su placer. Me ofrecí para ser azotada en un lugar público, pero ellos ofrecieron más dinero si orinaba en el auto de uno de sus profesores. Debido a mi estado físico, entre dos me sostuvieron por los brazos para que pudiera acuclillarme de manera correcta.
Cuando vagaba por la ciudad, vi a mi hija siendo llevada de brazos por dos abuelos. Le maldije. Ellos suelen tener más dinero pero solo buscan a las más jóvenes. Debía poner más empeño si pensaba ganarle.
Un lugar perfecto fue la construcción de un edificio en las cercanías. Solo tenía que aguantar a los obreros malolientes y sudorosos si quería que llenaran mi bolsita. Estuve cuatro horas encerrada en uno de sus baños portátiles, haciendo todo tipo de vejaciones por un puñado de dólares. Le pedí al último que me ayudara a levantarme del váter donde estaba.
Sofía, mi hija Sofía, solo pensaba en ella. Pensaba en esa maldita putita y lo mucho que disfrutaría viéndola retorcerse de dolor.

La noche fue bastante activa. Taxistas, oficinistas, japoneses sádicos. Fue uno de mis días más productivos pero también de los más difíciles debido a las esposas, ¿acaso daban más morbo? Sin duda la próxima le pediría a mi Amo que volviera a usarlas conmigo. Así pues, con una sonrisa me presenté a los pies de mi Señor cerca de la hora pactada, aunque con los tobillos extremadamente inflamados.

 

Sergei me ayudó a arrodillarme.
–          Cerda, has juntado setecientos cincuenta dólares. Quitando tus setenta y cinco dólares nos quedan seiscientos setenta y cinco. Carambas, bien hecho Cerda. Como premio mañana tendrás doble ración de puré.
–          Gracias mi Amo – besé sus pies.
–          Sofía, tu turno – dijo arrancándole su bolsito del collar. Ella por su parte se inclinó para lamer sus pies.
–          Setecientos treinta dólares. Quitando tu dinerito, me quedan seiscientos cincuenta y siete para mí. No ha sido suficiente, niña.
Sonreí enormemente. La putita había aprendido la lección. Me toqué un poco mi culo para darme algo de placer, el solo hecho de pensar en sus gritos de dolor me estaba poniendo caliente. De oler su carne chamuscada contra el acero. De chuparme su culo como recompensa. Ese delicioso culito suyo. Humm…
–          No… te ofredzco mi padte, Amo. Quédayela. Toya tuya.
–          ¿Me das tu ganancia de esta noche? Ya veo, Sofía. Pues bien, deja que lo saque de tu carterita… con esto superas a tu madre. Te considero la ganadora.
–          ¿Amo, es esto posible?
–          Claro que sí, Cerda. ¿Renunciarás a tu parte para ganar?
–          No puedo renunciar a mi ganancia, se supone que debo juntarlo para salir de aquí. Sofía… ¿¡Sofía, en qué estás pensando!?
–          En marcardye tu enodme culo, puda de mierdya.
–          Pues ya está hecho. Sergei te llevará a la cruz de San Andrés. Yo le traeré a tu hija el material con el que te marcaremos.
–          Esa viedja veyá quién es la que mandya aquí.

–          Esto es una pesadilla – murmuré mientras Sergei me levantaba.

 

Me sujetaron por las argollas de mis extremidades. Pude escuchar los tacos de Sofía acercándose más y más hacia mí, pero no podía verla debido a mi posición contra la cruz. Podía oler el maldito hierro incandescente. Podía escucharlo incluso.
Sofía lo presionó contra mi nalga derecha. Me revolví como loca. Chillé como la cerda que era. La muy desgraciada lo apretó muy fuerte, demasiado. Se escuchaba ese diabólico sonido del hierro haciendo contacto con mis pobres carnes. Era una eternidad aquello y me iba a desmayar si no lo soltaba.
–          Suficiente, Sofía. ¿Que no has oído a tu puta madre?
–          Ya estyá… Amo. Puedyo…  ¿Puedyo chupar el culo de ezta pudta viedja?
