SECRETARIA PORTADA2Nota de la autora: Debido al desconocimiento (nunca he viajado a Estados Unidos), he cometido un fatal error en el viaje de Cristo. No es tan fácil acceder a los Estados Unidos. Se supone que a la hora de reservar o comprar el billete de avión, se debe cumplimentar el formularios ESTA (Sistema Electrónico para la Autorización del Viaje a Estados Unidos) en vigencia desde el 20 de marzo del 2010. Así mismo, hay que abonar una tasa de 14 dólares en concepto de gastos de gestión y promoción del turismo.

Sin títuloAsí que hemos de suponer que Cristo rellenó también este formulario, en el momento en que reservó su billete para Nueva York, todo por Internet (que es lo que se suele hacer). Se piden datos personales, del pasaporte, del vuelo que se va a tomar, y las direcciones de donde se hospedará. Además, hay que contestar a una serie de preguntas, del estilo de si padecemos alguna enfermedad contagiosa o si hemos participado en crímenes de guerra, entre otras lindezas. De otra forma, jamás hubiera podido subirse al avión que tomó en Barajas.

Episodio dos. El Centro de Jubilados.

Harto de estar sentado, y nervioso por estar encerrado en aquel cacharro a Dios sabía cuantos metros de altura, Cristo paseó un rato por el pasillo del aparato. Echó un par de vistazos a la zona de Primera Clase, aunque no pudo ver gran cosa, pues las azafatas mantenían corridas las cortinillas, y, finalmente, fue a ver qué hacía Ingrid.

La voluptuosa azafata estaba preparando bandejas de canapés para repartir antes del nuevo almuerzo, porque, como había comprobado Cristo, en aquel maldito trasto no atardecía; el sol seguía estando alto, a pesar de que el reloj de su muñeca siguiera marcando otro horario. No había leído mucho sobre cómo se movía nuestro planeta. Las cosas de ciencias no le habían interesado nunca, así que solo intuía a que era algo que sucedía cuando se volaba en el camino del sol. El tiempo parecía no contar… pero le habían dicho que la hora programada de llegada, era a las ocho y cuarenta y cinco, “hora de Madrid”.

Aquella puntualización le tenía mosca. Esa coletilla la había escuchado más veces, sobre todo viendo la Fórmula 1. A saber qué hora sería cuando llegaran a Nueva York…

Cristo, con mucho respeto por el trabajo de su nueva amiga y de sus compañeras, que solían aparecer por el diminuto office a cada instante, se pegó a un costado del aparato, las manos apoyadas en el compacto fuselaje. De esta manera, inició una amena conversación que Ingrid podía seguir, sin apenas mirarle.

― ¿Tuviste problema con el formulario ESTA? – le preguntó la azafata, abriendo un bote de pepinillos.

― Rellené un tonto cuestionario al rezervar los billetes. Me obligaron a zacar pasaje de ida y de vuelta. ¡Eso no es mu educado, que digamos!

Ingrid se rió levemente.

― Los americanos son así, Cristo. Normas y más normas. Siempre están ondeando su bandera de las oportunidades, de los derechos e igualdades, pero, en el fondo, son muy celosos de su intimidad, de sus posesiones. Quieren mostrarlas, pero que nadie las… ¿fisgonee? ¿Se dice así?

― Zi, wapa, bien dicho todo. Viajo zin visado, lo que me permite noventa días de estancia.

― Suerte que eres español. Los americanos tienen muy bien vistos a los europeos. De otra manera, hubieras tenido que sacar un visado y un permiso de visita, con meses de antelación.

― Ya veo. Zon unos vacíaos…

La opulenta rubia le miró, extrañada por la palabra.

― Que no tienen ná aquí dentro, sin ética… — le explicó, golpeándose el pecho.

Ingrid asintió, sonriendo de nuevo. Siguió untando panecillos. Hasta que empezó a hablar de nuevo, muy suave.

― Cuando aterricemos, tendrás que pasar por la aduana. Intenta no hablar en español, no te salgas de la fila que te toque, ni mires con descaro. Los agentes de Inmigración no tienen humor, ni paciencia. Contesta a todo cuanto te pregunten, en inglés si es posible, y con educación. Cuando te pregunten por el motivo de tu visita, con tu aspecto, lo mejor es que contestes “por placer”, que vienes a visitar a tu tía.

― Es la verdá, rubia.

― ¿Llevas algún aparato raro en las maletas?

― Mi portátil.

― ¿Usado?

― Desgastao más bien – sonrió Cristo.

― Mejor. No creo que tengas ningún problema. Después, si piensas quedarte más tiempo, o encuentras trabajo, tendrás que ir a pedir un visado y un permiso de residencia. Pero supongo que con el aval de tu tía, no tendrás problemas.

― Ezo espero. Me gustaría probar a vivir en Yankilandia un tiempo. Me han dicho que las neoyorquinas zon mu hermosas.

― ¡También tienen fama de frías!

― Entonces, zolo hay que calentarlas, ¿no? – los dos se rieron, con la chanza.

― Anda, vuelve a tu asiento, que vamos a empezar con la cena.

― ¿Cena? Zi es de día, coño.

― No importa, los estómagos de los viajeros no entienden de diferentes usos horarios. Solo saben que hace casi cinco horas que comieron y claman de nuevo.

― Eso zi, pero a mí me vais a matar, mi aaarma. ¡Qué tengo el estomaguito mu delicado! Mi máma preparaba platicos especiales pa su Cristo…

El John Fitzgeral Kennedy, uno de los mayores aeropuertos del mundo. Eso era algo que ya sabía, pero no estaba preparado para su dimensión física.

“¡Coño! ¿Es que viene la Estatua de la Libertá a jugar al fútbol aquí, pa que esto sea tan grande?”, ese fue el primer pensamiento de Cristo al desembarcar enla Terminal1. Estuvo un rato esperando a que su equipaje llegara y, aprovechó para cambiar la hora de su reloj. No eran las nueve de la noche, sino las tres de la tarde. Lo había pillado en cuanto se lo explicaron. Era lo que él había supuesto, por la rotación, pero… ¡seis horas de diferencia! Hoy había almorzado dos veces, se rió. Cuando llegaron las maletas, el grupo de pasajeros extranjeros se dirigió, como un rebaño de cabras, al mostrador de Inmigración.

Estuvo en un tris de volver a adoptar su famosa expresión “pública”, pero lo pensó mejor. Ahora que estaba en suelo americano, no debía arriesgarse a que un tonto contratiempo le arrebatara la oportunidad. Además, los polis de aquí no le daban tanto respeto como los Civiles de España.

Contestó educadamente a las consecuentes y obligadas preguntas, que todos hemos visto en incontables ocasiones, en otras tantas películas, con su mejor pronunciación de inglés, y, con un golpe seco de tampón, su pasaporte fue sellado.

Allí, en aquellas inmensas salas, llenas de gente apresurada, Cristo parecía aún más desvalido de lo que era. Cualquier ojo poco habituado, le confundiría con un jovencito acojonado, que se aferraba a su bolsa y su maleta, observando el apoteósico mundo que le rodeaba.

Pero, en realidad, Cristo estaba calibrando sus opciones. Escuchaba las chácharas a su alrededor, comprobando que, con un poco de atención y práctica, pronto cogería el pulso del idioma. No era un idioma tan diferente al del Peñón, solo que más rudo, más nasal aún. Por otra parte, la estatura media de la gente le dejaba un tanto enano. En Algeciras, la gente no era tan alta, y los guiris estaban lejos, coloraítos como gambas cocidas, en los hoteles de Tarifa. Era algo a lo que tendría que acostumbrarse, se dijo, echando a andar, arrastrando las ruedecillas de su maleta.

Ingrid le había despedido con dos fuertes besos en las mejillas, apretando de nuevo aquellos turgentes senos contra su pecho. Le había dado su número de teléfono y, finalmente, la azafata le prometió que le llamaría si disponía de un día libre en Nueva York. Cristo ya no sabía si aquello tenía que ver con la vena maternal o con una calentura de caballo, pero no sería él quien se negara el placer de quedar con la teutona. Cristo era un tipo muy convenido y aprovechado, de hecho, llevaba siéndolo toda su vida.

Salió a la zona de recibimiento, donde los familiares y amigos esperan a los viajeros. Enseguida vio a su tía, inconfundible su apostura entre los demás. Se ocultó detrás de una gran maceta, de anchas hojas, observándola. Quería hacerse una idea de cómo era su tía Rafaela, antes de presentarse.

En primer lugar, ya no parecía gitana. Así, en vivo, podía verlo mejor que a través de la cam. En contra de cualquier costumbre caló, llevaba el pelo corto, peinado como un chico, pero hacia la izquierda, con una raya que parecía hecha con un tiralíneas. El cabello, oscuro y fuerte, se levantaba, rebelde, en la punta de su largo flequillo, y era muy corto sobre la nuca. Estaba lejos para distinguirle los ojos, pero los había visto estupendamente cuando charlaba con ella, volcada sobre la cámara. Unos ojos grandes, perfilados y sombreados con mucho estilo, de manera diferente a como Cristo estaba acostumbrado a ver a las mujeres. Cristo había crecido con mujeres gitanas, llenas de costumbres gitanas, maniatadas por tabúes gitanos, y, ahora, estaba ante una gitana libre, una gitana de Nueva York, que demostraba todo el potencial que podía alcanzar una hembra de esta etnia. Por ello, Cristo se prendaba de aquellos ojos, que mostraban el embrujo caló, pero que, al mismo tiempo, resultaban tan exóticos y ensoñadores, que podía hundirse en esas pupilas marrones y negras.

