SECRETARIA PORTADA2La historia secreta de tía Faely.

Nota de la autora: Quedaría muy agradecida con sus comentarios y opiniones, que siguen siendo muy importantes para mí. Pueden usar mi correo: janis.estigma@hotmail.es

Gracias a todos mis lectores, y prometo contestar a todos.

Sin títuloEl móvil de Cristo empezó a vibrar justo cuando Rosetta di Santos estaba a punto de quitarse el tenue blusón que cubría sus gloriosos pechos, bajo la sugerencia del fotógrafo.

― ¡Joder! ¡Pa una vez que me dejan pasar! – dijo, echando un último vistazo a la espléndida modelo argentina, de ascendencia italiana, antes de salir al pasillo. — ¿Si?

― Cristo, soy yo, tía Faely – la voz sonó ronca y un tanto ansiosa.

― ¿Qué paza, tita? Te noto mu rara…

― ¡Lo va a hacer! ¡El cabrón no quiere esperar más! – el auricular reverberó con la intensidad de su chillido.

― Calma, tita… Respira… cálmate… cuenta hasta diez…

Tras unos segundos, la mujer volvió a hablar, considerablemente más calmada.

― Tenemos que vernos, Cristo. El chantajista no me da más tiempo.

― ¿Me lo vas a contar todo?

― Si, Cristo. No más secretos. Quiero conocer tu opinión antes de hablar con Zara.

― Vale. Luego, nos vemos en casa.

― ¡No! ¡Ahora! Podríamos tomar un café y hablar…

Cristo miró el reloj de su muñeca. Apenas era mediodía.

― Tita, ¿Qué tal zi me esperas ante la parada de metro del Lincoln Senter? Iremos a comer algo al Sentral Park…

― Perfecto. voy a hablar con el jefe de estudios y voy para allá.

― Hasta ahora – dijo Cristo, cortando.

La cosa tenía que estar muy chunga cuando tía Faely iba a fumarse unas clases. Le comunicó a Alma que iba a salir antes para comer y caminó hasta la cercana boca de metro. Tuvo suerte y quince minutos más tarde, se encontraba con su tía, sentada en uno de los bancos de la gran plaza. Sin más palabras, Cristo se cogió del brazo de su tía y pasearon la 66th abajo, hacia el gran parque.

― Has llegado rápido – dijo ella.

― Le he dao un billete de veinte pavos al conductor del metro.

Tía Faely sonrió, a pesar del abatimiento que mostraban sus ojos. Lo atrajo contra ella, enterrando el rostro de Cristo entre sus firmes senos, tan solo cubiertos por el sujetador y un fino jersey oscuro.

― Siempre consigues hacerme reír.

― Venga… vamos a pazear. Hase un día de cojones…

Era cierto. El día era perfecto para pasear. Finales de abril, con un sol primaveral que calentaba sus rostros. Tomaron uno de los senderos que les traería, tras un buen rodeo, de regreso al mismo punto. La caminata estimularía el apetito.

― Empieza desde el principio, tita.

Faely suspiró y posó una de sus manos sobre la que mantenía su sobrino en el hueco de su brazo.

― Todo empezó un par de años tras mi divorcio. Salí muy tocada de todo aquello…

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Faely quiso mucho a Jeremy, su esposo; con una intensidad que la subyugó fatalmente; si bien, Jeremy supo aprovecharse sobradamente de la educación chovinista que Faely tuvo en el clan. Cuando ya no pudo más y se divorciaron, siguió dependiendo de sus martirizadores sentimientos de culpabilidad. Se echaba toda la culpa del fracaso de su matrimonio, cuando, en realidad, se debía al libertinaje de Jeremy.

A través de una amiga, consiguió un puesto temporal en la escuela Juilliard como profesora de arte flamenco. Allí conoció a Phillipe, que, enseguida, se convirtió en un compañero comprensivo y de confianza. Escuchaba atentamente sus cuitas depresivas y aportaba soluciones ingeniosas, fáciles de seguir. Por otra parte, gracias a él, consiguió un puesto fijo en la afamada escuela, alternando sus clases, con otra faceta que casi nadie conocía, la moda. Faely destacó rápidamente por sus creaciones y adaptaciones para el vestuario de la escuela.

El hecho fue que la bella gitana, a sus treinta años, estabilizó su futuro laboral. Entre su sueldo y la pensión que le pasaba Jeremy, tenía de sobra para vivir y criar a Zara. Las largas charlas con Phillipe le ayudaron, psicológicamente hablando, haciéndole comprender que una mujer no tiene que estar supeditada a un hombre o a un clan…

Phillipe tenía cuatro o cinco años más que ella. Provenía de ascendencia francesa, pero sus padres llevaban afincados en Chile toda la vida. Estudió en Nueva York, en la NYU, y tras unos años, consiguió la residencia. Trabajó en Broadway un tiempo, pero prefería la enseñanza. Era todo un galán, apuesto y simpático, que disponía de toda la experiencia del mundo. También era el mayor hipócrita que conociera jamás.

Faely se vio arrastrada a su mundo, lentamente, hasta que solo veía por sus ojos. Cuando él lo deseaba, dejaba a Zara al cuidado de una señora, y desaparecían durante días. Fondeó en muchos ambientes extraños y bohemios, y experimentó cosas que le avergonzarían años más tarde; cosas que, en aquel momento, a su lado, le parecían exóticas y excitantes.

