CASANOVA: (8ª parte)
LA ZORRA DE MAMÁ:
¡Dios, que mal me encontraba a la mañana siguiente! Desperté con fiebre, sudoroso. Había pillado un enfriamiento de los gordos. Y para colmo, la que vino a despertarme fue Martita, con una sonrisa de oreja a oreja y con ganas de broma.

 

¡Buenos días primo! – gritó mientras entraba en la habitación.

 

Yo abrí mis ojos legañosos y la vi como entre una bruma, difusa.

 

Hola – acerté a responder. La garganta me ardía.

 

Marta se apercibió de mi estado y pasó del estado de alegría al de preocupación en un instante.

 

¡Dios mío! – exclamó – ¡Qué mala cara tienes! ¿Te encuentras bien?

 

La respuesta no pude ni formularla, pero ella la leyó en mi rostro. Acercándose, puso su dulce mano en mi frente y la retiró sorprendida.

 

¡Si estás ardiendo! ¡Espera aquí, que voy a por tu madre!

 

Salió disparada del cuarto, mientras mi confusa mente formaba la réplica apropiada:

 

¡Sí, procuraré no ir a ningún sitio!

 

Pero claro, no dije nada.
Minutos después, Marta regresaba acompañada de mi madre y de tía Laura, todas con cara de preocupación. Por turno, fueron comprobando todas que mi frente aún ardía, para asegurarse de que no me hubiese curado milagrosamente mientras mi prima iba a buscarlas.
Hablaron entre ellas, de forma apresurada y decidieron ir a buscar a Luisa, que entendía un poco de enfermedades. Minutos después, un gran corro de personas se agolpaba en mi cuarto, murmurando preocupados acerca de mi estado y de lo que convenía hacer. Yo sólo deseaba que se marcharan y me dejaran tranquilo, aunque obviamente, eso no podía ser.
Afortunadamente, era cierto que Luisa entendía de esos temas, pues enseguida comenzó a despachar a la gente, alegando que yo necesitaba descansar. Permanecieron junto a mí sólo ella y mi madre, me hicieron tomar no sé qué brebaje de la abuela de Luisa y se turnaron para colocarme paños fríos en la frente.
No recuerdo nada más de aquel día, pero por lo visto (según me contaron después), por la tarde la fiebre aún no me había bajado, así que mi abuelo, preocupado, mandó a Nicolás con el coche a buscar a Don Tomás, el médico del pueblo.
Éste vino, me reconoció y me diagnosticó lo obvio: un resfriado de campeonato. Según dijo a mi madre: “El constipado dura una semana si se toman medicamentos y si no se toman, dura siete días”. Muy gracioso el tío.
Así pues, los siguientes días siguientes me los pasé encamado, con la continua compañía de algún familiar que me velaba, manteniéndome atendido y mojando los paños de mi frente cuando era necesario.
Tras un par de días, en los que la fiebre alta me impedía realmente enterarme de nada, comencé a mejorar. La fiebre bajó y yo me encontraba mucho mejor, pero aún así, mi familia no abandonó sus cuidados, así que, aunque comenzaron a dejarme solo de vez en cuando, por las noches siempre había alguien velándome, por si me pasaba algo.
Esto puede parecer un tanto exagerado, total, por un resfriado, pero en aquellos años un enfriamiento (o cualquier otra enfermedad) podía ser muy peligroso, sobre todo en medio del campo, lejos de la ciudad y de sus hospitales. Además, se daba el hecho añadido (lo siento por las damas, pero era así), de que yo era el único heredero varón de la familia y por tanto insustituible. Sé que es una estupidez, pero así era entonces.
