CAZADORNota de la autora: Quedaría muy agradecida con sus comentarios y opiniones, que siguen siendo muy importantes para mí. Pueden usar mi correo: janis.estigma@hotmail.es

Gracias a todos mis lectores, y prometo contestar a todos.

Sin título

Para Cristo, había sido un verano sosegado, pues se quedó solo en el loft. Faely aceptó un curso de verano en una academia de Atlanta, como consecuencia de aquella mano intrusa entre sus piernas. Nadie sospechó que aquella noche, la de la fiesta de cumpleaños, algo se rompiera en el interior del alma de la gitana. En verdad, sentirse excitada por la caricia de su hija, la había dejado confusa y llena de remordimientos. Su mente sometida se negaba a reconocer que había descendido un nuevo nivel en su infierno particular.

Al pasar los días, se sentía incapaz de eludir los celos que brotaban hacia su hija. ¡Acaparaba a su ama, la cual se había olvidado de ella! Faely realmente la necesitaba. La vida se hundía a su alrededor; la monotonía se la estaba tragando, como si fuesen arenas movedizas. Ama Candy la había apartado de su lado, como una muñeca rota.

Al principio, lo había soportado todo, por el bien de su hija. Era conciente de lo que su ama podía aportar a la carrera de Zara, pero, a medida que transcurrían las semanas, los celos la mortificaban sin descanso. Había tenido la esperanza de que su ama repartiera su tiempo entre ellas, que no se olvidara de su esclava.

Cuando sucedió el asunto de la fiesta de cumpleaños, Faely accedió a un umbral aún más profundo, más sórdido. Ser conciente de la mano de Zara en su sexo, disparó el estado más frenético de cuantos hubo alcanzado en su vida. Quería desterrar ese recuerdo, arrancarlo de su mente como fuese, pero le resultó imposible. Su cuerpo reaccionaba por si solo. Cristo lo intentó el primero, haciéndola gritar, pero el ardor siguió rondando su cuerpo en cuanto su sobrino se marchó. Aquella vez, se masturbó hasta en ocho ocasiones, a lo largo de la noche, en un intento de apagar los rescoldos del recuerdo que pulsaba sin cesar. Solo consiguió sensibilizar tanto su clítoris que le dolía nada más rozarlo con el dedo, pero la ansiedad no desapareció.

Nunca antes le había sucedido, pero, dos días después, estuvo a punto de besar el cuello de una de sus alumnas más jóvenes. El motivo: su pelo era muy parecido al de su hija. El ardor volvió a aparecer y Faely acabó encerrada en su despacho, usando dos falos de caucho durante dos horas.

No tuvo más remedio que reconocer que no solo era una puta esclava, que anhelaba la dura atención de su dueña, sino que también estaba obsesionada con su hija. Aún no sabía hasta que punto, pero era evidente que ansiaba nuevamente el contacto de esos dedos…

Por ese motivo, Faely, al acabar el curso lectivo, aceptó uno de esos talleres de verano a los que nunca hacía caso. Eligió el más lejano, con la esperanza que esa oscura tentación desapareciera con la distancia. Incluso, se atrevió a marcharse sin la autorización de su dueña, aunque si le dejó una nota escrita.

Su ama Candy, al leerla, se rió y propuso a su joven amante pasar el verano en su casa de los Hamptons. Ni que decir que Zara aceptó de inmediato. Pensaba pasarse todo el día, desnuda, en la casita a pie de playa. Candy volvería una vez a la semana a la ciudad, para controlar los asuntos que requerían su presencia, y ella le esperaría con las piernas abiertas dentro del jacuzzi.

¡Que perfecta era la vida de una cortesana mantenida, solía decirse! Solo tenía que estar dispuesta para el placer, el suyo y el de su protectora. Ahora, que sus fantasías se estaban cumpliendo, Zara empezaba a dudar que fuera ciertamente amor lo que sentía por Candy. Más bien era una confusa mezcla de sentimientos que la arrastraban como una hoja: admiración, sensualidad, envidia, algo de celos…

Candy Newport había sido un modelo a imitar, la perfecta culminación de una vida dedicada a la belleza y al glamour. Trabajar para ella exasperó sus sentimientos, mezclándoles fuertemente. Conocer que era la dueña absoluta de su madre, hizo que los dardos de celos incrementaran su obsesión.

No le importaba en absoluto que no fuera amor, pero era una sensación lo suficientemente fuerte como para mantenerla todo el día excitada.

Por todos estos motivos y sucesos, Cristo quedó solo en el loft, aquejado de una privacidad de la que siempre huyó. No tardó ni dos días en pedirle a Chessy que si no la molestaba que él se mudara temporalmente a su apartamento. Chessy lo recibió con los brazos abiertos, por supuesto. Por otra parte, Calenda, libre de las ataduras paternas, había aceptado una gira publicitaria que la llevaría por toda Europa durante el verano.

Por eso mismo, hablamos de un verano sosegado y tranquilo. Cristo tenía todas sus necesidades cubiertas y eso le permitió dedicar su portentosa mente hacia otros requisitos, en particular hacia el desarrollo de su “plataforma de comercio”, como había empezado a llamar su nuevo proyecto.

El mercado negro que se organiza alrededor de la gente que se dedica a la belleza, a la moda, y, en general, a exhibirse de cara al público, es de una índole muy especial. Las modelos necesitan reafirmantes y potenciadores corporales; productos farmacológicos que les ayuden a mantener su peso, que anulen sus ojeras y posibles marcas corporales, y, finalmente, que les inyecte una buena dosis de moral en sus aletargadas psiques. A esto, se unen tratamientos intensivos para casos necesitados; regímenes especiales para gente sin voluntad, diversos esteroides y anabolizantes de controlada garantía y pureza; y, finalmente, la seguridad de contar con diversas consultas de especialistas muy reservados, a los que acudir discretamente.

La “plataforma” de Cristo había reunido todo estos productos y algunos más. El gitanito no quería tocar otras drogas, mucho más duras y peligrosas, pero eso no quería decir que no conociera a la gente adecuada para ocuparse de ello. Cristo buscaba convertirse en un facilitador de alto standing, ni más, ni menos, y, al final de verano, casi lo había conseguido.

En esas fechas, Brand Fellewtown, un cazador de talentos sudafricano, firmó una cesión a la agencia de dos hermanos mellizos, de veintidós años: Hamil y Kasha Tejure.

Ambos hermanos eran impresionantes cuarterones, sin apenas sangre y rasgos africanos. Según sus propias palabras, eran hijos bastardos de un conocido hacendado ario de Pretoria, quien se había negado a darles su ilustre apellido, pero que, a cambio, había conseguido impulsar sus sueños.

