cuñada portada3Una tía necesitada.

Nota de la autora: Quedaría muy agradecida con sus comentarios y opiniones, que siguen siendo muy importantes para mí. Pueden usar mi correo: janis.estigma@hotmail.es

Gracias a todos mis lectores, y prometo contestar a todos.

Sin títuloCristo se removió como un congrio en una canasta, alterando totalmente la ropa de la cama. Sus dientes se apretaron con fuerza y sus poros destilaron sudor a toda máquina. De vez en cuando, un gemido surgía de su garganta. Estaba soñando y, lentamente, el sueño se había transformado en una pesadilla que le atenazaba el pecho y la parte baja de la espalda.

― ¡Noooo! ¡¡CALENDAAAA!! – gritó a pleno pulmón y quedó incorporado en la cama, los ojos abiertos y el rostro transfigurado. Jadeó mientras su mente reconectaba con la realidad.

Las lámparas de Faely y de Zara se encendieron casi a la vez, debajo de su piso.

― ¿Cristo? ¿Estás bien? – preguntó Faely, alarmada.

― ¿Qué pasa, primo? ¿Te has caído de la cama? – se burló un tanto Zara.

― Estoy bien, no preocuparos. Zolo ha zido una pezadilla – barbotó Cristo, secándose el sudor de la cara con la sábana.

― Pues más bien parecía que te estaban capando, coño – renegó Zara. – Vaya susto…

― Pero ya ha pasado todo – sonrió Faely, subiendo las escaleras hasta la cama de su sobrino. — ¿Verdad? ¿Quieres contárselo a tu tita?

“¡Me cago en to lo que verdeguea…! Ya está otra vez tratándome como si tuviera quince años.”, pensó Cristo, irritado aún por la pesadilla.

― Estoy bien, tita. Zolo ha zido un mal sueño, zin duda a causa de tantas palomitas que nos hemos comido en el sine – dijo él, sentándose en el borde de la cama.

― ¿Una cita con Calenda? – preguntó Zara, anudándose el corto batín, pues solía dormir desnuda, y caminando hacia la nevera.

― Naaaa… más quisiera yo… Fui con varias chicas de la agencia, entre ellas Calenda. Todas querían ver esa peli nueva, Los Juegos del Hambre.

― ¿Qué tal está?

― Está mu bien, prima. Nos jartamos de palomitas y refrescos. Después de la movie, nos fuimos a comer pizza, todos. Creo que mi estomaguito no lo ha zoportado… ezo es todo. Ziento haberos despertado, tita.

― No te preocupes, Cristo. Bebe agua – le dijo su tía, comprobando que Zara traía un vaso en la mano.

Cristo agradeció el gesto y el trago. En verdad, tenía la garganta más seca que el ojo de un tuerto. Tía Faely se inclinó y le dio un breve beso en la frente y Zara le sonrió. Desde el asunto con Phillipe, le mimaban aún más, sobre todo su tía. Quizás tenía algo que ver con el poco caso que le hacía su ama, ahora que estaba liada con su hija…

¡Dios, que cosas pasaban en América!, pensó Cristo, metiéndose bajo las sábanas mientras las chicas bajaban a sus camas.

A oscuras ya, pensó en el vivido sueño que le había acojonado tanto. ¡Parecía tan real! Puta película… No le hacía falta ir a ningún psicoanalista para que le dijera que la pesadilla era producto de sus anhelos y frustración. Hasta un gitano palurdo como él podía verlo. Calenda se le había metido en los huesos, desde el primer momento en que la vio. Ser tan buen amigo de ella no ayudaba en nada. No quería traicionar a Chessy, ni mucho menos, pero era algo que no controlaba en absoluto; algo involuntario, como el respirar o gesticular al hablar.

Además, sabía que no tenía ninguna oportunidad con ella, así que no se planteaba sus reacciones como un engaño. Le había sugerido a Chessy salir con el grupo de la agencia: Alma, Marie la peluquera, Sally, de Contabilidad, May Lin y Calenda. La idea surgió en el trabajo, entre Alma y Cristo, como siempre, pero, más tarde, varias más se apuntaron.

Chessy tenía una actualización de su licencia de masajista, o algo relacionado con eso, y no tenía tiempo. Así que le dijo a Cristo que fuera con ellas, que se divirtiera en el cine.

May Lin era la compañera de piso de Calenda, una deliciosa chinita americana de veintidós años, que era habitual en los magacines de moda ilustrada. Cristo las puso a ambas en contacto. May Lin necesitaba una nueva compañera de piso y Calenda, a su vez, necesitaba alejarse de su padre. Pero Germán, el padre de la modelo, no pensaba darse por vencido tan fácilmente. Astutamente, jugaba con el sentimiento de culpabilidad que surgía con fuerza en Calenda, y la dejó marcharse. Sabía que, al pasar los días, la modelo sentiría la necesidad de volver con él, de ser perdonada por su progenitor.

Por eso mismo, Cristo tenía que mediar y buscar actividades que apartaran de su mente tal tentación. El cine fue una más de esas actividades, ya que Calenda era muy aficionada al género de ciencia ficción, fantasía, y terror, pero jamás pensó que él mismo fuera afectado de aquella manera.

Los Juegos del Hombre… ¿En qué coño estaba pensando su enfermiza mente? ¿En serio?

Sin embargo, todo en el sueño parecía tan normal, tan real. La Cosecha, el Distrito 12, su familia de panaderos, el miedo que sintió cuando fue cosechado… y Calenda. La pasión enfermiza que se adueñó de él al acompañarla a la muerte o la esclavitud, aún bullía en su pecho.

Jackie Garou. ¿Tan enfermo estaba? Jackie era la hermana pequeña de Sally, a la que llevó al cine con todos ellos. Quería ver la película tras leer el libro. “Joder, tiene catorce años y esta noche es la primera vez que la he visto.”, pensó Cristo.

Se estremeció al evocar la terrible orgía que les esperaba a los dos cuando abandonaron el cuarto de descanso, por una de las puertas. Ésta les llevó directamente a los jardines, en donde acabaron atrapados en un gran laberinto, llamadola Cornucopia. Allí, entre altos setos que cortaban como cristales y pasadizos que se entrecruzaban en cuatro dimensiones, encontró a otros tributos, entre ellos a Calenda.

Estaban arrinconados por unos seres terribles, creados para estar siempre hambrientos de sexo: los mutos. Tenían varias formas, mezclando rasgos antropomórficos con características animales, pero con una cosa en común: un pene, grueso y largo, que arrastraban entre sus piernas, dejando un rastro continuo de lefa maloliente.

Todos trataron de pelear, de escapar, sin esperanza. No pudo mantener a Jackie a su lado. La arrastraron entre aquellos setos, que le despellejó la espalda prácticamente, entre gritos y lágrimas, hasta desaparecer. Uno tras otro, los tributos arrinconados fueron violados, masticados, o arrastrados hasta las guaridas. Cristo se debatía, arrinconado, esquivando los zarpazos como podía, contempló como Calenda era violada, una y otra vez, por dos mutos parecidos a machos cabrios, hasta no ser más que un pelele sin vida. Cristo, rodeado, indefenso, y derrotado por el dolor, gritó y aulló su nombre.

Entonces, despertó.

Ahora, minutos más tarde, daba las gracias en silencio, la mejilla sobre la almohada. Solo había sido un sueño, pero le había llenado de angustia y desazón. Más aún, había despertado en él una desconocida sensación. Era algo que le quemaba la garganta, que le hacía palpitar el pecho, que le cubría de sudor cuando menos lo esperaba. Era algo jamás experimentado antes, algo que se escapaba a su entendimiento, algo vital y primario.

Algo llamado amor.

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Cristo estaba desayunando en la cafetería de abajo, con Zara y Alma, cuando entró Chessy por la puerta. Cristo enarcó una ceja. No era habitual que su chica se dejara ver tan temprano. Normalmente, estaría durmiendo, o bien atendiendo una cita. Chessy sonrió y saludó a todos, al acercarse. Besó a Cristo y se sentó en una silla.

