herederas3Una dama con clase.

Sin títuloNota de la autora: Quedaría muy agradecida con sus comentarios y opiniones, que siguen siendo muy importantes para mí. Pueden usar mi correo: janis.estigma@hotmail.es

Gracias a todos mis lectores, y prometo contestar a todos.

― Ups… lo siento… ¡De veras que no quería molestar!

Las disculpas de Calenda surgían apelmazadas de su boca. Aún solo con el resplandor del móvil, era posible advertir sus mejillas ruborizadas. Su mente le clamaba por dar media vuelta y marcharse de esa escena tan bochornosa, pero su cuerpo se quedó allí, inmóvil, con los ojos clavados en la boca de Alma, aún manchada de semen, hasta que Cristo le pasó un pañuelo para que se limpiara.

Acabó parpadeando y escapando de aquel extraño trance que la había convertido en una estatua. Murmuró algo y se marchó, dejando a la pareja un poco de intimidad para que se adecentasen.

¡Alma le estaba haciendo una mamada a Cristo! ¿Desde cuando esos dos…? ¡Y lo peor de todo! ¡Le había visto el pene a su amigo!

En una ocasión, el gitano le había hablado de su problema de crecimiento y de cómo había incidido en su vida de una forma brutal. Nunca creyó que fuera de aquella manera… tan pequeña… era como la de un niño. Como un relámpago, una idea pasó por su mente. ¿Sería tan suave también? Su vista dio un vuelco, haciendo que se tambaleara. Se apoyó contra una columna. Había bebido demasiado.

Alma y Cristo surgieron de detrás del cortinaje. La pelirroja besó al gaditano en la mejilla y le hizo un gesto de despedida a la modelo, marchándose. Cristo se acercó hasta ella y Calenda trató de esconder el rostro, cosa que, por supuesto, le fue imposible.

― Perdóname, Cristo. Cuando me dijeron que os habían visto meteros tras las cortinas, pensé que estabais hablando en más intimidad… lo siento… no imaginé que… – explicó ella atropelladamente.

― ¿…que me la estuviera chupando?

― Si – dejó escapar en un suspiro.

― Calenda, mírame… A pesar de todas las evidencias, tú jamás has creído que yo tuviera una vida sexual, ¿verdad? – le preguntó Cristo, a bocajarro cuando ella cruzó la mirada.

La modelo apartó la mirada, de nuevo roja de vergüenza.

― Yo… yo…

― Sé sincera, Calenda, me lo merezco.

― Está bien – dijo, dejando caer las manos sobre sus muslos. Quedó algo encorvada, apoyada contra la columna metálica. – Me has hablado de tu “problema”. Luego, te he visto con Chessy y te portabas con ella como con todas nosotras: atento, solícito, chistoso, y encantador… Creía que esa era tu forma de estar con una mujer.

No podía decirle que le consideraba un Peter Pan, un hombre con alma de niño, que nunca crecería ni aceptaría su papel de adulto. Pero lo que había visto allí detrás, rompía ese esquema por completo.

― Creo que, a veces, no me escuchas ni siquiera, Calenda – contestó Cristo, con voz dolida.

― ¿Podemos hablar fuera de aquí? No me encuentro muy bien y me gustaría sentarme… por favor…

― Te llevaré a tu casa – le dijo él, poniéndose a su lado para que ella se apoyase en su hombro.

― Gracias…

En el interior del taxi, Calenda volvió a disculparse y Cristo agitó la mano, restándole importancia. Lo hecho, hecho está, dijo.

― ¿Desde cuando…? – quiso saber la modelo.

― Ha sido algo puntual, que ha surgido esta noche. Solo somos amigos.

― Ah… ¿Sabes? Por un momento, me sentí celosa…

― ¿Qué? – se asombró el gitano.

― Estoy tan acostumbrada a tenerte a mi lado, para aconsejarme, para escucharme, para divertirme, que cuando vi a Alma allí, arrodillada, quise levantarla tirándole del pelo.

― Bueno, supongo que sería la sorpresa.

― Si, puede ser. ¿Has estado con más chicas de la agencia?

― Si, con la Dama de Hierro.

― ¡Ppppppffffffffffffff! – se tapó la boca Calenda, ahogando la risa.

― Se dice el pecado, no el pecador – la amonestó Cristo, agitando uno de sus deditos ante ella.

― Vengaaaa… porfaaaa…

― De la agencia no, solo Alma, esta noche. Déjenos aquí, por favor.

El taxi les dejó a una manzana del apartamento que compartían May Lin y ella. Antes de subir a éste, Cristo quería saber si las cosas estaban bien entre ellas.

― Me han comentado que May Lin y tú habéis discutido. ¿Quieres hablar de ello?

― Solo es una tontería…

― ¿Seguro? ¿Quién era aquel tipo? ¿Un antiguo cliente?

El bello rostro de Calenda se demudó, cogida en falta. No se esperaba aquella perspicacia de Cristo.

― ¿Cómo…? ¿Quién te ha dicho…?

Cristo meneó la cabeza; se sintió disgustado por lo que eso significaba. Se detuvo ante la puerta del edificio donde vivía la modelo. Calenda se había quedado parada en la acera, algunos metros más atrás, digiriendo la sorpresa.

― Cristo… no es lo que te piensas… bueno, en un principio si, pero…

― No hace falta que te justifiques, Calenda. Es tu vida. Pero creí que ya que tu padre está en la cárcel y que no te puede controlar, dejarías todo eso…

― Por favor, déjame que te lo explique. Es más complicado de lo que parece. Podemos subir y tomarnos un té, como antes. Añoro esas simplezas…

― Está bien – repuso él, relajando la expresión de su rostro. – Un té nos sentará bien.

Calenda comprobó, al soltar las llaves sobre la mesita de la entrada, que las llaves de su compañera estaban allí. Mientras se despojaba de su chaquetita, echó un vistazo en el dormitorio. May Lin estaba acostada en su lado, dándole la espalda. Calenda suspiró, pero se dijo que esa sería una tarea para el día siguiente. Regresó a la gran sala que hacía tanto de sala de estar, comedor, y cocina, encontrándose a Cristo sentado en una de las sillas, con los codos clavados sobre la mesa y las manos unidas por la punta de los dedos. Parecía estar perdido en sus reflexiones.

Sacó la tetera, la llenó de agua, y la puso sobre uno de los calentados eléctricos. Calenda suspiró de nuevo y se sentó al lado del gitanito, temiendo mirarle de frente.

― Ese hombre era un antiguo cliente, como has adivinado. Es un tipo rico de mi país, con el que he estado más veces. en esta ocasión, venía con su ahijado, deseando montarse una fiesta. Estuvo llamando al teléfono de mi padre, pero ese número ha sido dado de baja – dijo en un murmullo.

― Y te encontró en la fiesta…

― Si, así es. May, a quien también se lo he contado todo, se dio cuenta enseguida de lo que pasaba, e intentó interponerse. Temí por ella, te lo juro. No sabe como se las gasta ese tío.

