Mi nombre es Liliana, suelo leer con cierta frecuencia relatos de amor filial, quizá porque he tratado de ahondar en la forma como nacen las experiencias de este tipo, en un intento de comprender mis propias vivencias y lo inaudito de  desear incontrolablemente…a mi hermano de sangre.               
Diego es mi hermano mayor, crecimos en una familia tradicional, en cuyo seno se podía respirar amor;  nuestros padres forjaron un hogar estable, brindándonos un ambiente idóneo para que nuestra infancia se desarrollara a plenitud.
 Nada había de especial   en nuestra relación de hermanos,  nunca nos miramos de manera distinta  a lo normal, ni sucedió algo que pudiera marcar nuestra sexualidad, o nos indujera a tener un vínculo más profundo, al contrario, solíamos tener las típicas peleas que se dan en la mayoría de familias convencionales.
Durante la juventud casi nos ignorábamos, Diego llevaba su vida totalmente independiente de la mía, salía con cuanta chica podía y lo que menos le interesaba era mi compañía,  lo cual era totalmente correspondido de mi parte.
Por aquel tiempo yo apenas había descubierto el placer en mi propio cuerpo, iniciaba con mis primeras caricias y honestamente nunca se me cruzó por la mente mi hermano como objeto de deseo, mis fantasías eran con amores platónicos  y mis conocimientos del sexo lo que asimilaba en charlas con amigas o lo que leía en alguna revista de tinte erótico que lograba conseguir, en fin como dije antes, solo éramos dos hermanos comunes y corrientes.
Pese a ello, debo reconocer que notaba que mi hermano era apuesto, de piel blanca, cabello castaño claro, alto, con cuerpo atlético y un rostro armónico de rasgos muy masculinos,  y aunque no me   hubiera fijado en esos detalles, mis amigas me lo hacían  notar en cuanta oportunidad tenían, ventilando con lujo de pormenores todo lo que harían si tuvieran la oportunidad de llevárselo  a la cama, pero a Diego le atraían las chicas grandes y a mis contemporáneas las ignoraba olímpicamente, no se diga a mí, siendo su hermana.
Nuestra historia dio un gran salto a lo imprevisible , después de que Diego culminara los estudios de bachillerato, era un chico brillante, por lo que no causó sorpresa que  se graduara con excelentes calificaciones, las mismas que desbordaron el orgullo de nuestros padres, quienes decidieron premiarle cumpliendo el sueño de todo joven, tener su propia  motocicleta.
Era increíble que mi hermano tuviera una moto, un sueño hecho realidad, pero lógicamente las cosas no resultaron tan beneficiosas para mí, puesto que Diego evitaba al máximo llevarme, únicamente lo hacia cuando se sentía casi obligado por la petición de mis padres y procuraba siempre que fueran paseos cortos argumentando alguna ocupación.
Para mi sorpresa, una tarde de sábado, Diego me pidió que le acompañara a un pueblo pintoresco llamado San Marcos Sierras que dista a una hora de la casa paterna; casi no podía creerlo, mi hermano voluntariamente me invitaba a pasear. Sin pérdida de tiempo y sin caber de  alegría me vestí, recuerdo como si fuera ayer que  me puse unos shorcitos blancos y un top verde, al interior llevaba una bombachita blanca de algodón y no usaba sujetador gracias a que mis  pechos  eran una belleza aun en flor.
Me miré en el espejo, una carita inocente se reflejaba, brillaban unos dulces ojos marrones que contrastaban con la sensualidad que se podía adivinar en mis  labios gruesos.  Un rostro bonito  enmarcado por un cabello ligeramente ondulado de color castaño.
Piel blanca, de cuerpo menudo y proporcionado, pechos pequeños, cintura definida, con caderas amoldadas a la deliciosa forma femenina, glúteos levantados y muslos fuertes, atributos que aun ahora siguen siendo mi orgullo.
Temiendo que mi hermano se impacientara, sin mayores retoques corrí a su encuentro  y trepé en la motocicleta, agarrándome de su cintura.
Diego amaba la velocidad, la libertad y sentirse dueño del mundo, así que no me sorprendió que inmediatamente acelerara. A mi gustaba disfrutar de la brisa, de  esa sensación de tener alas y cabalgar entre nubes, pero me asustaba su prisa, así que le rogué que fuera más despacio, pero mis súplicas eran vanas, pues  mi hermano aceleraba aun más causándome mucho miedo.
 En un intento  de asegurarme para no caer, me apreté contra su cuerpo, abrazándole fuertemente; creo que nunca lo había tenido tan cerca, al menos no que lo recordara.
 No se  porqué, ni en que momento sucedió, pero de pronto  el temor había desaparecido completamente, y   extraña e inesperadamente, una hermosa sensación de placer se estaba apoderando de mi cuerpo.
