CASANOVA: (11ª parte)
CHANTAJE A MARÍA (2ª parte)
A la mañana siguiente desperté exultante. Abrí los ojos y me sentí completamente despejado, sin sueño y con la cabeza bien centrada. Me sentía feliz, liberado, como hacía semanas que no me encontraba. Y la razón era simple: por fin tenía a María en mis manos.
¡La muy puta! ¡Lo mal que me lo había hecho pasar! Pero todo eso se había acabado, ahora se iba a enterar de quién era yo. Me quedé un rato tumbado en la cama, imaginando mil y una cosas para hacerle a la maldita ama de llaves. Iba a follármela, a encularla, humillarla de todas las maneras posibles… Pensé tanto en ello que me excité terriblemente, así que comencé a masturbarme bajo las sábanas mientras pensaba en los castigos que iba a inflingirle a aquella zorra.
Pero no, aquello no era suficiente. Me las había hecho pasar canutas, así que chantajearla para obligarla a follar conmigo no era bastante. Necesitaba más. Quería vengarme, tenerla de verdad bajo mi control. Quería que fuera ella quien suplicara para hacérselo conmigo. ¡Eso era! ¡Menuda idea! Iba a conseguir que ella pasara por lo mismo que había pasado yo. Iba a impedir que María se acostara con nadie, para que la muy zorra se sintiera como yo tras tanto tiempo de abstinencia. Cuando acabara con ella la tendría de rodillas a mis pies, implorándome que me acostara con ella. ¡Sí!
Con esta idea tan seductora en mente me corrí. Fue la mejor paja de las últimas semanas (de las que me había hecho yo solito se entiende), con lo que me levanté de la cama aliviado y optimista. Pronto todo volvería a la normalidad.
Pero eso sí; necesitaba tiempo para perfilar mi plan, así que decidí que lo mejor aquella mañana era no toparme con María.
Y así lo hice. Desayuné con presteza y me fui al cuarto de Dickie bien temprano, para recibir mis clases matutinas. Ni que decir tiene que esa mañana no presté ninguna atención a las lecciones, enfrascado como estaba en trazar mis planes.
Y los puse en marcha.
La primera vez que me encontré con María fue a la hora del almuerzo, cuando ella ayudó a Mar a servirlo. Estábamos todos a la mesa mientras las dos criadas servían la comida.
En cierto momento alcé la vista y miré descuidadamente a María, sólo un segundo, notando, para mi regocijo, que ella se encogía levemente, nerviosa. Lo que hice entonces fue desviar la mirada, fingiendo una profunda falta de interés.
No necesitaba mirar a María para notar que aquello la había sorprendido. Sin duda esperaba un acoso brutal por mi parte. Seguro que se había pasado la noche dándole vueltas al asunto, decidiendo cómo podía librarse de mí, y ahora, de repente, resultaba que yo la ignoraba por completo.
La chica debió de ponerse aún más nerviosa, pues al servirle la sopa a mi tía derramó un poco sobre el mantel, cosa que a la perfecta María jamás le había pasado.
– Lo… lo siento – balbuceó la chica.
Un silencio sepulcral se apoderó de la mesa, sorprendido todo el mundo de que aquello hubiera pasado. ¡María derramando la sopa! ¡El fin del mundo!
– ¿Te encuentras bien? – preguntó mi madre asombrada.
– Sí, sí, señora… – respondió María – Es sólo que me he distraído.
 
Y mientras tanto, yo seguía sin prestarle atención. Me sentía muy satisfecho por dentro. ¡Había logrado poner nerviosa a la doncella de hielo! Miré disimuladamente al abuelo y vi que sonreía.
Los siguientes días transcurrieron igual. Mi plan consistía en lograr primero que se fuera poniendo cada vez más nerviosa. Cada vez que me cruzaba con ella, me limitaba a saludarla educadamente, pasando de largo junto a ella sin hacerle alusión alguna a los incidentes en el cuarto de Nicolás. Ella sabía que yo conocía su secreto y sabía también que me aprovecharía de ello, pero sin embargo, nada sucedía, lo que la descolocaba por completo.
En un ejercicio de completo autodominio, fui dejando que pasaran los días, logrando que ella se sintiera cada vez más insegura. Y les juro que no fue nada fácil. Yo sabía que bastaría con una palabra para tirarme a aquel pedazo de hembra, pero seguí resistiendo, pues no me bastaba con aquello.
Sin embargo las cosas no salieron como yo había previsto.
Conforme pasaban los días, fui notando que el nerviosismo de María no aumentaba, sino que iba desapareciendo. Cuando me encontraba con ella y le dirigía una de mis miradas de suficiencia, ella ya no se aturrullaba ni asustaba, sino que poco a poco, iba resurgiendo su orgullo, devolviéndome unas miradas que competían con las mías.
¡Mierda! Había durado poco la diversión. Debí de haberlo previsto, pues me constaba que María era una mujer muy inteligente, así que sin duda había adivinado mis intenciones.
Bueno, daba igual, ella seguía estando en mi poder, así que me decidí a iniciar la segunda fase del plan: hablar con ella.
La oportunidad no tardó en presentarse. Un día, durante la hora de la siesta, estuve ayudando a mi madre a doblar unas sábanas, mientras la mayor parte de la gente en la casa dormía. Tras acabar, mamá me pidió que buscara a María, pues tenía que hacer la lista de la compra para que Nicolás bajara al pueblo por la tarde, y eso siempre lo hacía junto con el ama de llaves.
Así que salí en busca de María, encontrándola poco después quitando el polvo en el salón. La observé subrepticiamente durante unos segundos, desde la puerta, mientras la chica pasaba el plumero por los aparadores junto a la pared.
La verdad es que era muy guapa. Llevaba el pelo recogido en un moño que mantenía su cabellera muy tirante, despejándole la frente, afilando así los rasgos de su rostro. Su tipo era fenomenal, alta, más de 1,70, con unas interminables piernas, que podía vislumbrar de rodilla para abajo, asomando bajo el borde de su falda.
María vestía una blusa blanca, bastante holgada, lo que disimulaba sus formas, pero en cambio, la falda era ajustada, de forma de tubo, cubriendo sus piernas hasta las rodillas, y con una pequeña raja en la parte trasera para permitirle caminar.
– Ehem, ehem – tosí penetrando en la estancia.
María dio un respingo, sorprendida por mi intromisión, y se dio la vuelta para mirarme. Noté cómo su expresión se endurecía al percatarse de que era yo, pero no percibí que estuviera nerviosa ni asustada, lo que me molestó un poco.
– Hola María – la saludé.
Ella ni siquiera contestó, sino que siguió mirándome fijamente.
– Creo que ha llegado el momento de que charlemos un poco – dije acercándome hacia ella mientras deslizaba una mano sobre la mesa.
– Ya me lo esperaba – respondió ella simplemente.
Su directa respuesta me descolocó un poco, pero me rehice bastante bien.
– Bien, me alegro de que comprendas la situación – continué.
Mientras hablaba, me miré los dedos, frotándolos como si me hubiera manchado al pasarlos por la mesa.
– Has dejado manchas en la mesa, te estás volviendo descuidada – dije jactanciosamente.
– No lo creo – respondió ella, muy segura de si misma.
La miré unos segundos, tratando de decidir qué estrategia seguir con ella, pero me di cuenta de que no se me ocurría qué decir. Por primera vez, me bloqueaba frente a una mujer; mi don me fallaba. No sabía qué decir. Tantas ideas, tantos planes y ahora no sabía cómo enfrentarme con ella. ¿Por qué no funcionaba mi don con ella?
– Estás muy callado – dijo ella sonriendo – ¿Qué es lo que querías?
Su aire de suficiencia me enojó. Pero ¿qué me pasaba? Si era lo más fácil del mundo. Ella estaba en mi poder, sólo tenía que tomar lo que quisiera. No importaba cómo dijera las cosas, ella sólo podía obedecer.
Con estos pensamientos, logré serenarme un poco. Decidí dejarme de rodeos y tonterías e ir directo al grano.
– Estoy seguro de que recuerdas la escenita de la otra noche.
Su expresión se endureció, poniéndose seria, lo que me produjo una íntima satisfacción.
– Veo que no dices nada, así que me lo tomaré como un sí – dije.
Ella siguió muda.
– ¿Te acuerdas o no? – dije un poco más seguro de mi mismo.
– Sí – respondió por fin.
– Bien – continué – entonces supongo que sabrás lo que viene ahora ¿no?
– Sí. Querrás follarme como has hecho con todas las demás en la casa.
¡Coño! Eso sí que no me lo esperaba. Su respuesta, directa a la yugular, me dejó pasmado un segundo, así que fue ella la que continuó.
– Hace días que te esperaba, niño. Ahora conoces mi pequeño secreto ¿no? Y sabes que me tienes en tus manos. Y sabiendo lo guarro y salido que eres, seguro que quieres acostarte conmigo ¿verdad?
María había recuperado su expresión orgullosa instantáneamente, pasando a ser ella la que controlara la situación. Seguro que pensó que podría aturrullarme atacando, pero yo me acordé del rostro lloroso de la pobre Tomasa, lo que me permitió tranquilizarme. Además, yo no estaba dispuesto a quedarme sin venganza.
– Pues no, te equivocas – respondí.
Ahora fue ella la que se quedó momentáneamente parada, lo que volvió a regocijarme interiormente.
– No te confundas – seguí – Desde luego que voy a follarte bien follada.
Un brillo de furia vibró en su mirada.
– Pero no voy a conformarme con eso.
– ¿A qué te refieres? – dijo ella.
– Verás, María. Gracias a ti, lo he pasado terriblemente mal.
– Te lo merecías – dijo con dureza.
– Sí, quizás sí – dije sentándome en una silla – Y de hecho, si el único perjudicado hubiera sido yo, probablemente lo dejaría pasar, pero es que por tu culpa una buena chica se quedó sin empleo.
– ¿Una buena chica? ¡No me hagas reír! Era una cerda torpe e incompetente, ¡ y una puta redomada…!
 
No bien hubo dicho esto, María se percató de haber cometido un error, lo leí en sus ojos.
 
– ¿Una puta? – dije yo – Vaya, es curioso, yo creía que la mayor puta de todas eras tú, pero parece que me equivocaba.
– Maldito…
– Cállate y escucha. Ahora hablo yo – ella obedeció, lo que restauró mi confianza por completo – Te acuestas con mi abuelo, te follas a Nicolás de la forma más sucia que imaginarse pueda, y encima, te las das de casta y pura ante los demás. Tomasa al menos no fingía ser lo que no es. Le gustaba estar conmigo, así que lo pasábamos bien, pero tú eres la mayor perra del mundo, porque además de zorra, eres una hipócrita, capaz de echar a una pobre chica a la calle por algo que tú estás harta de hacer.
La indignación arrasaba su rostro. Dio un paso hacia mí, con la furia brillando en sus ojos, pero yo no me amilané.
– ¿Qué vas a hacer, pegarme? Hazlo y no tardo ni un minuto en irle con el cuento a mi abuelo. Y tranquila que me creerá.
Se serenó un poco, e intentó razonar conmigo.
– De acuerdo, tienes razón. Mira Oscar – como verán ya no me llamaba niñato, ni crío – Tomasa era realmente mala como criada. Hacía mucho tiempo que quería despedirla y cuando os sorprendí así, vi la oportunidad de librarme de ella…
– Me da igual lo que digas – la interrumpí.
– Pero, escucha – insistió – Si el problema es Tomasa, estoy segura de que puedo convencer a tu abuelo de que la readmita…
– No seas estúpida – la corté nuevamente – El abuelo está deseando volver a contratarla. Según me ha dicho, el coño de Tomasa es uno de los mejores que ha probado… y yo puedo dar fe de ello.
De nuevo el brillo amenazador en su mirada. Aquello la había afectado, pero ¿por qué?
– El problema no es el abuelo, sino mis padres. ¿Crees que serás capaz de convencerlos a ellos?
– No sé – dijo dubitativa – Podría intentarlo…
– Claro, claro, podrías intentarlo, ¿y qué vas a hacer, follarte a mi padre?
La verdad es que lo dije al azar, una simple frase para zaherirla, pero un movimiento fugaz de sus ojos me demostró que no andaba muy desencaminado en mis suposiciones.
– ¿En serio que es eso? – exclamé alucinado – ¿Planeas acostarte con mi padre para convencerlo? Hazlo y le contaré a todo el mundo lo puta que eres. Lo sabrán hasta en la capital.
Ahora que las cosas iban tan bien entre mis padres, no iba a permitir que ella lo estropeara, pues aunque mi padre era un hombre muy recto en cuestión de mujeres, cualquiera sabía qué sucedería si aquella impresionante hembra se proponía seducirle.
– Bien, ¿entonces qué quieres? – dijo ella.
– Bueno, bueno, vayamos con lo que interesa. Siéntate aquí, en esa silla.
Ella obedeció lentamente.
– Bien, veamos, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! Tu castigo. Eres consciente de que estás en mi poder, ¿verdad?
– Sí.
– Estupendo – dije – Me alegra que lo aceptes tan serenamente. Mira, la cuestión es simple, de ahora en adelante, vas a obedecer en todo lo que te ordene, pues si no lo haces, le contaré al abuelo tus aventurillas con Nicolás, y no queremos que se entere ¿verdad?
– No – dijo ella derrotada.
– Genial, pues vamos a…
– Espera – dijo ella – Que quede claro que no voy a obedecerte en todo. Si alguna orden pone en peligro mi empleo, no voy a seguirla, pues para eso te dejo que lo cuentes todo y ya está.
Me seguía sorprendiendo su actitud, fría y calculadora ante la potencialmente peligrosa situación que se le presentaba, pero decidí que si aceptaba seguirme la corriente, bien podía hacerle esa pequeña concesión.
– Tranquila, eso es razonable. No quiero matar a la gallina de los huevos de oro. Pero espero que comprendas que mis órdenes serán en su mayoría… de índole sexual, así que si eso es un problema…
– No, no lo es.
¡Coño! Nuevamente su taxativa respuesta me descolocaba un tanto, pero si estaba tan dispuesta…
– Estupendo. Y ahora esclava, ¿para qué perder más tiempo?
Ella cerró los ojos y suspiró, consciente de lo que se le avecinaba, mentalizándose para afrontar el reto.
– ¿Qué quieres que haga? – dijo.
– Veamos… – dije mirándola de arriba abajo – Quítate las bragas.
Yo esperaba resistencia, un no, una protesta, pero no sucedió nada de eso. Ella simplemente se aprestó a obedecer. Aquello me decepcionó un poco, pues esperaba un poco de lucha.
María dejó el plumero en el suelo y retiró la silla hacia atrás, poniéndose en pié. Inclinándose, agarró los bordes de su falda y poco a poco, fue enrollándolos hacia arriba, pues al ser una prenda ajustada, no podía simplemente meter las manos por debajo.
A medida que la falda subía, sus espectaculares piernas iban revelándose. Enfundadas en unas suaves medias de color beige, su forma y torneado se me antojaban enloquecedoramente perfectos. La falda subía lentamente y cada vez podía contemplar una porción mayor de los dos monumentos que eran sus muslos.
El espectáculo acababa de empezar, pero la larga abstinencia hacía mella en mí, por lo que a esas alturas yo disfrutaba ya de una erección de campeonato, con los ojos clavados en las piernas de aquella zorra.
Ella siguió enrollando la falda, hasta que apareció su liguero, un prenda fina que sujetaba sus medias, pues por supuesto, aquel pedazo de mujer no iba a usar simples ligas.
Madre mía cómo estaba, me iba a correr en los pantalones sólo de mirar aquel improvisado striptease, cuando por fin apareció el borde de su ropa interior, unas delicadas braguitas de color negro.