― Y discutiste con ella.

― Tuve que hacerlo. No podía explicarle nada delante de Alma y de Mayra. May no supo entender lo que pretendía hacer y se enfadó, marchándose de la fiesta. Finalmente, pude sacar a ese hijo de puta de la fiesta, antes de que las demás chicas sospechasen algo raro. Pero, una vez en la calle, le dejé muy claro que ya no me dedicaba a eso, que mi padre estaba en la cárcel.

― Hiciste bien.

― ¡Pero el tipo no quiso saber nada de eso! Me quería en su cama por todo lo que mi padre le debe y se puso un tanto violento.

― ¿Qué ocurrió, Calenda? – las finas cejas de Cristo se arquearon con fuerza, amenazando tormenta.

― Nada, Cristo, solo me magreó un rato, entre risas, mientras me preguntaba en que cárcel se encuentra mi padre. Su ahijado salió de la fiesta apenas quince minutos después…

“Después de que Mayra lo rechazara.”, pensó Cristo. Todo coincidía.

― Después subí de nuevo a la fiesta. No quería levantar sospechas. Pero no encontré a las chicas. Cuando empecé a preguntar, me dijeron que tú y Alma estabais detrás de las cortinas y… pasó lo que pasó…

― Si – sonrió Cristo.

― ¿Qué es lo que pasó?

Cristo y Calenda se giraron al mismo tiempo. May Lin se encontraba apoyada contra la alta nevera. Su menudo cuerpo estaba cubierto por una camiseta de los Sex Pistols, aunque mostraba una minúscula porción de su braguita al tener el brazo izquierdo acodado sobre el lateral del frigorífico. En ese instante, se inició el silbido de la tetera. May apagó el calentador y añadió una taza más a las dos que ya estaban preparadas sobre la encimera.

― Me gustaría saber lo qué me he perdido en la fiesta – iteró mientras repartía las tazas.

― ¿Sigues enfadada? – preguntó Calenda con un delicioso mohín.

― Sabes que no puedo enfadarme contigo. Además, he escuchado todo lo que le has dicho a Cristo – le susurro la chinita, inclinándose sobre ella y mordisqueándole la oreja. — ¿Tengo que preguntarlo otra vez? – esta vez se giró hacia el chico.

― Calenda sorprendió a Alma haciéndome una… felación.

― ¿Una mamada? ¡No jodas! ¿Al final se ha decidido?

― ¿Cómo que se ha decidido? – inquirió Calenda, enarcan una ceja. — ¿Qué es lo que sabes tú?

― Bueno, Alma, en más de una ocasión, ha bromeado diciendo que cualquier día se lo iba a comer de una sentada – dijo la chinita, con algo de sorna.

Cristo y Calenda se miraron, atónitos. May aprovechó para escanciar el agua hirviendo en las tazas y cubrir las bolsitas de té.

― ¿Y tú les sorprendiste? Menuda cara se te tuvo que quedar – rió quedamente. Se dirigió a Cristo, señalando a su compañera. — ¿Sabes que te tiene en una especie de pedestal beatificado? Hasta apostaría que cree que no cagas como los demás humanos.

― ¡May Lin! – exclamó Calenda.

― Upsss… que carácter.

Cristo sonrió de forma interna, contento con cuanto estaba descubriendo esa noche sobre Calenda y sus motivaciones, sobre lo que sentía por él. Pero aún así, eran respuestas a unos sentimientos platónicos, que la convertían en una inmejorable amiga. ¡Él no deseaba eso! Bueno, si, pero quería algo más… ¡quería besarla! ¿Conseguiría eso alguna vez? Su demonio interno le aseguró que si, que solo debía esperar y manipular. La prueba la había tenido esa misma noche. Jamás pensó que Alma se prestara a mamársela. ¡Ni en mil años!

Y mientras pensaba en todo ello, se dio cuenta de que tenía la oportunidad delante. Esa noche debía de ser la que iniciara una nueva estrategia, con nuevos aliados. Calenda y May Lin estaban demasiado unidas como para conseguir a la modelo venezolana, sin contar con el beneplácito de su compañera. Tenía que integrarla también, manipularla para que se convirtiera en un apoyo y no en un escollo.

“Ánimo, caló, que tú puedes.”, se palmeó él mismo la espalda.

― ¿Puedo dormir con vosotras esta noche, chicas? Es muy tarde para volver a casa…

“Si cuela, cuela…”

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Cristo llamó al despacho de miss P. con los nudillos. La puerta solo estaba entornada. Dentro, Priscila y Candy revisaban las críticas especializadas a la semana de la moda. Fusion Models Group había aprobado con nota, por su alta participación y la profesionalidad de sus modelos. Entre ellas, destacaban, además de las clásicas encumbradas, la joven venezolana Calenda Eirre, a quien auguraban magníficas oportunidades. Así mismo, este año prestaron especial atención a una “rookie” que venía pisando con mucha fuerza: Zara Buller.

La jefa esgrimía esa crítica en particular, con tal orgullo que parecía que se estaba refiriendo a su hija y no a la chica que calentaba su cama. Aún así, desdeñando esos sentimientos encontrados que Cristo esgrimía hacia su jefa, se alegró un montón por su deliciosa prima.

― Pasa, pasa, Cristo – le indicó miss P.

― Señora, jefa…

― La señorita Candy me ha dicho que hay que preguntarte si aceptas algunos “trabajitos”.

A Cristo no le hizo ninguna gracia aquel retintín, pero se tragó la contestación que pugnó por salir de su boca.

― Verás, Cristo – la jefa tomó la palabra –, el consejo de administración ha elegido un nuevo presidente, uno de los socios inversores, y hay que instalarle un nuevo software para que pueda acceder al servidor desde su casa. Ya sabes que esos programas son exclusivos de la agencia, así que no quiero que ningún cerebrito de fuera meta las narices. Bastante hay ya con los hackers que pululan en esto…

― Comprendo, jefa. ¿Quiere que yo vaya a instalarle el directorio nuevo?

― Exacto, Cristo. No tengo ni idea de que es lo que te encontraras como sistema operativo, o lo que puedes tardar en enseñarle a manejar los nuevos programas. Es un hombre de la “vieja escuela”, digamos…

― Me hago cargo – sonrió Cristo.

― ¿Te parece bien?

― Si, jefa.

― Bien, perfecto. Tómate tu tiempo y haz un buen trabajo, tardes lo que tardes. Te alojaras en su casa.

― ¿Tan lejos está?

― En Southampton, en la ribera oeste del lago Agawan – indicó miss P.

Cristo repaso sus mapas mentales. Nunca había estado en los Hampton, pero las chicas si, con la campaña del calendario de Odyssey, así que asimiló también esa parte de Nueva York.

“¡Coño, eso es el meollo del distrito para ricos!”, descubrió. “Me haré el remolón para pasar un par de días allí.”