Tía Rafaela poseía una nariz con carácter, ligeramente curvada y afilada, pero que no desentonaba en absoluto con sus pómulos marcados y su mandíbula agresiva. Sus gruesos labios, eternamente rojos, de un tono oscuro, se ocupaban de suavizar estos rasgos, pero manteniendo la impresión de que era una mujer decidida.

Por otra parte, su tez no era tan morena como la de sus hermanos, quizás por el clima de la ciudad. No era lo mismo el sol del Estrecho, que el de la bahía de Nueva York. Seguro que bronceaba durante menos tiempo. Sin embargo, el tono de su piel era algo indefinible, entre la apariencia tostada por el sol, y la calidad genética de, quizás, unos genes semitas, entre otros.

Vestida con una larga falda, de diseño étnico, que dejaba parte de sus botas al aire, y un fino jersey de cuello alto, que entallaba sus senos, mostrando la voluptuosidad de su cuerpo, tía Rafaela destacaba poderosamente. Había sido bailarina profesional, y enseñaba flamenco, por lo que mantenía su cuerpo fuerte y ágil, digno de su arte. Mientras miraba los rostros de los viajeros que salían de la aduana, sujetaba una chaqueta de ante en sus manos.

Cristo se reafirmó en que su tita estaba más buena que un caramelo robado, y eso, quizás, podía complicar la convivencia, se dijo. Inspiró fuertemente, tomó el asa de la maleta, y salió al descubierto, con una gran sonrisa en los labios.

― ¡Cristoooo! – la exclamación llamó la atención de muchos, que volvieron la cabeza para contemplar como aquella hembra portentosa levantaba en brazos a un jovencito, llenándole la cara de besos.

“¡Vaya recibimiento!”, pensó Cristo. “Es la primera vez que estamos cara a cara, y casi me come. ¿Qué será cuando se acostumbre a tenerme en casa? Creo que mi querida tita está deseando recuperar los años perdidos en el exilio…”

― Me alegro de verte, tita Rafaela.

― Yo también, Cristo, de verdad. Llámame Faely, por favor. Hace años que nadie me llama Rafaela.

― Mu bien, tita.

― Bien – la mujer volvió a mirarle, poniendo sus manos sobre los hombros de su sobrino. Suspiró y le quitó la maleta de la mano. – Vamos para casa.

No hacía demasiado frío, al salir al exterior, al menos para la época en que estaban, pero el día estaba gris. Cristo se extrañó bastante de que su tía no tuviera coche, pues tomaron un taxi. Ella le explicó que los neoyorquinos, aunque tuvieran coche, apenas lo tomaban para circular por la ciudad. Era un engorro tanto tráfico. Bastante había con las limusinas, la flota de taxis, los servicios de entrega a domicilio, y todos los demás vehículos laborales, que se movían de un lado para otro. Si a eso se le sumaba, otro millón de coches utilitarios, como poco, el caos sería total. No, los habitantes de Nueva York y del extrarradio utilizaban los servicios de transporte: el metro, trenes de cercanías, autobuses urbanos, los taxis, los ferrys… Había muchas formas de llegar a la ciudad y moverse por ella, sin tener que estar lastrado con un vehículo que no podías aparcar en cualquier lado.

Tía Faely iba explicándole el recorrido, con la profesionalidad de una guía turística, aunque Cristo apenas podía apartar sus ojos de los senos de la mujer, bamboleantes bajo el fino jersey. Tía Faely no llevaba sujeción alguna y eso significaba que mantenía sus pechos fuertes y erguidos con bastante ejercicio.

― Esta es la autopista Van Wick, y aquello – dijo señalando a la derecha, con un fino dedo rematado de una uña carmesí – es Jamaica…

― ¿Jamaica? – preguntó Cristo, tomando conciencia de las palabras de su tía. — ¿La Jamaica de Bob Marley?

― No, un barrio de Nueva York que se llama así.

― Ah.

― Ahora, nos desviamos para tomar el boulevard Queens, que atraviesa el distrito del mismo nombre.

― Todo es enorme. Las avenidas, los edificios, la misma ciudad – murmura Cristo.

― Si. Es lo primero que impresiona. Ese es el puente Ed Koch Queensboro. Sobre él, cruzaremos hasta la isla Roosevelt, y, desde allí, a Manhattan.

― Parece que vives en un sitio privilegiado, tita.

― Bueno, no me quejo. Midtown está bien, en el Upper West Side, gente trabajadora y con raíces, sobre todo. Es un poco como Greenwich Village, pero sin sus casitas monas – la mujer se rió, como si repitiera un chiste muy trillado. – Tengo alquilado un amplio loft, en un edificio que antes fue una fabrica textil, y está muy cerca de mi trabajo.

― Me acomodaré a cualquier sitio, tita. Ni os daréis cuenta de que estoy en casa, ya veréis.

― No digas tonterías, Cristo. Será un placer tenerte en casa. Mira, eso de abajo, es el Goldwater Memorial Hospital, construido sobre una antigua prisión, derribada en 1935 – desde el puente, se podía ver perfectamente el estrecho contorno de la punta sur de la isla Roosevelt.

― Supongo que aquí se reaprovecha todo.

― Por supuesto, Nueva York se sostiene sobre islas, así que el terreno es muy importante.

El puente se le antojó larguísimo a Cristo. Una enorme estructura con al menos seis carriles para vehículos y dos vías férreas justo debajo, que saltaba una gran extensión de agua de mar.

― Eso es Manhattan – señaló Faely el otro extremo del puente. – A tu derecha, se encuentrala UniversidadRockefeller.

― Estudios no, gracias – alzó una mano Cristo, arrancando una carcajada a su tía.

Pasaron unos minutos y el taxi se internó en otra amplia avenida, con un tráfico más fluido. En menos de una hora, según su tía, empezaría la segunda hora punta, cuando la gente saliera de sus trabajos. Faely le señaló una gran masa verdosa entre altos edificios.

― Aquello es Central Park. Está a quince minutos de casa, al menos la parte sur del parque – le dijo.

― Habrá que visitarlo.

― Por supuesto, aunque tenemos otro parque frente a nuestra casa, el Dewitt Clinton. Es mucho más pequeño, pero muy tranquilo, y lleno de gente agradable.

Finalmente, el taxi entró en un gran patio adoquinado, rodeado de altos árboles. Líneas de un área de basket estaban marcadas sobre las piedras, frente a una canasta con panel de madera. Al otro lado de la calle, un gran aparcamiento vacío, a los pies de un gran edificio comercial, rodeado de una serie de bajos almacenes. Al día siguiente supo que era el mercado central de Midtown, parecida a la lonja del puerto de Algeciras, pero allí se vendían también productos que no provenían del mar. Miró a su alrededor. Tras los árboles, se alzaban varios edificios, de diferentes alturas, y con aspecto de llevar en pie más de cien años. Cristo pudo apercibir la línea azulona del cercano mar, y el característico olor de la brisa marina, le recordó su propio barrio. Faely señaló un portal con marquesina, bajo un dintel de ramas, tras pagar al taxista.

― En ese vivimos.

Era como una de esas naves para guardar contenedores que había en el puerto de Algeciras; una nave industrial, solo que más alta y más ancha. Había dos hileras de ventanas en su fachada de ladrillo, grandes vidrieras cuadriculadas, que dejaban entrar mucha luz en ambos pisos.

― Se acondicionó para vivienda cuando cerraron la fábrica. Es fea, lo sé, pero el interior es muy agradable – le dijo su tía, con una sonrisa.

― No puede ser peor que lo hay en el Saladillo.

― Tienes toda la razón, sobrino.

La mujer le condujo hasta el primer piso. Por lo que pudo percibir, cada piso estaba cortado en cuatro o cinco loft o apartamentos. El suyo era el del fondo sur, a la izquierda.

― ¿Qué dirección tengo que recordar? – le preguntó Cristo, mientras ella abría la puerta.

― West 53rd Street, el número es 73, edificio K, 1ºD. Si tienes que tomar un taxi, la confluencia con esta calle es Undécima Avenida, o sea…

― La 53 Oeste con la 11ava, en el Upper West Side. ¡Como en las pelis!

― ¡Eso es! Ya te quedarás con los datos con el tiempo, el código postal y eso – dijo ella, empujando la puerta y haciéndole pasar.

― ¡Ah, que bien, ya estáis aquí! – les llegó una voz desde alguna parte cercana.