–          Claro que puedes. Adelante.
Y así, teniéndome colgada por la cruz, sollozando y lanzando algún que otro grito de dolor, mi hija se dedicó a meter lengua en mis agujeros. Una especie de disculpas retorcidas. Porque si hay algo que podía quitarme el maldito sufrimiento en mi nalga, definitivamente era mi niña chupando y estirando mis argollas vaginales.
Pero me prometí que iba a ganar a como dé lugar en la siguiente competición.
Al día siguiente nuestro joven Amo nos anunció el premio para la ganadora: Orinar y cagar sobre la perdedora durante una semana. No quedaría afectado por las siguientes competiciones, el premio duraría una semana.
A duras penas me repuse para prepararme. Mi hija ya se había puesto sus ropas pero a mí me dolía demasiado el culo como para ponerme la falda.
–          Qué padza má, ¿te ayuddo a ponerdye la fadya?
–          No, es que no quiero ponérmela, me duele demasiado la marca.
–          Qué pedna. En finm… Disfrutadye mucho cagdando sobye tu caya.
–          Me subestimas, ramera de mierda. ¿Crees que eso me detendrá? Acuérdate de esto cuando veas mi enorme culo sentándose en tu puta cara: ¡Soy la mejor de este lugar!
–          Cladyo que zi, viedja mayana… y io zoy vidgen, pod favod…
Se alejó coqueta. Con más rabia aún decidí callejear solo con mis tacos y mi top. Sergei me dijo algo de que ya tenía el cerebro frito al verme salir así. Pero pasearme con mi enorme culo al aire era peligroso. Los policías trabajaban para el padre de mi joven Amo, pero no dudarían en zurrarme duro y arrestarme. Me encantaría lo primero pero no podía darme el lujo de pasarla tras rejas. ¿Cómo esperaban que me pusiera esa maldita faldita con la marca latiéndome en mi apetitosa nalga?
Cuando se me acercó un policía, advertido por alguna señora remilgada que iba de compras, le ofrecí mi cuerpo para que dejase pasar mi infracción.
Me dijo que me llevaría a la cárcel sí o sí, pero que allí podría hacer mucho dinero tanto con los oficiales como con los convictos. Con el chumino hecho un charco, le extendí mis manos y me dejé arrestar.
Entrada la madrugada volví a presentarme ante mi Amo. Mis tobillos ya no daban más y no podía sostenerme mucho tiempo erguida. Apenas tuve fuerzas para llegar al edificio tras una noche de arduo trabajo.
–          Setecientos dólares, Cerda. Si te doy setenta me quedo con seiscientos treinta.
–          Gracias mi Amo.
–          Sofía. Has obtenido novecientos. Joder, todo un récord. Como premio extra mañana podrás llevarte un látigo de mi habitación para que tus clientes hagan buen uso de él sobre tu cuerpo.
–          Gadiaz Amo, muchas gadiaz…
–          Espera mi Amo – dije rebuscando en mi collar.
–          ¿Qué es esto, Cerda?
–          Te ofrezco trescientos dólares de mis ahorros. ¿Así podré ganar, no?
–          Ya veo, Cerda. ¿Tienes algo que decir, Sofía?
–          Puedyo… puedyo ir y draer miz ahorryos tambdién.
–          Demasiado tarde. Las llevaremos al jardín ahora. Cerda, no te preocupes que te ayudaremos a sentarte sobre tu hija.
–          Gracias mi Amo. ¿Puedo también reclamar el premio extra del látigo que le has ofrecido a ella?
–          Claro, Cerda.

 

CAPÍTULO FINAL: REINA LOBA
Las dos señoras se cebaron mucho con mi espalda y culo. Me hicieron rememorar a Tania por la crueldad. Yo las recordaba haber visto siempre en el mercado, eran unas remilgadas pero en la intimidad de mi celda se desataban con toda la furia.
Una me azotaba mientras le comía el carnoso chocho a la otra. Luego intercambiaban de rol. Me la pasaba gritando porque los trallazos eran ya demasiado fuertes, pero es que según mi Amo ellas estaban pagando mucho dinero y debía apechugar.
