CASANOVA: (10ª parte)
CHANTAJE A MARÍA (1ª parte)
Y pasaron los días. Algunos pensarán que tras las intensas experiencias acontecidas en el establo con las Benítez, debía estar absolutamente agotado, pero la verdad es que no era así, pues, al fin y al cabo, yo no me había corrido más de tres veces y mi juvenil organismo se recuperaba a velocidad pasmosa.
Aún así, pasé un par de días sin relacionarme con el bello sexo (relacionarme sexualmente, se entiende) y cuando por fin volví a las andadas, no fui yo el instigador del hecho, como verán a continuación.
Pues eso, que durante dos días la vida fue bastante rutinaria. Los Benítez se marcharon al día siguiente de la aventura del establo, después de almorzar, y nada, salvo las torvas miradas que Blanca me dirigía de vez en cuando, mostraba que algo malo hubiera sucedido. De hecho, la señora Benítez se veía simplemente radiante. Una sola noche de sueño (y de recordar lo sucedido) había bastado para que la señora comprendiera que en realidad se lo había pasado en grande, y que si su hijita había resultado ser una puta… ¡Pues ella no iba a ser menos!
Así que Inmaculada se mostró simpatiquísima con todo el mundo, especialmente conmigo, pues no paraba de decirle a mi madre lo mayor que yo estaba, que era un auténtico caballero, y le repetía una y otra vez lo amablemente que me había comportado con ella la tarde anterior, durante nuestro paseo.
Mientras hablaba, no paraba de dirigirme miradas cómplices, tan descaradas que creo que se dio cuenta todo el mundo, por lo que mi madre comenzó a observarme con cara rara, como decidiendo si, finalmente, no había sido tan buena idea dejarme salir a pasear la tarde anterior.
Por fin se fueron, en el coche del abuelo esta vez, pues éste había insistido mucho en que el señor Benítez probara el automóvil, “para ver si se decidía a comprarse uno de una vez”, aunque yo sabía que esto lo decía para mortificar un poco al vecino, pues, como las palabras del abuelo en el establo habían demostrado, la situación económica de los Benítez no era especialmente boyante.
No bien se hubieron marchado, cuando Dickie indicó que había que recuperar las clases del día anterior y de esa misma mañana, con lo que el mundo se me vino encima. Cualquier posibilidad de convencerla de saltarnos esas clases se veía imposibilitada por la presencia aprobadora de mi madre y tía Laura, que refrendaron vigorosamente la idea de la institutriz.
Pero no iba a ser yo su única víctima, pues las chicas también se vieron obligadas a asistir, sin escape posible, así que aquella tarde se nos fue estudiando, las chicas sentadas en la mesa habitual y yo, empotrado en un sillón algo aparte, con lo que ni siquiera tuve la oportunidad de hacer una de mis jugarretas.
Mientras estudiábamos, de vez en cuando alzaba la mirada para contemplar a las chicas. Estaban tan hermosas como siempre, pero, por una vez, yo no las miraba con ojos lujuriosos, sino que estaba auténticamente preocupado por Andrea.
Parecía encontrarse un poco mejor, más animada, lo que me alegró bastante, pues si se mostraba contenta durante aquellas interminables horas… es que en verdad debía sentirse mejor. En cierto momento ella alzó la vista y me sorprendió espiándola. Entonces me dirigió una encantadora sonrisa, que me derritió por completo.

 

Tiene que ser mía – pensé.

 

A partir de ese momento, y durante el resto de la tarde, sí que las miré a las tres con ojos lujuriosos, no irían ustedes a pensar que iba a ser bueno eternamente.
El día siguiente… tres cuartos de lo mismo. Aburridas clases por la mañana y trabajo por la tarde. Y digo trabajo porque decidí ir a charlar un rato con Antonio, y claro, no iba a estar mirando mientras él seguía con sus tareas.
Cuando el chico sintió que me aproximaba, alzó la vista de la valla que estaba reparando y al ver que era yo, una sonrisa cubrió su cara de oreja a oreja.

 

¡Hola, Oscar! – exclamó con entusiasmo.
Hola Antonio – respondí yo – ¿Cómo andas?
Pues aquí, ya ves, arreglando la cerca.
Espera, que te echo una mano.

 

Éramos suficientemente amigos como para que Antonio no perdiera el tiempo diciéndome que no era necesario que le ayudara o tonterías similares, simplemente se encogió de hombros y me pasó un par de guantes.
Así que allí se nos fue la tarde, serrando y martillando para arreglar la cerca estropeada. Naturalmente, charlamos, y no pasó mucho antes de que la conversación se desviara hacia los acontecimientos del establo.

 

¡Ya te digo! ¡Fue la ostia! – decía Antonio – Tío, te debo un favor enorme. Yo no podía imaginar que follar fuera tan… increíble.
Ya te veo, ya – reía yo – Además, estrenarse con una chica tan guapa como Blanca…
Sí, fue la leche. Aunque al principio lo pasé mal.
¿Al principio? ¡Coño, si al principio Blanca colaboraba encantada!
Sí, es verdad, pero me refiero antes de eso. Mientras esperaba que llegarais. Estaba acojonado. Te juro que estuve a punto de largarme de allí un montón de veces. No sabía lo que tenía que hacer, ni qué decir…
Pero mereció la pena ¿eh? – pregunté sonriente.
¡Ya te digo! – exclamó Antonio, usando una vez más su coletilla.
Bueno, al final salió todo bien. He de confesarte que yo también estaba un poco asustado por la forma en que se desarrollaron las cosas, pero, como te dije, las chicas disfrutaron de lo lindo, aunque Blanca se pilló un cabreo que…
¿Blanca? – dijo Antonio sorprendido – ¿En serio?
Sí, Blanca. Su madre iba más feliz que unas castañuelas, pero ella ni siquiera me habla.
Pero si Blanca vino a buscarme ayer por la mañana…
¿Cómo? – exclamé muy sorprendido – ¿Y qué quería?

 

Antonio enrojeció vivamente, lo que me hizo imaginarme lo que quería la chica.

 

Bueno… – dijo el chico – Verás… Me dijo que sabía que yo no era culpable de nada, que no estaba enfadada conmigo y que no me preocupara.
Ya.
Y que…
Dime, dime.
Y que el día anterior había hecho una promesa pero que por tu culpa no había podido cumplirla del todo.
Ya veo – dije yo, comprendiendo por donde iban los tiros.
Pues eso, que… Tío, me da vergüenza.
Vamos, Antonio. Hace dos días estábamos los dos desnudos, tirándonos a dos tías ¿y ahora me vienes con remilgos?
Pues… Empezó a pegarse a mí… Y me besó.
¿Y nada más?

 

En sus ojos leí que había algo más…

 

Me dijo que yo le gustaba y que si quería, podíamos vernos de vez en cuando.
Y tú dijiste que sí – dije riendo.
¡Ya te digo! –exclamó Antonio – Entonces me dijo que para sellar el pacto, debía cumplir su promesa, así que…
Venga tío, sigue.
Me la cogió y me la meneó – concluyó el chico bruscamente.
¡Joder! Está hecha una puta de cuidado. ¿Y tú no hiciste nada?

 

Una sonrisilla maliciosa curvó los labios de Antonio. Había creado un monstruo.

 

Bueno… – continuó – Yo le dije que un pacto debía sellarse entre dos, así que le metí mano en las bragas y también le hice una paja.
¡Jo, jo, jo! – me reía yo, aunque en el fondo algo envidioso – ¡Quién te ha visto y quién te ve! ¡Si ya eres todo un experto!

 

Antonio enrojeció levemente, frotándose la nuca con una mano, en ademán modesto.

 

¡Anda ya! – dijo – Sólo vi la oportunidad y…
Pues de eso se trata – dije yo – De aprovechar las oportunidades.

 

El resto de la tarde pasó en un plis plas, currando duramente en aquella cerca, pero pasándolo divinamente contándonos batallitas.
Y por fin, llegó la mañana del domingo, un día que empezó de manera inmejorable, pero que al final, acabó en desastre. Sigan leyendo.
Absolutamente agotado por el duro trabajo del día anterior, me habría encantado dormir hasta bien tarde aquella mañana, pues el domingo era el único día sin clase, pero no fue así, pues alguien lo impidió.
Bien temprano me desperté, confuso y adormilado por el cansancio. Miré a mi alrededor, con los ojos legañosos y medio cerrados, sin saber qué me había despertado. Y entre las brumas que la somnolencia formaba ante mis ojos, la vi, de pié junto a mi cama, mirándome.

 

¡Marina! – exclamé.

 

Ella se movió con gracia felina hacia mí, tapando mi boca con una de sus cálidas manos. El corazón me latía desbocado, la cabeza se me había despejado de golpe y la miraba con los ojos muy abiertos, despierto por completo. Mi instinto me decía por qué mi hermana estaba allí, lo que hizo que mi pene, enhiesto como todas las mañanas, brincara de expectación.

 

Shisssst –susurró Marina – No hables.

 

Yo, aún con la boca tapada, asentí con la cabeza, sin poner pegas. ¡Qué coño! Hubiera estado de acuerdo con cualquier cosa que ella me pidiera. De hecho, ni siquiera recordé que, en teoría, aún seguía enfadado con ella, pues aunque ya había hecho las paces con Marta, con mi hermana no había sido así.
Ella, lentamente, retiró su mano de mis labios, deslizándola sobre mi mejilla. Yo la contemplaba extasiado, hermosa más allá de cualquier sueño, vestida con su camisón, el mismo que llevaba la noche en que veló mi enfermedad, con un chal de punto sobre los hombros, pues esa mañana hacía un poco de frío. Llevaba el pelo suelto, sedoso, rodeando su delicado rostro, ligeramente ruborizado.

 

Échate para allá – susurró.

 

Mientras decía esto, levantó el borde de las sábanas y se sentó en el colchón, a mi lado. Yo, como un rayo, me desplacé hacia un costado de la cama, dejándole sitio para que se tumbara junto a mí. Ella, después de deshacerse de sus zapatillas y del chal, se metió bajo las sábanas, quedando su caliente cuerpo junto al mío.
Ella quedó boca arriba, tapándose con las sábanas hasta el cuello, mientras que yo, tumbado sobre un costado a su lado, no dejaba de mirarla.
Nuestros ojos se encontraron, y me sorprendí al darme cuenta de que yo estaba tan nervioso como ella. No importaba el número de mujeres con que ya me había acostado; allí, al lado de aquella diosa, volvía a ser el chico inexperto y asustadizo que era antes. Nuestros corazones latían desbocados, el mío retumbaba tan fuerte en mis oídos que no podía escuchar nada a mi alrededor. Sólo tenía ojos para ella.
Marina se movió un poco, sólo un centímetro, tratando simplemente de encontrar una postura más cómoda, pero eso hizo que su cadera rozara involuntariamente mi enfebrecido pene, quedando apoyada contra él.

 

¡Oh! – exclamó quedamente mi hermana, al notar mi dureza contra su muslo.

 

Aquel simple gemidito casi desata mi orgasmo. Fue un momento intensamente erótico. Corrientes eléctricas me sacudieron con fuerza, y algo mareado, me vi obligado a cerrar los ojos para serenarme, logrando tan sólo sentirla mejor contra mi paquete.
Entonces ella se movió de nuevo, pero en esta ocasión estoy seguro de que lo hizo solamente para frotarse un poco más contra mí, pues su cadera quedó todavía más apretada sobre mi erección.
Más sereno, abrí los ojos, contemplando el rostro arrebolado de mi hermanita. Sin aguantar más, deslicé una mano bajo las sábanas, recorriendo lentamente su cuerpo. Empecé por su muslo, que acaricié por encima del camisón. No ataqué a fondo, así que, en vez de pasar la mano sobre su entrepierna, la deslicé por su cadera, describiendo su contorno hasta dejarla posada en su estómago, donde me detuve unos segundos.

 

¡Ah! – un nuevo gemidito escapó de los labios de Marina, encendiéndome todavía más si es que era posible.

 

Mi mano continuó su viaje hacia el norte, encontrándose con las dos maravillosas colinas con que Dios había provisto a mi hermanita. Allí me detuve de nuevo, explorándolas, ahora un poco más bruscamente, en busca de las delicadas protuberancias que allí debía haber.
Efectivamente, allí estaban, apretándose excitados contra el camisón, mostrando inequívocamente que mi hermana estaba muy caliente. Con la yema de los dedos, acaricié con dulzura la punta de sus pezones, por encima de la ropa, sin querer descubrir todavía sus secretos, pero aquello bastaba para que mi hermana se retorciera de placer.
Un poco más arriba, su cuello de cisne, blanco e inmaculado, hermoso, tentador; lo recorrí con mis dedos, sintiendo su tersura, su delicadeza; su rostro, hermoso, jadeante, la locura para cualquier hombre.
Incapaz de resistir más, me incliné sobre mi hermana, y mis labios se prendieron de los suyos, dándonos un dulce beso. Mi mano seguía jugueteando con el pelo de Marina, buceando y nadando entre sus bucles, acariciando y rozando los sensibles lóbulos de sus orejas.
Me separé de aquellos carnosos labios a disgusto, contemplando el bello rostro de la chica. Todo era amor y poesía, pero entonces, bruscamente, el hechizo se rompió.
Mi hermana, al notar que había dejado de besarla, abrió los ojos y me vio mirándola extasiado, y entonces, con una voz de carretero que me sorprendió, exclamó algo enfadada:

 

¿Se puede saber qué coño miras, embobado?

 

Y ni corta ni perezosa se abalanzó sobre mí, empujándome y dejándome tumbado boca arriba sobre el colchón. Echándose sobre mí, pegó con fuerza sus morros a los míos, mientras su juguetona lengua se abría paso entre mis labios buscando la mía. Aquello era del todo inesperado, aquella lujuria, aquella fuerza, no era en absoluto algo propio de mi hermana. Sí que había cambiado.
Con deseo, ahora fueron sus manos las que recorrieron mi cuerpo, desabrochando a la vez los botones de la pechera de mi pijama. Una de sus manos se perdió bajo las sábanas, pero enseguida averigüé donde iba, pues de pronto mi polla fue estrujada con fuerza.

 

¡Ay! ¡Tranquila! – conseguí balbucear escapando de sus labios.
¿Tranquila? ¿Después de tanto tiempo? ¡Claro! Tú me asaltas por la noche en mi cuarto, me provocas, me metes mano, y ahora… ¿dices que tranquila?

 

No pude responder pues volvió a besarme con fiereza, mientras que mi polla era masajeada por encima del pijama.
Aún tardé un poco en recuperarme de la sorpresa inicial, pero poco a poco, iba dándome cuenta de que aquello, aunque no era como lo había imaginado, no estaba nada mal. Así que, sin perder más tiempo, posé mis manos en el dulce culito de mi hermanita y empecé a amasarlo con deleite, mientras nuestras lenguas seguían bailando enlazadas.
La habitación se llenó enseguida de jadeos, gemidos y chupetones, que provocaban que nos excitáramos cada vez más, ajenos a todo lo que sucedía a nuestro alrededor.
Entonces, repentinamente, Blanca se separó de mí, dejándome besando al aire.

 

¿Qué pasa? – farfullé, resoplando excitado.
Creo que voy a devolverte el favorcito que me hiciste en mi dormitorio – dijo ella.

 

Confuso, tardé unos segundos en recordar a qué se refería. Cuando lo logré, mis ojos se abrieron como platos, provocando la hilaridad en Marina.