Pero, un día, entre clases, Phillipe le confesó, apesadumbrado, que su esposa pronto llegaría a Estados Unidos.

― ¿Esposa? – exclamó Faely, atónita. — ¿Estás casado?

― Si, un matrimonio de conveniencia.

― ¿Por qué no me lo has contado antes? – el tono de Faely era seco y algo histérico. Retorcía sus manos, sin querer.

― No era importante. Apenas se merece tal consideración… Tan solo es un matrimonio por poderes.

― ¿Qué?

― Fue un arreglo entre familias, acordado hace años. Un rico hacendado necesitaba apellidos ilustres y mi familia, por su parte, requería una inversión. Me casé con Julia cuando ésta tenía tan solo trece años. Yo había terminado mis estudios en Nueva York y buscaba trabajo. Ni siquiera tuvimos noche de bodas. Ella siguió viviendo con sus padres y yo regresé de nuevo aquí, pero, esta vez, con dinero en el bolsillo.

― ¿Tan ilustre es tu apellido?

― La familia Marneau-Deville procede de la misma estirpe de Luis XVI y poseemos el título de marqueses de Avignon – le explicó, muy orgulloso de su genealogía. – Esta situación es algo normal entre aristocracia y nuevos burgueses. Cada una de las partes consigue lo que desea.

― ¿Ves a tu esposa?

― Una vez al año, cuando regreso a Chile, por vacaciones. Desde hace un par de años, ambas familias nos presionan para tener un vástago, para gloria y continuación del apellido familiar.

― ¿Y ahora por qué viene tu esposa? – barbotó Faely, sintiendo que las lágrimas le quemaban.

― Su padre no está dispuesto a esperar más. Está enfermo y quiere asegurarse de ver a su descendencia antes de morir. Tanto mi padre como mi suegro, han decidido que ya es hora, y envían a Julia a vivir conmigo un tiempo. No quiero decirles que me hice una vasectomía al cumplir los treinta. No tendré nunca hijos.

― ¿Entonces?

― Tendré que pensar en algo – dijo él, abriendo las manos y sonriendo, con esa irónica pose tan suya.

Faely sentía bullir su interior, en una mezcla de decepción, rencor e ira. Se sentía traicionada, dolida, y le recriminó su silencio, pero, en el fondo, sabía perfectamente que todo era inútil; una mera pataleta. Cuando Phillipe se acercó a ella, dos días después, durante el almuerzo, y le dijo al oído que tenía algo en mente, la alegría la desbordó.

― Pasado mañana, iremos al JFK a recoger a mi esposa. Llega en un vuelo desde Argentina – le dijo como si tal cosa, mientras aliñaba su ensalada.

― ¿Por qué tengo que ir yo?

― Porque eres mi novia, mi chica. Tendré que presentaros, ¿no? – se asombró él de la pregunta.

No supo qué contestarle y Phillipe se negó a hablar más sobre el tema. Faely no conocía ni siquiera la edad que tenía Julia. Esperó, a su lado, casi mordiéndose las uñas, mirando el rostro de cada mujer que surgía a través de las puertas acristaladas de la terminal, y preguntándose qué es lo que pretendía Phillipe al traerla. Finalmente, apareció, arrastrando dos maletas. No tenía más de veinticinco años, muy morena, con unos rasgos latinos muy hermosos, y unos grandes ojos del color de la miel, preciosos. Se detuvo ante él, con la frente baja y solo musitó: “Aquí estoy, mi Señor”.

“¡La madre que la parió!”, pensó Faely al escuchar aquella frase.

Phillipe le dio un suave beso en la frente e hizo las presentaciones entre las mujeres. Recalcó que Faely era su novia americana y la latina miró el rostro de la gitana, durante unos segundos. Después, volvió a agachar la mirada, como si aceptara la situación. Faely se sentía muy violenta y sorprendida por tal sumisión. Ella misma estaba acostumbrada a obedecer a los hombres, por su educación, pero eso no quitaba que, antes de doblegarse, pudiera montar un pollo tremendo. De hecho, recordaba muy bien a la máma amenazando al pápa Diego, entre gritos y sartenazos, cuando se emborrachaba.

Pero aquella chica aceptó cuanto le dijo su esposo, casi con placidez. Había que comprender que Faely aún no conocía nada sobre el juego de dominación y sumisión. Ella, a su manera, era una mujer domada por las tradiciones, y no podía entender como una mujer podía entregarse, de aquella forma tan humillante.

Llevaron a Julia al apartamento de su marido. Phillipe vivía en Harlem, en un apartamento de la 118th Oeste. Faely había estado en alguna ocasión, aunque la tónica general era tener sus encuentros en casa de ella, cuando Zara se dormía. Era un apartamento mediano, de dos dormitorios, un vasto estudio, y un living con cocina. Phillipe indicó a Julia cual era su habitación y dejó que la mujer deshiciera sus maletas y se instalara.

Una vez a solas, Faely abordó a su amante.

― ¿Siempre es así de obediente?

― Por supuesto. Ese era su cometido cuando la casaron conmigo: servirme a mí y a su familia.

― Pero… ¡es como una esclava!

― Exactamente. Es una esclava, de ahí que no te tengas que preocupar por cuales son mis sentimientos hacia ella – sonrió él, con picardía.