― ¿Quieres un café? – le preguntó Cristo.

― Me vendría bien, encanto. He salido de casa sin tomar nada.

― ¿Tan temprano? – preguntó Zara, quien había hecho buenas migas con la novia de su primito.

― Debía ver a un posible cliente. Es guardia en el penal de la isla de Rikers.

― ¿Has ido hasta allí? – preguntó Alma.

― Pues si. Vive allí.

― ¿En la cárcel? – le preguntó, a su vez, Cristo.

― No, tontito, en un barrio residencial. La isla de Roosevelt se ha convertido en una pequeña ciudad de servicio para el personal que trabaja en la cárcel o en las diversas instituciones que se han creado en torno a ella.

― Tonto – se burló Alma, aprovechando la pulla.

― El hecho es que se partió una cadera y debe hacer rehabilitación, pero su horario cambia cada semana, así que tendré que adaptarme a él.

Cristo sonrió, agradecido al hecho de que Chessy había aceptado trabajar con una aseguradora médica, por lo que ahora tenía mucho más clientes “normales”. Chessy le había prometido ir dejando sus servicios especiales, pero de una manera progresiva.

― Empiezo mañana, a las nueve de la noche…

― Joder, tía – se quejó Zara.

― Es cuando finaliza su turno – se encogió de hombros Chessy. – Su esposa, una señora muy simpática y parlanchina, me ha ofrecido cenar con la familia y todo. Creo que aceptaré porque cuando regrese será bastante tarde.

― ¿Así que no nos veremos en esta semana? – Cristo puso una cara de penita que las hizo reír a todas.

― Podemos vernos por la tarde, en vez de la velada. Así podrías cumplir tu promesa de llevarme a esa suculenta pastelería suiza a merendar…

― ¡Te ha pillado! – se carcajeó su prima, palmeándole el hombro.

Más tarde, de nuevo en su puesto laboral, Cristo y Alma contemplaron como la jefa acudió hasta el ascensor para esperar unos visitantes. Zara, que salió también de su despacho, se acodó en el mostrador. Su primo le preguntó, muy bajito, a quien esperaban.

― Creo que se trata de dos tipos de Odyssey.

― ¿Odyssey? ¿Los buscatesoros?

― Si – contestó Alma esta vez. – La señorita Newport estaba esperándoles. Tengo entendido que van a hacer un calendario.

― ¿Para recuperar reputación tras perder el juicio con España? – bromeó Cristo.

― Puede ser, pero creo que van a traer un cofre de auténticas monedas para el decorado – susurró Zara.

― ¡No jodas!

El ascensor se abrió, revelando a dos sujetos bien vestidos, cercanos a la cincuentena, a los que Candy Newport estrechó las manos efusivamente. Tras esto, les llevó a su despacho y, más tarde, a visitar los platós. Cristo se mantuvo alerta, pero no consiguió más detalles. Gracias a Dios, disponía de su primita para enterarse de los planes de su jefa.

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― ¿Qué vamos a senar, tita? – preguntó Cristo, arrimando la nariz a la cocina.

― Había pensado en preparar una crema de verduras y una tortillita, Cristo – contestó Faely, también en español.

― ¿Tortilla de papas?

― Por supuesto, cariño. Zara se queda a cenar con Candy.

― ¿Otra vez?

― Ajá… están enamoradas.

― Yo diría encoñadas.

Faely sonrió tristemente, pero no dijo nada. Cristo no era tonto. Veía perfectamente como su tía languidecía, día tras día. Intentaba respetar el idilio de su hija, pero se sentía celosa y herida, en el fondo. Durante mucho tiempo, ella mantuvo una fuerte relación con Candy Newport; una relación muy dependiente, de ama y esclava. En estos últimos diez años, Candy había sido su única fuente de sentimientos, un cáliz donde sorber las emociones más primarias que necesitaba. Ahora, se había quedado sin guía ni consuelo. Se sentía vacía y traicionada.

Lo peor de todo es que ni Zara ni, por supuesto, Candy, se daban cuenta de ello, inmersas en su particular aventura romántica. De alguna manera, Cristo debía ayudar a su tía a remontar armónicamente su corazón. Quizás podía aprovechar esta semana, en que Chessy estaría ocupada por las noches, para cenar agradablemente con su tía. Hacía tiempo que ambos no se sentaban a charlar de sus vidas.

― ¿Te ayudo?

― ¿Cómo? ¿El gran Cristo se va a dignar a tocar un utensilio de cocina?

― No zeas zarcástica, tita. No te pega demaziado.

― Tienes razón. Hace mucho tiempo que no soy sarcástica, sino una simple esclava…

“He metido la pata, coño. Así no la ayudo. Mejor será que le cambie el tema.”, pensó Cristo, mordiéndose el labio.

― No tengo ni pajolera idea de cosinar, pero puedo ir cortando algo, ¿no?

― Vale. A pelar papas, nene…

De esa manera, cristo acabó como pinche de cocina, pelando tubérculos ante un barreño. Las patatas a un plato, las mondas al barreño. ¿Quién le iba a decir a él que luciría como su máma, con delantal de flores y todo, solo que Nueva York? ¡Cristo Heredia pelando patatas!

¡Deshonroso! Lo que tenía que hacer por la familia…

Al principio debía estar atento a sus dedos, porque la humedecida patata se escapaba y saltaba, pero, poco a poco, fue tomándole el tiento –gracias a que el cuchillo era prácticamente romo y no se podía rebanar los dedos- y consiguió charlar al mismo tiempo.

― ¿Crees que van en zerio?

― ¿Quiénes?

― Zara y Candy.

Faely lo pensó unos segundos y luego asintió, despacio.

― Mi ama no actuó nunca así conmigo.

― Bueno. A ti no tenía que enamorarte, ¿no?

― No. Yo era y soy su puta esclava. Obedezco su mínimo capricho.

Ambos quedaron callados, ocupados en sus faenas. Faely cortaba apio para completar los ingredientes de su crema.

― Tita… ¿qué zientes como ezclava? ¿Te llena?

― Es diferente a lo que puedes sentir normalmente. Yo nunca fui consciente de que era una sumisa hasta que Phillipe me sometió. En mi vida, solo cometí un acto de rebeldía: el día que abandoné el clan y me vine aquí, y quizás estaba más respaldada por mis hormonas que por mi voluntad. El caso es que enseguida me sometí a otra persona, a mi marido Jeremy, tal como lo había estado antes al pápa Diego. No sabía que era lo que buscaba, pero no me sentía completa. Nunca lo estuve con Jeremy, claro que él no era ningún amo, solo un putero. Phillipe fue el primero en hacerme rozar la perfección, y digo rozar porque, en el fondo, es otro cabrón.

― Jejeje…

― Por primera vez, me sentí sometida, dependiente de una voluntad. Podía abstraerme completamente de mi vida, de mis problemas, de mis tontos prejuicios,… de todo. Es lo mejor de ser esclavizada. No tengo que tomar decisión alguna; mi ama lo hace todo por mí y después me ordena. ¡Es una liberación!

Cristo empezó a comprender la mente de un esclavo. En el fondo, los sumisos eran personas a las que la vida, en cierto modo, les daba miedo, incapaces de adoptar un rol participativo. Gozaban al ser anulada esa presión y alcanzaban la libertad al ser oprimidas y dirigidas.

― Si el cambio fue notorio con Phillipe, resultó increíble al conocer a Candy. Ella fue un ama de ensueño: dura cuando era necesario, tierna y romántica en sus actos, e intransigente en ciertas ocasiones…

― ¿Te compartió con otras personas?

― Si, en algunas ocasiones. Candy siempre ha tenido amantes de ambos sexos, aunque las mujeres atraen más su vena romántica. Suele considerar los hombres como una explosión de necesidad, fácilmente olvidable.