A partir del cuarto día, yo me encontraba ya muy recuperado, algo de tos y eso, pero bastante bien. Pero de todas formas mi madre me prohibió tajantemente abandonar la cama hasta que pasaran los 7 días prescritos por el médico, por mucho que yo le insistiera en que se trataba de una broma del doctor.
Así pues, me pasé unos días en cama que se me hicieron eternos y por supuesto, rodeado de tantas mujeres que iban y venían, y a pesar de encontrarme algo pachucho, mi libido estaba bastante despierta. Por desgracia, la puerta de mi cuarto estaba siempre abierta, para que mi madre pudiera estar siempre pendiente de mí. Además, ella andaba siempre cerca, atenta por si pasaba algo, independientemente de que hubiera alguien conmigo. Así que yo me encontraba muy frustrado y aburrido.
Al menos tenía tiempo para leer. El abuelo me trajo unas cuantas novelas de aventuras y las devoré vorazmente, así que al menos no fue tiempo perdido.
Y así estuve hasta la quinta noche, en la que di un nuevo paso hacia la total rendición de Marina…
Esa noche, mi madre encargó a mi hermana que se quedara conmigo. Marina protestó, alegando que yo me encontraba ya bien, pero mi madre no admitía réplicas. Así pues, mi hermanita se vio obligada a pasar la noche en mi cuarto.
Se hizo de noche, me trajeron la cena y por fin, mi hermana apareció para relevar a mi madre en la tarea de cuidarme. Yo, con ominosos pensamientos en la mente, traté de entablar conversación con ella durante mucho rato, pero ella, todavía enfadada por los sucesos con Marta, no se dejaba atrapar en mis redes. Contestaba sólo con monosílabos, sin interés ninguno en mis palabras, con lo cual, yo no podía desplegar mi encanto habitual.
Marina, con tal de evitarme, se enfrascó por completo en la lectura de una novela que había traído, y yo, resignado, tuve que hacer lo mismo.
Sin embargo, la excitación bullía en mi interior, no podía centrarme en el libro, siempre andaba echándole miradas disimuladas a mi hermanita. Estaba bastante cerca de la cama, sentada en un butacón acolchado, bastante cómodo, que habían traído a mi cuarto para quien estuviera encargado de mi custodia. Había colocado frente a ella una silla, colocando los pies encima, para mayor comodidad.
Iba vestida con un camisón largo, de color celeste, abotonado hasta el cuello, puede que el mismo que llevaba la noche en que fui a su cuarto. Sobre él, llevaba una bata de raso color marfil, atada en la cintura con un cordón del mismo tono. Al tener los pies en alto, se había descalzado, dejando sus zapatillas en el suelo, permitiéndome comprobar que sus pies eran tan perfectos como el resto de su anatomía.
Yo la miraba y la miraba por encima del libro, simulando estar concentrado en la lectura. Ella no me dirigió ni una mirada, y esa misma falta de interés me hizo comprender que en realidad estaba luchando para no alzar los ojos hacia mí y que era plenamente consciente de que yo la observaba.
Decidí poner un poco de carne en el asador y atacar suavemente.