Phillipe pretendía abrir una botella de champán para celebrar la llegada de su esposa, pero Faely se inventó una excusa, y regresó a su casa. Se sentía violenta. Aquella sumisión, de la que hacía gala Julia, la tenía trastornada. Además, aquella latina era realmente hermosa…

Al día siguiente, durante el almuerzo, en una pequeña cafetería frente al Lincoln Center, Phillipe le propuso cenar el fin de semana en su apartamento.

― ¿Los tres? – inquirió ella, mordaz.

― Por supuesto. Hay que estrechar lazos.

― ¿A qué juegas, Phillipe?

― ¿A ser un buen esposo? – respondió él, con otra pregunta.

― Me siento violenta en su presencia.

― De eso trata esa cena, de limar asperezas y conocernos todos mejor.

Ni que decir que Faely no tardó demasiado en ser convencida para asistir. No sabía negarle nada a Phillipe.

A sugerencia de su amante, Faely se arregló espectacularmente aquel sábado. El ensortijado y oscuro cabello recogido en un grácil y alto moño, del que descendían algunas guedejas rizadas, en estudiada rebeldía. Ojos perfilados de marfil, sobre un rabioso fondo violeta, lo que hacía destacar sus oscuras pupilas, y labios teñidos de un húmedo tono rosado, que empalidecía en contraste con su tez morena. Faely estaba realmente preciosa, “matadora”, con los dos grandes aretes que colgaban de sus agujereados lóbulos y que enmarcaban su afilado y bello rostro. Un vestido de Nicole Miller, con una vaporosa caída que parecía mecer la suave tela sobre su cuerpo, hasta la rodilla, en color nácar, y unas sandalias de alto tacón, plateadas, completaban su figura. Phillipe la aduló totalmente cuando pasó a recogerla, llamándola “madame aristocrática”.

Era evidente que Faely pretendía competir con Julia, y trataba de anularla desde el primer momento. Sin embargo, se llevó una brutal sorpresa al llegar al apartamento de Phillipe, pues la latina salió a recibirles, vistiendo un brevísimo uniforme de doncella francesa. Dejaba todas sus piernas al aire, cubiertas de unas blancas medias de rejilla, con ligas al muslo. Mangas sisas dejaban sus brazos al descubierto, con las manos enfundadas en blancos guantes de gamuza. Un minúsculo delantal blanco servía más como cinturón, para amoldar el uniforme a su curvilíneo cuerpo. A través del gran escote, se podía vislumbrar una buena parte de su oscuro sujetador de encaje, bajo un gran collar de perlas que parecían auténticas. Finalmente, una pequeña cofia blanca remataba su cabeza, con su larga cabellera castaña suelta y bien peinada.

― Ese es el traje que le corresponde mientras viva conmigo – le aclaró Phillipe, ante la muda pregunta de sus ojos.

Salieron a la pequeña balconada, donde Julia les sirvió unos cócteles. Charlaron y contemplaron la oscuridad que cubría el Central Park, unas manzanas río abajo. Julia regresó y les anunció que la cena estaba servida.

― ¿No dijiste que iba a cenar con nosotros? – le preguntó a Phillipe, en un susurro.

― Y lo hará, no te preocupes. Pero, primero, nos servirá.

La redonda mesa del living, apta para cuatro personas, había sido preparada con un impoluto mantel de lino crudo y servicios para tres personas. Armada de una sopera de cerámica, Julia vertió hábilmente varios cucharones de sopa en los platos.

― Se trata de una sopa marinera chilena, llamada ajiaco – la informó Phillipe. – Ésta, particularmente, lleva almejas machas y congrio, así como pan tostado y almendras.

Faely aspiró el aroma y sonrió.

― Huele rico. En mi tierra natal también se preparan sopas de pescado y marisco. Hace mucho que no pruebo una…

― Pues adelante – invitó él con un gesto. – A comer todos.

Tras servir los platos, Julia se sentó en una silla y tomó lentas cucharadas del caliente líquido, con una elegancia silenciosa y encantadora. Phillipe hizo un par de chanzas sobre el próximo proyecto dela Juilliard, a lo que contestó Faely, pero Julia no abrió la boca, solo sonrió.

Acabaron con la rica sopa y la latina se puso en pie, retirando los platos vacíos. Trajo dos platos bien decorados, con carne mechada al curry y guarnición de diminutas patatas asadas. Retrocedió hacia el fregadero, donde tomó un cuenco de plástico azul. Cuando se acercó a la mesa, Phillipe le dijo:

― Al lado de Faely, ella te alimentará.

Julia asintió en silencio y, ante los ojos asombrados de la gitana, depositó el cuenco en el suelo, a un lado de la silla de Faely. Acto seguido, la latina se arrodilló en el suelo, apoyando sus nalgas sobre los talones, la vista baja.

― ¿Qué…? – miró a su amante, desconocedora del significado de esa pose.

― Ese cuenco es para las sobras. Lo que no te guste o sobre en tu plato, dáselo a ella. Lo devorará como una buena perrita.

Las manos de Faely temblaron. La degradación de Julia llegaba mucho más lejos de lo que ella se creía. No solo era una esclava, sino que era, básicamente, una perra humana; un animal entrenado para el vicio de su amo.

― ¡Phillipe! ¡No puedo dejar que…!

― ¿Si, querida? – lo dijo con una sonrisa, pero su tono fue tan neutro y frío, que cortó, de cuajo, la protesta de Faely.

― No puedes dejar que… se postre así… ante mí… — susurró, finalmente.

― Si puedo. Lo mejor que puedes hacer es disfrutarlo, querida. Ahora, comamos, que se enfría.