― Buena definisión.

― Es lo que ella dice. Hubo veces que me introdujo en la relación, formando un trío, y, otras, me entregó como carne, incluso por todo un mes.

― ¿Y gozabas con ezo?

― No siempre, pero era su deseo, así que también era el mío.

― Y ahora, echas de menos todas ezas zensaciones, ¿verdad?

― Me siento como una muñeca olvidada en el desván. Le pertenezco, pero no volveré a sentir hasta que se acuerde de mí…

― Pobre tita… Te mereses un abrazo – Cristo aprovechó que había terminado de pelar las patatas para ofrecer sus brazos a su tía.

― Gracias, Cristo – susurró Faely, dejándose abrazar.

Aunque ella era más alta que su sobrino, se sintió protegida por su temple y su fuerte espíritu, ya que no con su cuerpo. Faely empezaba a conocer la poderosa personalidad de su sobrino y estaba cada día más contenta de haberle acogido en casa. Por su parte, Cristo contactó con las mórbidas curvas de su tía, enfundadas en aquella bata sedosa y liviana. Solo aspirar el aroma de su cuerpo, le hizo vibrar.

Faely siempre le había gustado, al menos lo que recordaba de ella. Más tarde, cuando la vio por la cámara del ordenador, se reafirmó en ello. Se había vuelto voluptuosa, una mujer plena y asentada que rebosaba vitalidad. Saber que era fuertemente receptiva a las órdenes, solo hacía aumentar su sensualidad. Su rápida mente ya estaba abriendo derroteros que enrojecieron sus mejillas, al imaginarlos.

¡No, no! ¡Basta! ¡Eso no podía ocurrir! Era su tía, su pariente… pero… ¡Estaba de buenaaaaa! ¿Quién se iba a enterar en el clan? ¡Nadie!

Atormentado por sus propios pensamientos, Cristo se retiró con brusquedad. Ni siquiera él era consciente de lo que su mente era capaz de hilvanar. Era como si tuviera el control del peaje de una gran autopista hasta su destino, pero circundada por diversas carreteras menores y pistas de tierra, por las que circulaban ideas mucho más audaces y peligrosas, a las que no tenía acceso hasta que se materializaban en el destino.

Esa era una buena definición de la capacidad simultánea de su mente. Cuando tenía una idea, otras siete ideas paralelas se formaban al mismo tiempo, cada una de ellas, con un resultado parecido, pero diferente. Él solo tenía que escoger la que más le gustaba.

Faely metió las verduras en la olla y las puso a cocer. Cristo picó las patatas en cuadraditos casi perfectos. Los dos se mantuvieron en silencio, mascando sus pensamientos.

― ¿Cómo te va con Chessy? – preguntó Faely, cambiando de tema.

― Mu bien, tita. Chezzy es una chica eztupenda – se encogió de hombros Cristo. Por nada del mundo pensaba decirle a su tía que Chessy era un transexual; no faltaría más.

― ¿Y la agencia? ¿Estás bien allí? No me has contado gran cosa sobre ello.

― Bueno, ya zabes como son ezas cozas… Es un buen trabajo, nada pezado. Además, hay montón de chicas guapas por todas partes…

Faely le observó de reojo. Zara le había contado cosas sobre lo considerado que estaba su primo en el trabajo. Se había ganado la confianza de la mayoría de las chicas; incluso las divas le saludaban, al entrar y salir. El nombre de Cristo empezaba a escucharse con fuerza en la agencia, como si dirigiera algún tipo de mercado negro. Si quieres mejorar tu perfil, habla con Cristo. Si necesitas un día libre, habla con Cristo. Si buscas entradas para Broadway, habla con Cristo.

Cristo aparecía por todas partes, tanto en asuntos cotidianos y benignos, como en otros bastante más lucrativos e ilegales. Zara se lo resumió de la siguiente manera: menos drogas y armas, el primo Cristo lo toca todo, pero eso si, con mucha elegancia y discreción.

Faely comprendía perfectamente las enseñanzas que impulsaban a su sobrino. Provenía de un lugar donde el contrabando era el pan diario del pueblo; una actividad en la que se empezaba siendo un niño. Manhattan era una perita en dulce para un personaje como él, lleno de oportunidades y de clientela nada comprometida. Aquí no tenía que lidiar con bandas contrarias, ni con competencia desleal, y, en los círculos en los que se movía, ni siquiera le preocupaba la policía, pues su material apenas podía considerarse como delictivo.

Negociaba con favores, con ventajas personales, y no cobraba por ellos, sino que escalaba puestos sociales. Si, Cristo lo estaba demostrando, era un gitano muy, pero que muy listo. ¿Acaso no la había ayudado a ella, sin ponerse en evidencia? ¡Que bien le habría venido un aliado como él cuando llegó a Nueva York!

Por su parte, Cristo nunca pensó que trajinar en la cocina fuera tan ameno y excitante. Se lo estaba pasando realmente bien, como para repetir en cualquier ocasión. Si esto seguía así, él mismo llegaría a prepararse sus papas a lo pobre con huevos fritos.

Admiraba el glorioso trasero de su tía, que se enmarcaba en la sedosa tela de su bata. Era imponente y redondo, bien alzado de grupa, y, en ese momento, vibraba debido a los movimientos que generaba ella con el batidor en la mano. Estaba mezclando y batiendo los huevos para la tortilla, junto con la cebolla y los taquitos de bacón, a falta de jamón serrano. Ese gesto de muñeca tenía la virtud de agitar sus glúteos sensualmente, lo que mantenía a Cristo muy atento, a espaldas de su tía.

― Cristo, ¿puedes mirar si ya están doradas las patatas?

― Zi, tita – dijo, acercándose a la freidora y sacando la pequeña cesta metálica. – Aún están blancas.

Faely asintió y dejó el bol con los huevos sobre el poyo. Controló el vapor que surgía por la válvula de la olla. Le quedaba unos minutos para retirarla. Suspiró con ganas, al quedarse ociosa. Sus miradas se cruzaron, instintivamente. Cristo sabía lo que su tía necesitaba, pero no se atrevía a emprender tal acción. A su vez, Faely intuía la atracción que generaba sobre su sobrino y se divertía secretamente, llegando un poco más lejos cada vez. Ambos fantaseaban con lo que podría ocurrir, pero que no sucedería jamás.

― ¿Un poco de vino, Cristo?

― No estaría mal.

Faely extrajo una botella de Cabernet tinto de su escasa bodega –apenas una estantería pequeñita en la pared-, y la descorchó. Ayudados por el vino, cocinaron juntos y charlaron, acabando con grandes carcajadas cuando Cristo tuvo que pasar por el pasapurés todas las verduras cocidas. Una vez que la tortilla a la española estuvo algo reposada, se sentaron a la mesa, uno frente al otro, y cenaron.

Se sentaron un rato a ver la tele, sus cuerpos distendidos sobre el sofá. Ni siquiera necesitaban mirarse para ser concientes de que se miraban con furtividad, con secreto regocijo, dando otro inconsciente paso hacia sus fantasías reprimidas.

Cuando Faely se fue a la cama, llevó los ojos al techo, pensando que su sobrino dormía sobre ella. Demasiado cerca como para tentarla en alguna ocasión. Sonrió de una forma desacostumbrada, con picardía. Quizás, si se hubiera tomado un vino más… No, era demasiado evidente. Cristo le había dicho que cenaría en casa toda la semana, que Chessy trabajaba. A lo mejor, la ocasión se repetía, ¿no?

Entretanto, jugaría ella sola, se dijo, introduciendo sus dedos entre sus braguitas.

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Zara sonrió al salir del despacho de la jefa. Había comprobado sus ropas y el maquillaje antes de salir al pasillo, pero aún así, de forma inconsciente, sus manos alisaron la falda sobre sus caderas. ¡Menuda media hora había pasado dentro! Era casi la hora del almuerzo y estaba famélica. Candy tenía un almuerzo de negocios, así que no podía quedar con ella. Echó a andar hacia el mostrador de recepción. Puede que su primito ya tuviera compromiso, pero, seguramente, podría unirse a ellos.