No se parecían demasiado entre ellos, como buenos hermanos mellizos. Hamil era alto, con un perfecto cuerpo de pura fibra. Tenía un lacio pelo negro, muy corto por detrás, pero con un largo y ondulado flequillo que solía caer sobre sus ojos casi celestes. Una nariz recta, de justo tamaño y pequeños orificios, conducía magistralmente a sus hermosos labios, los cuales constituían el único indicio de que poseía ancestros negroides, pues eran gruesos y sensuales. Hamil poseía una de esas sonrisas contagiosas, que generaban confianza al mostrar sus blancos y fuertes dientes, y moldear, a su vez, los hoyuelos que se hundían en sus mejillas. Solía llevar una sombra de vello en su mentón, casi como un eterno tiznón de niño rebelde.

Kasha, al igual que su hermano, poseía una piel perfecta, que parecía siempre fuertemente bronceada. Nadie sabría decir si surgían de una sesión de rayos UVA, o bien habían nacido en una isla dela Polinesiafrancesa. Sus ojos eran, quizás, algo más pálidos que los de Hamil, así como el tono de su cabello, que se volvía pardo en el largo flequillo. Sin embargo, llevaban ambos el mismo corte de pelo, lo cual era lo que realmente les hermanaba. Kasha tenía unas cejas anchas que se elevaban altas y curvas, otorgándole una mirada desafiante y dura, pero, al mismo tiempo, hechizante. Los fotógrafos decían adorarla.

Nariz y boca seguían la misma línea perfecta que su hermano, solo que su barbilla estaba graciosamente hendida. En cuanto a su cuerpo, era tan exuberante como poderoso era el de Hamil.

Así que, cuando los dos hermanos aparecieron por primera vez por la agenda, con sus estaturas iguales, su idéntico paso, y sus sonrisas endiabladas, Cristo y Alma se quedaron babeando, literalmente. Durante la primera semana, los mellizos fueron la comidilla de la agencia.

A la segunda semana, Hamil se hizo el encontradizo con Cristo y acabó preguntándole si conocía a alguien que le pudiera conseguir tranquilizantes. Cristo le notó nervioso y mucho más alterado. Ya no parecía el delicioso chico lánguido y sonriente de siempre.

“Este está más enganchao que un churumbel al pecho de zu mare.”, pensó Cristo.

Nuestro facilitador gitano le preguntó qué marca prefería y le prometió que las tendría al día siguiente. Hamil le estrechó la mano con fuerza, contento de haber solucionado su pequeña crisis. “Por lo visto, no duerme bien, el probe…”, se rió, sentándose otra vez tras el mostrador de recepción. “Zerá por los poblemas de inmigración que tiene, el jodío.”

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Aquellos tranquilizantes trajeron, más tarde, otros mejores, así como unos estimulantes de jalea real y unos esteroides. Hamil se habituó a utilizar a Cristo de chico de las compras, porque no todo cuanto le pedía era ilegal o necesitado de receta. Spray espermicida, profilácticos, unas bolas chinas, unas botellas de champán, un revisión ginecológica para su hermana…

El caso es que Cristo y Hamil empezaron a hacerse cada vez más amigos. El sudafricano se pasaba por el mostrador en los descansos de sus sesiones o de sus cursillos, para alegría de Alma, quien se lo comía con los ojos. Charlaba con ellos, se reía, y, a veces, bajaba por cafés y bollos a la cafetería. Todo un detalle.

Cierta mañana, Hamil trajo a su hermana, presentándola oficialmente a Cristo; después, se acodó a charlar con Alma, dejando que Kasha tratara con Cristo. Nuestro gitano puso el automático a su lengua e inició el habitual interrogatorio intersexual.

“¿Qué signo eres? ¿Cuál es tu color favorito? ¿Estudias o trabajas?”, es lo normal en preguntar cuando se conoce a una persona del otro sexo, pero no para Cristo, por supuesto. Él trabajaba en una de las mejores agencias de modelos del globo. Las chicas con las que trataba, no se parecían, con perdón, a la dependienta de la perfumería del barrio. Estas tías estaban hasta el moño de las clásicas preguntitas. Se las hacían en cada fiesta, en cada presentación, en cada entrevista, sin contar con los cientos de fans que atendían en sus correos.

Así que Cristo cambió su repertorio, solo por el placer de verlas fruncir el ceño, y, ciertamente, tales preguntas solían ser perturbadoras.

― ¿Operadas o naturales? – preguntó, admirando la pujanza de los senos contenidos por la camiseta.

― ¿Cómo? – pestañeó la joven sudafricana, al escuchar la primera pregunta de aquel jovencito.

― Los pechos. ¿Son tuyos?

― ¡Por supuesto! – exclamó ella, con el rostro encendido. ¿Cómo se atrevía ese…?

― Tranqui, Kasha. Es la costumbre. Tú no sabes la cantidad de pimpollos que pasan por este mostrador con las tetitas más retocadas que las de Pamela Anderson.

― Bueno, pues estas son mías – refunfuñó la chica.

― ¿Tienes alguna amiga especial? ¿De esas para compartir cama? – preguntó Cristo, con una sonrisa mordiente.

― Pero… pero… ¿de que coño vas, tío?

― Verás… sé que suena embarazoso, pero creo entender que sería aún peor si te preguntara: ¿qué te gusta más, la playa o la montaña?

Cristo se lanzó a una exposición de lo más gráfica de su teoría de la Conversación de Tanteo, como la llamó. Consiguió arrancar varias carcajadas de Kasha e incluso atrajo la atención de Hamil, para destemple de la pobre Alma.

― ¿Así que la Conversación de Tanteo debe de ser más atrevida, según tú? – le preguntó Kasha, mientras apoyaba uno de sus antebrazos sobre el hombro de su hermano.

― Con modelos, por supuesto que si. No son mujeres normales y corrientes, ¿así que por qué hacerles preguntas corrientes?

― Pero puede resultar demasiado agresivo. ¿no crees? – dijo Hamil.

― Bueno, se trata de ser directo, pero no ofensivo, claro está. Cuando hablo con una modelo que se ha dignado detenerse ante mí, debo asegurarme de las posibilidades reales de las que dispongo. No me gusta perder el tiempo…

― ¿Cómo es eso? ¿Me he dignado a detenerme yo? ¿Acaso no estamos charlando?

