CRISTI Y EL PATÁN
Por Engine X
Traducido por Sigma

 

 

Parte 3 – Cristi entretiene

 

 

En la que Cristi conoce íntimamente a algunos nuevos abusadores…
El padre del Patán era un hombre generalmente conocido como Migue. Era un fumador compulsivo a sus sesenta años, con una tupida barba y una actitud y físico tan duros como un clavo de acero. Años de trabajar con bandas de motociclistas lo habían endurecido y tenía un fuerte acento del norte a pesar de haber vivido más de cuarenta años en la capital. Sus brazos estaban bronceados del color de la nicotina y cubiertos con amorfos tatuajes verdes.
Migue pasó a visitar a su hijo, una semana después de la captura de Cristi. El Patán lo dejó pasar y no hizo comentarios mientras sus ojos eran inevitablemente atraídos hacia donde estaba Cristi, en la tarja lavando trastes. Vestida en un uniforme de doncella francesa la pequeña rubia era una visión maravillosamente erótica y el Patán no pudo evitar sonreír cuando vio expresiones de sorpresa, lujuria y finalmente envidia cruzar por el rostro de su padre.
“Es tu nueva novia”, dijo Migue al sentarse.
“No tiene tanta suerte”, dijo el Patán jubiloso. “No, sólo es mi doncella. ¡Cristi! Prepáranos una taza de te”
El Patán fingió interés casual mientras Cristi ponía una olla en la estufa y la llenaba de agua. Se dio cuenta de la manera en que Migue miraba descaradamente a la ansiosa joven rubia. Pronto Cristi había colocado un plato de galletas enfrente de los dos hombres y les sirvió te. El Patán chasqueó sus dedos, lo que era una señal para la doncella para que esperara a lado de su silla con las manos tras la espalda. La falda de Cristi era extraordinariamente corta y sus enmediadas piernas estaban bien expuestas y accesibles para su amo – un hecho del cual él ahora tomó ventaja. Con un guiño de su ojo el gordo deslizó su mano arriba y abajo acariciando la pierna izquierda de Cristi, haciendo que Migue se detuviera y observara abiertamente.
“Pensé que habías dicho que no era tu novia”, dijo mirando el inclinado rostro de Cristi.

Un delicioso rubor rosa se había extendido sobre su faz. La joven estaba totalmente avergonzada por las atenciones del Patán, aunque por supuesto no era nada que no hubiera experimentado antes. Pero nunca había sido enfrente de alguien más.