Cuando Cristo regresó al mostrador, Alma se dio cuenta de la sonrisita que curvaba sus labios. Necesitada siempre de un buen chisme, le pinchó hasta que Cristo vomitó cuanto sabía.

― ¡Joder, que suerte! – exclamó ella.

― No te creas que voy a broncearme. Voy a instalar unos putos programas de ordenador que hasta un niño de diez años sabe manejar. Seguramente habrá uno de esos estirados ricos, viejo y aburrido, mirando todo el rato por encima de mi hombro.

― Bueno, pero estarás en los Hamptons.

― Lo único que espero es que me den bien de comer, y no me pongan a comer una hamburguesa en la cocina, como un apestado.

― Tranquilo, nene, que te sacarán la vajilla de los domingos – bromeó ella.

― Bueno, me conformo con que tengan criada y esté buena.

― Vicioso.

― Pelirroja.

Mientras Cristo metía en un maletín los discos necesarios para mejorar, actualizar, y posiblemente limpiar, el sistema operativo que encontrase, Alma le daba ciertas recomendaciones para llegar a los Hamptons. Cristo la besó en la mejilla, le pellizcó con descaro un muslo, y se marchó al loft a llenar una mochila con una muda de ropa, el bañador, por lo que pudiera pasar, una toalla y gel, así como unas chanclas. Tomó algo de dinero y dejó una nota para Faely, diciéndole que no sabía cuando regresaría, pero que la llamaría por la noche. Se sentía algo preocupado por su tía, parecía languidecer últimamente, aislada de la vida de todos. No es que nadie le hiciera el vacío, pero los acontecimientos de las últimas semanas habían distraído bastante a Cristo y, por otra parte, Zara aparecía cada vez menos por el loft.

Tomó el metro hasta Jamaica, donde hizo transbordo al Power Montauk, un tren de alta velocidad que cruza todo Long Island, hasta el final de la alargada isla. El trayecto, de casi tres horas, no estuvo mal. Pusieron películas y repartieron aperitivos y refrescos. Además, el vagón era cómodo y bien climatizado. Cristo se relajó y admiró el paisaje. En verdad, a medida que recorría Long Island, se sentía en otro mundo.

Sin embargo, al dejar atrás los cuatro aeropuertos (¡cuatro!) que bordeanla ReservaEstatalBarrens, con sus enormes pinares, la cosa cambió a otra liga. Entrar en Westhampton era toparse con grandes terrenos privados, enormes mansiones, accesos privados, y helipuertos en cada esquina. A partir de ahí, solo hacía que mejorar, añadiendo excesos y fantasías caprichosas al lujo y la extravagancia que ya imperaba.

La pequeña terminal, junto con el largo andén techado, se encontraba en medio de la población, concretamente en la avenida Powell. A ambos lados de la estación se extendía una pequeña zona industrial, en la que destacaban un par de campanarios de iglesias nuevas y los grandes aparcamientos abiertos de unos supermercados.

Cristo tomó un taxi al salir de la terminal, pues no tenía ni idea de donde se encontraba el lago Agawan. Resultó no estar lejos de la estación, pero el acceso era complicado, pues solo había dos entradas al lago, que resultó ser un vasto complejo privado. Cuando el taxista le dejó en la entrada de la finca, se topó con una gran verja y un sistema de comunicación de video. Pulsó el botón y una voz femenina y juvenil le preguntó el motivo de su visita y le pidió que se identificase. Lo hizo, colocando su tarjeta de la agencia ante la cámara. La verja se abrió con un sonoro zumbido y Cristo se colgó la mochila, echando a andar hacia la distante mansión.

Como la gran casa se veía desde la entrada, no había pérdida, pero no pudo imaginar lo grande que era la finca, ni lo lejos que estaba la casa. Estuvo caminando unos buenos quince minutos hasta llegar a la plazoleta central, en la cual se levantaba una grandiosa fuente, con estatuas de sirenas y tritones. La mansión, vista de cerca, le resultó increíble, digna de una finca noble de Inglaterra. Tejados de pizarra, abuhardillados, bajo los cuales se ubicaba el segundo piso; el primer piso parecía tener una altura superior, o al menos así lo hacían pensar las enormes ventanas que se abrían a la fachada. El piso superior solo disponía de las pequeñas ventanitas que se abrían en los antepechos de las diferentes aguas del grandioso tejado.

El piso bajo se abría en grandes espacios acristalados, en su mayoría, salpicando las grandes cristaleras con magníficas vidrieras de colores. En ese momento, una chica uniformada surgió de lo que parecía la entrada principal.

“Pues SI tienen criada y parece que está buena.”, se dijo con humor.

Al acercarse, Cristo comprobó que era bastante joven, una veintena escasa de años, morenita y de sonrisa simpática. El uniforme era rosa y blanco, a medio muslo, y con encajes en las mangas cortas. Todo un merengue con cofia y todo. El cuerpo de la chica no destacaba demasiado con ese uniforme, o bien podía ser que fuera delgadita y menudita.

― Hola, buenos días. Creo que me están esperando – informó Cristo, entregando la nota que Candy le facilitó.

― Hola – le sonrió la chica, con una radiante sonrisa que mostraba unos dientes pequeñitos y parejos. – Acompáñeme. Avisaré a la señora.

“¿La señora?”

La doncella le llevó hasta un amplio salón con chimenea y todo, sobre la que presidía el cuadro de un caballero muy pulcro y sesentón, que Cristo supuso sería el nuevo presidente de administración. Aquí y allá, pudo ver fotos del mismo hombre, acompañado de una mujer muy elegante, de unos cuarenta años.

La misma que carraspeó detrás de él, para llamar su atención.

― Perdóneme por fisgonear, pero me atrajo la atención una belleza como la suya, madame – se excusó, tomando la mano de la señora con rapidez, dejándola boquiabierta con el exquisito trato.

― ¿E-eres el es-especialista de la agencia? – balbuceó la señora, tuteándole por creerle muy joven.

― Así es. A su servicio, pero… debía entrevistarme con su esposo, ¿no es así?

― Si, en un primer momento, él es quien ha sido nombrado presidente administrador, pero ha tenido que viajar a Washington con urgencia y tardará unos días en regresar.

Cristo arrugó levemente la nariz al escuchar el contratiempo. Debería volver a Nueva York tras instalar los programas. Ya le llamarían cuando el presidente regresará y necesitara explicaciones sobre cómo manejar todo.

― Pero decidió dejar que yo misma me ocupara de todo lo concerniente con la moda – sonrió la mujer, sentándose en uno de los blancos sillones, indicando que Cristo hiciera lo mismo. – Mi marido no es hombre de desfile ni tendencias. Solo le interesan los beneficios, los márgenes de producción, y la influencia que se puede conseguir en el mercado. Así que yo seré quien le haga los resúmenes pertinentes, cada mes.