María subió la falda un poco más, dejándola por completo enrollada en su cintura. Deslizó sus dedos bajo la cinturilla de la prenda, dispuesta a bajárselas, pero yo la detuve.
– Bonita lencería – dije – ¿Es que esperabas a alguien?
– Eso no te incumbe.
– ¿Cómo que no? Olvidas nuestro acuerdo, y no creo que contestarme a eso ponga en peligro tu empleo.
Ella aún tardó un par de segundos en responder.
– Esta tarde voy a acompañar a Nicolás al pueblo – dijo por fin.
– Vaya, vaya. Y allí vais a follar otro poco ¿eh?
– Sí.
– ¿En el pueblo?
– No, en el coche. Conocemos un recodo en el camino donde podemos esconder el coche.
– Ya veo, un polvo campestre…
– Sí – dijo ella riendo un poco.
¡Coño! La situación parecía estar empezando a gustarle, y no era eso lo que yo pretendía.
– De acuerdo, sigue – concluí.
Las bragas se deslizaron seductoramente por los torneados muslos, descubriendo el hermosísimo monte de Venus que tan de cerca vi días atrás. Me quedé sin palabras, pues me pareció mucho más bonito de lo que recordaba. Tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para no abalanzarme sobre él y devorarlo.
– Muy bonito – dije cuando ella terminó de sacarse las bragas de los tobillos – ¿Te lo afeitas?
Ella miró hacia abajo, hacia su coño, lo que provocó un ramalazo de excitación en mi pene.
– No – dijo sacudiendo la cabeza – Es que no me crece mucho vello.
Aquello confirmaba mis sospechas. ¡Joder, qué pedazo de chocho! Tragué saliva, pues la boca se me había secado, y palmeando sobre la mesa, dije:
– Siéntate aquí.
Ella se aproximó a la mesa, mientras mis ojos quedaban prendados de aquel hermoso coño. Podía notar cómo los labios frotaban el uno contra el otro mientras su dueña caminaba. Llegó hasta el borde, que era un poco alto para ella, así que, dando un saltito, se sentó justo al borde.
– Túmbate – acerté a decir.
Ella obedeció sin rechistar, deslizando la espalda por la pulida superficie, hasta que su cuerpo quedó extendido sobre la mesa, de forma que tan sólo sus pies asomaban por el borde. Yo me puse de pié y me coloqué junto a ella. Acerqué mi rostro hacia la entrepierna de la chica, con los ojos fijos en su delicioso tesoro. Pegué la nariz y aspiré el embriagador aroma, dándole mentalmente las gracias a Dios por haber puesto mujeres en la Tierra.
Temblorosamente, tratando de sosegarme para evitar una descarga en mis calzoncillos, posé mi mano en su vagina. Lentamente, palpé la zona, sintiendo el sedoso tacto de su vello en las yemas de mis dedos. Con cuidado, introduje un dedo entre los labios, separándolos un poco, explorando, pero sin llegar a penetrarla.
– Umm – siseó ella.
Bien, le gustaba. Eso era bueno. Pero entonces, ella me interrumpió.
– Oscar, la puerta está abierta.
¡Coño! Tenía razón. A esas horas era poco probable que hubiera nadie despierto, pero mamá esperaba a María y si venía a investigar…
Con rapidez, corrí hacia la puerta, notando cómo mi erecta polla frotaba contra mis pantalones y la cerré, regresando junto a María con presteza.
– Vaya, parece que tienes prisa – dijo ella sonriendo.
Su comentario jocoso me devolvió un poco a la realidad. Pero ¿qué estaba haciendo? ¿Qué me pasaba? ¿Me había olvidado de lo que me había hecho, de Tomasa, de todo? ¿La mera visión de un coño bastaba para hacerme perder la cabeza? ¡ De eso nada!
Bruscamente, hundí cuatro dedos en el coño de María.
– ¡Ay! – exclamó ella sorprendida.
– Shisst. Calla –dije.
Y empecé a masturbarla con rudeza.
Al principio, su coño protestó por la súbita intromisión, y yo percibía que el tratamiento no le gustaba demasiado. Mejor.
Yo metía y sacaba mis dedos con fuerza, engarfiándolos dentro del coño de María, abriéndolo, dilatándolo, para que poco a poco fuese mojándose.
Mi mano se hundía casi entera en el interior de la chica, que lentamente, comenzaba a dar muestras de ir disfrutando de aquello. No importaba lo rudo que yo fuera, aquella zorra lo pasaba bien de todos modos.
– ¿E… es nece… sario que seas tan… tan bestia? – jadeó.
– Cállate – le espeté – no te he dicho que hables.
Aquello era demasiado para mí, precisaba alivio y rápido, pues si me corría en los pantalones, sería una humillación frente a ella.
Sin desclavarle los dedos del coño, trepé como pude encima de la mesa, arrodillándome junto a ella.
– Sácala – dije.
Ella, sin perder un segundo, llevó sus manos a mi entrepierna y forcejeó con los botones de mi pantalón, pues mi polla estaba tan dura que mantenía tensa la tela, dificultando sus maniobras. Además, estaba el hecho de que yo no paraba de pajearla con violencia, llegando incluso a zarandear su cuerpo, lo que no facilitaba su tarea. Pero ella era una chica muy mañosa, así que por fin logró extraer mi pene de su encierro, y empuñándolo, comenzó a pajearme con destreza.
Madre mía, cómo lo hacía de bien. Bastaron unas cuantas sacudidas de su mano para hacerme sentir en el cielo, perdí la cabeza, el ritmo de la paja que le hacía se dulcificó…
Pero no, yo no iba a permitir que ella ganara ese asalto.
– ¿Quién te ha dicho que me lo hagas con la mano? ¡Chúpamela! – dije empujando mis caderas hacia su cara.
Pues ni siquiera aquello alteró a María. Incorporándose sobre un brazo, sujetó con firmeza mi rabo con su otra mano y la engulló de un tirón. El paraíso.
Su boca se deslizaba sobre mi enardecido falo, chupándolo, lamiéndolo, mojándolo… y todo a la vez. Su boca parecía la fuente de todos los placeres, y yo los estaba disfrutando al máximo. Sus labios parecían estar más calientes que el resto de su boca, por lo que era maravilloso sentirlos deslizarse sobre mi tronco, sus dientes se notaban de vez en cuando, jugueteando dulcemente sobre mi glande, su mano acariciaba mi escroto con habilidad, manoseando mis pelotas, jugando con ellas… Era el éxtasis.
Y fue precisamente el éxtasis lo que no tardé ni un minuto en alcanzar. Demasiada excitación, demasiadas emociones, demasiada abstinencia… Y exploté. Sin avisar, sin gritar, sin aullar… Una profunda laxitud se apoderó de mí. Mi intención era de haber sujetado la cabeza de aquella zorra contra mi ingle, para correrme bien dentro de su garganta, pero no tenía fuerzas para ello, y además, no era necesario, pues la muy puta, supongo que deseosa de complacerme para suavizar el castigo, no se despegó ni un milímetro de mi polla, por lo que me corrí directamente en su boca.
Podía notar cómo su garganta iba tragando mi semen, lo que contribuía a excitarme más y a acentuar la fuerza del orgasmo. Me corrí durante casi un minuto, en una de las avenidas más espectaculares de mi vida. Mis cojones se vaciaron por completo, deseosos de obtener alivio tras tanto tiempo de pajas. Sí, aquello era lo mío.
Finalmente, su boca liberó mi menguante pene. Un fino hilillo de semen o de saliva, o de la mezcla de ambos quedó prendido entre su boca y mi polla, lo que envió descargas de placer a mi aturdida mente. La muy puta acercó de nuevo su boca a la base de mi polla y, deslizando su lengua desde abajo hasta la punta, la limpió de los últimos restos de la aventurilla.
– ¿Qué? – dijo sonriente – ¿Te gustó?
– Ha sido increíble – respondí sin pensar.
– Me alegro – respondió ella.
Y entonces lo comprendí. Aquella mujer era una diosa, una máquina de follar y ella lo sabía. Su intención era seducirme, hacerme olvidar lo sucedido, perdonar y santas pascuas. Pero no, yo no iba a permitirlo.
– Eres impresionante – dije siguiéndole el juego – Siento haber terminado tan pronto.
– No te preocupes – dijo ella comprensiva – Es normal, después del mesecito que llevas…
– Sí es cierto. Pero espera – dije pues ella empezaba a incorporarse – Ahora tengo que devolverte el favor.
– No, si no es necesario.
– Vamos María, verás como te gusta – dije empujándola suavemente por un hombro.
Ella no se resistió y permitió que la tumbara de nuevo sobre la mesa. Yo, muy despacio, deslicé mi mano desde su hombro hacia su pecho, donde me detuve unos instantes, amasando y palpando sus senos por encima de la ropa. Magníficos.
Mi mano siguió su viaje hacia el sur, deslizándose sobre su estómago y su pelvis hasta alcanzar de nuevo su destino. Con delicadeza, muy lejos de la brusquedad de antes, mis dedos separaron levemente los labios vaginales de María, y, con dulzura, hundí un par de ellos en su interior.
– Ummmm – siseó la chica.
Esta vez pretendía hacerlo bien. Qué digo bien, mi intención era hacerle la mejor paja de mi vida. Y me apliqué a ello.
Moví mis dedos lentamente, separándolos a la vez para aumentar el frotamiento y el placer. Palpé el interior de las paredes vaginales de María, notando cómo sus músculos se tensaban y se amoldaban para recibir a los intrusos que invadían su intimidad.
La sensación sobre mis apéndices era de calor extremo, su coño se ponía al rojo, y, por supuesto, de humedad cada vez mayor.
Y es que esta vez María sí que estaba disfrutando al máximo de mis habilidades. Ella, confiada en haber logrado convencerme, de haber logrado seducirme, simplemente se abandonó a mis caricias, relajándose y dedicándose a disfrutar del momento. Su cuerpo se retorcía como una culebra, agitándose sobre la mesa, mientras de su garganta comenzaban a surgir lujuriosos gemidos, cada vez más profundos, cada vez más sinceros.
Ya la tenía donde yo quería, disfrutando como la zorra que era. Pues se iba a enterar.
– ¿Lo hago bien? – susurré.
– Uummm. Síiiiii. Dios, si hubiera sabido que eras tan buenoOOOO…
Dio un gritito cuando clavé un tercer dedo, ahora un poquito más fuerte.
– ¿Te ha dolido?
– Nooo. Sigue, sigueeee – dijo llevando las manos a sus pechos y comenzando a estrujarlos.
– ¡Joder, cómo se pone! – pensé.
Aún seguí unos minutos más, aplicándole todo mi arte y habilidad. Acerqué mi otra mano a su cueva, pero ésta la utilicé para estimular su clítoris, duro y palpitante, lo que la llevó a un nivel superior de excitación.
– ¡Dios! ¡Qué bueno! ¡Qué BUENOOOOOO! – gemía la muy puta.
Era el momento.
– María – dije.
– ¿Ummm? – respondió ella.
– Verás, me da la impresión de que piensas que el problemilla entre nosotros ya se ha solucionado.
– ¿Y no es así? -dijo ella sonriendo.
 
Mientras decía esto, estiró su mano y la llevó hasta mi polla, que aún seguía por fuera del pantalón y que comenzaba a recobrar su postura orgullosa, y comenzó a acariciarla. Yo la dejé obrar.
– Pues no, cariño – dije sin dejar de masturbarla – No ha cambiado en absoluto.
– Per… ¡AAHHHH! – protestó ella, pero ahogué su queja clavándole los dedos un poquito más duro.
– No hables, nena, que no te he dado permiso. Mira, María, me has demostrado que eres una auténtica maravilla en la cama, y mucho más que me vas a demostrar, pero de olvidar todo lo que me has hecho, nada. Aún tienes que pagar.
María me miró con un brillo de furia en la mirada. Se veía que deseaba protestar, levantarse y marcharse, pues su plan había fallado. Pero su cuerpo, recibiendo mis enloquecedoras caricias, disfrutando de un placer tan intenso, no le permitía moverse. Era mía.
– Así que, te daré tus primeras instrucciones – dije sin dejar de masturbarla – Son bastante sencillas. Nada de sexo hasta que yo te dé permiso.
– ¿Qué? – dijo ella sorprendida.
– Que no vas a follar más hasta que yo te diga que puedes hacerlo. No me importa quién te lo pida, mi abuelo, Nico, tus otros amantes… Me da igual. Para empezar, esta tarde no vas a ir con Nico al pueblo. Cuando mi madre le dé la lista de la compra, tú, en vez de decir que tienes recados que hacer, te callarás. Y si te dicen que vayas, dirás que no puedes, que te encuentras mal. ¿De acuerdo? – dije penetrándola bien hondo con mis dedos.
– S…sí – acertó a decir.
– Bien, y estarás así hasta que yo quiera. ¿Vale?
Ella asintió con la cabeza, manteniendo los ojos cerrados. María me odiaba intensamente en ese momento pero ¡qué placer le estaba dando!
– Pero, qué… Uffff. ¿Qué es lo que pretendes? – siseó ella.
– Que ¿qué pretendo? Verás, maldita furcia, quiero que pases por lo mismo que yo, a alguien a quien le gusta tanto el sexo como a ti, quitárselo es el peor castigo. Cuando acabe contigo, me suplicarás que te folle, porque será la única forma de tener una polla enterrada en el coño ¿entiendes?
No respondió, se limitó a mirarme con ojos llameantes.
– Seguro que sí. Anda, relájate y disfruta de esto, pues es tu último orgasmo en mucho tiempo.
Diciendo esto volví a aplicarme en pajearla, poniendo toda mi habilidad en ello. Mientras los dedos de una mano la horadaban con dulzura, los de la otra jugueteaban con su clítoris, estrujándolo y retorciéndolo, provocando espasmos de placer en su dueña.
El momento del clímax se avecinaba, su coño ya era un charco de fluidos que resbalaban manchando la mesa; María alzaba inconscientemente la pelvis, para que mis dedos la penetraran mejor. Estaba a punto de caramelo, así que, súbitamente, paré.
Mis manos abandonaron su presa de pronto, y de un saltito me bajé de la mesa. Con algunas dificultades, logré volver a enfundar mi polla en el pantalón y abrocharlo, dejando a la vista un bulto bien notable.
– Pero, ¿qué haces? – exclamó María.
La miré. Estaba medio incorporada, con la falda enrollada en la cintura y el coño chorreando sobre la mesa. Se había abierto algunos botones de la blusa y por el hueco se veía un apetitoso canalillo. Respiré hondo y tragué saliva, reuniendo fuerzas para no abalanzarme y follármela.
– He pensado que ya está. No me apetece seguir jugando por ahora – dije.
– Pero…
– Pero nada. Me voy, y no olvides lo que te he dicho. Nada de follar.
– ¡Maldito cabrón!
– Sí, sí, lo que tu quieras.
Entonces ella, dando un bufido, se dispuso a hacer lo que yo esperaba. Llevó una mano hasta su coño, dispuesta a terminar el trabajo que yo había empezado.
– ¡Ah, no, preciosa! – exclamé acercándome y sujetando su inquieta mano – ¡Nada de eso!
– ¿Cómo? – dijo ella, incrédula.
– Vamos, María, no pensarás que tu castigo iba a ser duro si te permitiera aliviarte tú solita ¿no?
– Serás…
– Mira, niña, durante una buena temporada, olvídate de orgasmos ¿entiendes? – dije apartando su mano del palpitante coño – Y ahora, vas a ser una buena chica, te vistes y te vas a ver a mi madre, que hace rato que te espera en la cocina para hacer la lista de la compra.