Encontró a Calenda y May Lin charlando con Alma, ante el mostrador. Cristo parecía atareado ante su monitor, sin levantar la cabeza.

― ¿Qué hay, chicas? – saludó Zara, al acercarse.

― Podéis preguntarle a ella – dijo Alma, señalándola. – Puede tener más información que yo.

Zara alzó las cejas, sorprendida.

― ¿De que hablas?

― Del calendario de Odyssey – planteó Calenda. — ¿Sabes qué modelos participarán?

― ¿Por qué tendría yo que saberlo? – se defendió ella, algo irritada.

― Pues porque te tiras a la jefa, guapa – pinchó May Lin, con su voz de niña.

― ¿QUÉ?

Detrás del mostrador, Cristo negó su participación con una mirada. Él no había dicho nada del asunto.

― ¿Te crees que aquí las niñas se chupan el dedo? – bromeó Alma. – La que no corre, vuela, en esta agencia.

― Todas hemos tenido nuestro rollitos con compañeras, más o menos, pero tú has llegado más alto, zorrona. No sabes cómo te envidiamos las demás mortales – expuso May Lin, con una sonrisa de loba. – Así que, desembucha…

Zara quedó en evidencia, sin saber qué contestar y con el rostro enrojecido.

― No lo sé aún. Candy ha quedado en almorzar con un directivo del Odyssey. Esta noche quizás pueda enterarme – contestó finalmente.

― ¿Esta noche no cenas en casa tampoco? – preguntó Cristo, arrugando la nariz.

― No, primo. Iremos a cenar a Cordelius.

― ¡Grrr! ¡Que envidia! – exclamo Alma, haciendo reír a todas.

― Pero si conozco los detalles del calendario – dejó caer en un susurro.

― ¡Cuenta, cuenta! – le pidió Calenda, colgándose de uno de sus brazos.

― ¿Por qué no vamos a almorzar todas a la pizzería? – sugirió Cristo, levantándose.

― ¡Perfecto!

Media hora más tarde, compartiendo tres pizzas familiares, Zara reveló lo que se tenía pensado para el calendario. Doce chicas aún a elegir, una por cada mes. El tema, como siempre, el mar y los tesoros, así que habría bikinis, sirenas, y equipos de buceo. La empresa no quería nada de plató, ni estudios. Escenarios naturales y, por lo visto, habían pedido un par de chicas con experiencia de buceo. También confirmó que Odyssey traería un pequeño cofre lleno de doblones españoles auténticos, que utilizarían para unas cuantas puestas en escena.

Las chicas se emocionaron con la posibilidad que las eligieran para esas fotografías, lo que significaría un aumento de popularidad y, por lo tanto, de caché.

― No os hagáis ilusiones, chicas. Es un cliente de los gordos. Querrán divas de primera línea. Vosotras aún sois pececillos – les dijo Alma, veterana en tantos chismorreos.

― Calenda no es una novata – comentó May Lin.

― Puede que ella tenga una oportunidad, pero si las veteranas de la agencia aceptan, las escogerán a ellas. No lo dudéis.

― Bueno, aún no se sabe nada, así que es una tontería preocuparse por ello – dijo Cristo, antes de engullir una porción.

― Tienes razón – afirmó Calenda.

― Aunque, si fuera yo, aquí mismo tendría los meses de verano. Julio, agosto y septiembre – dijo el gitano, señalando por orden a May Lin, Zara y Calenda.

― ¡Ay, que encanto! – exclamo la chinita.

― Siempre es tan dulceeeee – le pellizcó la barbilla Calenda.

― Y eso que no le habéis visto en calzoncillos – remató su prima, arrancando las risas de todos.

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Llevaban cenando solos tres noches y esa era la cuarta. Las conversaciones entre Cristo y su tía se volvían cada vez más íntimas y confiadas, rompiendo tabúes. Decidieron hacer lasaña de carne y Cristo se esmeró en atender las indicaciones de Faely, colocando capas de pasta sobre la carne picada.

Descorcharon una botella que, esta vez, compró Cristo al salir del trabajo. Mientras el horno realizaba su labor, estuvieron charlando sobre sus respectivos trabajos. Faely comentó sobre una posible función especial, dedicada a Andalucía, que los alumnos más veteranos de Juilliard estaban diseñando. Cristo, a su vez, relató un par de anécdotas eróticas ocurridas con las modelos de la agencia. Acabaron riéndose y profundizaron en la pícara charla.

El mes de mayo ya estaba en curso. La temperatura nocturna de Nueva York empezaba a ser agradable. Faely, con una súbita inspiración que le puso la piel de gallina, dijo que se iba a poner algo más cómodo. Se duchó rápidamente y salió envuelta en una toalla, hasta ocultarse tras el biombo que protegía la intimidad de su cama.

Cristo la contempló pasar, de reojo, y se relamió. ¿Qué les estaba pasando? ¿Por qué sentía aquellos impulsos pecaminosos? ¡Se trataba de su tía, de la hermana de su madre! Comprendía que podía sentirse atraído por una mujer así, aún joven, dinámica, y de cuerpo perfectamente ejercitado. Apenas la había conocido como familiar directo, lo que no generaba demasiados recuerdos que superasen el instinto sexual, pero, aún así, seguía siendo algo sucio, incestuoso. Sin embargo, esa misma tentación encendía su sangre y Cristo se encontró deseando llegar más lejos.

Por su parte, Faely se mordía el labio, contemplándose en el espejo de pared, detrás del amplio biombo. Se había decidido por utilizar una corta chilaba que una compañera de trabajo le trajo, unos años atrás, de un viaje a Túnez. No era una prenda decente para una mujer musulmana, sino más bien una recreación fantasiosa para los turistas, pues la prenda no llegaba más abajo de medio muslo. Mezclaba el color ocre con diversas filigranas doradas y presentaba un generoso escote que sus medianos pechos rellenaban perfectamente.

¿Se atrevería a salir así ante su sobrino? ¿Sería demasiado evidente que la temperatura primaveral no tenía nada que ver con aquel atuendo?

Llevaba suelta demasiado tiempo y eso la volvía frenética. Quizás debería pedirle unos azotes semanales a su ama, para calmarse; pero no era culpa suya… ¡Estaba abandonada a su suerte! ¡Su ama la llevaba ignorando demasiado tiempo y ella necesitaba control!

En un principio, Cristo había sido poco más que un niño en casa, una nueva distracción para ella. Inconscientemente, relacionaba su aspecto débil y aniñado con una representación de necesidad que la llevaba a volcarse en él, de forma maternal. Sin embargo, a raíz del asunto de Phillipe, Cristo había demostrado que no era ningún niño y que tampoco era débil. Era muy inteligente, quizás más que nadie que ella conociera, y lo ocultaba perfectamente, como si fuese su arma secreta.

Aún no alcanzaba a comprender cómo pensaba aquella mente superior, pero empezaba a verle como lo que era en realidad: un genio criminal, un sujeto que podía convertirse en el líder de cualquier organización si lo desease. En el momento en que ella empezó a verle desde otro prisma, la actitud de Cristo ya no le engañaba. Podía descubrirle en sus pequeños artificios, intuía cuando le mentía o cuando distorsionaba los hechos, y, sobre todo, cuando la devoraba con los ojos. Todo ello la enardecía, la hacía sentirse deseada, al borde del descontrol. Sabía que sucumbiría a la oscura personalidad que se escondía en el interior de su sobrino, en cuanto se lo exigiera. Ella no podría resistirse, y menos condenada a aquel ostracismo por su ama. No tendría fuerzas ni voluntad para oponerse a cuanto le pidiera Cristo… y tampoco lo deseaba.