 

Marina, debiste haber venido el otro día a la excursión. Te hubiera gustado.

 

Ella no respondió, pero se movió inquieta en su asiento, señal inequívoca de nerviosismo.

 

Lo pasamos divinamente, fue un día inolvidable. De hecho, Marta me dijo que está deseando que volvamos a hacer algo parecido. ¿Te apuntarás la próxima vez?

 

Por fin, mi hermanita levantó los ojos de su libro y me echó una mirada llameante.

 

Eres un cerdo – me espetó.

 

Yo, puse una gran expresión falsa de asombro.

 

¿Por qué? Si sólo te estoy invitando a venir de excursión…

 

Entonces puse cara de comprender el significado oculto de sus palabras y dije “indignado”:

 

¡Vaya, Marina! ¡Qué mente tan sucia tienes! ¿Se puede saber en qué estás pensando?

 

Marina se puso muy roja y levantando el libro volvió a fingir ensimismarse en su lectura. Decidí dejarlo estar, notaba que era mejor dejarla que pensara y le diera vueltas a lo que sabía y a lo que sospechaba, en vez de seguir provocándola y cabrearla.
Momentáneamente satisfecho (pues ya tenía un plan en mente), me sumergí en la lectura durante un rato. Después, intenté fingir que dormía, pero no lo logré, pues lo que pasó es que me quedé de verdad dormido. Supongo que la enfermedad me mantenía más cansado de lo que yo creía.
Afortunadamente, la providencia acudió en mi ayuda y un par de horas después me desperté, justo a tiempo de poner en marcha mi idea. Miré a Marina y comprobé que a esas alturas, se había quedado dormida en el butacón. El libro estaba abierto en su regazo, sostenido por sus manos. En ese momento podría haber repetido el numerito de su dormitorio, atacándola ahí mismo, bastante seguro de que hiciera lo que hiciera, ella fingiría dormir, pero yo quería que ella aceptara de una vez lo que le estaba pasando, que despertara a su propia sexualidad, y a ser posible, que lo hiciera conmigo.
Así que me puse en marcha. De una patada, me destapé simulando haberlo hecho en sueños. Metí una mano dentro del pijama, y suavemente comencé a sobarme el falo, sin quitarle los ojos de encima a mi hermanita. Recordé aquellos deliciosos minutos de días antes en los que Marina me sopesó el miembro mientras yo dormía. Mis caricias, pero sobre todo la embriagadora proximidad de mi hermana, provocaron que mi polla se pusiera bien enhiesta. Entonces, desabroché un par de botones del pantalón del pijama, y extraje mi erecto miembro por el agujero, dejándolo expuesto.
Por la luz no tenía que preocuparme, pues mi hermana, al quedarse dormida mientras leía, no había apagado la vela que iluminaba el cuarto. Mi único problema era la puerta, que seguía abierta de par en par, aunque no era probable que a esas horas de la madrugada viniera alguien a fisgonear. De todas formas, pensé en levantarme y cerrarla, pero decidí que no, pues Marina podía notar que yo la había cerrado y descubrir mi encerrona.
Así que me tumbé en la cama, con la polla bien dura por fuera del pantalón, simulando dormir. Ya sólo quedaba conseguir que Marina despertara y notara lo que sucedía. Muy lentamente, estiré un pié y empujé levemente el libro que había en su regazo, hasta que logré que se deslizara y cayera al suelo con estrépito. Como un rayo, dejé de nuevo el pié sobre el colchón y volví a “dormirme”.
Yo mantenía los ojos cerrados, no quería que ella notara que yo estaba despierto, pero el hecho de estar así, a oscuras, sin saber lo que pasaba, era enloquecedor. Pasaron unos segundos, que a mí se me antojaron eternos y entonces pude escuchar una deliciosa exclamación de sorpresa proveniente de mi hermanita.
Estaba seguro de que ya había visto mi polla y ahora sólo me quedaba aguardar. Era insoportable, los minutos pasaban y pasaban, y ella no hacía nada. Cada vez estaba más inseguro de mi plan, quizás Marina no se había despertado, quizás no me había visto, quizás no fuera a hacer nada.
Ya no podía más, la excitación era máxima. Estaba considerando la posibilidad de abrir levemente los ojos y echar un vistazo, pero si mi hermana lo notaba todo se iría al traste. Esperar allí, sin hacer nada requirió una fuerza de voluntad considerable.
Entonces, escuché un leve siseo, producido sin duda por mi hermana al moverse; eran sus pies al deslizarse suavemente de la silla. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo, yo trataba desesperado de relajarme, pues si Marina me veía muy tenso, adivinaría que estaba fingiendo.
Noté que se levantaba y que trataba de hacerlo sin hacer ruido, pero mis sentidos estaban en ese instante tan agudizados, tan pendientes de ella, que lo percibí perfectamente.
Justo entonces, mi hermana me tocó en un hombro, zarandeándome levemente. Su contacto me sorprendió, pues aunque había notado que se movía, no esperaba que ya estuviera tan cerca de mí. Afortunadamente, logré controlar el respingo que había estado a punto de dar.

 

Oscar – susurró Marina – ¿estás despierto?