 

Vaya, vaya, veo que ya te acuerdas. Es un milagro, con tantas mujeres como tienes últimamente, que te acuerdes de algo tan nimio…

 

Mientras decía esto, con su sonrisilla maliciosa dibujada en el rostro, levantó las sábanas y se cubrió la cabeza con ellas. Poco a poco, fue gateando hacia atrás bajo las sábanas, dirigiéndose hacia los pies de la cama, mientras yo, excitadísimo, me incorporaba un poco sobre el colchón, sentándome y quedando mi espalda apoyada contra la cabecera.
Cuando mi hermana alcanzó la postura adecuada, un estremecimiento de excitación recorrió mi cuerpo. No podía creer lo que sucedía, la cabeza me daba vueltas, pero Marina no iba a hacerme esperar más.
Noté cómo sus dedos se prendían de la cinturilla del pantalón del pijama y tiraban hacia abajo. Yo, solícito, levanté el culo del colchón, para facilitarle la tarea, así que, en poco segundos, me vi libre de ropa. La mano de Marina surgió de debajo de las sábanas por un costado de la cama, llevando agarrado el pantalón que fue arrojado al suelo, desapareciendo la mano bajo las sábanas otra vez.
Yo temblaba de excitación, deseoso de que todo empezara ya, pero aún así, cuando la manita de mi hermana se aferró a mi instrumento, yo no podía creérmelo.
Su mano se deslizó delicadamente por encima del tronco un par de veces, arrancándome gemidos de desesperación. Yo recordaba que, la noche a la que había aludido Marina, yo le había comido el coño, así que si iba a devolverme el favor… Pero aún así, seguía sin creérmelo.
Entonces lo noté, su deliciosa lengüita se posó sobre mi enfebrecido pene y lo chupó por completo, recorriéndolo desde la base hasta la punta. Casi me corro. Me costó Dios y ayuda serenarme, resoplando con los ojos cerrados, excitado a más no poder.

 

¿Te gusta? – la voz de Marina surgió de bajo las sábanas.
¡SÍ! – respondí rápidamente – ¡No te pares!
Vaaaaaaaale – respondió juguetona mi hermana.

 

Mi polla fue agitada bajo las sábanas, de forma que la punta golpeó un par de veces contra la barbilla de Marina, como hace uno cuando se pone pensativo con un lápiz entre las manos. Aquello era lo máximo.
O eso pensaba yo hasta que por fin, la boquita de mi hermana engulló la punta de mi torturado cipote. Un súbito éxtasis se apoderó de mí, escuché las trompetas celestiales, había alcanzado el culmen del conquistador, después de aquello, cualquier experiencia me sabría a poco. Como ven, mi cerebro desbarraba y alucinaba, pero créanme cuando les digo que aquello era la ostia.
La boquita de Marina fue deslizándose sobre el tronco hasta engullirlo por completo, quedándose quieta unos segundos, con toda la polla enterrada en la garganta. Después volvió a sacarla lentamente, deslizando sus labios de nuevo sobre él, esta vez en sentido contrario. Cuando estuvo casi toda fuera, su lengua jugueteó con la punta, produciéndome deliciosas cosquillas.

 

¿Qué te parece? ¿Lo hago bien? – escuché su voz.
¡Joder! – respondí con un hilo de voz – ¡Ya lo creo!
Estupendo.

 

Y volvió a engullir la verga. Yo, sin pensar en que tenía la boca llena, le pregunté jadeando:

 

¿Dónde has aprendido?

 

Con desgana, Marina tuvo que volver a separarse de su juguetito, pues, como chica bien educada, respondía siempre que la interrogaban.

 

Brigitte me explicó cómo se hacía – dijo simplemente.
¿CÓMO? – exclamé alucinado.
Ya sabes – dijo Marina sin dejar de pajear suavemente mi instrumento – Brigitte, la doncella de tía Laura.
No puedo creerlo – dije anonadado.
Verás, después de nuestro… incidente la noche de la gripe, decidí que lo mejor era hacerte caso y pasarlo bien.
Me alegro – dije yo.
No te creas, al principio pensé en buscarme a alguien por ahí, para darte una lección.
Uy, uy, uy – pensé.
Pero entonces escuché una conversación entre Brigitte y Vito, en la que la muy zorra contaba cómo se había acostado contigo en su dormitorio.
¡Ah, ya! – dije – Sigue, sigue, no te pares.

 

Marina, a la que yo no podía ver porque seguía bajo las sábanas, dijo juguetona.

 

¿Que siga? ¿Con qué? ¿Con la historia o… con esto?

 

Mientras hablaba, pajeó violentamente mi polla, arrancándome un fuerte gemido de placer. Durante un segundo, no pude pensar en nada, sintiendo tan sólo cómo mi pene era deliciosamente estrujado.

 

Co… con la historia – acerté a decir – Lo otro sigue haciéndolo despacito, que ya acabarás luego.
Vaaaale – contestó Marina bajo las sábanas, mientras volvía a propinarle un nuevo lametón a mi pene, lo que hizo que las rodillas me temblaran.
Tra…. tranquila – musité
Bueno, por dónde iba. ¡Ah, sí! Pues eso – continuó Marina – Brigitte decía lo increíble que eras, que nunca se lo habían hecho así…
¿En serio? – exclamé súbitamente orgulloso.
Pues sí. Y además dijo que eras un auténtico caballero, que la habías tratado con dulzura, haciendo que ella lo pasara bien, sin preocuparte sólo de ti y no sé cuantas cosas más.
Madre mía.

 

Marina alzó entonces las sábanas con una mano. Yo miré bajo ellas y la vi, allí entre mis muslos, con mi polla enarbolada con una mano mientras me miraba con aire de suficiencia.

 

Sí, a mí también me sorprendió mucho. Con lo mal que me habías tratado a mí… – dijo.
¿Mal? ¿Qué te hice yo de malo?

 

Su rostro se enfadó ligeramente.

 

¿Cómo que qué? ¿Te parece poco lo que me hiciste? Primero tú y Marta os burlasteis de mí en el coche, luego en la cocina, me asaltaste en mi cuarto, después en el tuyo… ¡Y estoy segura de que me olvido cosas!
Pero lo pasaste bien… – dije en voz susurrante.

 

Ella me miró un segundo y por fin, sonrió.

 

La verdad es que sí – dijo.

 

Agachó entonces la cabeza, dispuesta a engullir de nuevo mi aparato, pero yo, tontamente, la detuve.

 

¡Espera! ¡Espera! ¿Y cuándo hablaste con Brigitte?
¡Ah! – dijo mi hermana alzando de nuevo el cuello – Hace dos semanas más o menos. Justo antes del desagradable incidente con Marta en la escalera.
Ya. Ya noté que entonces andabas un poco… alocada.
Bueno sí. ¿Y qué?
No, nada. Que os pasasteis las dos un montón.
¿Yo? – dijo Marina indignada, apretando con fuerza sobre mi polla.
¡Vale! ¡Vale! – exclamé yo – Continúa por favor.
Pues un día me acerqué a Brigitte en el salón y se lo pregunté.
¿Así, de sopetón? Oye, Brigitte – la imité – ¿Podrías decirme cómo se chupa una polla?
No, tonto… – rió mi hermana – Hablamos un rato y yo fui desviando la conversación… hasta que le dije que sabía que se acostaba contigo, y que tenía que explicarme ciertas cosas.
Ya comprendo. ¿Y qué te dijo ella?

 

Marina me miró un segundo.

 

¡Ay, hijo! ¿Y qué más da? ¿No prefieres que te demuestre lo que me enseñó?

 

Y sin tardar un segundo, su boca volvió a tragarse son voracidad mi polla, dejándome con la palabra en la boca. Marina dejó caer la sábana de nuevo, quedando tapada por completo. Parecía haberse molestado porque yo deseara hablar en vez de que me la chupara, pero lo que ella no comprendía aún (por ser tan inexperta) es que el simple hecho de oírla hablar de esos temas ya resultaba excitante para mí, y para la mamada… siempre había tiempo.
En fin, que no había más remedio que dejar que me la chupara. En el fondo yo no quería, pero daba tanta pereza resistirse que… decidí dejar que la chica disfrutara, así que cruzando las manos tras mi cuello, me apoyé en el respaldo de la cama , separando bien las piernas para que la chica jugase cuanto quisiera y cerrando los ojos para notarla bien (espero que hayan notado el tono irónico).
Yo disfrutaba como un enano, se notaba que la chica aún tenía cosas que aprender, pero con aquel entusiasmo y energía, se convertiría en una auténtica maestra en poco tiempo. Sus labios se deslizaban con rapidez sobre mi polla, en un ritmo óptimo, pero yo echaba de menos un poco más de acción por parte de su lengua, pero en fin, en aquel momento yo no la hubiera cambiado ni por la mejor mamadora del mundo.
Abrí los ojos y miré hacia abajo. El observar aquel bulto bajo las sábanas, que se agitaba entre mis piernas chupándome la polla, era de lo más erótico. El no ver, puede superar en muchas ocasiones el ver, os lo aseguro. Cerré de nuevo los ojos, para disfrutar al máximo de la situación.

 

¡Joder! ¡Qué maravilla! – pensé – Despertarse así es lo mejor de la vida.

 

Seguimos así unos minutos, sin hablar, escuchando tan sólo el sonido de mis jadeos y los chupetones que Marina me propinaba. Estaba en la gloria. Entonces, no sé muy bien por qué, abrí los ojos y miré hacia un lado. Y se desató el cataclismo. Junto a la cama, mirándome con los ojos en llamas, estaba mi prima Marta.

 

¡OH, DIOS! – exclamé aterrado.
Te gusta, ¿eh? – contestó Marina bajo las sábanas, sacándose la polla de la boca un segundo.

 

Marta, enfurecida, agarró las sábanas y las arrancó de un tirón, apareciendo mi hermana, acurrucada entre mis piernas, engullendo mi erección con deleite. Sorprendida, Marina alzó la vista, parpadeando un poco por la súbita luz, pues sus ojos, al permanecer tanto rato bajo las sábanas, se habían acostumbrado a la oscuridad.

 

¡TÚ! – exclamó al distinguir por fin a Marta.
¡SÍ, YO, PEDAZO DE ZORRA! – gritó mi prima.
¡Ay, Dios mío! – pensé yo.

 

Consciente de lo que se avecinaba, me interpuse rápidamente entre las dos mujeres, arrodillándome en el colchón frente a Marta. Obviamente, al estar desnudo de cintura para abajo, mi polla bambolante quedó apuntando hacia mi prima, lo que la enfureció todavía más.

 

¡Aparta eso de mí! – gritó dándole un manotazo a mi instrumento.

 

A lo largo de mi vida, muchas han sido las mujeres que me han abofeteado, pero os juro que Marta fue la única que se lo hizo a mi miembro. La polla, ante el golpe, se agitó hacia los lados, lo que puso frenética a Martita.

 

¿Quieres taparte eso? – aulló.
Sí, claro, perdona – contesté aturrullado.

 

Miré aturdido a mi alrededor, en busca de los pantalones de mi pijama. Estaban en el suelo, donde Marina los había tirado. Bajé de la cama y los cogí, poniéndomelos con torpeza. Obviamente, aquello no ocultaba mi terrible erección, pero al menos, no iba con ella al aire.
Me volví y me encontré con aquellas dos fieras, mirándose furibundas, sin decir nada. Marina se había sentado al borde de la cama, con los pies en el suelo, justo enfrente de su prima. La tensión entre ellas podía palparse, yo estaba muy nervioso por lo que pudiera pasar, hasta que de pronto, Martita dio el primer paso.

 

Eres una puta – dijo con voz sorprendentemente serena.
¿Yo? – respondió Marina – Pues anda que tú. Yo todavía no he hecho nada, pero tú te lo has follado un montón de veces.
¿Nada? – exclamó Marta con el rostro cada vez más encendido – ¿Llamas nada a chuparle la polla a tu propio hermano?
¿Y qué? Tú también habrás hecho lo mismo, y se trata de tu primo. No hay tanta diferencia.
¡YO JAMÁS HE HECHO ESO! ¡NUNCA HE HECHO NADA CON… CON LA BOCA! –aulló Marta.
Marina miró hacia mí un segundo y añadió:
¿De verdad? ¿Nunca se la has chupado?
¡NO!
Pues tú te lo pierdes. Sabe muy bien y a Oscar le encanta cómo se lo hago. ¿Verdad hermanito?
Tierra trágame – pensé mientras las contemplaba anonadado, sin decir nada.

 

Las dos chicas me miraban fijamente, una con el rostro contraído por la ira, la otra… con una extraña expresión divertida.

 

Yo… no… – acerté a balbucear.
¿Ves? – continuó Marina aprovechando mi confusión – No lo niega. Además mira cómo la tiene todavía, se le nota que estaba disfrutando.

 

Al decir esto, señaló con la cabeza mi tremenda erección, que formaba un notorio bulto en el pijama. Mi mente podía estar preocupada, pero mi libido…

 

Y ahora vete, por favor, Oscar y yo estábamos pasando un rato muy agradable hasta que viniste a molestar – dijo mi hermana.
¡PUTA! – aulló Marta abalanzándose sobre su prima.

 

Marina, que se lo esperaba, logró sujetar a Marta por las muñecas, cayendo ambas sobre la cama en un confuso montón.
Aunque suene raro, aquel repentino arranque de violencia sirvió para serenar mi mente. Lo vi todo más claro. Estaba más que harto de aquella situación. Había otras mujeres que no me proporcionarían tantos problemas. Yo era el único culpable de aquella situación. Había destruido una hermosa amistad entre dos chicas y no iba a consentir que aquello siguiera así.
Decidido, me dirigí hacia una mesita de lectura que había junto a la ventana, totalmente ajeno a la pelea entre las dos gatas. Agarré un jarrón con flores que había sobre ella y, con fuerza, lo estampé contra la pared.
El súbito impacto sobresaltó a las dos chicas, que asustadas, alzaron la vista hacia mí, permaneciendo todavía una sobre la otra, en su afán de sacarse los ojos mutuamente. Percibí cómo las dos leyeron en mi mirada que estaba profundamente enfadado, y aquello sirvió para calmarlas. Muy despacio, Marta se quitó de encima de su prima, y las dos se sentaron en el colchón, observándome.

 

Fuera – dije con voz firme.
¿Cómo? – dijo Marina.
Que os vayáis. No quiero saber nada de ninguna de las dos. Se acabó.
Pe…pero… – intentó decir mi hermana.
Pero nada. Largaos – dije señalando la puerta.

 

Marta mostraba una expresión anonadada, pero Marina aún pensaba que yo no iba en serio. Zalamera, se puso en pié y caminó contoneándose hacia mi. Puso entonces una mano en mi hombro, mientras apretaba su torso contra mí. Su otra mano se colocó en mi pecho y, lentamente, fue acariciándolo deslizándose hacia abajo.

 

Vamos, no seas tonto – susurró sensualmente – Espera un segundo y terminaré lo que te estaba haciendo.

 

Su mera cercanía me enervaba, pero logré controlarme y mantenerme firme. Sujeté su mano y la aparté de mí.

 

No. Se acabó. He dicho que os marchéis. Fuera de aquí las dos.

 

En el rostro de mi hermana se dibujó una expresión de profunda sorpresa. Por fin comprendía que yo no bromeaba.

 

Pe… pero… No puede ser. Después de todo lo que me has hecho, de todo lo que me has hecho hacer – balbuceó.
Me da igual. No soporto veros así. Se acabó – dije apartando la mirada de ella.
¡ERES UN CABRÓN! – aulló Marina.

 

La miré y vi que había lágrimas en sus ojos. Algo avergonzado, desvié la mirada, sólo para encontrarme con que Marta también lloraba sentada en mi cama. Pero no dejé que me conmovieran. Inflexible, aunque algo afectado, me limité a señalarles la puerta. Marta, sin decir nada, se levantó y caminó con rapidez hasta la salida, dejando la puerta abierta tras de si. Marina aún intentó encandilarme de nuevo, abrazándose a mí con fuerza, pero yo la aparté, decidido.
Por fin, viendo que yo no iba a cambiar de parecer, Marina se marchó. Recogió primero su chal y sus zapatillas, poniéndoselas de nuevo, y después me dirigió una mirada orgullosa y enfadada, pero también dolida, lo que me conmovió mucho. Pero me mantuve en mis trece. Un rato de placer no justificaba la destrucción de la amistad entre aquellas dos chicas. Era consciente de que quizás era tarde para solucionar los problemas entre ellas, pero si al menos se eliminaba la causa de la discordia… Así que decidí borrarme de la ecuación. Nunca más intentaría nada con mi prima ni con mi hermana. Punto y final.
Permanecí de pié en mi cuarto unos minutos más, pensando en lo sucedido y en lo duro que iba a ser apartarme de aquellas dos bellezas. Pero qué se le iba a hacer, era todo culpa mía, así que lo justo era que padeciese algún castigo.
Fue entonces cuando un pinchazo en mi torturado miembro me hizo recordar el estado en que me encontraba. Miré hacia abajo para constatar que mi erección, a pesar de todo lo acontecido, no había disminuido en absoluto. Mi picha se había quedado a medias, y ella no entendía de relaciones de amistad, sólo quería coño.