Cristo la miró con atención. Era, al menos, veinte años más joven que su esposo y poseía una de esas bellezas calmadas y elegantes, que mantenían la atención de todo el mundo sobre su persona. Vestía un kimono abierto, de colorido oriental, rojo y dorado, sobre un corto vestido de lino crudo que dejaba al descubierto sus piernas morenas y perfectamente depiladas. Una melenita perfectamente recortada coronaba su cabeza, teñida en mechas de distintos tonos de rubio.

― ¿No eres muy joven para ser un experto en moda?

Cristo sonrío y agitó la cabeza después.

― No soy un experto en moda, sino en Informática. Vengo a instalar algunos programas y accesos de administrador a su sistema operativo, así como enseñar a su esposo, bueno, en este caso, a usted, su manejo. Ya sabe que los informáticos suelen ser bastante jóvenes.

― ¿Eres uno de esos hackers? – se río ella con la pregunta.

― Si hace falta… — contestó Cristo, haciéndola reír de nuevo. Siguiendo un extraño impulso, no la sacó de su error, dejándola creer que era un adolescente.

― ¿Y esos modales que luces? ¿Los has aprendido en la red? – preguntó ella, con un deje de burla.

― No, que va. Formación de empresa. Mi jefa es muy estricta con las formas y sus inversionistas. Tuve que tomar un curso acelerado antes de venir – la mintió con todo desparpajo, notando como la mujer se regodeaba con tal deferencia.

― Está bien. No te entretendré más. Te mostraré el despacho de mi marido y el servidor donde debes instalar esos programas. Después, podremos usarlos desde cualquier equipo de la casa, ¿no?

― Si, señora. Deberé restringir el servidor durante un rato. ¿Molestaré a alguien con ello? – preguntó Cristo, más por saber quien había más en la mansión que por necesidad.

― Ahora mismo solo estamos Marjory y yo.

― ¿Marjory?

― La doncella.

― Ah, claro. Entonces, mejor, podré trabajar más rápido.

― Bien, pero eso será tras almorzar conmigo, jovencito. ¿Cómo te llamas?

― Cristóbal, señora, pero mis amigos me llaman Cristo.

― ¿Cómo el Mesías?

― Soy demasiado pecador para que me comparen a él – contestó él con una risita.

― ¿Pecador? ¿Alguien tan joven? ¿Cómo puede ser eso posible?

― Hay que vivir la vida todo lo rápido que se pueda…

― ¿Por qué esa prisa?

― Porque quiero probar todo lo que puede ofrecerme la vida en plenitud de mis fuerzas, señora, y no renqueando.

“Como algunos que conozco.”, se dijo la señora, cínicamente. “Este chiquillo sabe lo que se dice.”

― Puedes llamarme Jeanne mientras estemos a solas, Cristo.

― ¿Y si no estamos a solas?

― Creo que sabrás lo que hacer, muchachito.

Jeanne Mansfield, segunda esposa de Edward R. Mansfield, se había autoconvencido de que aquel chico no tenía más de dieciocho años, y la sola idea de jugar al gato y al ratón con aquella ricura en su casa, a solas, la estaba poniendo frenética. Jeanne siempre había admirado la juventud, la plenitud de un cuerpo, justo cuando se sienten indestructibles e imparables. Y ahora, al alcanzar los cuarenta, necesitaba sentir esa ansia una vez más.

Disponía de una oportunidad que le había caído del cielo. Un dulce terrón de azúcar con el que darse un atracón. Ese chico era pequeño e infantil, al menos su cuerpo lo era, pero le había demostrado que no era ningún niño mentalmente. Sabía perfectamente lo que hacía y puede que lo que ella pretendía también. Un chico como aquel sería dinámico en la cama, ansioso de experiencias, y la haría desfallecer.

Ahora debía dejarle trabajar para poderle seducir más tarde, quizás a la noche.

Jeanne le llevó al despacho de su esposo y le mostró el servidor que interconectaba todos los equipos de la finca. Varios portátiles se conectaban diariamente a él, tanto el de ella y el de su marido, como la patrulla de seguridad, los jardineros, o la gente de mantenimiento. Los empleados tenían una clave y un acceso limitado, por supuesto.

Cristo dejó varios discos copiándose en el directorio y bajaron hasta un amplio porche trasero, desde el cual se podía visionar la impresionante piscina, y, más allá, en el horizonte, el vasto mar azul.

― Almorzaremos aquí – le informó Jeanne, haciendo un gesto para que se sentase a una mesa redonda, cubierta de un hermoso tapete de tela.

― ¿Suele almorzar con los empleados, Jeanne? – le preguntó Cristo, mientras se dejaba caer en uno de los confortables butacones.

― No, y me irrita bastante hacerlo a solas. Suelo quedar con alguna amiga en un buen restaurante – agitó la mujer una mano, como si no quisiera hablar de ello.

― Teniendo una mansión como esta y el servicio adecuado, yo siempre tendría algunos amigos almorzando conmigo. ¿Y las cenas?

― La mayoría de las veces, mi esposo cena conmigo, pero hay ocasiones, como esta, que tengo que hacerlo a solas. No me gusta salir de noche.

― Una magnífica excusa para disponer una velada con un amante, ¿no?

Jeanne lanzó una carcajada, pero no contestó. Marjory se acercaba con una bandeja, sobre la cual descansaba una botella y dos copas.

― ¿Bebes vino? – le preguntó a Cristo.

― Desde los siete años.

La señora enarcó una ceja, mientras la doncella depositaba su carga sobre la mesa.

― Nací en el sur de España, en la tierra del vino fino y las mejores gambas del mundo. El vino es materia obligada en nuestra cultura – rió él, explicándole su respuesta.

― ¿Eres español? Te hacía latinoamericano…

― Llevo poco tiempo en Estados Unidos, pero me está gustando mucho este país.

― Oh… ¿y has dejado atrás gente que te importa?

― Mi familia tenía demasiados… compromisos como para poder seguirme. Estoy solo aquí – confesó con un mohín que tuvo la facultad de emocionar a la dama.

La doncella regresó con dos grandes copas que contenían un suave coctel de mariscos con endivias y piñones. Luego sirvió rodajas de lo que le pareció merluza a Cristo, empanadas y servidas sobre una crema agridulce muy buena. Jeanne llenó las copas de ambos hasta acabar la botella y charlaron amenamente. Tomaron papaya con crema de plátano de postre y Marjory sirvió café, al final, al estilo turco.

― Ha sido toda una experiencia comer con usted, Jeanne – alabó Cristo –, pero ahora debo iniciar mi trabajo.

― Si, no te entretengo más. Iré un rato a la piscina. Si más tarde, deseas darte un baño, puedo dejarte un bañador – dejó caer ella, con sutileza.

Cristo sonrió y se puso en pie, despidiéndose con un ademán de cabeza. Se orientó en el interior de la mansión para encontrar el despacho y, cuando estaba a punto de entrar, un carraspeo le frenó. Se giró y se encontró con la simpática Marjory, la cual le comunicó que si necesitaba alguna cosa, podía llamarla con el interfono del despacho.