 

Mientras hablaba, volvía a empujar mi hombro con suavidad, tratando de que no me despertara. Ya estaba en el bote, estaba intentando comprobar si yo estaba despierto, deseosa de que no lo estuviera.
Dejó por fin de agitarme y permaneció quieta unos instantes. Mi calenturienta mente, la imaginaba a la perfección, con los ojos fijos en mi polla, pensativa, decidiendo si se atrevía o no a dar el siguiente paso.
Y se atrevió.
Cuando su tibia manita se posó sobre mi pene, juro que estuve a punto de correrme y ponerla perdida. Su contacto era tímido, torpe incluso, no sabía muy bien lo que hacer, pero deseosa de hacerlo.
Al principio, sólo apoyó la palma de la mano sobre mi picha, sintiendo su dureza, su calor, pero enseguida comenzó a deslizarla arriba y abajo, acariciándola en toda su longitud.
Yo estaba loco por ver cómo mi hermana me sobaba el falo, pero sabía que ella aún no estaba totalmente concentrada en lo que hacía. Podía imaginármela, con la mano deslizándose en mi polla y con los ojos clavados en mi rostro, pendiente de cualquier señal de que yo estuviera fingiendo. Me tocaba esperar.
Poco a poco, sus caricias se iban haciendo más atrevidas. Por fin, paró de pasear su mano por el tronco y lo agarró con firmeza, cerrando su puño sobre él. No empezó pajearme ni nada, sólo apretaba la mano, puesto que ella no pretendía darme placer, sino experimentarlo ella.
Entonces, noté como el peso de Marina se apoyaba en el colchón. Se había sentado junto a mí, para tener mejor acceso a mi entrepierna. Noté que se movía, y de pronto, percibí algo que me hizo estremecer. Inconfundiblemente, sentí el aliento de Marina directamente sobre mi falo, lo que implicaba que su rostro debía de estar muy próximo a él.
Pensé que ya debía estar suficientemente ensimismada, así que muy despacio, entreabrí los ojos. La verdad es que las precauciones eran innecesarias, pues Marina estaba completamente sumergida en su tarea. Vi que había agarrado con firmeza mi erección, manteniéndola derecha, apuntando al techo. Había acercado la cara mucho, para contemplar bien hasta el último detalle. Pensé que de haber estado dormido, sin duda me habría despertado ante esas manipulaciones, pero dudaba que a esas alturas mi hermana pensara en eso, completamente hipnotizada como estaba.
Entonces, Marina deslizó su mano hacia abajo, descapullando mi polla por completo, lo que me sorprendió mucho, doliéndome incluso. Aquella niña aún no sabía manipular ciertos aparatos.
No pude evitar una exclamación de dolor, dando mi cuerpo un saltito involuntario. Miré a Marina y vi que se había quedado petrificada, con mi polla en la mano. Como un rayo, sujeté con mis manos la de Marina, manteniéndola agarrada a mi falo.

 

Vaya, vaya, hermanita – dije jocoso.

 

Ella no respondió nada, simplemente, con el rostro tan colorado que parecía arder, daba tirones desesperados, tratando de zafarse de mi presa.

 

Hay que ver, con lo recatadita que parecías.

 

Ella seguía sin decir nada, sólo tiraba y tiraba, cada vez más histérica, restregando su mano por mi falo de forma muy placentera; pero yo era más fuerte.

 

Suéltame – casi lloró.

 

Y yo obedecí. Bruscamente, liberé su mano y ella, que no se lo esperaba, dio un fuerte tirón que hizo que se cayera de culo al suelo. Rápidamente, se levantó e iba a salir disparada hacia la puerta cuando dije:

 

Bueno, tendré que preguntarle a mamá por qué haces estas cosas.

 

Se quedó petrificada, con una expresión de espanto tal que resultaba hasta cómica.

 

¡¿Có… cómo? – balbuceó.