Se volvió a admirar en el espejo. Estaba imponente y bella, se dijo, sonriendo mientras se llevaba un dedo a la boca. Dios, que caliente estaba. Con decisión, alisó de un gesto los bordes de la chilaba y salió de detrás del biombo.

Cristo tuvo que toser al ver surgir a su tía. Tosió para encubrir la exclamación que medio soltó. Tosió para disimular el temblor de su boca, el nerviosismo que se apoderó de sus dedos. Faely aparecía al igual que una sacerdotisa pagana, pisando la madera del suelo con esa actitud reverencial, debida al temor, y, a la vez, orgullosa de su dedicación. Sus largas piernas morenas, casi desnudas, se movían con una cadencia felina, cruzándose una delante de la otra, mientras impulsaban su generoso cuerpo hacia él.

― ¡Dulse Jezusito de mi vida! ¡Tiiita, estás… quiero desir que te zienta maravillozamente eza cozita mora!

― Gracias, Cristo. Nunca me lo pongo, pero lo he visto en el armario y me he dicho… ¿Por qué no? – dijo ella, girándose para mostrar el conjunto, y sintiéndose muy adulada.

― Pos tenías que haserlo más veses, aunque eztes zola… Una mujer debe zentirse guapa ziempre.

― Eres un encanto – se rió ella, inclinándose y depositando un beso en la frente de Cristo. — ¿Cómo va el horno?

― Aún no ha pitado.

― Perfecto. ¿Otra copa de vino?

― No zé… no acostumbro a empinar el codo.

― Bueno, tu cama no está tan lejos – bromeó ella. – Y si no puedes subir las escaleras, puedes dormir en la mía.

Cristo notó aquella mirada, junto con el tono de la frase. Si aquello no era un permiso en toda regla, que bajara Dios y lo viera. Según todos los manuales de la seducción, tía Faely le estaba tirando todos los trastos de una vez, sin sutilezas y con desparpajo. ¿Se atrevería él a recoger el guante del desquite?

Atrapó la botella y vertió vino en ambas copas. ¡Necesitaba las tres V, tal y como decía pápa Diego! ¡Vino, Valor y Viagra! Brindaron por alguna tontería que Cristo no asimiló siquiera, los ojos recorriendo sesgadamente aquel cuerpazo, delineando los contornos de aquellas piernas tan firmes y trabajadas. ¿Era eso lo que Cristo había anhelado, antes de conocer a Chessy, antes de que apareciera Calenda? Si, creía que si… Pues, en ese caso, el fruto estaba dispuesto para su cosecha.

― Tita…

― Por favor, llámame Faely – le cortó ella, con una voz un tanto ronca.

― Faely, en todos eztos años… ¿no has echado de menos un hombre?

Ella clavó la mirada en el horno y tomó un sorbo de su copa. Sonrió y meneó la cabeza.

― Tras el periodo que estuve atada a Phillipe, los hombres se convirtieron en enemigos naturales. No les soportaba en la intimidad. Me resultaban zafios y brutales, tan taimados y egocéntricos como pequeños dictadores que anulaban cualquier interés que pudiera surgir en mí. Además, mi ama Candy, me educaba de una forma tan nueva como sutil y sensual, que requería toda mi dedicación.

― Comprendo.

El aviso del horno les sobresaltó. Faely sacó la lasaña y la colocó en el centro de la mesa, dejándola enfriar un poco. Mientras esperaban, volvieron a llenar las copas y se quedaron clavando los codos en la estrecha barra que separaba la cocina.

― ¿Qué hay de ti, Cristo? No cuentas mucho de tu relación con Chessy – le preguntó Faely.

― Bueno, Chezzy es una chica mu especial, la verdad.

― Es muy guapa…

― Zi y mu pasiente también.

― ¿Por qué dices eso?

― Verás, Faely, no zé zí mi madre te contó exactamente lo que me pazó cuando shico…

― Que tenías un fallo de glándulas hormonales. Por eso no te desarrollaste como los demás chicos – contestó ella, quitándole importancia.

― Zi, algo azí. Me falló la hipófizis, lo que atrazó o anuló todo mi dezarrollo. Estatura, pezo, maza y volumen, todo quedó alterado. No tengo barba, ni pelos en el pecho, porque mi vello quedó al nivel de un niño. Mis rasgos tampoco ze hisieron viriles, de ahí mi aspecto de querubín – dejó escapar una risita. – Pero no zolo fue ezo lo que ze me quedó como un infante. También mi… cozita, mi pene… no creció…

― N-n… no lo sabía, Cristo – dijo Faely, acariciándole la mejilla.

― Zoy un adulto psicológicamente hablando. Tengo nesezidades como un adulto, pero, en ocaziones, la vergüenza me corta, ¿sabes? No es muy erótico bajarte los pantalones y dejar ver que zolo dispongo de un micropene, que apenas zupera los diez sentímetros.

― Oh, querido, el tamaño no importa.

― Es lo que me digo ziempre, pero, la verdad, zi que importa, Faely. Es importante para dejar a tu amante zatisfecha; es importante para zatisfacer mi ego y generar confianza.

Ella cabeceó, sin dejar de acariciar la mejilla de Cristo. Sus labios estaban húmedos, sus ojos también. El vino permaneció olvidado.

― Pero Chezzy me demostró que era diferente, que no nesezitaba las mismas cozas que las demás mujeres. Me dijo que cuando falla uno de los zentidos, ze zuelen dezarrollar los demás. Azí que ezo es lo que ha estado enzeñándome: ha dezarrollar otras fasetas como amante.

― Me parece estupendo, cariño.

― A mi también – dijo Cristo, con una carcajada que Faely secundó.

― A comer – exclamó ella, tomando la botella y llevándola a la mesa.

Cenaron exquisitamente, con una buena porción de la aclamadísima lasaña de Faely. Dejaron una buena porción para Zara y se acabaron la botella con glotonería. La intimidad entre ambos parecía haber aumentado, a raíz de la confesión de Cristo. Los guiños verbales se sucedían, casi sin descanso, originando risotadas. Decidieron mudarse al sofá y conectaron la tele, pero solo quedó como un pinto de referencia para los momentos de silencio. La charla continuó, envalentonada por el vino y por el pérfido nexo que aquella noche les unía.

Esta vez, no se sentaron como era su costumbre, cada uno en un rincón del largo sofá. Esa noche les apetecía estar más juntos, en contacto. Faely se arrimó a su sobrino y dejó que este le pusiera la mano en un muslo. Cristo no movió aquella mano; no quería espantar a su tía por nada del mundo. La mantuvo quieta, temblorosa en algunos momentos, pero realmente inocente. Sin embargo, su boca se quedaba seca a cada momento y debía pasarse la lengua por los labios.

Faely, en cambio, sentía una fuerte y regular pulsión en su entrepierna. Era como un segundo corazón latiendo, bajo su pubis. Deseaba controlarlo, calmarlo, pero no respondía a su voluntad. La mano de su sobrino, justo por encima de la rodilla, no ayudaba en nada, sea dicho. Pequeños escalofríos bailoteaban por su espalda, agitándola levemente. Deseaba posar su mano sobre la de Cristo y apretarla, pero se contenía a duras penas. El problema es que no sabía qué hacer con sus manos, inertes sobre el asiento, a cada lado de su cuerpo.

― Ya que estamos hablando de zexo, Faely. ¿Podría zaber qué te gusta más? ¿Un hombre o una mujer?

― Bueno… desde que he descubierto que soy bisexual, no me importa el género, sino el individuo. Cuando alguien me gusta, no miro si es hombre o mujer, sino más bien si es capaz de someterme.

― Una buena respuesta. ¿Puedo haserte una pregunta muy íntima?

― Si.

― ¿Has realizado zexo anal?

― Como esclava, he sido sometida a todo tipo de de penetraciones y depravaciones – explicó ella, arañando el asiento del sofá. – Desde sexo anal a bukkake, pasando por zoofilia y coprofagia…

― ¿Mande? ­– aquel término no le sonaba para nada.