― Vale, vale… tú eres sudafricana. Puede que allí sea diferente – alzó las manos Cristo, torciendo el gesto. – Pero te aseguro que, en Nueva York, una modelo no se fija en un tipo como yo. Soy canijo, pequeño, y poca cosa…

― ¡No digas eso! ¡Eres encantador y divertido! – le recusó ella.

― ¿Cómo el Supercoco de los Teleñecos? — preguntó mordaz.

― No sé quien es ese – murmuró Kasha, mientras Alma se reía entre dientes.

― Te pregunto que si me meterías en tu cama, aunque solo fuese una noche – le preguntó Cristo, mirándola directamente a esos ojos casi transparentes.

― Pues… seguro que si, con el estímulo adecuado…

― Ya… hasta los ojos de farlopa – bajó los ojos Cristo, desencantado.

― ¡Pero bueno, Cristo! ¿Estás arrinconando a la pobre y no le dices que tienes novia? – exclamó Alma, entrando en juego.

Kasha se cruzó de brazos, enarcando una de sus altas cejas. Hamil se rió por lo bajito.

― Me has pillado – se disculpó Cristo, levantándose y haciendo una reverencia que hizo sonreír a todos.

― ¿Cómo se llama esa supuesta mártir? – preguntó Hamil.

― Chessy y es muy guapa – informó Alma.

― Aquí somos todos guapos – Hamil abarcó a los presentes con un gesto.

Aquellas conversaciones se convirtieron en una costumbre a seguir, cada día, cebando una necesaria amistad entre ellos. En algunas ocasiones, mientras Kasha se quedaba de charla con Cristo, Hamil se llevaba a Alma al almacén de la planta superior. La recepcionista solía regresar enrojecida y exhausta, pero sonriente, en apenas veinte minutos.

Al mes de su estancia en la agencia, los mellizos invitaron a Cristo a almorzar y éste les llevó a conocer su pizzería habitual. Tras devorar las correspondientes pizzas, Hamil se retrepó sobre la silla, abrazando a su hermana de una forma que intrigó bastante a Cristo. Su brazo pasaba sobre los hombros femeninos, dejando que su mano pendiera justo sobre los erguidos senos. Kasha no parecía violenta con aquel roce y seguía participando animosamente en la conversación. Cristo se llegó a preguntar si en Sudáfrica existía algún tipo de costumbre fraternal que él desconociera.

― Tenías razón, Cristo. Esta pizza se merece todos los honores – dijo Hamil.

― Pues espera a probar el café que hacen – Cristo alzó la mano, pidiendo a la camarera que se acercara. — ¿Cómo lo tomáis?

― ¿Café, ahora? – se extrañó Kasha.

― Por supuesto. Es una costumbre mediterránea. Café de sobremesa.

― Lo tomaré como tú lo prefieras – respondió Hamil.

― Bien. ¿Y tú, Kasha?

― No, gracias. Tomaré un sorbo del de Hamil, solo por probarlo…

― Sorbo a sorbo, acabarás matándome, mi amor – respondió Hamil, inclinándose y besando a su hermana en la boca.

Cristo se quedó a cuadros. Aquel no era un beso fraternal; había vislumbrado la veloz lengua masculina lamer el interior del labio. Era todo un beso de tensión sexual; un beso que cualquier macho busca en la hembra que habitualmente se trajina en la cama.

Hamil se rió al contemplar los bien abiertos ojos de Cristo. Quitó el brazo del cuello de su hermana y palmeó la mesa, aumentando sus carcajadas.

― Hermanita, creo que hemos sorprendido a nuestro amigo. ¿No es así, Cristo?

Cristo asintió, bajando la vista.

― No me esperaba ese… grado de cariño – musitó.

― Somos compañeros sexuales desde que teníamos doce años. Aprendimos juntos, satisfaciendo nuestra curiosidad sexual con continuados lances amorosos – explica Hamil.

― Formamos pareja en cuanto cumplimos la mayoría de edad – expuso Kasha, acariciando, a su vez, la nuca de su hermano.

― Así es. Una pareja incestuosa – el tono de Hamil fue burlón.

― P-pero… los hijos… — farfulló Cristo.

― Tenemos cuidado. Nada de hijos.

― ¿Has sentido algo así, alguna vez? – le preguntó Kasha, colocando su mano sobre la de Cristo.

― Bueno… – el irresistible impulso de confesarse subió por su esófago, activando sus cuerdas vocales –, algo parecido…

― ¿Ah, si? Cuenta, cuenta – le animó Hamil, inclinándose hacia delante, en plan conspirador.

Y sin saber cómo, Cristo empezó a contarles su relación con tía Faely. Se abstuvo de hablar nada sobre la dependencia sumisa que sentía por Candy Newport, por supuesto, ni otros detalles, pero dejó bien claro que su tía necesitaba regularmente sus atenciones, para frenar sus ardores. Al hacerlo, se sintió revitalizado, como si se hubiera librado de una carga pesada. Había encontrado alguien con quien compartir sus secretos, su inconfesable oscuridad. Sonrió, a pesar de no sentirse precisamente contento.

― ¿Sabe tu novia que te acuestas con la madurita? – le preguntó Kasha. No supo decir si bromeaba o hablaba en serio.

― Para Chessy, soy un chico con un marcado problema sexual. No se puede imaginar lo que realmente soy – confesó en un susurro.

― Yo si imaginaba que eras una especie de sátiro – rió ella.

― ¿Ah si? ¿Por qué?

― Porque eres como un duende. Un pícaro y travieso duendecillo, bello y juguetón – la voz de Kasha se hizo pastosa, por un momento.

Cristo le devolvió una intensa mirada.

― ¡Ya ves lo que hay! Todos tenemos nuestros secretos. Mi hermana y yo somos amantes, y tú castigas a tu tía. Es ley de vida. El ser humano está hecho de agua, carne, y vicios inconfesables – sentenció Hamil.

― Si, tienes razón.

― Deberíamos quedar para cenar, los cuatro. Así conoceríamos a Chessy – propuso la chica.

― ¡Buena idea, cariño! ¿Qué tal este fin de semana?

― Por mí, no hay problema – contestó Cristo.

― ¡Pues sea!

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Convencer a Chessy no fue difícil, una vez que Cristo despertó su morbo y curiosidad, al hablarle de sus nuevos amigos. Una pareja de mellizos, jóvenes y hermosos, modelos de Sudáfrica, y, encima, incestuosos, suele exacerbar la curiosidad del más pintado.

Además, Cristo le prometió ir a uno de esos lujosos e íntimos restaurantes del East Side, con lo que tendría la oportunidad de vestirse de gala. Chessy saltó sobre él y le besó fuertemente.