Aún ahora no entiendo aquella repentina transición, no se si fue la adrenalina de la velocidad, la vibración de la motocicleta, la absoluta cercanía, un lapsus hormonal o una mezcla de todo, pero mis pezones estaban altivos, endurecidos como nunca habían estado, hasta el punto de causarme un dulce dolor al clavarse en la espalda de Diego; yo no podía contenerme, simplemente me dejaba arrasar por aquella sensación inigualable de goce que descubría en la proximidad con mi hermano.
No había culpa ni vergüenza, simplemente me apreté más dejando que mis senos se aplastaran contra su espalda, mientras  mis brazos se aferraban a su cuerpo. Mis piernas abiertas adheridas a su cadera incrementaban mi excitación y el roce de mi pubis contra su cuerpo,  me llenaba de un morbo incontrolable; estaba alterada, inquieta, y mi sexo se humedecía cada vez más… 
Me sentía tan feliz  al descubrir  aquella nueva forma de placer, que cuando llegamos a nuestro destino y bajé de la moto me pareció despertar del más hermoso de los sueños.
 Tomamos una gaseosa en una confitería del pueblo, casi sin intercambiar palabras entre nosotros e inmediatamente emprendimos el viaje de vuelta.
El regreso fue similar, el deseo volvió a despertar sin respetar parentescos ni sangre, no racionalizaba, simplemente el instinto me obligaba a apretarme mas contra él, buscando mayor contacto. Mis pechos  restregados contra la espalda de mi hermano despertaban el hambre en mi sexo, un hambre inquietante, propia de una muchacha aún inocente.
 Estaba tan eufórica por el efecto que su calor producía en mi vagina, que lubricaba abundantemente, sentía como mis líquidos humedecían mis bragas, y no solo eso, sino que por primera vez en mi vida, sin necesidad de tocarme yo misma,  y tan solo por  las nuevas sensaciones que me producía  su roce, tuve un orgasmo, un orgasmo tan intenso, que cuando bajé de la moto, sentía mis piernas debilitadas; sin embargo, con una rápida mirada, tuve tiempo para notar la turbación en el rostro  de  Diego y el bulto enorme que su pene hacia en el pantalón. Sin decirnos una sola palabra nos encerramos cada uno en su habitación.
Tendida en mi cama repetía cada sensación, no sabia si alegrarme por lo sucedido o recriminarme, cielos!!! era mi harmano!!, mi hermano al que nunca había mirado como hombre y que ahora sin que yo misma pudiera entender cómo, me había provocado un orgasmo.
Me preguntaba que estaría pensado Diego,  como se sentiría? el bulto en su entrepierna me hacia suponer que me sintió, que mis pequeños estremecimientos le excitaron. Cómo me corroía la curiosidad de saber si allí refugiado en su recámara  se acariciaba, si su pene se elevaba recordándome, y si su semen se regaba en sus manos  mientras pensaba en mí.
Después de ese día, como si tuviéramos un convenio tácito, Diego me invitaba a pasear en moto por las tardes, e inevitablemente se repetía lo mismo de la primera vez…
Nunca hubo un comentario entre nosotros acerca de lo que nos sucedía en esos viajes, pero ambos sabíamos, aun sin cruzar palabra, el inmenso placer sexual que nos proporcionábamos.
Un tiempo después, cuando Diego se preparaba para ir a vivir a Córdoba debido sus estudios universitarios, un amigo tuvo un accidente en motocicleta y pasó por momentos de mucha gravedad, que hicieron  incluso temer por su vida. Demás esta decir que mis padres movieron cielo y tierra hasta convencerle de vender la moto y a cambio le compraron un auto, de esa forma nosotros ganamos en seguridad y nuestros padres en tranquilidad, pero de esa forma se cerró una etapa de nuestras vidas que continuaría  años después.
Como dije antes, Diego se trasladó a otra ciudad, ello implicaba que nos viéramos menos, y ese deseo que nos había despertado mil inquietudes, pareció adormecerse temporalmente en nuestra piel.
Con el paso del tiempo, debido a mis estudios universitarios,  tuve que trasladarme a Córdoba y compartir el departamento con Diego. Desde los primeros días de convivencia,  me di cuenta que la indiferencia que mi hermano intentaba demostrar en casa de nuestros padres, perdía fuerza, la atracción inexplicable que sentíamos pese a ser hermanos, despertaba con nuevos bríos y al estar solos, las situaciones comunes, inevitablemente se volvían en trampas, que nos conducían a una solo camino…
 Varias veces,  en las noches mientras veíamos tv, le sorprendí mirando mis piernas en forma disimulada y en lugar de cubrirme,  fingiendo distraimiento dejaba que mi batita se deslizara hacia la parte superior de mis muslos; no sé que pretendía con eso, ni hasta donde quería llegar, pero amaba sus ojos acariciando mi cuerpo.