 

La miré con expresión de suficiencia y dije:

 

Que voy a contárselo a mamá.
¡No te atreverás! – exclamó enojada.
¿Por qué no? Tú siempre estás llamándome cerdo y cosas peores y ahora mírate, sobándome mientras duermo.
¡Yo no te sobaba!
¿Cómo que no? Entonces, ¿qué estabas haciendo?

 

Marina respiraba agitadamente, confusa. Obviamente no tenía respuesta. Entonces, se le ocurrió algo.

 

Si le dices algo, yo le contaré las cosas que me has hecho.
¿Qué cosas? – dije simulando ignorancia – ¿El qué te he hecho?

 

Se quedó callada, no podía responder, pues para ello tendría que admitir que había notado todas mis maniobras, que aquella noche en su habitación no dormía, ni en el coche, ni… Demasiado para ella.

 

Por favor, no se lo digas – dijo cambiando de táctica.
¿Y qué harás tú por mí? – dije llegando al meollo de la cuestión.

 

Ella comprendió el doble sentido de mis palabras y decidió resistir un poco más.

 

Te haré los deberes que te mande Dickie durante un mes.

 

Yo la miré, divertido.

 

¡Ah, vale! De acuerdo – bromeé, con lo que mi hermana se relajó enormemente, aunque en sus ojos leí… ¿Decepción?

 

Tras esperar unos segundos, decidí hacer como que avisaba a mi madre.

 

¡Mamá! – comencé a gritar.

 

Ni siquiera pude hacerlo, pues Marina, abalanzándose sobre mí, me tapó la boca con ambas manos.

 

De acuerdo – dijo – Haré lo que quieras.

 

Yo había ganado.
Lentamente, se separó de mí, quitando sus manos de mi boca. Al hacerlo, descubrió en mi rostro una sonrisa de oreja a oreja, lo que la turbó más todavía.

 

Veamos… ¿Qué podrías tú hacer por mí? – dije.

 

Marina miraba al suelo, resignada, vencida. Yo mientras, coloqué las almohadas apoyadas contra la cabecera de la cama, para apoyar la espalda y sentarme así un tanto erguido.

 

Bueno, bueno. Vamos a ver. Tú me has estado tocando, ¿verdad?

 

Ella asintió con la cabeza, sin alzar los ojos.

 

Pues entonces creo que lo justo es que yo te toque a ti también. Así estaríamos en paz.

 

Ella levantó entonces la vista, mirándome con ojos llameantes. Sin duda se esperaba algo así, pero una vez confirmadas sus sospechas, su orgullo volvía a aparecer.

 

¡Eres un cerdo! – dijo con los dientes apretados.
Sí, ya me lo has dicho cientos de veces. Pero tú no te quedas atrás ¿verdad soba-pollas?

 

Marina volvió a enrojecer, esta vez sin decir nada.

 

Bueno – dije – ¿Estás de acuerdo o no?
¿Seguro que sólo quieres tocarme? – preguntó.
Durante un rato, claro – respondí.
¿Y yo no tendré que hacerte nada?
¿Hacerme qué? – indagué simulando confusión.

 

Marina se puso aún más roja, antes de responder.

 

Bueno, si sólo quieres tocar… Vale.
¡Estupendo!

 

Se quedó de pié junto a la cama, esperando. Yo la miré de pies a cabeza, haciendo que se sintiera incómoda.

 

Venga, acabemos con esto – dijo enojada.
Shisssst. Tranquila, preciosa. Tenemos toda la noche.
De eso nada, yo sólo te he tocado un poco.
Y un poco el otro día ¿verdad?

 

Mi hermana abrió los ojos como platos, sorprendida de que yo supiera aquello. Estoy seguro de que entonces comprendió que todo era una encerrona, pensé que iba a decirme que había descubierto el pastel, pero no dijo nada; se quedó esperando órdenes.

 

Quítate la bata – dije.