 

Pues qué le voy a hacer – dije acariciándome distraídamente el miembro por encima del pijama – Tendré que buscarme a otra.

 

Y entonces fue como si mis plegarias hubieran sido escuchadas. Alguien llamó a la puerta, y yo, sobresaltado, pregunté:

 

¿Quién es?
Soy yo, señorito, Tomasa. Venía a ver si ya se había levantado, para hacerle la cama.

 

Me extrañó mucho su presencia, pues normalmente mi madre se encargaba de enviar a las criadas a nuestros dormitorios, y siempre lo hacía tras comprobar ella misma que nos habíamos levantado. Entonces me acordé. ¡Claro! ¡Era domingo! Mis padres habían estado comentando durante la semana que el domingo iban a bajar al pueblo a hacer una visita, y el abuelo y tía Laura iban a acompañarlos. ¿Cómo había podido olvidarme?
Eso explicaba muchas cosas. La ausencia de los adultos le había brindado a Marina la oportunidad de colarse en mi cuarto, sin riesgo de ser descubierta; seguro que llevaba tiempo pensando en el plan. Y por lo visto, Marta había pensado en lo mismo.
Sacudí la cabeza para aclararme las ideas. Bueno, en aquellos momentos precisaba de una mujer, y tras la puerta disponía de una que estaba bien buena. Además, se trataba de una chica todavía no catada por mí. La cosa mejoraba.

 

¿Señorito? – la voz de Tomasa volvió a sonar, extrañada de que yo tardara tanto en contestar.

 

Rápidamente, me acerqué a la puerta y la abrí, encontrándome con Tomasa, que dio un pequeño respingo de sorpresa. Necesitaba un poco de tiempo para pensar, así que le dije:

 

Sí, claro, Tomasa. Ya estoy levantado. Mira, ve haciendo la cama que yo voy a lavarme.
Sí, señorito.

 

Me aparté hacia un lado, dejándola pasar, procurando mantenerme ligeramente tapado por la puerta, para que ella no viera mi bulto. Una vez hubo entrado, salí yo al pasillo, precipitándome rápidamente en el baño de enfrente.
Más tranquilo, procedí a lavarme la cara y a asearme un poco, mientras pensaba en la más conveniente estrategia para atacar a Tomasa. Una vez decidido y bien peinado, salí de nuevo al pasillo, todavía en pijama, pues no me había acordado de coger ropa limpia cuando salí de mi dormitorio.
Procurando no hacer ruido, entré en mi habitación, esperando encontrar a Tomasa haciendo la cama. Mi sorpresa fue grande al encontrarme el cuarto totalmente desierto y la cama sin hacer. ¿Dónde coño se había metido aquella muchacha? La respuesta llegó pocos segundos después.

 

¡Ah! Señorito. Ya está usted aquí – dijo Tomasa desde la puerta, a mis espaldas.

 

Me di la vuelta y me encontré con que la criada portaba unos trapos y una escoba.

 

Verá – dijo tímidamente – Es que he visto que se ha roto un jarrón y he ido a por trapos para limpiarlo.
¡Ah! Claro, claro. Sí, lo rompí antes. Choqué con la mesa y se cayó.
No se preocupe. Yo lo recogeré todo.

 

Me aparté un poco y Tomasa fue hasta los restos del jarrón. Empezó a barrer los cristales, mientras yo la miraba tratando de encontrar el momento adecuado para atacar.

 

Oye, Tomasa – dije mientras cerraba distraídamente la puerta, echando el cerrojo.
¿Por qué cierra la puerta? – dijo ella extrañada.
¡Oh! Es que voy a cambiarme. Y no estaría bien que alguien pasara por el pasillo y me viera medio desnudo ¿verdad?
Sí, claro. Me marcho. Volveré después entonces.
No, no, Tomasa. No hace falta. No me importa que te quedes.
Pero, eso no puede ser señorito. Será mejor que venga ahora después – dijo dirigiéndose a la puerta.
 

 

Aquella mañana no estaba demasiado habilidoso, si no, seguro que se me habría ocurrido alguna manera mejor de retenerla en el cuarto. Pero con todo lo que había pasado con Marta y Marina, andaba un poco despistado. Así que no se me ocurrió otra cosa que usar mis galones.

 

Espera Tomasa – dije secamente.
Dígame señorito.
Vamos a ver. Yo soy el hijo de tus jefes ¿verdad?
Sí, claro – respondió la chica.
Eso me convierte en tu jefe.
Sí, señorito.
Pues entonces, te ordeno que sigas con lo que estaba haciendo. Ya te he dicho que no me molesta que estés aquí, así que no te vayas.
Pero es que… No está bien…
Lo único que tienes que hacer es no mirarme mientras me cambio, así no estaremos haciendo nada malo.

 

Muy confundida por lo que acababa de decirle, la pobre Tomasa, que no destacaba por su inteligencia precisamente, no supo ni qué decir. Así que, encogiéndose de hombros, volvió a empuñar la escoba para recoger los cristales, procurando mantenerse de espaldas a mí.
Bueno, ya había dado el primer paso. Ahora debía continuar, pero mi mente no daba para mucho aquella mañana, así que decidí ser muy directo.
Fui hasta mi armario, de donde saqué la ropa que pensaba ponerme aquel día y la dejé sobre la cama. Sentándome sobre el colchón, me quité el pijama, quedando completamente desnudo, mirando pensativo la espalda de la chica.
Ella había terminado de barrer, pero aún tenía que limpiar el suelo, así que, ni corta ni perezosa, se arrodilló sobre el piso con trapos en las manos, para recoger el agua del jarrón y quitar las manchas. Quedó así a cuatro patas, su trasero moviéndose tentador mientras su dueña frotaba y frotaba.
Me acaricié despacio el miembro, pues éste, por fin, había perdido un poco de vigor; pero el simple hecho de pensar en clavarse en Tomasa, bastó para enardecerlo de nuevo.

 

Tomasa – dije cuando estuve trempado del todo.
¿Sí, señorito? – respondió ella sin volverse.
Ven aquí. Siéntate a mi lado.
Pero… ¿Ya se ha vestido?

 

Tomasa volvió un poco la cabeza, lo justo para comprobar que yo estaba en pelotas. Rápidamente, volvió a mirar al frente, para evitar ver mi desnudez.

 

Si… si está usted desnudo – balbuceó la chica.
No seas tonta – la amonesté yo – Ven aquí te digo. Quiero preguntarte una cosa.
No… No está bien, señorito. No puedo.
Venga, Tomasa, por favor – insistía yo – Necesito saber una cosa.
Bueno. Dígamela. Pero no me pida que vaya junto a usted.
¿Y por qué no?
Po… porque está usted desnudo.
¿Y qué?
Pu… pues que no está bien.
Pero Tomasa, si no me miras no podrás contestar a mi pregunta.
¿Por qué?
Mira, Tomasa. Lo que yo quiero saber es si soy… normal.
No… no le entiendo.
Quiero decir que no sé si… si mi pito es normal.

 

El cuerpo de Tomasa se tensó visiblemente. Estaba muy nerviosa y no sabía cómo escapar de esa situación. El hijo de sus jefes estaba acosándola, pero ella, acostumbrada a ser acosada, no sabía cómo esquivar ese tipo de situaciones.

 

¿A qué se refiere? – acertó a decir.
Pues eso… Que quiero saber si está bien de grande, de forma y todo eso, ya sabes – dije yo.
Pero yo no sé…
Venga, Tomasa, no me mientas. Una chica tan preciosa como tú habrá visto muchas…
¡Señorito! – exclamó sorprendida – Yo nunca…
¿Cómo que nunca? No me mientas Tomasa… – dije en tono serio.
Bueno…
Vamos, chica, que no te estoy preguntando por tus novios. Eres libre de hacer lo que quieras en tu vida privada. Sólo te estoy pidiendo que me ayudes un poco. Recuerda que yo te ayudé el día del bicho – dije rememorando anteriores experiencias.

 

Como no se decidía, me levanté y la rodeé para situarme frente a ella. Como seguía de rodillas en el suelo, mi polla iba a quedar justo frente a ella, como yo quería, pero Tomasa lo evitó girándose bruscamente y apartándose de mí. Entonces soltó una exclamación de dolor.

 

¡Ay! – gritó – ¡Mi rodilla!

 

Aquello no me lo esperaba. La chica se dejó caer en el suelo, sentándose, mientras sus manos abrazaban su rodilla izquierda.

 

¿Qué ha pasado? – pregunté alarmado – ¿Estás bien?
Me he clavado algo en la rodilla – dijo Tomasa – Me duele.
Espera. Deja que te ayude.

 

Tomándola por los brazos, la ayudé a levantarse, dejándola sentada sobre el colchón. Yo estaba auténticamente preocupado por ella, sobre todo cuando vi que su vestido tenía un agujero a la altura de la rodilla y aparecían manchas de sangre sobre él.
Sin pensar, me arrodillé frente a ella y levanté con cuidado el borde de su falda. No piensen mal, sólo unos centímetros, lo justo para descubrir la rodilla herida.
Efectivamente, se había clavado un cristal. Al barrer, un trocito del jarrón, del tamaño de una moneda le había pasado desapercibido, con tan mala fortuna que había ido a clavárselo. El cristal aún permanecía en la herida, pero no parecía nada grave.

 

Espera un segundo – dije – Voy a ir a por una gasa y yodo para curarte.

 

Alcé la vista y miré a Tomasa, comprobando sorprendido que evitaba mirarme, con las mejillas completamente arreboladas. Me di cuenta entonces de que aún seguía desnudo, con la polla dando botes a su aire.

 

Señorito, por favor… – logró decir Tomasa.
¡Oh, perdón! – dije yo avergonzado – Espera aquí un segundo ¿de acuerdo?

 

Azorado de verdad por ser tan insensible, me puse a toda velocidad el pantalón del pijama. Salí al pasillo y fui al baño, de donde tomé lo necesario para una pequeña cura.
Regresé junto a Tomasa, cerrando la puerta de mi dormitorio, pero esta vez, me olvidé de correr el cerrojo.

 

Ya estoy aquí – le dije arrodillándome frente a ella – Estira la pierna.

 

La chica obedeció, y yo coloqué su pie en mi regazo. Volví a levantarle el borde de la falda, descubriendo la herida, y procedí a quitarle el trocito de cristal, con lo que brotó un poco de sangre de la herida, lo que provocó un ligero sollozo en la chica.

 

Perdona – le dije – ¿Te duele?
Un poco – respondió Tomasa.

 

Empapé una gasa en alcohol, para desinfectar, y la apliqué directamente en el corte. Aquello le escoció a Tomasa, pues pegó un auténtico salto en el colchón, mientras se quejaba.
Pero aquel saltito tuvo un inesperado y estupendo efecto. Su falda, que yo había recogido por encima de sus rodillas, se le subió todavía más, dejando al descubierto sus piernas hasta medio muslo. Mis ojos quedaron prendados de sus magníficas cachas, haciéndome recordar de nuevo el por qué estábamos allí. Más sereno una vez recobrado mi objetivo, terminé de limpiarle con cuidado el corte.
Lo sequé después con otra gasa, comprobando que era bastante pequeño, un par de centímetros como máximo. Con delicadeza, unté la herida con yodo, usando otra gasa para ello, pero mi atención no estaba en lo que estaba haciendo, sino que mis ojos estaban fijos en el triángulo de oscuridad que el borde de la falda formaba sobre los muslos de la chica, dentro del cual se escondía el tesoro que yo codiciaba.

 

Ya está – dijo entonces Tomasa, rompiendo el encanto.
No, espera – respondí yo – Aún no se ha secado.

 

Acerqué entonces mi cara a su rodilla, y dulcemente, comencé a soplar sobre ella, para que el yodo secara más rápido. Desde esa postura, mis ojos buscaban con avidez poder ver por debajo de la falda de la criada, pero la ropa no se le había subido lo suficiente, lo que era enloquecedor.

 

Déjelo – dijo Tomasa, visiblemente nerviosa – Ya se secará solo.
No seas tonta – respondí yo sin dejar de soplar – Si te manchas el vestido de yodo además de sangre te va a costar mucho más limpiarlo.

 

Sin respuesta, la chica se dejó hacer, aunque se removía inquieta en su asiento. Yo sostenía su pierna con una mano en su tobillo y la otra bajo su rodilla herida. Con habilidad, comencé a acariciarla dulcemente en ambos puntos, de forma muy ligera, para que no pudiera protestar.

 

¿Te duele? – le pregunté.
No. Pero pica un poco.
Espera. Te daré un masaje y verás como se te quita.

 

Posé entonces mis manos de forma más decidida en su pantorrilla, y comencé a deslizarlas sobre ella, acariciando su tersa piel.

 

El zapato me molesta un poco – susurré.

 

Sin esperar respuesta, descalcé el pié de la chica y comencé a masajearlo. Se notaba que le gustaba, pues sus protestas habían desaparecido. Mis dedos se deslizaban hábiles sobre su pierna, pero yo me mostraba todavía cauto, temeroso de estropearlo, así que, cuando mis manos llegaban a su rodilla, se detenían y volvían a deslizarse hacia abajo, como si aquella fuera la frontera entre lo apropiado y lo prohibido.
Pero claro, yo no iba a aguantar así eternamente, así que tras un par de minutos de casto masaje, comencé a envalentonarme poco a poco. Como quiera que la chica no protestaba, mis dedos comenzaron a rodear la rodilla herida cuando la alcanzaban, pasando a acariciar el delicioso muslo de Tomasa, llegando un poco más arriba cada vez que subía.
En pocos minutos, mis manos amasaban decididamente su cacha, alcanzando por fin el borde de la ropa, empujándolo disimuladamente cada vez un poco más arriba. Tomasa hizo un último intento de resistencia, tratando de evitar que su falda subiera demasiado, pero yo leía en lo agitado de su respiración y en el brillo de su mirada que ya estaba dispuesta a no marcharse de allí sin follar.

 

Shissssst. Relájate – susurré – Déjame a mí y lo pasarás como nunca.

 

Ella me miró unos segundos, indecisa, así que yo, acercándome un poco más a ella, la empujé suavemente hacia atrás.

 

Tranquila. Túmbate y déjame hacer a mí.

 

Tomasa, rendida, se dejó caer hacia atrás, quedando por completo a mi merced. Sin perder un segundo, le subí la falda hasta la cintura, descubriendo así unas tremendas bragas marrones, última barrera antes de alcanzar mi deseado objetivo.

 

Ahhhh – gimió Tomasa cuando una de mis manos se posó sobre sus bragas.

 

Comencé a acariciar sensualmente su entrepierna por encima de la ropa interior, sintiendo cómo ésta se mojaba cada vez más por los fluidos que la hembra comenzaba a derramar. Aún por encima de las bragas, comencé a describir con un dedo el contorno del coño de Tomasa, de forma que su espléndido chocho quedó dibujado sobre la empapada prenda. Mi dedo se deslizaba por su raja, arrancándole gemidos de placer, pero sin tocarla directamente todavía.
El aroma a sudor y a hembra excitada inundó el cuarto, enardeciéndome más. Era un olor fuerte, penetrante, pues Tomasa se ponía realmente al rojo vivo.
Su cuerpo se retorcía excitado, sintiendo y disfrutando mis caricias al máximo. Entonces, noté como la chica estiraba la pierna herida, que aún reposaba sobre mi regazo, y su pié desnudo fue a posarse directamente sobre mi erección, acariciándola por encima del pijama.
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo ante la inesperada caricia. La verdad es que me gustaba el modo en que Tomasa me sobaba la polla con el pié, apretando o deslizándolo sobre ella con habilidad. Pensé en cómo de bueno iba a ser aquel polvo, pues si la chica era tan mañosa con un pié, qué sería capaz de hacer con lo demás…
Decidí que ya era hora de contemplar su escondido tesoro, así que agarré el borde de sus bragas con las manos y tiré. La ropa se deslizó lentamente, y pude notar cómo la tela se iba despegando de los hinchados labios de aquel coño, pues al estar tan mojados, las bragas habían quedado adheridas. Esto hizo que Tomasa se retorciera aún más, gimiendo y jadeando cachondísima.
Una vez libre de las bragas, el olor de aquel chocho llegó hasta mí mucho más intenso, más vivo y aquello me puso como loco. Sin perder un segundo, me liberé de la pierna que estrujaba mi erección y me situé de rodillas entre sus muslos. Agarrándola por las caderas, tiré del cuerpo de Tomasa hacia mí, deslizándola sobre el colchón, de forma que su coño quedó justo al borde, con los pies apoyados en el suelo. Y me zambullí.
Mi boca se precipitó contra la raja de la chica, comenzando a comer, a chupar y a tragar con furia inusitada. Estaba buenísimo, el sabor era incluso un poco dulce, la naturaleza había dotado a aquella mujer de un coño realmente delicioso. Y yo me lo comí entero.
Lo hice con fuerza, con intensidad, nada de lentas caricias ni delicados lametoncitos, lo que hice fue devorarlo. Mi lengua se hundía con velocidad en la raja, lamiendo los deliciosos jugos de la hembra, mis dedos, acariciaban y exploraban por todas partes, hundiéndose con violencia en el coño de la criada.