Se encontraban en un pequeño vestíbulo, de unos tres metros, con un espejo en la pared, un ídolo de la diosa Kali haciendo de percha con sus múltiples brazos, y un pequeño arco, sobre estilizadas columnas blancas, que daba entrada al apartamento. Cristo, al traspasar este, se quedó clavado por dos motivos. Uno, el impacto de todo aquel espacio abierto entre paredes de ladrillo, y, dos, la visión de aquella diosa de chocolate con leche. La diosa se llevó enseguida toda su atención cuando se inclinó sobre él y le abrazó con fuerza, clavándole dos duros obuses en el esternón.

― ¡Primo! ¡Primo Cristóbal! – le sacudía la espalda con cariño y le besaba las mejillas, pero Cristo no alcanzaba a sacar placer de ello.

“¡Que brutas son estas americanas, coño!”

Pero, a pesar del brusco tratamiento, Cristo estaba encandilado por la nueva hembra. No había que ser Premio Nobel para adivinar que se trataba de su prima Zara, la hija de Faely, pero, a pesar de saber que su padre era un tipo “de color”, no estuvo preparado para su visión. Zara era más alta que su madre, y más que él, por supuesto. Al menos, le sacaba quince o veinte centímetros, si no más, y todo su cuerpo era una pura sinuosidad. Su pelo era lo primero que llamaba la atención, largo y oscuro, recogido en una multitud de largas trencitas, acabadas en brillantes abalorios de cristal, y que aparecían entrelazadas justo desde el nacimiento del cabello. Era como una cascada de cabello que ondulaba y se mecía a cada movimiento de su dueña. Aquellas trencitas le azotaron la cara y le acariciaron los hombros, mientras duraron los abrazos. Cristo estuvo tentado de morder una.

Los ojos de Zara eran absolutamente negros, sin matices. Pupila e iris eran indistinguibles. Unos ojos grandes y rasgados, muy expresivos, que su dueña sabía usar a la perfección, al abanicarlos con aquellas largas y espesas pestañas. No había heredado la nariz de su madre; tenía todo el aspecto de ser paterna, ancha y chata, pero que no desentonaba en absoluto en su rostro. La ponía de relieve llevando un aro que perforaba una de sus aletas, la derecha. Los labios eran absolutamente típicos de la raza negroide, tan gruesos y abultados, como turgentes y provocativos.

Cristo quedó irrevocablemente perdido y enamorado de su prima. De su belleza, de su rutilante alegría y simpatía, y de su cuerpo perfecto que aquellos ceñidos jeans ponían de manifiesto. Incluso de la textura y color de su piel. Su prima significó el final de cualquier reticencia racista en la mente de Cristo. Quería probar aquella piel achocolatada, que le parecía perfecta, que se le antojaba sabrosa… Pensó que aquello iba a ser el paraíso, o un jodido infierno, aún no lo sabía.

Gracias a las palabras de su tía, consiguió salir de su profundo encandilamiento, y sus ojos recorrieron el loft.

― ¡Esta va a ser tu casa, Cristo! – le dijo.

― Welcome, cousin, welcome! – le puso las manos en los hombros, su prima Zara, desde detrás.

Zara parecía hablar muy poquito español, y, además, con un terrible acento. Cristo se giró, la miró, y soltó, en inglés:

― Parece que tu español está más oxidado que la barandilla del Titanic…

Zara se le quedó mirando, entornando los ojos, hasta descifrar el peculiar acento de su primo, y, entonces, se tapó la boca para soltar la carcajada. Asintió con fuerza y se disculpó con un gesto.

― Pero, ahora, poder practicar con tú – le dijo.

― Vale, prima. Tú me enseñas lo tuyo y yo lo mío – dijo Cristo.

― ¡Sobrino!

― ¡Tita, que me refería al idioma! Ella me habla en gaditano y yo le contesto en neoyorquino, ¿hace? – levantó las manos, en una pose de inocencia.

― ¡Hace! – le contestó su prima, haciendo chocar las manos.

Le mostraron el gran loft, que se podía explorar sin ni siquiera menearte del sitio, pues solo existían unas paredes, las que enclaustraban los cuartos de baño. El apartamento tendría unos diez metros de ancho, por unos veinticinco o treinta de largo, con un techo de vigas de hierro, a la increíble altura de ocho metros. Detrás de la falsa pared del vestíbulo, se encontraba la cocina, que ocupaba la primera ventana del muro lateral. Delante del segundo ventanal, una gran mesa de comedor con seis sillas, y un par de aparadores medianos, hechos en teca. En pleno centro del loft, una mesa de billar presidía, separando la zona de sofás y cojines, ante la televisión, bajo los dos ventanales del largo muro del este.

En la pared oeste, donde estaba la puerta de entrada, no existían ventanales, pero si tres panorámicas ventanas, a unos cinco metros del suelo, por las cuales entraría el sol del atardecer. Allí también se encontraba la zona de trabajo de Faely, y las escaleras que subían al amplio altillo del lado norte. Allí es donde Cristo dormiría. Habían reconvertido el estudio antiguo estudio de Zara (y zona de juegos) en el dormitorio de Cristo. Quedó encantado cuando subió las maletas. Disponía de una buena cama, de un armario empotrado, un escritorio con butacón, y su propio cuarto de baño, que compartía con la lavadora y la secadora.

Debajo del altillo, tras unos extensibles biombos, parecidos al que Cristo disponía arriba, se encontraban las habitaciones de su tía y de su prima., con todas sus comodidades, pero con tan solo una falsa pared de separación. Cristo no estaba acostumbrado a esta falta de intimidad. En casa eran muchos y, por lo tanto, tenían que usar paredes más gruesas y hasta cerrojos en las puertas. Así y todo, eran sorprendidos constantemente en diversos asuntos íntimos, y se “perdían” muchas cosas.

Se dijo que debería tener cuidado cuando entrase al cuarto de baño o se aliviara alguna noche. No estaba solo y, en un apartamento tan grande, seguro que habría hasta eco. No era cuestión de, en un momento de necesaria intimidad, dejar escapar un suspiro o un pedo, en plena noche.

Se fijo que el otro cuarto de baño estaba justamente bajo el suyo, seguramente para aprovechar desagües y tomas de agua. Mejor, así utilizaría solo que el suyo para sus necesidades, sin tener que invadir la intimidad de las mujeres.

En un plis plas, ellas le ayudaron a deshacer sus maletas, y guardarlo todo en el armario. Cristo bostezó y su tía, mirándole, le dijo:

― Échate un rato. Estás cansado. Tienes que despojarte del jet lag.

― ¿El qué?

― El jet lag. Tu cuerpo te está diciendo que son las diez pasadas de la noche, pero tu mente intenta adaptarse a un nuevo uso horario. Es de día aún. Tienes que unificar mente y cuerpo, y eso se hace durmiendo.

― Eres mu lista, tita.

― Es solo un fenómeno que se dan desde que los aviones te pueden llevar, en horas, al otro lado del mundo – le dijo ella, con una sonrisa.

Zara ya estaba bajando las escaleras. Faely le obligó a recostarse en la cama y abrió el biombo de tela de arpillera.

― Duerme un par de horas. Te despertaré para la cena.

― Si, tita – pero ya tenía los ojos cerrados.

Nadie le llamó para la cena. Durmió un montón de horas seguidas y despertó antes del amanecer. Su estómago gruñó como el león dela Metro, pero se obligó a mantenerse en la cama hasta una hora prudente. Era miércoles. Su tía se iría a trabajar y Zara… suponía que también se iría a hacer lo que hiciera en esa agencia. Tenía que preguntarles si tenía que ayudarlas en algo en la casa, – ¡por todos los santos, que no fuera la comida! ¡Él no se había venido a América para hacer de comer, sino al contrario! – o a que hora volverían. Necesitaba más datos para alimentar su mente. Se sentía indefenso, desubicado…

En cuanto las escuchó levantarse, lo hizo él también. Cristo y Faely se encontraron ante la cocina y se dieron los buenos días, mientras Zara tomaba una ducha rápida.

― ¿Has dormido bien, sobrino?

― Como un bendito, tita.

― Deja lo de tita. No sé por qué, pero no me acostumbro. Llámame Faely.

― Como mande la zeñora.

― Jajaja… ¿Quieres un café?

― No, gracias, prefiero una tisana de lo que zea… té, manzanilla, poleo… Mi pobre vientre está delicado – se disculpó Cristo, con una sonrisa.

― Está bien – dijo ella, poniéndose a la tarea. – Te daré una copia de la llave del apartamento. Hoy podrías conocer los alrededores. El puerto deportivo está cerca, si te gustan los barcos…

― Si, es una buena idea. ¿Qué quieres que haga mientras estáis fuera? ¿Limpio todo esto? – dijo, mirando con algo de temor el amplio apartamento. — ¿Hago el almuerzo? Aunque te aviso que no sé cocinar…

― No, hombre, ¡que va! – se rió su tía, sacando la tisana del microondas. – Tanto Zara como yo, almorzamos fuera. Normalmente, termino sobre las tres o las cuatro, así que suelo llegar pronto a casa, y me encanta dedicarme a arreglarla. Yo misma arreglé y diseñé todo.