– ¡¿QUÉ?!
El brillo de alarma en su mirada me regocijó intensamente.
– ¡Será una broma! – bufó.
– ¡Oh! Me temo que no, querida. Yo vine a buscarte enviado por mi madre, pero como te vi tan solita…
– ¡Hijo de puta! – aulló María mientras deslizaba su culo por la mesa para bajarse.
Se puso en pié de un saltito, empezando a componer sus ropas a toda velocidad, mientras no paraba de lanzarme improperios. Yo reía.
Se inclinó para recoger sus bragas, pero yo fui más rápido y se las arrebaté.
– ¡Dámelas! – siseó.
– No. He pensado que de ahora en adelante irás siempre sin bragas, y lo mejor es que empieces ahora.
Dirigí mis ojos a su entrepierna, constatando que sus jugos resbalaban por la cara interna de sus muslos. Perfecto.
– María, debes tener en cuenta que comprobaré que vas con el coño al aire muy a menudo, y si descubro que me desobedeces…
– Maldito cabrón – susurró con fuego en la mirada.
– Sí, sí, eso ya lo has dicho. Otra cosa. Te repito que nada de sexo, y eso incluye el tocarte tú solita. Seguro que piensas que podrás hacerlo a escondidas, cuando yo no te pueda ver, y probablemente es verdad, pero no olvides que en esta casa tengo muchas… amigas, las cuales no te aprecian demasiado, o sea que si me entero que desobedeces… – esto último era un farol, pues de momento yo no pensaba contarle a nadie la situación, y menos a las criadas que detestaban a María.
Ella no dijo nada, pero si las miradas matasen…
– Bueno, me voy, que tienes que hablar con mamá. ¡Ah! Por cierto María, no olvides limpiar la mesa, pues has dejado un rastro de jugos al arrastrarte por encima. Parece que ha pasado por ahí un caracol gigante.
Y me fui riendo. El primer paso estaba dado.
Aunque claro, había algunos problemillas, el primero de los cuales era mi estado de excitación. ¡Qué remedio! Una vez hube cerrado la puerta del salón tras de mí, volé hasta el cuarto de baño y allí me casqué una fenomenal paja, con las bragas de María pegadas a la cara. Fue muy decepcionante, pero menos da una piedra.
La verdad es que me hubiera gustado echar un vistazo en la cocina, para ver cómo la temblorosa María explicaba su tardanza a mi madre, pero necesitaba aliviarme y rápido. Además, si mi madre me pillaba por allí, empalmado perdido y con María sofocada… no iba a tardar mucho en sumar dos y dos.
Bueno, ahora venían el segundo paso y el tercero.
Fui en busca del abuelo y le conté con pelos y señales lo sucedido. El hombre no paró de reír ni un momento, felicitándome por haber sabido llevar tan bien la situación, y es que “María es un hueso duro de roer”, me dijo.
Con esto conseguí que el abuelo dejara a María en paz durante un tiempo, porque claro, si él requería sus “servicios”, ella no podría negarse ante el jefe, con lo que mi plan se iba al garete.
Después de esta reunión, tuve que ir a clase, ya saben. Eterna tarde sentado a solas en una silla mientras Dickie instruía a Marina y mis primas. Horrible.
Aún me quedaba alguien con quien hablar. ¿Quién? Las criadas, claro. Esto no era necesario para mi plan, pero yo quería recuperar un poco del terreno perdido con ellas tras el incidente de Tomasa.
Fui encontrándome con ellas una a una, convenciéndolas primero de todo de que sólo quería hablar (más de una huía de mí despavorida, temerosa de que intentara seducirla y terminar así como Tomasa).
Bueno, pues como pude, fui hablando con todas ellas. Básicamente, lo que les dije a todas era que no se preocuparan, que las aguas pronto iban a volver a su cauce. Les prometí que no iba a intentar nada con ellas hasta que la cosa estuviera controlada y no hubiera riesgo de nuevos despidos. Insinué que pronto lograría hacérmelo también con María, así que cuando ella pasara a engrosar la lista de mis conquistas, ya no habría peligro de que denunciara a ninguna de ellas si la pillaban conmigo. Además, les ofrecí una prueba de que la cosa iba mejorando. Les dije que a partir del día siguiente iban a notar cómo la intratable María suavizaba mucho su carácter con ellas. Iba a ser una jefa modelo.
Como quiera que alguna se resistía a creerme, les aseguré además que iba a conseguir que readmitieran a Tomasa, pero que para eso aún quedaba algún tiempo. Loli llegó incluso a susurrarme que si lo lograba “iba a chupármela hasta dejarme seco”. Ni que decir tiene que el escalofrío que recorrió mi espalda casi me hace caerme de culo.
Bueno, pues ya estaba todo dispuesto para la función. El escenario listo, los actores preparados y la actriz principal… encadenada.
No voy a aburrirles contando pormenorizadamente los días que siguieron, pero, si me conocen un poco a través de mis escritos, no les costará mucho imaginarse las órdenes que administré a María a partir de entonces. Piensen en tocamientos a hurtadillas, inspecciones bajo su ropa para comprobar si no llevaba bragas… y todo tipo de barrabasadas. Eso sí, en ningún momento intenté follármela (creo que la inconmensurable fuerza de voluntad que exhibí en ese periodo sirvió para forjar mi carácter, y convertirme así en un hombre de voluntad de acero). Es broma.
Lo que voy a hacer es narrarles algunos episodios concretos, los mejores a mi juicio, los más excitantes o significativos. Sigan leyendo.
Empezaré por ejemplo a la mañana siguiente. Me levanté bien temprano, mucho antes de lo habitual, y tras asearme y vestirme, bajé disparado para tratar de encontrarme con María. Llevé sus bragas conmigo, escondidas en un bolsillo del pantalón.
La hallé en la cocina, hablando con Luisa del menú del día. Al entrar yo en la cocina, Luisa quedaba de espaldas a mí, pero María sí me vio, así que simplemente hice un gesto con la mano, indicándole que me siguiera.
La esperé fuera de la cocina, y poco después María se reunía conmigo con cara de pocos amigos.
– Buenos días María – le dije sonriendo de oreja a oreja.
– Buenos días – respondió ella con sequedad.
– ¿Has dormido bien?
Ella me miró con furia.
– Ya, ya supongo que llevabas un calentón de aquí te espero ¿verdad?
No respondió.
– Contesta – insistí.
– Sí – aceptó ella al fin.
– Pues te jodes – respondí triunfante – A ver si así aprendes.
Pareció ir a decirme algo, un insulto sin duda, pero se lo pensó mejor y calló.
– Bueno, bueno, veamos si has obedecido – continué – Súbete la falda.
Esa mañana llevaba un vestido floreado, de una sola pieza, con la falda por debajo de la rodilla.
– No, aquí pueden vernos – dijo ella simplemente.
Miré a mi alrededor, sorprendido. Ella tenía razón, estábamos en medio del pasillo, cerca de la cocina. Seguro que alguien pasaba en menos de un minuto. La verdad es que la falta de sexo unida al poder que poseía sobre aquella mujer, hacían que la excitación nublase mis sentidos. Y eso era peligroso.
– Tienes razón, ven conmigo – dije.
La guié hasta el cuarto de las bañeras, el mismo donde tan bien lo pasé con Mar y Dickie. Entramos y cerré la puerta.
– Venga, hazlo – ordené.
Ni una queja, ni una protesta. María se volvió hacia mí, se inclinó para agarrar el borde de su vestido e, incorporándose, subió la parte delantera de la falda, dejando su coño al descubierto.
Había obedecido.
Efectivamente, el ama de llaves iba sin bragas. Mis ojos fueron directos al área de conflicto, viendo una vez más aquel maravilloso coño con el que la naturaleza había bendecido a aquella mujer.
Sin pensar, me arrodillé frente a ella, examinándolo a conciencia. Exploré la zona con mis dedos, constatando que los labios externos estaban ligeramente hinchados y enrojecidos. Comprendía que María me había obedecido en todo, y que aún no había obtenido alivio alguno, por lo que aún se notaban restos de la excitación del día anterior. Olía a hembra caliente.
Llevé mi mano a su raja y la recorrí con mis dedos, notando cierta humedad. Mientras lo hacía, María tembló ligeramente, sus rodillas flaquearon, tambaleándose un poco. Sonreí.
– Bueno – dije – veo que sigues caliente.
Ella no respondió.
– María, a partir de ahora quiero que siempre que te pregunte algo respondas al instante ¿de acuerdo? – dije con sequedad.
– Sí, sigo excitada – respondió.
– Buena chica. Y dime ¿te tocaste anoche?
– No.
– Y tampoco fuiste con Nico al pueblo ¿verdad?
– No.
– ¿Le molestó?
– Bastante – dijo María – Me costó convencerle de que no pensaba ir con él.
– Lo siento por “él” – dije remarcando el “él”.
Entonces se me ocurrió una idea sibilina.
– Espera un minuto – dije – No te muevas ni un milímetro.
Con rapidez, abrí la puerta y salí, dejando allí a María con la falda subida. Fui a la cocina, donde por suerte, no me encontré con nadie. Entré a la despensa y… ¡Premio! Encontré un par de pepinos, uno de notables dimensiones y otro más pequeño, que metí en la cinturilla de mi pantalón, a la espalda, tapándolos con el faldón de la camisa. Cogí también una galleta (como desayuno) por si me encontraba con alguien al salir y volví disparado al baño.
Abrí la puerta, y para mi excitación, me encontré con que María seguía allí, con el borde de la falda subido y el coño al aire, esperándome.
– Buena chica – dije cerrando la puerta – Si sigues así de obediente nos llevaremos bien.
Ella me miró enfadada, pero, por un segundo, sus ojos se desviaron un poquito, hacia mi entrepierna. Fue entonces cuando me di cuenta de que me había empalmado. Últimamente y ante la falta de alivio, aquel era mi estado habitual, así que ya ni me enteraba. De todas formas, me gustó que ella lo notara.
– María – le dije – Estoy satisfecho de que me hayas obedecido en todo. Te has portado bien. Y he decidido… bueno, darte un respiro.
Ella me miró un poco confusa.
– Como has sido buena chica, voy a dejar que te alivies un poco la calentura.
– ¿Qué? – preguntó dubitativa.
– Puedes terminar la paja de ayer – concedí, magnánimo.
No respondió.
– María, creo que lo menos que puedes hacer es darme las gracias ¿no?
Sus ojos echaron fuego. Por un segundo temí que me pegara o algo así, echándolo todo a perder, pero se controló, y con expresión dura, logró desgajar un simple…
– Gracias.
– Bien – dije aliviado – Ven conmigo.
La guié hasta el borde de la bañera en que Dickie me hizo mi primera cubana. Rápidamente, despejé el poyete de jabones y esponjas y le indiqué que se sentara. María me había seguido, con la falda aún levantada, pues yo no le había dicho que la bajara. Me gustó que fuera tan obediente.
– Siéntate.
Ella obedeció, sentándose en el poyete. Por el ritmo de su respiración, comprendí que estaba excitada.
– Abre más las piernas – dije.
Así lo hizo, separando los muslos al máximo, abriéndose el coño.
Nos quedamos así unos segundos, mirándola yo embobado. Sacudí la cabeza, aclarando mis ideas y proseguí.
– Vamos, empieza – dije.
De nuevo sin protestas o quejas. María como mujer inteligente, era consciente de que, de momento, lo mejor para ella era seguirme la corriente, así que simplemente lo hizo.
Llevó sus manos a su coño y, separándose los labios con una mano, comenzó a frotárselo con la otra, describiendo lentos círculos con sus dedos sobre su vagina, acariciando lentamente su clítoris, para ir poniéndose a tono. Y a mí también.
¡Qué mujer! Yo la miraba atontado, luchando contra mis instintos que me gritaban que sólo tenía que cogerla y tomar de ella lo que quisiera, pero mi mente decía que no, que entonces ganaría ella, que yo había prometido que iba a suplicarme que me la follara. Y aguanté.
Estuvo así un par de minutos, estimulándose despacito. Su coño se mojaba poco a poco. Ella gemía enloquecedoramente, porque lo pasaba bien, pero también tratando de excitarme a mí, de llevarme a su terreno, y yo me resistía. Pero no demasiado.
Por fin, no aguantando más, se enterró un par de dedos en el chocho, penetrándose tan profundo como pudo. Era lo que yo esperaba.
– Espera – dije sujetando su mano.
Ella abrió los ojos, sorprendida, y yo detecté un brillo de rabia en ellos, pues pensó que de nuevo planeaba dejarla a medias. Pero no era así.
– He pensado que tus dedos son demasiado pequeños para satisfacerte – dije sonriendo.
– Me bastan – respondió María extrañada, sabedora de que yo planeaba alguna diablura.
– Sí, lo supongo, pero estando acostumbrada a meterte cosas tan enormes como la de Nico, estoy seguro de que esto te sabrá a poco…
Y diciendo esto saqué el pepino grande. Ella comprendió instantáneamente mis intenciones.
– Cabrón – me espetó.
– Sí, sí, eso ya me lo has dicho. Ahora si haces el favor… – dije tendiéndole el pepino.
Ella me lo arrebató de un tirón, enfadada. Se puso en pié y caminó hacia un lado de la habitación. Yo iba a decirle que parara, pero noté que no iba hacia la puerta, sino que se dirigía a la jarra del agua. Vertió un poco en una palangana, y enjuagó el pepino, regresando a su posición original: despatarrada sobre el poyete.
– Vaya, vaya – dije divertido – veo que no es la primera vez que juegas a esto…
– Vete a la mierda – dijo enojada.
– Uy, uy, uy, niña. ¡Qué vocabulario! ¡Y yo que te tenía por una señorita bien educada!
– Cabrón.
– Te repites, querida. Ahora cállate y métete eso en el coño.
Vencida, María no pudo sino obedecer. Separó las piernas al máximo, y abriéndose bien el coño con una mano, apoyó el pepino a la entrada de su gruta… y empujó.
¡Qué pasada! Ver aquel pedazo de hortaliza desaparecer en el espléndido chocho de aquella mujer fue una de las experiencias que marcaron mi juventud. ¡Pero qué puta era!
– ¡Aaahhhhh! – resopló María.
Por mucho autocontrol que tuviera, aquello le había gustado, lo percibí. Lentamente, comenzó a meter y sacar el pepino de su interior, disfrutando hasta el último centímetro. Yo estaba a cien.
Mientras María se masturbaba, yo me acordaba de Marta, y de que me había contado que se rompió el virgo haciendo lo mismo que María (lo que me brindó la idea para aquel numerito). La chica se metía el improvisado consolador cada vez más deprisa, más adentro, gimiendo y jadeando desesperada. Su coño estaba dilatado al máximo, así que ya no era necesario mantener separados los labios con su mano, así que la llevó hasta sus pechos, estrujándoselos por encima de la ropa.
Y claro, yo a punto de reventar. Aunque no era mi intención, todo aquello era demasiado para mí, por lo que no tuve más remedio que sacármela y empezar a masturbarme.
María incrementaba cada vez más el ritmo del pepino, y yo hacía otro tanto con mi mano. Mi deseo era no pedirle nada a ella, mostrarme indiferente a sus encantos, pero era pedir demasiado. Tener a aquella mujer allí…
Dejé de pajearme y agarré la mano que había prendido en sus pechos. Ella me miró mientras yo arrastraba su mano hacia mi erección. Me comprendió perfectamente.
Sin dejar de clavarse el pepino, procedió a pajearme a mí a la vez, masturbándonos a ambos. Yo me dejé hacer, sin pensar, sólo sintiendo placer. Y me corrí. No duré ni un minuto.