 

¡AAAAAH! ¡ASÍ, ASÍIIIIII, SEÑORITOOOOOOOO! – aullaba Tomasa.

 

Entonces se colocó en una postura muy extraña. Recogió las piernas, y doblando muchísimo las rodillas, las atrajo hacia si sujetándolas con las manos y separando al máximo los muslos. De esta forma su coño se abría enormemente, permitiéndome comérmelo hasta el fondo.
Tomasa se corrió, violenta y salvajemente. Su coño derramaba jugos como una fuente, que se deslizaban por su raja y mojaban mi cama. Yo chupaba todo lo que podía, pero era demasiado. Y todo esto lo hizo sin cambiar de postura, abriéndose de piernas al máximo, tan sólo basculando lateralmente sobre la espalda.
Yo ya no sabía cómo sujetarla para poder seguir disfrutando de su jugoso chocho, así que pensé que lo mejor era dejarla a su aire, así que dejé de tratar de mantenerla quieta y la dejé contonearse, mientras mi boca, adherida a su coño, se movía al compás de los espasmos de la chica.
Tres dedos tenía bien hundidos en el coño cuando decidí explorar otra vías, así que hábilmente, llevé mi otra mano hasta su entrada trasera, que fue penetrada por mi dedo índice hasta el fondo. Y Tomasa se corrió de nuevo.

 

¿QUÉ HACES? ¡NOOOOOOOO! ¡POR AHÍ NOOOOO! ¡SÁCALO, SÁCALOOOOOO!

 

Y una mierda lo iba a sacar. El orgasmo fue devastador, la chica balbuceaba en arameo mientras su coño vomitaba deliciosos líquidos. Yo podría haber seguido comiendo y chupando hasta el fin del mundo, pero entonces noté el sordo lamento de mis pelotas, deseosas de liberar su carga.
A regañadientes, me separé de aquella maravilla de la naturaleza y me puse en pié, bajándome los pantalones del pijama hasta los tobillos, liberando así mi coloradísimo capullo. Tomasa, al notar que me separaba, abrió los ojos y me buscó ansiosamente con la mirada.

 

¿Adónde vas? – jadeó – Sigue, vamos ¡SIGUE!

 

Mientras decía esto, movió las caderas hacia los lados, manteniendo aún sus muslos bien abiertos con sus manos, ofreciéndome su coño en bandeja. Pero yo ya no quería chupar, ahora era el turno de follar, así que me abalancé sobre ella, y allí, justo al borde de mi cama, se la clavé de un buen empujón.

 

¡UAAAHHHHHH! ¡SEÑORITO! ¡SÍIIIIIIIIIIIII! ¡FÓLLEME! ¡FÓLLEMEEEEEE!

 

Mi verga suspiró aliviada al hundirse en aquel mar caliente, se deslizaba y chapoteaba de manera increíble, sintiendo cómo aquel coño apretaba sobre él. Tomasa sabía lo que hacía. Los músculos de su vagina estaban bien entrenados, así que era capaz de ceñir enormemente mi polla, aunque yo sabía que allí dentro cabría la de un caballo.
Pero qué mas daba. ¡Me la estaba follando! Hundí el rostro entre sus tetas, aún cubiertas por la ropa, aunque esta situación duró poco tiempo, pues Tomasa, liberando por fin sus piernas, llevó sus manos hasta los botones de su vestido, y de un tirón, los abrió, arrancando un par de ellos. Yo me había incorporado un poco, para dejarla abrirse el vestido, y contemplé atónito cómo las dos formidables montañas de Tomasa aparecían ante mí, enfundadas en un enorme sujetador.
Deseoso de prenderme de aquellas domingas, tironeé inútilmente del sostén, tratando de abrirlo, pero por desgracia, el broche estaba por detrás, y Tomasa no parecía estar muy por la labor de parar de follar para quitárselo. Enfadado, traté ahora simplemente de apartarlo a un lado, para liberar las tetas de su encierro, pero el sostén era de varillas, con alambres y no podía hacerlo.
Medio loco, lo sujeté entonces por el centro, justo en el punto en que las dos copas del sujetador se unen y tiré con fuerza.
Se escuchó el sonido de la tela al rasgarse y las copas del sujetador escaparon de entre mis dedos, liberando por fin a sus cautivas. ¡Qué par de tetas! Impresionantes en verdad, gordas, jugosas, enormes, con dos pezones preciosos, erectos, apetecibles.

 

¡CABRÓN! – aulló Tomasa – ¡ME HAS ROTO EL SUJETADOR!

 

Pero sus protestas se apagaron en el momento en que mis labios se apoderaron de uno de sus magníficos pezones y mis caderas redoblaron el esfuerzo entre sus muslos.

 

¡ASÍ, SEÑORITO, ASÍ! ¡FÓLLEME! ¡FÓLLESE A SU TOMASAAAAAAA!

 

De acuerdo. Así lo hice. Enloquecido, bombeé y bombeé, empujé y empujé, como un émbolo humano hundido entre los muslos de la chica. ¡Dios, fue fantástico! Uno de los polvos más salvajes que he echado en mi vida. Aquella mujer era increíble, ¡cómo follaba! Sería un poco tonta, pero en la cama ¡era un genio!
A ese ritmo yo no podía aguantar demasiado, así que pronto comencé a notar que me corría. Y cosa increíble, sin yo decir nada, Tomasa también lo notó. Súbitamente, puso las manos en mi pecho y me empujó a un lado, librándose de mí. Como una fiera, hizo que me tumbara esta vez yo al borde del colchón, en la misma postura que ella ocupara minutos antes, con el culo justo al borde y los pies en el suelo.
Se arrodilló entre mis piernas, haciéndome pensar en una mamada, pero ella tenía otra cosa en mente. Agarrándome la polla, la colocó entre sus dos tetas y comenzó a administrarme una espléndida cubana, que yo no fui capaz de soportar ni 15 segundos. Mi polla explotó en una salvaje corrida, disparando leche a través del tubo que formaban sus tetazas sobre ella. El semen surgía de entre sus tetas, manchándole el pecho y el cuello, mientras ella no paraba de agitarlas sobre mi pene. Fue una corrida fantástica.
Por fin, derramé la últimas gotas entre aquellos dos melones, y Tomasa me liberó. Jadeante, me incorporé un sobre los codos, mirando a Tomasa, con el pecho pringoso de mi leche, que se deslizaba lentamente hacia abajo en gruesos goterones, dejando rastros pringosos sobre su piel. ¡Qué zorra!
Deseaba descansar unos segundos antes de volver al ataque, pero ese no era el deseo de la chica. Sin darme ni un segundo de respiro, se abalanzó sobre mi cansado pene y de un tirón, lo engulló por completo, a pesar de que no estaba erecto.
Fue como si me aplicaran un calambrazo. ¡Qué buena era! Sin sacársela ni un milímetro de la boca, era capaz de estimularme y acariciarme, usando tan sólo su lengua y el interior de su boca. Mi polla comenzó rápidamente a recuperar su tamaño, hundida en aquella húmeda cueva, pero antes de que se hubiera empalmado por completo, Tomasa la sacó de su boca, dedicándose entonces a mis huevos.
Repitió el proceso de engullir por entero, pero esta vez con la bolsa de las pelotas. Se metió mi escroto en la boca, jugueteando con la lengua entre mis bolas. Fue la ostia, nunca me lo habían hecho. Mientras los chupaba, me agarró la polla con una mano y empezó a pajearla, con lo que estuve listo en menos de un minuto.
Una vez que estuvo de nuevo bien dura, Tomasa, sin decir nada, me soltó, volviéndose a subir a la cama, con una sonrisa lujuriosa en los labios. Su expresión parecía decir “De aquí no sales vivo chaval. Te voy a follar hasta dejarte seco”, y yo no podía estar más de acuerdo.
Se colocó entonces a cuatro patas sobre el colchón, dejando su pecho totalmente pegado a la cama. De esta forma, su culo quedaba en pompa, ofreciéndose descarado. Sin perder un segundo, me arrodillé tras ella, dispuesto a encularla con presteza, pero al notar mis maniobras, Tomasa me detuvo.

 

No, señorito. Por ahí luego, ahora quiero que me lo haga desde atrás.

 

Mientras decía esto, agitó graciosamente el trasero hacia los lados, ofreciéndome su chorreante coño. Yo, desde luego no iba a protestar por el cambio de planes, así que me situé en posición y se la clavé en el chocho desde atrás, mientras ambos dábamos un profundo suspiro de placer.

 

Así, así, muy bien. Ahora despacito, fólleme – dijo Tomasa.

 

Y así lo hice. Con delicadeza esta vez, eché el culo para atrás y empujé de nuevo, adoptando esta vez un ritmo de follada mucho más relajado. Era espléndido el echar un casquete tranquilito después de tanta lujuria y desenfreno, y en pocos minutos, los dos jadeábamos y resoplábamos encantados por el magnífico polvete del que estábamos disfrutando.

 

¡Ah! ¡Así! ¡Así! ¡Por ahí! – gemía Tomasa.

 

Yo, con las manos apoyadas en sus caderas, dirigía los movimientos de su trasero, que no se estaba quieto, mientras mi culo no paraba de bombear, pero a un ritmo descansado, lejos del frenesí de antes. Sé que le provoqué un buen par de orgasmos a la criadita, pero nada tan fuerte ni devastador como los previos.
Pero todo lo bueno se acaba, y aquello, que no era bueno sino fantástico, terminó de la forma más catastrófica.

 

¡SANTA MARÍA MADRE DE DIOS! – gritó una voz indignada – ¿SE PUEDE SABER QUÉ ESTÁIS HACIENDO?

 

Sobresaltados, Tomasa y yo alzamos la vista, encontrándonos con María, el ama de llaves, que había entrado inesperadamente en la habitación.
María se abalanzó sobre nosotros como una fiera, con una mano alzada como si fuera a golpearnos. Tomasa, asustadísima, trató de librarse de mí, pero en ese momento yo la tenía bien clavada, así que lo que logró fue que los dos cayéramos de costado sobre la cama, con mi polla aún enterrada en la chica. Y eso no fue lo peor, la súbita interrupción se había producido justo cuando yo estaba a punto de acabar, y aquellos últimos movimientos de Tomasa tratando de liberarse de mí desataron lo inevitable.
Mi polla salió de su funda en el preciso instante en que estallaba mi orgasmo, y un grueso pegote de semen salió disparado, yendo a estrellarse precisamente en la cara de la enojada María, frenándola en seco.
Tomasa y yo estábamos petrificados, contemplando con los ojos cómo platos cómo el goterón chorreaba por la cara de la temible ama de llaves, pero mi polla no entendía de esas cosas, así que aún realizó algunos disparos más, que también fueron a parar sobre la enojada mujer, esta vez sobre su falda.

 

¡Dios mío! – dijo Tomasa tapándose el rostro con las sábanas.
Yo… Lo… Lo siento – acerté a decir.

 

María me fulminó con la mirada. Sacó un pañuelo de un bolsillo y limpió los restos de semen de su rostro, olvidándose de las demás manchas. Si las miradas matasen, habría caído fulminado en aquel instante, pero aún así, asustadísimo, no pude dejar de pensar en lo guapa que era María.
El impacto de la corrida parecía haber tenido la virtud de serenar al ama de llaves. Con voz calmada dijo:

 

Vestíos enseguida. Hay que arreglar este cuarto. Tú vete al cuarto de estudios y espera allí. Y tú – dirigiéndose a Tomasa – Ya puedes recoger tus cosas. Estás despedida.

 

Ante estas palabras, una Tomasa llorosa surgió de bajo las sábanas. Sollozando suplicó clemencia a una inflexible María.

 

Por favor, señorita María. No me despida, por favor. Si me echa no sabré qué hacer.
Eso no es asunto mío. ¿Qué crees que debo hacer contigo después de lo que has hecho? ¿Qué pensabas, que podías dedicarte a hacer guarradas con un crío y que no iba a pasarte nada?
Por favor – sollozaba la pobre Tomasa.
Deja de llorar – dijo secamente María – Me molestas. Yo soy la jefa de los criados en esta casa. He querido librarme de ti por incompetente en numerosas ocasiones, pero no me han dejado. Pero esta vez te has pasado de la raya. Vete.

 

Mientras las dos mujeres hablaban, yo me había ido vistiendo disimuladamente. Me sentía fatal, pues todo aquello era culpa mía. Era una situación nueva para mí; nunca me había parado a pensar en el daño que podía causar mi lujuria a otras personas, pero allí estaba la prueba palpable de que las cosas no eran tan sencillas como yo creía. Una pobre muchacha estaba a punto de perder su empleo por haberse dejado enredar en mis maquiavélicos planes.

 

María – dije con tono asustado – Por favor, no despidas a Tomasa. Todo ha sido culpa mía. Yo la engañé para hacer esto.

 

Tomasa me dirigió una mirada de intenso agradecimiento, aunque las lágrimas seguían resbalando por su rostro. Me dio mucha lástima.

 

¿Y qué? – dijo María insensible – Ella ya debería saber que los hombres pensáis más con la entrepierna que con el cerebro, especialmente los niñatos consentidos como tú. Eso no es excusa. Además, no parecía especialmente molesta por lo que le estabas haciendo.
María, por favor. No la despidas. Si hay que castigar a alguien, que sea a mí – insistí.
¡Ah! Por eso no te preocupes, estoy seguro de que tus padres sabrán encontrarte un castigo adecuado, pero esa no es tarea mía. Pero sí es mi responsabilidad que entre los miembros del servicio no haya putas como esta. ¡Acostándote con un crío! Si tuvieras un mínimo de vergüenza te vestirías ya de una vez y te marcharías de aquí volando.

 

Tomasa, llorando como una plañidera, había comenzado a vestirse. Se puso como pudo la ropa, aunque el vestido no le cerraba por delante por faltarle algunos botones, y como yo le había roto el sujetador, sus enormes pechos asomaban por el escote, aunque la chica hacía todo lo posible por mantenerlo cerrado.

 

María, no seas así – dije tratando de parecer razonable – Esto no tiene tanta importancia. Ha sido sólo una tontería. Compréndelo, estoy en la edad en que sólo pienso en mujeres, y me he aprovechado de ella. No dejes que mi comportamiento la perjudique a ella.
Mira niño – dijo María enfadada – Si crees que el hecho de que tú seas un criajo salido justifica que esta zorra te haya dejado hacer lo que quieras, estás muy equivocado. Mientras yo sea el ama de llaves de esta casa, no toleraré semejante comportamiento. Me han contratado para dirigir la buena marcha de esta casa, y eso no incluye que haya zorras tirándose al hijo de los dueños. ¡Y tú deja de gimotear, maldita sea!

 

Tomasa, seguía llorando desesperada. Tratando de implorar clemencia, cayó de rodillas frente e la insensible María, y juntando sus manos como si rezara, suplicó una vez más. Pero lo que consiguió fue que, al soltar los bordes de su vestido, éste se abriera nuevamente, con lo que sus formidables melones surgieron de nuevo orgullosos.