Finalmente, Hamil consiguió una reserva en el restaurante PER SE, situado en la cuarta planta del edificio Time Warner, en Columbus Circle. Chessy casi saltaba de alegría, al tomar el ascensor. Bueno, eso de saltar era solo un decir, porque el vestido negro en el que enfundaba su cuerpo apenas la dejaba agacharse, silueteando todo su magnífico cuerpo.

El maître les acompañó hasta la mesa donde los mellizos ya degustaban algo de vino frío. Se levantaron al verles llegar, acogiéndoles con bellas sonrisas. Chessy quedó maravillada con la belleza de ambos hermanos, y se ruborizó cuando Hamil se inclinó sobre el dorso de su mano para besarla.

La conversación entre los cuatro pronto se amenizó y disfrutaron de las magníficas vistas que el restaurante tenía sobre Central Park. Eligieron un par de menús diferentes, para disfrutar de más variantes de platos, entre los cuales destacaron las ostras sobre alfombras de hojaldre, el sabayón de perlas de tapioca y caviar, las pinzas de cangrejo con alioli de yuzu, el tataki de buey, el solomillo de buey australiano con puré de patatas, la sardina marinada con emulsión de chorizo, o la lechuga rizada con angulas. Hicieron disfrutar sus paladares, así como afinaron su empatía social entre ellos mismos.

Antes de los postres, las damas fueron a “empolvarse la nariz”, y los caballeros cambiaron impresiones sobre ellas, tal y como está mandado.

― Chessy es muy hermosa – confirmó Hamil.

― Si, lo es, aunque no es una modelo como tu hermana.

― Bueno, su propia imperfección le otorga un fuerte atractivo.

― Que me vas a contar – sonrió Cristo, pensando en el pene de su novia.

Mientras tanto, en el lujoso y amplio baño de señoras, Kasha contempló a su compañera de mesa encerrarse en una de las cabinas. Kasha admiraba plenamente la figura de Chessy, puesta de manifiesto por el espectacular vestido que la ceñía. Sabía perfectamente que para orinar, la joven debía quitarse completamente el vestido, sobre todo porque la tela no subiría por sus piernas, y bajarlo podía significar ensuciarlo. Lo ideal era despojarse de él y colgarlo detrás de la puerta.

Eso es lo que estaba esperando, el sonido del crujir de la tela, y cuando llegó a sus oídos, se introdujo en la cabina de al lado. Puso un pie sobre la tapadera del w.c. y se aupó en silencio. Su buena estatura le permitía asomarse perfectamente a través de la separación medianera. La curiosidad la impulsaba a realizar esta travesura; deseaba ver a aquella rubia desnuda.

Tal y como había imaginado, Chessy no llevaba ropa interior alguna. Sus senos colgaban deliciosamente entre sus brazos, debidamente apoyados en las desnudas rodillas. Chessy se inclinaba un poco hacia delante, mientras orinaba. El chorro se escuchaba nítidamente, al caer. Kasha reconoció su cuerpo con ojo experto. Chessy era masajista y practicaba varias disciplinas orientales, y ello dejaba constancia en su cuerpo. Espalda fuerte y definida, con dos profundos hoyuelos en la base de su espalda que pudo observar, cuando Chessy se incorporó, tras limpiarse con un poco de papel. Las piernas largas y torneadas, donde los músculos se movían ágilmente bajo la piel.

Sin embargo, Kasha no estaba preparada para la sorpresa cuando Chessy se giró, vestido en mano. El delgado pene osciló entre sus caderas, arrancando una pequeña e involuntaria exclamación de los labios de Kasha. Chessy alzó los ojos y descubrió a quien la espiaba. No pudo hacer otra cosa que vestirse. Ninguna de las dos habló.

Cuando las chicas volvieron a la mesa, tanto Hamil como Cristo se dieron cuenta de que algo sucedía. Chessy estaba encarnada y mantenía la vista en el suelo. Por su parte, Kasha parecía nerviosa y alterada, como si estuviera deseando confesar algo. Lo hizo, aprovechando la primera pulla de su hermano.

― ¿Qué pasa? ¿Había un mirón en el baño?

― Bueno, yo he hecho de mirona – se rió, agitando una mano.

― ¿A qué te refieres? – le preguntó su hermano.

― Quería ver a Chessy desnuda y me asomé por el otro baño, para pillarla…

El rostro de Cristo quedó lívido, contemplando como Chessy encogía más sus hombros, sin intervenir.

― ¿A qué no adivinas lo que he descubierto?

― Tiene un tatuaje yakuza que le cubre toda la espalda – dijo Hamil, riendo.

― Más bien una polla que le cuelga entre las piernas – susurró Kasha.

― ¿QUÉ?

Hamil paseó su mirada de Chessy a Cristo, alternándola un par de veces.

― ¡La virgen de los zerones de esparto! ¡Me cago en tos los putos muertos de la tía ésta!

La exclamación española de Cristo hizo reaccionar por fin a Chessy. Asintió con la cabeza y cruzó los dedos sobre la mesa.

― Si, así es. Tengo pene – dijo con una voz neutra. – Llevo viviendo como mujer desde que cumplí dieciocho años. De hecho, me siento una mujer.

― ¡Si, eso! ¡Es una mujer con polla! – exclamó Cristo, con los dientes apretados.

― Discúlpame… no pretendía insultar – se echó atrás Kasha.

― Si, ha sido la sorpresa, ¿verdad, hermanita?

Kasha asintió, pero no dijo nada. Hamil miró al gitano, esta vez con franca curiosidad.

― No sabía que te gustaran esas cosas – le dijo.

― ¿Qué cosas? – Cristo entornó un ojo, mirando fijamente, a su vez, al modelo.

― Pues, las pollas…

― ¡Me gusta ESA polla, nada más! ¡No soy marica, tío!

― Pero…

― ¡NI PERO, NI TU PUTA MADRE! ¿TE ENTERAS?

Chessy puso la mano en el antebrazo de su chico, que se había levantado como un resorte mientras subía el tono. El maître les miró, disgustado. Cristo se sentó e intentó calmarse.

― Vale, vale, lo siento – se disculpó Hamil, impresionado por el estallido del pequeño gitano. Le recordaba el frenético ladrido de un chihuahua ante un mastín.

― Cristo es un poco homofóbico, dada su educación – explicó Chessy. – Me costó bastante que aceptara tocarme y besarme, hasta que le hice comprender cómo me veía yo; como una mujer que hubiera nacido con una malformación genética. ¿No es cierto, cariño?