― Búscalo en Internet – le sonrió ella. – No creo haberme saltado algo de cuanto comenta la Guía de Perversiones Sexuales.

― Buufff, ¡que fuerte!

Se quedaron callados un rato, sus ojos clavados en algún programa televisivo que sus mentes no conseguían asimilar. Procuraban no desviar la mirada hacia el cuerpo vecino. Los labios de Faely temblaban, al ritmo de los latidos de su corazón. La palma de la mano de Cristo ardía, al contacto de la morena piel de su tía. Podía sentir el pulso enterrado, como una veta viviente que quisiera aflorar.

― Tengo una duda que no deja de atormentarme…

― Si puedo ayudarte…

― Es que es algo muy íntimo, Faely.

― Creo que nos estamos sincerando bastante, ¿no?

― Está bien. Candy es tu ama y también la novia de tu hija… ¿Qué harías zi tu ama te ordenara meterte en zu cama, cuando la estuviera compartiendo con Zara? – preguntó con toda intención y suavidad, girando el cuello para observarla.

Faely cerró los ojos y tragó saliva. Había estado esperando esa pregunta desde hacía semanas, tanto por parte de él como de su hija.

― ¿Ahora mismo? ¿En este momento? – una vena en su cuello palpitó.

― Zi…

La mano izquierda de Faely abandonó el tejido del asiento del sofá y se posó sobre el dorso de la mano de su sobrino, aún aposentada sobre su muslo. Notó el pequeño espasmo de los dedos de Cristo al sentir su palma. Abrió los ojos y miró directamente el rostro de su sobrino. Pasó la punta de la lengua por los labios, decidiéndose a contestar.

― Obedecería. Lo haría… con mucho… gusto y deseo – susurró con voz ronca.

Y, sin apartar los ojos de Cristo, aplastó su mano sobre el muslo, tirando de ella lentamente. Cristo sintió la presión y como su mano era atraída muslo arriba, sin titubeos. Podía contemplar la determinación y el deseo en el rostro de Faely. No presentó resistencia alguna, dejándose llevar. Su mano traspasó la frontera de lo adecuado al deslizarse bajo el borde de la chilaba. Notó como los muslos de su tía se abrían, ofreciendo su oculto nexo al lanzar sus caderas hacia delante. Faely gruñó sordamente cuando su sobrino palpó la prenda íntima, totalmente mojada. No hubo dudas que Faely estaba excitadísima con todas aquellas preguntas; sobre todo con la incestuosa idea de yacer con su ama y su hija, una pecaminosa idea que constituía su última fantasía para masturbarse por las noches.

La mujer pegaba el brazo doblado de Cristo sobre sus senos, haciendo que el codo masculino rozase contra su pezón derecho, endureciéndole como nunca. Los dedos que mantenía contra su tapado sexo eran tan cálidos que inflamaban toda su entrepierna. El tímido movimiento que ejercían sobre la vulva, la enardecían con un tremendo desasosiego. Parecía que nunca nadie la hubiera tocado ahí, y que, en ese momento, se disparasen todas las sensaciones placenteras, por primera vez.

― ¿Tan caliente te pone eza idea?

― Ssssiiiiii…

― ¿Lo del insesto?

― Mmmmm…

― Joer, tita… ¿también conmigo?

― Mmuuucho…

― Tita Faely… eres una guarra putona, de tomo y lomo, ¿lo sabes, no?

― S-ssiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii… — la vagina de Faely se contrajo con un fuerte espasmo de placer. No llegó a ser un orgasmo, pero la hizo temblar.

Cristo se giró sobre ella, apretando sus mejillas con su otra mano. Sin soltarla, se arrodilló, alcanzando así el delicioso hociquito que se formó la presión y besuqueándolo. Finalmente, cabalgó el regazo de su tía, introduciendo la lengua entre sus labios. Faely aspiró aquella intrusa de carne húmeda y la degustó con placer. Jadeaba al sentir las pequeñas manos de su sobrino apretarle los senos con malicia. Los estrujaba y amasaba como si hubiera encontrado el mayor tesoro del mundo.

Lentamente, la boca de Cristo fue bajando. Primero la barbilla, luego el suave cuello, más tarde los erguidos pechos. No parecía importarle que la suave tela de la chilaba tapase la piel de su tía. Aspiraba, lamía y besuqueaba con la misma pasión que si estuviera desnuda.

Finalmente, abandonó el regazo de Faely para arrodillarse en el parqué. De esa manera, atormentó el oculto ombligo y descendió la profunda garganta de las ingles.

Faely se quejaba con gemiditos ansiosos y no pudo aguantar más. Pellizcó los laterales de la chilaba, a la altura de sus caderas, para tironear de la tela hacia arriba, recogiéndola sobre la cintura. Se abrió totalmente de muslos, dejando sus braguitas a la vista, bellamente mojadas.

― ¿Quieres que me coma este coño insestuozo? ¿Crees que te lo mereses? – le preguntó Cristo, aferrando la cinturilla de las bragas.

― Por favooooooooor…

Las bragas se deslizaron piernas abajo, mostrando, por primera vez, el sexo de su tía Faely. Era un coño gitano, oscuro por fuera, aunque depilado, salvo una estrecha tira que partía su pubis en dos. Un coño gaditano, un coño del clan Armonte, civilizado y cosmopolita. Algo difícil de encontrar. Era un coño precioso, de hembra ardiente y entregada; de lágrima lubricada y aroma hogareño.

Cristo hundió su boca en él, tragando cuantos efluvios pudo encontrar, succionando su inagotable humedad, devorando carne pecadora con ansias irrefrenables. Faely chilló, atormentada por el ímpetu que su sobrino mostraba. Sus caderas ondularon, preparándose para un orgasmo tan anunciado. Sus manos se apoderaron del ondulado cabello de Cristo, buscando un buen asidero para intentar cabalgar la explosión que amenazaba con brotar.

Nadie la había lamido con tantas ganas y fervor, con tanta entrega a su carne. Ni siquiera su adorada ama… Botaba sobre el sofá, irremediablemente, sin control, con la boca abierta y sin importarle la baba que se derramaba por la comisura. Era una gitana gozando, una Romaní experimentando el más sagrado de los gozos, una hembra buscando su satisfacción. Con un último espasmo, apretó sus caderas contra la boca de Cristo, agitándolas un poco, y tironeó de su pelo fuertemente.

― Diooooosssss de mi almaaaaaaaaaaaaaaahhhhhaaa… m-me corrooooooooooooo – gimió, soltando la expresión en español.

Cristo se puso en pie y, con una sonrisa de suficiencia, contempló el cuerpo de su tía, que se había desmadejado sobre el sofá. Tenía los ojos cerrados y aún jadeaba. Los dedos de una mano acariciaban la tela del sofá y las bragas aún se sostenían en uno de sus tobillos, olvidadas. Cristo se acercó a la mesita auxiliar, donde se ubicaban los licores. Ambos se merecían un trago fuerte. Sirvió un par de culos de Bourbon y llenó un gran vaso de agua. Ofreció primero el agua. Su tía bebió con ganas y él terminó el vaso de un buche. Después, le entregó uno de los vasos anchos.

― Vamos a brindar, Faely.

― No sé si debemos hacerlo – balbuceó ella, un tanto arrepentida tras la locura.

― Vamos a brindar por nozotros, por el polvo que te voy a echar ahora, y por las locuras que haremos a partir de este momento – dijo él, con toda determinación, lo que anuló cualquier protesta.

Se acabaron el licor de un trago. Cristo le dio la mano para levantarla del mueble. Ella agitó una pierna para dejar las bragas en el suelo y siguió a su sobrino hasta su propia cama, tras el biombo.

― Arrodíllate en la cama, el cuerpo inclinado, los brazos extendidos – le ordenó él, con un tono que no admitía excusas.

