PORTADA ALUMNA2
Hola queridos lectores de Pornografo. Soy Rocío, de Montevideo, Uruguay. Muchas gracias a mi hermano por Sin-t-C3-ADtulo1ayudarme con este relato para documentarme sobre Mortal Kombat. Es un relato un poco inusual para lo que es “Parodias”, espero no estar metiendo mucho la pata (perdón por anticipado).
Desde inicios de Febrero que ando muy feliz porque tras semanas de insistencia conseguí volver con mi novio. Estuve con él desde los inicios de la secundaria y lo perdí por una serie de acontecimientos desafortunados durante mi primer año en la facultad. Pero ahora estábamos de nuevo juntos y esa noche de sábado saldríamos rumbo a un boliche (discoteca) de las tantas que hay apostadas sobre la Avenida 18 de Julio, del centro de Montevideo.
Obviamente me vestí sexi, no me impuse límites por la ocasión. Me puse unos jeans ceñidos que favorecieran mi figura y acentuaran mi trasero; suelo usar tanga y desde luego esa noche no sería excepción. Sandalias con tacones negros y una playera roja que me hacía un escote demencial aprovechando el tamaño de mis senos. De hecho si me agachaba la abertura era tan grande que dejaba ver muchísimo, por lo que me puse un sujetador también rojo de media copa para evitar que se salieran fácilmente. Eso sí, de mi casa salí con un abrigo para disimular ante mi padre y mi hermano.
Cuando Christian, que así se llama mi pareja, me recogió, no dudó en aparcar a un par de cuadras de mi casa para meterme mano. Sería la primera vez que tendríamos relaciones después de muchísimo, y aún no sabía que su querida chica ya tenía un piercing en su pezón izquierdo así como el tatuaje de una rosa en la cintura (los tatuajes temporales que tenía ya habían desaparecido). Solo sabía que me había hecho un piercing en la lengua y lo calenté bastante con besos y caricias tanto en la facultad como esa noche en su coche, vamos que lo estaba poniendo a tope para que no se molestara cuando le revelara los cambios que le hice a mi cuerpo.
El problema surgió cuando recibió una llamada en su móvil en pleno morreo. Estuvo discutiendo un breve momento y yo, calentísima como estaba traté de molestarlo besándole el cuello y dándole mordiscones, pero cuando cortó la llamada estaba bastante serio, estaba lejos de parecerse al chico sonriente que me recogió; impávido ante mis caricias y besos. Sin siquiera mirarme me dijo que una tía suya estaba hospitalizada, que sus padres querían ir cuanto antes a visitarles, y como él es el único con coche pues le pidieron que les llevara.
Se sintió culpable porque nuestra noche iba a suspenderse, pero obviamente le quité hierro al asunto y le dije que le iba a acompañar incluso al hospital. Así que nos fuimos hasta su casa, donde sus padres ya se estaban preparando para salir.
Los esperé en la sala, donde estaba un muchacho jugando a la consola. Se trataba del hermano menor de mi novio. Carilindo, chico deportista, fanático del fútbol como todo uruguayo que se precie. Pese a ser el más pequeño de la casa, era bastante alto, de hecho más alto que mi pareja. Estaba con una camiseta de Peñarol puesta y vaqueros. Una hielera con par de cervecitas en la mesita frente al sofá donde estaba sentado remataba la escena. Me senté a su lado y lo saludé amablemente, pues lo conozco desde que era un pequeñajo.
—Hola Agustín, siento lo de tu tía.
—Hola Rocío. Bueno… entre nosotros dos, apenas la conozco.
—Se nota. Mira que estar jugando en este momento tan delicado.
—¿Quieres una cerveza?
Acepté. Me acomodé en el sofá y antes de continuar la conversación, escuché un par de aullidos provenientes de la TV y noté que estaba jugando a ese juego de peleas sangriento (que además tiene un grosero error ortográfico en su título). De niña, con una consola más antigua, solía pasar tardes y noches jugando al tal “Mortal Kombat” con mi hermano, pero bueno, una crece y los intereses tiran por otros lados. Se ve que del lado de los chicos no es el mismo caso.
—Oye, ¿y tú no sales hoy de fiesta con los amigos? ¿O alguna chica?
—No —dijo dándole a los botones de manera exagerada.
En ese momento aparecieron sus padres. Me saludaron cortésmente pero había un ambiente muy enrarecido, obviamente por la situación que estaban atravesando. Christian me dijo que iba a llevar a sus padres al hospital para visitar a la tía, y me dijo que no sería buena idea que yo les acompañara. Le dije que no me importaba, yo quería estar con él, con sus padres, que ya era hora que me vayan considerando parte de la familia, pero él insistió en que realmente sería muy incómodo, que ni siquiera él conocía bien a esa tía, así que al final terminé por encogerme de hombros.
—Me voy a casa en taxi —dije alicaída.
—No tienes idea de cuánto me jode tener que terminar esta noche así —me abrazó, y ¡uf! Tenía ganas que terminara lo que hizo en su coche, pero bueno. Con un beso se despidió de mí y pronto se dirigió afuera para subir a su automóvil con sus padres.
Yo, bastante bajoneada, me senté de nuevo en el sofá con su hermano que poco caso me hacía. Me quité el abrigo porque estaba teniendo calor y además sus padres ya no estaban, no había necesidad de ocultar mi vestir tan ligero y llamativo. Pero fue retirármelo para que el hermanito me mirara de reojo el escote.