“No lo es”, se rió el Patán. “Sólo es una doncella. Cocina, limpia y arregla mi cama. Pero esos no son todos sus deberes. Veras que he encontrado otros usos para su cuerpo y son parte de sus condiciones de trabajo. ¡También son muy placenteras!”
“Ella coge como una conejita en celo, ¿Verdad Cristi?, se burló el Patán.
“¿Quieres decir que sólo es una putita tonta que recogiste por ahí?” dijo Migue.
“¡No es nada de eso!”, el Patán respondió molesto, apretando duro la pierna de Cristi. “Una puta sólo abre sus piernas por dinero. ¡Cristi lo hace siempre que se lo digo y sin preguntas! ¡Y no tienen ningún interés en el dinero! ¡No señor! Para Cristi, acomodar mi verga dentro de su dulce carne es parte de su trabajo y lo hace le guste o no”
Migue estaba ya sonriendo abiertamente. No sabía como lo había hecho su hijo pero esta adorable rubia parecía estar esclavizada al gordo monstruo que ahora estaba manoseando su cuerpo abiertamente.
“Así que hace todo lo que le digas ¿Eh?”
“¡Exacto!”
“¿Entonces supongo que ella me cabalgaría si tú se lo ordenas?”
El Patán se carcajeo ante el ingenio de su padre, muy divertido por el giro de la conversación.
“Por supuesto”, dijo. “Llévala a la recamará y móntala si quieres”.
Se volvió hacia Cristi. La rubia temblaba claramente y trataba de evitar su mirada pero sabía que tenía que hacer lo que se le decía. El prospecto de ser pasada del Patán a su padre como si no fuera más que un juguete la horrorizaba.
“Más te vale que hagas exactamente lo que mi padre te dice”, dijo el Patán. “¡Si no queda completamente satisfecho contigo el señor Bastón le hará media docena de visitas a tu trasero!”
Se rió suavemente cuando Cristi gimió de miedo.
“¡Vamos bruja!, dijo Migue, agarrándola repentinamente de la mano y llevándosela lejos de su hijo. “¡Veamos si eres tan buena como mi chico piensa que eres!”
Pronto Cristi yacía en la cama con sus piernas abiertas y su vestidito levantado hasta la cintura. Migue se divirtió al descubrir que no usaba pantaletas y no sintió necesidad de desvestirla más. Así la indefensa joven rubia fue cogida por el cruel viejo, con su uniforme de doncella francesa aun puesto. Migue disfrutó el encuentro enormemente y no le importó que Cristi pareciera luchar en una enorme batalla interna para resistírsele. El punto importante era que ella perdía la batalla tan pronto como él levantaba la voz. Era dulce, sumisa y muy satisfactoria. Después de un poderoso bombeo en el que le metió una dosis completa de su semen, hizo que la chica se desvistiera para poder acariciarle los pechos y tocarla antes de ordenarle lamer su verga hasta dejarla limpia. Migue no tenía quejas cuando regresó a la sala. De hecho se decidió a visitar a su hijo más seguido y tomar ventaja de manera regular de su hospitalidad…
El Patán no tenía un trabajo – o al menos ninguno que se pudiera mencionar en la declaración del pago de impuestos. Pero hacia dinero de varias maneras sucias. De hecho su principal fuente de ingresos venía de comerciar con mercancías robadas. Y fue gracias a esto que obtuvo los instrumentos que había usado para esclavizar tan exitosamente a Cristi. Uno de los muchos criminales con los que negociaba por mercancía “caliente” le había conseguido el paquete de hipnosis y lavado cerebral tras “obtenerlos” de un automóvil de lujo en un estacionamiento multinivel mal vigilado. El joven criminal no era particularmente muy inteligente y no tenía idea de lo que había robado. El Patán sin embargo, encontró el equipo y los documentos que lo acompañaban fascinantes. No sabía quien estaba produciendo este tipo de material experimental aunque había pistas que sugerían fuentes secretas del gobierno. Para el Patán lo importante era que no tenían manera de llegar a él por medio del ladrón y que podía realizar sus propios experimentos…
Dos semanas habían pasado desde que Cristi se había mudado al apartamento del Patán y había comenzado a servirle como su esclava. Durante ese tiempo había aprendido mucho sobre sus requerimientos y preferencias; mucho de su conocimiento era reforzado por frecuentes azotes en su trasero desnudo y alguna dosis ocasional del bastón. Rápidamente se acostumbró a lavar, limpiar y cocinar, siempre usando su traje de doncella francesa, pero todavía odiaba los deberes más íntimos de carácter sexual que su propietario la obligaba a realizar. Al Patán eso no le importaba. Estaba encantado con la obediencia de Cristi y disfrutaba cada aspecto de su nueva propiedad.
Un lunes por la tarde el Patán invitó a algunos de sus amigos para ver un juego de fútbol por satélite. Eran un grupo siniestro; todos ellos de mente retorcida y a veces también de cuerpo para combinar. Estaba Migue, por supuesto, quien estaba intrigado por saber como reaccionarían los otros a Cristi. Ricardo era un joven matón. Un maleante con un mal corte y mala actitud. Leonardo era un vendedor de autos usados con piel y actitud grasosas. Incluso su negocio legitimo era una forma de robo y no le molestaba un poco de actividad criminal secundaría. El Patán se llevaba muy bien con él. Y finalmente estaba “el gran Toño”, un muy desagradable espécimen en verdad…