Él empezó a trinchar sus lajas de carne, recubierta de aromática salsa. Mientras lo hacía, exhibía una sonrisa. Faely le imitó, en un intento de abstraer su mente de cuanto ocurría.

― No te sientas obligada a darle más de lo que pretendas, Faely. Julia no comerá otra cosa más de lo que nos sobre. Hay que cenar ligero para dormir bien – le dijo, con sorna.

La gaditana cortó la mitad de uno de sus filetes y lo hizo cuatro partes. Los tomó con los dedos y los dejó en el cuenco azul. Por sorpresa, la mano de Julia la tomó de la muñeca, suavemente, y lamió sus dedos manchados de salsa, limpiándoselos. Faely se estremeció al sentir el contacto de aquella lengua sobre su piel; la calidez de su boca la impresionó.

Observó, de reojo, como Julia inclinaba la cabeza hasta tomar un trozo de carne con su boca, sin utilizar las manos, y lo engullía rápidamente, con una habilidad casi felina. ¿Cuánto tiempo llevaba comiendo así?, se preguntó Faely. Demostraba demasiada costumbre…

Por su parte, Phillipe disfrutaba de las reacciones de su amante. Faely estaba aprendiendo que existían estratos muchos más profundos de implicación. Ella, que se creía dominada por los deseos de él, comprendía, al fin, que solo era la punta del iceberg. Phillipe no tenía prisa alguna por descender un peldaño más, pero había querido mostrárselo.

― Estás experimentando verdaderamente lo que vivían a diario los ricos hacendados del sur. De Georgia o de Carolina – comentó suavemente Phillipe.

― Pero… es inhumano, Phillipe…

― Solo si no es voluntario, querida.

― ¿Voluntario? ¿Quieres decir que…?

― Julia – llamó su atención — ¿qué eres?

― Su esclava, Señor – respondió ella, con un peculiar acento sudamericano.

― ¿Cómo?

― Por designio propio, Señor. Me ofrecí como esclava suya al cumplir la mayoría de edad.

― ¿Por qué?

― Por amor, mi Señor.

― Buena chica – le lanzó, rodando, una patata, que ella atrapó con agilidad. – Es la muestra de amor definitivo. Shakespeare se equivocó en Romeo y Julieta. Morir por amor no es lo más significativo, sino entregarse sin condiciones, sin esperanzas.

Faely no respondió, impresionada por cuanto estaba viendo y aprendiendo. Se limitó a cortar otro filete y dejar caer, de nuevo, la mitad en el cuenco de Julia. Sentir aquella lengua, otra vez sobre sus dedos, estremeció su cuerpo. El simple hecho de entregarle comida, enardecía su espíritu. ¿Qué le pasaba? ¿Se estaba excitando por ello?

― El postre, Julia – le pidió él, tras acabar los platos.

Julia se puso en pie, retiró los platos y sacó unos que guardaba en el frigorífico. Tarta de nueces con helado de grosellas. Delicioso, pensó Faely.

― Creo que nuestra invitada te ha alimentado bien, ¿no es cierto, Julia?

― Si, mi Señor – respondió ella, desde el fregadero.

― ¿Siendo así, no se merece una muestra de agradecimiento?

― Por supuesto, Señor.

― Entonces demuéstralo…

Julia se puso a cuatro patas en el suelo y gateó felinamente hasta meterse bajo la mesa. Faely, paralizada por la sorpresa, notó como los dedos de la latina se introducían bajo su vestido y, con mucha suavidad, le bajaban la estrecha braguita. Miró a Phillipe e intentó protestar, pero el hombre levantó un dedo, mandándola callar.

― Déjala hacer, querida.

Se removió, al notar el pulgar de la chica acariciando su coñito, arriba y abajo, suavemente. No supo en que momento se humedeció, pero tuvo enseguida el coño chorreando. Era la primera vez que una mujer la tocaba íntimamente y le daba vergüenza admitir que le estaba encantando. Sus manos se aferraron a los bordes de la mesa, buscando una sujeción que le impidiera moverse de la silla, disimulando así su placer.

Estaba soportando la mirada de su amante, quien, con una expresión divertida, seguía comiéndose su postre. Faely bajó los ojos, no solo para esconderse de la exhaustiva mirada de Phillipe, sino para obviar lo que ella misma estaba sintiendo. Las manos de Julia mantenían sus muslos abiertos y el vestido remangado. La cara interna y suave de los muslos temblaba, acoplándose al ritmo de la lengua de la latina sobre su clítoris. Las caderas rotaban de una forma casi imperceptible, aún apoyadas sobre el asiento. Un quedo suspiro surgió de los labios entreabiertos, mientras que las aletas de su nariz dilataban, siguiendo un mandato instintivo.

Aquella lengua de terciopelo la estaba anulando, degradándola completamente, como nunca sintió jamás. Aquel acto obsceno e innatural, que le arrancaba el alma a gemidos, la emputecía de una forma absoluta. Nadie la había obsequiado con una caricia con tal pericia y suavidad. Podía sentir como su orgasmo se iba amasando, entre sus riñones, engordando para convertirse en una explosión de sentidos.

Llevó su mano derecha bajo la mesa, posándola sobre la delicada cabellera de Julia, obligándola a lamer más fuerte, más profundo, más y más…

Un largo quejido brotó de sus labios, arrancando una sonrisa de su amante, quien acabó tragando la última cucharada de su postre.