—Rocío… estás muy guapa.
—Gracias Agustín. ¡Y tú de repente has crecido un montón, grandulón! Antes de llamar al taxi voy a acabarme una latita de cerveza contigo, ¿te parece?
—¡Ja! Adelante, nena. Lamento que tu noche termine así, sé que Christian estaba muy emocionado de volver contigo.
—Sí, bueno, ya habrá tiempo para nosotros, primero la familia, ¿verdad?
—¡Claro! —volvió a ojear mi escote. Me encanta cuando miran, y para colmo estaba muy caliente tras el manoseo que me dio su hermano.
—Agustín, yo pensé que tú eras el fiestero de la casa, siempre te veía muy feliz y sonriente, ahora como que estás un poco extraño, ¿por qué la carita deprimida?
—¿En serio se nota? Bueno… eres la primera en todo el día que me lo pregunta. Qué cosas, mi hermano volvió con su novia el día que yo terminé con la mía, ¡a la mierda!…
—No te puedo creer, perdón Agustín… hmm… si quieres me quedo contigo a conversar, alguna cosa sabré hacer para subirte el ánimo. Yo cuando terminé con tu hermano en su momento, me sentí terrible, no podía concentrarme en nada, buscaba consuelo en donde no había…
—¡Nah! Gracias Rocío, pero ahora mismo no quiero hablar de eso… —me miró un rato y soltó groseramente—, ¡pero qué tetas te gastas! ¡Estás hecha toda una loba!
Me causó gracia. Fue ver mi escote y volver a notar un brillo en sus ojos y su sonrisa, ese brillo que parecía haberlo perdido desde días atrás; era como si por un breve momento recuperara al hermanito de mi novio. Sonreí ligeramente y me acomodé en el sofá.
—¡Ja! Qué cosa más simple eres, Agustín, es ponerte a ver tetas y volver a ser el de siempre… Oye, no traje dinero conmigo y tu hermano se olvidó de dejarme para el taxi, ¿me das algo de dinero?
—Claro Rocío. Pero primero, agarra el mando, te desafío a un duelo de Mortal Kombat.
—Psss… Antes solía jugar, pero ahora ya ni me acuerdo de los botones…
—Agárralo –me pasó el mando. Tenía más botones de la última que vez que lo había visto. Consolas nuevas, mandos nuevos. No tenía muchas ganas, la verdad—. Te acostumbrarás rápido…
—Bueno, pero solo por un rato que luego tengo que llamar al taxi… ¿Y me darás algo de dinero, no?
—Elige a tu guerrero, Rocío. Yo le voy a “Scorpion”, ¡tiene los colores de Peñarol! Yo sé que eres de Nacional, así que imagino que por los colores te gustaría “Raiden”, ¿no?
—La verdad es que ni me acuerdo de los nombres… pero había uno que tenía los colores de la camiseta alternativa de Nacional, azul y eso… y tenía poderes para congelar al enemigo también.
—Ahhh, Sub-Zero… Es ese tipo que exhala aire frío… ¡Elígelo!
—¿Y a qué botón le doy?
—Este… Por cierto, Rocío, en serio estás vestida para matar… Vas a volver loco a mi hermano y a todos los hombres que te vean…
—¡Exagerado! Y deja de ignorar mi pregunta, ¿me vas a dar dinero o no?
—Hmm… hagamos esto. Vamos a pelear… pero en el juego, claro. Sé que no estás muy curtida en Mortal Kombat. Evidentemente te ganaré. Pero si logras aguantar… cuarenta segundos sin que te mate, lo consideraremos una victoria tuya. Y te daré dinero, claro…
—Quiero que me des el dinero ahora, pillín.
—Y lo haré si accedes. Gana el que venza tres veces. ¿Te parece, cuñada?
Me causó gracia que me dijera cuñada, casi como que me estaba aceptando en la familia de nuevo. Y pasar un ratito con él no parecía mala idea, la verdad. Evidentemente iba a perder pero aguantar cuarenta segundos sin que mi guerrero azul y con poderes de hielo muriera no parecía tan imposible. Miré el mando con incontables botones y me dije “Por intentar…”.
—Pfff…—elegí a Sub-Zero.
—¿Lista, Rocío?
—Solo tengo que aguantar cuarenta segundos. No te me pongas a llorar si te vence una chica, ¡picaflor!
Evidentemente no pude sobrevivir ni siquiera cuarenta segundos. Mi personaje fue vilmente masacrado por el tal Scorpion. Vista la habilidad y poca piedad mostrada por mi cuñadito, decidí durante la segunda batalla saltar por todo el escenario como una marrana y evitar sus golpes. Pero el cabrón se sabía poderes y naturalmente mi amado guerrero de hielo terminó muerto una vez más. Y llegó la última batalla en donde, no sé si por casualidad o porque dentro de mí me acordé de alguna combinación de botones, ¡pero logré congelar al enemigo! Le di un par de golpes antes de ser, una vez más, derrotada. “Violada”, según Agustín.
—¡Ohhhh! ¡Qué masacre! Nena, ¿te gustó la cátedra? –se levantó y empezó a menear su cintura para adelante y para atrás de manera grosera.
—¡Mfff! ¡Ya está! ¡Ahora dame algo de dineroooo!