“¡Cuanta amabilidad! ¿Es cosa de los ricos o estas dos quieren algo?”

Se sentó ante el servidor, instalado en una de las repisas de la librería del señor Mansfield, y se conectó a él. Instalo un par de programas necesarios y actualizó otros, subrogando enlaces y direcciones hasta conectar la base de datos de la agencia e integrarla en el directorio.

Ahora solo le quedaba enseñar a Jeanne a manejar aquellos programas y responder a sus dudas. ¡Para eso solamente había tenido que viajar al paraíso de esos huevones! Si todo iba bien, podía estar de vuelta en la ciudad esa misma noche. Pasó un antivirus para asegurarse y, mientras tanto, se asomó a la ventana.

El despacho daba a la parte trasera de la mansión y divisaba perfectamente la piscina desde allí, así mismo como a Jeanne, tumbada de bruces en una hamaca. Entonces, pisando el césped con sus zapatitos, la doncella se acercó a su señora, portando unas toallas dobladas y un bote de bronceador. La chica se sentó en el filo de la hamaca y desabrochó el sujetador del bikini de su patrona, dejando su espalda al aire. Vacío un buen chorro de bronceador sobre la piel de Jeanne y se puso inmediatamente a frotar y esparcir la crema. Cristo no le dio importancia. Sus primas hacían lo mismo en las playas de Algeciras. Echó un vistazo a como iba el programa antivirus, y volvió a la ventana. La barbilla le colgó floja en esa ocasión. Marjory le había quitado la braguita del bikini a su jefa y se atareaba, en ese momento, en sobar las espléndidas nalgas de Jeanne. Era algo más que embadurnarla de bronceador. La doncella se regodeaba en su acción, amasando lentamente las pudientes carnes traseras de su señora. Cristo podía ver como descendía sus dedos por el canalillo de las nalgas, sobando plenamente ano y vagina, en largas pasadas. Jeanne, con el rostro doblado hacia un lado, apoyada la mejilla sobre el almohadón de la hamaca, se estremecía de placer. A pesar de estar tan lejos, Cristo podía notar la respuesta del cuerpo de la señora.

“¡Perras cabronas!”, pensó, formando una sonrisa lobuna con sus labios. “¿Lo sabrá su maridito?”

Sin embargo, esa no era la pregunta que las dos mujeres se hacían, mientras los dedos de la más joven tallaban la carne de la más madura, sino: ¿Sigue mirando desde la ventana?

La señora Mansfield era bien consciente de la mirada de Cristo y todo aquello era un espectáculo montado en su honor. El coño de la señora se licuaba literalmente, ansioso por obtener las atenciones de su doncella, también excitada por participar y ser observada.

De hecho, Jeanne estaba muy acostumbrada a las largas sesiones de caricias que su joven criada la obsequiaba a menudo. Se pasaban muchas horas solas en aquella mansión. Era más infrecuente ver algo como lo que estaba sucediendo en ese momento, así, en el exterior, pero hoy tenían un visitante que excitar. De ordinario, las satisfacciones de la señora se realizaban en el interior de la mansión, lejos de las posibles miradas indiscretas de jardineros u otros empleados.

Sin embargo, Jeanne estaba tan dispuesta a provocar al que creía un jovencito, tan deseosa de pervertirle, que no había dudado ni un segundo en pedirle a Marjory que fuera a comerle el coño a la piscina.

Y justo en ello estaba la criadita, inclinada hacia delante, hundiendo la punta de su lengua en la abierta y húmeda vagina, escuchando los estimulantes gemidos de su patrona.

Marjory ya estaba pensando en el momento en que se retiraría a su habitación, para empalarse con su colección de vibradores, pues sabía que la señora no solía tocarla lo más mínimo. Se corría con su lengua y sus caricias, pero no devolvía ni un solo gesto. Privilegio de patrona. Así que la doncellita disponía de tiempo para retirarse a sus aposentos y desahogarse allí de la forma que estimara oportuna. El problema es que, últimamente, la señora Mansfield necesitaba un repaso diario, por lo que ambas andaban todos los días más calientes que los fogones de un orfanato.

No sabía exactamente lo que su patrona pretendía con aquel chico, pero podía intuir que era toda una perversión. Ella no estaba tan segura de que fuera tan joven como aparentaba. Tenía mirada de viejo; lo notó cuando le servía el almuerzo, pero… ¿Quién era ella para comentar nada?

― Aaaahhaah… mi niña Marjory… que b-bien… me lo… comeeeeeeeeeessssssssssss… – susurró su señora en el momento de abandonarse al inminente orgasmo.

Dejó que la señora la asiera del pelo, estrujándole la cofia, y pegara su boca a su entrepierna, con un gemido ansioso. Era como si quisiera volcar en su boca el placer que estaba obteniendo de ella. Dejó a la señora tomando el sol boca arriba y desnuda, y se marchó a toda prisa hacia la mansión.

Cristo dejó que acabara el proceso de análisis del antivirus y se dedicó a fisgonear en el servidor. No había nada extraño, ni siquiera fotos. Configuró los programas a su gusto y, solo entonces, llamó a Marjory pulsando el botón del interfono.

― ¿Si?

― Podrías decirle a la señora que ya he terminado y que me gustaría explicarle cómo va todo esto…

― Enseguida.

Fisgó por la ventana para atisbar como la señora desnuda se levantaba de la hamaca, pero la doncella la vistió con un albornoz que la cubrió por completo. Jeanne tardó aún un buen rato en acudir y, cuando lo hizo, apareció con unos pantalones piratas, una blusa cortita, sin escote, pero que dejaba ver unos centímetros de su cintura bien cuidada, y una cinta ancha en su melenita rubia, a juego con sus pantalones. Además, bajo el brazo, traía su portátil.

― Marjory me ha dicho que has acabado – dijo.

― Si, Jeanne, al menos de instalar. Ahora tengo que ponerla al corriente de que es lo que puede hacer con ellos.

― Te advierto que no soy muy ducha en estos aparatitos. Alcanzo a revisar mi correo, buscar una receta en Internet, o chatear con mis sobrinos…

― No importa. Es muy fácil. Se lo explicaré las veces que necesite.

― Eres un encanto de criatura, Cristo – le aduló, sentándose a su lado, en el gran escritorio de su marido.

Cristo cargó el programa en el coqueto portátil de la señora, conectándose al sistema wifi del servidor, y unos bellos ojos zafiro aparecieron en el centro de la pantalla. Bajo ellos, el nombre de la agencia: Fashion Models Group, NY.

― Esta es la página oficial de la agencia – le dijo Cristo.

― Si, ya la he abierto otras veces…

― Pero, ahora, podrá acceder a secciones que antes estaban vetadas. Podrá acceder a las nóminas, a las cuentas mensuales, y a los proyectos en curso.

― Interesante – le contestó ella, observando su perfil ratonil.

― ¿Sabe acceder a las fichas de las modelos?