Abarcó con un gesto el interior del loft, demostrando su orgullo. Cristo miró los detalles con más atención. Había un par de cuadros grandes, de un estilo vanguardista y bastante colorista; un par de esculturas pequeñas, y varios objetos antiguos dispuestos en rincones, o colgados de los trozos de pared entre ventanales. Bonito, minimalista, y extraño para Cristo, acostumbrado a decoraciones mucho más tradicionalistas. En casa, al traer el último televisor de plasma, más plano que la barriga de un etíope, se había trasladado la muñeca flamenca y el toro, que habían estado toda la vida sobre la tele, a una repisa del salón. Eso y las fotos de los padres del pápa Diego, y la de la comunión de todos los hijos, era la decoración más tradicional en el clan. ¿Qué sabría él?

― Pero, podrías hacer las compras. El mercado de abastos está justo en frente, y hay un buen súper a dos manzanas, hacia el norte.

― Buffff… me tengo que acostumbrar a ezo del norte y del oeste… ¿Aquí nadie dice derecha e izquierda?

Esta vez, la carcajada provino desde detrás de ellos. Zara se había vestido con una falda de vuelo, unas botas de ante, y un grueso jersey de lana, todo en colores terrizos. Llevaba sus trencitas recogidas en un elaborado moño que parecía una torre sobre su cabeza.

― Aquí, en Manhattan, en el este y en el oeste, hay puentes. Por uno sale el sol, por el otro se pone. Te acostumbras enseguida. Norte, hacia el interior de la isla; sur, hacia el mar abierto. Fácil – explicó su prima, en inglés.

― En fin… Zi, Faely, haré las compras, por zupuesto. Zolo tienes que dejarme una lista de lo que ze necesite, hasta que me haga con la intendencia.

― Perfecto, Cristo. Zara, explícale tus idas y venidas – le pidió a su hija, mientras ella servía café para las dos.

― Verás, primo. Yo tengo jornada partida. Por la mañana, acudo a la agencia de modelos. Estoy empezando y necesitan pulirme y encajarme en su forma de trabajar. La agencia está en el SoHo, así que me quedo por allí a almorzar, y tomo, por la tarde, algunas clases en una academia de Chelsea. Suelo llegar a casa sobre las cinco o las seis de la tarde. Normalmente, después de mamá…

― SoHo y Chelsea, hacia el sur de Manhattan, ¿verdad? – preguntó, indicando la dirección con una mano.

― ¡Correcto! – Zara sonrió y le dio una suave palmada en un hombro.

― Bueno, pues me dedicaré a explorar, conocer, y hacer las compras – sonrió, a su vez, Cristo, pensando que disponía de las mañanas para su propia libertad. No estaba nada mal.

Aprovechó la mañana, que se presentó soleada y espléndida. Visitó el mercado de abastos, recorriendo ciento y un puestos. Echó de menos las voces de les vendedores que se alzaban en la lonja de Algeciras. No es que no vocearon estos yankies, pero lo hacían casi con educación; no era lo mismo. Cristo se acercó a los grandes embarcaderos que podía ver desde la 11ava Avenida, justo detrás de casa. Tuvo que cruzar la 12ava, hasta poner los pies sobre el piso de asfalto que enfilaba las frías aguas. Era una clásica estampa. Había ociosos asomados a las barandillas, contemplando el mar y las gaviotas; otros mantenían sus cañas de pescar, aferradas a los barrotes, dejando caer el largo sedal. Algunas jóvenes madres, empujando el carrito de sus bebés, tomando el tibio sol.

Cristo inspiró con ganas el aroma salado. No estaba nada mal cuanto veía. El parque Dewitt estaba cerca. Le apeteció pasear bajo las sombras de sus altos árboles. Volvió a cruzar la 12ava y se internó en el parque, pensando en lo que tendría que patear esta ciudad, sin su silla de ruedas. ¿Y si se compraba un Vespino?

Se encontró con varias pistas de tenis, bien valladas, bajo gráciles sombras. Un poco más allá, a su derecha, dos pistas de basket, paralelas, con el símbolo de una hoja de arce, parecida a la de de Canadá, pintado en el centro de las áreas. Un sendero descendía por la zona más frondosa del parque, hacia un merendero, junto a una fuente sin agua.

El sendero continuaba, rodeando el resto del parque, pasando por otro par de zonas de descanso, con bancos y mesas de piedra, de ajedrez. En el centro del parque, despoblado de árboles, se encontraba un buen campo de béisbol, de cuidada hierba, que integraba una zona de softball, con las bases de arena bastante trilladas. Eso le hizo pensar en su Cádiz y en la liga de segunda división. Allí no se jugaba al fútbol, ¡Joder! Tendría que aprender las reglas del béisbol y del rugby. Al menos, podría ver el mejor basket del mundo… eso sin mencionar a las animadoras…

Se detuvo ante las mesas de ajedrez, donde varios ancianos jugaban, entre cigarrillos y conversaciones. Uno de los abuelotes levantó la mano, con exasperación.

― ¡Al carallo! ¡Siempre me ganas, Tom!

La expresión y el acento eran gallegos, aunque el anciano acabó la frase en inglés. Con una sonrisa en los labios, Cristo se acercó a los dos hombres que volvían a colocar las piezas.

― ¿Es usted gallego, zeñor? – le preguntó Cristo en su castellano andaluz.

El hombre se giró y le miró. Tendría sobre los setenta años, y mostraba la pupila izquierda blanquecina, quizás una catarata o una vieja lesión ocular. El anciano sonrió y asintió.

― Claro que si, niño, y tú andaluz – le dijo en español, alargando la mano.

― De Algeciras, pa zer exactos – Cristo le apretó la mano.

― Vaya, un gaditano por estos andurriales. Algo digno de ver.

― Pos zi, los de Cádiz no se embarcaban nunca pa las Américas. Se dedicaban a timar a los que venían aquí – dijo Cristo, encogiéndose de hombros, pero sin abandonar la sonrisa.

― Jajaja… muy bueno, niño – se rió el gallego, dando una palmada sobre la mesa. – ¿Eres gitano?

― Si, zeñor, a musha honra…

― Vaya. Creo que eres el único gitano gaditano que he visto fuera de su terruño.

― Zin duda. Llevo apenas un día en Nueva York.

― ¿Con tus padres?

― No, zeñor, he venido zolo. Tengo veintiocho años.

― ¡Carallo! ¡Si pareces un niño!

― Tuve un mal desarrollo glandular. Me quedé raquítico cuando shico…

― Mal asunto. Me llamo Ambrosio.

― Yo Cristo.

― Mala leche tuvieron nuestro padres, carallo.

― Jajaja… no, mi nombre es Cristóbal, pero todos me llaman Cristo.

― Ah, menos mal. El mío es en honor a mi abuelo, Ambrosio el ballenero. ¡Se podía haber llamado Acab, jodida suerte!

Cristo, que había leído Moby Dick, comprendió el juego de palabras, y su risa se desencadenó. Le gustaba aquel tipo.

― Ambrose, are we going to keep playing or what? – dijo el otro tipo, de la misma edad que Ambrosio.

― No, Matt, le dejo el sitio a Greg. Quiero seguir hablando con el chico. ¿Damos un paseo? – esta vez recurrió al inglés.

― Claro, Ambrozio. ¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí?

Ambrosio se puso en pie, con un quejido, y tomaron el sendero del parque, en dirección este, hacia la avenida.

― Salí de casa de mis padres con diecisiete años. Le di la vuelta al mundo un par de veces, en varios barcos, hasta que me harté de agua.

― Vaya…

― ¿Hablas inglés, chico?

― Si, zeñor.

― Entonces, mejor que lo uses si vas a quedarte aquí. Después de treinta y cuatro años en este país, me cuesta usar mi lengua natal. Poca práctica, ya sabes…

― Claro que si – dijo Cristo, adoptando el inglés. – Me vendrá bien. Tengo que pulirlo, ya que lo aprendí en Gibraltar.

― Buffff… se nota – se rió al oír el acento del Peñón. – Entonces, ¿estás solo aquí?

― En casa de mi tía…

― ¿Tu tía? Espera, ¿Faely es tu tía?

― Así es, ¿la conoce?

― Por supuesto. Esto puedo ser Nueva York, pero si hay un español en el barrio, le conozco, seguro. Una buena mujer… muy guapa, por cierto…

― Si, así es. Me ha acogido durante un tiempo.

― ¿Buscas trabajo?

― No estaría mal, aunque no puedo dedicarme a trabajos pesados. Pero estaría dispuesto a casi cualquier cosa. No soy nada tonto…

― Si me entero de algo por aquí cerca, te avisaré.

― Gracias, Ambrozio.

Cruzaron la avenida, tras esperar un momento en el semáforo.

― ¿Dónde me lleva? – preguntó Cristo.

― ¿Tienes algo que hacer?

― No.

― Vamos a la 51th, donde la Biblioteca Pública. Está cerca, muchacho.

La BibliotecaPúblicaestaba un par de manzanas detrás de casa, y era enorme, al menos vista desde fuera, ya que no entraron. Le dieron la vuelta y Ambrosio entró en un local que se encontraba a su trasera. Una placa dorada, en un lateral del umbral, anunciaba:

“Centro de Jubilados Addison. Distrito 6.”