― Si, así es. No es lo mismo besar a Chessy que besar a un tío, con su barba y sus otros pelos – musitó Cristo.

― Eso lo comprendo – sonrió Hamil. – Jamás lo hubiera imaginado. Engañas a cualquiera.

― No engaño a nadie – respondió Chessy, con tono firme. – Soy una mujer, salvo que no puedo tener hijos. He pensado operarme varias veces, pero temo perder la sensibilidad en el sexo.

― Chessy no tiene una vida aparte, como los travestís. Es una mujer las veinticuatro horas, con una verdadera personalidad femenina, e identidad legal que lo confirma – explicó Cristo.

― Eres… — Kasha alargó la mano hacia la rubia, y no siguió hablando hasta que Chessy aceptó que la tomase de los dedos. – Eres muy femenina, querida…

― Gracias – sonrió.

― Bien. ¿Podemos olvidar este asunto? – preguntó Hamil.

― Por mí, de acuerdo – contestó Cristo.

― Si, por supuesto – dijo Chessy, apretando la mano de Kasha.

Pero, como era natural, una cosa así no podía olvidarse, y, minutos más tarde, de una forma mucho más comedida y civilizada, Hamil volvió a interesarse por la historia de Chessy. Aprovecharon que los ánimos estaban mucho más distendidos para pedir los postres y algunos licores. Trajeron helado de limón, sable bretón con flor de sal, coco caramelizado y menta, así como tarta de chocolate. Chessy, con voz tranquila, expuso las razones que le llevaron a tomar la decisión de abandonar su identidad masculina. Todos escucharon con atención, pues ni siquiera Cristo conocía toda la historia.

― No tuve una buena infancia y, en el principio de mi juventud, fui presa del engaño y de la lujuria. Pero tuve la suerte de encontrar a alguien que se preocupó de mí. Se llamaba Ned y ni siquiera era familia mía. Me acogió y me cuidó, y cuando fue evidente para él lo que me tenía tan trastornada, me inició en los secretos de las mujeres – relató, con una pequeña sonrisa en los labios. – Ned era viudo y estaba jubilado anticipadamente. Aún era un hombre maduro, nada senil, y muy educado. Me enseñó buenas maneras de señorita, formas corteses de comportarme, cómo expresarme con corrección y, sobre todo, como pensar como una mujer. Consiguió que varias amigas suyas me tomaran como aprendiz y aprendí de su mera compañía. Todo ello sucedió antes de mi mayoría de edad. Cuando cumplí los dieciocho años, Ned me llevó al juzgado para que adoptara un nombre legalmente, el de Clementine o Chessy. Por entonces, ya hacía un par de años que no utilizaba ropa de hombre, ni actuaba como tal. Las inyecciones de estrógenos y andrógenos habían cambiado por completo mi desarrollo como hombre, en plena etapa adolescente. Siempre fui conciente de que era peligroso hacerlo en ese momento, pero no podía esperar más. Ned lo comprendió y me ayudó totalmente, financiando los tratamientos y mi guardarropa.

― ¿Qué hay de tu familia? – le preguntó Hamil.

― No la volví a ver más. Me independicé de ella totalmente, en cuanto pude. Ned murió el año pasado y me vine al Village. Tenía que demostrarme que Ned me había enseñado bien, y así ha sido.

― Una dura historia parecida a la nuestra – dijo Kasha.

― Si, tienes razón – añadió su hermano.

― Bueno, ya que estamos en faena – bromeó Cristo, aún impresionado por lo que había contado su chica.

― Somos hijos de un poderoso hacendado de Pretoria; hijos ilegítimos, por supuesto. Nuestra madre era una de las jovencitas doncellas de este hombre; una de tantas chiquillas que, cada año, eran enviadas por sus familias a servir en la gran hacienda. Eran como vestales ofrecidas en sacrificio a la lujuria del gran sacerdote. Nuestra madre ya era una cuarterona casi blanca, proveniente de una familia interracial – narró Hamil.

― Cuando quedó encinta, nuestro padre la recogió en la hacienda y no le permitió ni ver a su familia. La instaló junto a otras chicas que habían sufrido la misma desgracia, convirtiéndolas en sus criadas de confianza. Crecimos junto a otros bastardos, pero pronto empezamos a destacar por nuestra belleza y desparpajo – siguió Kasha. – Dejó que uno de sus amigos, un poderoso promotor publicitario, hiciera varios spots con nosotros, con lo cual quedó muy contento. Teníamos arte ante la cámara, nada de timidez, y, encima, hermosura. Padre nos usó o cedió para muchos proyectos, con los cuales nos hicimos bastante conocidos en nuestro país.

― Si, así es, pero padre no nos concedió su apellido jamás. Finalmente, hizo lo posible para que siguiéramos nuestras carreras fuera del país. Por eso estamos aquí – finalizó Hamil.

“Vaya historias. Mejor que no cuente la mía, no zea que ze azusten, los probes.”, pensó Cristo, paseando su mirada de reojo.

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Cristo entró en el camerino de Hamil, como un fantasma. Éste estaba tumbado en el diván, vistiendo tan solo un albornoz. Mantenía un brazo sobre los ojos, para taparse de la luz que entraba por el ventanal, tratando de descansar algo de la fastidiosa sesión que llevaban a cabo desde el amanecer. Apartó la manga sedosa al escuchar la respiración cercana del gitano.

― Ah, eres tú, Cristo – dijo, al reconocer el rostro.

Pero la expresión de Cristo no era amistosa. Estaba serio, muy serio, y no le contestó.

― ¿Qué te pasa? ¿Algún problema? – Hamil se sentó en el diván.

― Chessy me lo ha dicho – masculló Cristo.

― ¿Qué te ha dicho? – preguntó Hamil, sin prestar apenas atención.

― Que ayer le metiste mano en la cocina y la besaste.

Hamil se envaró. No se esperaba que Chessy se lo hubiera dicho a su novio.

― Por nuestra amistad, primero quiero preguntarte, pero piensa bien lo que vas a contestar. Un hecho así, para mi cultura, es una ofensa muy fuerte, un agravio. Por una cuestión de macho herido, solemos sacar las navajas – dijo Cristo, con una tranquilidad tal que enervó a Hamil.

― No fue mi intención, Cristo, pero mis manos se dejaron llevar por la tentación. Te pido perdón, amigo mío. No puedo decir otra cosa…

― Te comprendo, Hamil. Sé que Chessy puede meterse bajo la piel, de una forma que ningún hombre puede comprender, pero esa no es la cuestión. ¿Qué puedes ofrecerme como reparación?