― ¿Las modelos tienen fichas?

― Por supuesto. Con sus medidas, algunas fotos de su book personal, sus características y en lo que se especializan. Así, quien desee contratar alguna, puede hacerse una primera idea. También sirven como blog donde pueden exponer preferencias, ideas, y mensajes.

Jeanne mostró un vivo interés por esto. Su oculta perversión se removió en su interior. Podría disponer de belleza y juventud al alcance de sus dedos, modelos de ambos sexos para visionar y quizás manipular.

“¡Oh, Dios, como me lo voy a pasar!”, se dijo, casi relamiéndose.

― Bien, cuando acceda a las fichas, usted, como administradora, podrá seguir la vida laboral de los modelos de la agencia, las notas informativas de la gerente o de la propia señorita Newport, e incluso lo que opinan los distintos clientes o fotógrafos de las modelos.

― ¿Puedo escribir yo una nota?

― No, eso solo queda reservado para el personal de la agencia. Usted puede estar al tanto de todo cuanto sucede, pero no tiene control sobre ello.

― Está bien.

― También podrá ponerse en contacto directamente conmigo, pues yo soy quien actualiza todas estas cosas a diario. Aquí le dejo mi dirección personal y mi número de extensión, por si tuviera alguna duda.

― Oh, piensas en todo, querido – Cristo se envaró cuando notó la mano de la mujer posarse sobre su muslo.

― Los nuevos proyectos están agrupados aquí, en esta sección. Los proyectos confirmados están bien resumidos y disponen de todos los detalles necesarios. A medida que el proyecto queda más en el horizonte, los detalles son menos precisos, poco más que primeras impresiones de los clientes sobre lo que buscan o requieren, o incluso bocetos de agencias publicitarias.

― ¿Tienes despacho en la agencia?

― No, comparto el mostrador de recepción con la chica que lo atiende. Necesito poco espacio para mi trabajo. Una pantalla, un teclado, un ratón…

― Bueno, al menos estarás divertido. ¿Es guapa?

― Lo bueno de trabajar en una agencia de modelos, es que la mayoría de empleados son guapos, incluyendo maquilladores, secretarias y hasta Priscila, la gerente, o la jefa mayor.

Jeanne soltó una carcajada y le volvió a palmear el muslo, pero esta vez lo pellizcó con habilidad.

― ¿Has tenido algún rollete con alguna modelo?

― No, señora, más bien soy como la mascota de la agencia.

― ¿Cómo es eso? – preguntó ella, sorprendida.

― Pues que soy quien les soluciona la papeleta cuando necesitan algo, pero no me tienen en cuenta como hombre. Soy el amigo encantador, el hombro en el que apoyarse…

― Vaya, que mal… eso te supondrá estar todo el día mordiéndote el labio. Tanta confianza, tantas chicas guapas, y no poder desquitarte…

― Ufff… y que lo diga… sudores diarios – se burló Cristo, haciendo un gesto como secándose el sudor de la frente. Se había dejado llevar hasta el terreno que buscaba Jeanne, sin apenas esfuerzo. Podía percibir la excitación de la mujer, incluso tras el desahogo que había tenido en la piscina, un rato antes, pero aún no sabía qué era lo que lo generaba.

― Perdona que te lo pregunte, Cristo, ¿tienes ya experiencia sexual?

Cristo frenó la sonrisa que amenazaba con pintársele en el rostro. Ahora estaba seguro de que Jeanne le creía mucho más joven, apenas salido de la adolescencia.

― Si, algo – contestó bajando la voz.

― ¿Has tenido novia?

― No… nunca.

― ¿Entonces? ¿Ha sido con una amiga?

― No. De la familia.

Jeanne abrió los ojos con sorpresa.

― ¿Allá en España?

― No, aquí, en Nueva York. Vivo con mi tía. La hermana menor de mi madre.

― ¿T-te acuestas con ella? – preguntó la dama con un pequeño silbido.

― A veces, cuando nos sentimos solos…

― ¿Cuántos años tiene?

― Aún no ha cumplido los cuarenta, pero está cerca.

― Una edad perfecta – dijo ella, como si fuese una máxima.

― ¿Por qué perfecta?

― Porque ya se tiene experiencia en la vida a esa edad, y aún se es joven y vital – explicó Jeanne, acariciándole un hombro. — ¿No te parece?

― Si, tiene razón. Mi tía es profesora de flamenco en Juilliard. Es una bailarina profesional y se mantiene muy bien.

Cristo cerraba más y más el invisible collar con el que estaba aprisionando a Jeanne, quien, en el fondo, creía que era ella la que estaba seduciendo al chico. Un buen estafador se aprovecha de tus propios deseos, y Cristo era un magnífico pillo. La dama se felicitaba por su buena suerte. El chico estaba acostumbrado a yacer con una mujer madura, de su edad, por lo que no era insensible a sus maduros encantos. Ya le imaginaba botando entre sus piernas, meneando ese esbelto culito, llenándole el coño de lefa juvenil.

Estuvo a punto de gemir, descontrolada. Tenía que calmarse; no podía fastidiarlo todo ahora.

― Bueno… ¿Te apetece darte un baño? – cambió de tema con rapidez.

― Pues la verdad es que traigo un bañador en la mochila, por si tenía tiempo de ir a la playa.

― Nada de playa. La piscina es mejor y es de agua salina, pero depurada. Cámbiate. Yo haré lo mismo y te acompañaré.

Una vez a solas, en el despacho, Cristo sonrió, mirando su reflejo en el cristal de uno de los cuadros expuestos. Tenía un par de ideas rondando por la cabeza y quería llevarlas a cabo, antes de regresar a la ciudad. Se desnudó, sacó el bañador y las chanclas y metió la ropa en la mochila de nuevo. No supo si esperar o salir, pero en pocos minutos apareció Jeanne, luciendo un pareo completo y casi transparente. Bajo la sutil tela, el sucinto bikini –uno diferente, por supuesto- ocultaba muy poco de sus encantos. Ella le ofreció el brazo y se encaminaron hacia la piscina.

El agua estaba a una temperatura maravillosa y el refrescón, así como realizar un par de largos, le vino estupendamente a Cristo, tras un día de ajetreo y viaje. Jeanne le miraba, sentada en el borde, con los pies metidos en el agua. Cristo nadó hacia ella y se dejó mecer por el agua, los brazos cruzados sobre la losa antideslizante, justo al lado de la mujer.

― Esto es una maravilla. ¿Dónde conceden las hipotecas para comprar una casita así? – exclamó, burlón.

― Normalmente, hay que ganárselo, sea estafando, robando, o heredando – sonrió ella.

― ¿Cómo lo consiguió usted, si puede preguntarse?

Jeanne le acarició la mejilla mojada.

― Tutéame, Cristo…

― Claro, Jeanne.

― En mi caso, me lo gané abriéndome de piernas…

Cristo no respondió, pero dejó que una sonrisa plena y cómplice se dibujara en él.