Mi polla vomitó su carga, que empapó la mano de María que seguía agitándose sobre mi miembro. La lefa se escurría entre sus dedos, lubricando mi polla, cayendo al suelo. Una buena corrida.
María aún duró un poco más. El frenesí pareció apoderarse de ella, metiéndose el pepino a toda velocidad, sin dejar por ello de acariciarme a mí. Era una máquina.
Por fin, el orgasmo la alcanzó, fuerte, intenso, húmedo.
– ¡AAAAHHHHHHH! ¡DIOSSSSSSS! ¡POR FIN! – gemía.
Poco a poco, la laxitud se apoderó de ella. Se quedó sentada en el poyete, jadeando, y sus manos liberaron a sus prisioneros, una a mi polla, y la otra al pepino.
Mi picha iba poco a poco perdiendo su vigor, aceptablemente satisfecha por primera vez en bastante tiempo. Mientras, el coño de María fue cerrándose un poco, con lo que el pepino fue deslizándose lentamente hacia fuera, empapado por los flujos de María, hasta que su cuerpo lo expulsó por completo, cayendo al suelo con un ruido sordo.
Yo me recobré un poco, dispuesto a dar el siguiente paso en mi plan. Me guardé el miembro en los pantalones, arreglando un poco mi ropa. María seguía tratando de recuperar el ritmo normal de respiración, recuperándose poco a poco. Me agaché frente a ella, apoyando las manos en su regazo, simulando interesarme por su estado.
– ¿Estás bien? – pregunté dulcemente.
– Sí – articuló ella.
– Bien. Oye, ha sido una pasada. Eres increíble.
María esbozó una sonrisilla tonta. Yo, mientras, aprovechaba para acariciarle los muslos con las manos, amasándolos como quien no quiere la cosa.
– Estás buenísima – dije – La más buena de la casa.
– Gracias – dijo ella con sinceridad.
Por primera vez logré conectar con María. Podría haber seguido por ahí, pero no era lo que yo quería.
– Me encanta tu coño – dije plantando una mano sobre él y acariciándolo.
– Gracias – repitió ella, dubitativa.
– Sí, es precioso.
Mientras hablaba, hacía cada vez más intensas mis caricias, más intimas. Seguro que ella pensó que ya me tenía en el bote, pues poco a poco, fue abriendo de nuevo sus muslos, ofreciéndome así su tesoro. Para poner fin así a nuestras hostilidades. Pero de eso nada.
– Oye – le dije – Se me ha ocurrido una idea.
– ¿Cuál?
– Cierra los ojos.
Ella me hizo caso, de nuevo con la sonrisilla tonta. Creía que había ganado.
Rápidamente, saqué el otro pepino y lo acerqué a su vagina. Con delicadeza, estimulándola, separé de nuevo sus labios, sintiendo como su aroma a mujer invadía de nuevo mis fosas nasales. Con destreza, coloqué el pepino a su entrada y se lo clavé.
– ¡AAAAHHH! – gritó ella, sorprendida – ¿Pero, qué haces?
– ¿Yo? Lo que me apetece – sentencié.
Entonces ella comprendió que nada había cambiado. La situación no había variado un ápice. De nuevo sus ojos llamearon.
– Se me ha ocurrido que vas a pasarte el resto del día con esto enterrado en el coño – dije mientras empujaba lo más que podía el pepino en su interior.
– ¡AAAHHH! ¿Qu- Qué? – logró balbucear ella, sorprendida por la súbita intrusión.
– Que te ordeno que pases el día con este amiguito dentro, para ver cómo te lo pasas y eso.
– Eso… eso es imposible… ¡Uff! – resopló ella.
– Bueno, ya lo veremos – dije poniéndome en pié – Y para que veas que no soy tan malo, te permito que durante el día de hoy lleves bragas.
Mientras decía esto saqué sus bragas del bolsillo y se las arrojé a la cara, triunfante.
– Vamos ponte en pié.
Ella obedeció tambaleándose. Yo sujeté el borde de su falda para que no se bajase y me tapara así el espectáculo. Por un instante, su cuerpo pareció ir a expulsar al intruso, pero yo le ordené que se lo colocara bien.
María se metió dos dedos dentro, empujando claramente el émbolo vegetal hacia arriba, todo lo adentro que pudo. Después trató de agacharse para ponerse las bragas, pero claro, con aquello dentro no podía, así que me agaché y fui yo quien se las puso.
– Buena chica – dije acariciándole el rostro – Tú y yo vamos a pasarlo muy bien.
– Hijo de puta – siseó ella.
– Venga, no me digas esas cosas. Con lo bien que te lo he hecho pasar… Y todo lo que nos queda…
– Maldito…
– Y ahora escúchame – la interrumpí – las órdenes no han cambiado. Así que ya sabes lo que tienes que hacer ¿verdad?
– …….
– Te he hecho una pregunta, María – dije severamente.
– Sí, lo sé – acertó a decir.
– Bien. Vamos chica, que tú te has metido cosas mucho mayores. Ese amiguito es minúsculo.
– Sí, pero nunca he andado con una dentro – dijo ella con un resto de orgullo.
– Bueno, pues algo aprenderás.
Dios, era tan excitante ejercer tanto poder sobre una persona.
– Otra cosa María. Quiero que a partir de ahora trates a las empleadas con educación. Emplearás con ellas tus mejores maneras. Te comportarás como una persona y no como una perra sin entrañas ¿de acuerdo?
Ella asintió con la cabeza.
– Bueno, pues nada más, eso es todo lo que tienes que hacer hoy. No ha sido tan duro ¿eh?
Ella alzó la mirada y vi el brillo de las lágrimas en sus ojos. Sentí pena y estuve a punto de dejarlo correr, pero no ¿acaso no había llorado Tomasa también? Aún así, le ofrecí una salida.
– Estás jodida ¿eh? – dije – esto no es lo que habías planeado ¿verdad?
Sin respuesta.
– Pídemelo – sentencié.
– ¿Qué? – dijo ella, confusa.
– Pídemelo. Dime que te folle. Que estás deseando que te la clave, que a partir de ahora vas a ser mi amante, una más, que harás todo lo posible por devolverle el trabajo a Tomasa y te dejaré en paz.
Palabras equivocadas, pues volvieron a encender el fuego de su orgullo. Demasiado pronto.
– Y una mierda – dijo ella apretando los dientes – Niñato de mierda, me tienes bien cogida, no sabes tú cuanto, pero si te crees que vas a poder conmigo…
Se incorporó por completo, arrancando de un tirón su falda de mis manos. Se compuso como pudo el vestido y dijo:
– Si el señorito no ordena nada más…
¡Mierda! Oportunidad fallida. Bueno, habría otras.
– No. Márchate y recuerda lo que te he dicho.
– No te preocupes, seré amable con todas.
Cojeando casi imperceptiblemente, María salió del baño, con aquel pepino bien hundido en sus entrañas. Bien, había sido una mañana bastante productiva y, sin duda, habría otras.
Por desgracia, a continuación venían las clases, así que la mañana se me hizo eterna. Cuando llegó la hora de comer, salí del aula como una exhalación, deseoso de ver el estado en que se encontraba María.
La familia se reunió en torno a la mesa, charlando en espera del almuerzo. Por fin, aparecieron María y Vito, para servir la sopa. Mis ojos fueron directamente hacia el ama de llaves, comprobando su estado. Estaba matadora.
Su rostro, habitualmente serio y sobrio, estaba completamente arrebolado y sudoroso. Su caminar era pesado, lento, aunque ya no cojeaba (su coño se acostumbraba pronto a lo que fuera). Se la veía un poco dubitativa, insegura, hasta el punto de que le preguntaron si se encontraba bien, contestando ella que sí, que simplemente no había dormido bien.
Mi abuelo me miró, interrogador, y yo le respondí con un gesto que se lo contaría más tarde. La conversación se reanudó, y yo aproveché que María se colocaba a mi lado para servirme la sopa, para disimuladamente, deslizar mi mano por detrás de ella, apretando su prieto trasero por encima de la falda. Ella dio un respingo, pero sólo mi abuelo, pendiente de la situación notó lo que pasaba. Se reía.
Ese día no pasó nada más. Tras almorzar la busqué y le dije que podía librarse ya del pepino, que para ser la primera vez ya estaba bien. Creo que lo hice porque sentía un poco de remordimiento, pero no demasiado. Ese día la dejé tranquila, pero ya maquinaba planes para los siguientes.
Pasaron unos días de experiencias similares y humillaciones varias, pero María no daba su brazo a torcer, obedeciéndome en todo, sin perder ni un ápice de orgullo. La verdad, es que aquello ponía muy en jaque mi propia resistencia, pues me costaba muchísimo resistirme a la tentación de tirármela y acabar con todo de una vez. Pero aguanté.
Nuestra relación se volvía por fuerza monótona, porque claro, había un límite en las cosas que podía hacerle, ya que por un lado no estábamos solos en la casa (con el enorme riesgo de que nos pillaran) y por otro yo no quería follármela. Así que ya estaba un poco harto de mandarle más o menos lo mismo siempre. Necesitaba ideas nuevas. Y la solución llegó de fuera.
Una noche, Andrea volvió a enfermar del estómago. Si recuerdan en un capítulo anterior ya mencioné que sufría de dolores de vez en cuando. Pero esta vez fue un poco más intenso de lo habitual, por lo que tía Laura decidió que lo mejor era llamar al médico, Don Tomás, así que, por la mañana, enviaron a Nicolás con el coche en su busca.
Don Tomás era un vejete muy simpático, que desde siempre se había encargado de las enfermedades de la familia, por lo que todos teníamos una gran confianza con él. Era bastante amigo de mi abuelo, e incluso había pasado en casa alguna Nochebuena.
Pues bien, el hombre llegó más o menos a mediodía, traído por Nico. Como hacía calor, el pobre hombre venía todo sudado, así que el abuelo le invitó a tomarse una limonada en el salón.
Yo también andaba por allí, pues por fortuna, Dickie había comentado que también deseaba consultarle unas cosas al doctor, algo acerca de un dolor en el cuello o no sé qué, así que la clase matutina se había interrumpido.
Y precisamente de eso estaban hablando en el salón cuando hice un interesante descubrimiento.
Yo estaba sentado en una silla, sorbiendo mi limonada con desgana y pensando en qué hacer con María, cuando Dickie le comentó a Don Tomás si podría recetarle algo para el dolor muscular. El hombre contestó que por supuesto, pero que lo mejor sería examinarla para descubrir la causa de la molestia.
Entonces me di cuenta. Los ojos del buen doctor brillaban, mientras miraba con expresión extraña a mi institutriz. Ella no lo notó, pero yo capté perfectamente el mensaje. La perspectiva que se le presentaba al viejo de revisar a semejante hembra era sin duda magnífica. ¡Vaya con Don Tomás! Iba a resultar que también era un viejo verde. Pues yo iba a suministrarle suficiente material para una buena temporada.
Con disimulo, dejé mi vaso encima de la mesa y salí del salón, yendo disparado en busca de María. La encontré quitando el polvo de la entrada, hermosa como siempre. Se volvió al oír mis pasos, y pude notar en su expresión que estaba un poquito demacrada. Mi tratamiento iba surtiendo efecto.
– Dime – dijo directamente.
– Buenos días – respondí sonriente.
– Déjate de tonterías – respondió secamente – ¿Qué quieres que haga?
A pesar de la situación en que nos encontrábamos, aún no había logrado que me hablara con el respeto debido. Si se lo ordenaba directamente, ella obedecía, pero enseguida volvía a tratarme con descaro, lo que me molestaba profundamente.
– ¿Llevas bragas? – dije dejándolo pasar.
– Sabes que no.
– A ver, a ver…
Me arrodillé en el suelo y miré por debajo de su falda, constatando que decía la verdad.
– No seas estúpido – dijo ella apartándose – Aquí en medio nos van a ver.
Me levanté de un salto y dije fríamente.
– Mira, puta, estoy harto de que me hables en ese tono. Desde luego, esa actitud no te ayuda en nuestro “problemilla”.
– Lo siento – dijo un poco más calmada.
– Bien. Yo no te pido que me llames amo ni nada por el estilo, pero tengo un nombre.
María asintió con la cabeza.
– De acuerdo, Oscar. ¿Qué quieres que haga?
– Así está mejor.
– Estupendo – dijo cansinamente.
– Hoy vamos a probar una cosa nueva.
En su expresión noté leves signos de preocupación, porque si yo quería hacer algo nuevo… que Dios la pillara confesada.
– ¿El qué? – preguntó por fin.
– Verás, hoy ha venido Don Tomás a ver a mi prima…
– Sí, lo sé.
– Pues bien, he notado que él muestra un profundo interés por su trabajo, curar gente y eso, especialmente a mujeres, y he pensado que podría… curarte a ti.
– Entiendo.
Esa era la ventaja de tratar con una mente tan sucia como la mía; las palabras sobraban.
– Y supongo que tú no te perderás detalle – dijo María.
– Por supuesto – contesté – Llévale a tu cuarto y yo me esconderé en tu armario.
– ¿Y hasta donde debo llegar?
– Ya conoces mis órdenes, nada de follar. Es más, sería interesante ver hasta donde eres capaz de excitar a un hombre sin tocarle.
Ella simplemente sonrió.
Una hora después yo esperaba nerviosamente escondido en el armario de María, sentado sobre un montón de ropa. Por fin, la puerta se abrió, y dos voces conocidas penetraron en la estancia.
– …Y dice usted que tiene sofocos – resonó la voz de Don Tomás.
– Sí, sí, doctor. Últimamente me canso más de lo habitual, y siento unos calores… – dijo María.
Finalmente, penetraron en mi campo de visión, que abarcaba el centro de la habitación y la cama.
– Siéntese, que voy a reconocerla – dijo Don Tomás.
María, hábilmente, se sentó en el lado de la cama más cercano al armario, de forma que ella quedara de frente a mí y el médico de espaldas, mejorando así la visión, y disminuyendo el riesgo de ser atrapado.
El doctor dejó su maletín en la cama, junto a la mujer y lo abrió rebuscando dentro. Poco después sacó un estetoscopio, de esos antiguos.
– Abra la boca – dijo, inclinándose sobre María.
– AAHHHHH.
– Bien, la garganta no está inflamada – concluyó el doctor.
Se enchufó un extremo del estetoscopio en la oreja (los de entonces no eran como los modernos, sino que eran para un único oído) y apoyó el otro extremo en el pecho de María, sobre el esternón más o menos.
– Diga treinta y tres – dijo el médico sin dejar de escuchar por el aparatito.
– Treinta y tres – respondió la chica.
El médico se incorporó y examinó el estetoscopio, dándole unos golpecitos. Después volvió a intentar escuchar el corazón de la mujer. Yo comprendí sus intenciones y María también.
– ¿Pasa algo? – preguntó el ama de llaves con voz inocente.
– No sé, este viejo trasto – respondió Don Tomás, volviendo a golpear el aparato – Suena muy apagado.
– ¿Y qué hacemos? – indagó María poniéndoselo en bandeja.
– Podríamos… Bueno… – balbuceó el buen doctor – Es que con la ropa y eso…
– ¡Ah! Entiendo – dijo ella con su mejor voz de despistada – No se preocupe. Como usted es médico…
Y procedió a desabrochar los botones superiores de su blusa. Enseguida su majestuoso canalillo quedó expuesto, mostrándose por la abertura de su camisa el borde de su negro sostén, que tapaba los pechos hasta la mitad, dejando la parte superior visible.
– ¿Así está bien? – preguntó María separando todavía más los bordes de su camisa.
El médico estaba de espaldas a mí, con lo que no le veía la cara, pero apuesto a que lo ojos se le salían de las órbitas.