― Eso es… déjate llevar, Faely… gruñe con el placer que te traspasa – susurró el hombre.

Al borde del orgasmo, la gaditana tomó una bocanada de aire y apretó los dientes, la pelvis temblando como un flan. Sus glúteos se tensaron, las rodillas se aflojaron, su mano empujó aún más el rostro de Julia contra su sexo. El orgasmo la alcanzó, con todo el empuje de un choque eléctrico que subió por su columna. Dejó escapar el aire que retenía en sus pulmones mientras sus caderas se convulsionaban. Con la boca entre los apretados muslos de Faely, Julia se quejó de la presión que la retenía, pero nadie le hizo caso.

Phillipe contempló, divertido, a su amante. Faely lucía una expresión digna de que un ilustre pintor la hubiese plasmado para la posteridad. Los ojos cerrados, las mejillas arreboladas, los labios entreabiertos, las manos apretando fuertemente los bordes de la mesa… Faely se corría como jamás lo había hecho.

― Acábate el postre, querida – la voz de su amante le hizo abrir los ojos, tras lo que pareció una eternidad.

Phillipe la miraba, luciendo una suave sonrisa. Julia había abandonado su lugar bajo la mesa y estaba atareada en el fregadero, de espaldas a ellos. Faely trataba de recuperar su aliento y su compostura. Sus dedos aún se aferraban a la mesa y tenía las piernas abiertas y flojas, bajo la cubierta de madera.

Parpadeó y tomó la cucharilla. En silencio, atacó el trozo de tarta que quedaba en su plato. No se sentía con ánimos de comentar nada con Phillipe. De todas formas, él parecía saber lo que ella había sentido, ¿de qué servían las palabras, en un momento como ese?

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― A partir de ese momento, mi vida cambió radicalmente – susurró Faely, sentada con su sobrino en uno de los bancos de madera. — Si antes me había visto supeditada a los caprichos de Phillipe, entonces fue cuando dependí totalmente de él. Con cualquier excusa y a la mínima ocasión, me empujaba a los brazos de Julia, como una forma de recompensa que, en sí, no era más que una excusa para envilecerme aún más. Muchas veces, Phillipe disponía de su esclava delante de mí, sin esconderse. La tomaba en cualquier instante, como un niño usa uno de sus juguetes durante unos minutos para, luego, abandonarlo en un rincón de la casa. Eso era Julia para él, un mero objeto de decoración, un trozo de carne cálida que podía degustar a placer.

― ¿Y zoportabas todo ezo? – preguntó Cristo, algo sorprendido.

― Estaba obsesionada por todo lo que me hacía sentir. En aquel tiempo, no me daba cuenta, pero yo era otra víctima. Phillipe compartió a Julia conmigo, organizando el consabido trío, solo en contadas ocasiones. No parecía ser de su absoluto gusto, por lo que pude observar, pero no demostraba ningún escrúpulo por cedérmela, cuando quería. Créetelo, sobrino, yo quería… Por Dios, que lo deseaba…

― ¿A qué te refieres, tita?

― Cuando me quedaba a solas con Julia, me portaba de una manera algo irracional, un tanto iracunda; lo que me llevaba a ser agresiva y cruel con ella. No disponía de ella, como dueña, sino que trataba de vengarme, por celos o despecho, ¿Quién sabe? Algo en ella me enervaba, me soliviantaba, volviéndome ladina y mezquina en mi trato.

― ¡Tita! – exclamó Cristo, recriminándola.

― Al paso de los meses, descubrí la verdadera causa de mi comportamiento: sentía envidia de ella.

― ¿Envidia?

― Intenté muchas veces comprender la causa de experimentar tal sentimiento, pero no llegué a conclusión alguna. No encontré una explicación lógica y pausible para ello; tan solo sentía envidia de cuanto sabía y conocía Julia. Me sentía celosa, en cierta manera, de la intimidad que disponían esclava y amo; un grado que yo no había alcanzado, en absoluto. A cada día que pasaba, más y más preguntas se agolpaban en mi mente, referentes a toda esa extraña disciplina. Quería conocer y experimentar, al igual que Julia lo hacía; quería sentir la firme autoridad de alguien que se ocupara de cada una de las decisiones a tomar; deseaba abandonarme totalmente a su voluntad.

― ¿Acazo eres…? – musitó Cristo, comprendiendo finalmente.

― Aún no estaba segura de nada, solo era una súbita obsesión que nació en mí – suspiró la mujer, enderezando la espalda y echando un vistazo a su alrededor. – El hecho es que no tardé en confesarme con Phillipe, quien, por supuesto, no tuvo ningún reparo en cerrar totalmente la argolla de la esclavitud, en torno a mi cuello.

― Era algo cantado, para cualquier espectador. Phillipe paresía llevar ya tiempo anulándote, pero, ya ze zabe, el cornudo es el último en enterarze.

― Muchas gracias por tu comprensión, sobrino – dijo ácidamente Faely. – Para mí, la cosa no fue nunca tan evidente, ni pude distinguir los distintos matices de mi entrega. El hecho fue que me entregué totalmente a mi amante, como otra de sus esclavas. Hasta entonces, nunca me imaginé lo cruel y déspota que era Phillipe en realidad. Fue una larga caída a un pozo sin fondo, en donde fui perdiendo, una tras otro, mis ideales, mis anhelos y sueños. Lo primero que perdí fueron mis derechos sobre Julia, quien, de la noche a la mañana, se transformó de una sumisa callada, en una dominadora posesiva. Phillipe me obligaba a permanecer en su apartamento, toda la semana, y tan solo me permitía visitar a mi hija, una vez por semana. Zara estaba a cargo de una institutriz que se había instalado en nuestra casa.