Me dejaron encadenada en mi celda. Putas de mierda. Ya no me pagaban a mí, se lo daban directo a mi Amo. Es que mi cuerpo ya no daba para más para callejear, no podía aguantar siquiera tres cuadras de pie. Debía recibir a los clientes en mi celda y luego recibía mi comisión.
Creo que ya habrán pasado… ¿tres años y medio?, ¿o ya son cuatro años desde que trabajamos de putas? Hace tiempo que hemos perdido todos nuestros ahorros en esa maldita competencia que nuestro Amo nos plantó. Hemos perdido todo nuestro dinero con el fin de ganar a veces una, a veces la otra. Terminados nuestros ahorros solo callejeábamos para ganar la competencia del día, dando el total de lo recolectado a nuestro joven Dueño.
Pero lejos de tener más que una sensación pasajera de victoria, terminamos bastante destruídas. Terminé odiando a esa maldita cría. Por su culpa tengo un asqueroso y gigantesco clítoris colgándome con un montón de piercings que ella misma seleccionó al ganar una de las competencias. Creo que lo hizo adrede todo este tiempo, el chupármelo, para así poder facilitar el anillado masivo.
Y ella también estaría algo enojada conmigo, después de todo fui yo quien la preñó con la sustancia que fabricaron. Lo metí directo en su coño como si estuviera fertilizando a una vaca. Fui yo que eligió las palabras “Mi madre es mejor puta que yo” para ser tatuadas en su enorme panza. Aunque ella se vengó más adelante mandando poner “Viedja putdona” sobre mis nalgas.
Esa competencia sacó nuestro verdadero ser, debo confesar.
No sé si hice algo mal al preñarla, pero su panza era mucho más grande que la mía. Aquello terminó por destrozar cualquier atisbo de piel firme que tenía. Había engordado y tampoco podía caminar mucho así que le hicieron para su propia celda para recibir a los clientes, frente a la mía.

Creo que todo fue un plan para evitar que llegáramos a los cinco mil dólares, para que entregáramos todos nuestros ahorros por nuestra cuenta. Para que destrozáramos más nuestro cuerpo y quitáramos de encima cualquier ganas de volver a la sociedad.

Si recibiera otros nutrientes aparte de semen y puré, tal vez podría pensar mejor. Pero por otro lado me siento muy bien así, tirada en el suelo con la mirada perdida en la nada y con la mente en blanco.
Nuestro joven Amo, tras demostrar su valía a su padre, heredó su mansión. Pero lejos de ocuparla, decidió quedarse en el edificio para mejorarlo y salir adelante. Ya no era el mismo chaval inexperto que una vez conocía, ahora tenía mano dura, era un sádico y parecía ya no demostrar muchos sentimientos.
Pero yo lo conozco más que nadie y sé que en el fondo guarda mucho cariño. De vez en cuando me llevaba a su habitación y me curaba las heridas que algunos clientes me hacían. Me contaba cómo le iba con su nueva novia y me pedía consejos porque no quería volver a tener el corazón roto. Y sabía que yo estaba allí lista para consolarlo en caso de que tuviese otro estropicio sentimental.
Ahmm… yo estaba esperando que trajeran a mi Sofía a mi celda, me lo prometió mi Amo como regalo por mi cumpleaños. Que podríamos hacer lo que quisiéramos toda la noche juntas. Vendrían también algunos camarógrafos, de vez en cuando solían venir a filmarnos pero a mí no me importa. Solo quería comerme a mi putita.
Llegaron con mi nena e instalaron sus cámaras rápidamente. Me obligaron a hacer un sinnúmero de guarrerías con Sofía. Bueno, yo no diría “obligar” precisamente. Trajeron un par de machos bien dotados y se dedicaron a hacernos chillar de placer. Gocé mucho particularmente recordando a aquel actor porno que me montó en un baño hace mucho tiempo atrás. Se corrieron en nuestras bocas y nos pidieron no tragar, que debíamos morrearnos e hiciéramos gárgaras con sus jugos. Luego de filmarnos salieron a pagar a nuestro Amo.