– Sí… sí… – balbuceó – Pe… perfecto.
 

 

Se inclinó y apoyó de nuevo el aparatito en el pecho de María.
– ¡Ayyy! – se quejó ella.
– ¿Qué sucede? – exclamó el doctor.
– Es que… – gimió María con voz de tonta – Está muy frío…
– ¡Oh! Lo siento.
El buen doctor apartó el estetoscopio del pecho de María, y procedió a echarle el aliento, para calentarlo.
– ¿Así está mejor? – preguntó reanudando el “reconocimiento”.
– Sí – dijo María melosamente – Está calentito…
El médico, siguió, auscultando a la mujer, colocando el estetoscopio en diferentes posiciones, hasta que finalmente, lo colocó directamente sobre la parte desnuda de una teta.
– ¡DOCTOR! – dijo María simulando sorpresa.
– Perdone, pero es que es necesario para el reconocimiento… – dijo él apartándose torpemente.
María lo miró unos instantes, como si fuera una auténtica dama sopesando la verdad en las palabras del médico. Decidió “creerle”.
– Ah, bueno. Si es necesario… Disculpe – dijo la zorra por fin.
Don Tomás no dijo nada, simplemente se inclinó y volvió a apoyar el estetoscopio sobre el pecho izquierdo de la chica, para oír mejor su corazón.
El reconocimiento duró un par de minutos más, moviendo el afortunado aparatito por varios sitios más del seno. Bueno, moviéndolo no, más bien deslizándolo sobre el pecho, recorriéndolo centímetro a centímetro con el estetoscopio.
Yo notaba que el médico temblaba un poco, nervioso por el panorama que se le presentaba; sin embargo, dada mi posición, no noté que el muy ladino había empezado a rozar levemente la teta de María con sus dedos, aprovechando los desplazamientos del estetoscopio. Obviamente, María sí lo notaba, y decidió hacerse la tímida.
– Doctor – dijo de pronto – Tenga usted cuidado, que me está rozando con lo dedos…
Pareció como si le dieran un calambrazo a Don Tomás, que se incorporó de golpe.
– Disculpe… – balbuceó – No me di cuenta. Es que estoy tan torpe…
Ahora temblaba visiblemente.
– No se preocupe, por Dios – dijo María siguiendo con su actuación – Que es usted médico. No pasa nada.
Aquello tranquilizó un poco a Don Tomás, que decidió continuar con la consulta.
– Si no le importa, ahora la auscultaré por la espalda. Vuélvase, por favor… y descúbrase la espalda.
Y María lo hizo. Con un gesto perfectamente estudiado, giró el tronco, deslizando una de sus piernas sobre el colchón, de forma que quedaba medio girada. Así, una de sus piernas quedaba sobre la cama, mientras la otra, estirada, permanecía apoyada en el suelo. Con esto, lo que la muy puta consiguió fue que la falda se le subiera unos centímetros, quedándole a medio muslo. El corazón del doctor (y el mío también), dio un vuelco al contemplar el magnífico muslamen.
Fue entonces cuando me di cuenta de mi propio estado de excitación. La escenita estaba poniéndome terriblemente a tono, así que decidí aliviarme un poco. Me saqué la picha del pantalón y comencé una lenta paja, para no hacer ruido, mientras procuraba no perderme detalle del espectáculo.
Y María siguió destrozando al viejo. Una vez de espaldas, y sin esperar instrucciones, simplemente dejó que su blusa se deslizara hacia atrás, quedando sólo el sostén de cintura para arriba. Castamente, giró el torso por completo, quedando completamente de espaldas al doctor, para que éste “no viera nada” y se cubrió los senos con los brazos. Al quedar completamente de espaldas, tuvo que estirar mucho la pierna, con lo que la falda se le subió todavía más.
– ¿Está bien así? – preguntó “inocentemente” María.
El médico tardó unos segundos antes de contestar con voz ahogada:
– Sí, sí…
Don Tomás se acercó a María y se sentó tras ella, procediendo a auscultarla desde atrás. El médico, obviamente, se sentó más cerca de ella de lo recomendable, pero la verdad es que no se lo reprocho. Estaba buenísima.
– Voy a comprobar si hay algún problema en la columna – dijo tras escuchar los latidos de la chica durante un rato.
– ¿Por qué, doctor? – dijo María – Si no me duele la espalda….
– Es que… – respondió el médico buscando una excusa – Verás María, si tienes un problema de cervicales, puede producirte dolores de cabeza y sofocos.
– ¡Ah!, entiendo.
– Mira al frente.
Buena excusa. El viejo verde dejó a un lado el estetoscopio y apoyó sus deseosas manos en la blanca piel del ama de llaves, comenzando a recorrer su columna.
– Pe… perdone – dijo el muy bribón – Me estorba el…
María ni le dejó acabar.
– No se preocupe, suéltelo.
Al borde del infarto, las temblorosas manos de Don Tomás agarraron el broche del sujetador, forcejeando torpemente por abrirlo. Como quiera que no lo lograba, María intervino.
– Espere, déjeme a mí.
Las manos de la mujer se deslizaron hacia atrás y, hábilmente, abrieron el broche. Con una mano se desprendió del sostén mientras que con el otro brazo se tapaba los pechos. Desde mi posición, logré durante un segundo ver los senos de María completamente desnudos, así que el viejo seguro que obtuvo un mejor panorama.
María le alargó el sujetador a Don Tomás, diciéndole:
– Tome, póngalo por ahí que es muy caro.
Y se volvió de espaldas.
Don Tomás, con medio síncope, cogió la prenda de delicada lencería y tras mirarla tembloroso un segundo, la dejó sobre el colchón, junto a la blusa de la mujer.
Por fin, y con María totalmente desnuda de cintura para arriba, Don Tomás comenzó a examinar cuidadosamente la columna de la chica.
– Ummm – siseó María de pronto – Sus manos son muy ásperas…
– Lo… lo siento – balbuceó el médico.
– No, no… Si me gusta… Es muy agradable…
La voz de la muy puta hubiera derretido hasta las piedras.
– Mi… mira al frente – dijo Don Tomás – La columna debe estar recta…
– ¡Oh! Perdone.
Siguió Don Tomás examinando concienzudamente la columna de María, deteniéndose en cada vértebra, cuando por fin, no pudiendo más, llevó una de sus manos hasta su propia entrepierna, comenzando a frotar su notoria erección por encima del pantalón.
María lo percibió enseguida, pero le dejó jugar un rato más, manteniendo la vista al frente. El médico aprovechaba la coyuntura para echar discretos vistazos al costado de la chica, para ver las partes de su piel que no cubrían los brazos, sin dejar por supuesto de frotar su propia “piel”.
Como quiera que cada vez se inclinaba más para tratar de ver las tetas de la chica y que cada vez se daba restregones más vigorosos, María decidió darle un pequeño susto. Se volvió bruscamente, mientras preguntaba:
– ¿Está usted bien, Don Tomás? Hace unos ruidos muy raros…
Con una agilidad impropia de alguien de su edad, Don Tomás se puso derecho, soltándose el nabo inmediatamente.
– Sí, sí, querida… No me pasa nada – pudo decir.
– ¡Oh!, bien – dijo María volviéndose de espaldas de nuevo.
El susto había sido grande, así que durante un buen rato, el doctor se portó razonablemente bien, dedicándose sólo al examen médico de la chica. Pero claro, eso no era lo que ella deseaba, así que tomó cartas en el asunto.
– Ummm – gimió de pronto María, volviendo a la estrategia anterior – Me gusta mucho el tacto de sus manos.
– ¿E… en serio?
– Sí… – dijo ella melosamente – Oiga, Don Tomás…
– Dime, niña.
– Apuesto a que usted… siendo médico…
– ¿Sí? – preguntó el sudoroso viejo.
– Es que me da un poco de vergüenza…
– Vamos, niña, no seas tonta. Que soy médico… – dijo Don Tomás muy interesado.
– Verá, es que, cuando era pequeña, mi padre me daba unos magníficos masajes en los hombros, y desde que murió… Y sus manos me recuerdan a las suyas…
– Entiendo – dijo el viejo muy contento – Y quieres que yo te dé un masajito ¿no?
– Me da tanta vergüenza – dijo María cubriéndose el rostro con las manos.
Y claro, al hacerlo, sus tetas bambolearon al aire, con lo que el médico casi se parte el cuello de tanto estirarlo para no perderse detalle.
– ¿Lo… lo haría? – preguntó María.
– Claro, niña, claro.
Don Tomás se retrepó sobre la cama, acercándose todavía más a la criada, y posó sus manos en sus hombros, comenzando a masajearla.
– Ummmmm – suspiró la criada – Asíiiiii. Muy Biennnnnn.
El médico, arrodillado tras la chica, le propinaba un nervioso masaje en los hombros, que de seguro no era demasiado disfrutado por ella, aunque nadie lo hubiera dicho por el volumen de sus gemidos.
– ¡OOHHHHH! ¡SÍIIIIII! ¡POR AHÍ, DOCTOR, POR AHÍIIII! – gemía la muy puta.
Con eso, lo que conseguía era poner cada vez más nervioso al doctor y… envalentonarlo un poco.
Lo que hizo el tipejo fue aprovechar que estaba de rodillas sobre el colchón, justo detrás de María, para, simplemente, echar el trasero hacia delante, apoyando así su erección sobre la desnuda espalda de la chica. Estaba en el cielo.
Así siguieron durante un minuto, con el bulto en los pantalones del viejo apretado contra el ama de llaves, y sin dejar de darle el torpe masaje. Ella no se quejaba en absoluto, y de su boca sólo surgían los gemidos y suspiros que, aparentemente, le provocaban las manos del doctor.
Era tan buena actriz, que la verdad es que aún hoy día dudo entre si estaba interpretando o se lo estaba pasando realmente bien. Puede que las dos cosas.
Mientras, el buen doctor enloquecía cada vez más, por lo que dejó de simplemente apoyar su nabo contra la chica, y empezó a deslizarlo contra ella, moviendo la cintura arriba y abajo. Aquello ya era demasiado para María, que no podía seguir fingiendo que no se daba cuenta de nada.
– ¿Qué es esa cosa tan dura doctor? – preguntó con su mejor voz de niña mala.
– Urgllg – balbuceó el viejo – Na… nada, el estetoscopio que se ha enganchado.
Decepcionado, el médico no tuvo más remedio que apartar su pelvis de la chica, continuando con el masaje. Y ella reanudó sus gemidos.
– Así, Don Tomás… Así… – parecía que se la estuvieran follando.
Pero entonces, María decidió que ya era suficiente, así que atacó a fondo.
– ¡Ay, Dios mío, doctor! – exclamó de pronto.
– ¿Qué… qué le pasa María? – preguntó Don Tomás, preocupado.
– Mire, mire cómo estoy. Estoy sudando, ya me vuelven los sofocos.
La muy ladina se dejó caer hacia atrás, como si estuviera mareada, apoyando su espalda contra el pecho del viejo. A la vez llevó el dorso de una de sus manos hasta su frente, como si le hubiera dado un vahído y la otra también dejó de tapar sus senos.
El pobre médico, aturrullado, sólo acertó a sujetarla y ayudarla a tumbarse sobre la cama, quedando arrodillado junto a ella, encontrándose entonces con una mujer medio desnuda, aparentemente desmayada.
– ¡Santa María Madre de Dios! – exclamó Don Tomás.
Y no era para menos. Al echarse para atrás, la falda de María se había subido todavía más, y bastaba un leve vistazo (que el buen doctor no tardó en echar) para comprobar que iba sin bragas. Y su pechuga, allí descubierta, magnífica, con los sonrosados pezones apuntando al techo. Demasiado para cualquier hombre y más para aquel pobre viejo.
Justo en ese instante, alcancé el clímax y me corrí como un burro. Cogí un trapo del armario, un camisón de María creo, y limpié con él la corrida, empapándolo de leche. Por desgracia, no pude reprimir un gemido de placer en el instante cumbre y sin duda, Don Tomás lo oyó, pues miró con expresión de terror hacia el armario.
Pero María acudió al rescate, simulando que volvía en sí tras el desmayo.
– Ay, doctor – gimió – ¿Ve usted lo que me pasa? Estos calores, estos sofocos por qué me pasan?
Y entonces ejecutó una magistral maniobra. Apartó la mano que había sobre su frente, como si fuese a dejarla reposar en el colchón, pero al moverla, se “equivocó” de sitio, y su manita fue a aterrizar directamente sobre el hinchado miembro del despistado viejo. Y fue demasiado.
– ¡Uggg! ¡Oh, Dios! – exclamó Don Tomás.
El cuerpo del pobre hombre se combó, inclinándose hacia delante. Tanto María, que se incorporó asustada, como yo mismo pensamos que al desgraciado le había dado un infarto. Pero no, simplemente se había corrido en los pantalones.
– Dios, Dios – repetía el matasanos.
María, sonriente, miró hacia el armario y guiñó un ojo. Yo sonreí en la oscuridad.
– ¿Está usted bien? – dijo por fin María, ayudando a incorporarse al viejo.
El desafortunado hombre (o quizás afortunado) se puso derecho, quedando de rodillas sobre el colchón, justo para encontrarse de frente con las magníficas tetas de María, que había olvidado taparlas.
– ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! – repetía Don Tomás, que volvió a hundir el rostro en el colchón.
– ¡Don Tomás! – exclamó María escandalizada – ¿Es “eso” lo que le pasa? ¡Oh, Dios mío! ¡Y yo que pensaba…! ¿Cómo se atreve?
María no quería jugar más, y ahora iba a librarse de Don Tomás por la vía rápida.
– ¿Q… qué? – balbuceó el médico levantando un poco la cabeza.
– ¡No me mire! – gritó María cubriéndose los senos con su blusa.
– ¿Qué? – repitió el médico.
– ¡Y pensar que le he dejado reconocerme! ¡QUE ME HA VISTO DESNUDA! Yo confiaba en… y mientras usted… usted… ¡HA MANCHADO LOS PANTALONES! ¡LÁRGUESE DE AQUÍ! ¡SINVERGÜENZA! ¡VIEJO VERDE!
Mientras le gritaba, María azotaba al pobre viejo con lo primero que pilló, que resultó ser su propio sujetador. Don Tomás, anonadado, se bajó como pudo de la cama, recogiendo sus cosas. El pobrecillo no comprendía nada de lo que pasaba.
Azorado, y caminando con las piernas abiertas por la mancha en sus calzoncillos, salió del cuarto.
Segundos después, escuché desde el armario que la puerta volvía a abrirse, y la vocecilla del médico preguntó:
– Disculpe… ¿Podría recoger mi estetoscopio?
– ¡LÁRGUESE! – aulló María.
Y la puerta se cerró.
– Ya puedes salir – dijo María – Ése no vuelve.
Yo obedecí y entré al cuarto, encontrándome con María sentada sobre su cama. Aunque se había bajado la falda, sus tetas seguían desnudas. Para resistir la tentación, dediqué unos segundos a estirar los músculos, atrofiados tras permanecer tanto rato dentro del armario.
– ¿A qué ha venido todo eso? – pregunté.
– ¿El qué? ¿Los gritos?
– Sí.
La tía me hablaba sin ningún pudor, con las tetas al aire, como si fuera lo más normal del mundo. ¡Qué mujer!
– Pues porque iba a pillarte. Yo te oí y creo que él también, así que tenía que hacer que se fuera rápido. ¿Qué hacías que no te podías quedar callado?
– Me estaba haciendo una paja – respondí secamente.
– Lo imaginaba.
– Por cierto, hay un camisón ahí dentro un poco… pegajoso.
– Serás cabrón – dijo ella enfadada.
Yo me encogí de hombros.
