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Nunca creí que el hecho de tener mal genio un día me cambiara por completo mi vida.  Dotado desde joven de mal temperamento, mi pésimo carácter me ha causado más de un problema. Reconozco que me cuando algo me altera me dejo llevar por mi pronto y sin pensar en las consecuencias, me lanzo al cuello de quien me molesta o me perturba. Eso fue lo que me ocurrió ese sábado en la mañana y desde entonces acarreo con sus consecuencias.
Habiéndome acostado a las cinco de la mañana con una borrachera de las que hacen época, no debía de llevar dos horas durmiendo la mona cuando empecé a escuchar a un bebé llorar. Si en un principio intenté evitar su llanto hundiendo mi cabeza en la almohada, con el paso de los minutos sin poder dormir me fui encabronando cada vez más.
-¡Hagan callar a ese puto crio!- grité en un momento dado.
Los chillidos del niño retumbando en mi cabeza eran insoportables. Lo agudo de su lamento se clavaba en mi sien magnificando el dolor de mi resaca. Hecho una fiera, me levanté y golpeé la pared intentando que mis malditos vecinos hicieran callar a su retoño pero viendo que mis protestas no cumplían su objetivo, me puse unos pantalones para enfrentarme directamente a ellos.
Completamente encabronado, salí de mi casa y golpeé la puerta de mis vecinos. Durante unos minutos nadie respondió a mis golpes y ya dominado por la ira, tiré la puñetera puerta. Al entrar en el piso, me encontré todo hecho un desastre mientras desde una habitación el crio seguía llorando. Sin pensar en lo que había hecho y que era algo a todas luces ilegal, fui en busca de sus padres. Padres a los que, aunque llevaba viviendo dos años en esa casa y debido en gran medida a mi carácter huraño, no conocía.
Mi sorpresa al entrar en el cuarto del que procedían los llantos fue máxima, ya que me encontré con el bebé en su cuna y a su madre tirada en el suelo. Aun resacoso, no me costó comprender que algo iba mal. Tratando de reanimarla, me agaché y llevé a la mujer hasta la cama. Como no reaccionaba, llamé a una ambulancia.
El operador me contestó que tardarían al menos media hora en llegar por lo que nada más colgar decidí, ya que el hospital más cercano estaba a menos de cinco minutos de allí, llevarla yo mismo.  Afortunadamente  en ese momento entró por la puerta, otro vecino que alertado por mis gritos, vino a ver qué ocurría.  Sin darle tiempo de opinar, le ordené que se ocupara del niño mientras yo llevaba a su madre a urgencias.
El tipo me prometió hacerlo u aprovechando que llevaba las llaves del coche en un bolsillo del pantalón, cogí a la mujer en brazos y salí de allí. Sin saber que había ocurrido y desconociendo incluso el nombre de la joven a la que estaba auxiliando, la metí en mi automóvil y saliendo del parking la llevé al hospital. Al llegar a la clínica deposité a la enferma en manos de un médico y cuando ya creía que me podía marchar, me pidieron explicaciones de lo ocurrido.
Avergonzado por mi comportamiento, mentí y no les dije que mi mala leche me había llevado a descubrir a esa joven tirada en la alfombra, por el contrario y haciéndome el buen samaritano, les conté que persuadido por los gritos de su hijo comprendí que algo pasaba y por eso tirando la puerta, la encontré desmayada.
-Bien- dijo el auxiliar creyéndose a medias mi versión- ¿Nombre?
-Gonzalo Santos- respondí.
El sanitario, rehaciendo su pregunta, me dijo:
-¿Nombre de la paciente?
-Ni idea- contesté.
 Si ya le extrañó que no lo conociera, la cara de incredulidad del empleado se acrecentó cuando intentando aclarar el asunto insistió:
-¿Me está diciendo que ha entrado a casa de una vecina tirando la puerta sin conocerla?
-Sí- respondí.
Dudando de mí y empezando a suponer que no había ocurrido como yo decía, me preguntó:
-¿Al menos sabrá si está casada?
-Tampoco.
-Espere un momento- me dijo cogiendo los papeles para acto seguido salir de su despacho.
Quizás el color rojo de mis ojos y mi aliento alcoholizado le hicieron creer que mi intervención en el desfallecimiento de esa mujer no era tal y como le había contado pero lo cierto es que al cabo de dos minutos llegó con un policía.  El agente nada más llegar me pidió mis papeles y mientras tomaba nota de los mismos, me volvió a preguntar por lo sucedido. El interrogatorio esta vez fue frío y sin cortarse un pelo, me insinuó si tenía algo que ver con la sobredosis de calmantes de la muchacha.
Ya francamente molesto, le contesté:
-Hasta que usted me lo ha dicho no sabía que esa mujer los había tomado. Le repito no la conozco pero si quiere me acompaña a mi casa y allí los otros vecinos confirmaran mi declaración.