― No lo sé, pues no conozco tus costumbres. ¿Dinero? ¿Una disculpa escrita?

― No, necesito que pierdas algo que te duela, que te implique personalmente, como tú has hecho conmigo – negó con la cabeza Cristo.

― Solo tengo a Kasha, que me implique sentimentalmente. ¿La deseas?

― Kasha estaría bien – Cristo se frotó las manos mentalmente. Las cosas estaban tomando una buena dirección.

Hamil se puso en pie, apretando el cinto de tela del albornoz. Fue hasta el ventanal, miró los tejados y azoteas del SoHo, y se giró para clavar su mirada en el gitano.

― ¿Propones un intercambio? – preguntó a Cristo.

― Ojo por ojo. Si tú deseas a mi chica, yo tomaré la tuya.

― Me parece justo, pero, ¿aceptarán ellas?

― Bueno, a lo mejor tendremos que convencerlas un poco – sonrió Cristo. – Hacerles ver el lado interesante del asunto.

― Si, podría ser – meditó Hamil.

Cristo sonreía al salir del camerino. Chessy estaba loca por probar al modelo sudafricano. Se lo había confesado a su novio. No deseaba engañarlo, pero no podía resistir más la tentación. Hamil siempre estaba tocándola y rozándola, a la mínima excusa. Así que se decidió a sincerarse con Cristo.

Al principio, el gitano se cabreó como un mono con pulgas. La tachó de putón y adúltera, pero, cuando se calmó, admitió que Chessy había sido muy sincera con él, antes de que ocurriese algo peor. La verdad es que Cristo le tenía unas ganas enormes a Kasha, por su parte. Hasta había soñado algunas noches con ella y con su cuerpo salvaje.

La chispa surgió en el interior de su cráneo. La idea empezó a tomar cuerpo, asumiendo varias posibilidades. Cuando la maduró un par de días, le pidió a Chessy que le contara el último intento de seducción de Hamil, y, entonces, marchó a verle. El joven modelo cayó bajo la manipulación de Cristo, por supuesto. Motivado por el deseo, le entregó, con total confianza, la “virtud” de su hermana, quien, por su parte, parecía bastante interesada en la propuesta.

Cuando llegó a casa de su novia, Cristo habló largamente con ella. Le dijo que Hamil y él se habían peleado por su culpa, lo que hizo llorar intensamente a Chessy. Cristo la calmó, contándole el arreglo honorable al que ambos habían llegado. Esperaba que ella estuviera a la altura de su palabra.

― No se trata de que te entregues a él como una puta, sino dejar que las cosas surjan, sin oponerse a lo que pueda pasar – le dijo, secándole las lágrimas.

Por supuesto, Chessy aceptó, tanto por su propio deseo, como el de él.

― Todos somos buenos amigos, ¿no? Si tú lo deseas y todos consentimos… ¿qué puede pasar de malo?

Esas fueron las famosas y desventuradas palabras de Cristo para convencer a su novia.

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Estaba resultando ser una noche genial, como para no olvidar. Hamil había conseguido unas invitaciones para Cristo y Chessy, para la celebración que despedía la Semana Estival de los diseñadores noveles. Agosto estaba finalizando y las noches del verano empezaban a ser algo más frescas y agradables.

Cristo estaba bailando alrededor de las caderas de Kasha, sin importarle las miradas que caían sobre ellos. Debido a sus altos y finos tacones, Kasha parecía ser una joven y bella madre desatada, que hubiera llevado a su chiquitín a una disco de verano por primera vez. Pero la alta élite de Nueva York había visto cosas más curiosas y extravagantes, en sus eternas fiestas. El chico, fuese quien fuese y la edad que tuviese, era guapo y bailaba bien, así que todo estaba perdonado.

De vez en cuando, miraba de reojo hacia las alturas. Allí, en uno de los palcos VIPs, habían dejado a Hamil y a Chessy, besándose. Cristo sabía que esa iba a ser la noche acertada, en la que todos iban a dar el paso definitivo. De hecho, Chessy ya estaba en ello, tras acariciar el armado pene de Hamil. Comprobó que disponía de un tamaño ideal para ella, mediano y grueso, como le gustaba. Así que no se refrenó más.

Nadie les veía en el palco, disponiendo de un murete que servía de sólida baranda para asomarse a la enorme pista de baile, en el piso inferor. Se apoyó de bruces sobre el murete en cuestión, aplastando sus ya sensibles tetitas. Tirando con ambas manos, alzó la corta y tubular falda hasta dejar sus caderas al desnudo y se bajó el tanga por sus largas piernas.

Hamil tragaba saliva, acariciando con dos dedos su propio glande, que surgía de su abierta bragueta. ¡Por fin iba a meterla en ese culito! Antes de acercarse más, pudo entrever el delgado pene de Chessy, casi rígido, rozarse contra la granulada pared. No lo resistió más, y tomándola por las caderas, acercó su palpitante polla, que buscaba el orificio adecuado, como un gordo gusano ciego.

― ¡Aaaah, bruto! – se quejó ella. – Más despacio… que no está lubricado…

― Lo siento, Chessy… ¿Quieres que la saque?

― No, pero hazlo con suavidad… Tarzán – sonrió ella, mirándole por encima del hombro.

Abajo, alguien con buena vista podría haber percibido el rostro de placer de ambos, o bien los inconfundibles movimientos de una enculada, pero, en verdad, ¿a quien le importaba? Todo el mundo se estaba divirtiendo, de una forma u otra. Especialmente, Hamil, que disfrutaba de un estrecho culito que le traía loco, pues sabía tragarle con toda magnificiencia. Hamil no era un sodomita novato. No solo se había hecho el trasero de su hermana, sino de otras muchas chicas. Pero aquel tenía algo de nuevo. Era el de Chessy, el de un chico/chica… casi un mito…

Chessy, por su parte, se mordía el labio para no gritar. Nunca había sentido una polla como aquella en su interior. Parecía amoldarse a sus entrañas, abriéndola con suavidad y rozando la pared de su próstata. Gemía sin cesar, acallando los gritos que pugnaban por surgir de su garganta. Intentaba retrasar el orgasmo, pero no lo tenía nada fácil. Jadeó cuando el dedo de Hamil se introdujo en su boca, abriéndola. Entonces, dejó escapar su primer grito…

Cristo detuvo a Kasha, al subir las desiertas escaleras que conducían a los palcos VIPs. La apoyó contra la pared, la mejilla adosada contra la áspera superficie, y las manos a cada lado de la cabeza. kasha sabía lo que deseaba el gitano. Llevaba toda la noche babeando a su alrededor. Empinó sus duras nalgas, ofreciéndosela como una recompensa. Separó ligeramente las torneadas piernas cuando notó como las manos de Cristo tiraban de su sedoso vestido hacia arriba. Cerró los ojos al sentir una mano deslizarse sobre sus glúteos. Bajo sus braguitas de raso, su coño estaba en ebullición, totalmente mojado.