– Por cierto, has estado magnífica – le dije.
– ¿Por eso? Vamos, ha sido un juego de niños. Don Tomás es el médico de la familia, y todas sabemos que es un poco viejo verde. Le encanta venir a tratar enfermos a esta casa.
– Le comprendo. Oye, ¿qué vas a hacer con el cacharro ese? – le dije señalando al estetoscopio.
Ella lo cogió y se quedó mirándolo unos instantes.
– Me lo quedo de recuerdo – dijo.
Nos quedamos callados unos instantes. Ése hubiera sido un buen momento para enterrar el hacha de guerra. Hubieran bastado unas pocas palabras amables para haber acabado en la cama con ella y haber hecho las paces. Pero mi orgullo se impuso.
– Bueno – dije – Hoy te has portado muy bien. Ha sido excitante.
Ella no dijo nada.
– Creo que por hoy te dejaré tranquila.
Y me fui. Seguro que muchos pensarán que estaba loco, y no les faltará razón; pero el caso es que fue lo que hice.
Pasé a ver al abuelo, pero resultó que estaba en su despacho con Don Tomás, tomando un coñac y hablando de sus pacientes. Me hubiera gustado espiar un poco, pero como la puerta estaba abierta, sólo pude pasar por delante, captando sólo algunas palabras, que fueron: “Loca” y “una buena polla”. A buen entendedor, pocas palabras bastan.
En los días siguientes dejé bastante tranquila a María, en parte porque me encontraba razonablemente satisfecho y en parte porque era el periodo de exámenes en la clase de Dickie, así que tenía que estudiar.
Pero días después observé (espié más bien) un curioso incidente, que me demostró hasta qué punto me obedecía María.
Fue un día entre semana, después de almorzar, justo en el día que tenían libre tanto Mar como Loli. Como faltaba personal, María tenía que trabajar más de lo habitual, y en ese momento estaba en la cocina, cosiendo unas sábanas creo recordar.
Yo iba en su busca, sabedor de que a esas horas casi todo el mundo hacía la siesta, para reanudar nuestros juegos. Pero al bajar la escalera me encontré con que Nico atravesaba el recibidor en dirección a la cocina. Él no me vio, y su expresión seria me picó la curiosidad. Así que le seguí.
Me escondí en el pasillo, asomándome con cuidado a la cocina. María estaba sentada a la mesa y Nicolás de pié, detrás de ella. Si el hombre alzaba la vista, me vería, pero estaba muy concentrado en el ama de llaves, así que me arriesgué.
– Se puede saber qué te pasa – preguntaba Nico.
– Nada, ya te he dicho que ahora no puede ser.
– Pero, ¿por qué?
– Déjame tranquila.
– Pero, hace más de dos semanas que no vienes por mi cuarto. Me esquivas… ¿Qué sucede?
María seguía cosiendo, sin volverse a mirar a su interlocutor, evitando mirarle.
– No puedo decírtelo.
– ¿Te lo ha ordenado el señor? – preguntó él.
– ¡NO! Él no sabe nada de lo nuestro, y así debe seguir.
– ¡Qué ilusa! – pensé.
– Pues entonces no lo entiendo – dijo Nico, confuso.
Tras decir esto, Nico se abalanzó desde atrás sobre María, agarrándole un seno con una mano y besándola en el cuello con pasión. Pero María se retorció como una gata, zafándose de él y apartándolo de si. Nico estaba muy enfadado.
– Mira, mujer. Sabes que me gustas mucho, eres la más bella de esta casa, al menos de entre las que están a mi alcance, y eso es decir mucho. Te deseo y sé que tú deseas esto – exclamó Nico.
Mientras hablaba, agarró la muñeca de María, y la obligó a volverse hacia él. Tirando, llevó la mano de la mujer hasta su entrepierna, donde se veía un bulto monstruoso. María tironeó, pero el hombre era mucho más fuerte y no soltó su presa, obligándola a mantener la mano apretada contra su erección. Segundos después, comenzó a frotar la mano de María a lo largo del leño, haciéndose una paja sobre la ropa. María, como hipnotizada, no tardó en engarfiar sus dedos sobre la gargantuesca polla, describiendo su monumental contorno, continuando la paja ella solita cuando Nico liberó su mano.
– ¿Lo ves? – dijo Nico sonriente – No puedes vivir sin ella…
Aquello pareció sacar a María de su trance.
– ¡NO! – exclamó.
Y soltó el enorme nabo volviéndose de espaldas al aturdido hombre. En su expresión se veía desesperación. Claro, llevaba ya casi dos semanas sin meterse nada en el coño (si descontamos alguna afortunada hortaliza) y aquello era demasiado para ella.
– ¡Maldita sea! – exclamó Nico golpeando con el puño la pared.
Entonces cambió de táctica. Se apartó de María, yéndose al fondo de la cocina. Ella trató de continuar cosiendo, pero se notaba nerviosa por no saber qué hacía el hombre detrás de ella, por lo que echaba frecuentes miradas de reojo hacia atrás.
Por fin, Nico logró su objetivo, que no era otro que liberar su monumental verga del encierro del pantalón, tarea nada fácil creánme.
Entonces avanzó hacia María, con la polla enarbolada como si fuese una lanza que avanzaba hacia la espalda de la desprevenida joven. María estaba sentada en una silla baja, de forma que cuando Nico acercó su pelvis hacia ella, su rabo apareció justo sobre el hombro de la chica, como si fuera un costalero de Semana Santa. Ella miró hacia el lado, y se encontró de bruces con el más poderoso objeto de sus fantasías.
– ¡DIOS MÍO! – exclamó con los ojos como platos.
– ¿Te gusta? ¿eh? – dijo Nico, triunfante – Ya sabes lo que quiero.
Pero la fuerza de voluntad de María era inmensa. No estaba dispuesta a correr ningún riesgo, así que se levantó de la silla, apartándose del monstruoso trozo.
– ¡NO! ¡Te he dicho que no!
Nico pareció dolido y apesadumbrado.
– Está bien – dijo – Pero que sepas que no quiero volver a tenerte en mi cama. Se acabó.
María se veía triste y compungida.
– Lo siento, Nicolás, no puede ser. Si me metes eso… lo notará – dijo un poco ida.
– ¿Quién? – exclamó él dando un paso hacia ella, con la bamboleante monstruosidad en ristre.
– ¡Aparta eso de mí! – aulló María mirando hacia un lado.
Aquello bastó para Nico. Con tristeza, procedió a la complicadísima tarea de enfundar su espada en los pantalones. No sé ni cómo lo hizo, creo que metiéndola en una pernera junto a una pierna. Tardó un buen rato, pero María no alzó la mirada hacia él ni una vez.
– Adiós – dijo él tras conseguirlo.
María no contestó. Se la veía muy triste, apesadumbrada. Me conmovió. Pensé que aquello era demasiada pena para tratarse de un simple amante ocasional, y pensé (erróneamente, pero esa es otra historia) que quizás María estaba enamorada de Nico. Y me conmoví. Y sentí remordimientos. Y me dije que ya era hora de solucionar el problema.
La pega fue que me paré a pensar demasiado rato, y claro, al salir Nico se encontró conmigo.
Se quedó paralizado, con una expresión de pánico en el rostro al comprender que yo acababa de presenciar toda la escenita. Salió disparado sin decir nada, mientras yo no atinaba a reaccionar. Por fin, me puse en marcha y salí tras él, comprobando antes que María no se había dado cuenta de nuestro encuentro.
Le alcancé en la calle, pero Nico no paraba, así que tuve que correr.
– ¡Nico, coño, para ya! – exclamé poniéndome frente a él.
– No, Oscar déjame, me da mucha vergüenza que me hayas visto.
– ¿Visto el qué? ¿Que te daban calabazas? ¿Que tienes una polla como un caballo?
Era la primera vez desde que nos conocíamos (toda mi vida vaya) que Nico me escuchaba ese lenguaje, por lo que se quedó parado por la sorpresa.
– Vamos, tranquilo – continué – Vamos a hablar.
La charla que siguió tiene una importancia tangencial en la historia, y desde luego no hubo nada de sexo en ella, por lo que les ahorraré los detalles. Básicamente, me disculpé por lo sucedido y le aseguré que nadie sabría nada por mí de aquello. También le dije que ya sabía que se acostaba con alguna criada, “como cualquier hombre”, y que él sabía que yo lo hacía también. Y tan amigos.
Lo que hice fue comprobar si él había notado que yo era ese misterioso “él” que mantenía a María lejos de su verg… digo de sus garras. En su situación, y sabiendo lo que sabía, cualquiera podía sumar dos y dos, pero Nico no era demasiado inteligente, así que constaté que no sabía nada.
Tras hablar con él, fui disparado a buscar al abuelo y se lo conté todo (bueno la escena de Nico en la cocina no). Le dije que ya había torturado a María bastante, y que era hora ya de intentar que Tomasa recuperara su empleo, para quedar de nuevo en paz. Él me dijo que ya había hablado con mi madre, que ella estaba de acuerdo y que estaba intentando convencer a papá.
Un par de días más tarde, el abuelo anunció que había citado a Tomasa por la tarde, para tratar de su vuelta al trabajo. Mi padre no dijo nada, pues tenía una expresión de absoluta felicidad en el rostro, signo evidente del tratamiento que mamá le había aplicado la noche anterior para convencerlo.
Y por fin llegó la tarde. Yo estaba inexplicablemente nervioso, inquieto, aunque a priori no hubiera ninguna razón para ello, pues todo parecía estar arreglado ya. Os juro que en mi mente no había ningún pensamiento de índole sexual, no tenía ningún plan para aquella tarde. Sólo pretendía que Tomasa volviera con nosotros y no se me cruzaba por la imaginación hacer algo que pudiera volver a poner en peligro su empleo. Pero la cosa no salió así.
La muchacha llegó sobre las cinco de la tarde y se reunió con mi abuelo, María y mi madre en el despacho del viejo. Mi padre no estuvo presente, pues alegó que tenía unos asuntillos que resolver en la fábrica, supongo que no sabía muy bien cómo afrontar la situación.
No sé de qué hablaron, pues no tuve oportunidad de espiar, ya que a esa hora tenía mis clases con Dickie y las chicas. Esa tarde noté que ellas me dirigían miradas inquietas, sabedoras de que Tomasa, la chica con la que me habían sorprendido en la cama, volvía a la casa.
Fue una tarde extraña, calurosa y aburrida, allí metido sin posibilidad de saber lo que sucedía fuera y deseando saber qué pasaba.
Por fin, a las siete de la tarde Dickie nos liberó, y yo salí pitando de clase para ver qué había pasado con Tomasa. Me encontré con el abuelo, que me dijo que todo había salido bien y que la muchacha volvía al servicio.
La sensación de alivio que experimenté fue indescriptible. Por fin las aguas volvían a su cauce. Yo sabía todo lo que eso representaba para mí, pues a partir de ahora las criadas, viendo que yo había cumplido mi palabra, volverían a estar a mi alcance. Las puertas del paraíso volvían a abrirse.
El abuelo me dijo que Nicolás había llevado de regreso a Tomasa al pueblo, para que fuera a recoger sus cosas y poder así instalarse en su antiguo cuarto, así que no pude saludar a la chica.
El abuelo me preguntó que qué había decidido hacer con María, y yo le dije que iba a dejarlo correr, que ya había sufrido bastante. Me bastaba con que María se disculpara con Tomasa y santas pascuas.
El abuelo se encogió de hombros, sabiendo que, de haber querido yo, aún podría haberle sacado mucho jugo a la situación con María.
– Es tu decisión – me dijo.
Y es que yo, en esos momentos creía que María sentía algo por Nicolás, y que lo estaban pasando los dos muy mal por mi causa, lo que me producía remordimientos.
El tiempo demostró que yo estaba muy equivocado, pero la verdad es que, en vista a como salió todo, no me arrepiento de nada.
Me fui en busca de María y la encontré precisamente en el dormitorio de Tomasa, adecentándolo un poco para que su antigua ocupante volviera a instalarse.
– Hola – la saludé.
Ella se volvió como un resorte, nerviosa, pues últimamente cada vez que la sorprendía a solas, ella acababa teniendo que montar algún numerito. Pero esa vez no.
– Veo que ya sabes que vuelve Tomasa – dije.
– Sí – respondió ella reanudando sus tareas.
– Bien, pues quiero darte otra orden.
La verdad es que en ese instante no pensé que la elección de mis palabras fuera importante, simplemente hablé a María como lo hacía siempre últimamente.
– Dime.
– Esta noche, tras la cena, nos veremos en el salón, cuando la gente se haya acostado.
– ¿Para qué?
– Quiero que te disculpes debidamente con Tomasa.
– De acuerdo.
– Cuando ella vuelva del pueblo, encárgate tú de citarla en el salón, pues de mí no se fiaría – le dije.
– ¿A las once te va bien? – preguntó ella.
– Perfecto.
Y me fui. Sin decir nada más, sin añadir palabra, con la única intención de que María pidiera perdón a Tomasa por despedirla. Pero claro, en la situación en que María y yo nos encontrábamos, mis palabras eran ambiguas cuando menos, y ella se las tomó por el lado habitual por ese entonces.
El resto de la tarde me la pasé vagando por la casa, pues recuerden que el castigo me impedía salir. Me crucé con varias de las criadas, que me lanzaban miraditas cómplices. Loli llegó incluso a lamerse sensualmente los labios mientras me guiñaba un ojo.
Pero claro, con mi madre y mi tía andando por allí… Nada de nada, que faltaba poco para cumplir el castigo y no iba a cagarla ahora.
Nicolás regresó poco antes de cenar. Sólo logré ver fugazmente a Tomasa, por una ventana, pero no logré reunir suficiente presencia de ánimo para acercarme a saludarla delante de todo el mundo. Si lo hacía, todos estarían pensando en lo que hicimos y eso me cortaba mucho.
Pude notar que la chica debía estar pensando más o menos lo mismo, pues se la veía muy avergonzada y aturrullada (más de lo habitual quiero decir).
Por fin, poco antes de las once, abandoné mi cuarto, vestido con mi ropa normal, ni siquiera me había puesto el pijama. Mi familia se había retirado hacía poco, seguramente estaban aún despiertos, pero a mí me daba igual, pues no pensaba hacer nada “malo”. Craso error.
Me encontré con la puerta del salón cerrada. La abrí y entré. La estancia estaba iluminada por un candelabro y dos quinqués, así que había luz más que suficiente. Y allí, temblorosa y asustada, estaba Tomasa, esperando, sentada en una silla.
– Hola – dije simplemente.
– Buenas noches, señorito – respondió ella, levantándose.
– Siéntate Tomasa, por favor.
Yo acerqué una silla a la suya y nos sentamos los dos.
– Señorito, yo… – empezó ella, muy nerviosa.
– Shssss. Tomasa, tranquila – dije tomando una de sus manos con las mías – Te he citado aquí para pedirte disculpas por lo que pasó.
– ¿Disculpas? – dijo sorprendida – ¿Usted a mí? ¡Por Dios, señorito!
– Tomasa, por favor, llámame Oscar…
– No puedo… ¡Me despedirían!
– Bueno, pues al menos hazlo cuando estemos a solas.
– No sé…
– Hazlo. Es una orden – dije bromeando.
– De acuerdo, señorito… digo Oscar.
– Vale, vale.
Me quedé callado un segundo, mirándola. Estaba preciosa. Llevaba el que sin duda era su mejor vestido, uno blanco, estampado de lirios, un poco viejo ya. Era lógico que lo usara el día en que iba a reunirse con su jefe para tratar de recuperar su empleo.
– Estás muy guapa – le dije.
– No empiece, por favor… – dijo ella apartando la mirada.