Mientras lo decía, me quedé pensando que difícilmente podrían hacerlo porque tampoco los conocía y por tanto lo único que podrían declarar es que llegaron al piso de la muchacha cuando yo ya estaba ahí.
Aunque no se si fue para bien, no habían pasado cinco minutos cuando apareció por la puerta el otro vecino con el niño en brazos. Nada más verme, el muy capullo, puso al crío en mis brazos y diciéndome que tenía prisa, me adjudicó al chaval. Dentro de lo malo, como el poli seguía conmigo conseguí que ese tipo ratificara punto por punto mi versión.  El problema fue cuando quise dejar al hijo de esa mujer bajo su supervisión. El burócrata hizo su aparición y negándose de plano, me soltó:
-Yo no puedo recoger al bebé y como actualmente está cuidado, le hago responsable del mismo hasta que su madre hacerse cargo o en su caso, vengan los de servicios sociales.
Juro que me acordé mentalmente de la zorra de la madre del agente y del cornudo de su padre pero no pudiendo hacer otra cosa, no me quedó más remedio que llamar a mi hermana. Tras contarle mi odisea, se rio de mí y a través del teléfono me preguntó:
-¿Qué edad tiene?
-Y ¡Como cojones quieres que lo sepa!- respondí cabreado.
Como me conocía, me dijo:
-Pásame a la enfermera.
Ni que decir tiene que creyendo que así me libraría del problema, le di el teléfono a la primera enfermera que encontré. La mujer escuchó  atentamente antes de contestar:
-Unos tres meses y siete kilos.
Nuevamente, al habla con mi hermana me confirmo que tardaría veinte minutos. Os juro que fueron los veinte minutos mas largos de mi vida porque el pobre enano debía estar con hambre y se los pasó llorando. Fue tanto el escándalo creado que un hijo de puta. tan insensible como yo, en voz en gritó me exigió que callara al niño diciendo:
-Menuda mierda de padre que no puede ni cuidar de su hijo.
Que ese maldito me acusara de algo sin saber las circunstancias me cabreó de tal manera que no solo le mandé a tomar vientos sino que el personal del hospital me tuvieron que parar porque quería partirle la cara a ese cabrón. Cuando llegó mi hermana ya estaba más calmado y por eso cuando le conté lo ocurrido mientras ella preparaba un biberón al bebé, soltó una carcajada diciendo:
-Te quejas de esa reacción cuando tú has tirado la puerta de tus vecinos por lo mismo.
 Muy a mi pesar reconocí que tenía toda la razón. Por mucho menos yo había entrado en cólera. María sonriendo me dio el bibe ya preparado y me dijo:
-Uno cada cuatro horas- para acto seguido darme una bolsa con pañales y a pesar de mis protestar, desaparecer.
Os podréis imaginar la situación: jamás había tenido a mi cuidado ni siquiera un cachorro y de pronto me veía con un lactante en mis manos. Sin poder hacer otra cosa, le di la botella y una vez se había tomado la toma, dejó de llorar durante cinco minutos. Al cabo de los mismos reanudó su llanto con mayor énfasis y desmoralizado pregunté a una mujer que le ocurría.
La señora sonrió y olisqueando al chaval, me respondió:
-Se ha cagado- y obviando lo vulgar de su respuesta, prosiguió diciendo: ¡Tienes que cambiarle el pañal!
Por mucho que intenté que se comportara como una buena samaritana, se negó por lo que tuve que ir a un baño a cambiarle. No os podéis hacer una idea de lo cerca que estuve de vomitar porque aunque ese chaval tomara leche, cagaba mierda. Lo peor no fue el limpiarlo sino oler la peste de sus heces. Totalmente asqueado y después de cuarto de hora conseguí colocarle más o menos bien el pañal. Al salir me encontré con que el enfermero me llamaba. Nada más verme me informó que la madre del niño se había despertado. Creyendo que allí acababa mi papel, fui a verla con su hijo en mis brazos.
Sin saber a qué atenerme, entré al cubículo de urgencias donde estaba. Allí me encontré que mi vecina era una jovencita muy joven que aún demacrada era realmente bonita. Un tanto cortado, dándole a su hijo, me presenté. La muchacha cogió al crio y llorando me dio las gracias por cuidar de Andrés.
“Así que se llama Andrés, el enano” pensé.
Fue entonces cuando todo se complicó, porque haciendo su aparición el médico la informó de que el niño no podía quedarse en el hospital. Viendo que me iban a encasquetar nuevamente al jodido lactante, pregunté qué ya que se había recuperado porqué no le daban el alta a la madre.
-¿Quién es usted?- me preguntó el dichoso doctor.
-Su vecino.