Me enternecía su voluntad por resistir, por  apartar la vista de mis pezones cuando éstos se erguían y se evidenciaban bajo la ropa, y pese a todo su esfuerzo,  más de una vez noté  su erección y los vanos intentos que hacía por disimularla.
 Era un juego peligroso, pero excesivamente apasionante y que invariablemente terminaba cuando  a solas en mi cama, me acariciaba y me proporcionaba placer imaginando su cuerpo sobre el mío, sus manos adueñándose de mi carne y su sexo invadiendo mi epicentro…
El viernes en que cumplí 19 años, nos quedamos en la ciudad, ya que al día siguiente ambos debíamos rendir exámenes parciales; así que después de haber ido juntos a cenar  y de saludar a nuestros padres telefónicamente,  nos fuimos como de costumbre a dormir. Intenté hacerlo por mas de media hora y no lo podía  lograr, había en mi cuerpo una inquietud mas fuerte que otras noches, las ansias reprimidas estaban tomando control no solo de mi cuerpo, sino también de mis emociones y mas aun de mi raciocinio; fue entonces cuando tomé la gran decisión.
 Me levanté, llamé a la puerta del dormitorio de Diego quien estudiaba recostado en su cama; le pedí que me dejara estar un rato con él, por que me sentía un poco triste. Creo que se sorprendió por mi pedido, pero aceptó de buen agrado, se deslizó hacia un costado y me hizo lugar.
 Me acosté a su lado dándole la espalda,  le pedí que  se diera vuelta hacia mí, quedando su pecho pegado a mi cuerpo; hice que pasara su brazo por sobre mí y tomé su mano entre las mías, de ésta manera  yo me sentía protegida y mimada. Cerré los ojos y comencé a soñar despierta.
Tenía una mezcla insoportable de temor e incertidumbre por lo que pudiera pasar y una excitación sexual tan intensa, que mi cuerpo vibraba sin que yo pudiera controlarlo. Al notar mi temblor, Diego me oprimió más contra él y me pidió que estuviera tranquila, que dejara de estar triste, pues al parecer interpretó que yo estaba nostálgica, por que era la primera vez en mi vida que pasaba un cumpleaños fuera de la casa paterna.                   
Estar recostada en sus brazos me dio calma y casi  sin darme cuenta me quedé dormida. Fueron tal vez, unos pocos minutos, pero desperté sintiendo el cuerpo de Diego contra el mío y la presión de su pene erguido contra mis nalgas.
Cuando advirtió que me había despertado intentó separarse de mí, pero en un gesto audaz que aún no logro explicarme como pude realizarlo, pasé mi brazo por detrás de sus glúteos y con mi mano lo oprimí contra mi cuerpo.
 No pudo evitar que su miembro se apretara entre mis nalgas y que comenzara a palpitar y a abrirse camino entre ellas, de tal manera que parecía tener vida propia. Sumando mas audacia a la audacia ya tenida, deslicé la mano suya que tenía aún atrapada entre las mías, la llevé hasta mi sexo y la oprimí contra él. Ya no había vuelta atrás…
Permanecimos en silencio unos minutos, durante los cuales solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas y el latir de nuestros corazones.
 Con mucha suavidad guié sus dedos entre los labios de mi vulva y cuando él comenzó a acariciarme aceptando mi invitación, me levanté la bata de manera que su pene, que había salido de su bóxer, entrara en contacto directo con la piel de mis glúteos. Sin decir una palabra y sin cambiar  la posición en la que estábamos, excepto algunos pequeños movimientos para que nuestros cuerpos se ajustaran más íntimamente el uno al otro, empezamos a tocarnos en forma suave.
Mi mano acariciaba su miembro y le fui guiando entre mis nalgas para que  su glande quedara apoyado sobre mi orificio anal. Sus dedos daban a los labios de mi vulva y a mi clítoris tanto placer, que no podía evitar que de mi garganta salieran gemidos descontrolados.
 Su otra mano acariciaba y oprimía mis pezones y su boca lamía y mordía mi nuca. Comenzamos a movernos en forma rítmica y acompasada. El frotamiento entre su miembro y la zona de mi entrada anal  era facilitado por la lubricación proporcionada por su licor pre seminal y mis propios jugos.
Nuestros movimientos se hicieron desenfrenados. El placer era tan intenso que ninguno de los dos pudo resistirse e intentar alargarlo. Casi al unísono ambos llegamos al clímax.
Mi orgasmo fue de una intensidad tal, que no pude evitar que se me escapara un grito, que incluso a mi me desconcertó. Pareció que este grito fuera el detonante para que Diego se volcara entre mis nalgas e inundara la entrada de mi ano  con su eyaculación.