—¡Ja! ¡Te queda muy bien ser Sub-Zero, Rocío! ¡Pecho frío como los de Nacional!
—Ya está, ya pasó, Agustín, ¡deja de gritaaaar!
—Perdiste la apuesta. Y ahora cumple tu castigo.
—¿Qué castigo?
—Pues un castigo por perder. Sé buena perdedora y dame un besito aquí —se tocó la mejilla con el índice—. ¡Venga, besito cuñadita!
—¡Ja! Está bien, luego iré a enjuagarme la boca…—bromeé.
Nada más inclinarme para darle su beso, él ladeó su cara para que le plantara un piquito en sus labios. Me aparté rápidamente y le di una bofetada producto de un acto reflejo más que nada, aunque debí haberle dado un puñetazo en sus huevos por pervertido. Me levanté indignada gritándole que yo era novia de su hermano mayor, que no sé qué se pensaba de la vida. Cuando justamente amagué irme de la sala, me tomó de la mano y rogó:
—¡Dos mil pesos! (Casi cien dólares para los que no conozcan la moneda). ¡Te daré dos mil pesos si aguantas cuarenta segundos sin ser vencida!
—¡Mamón! ¡Podrías dármelo ya!
—Venga, Rocío… ¡uf, cómo pegas! En fin, siéntate… No pierdes nada por intentarlo.
—Más vale que te dejes de guarrerías, Agustín.
Me senté. Me volvió a invitar su cerveza y accedí. Agarré de nuevo el mando y juré que aguantaría los malditos cuarenta segundos. Elegimos los luchadores. Scorpion vs Sub Zero. Peñarol vs. Nacional. Elegimos un escenario, ¡y a luchar por los dos mil pesos!
Lamentablemente volví a ser vilmente derrotada.
—¿Y ahora qué quieres, otro beso?
—¡Ja! No, para nada Rocío… ¡venga, ponte la camiseta de Peñarol como castigo!
—¡PUAJ!… Lo que tengo que hacer por dinero… dámela…
Se quitó su camiseta y me la cedió. Se quedó con el torso desnudo y dentro de mí me pobló una sensación riquísima, de morbo y deseos prohibido al mismo tiempo. ¡Uf! ¡El hermanito había crecido y vaya que la naturaleza fue muy benevolente! Le di otro sorbo a la cervecita antes de tomar la asquerosa camiseta y ponérmela para su alegría. Olía bien, para qué mentir. Me la puse encima de mi playera.
—¡Te queda preciosa, Rocío! Deberías ser carbonera (Hincha de Peñarol).
—¡Revancha, Agustín!
—¡Hala! Pues aquí vamos…
Volví a perder tres veces de manera demencial. Bebí otro sorbo de la cerveza y le pedí cabreada que escupiera rápido cuál era su nuevo castigo, mirando de reojo su torso y sus abdominales, vaya lujo de muchacho. Deseé, un poquito en el fondo, que me volviera a pedir un besito. No me importaría que volviera a ladear su cabeza para robarse mi beso. Muy para mi mala fortuna, mi cuñadito cuando se calienta empieza a pisar demasiado fuerte el acelerador.
—Rocío… levántate la camiseta y la blusita, quiero ver tus tetas…
Le di un puñetazo a su rostro. Me levanté indignada. Desde luego si yo me caliento a pasos lentos, el muchacho lo hace a pasos de gigante. ¡Vaya bruto! Se retorció un rato mientras yo me iba de la sala y lanzaba su camiseta al suelo.
—¡Buf, nena! ¡Es que quería comprobar algo!
—¡¿Qué?!
—Sabes… cuando te sentaste a mi lado y te vi el escote… juraría que en tu pezón izquierdo se veía un piercing marcado tras la tela…
—¡Cabrón! —me tapé el escote—. Lo que tenga o deje de tener no es de tu incumbencia –le lancé su mando a la cara cuando pareció recuperarse.
—¡Uff! ¡Qué pesada eres, Rocío!
—¡Me voy!

En la puerta, antes de salir, calculé cuánto tiempo me tomaría volver a casa si me iba caminando. Demasiados… ¡demasiados! Frustrada de nuevo, me volví a la sala y me arrodillé ante mi cuñado, quien ya se había vuelto a poner su camiseta de Peñarol, y ni siquiera me hacía caso pues prestaba atención al juego de marras.
—Agustín, por favor, préstame algo de dinerooo…
—Muéstrame tus tetas… —ni siquiera me miraba, solo le daba a los botones.
—Mi novio es tu h-e-r-m-a-n-o … no puedo mostrarte mis tetas.
—Pues no hay dinero, Rocío.
Me mordí los dientes. Pensé que, a fin de cuentas, son solo tetas. Imagino que habrá visto un montón en páginas porno, y ni qué decir tiene con la novia o novias que habrá tenido. Así que me levanté, tapándole la visión. Me incliné hacia él para mostrarle mi escote, y tomé el cuello en “V” de mi playera para abrirlo ligeramente y que así mis dos senos se mostraran cobijados por el sujetador.
—¿Ro…Rocío?
—Escúchame Agustín, necesito que me des ese dinero…
—¡Jo! ¡Lo vas a hacer!