Con gesto serio, el tipejo me soltó:
-Como ha sido un abuso de barbitúricos, no podemos darle el alta sin que alguien se responsabilice de ella.  De no  ser así, la paciente tendrá que quedarse hasta el lunes para ser observada por psiquiatría.
Solo pensar en ocuparme durante al menos tres días de ese niño me puso los pelos de punta por eso cuando la madre insistió que había sido un accidente y que no volvería a ocurrir, creí que me había librado. Desgraciadamente, el galeno insistió que de no haber alguien que se responsabilizara no podía darle el alta. Juro que debí de haberme mordido un huevo y haberme quedado callado pero en vez de eso, respondí con el único objeto de zafarme del chaval:
-Oiga, como vivo al lado, yo podría echarle una mirada.
El médico quizás interesado en desocupar una cama, contestó:
-Si usted se hace cargo y mantiene bajo estricta supervisión a la madre, podría aceptar.
Con la mosca detrás de la oreja, pregunté a qué se refería con “estricta supervisión”. El tipo con gesto serio, respondió:
-Debería permanecer con usted y comprometerse a traerla a consulta para que se le haga una valoración el lunes.
Había decidido negarme cuando la joven me miró con cara de angustia y cogiendo mi mano me pidió:
-Por favor, serán solo dos días.
Reconozco que en ese momento me pareció más sencillo echarle un vistazo a esa monada que ocuparme del cuidado integral de su retoño, por eso accediendo a las condiciones marcadas por el hospital, firme los papales en los que me responsabilizaba de ambos. Ya embarcado en esa aventura, salí a la media hora con la madre e hijo de la clínica y sabiendo que no podía hacer otra cosa, los llevé a casa.
Patricia, así se llama mi vecina, se mantuvo callada durante el trayecto pero al llegar a mi piso y ver el estado en que estaba su puerta, se echó a llorar desconsolada. Solo se calmó una vez le prometí que la arreglaría y sin pensar en las consecuencias de mis actos, le pregunté qué iba a necesitar para pasar esos dos días.
-La cuna del niño y su comida, lo demás siempre puedo pasar a por ello.
La lógica de su respuesta me convenció y cogiendo lo que me había dicho de su casa, llevé a los dos a la mía. Nada más entrar y señalarle su habitación, la joven se hundió en su mutismo nuevamente y cogiendo al crio se encerró. Al ori el pestillo, me aterroricé y llamando a su puerta, le dije:
-Perdona, sería mejor que no cerraras. No te conozco y en cambio soy responsable de ambos.
Comprendiendo mis razones, la dejó abierta sin contestar. Extrañado y nervioso, cogí las herramientas y saliendo al descansillo, me puse a arreglar mi estropicio. Como mi patada fue seca, únicamente tuve que recolocar las bisagras para que la jodida puerta funcionara nuevamente.
“Tengo que controlar mi mala leche”, pensé mientras lo hacía.
Ya de vuelta a mi piso, lo primero que hice fue dar un vistazo a la madre. Me tranquilizó observarla haciéndole mimos a su chaval y por eso ya tranquilo, viendo la hora, decidí que era hora de comer y metí en el horno una pizza. No habían pasado los quince minutos que se necesitan para calentarse cuando la vi salir de la habitación y en silencio sentarse frente a mí. No tardé en comprender que quería decirme algo y por eso apagando la tele, me la quedé mirando. Al observarla, traté de encontrar algún motivo por el que esa preciosidad se hubiese tomado esos tranquilizantes pero no lo encontré y por eso esperé que fuera ella quien me lo dijera.
La belleza de esa cría era evidente. Por mucho que estuviera demacrada y sin arreglar, no pude más que deleitarme contemplándola. Morena de pelo largo, su bonita cara iba en consonancia con el resto de su cuerpo. Delgada pero con un par de pechos dignos de una antología, la muchacha era encantadora.
Patricia totalmente avergonzada tomó aire antes de empezar:
-Te debo una explicación.
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No sé si fue su cara de no haber roto nunca un plato o por el contrario el verla tan desvalida pero lo cierto es que cogiéndola de la mano, le dije que no era necesario. Ella al sentir mi apoyo se echó a llorar y tras unos minutos donde solo pude observar su dolor, me dijo:

-Necesito explicarte. Gracias a ti, estoy bien pero sobre todo Andrés no ha sufrido por la idiota de su madre.
Instintivamente miré al bebe que desde su cuna me sonreía. El puñetero enano tenía sus ojos fijos en mí, reconociendo al que media hora antes le dio de comer. Viendo que no me quedaba mas remedio que recibir sus excusas, la miré  dándole entrada.
La morena, habiendo captado mi atención, empezó a decirme:
-No era mi intención el suicidarme. Pero como llevaba mas de dos días sin dormir, decidí tomar un calmante y te juro que no sé cómo pude tomar tantos- sus palabras me calmaron porque al menos no era una loca confesa, aun así  decidí esperar a que terminara para hacerme una idea de lo que había pasado.