 

¡Tápate ya, desvergonzada! – aulló María – ¡Te he dicho que recojas tus cosas! ¡Si no lo haces, te echaré yo misma a la calle y tiraré todas tus porquerías a la basura!

 

Tomasa aún intentó una última súplica, prendiendo una de sus manos de la falda de María, mientras la otra mantenía cerrado su vestido. Pero el ama de llaves era inconmovible. Con una intensa mirada de furia, apartó la mano de Tomasa de un manotazo y después, abofeteó a la criada con fuerza, cortando de raíz el llanto de la chica.

 

¡María! – exclamé yo indignado.
¿Qué? – respondió ella con los ojos echando chispas – ¡Ya estoy harta de tanto gimoteo! ¡Esta furcia ni siquiera tiene el suficiente orgullo para aceptar el castigo! Si no estás preparado para la pena, ¡no cometas la falta!
¡Pues tú bien que cometes la misma falta! – aullé yo aludiendo a los conocidos encuentros de María con el abuelo.

 

En cuanto esas palabras salieron de mi boca, fui consciente de haber metido la pata hasta el fondo.

 

¿CÓMO? – me gritó María a la cara – ¿De qué demonios estás hablando? ¿Insinúas que yo me comporto como esta… perra?
No, María, perdona – dije aturrullado – No quería decir nada de eso, es sólo que…
Oscar, vete al despacho de tu abuelo – dijo con sequedad – Ahora. Cuando vuelvan tus padres se lo contaré todo y ya veremos lo que opinan ellos de esto. Y tú, márchate. No quiero volverte a ver en esta casa jamás.

 

Tomasa, algo más calmada y resignada tras el bofetón recibido, se levantó del suelo y salió de la habitación sin decir nada. La marca rojiza en su cara hizo que la sangre me hirviera en las venas. Yo ya sabía que María era una mujer muy dura y antipática, pero aquello superaba todo lo que hubiera imaginado. ¡Era un demonio insensible! Y además, sabiendo yo que ella también se acostaba con mi abuelo, ¿cómo podía hacerle eso a la pobre chica por algo que ella también hacía? Interiormente deseé que mi abuelo regresara pronto, pues pensaba que él lo arreglaría todo, como siempre, pero no fue así.
Un par de horas después, yo todavía esperaba sentado en el despacho del abuelo, dándole vueltas y más vueltas a lo sucedido. Un intenso sentimiento de odio se había despertado en mí, enfadándome cada vez más con María. Yo aún era muy joven, y aunque en el fondo sabía que yo era el culpable, no podía evitar sentir que la responsable de todo era aquella maldita mujer. Y quería venganza.
Cuando por fin se abrió la puerta, yo me puse en pié de un salto, enfrentándome así a mis padres y al abuelo que, acompañados por María, entraron en la habitación. Yo miré ansiosamente al abuelo en busca de apoyo, pero la seria expresión de su rostro me hizo comprender que la cosa no iba bien.
Todos tenían una expresión de reproche en el rostro, menos María que me miraba con ¿triunfo?, ¿desprecio? No estoy muy seguro.

 

Papá, mamá… Yo… – dije inseguro.
Cállate – me interrumpió mi madre – Será mejor que te calles.

 

Y yo obedecí, claro, mirando al suelo avergonzado.

 

María – dijo entonces el abuelo – Déjenos a solas. Tenemos que charlar con mi nieto.
Claro, señor – dijo la mujer – Me marcho.

 

Y salió, cerrando la puerta tras de si, dirigiéndome una última mirada orgullosa.

 

Pero, ¿cómo has podido? – dijo mi padre en cuanto se cerró la puerta – Si eres sólo un niño. ¡Con la criada! ¿Es que te has vuelto loco?
Lo siento – dije compungido.
¡Pues claro que lo sientes! ¡Maldito niño! Te juro que jamás he estado tan tentado de darte una buena azotaina.
¡Ernesto! – lo interrumpió mi madre – ¡Ni se te ocurra decir eso!
Vamos, Leonor – respondió papá – Ya sabes que no voy a pegarle. Aunque se lo merezca.

 

Yo estaba al borde de las lágrimas. Como todo niño, había protagonizado numerosas trastadas a lo largo de mis doce años, cabreando frecuentemente a mis padres. Pero nunca los había visto tan enfadados, especialmente a papá, que habitualmente era el primero en reír mis travesuras. Pero ese día estaba muy enojado, y con razón.
Siguió a esto una larga charla, en la que me vi obligado a explicar lo sucedido. Me costó Dios y ayuda inventar una historia que tuviera pies y cabeza, contando que Tomasa me atraía desde hacía mucho, y que últimamente pensaba continuamente en mujeres, por lo que la había engañado para satisfacer mis deseos, y que como la chica era un poco tonta (“Tomasa, perdóname” – pensé), lo había logrado.
Mi madre y mi abuelo, conocedores de muchas de mis andanzas, no se estaban creyendo ni una sola palabra, pero no podían decir nada. Así pues, toda la actuación estaba destinada a mi padre, el cual ni siquiera se imaginaba lo activo, sexualmente hablando, que era su hijito.
Mi padre estaba muy enojado, y no paraba de repetirme lo estúpido que yo era y lo mucho que lo había decepcionado. Estuvimos así un rato, hasta que recordó que yo no estaba solo en mi dormitorio.

 

¿Y Tomasa? – dijo entonces – ¿Cómo habrá podido esa maldita puta acostarse con un niño?
Papá yo… – balbuceé – Ya te he dicho que no es culpa de ella…
Ya, claro – respondió él secamente – Ella no tiene culpa de nada. Seguro que ni se dio cuenta de cuando se la metiste, ni de que te la estabas follando. ¡Pobrecita! ¡Está tan despistada!

 

El oír a mi padre emplear aquel lenguaje soez me asustó más que nada hasta aquel momento. Fue entonces cuando comprendí que nada de lo que yo dijera iba a cambiar la situación, pues si mi padre, el hombre más tranquilo y sosegado del mundo, perdía los papeles de esa manera delante de su hijo, era porque su enfado llegaba a límites absolutamente insospechados.

 

Ernesto, cálmate – intervino mi madre – No es necesario ser grosero.
Sí, sí, tienes razón – respondió papá – Será mejor que me calme.

 

Se dirigió entonces a una mesita anexa donde había una jarra de agua y se sirvió un vaso, que bebió sin respirar. Alzó entonces la mirada, posándola sobre mí, y dando un suspiro dijo:

 

Bueno, María ya se ha encargado de esa golfa, pero ¿qué hacemos con Oscar? – dijo papá dirigiéndose a mi madre.

 

En ese momento, todos los presentes tenían sus ojos clavados en mí. Yo deseaba hacerme lo más pequeño posible, hasta desaparecer de la vista de mi familia y poder escapar de allí. Me sentía absolutamente derrotado y avergonzado, no sabía ni qué decir.

 

Bueno… – dijo ella – Está claro que hay que darle un buen escarmiento. Pongamos que tres meses castigado sin salir, con clases dobles todos los días.
¿Tres meses? – aullé aterrado.
Cállate, amiguito – dijo mi madre con tono sereno – No te conviene hablar mucho en este momento.
Exacto – corroboró mi padre – Y a mí tres meses me parece poco tiempo.

 

¡Dios! ¡Tres meses! Yo había estado castigado en otras ocasiones, pero nunca más de ocho o nueve días seguidos. Pero les aseguro que se convertían en un auténtico tormento, pues el castigo que mamá suministraba consistía básicamente en obligarme a recibir clases durante todo el día, las mías propias por las mañanas y compartiendo las de las chicas por la tarde. Además, se me prohibía salir de la casa para jugar o acompañar a Antonio, o ir a la escuela de equitación. Y compréndanme, en aquellos tiempos, sin televisión, sin ordenadores, sin equipos de música, etc, era muy difícil entretenerse sin poder salir de casa.

 

Bueno, creo que os estáis pasando un poco – intervino entonces mi abuelo, haciendo aparecer un tímido rayo de esperanza.
¿Cómo dices? – dijo mi padre sorprendido – ¿Que nos estamos pasando? ¡Ah, claro! Conociéndote supongo que para ti no supone nada el acostarse con una criada, pero ¡Oscar es sólo un niño!

 

Mi abuelo lo miró fijamente unos segundos antes de continuar.

 

Te entiendo perfectamente Ernesto. Oscar ha cometido una falta grave – dijo mirándome – Pero míralo fríamente, es sólo un chico que está creciendo, y en este momento las chicas ocupan hasta el último rincón de su mente.
Ya, en eso ha salido a ti – respondió mi padre secamente.

 

Los dos hombres se quedaron mirándose unos segundos y yo pensé que se iban a pelear, lo que me angustió más todavía. ¡Menudo follón había organizado!

 

Oscar – dijo entonces mi madre – Vete a tu cuarto y quédate allí. De momento estás castigado sin almorzar. Luego pasaré a verte y te diré lo que hemos decidido.
Pero… – dije.
Ahora, Oscar – dijo mi madre, inflexible.

 

No era conveniente cabrearles todavía más, así que, resignado, me dirigí a la puerta. La abrí y antes de salir dije solamente:

 

Lo siento.

 

Salí al pasillo, cerrando la puerta tras de mí, sintiéndome profundamente cansado y abatido. Miré hacia un lado y ¡sorpresa!, me encontré con Marta y Andrea, mis primas, que habían estado inequívocamente espiando lo que sucedía en el salón.

 

Hola – dije en tono pesaroso.
Hola – respondió Andrea con voz insegura, y Marta no dijo nada.

 

Mis primas me miraban fijamente. En el rostro de Marta se adivinaba perfectamente el enfado que aún sentía hacia mí, acrecentado por el incidente con Tomasa, pero en el de Andrea lo que se leía era simple sorpresa.
Y es que ella era de las pocas personas de la casa que no tenían conocimiento de mis lúbricas actividades. Así que Andrea acababa de descubrir que su querido primito, el mismo que la había salvado de las garras de Ramón y que tan caballeroso y atento se comportaba últimamente, era en realidad un sátiro que andaba zascandileando por los cuartos con las criadas.

 

Te lo mereces – dijo repentinamente Marta, y dándose la vuelta, se marchó.

 

Andrea la miró sorprendida y se volvió de nuevo hacia mí. Se rió entonces un poco, como diciendo “mira tú el crío éste”, y sin decir nada, se fue tras los pasos de su hermana.
Yo, deprimido, arrastré los pies hasta mi cuarto, derrumbándome sobre mi cama, que alguien había hecho. Agotado y aturdido por los acontecimientos de la mañana, me quedé dormido sobre la colcha.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que mi madre vino a despertarme. Me incorporé, sentándome en la cama, y mi madre se sentó sobre el colchón, a mi lado. Me miró unos segundos y dijo:

 

No sé qué voy a hacer contigo.

 

Nos quedamos callados unos segundos. Yo no sabía qué decir, así que sólo pude pedir perdón.

 

Lo siento – dije.
No te creo – dijo ella para mi sorpresa.
¿Cómo?
Que no creo que lo sientas.

 

Yo la miré, confuso. No sabía de qué estaba hablando. Cómo podía decir mi madre que yo no lamentaba lo sucedido, cuando me sentía tan mal que tenía ganas de morirme.

 

Mamá – dije – Te equivocas. Sí que lo siento. Estoy hecho polvo, de verdad. Haré cualquier cosa para que no despidan a Tomasa.
No me refiero a que no sientas el mal que has causado. Sé que eres un buen chico, y que no pretendías crearle problemas a nadie. Me refiero a que no sientes lo que has hecho. No consideras que esté mal el haberte acostado con Tomasa.
Pero…
¡Por Dios, Oscar! ¡Si hasta te has acostado con tu madre!

 

Me dejó sin palabras.

 

¿Entiendes lo que quiero decirte? Te estás haciendo mayor, Oscar, y eso trae consigo un aumento de las responsabilidades. Debes hacerte cargo de lo que haces y de sus consecuencias. Tienes que darte cuenta de que cualquier cosa que hagas en esta vida, produce un efecto que puede afectar a los que te rodean. La vida no se trata tan sólo de satisfacer los deseos de uno mismo, hay que pensar también en los demás. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
Creo que sí – respondí.
Te digo esto porque quiero que comprendas que si estoy enfadada no es porque te hayas acostado con Tomasa, sino porque te has aprovechado de ella, para pasarlo bien, sin pensar en que eso podía perjudicarla. No pensaste en que si os pillaban, a ti no iba a pasarte nada malo, pues no vamos a echarte de casa ni nada de eso, pero ella en cambio…
Ya te entiendo – dije yo; sentía ganas de llorar.
Me alegro de que lo entiendas, cariño. Ya te dije en su momento que el sexo no tiene nada de malo. Pero no puedes dedicarte a acosar a todas las mujeres que te rodean sin pensar en las consecuencias. Hoy te han descubierto acostándote con una, y probablemente, te ha pillado la persona menos oportuna de todas, pero piensa que podrían haberte pasado cosas mucho peores.
¿Como cual?
¡¿Como cual?! – exclamó mi madre – ¡Un embarazo, por ejemplo! Imagina que dejas preñada a una criada. Entonces ¿qué hacemos? Claro, el abuelo tiene dinero y podríamos arreglarlo todo para tapar el escándalo, pero ¿qué sería de la pobre chica?
Ya – dije apesadumbrado.
Es por eso que tu padre se ha enfadado tanto, Oscar. Mira, él también fue joven y comprende que te interesen tanto las mujeres. Pero él opina que la imagen es muy importante, y que manchar el honor de la familia con un suceso como este…
Lo siento…

 

No aguanté más y me eché a llorar. No olviden que a pesar de todas mis andanzas yo era todavía muy joven y aquel día había sido más de lo que podía soportar. Por mi culpa, una buena chica había perdido su empleo, había enfadado a mis padres, a mi abuelo… La había hecho buena.

 

Vamos, vamos, no llores – dijo mi madre abrazándome y acariciándome el pelo.

 

Nos quedamos así unos minutos, mi madre consolándome mientras yo dejaba escapar la tensión acumulada. Me hizo bien el llorar, el liberar las emociones contenidas durante todo el día.
Poco a poco fui calmándome y recobrando la compostura. Me aparté de mi madre y me froté los ojos, limpiándolos de lágrimas.

 

Toma – dijo mamá alargándome un pañuelo.

 

Yo lo cogí y me sequé con él.

 

¿Estás mejor? – preguntó.

 

Yo sólo asentí con la cabeza, algo avergonzado por haberme portado como un niño.

 

Bien – continuó ella – Bueno, Oscar, ahora vamos a hablar de tu castigo.
De acuerdo – dije.
Hemos estado hablando tu abuelo, tu padre y yo durante bastante rato, y al final hemos decidido que serán dos meses en lugar de tres.
Me da igual – dije apesadumbrado.
No dirás lo mismo dentro de un mes – dijo mi madre esbozando una sonrisa – Bueno, ahora me marcho. Dentro de un rato te llamaré para cenar, aunque durante el castigo, olvídate del postre.
No tengo hambre.
¿En serio? – dijo ella divertida.

 

La verdad era que después de no haber comido al mediodía, tenía tanta hambre como un león a régimen de rosquillas.

 

No – dije con sinceridad – Sí que tengo hambre, pero mamá…
¿Si?
¿Podría comer en mi cuarto?
¿Por qué? – dijo ella.
Es que… no me siento con fuerzas para sentarme en la mesa con todo el mundo.
Te da vergüenza ¿eh?
Sí.
Pues te aguantas. Eso formará parte de tu castigo.