Soltó el mando y se quedó mirándome baboso. Mordiéndome los labios, metí una mano entre mis tetas y desprendí mi sujetador para que mis senos se liberaran con todo su peso. Con la cara coloradísima, cerré los ojos y susurré:
—Solo tengo un piercing, en el pezón izquierdo… ¿ves?, es una barrita con bolillas en los extremos…
—No lo puedo creer, vaya ubres, esto es un sueño —dijo con los ojos abiertos como platos. Cuando abrí los ojos noté que amagó tocarlas pero retrocedí y le clavé una mirada asesina.
Admito que me corre una sensación riquísima en mi vientre cada vez que noto que un hombre siente deseos por mí. Uf, podría estar horas ofreciéndome así, mostrándole mi pezón rosadito incrustado por ese pedazo de barrita de titanio con tal de ver su carita excitada y alegre, ¡impagable!, pero una chica debe tratar de mantener la decencia y mostrar recato. Carraspeé y me repuse para ponerme de nuevo el sujetador y ajustarme mi ropa.
—Nena… ¡Te anillaste la teta!
—La teta no, bruto, el pezón. Ya está. Juguemos la revancha.
—Mmm, vente a mi lado –se acomodó en el sofá y golpeó en mi lugar para que tomara asiento.
—¿Cuarenta segundos, no? –pregunté agarrando con fuerzas ese mando.
—Sí, claro… trata de aguantar, Rocío.
Volví a ser masacrada. De hecho, creo que Agustín mostró muchas más ganas para derrotarme en tres ocasiones y así volver a exigirme otro castigo.
—Rocío… perdiste…
—Imbécil, ¿quieres verlas de nuevo?
—Quiero… quiero magrearlas, ambas…
—¡Ja! Consíguete una novia, pajero. No voy a dejar que me toques las tetas.
—Sabes, sobre la chica con quien terminé. Corté con ella porque éramos incompatibles en la cama. Es una chica muy rara, además de muy “yo yo yo” todo el rato. Y… me da igual, no me parecía tan bonita como tú.
—¡Jooo! Seguro que se las dices a todas.
—¡Ya, ya! Esa naricita que parece un tulipán, esos ojos café, los labios finitos…. Rocío, mi razón no me engaña, ¡eres preciosa!
La manera en que lo decía, su voz, sus gestos muy elocuentes. Mentiría si dijera que la cosa no estaba hirviendo. Como dije, es un chico muy apuesto y desde luego tiene un cuerpo que se antoja apetitoso, y para colmo su hermano mayor me dejó con la concha mojada y yo quería guerra. No obstante, queriendo recuperar el honor que perdió mi querido Sub Zero, le di un golpe certero en el ojo derecho.
—¡No sé ni por qué termino complaciéndote, basuraaaa!
Creo que me excedí porque se levantó y fue directo al baño para, imagino, comprobar que no le hubieran quedado secuelas. Yo, por mi parte, me volví a tomar la cerecita mascullando que se lo merecía por andar de picaflor por la vida. Aunque, probablemente por una sensación de culpabilidad, me dirigí al baño para ver cómo estaba.
Entré, es un lugar pequeñísimo, él dio un respingo porque pensaba que iba a darle otro golpe. Me reí y lo arrinconé contra el lavabo. Sí, no se equivocaba cuando me dijo que era una loba. La cervecita, la experiencia voyeur que habíamos tenido hacía minutos, todo estaba jugándome en mi contra. Con la cara roja como un tomate (ambos), suspiré y le dije:
—Mfff… Perdón por el golpe.
—Eres brava, Rocío.
—Agustín, puedes tocarlas, cabrón, pero no te tardes…
—¿Q-qué? ¡No me lo creo, Rocío! Oye, ¿por… por cuánto tiempo?
—Diossss… Solo un minuto, ¡ni uno más!
Volví a abrir el cuello de mi playera para sacarlas. Me liberó de mi sostén y casi inmediatamente sentí sus manos calientes tocarme las tetas de manera suave; me arrancó un suspiro y me incliné ligeramente hacia él. Tenía ganas de abalanzarme y matarlo a besos, arrancar su camiseta y lamer sus pechos y abdominales, pero me reprimía, sintiendo cómo hacía movimientos circulares con mis senos, pasando sus largos dedos por mis areolas (y jugando a conciencia con mi anillado pezón). No fue sino pasado unos segundos, cuando yo estaba a punto de recoger un hilo de saliva que se escapó de la comisura de mis labios, que apretó mis ubres con fuerza.
—¡Auchmm! ¡Sé gentil, chico!
—Pero… ¡Qué puta eres!
Un puñetazo directo a su otro ojo dio por terminado el breve pago. Me puse de nuevo la blusa pero con una calentura insostenible en mi entrepierna. Volvimos a la sala. Cervecitas, picamos algo y volvimos a agarrar los controles. Siguiente tanda de peleas… Está de más decir que perdí adrede. Con muchísimas ganas me giré hacia él y le pregunté ansiosa:
—Rápido, dime rápido qué mierda quieres, cabrón.
—¡Jo! –se recostó en el sofá—. Ahora quiero un beso bien húmedo… quiero sentir ese piercing que llevas en la lengua.
—¿Có-cómo lo sabías? —pregunté tapándome la boca.
—Gritas demasiado y se deja ver… Dale, vamos al baño que me da morbo hacerlo ahí…
—¡Idiota, no iré contigo! ¡A la mierda con esta noche de sábado, iré caminando a casa!