 

Eso no era muy difícil, así que obedeció sin problemas. Desató el cinturón y se quitó la bata, dejándola a los pies de mi cama. Entonces se percató de que la puerta seguía abierta, y sin decirle yo nada, fue hasta ella y la cerró, volviendo a su sitio enseguida.

 

Ahora el camisón – dije.
De eso nada, hemos quedado en que sólo tocarías, no hemos hablado de desnudarme – dijo triunfante.
De acuerdo – concedí, como si aquello no supusiera el menor inconveniente.

 

Marina se quedó sorprendida. Seguro que pensaba que había encontrado un hueco en mi estrategia al no tener que desnudarse, creía que así me fastidiaría un poco, que ganaría una pequeña batalla, pero al descubrir que a mí no me importaba, se quedó perpleja.

 

Quítate entonces las bragas – ordené.
Ya te he dicho que no voy a desnudarme.
Ni yo te lo estoy pidiendo. Si te quitas las bragas bajo el camisón, yo no voy a ver nada, pero será más cómodo.
¿Más cómodo para qué? – dijo, aunque de pronto enrojeció violentamente, al comprender por fin mis intenciones.
¡Ni hablar! ¡No voy a dejar que me toques ahí! – exclamó enfadada.
¿Y qué esperabas, qué creías que quería tocar?
¡Pues no sé! Un poco por aquí, o aquí – dijo señalándose las tetas y las piernas.
Claro, claro muy lógico – dije – Tú me tocas la picha y yo me tengo que conformar con rozarte el culo. ¡De eso nada!
¡No voy a hacerlo! – exclamó.
Vale, no lo hagas.

 

Respiré hondo, preparándome para dar un buen grito. Marina ya estaba en el juego, y en ese instante, decidió seguir adelante.

 

Vale, vale, no grites – dijo alarmada.
¿Entonces? – inquirí.

 

Ella, resignada, llevó las manos a su cintura, tratando de quitarse la ropa interior por encima del camisón. Pero las bragas de entonces no eran como las de ahora, con elásticos y eso, así que no era tarea fácil.

 

No mires – siseó enfadada.

 

Yo me tapé los ojos, espiándola por supuesto, y vi como ella se remangaba un poco el camisón, metiendo las manos por debajo y deslizando las bragas por las piernas. En realidad no vi nada especial, pero lo cierto es que aquello me excitó mucho. Marina se las quitó por completo, levantando primero un pié y después el otro. Iba a dejarlas sobre la cama, cuando notó que yo la espiaba por entre mis dedos.

 

¡Estás mirando! – dijo enfadada.
Como tú el día del coche – respondí en tono reposado.

 

Marina se quedó callada, con el rostro encendido, sin saber qué contestar.

 

Bueno, ya está ¿no? – pregunté.

 

Mi hermana asintió con la cabeza.

 

Bien, siéntate aquí – dije palmeando el colchón, a mi lado.

 

Marina obedeció, sentándose junto a mí, dejando las piernas colgando por fuera de la cama. Miraba hacia la puerta, como si no quisiera verme.

 

Gira un poco el cuerpo, así… – dije colocándola un poco más girada hacia mí – Y mírame.

 

Ella obedeció a regañadientes.

 

¿Estás segura de que no quieres hacer esto? – pregunté.
Pues claro – respondió con seguridad.
Explícame entonces por qué está esto así.

 

Mientras decía esto, pellizqué suavemente uno de sus pezones, que aparecía perfectamente marcado contra su camisón. Mi hermanita se estaba calentando.

 

¡Cerdo! – exclamó apartando mi mano.
Sí, sí, lo que tú quieras – concedí – Súbete un poco el camisón.
No.
Hazlo – ordené – Tú me has tocado la polla y yo voy a tocarte el coño, así que súbete el camisón.