Mi pequeña sonrió porque por fin seríamos libres de hacer lo que nos plazca. ¡Y toda una noche! Se me mojó el chumino el solo pensarlo, ella lo notó y se dedicó a chupármelo. Fue cuando uno de los camarógrafos se acercó a mí. ¿Quería follarme también? Tendría que esperar su turno. Hmm… tal vez podría acomodarme y dejar que me meta el puño por el culo para no ser descortés.
–          Las he encontrado – susurró. ¿Me recuerdas, Giselle?
–          Soy Cerda, aghhmm…
–          Vaya… Mira, soy Nathaniel. ¿No me reconoces? A mí sí me cuesta reconocerte. La última vez que nos vimos te entrevisté en la Plaza Libertador. He recorrido medio mundo buscándote pues siempre confié en ti y sé que tenías razón cuando me dijiste que no confiabas mucho en el viaje que hacías. Jamás creí la noticia de tu muerte, y mucho menos cuando me negaron los resultados originales de la autopsia. Con la reciente muerte del Director Ramírez pude acceder a algunos papeles gracias a un contacto que es todo un crack.
–          Mi niña sabe chupar, sabe comer mi chumino. Mmm…
–          Esto… Me alegro que hayas confiado en mí en su momento. No pienso fallarte. Ya te he ubicado y pienso sacarlas a las dos de esto. Volveréis a su hogar, lo prometo.
–          Cerda es feliz aquí. Feliz con mi Amo y su pequeña furcia… aghhm…
*-*-*-*-*-*-*-*
Ocho de la noche. Me dirigía al último piso para visitarlo ataviada elegantemente. Ropas muy cómodas, he de decir. Si hay algo que no extrañaría jamás sería ese uniforme de fulana con la que pasé años callejeando.  No obstante siempre quería lucir apetecible para su vista, revelando siempre mis rollizas carnes como regalo para sus ojos. Tras haber suprimido los efectos del embarazo sicológico, mi cuerpo se recuperó como pudo, pero imagino que por mi edad el resto de mis carnes no retrocedería nada.
Me seguía pareciendo extraña la sensación de estar a esas horas cruzando los pasillos del edificio, pues ya tenía por costumbre  ofrecer mi cuerpo a las personas a esas alturas de la noche. Me confesaron que el puré que consumía todos los días, a parte de vitaminas, también tenía afrodisíacos que aceleraban mi líbido, empujando mi emputecimiento. Desde luego que al cortar esa dieta terminó por devolver parte de mi raciocinio.
Pero ya todo había acabado. Ya no era esclava de los Lobos de Fuego, y sin embargo en mis adentros me decía a mí misma que yo nunca más dejaría de ser propiedad de cierto muchacho sádico y esquelético. Era suya por siempre. No me consideraba más esa enfermera llamada Giselle. Mi hija ya no era la misma tampoco. Para mí ellas ya habían muerto hace años en una explosión de taxi.
Se lo debía mucho a Nathaniel, mi amigo periodista. Con la muerte del Director Ramírez y con un poco de ayuda, pude conseguir de vuelta algo de mi dinero. Pagué nuestro rescate e invertí en el negocio de mi Amo, porque ¿volver a la sociedad? Imposible. Nathaniel no lo entendió, dijo que seguiría luchando contra la red más oscura que jamás se haya visto pero que protegería mi antigua identidad por respeto.
Aunque no era tiempo de pensar en ello. Abrí la puerta y vi parado a ese triste muchacho frente a su ventanal. ¿Otra vez con las manos en su gabardina y la mirada melancólica? Solo yo sabía qué pasaba tras su semblante serio.
–          Adrián, ya regresé.
–          Cerd… ¡argh! Perdón, casi te llamo por tu antiguo nombre.
–          No me importa que lo hagas.
–          No, no. Me encanta el nuevo que tienes, has elegido uno increíble y que te pega mucho. Ya me acostumbraré. En fin, ¿cómo te fue hoy?