Mi vecina buscando una explicación, prosiguió diciendo:
-No comprendo como pude ser tan boba, solo alcanzo a pensar que creyendo que no me las había tomado, volví a tomar otra dosis- cómo podía ser, permanecí callado – Lo cierto es que desde que murió Juan, no he hecho otra cosa que llorar.
 Esa confesión  me interesó y intentando indagar en ella, pregunté:
-¿Juan era el padre?
-Si- respondió llena de pena.
Sabiendo el trauma que debía de ser quedarse sola, me abstuve de seguir investigando pero ella una vez abierta la espita por la que sacar su dolor, me dijo:
-Falleció en un accidente hace dos meses- y ya totalmente deshecha, llorando a moco tendido, se quejó de que su niño nunca llegaría a conocerlo.
Juro que nunca he sido de lágrima fácil pero ese drama me afectó y abrazándola sin otra intención que consolarla, la animé diciendo:
-Tranquila, eres joven y encontrarás a alguien que aunque nunca pueda sustituirlo, si se comporte como un padre con el niño.
La muchacha al oírme, se secó los ojos con la manga de su jersey y poniendo cara esperanzada, me preguntó:
-¿Tú crees?
-Por supuesto- respondí – tendrás muchas oportunidades y más cuando conozcan a Andrés que es un niño precioso y bueno.
El piropo que solté sobre el niño, le cambió la cara y sin dejar de llorar, la noté más animada. Aprovechando el momento, le informé que tenía una pizza en el horno y levantándola de la silla, la llevé a la cocina. Patricia me siguió como una autómata con su bebé y solo cuando la obligué a sentarse en la mesa, me soltó:
-¿Por qué eres tan bueno conmigo?
Cortado, intentando mediante una broma sacarle de su depresión, respondí:
-Es fácil, como verás y soy soltero. Y ¡qué mejor forma de conseguir compañía que actuar como un caballero de película!
Mi respuesta que iba en son de guasa, la destanteó momentáneamente y al darse cuenta que  estaba bromeando, me soltó:
-Por la forma que te mira mi niño, ¡A él ya lo has conquistado!
Juro que en ese instante, el jodido crío como si supiese de qué estábamos hablando estiró sus brazos para que yo lo cargara. La madre soltando una primera risa, me pidió:
-¡Cógele! ¡Le gustas!
Aunque nunca en la vida me había llevado bien con un bebé, reconozco que me hizo gracia el enano y cogiéndole en brazos, le hice un par de carantoñas. Encantado, el chaval me sonrió mientras intentaba llevar a su boca mi mano.
-¡Lo ves!- recalcó la muchacha – es la primera vez que veo que se va con alguien teniéndome a mí al lado.
Cortado pero alegrándome en mi interior de haberme topado con los dos, le pasé a Andrés diciendo:
-Tómalo mientras sirvo la comida.
Patricia intentó ayudarme pero con voz tranquila le obligué a permanecer sentada. Sirviendo de anfitrión, traje la pizza y nos pusimos a comer. Durante la comida, se mostró más comunicativa y por eso descubrí que además de ser bonita, la morena era una mujer encantadora. Dotada de una dulzura innata, os tengo que reconocer que quizás  sin darme cuenta y desde ese momento quedé prendado de ella. No solo tenía un cuerpazo sino que desde el principio me quedó claro que tenía la cabeza perfectamente amueblada y que esa sobredosis que me llevó a conocerlo solo había sido un accidente. Por eso y creyendo que era una idiotez que se quedara en mi apartamento, nada más acabar de tomarnos el café, le pregunté:
-Patricia, aunque me he comprometido a tenerte en casa, veo que estás bien. SI quieres irte, no pondré ningún impedimento.
Curiosamente, se quedó callada y tras pensarlo unos instantes, contestó:
-Si no te importa, me gustaría quedarme aquí al menos estos días- y casi a punto de llorar, me dijo: -Te parecerá raro pero me da miedo irme sola a mi piso.
Su respuesta aunque extraña, me satisfizo y mirándola a los ojos, respondí:
-No me importa. Yo también prefiero teneros cerca – dándome cuenta que podía ser malinterpretado,  intenté explicarme diciendo: -Lo digo por los pápeles que firmé.
Mis palabras la tranquilizaron y pidiéndome permiso, se fue al cuarto de invitados a echarse un rato. Habiéndome quedado solo y mientras metía los platos en el lavavajillas, me quedé pensando en lo agradable que era tener compañía.
El resto de la tarde pasó sin nada que mencionar a no ser por el hecho que en un momento dado, Andrés pidió su toma y viendo que su madre necesitaba descansar, entré en el cuarto a cogerlo. Patricia me lo agradeció y siguió durmiendo sin saber del efecto que produjo en mí el verla acostada. Al tumbarse, se había quitado los pantalones y por eso cuando entré por su hijo, me quedé de piedra al admirar la perfección de su cuerpo. Dotada por la naturaleza de unas piernas de ensueño, no fue consciente del modo en que me la quedé mirando.