Sentía un extraño y fortísimo morbo por Cristo, casi como un impulso animal. Su parte primaria le consideraba un cachorro a proteger, ¡su cachorro! No quiso hacerse demasiadas preguntas. Puede que incitara su obsesión incestuosa, haciendo que llegara a un punto más profundo aún, haciéndola sentir madre… pero, de cualquier forma, Kasha estaba dispuesta a llegar donde no había llegado jamás, sin remordimientos.

Gruñó y se abrió más de piernas, cuando dos de aquellos suaves deditos se colaron en su sexo. Babeó sobre la pared y contoneó sus caderas.

― Así… así… bien adentro, cabroncete… — susurró.

Llegaron arriba justo en el momento en que Chessy se retorcía de gusto, su espalda pegada al pecho de Hamil. Había alzado su cuerpo, atrapando la nuca de su amante con una de sus manos. Sus nalgas se restregaban frenéticas contra el aún cubierto pubis de él.

― Aaaayyy… me matas… mi macho… tu polla me atraviesaaaaaaaa… — jadeaba Chessy, incontrolada.

Hamil le lamía los lóbulos y el cuello, sin dejar de culearla. Pasó una de sus manos por el vientre de Chessy, apoderándose de su delgada polla. Le encantó el tacto y la calidez. Frotó el glande con el pulgar, sintiendo como la pelvis se tensaba.

― ¡A-aprieta mi pollaaaa! – gritó Chessy. – M-ME CORROOO…

Y, con esas palabras gritadas, dejó escapar varios borbotones de semen en la mano de Hamil.

― Así se hace, hermanito – bromeó Kasha, dejándose caer en uno de los divanes y arrastrando de la mano a Cristo. — ¡Como se corre la condenada!

Pero el rostro de Cristo no demostraba que estuviera tan contento. Él no había conseguido que Chessy se corriera de esa forma, jamás. Chessy había sucumbido a la tentación y encima enloquecía con el nuevo y grueso miembro que se hundía en su ano. Como si adivinara lo que Cristo estaba pensando, Kasha se inclinó sobre su oído y le susurró:

― No te preocupes, Hamil suele perder rápidamente el interés por sus nuevos juguetes. Ya ha pasado antes. Además, nosotros dos también podemos jugar a lo mismo, ¿no?

Cristo sonrió y asintió, reforzando la moral. Kasha bien valía unos cuernos. En su interior, su corazoncito gitano se estremeció, reaccionando al adulterio consentido. Tomó un buen trago de su copa, observando como Chessy se reponía y pretendía hacerle una mamada a Hamil, aduciendo que él aún no se había corrido.

― ¿Y si nos marchamos de aquí? – les preguntó Hamil, haciendo un gesto de negación a Chessy.

― Si, hermanito. Volvamos a casa. Estaremos mucho más tranquilos, ¿no crees?

Tomaron un taxi hasta el apartamento de los hermanos modelos, en TriBeKa. Durante el trayecto, Chessy y Kasha le metieron mano descaradamente a Cristo, quien estaba sentado entre las dos, atrás. Hamil sonreía y charlaba con el taxista, quien no dejaba de lanzar miraditas al retrovisor, alarmado.

Nada más llegar al apartamento, Hamil tomó a Chessy de la mano y la condujo al cuarto de baño, donde se metieron ambos en la ducha. Kasha, por su parte, condujo a Cristo directamente al dormitorio, donde una gran cama, completamente cuadrada, presidía el centro. Cristo cayó sobre la cama, empujado por la ardiente chica, quien pronto estuvo sobre él, desnudándole entre besos y mordisquitos. Luego, dejó caer su vestido al suelo, así como sus braguitas, y se dispuso a devorar cada centímetro de piel del cuerpo de Cristo.

Aspiraba el olor de su cuerpo, comparándolo con el de un niño; le hacía cosquillas en los sitios más insospechados, y, finalmente, jugueteó un tiempo considerable con sus reducidos genitales. Cristo, un tanto preocupado por ese tema, respiró al comprender que Kasha estaba encantada con sus proporciones. Él no podía saberlo, pero eso reafirmaba aún más la ilusión de la chica, de yacer con un infante, acaso con un hijo propio.

La mayor fantasía de Kasha era quedarse algún día embarazada de su hermano y tener así un hijo al que educar personalmente en el incesto. Ni siquiera le preocupaba el sexo de su vástago, pues cualquiera le valía.

Al rato de enloquecer al gitanito, se colocó de rodillas sobre su rostro, cabalgándole. Cristo tuvo ante sus fosas nasales el increíble aroma del sexo sudafricano, que despertó en él todos sus instintos primarios. Se lanzó a lamer y sorber, intentando profundizar cuanto podía con la lengua. Kasha, con los brazos apoyados hacia atrás, gemía y se contorsionaba, los ojos cerrados y las aletas de su nariz palpitando. En su mente, se imaginó un hijo imaginario, sin edad definida, ocupado en su lecho de satisfacer los deseos maternos. Se corrió en silencio, dispuesta a seguir todo el tiempo posible.

Por su parte, Hamil y Chessy estaban sentados en asiento de piedra que formaba parte de la doble ducha, ambos desnudos y enfrentados. Sus piernas se enroscaban, buscando la posición perfecta para hacer coincidir sus dos erguidas pollas. Hamil manejaba el cuerpo de Chessy como si se tratase de una muñeca, mucho más alto y corpulento.

Se besaban con pasión, mordiendo suavemente sus labios y deslizando sus lenguas con la pericia de unos gourmets.

El agua caía cálida sobre sus regazos, salpicando ambos sexos enzarzados en frotamientos y roces mutuos. Hamil comprendió, en aquel momento, lo que Cristo quería decir con aquello de que solo le gustaba aquella polla. Hamil tampoco había experimentado nunca deseos homosexuales hacia ningún chico u hombre, pero alucinaba acariciando aquel miembro estrecho y largo. Le encantaba tirar de la piel hacia atrás y tocar el hinchado glande. Ni siquiera parecía tener testículos, tan solo el miembro de carne. La tentación de inclinar la cabeza y metérsela en la boca, se hacía cada vez más fuerte. Se dijo que era algo que debía degustar en seco, no debajo de los chorros. Por el momento, se controlaría.