― Conseguí que mi marido dejara a su primera esposa y se casara conmigo. A pesar de su dinero, era un hombre mal follado.

― ¡Increíble! ¿Cómo es eso posible?

― Puro y tonto puritanismo – soltó la dama, echándose a reír. – Es una raza por extinguirse… lástima.

― No me creo que usted haya sido una…

― ¿Una? – Jeanne alzó un dedo, como advertencia.

― … buscavidas.

― ¡Buena palabra! No, no era una cazafortunas, pero si un poco cabeza loca. Mi familia tenía posibles aunque no a esta escala. Me moría por tener la vida que mis amigas ricas me restregaban por las narices. Gracias a los contactos de mi padre, conseguí un puesto en el círculo de trabajo de Edward. Simplemente aproveché que su matrimonio estaba pasando una mala racha para darle un empujoncito. La verdad es que me enamoré de él, de su prestancia, de su aura de poder… Supongo que tuve suerte y me eligió a mí como la esposa que deseaba. La otra quedó como la madre de sus hijos, que tampoco es mala cosa, ¿no?

― Visto así – Cristo se aferró a uno de los pies de la mujer, que jugueteó con el escaso peso del gitano, haciéndole flotar ante ella. – Y comigo… ¿qué piensas hacer?

Jeanne sonrió. Cristo no era nada tonto.

― Aún me estoy decidiendo…

― Pues deja que te de algunas opciones – musitó el gitano, introduciendo su mano entre las morenas piernas de la mujer. La vagina palpitaba bajo su tacto, como si hubiera estado esperándole siempre.

― Uuuhhh… Cristo…

― ¿Si, Jeanne?

― Quítame la braguita…

Con toda libertad, Cristo deslizó la minúscula prenda piernas abajo, dejando que el agua lamiese las nalgas desnudas. Un triangulito de vello, muy bien recortado para que la propia Jeanne fuese la autora, se presentó ante sus narices, casi como un signo de exclamación sobre la abultada vagina.

― Tienes un coñito precioso… de virgen – la aduló Cristo.

Jeanne enrojeció de placer. Sabía que tenía una vagina bonita, ya se lo habían dicho otras veces, seguramente por no haber parido jamás. Pero aquellas palabras, en boca de aquel jovencito, la pusieron a mil por hora.

― ¿Puedo lamerlo?

Ooooh… ¿Sería verdad lo que decían de los españoles? ¿Qué les encanta comer coños?

― Por favor, niño… hazlo… cómelo…

Y se abandonó a aquella boca ansiosa que amenazaba con succionarla hasta tragarla por completo. Una lengua movediza que no le importaba profundizar cuanto pudiera, extrayendo el fluido molécula a molécula, haciéndola gemir en el proceso. Con delicadeza, Jeanne puso una mano sobre la cabeza de Cristo, apartando suavemente los mechones mojados que caían sobre sus ojos. Contemplar aquella carita infantil, totalmente atareada sobre su vagina, le produjo su primer orgasmo. Fue uno suave y largo, que la estremeció completamente. Metió dos dedos en la boca de su amante, apartándole de esa manera, y le indicó que saliera del agua. Jeanne se puso en pie y le tomó de la mano, conduciéndole hacia la caseta de la sauna y del jacuzzi.

― Vayamos a algún sitio más reservado – le dijo.

Jeanne se introdujo la primera en el gran jacuzzi, quedándose sentada en el liso poyo bajo el agua. Intentó bajarle el bañador a Cristo, a medida que se metía en el agua, pero él la obligó a dejarlo.

― Aún no he terminado contigo – le dijo, asombrándola. – Ponte de rodillas y saca ese culo del agua, querida.

Con alegría, Jeanne se giró, arrodillándose en el asiento y ofreciendo las nalgas que el gimnasio aún mantenía duras.

― Desde el momento en que llegué a esta casa, llevo deseando comerte ese culito – le susurró, posando una de sus manos sobre una nalga.

Jeanne cerró los ojos, totalmente enfebrecida por la calentura. Nadie le había propuesto eso en la vida, aún siendo una de sus fantasías. Jadeó cuando notó la lengua del chico recorrer sus glúteos, desde abajo a arriba. Sus cortos dedos separaban las nalgas de la mujer, dejando al descubierto el agujero más oculto y vergonzoso del ser humano.

Cristo se afanó como nunca, aplicándose sobre aquel esfínter virginal y maduro. Pasaba su lengua para humedecer y luego la volvía a pasar para ablandar el músculo. Picoteaba con uno de sus dedos, arrancando gemidos entrecortados de los labios de Jeanne.

― Dios… esto es sublime – jadeó ella, optando por abrirse ella misma los glúteos. — ¿Quién te ha enseñado a…?

― Sssshhhh… nada de revelaciones, señora… te voy a convertir en una zorra bien follada… en mi putita – musitó Cristo, metiendo el dedo hasta el nudillo.

― Ya soy una… zorra…

― No, nada de eso, Jeanne. Eres una libertina, una poderosa señora que se hace comer el coño por su joven criada… todo un lujo, ¿verdad?

― Mmmmm – la mujer no supo qué contestar. Dicho así, era lo más excitante del mundo.

― Pero voy a hacer de ti toda una guarra, una puta depravada que solo suplicará que le haga perrerías…

― Aaaahhh…

― … que se correrá sin remedio con el sexo más sucio y escabroso que haya conocido…

― Cristooooo… por Dios…

― ¿Sientes como mis dedos te traspasan? ¿Cómo ahondan en tu tripa de puta? Sé que estas deseando que te parta ese culo, ¿verdad? Te da miedo, pero el morbo es mayor… ¡Responde!

― ¡Ssssiiii! ¡Clávamela!

― Aún no, puta. Tendrás que suplicarlo…

Desde luego, a Jeanne le faltaba bien poco para hacerlo. Su grupa se contoneaba, casi sin control, siguiendo el ritmo que los dedos de Cristo marcaban. Ella jadeaba, los ojos cerrados, la barbilla apoyada en el liso borde del gran jacuzzi. Esos dedos que la torturaban, que se hundían en su interior, la abandonaron de pronto. Intuyó que el chico se bajaba el bañador, a su espalda. Jeanne se preparó para sentir su polla traspasándola, llenándola de carne y dolor. No le importó, incluso lo deseaba.

Sin embargo, asombrosamente, no sintió dolor, solo algo de molestia. El pene ahondó algo más que los deditos del chico, pero no le produjo el desgarro que ella esperaba. El pubis de Cristo se acopló contra sus nalgas, haciéndole saber que estaba totalmente en su interior. La aferró por el cabello y agitó sus caderas con ritmo, haciendo resonar el contacto entre las dos pieles como húmedas palmadas.

Jeanne, con la cabeza levantada por el fuerte tirón, se acopló mejor al ritmo, derretida por lo que estaba sintiendo. Primero, no hubo dolor, algo que siempre había temido, por lo que no realizó jamás la sodomía; segundo, el chico se movía como una anguila, conectado a su trasero, y, tercero, una de las manos de Cristo no paraba de pellizcarle fuertemente el clítoris, enloqueciéndola.