Mientras Faely le obedecía, Cristo rebuscaba un par de pañuelos de seda en los cajones. Con ellos, tras sacarle la chilaba por la cabeza y dejarla totalmente desnuda, le ató las manos al cabezal, manteniéndola de rodillas y con las nalgas alzadas.

― ¿Tienes una fusta en casa?

― No.

― ¿Algo para azotar?

― No. Todo está en casa de mi ama…

― Mal hecho – musitó Cristo, fijándose en los abanicos que adornaban una de las paredes.

Eran abanicos que Faely había utilizado en sus diferentes actuaciones, cuando viajaba con la compañía. Entre ellos, una caña sevillana estaba expuesta, con mango de cuero; una de esas cañas que llevan la alegría a las palmas de los cantaores, doblándolas con eficacia y pareciendo que hay mucha más gente palmeando. Una caña larga y hendida que podía servir perfectamente de fusta. Con una sonrisa, Cristo se subió sobre la mesita que había debajo de la panoplia y la descolgó.

Faely se mordisqueaba el labio, mirándole con el cuello doblado. La excitación había regresado a su cuerpo, como si el orgasmo de antes no hubiese existido. Imaginarse lo que su sobrino pretendía con aquella caña no ayudaba a tranquilizarla. Temblaba nerviosamente, esperando sentir el dolor que necesitaba.

― Creo que estás falta de diziplina, ¿no es sierto, guarra?

― Hace tiempo que no me han azotado.

― Quizás es por ezo por lo que tienes dudas zobre todo este azunto.

― Si.

― ¿Zi, qué?

― Si, mi señor.

― Vas tomando perspectiva. Verás, tita… te has quedado zola y nesezitas un punto de apoyo; alguien que te indique por donde debes tirar… Yo voy a zer eze apoyo, ¿quieres?

― Si, señor.

― No zeré tu amo, ni nada de ezo, pero me tendrás a tu lado, dirigiéndote. Una mujer como tú no puede quedarze azí, olvidada y mal follada. ¡Es un desperdizio! ¿No crees?

― Por supuesto, señor – exclamó Faely, sintiendo como la alegría la desbordaba.

― Buscaré una forma de zatisfaser ese inzano dezeo insestuozo. ¿Quién zabe? Puede que tengas una oportunidad de yaser con Zara… Además, te zometeré para controlar tus impulsos, a veses con dolor, a veses con amor. Azí mismo, podré entregarte a quien me parezca, zi lo conzidero nesezario. ¿Aseptas?

― Si, señor, lo acepto todo…

― Bien, vamos a firmar eze acuerdo con dolor, putón.

La caña silbó y se estrelló sobre los glúteos expuestos de Faely, quien se mordió los labios, reprimiendo el grito. Se dijo que aguantaría el castigo sin gritar. La habían azotado con fusta y con látigo, antes. Una caña de palmas, estrecha y hendida, no sería tan duro, pensó.

Cristo no pegaba con demasiada fuerza, pero si con intención. Repartía los cañazos con sapiencia, buscando lugares del cuerpo donde dolieran más, asentando perfectamente cada golpe, y espaciándolos para que Faely experimentara todo el dolor.

Cuando llegó a la docena de golpes, los gemidos de Faely se convirtieron en exclamaciones, y luego, en gritos. Cristo se detuvo, preocupado por lo que pudieran escuchar los vecinos. No tenía ningún deseo de que la policía metropolitana se personara en el loft. Tomó otro pañuelo del cajón y buscó las bragas usadas de su tía. Se las metió en la boca y anudó el pañuelo encima, formando una mordaza.

― Puta escandaloza…

Y siguió con su cuenta particular, cañazo tras cañazo. Los dejó caer en la parte trasera de los muslos, en la planta de los pies, en las nalgas y en el interior de la entrepierna. En la baja espalda, en los hombros, en los flancos, debajo de los senos, sobre los pezones, y sobre el vientre.

― ¡Sincuenta! – exclamó y se detuvo. La caña estaba rota y colgaba de un tirajo.

Desató la mordaza y le sacó la braga. Faely se relamió con disimulo, degustando su sabor, entre jadeos. Todo su cuerpo temblaba y estaba surcado por rayas rojizas, casi en toda su extensión. A pesar de no ser un experto, Cristo había demostrado que sabía ser duro. Sería un buen freno para ella. Se sentía orgullosa de haber soportado cincuenta cañazos y estaba dispuesta a agradecérselo a su sobrino. Cristo tenía razón; las dudas habían desaparecido.

― Ze te ha quedado el culo presiozo. Perfecto para que te zodomise – le dijo, metiéndole dos dedos en la boca, que ella succionó fervientemente.

Cristo se desnudó bajo la mirada de su tía. Ésta contempló la pollita erguida y le pareció encantadora. No parecía para nada infantil, salvo en su tamaño. El glande era notorio, grueso y bien definido, sin piel. El tallo corto, pero grueso. No la llenaría mucho, pero, sin duda, la sentiría entrar. Cristo usó los efluvios de su vagina para lubricar y dilatar el ano femenino. Faely no era virgen, analmente hablando, pero tampoco era una entrada habitual para sus relaciones.

― Hay que ver como chorreas, Faely, como una fuente…

Tras estas palabras, Cristo se la introdujo de un golpe, arrancándole una exclamación. Estaba gozoso de verse trajinando entre las apretadas nalgas de su tía. Siempre le habían parecido lo mejor de su cuerpazo y ahora estaba embistiendo en su interior. Su esfínter le apretaba la polla fuertemente. Incrementó su ritmo, volcado sobre la espalda de la mujer.

― ¡Peazo de puta gitana! ¡Vas a zer mía pa los restos! ¡Te voy a estar follando día y noche, y luego dejaré que los bazureros te follen otro poquito más! – murmuraba, con la cara apoyada sobre sus omoplatos.

Faely jadeaba, plenamente entregada ante aquellos insultos. El pene de Cristo excitaba su esfínter, gozando con el doloroso goce. Se corrió débilmente, cuando los dedos de su sobrino pinzaron su clítoris y lo sacudieron, de un lado para otro. Seguidamente, con un susurrado “¡Perraaaaaa!”, Cristo se corrió en su culo.

Durante un minuto, Cristo se quedó tumbado sobre aquella espalda que parecía poder sostenerlo para siempre. Sus manos juguetearon con los poderosos senos, a los que apenas había prestado atención durante la lucha sexual, y pellizcó bien los pezones. Se divirtió con los gemidos que arrancó a su tía.

― No te creas que hemos terminado, tita. Zoy un tipo mu conziderado. Pretendo que ninguna mujer ze olvide de mí, como zea. En tu cazo, he penzado que aguantarás un buen puño en el coño. ¿Te han hecho alguna vez un fist fucking?

― N-no… jamás – dijo ella, temblando esta vez de miedo. — ¿Me dolerá?

― Te voy a destrozar, puta… ¡Jajajaja!

Cristo desató los pañuelos que sujetaban a la mujer y la obligó a girarse. Quedó boca arriba, con las piernas abiertas, y el rostro rojo de vergüenza.

― Voy a meter todo mi antebrazo en eze coño hinchadito. Ya verás. Va a zer una gozada. Te mearás con él dentro – le susurró mientras metía la almohada bajo sus nalgas, para elevar su pelvis.

― P-por favor… Cristo… me destrozarás…

― No lo creo. El coño de una esclava da mucho de zí. Mira, voy a comprobar el camino con este – le dijo, enseñándole el dedo índice.

Faely se abrió de piernas por su propia voluntad, sintiendo como sus rodillas temblaban por la ansiedad y el miedo. Tenía el coño chorreando, solo por escuchar las guarradas que su sobrino le susurraba. ¿Es que ella era tan perra como para degradarse así? Su ama la había azotado e insultado en muchas ocasiones… pero debía que reconocer que Cristo tenía algo de razón. El incesto aumentaba el morbo y la excitación. Era su sobrino quien la trataba como una degenerada; sangre de su sangre.