 

Y se fue.
No voy a aburrirles con los detalles de la cena, las caras largas y los reproches paternos que siguieron, pues al fin y al cabo, éste es un relato de mis andanzas sexuales, pero sí es preciso que les cuente un poco de lo que sucedió durante el periodo del castigo. Sigan leyendo.
Algunos quizás piensen que después de todo el castigo no fue tan grave, y a priori parecería que no les falta razón, pero déjenme que profundice un poco más en el tema.
Verán, al castigarme, mis padres no me impidieron tan sólo salir por ahí a jugar o relajarme; pusieron una barrera insalvable en materia de sexo. Me explico.
Está bastante claro que la vía con Marta y Marina se había estancado por completo. Ellas estaban muy enfadadas conmigo y no querían saber nada de mí, y yo, al menos al principio, opinaba lo mismo de ellas, así que nada de sexo por ese lado.
No había problema. En la casa había un buen grupito de criadas lujuriosas, a las que ya había logrado seducir de un modo u otro, así que, aunque no pudiera salir de casa, diversión no me iba a faltar… Pues de eso nada.
Sucedió que las chicas, tras el desgraciado incidente con Tomasa, sintieron un miedo terrible a que les pasara lo mismo (cosa bastante lógica por cierto). A todas les gustaba hacérselo conmigo, pero no estaban dispuestas a arriesgarse ahora que sabían lo que les podía pasar si las pillaban. Ninguna estaba dispuesta a perder su empleo, por mucho que las atrajera la idea de echar un increíble polvo conmigo.
Y a todo esto se unía el hecho de que al no poder salir de casa, no podía ir ni siquiera a la escuela de equitación a dar clase, con lo que muchas tiernas jovencitas de la zona mantuvieron a salvo su virtud de mis insidiosos manejos.
Imagínense; me había acostumbrado a ser el gallo del gallinero; gracias a mi don, había conseguido seducir a todas las mujeres que se me habían antojado, había logrado satisfacer todos mis deseos y los suyos, mis más locas fantasías, y de pronto, me veía de nuevo abocado a la vida de un niño normal, estudiar, leer, portarse bien… y cascármela como loco.
En toda mi vida no me he hecho más pajas que en esa época. Era enloquecedor estar rodeado de tantísimas bellezas y no poder tirarle los tejos a ninguna, pues aunque yo lo intentaba (vaya si lo intentaba), ellas salían despavoridas en cuanto me acercaba, impidiéndome así desplegar mi encanto.
Y a todo esto se unía que mi madre no me quitaba ojo de encima. Conocedora de lo que yo era capaz, decidió que me convenía recibir una buena lección, así que me mantenía bajo estrecha vigilancia, con lo que las posibilidades con las criadas pasaban de ser pocas a inexistentes.
Las dos primeras semanas las aguanté bastante bien, pero después era como un mono en celo. Bastaba cualquier detalle para desquiciarme, el revuelo de una falda, el aroma de una chica, un botón mal abrochado… y la imaginación se me disparaba, produciéndome dolorosas erecciones que debía esforzarme en ocultar. Me pasaba gran tiempo en el baño, aliviándome como mejor podía, pero nunca me quedaba satisfecho ¿quién podría estarlo? Si tienes a tu alcance el néctar y la ambrosía ¿quién se conforma con un pedazo de pan? Sí, quita el hambre pero…
Los días me parecían eternos. Por las mañanas, clase con Dickie, bastante frecuentadas por mi astuta mamá, para impedirme así recibir lecciones más interesantes. Por la tarde, de nuevo clase, sentado en una mesa aparte, haciendo ejercicios mientras Marina y mis primas atendían a Dickie y me ignoraban por completo.
Yo las observaba a escondidas, cada vez más embrutecido, olvidado ya por completo el enfado hacia ellas. Pero las chicas no me habían perdonado y no me dirigían la palabra. Bueno, algo bueno sí salió de todo esto, y es que, tras haberme peleado con las dos chicas, ellas parecían haber retomado su antigua amistad, y volvía vérselas juntas a todas horas. En muchas ocasiones las sorprendí conversando mientras me miraban, hablando de mí sin duda, pero cuando me acercaba a hablar con ellas, se marchaban enfadadas.
Con la única que podía hablar era con Andrea. Ella siempre parecía divertida en mi presencia, sorprendida aún por haber averiguado lo sinvergüenza que era en realidad su primito. Me miraba como si no creyera que aquel simpático niño, al que siempre había hecho rabiar y que tan frecuentes enfados le había producido, fuera en realidad un obseso sexual semejante. Apuesto a que todo aquel episodio la distrajo de sus preocupaciones, ayudándola así a olvidarse de Ramón.
Tras pasar un mes de castigo yo ya no podía más, estaba que me subía por las paredes. Afortunadamente, mi aspecto triste y apagado logró conmover a Dickie, la cual, muy satisfecha con los tratamientos que yo le había aplicado en el pasado, decidió arriesgarse para aliviarme un poco.
Lo que hacía era, durante las clases matutinas, sentarse a mi lado en la mesa camilla que yo usaba como pupitre, cubriéndonos las piernas a ambos con el paño y hacerme una paja (para el que no lo sepa, una mesa camilla es una mesa redonda normal, tapada con un tapete largo, que llega hasta el suelo; en invierno se coloca bajo ella un brasero y la gente que se sienta junto a ella se cubre con el paño, acercando los pies al brasero, lo que es una manera estupenda de quitarse el frío).
Así que, en cuanto mi madre hacía una de sus visitas a la clase, aprovechábamos el intervalo de tiempo hasta la siguiente. Ella se colocaba a mi lado y liberaba a mi entristecida polla de su encierro, comenzando a cascármela con su habilidad acostumbrada bajo el tapete. No era lo mismo que follar, claro, pero desde luego era muchísimo mejor que aliviarme solo. Las primeras veces no aguanté ni dos minutos en correrme, pero a medida que pasaban los días (y las pajas) comenzaba a aguantar más, logrando disfrutar así de los magníficos pajotes que la institutriz me propinaba.
Además, me permitía que la sobara un poco por encima de la ropa, acariciando sus firmes melones y sus tremendas cachas, pero no me dejaba desnudarla ni meterle mano bajo la falda, pues si mi madre venía, nos pillaría seguro con las manos en la masa (y nunca mejor dicho).
De hecho, esto ocurrió en varias ocasiones; mi madre venía a vigilarnos, pero la formidable sangre fría de Dickie impedía que nos pillaran. Ella simulaba estar explicándome algo en la libreta y, tranquilamente, seguía con sus manejos bajo el mantel. En esas situaciones, el corazón amenazaba con salírseme del pecho, pero Dickie parecía disfrutar bastante con aquello.
Estoy seguro de que mi madre sabía que allí pasaba algo raro, pero nunca dijo nada, no sé si porque apreciaba a Dickie o porque sabía que si no obtenía algo de alivio de vez en cuando, su querido hijito reventaría.
¡Bendita Dickie! Sin ella, el castigo habría sido devastador, pero gracias a su ayuda, lo fui sobrellevando más o menos.
Una vez obtenido un poco de alivio, mi mente se serenó un poco. Dedicaba muchas horas a pensar, y por supuesto, el tema principal era lo sucedido con María y con Tomasa. Me devanaba los sesos tratando de idear un plan que me permitiera devolverle a la pobre chica su empleo, pues me sentía muy culpable (y con razón) por lo sucedido; pero para ello había un obstáculo insalvable: María.
Yo estaba bastante seguro de que, de no ser por esa maldita puta, conseguiría convencer al abuelo de que readmitiera a Tomasa (de hecho, seguro que él también estaba deseándolo). Él podría ocuparse de mi madre y ella a su vez de papá, con lo que Tomasa recuperaría su trabajo y las criadas volverían a confiar en mí.
Porque lo peor de todo era saber que, si no hallaba una solución, cuando el castigo acabara la situación variaría muy poco. Sí, tendría acceso a la escuela de equitación, a Noelia y las demás alumnas, pero las criadas seguirían rehuyéndome, lo que iba a ser bastante duro.
Pero a todo esto se unía algo más. Deseaba VENGANZA. Desde el día en que arruinó mi vida, María se pavoneaba delante de mí como si fuera una reina, mirándome con su sonrisilla de desprecio cada vez que nos cruzábamos, lo que me ponía frenético.
Pero, ¡qué buena estaba! El saber que ella era en realidad una zorra de cuidado, a la que mi abuelo se beneficiaba cada vez que quería, me cabreaba (y excitaba) más todavía. Necesitaba hacer algo, pero no se me ocurría el qué.
Pensé que si conseguía sorprenderla in fraganti con el abuelo, podría amenazarla con contárselo a mis padres, poniendo así la situación de mi lado, pero eso pondría en un aprieto también al abuelo. Decidí que lo mejor era consultarlo con él, a ver qué le parecía, así que fui a verle a su despacho.
Entonces descubrí que él tenía sus propios planes en mente.

 

O sea, que quieres sorprenderla haciéndoselo conmigo para poder chantajearla – dijo mi abuelo tras escuchar toda mi historia.
Más o menos – asentí yo.
Bueno, bueno – dijo el reclinándose en su sillón – No me parece mala idea darle una pequeña lección a María. Últimamente se da unos aires…
Sí, se cree la reina de la casa. Y en realidad es más puta que todas las demás juntas – dije airadamente.
Sí, eso es verdad – dijo el abuelo con voz enigmática.

 

Se quedó callado unos segundos, pensando. Encendió entonces su pipa, pues cuando yo entré al despacho estaba cargándola. Dio un par de bocanadas y exhaló una bocanada de humo, volviendo a clavar sus ojos en mí.

 

Oscar, voy a contarte algunas cosas relativas a María, pero júrame que lo que te cuente no saldrá de entre estas cuatro paredes.
Te doy mi palabra – respondí sin dudar.
Bien. Escúchame. María es una mujer… muy compleja.
No te entiendo.
Calla y escucha – me reprendió – Verás, es la mujer más mujer que jamás he conocido.
¿Cómo?
No sé explicártelo mejor. Mira, es atractiva…
Ya lo creo – asentí.
…Inteligente, astuta, elegante, educada, fría, calculadora, mentirosa, sensual…
¡Jo, abuelo! – le interrumpí – No sé si te gusta o si la odias.
Me gusta, me gusta… – dijo él – Y además la respeto.
Pero te acuestas con ella.
Sí, pero con ella es diferente.
¿Diferente?
Verás, a las demás las seduzco, las engaño, les doy lo que quieren o lo que necesitan, pero con ella… es como si María fuese capaz de leer a través de mis trucos de seducción, como si supiese en cada momento lo que en realidad persigo. Siento que jamás he sido capaz de seducirla, y si me acuesto con ella, es porque ella así lo quiere. Y eso es todo un desafío para mí.
Creo que te entiendo – dije dubitativo.
Mira, Oscar, si tuviese que deshacerme de todas las mujeres menos de una, creo que la elegiría a ella.
¿No estarás enamorado? – pregunté asombrado.

 

Mi pregunta pareció sorprender al abuelo, pues tardó unos segundos en contestar.

 

Es curioso, nunca había pensado en ello – dijo – Pero no creo que sea eso, no.
Bueno – dije yo – Pero, ¿adónde quieres llegar?
Lo que quiero decir es que no permitiré de ninguna manera que perjudiques a María. No me importa lo que haga, no pienso permitir que se marche de esta casa. Por eso tuve que dejarla que despidiera a Tomasa, pues amenazó con largarse si se discutía su autoridad como ama de llaves y jefa del servicio.
Comprendo – dije yo – Y es por eso que se siente tan segura últimamente. Abuelo, le otorgaste un poder dentro de la casa que ella no dudará en utilizar.
Lo sé, lo sé – dijo él – Por eso estoy de acuerdo en que es necesario pararle los pies.
Pues no veo cómo.
Escucha atentamente – dijo el abuelo con tono misterioso – María, como ya he dicho, es muy inteligente.
Ya, ya.
Y es por esto que ella ha trazado sus planes.
¿Sus planes? ¿Cuales?
Eso es algo que no te incumbe. Y no debe preocuparte. Sólo debes saber que ella piensa que me tiene engañado, pero no es así. Así que si quieres chantajearla, no debes amenazarla con contarle nada a tus padres, debes hacerle creer que vas a contármelo a mí.
Entiendo – dije yo – Ella quiere obtener algo de ti, pero para lograrlo tú debes creer que es muy buena chica. Así que si la amenazo con contarte que en realidad no es tan buena, lograré tenerla en la palma de mi mano, bajándole así los humos ¿no?
Siempre he dicho que eras muy inteligente – dijo mi abuelo sonriendo.
Pero, ¿con qué la amenazo? Tú mismo has dicho que es muy lista y su comportamiento, si exceptuamos sus aventurillas contigo, es intachable.
Ahí es donde te equivocas, hijo mío. Su comportamiento no es intachable en absoluto.
No te entiendo – dije confuso.
Verás, María tiene un pequeño defecto… un punto débil, por llamarlo de alguna forma.
¿Cuál? – exclamé, súbitamente interesado.
Le encanta follar.
Vale, ¿y qué? Eso ya lo sabía.
No, de eso nada. Tú sabías que se lo hace conmigo.

 

Las implicaciones de esa frase aparecieron en mi mente, con lo que una sonrisilla maliciosa se fue formando en mis labios.

 

O sea, que se acuesta con alguien más – sentencié.
Más bien con varios más. La chica aprovecha bien sus días de descanso.
Y ella cree que tú no lo sabes – continué razonando.
Exacto.
O sea, que sólo tengo que sorprenderla con uno de sus amantes y será mía.
Correcto. Ella no querría que yo me enterara de sus escarceos por nada del mundo.
Bueno, pero ¿cómo me las arreglo para seguirla al pueblo? ¡Uf!, además tendré que esperar a que me levanten el castigo.
Eso no será necesario – dijo el abuelo.
¿Cómo? – exclamé sorprendido.
Uno de sus amantes vive en esta misma casa…
¡¿QUÉ?!
Lo que oyes.
Pero, ¿quién?
Nicolás – concluyó el abuelo.
¿NICOLÁS?
Sí.
¡Dios mío! ¡No puedo creerlo! ¡El bueno de Nicolás se beneficia a María! ¡No tenía ni idea!
Y no sólo a ella.
¿CÓMO? – exclamé atónito.
Varias de las otras criadas también han pasado por sus manos.
Pero, ¿cómo? Creía que sólo nosotros teníamos el don. Nicolás no es un hombre demasiado atractivo…
Digamos… que tiene un don diferente al nuestro – dijo el abuelo, riendo.
¿A qué te refieres?
Ya lo descubrirás.
¡Madre mía! ¡Menuda sorpresa! ¿Y tú, cómo es que lo permites?
Y, ¿por qué no habría de permitirlo? Las mujeres que trabajan aquí no son de mi propiedad. Son muy libres de hacer lo que quieran, siempre que guarden las debidas formas, y como verás, Nicolás es bastante discreto.
Desde luego. Yo no sospechaba nada.
Además, Oscar, mantener a tanta hembra lujuriosa en la casa es bastante cansado. Nicolás me descarga de parte del trabajo, manteniendo entre los dos bien satisfechas a las mujeres del servicio. Ya no soy tan joven como antes.
Y ahora te ayudo yo también ¿no? – dije maliciosamente.
¡Exacto! – rió mi abuelo – Pero últimamente, no demasiado ¿eh?
No – dije yo muy serio.
Tranquilo, chico. Ya pronto podrás volver a las andadas.
¡Eso espero!

 

Y los dos nos echamos a reír.