– Tienes razón – dije sonriendo – Así fue como empezó la otra vez.
– Sí.
– Tomasa, no sabes cuánto siento lo que pasó. No sé, perdí la cabeza y nos pillaron por mi culpa. No pensé en las consecuencias, que a ti te despedirían…
– No siga, por favor… Usted no tuvo la culpa de nada. Yo soy mayor que usted y debí pararle los pies. Usted es…
Ahí la detuve.
– Espero que no vayas a decir que soy sólo un crío – dije.
– No, no. Usted es MUY HOMBRE.
Aquello me gustó.
– Iba a decir que es demasiado inocente. Usted no sabe las cosas que he hecho. Yo sabía a qué estaba jugando usted y le dejé hacer… Me sentía guapa, deseada…
– Porque lo eres – le dije – Y sabes que tengo razón, la culpa fue mía. Al fin y al cabo, a mí no iba a pasarme nada malo, pero a ti…
– Pero yo era la mayor. Tú estás en una edad que…
– Mira, dejémoslo en que fue culpa de los dos – concluí.
– De acuerdo – dijo ella sonriendo, más tranquila.
Callamos unos segundos, hasta que Tomasa rompió el silencio.
– Señorito, digo Oscar. Lo que quisiera saber es cómo es posible que hayan vuelto a contratarme.
Iba a responder, pero se me adelantaron.
– A eso creo que debo responder yo – resonó la voz de María.
El ama de llaves había entrado al salón sin que ni Tomasa ni yo nos diésemos cuenta. Pude notar que Tomasa se tensaba visiblemente, asustada por la presencia de la mujer que le costó el trabajo. Llevada por el hábito, la pobre chica se puso en pié, haciendo una pequeña reverencia ante su jefa. Después se quedó mirando al suelo, avergonzada.
María cerró la puerta tras de sí y se acercó a nosotros. Estaba tan bella como siempre, con su cabello recogido atrás y vestida con blusa y falda oscuras.
– Bueno, aquí estamos los tres de nuevo – dijo María.
Yo me sentía un poco violento por la situación, aunque sabía que lo tenía todo bajo control. Pero lo mío no era nada al lado de Tomasa, que temblaba como un flan, aturrullada por la imponente presencia del ama de llaves.
María, por supuesto, siempre dueña de si, parecía ser la única cómoda en aquel cuarto, controlando por completo la situación, como si todo lo sucedido hubiera obedecido a un plan de ella.
– Se… señorita María… Bu… buenas noches – balbuceó Tomasa.
– Buenas noches, Tomasa. ¿Cómo estás? – dijo el ama de llaves.
– Bi… bien, señorita. Y quería agradecerle…
– Calla – la interrumpió María – No me des las gracias.
Tomasa se calló, muy cortada. Pensé en intervenir, pero María siguió hablando.
– Nos hemos reunido aquí para que yo pudiera pedirte “disculpas”.
Algo en el tono con que dijo “disculpas” me hizo sospechar que allí no todo era tan normal como parecía.
– ¿Cómo? – dijo Tomasa, alucinada.
– Tomasa, deseo pedirte perdón por la forma en que te traté. Tu comportamiento merecía sin duda un castigo y una reprimenda, pero yo me mostré deliberadamente cruel, y eso no tiene justificación.
Vaya, la cosa iba bien.
– Pe… pero… – articuló Tomasa.
– Sabes que nunca he estado del todo satisfecha con tu trabajo, así que vi en aquel momento la oportunidad de despedirte, pero lo hice por motivos equivocados. Como todos sabemos, esta casa es “especial”, y fue hipócrita por mi parte tratarte de aquel modo.
Hasta yo estaba alucinando. María, por primera vez, me parecía un verdadero ser humano. Estaba ofreciendo una disculpa en toda regla.
– Y últimamente me han hecho comprender – continuó María mirándome de reojo – que mi comportamiento fue inaceptable, así que, como me han ordenado, te ofrezco mis más sinceras y profundas “disculpas”.
Entonces, para mi inmensa sorpresa, María se abalanzó sobre Tomasa y pegó con fuerza sus labios a los de la aturdida chica, que, al igual que yo, no se podía creer lo que estaba sucediendo.
Pude notar cómo María, usaba su lengua con habilidad para separar los labios de la criada e introducirse en su boca, dándole un beso francés de alta escuela. La pobre Tomasa, petrificada, con los brazos colgando a sus costados, no pudo ni reaccionar, dejándose morrear como una muñeca rota.
Yo, por un ínfimo y estúpido instante, estuve a punto de intervenir y pararlo todo, pero afortunadamente mi lascivia acudió en mi ayuda y me detuvo, pues de pronto, el plan de María para esa noche me parecía mucho más interesante que el mío; así que me quedé callado, mirándolas extasiado.
Tomasa por fin reaccionó un poco, tratando de apartarse, pero María colocó una de sus manos tras la nuca de la chica, impidiendo que sus bocas se separaran. Entonces María decidió acentuar sus disculpas y llevó su mano libre a la entrepierna de Tomasa, donde apretó con fuerza, frotando y acariciando los bajos de la criada con notable habilidad.
– Ummmm – gimoteaba Tomasa, no sé si quejándose o disfrutando.
El beso duró más de un minuto, hasta que súbitamente, María liberó a Tomasa. Se quedó mirando un segundo a la aturdida chica, que no acertó más que a mirar con los ojos muy abiertos a la dominante mujer. Entonces María tomó a la criada de una muñeca, atrayéndola suavemente hacia la mesa. Yo, disfrutando por primera vez del amor lésbico, no atinaba a hacer nada, pero mi pene, dura barra en mi pantalón, tenía ideas propias sobre el asunto.
– No, no – balbuceaba Tomasa, tratando de oponerse débilmente.
Bueno, ella diría que no, pero la verdad es que sus pies se dirigían hacia la mesa sin oponer mucha resistencia. Cuando estuvieron junto a ella, María posó sus manos sobe los hombros de la muchacha y la empujó suavemente hacia atrás, haciéndola subirse a la mesa y tumbarse sobre ella, emulando la postura que practicamos ella y yo un par de semanas antes al comienzo de nuestra “relación”.
Tomasa no se oponía demasiado, supongo que aturdida por el devenir de los sucesos, o porque le apetecía una buena enjabonadita. Quedó tumbada sobre el tablero de la mesa desde las rodillas hacia arriba, quedando sus piernas colgando del borde. María, al parecer bastante ducha en estas lides, no tardó ni un segundo en subirle la falda a Tomasa hasta la cintura, descubriendo las prietas carnes de la chica. La pobre llevaba ese día unas braguitas negras bastante elegantes, seguramente por el mismo motivo por el que se había puesto su mejor vestido, porque claro, en una entrevista con mi abuelo…
María metió entonces sus dedos bajo el borde de las bragas de Tomasa, deslizándolas muy despacio por sus piernas, dejando al descubierto el tesoro de la joven. ¡Y qué tesoro! Desde mi posición, se veía ligeramente abierto, brillante, húmedo, apetitoso. Pensé en apartar a María y ponerme yo, pero era mejor esperar.
María me dirigió entonces una mirada enigmática y lentamente se fue volviendo y aproximando el rostro al coño de Tomasa. Supongo que todos han visto películas de vampiros en los que el chupasangre mira a la cámara y abre mucho la boca enseñado los colmillos, y muy lentamente se va volviendo para hundir los dientes en el cuello de su víctima. Pues así fue como lo hizo María, sólo que no tenía colmillos afilados y en vez de morder en el cuello… le comió el coño.
Esto de los vampiros les parecerá una gilipollez, pero lo cierto es que muchos años después, cuando tuve la oportunidad de ir al cine y vi una de estas escenas, me acordé vivamente de la noche con Tomasa y María, y es por eso que las pelis de vampiros siempre me han parecido muy eróticas.
Bueno, volvamos al tema. María hundió lentamente la cara entre los muslos de la criada, que por muy nerviosa que estuviera, los había separado ampliamente para facilitarle la tarea. En cuanto la boca del ama de llaves se posó sobre su coño, la espalda de Tomasa se curvó, señal inequívoca de que un monumental espasmo de placer la había atravesado.
La postura de las dos mujeres no podía ser más erótica, Tomasa, sobre la mesa, despatarrada, dejándose hacer, y María, de pié, con el cuerpo doblado por la cintura como si fuese una L, con el rostro hundido entre sus piernas. ¡Alabado sea Dios!
María procedió a aplicar todo su arte en comerle el coño a Tomasa. Yo podía ver cómo su lengua se deslizaba como una serpiente por la raja de la joven, estimulando hábilmente por todas partes. De vez en cuando subía y describía círculos alrededor del clítoris, que se veía cada vez más duro y erguido, aunque en seguida volvía a deslizarse hacia abajo, para seguir chupando los jugos de la hembra. Colocó María entonces una mano sobre el chocho de Tomasa, y separando los dedos índice y corazón, atrapó el clítoris de la chica en medio, como si fueran unas tijeras, estimulándolo así a la vez que le chupaba el chocho.
La otra mano no tardó en acompañar a la primera, hundiendo un par de dedos en la gruta de Tomasa, en busca de no sé qué secreto.
Los gemidos de Tomasa sonaban ahogados, y es que la chica se había cubierto el rostro con las manos, como si no quisiera ver aquello. Sí, sí, mucha vergüenza le daría, pero se lo estaba pasando en grande.
¿Y yo? Alucinando. Miles de pensamientos pasaban a toda velocidad por mi mente. ¿Me la follo? ¿Miro? ¿Me pajeo? ¿Se la meto en la boca a Tomasa? ¿Me da un infarto?
Respiré hondo, tratando de serenarme, y lo logré un poco. María, levantó entonces su rostro del chocho que se estaba comiendo y se volvió hacia mí, sin parar de estimular a Tomasa con las manos y me miró, con una expresión indescifrable en el rostro. ¿Extrañeza? ¿Invitación?
Entonces lo comprendí todo. Tantos juegos, tanto tira y afloja, tantos chantajes… María había decidido ponerle fin en ese preciso momento, y yo le había dado la clave. Le había dicho que iba a conseguir que ella me suplicara que me la follara, y que todo acabaría cuando eso sucediera; y estaba tratando de provocarme, para que me la tirara por fin y poner así las tablas en nuestra partida.
Pero eso no podía ser, así ganaría ella. Tanto sufrimiento en estos dos meses, tantos planes… ¡Para nada! Si me la follaba… ¡Ganaría ella! Y eso era algo que nunca me había pasado con una mujer. Seguro que todos ustedes dirán que soy gilipollas, y no les falta razón, pero en aquel momento, tras dos duros meses de castigo, aquel pensamiento me paralizaba.
María entretanto, había reanudado sus ejercicios orales, logrando, a juzgar al menos por el volumen de los gemidos de Tomasa, que la chica se corriera de una vez. Pero eso no detuvo al ama de llaves que, dispuesta a follar conmigo, ni siquiera paró para que la criada disfrutara en paz de su orgasmo, sino que redobló sus esfuerzos masturbatorios sobre el torturado coño de la chica, llevándola a inexplorados territorios de placer.
Aquello era demasiado para mí, mi cuerpo, mi instinto, mi ser, mi polla, me arrastraban irremediablemente hacia las dos mujeres, pero mi mente aún se resistía, en franca minoría, pero firme aún. Pero entonces María, como si fuese capaz de leer mis pensamientos, me dio un último empujón.
Llevó una de sus manos hacia atrás, y tirando lentamente, subió su propia falda hasta recogerla sobre su espalda, mostrando la maravilla de la naturaleza que conformaba su cuerpo. Sus piernas iban enfundadas en unas medias negras muy finas, sujetadas por un excitante liguero del mismo color. Y claro, siendo María una chica obediente, iba sin bragas por lo que su magnífico trasero se mostró en todo su esplendor. Para rematar la faena, la muy puta separó levemente los muslos, permitiéndome ver desde atrás los hinchados labios de su coño.
– ¡ A – LA – MIER- DA! – pensé.
Y ya no resistí más. Como un loco, me lancé contra aquellas medias lunas perfectas, agarrándolas como pude con mis manos, besándolas, lamiéndolas, amasándolas. Mis dedos volaban inquietos por todas partes, perdiéndose entre sus muslos y hurgando entre sus labios vaginales, donde encontraron un enloquecedor encharcamiento. Yo chupaba, tocaba, pellizcaba, mordía, pero la dueña de aquel culo no profirió ni una queja, sino que siguió suministrándole placer a la afortunada chica readmitida.
Como loco, logré desabrochar mis pantalones y bajármelos hasta los tobillos, apareciendo mi rezumante picha, erecta al máximo, dolorosamente dura, sabedora al parecer de que por fin, tras dos largos meses, iba a volver a hundirse en una palpitante vagina.
En otras circunstancias me hubiera encantado propinarle a María el mismo tratamiento que ella aplicaba a Tomasa, pero ya no aguantaba más. Me coloqué detrás de María, la apoyé una mano en sus caderas, agarré mi polla con la otra mano… Y me di cuenta de que era demasiado bajito.
Me dieron ganas de gritar. Pero era lógico, María medía como 1,70, y me sacaba casi 30 centímetros. Mi polla no estaba mal, pero me hubiera hecho falta la de Nicolás para meterle un trozo suficiente a aquella puta. Claro que podía hacerlas cambiar de postura, pero aquella posición me tenía excitadísimo, y deseaba tomarla así.
Pero no había problema, acerqué una silla al trasero de María, que había alzado el rostro, mirando curiosa y divertida mis maniobras. Me arrodillé sobre la silla y ahora sí, aunque en equilibrio precario, su chocho quedaba a la altura idónea.
– Buena idea – susurró con voz húmeda María, antes de volver a sumergirse en el charco de Tomasa.
– Estupendo, me alegra que te guste – estuve a punto de decir.
Pero en vez de decir tonterías, afirmé mi glande a la entrada del chocho del ama de llaves y muy suavemente… se la metí.
Los ángeles entonaron un ¡Aleluya!, por fin la vida volvía a tener sentido. Yo había nacido para aquello… Y María también. ¡Madre mía! ¡Cómo apretaba aquel coño! Era increíble que un agujero capaz de meterse algo como lo de Nicolás, fuera capaz de estrecharse lo suficiente como para ceñir mi pene de 12 años (por muy desarrollado que estuviera).
¡Cómo follaba la tía! Os juro que yo no percibía movimientos fuertes de su cuerpo, ella seguía dedicada al sexo oral, pero dentro de su coño… ¡una tormenta! Sus jugos empapaban mi rabo, permitiéndolo deslizarse con facilidad, pero a la vez todos los músculos se movían, apretando y ciñendo hasta derretirme de placer.
Desde esa postura hubiera deseado prenderme de los melones de María, pero dada mi corta estatura, hubiera tenido que inclinarme demasiado, cosa peligrosa allí, encima de la silla, así que tuve que conformarme con sobar sus prietas nalgas, usando sus caderas como asidero para marcar el ritmo de la follada.
Y mientras Tomasa, apartadas las manos ya de su rostro y dedicadas a juguetear con el pelo de María, alcanzó un nuevo orgasmo, que la hizo gritar y gemir desesperada.
– ¡AAAAHHHHH! ¡DIOOOOOSSS! ¡SÍIIIIIIIII! – gritaba.
Desde luego si nos pillaban, nos mataban a los tres, pero eso ni se me pasó por la cabeza, así que seguí bombeando. Llevé una de mis manos por delante de la cintura de María, tocando su coño, palpando mi propia polla y notando cómo se hundía una y otra vez en aquel glorioso coño. El éxtasis.