–          Ya casi no tengo los tatuajes. Creo que con un par de sesiones más todo acabará. Lo de la marca será más difícil, pero le estoy tomando el gusto. Total, solo eres tú el único que me ve desnuda.
–          Entiendo… Veo que al final decidiste dejarte los piercings.
–          Me gustan, ya son parte natural de mí. Por eso los dejé. Además, me veo un Ama muy regia a la hora de azotar, ¿no crees?
–          Desde luego que sí. ¿Y con respecto a tus labios y voz?
–          Sí, eso…  ¿Vamos a tu lecho?
–          Claro, por favor vente.
–          Me dijo Pierre que has estado toda la tarde aquí encerrado.
–          Puto chismoso. No quería que nadie me viera así, no corresponde con mi imagen.
–          Pero a mí sí me lo permites. Cuéntame, Adrián. ¿Tendrá algo que ver con tu nueva novia?
–          Qué cojones… sí, es sobre la última… Acuéstate por favor conmigo, ya sabes cómo me gusta.
–          Claro que sí… ¿está bien así?
–          Ahg… dios, nunca me canso de tu boca.
–          Lo dejé así de carnoso como está. Lo hice por ti. Dejé mi voz porque sé que te gusta también. Hay cosas que estoy dejándolo por ti, pero tú tienes todavía ese rostro triste. Dime qué te pasa. ¿No era hoy que le dirías a tu novia sobre tu verdadero trabajo?
–          Sí, se lo he dicho. Por eso estoy desplomado… ella ha corrido despavorida. No creo que volvamos a vernos
–          Lo siento.
–          No lo sientas. Es que se acerca la ceremonia en el que mi padre me cederá todos sus bienes, y no me gustaría ir sin pareja. ¿Cómo voy a conseguir alguien que le interese este lugar y este mundillo?
–          ¿Y qué tal Sofía? Desde que tiene esa dentadura nueva está muy guapa y tienen ambos edades similares.
–          Sofía es preciosa. Se recuperó rápido cuando le quitamos el embarazo falso. Pero he visto en sus ojos, ¿sabes? Le encanta Pierre. Y creo que él también. Ya desde que era esclava lo había pillado un par de veces, pero no me importaba demasiado.
–          Le gusta Pierre desde que lo vio en el aeropuerto hace años ya… A ver, podríamos pedirles a las nuevas putas, Yvonne o Ápsaras. Son jovencitas y guapas también.
–          No me gustan. Y no menciones a Lluvia… ¡por favor! Sólo la azoto para disciplinarla y practicar más mis habilidades, no como contigo en su momento, en donde sentía cierto placer. Pero mira he estado pensando… ya que tú y tu hija ya no son más esclava de Los Lobos Pedorros. Ya que has decidido con tu hija quedarte y ayudarme…  Como incluso le caéis bien a mi padre… Ahg, dios mío tu boca me vuelve loco.
El sonido de la puerta abrirse interrumpió mi chupeteo en el cuello. Entró una de las nuevas putas del edificio. Era Lluvia. A diferencia de las otras, ella era la única que estaba en contra de su voluntad. Sí, como yo en su momento. Las demás eran chicas freelance, por contrato, que debido al éxito que habíamos alcanzado se acercaban a trabajar para los Lobos.
La razón por la que esa jovencita estaba siendo sometida por nosotros, era porque junto a su padre, antiguo miembro de los Lobos de Fuego, tramaron planes de traición. Sí, esa chica era Tania, la que una vez quiso ser la sádica Princesa Loba.  Le cambiamos el nombre a Lluvia para rememorar aquella noche en que Adrián la expulsó.
Me excitaba sobremanera tener a mis pies a esa puta, descubrí mi lado dominante. En los dos primeros días que vino ya me había vengado por todas las vejaciones a las que me ha sometido cuando yo solo era una vulgar ramera. Pero no iba a detenerme.
Era todo un placer ir con mi hija al jardín para sujetarla a una columna con garfios que instalamos, la azotábamos por horas y sin piedad recordándole todas las penurias que pasé.