“¿Este es tu nuevo juguete?” preguntó Ricardo con un aparente interés casual que normalmente se aplicaría a discusiones sobre autos u otros objetos inanimados. El Patán le había contado a todos sus invitados sobre Cristi y estaban fascinados con el concepto de poder controlar a una involuntaria jovencita tan completamente. Pero ninguno de ellos le quería dar la satisfacción de ver lo envidiosos que se sentían así que todos pretendieron que era una situación normal.
Cristi era una visión seductora en sus medias negras con un vestido ridículamente corto y tacones de aguja absurdamente altos. Se quedó parada nerviosamente en la esquina, segura de que esta sería una ocasión muy desagradable. El Patán le había dicho que esperaba que obedeciera a sus amigos como si él mismo estuviera dando las órdenes y ella temía las posibilidades de ello. No obstante quizás – y aquí ella se aferraba a la esperanza antes que a la razón – quizás no harían nada más que mirarla. Quizás no se atreverían a molestarla. Ya era bastante malo que se hubiera convertido en el juguete del Patán pero la humillación de esta confirmación pública de su papel era demasiado para poder soportarlo. Se mordió el labio y luchó por no llorar.
“Buenas piernas pero sus tetas son más bien pequeñas”, continuó el joven criminal. “Pero no deja de ser una muñeca, lo acepto”.
“Mantiene el lugar en orden”, comentó Toño con aprobación. Toño era aun más repugnante que el Patán – un adicto a las carreras de perros y un mentiroso sin perdón. Pero esta vez su declaración era cierta. El espantoso desastre que era el estado usual del apartamento se había transformad en algo extraordinariamente limpio y ordenado. El gordo sonrió y dejó caer las cenizas de su cigarro sobre la alfombra.
“Bueno”, dijo con una sonrisa maliciosa. “Límpialo chica – ¿Es para lo que estás, no?”
Cristi corrió por un recogedor y un cepillo, luego se puso a cuatro patas para recoger la ceniza. Su vestidito se subió y presentó a los observadores una vista perfecta de sus ligueros y su trasero sin pantaletas.
“¿Es una zorrita desvergonzada, verdad?, susurró uno de los hombres.
Cristi quería negarlo – acabar con las despectivas opiniones de esos hombres. “¡No lo soy, no lo soy! ¡Es el Patán – él me obliga a estar así!”, ella gritó en su interior pero por supuesto no se atrevió a decir su queja en voz alta. En su lugar, dócilmente, sólo limpió el piso y esperó por las siguientes instrucciones.
Cuando el juego de fútbol empezó, a Cristi se le ordenó esperar en la habitación con los hombres, traerles bebidas y bocadillos y realizar cualquier tarea minúscula que les divirtiera. Ella fue continuamente manoseada, sus muslos y nalgas acariciados, apretados y pellizcados mientras se esforzaba en servirles.
En un momento dado, después de traerle al “gran Toño” una lata de cerveza helada, este la hizo sentarse en su regazo mientras le sacaba su seno derecho de su escote. Usando la lata como un rodillo de amasar el aplasto la suave carne contra su pecho hasta que la presión y el frío se combinaron para producir una dolorosa mezcla de estimulaciones insoportables. Cristi se había retorcido desesperadamente en un esfuerzo por evitar los peores efectos, gimiendo como un animalito pero era inútil. El cruel tratamiento continuó hasta que su torturador deslizó su pulgar sobre el pezón de ella y tras encontrarlo endurecido por el abuso lo pellizco fuertemente antes de empujarla lejos con una sonrisa maligna.
Desafortunadamente para Cristi, el equipo visitante anotó un gol en el último minuto derrotando al equipo local y poniendo a los invitados del Patán de mal humor. “Ah, bueno”, pensó el Patán, “siempre queda el entretenimiento posterior al juego”.
“Muy bien”, dijo Leo mientras la tele era apagada. “¿Por que no vemos si tu tonta putita tiene otro uso además de mantener tu casa limpia? ¿Qué tal si te quitas la ropa para nosotros niñita? Ya vimos lo que tienes de todos modos”.
Cristi tragó nerviosamente. Era el momento que había estado temiendo pero no había escape. Todos los ojos estaban puestos en ella ahora mientras lentamente removía sus ropas.
“Las manos juntas y ponlas tras tu cabeza”, ordenó el Patán abruptamente después de que pusiera su vestido sobre una silla, sus zapatos bajo la mesa y cuidadosamente retirado sus medias. “¡Enderézate y date la vuelta lentamente para que mis amigos puedan darte un buen vistazo!”
Una sucesión de vulgares comentarios se escucharon y entonces escuchó la demanda que hizo que su estomago se contrajera y empezara a revolverse de ansiedad.
“Muy bien Cristi, ahora quiero verte jugar contigo misma para deleite de mis amigos. ¡Y hazlo bien – como si lo disfrutaras o te pondré sobre mis rodillas y te azotaré! Empieza con tus tetas. ¡Dales un buen apretón!”