― Vamos a tomar algo, chico. Este es mi segundo hogar.

Se trataba de un gran salón, con sofás y sillones repartidos y formando pequeños grupos, bien para leer el periódico, jugar a las cartas, o simplemente charlar. En la pared de la derecha, a media altura, un pequeño mostrador se levantaba ante una puerta de vaivén, la cual llevaba a la impresionante cocina que Cristo podía ver a través de la mampara semitransparente. Al fondo del salón, había un área dedicada para visionar una gran pantalla, con varias filas de sillas dispuestas.

― Es un buen local – alabó Cristo.

― Si, el consejo del distrito nos lo cedió cuando reformaronla Biblioteca.Esacocina nos fue donada por un vecino que legó sus bienes entre varias organizaciones caritativas, pero no nos está sirviendo de mucho.

― ¿Os reunís muchos?

― Por la tarde, hasta el anochecer, si, bastantes. Vemos la tele, algún partido, o algo así. Se juega a las cartas y a otros juegos. Se lee o se charla. Se está bien. En primavera, salimos más al parque, pero el resto del año…

― Comprendo. Está muy bien.

Se sentaron a una mesa. Una mujer latina, de unos cincuenta años, vestida con una bata de camarera, se acercó.

― Cristo, te presento a Berta. Es la empleada del centro.

― Mucho gusto.

― Encantada.

― Me vas a traer mi cafetito, Berta – le dijo Ambrosio. — ¿Y tú?

― Un refresco – dijo Cristo. – No importa el sabor…

Estuvieron charlando largo rato. Cristo le contó lo sucedido con su clan y los motivos que le habían traído a Nueva York, y Ambrosio le habló del barrio y de sus ventajas e inconvenientes. Era un buen sitio para vivir, sin apenas delincuencia, con parques para pasear, y el mar a un paso. Le aconsejó que visitara el Central Park. No estaba nada lejos y sería una gozada de paseo. Hacia Uptown, encontraría arte y espectáculos, en el Lincoln Center y en varios museos famosos, así como muchos pijos. Hacia Downton, mercados y tiendas, todas las que quisiera, tanto en el SoHo como en el Village, y muchos maricas y putas, también.

Ambrosio le invitó a quedarse a almorzar en el centro. La comida era buena, casera, y el menú barato. Cristo, quien no pensaba volver para nada al loft y hacerse un sándwich, aceptó de buen grado. Hablaría más tarde con Ambrosio, para ver si podía comer allí más veces. Sería una solución a su problemilla doméstico.

Pasaron las horas y Ambrosio le presentó a más ancianos, y algunos hombres no tan mayores, prejubilados o desempleados, que se acercaban también al centro. Todo el mundo era correcto con él, unos más simpáticos que otros, pero Cristo se sintió rápidamente integrado con la “tribu”, como pronto llamó a todos aquellos ancianos.

Hacia las tres y media, entraron tres mujeres. Una de ellas, la de más edad, venía en silla de ruedas, que empujaba la más joven. La tercera, de edad madura, saludaba a diestro y siniestro. Ambrosio se levantó de la mesa y besó la mano de la mujer madura, atrayéndola hasta la mesa. Rápidamente, hizo las presentaciones.

La señora Kenner – Elizabeth, por favor – era la gerente del centro. La mujer, de unos cuarenta y cinco años, era viuda y bastante coqueta, dedujo Cristo, por la forma de mirarle, sobre todo cuando se dio cuenta de que no era un chiquillo. La señora Kenner vestía un elegante traje, de falda y chaqueta, en un tono rojo coral, que ponía de manifiesto sus potentes caderas y sus hermosas piernas. La camisa, de un amarillo pálido, parecía tener problemas para no estallar cuando inspiraba fuerte. No dejaba de tironear y colocar los picos de su corto flequillo rubio, muy orgullosa, al parecer, de su moderno corte de pelo, trasquilado a capas, y que apenas le llegaba al hombro.

La mujer de la silla de ruedas era la tía de la señora Kenner, Betty Shanker. Tenía setenta y dos años, y hacía cuatro que no caminaba apenas. Se había quedado con su sobrina tras la muerte de su esposo y, ahora Elizabeth la cuidaba a ella, en compensación. Era una mujer gruesa y animosa, de pelo níveo, que participaba activamente en la conversación, lanzando andanadas de preguntas. La tercera mujer no tenía más de veinte y pocos años; una latina de suave sonrisa y ojos oscuros, con la piel ligeramente bronceada por la melanina. Tenía el pelo recogido en una imponente y larga cola de caballo, que se bamboleó cuando saludó a Cristo. Vestía unos pantalones de tergal entallados y con pata de elefante, que le hacían un culito precioso, al menos, para los gustos de Cristo. La presentaron como Emily, y era hija de Berta, la empleada. Era la última de una larga lista de chicas que cuidaban de la señora Shanker, como damas de compañía.

― Cristóbal es sobrino de una conocida del barrio. Ha llegado de España recientemente y aún se está adaptando – comentó Ambrosio, en una fugaz introducción.

― Llamadme Cristo, por favor.

― Pareces muy joven, Cristo – le preguntó la señora Kenner, con una ceja elegantemente enarcada.

Cristo repitió, una vez más, la historia de su peculiar enfermedad y las consecuencias que padecía por su causa. Con unos suspiros de énfasis, Elizabeth le hizo ver sus condolencias por tal pesar y se sentó, como una reina, en la silla que la joven Emily le trajo, tras colocar la silla de la señora Skanker cerca de la mesa. La latina preguntó a las dos mujeres si deseaban pedir algo y se marchó a hablar con su madre.

― ¿Qué hay de esa excursión programada para después del día de San Patricio? – le preguntó Ambrosio a Elizabeth, casi comiéndosela con los ojos.

― No consigo que el ayuntamiento la subvencione. Están recortando muchas de las ayudas – se quejó la señora.

― Esta maldita crisis… — masculló el gallego.

― Sin una subvención, no podemos costearnos ni un solo autobús.

Cristo seguía con atención la conversación. Parecía uno de esos problemas de financiación, a los que siempre se estaban enfrentando las entidades que dependían de apoyo económico.

― ¿Qué actos organizáis para ese viaje? – preguntó cándidamente.

― ¿Actos? – se extrañó Elizabeth.

― Si, para ayudar a financiar el viaje. ¿Alguna rifa? ¿Un bingo los sábados? ¿Una fiesta?

― Pues, la verdad, no hacemos nada de eso – dijo Ambrosio.

― ¿La gente no participaría en algunas de estas cosas? – preguntó Cristo, abriendo las manos.

― Bueno, los miembros de este centro si, por supuesto…

― No, los abueletes no. Me refiero a la gente del barrio, las familias, gente que trabaja, que tiene negocios…

― Habría que organizar algo que llamara la atención – meditó Elizabeth.

― Veréis… en mi ciudad existe una… peña flamenca*. Es algo muy parecido a esto. Un local donde se reúnen los amantes del flamenco y charlan entre ellos. De vez en cuando, con lo que pagan de cuota, traen una actuación y eso. También dispone de un bar con tapas, con los precios muy bajos.

* Las palabras en cursivas están pronunciadas en español.

― Si, Cristo, es casi lo mismo, solo que aquí no se pagan cuotas. Disponemos de una pequeña subvención del ayuntamiento – comentó la gerente.

― A eso me refiero – retomó Cristo, bajando la voz a un tono conspirador. – Cuando la peña necesita dinero de verdad, para una gran actuación, para una reforma del local, o para un viaje, como es vuestro caso, organizan un festejo a lo grande. Con esto, pretenden atraer gente de toda la ciudad y que aporte dinero.

― ¿Cómo qué?

― Bueno, depende de lo que deseen. Unas veces ofrecen platos típicos gratuitamente, otras veces cerveza o vino… Se idean juegos y concursos, tómbolas y rifas, en las que la gente puedan gastar un par de euros, por diversión… Hay muchas formas de sacar un dólar aquí y allá, sin perjudicar.

― Pero… — Elizabeth estaba pensativa – habría que organizar ese evento fuera de este local. Esto no es suficientemente grande como para reunir la gente necesaria.

― Solo tendrían que pedir permiso. Disponen de un bonito parque, cerca de aquí, e incluso los muelles de cemento, que están muertos de risa la mayor parte del día.

― Tiene razón el chaval – dijo Ambrosio, palmeándole un hombro.

― No sé… a voz de pronto… podrían regalar un par de barriles de cerveza, que no es un gasto demasiado ostentoso. La cerveza gratis siempre atrae a la gente. Podrían cocinar, no sé, una paella, o algún tipo de plato típico que la gente no suela comer a diario y que salga económico.

― Una paella estaría bien. La gente conoce ese plato de las vacaciones, pero aquí no se come – meditó Elizabeth.

― Yo conozco un par de amigos españoles que saben hacerla bastante bien – propuso Ambrosio.

― Esto está tomando forma – sentenció, de repente, la señora Shanker, riéndose.