 Jamás voy a poder describir la sensación de felicidad que me invadió en ese momento. Aun hoy, cuando lo recuerdo, no puedo evitar un estremecimiento.
Nos quedamos inmóviles largo rato. Mas tarde, cuando ya nuestros cuerpos se habían serenado, me levanté, me lavé y me fui a mi cama. Escuché como Diego hacía lo mismo y volvía a su lecho.
Mientras sucedía todo esto que  acabo de contar, como era nuestra costumbre no intercambiamos una sola palabra.
Ya en mi cama, tarde muchísimo en dormirme, pues a la felicidad que me proporcionaba lo que había sucedido con Diego, se contraponía el temor que sentía por lo que iba a pasar a la mañana siguiente, cuando tuviéramos que enfrentarnos cara a cara. 
 El despertar, si bien fue intempestivo, no fue traumático en absoluto. Ambos nos quedamos dormidos mas de la cuenta,  Diego, que fue el primero en despertarse, me gritó desde su dormitorio que me vistiera rápido pues llegábamos tarde a los exámenes.
En un par de minutos estábamos listos. Bajamos y corrimos tomados de la mano las siete cuadras que nos separaban de la facultad. Llegamos con lo justo para rendir las pruebas, que por cierto mas tarde nos enteramos que las aprobamos satisfactoriamente.
 Ese día entre los parciales y luego viajar al pueblo con nuestros padres que nos vinieron a buscar para festejar  mi cumpleaños,  no tuvimos un minuto a solas para comentar lo sucedido en la noche anterior, solo logramos intercambiar alguna que otra mirada.
 El domingo a la noche regresamos a Córdoba. Durante el viaje hablamos de cosas triviales, tal como suelen hacerlo  los hermanos y no hubo ninguna mención de lo sucedido entre los dos.
 Cuando llegamos al departamento comimos algo en forma rápida y luego tal como era nuestra costumbre desde  niños,  tomamos un baño  antes de ir a dormir. Primero se duchó Diego y se encaminó a su dormitorio vestido únicamente con un bóxer. Cuando paso frente a mi, dirigí una mirada  al bulto que se le formaba en su entrepierna; me sonrojé  cuando nuestras miradas se cruzaron, y el por su parte  me sonrió con sus ojos sin decir palabra.
 Entré en la ducha temblando de pies a cabeza. Mis pezones estaban tan endurecidos que sentía una extraña  mezcla de placer y dolor cuando los rozaba con mis dedos mientras me enjabonaba,  estaba tan excitada que  tuve que hacer un gran esfuerzo para no tocarme mientras la tibieza del agua me acariciaba.
 Vencí la tentación, me sequé  y salí de la ducha  cubierta tan solo con una batita de dormir. Me dispuse a apagar las luces y sin poder evitarlo, me detuve frente al dormitorio de Diego, que por el ruido me di cuenta que aun tenia encendido el televisor.
Coloqué la mano en la manija  y en un nuevo arranque de osadía, abrí su puerta. Al verme no se mostró sorprendido, solo me miró fijamente, como si quisiera transmitirme todos sus deseos. Le  pregunte si podía pasar. No respondió, pero se deslizó en la cama haciéndome  lugar e invitándome con sus ojos a que me acostara a su lado. En toda la noche no hubo más palabras, únicamente  caricias.
 Al reflejo de la luz del televisor repetimos lo que ya habíamos hecho anteriormente, pero esta vez con mucha más confianza y sin ningún tipo de temor a ser rechazados. En la misma posición que la vez anterior nuestros cuerpos, que ya se conocían, se entregaron al placer.
A las caricias, roces y pequeños mordiscos en el cuello y  hombros que me proporcionaba Diego, se sumaba la maravillosa sensación de sentir el glande de su pene intentando infructuosamente penetrar mi ano. Su líquido pre seminal hacía que la presión que ejercía su miembro sobre el mismo, se transformara en una sensación tan suave y maravillosa que me hacía desear con todas mis ansias que se produjera la penetración, que por otra parte consideraba casi imposible ya que el tamaño de su pene no era de manera alguna compatible con la pequeñez de mi orificio.
Mis manos guiaban las suyas sobre mis pechos y mi sexo, sus dedos trabajaban incansablemente procurándome las sensaciones más excitantes que había tenido hasta entonces. Así, consumidos ambos por el deseo, llegamos a la culminación del acto de forma similar a la primera ocasión.  Esta vez, de tal magnitud era la excitación, que nuestros cuerpos tardaron mucho en serenarse.
Mas tarde repetimos la ceremonia de la noche de mi cumpleaños y cada uno durmió en su cama hasta el día siguiente.