Para el intenso interés de los hombres, la sumisa rubia levantó las manos y comenzó a manipular las suaves carnes de sus sensitivos y jóvenes pechos, apretándolos y masajeándolos entre sus dedos. Los grandes ojos azules de la chica estaban fijos en el techo y su piel muy pálida.
“¡Más duro!, ordenó el Patán, “¡y empieza con tu coño ya!”
Tentativamente los dedos de su mano izquierda se dirigieron hacia su sexo mientras la otra continuaba la rítmica presión de sus glándulas mamarias…
“¡Pícalas y acarícialas en círculos!”, dijo toscamente uno de los hombres entre risas. No había esperanza. Cristi sentía que iba a llorar y su cara comenzó a endurecerse. Estaba tan avergonzada y raramente se había sentido menos excitada desde que cayó bajo el yugo de su cruel captor. Esta vergonzosa exhibición la llevó a la verdadera profundidad de su humillación.
Y aun así no podía hacer nada al respecto. Sus dedos abrieron los labios entre sus piernas y comenzó a presionar la sensitiva protuberancia de su clítoris con desesperación.
El patán observó divertido por un rato y luego dijo impacientemente, “¿Sería más fácil si te pidiera que lo hicieras por mi, Bizcocho azucarado?”
Era todo lo que ella necesitaba. Las palabras clave empujaron su bien programada mente hacia las suaves y estrechas vías para las que ahora estaba tan bien preparada. Cristi dio una pequeña boqueada y sintió como se calentaba. Los pezones de la chica eran como una fruta rosa brillante, hinchados, doloridos, mientras pulsaban con nueva excitación. Sus caderas se meneaban en sorpresiva lujuria y su sexo se humedeció.
“Eso es mejor”, dijo satisfecho Ricardo. Los hombres observaron fascinados por algunos minutos mientras la cada vez más frustrada rubiecita jugaba con ella misma y trataba de alcanzar el orgasmo. Por supuesto no podía. La programación del Patán había sido muy efectiva en bloquear incluso esta forma de liberación para la terrible atadura mental de Cristi. Un orgasmo sólo era permitido con su permiso específico y esta vez se lo negó, disfrutando la visión de ella mojándose y tocándose ante sus amigos…
Para aliviar su creciente sufrimiento, Cristi se encontró a si misma aplicando mayor presión a sus pechos, jalando, apretando e incluso pellizcando la elástica carne hasta que le ardió – el dolor auto inflingido actuó como una distracción de su desesperada necesidad.
“Creo que necesita un poco de ayuda”, dijo Toño. “¡Con esto terminará!”
El Patán sonrió. Su calvo amigo ondeaba una botella café de cerveza vacía. “Adelante”, dijo y entonces le dijo a Cristi, “¡Abre tus piernas para el caballero perra! ¡Te va a meter algo en el coño que te arreglará!”
La cara de Cristi estaba rojo brillante de vergüenza e incomodidad cuando caminó hacia el horrible hombre y lo dejo hacer lo que quería. El cuello de la botella fue introducido en su más íntimo pliegue y movido toscamente adelante y atrás.
“Ya puedes venirte”, dijo el Patán al fin, y para su intensa vergüenza Cristi lo hizo.
Fue sólo el preludio a la orgía general en la que cada uno de los amigos del Patán obtuvo placer con el joven cuerpo de la chica rubia. Durante la siguiente hora la mujer no se salvo de ninguna humillación que pudiera satisfacer la lujuria de los amigos de su captor. Llevada al punto del orgasmo en numerosas ocasiones sólo se le permitió alcanzar el clímax rogando por el, sincera y humildemente. El Patán abrió el camino para violar la sensitiva entrada al bello trasero de Cristi – una forma de asalto sexual para la cual se había controlado. Pero hoy no habría barreras. Después de unos sonoros azotes, separó a la fuerza sus nalgas y lubricó el área alrededor de su angustiado esfínter con vaselina. Las nalgas de la chica se contrajeron en un acto reflejo de resistencia, pero fue inútil cuando él se puso arriba y metió su triunfante órgano en ella. El calor de la recientemente castigada carne otorgó un placer extra al cruel gordo mientras bombeaba su semilla dentro de ella. Entonces ella fue pasada de uno a otro, su cuerpo bien trabajado y bien usado.
El Patán estaba muy complacido con el resultado de su fiesta. Cuando los hombres finalmente se fueron, les agradeció por presentarse y le ordenó a su doncella que besara a cada uno de sus sonrientes asaltantes por última vez. Cristi había sido un verdadero éxito. Recordando el momento en que puso sus ojos por primera vez en la pequeña y dulce rubia el Patán sintió una calida sensación de triunfo, confiado en el conocimiento de que todos sus planes para la desafortunada joven agente de seguros habían dado frutos. La completa transformación de la bonita y recatada oficinista en una desesperada e indefensa esclava sexual había tomado menos de dos meses. Ahora ella era suya para disfrutarla, una y otra vez, cuando quisiera…

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