El dedo penetró su vagina, hurgando como una ciega lombriz en su interior. Cristo le sonrió, mirándola directamente.

― Esto parese un bebedero de patos, tita. Ya veo que quieres que añada un zegundo dedo…

― Si, señor, lo que prefiera – se animó ella a decir.

― Ezo, ahora unimos el dedo corazón. Azí, bien adentro.

Faely gimió al sentir los dos dedos traspasarla, pero no quiso cerrar los ojos, aguantando la mirada de Cristo. Éste, como si pudiera leerle la mente, agitó los dos dedos, adelante y atrás, aumentando el placer de ella.

― ¿Qué hay de un terser dedo? ¿Lo intentamos, querida?

― S-si, si… señor… uno más.

Con cuidado, Cristo introdujo los tres dedos, añadiendo el anular, y cuando estuvieron dentro, los abrió como un abanico, haciéndola chillar.

― Hay que despejar el camino, tita querida – musitó, sonriendo y mirándola.

Faely tenía la boca entreabierta, en un ambiguo gesto de sufrimiento. Le lagrimeaban los ojos y sus mejillas estaban encendidas. Las delineadas cejas se curvaban en un mudo ruego que divertía a Cristo. Él mismo no sabía qué había activado esa crueldad que siempre había procurado esconder bajo capas y capas de engaños. Cristo no disponía de un cuerpo adecuado para mostrarse cruel, al menos, sin estar en una posición de ventaja. Pero con Faely no necesitaba ser poderoso; ella se entregaba voluntariamente a ser humillada y golpeada. Esa malsana parte de él, siempre reprimida, siempre ocultada, ahora surgía con fuerza, sintiéndose más y más segura, a medida que producía daño y humillación.

Ni siquiera tenía que ver con el sexo, pues su pene permanecía menguado e inactivo. Era otra sensación que no podía identificar, fuerte y salvaje, que se extendía desde su pecho, acalorando todo su cuerpo, salvo su mente. Su cerebro estaba frío y completamente en calma, como si estuviera echando cereales en su bol, para desayunar, en vez de estar estrujando una vagina humana.

― ¿Te atreves con el cuarto dedo? Esta vez no los abriré. Te lo prometo.

Su hermosa tía asintió con la cabeza, jadeando solo con pensarlo. Cristo unió los dedos, formando una lanza y plegando el pulgar sobre la palma de la mano.

― Quieta, putita mía. Zeré cuidadoso. Azí, lento, lento… – los dedos entraban, poco a poco, tragados por aquel avaricioso coño. – Zé que te cabrán todos. Por aquí zalió mi prima Zara, tan mona y tan grande. ¿Qué zon unos dedos en comparasión? Dime, tita, ¿qué me dises de Zara? ¿La dejarías que te hisiera esto zi tu ama ze lo pidiera?

Faely le miró, con los músculos de su cuello apretados por la presión que le separaba las paredes vaginales. Aguantaba la respiración, intentando no gritar. Los dedos habían entrado hasta el nudillo doblado del pulgar.

― A ver, tita… ¿es que no puedes responder? ¿Ze te ha ido la voz tan zolo con cuatro dedos dentro?

― ¡SSSIIIIIII! ¡LO ACEPTARÍA! ESTOY DESEÁNDOLO… — acabó gritando, al expulsar el aire de sus pulmones.

― Oh, zi, eres toda una buena guarra, que va a aseptar el puño entero, ¿verdad?

― ¡Si! Si, si… hazlo… mete todo el puño, señor… — jadeó su tía, enloquecida.

Sin sacar los cuatro dedos de la vagina, los estrechó cuanto pudo, montando el corazón sobre el índice, y el meñique sobre el anular. Una vez conseguido esto, enderezó el pulgar e hizo que se conectara a la punta de los demás dedos, formando así algo parecido a un capullo de flor, con los pétalos de carne cerrados.

Con el puño a medio cerrar, Cristo empujó, centímetro a centímetro. Su mano desaparecía en el interior de aquel coño antropófago mientras Faely apretaba los dientes y gruñía. Estaba perlada de sudor, tanto en su frente como entre sus pechos y en las ingles. Su sobrino la estaba llevando hasta límites insospechados que no creyó alcanzar nunca.

Aún dolorida, se sentía feliz de soportar todo cuanto Cristo ideaba. La pequeña joroba que formaban los nudillos de la mano de su sobrino acabó por colar, dejándole una enorme sensación de alivio. Gracias a Dios, las manos de Cristo eran pequeñitas, de dedos cortos y ágiles. Notó como esos susodichos dedos cambiaban a una nueva formación, en su interior. Cristo los adaptó en un puño cerrado, pero con el nudillo del dedo índice más avanzando, estilizando así la anchura de la mano.

Sonriendo, alzó la cabeza y la llevó lo más cerca que pudo del rostro de su tía. Aquellos ojos lujuriosos y alegres hicieron que Faely pensara en el diablo, estremeciéndola.

― ¿Aún te cabe más, tita? Creo que empujaré un poco más, ¿no te parece?

― M-me vas… a… reventar… señor…

― Pero eso es lo que tú quieres, ¿no? Reventar de gusto, como la cerda que eres… desmayarte de placer, con mi puño metido en el coño, pero… si te asusta… Está bien, sacaré la mano y…

― ¡No, no la saques, mi señor! Por favor… sigue… más adentro…

― Ah, cuanto te quiero, tita.

Y empujó, una, dos, tres veces más, tocando la cerviz y el útero con sus nudillos. Faely se encontró con medio antebrazo de Cristo enterrado en su sexo y, para soportar aquello, chilló y berreó, sin poder mover las caderas. Cristo parecía beberse aquellos gritos, mirándola atentamente, la boca entreabierta dispuesta muy cerca de los labios de su tía.

Junto con la tremenda presión en su vagina, llegó el primero de los orgasmos gordos; esos de los que todos hablaban pero que nadie había experimentado. Decían de ellos que eran un mito urbano, una falacia inventada por los escritores de relatos eróticos. Ni siquiera tuvo que tocarse el clítoris. Lo notó subir desde los riñones, recorriendo toda su columna y estallando en alguna parte de su nuca.

El flujo se desató, mojando la mano de Cristo, deslizándose por su muñeca, buscando empapar aún más la vagina de Faely. Los gritos de la mujer se cortaron bruscamente y tensó su cuerpo, preocupando por un momento a su sobrino, hasta que pudo comprobar que solo se estaba corriendo de una forma sublime.

― Ezo, tita, es tu recompensa. Disfrútala, serdita…

Faely gemía y se agitaba, empalada aún por el puño. Cada espasmo que recorría su pelvis, desataba una respuesta involuntaria, una oleada de placer que convocaba un nuevo orgasmo. No podía detenerse. Era como la bola metálica de un pingball, impulsada de un lado a otro, activando reacciones sobre las que no tenía control. Hasta tres orgasmos devastadores la traspasaron, haciendo que perdiera el control de su vejiga cuando Cristo sacó el puño. Junto con un alarido liberador, un largo y potente chorro surgió, incontenible, empapando la ropa de la cama.

― Basta, para ya… p-por favor… Cristo… no puedo… más…

Supo que era cierto al escuchar su nombre brotar de los labios femeninos. Faely estaba derrotada, domada, amansada de una forma que jamás sintió, que nunca creyó que pudiera sentir. Se durmió en los brazos de su sobrino, musitando palabras agradecidas, tiernas e incomprensibles silabas de gratitud.

Acariciando distraídamente los erectos pezones de su tía, Cristo pensó en la extraña historia en que se estaba metiendo. ¿Es que acaso le gustaban las dificultades amorosas? Primero, un transexual con el que empezaba a sentirse a gusto. Después, se queda colgado de una supermodelo que podría fregar el suelo con él, en cualquier momento. y, ahora, para ganar el premio gordo, domina totalmente a su tía carnal.

¡Tenía que ir a que le miraran el cerebro!

CONTINUARÁ….