—Dos mil pesos, cuñada…
El baño es pequeño, como comenté. Apenas nos hicimos espacio entre el váter y el lavabo. Mirándome, se sentó en el lavabo. Yo estaba coloradísima; mi precioso cuñadito exigiéndome un beso. Demasiado tentador. Demasiado caliente.
Puse mi mano derecha en su hombro y la izquierda en su pecho, atajándolo de inclinarse hacia mí:
—Que sea rápido, Agustín.
—No, que sea lento. Quiero sentir el piercing, nada de piquitos, Rocío.
—Uf, imbécil… ¿cuánto tiempo quieres?
—Cinco minutos.
—¡Mmm! ¡No! Un minuto, no más.
—¿Uno solo? … Está bien, pero cumple tu castigo correctamente. Usa el piercing.
¡Qué cabrón! Dejé de atajarlo, quise decirle “Ojalá te mueras”, pero más bien me salió algo así como “Nnnmffff mmgggg”. Permití que se inclinara para meterme lengua, era todo como en cámara lenta, flaquearon mis piernas, perdí la sensación de mis manos; en el momento en que sus labios hicieron contacto con los míos di un respingo que fue rápidamente calmado por sus manos acariciándome la espalda, que bajaban y bajaban rumbo a mi cola.
Me apretó las nalgas y me atrajo contra sí. Estaba que no lo creía, entre la saliva y los labios se hizo lugar en mi boca, y yo me dejaba hacer sintiendo cómo apretaba mi lengua con la suya; la recorría con esmero, con fuerza, me chupó la puntita cuando yo metí mi carne en su boca; retrocedí para que él fuera a buscarme, le di un mordisco de sorpresita. Y al liberarla de la presión de mis dientes, uní la puntita con la de él para que sintiera el arillo; para que supiera qué delicias le esperaban a su polla si accedía a que se la mamara.
Recuperé la sensación en mis manos y las llevé a su cintura para meterlas bajo su camiseta y arañar su espalda, para bajar y bajar al sur y poder clavar mis uñas en sus durísimas nalgas. Dio un respingo del dolor, se apartó del beso y me miró pícaro, con tres, tal vez cuatro hilos de saliva entre mis labios y los suyos. Yo quería continuar, él también, se le veía en los ojos y él lo veía en mi rostro rojo y vicioso. Pero tuvimos que separarnos, había que disimular el fuego que estábamos provocando.
—Maldita sea, lo que hago por dinero… —mentí.
—Fue increíble… —se palpó los labios y el verlo tan ensimismado me hizo sentir mariposas en mi estómago. Hacía mucho tiempo que un chico no se ponía así por mí, la verdad—. Rocío, volvamos a la sala, nena…
—Ve tú primero, quiero limpiarme la boca. Y dame tu camiseta, cabrón.
—¿Para qué la quieres?
—Pues era uno de los castigos, ¿no? Querías que yo la llevara puesta… Dámela, me la pondré. Para que veas que tengo palabra — era más que obvio que yo quería ver su torso desnudo de nuevo. Y durante toda la noche, de ser posible.
Me lo dio. Y cuando salió del baño, puse el seguro a la puerta; me bajé el vaquero y el tanga para poder estimularme la concha. Estaba mojadísima. Justo en el momento en el que me arrodillaba para liberar mi clítoris de su capuchón, oí mi móvil. Con una mano aun haciendo jueguitos, atendí la llamada con la otra porque era mi novio.
—Rocío mi vida, ¿llegaste a tu casa?
—Ehm… ¿por qué?
—Porque voy a estar aquí toda la puta noche… lo siento muchísimo cari…
—Vaya… no te preocupes por mí. Y sí… estoy en mi casa ya… —me metí dos dedos en mi grutita y me acosté en el suelo del baño para masturbarme—. Ufff… mfff… Chrisss…
—¿Qué te pasa?
—Agghhmm… no me pasa nadaaaaa… Creo que mi teléfono está fallando… mmggg…
—¿Qué dices? Como sea, gracias por comprender. Sabes que te amo, er…
Corté la llamada y apagué el teléfono. Lo tiré a un costado y empecé a hacerme deditos por toda mi humedecida concha. Dios, mi cuñadito tocándome las tetas y echándome un morreo bestial que me hizo ver las estrellitas. Necesitaba volver a la sala y dejarme perder cuanto antes. Los sentí por mi amado Sub-Zero y mi novio, pero mi entrepierna estaba haciéndose agua por ese chiquillo.
De vuelta a la acción. Cervecitas, picaditas, bromas obscenas y volvimos a tomar los controles.
Perdí adrede como una marrana.
—¿Y ahora, Agustín? —dije bebiendo de nuevo la cervecita. Se había acabado. Estaba colorada, excitadísima y algo borracha; nunca supe tomar bebidas alcohólicas.
—Hmm… lo cierto es que tengo algo en mente… pero es verdad que al fin y al cabo eres mi cuñadita y no debería pensar en esas cosas. Además seguro que me querrás volver a pegar.
Puso el dedo en su mentón y lo pensó un rato. Yo estaba frustrada conmigo misma por haber sido tan violenta con él; desde luego que me encantaría hacerle otra guarrería rápida, ¡uf! Crispé mis puños y maldije mi actitud altanera.
—Perdón, Agustín, es que pides esas cosas con tanta naturalidad que me dan ganas de pegarte… ¡Vale, me quedaré callada y no te pegaré!
—¿En serio?