“¡Dios! ¡Qué buena está!” exclamé mentalmente mientras cogía a Andrés y con la imagen de esa belleza grabada en mi retina, me retiré a preparar el bibe a su hijo.  Mientras lo hacía, no pude dejar de rememorar en mi mente, las bragas de encaje que cubrían su pubis ni la rotundidad de los pechos que  inútilmente intentaba esconder su sudadera.
“¡No me puedo creer que nunca me haya fijado en ella!” mascullé entre dientes al sentarme con su hijo. El crío comportándose como un querubín, se tomó la mamila sin quejarse. Juro que aunque resulte imposible de creer, no me molestó cambiar por segunda vez en mi vida un pañal porque mientras lo hacía, solo tenía un único pensamiento: “Patricia”.  El erotismo que manaba de su cuerpo era tal que involuntariamente mi pene reaccionó irguiéndose hasta su máxima extensión.
Venciendo los reparos que me producía excitarme con esa mujer, dejé al niño en su cuna y encerrándome en mi cuarto, me di rienda suelta a mi imaginación. Obviando tanto nuestra diferencia de edad como el hecho que era una criatura indefensa y sin poder pensar en otra cosa que no fuera estar entre sus piernas, soñé que entraba en mi cuarto y que sin hacer ruido se acercaba a mi cama lentamente. Sin preguntar y con su piel erizada por lo que iba a hacer, me levantó las sábanas y se hizo un hueco a mi lado. Comportándose como una ladrona, en mi sueño, mi vecina aproximó su cuerpo a mí y mientras se pegaba a mi espalda, susurró:
-Fóllame.
Hasta ese momento, me había hecho el dormido pero al sentir la presión de sus pechos contra mi piel hizo que mi pulso se acelerara. Tratando de tranquilizarme, respiré profundamente antes de darme la vuelta. Al hacerlo, Patricia no aguardó mi respuesta y lanzándose entre mis brazos, buscó mi boca. Aunque sabía que todo era producto de mi mente, me vi respondiendo con pasión a su beso y mientras se acomodaba entre mis piernas, oí a mi vecina murmurar:
-¡Lo necesito!- mientras se comenzaba a mover lentamente sobre mí, degustando la presión de mi pene contra su sexo.
Era tal mi excitación que ni siquiera me dio tiempo a recrearme soñando que la penetraba porque exploté dejando el rastro de mi semen sobre el colchón. Asustado por la magnitud de mi calentura, me levanté de la cama y busqué calmar mi tensión con una ducha de agua fría. El impacto de introducirme bajo el chorro, consiguió tranquilizar temporalmente mi excitación pero mientras me secaba no pude dejar de reconocer que ante cualquier avance de esa mujer, los rescoldos se convertirían en un incendio y sin lugar a dudas, caería rendido entre sus muslos.
Con posterioridad me enteré que mientras tanto, Patricia le ocurría algo parecido. Tras meses de angustia, había encontrado en un desconocido el apoyo que había perdido y aunque le seguía doliendo la ausencia de su marido, se dio cuenta que la vida seguía y que tenía que buscar un padre para su hijo. Le costaba comprender que le hubiese prestado su ayuda sin pedirle nada a cambio y por eso  cuando entré  a por Andrés, se hizo la dormida porque sabía que no podía negar esa ayuda desinteresada pero también porque descubrió en mi mirada una mezcla de deseo y de cariño que la dejó confundida.
“¡Le gusto!”, pensó y ya claramente turbada tomó nota de que no le había molestado sentir mis ojos recorriendo su cuerpo.  
Tratando de evitar seguir pensando en mi pero claramente excitada, cerró los ojos imaginándose que estaba con su marido en esa cama y dejando caer suavemente las manos por su cuerpo, se empezó a acariciar. En su imaginación, el difunto era el que se estaba acercando a su clítoris y buscando liberar la frustración acumulada, separó sus piernas y con delicadeza se apoderó del botón escondido entre los pliegues de su sexo. Reteniendo los gemidos de placer en su garganta, soñó que Juan se agachaba y se apoderaba de él mientras con la otra mano se pellizcó un pezón. Ya completamente excitada y mientras su cuerpo convulsionaba de placer, le pidió que la besara. Fue entonces cuando se percató que la boca que estaba besando en sueños no era la de Juan sino la mía. Asustada por su propia reacción, se corrió al darse cuenta que el hombre con el que soñaba: ¡Era yo!
Una hora más tardé, todavía conmocionada por haberse masturbado con uno que no solo no era su marido sino que además de ser un desconocido la podía llevar quince años, salió de la habitación para descubrirme en el sofá viendo la tele.