Cristo hizo uno de esos trabajos espectaculares con Kasha. Derritió totalmente su coño con su ardiente saliva y sus sutiles manoseos. Cuando Kasha tuvo su segundo orgasmo, su clítoris estaba tan hinchado y erguido, que Cristo solo tuvo que frotar su barbilla contra él, en cada pasada, para hacerla temblar y aullar. Kasha se convirtió en una perra total, que le imploraba que le hiciera todas las guarrerías del mundo.

Tal escándalo atrajo la atención de Hamil, quien se asomó al dormitorio para comprobar que todo andaba bien. Sonrió cuando observó lo que su hermana estaba experimentando y decidió llevarse a Chessy al salón, dejando así el dormitorio para Kasha.

Cristo acabó metiéndole todo el antebrazo a Kasha por el coño, haciendo caso a sus imploraciones. Kasha se corrió y se orinó varias veces, gritando como una salvaje, hasta dejarla agotada, atravesada de bruces en la cama. Cristo también se quedó dormido, tras sodomizarla largamente. Se quedó dormido como un gatito, acurrucado sobre la espalda femenina, sin ni siquiera sacar su pene de entre las apretadas nalgas.

Hamil y Chessy también se impresionaron mutuamente. Chessy descubrió un amante increíble en el modelo, atento y potente. Hamil encontró alguien que se amoldaba aún más que su propia hermana a sus deseos, a sus caprichos, e incluso a lo que su propio cuerpo exigía.

Tras follar como leones en celo, ambos acabaron con sus cuerpos manchados de semen y fuertemente abrazados.

A partir de esa noche, todo cambió y nada volvió a ser igual.

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Cristo se encontraba sentado en uno de los sillones del loft. Miraba con aburrimiento uno de los programas televisivos. Era un miércoles de setiembre; un día como otro cualquiera, tan corriente como se había vuelto la vida de Cristo. Faely se acercó a su sobrino, en silencio. Vestía solo un negligé blanco, que hacía resaltar su piel morena. Abierto en sus manos, un estuche de madera contenía una fusta trenzada de cuero. Cristo la miró, desganado. Hacía una semana que su tía había vuelto de Atlanta para iniciar el nuevo curso de Juilliard.

Ni siquiera preguntó porque Cristo no iba a buscar a Chessy al salir del trabajo. Eso no le importaba a ella. Solo quería ocultar su pecado y que Cristo la castigara cada noche.

― ¿Quieres tu rasión de hostias, tita?

Ella solo asintió, de rodillas, y levantó más el estuche.

― Vale, mi tita putona, – dijo él, incorporándose y tomando la fusta – pero te quiero desnuda y a cuatro patas, como la perra que eres…

Se quedó en pie, la fusta en sus manos, contemplando como Faely se sacaba el negligé por la cabeza y se colocaba en la posición requerida. Sintió la ira subir desde su vientre, envenenándole. ¡Como una perra! ¡Eso era! ¿Pero quien era la perra? ¿Faely? ¡NO! Tan solo era una pobre mujer que necesitaba ser disciplinada, que no quería tomar decisiones por si misma. ¡La perra era otra! ¿Verdad?

Chessy…

Pensar en ella disparó el primer fustazo, justo sobre la nalga derecha. Faely se estremeció pero no dejó escapar ni un murmullo.

La perra de Chessy. ¡FLAC!

Le había ocultado lo que sentía por Hamil. Se había escondido tras la máscara del deseo y del juego, aprovechando que él mismo estaba entretenido con el mórbido cuerpo de Kasha.

¡ZAS!

Fuertes emociones nacieron entre ellos dos. Chessy y Hamil. Emociones que escondieron, manipulando a sus respectivas parejas para seguir con los intercambios, con el juego, y así poder estar juntos.

¡PLAS!

Finalmente, como era de esperar, empezaron a verse a solas y en secreto. Ellos dos, a solas. Hamil y Chessy… ¡Traidores!

¡FLAC! Esta vez, Faely gimió, desbordada por el dolor.

Cristo no hizo caso y se maldijo por no haberse dado cuenta a tiempo de ello. Kasha absorbía casi toda su atención y, por otro lado, Calenda había vuelto de Europa.

¡SSTRASH! Un dulce quejido.

Fue la propia Kasha quien le puso sobre aviso, también muy dolida por el abandono de su hermano. Pero ya era muy tarde. Tanto Chessy como Hamil habían cambiado, habían evolucionado. Se habían rendido al amor, totalmente enamorados.

“¡PUTA ASQUEROSA!” ¡SPLASH!

“Lo siento mucho, Cristo. No he podido luchar contra esa fuerza. Le quiero. Siento haberte traicionado.” Esas fueron las palabras que surgieron de aquella furcia de rabo largo. Con esas putas palabras, le había dejado, solo y enfermo.

¡ZAS! ¡SPLASSSH!

Los riñones de Faely se hundieron, cayendo de bruces sobre el suelo, con un grito de dolor. Cristo paró el castigo. Dejó caer la fusta al suelo y se desabrochó la bragueta. Su pollita estaba tiesa y anhelante. Faely, jadeando, se aupó de nuevo sobre sus rodillas y la tomó con la boca, ocupándose amorosamente de su sobrino; el único que la comprendía y sabía tratar.

Cristo se dejó caer de nuevo en la algodonosa nube de sus recientes recuerdos. Kasha también dejó a su hermano. Se buscó un nuevo apartamento y cortó toda relación con él, tanto familiar como profesional. Candy Newport, aunque no conocía los detalles, sabía suficientemente del orgullo de los modelos, como para separar sus contratos y sus horarios. Sin embargo, Kasha también cortó su “amistad” con Cristo, sin más explicación. En el fondo, el gitano sabía que ella le echaba la culpa de lo ocurrido, y realmente, no estaba equivocada.

Tras aquello, Chessy se mudó para vivir con Hamil e han iniciado una vida conjunta. Cristo volvió al vacío loft, a esperar el regreso de Faely y de Zara, con los problemas que eso podría acarrear. El gitano, muy deprimido, intentó consolarse con sus amistades y con la dependencia de Faely, pero le llevaba demasiado tiempo y no podía quitarse de encima el sentimiento de culpa que le embargaba.

Había perdido a Chessy por su propia culpa, por su insufrible arrogancia, por su inagotable lujuria… Quiso follarse a Kasha como fuera, engañando como siempre, y no pensó en que la estaba entregando en bandeja.

Adiós, Chessy, adiós, extraño amor…

CONTINUARÁ…