 

Todavía no me creo que Nicolás esté hecho todo un Don Juan.
Pues ya ves. Tú lo has conocido ya de mayor, pero cuando éramos jóvenes, nos corrimos buenas juergas juntos. Algún día te contaré algunas historias.
Estupendo – dije yo, aunque mi mente estaba más puesta en otra cosa – Entonces, ¿cómo lo hacemos? Habrá que hablar con Nicolás ¿no?
No. Prefiero que no se entere – dijo el abuelo.
¿Cómo?
Mira, a él no le gusta que se sepan estas cosas. Se moriría de vergüenza si supiera que tú conoces su secreto.
¿Y qué hago?
Mira. No es muy extraño que yo le interrogue sobre si va a recibir alguna visita femenina. Entiéndelo, no me gusta ir por la noche al cuarto de una de las chicas y descubrir que está vacío.
O demasiado lleno – tercié yo.
Exacto – dijo el abuelo sonriendo.
¿Y entonces?
Pues en cuanto me entere de que va a tener faena con María, yo te aviso, y tú te las apañas para sorprenderla in fraganti. Pero que Nicolás no se entere ¿eh?
De acuerdo.
Bastará con que la esperes fuera del cuarto de Nicolás. Como son tan discretos, ella nunca pasa la noche en su cuarto. María siempre actúa igual. La noche en que le apetece marcha, espera a que yo vaya a hacer una de mis visitas nocturnas. Si resulta que no voy a su cuarto, sale sigilosamente y va al de Nicolás, con el que ya ha quedado citada por la tarde.
Para no presentarse en su dormitorio y encontrarse allí con otra de las criadas – concluí yo.
Precisamente. Y como Nicolás es tan discreto, María sabe que no se lo va a contar a nadie, aunque ignora que entre Nico y yo no hay secretos.
Ya veo. Oye, ¿y las demás chicas qué? ¿Saben lo de María?
No. Si así fuera no le tendrían tanto respeto.
Miedo querrás decir – dije yo.
Bueno, sí – admitió el abuelo – De hecho, es posible que ni siquiera sepan que no son las únicas que disfrutan del “don” de Nicolás.
¿En serio? Pues sí que es discreto, pues por lo que he comprobado, en esta casa las criadas se lo cuentan todo.
Es cierto. Pero Nicolás insiste en mantenerlo todo en secreto, y así cada mujer piensa que es la única.
¡Vaya con Nico! ¿Y se las beneficia a todas?
No. En esta casa a Loli y a Luisa. Y puede que a Mar.
Umm. Ya veo.
Pero en el pueblo y alrededores tiene tres o cuatro más disponibles, que esperan deseosas sus visitas.
Por eso va a hacer tantos recados por ahí – dije yo.
Claro.
Bueno, entonces quedamos en que tú me avisas ¿no?
De acuerdo.
¿Y después qué? – dije yo – Una vez que la tenga en mi poder ¿qué hago?
¿Y me lo preguntas? – dijo el abuelo sorprendido – ¿Tú que crees?
Hombre, abuelo – dije yo – La idea sería follármela y hacérselas pasar canutas, pero si tú la “respetas” tanto…
No te preocupes por eso. Ya te he dicho que se merece una lección.
Otra cosa. Si logro chantajearla ¿podrías devolverle el trabajo a Tomasa?
Ya me gustaría, ya. Pero tus padres van a ser complicados de convencer.
Vamos, abuelo – insistí yo – Seguro que tú puedes convencer a mamá. En el fondo ella no está enfadada con la chica, es sólo que quiere darme una lección para que piense las cosas antes de hacerlas. Que mida las consecuencias de mis actos.
Una lección importante…
Y que yo he aprendido muy bien después de este laaaaaargo mes.
Ya, ya – rió el abuelo.
Pues eso. Si tú convences a mi madre, ella sabrá ocuparse de papá. Seguro.
Bueno, ya veremos.

 

Seguimos hablando un rato más. Le conté un poco de mis aventurillas con Noelia y además me interrogó sobre lo sucedido con Blanca antes de que llegara él y así se nos pasó la siesta hasta que llegó la tarde y tuve que ir a clase con las chicas.
Me sentía bastante más animado, pues veía una solución a mis problemas. Iba a lograr de un plumazo que readmitieran a Tomasa y vengarme de María, ya supondrán cómo. Me pasé la clase dándole vueltas a todas las posibles maneras en que iba a follarme a aquella zorra. Iba a conseguir que me suplicara que me la tirase, iba a humillarla, a encularla, a usarla… Cuando me quise dar cuenta estaba empalmado y por desgracia, tuve que pasarme así el resto de la tarde, mientras rumiaba mi venganza.
En los siguientes días fui yo el que sonreía de forma enigmática cada vez que me cruzaba con María, lo que le causaba cierta extrañeza. Eso me hacía sentir más seguro de mí mismo, aunque lograba a duras penas controlar mi impaciencia y no veía la hora de lograr por fin tirarme a aquella mujer.
Y por fin, unos días después, se presentó la oportunidad. Después de almorzar, el abuelo me llevó aparte y me comunicó la esperada noticia: Esa noche María iba a hacerle una pequeña visita a Nicolás.
Me puse nerviosísimo, las horas se me hicieron eternas. Las clases de la tarde parecían no tener fin, mientras los engranajes de mi mente se movían en todas direcciones imaginando las infinitas posibilidades que se me ofrecían.
El plan del abuelo consistía en que yo esperara en el pasillo, frente a la puerta de Nicolás, a que María regresara a su cuarto; de esta forma la mujer se enteraría de que yo conocía su secreto y Nicolás permanecería ajeno a todo.
Pero yo tenía mis propios planes. Hacía demasiado tiempo que no disfrutaba del sexo y aunque esa ocasión tampoco era propicia para conseguirlo, al menos esperaba obtener un buen espectáculo.
En cuanto salí de clase, me dirigí al cuarto de Nicolás, para inspeccionar un poco el terreno.
Como era el único hombre, su dormitorio estaba un tanto alejado del de las criadas, así que no tendría demasiadas dificultades para espiar por el ojo de la cerradura si así me apetecía.
Para comprobar el campo de visión, decidí echar un vistazo por la cerradura, pero, para mi desencanto, el ángulo no era bueno y no se podía ver la cama completa.
¡Mierda! No podía creer que tuviera tan mala suerte. Desde allí me iba a perder una buena parte del espectáculo, y desde luego, yo no estaba dispuesto a permitirlo.
Así que, armándome de valor, agarré el picaporte de la puerta y la abrí.
Yo había estado en aquel cuarto en un par de ocasiones, cuando había venido en busca de Nico para algún recado, pero no me había fijado demasiado en el mobiliario.
Era una habitación rectangular, bastante amplia (mayor que los cuartos de las criadas), de unos tres metros por cuatro. Tenía una ventana que daba al campo, pero las cortinas estaban cerradas y yo dudaba mucho que, siendo Nicolás tan discreto, decidiera abrirlas por la noche mientras se acostaba con María, así que espiar desde fuera quedaba descartado.
Inspeccioné entonces el armario, bastante grande y amplio, pero por desgracia tenía una puerta rota, colgando ligeramente ladeada de sus bisagras, con lo que el ropero no se podía cerrar. Así que repetir el numerito que hice con tía Laura era imposible.
Desesperado (y bastante nervioso por si Nicolás volvía y me sorprendía en su cuarto), miré a mi alrededor en busca de un escondite. Las cortinas… inviable, pues no llegaban al suelo. La mesa… ni pensarlo, me verían enseguida.
Entonces me fijé en el espejo. Estaba junto al armario, un enorme espejo de cuerpo entero, con un soporte metálico que permitía inclinarlo. El marco era de hierro y parecía muy pesado. Si me colocaba detrás, podría asomarme cuando estuvieran distraídos y espiarles. No era un escondite demasiado bueno, pero ya era algo, y yo andaba tan desesperado que no me pareció tan mala idea.
Rápidamente, salí de allí y cerré la puerta, pensando en cómo podría lograr colarme en el cuarto. Esa parte era bastante peliaguda, pues, aunque sabía que las obligaciones de Nicolás le obligarían a retirarse tarde, yo tenía muy difícil escapar de mi dormitorio, pues mi madre acostumbraba a venir a desearme buenas noches.
Afortunadamente, el abuelo acudió en mi ayuda. Le dije que necesitaba que Nico se acostase tarde, para que así diera tiempo a que mi madre pasara por mi cuarto. Así que esa noche le encargó tareas adicionales a Nicolás, para que se retirase aún más tarde de lo habitual. Yo aproveché para acostarme temprano y una vez que mi madre hubo pasado a arroparme, me levanté de un salto y espié el pasillo a través de mi cerradura, controlando los movimientos de mi familia.
Estuve así más de una hora, pero a mí me parecieron por lo menos seis. Me dolía hasta el ojo de tanto mirar por la cerradura, pero así pude observar cómo mis familiares iban retirándose paulatinamente a sus respectivos cuartos. Cuando todo quedó en silencio, decidí esperar todavía un poco más antes de salir, pero los nervios pudieron conmigo, así que no aguardé demasiado.
Sigilosamente, me deslicé a la planta baja, caminado como un ladrón entre las sombras. Escuché voces provenientes de la cocina, que me helaron el corazón en el pecho; pero, tras escuchar unos segundos, reconocí que una de las voces pertenecía a Nicolás, con lo que comprobé que aún no se había ido a su cuarto.
Con rapidez, me dirigí al dormitorio y me colé dentro. Estaba completamente a oscuras, así que me vi obligado a buscar la mesita de noche palpando en la oscuridad, pues por la tarde había visto allí una vela. La encendí con los fósforos que había allí también y eché un vistazo a mi alrededor para familiarizarme un poco más con el entorno.
Miré en dirección al espejo, y entonces me di cuenta de una cosa. No llegaba por completo al suelo, con lo que, si me escondía detrás, verían mis pies inevitablemente.
Maldiciendo entre dientes por la completa destrucción de mis planes, descargué mi puño con furia contra el colchón de la cama, viéndome reflejado en el espejo. Entonces la idea surgió súbitamente. ¡Claro! ¡Cómo no había pensado en ello!
Con rapidez, me deslicé bajo la cama, con la cabeza apuntando hacia los pies de la misma. Bajo ella, únicamente había un orinal, que, afortunadamente, estaba vacío. Asomándome un poco, podía contemplar el colchón reflejado en el espejo. El ángulo no era bueno, pero eso tenía fácil solución. Salí de debajo de la cama y giré un poco el espejo, enfocándolo mejor hacia la cama. Volví a meterme debajo y ¡bingo!, tenía un área de visión perfecta. Desde mi escondite podría verlo todo con detalle, con muy poco riesgo de ser descubierto (siempre que a ninguno se le ocurriera asomarse bajo la cama).
Volví a salir de mi escondite y apagué la vela, retornando de nuevo a él con rapidez. Entonces me di cuenta de que mi plan tenía un punto débil. La luz.
Si no encendían la vela, no iba a ver ni un carajo. Pero, ¿qué podía yo hacer? Resignado, me dediqué a esperar la llegada de los actores de mi función privada.
Nicolás aún tardó media hora en llegar. Cuando se abrió la puerta, mi cuerpo se tensó con nerviosismo. De repente, todo aquello ya no me parecía tan buena idea. Si me pillaban se iba a liar la de Dios. Pero ¿cómo se me había ocurrido aquella locura? ¡Si con haberle hecho caso al abuelo bastaba! Bueno, ya no podía hacer nada, y además, me bastaba con lograr con que no me pillaran antes de que se metieran en faena, pues después de empezar, si me descubrían, mi silencio compraría el suyo.
Nico encendió la luz en la habitación y yo me quedé muy quieto, sin mover ni un músculo. Desde mi escondrijo, lo oí silbar una antigua canción, cosa que yo le había visto hacer otras veces, pero en esa ocasión sonaba mucho más jovial. No me extraña, teniendo en cuenta las perspectivas de follarse a tamaño pedazo de hembra que se le presentaban al hombre.
Por los sonidos (pues no me atreví a asomarme ni un milímetro) comprendí que Nico estaba usando su jofaina para asearse un poco. Poco después, su ropa caía al suelo, peligrosamente cerca de la cama, en un confuso montón.
De pronto, el colchón se hundió sobre mí, asustándome mucho. Nico debía de haberse dejado caer sobre el colchón, para dedicarse a esperar a María, y, teniendo en cuenta que sus calzones estaban a escasos centímetros de mí, debía hacerlo en pelota picada.
Escuché cómo trasteaba en el cajón de su mesita, y tras un par de minutos, sonó el frotar de un fósforo y el inconfundible olor a tabaco llegó hasta mis fosas nasales, con lo que deduje que el hombre había decidido liarse un pitillo mientras esperaba a la moza.
Otra hora esperando sin mover ni un músculo. Me sentía agarrotado e impaciente, pero más tranquilo que antes, pues no pensaba que Nico fuera a mirar ahora bajo la cama. Si no había usado el orinal, probablemente era porque había ido al cuarto de baño antes de venir, así que no había razón para que lo hiciese.
Entonces, inesperadamente, unos tenues golpecitos resonaron en la puerta. Los latidos de mi corazón se desbocaron despavoridos. Estaba nerviosísimo por lo que iba a suceder, y descubrí que también bastante excitado.
Nicolás se levantó como un resorte de la cama y pude ver cómo sus pies desnudos se dirigían a la puerta. La abrió y unas piernas envueltas en una bata penetraron rápidamente en el cuarto, cerrándose inmediatamente la puerta tras ellas. El sonido de la llave en la cerradura retumbó en mis oídos, haciéndome comprender que ya no había marcha atrás.

 

Veo que me esperabas – dijo la inconfundible voz de María con tono meloso.
Sé que te gusta así – respondió Nicolás.

 

Sin moverme, podía ver por sus pies que sus cuerpos estaban pegados, y los sonidos que llegaban hasta mí demostraban que se estaban dando un morreo de impresión. La bata de María cayó de repente al suelo, quedando hecha un guiñapo a sus pies, y pronto observé cómo el borde de su camisón subía por sus pantorrillas, señal inequívoca de que se lo estaban quitando.

 

Ummm. Tranquilo – resolló María – Hoy vas muy lanzado.
Quiero verte – siseó Nico.
De acuerdo.

 

Y el camisón fue a hacerle compañía a la bata.

 

Estás buenísima – dijo Nico con admiración.
Ya veo que te gusto, sobre todo por aquí ¿eh?
¡Ugh! – rezongó Nico.

 

¡Mierda! ¿Qué estaban haciendo? Si se quedaban allí no iba a poder ver nada, pues no me atrevía a asomarme por el costado de la cama, pues al estar tan separada la cama de la puerta, bastaría con que uno de ellos mirase hacia mí para descubrirme de inmediato.

 

Ummmm. Cómo te pones… – susurró María.
Cómo me pones dirás – contestó Nico.
Esto parece más grande cada vez que lo veo…
Sigue así y llegará al techo… ¡AAHH!

 

Joder. Ya no aguantaba más. Desde mi posición sólo podía escuchar los besos y chupetones que se propinaban, pero sólo podía ver sus piernas hasta las rodillas. Me constaba que María no se había arrodillado, así que no podía estar mamándosela, entonces ¿qué eran esos ruidos?

 

Espera – terció Nico – Si sigues así me voy a caer al suelo. Ven.

 

Los pies de ambos se acercaron a la cama y el colchón volvió a hundirse bajo el peso de Nico. Sus pies seguían apoyados en el suelo, así que comprendí que lo que había hecho era sentarse al borde del colchón.
De repente, María se arrodilló frente a los pies del criado, con lo que el corazón me dio un vuelco. Bastaría con que se inclinara un poco para pillarme, pero eso no había pasado por la imaginación de la mujer.

 

¡Joder! – exclamó Nico – ¡Tus manos son increíbles! ¡Están tan frías!
Es que las meto en agua fría antes de agarrar este pedazo de hierro – contestó la zorra – Se te pone tan caliente que podría quemarme…
Cómetela, puta.
¿Entera? – dijo María con voz lujuriosa.
Tanta como puedas.

 

Yo ya no podía más. Tenía que arriesgarme a ver algo o la cabeza iba a estallarme y la polla no digamos. Me moví unos centímetros hacia el costado, acercándome a los pies de la pareja. Miré hacia ellos desde más cerca, con lo que podía ver un poco bajo el borde de la cama.
Y me encontré directamente con el coño de María. Al estar arrodillada en el suelo y asomarme yo por el borde del colchón, me encontré de frente con su precioso coño. Hacía tanto tiempo que no veía uno que me costó horrores no abalanzarme sobre él y devorarlo.
Era precioso. Con no demasiado vello, aunque no me dio la impresión de que su dueña se lo afeitara, así que pensé que debía ser así por naturaleza. Los labios se veían hinchados, entreabiertos, deseosos de recibir una buena polla en su interior. Se notaba el brillo propio de la humedad de hembra entre ellos y el inconfundible y delicioso aroma a coño caliente inundó el espacio bajo la cama. Inspiré profundamente aquel divino olor, sin pensar en que la pareja podía oír mis resoplidos, pero no fue así.
Involuntariamente, estiré una mano hacia aquel maravilloso chocho, que se agitaba adelante y atrás debido al vaivén de las caderas de María, que debía estar administrándole una fantástica mamada a Nicolás, a juzgar por los gemidos de éste y los chupetones y lametones que resonaban. Afortunadamente, conseguí salir de mi trance lo suficiente como para evitar tocarla, pero mis dedos quedaron tan próximos a su gruta que podía sentir en las yemas el calor que de allí surgía.
Más despierto, y convencido ahora de que ellos no notarían mi presencia si no hacía mucho ruido, me arrastré poco a poco hacia los pies de la cama, para asomarme y mirar en el espejo. Tardé un par de minutos en alcanzar la posición adecuada, así de despacio me movía. Miré el reflejo de la escena en el espejo y me quedé atónito. No tenía intención de hablar, claro, pero si hubiera querido hacerlo no me habrían salido las palabras.
Pues bien, en esos momentos María estaba efectivamente propinándole una buena mamada al afortunado Nicolás; bueno, de hecho estaba chupándole los huevos, no la polla. Y digo polla por ponerle algún nombre. Ahora entendía a qué se refería el abuelo al hablar del “don” de Nicolás. Era algo enorme. La verga de aquel hombre debía medir más de treinta centímetros. Me recordó a la de los caballos.
María se esforzaba en lamer y chupar las pelotas y la base de aquel tronco, de forma que la punta quedaba apoyada en su hombro, asomando por detrás de su cabeza, como si ella fuera un soldado con su fusil. Mientras lo lamía, restregaba su mejilla contra el enorme miembro, como acariciándolo.
Nicolás disfrutaba de aquello intensamente. Sus manos estaban apoyadas en el colchón, con el tronco ligeramente echado hacia atrás, mientras contemplaba fijamente las maniobras de María sobre su herramienta.