 
Al verla entrar, me costó evitar que mis ojos se recrearan en su figura. La muchacha sin maquillar y despeinada tenía un encanto difícil de describir. Todo en ella era bello, su cara, sus labios, el modo tan despreocupado con el que lucía esa sudadera e incluso tengo que reconocer que me cautivó descubrir que dejando tirados sus zapatos al lado de la cama, Patricia apareció descalza en el salón. Sus pies y sus uñas pintadas de rojo, me hicieron suspirar y temiendo que el resto de mi cuerpo reaccionara traicionándome, retiré mi mirada y disimulando mi excitación, seguí viendo la película.
-¿Qué están poniendo?- me preguntó.
Intentando que no se me notara, contesté:
-Una de risa.
Satisfecha porque quizás reírse era lo que necesitaba, se sentó junto a mí.  Su presencia, curiosamente, diluyó mis dudas y olvidándome de lo que sentía, me sentí acompañado.
Aunque ninguno de los dos lo sabía, habíamos sido participes en los sueños del otro  pero eso no importó para que al cabo de unos minutos, a carcajada limpia disfrutáramos de las correrías absurdas de los protagonistas de la cinta. El ambiente se fue distendiendo y aunque no nos percatáramos ni ella ni yo, nos fuimos acercando el uno al otro y antes de que terminara, Patricia tenía apoyada su cabeza en mi pecho.
Fue en los anuncios, cuando caí en nuestra postura pero lejos de alterarme, me encantó tenerla tan cerca. Ella por su parte, al notar mi brazo a su alrededor, se sintió protegida e involuntariamente, sonrió. Cualquiera que nos hubiese visto, hubiera creído observar a una pareja disfrutando de un sábado en la tarde en la tranquilidad del hogar y aunque no había nada pecaminoso ni inmoral en nuestra actuación, ambos fuimos conscientes de estar jugando con fuego.

Todavía seguía la película cuando desde la habitación escuchamos el llanto de Andrés:
-Debe tener hambre- señaló su madre corriendo a por el bebé.
Verla partir, me molestó en un principio pero al volver con el crío en su regazo, me quedé pasmado por la belleza de la imagen. El cariño que se profesaban me hizo desear por vez primera formar una familia y sin dejarlos de mirar, reparé en que lo que realmente anhelaba era ser yo parte de la suya.
“¡No puede ser! ¡Soy demasiado viejo para ella!”, maldije entre dientes mientras seguía absorto como Patricia era capaz de prepararle el biberón sin dejar a Andrés en su cuna.
Queriendo ayudar, me acerqué a los dos y dije:
-Dame al niño.
Al no estar acostumbrada a que nadie la echara un capote, se me quedó mirando mientras se lo cogía. Fue entonces cuando ocurrió, juro que no fue mi intención pero lo cierto es que al tomarlo, pasé mi mano involuntariamente por su pecho. Mi vecina, esa madre joven recién viuda, no pudo evitar que de su garganta saliera un suspiro al sentir mi caricia. Si ya estaba suficientemente turbado por su gemido, me quedé de piedra al comprobar que bajo su blusa y traicionándola, sus pezones se le pusieron duros.
Sin saber a qué atenerme ni que pensar, le pedí perdón y retirándome de ella, me la quedé mirando. Patricia, consciente de mi escrutinio, se movió nerviosa incrementando de esa manera mi turbación.
“No puede ser”, pensé creyendo que mi calentura me estaba jugando una mala pasada pero cuanto más la observaba más clara era la presencia de esos dos bultos bajo la tela.
A los pocos segundos, la madre terminó de prepararlo y rojo como un tomate, me pidió a su hijo de vuelta. No queriendo que pensara mal de mí, le pase al crío evitando cualquier contacto y volviendo al sofá, intenté evitar seguirme fijando en ella. Lo cual me resultó imposible y al cabo de los pocos minutos, nuevamente estaba observando con deleite como esa joven le estaba dando la toma a su hijo.
“¡Y todavía se va a quedar todo un día!”, mascullé sabiendo lo difícil que me iba a resultar.
Analizando la obstinación con la que mi mente soñaba con que esa mujer fuera mía, busqué la explicación en que mi soltería que creía buscada, no fuera más que resultado de mi fracaso y por vez primera supe lo que era la soledad. Para colmo a un solo metro de mí sentada y ajena a lo que estaba sintiendo estaba una de las mujeres más sensuales que hubiese conocido jamás.
La incomodidad que sentía me hizo reaccionar y levantándome de mi asiento, la pregunté qué quería de cenar:
-Deja que Andrés termine y te ayudo- contestó.