― Pues, ya está. ¿Qué día sería mejor para esto? ¿Un sábado? ¿Un domingo? – preguntó Cristo.

― Un sábado, por supuesto – aseguró Elizabeth.

― Bien, pues sábado. Una cervecita gratis atraerá público de todo el entorno, sin tener que hacer demasiada publicidad. Algunos carteles sabiamente colocados bastarán. Se le pone precio a un platito de paella, digamos tres dólares, o cuatro, y se vuelve a regalar otra cerveza con el plato… A una paella de las grandes, se le puede sacar setenta u ochenta platos…

― ¡Dios! ¿Cómo no hemos pensado en eso antes? – exclamó Elizabeth. – Con un evento así, podemos sacar a más de trescientas personas de sus casas, fácilmente. Con eso, se cubrirían los gastos de la cerveza y de las paellas, y quedaría algo de dinero…

― Bueno, disculpen que les diga esto, pero no están acostumbrados a estos jolgorios – se rió Cristo. – Mucho parque temático y tal, pero hay que saber organizar una fiesta, y, para eso… nada mejor que la gente de Cádiz.

Los presentes se rieron. Se estaban acostumbrando al silbante acento del joven, que prosiguió:

― Sin embargo, el dinero no está en las paellas; son solo el gancho. Con eso, se consigue sacar a los vecinos de sus casas y que acudan al evento. Con un par de cervezas, se consigue desentumecerles. Habría que organizar algún espectáculo que genere sonido. No sé, un grupo de música local, la actuación de alguna banda de colegio. Mi tía trabaja en una escuela de Arte, podría hablar con ella, a ver qué piensa.

― Es una buena idea.

― El caso es que, con todo ello, el público asistente ya estaría dispuesto a quedarse todo el día en la calle; ya no le importaría gastar, pues se habría animado. Las timbas deben calentar motores mientras aún se está repartiendo platos. Es muy importante que vean que se prepara para el resto del día. Yo optaría por los juegos de azar, pero no sé como es la normativa americana sobre este tema…

― Siempre que las apuestas no superen los veinte dólares, no es considerado por la ley – definió Ambrosio, que parecía muy puesto en el tema.

― No sé sobre gustos por aquí, pero yo empezaría con un bingo, una tómbola, y un par de rifas. Se necesitarían premios de reclamo, los cuales no saldrían hasta media tarde, cuando la gente se haya gastado, al menos, veinte pavos por cabeza – aconsejó Cristo.

― ¡Carallo! Esa sería una cifra redonda.

― Con repetir esta fiesta en otra ocasión más, digamos, una vez al mes, creo que conseguiréis el dinero suficiente para ir a donde sea.

― ¡Este joven es una eminencia! – sonrió Elizabeth, tomando una de las manos de Cristo.

La mano de la madura mujer emanaba calidez y seguridad, lo que encantó al gitanito. Sin pretenderlo, aspiró el aroma de Elizabeth; un aroma a jazmín y algo frutal.

― ¡Deberíamos tomar notas de todo cuanto estamos diciendo! – propuso Ambrosio.

― Si, tienes razón, Ambrose, pero no aquí – dijo Elizabeth, mirando a su alrededor. – Es hora de ir a casa.

― Llévate a Cristo y le invitas a uno de tus tés con pastas – comentó, de improviso, Ambrosio.

― Que menos, por supuesto.

― No quisiera ser… — empezó Cristo.

― … ¿Tan adorable? – terminó Elizabeth, con una carcajada.

Cristo bajó los ojos, fingiendo timidez. Estaba satisfecho con lo conseguido hasta el momento. Se había introducido en el tejido del barrio.

La señora Kenner vivía frente a la Biblioteca Pública, casi a tiro de piedra. De hecho, solían llevarse la comida del centro, de la cocina de Berta. Le contó a Cristo, mientras cruzaban un aparcamiento, que su marido fue quien tuvo la ocurrencia de solicitar la apertura de un centro de jubilados en uno de los locales que quedaron vacíos, tras la reforma de la Biblioteca. Entre su paga de viuda y una parte de la subvención del ayuntamiento, tenía lo suficiente para vivir y, de paso, no se aburría.

― Creí que iba a decir que, de paso, hacía algo por el barrio – ironizó Cristo.

― También, también, querido – se rió ella.

El apartamento de Elizabeth era amplio y coqueto. Emily disponía de su propia habitación, junto a la de la señora Shanker, pues estaba a tiempo completo con ellas. Cristo ayudó a Elizabeth a disponer la mesa del pequeño comedor, mientras que Emily llevaba a la anciana a lavarse las manos. El gitanito no pudo sustraerse a la tentación de admirar, una vez más, el imponente culo de la joven latina. Poseía un bamboleo rítmico que animaba su sangre. Cuando apartó la mirada, se dio cuenta de que, a su lado, Elizabeth también admiraba el trasero de la chica.

― ¡Uff! – exclamó suavemente.

― Si, divina juventud – suspiró ella.

― ¡Anda, mi mare! Usted no puede quejarse, nada de nada, señora… Tiene el cuerpo de una sirena – la alabó él.

― Embaucador – se rió, dándole con la cadera.

― Juro que es totalmente cierto. Es como una de esas ninfas de Rubens… de belleza rotunda y arrolladora…

― ¡Ay, que cosas dices, Cristo! ¡Se nota que eres español! – dijo la señora, realmente agradecida.

Sirvieron un exquisito té de azahar, junto con unas magdalenas de diferentes sabores, que llamaban cupcakes, y que realmente entusiasmaron a Cristo. Felicitó a Berta, y su hija le sonrió, agradecida por el cumplido. Aún tímida, Cristo consiguió sacarle que eran de El Salvador, y llevaban en Estados Unidos quince años. Madre e hija tenían ya la nacionalidad americana y no se habían movido de Nueva York. Emily llevaba cinco meses trabajando con las señoras, justo tras graduarse como maestra de primaria. Estaba esperando que le saliera un destino para incorporarse, pero no deseaba irse demasiado lejos de la ciudad.

Tras comerse dos magdalenas de aquellas, llenas de nata y chocolates, la señora Shanker se retiró a dormir la siesta, como en cada sobremesa. En cuanto la acostara, Emily aprovecharía para disponer de su tiempo libre y hacer un rico café colombiano, que Elizabeth disfrutaba realmente, las dos sentadas en el sofá, mirando telenovelas sudamericanas. Emily la había enganchado a ellas, fácilmente. Ambas disfrutaban de las desgracias y amores que se relataban minuciosamente en todos aquellos episodios.

Elizabeth le había puesto al tanto de todo esto, mientras le empujaba hacia su dormitorio, donde disponía de un buen escritorio. Allí estarían tranquilos, mientras Emily servía el café.

Cristo contempló el amplio dormitorio, sin darse cuenta de que la mujer había cerrado la puerta y apoyaba su espalda contra ella, mientras se desabotonaba la blusa.

― Tiene usted un dormitorio muy bonito, Elizabeth.

― ¿A quien coño le importa el dormitorio ahora? Me tienes chorreando, mi niño…

Con un sobresalto, Cristo se giró, contemplando como la opulenta señora se quitaba la camisa, enseñando su pletórico busto, aún cubierto por un delicado sujetador de encaje.

― Pero… ¡Elizabeth! – se asombró el gitanito.

Cristo era un genio para unas cosas, pero, para otras, más obtuso que un saco de martillos. Las chicas no eran lo suyo. En verdad, no es que fuera virgen; no existían los gitanos vírgenes. Eso iba en contra de su religión, por lo menos. Cristo había tenido su bautizo sexual hacía años. De eso se encargaron sus primos y hermanos, quienes contrataron a la puta más tetona del puticlub del Mangui.

Pero Cristo no necesitaba de atenciones sexuales con la frecuencia de sus congéneres. El escaso desarrollo glandular había frenado tanto su apetito sexual, como las dimensiones de su aparato reproductor. En verdad, disponía de un pene pequeñito, apenas doce centímetros, y tampoco era muy ancho. Normalito, tirando a pequeño, le decían sus primas. Cuando necesitaba un desahogo, llamaba a una de sus primas menores, quienes, a cambio de un billetito de veinte euros, le hacían una dulce pajita.

Cristo no había tenido más aventuras sexuales que esas. Una puta, de vez en cuando, y las manos de una prima, cada dos días o así. Así que, la maniobra de Elizabeth le tomó totalmente por sorpresa. De hecho, creía que la señora estaba más interesada en Emily que en él.

― Pero… yo creí…

― ¿Qué? – le preguntó ella, sentándose en la cama y atrayéndole.

― Que le gustaba Emily… la he visto mirarla…

― Y me gusta, no lo niego, pero no me atrevo a decirle nada. Nunca me he sentido atraída por una mujer hasta ahora, y no sé cómo actuar…

― Pero…

― ¡Pero nada! Hoy te he conocido y siento mucho morbo al tocarte… Nunca he tenido hijos, nunca he tenido instinto para ellos… pero tú… ¡Joder! ¡Me enciendes! Te veo y me imagino dándote de mamar… y no sé por qué… — mientras decía esto, se quitó el sujetador, mostrando sus gloriosos senos. – Ven, nene, a mis brazos… te voy a dar el pecho…

Cristo se encogió de hombros y se sentó en las rodillas de la mujer, enganchándose a una teta, con ansias. Elizabeth tenía los pezones rígidos y duros. Los mordisqueó alternamente, llenándolos de saliva, para después pellizcarlos fuertemente. Elizabeth gimió largamente, cerrando los ojos.