—Sí, sí… anda, suéltalo… —dije buscando otra latita de cerveza de la hielera.
—Cubana…. Quiero que me hagas una cubana con esas tetas tan gordas que tienes.
Puede parecer una tontería, pero no sabía bien qué era una cubana. Cuando me lo explicó, y muy gráficamente, se me abrieron los ojos como platos. No sabía que Agustín estuviera tan zafado, ¿a quién le excitaría algo tan incómodo? Pero fue imaginarme en aquella situación y volver a sentir algo delicioso en mi vientre. Eso sí, saqué un par de cubitos de hielo de la hielera y se las lancé a su rostro. Un poco en honor a Sub Zero, un poco por castigo. Si me lo hubiera pedido al principio de la noche lo hubiera rechazado sin chistar, pero estaba tan caliente y ansiosa que, nada más lanzarle los cubitos, me arrodillé entre sus piernas.
—¡Carajo, nena! ¡Prometiste que no ibas a pegarme!
—Y no lo hice, solo te lancé hielos… ¡Dios, no puedo más! ¡Venga, rápido!
—¿Lo vas a hacer? Estaba bromeando…  Esto… diossss… Rocío, no me lo creo…
—¡Pues créetelo, tarado! ¡Necesito el dinero para volver a casa!
En ese momento, arrodillada entre sus piernas, casi me corrí cuando se bajó el cierre y sacó su gordísima polla. Tragué saliva y no solté jamás la mirada de aquel pedazo de carne por donde las venas iban y venían. Me sentía como una putita, y para qué mentir, estaba calentísima por su carne. Saqué mis tetas de su débil escote y me incliné para aprisionar su tranca entre mis enormes “ubres”, como les nombró él. Gimió y entrecerró los ojos, no lo podía creer al sentir la suave piel envolviéndolo. Y en el preciso instante en que me agarré las tetas con fuerza para subir y bajar lentamente, vi cómo un brillo húmedo salió de su uretra.
—No me jodas que eres precoz, Agustín…
—No pares, nena, no pares, vaya tetazas…
Mientras le iba haciendo la paja con mis tetas le miraba la cara y cada vez que recuperaba el aliento para mirarme a los ojos, me inclinaba para chuparle la jugosa cabecita. Metía la puntita de mi lengua en su agujerito para volverlo loco. A veces trataba de tocar allí con mi piercing. Se corrió muy rápido y no me dio tiempo a disfrutar mucho; por eso es que prefiero a los hombres maduros, tardan más en vaciar los huevos.
Su polla empezó a escupir chorreones de leche mientras yo le daba mordiscones con mis labios al tronco, apenas me dio tiempo de reaccionar para que se corriera en mi cara y tetas. Yo me relamía los labios mientras le miraba con cara de guarra. Mi ropa y mi cabello se habían ensuciado, pero no me importaba.
—Chupa, mamona, límpiamela. No uses tus manos, venga.
Estuve largo y tendido rato haciendo guarrerías con mi lengua. Vaya puta estaba hecha, lo sé. Lo bueno de los jovencitos es que no tardan en ponerse a pleno, pero no quería que se volviera a correr, podría ser la última vez que lo hiciera en la noche, y yo, como toda loba que se precie, necesitaba que me la metiera de una buena vez. Así que, tras limpiársela, guardé su tranca.
Podíamos estar toda la puta noche con sus juegos. Fue por eso que, cuando volvimos a agarrar los controles, me concentré en obtener una victoria. Ya me estaba acordando de algunas combinaciones de botones durante la batalla. Lo cierto es que pese a que el mando y la consola fueran nuevas, algunas de las mencionadas combinaciones permanecían allí, dispuestas en los mismos botones que antaño.
Decidí aguantar los malditos cuarenta segundos. Esta vez iba a ganar. Y créanme, lo último que quería en el mundo era su dinero. No, en mi cabeza quería ganar para pedirle que me follara. Esta vez, la persona que pisaría el acelerador a fondo sería yo.
—Se viene otra masacre, Rocío.
—Tanto hablar te va a poner las cosas en tu contra, cabrón —dije recogiendo con mi lengua un hilo de semen que quedó colgado en la comisura de mis labios.
“Thee, two, one… ¡FIGHT!”. Ya conocía su estrategia. Nada más comenzar la batalla, Scorpion lanzó su arpón para clavarla en el pecho de Sub-Zero. Pero me defendí y el ataque no hizo efecto. Tras un salto, logré congelarlo y corrí directo hacia él para hacerle un golpe con gancho que lo hizo volar por el escenario. Se repuso e invocó las llamas del averno para que quemaran los pies de mi guerrero, pero volví a dar un brinco con patada que lo tumbó al suelo. Scorpion, bastante cabreado, quiso darme un combo de ocho golpes con el que me ganaba las otras peleas, pero ninguno de sus golpes tuvo efecto pues me defendí perfectamente. Con precisión quirúrgica, rompí su combo y logré darle un puñetazo con golpe congelador de por medio.
Y con un gancho poderoso, Scorpion, el cabrón de Peñarol, fue derrotado.
Segunda pelea. Aguanté los golpes como pude. Agustín estaba demasiado nervioso y se notaba en la batalla. Fallaba sus mejores técnicas, se apresuraba en dar algún golpe pero Sub Zero ya lo tenía bien calado. Estuvo a punto de derrotarme, pero me incliné y le lamí el cuello para que diera un respingo de sorpresa. Le susurré: “Quiero que me la metas, niño”. Cayó su mando al suelo y subió algo entre sus piernas, visible tras la tela de su vaquero.