― Joder…

― Soporté las crueles revanchas que Julia me imponía, desde azotes a humillaciones; aceptaba cualquier capricho de Phillipe, quien no dudaba en venderme a sus depravadas amistades, redondeando así sus ingresos. Julia me acabó confesando que ella había pasado también por lo mismo, y que debía sentirme orgullosa de ser usada para generar beneficios para mi Señor.

Las lágrimas brotaron de los oscuros ojos de la gaditana, emocionada por los recuerdos. Se las secó de un manotazo, como si le molestase mostrar esa debilidad.

― Sufría y me desesperaba, llevada al límite por mi señor, pero, al mismo tiempo, estaba totalmente dominada por las enloquecedoras recompensas que Julia se encargaba de administrarme. Cuando cumplía bien, como esclava, la puta sabía llevarme hasta los más excelsos placeres, en los que, a veces, participaba Phillipe. Me sentía tan envilecida, tan emputecida, por cuanto experimentaba, que la vergüenza y el remordimiento, cuando me calmaba, me hundían aún más en el fango. Era como una droga que me tuviera atrapada. Cuanto más anhelaba la situación, más daño moral me hacía.

― No imaginé nunca que hubieras pazado por algo azí, tita.

― Fue entonces, cuando conocí a Candy Newport – confesó Faely, mirando a los ojos de Cristo.

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Se trataba de una fiesta un tanto especial; una de esas fiestas anuales a las que Phillipe, incomprensiblemente, era invitado. Faely aún no sabía por qué un humilde profesor de una escuela de Artes Escénicas era tomado en cuenta por personalidades tan influyentes. Parecía conocerles a todos, desde millonarios empresarios, hasta actores ya decrépitos. Sin embargo, su amo no soltaba prenda, y Julia tampoco.

El caso es que, un buen día, Phillipe apareció con un aplanado paquete, que le entregó. Se trataba de un vistosísimo traje de noche, negro y rojo, con sus variados complementos. Debía vestirlo ese mismo fin de semana y acompañarle a un evento muy especial; solo él y ella.

La fiesta se ubicó en un inmenso ático de uno de los altos edificios de Water Street, en el Distrito Financiero. Un taxi les dejó en la puerta y un uniformado conserje les franqueó el paso. Al cruzar un enorme vestíbulo, donde varios tipos de espectaculares dimensiones aguardaban, envueltos en una total apatía, un joven, con aspecto de becario pijo, les invitó a subir a un ascensor. La neumática cabina les subió hasta el último piso, dejándoles en un lujoso corredor, donde esperaba un peculiar mayordomo de apenas un metro de estatura. El engominado enano vestía una impecable librea de sirviente de diseño retro, rematada con encajes y puños blancos y tiesos. Tras una leve reverencia, chasqueó los dedos y una doncella, también de uniforme, se ocupó de los abrigos de la pareja. Solo entonces, el diminuto mayordomo se dignó a pedirles sus invitaciones.

― Síganme, señores – les dijo, con una suave voz neutra.

Les llevó al final del corredor y abrió unas grandes puertas, que dejaron escapar murmullos, risas, y una cálida música de saxo. Faely contempló, por primera vez, una de las secretas reuniones de los más poderosos de la ciudad. Sin embargo, Phillipe parecía estar en su salsa. De hecho, lo demostró saludando a ciertos individuos, a medida que se internaban en el amplio espacio del ático. Había camareros deambulando con bandejas llenas de copas, vestidos con la misma librea que la que portaba el mayordomo enano. Los allí reunidos, hombres de madura edad en su mayoría, vestían impolutos trajes de carísimas hechuras, y fumaban gruesos cigarros, sin importarles lo más mínimo la ley antitabaco. Las pocas mujeres que Faely pudo ver pertenecían a dos grupos bien diferenciados: el primero era el de maduras esposas engalanadas, o quizás estiradas brujas corporativas; el segundo, mucho más evidente dadas su juventud y belleza, el grupo de las amantes.

Sin duda, la alta e imponente mujer que se acercaba a ellos, pertenecía a este último grupo. Faely la reconoció enseguida. Era la actual reina de la pasarela, Candy Newport. Llegaba aferrada al brazo de un hombre grueso, de mejillas sonrosadas y barba cana bien recortada, algo más bajo que ella, pero el doble de ancho, al menos. El contraste era inmenso. Ella, con sus apenas veinticinco años, él, con los sesenta bien cumplidos. Ella, toda una diosa de piel clara e inmaculada, de espléndida cabellera castaña, casi rubia; él, de manos regordetas, con la piel del dorso manchada por una extraña dolencia, y portando un inefable peluquín que se bamboleaba en ciertas ocasiones. ¡Extraña pareja! Solo había un modo de catalogar su relación, sobre todo, al contemplar las sinuosas curvas de aquel cuerpo creado para la tentación.

― Mi querido Phillipe – exclamó el grueso anciano, al llegar ante ellos –, no esperaba verle en esta velada.

― Hay que atender los diversos compromisos, señor Hosbett.

― Cierto, cierto. ¿Y su bella acompañante?