― Vamos, niño, chúpalas… — susurró.

Se afanó sobre ellas, succionando con fuerza, estrujando los senos con sus dedos. Sentía su pollita dura y levantaba, bajo sus pantalones. Cristo, por una vez, se sintió seguro y feliz, en los brazos de una mujer, de una señora que le protegía, que le amamantaba, aunque no le surtiera de leche materna.

― ¡Diossss, que gusto…! – silbaba ella, y él mordía más.

Pasó una mano por la entrepierna masculina, sobando el paquete, una y otra vez. Elizabeth estaba aún más encantada con lo que estaba tocando. La ilusión de que Cristo era un niño, se convertía en casi real, al no encontrar, en sus manoseos, un bulto significativo.

― Quítate las bragas – le susurró él, al oído. – Quiero lamerte…

Un fuerte escalofrío recorrió la columna femenina. Hacía años que nadie le comía el coño. ¡Por Dios, que guarra soy!, pensó, por un momento, pero alejó todo pensamiento cuando Cristo se bajó de sus rodillas, para que pudiera quitarse la prenda interior. Se remangó la falda, dejándola enrollada en su cintura, y se quitó los pantys, para después, deslizar la braguita por sus piernas. Cristo admiraba sus piernas, de muslos apretados y blancos. Se hincó de rodillas en el suelo, ante ella; colocó una mano en cada muslo, y los separó solemnemente, casi como Moisés separó las aguas del Mar Rojo.

Elizabeth respiraba agitadamente, esperando con avidez. Observaba aquella carita simpática, algo ratonil, que, a su vez, observaba su coño con gran interés. Le puso una mano en la nuca, atrayéndolo a su peludo, pero recortado, coño. A medida que acercaba su boca, Cristo aspiró el penetrante olor a hembra excitada. Su lengua se desplegó y encontró rápidamente el lugar adecuado donde actuar.

Elizabeth no pudo mantenerse sentada en el borde de la cama, sino que cayó hacia atrás, con un gemido digno de la mejor película porno. ¡Dulce Madre de Jesús! ¡No se lo habían comido nunca así, tan profundamente! La lengua de Cristo llegaba perfectamente a las paredes vaginales internas. Aspiraba, atrayendo toda la lefa, para atraparla con la lengua. Las pasadas sobre su clítoris eran muy lentas, presionando con la lengua, lo que aplastaba su inflamado botoncito para otorgarle el mayor placer posible.

Cristo tenía mucho instinto para el sexo, aunque no dispusiera de una buena herramienta, pero lo compensaba con dedos ágiles y menudos, y una colosal lengua. No se cansaba de lamer y succionar, tragando todo cuanto hiciera falta.

― Mi niño… mi niñoooo… — gimió Elizabeth, corriéndose sin remedio en la boca de Cristo.

Este esperó un minuto a que la mujer recuperase el aliento y le dijo que se recostara bien en la cama. A él, le dolían ya las rodillas. Estaría más cómodo tumbado entre las piernas de Elizabeth, sobre la cama. Le indicó que se diera la vuelta y atrapó las grandes nalgas de la mujer. Las separó y pasó su lengua por toda la raja, dejando un reguero de saliva sobre el ano, lo que arrancó una risita de Elizabeth. Ensalivó aquel culazo a conciencia, vertiendo baba y saliva, hasta que le pudo meter dos dedos fácilmente. Elizabeth movía sus caderas al ritmo que le marcaba la mano de Cristo.

Se decidió a meter otros dos dedos, de su otra mano, en la mojadísima vagina, con lo cual, enloqueció completamente a la mujer, quien ya chillaba, sin control. Tanto su tía, medio dormida, como Emily, que esperaba a que el café subiera, la escucharon. La chica latina estuvo, en un tris, de acudir al dormitorio para ver qué ocurría, pero cuando escuchó los siguientes gemidos, su rostro enrojeció, y subió el volumen de la televisión.

― ¡Ay, mi dulce… niño! – Cristo le mordió una nalga. — ¡Me cor….rroooooooo…!

Cristo ya estaba reventando. Se sentó y se quitó los pantalones y los calzoncillos, revelando su pene tieso. Sin dejarla descansar, la volvió a girar, y se instaló sobre ella, llevando su entrepierna a la boca de Elizabeth, completando un imprevisto 69.

La mujer palpó y sobó la graciosa pollita que quedó frente a sus ojos. Era pequeñita pero perfecta, hermosa como la de una estatua. Apenas había una sombra de vello púbico y los testículos estaban retraídos, como los de un infante. Elizabeth lamió el pene con mucho mimo. Podía metérsela completamente en la boca y completar cualquier juego bucal que se le ocurriese, lo cual le parecía perfecto.

La lengua de Cristo ya la estaba poniendo de nuevo en órbita y ella pasó uno de sus dedos entre las nalgas de él. Tenía un culito respingón, digno de un modelo para querubines. Cristo empezó a culear sobre la boca de la mujer, atormentado por aquella boca que parecía querer tragárselo de un sorbo.

Sintiendo que no podía aguantar más, Cristo atrapó el clítoris de Elizabeth entre sus dientes, lo pellizcó suavemente y aplicó la punta de su lengua, al mismo tiempo. Entonces, se dejó ir, temblando de placer al descargar en la boca de la mujer. Al mismo tiempo, el zumbido que le produjo su propio orgasmo, lo aplicó sobre la sensitiva rugosidad.

― Aaaaaahhhh… ¿Qué… me… haces…? – gimió Elizabeth, sin poder tragarse todo el semen de su boca. – Me vibraaaaaaaaaa…

El orgasmo fue demoledor e hizo que sus caderas se despegaran de la cama, y derribaran a Cristo a un lado. La mujer se llevó las manos al coño, intentando contener el chorro que surgió de sus entrañas, entre espasmos. No pudo ser y manchó toda la cama, entre jadeos incontenibles.

― ¡Cristo! ¡Cristo! ¡Por Dios…! – gimió, con la boca pegada a las sábanas.

Estuvo varios minutos tumbada de costado, aquietando su cuerpo, mientras Cristo le acariciaba el pelo, sentado a su lado. Finalmente, Elizabeth se giró y abrazó a Cristo, recostándole sobre su pecho.

― Me has matado, angelito – le sonrió.

― Me alegro de que te haya gustado, Elizabeth.

― ¡Ya te digo! ¿Quién necesita una penetración?

Los dos se rieron. Cristo la miró a los ojos.

― ¿Qué hay de Emily? – le preguntó, cambiando totalmente de tema.

― ¿Es que no tienes bastante conmigo? – se enfurruñó Elizabeth.

― ¡Quieta, fiera! Lo decía por ti. Siento que no me entendieras. Te atrae…

― Vale, si, es cierto, pero, ahora estás tú, ¿no?

― ¿Y cuando no esté? Aún no sé que voy a hacer, ni donde voy a quedarme… Deberías asegurarte de tus sentimientos hacia esa chica.

― ¿Y si ella no siente lo mismo? – Elizabeth desveló su preocupación.

― Nunca lo sabrás si no hablas con ella, ¿no crees? Solo te puede dar calabazas.

― ¿Calabazas? – Elizabeth no entendió la expresión.

― Así es como llamamos al desengaño amoroso, allá en mi país.

― ¿Estás haciendo de Cupido? – le preguntó, irónica.

― Algo así – sonrió. – Me excita pensar que acabarais durmiendo juntas. Imagínatelo…

― Mmmm… sip… estaría bien.

― ¿Cómo madre e hija?

― No, más bien como maestra y pupila – dijo ella, con una sonrisa. – Con un hijo como tú, ya tengo bastante. Venga, vístete. Vamos a tomar otro té, por lo bien que lo hemos hecho.

Cuando salieron del dormitorio, Emily se atareó con la tetera, ya que no se atrevía a mirarlos directamente. Sus mejillas estaban encendidas de rubor. Elizabeth miró a Cristo y se sonrieron con complicidad.

A la tarde siguiente, sin que Cristo estuviera presente, las tres mujeres siguieron con su ritual de siempre. Tras almorzar bajaron un rato al centro de jubilados, y regresaron a casa para la hora del té y los susodichos “cupcakes”. Emily, tras este goloso rito, llevó a la señora Shanker a su habitación, para que viera un rato la televisión acostada y descansara de la silla de ruedas.

Mientras tanto, Elizabeth preparó otro par de tazas de té y se sentó en el sofá, esperando que empezara una de sus telenovelas preferidas. Se había tirado toda la noche pensando, y aún lo hacía. Pensó en su “affaire” con el chico, en cuanto había gozado, y rememoró sus palabras, sobre todo aquellas que se refirieron a Emily.