― ¡Te estoy follando el culo, zorra! Nunca te lo habían hecho, ¿verdad?

― Noooo… e-eres el prime…ro…

― ¡Pues no se te ocurra apretar, puta, o te cagarás encima de mí!

― Aaaaahhh…

Aquellas palabras brutales la encendían. ¿Cómo podía aquel chico angelical ser tan obsceno? Jeanne nunca se había sentido tan caliente, tan dispuesta a dejarse arrastrar por el pecado y la lujuria. Un minuto más tarde, la mujer se corría como una burra, al sentir como tres dedos asaltaban su vagina, sin contemplaciones. Cristo se salió de su ano y la obligó a girarse, plantándole su pene ante la cara.

― Ahora debes limpiármela, como una buena puta, y hacer que me corra – le dijo, colocando una mano en su nuca.

Jeanne no pudo contestar. Estaba totalmente atrapada por la visión de aquella pollita enrojecida. ¡Por eso mismo no había sentido daño alguno! ¡Era el miembro de un niño, erguido y poderoso, pero el de un infante! Se preguntó cómo podía existir un ser como él, tan perfecto y adecuado para ella. Sus dedos buscaron su coño, sin ser realmente conciente de ello, prisionera de su concupiscencia, de su desatada lujuria, la cual era alimentada y aumentada por su mórbido deseo. ¡Se la estaba follando un bello y dulce angelito, que no era nada inocente!

Se tragó literalmente aquel pequeño pene, sin importarle el acre sabor de su intestino, feliz de satisfacer su sueño. Lo devoró con pasión y cuidado extremo, aspirando cada porción de piel, cada gota de líquido que manaba, hasta que se vacío en su cálida boca, como la estatua real de un Manneken Pis.

Jeanne tragó y degustó el esperma de su ángel, para después correrse nuevamente, merced a sus inquietos y propios dedos. No podía soportar tanta excitación morbosa. Cristo la abrazó con ternura, dejando que la mujer le sostuviera en el agua. Ambos se besaron lánguidamente, dejándose flotar al conectar las burbujas.

― Tendría que marcharme…

― ¿Marcharte? ¿Dónde?

― A Nueva York – sonrió Cristo.

― ¡Ni loco! No me he enterado bien de lo que me has explicado. Mañana daremos un nuevo repaso, a ver si me quedo con la noción. Te dije que era muy torpe para esas cosas – sonrió ella, besándole la nariz.

― Pero… no he traído ropa, ni nada…

― No necesitaras nada. Estaremos todo el día desnudos – bromeó ella, aferrándole una esbelta nalga.

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Tres días después, Cristo regresaba a la ciudad, viajando en uno de los lujosos vagones Bussiness de la línea férrea. Jeanne no había permitido que viajara en algo inferior a eso. Tres días. Ese tiempo era el que había “tardado” la señora en aprender a manejar los programas pertinentes. Cuando Cristo llamó a miss P., esta no quiso escuchar ninguna queja: “Te quedas el tiempo que el presidente estime necesario, ¿está claro?”.

Clarísimo. Jeanne y él se rieron en silencio, activado el “manos libres” del aparato.

― Lo que usted diga, Priscila – contestó él, humildemente.

Estaban desayunando y se fueron a follar junto a la piscina. Parecían conejos. Jeanne estaba en un extraño paraíso, pasando de una sensación a otra, de una técnica guarra a otra aún más asquerosa, que no hacían más que obsesionarla y motivarla aún más. ¿Cómo había podido estar tan ciega, ser tan melindrosa? Cristo la lamía por todas partes, chupaba sus pies, le metía los dedos por cualquier orificio y, luego, se los hacía lamer, disfrutando de su propio sabor.

A la hora de almorzar, lo hicieron desnudos, sentados en el porche trasero. Cristo empezó a jugar sexualmente con la comida, restregándola por sus cuerpos, comiendo directamente de lo que había volcado en su entrepierna, deslizando su lengua por diversos mejunjes aplicados sobre la piel…

Marjory, muy atenta y animosa, les ofreció unos sabrosos batidos reconstituyentes, para permitirles seguir con sus juegos. Jeanne jamás había estado tanto tiempo realizando sexo, y aún menos con esa intensidad. Era como estar bajo el influjo de una fuerte fiebre que la hacía contonear y agitarse, en vez de delirar. Las imágenes, las posiciones, los nuevos juegos, las excitantes palabras, todo se mezclaba en su mente, sin saber cuando, ni dónde, pero manteniéndola enfebrecida y siempre excitada.

Se corrió sin parar durante todo lo que duró su primera lluvia dorada. Mientras Cristo la impregnaba de su orina, ella se retorcía sobre el césped, sin ni siquiera tocarse. Era una zorra asquerosa, una guarra de la más baja estofa, y respondía plenamente a las interpelaciones de Cristo. Era su puta, y siempre lo sería. No quería ser otra cosa. Por él, por lo que era capaz de hacerla sentir, haría cualquier cosa, incluso abandonar a su marido.

Ese era el resultado que Cristo había conseguido al cabo de tres días de folleteo y unas dosis de Éxtasis líquido en el vino, o en el zumo del desayuno: transformar a la señora en una puta perra, que haría cualquier cosa que él le pidiera por puro vicio.

Como premio extra, el segundo día, integraron a la alucinada Marjory en su lecho de fuego. La criadita andaba más que caliente, espiándole por todos los rincones. Cuando Cristo la llamó a la piscina, llegó corriendo, quitándose el uniforme a toda prisa. Cristo hizo que Jeanne dejara de lado aquellas pretensiones de dama esclavista y la puso a comerle el coño a la criadita durante más de una hora, destrozándola a orgasmos. Al tercer día, las mujeres follaban ya como locas, sin remilgo alguno, y usaban cinturones fálicos para dejar descansar a Cristo, quien ya padecía por el agotamiento.

Jeanne no se sentiría nunca más sola, ni abandonada. Conocer a Cristo había cambiado su perspectiva y su filosofía de la vida. Claro que había que mantener todo aquello en secreto, pero lo bueno de los Hamptons era eso mismo: ocultar secretos.

Cuando Cristo abandonó la mansión, dejó a Jeanne durmiendo en su gran cama, aún con un consolador funcionando en su culo. Marjory le hizo mordisquear una tostada y tragar un buen café, mientras le besuqueaba en el cuello. Le hizo una deliciosa mamada, de rodillas detrás de la puerta principal, como colofón de despedida.

Cristo sonrió, conectando su portátil a la red wifi del tren. Con esta aventura, había asegurado aún más su puesto en la agencia, y, además, disponía de un lugar de descanso en los Hamptons, entre los privilegiados.

¡Como le gustaban los Estados Unidos de América!

CONTINUARÁ….