A la mañana, cuando desperté, Diego ya se había ido a la Facultad, yo tenía el día libre y aproveché para quedarme en la cama repasando todo lo sucedido entre nosotros.  Rememorar lo vivido con él, hacia que en mi cuerpo renaciera cada una de las sensaciones placenteras y deseara revivirlas en ese mismo instante.
 Luché contra mis deseos de satisfacerme solitariamente y me concentré en tratar de imaginar como continuaría la hermosa relación que estábamos viviendo.  Sabía que era y debería ser siempre un secreto celosamente guardado, pues la sociedad y sus convenciones nunca aceptarían una relación sexual entre dos hermanos, sin dejar de lado, el inmenso dolor que causaríamos a nuestros padres si llegaran a saberlo.
Agravaba a todo lo expuesto, el hecho de que no habíamos intercambiado una sola palabra  al respecto, pues en todo momento había sido el instinto puramente sexual lo que guiara nuestro accionar.  En fin; pensaba, y cuanto más lo hacía más me desesperaba nuestra situación, no solo por lo complicada que era, sino también por que muy dentro de mí intuía, que ya no me sería posible vivir sin las caricias de Diego.
Lloré de angustia hasta quedarme nuevamente dormida.  Cuando volví a despertar y mientras me vestía para encontrarme con Diego en el comedor de la Facultad, medité en que no podíamos seguir huyendo, ni ignorando lo acontecido, así que decidí afrontar la situación.
 Cuando lo vi, mi hermano tenía una amplia sonrisa en sus labios.  Antes  de que pudiera intentar hablar con él,  me dijo que iríamos a almorzar en otro lugar porque era muy necesario que tuviéramos una conversación lejos de la posibilidad de ser interrumpidos por algún compañero de estudios.  Me sobresalté un poco, pero su sonrisa y la dulzura de su mirada me tranquilizaron y tomados de las manos nos alejamos del lugar.
Almorzamos juntos, luego fuimos a tres lugares diferentes donde tomamos café, y culminamos con una cena.  No esperaba  que la charla pudiera ser tan extensa, tan amena y tan libre de prejuicios. Nos contamos todo lo que sentíamos y lo que habíamos vivido en esa etapa de tanta confusión emocional. Diego dio inicio a las confesiones
_Lili, Lili, te deseo desde hace tanto, en realidad son años los que llevo soñando contigo, he luchado por apartarte de mi mente, por mantenerme alejado de ti, porque pese  a la fuerte atracción,  no podía dejar de pensar que eras tan solo mi hermanita a la que de ninguna forma quería lastimar…
Yo lo miraba con dulzura mientras escuchaba en silencio y  el  con los ojos clavados en los míos continuaba:
_Me di cuenta que a ti te pasaba lo mismo, aquella tarde que viajamos  a San Marcos en motocicleta, allí noté tu excitación, desde ahí los paseos que dábamos fueron  un placer y un sufrimiento inmenso, puesto que sentir tus pechos erguidos contra mi espalda y tu cuerpo buscando mas cercanía, me enloquecía y por otro lado al ser tu hermano mayor, sentía que me estaba aprovechando de ti, pues no era capaz de controlar la situación.
No sabes como luché por alejarme de ti, y cuando  me fui a vivir a Córdoba por mis estudios en la universidad, creí que al fin lo había logrado. Luego cuando  tuviste que mudarte conmigo, todo se derrumbó, pasaba tantas noches sin conciliar el sueño, sabiendo que estabas a pocos metros de mi dormitorio; llegó a tal punto mi obsesión que cuando hacia el amor con alguna chica, pensaba en ti, en tu cuerpo, en tus caricias; otras tantas veces me bastaba con pensarte para terminar masturbándome como un enfermo….
Compartió conmigo todo lo sucedido en esos años, incluyendo sus experiencias sexuales, no queríamos ningún secreto entre los dos.
Por mi parte le detallé todas y cada una de las sensaciones y sentimientos que me provocaba su presencia, mi afición por autocomplacerme pensando en él,  mi descontrol por tenerlo cerca y queriendo ser totalmente honesta, le conté que tuve un escarceo lésbico, con una compañera de estudios, pero que pese a mi edad, era virgen.
Él se sorprendió de que aun no hubiera tenido una relación coital,  pero no hizo comentario alguno, solo pasó su brazo por mis hombros y me oprimió contra su pecho.
 Estábamos realmente felices, descubrirnos era maravilloso,  tanto que deseábamos que durara por siempre; coincidimos en que nuestra pasión de ninguna forma opacaba el amor fraternal que nos profesábamos, y nos prometimos que jamás dejaríamos de querernos como hermanos.