― Faely Jiménez, profesora de Flamenco en Juilliard – hizo las presentaciones. – Manny Hosbett, propietario del Daily News, y Candy Newport…

― … Miss USA y una de las más famosas modelos internacionales – acabó la frase Faely, alargando la mano hacia la pareja.

― Vaya, me adulas, querida – se rió la modelo, mostrando sus perfectos dientes. – Así que profesora de Flamenco, ¿no?

― Bueno, hago un poco de todo en la academia, desde dar clases a montar escenarios y vestuarios. El Flamenco es optativo para los estudiantes, aunque no puedo negar que levanta cierta pasión desde que Naomi estuvo saliendo con Joaquín Cortés…

La modelo soltó una sonora carcajada y se llevó una mano a la boca.

― Se podría decir que se fusionaron lo mejor de cada mundo, ¿no? – repuso Candy.

― Si. Hasta que sus caracteres chocaron. Demasiados parecidos.

― ¿También eres gitana?

― Así es. Del sur de España.

― Bonita tierra – intercaló el magnate de la prensa, en ese momento.

― Si, desde luego.

― Está bien. Nos veremos más tarde – se disculpó Hosbett. – Querida, tenemos que saludar a Christian…

― Viejo puerco – murmuró Phillipe, contemplando como la dispar pareja se alejaba.

Faely no quiso preguntar nada. Conocía aquel tono empleado por su amo, y no presagiaba nada bueno. Tomaron champán, saludaron a otros personajes, más o menos ilustres, y, durante un buen rato, Phillipe estuvo reclamado por un hombre de mediana edad y manos finísimas, en una susurrante conversación que duró muuucho tiempo. Finalmente, medio tocada por las burbujas del champán, Faely fue conducida hasta un lujoso despacho, donde su amo, tras cerrar la puerta, la obligó a arrodillarse en la madera del suelo.

― Amo… ¿qué hago…? – intentó averiguar ella.

― Ssshhh… ¡A callar, esclava! – le dijo él, metiéndole el pulgar en la boca, para que lo chupase.

Phillipe le metía diferentes dedos de la mano, obligándola a succionarlos, a repasarlos con la lengua, mientras él no dejaba de mirar hacia la puerta. Cuando ésta se abrió, Phillipe suspiró y sacó sus dedos de la boca de ella. Hosbett y la modelo aparecieron. El obeso magnate se acercó hasta la arrodillada Faely, mientras que Candy Newport se dejaba caer en un mullido sofá de cuero, cercano al ventanal, desde el cual se podían ver las luces del puente de Brooklyn.

― ¿Así que esta es tu perrita? – preguntó Hosbett, risueño.

― Si, así es. Una perra bien educada, como puedes ver – respondió Phillipe.

― ¿Y crees que con ella pagas tu deuda?

― Vale eso y más, Hosbett.

¿Deuda? ¿Qué pretendía hacer con ella su amo? ¿Cederla?, se alarmó Faely, al escucharles.

― A mí me gusta – intervino suavemente la modelo en la conversación.

― ¿De veras, querida?

― Si. A pesar de su sumisión, tiene una mirada desafiante. Además, es una mujer muy hermosa…

― Solo me rodeo de lo mejor – sonrió Phillipe.

― Ya lo sabemos – repuso Hosbett, cortante. — ¿La quieres, Candy?

― Me encantaría, Manny – respondió Candy, apurando su copa y poniéndose en pie.

― Pues sea entonces – dijo el magnate, alargando la mano hacia Phillipe, quien la estrechó, luciendo una amplia sonrisa.

Candy se acercó a la arrodillada Faely y enredó un dedo en su oscura cabellera.

― ¿Cuántos años tienes, perrita?

― Treinta, señora – respondió la gitana en un murmullo.

― Una edad perfecta. ¿Sabes de qué estamos hablando?

― ¿De cederme a usted?

― ¿Ceder? No, nada de eso. Más bien vender, y a un precio muy alto – rezongó Hosbett. – Pero será mejor que tu antiguo amo sea quien te lo explique…

Faely alzó los ojos para clavarlos en la figura de Phillipe, quien no perdió la sonrisa. Se acuclilló ante la gaditana, mirándola a los ojos.

― Te aseguro que no ha sido por gusto, Faely, pero las circunstancias mandan. Tengo una abultada deuda de juego con el señor Hosbett y le propuse canjearla por ti, una hermosa y educada esclava. Debes sentirte orgullosa de haberle costado trescientos cincuenta mil dólares…

Faely no estaba contenta, a juzgar por las lágrimas que rodaban por su rostro. De pie a su lado, Candy las recogió con un dedo.

― Pero… Amo… no puedes venderme… tengo una vida, una hija…

― No tienes nada, salvo aquello que tu amo te permita, y he dejado de ser tu amo… así que ahora dependes de ella – le dijo Phillipe, señalando a la modelo con un movimiento de su barbilla.

― No te preocupes, perrita. Ya buscaremos una salida a eso – musitó Candy. – No soy ningún monstruo.

― Adiós, Faely, que te vaya bien – le dijo Phillipe, dándole un último beso en la mejilla y poniéndose en pie, a continuación.

― Te firmaré un documento de liquidación – le dijo Hosbett, arrastrándolo hasta el escritorio.

Al quedarse solas, Candy se acuclilló ante Faely, limpiándole el rostro de lágrimas. La gitana, a su vez, contempló el bello rostro de su nueva ama y, a pesar de las dudas, el miedo, y la decepción que sentía, supo que había ascendido un peldaño en la escalinata de la perversión.