Y estallé. Me corrí como un animal, creo que nunca antes lo hice de forma tan intensa y abundante. Creo que incluso grité, pero no estoy seguro, pues los oídos me zumbaban y yo no prestaba atención a nada más que a mi esencia que se derramaba por completo dentro de aquella mujer.
Por desgracia, aquella espectacular avenida hizo que moviera un poco el cuerpo, con lo que perdí el equilibrio sobre la silla. Afortunadamente, logré sujetarme (al culo de María) y no me caí, pero mi polla se salió de aquella maravillosa funda, yendo mis últimos lechazos a estrellarse contra la parte trasera de los muslos de María, en vez de derramarse en lo más profundo de su coño como era mi intención.
Nos quedamos así los tres, sin movernos, respirando agitadamente, tratando de recuperarnos. Me di cuenta entonces de que a pesar del formidable polvo que acababa de pegar, mi polla seguía enhiesta, latiendo en busca de hundirse de nuevo en una mujer.
Un poco agarrotado, me bajé de la silla y me senté, aun respirando con dificultad. María, se levantó entonces como un resorte, poniéndose en pié, con lo que la falda se le deslizó cubriendo sus piernas; se la veía sudorosa y cansada.
– Bueno, ya me he “disculpado” – dijo entonces.
Yo la miré, increíblemente hermosa, y respirando hondo, logré responderle.
– María, yo… No esperaba esto.
– ¿No? Me dijiste que me disculpara y lo he hecho.
– Sí, pero yo me refería tan sólo a…
– Bueno, da igual – me interrumpió – Lo hecho, hecho está. Ahora me voy. Podéis continuar la fiesta solos, veo que aún tienes ganas de marcha.
Al decir esto apuntó con su barbilla hacia mi erección.
– María – dije entonces un poco más sereno – Tienes razón. Ya estamos en paz. Se acabó todo.
– Bien.
– Pero te pido, si lo has pasado bien… Que te quedes con nosotros.
– Sí, por favor – resonó la vocecilla de Tomasa, sorprendiéndonos a ambos.
María nos miró, primero a uno y después a otro.
– Creo, que no –dijo.
– Vamos María – continué – Lo de esta noche ha sido increíble, y aún puede mejorar.
Tomasa asentía vigorosamente, aún medio despatarrada sobre la mesa, con el coño rezumando jugos.
– ¿Ves? Tomasa quiere devolverte el favor – dije guiñando un ojo.
María se rió un poco.
– Eres un cabrón – dijo sonriente – Después de como me has tratado…
– Es cierto. Pero también lo es que todo lo empezaste tú. Dime, si hubieras estado en mi lugar, ¿qué habrías hecho?
Se lo pensó unos segundos, antes de encogerse de hombros y contestar:
– No lo sé. Supongo que lo mismo.
– Y no me negarás que lo hemos pasado bien… – dije zalamero.
– No te pases.
– ¡Venga ya! El día con Don Tomás fue divertido ¿o no?
– Bueno… – dijo ella, riéndose.
Entonces sucedió algo inesperado. Tomasa, sin que nos diéramos cuenta, se había deslizado hasta quedar sentada al borde, justo a la espalda de María. Entonces, rodeó a la mujer con sus brazos colocando una de sus manos sobre los pechos del ama de llaves y deslizando la otra hasta su entrepierna, donde apretó con fuerza, repitiendo el proceso que María le había aplicado a ella al comienzo de la velada.
– ¡AAHHH! – gimió María encogiéndose, a medias entre el placer y la sorpresa.
Aquel ataque, totalmente inesperado al provenir de la tímida Tomasa, acabó de vencer la resistencia de María, la cual no olviden llevaba bastante tiempo sin hincarse nada en el coño.
– Vamos señorita María – susurraba Tomasa – Que esto no está aún satisfecho.
Mientras decía esto, Tomasa clavaba con mayor fuerza sus dedos en la entrepierna de María, mientras delicadamente, la besaba en el cuello y en las orejas. María, rendida por fin, volvió el cuello para volver a fundirse en un tórrido beso con la criada.
Tomasa volvió a deslizarse hacia atrás, sentada sobre la mesa, obligando a María, prendida de sus labios, a subirse también sobre el tablero. Así que, finalmente, Tomasa quedó sentada casi al borde opuesto de la mesa, con las piernas separadas, y en medio, María tumbada sobre la mesa, medio vuelta hacia la criada y morreándose con ella.
En esa postura, me subí junto con ellas, subiéndole de paso la falda a María hasta la cintura. Y sin zarandajas, se la volví a clavar.
Dios qué placer. Mi polla aún estaba un tanto escocida por el anterior orgasmo, pero respondió magníficamente. Me hundí en María como un cuchillo en mantequilla, haciéndola gemir de placer contra la boca de Tomasa.
Ésta, muy hábilmente, había llevado su manos hasta el busto de María, y había comenzado a desabotonarle la blusa. Aquella noche, María tampoco usaba sujetador, supongo que era un recurso más dentro de su plan, así que me encontré frente a frente con sus cautivadores senos, en medio de los cuales hundí mi rostro.
Yo follaba y follaba, con las manos apoyadas sobre la mesa para mantener mi torso erguido y poder seguir así paladeando aquellos deliciosos manjares. Mientras, Tomasa seguí prendida a los labios de la otra mujer, intercambiando saliva con pasión. La mano de María se había aferrado a la nuca de la criada, acariciándola, haciendo que sus bocas estuvieran más unidas. Mientras, Tomasa deslizó una mano entre nuestros cuerpos, llevándola hasta el coño de María, acariciando allí tanto mi polla como el chocho de la mujer.
¡Qué maravilla! Por fin, entre Tomasa y yo logramos llevar a María al clímax. Sus muslos apretaron sobre mis caderas y sus ojos se abrieron como platos, mientras la lengua de

Tomasa seguía hundida en su garganta, impidiéndole gritar a los cuatro vientos el placer que sentía.

– Urglglglggg – gorgoteaba María contra la boca de la otra.
Y yo redoblaba mis culetazos, dispuesto a que aquella fuera la mejor corrida en la vida de la chica, dispuesto a perdonar y pidiendo perdón, follando como nunca antes.
No puedo asegurarlo, pero María tuvo dos o tres orgasmos encadenados. O quizás fue uno solo, de duración extra larga. Lo cierto es que estuvo al menos cinco minutos completamente tensa, gimiendo y retorciéndose en espasmos de incontrolable placer.
Así hasta que yo alcancé mi propio clímax.
En esta ocasión yo no tenía la cabeza tan ida, controlaba un poco más, así que segundos antes de la avenida, la saqué de dentro del coño, y colocándola en medio de los labios vaginales, la froté repetidas veces hasta que me corrí, empapando la pelvis y la barriga de María. Tomasa por su parte, se dedicó a extender los restos de mi lechada por todo el cuerpo del ama de llaves, deslizando su mano como si estuviese dándole friegas, poniéndola perdida de semen.
Me derrumbé sobre María, agotado pero feliz, después de uno de los mejores polvos de mi vida. María también estaba exhausta, y derrumbada a su vez sobre Tomasa, trataba de recuperar el resuello. Tomasa, por su parte, nos acariciaba a ambos con sus manos, deslizando una por mi pelo en mi caso, y la otra sobre los senos de María.
Permanecimos así un rato, sin hablar, sintiendo el calor de la piel los unos de los otros.
– Levántate un poco, Oscar – dijo María rompiendo la magia – se me está durmiendo una pierna.
Como pude, le hice caso, rodando hacia un lado y quedando casi al borde de la enorme mesa.
– ¡Dios mío! – exclamé – Tantas veces que he comido en esta mesa. ¡Y no me había dado cuenta de que es la puerta del cielo!
Las dos mujeres rieron.
– Tranquilo – dijo María – Yo ya la había probado antes.
– Y yo – añadió Tomasa.
Ahora reímos los tres.
Con torpeza, María se deslizó hacia el lado opuesto y se bajó de la mesa.
– Me habéis puesto perdida – dijo pasándose una mano por el vientre.
– Lo siento – dije echándome hacia el centro, ocupando el espacio liberado por María.
Tomasa gateó sobre la mesa hasta quedar a mi lado, tumbándose con la cabeza en mis pies. Como quien no quiere la cosa, llevó una mano hasta mi entrepierna y comenzó a acariciarme.
– Dígame, señorito – dijo con voz sensual – ¿Cree usted que su amiguito despertará?
– Sigue así y lo comprobarás – respondí yo, que ya empezaba a sentir lo ramalazos de la resurrección de mi pene.
– ¡Cómo sois! – dijo María, sentándose en una silla.
Tomasa no tardó ni un minuto en lograr aumentar el volumen de mi picha unos centímetros. En cuanto estuvo un poco morcillona, se la metió entera en la boca, para terminar el trabajo. Yo, mientras, comencé a juguetear con mis dedos entre el vello del chocho de la chica, dispuesto a practicar un 69 en condiciones.
Pero entonces se acercó María y se prendió de mis labios, metiéndome la lengua hasta el fondo y acariciando mi pecho. Aquello era el paraíso, con aquellos dos monumentos prendidos de mí.
Entonces María separó sus labios de los míos, y de un saltito se subió de nuevo a la mesa, quedando de rodillas junto a mí.
– He escuchado que eres un genio con la boca – dijo con lascivia.
– Bueno… – dije yo.
– Demuéstralo.
– Chup. Chup – decía Tomasa.
Alzó una pierna y la pasó sobre mi rostro, de espaldas a Tomasa. La oscuridad nubló mi vista, pues mi cara quedó bajo su falda, pero yo no necesitaba ver para encontrarle el coño. Y vaya si lo hice.
Hundí deseoso mi cara entre sus muslos, dispuesto a aplicarle todo mi arte. María no se dejó caer por completo, para no aplastarme, pero se mantenía a la distancia justa para ofrecerme su chocho por completo. El poderoso aroma de hembra en celo penetró en mis fosas nasales y contribuyó a facilitar el trabajo de Tomasa, que había obtenido ya una magnífica erección que seguía mamando para mi placer.
El sabor, salado y fuerte, delicioso, turbó mis sentidos por completo. Me daba todo igual, hubiera muerto allí debajo, y no se crean que no había riesgo, pues costaba mucho respirar, pero me daba lo mismo. Chupé, exploré, comí, bebí. Me apliqué al máximo. Y todo con la boca, pues mis manos habían quedado fuera de la falda de María, y sus piernas me impedían meterlas, así que tuve que conformarme con llevarlas a su trasero y estrujarlo por encima de la falda.
Mientras, Tomasa decidió que mi trozo estaba suficientemente duro, y aunque no lo vi, no me costó adivinar lo que estaba haciendo. Se subió a horcajadas sobre mí, y agarrando mi falo, lo apuntó a la entrada de su coño y se clavó, comenzando a cabalgarme lentamente.
La octava maravilla del mundo, sin duda. Yo creí que iba a reventar de placer. No se le puede pedir más a la vida. Las caderas de Tomasa se movían cadenciosamente sobre mi polla, mientras que las de María bailaban sobre mi cara, disfrutando al máximo de los lametones que yo le propinaba.
– ¡OH, DIOS! – gemía María.
– ES bueno, ¿eh? – oí susurrar a Tomasa.
– ¡ES INCREÍBLE!
– Pues por aquí tampoco va nada ¡MAAAAAAAAAL! – aulló Tomasa, incrementando el ritmo de la cabalgada.
María se corrió sobre mi cara, aullando como posesa.
– ¡SÍIIIIIII! ¡OH, MAMÁ! ¡SÍIIIIIIIIIIIIIIIII! ¡SI LO HUBIERA SABIDO ANTEEEES!
Madre mía. Mi boca, mi nariz se inundaron de jugos de aquella hembra. No podía respirar, me ahogaba.
No es broma, tenía la boca completamente llena de coño y de fluidos, cuando me quise dar cuenta me estaba ahogando de de verdad. Como pude, empujé hacia atrás a María, que cayó sentada sobre mi pecho. La mujer, que comprendió lo que pasaba, apartó su falda de mi cara, pudiendo yo por fin respirar.
– Lo siento – dijo divertida.
– No… cof… cof… – tosí – No es nada.
Mientras, Tomasa seguía cabalgando, habiéndose corrido al menos una vez más. Miré hacia arriba y vi que las manos de la criada se habían prendido desde atrás de las tetas de María, que eran amasadas sensualmente. María dijo entonces:
– ¿Te has corrido ya? – dirigiéndose a Tomasa.
La criada asintió vigorosamente con la cabeza.
– Pues vamos a cambiar, que quiero un poco más de polla.
Ambas mujeres intercambiaron sus posiciones, Tomasa sobre mi cara y María sobre mi polla, sólo que esta vez, quedaron frente a frente, teniendo yo un panorama del trasero de Tomasa y su espalda.
– ¿Te ha gustado? – le dije a María.
– Sí, mucho – respondió ella con los ojos brillantes.
– Coma y calle, señorito – dijo Tomasa, apretando de repente su coño contra mi boca.
Y yo obedecí. ¡Ala! ¡Otro coño para comer! Tras dos meses de régimen… ahora un festín. Y debí comérmelo maravillosamente, pues Tomasa se corrió en menos de un minuto.
– Este niño es increíble – gemía Tomasa.
– Sí… ¡AAHH! Sí que lo es – respondía María.
– Señorita… después de esto… Seremos más amigas ¿no?
– Las mejores… ¡OH DIOS! Las mejores amigas del mundo.
Increíble, las mujeres son capaces de ponerse a hablar hasta en los momentos más insospechados.
No sé cómo duré tanto, supongo que estaba un poco cansado, pero todo tiene que llegar, así que cuando noté que me corría, traté de avisar a las chicas.
– UMMFMFMMFFF – farfullé contra el coño de Tomasa.
– Creo que va a correrse – dijo la susodicha.
– Oh – dijo María descabalgándome.
Noté el trasero de María sentándose sobre mis muslos, dejando a mi pobre polla al borde del orgasmo.
– Espera, déjame a mí – dijo entonces Tomasa.
Noté cómo una mano se apoderaba de mi instrumento y lo pajeaba hábilmente, provocando por fin aquello que se avecinaba. Mi corrida. Tomasa descabalgó entonces mi cara, quedando de rodillas junto a mí, sin dejar de pajearme mientras me corría. Alcé la vista y vi que la hacendosa chica no sólo se ocupaba de mí, sino que su otra mano masturbaba a María, acabando por llevarla también al clímax. La ostia.
Esta vez nos pusimos perdidos los tres de semen, aunque la corrida no fue tan espectacular como las anteriores, claro. Por fin, absolutamente derrengados, nos tumbamos los tres sobre la mesa, yo en el centro, con las cabezas de ambas mujeres sobre mi pecho.
Así estuvimos un buen rato, disfrutando del calor de nuestros cuerpos. Nos relajamos tanto que me dormí. Afortunadamente, la siempre responsable María me despertó ya de madrugada, por lo que trabajosamente y tras recoger un poco el salón, regresamos a nuestros cuartos.
Eso sí, antes de irme, propiné a cada chica un lujurioso beso de tornillo, último recuerdo de aquella mágica noche.
Por la mañana desperté derrengado. Me costó Dios y ayuda levantarme y bajar a desayunar. Estaba un poco preocupado por si alguien había notado algo, pero nadie dijo nada. No olvidemos que en aquella casa, los ruidos nocturnos eran habituales.
Pasaron un par de días en los que era yo el que rehuía a las mujeres, temeroso de no ser capaz de dar la talla después de la monumental orgía de aquella noche.
Pero entonces, por fin, se produjo el hecho que yo más esperaba. Mi madre me comunicó que acababan de cumplirse los dos meses de castigo.
Era libre de nuevo.
Continuará.
TALIBOS
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