 Era muy entrada la noche cuando llegamos a nuestro departamento.  Nos acostamos de lado, pero esta vez cara a cara, por primera vez nos miramos a los ojos conscientes de lo que sentíamos,  por primera vez nos besamos en la boca y por primera vez contemplamos nuestros cuerpos desnudos y nos acariciamos mientras veíamos la expresión de nuestros rostros.
Nuevamente las caricias elevaron la temperatura de nuestros cuerpos y empezamos a amarnos, pero extrañamente ninguno intentó consumar el acto sexual de manera tradicional, sino que instintivamente volvimos a  la  posición que habíamos adoptado las veces anteriores para llegar al orgasmo.
Algo en nuestro subconsciente nos inclinó a hacerlo de esa manera, no nos preguntamos los motivos, ni nos interesaba hacerlo, dado que el placer que experimentábamos amándonos a nuestro modo nos dejaba plenamente satisfechos y de esa forma continuamos.
 Los más de cuarenta días siguientes, fueron dedicados por nosotros casi exclusivamente a amarnos, sin miedos, sin temores y sin remordimientos.
A mediados del mes de julio comenzaban las vacaciones de invierno y tendríamos que abandonar la ciudad para volver a nuestro pueblo. Habíamos decidido que cuando estuviéramos allí, en la casa de nuestros padres, no mantendríamos ningún tipo de contacto que no fuera el que habitualmente tienen los hermanos, ya que de ninguna manera nos íbamos a arriesgar a ser descubiertos,  por eso, aprovechábamos todas y cada una de las horas que nos quedaban hasta el momento de dejar temporalmente nuestro nido de amor.
Vivíamos continuamente excitados, solo acercarnos hacía que nuestros cuerpo se estremecieran, y buscaran las caricias que nos hacia vibrar de placer. Recorrimos toda la gama de posibilidades en lo que a besos, caricias y tocamientos se refiere.  
Nuestras bocas aprendieron los secretos del sexo oral, nuestras manos viajantes locas  se apoderaron de cada rincón y sus dedos, sus maravillosos dedos penetraron mi cuerpo haciéndome casi desfallecer de gozo.
Nos dábamos placer en la cama, en la cocina, en el living, sobre la mesa, bajo la ducha. Todos lo rincones del departamento nos eran perfectos para amarnos.
No puedo recordar exactamente que día fue, pero seguramente eran los primeros días de julio, cuando se produjo lo que yo pensaba que era imposible que sucediera, pero supongo que inconscientemente deseaba con toda mi alma. En una de las tanta sesiones de sexo que manteníamos por esos días y cuando todo hacía suponer que la misma finalizaría como sucedía habitualmente, el pene de Diego que jugaba entre mis nalgas para deleite de ambos, comenzó a penetrar la entrada de mi ano por primera vez.  Era tanta la excitación que tenía, que no sentí dolor alguno,  solo la maravillosa sensación de ser invadida.
La voluptuosidad provocada por el miembro de Diego que se abría paso en mi cuerpo, me procuraba un gozo tan inmenso, que no pude evitar estallar casi instantáneamente en un tremendo orgasmo. Mi cuerpo comenzó  estremecerse  sin que yo pudiera controlarlo; el placer que sentíamos era tanto, que continuamos adelante, se deslizaba suave, de forma que no me lastimaba,  y no nos detuvimos hasta culminar con una penetración completa, que nos proporcionó la más gloriosa de las satisfacciones sexuales logradas hasta ese momento.
Luego de que en la embestida final el cálido semen de Diego inundara mis entrañas y provocara un nuevo éxtasis en mi, nos quedamos mucho rato abrazados disfrutando de lo vivido y sabiendo que ya nunca podríamos prescindir de ese placer….
 Nuestra hermosa relación se mantuvo en forma continua y exclusiva hasta la finalización de las clases en la Facultad, en el mes de diciembre de aquel maravilloso año de 1992, (el mismo año en que las iniciamos). En esa fecha volvimos a casa de nuestros padres a  pasar nuestras vacaciones.
Esa temporada de descanso fue para nosotros  un verdadero tormento, dado que el estar continuamente juntos nos hacía arder de deseos, pero nos habíamos comprometido a no mantener ninguna intimidad mientras estuviéramos en la casa de nuestros padres, pues nos atemorizaba mucho ser descubiertos.
Al inicio de clases del año siguiente, volví sola al departamento de Córdoba, ya que Diego había culminado sus estudios y empezó a trabajar con mis padres en el estudio jurídico que ellos tenían en el pueblo, así que seguimos con nuestra secreta relación de forma mas esporádica, aprovechando alguna escapada que Diego hacia a la ciudad cada vez que podía, la cual disfrutábamos hasta quedar físicamente agotados.