― No te preocupes, linda mascota, te permitiré seguir con tu trabajo y con tu vida. Podrás ver a tu hija casi todos los días, pero dormirás conmigo, a los pies de mi cama – le dijo la modelo, con un dulce tono.

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― No volví a ver a Phillipe, en todos estos años. Supuse que volvió a Chile, con Julia – dijo Faely, con un suspiro, mirando de reojo el rostro pasmado de su sobrino.

― Joer, tita, igualito que una de ezas telenovelas sudacas. ¡Tú como ezclava! ¡Increíble!

― Al principio, caí en una depresión. Lloraba a todas horas, apenas comía, y mi trabajo se resintió. Mi ama me hizo pedir una excedencia de tres meses y me reeducó con firmeza. Supo sacarme de ese estado miserable, y es algo que debo agradecer.

― Ahora comprendo porque te has negado a admitir que no la conocías. ¿Durante cuanto tiempo fue tu dueña?

― ¿Quién ha dicho que no sea aún su esclava?

Cristo se quedó con la boca abierta, clavando la vista en el rostro de su tía, quien sonreía levemente, mirando a una pareja que pasaba, abrazada.

― Tita… ¿eres todavía su esclava?

― Si… Llevo diez años sirviéndola… amándola…

― ¡La Virgen de los kamikazes! ¡Qué follón! ­– exclamó, pensando, sobre todo, en lo que Zara le había confesado sobre el flirteo de la jefa.

― Aprendí cuales eran sus mínimos caprichos y deseos, qué la relajaba al acabar una larga sesión de modelaje, o cómo actuar cuando quedaba embelesada de un nuevo galán. Me convertí en su mejor confidente, en su paño de lágrimas cuando la decepcionaban. En su más acérrima cómplice cuando debía involucrarse en una venganza, y quien la hacía dormirse lánguidamente cada noche, vigilando su sueño desde la gruesa alfombra, al lado de su cama.

― Entonces… ¿qué haces en el loft?

― Llevo apenas unos meses viviendo con Zara, en el loft, desde que fue aceptada por la agencia de mi ama. Fue entonces cuando me envió a vivir con mi hija, sin más explicaciones. Me llama en ocasiones, para que acuda a su casa, pero cada vez con menos frecuencia. Es como si se hubiera hartado de mí, Cristo.

“Poziblemente zea ezo. La jefa ha conosio a la niñita, que está pa mojar pan en ella, y ze ha hartao de la madre. Normal. ¡Con lo buena que está mi tita, coño!”, pensó el gitanito.

― Es por ezo que me aseptaste, ¿no?

― Si, Cristo. De otra manera, no hubiera podido ofrecerte un sitio para quedarte. Zara ha estado unos años en un internado, antes de vivir conmigo.

― ¿Y el zumbao eze? ¿Cuándo le volviste a ver?

― ¿A Phillipe? Hará un par de meses. Me estaba esperando a la salida de la academia. Me llevé un susto enorme.

― ¿Te hase tilín todavía?

― No, ni de coña, pero presentí que traía problemas, y así ha sido…

― Hay que conzeguir informasión zobre él, como zea. ¿Qué es lo que quiere exactamente, tita?

― Quiere recuperarme.

― ¡Eze tío es un jeta! – exclamó Cristo, utilizando un término despectivo de su tierra. — ¡Primero te vende y ahora quiere recuperarte, una vez que ha zolucionado zus problemas económicos, zupongo.

― Parece que si. Viste muy bien, lleva un reloj carísimo, y no parece que necesite trabajar. Me dijo que me llevaría con él.

― ¿A dónde? ¿A Chile?

― Creo que si.

― ¡Joder! ¡Nesezitamos algo zustansioso zobre él! ¡Algo con lo que presionar!

― ¿Pero qué? ¡Yo no sé nada sobre sus manejos!

― Ah, pero hay alguien que zi los conose. El tío eze del periódico…

― ¿Manny Hosbett?

― ¡El mismo! Él zi zabe cozas y puede que muy zucias…

― Puede ser, pero cómo le sonsacamos. No creo que nos vaya a conceder una cita, así por las buenas.

― Aaah… — Cristo se puso en pie, cogiendo la mano de su tía para ayudarla. – Hay alguien que puede ayudarnos… mi jefa, tu dueña, la zeñorita Candy Newport. Ella zi puede ponerze en contacto con el zeñor Hosbett y tirarle de la lengua, ¿no? Creo que en diez años has debido coger confianza con ella, ¿no tita?

― Pues si – respondió ella, echando a andar tras su sobrino. Ni siquiera había pensado en pedir protección y ayuda a su ama, confundida por la presión y el chantaje. – Es lo primero que debería haber hecho. ¡Que tonta! Mi ama no permitirá que ese capullo…

― ¡No te embales, tita! Puede que haya problemas. Tu ama te ha puesto al margen de zu vida, ¿recuerdas? ¿Y si ya no le importas lo zufisiente? ¿Y zi está penzando en venderte, a zu vez?

Faely se mordió el labio, dubitativa. Ella misma se posaba las mismas cuestiones, debido al cambio de actitud de su dueña.

― ¡Tengo que intentarlo! Así, al menos, sabré a qué atenerme – le dijo, mientras Cristo la cogía de la mano, para arrastrarla sendero abajo. — ¿Dónde vamos?

― ¡A comer, coño, que estoy desmayaoo!

CONTINUARÁ…