Evidentemente, sobreviví los cuarenta segundos y la pelea terminó con mi victoria.
Tercera batalla. Agustín perdió la concentración y su guerrero aurinegro fue masacrado con combos, hielo, y para finalizar, un Fatality que yo tenía memorizado desde niña y que de alguna manera, en el fragor de la batalla, recordé. Con una sonrisa de punta a punta en mi rostro, Agustín vio cómo su querido guerrero era congelado y partido en dos pedazos.
—¡Ganéeee!
—No te puedo creer… ¿Cómo hiciste el Fatality, Rocío? —dijo levantándose para quitar su billetera.
—Agustín…
—¿Qué? Te voy a dar tu dinero para que pidas un taxi…
—No quiero tu dinero ni un taxi. Aún no.
—¿Mande?
No se pueden imaginar lo caliente que estaba. Y lo peor de todo es que mi cuñadito se estaba haciendo del desentendido adrede. ¿Para qué más disimular? ¡Le había hecho una maldita cubana y aún quería que le mandara un mensaje claro!
—¡Déjate de “Mandes”! ¡Déjate de jueguitos! Cabrón, me calentaste toda la puta noche adrede, ¿no es así?
—Claro que no. En serio… solo quería ver tus tetas, pero como seguías accediendo… pues fui hasta el final del camino para comprobar qué tan puta es mi cuñada.
—¡Uf, diossss! ¡Pues ya lo sabes! ¡Quiero que me folles, mamón, que me folles!
—¡Me cago en todo! ¡En serio eres una puta, Rocío!
—Síii, y soy tu puta, ¿entiendes? T-u-p-u-ta —tomé de su mano y lo llevé al baño a rastras. Con la otra mano agarré varios cubitos de hielo por si se me hacía del remolón. Quería carne y ese chico me la iba a dar.
Una vez adentro, me deshice de mis ropas incómodamente pues teníamos poco espacio, poco a poco fui revelando cada centímetro de mi cuerpo ante su atónita mirada. Y así, solo con un tanga pequeñísimo y ceñido, le miré con mis ojos asesinos propios de Sub-Zero. Tragó saliva y se dedicó a quitarse su calzado y vaquero. Aproveché para agarrar mi móvil del suelo, encenderlo, y rápidamente activar la filmadora. Coloqué el aparatito sobre el lavabo, entre la pasta dental y los cepillos para que nos grabara. Obviamente ni se iba a enterar, ¡ja!
Me recorrió todo mi cuerpo con su mirada y yo hice lo mismo hasta que no pude aguantar más; lo arrinconé, besé su cuello, sus pechos, sus abdominales. Bajé y bajé hasta cerciorarme de que su polla estuviera bien fuerte y gorda. Lo ensalivé bien, aunque mi concha ya estaba a rebasar y podría entrar con facilidad sin que se la humedeciera. Al levantarme me tomó de la cintura y me dio media vuelta, poniéndome contra el lavabo para que me atajara del mencionado lavamanos. Me incliné, puse la colita en pompa y gemí como cerdita cuando ladeó la fina telita de mi tanga a un costado. Metió mano y, con los dedos quietos, tensos entre mis labios vaginales, me habló:
—¿No te pone mal ponerle los cuernos a Christian?
—¡Ufff! ¿Y a TI no te pone mal hacerle esto a la novia de tu hermano mayor?
—¿Lo amas?
—Deja de hablaaarrrr… no es de tu incumbenciaaaa —arqueé mi espalda.
—No, dilo, ¿amas a mi hermano?
—Claro que lo amoommmffffggg, ¡CABRÓN!
Nada más responderle me dio una estimulación vaginal riquísima. El dedo del medio se abrió paso entre mis labios vaginales, mientras que el anular y el índice apretujaron los labios externos para iniciar un masaje la mar de caliente, rozando mi capuchón. Era tan rico que tiré una pasta dental al suelo (no la que sostenía mi móvil, por suerte) y un jabón. Levanté la mirada y me vi por el espejo, con la cara rojísima y viciosa mientras que Agustín, con la cabeza inclinada, miraba cómo sus dedos me masajeaban mi hinchada concha.
—Follo duro, ¿eh, nena? Me importa un pepino si vas a disfrutarlo o no, Rocío, solo quiero que este amigo la pase de campeonato —y cuando lo dijo, soltó su mano y agarró su enorme verga. Restregó su pollón por mi coño, lo encharcó de mis jugos. Arañé el lavabo y me mordí los labios, estaba hirviendo y chorreaba como nunca en mi vida—. Lo cierto es que por eso terminé con mi novia… no le va el sexo fuerte, y a mí sí. Así que ya estás advertida, vete de aquí si no deseas sufrir…
—Mmm… Agustín… como sigas hablando te haré un puto fatality ahora mismo, cabronazo…
—Deja de llamarme Agustín. Soy Scorpion, puta. ¿Quieres que me vaya de aquí?
—Oohggg… no puede ser verdad… no puede ser verdad que sea tan ricoooo… deja de pasarme con tu polla allíiii.
—Pues nada, me voy…
—¡Noooo!… ¡Idiota, fóllameeee!