 Temblando, no me quedó más remedio que volverme a sentar. Tengo que reconocer que disfruté tanto como un chaval viendo al bebé bebiendo su biberón de manos de su madre y que cuando terminó, me fastidió que lo hiciera porque estaba totalmente embelesado con la escena. Una vez saciada su hambre, Patricia se levantó y lo llevó nuevamente a su cuna. Sabiendo que quería que se durmiera, estaba esperando pacientemente en el salón cuando la oí llamarme.
Al llegar a su lado, la vi agachada en la cuna y mientras me señalaba a su hijo, me dijo en voz baja:
-Mírale se ha quedado dormido con una sonrisa.
No lo hice a propósito pero al querer comprobarlo, me pegué a ella y contesté:
-¡Es precioso!
Fue al responder mi piropo cuando su madre, se levantó y al hacerlo, su trasero se posó contra mi sexo. Durante unos segundos, ninguno supo que hacer pero el ver el deseo en mi cara fue la gota que necesitaba para lanzarse con una suavidad que me hizo suspirar, Patricia me besó. Tal y como hice en mi sueño, respondí su beso con pasión y cruzando nuestro particular Rubicón, la cogí entre mis brazos y la deposité en la cama.
-Hazme el amor- la escuché decir mientras me llamaba con sus brazos.
Incapaz de contenerme, me tumbé a su lado y la besé nuevamente. Contra toda lógica, era ella la más necesitada y casi desgarrándome la camisa, me la quitó mientras sus labios me colmaban de caricias. Sentir su urgencia fue lo único que necesité para que mis reparos desaparecieran y quitándole la sudadera, descubrí con auténtico gozo la perfección de sus pechos. Dotados con unos pezones grandes y rosados, sus pechos juveniles se me antojaron todavía más apetecibles y pero fue la firmeza de su vientre, lo que realmente me cautivó:
“¡Parece imposible que esta niña hubiese estado embarazada alguna vez!”, pensé mientras la acariciaba.
Patricia, totalmente contagiada por la pasión, se quedó quieta mientras mis dedos reptaban por su piel. Cogiendo confianza, mis caricias se fueron haciendo cada vez mas obsesivas y disfrutando de mi ataque, tuvo que morderse los labios para despertar a su hijo. Ajeno a su turbación, con mis manos sopesé el tamaño de sus senos y mientras ella no paraba de gemir, profundicé en mi ataque recogiendo entre mis dedos uno de sus pezones. Cuando sintió que se mojaba al notar mi caricia sobre su rosada areola, con la voz entrecortada, me pidió:
-Vamos a tu habitación.
Juro que comprendí sus razones pero como estaba lanzado no pude evitar recorrer con mi mano su entrepierna. No sé qué me resultó más excitante, si oír su gemido o descubrir que su coqueto tanga estaba totalmente empapado.
-No seas malo- me rogó con los ojos inyectados de lujuria – ¡Quiero ser tuya!
Patricia, tratando de no  levantar la voz, apretó sus mandíbulas al notar que mis dedos se habían apoderado de su clítoris. Totalmente indefensa, tuvo que sufrir en silencio la tortura de su botón mientras su bebé dormía en su cuna. Disfrutando al comprobar que no solo estaba húmeda sino que poco a poco mis toqueteos estaban elevando el nivel de la temperatura de su cuerpo, no paré hasta que mis oídos escucharon su tímido orgasmo.
-¡Me vengaré!- me dijo con una sonrisa al recuperar el resuello.
Me encantó comprobar que no estaba enfadada y cogiendola entre mis brazos, la cambié de habitación.  Nada más ver que llegábamos a mi cuarto, Patricia, se abalanzó sobre mí y, restregando su cuerpo contra el mío, exclamó:
-¡Eres un maldito!. Tendrás que compensarme el mal rato- mientras se arrodillaba y me despojaba de mi pantalón. Al ver mi sexo al descubierto, lo cogió entre sus manos y sin esperar mi permiso, se lo introdujo  en la boca.
Creí morir al comprobar la maestría con la que esa se apoderaba de mi miembro y esperanzado comprendí que era tanta su necesidad de que esa noche no me iba a dejar descansar hasta que la saciara. Ajena a mis pensamientos, mi vecina cogió con sus  manos mis testículos e imprimiendo un suave masaje, buscó mi placer de la misma forma que yo había buscado el suyo. Fue impresionante experimentar como su lengua recorrió los pliegues de mi glande mientras no dejaba de decir lo mucho que gustaba.
-Me encanta-, exclamó al comprobar la longitud que alcanzaba en su máxima expresión y abriendo sus labios fue devorando mi polla lentamente hasta que acomodó toda mi extensión en su garganta.
Entonces usando su boca como si de su sexo se tratara, empezó a meterlo y a sacarlo de su interior con un ritmo endiablado. Alucinado por su mamada, todo mi ser reaccionó y acumulando presión sobre mis genitales, estos explotaron en sonoras oleadas de placer. La joven madre no dejó que se desperdiciara nada de mi simiente y golosamente fue tragándola a la par que mi pene la expulsaba.