Esa noche, ya su segundo mes, lucía una hermosa panza falsa de siete meses. Lastimosamente para ella le hicimos unos cuantos cambios radicales. Teníamos la libertad de ser tan duros como quisiéramos y no la desaprovechamos.
Siempre caminaba lento porque su vista solo podía extenderse hasta siete o seis metros adelante. Debía ir con cuidado. Carecía también de visión periférica. Lluvia ya no tenía dientes, y sumado al hecho de que le extirpamos el frenillo de la lengua, la tenía saliéndose de entre sus labios sin ella poder evitarlo. Por último, y para hacerles recordar a las demás chicas lo muy arpía que fue, le hemos operado la lengua a fin de que tuviera un aspecto de serpiente. Las chupadas eran bestiales.
Debido a sus condiciones callejeaba más horas para llegar al monto diario. Y debido al torpísimo hablar, mucho peor que yo en su momento, llevaba un block de notas ataviado al cuello con algunas respuestas estándar tanto para sus clientes como para nosotros. Aunque de vez en cuando se manchaba de la saliva que se le escurría de la boca todo el rato.
Se arrodilló frente al lecho y bajó su cabeza, dejándonos admirar esa vulgar lengua. Adrián y yo nos levantamos para recibirla mientras ella retiraba un papelito que nos acercó.
–          Deja que te lo lea, Adrián. Dice… “He vuelto de mi recorrido, Amo”
–          Bien, ¿has traído el dinero? ¿Has recolectado lo que te pedí? A ver… Bien, ve a descansar.
–          Un momento, Adrián. ¿Te estás poniendo blando otra vez?
–          ¿Qué, quieres que me bese el pie? ¡Va a estar minutos moviendo torpemente su cara por mi zapato, eso sí fue una tortura para mí la otra noche!
–          No me refiero a eso. Sino que apenas tiene marcas en la espalda y culito, eso es inadmisible. Lluvia, ve junto a mi hija abajo. Me ha dicho que esta noche te dará una zurra que no olvidarás, aparentemente te has corrido antes de tiempo en la película “Negros en Casa” que filmaron el otro día. El director se molestó y no pagó todo lo que pactamos.
–          Sofía está ocupada azotando al padre de Lluvia en el sótano… no creo que debamos interrumpirla.
–          No, mi niña sabrá qué hacer con los dos allí.
Lluvia casi cayó al suelo del miedo. Sofía era probablemente un Ama mucho más dura que yo. Mucho más dura que la antigua Princesa Loba. Retiró un papelito y escribió sollozando. Tardó un rato, pero éramos pacientes. Al rato me ofreció su apunte:
–          Dice: “Dejaré que os caguéis encima de mí todo un mes, pero por favor no me llevéis con ella”. ¿Es que eres lerda, niñata? ¿Desde cuándo una esclava puede sugerir algo? Estás muy mal entrenada, Lluvia – respondí conectando una cadena a su collar. – Ven conmigo, iremos las dos junto a Sofía y tu padre sí o sí.
–          ¿Ves? A eso es lo que me refería… eres toda una líder. Te sabes muchos contactos, sabes cómo actuar y disciplinar. Yo aún sigo teniendo vagas ideas al respecto… Por favor, te lo he querido decir toda la noche.
–          Qué pasa Adrián, ¿quieres venir conmigo para darle unos latigazos?
–          No. Quiero que estés conmigo en la ceremonia. Quiero que seas mi pareja. Me importa poco lo que los Lobos de Mierda piensen al verme junto a ti.
–          Adrián… me siento halagada, no me lo esperaba. Eres un chico muy especial y sabes que siempre estaré a tu lado.
–          Gracias. ¡Y yo me siento aliviado! Y oye, no me caería mal darle unos azotes… vamos todos, a disfrutar en familia.
–          Eso es. Y Lluvia, aún no he leído ningún agradecimiento – dije tensando su cadena.
Rápidamente arrancó otra hoja de su collar y se puso a escribir en el suelo. Me lo entregó sumisa.
Sonreí. Y juntos nos retiramos al sótano, dejando el papelito revoloteando por la habitación.
Decía: “Gracias mi Reina Loba”.
FIN