 

Así, muy bien – siseó Nico – Trágate la punta ahora…

 

Obediente, María deslizó su lengua a lo largo de aquella monstruosa verga, hasta llegar al glande, que besó y chupó con delicadeza. Tras unos segundos así, sus labios absorbieron la punta del gigantesco aparato y allí pareció apretar un poco, lo que encantó a Nicolás.

 

Ughhh. Sí. Asíiiiiii….

 

Poco después, los labios de María comenzaron a deslizarse sobre el ardiente tronco, subiendo y bajando muy despacio, de forma que cada vez se metía una porción mayor en la garganta. Cuando me quise dar cuenta, la muy zorra había sido capaz de tragarse unas tres cuartas partes de aquel pollón. Yo pensé que aquello debía llegarle casi al estómago; no entendía como era capaz de tragarse tanta cantidad de carne, aunque supuse que la razón era simple: porque le gustaba.
Así siguió durante un rato, chupando y chupando, a una velocidad bastante moderada, creo que para no atragantarse con aquel rabo. Nico se lo pasaba cada vez mejor, jadeando y resoplando de placer. Estiró una mano y la posó sobre la cabeza de María, acompañando con ella el ritmo de la mamada.
Poco a poco, su respiración fue volviéndose más agitada, su cuerpo fue tensándose, con lo que hasta yo comprendí que se aproximaba su orgasmo. María, experta en estas lides, extrajo casi por completo aquel vergajo de su garganta, dejando tan sólo la punta entre sus labios. Poniendo la espalda recta, atrapó el rabo de Nico entre sus tetas, y empezó a administrarle una lenta cubana, de forma que, mientras el tronco se deslizaba estrujado por sus pechos, el glande entraba y salía de sus labios, recibiendo un tratamiento combinado que le llevó a correrse como un animal.

 

Ya no puedo más… ¡YA NO PUEDO MÁS! – aulló Nico.

 

Esta fue la señal para que María sacase la polla de su boca, pues teniendo en cuenta el tamaño de la manguera, parecía peligroso recibir su disparo directamente en la garganta. Se apretó aún más las tetas con las manos, ciñendo fuertemente el pollón entre ellas, y continuó administrándole la cubana, pero ahora a ritmo frenético. Sus tetas se movían con rapidez sobre el rabo, deslizándose fácilmente pues éste estaba empapado de su propia saliva.
Entonces Nico estalló. De la punta de su nabo salió disparado un increíble pegote de semen, que resonó como una palmada al impactar en el cuello de María, que no paraba de mover sus tetas sobre el rezumante mástil.

 

UAAAAAHHHH. ¡ASÍ, ZORRA, ASÍ! – aullaba Nico.
¿TE GUSTA? ¿TE GUSTA, CABRÓN? ¡CÓRRETE! ¡CÓRRETE! – respondía María ahora que tenía la boca libre para hablar.

 

Ambos eran presa de un intenso frenesí. María movía sus tetas sobre la polla de Nico a velocidad vertiginosa, mientras ésta no paraba de expulsar fluidos que se estrellaban contra el cuello y pecho de la mujer. Reflejados en el espejo, se notaban las manchas de leche sobre la tersa piel femenina, dándole un extraño brillo allí donde incidía la luz.
De repente, María liberó la polla de entre sus tetas y empuñándola con ambas manos, comenzó a pajearla con violencia, a mayor velocidad incluso que antes. Aún así, la polla de Nico no había acabado de correrse, con lo que nuevos disparos de semen salieron de su interior, cayendo esta vez directamente al suelo, a menos de un metro de donde estaba yo, resonando al golpear contra las losas.
Por fin, el monumental nabo expulsó las últimas gotas, lo que relajó notablemente a la pareja. Nico se tumbó de espaldas en el colchón, respirando agitadamente, y María, agotada por el frenesí anterior, se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en el muslo de Nico, reposando unos segundos.
Yo no podía creerme lo que había visto. Conocía a aquellas personas desde hacía años y jamás hubiera esperado que fueran capaces de comportarse así. Ni después de que mi abuelo me contase los secretos de ambos había imaginado yo una lujuria semejante.
Me encontraba además increíblemente excitado. Mi pene era una dura barra en el interior de mi pijama. Necesitaba alivio inmediato, pero mientras contemplaba la escena, no se me había pasado por la imaginación, absolutamente concentrado como estaba en no perderme detalle.
De pronto, Nico levantó la cabeza y miró a María. Lentamente, fue incorporándose y agarrando la cabeza de la chica por la barbilla, la alzó para mirarla directamente a los ojos.

 

Eres una puta – dijo Nico.

 

María sonrió y contestó melosamente:

 

A ti te gusta que lo sea.

 

Nico estiró el brazo y agarró a María, ayudándola a ponerse en pié. Después hizo que se tumbara sobre el colchón, arrodillándose él junto a los pies de la chica.

 

Me toca – dijo el hombre.

 

María, sabedora de lo que Nico pretendía, separó los muslos, ofreciéndole el coño bien abierto. Nico se situó entre ellos y sin perder un segundo, sepultó su cara en el chocho de la joven.

 

Aahhhhh – siseó María.

 

Ahora no veía tan bien como antes, pues en el espejo lo que veía era un primer plano del trasero de Nico, arrodillado entre las piernas separadas de la mujer. De todas formas, lo que podía ver unido a los excitantes sonidos de lengüetazos, chupetones y gemidos, hacían que me mantuviera enormemente excitado.
Sin esperar más, me bajé el pantalón del pijama y me agarré la picha, dura como el acero. Lentamente, comencé a pajearme, sin apartar ni un instante la mirada del reflejo en el espejo.
La comida de coño duró un rato más, pero yo, instintivamente, sabía que María no disfrutaba en exceso. La experiencia había demostrado que yo era un maestro en el arte del sexo oral, por lo que conocía perfectamente cuándo una mujer lo pasaba realmente bien con eso. No es que María no gimiera y jadeara bajo la comida de Nico, era que no parecía poner el alma en ello.
De repente, y sin haber alcanzado el orgasmo ni una vez, María detuvo a Nico.
– Espera – susurró la mujer.
Nico apartó la cara del coño de la mujer y la miró para ver lo que quería.

 

Ya no puedo más, la necesito dentro ahora.

 

Yo instintivamente supe que lo que en realidad pasaba era que María no se lo pasaba suficientemente bien, pero el pollón de Nico podría solucionarlo.
Nicolás no dijo nada. Se arrodilló en la cama de nuevo, quedando entre los muslos de la mujer. Al girar un poco el cuerpo, pude ver que su miembro se erguía de nuevo majestuoso, con la cabezota apuntando al frente.

 

Dios mío, qué maravilla – susurró María admirada.
Te voy a partir el alma – siseó Nico.

 

Bruscamente, Nico agarró los tobillos de María y tiró hacia si, arrastrándola sobre el colchón. María dio un gritito de sorpresa, pero en absoluto de miedo o enfado. Nico se situó entonces en posición y agarrándose la polla, la colocó en la entrada del coño.

 

Tranquilo – rió María – Si eres tan bestia me vas a matar.

 

Nico contestó con un gruñido.
María separaba muchísimo las piernas, por lo que, por en medio de los muslos de Nico, pude ver su coño bien abierto. La verga de Nico se situó en la entrada, y poco a poco, empezó a entrar.

 

Oh, Dios, así, despacio… Despacio… Me vas a matar… – gemía María.

 

Nico gruñía como un animal mientras, lentamente, iba deslizando tu tremenda erección en el interior de la chica. Después de unos segundos de penetración, se detuvo, con un trozo de rabo todavía fuera, pero dada mi posición, no podía saber cuánto.
Así se quedó al menos un minuto, mientras las paredes del coño del ama de llaves se adaptaban para acoger aquel enorme monstruo.

 

Sí. Muy bien, asíii… – susurraba María.

 

Inesperadamente, cuando los dos parecían más relajados, Nico empujó bruscamente y clavó el resto de su estaca en el coño de María.

 

¡UAAAAHHHHH! ¡CABRÓOOOONNN! ¡SABÍA QUE LO HARÍAS! ¡LO SABÍAAAA! – gritaba María.
¡JÓDETE! ¡JÓDETE, PUTAAAAAA! – aullaba Nicolás.

 

Los gritos y gemidos que prosiguieron me indicaron que María se había corrido como una perra. Eso era lo que la muy puta necesitaba, una polla del calibre 45.
Yo, inconscientemente, había ido acelerando el ritmo de mi paja, sin apenas darme cuenta de ello. No podía creer que le cupiera dentro todo aquello. No podía.
Y no sólo le cabía. La muy zorra quería más. Vi cómo sus manos se engarfiaban en los barrotes de la cabecera de la cama, preparándose para el tratamiento.

 

Vamos, muévete Nicolás. ¡MUÉVETE! – gritó.

 

Nicolás, obediente, echó el culo para atrás, desclavándole un buen trozo, y bruscamente, volvió a hincársela por completo, arrancándole a la mujer nuevos gritos y aullidos de placer.

 

¡SÍIIIIIII! ¡ASÍIIIIII! ¡FÓLLAME, JÓDEME! ¡RÓMPEMELOOOOOO!

 

Aquello se repitió un montón de veces más. Yo nunca lo había hecho así, supongo que para hacerlo hay que tener una verga de caballo. Aquello no era el típico mete y saca que todos practicamos, sino una sucesión de desclavadas y empujones salvajes.
Después de cada empellón, María aullaba como una posesa y después ambos se quedaban unos segundos aletargados. La pausa podía durar quince segundos o dos minutos, variaba continuamente, pero al final, Nico volvía a sacar y clavar despiadadamente su martillo pilón en el coño de María.
La maldita pécora se corrió varias veces bajo tan salvaje tratamiento, disfrutando de aquel polvo lento enormemente. Supongo que era lógico. Con semejante pollón, si le hubiese echado un polvo rápido, le habría roto el coño de verdad.
Mientras tanto, se había ido aproximando mi propio clímax, hasta que, finalmente, me corrí, tratando de ahogar mis propios gemidos de placer. Procuré atrapar toda la leche con la mano, para después, sacudiéndola, derramar la corrida en el suelo, de forma que se camuflase con los restos del anterior orgasmo de Nicolás.

 

Para, para por favor- gimió María de repente – Ya no puedo más.

 

A regañadientes, Nico se retiró de encima de la mujer. Al levantarse, pude ver cómo su enorme miembro iba surgiendo poco a poco del interior del maltratado coño, hasta que finalmente, cimbreó como una lanza, libre de su encierro.
Nicolás se dejó caer pesadamente al lado de la mujer, sin haberse corrido aún. María parecía una muñeca rota, desmadejada sobre el colchón. Ninguno de los dos hablaba, mientras Nicolás permitía que María se recuperaba un poco. Yo tenía la sensación de que aquella escena no era nueva. Sin duda algo así se repetía cada vez que aquellos dos follaban.
Mientras esperaba, Nicolás cogió de su mesita los útiles de fumar y se lió un nuevo cigarro. Lo encendió y se reclinó contra el cabecero de la cama, fumando, mientras se acariciaba distraídamente la enorme erección, en espera de que María rematara la faena. Como ésta no parecía dar señales de vida, Nicolás le dio suavemente con el codo, para que espabilara.

 

Vamos – dijo el hombre – Termina, que ya estoy casi.

 

Cansinamente, la mujer se incorporó y se arrodilló junto a Nico. Con confianza, sus manos se apoderaron del gigantesco instrumento y comenzaron a pajearlo.

 

Date prisa ¿eh? – dijo María – Estoy muy cansada.
Tranquila. Ya queda poco – contestó Nicolás sin dejar de fumar.

 

Mientras lo masturbaba a dos manos, María chupaba y lamía la punta de la gargantuesca polla, tratando de acelerar el clímax. Se notaba que estaba cansada, pues sus movimientos eran un tanto torpes y envarados.
A pesar de todo, en un par de minutos logró que Nicolás empezara a gemir y resoplar, preludio inequívoco de un nuevo orgasmo.
Cuando llegó, era plenamente esperado por la pareja, pues María apartó sus labios hábilmente de la punta y con sus manos volvió a dirigir la corrida hacia el suelo. Tras unos segundos, María liberó la verga y se tumbó rendida junto a Nico, dejando que la polla se apañara sola para derramar su carga en el piso.

 

No puedo más – dijo María en voz baja – Esta vez te has pasado.
Sí – contestó Nico – ha estado bien.
Es verdad.
La próxima vez te la meteré por el culo.
¡Sí, claro! – rió cansinamente María – ¿Es que quieres matarme?
Vamos, mujer. Hace años que no cato un buen culo – dijo Nico acariciando la cadera de María – Y el tuyo es estupendo. Apuesto a que ahí dentro cabe un buen pedazo de esto.
Ni lo sueñe caballero – siguió riendo María – No quiero pasarme el resto del año sin poder sentarme. Gracias, pero no gracias.
Venga, si te gustará.
Sí, seguro.

 

Siguieron hablando y bromeando durante una hora más. Yo me sentía cansado y acalambrado, por estar tanto rato tirado en el suelo. Ahora venía la parte difícil. ¿Cómo iba a salir de allí?
Pero la fortuna estaba de mi lado. Tras un rato de charla, apagaron la luz, pues Nico alegó que estaba cansado. María dijo algo de que ella se iba a marchar pronto a lo que Nico contestó con un gruñido.
Poco después, noté que María se levantaba de la cama, y, a oscuras, se dedicó a buscar su ropa.

 

Ahora o nunca – pensé.

 

Con valor, me deslicé de debajo de la cama por los pies, cuidando de no hacer ni un ruido, mientras oía cómo María se vestía. Resonó entonces la llave en la cerradura, abriéndose la puerta y penetrando un poco de claridad nocturna. Mientras la puerta se cerraba, yo me acerqué a ella, y respirando hondo, volví a abrirla y salí del cuarto, apenas unos segundos después de María.
Salí al pasillo y percibí la presencia de la mujer, allí a oscuras.

 

¿Qué es lo que quieres? – sonó su voz en las tinieblas.

 

Yo guardé silencio, esperando que ella diera el siguiente paso.

 

¿Qué te pasa? ¿Por qué no hablas?

 

Ella pensaba que yo era Nicolás, que la había seguido fuera del cuarto por alguna razón.

 

Mira, estoy muy cansada. Ya hablaremos por la mañana – dijo.
De acuerdo – respondí yo – Ya hablaremos mañana.
¡Dios mío! – exclamó la mujer.

 

En la oscuridad, yo sonreía abiertamente. Sabía que ella había reconocido mi voz y dejé que las implicaciones de la situación penetraran poco a poco en su mente. Yo no deseaba que se formara allí ningún escándalo, pues mi objetivo estaba ya conseguido, así que decidí dejarla allí, sorprendida y aturdida.

 

Buenas noches, señorita María – susurré.

 

Y me fui a mi cuarto, donde dormí toda la noche de un tirón.
 
Continuará.
TALIBOS
 
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