“Imagínatelo”.

No podía. En el momento en que lo hacía, se ponía enferma de deseo. Era como activar un interruptor. Ahora cachonda, ahora no… Tampoco ayudaba mucho el que Emily se paseara todo el día por delante de ella. No es que fuera una chica provocativa, nada de eso, pero era lo suficientemente hermosa como para destacar con cualquier cosa que se pusiese. Ese día, por ejemplo, llevaba un simple chándal, pero el pantalón se le pegaba tanto a ese precioso culito, que Elizabeth no podía apartar sus ojos de él.

Emily regresó y aceptó la nueva taza con una sonrisa y una inclinación de cabeza. Aquellos gestos silenciosos fueron los que llamaron la atención de Elizabeth, por primera vez. Aunque no lo fuera, parecían señalar una implícita obediencia, una callada sumisión aún no confesada, y excitaba cada vez más a Elizabeth, desde la primera vez que lo notó.

Emily no era una chica charlatana, mejor dicho, ni siquiera comunicativa. Contestaba cuando se le preguntaba algo, pero ahorraba en palabras como un salvaje africano en ropa. Si podía contestar con un gesto, un asentimiento, o una sonrisa, mejor que mejor.

Pero si Elizabeth hubiera podido asomarse a la mente de Emily, se habría quedado asombrado de lo corta que se había quedado en sus suposiciones.

Emily llevaba muchos años esperando una oportunidad, deseando arrojarse a los pies de esa madura mujer que la había embelesado desde jovencita. Había tardado algún tiempo en admitir lo que le ocurría, lo que había nacido en ella, a la sombra de su madre. Se había enamorado de Elizabeth, hasta las trancas, con esa pasión terroríficamente anuladora que se apoderaba de su corazón y de su alma.

Se masturbó pensando en ella, en su primera vez, después de que le regalara una bonita diadema el día en que cumplió trece años. Se desvirgó a los dieciséis años, con un pepino robado en la cocina, delante de una foto de Elizabeth. Estudió para agente social porque era una especialización que podía hacer cerca de casa. No estaba dispuesta a alejarse de su amor platónico. Incluso, renegó de un trabajo que le salió, porque era en Detroit.

Su oportunidad vino con la huida de la última chica de compañía de la señora Shanker. Ella la conocía, había estado al cuidado de aquella mujer, antes de perder facultades. Convenció a su madre para que hablara con Elizabeth y, finalmente, probaron con Emily. Todo el mundo creía que sería algo temporal, hasta que le saliera un trabajo en lo suyo, pero Emily estaba demasiado extasiada como para alejarse. Incluso, las convenció para dormir con ellas, en el apartamento, algo que ninguna otra chica había hecho.

El caso es que la señora Shanker estaba súper contenta y Elizabeth también. Pero, de ahí, a saber que Emily andaba todo el día mojada, solo con sentir los ojos de su jefa sobre su trasero, había un paso. La chica era tan prudente que no hablaba apenas para que no se le escapara un suspiro. A veces, se había corrido con una voz más alta que otra, o un bonito cumplido. En todo este tiempo, Emily había desarrollado una técnica casi perfecta para frotar sus muslos, tanto de pie como sentada, que le llevaba a largos y suaves orgasmos, incluso tal y como estaban en ese momento, sentadas una al lado de la otra.

― Emily… — susurró la señora, pero Emily siguió mirando la tele – quisiera hablarte sobre lo que ocurrió ayer… con Cristo…

Emily bajó la cabeza y enrojeció.

― Emily, mírame, por favor… — la joven obedeció y sus bonitos ojos marrones parpadearon, mirándola. – No sé lo que me pasó ayer… Fue como una fiebre, te lo juro. Sentía un fortísimo impulso de tener a ese chico entre mis brazos, de acunarlo, de apretarlo contra mi pecho…

Emily tragó saliva. Sus ojos se humedecieron, pero no apartó la mirada.

― … pero me he pasado toda la noche pensando, y he llegado a la conclusión que no fue más que una reacción lujuriosa, un calentón, ¿comprendes?

― Si, señora – musitó la latina.

― Él mismo fue quien me abrió los ojos. Cristo se dio cuenta enseguida de quien me atraía de verdad, de por quien suspiro desde hace un tiempo…

― ¿De quien, señora?

― De ti, Emily – susurró a su vez Elizabeth, colocando una mano sobre la de la chica sentada a su lado.

Las mejillas de Emily se tiñeron violentamente de un rastro carmesí. Parpadeó, confusa por la noticia, que la golpeó con la fuerza de un ladrillo real.

― ¿Qué…? ¿Cómo…?

― Que no puedo sacarte de mi cabeza, Emily. Te he visto crecer, desarrollarte, y, hasta ahora, no he comprendido que te he deseado siempre. Siento decírtelo así, de forma tan brusca… yo no soy una mujer moderna, ni tengo experiencia alguna…

― Pero, señora…

― Ssshhhh… Emily, déjame acabar, sino no me atreveré a repetir todo esto – la acalló Elizabeth, colocando un dedo en los carnosos labios de la chica. – Nunca he estado con otra mujer. De hecho, no me considero lesbiana de ningún modo. Ese fue uno de los motivos de acostarme con Cristo… pero me enervas, haces bullir mi sangre cada vez que caminas delante de mí. Te has metido bajo mi piel, Emily… y ya no sé qué hacer. Así que te daré buenas referencias y un buen finiquito, pero no puedes quedar…

― Señora… Elizabeth – casi gimió Emily, aferrándole la mano y haciendo que la taza tintineara en su otra mano. – La quiero…

Elizabeth se quedó con la boca abierta, los ojos bien abiertos. En ningún escenario, de los muchos que había construido en su mente, Emily pronunciaba esa palabra tan pronto. Había preparado desengaños, más o menos tristes y civilizados, otro terrible, lleno de injurias y una posible bofetada. Había otros, merengues y pastelosos, llenos de azucarada felicidad, pero, nunca uno tan directo y rápido.

― ¿Me… me quieres? – balbuceó Elizabeth, aferrando, a su vez, la taza de Emily.

― Si, señora, desde siempre – contestó, bajando los ojos.

― Pero… ¿Por qué no…? – Elizabeth no sabía cómo preguntárselo.

― Siempre he sido tímida. No me atrevía, señora…

― Llámame Elizabeth, por favor.

Emily negó con la cabeza, con fuerza.

― Usted es la señora… siempre lo será… yo… soy suya – dijo Emily, liberando al fin todo cuanto sentía en su interior, y cayó de rodillas ante su señora, los ojos en el suelo, las manos extendidas.

Elizabeth sintió su coño mojarse completamente en un segundo, desbordando incluso su braguita. Jamás experimentó tal lujuria momentánea. Se tuvo que controlar para no atrapar aquella cabecita de la cola de caballo y meterla entre sus muslos.

― Emily… yo no te pido eso…

― Pero yo me entrego voluntariamente, señora. Soy suya para siempre, para lo que desee hacer conmigo. Dormiré a los pies de su cama, comeré las sobras de su plato, calentaré sus pies en invierno y los lameré en verano… soy su humilde esclava, señora…

― Dios… cállate, Emily, por favor… voy a correrme con solo escucharte – murmuró Elizabeth.

― Señora… tengo que decirlo… perdóneme… me he masturbado pensando en usted desde que era una cría, con trece años. Ni siquiera tenía pecho y tenía que morder un peluche para que mi madre no me escuchara, por las noches.

― ¡Jesús!

― Cada año que pasaba la veía más hermosa, más señora, e intentaba que se fijara en mí, pero no lo conseguía. Nunca he estado con otro chico, me desfloré yo sola… En la facultad, tuve mi primera relación con otra chica. Elegí a una compañera que se llamaba como usted, para poder gritar su nombre durante el orgasmo…

Los efluvios del coño de Elizabeth ya chorreaban nalgas atrás, hacia su ano, ya que había adoptado una posición más estirazada, pero también manchaban el sofá. Sentía como le faltaba el aire en el pecho, y, por ello, jadeaba,

― ¡No puedo expresar mi eterno amor más que de una forma! ¡Entregándome completamente a usted, para que disponga de mi cuerpo, de mi corazón y de mi alma! – Emily se inclinó aún más, lamiendo la punta de sus zapatos.

― ¡Joder! ¡JODER! ¡Estás suplicándome que te destroce, Emily! – Elizabeth se puso en pie, el rostro desencajado de pasión.

― Si, señora, todo lo que usted desee…

― ¡TÚ LO HAS QUERIDO, JODIDA ZORRA! – exclamó Elizabeth, atrapándola por la cola y arrastrándola hacia su dormitorio.

Ya no le importó que su tía escuchara sus gritos, ni que se enterara de que iba a meter en su cama a esa preciosidad latina. La iba a asfixiar entre sus muslos, corriéndose sin parar.

Emily, mientras trataba de mantenerse a gatas, sonreía, sumamente feliz, a pesar de que las lágrimas caían por su rostro, debido al dolor que le producía ser arrastrada del pelo.

Su dueña la iba a follar…

CONTINUARÁ…

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