Aunque éramos cuidadosos, estábamos conscientes de que existía un riesgo, así que nos pusimos de acuerdo y de vez en cuando comenzábamos alguna amistad con el sexo opuesto, exhibiéndonos ante nuestros amigos y nuestros padres, a fin de poder alejar cualquier sospecha que alguien pudiera tener sobre nuestra relación. Siempre fueron relaciones sin importancia, hasta que el destino puso en el camino de mi hermano a una mujer especial.
 En el fondo mi hermano y  yo sabíamos que nuestra relación era imposible, jamás podría salir a la luz, así que cuando Diego se  sintió enamorado de aquella muchacha, fue honesto y me lo confesó y aunque les  pueda parecer raro, a mi no me molestó, puesto que se trataba de una chica muy querible con la que desde un inicio hicimos buena amistad, y con quien me une un cariño muy grande hasta la actualidad.
Diego y yo hablamos durante horas sobre lo nuestro y muchas veces decidimos, de común acuerdo terminar, sabíamos que era un amor prohibido, con limitaciones y que tarde o temprano deberíamos alejarnos, pero siempre terminábamos buscándonos y sucumbiendo a la tentación.
 En el año 1995 inesperadamente y  sin que nada lo hiciera prever, murieron mis padres, primero falleció papa víctima de un infarto, y casi a los seis meses murió mi madre de una afección hepática. El dolor insoportable nos unió en un principio y después la pasión descontrolada reclamó nuevamente la entrega vehemente  de nuestros cuerpos.
Como pude me sobrepuse a la tragedia familiar y terminé mi carrera en Ciencias Económicas, mientras Diego se hacia cargo del Estudio que era de nuestros padres.  Cuando me recibí,  trasladamos el estudio a la ciudad y ya como socios nos pusimos a trabajar muy duramente hasta lograr un renombre en el medio.
En ese período, por decisión de ambos, nuestras relaciones eran mas espaciadas y solo cedíamos al deseo cuando definitivamente no lo podíamos evitar.
Diego se casó  en 1997 y de común acuerdo resolvimos interrumpir nuestra relación para siempre, pero tiempo después cuando su esposa estaba embarazada, mi hermano y yo asistíamos a un congreso en la ciudad de Santa Fe y rompimos nuevamente nuestra promesa. A partir de allí ya no intentamos desistir del sexo, y cada vez que se presentaba una oportunidad nos amábamos apasionadamente.
Nuestros encuentros continuaron a través de los años de forma discontinua, pero con la misma intensidad que al inicio, quizá  nunca hemos estado enamorados, pero si tengo en claro que nos amamos como hermanos y que nos deseamos físicamente en forma ardiente, tal como se desean los amantes.
Durante el último congreso al que asistimos juntos en Salta, tuvimos la maravillosa oportunidad de estar solos durante tres días. Nos olvidamos del mundo, no existía para nosotros más realidad que nuestros cuerpos amándose con desenfreno. La inocencia de las primeras veces, dio paso a una madurez sexual que nos ha prodigado de un placer insuperable.
Recostados sobre aquella cama de hotel, Diego me besó desde la nuca hasta los pies, se paseó por mi espalda, recorriendo mi cintura y mis caderas. Sus manos apretaron mis pechos, arrancándome gemidos acumulados, mientras su boca marchaba hacia el sur en busca de la miel escondida entre ms ingles.
Lamió mis labios, succionó cada pliegue y cada abertura de mi cuerpo;  bebió mis fluidos y su lengua se convirtió en el sabio instrumento que penetraba implacablemente mi cuerpo.
Sentada sobre su rostro, literalmente alcancé las estrella; los movimientos de su lengua en mi botón  y los de sus dedos penetrándome, me hicieron dar pequeños brincos que ocasionaron que mis líquidos mancharan sus mejillas  mientras me corría desaforadamente.
Envuelta entre sábanas, recobré el aliento, tan solo para que nuevas caricias en mis pechos alebrestaran mis ganas. Diego besaba con desesperación mis senos y tiraba de mis pezones, sin importarle que en medio de mi agitación yo  jaloneara con fuerza de sus cabellos.
Nada nos detenía, chupábamos nuestra piel como si el sabor salino de nuestras transpiraciones fuera  la gloria, o como si el olor a sexo fuera el mejor perfume; aroma a ganas,  a excitación, a lujuria.
Nuestros muslos se abrían y acomodaban en múltiples posiciones, compartiendo movimientos maliciosos que  buscaban nuestra fusión, pero no había prisas, sobraba tiempo para agradecernos  comiéndonos la boca, y amar con la lengua cada espacio de la piel.
A la menor oportunidad recorrí sus muslos internos, el sendero desde sus testículos hacia su hermoso miembro, e introduciéndolo repetidas veces en mi boca, logré que su pelvis se desenfrenara y golpeara profundo en mi garganta.