—No sé… vas a terminar llorando de dolor y todo…
—¡Ufff, me da igual que me trates duro, puto Scorpion!, quiero que me la metas, diossss, ¿quieres que lo escriba con la pasta dental por el espejo?
Se arrodilló, separó mis labios con los dedos, introdujo su lengua en mi vagina y comenzó a follarme con ella; Agustín lamía con esmero, buscaba con la punta de su lengua mi capuchón en búsqueda de mi puntito, y luego volvía a hundir su lengua en mi concha, dándome mordiscones con sus labios, realizando movimientos circulares en su interior hasta que consiguió que me corriera; con el coño contrayéndose, metió un dedo hasta el fondo y me folló así un ratito:
—Tienes la concha más mojada que he sentido jamás… ¿estás lista?
—Agghmm… —ni siquiera podía hablar claro, solo acompasaba mi cintura con su follada de dedo.
Lo sacó. Me tomó de la cintura con sus dos poderosas manos, como queriendo atajarme por si me zarandeaba ante la inminente invasión de su tranca. Se nota que sabía que las chicas se querrían escapar debido al dolor que podría producir su ancha verga y ya se sabía cómo contenerlas. Me sentía como una putita barata, solo puesta allí para complacer a un macho sediento de concha, que me follaría duro para su placer y sin pensar en mí.
—Mmmfff… hazlo, Scorpion… hazlooOOOHGGGG ¡DIOS!
Me dio un envión que me hizo chillar fuerte. Y sin piedad empezó a dar envites para que mis pechos se zarandearan violentamente; como los malditos combos de Scorpion, me dio duro sin parar, y yo estaba lejos de poder hacerle un “combo-breaker” a su seguidilla de enviones. El sudor corría por todo mi cuerpo, el chapoteo de nuestros sexos lubricados era lo único que se oía en el pequeño baño. Me dolía un poco, sí, pero era a lo que me exponía por puta.
Las fuertes embestidas me sacudían y parecía que pronto me partirían en dos. Era el arpón de Scorpion lo que tenía ingresando entre mis piernas.
—Sudas como una cerda, joder. A partir de ahora serás mi putita, Rocío.
—Síiii, Scorpion, diossss… uffff…
Pareció descansar un rato. Mantuvo su polla muy dentro de mí. Lo retiró todo y me dejó una sensación desoladora. Se quedó quieto, como congelado por accidente por algún Sub-Zero. Tomé aire como pude e imploré:
—¡No la saques, por favor, uff, ufff… no la saqueees!
—Es que no me convenció lo de recién. ¿Vas a ser mi putita?
—Cabróooon, voy a llorar… es que eres un completo imbécil… aggm…
—No es lo que quiero oír, Rocío.
—¡Seré tu putita y todo lo que quieras! ¡No saques tu arpón, Scorpion, no la saqueeees!
—Hora del Fatality. ¡”Come over here!”! —gritó remedando la voz de su guerrero.
Justo cuando mi conchita estaba contraída me la metió de nuevo con todas sus fuerzas. El placer que me causó fue único. Las contracciones de la vagina eran increíbles y su descomunal verga me llenaba toda. Chillé tan fuerte que temí reventarle sus tímpanos o incluso el espejo. Fue un “Fatality” en toda regla. Se mantuvo quieto durante el tiempo que me llevó calmarme y se lo agradecí como mejor pude: gimiendo como cerdita.
—Ahhhhhhhh… Ahhhhhhh….Sí, así hermoso…. no la quites, quédate quietito y adentro…
—Me voy a correr, creo que será mejor que la quite…
—No, así, bien adentro… uffff… —meneé la cintura.
—Eres una verdadera puta, Rocío.
—Ahhh… sí… puta y todo lo que quieras, pero te gané en Mortal Kombat… cabrón…
——–
Cuando, en la facultad, paseo tomada de la mano de mi novio, siento que por fin estoy donde pertenezco. A su lado, con mis dedos enredándose entre los de él. Aún no sabe que tengo amantes, que estoy forzada a complacerlos como he comentado en mis otros relatos. Ni mucho menos sabe que también soy la putita de Scorpion, digo, de su hermanito. Pero ahora mismo no me gustaría complicarme con esos pensamientos.
Cuando me invita a su casa, ve la alegría en mis ojos y sonrisa. Durante los domingos en los que comparto un asado (barbacoa) con su familia, siempre me tomo una media horita para jugar a “Mortal Kombat”, con mi cuñadito en la sala. Claro, los castigos por perder los dejamos para una próxima ocasión, para cuando volvamos a estar solos. Yo tengo ya once victorias a mi favor, y él solo una. Sinceramente, creo que se ha dejado perder… pero me da igual.
Planeo invitarlo a mi casa cuando se venga el superclásico del fútbol uruguayo, pues en mi casa son muy futboleros: mi papá y mi hermano irán al estadio. Mi novio es muy fanático también e irá a ver el partido con sus amigos. Yo, como buena novia, le dije que no pretendo asfixiarlo, que salga y disfrute.
Claro, falta muchísimo aún; dos meses para el superclásico. Es el 19 de Abril de 2014. No puedo esperar. Me mata el ansia; quiero sentir el arpón de mi amado y violento Scorpion entrando sin piedad dentro de mí.
Supongo que mi novio y mis dedos pueden aplacar estas terribles ganas de momento…
—-
Gracias por llegar hasta aquí. Espero que les haya gustado.
Un besito,
Rocío.
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