Una vez terminó la eyaculación, con su lengua limpió los restos de semen y sonriendo, me miró diciendo:
-Espero que seas capaz de recuperarte rápidamente porque necesito que me hagas tuya.
Con todo la sensualidad del mundo, me estaba retando y cayendo en su trampa, la terminé de desnudar tras lo cual la tumbé en la cama:
-Se bueno conmigo- me soltó  con voz temblorosa.
Le respondí hundiendo mi cara entre sus piernas. Su sexo me esperaba completamente mojado y al pasar mi lengua por sus labios, oí el primero de los gemidos que escucharía esa noche. El aroma a mujer necesitada inundó mi papilas y recreándome en su sabor, recogí su flujo en mi boca mientras mis manos se apoderaban de sus pechos. Mi nueva amante colaboró separando sus rodillas y posando su mano en mi cabeza, me exigió que ahondara en mis caricias diciendo:
-Fóllame y seré completamente tuya-.
Su promesa me volvió loco y pellizcando sus pezones, introduje mi lengua hasta el fondo de su sexo.  Patricia chilló de deseo y reptando por la cama, me rogó que la penetrase. Haciendo caso omiso a su petición, seguí jugando en el interior de su cueva hasta que sentí cómo el placer la dominaba y con su cuerpo temblando, se corría en mi boca. Su clímax, lejos de tranquilizarme, me enervó y tumbándola boca abajo sobre las sábanas, puse la cabeza de mi glande entre los labios de su sexo.
-Tómame-, exigió moviendo su culo.
-Tranquila-, dije dándole un suave azote,-llevo mucho tiempo sin hacerle el amor a una mujer y si sigues así, me voy a correr enseguida.
-Yo también, ¡Necesito sentir tu polla! Desde que te conozco, me he vuelto a sentir como mujer y me urge ser tuya-.
Comprendiendo la inutilidad de mi razonamiento, de un solo arreón, rellené su conducto con mi pene. Mi vecina, al sentirlo chocando contra la pared de su vagina, gritó presa del deseo y retorciéndose como posesa, me pidió que la cogiera los pechos.  Obedeciendo me apoderé de sus senos y usándolos como ancla, me afiancé con ellos antes de comenzar un suave trote con nuestros cuerpos. Fue entonces su cuando,  berreando entre gemidos, gritó:
-Júrame que vas a ser el padre de mi hijo. Quiero pertenecerte y que tú seas mío.
Como eso era exactamente lo que deseaba, me hizo enloquecer y fuera de mí, incrementé mi velocidad de mis penetraciones. Patricia respondió a mis esfuerzos con lujuria y sin importarle despertar a su niño, me chilló que no parara. El sonido de la cama chirriando se mezcló con sus gemidos y completamente entregada a mí, se corrió nuevamente sin parar de moverse. No habiendo satisfecho mi lujuria,  convertí mi galope en una desenfrenada carrera que tenía como único objetivo mi propio placer pero, mientras alcanzaba mi meta, llevé a mi amante a una sucesión de ruidosos orgasmos.
Su completa entrega me terminó de enamorar y por eso cuando con mi pene estaba a punto de sembrar su vientre, la informé que me iba a correr. Ella al sentirlo, contrajo los músculos de su vagina y con una presión desconocida por mí, obligó a mi pene a vaciarse en su vagina.
Agotado por el esfuerzo, me desplomé a su lado. Patricia me abrazó llorando. Al percatarme de las lágrimas que recorrían sus mejillas, le pregunté preocupado que le ocurría:
-Nunca creí que pudiera volver a ser feliz. Durante meses creí que mi vida había terminado sin saber que en la puerta de al lado vivía un hombre que me haría recobrar mi esperanza.
Tratando de quitar importancia a su confesión, en plan de guasa, pregunté:
-¿Y quién es? ¿Lo conozco?
Muerta de risa al escuchar mi broma respuesta, me soltó mientras con sus manos se apoderaba de mis huevos:
-Como dudes de quien es, ¡Tendrás que llamar a un médico!
La más que evidente amenaza no consiguió su objetivo porque al sentir la presión de sus dedos, mi pene reaccionó irguiéndose como un resorte. Soltando una carcajada, le separé las piernas y mirando a su entrepierna, le espeté:
-Tan poco aguanta tu coño que piensas que tendré que llevarte de vuelta al hospital.
Sin perder la sonrisa, llevó mi miembro hasta su entrada y mientras se lo incrustaba hasta el fondo, me susurró:
-Cuídate tú, pienso dejarte tan cansado que quizás te dé un ataque, ¡Mi querido anciano!
Si quieres ver un reportaje fotográfico más amplio sobre la modelo que inspira este relato búscalo en mi otro Blog:     http://fotosgolfas.blogspot.com.es/
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