De rodillas frente a él, exploré sus testículos con mi boca, volví a su sexo una y otra vez, subiendo y bajando, lamiendo y chupando, hasta que el inexorable momento de su llegada, me dejó saborear su desfogue.
Saciados  de besos, sucios de caricias, nos fundimos en un abrazo   intentando que nuestros cuerpos se  serenen, pero el implacable  vicio de nuestra sangre  clamaba por más…
Nos restregamos, nada es comparable a ese placer ni al que nos proporciona el jugueteo de su miembro entre mis glúteos, nos hemos amado tantas veces así, que mi cuerpo parece entender como moverse, como abrirse, como acoplarse íntimamente para que la presión de su sexo al hundirse en mi esfínter, me proporcione los maravillosos espasmos que me hacen gemir.
Agitó las caderas en mi orificio, introduciendo con suavidad su glande, ejecutó lentos movimientos que acompañados de  caricias en mi vulva, me hacían abrir permitiendo mas profundidad.  Lejos de aquietarme hábilmente crucé mis muslos sobre sus hombros, levantando mis caderas de forma que el pudiera regular la  intensidad de sus embestidas.
Mis  ojos apretados y mis dedos engarfiados en sus brazos le indicaban que era cuestión de segundos mi llegada, empujó con más furia ocasionándome infinidad de estremecimientos deliciosos y  casi a la vez, Diego  alcanzó su orgasmo inundando mis entrañas con su amado semen… Fueron momentos inolvidables, como cada encuentro que tenemos.
Debo confesar que al principio de  esta historia, me preocupaba mucho el futuro, pero realmente las cosas han tomado su curso por si solas y tanto Diego como yo, dejamos que los hechos fluyan naturalmente y disfrutamos el día a día aun siendo conscientes de lo atípico de nuestra situación.
Sé que esta historia es algo inverosímil, también sé que hay personas que podrían juzgarnos, pero solo quien ha vivido y sentido en carne propia una experiencia similar, podría entender la lucha interna y los sentimientos encontrados, que se experimentan en una relación que por ser prohibida nos lastima, pero que sin embargo nos ha llenado de tanta felicidad.
Antes de terminar, quiero referir un detalle que sé que le quita realismo a este relato, sin embargo no puedo dejar de mencionar algo que por extraño que parezca, es absolutamente cierto: Diego, mi hermano, nunca me ha penetrado vaginalmente, nunca lo ha intentado, ni yo se lo he pedido, esa ha sido la única limitación en nuestra relación física.
 Supongo que de alguna forma tratamos de autoconvencernos de que lo que hacemos no es pecaminoso, quizá hay sentimientos de culpa, o tal vez pretendemos creer que no hemos roto todo limite; honestamente ninguna de esas respuestas me satisface del todo, pero no puedo dar una razón especifica a algo que ni yo misma logro descifrar.
De cualquier manera, nunca he sido penetrada vaginalmente por ningún hombre, ni he introducido juguetes sexuales en mi vagina, así que se puede decir que a mis 39 años actuales, “técnicamente” soy virgen, aunque haya disfrutado a plenitud de la sexualidad.
Han pasado mas de veinte años desde nuestra primera vez, y aún seguimos encadenados  uno al otro, presos por un amor fraternal y por un deseo sexual irrefrenable, que supongo no terminará mientras tengamos vida…
Sé que nuevamente volveré a disfrutar de sus labios buscando mi boca, de sus manos recorriendo mis paisajes femeninos, de su boca plasmando sensaciones en mis montañas, en mis valles, en mis ensenadas.
 Sé que mis pezones continuaran levantándose ante sus miradas, y su piel se erizará a mi contacto y una y otra vez sus manos se apoderaran de mis senos, y las mías de su sexo.
 Su boca descenderá infinitas veces a mi vulva, y mi lengua disfrutará nuevamente de su licor masculino y ambos buscaremos el momento mágico en que estallemos en orgasmos desenfrenados…
Es probable que nuevas párrafos se añadan a la historia de mi vida, nuevas ilusiones lleguen a colmar mi corazón, lo que no tengo claro, es si serán lo suficientemente impetuosas, como para hacerme olvidar las amadas caricias de Diego…no lo se..solo el tiempo lo dirá.
 De lo que si estoy totalmente segura, es que siempre nos amaremos fraternalmente, siempre seremos los mejores hermanos,  aunque tras la dulzura de nuestras miradas….escondamos un secreto…
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Gracias querida Liliana, por contarme tu secreto, por compartir tu historia conmigo, por permitirme la linda experiencia de relatarla juntas, por acceder a que la publique en esta página, y sobre todo mil gracias pequeña Lili, por ser mi gran amiga virtual…
Leonnela
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leonnela8@hotmail.com

 
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