 

Obedeció con lentitud, sus últimos rescoldos de mojigata aún permanecían encendidos. Yo me encargaría de apagarlos.
Se subió el camisón hasta las rodillas y allí paró. Yo no necesitaba más, pues ya podía meter la mano por debajo.
Coloqué mi mano derecha en su rodilla, lo que le hizo dar un respingo. Describí movimientos circulares sobre ella, acariciándola, antes de que mis dedos comenzaran a escarbar en el camisón allí recogido y se deslizaran por debajo.
Yo miraba al rostro de Marina, que reflejaba una mezcla de sentimientos inenarrable. Por un lado, no quería que esto pasara, sentía vergüenza, miedo, enfado, pero, inconfundiblemente, allí estaban también el deseo, el placer, la lujuria. Y poco a poco los segundos iban venciendo a los primeros.
Mi mano subió un poco por debajo de la ropa, y empezó a sobar sus muslos, que aún permanecían fuertemente apretados entre sí. Mi mano amasaba aquellas deliciosas carnes vírgenes, segura de que era la primera mano de hombre que exploraba aquellos territorios (aunque fuera la segunda vez que lo hacía).

 

¿Te gusta? – le pregunté, aunque ella no se dignó en contestar.
Tranquila… Te gustará – continué.

 

Mi mano apretaba su muslo, y se deslizaba arriba y abajo, magreándolo. Cada vez que subía, me detenía un poco más cerca de mi ansiado objetivo. En mi excitación, me parecía sentir el calor que emanaba su cálida gruta, como si en vez de un coño fuera un volcán.

 

Separa las piernas – dije.

 

Y Marina obedeció sin rechistar, lo que me convenció de que sus últimas barreras morales habían cedido. Sus muslos estaban ahora bien abiertos, dejándome franco el acceso a su intimidad. Suavemente, acaricié su pierna, subiendo la mano muy despacio pero sin pausa.
Llevé la mano hasta arriba del todo, hasta el punto en que el muslo conecta con la ingle. La dejé quieta ahí, sintiendo ya el roce de sus vellos en la mano. Miré a Marina a la cara y pude comprobar que estaba deseosa de que yo siguiera, no quería que parara. Y no la decepcioné.
Por fin, posé mi mano sobre su virginal chochito y apreté levemente, lo que hizo que todo su cuerpo se estremeciera. Un sensual gemido escapó de sus labios, aunque ella luchó por intentar evitarlo.

 

Te gusta, ¿eh? – le pregunté.

 

Ella no respondió, apuesto a que ni siquiera le hubiera salido la voz de intentarlo, pero se las apañó para negar con la cabeza; mi hermana era bastante cabezota como ven.
Sonriendo, decidí continuar, así que, metiendo un poco los dedos en su interior, abrí bien sus labios vaginales, separándolos. Manteniéndolos abiertos con dos dedos, metí otro justo en medio, acariciando y explorando la zona. Bueno, sería más apropiado decir que buceando y nadando en la humedad, pues el coño de mi hermanita estaba inundado.

 

Así que no te gusta ¿eh? Pues ya me explicarás por qué está esto así de mojado. ¿Es que siempre vas así, siempre lo tienes así de encharcado?

 

Marina no contestó, pero volvió el rostro hacia un lado, avergonzada. Aquello era demasiado, seguía sin querer reconocerlo.
Hábilmente, comencé a acariciar su entrepierna con mis dedos, sobando y jugando, excitándola, pero sin empezar a masturbarla. Estiré mi mano izquierda y agarré a Marina por la barbilla, haciendo que volviera el rostro hacia mí. Ella abrió los ojos y los clavó en los míos.

 

Marina – le dije sosteniendo su mirada – Ya estoy harto. No puedes seguir así. Es necesario que aceptes lo que sientes, no es nada malo.

 

Tras decir esto, dejé de acariciarla, dejando mi mano derecha inerte sobre su muslo.

 

Mira, si no quieres, lo dejamos y en paz – dije – Pero creo que de verdad no puedes seguir así, escondiéndote por los rincones, espiando, luchando contigo misma. Si no quieres que sea conmigo, me parece bien, busca a otro y disfruta, pero no sigas así, pues te estás amargando sin necesidad.

 

Poco a poco, comencé a sacar la mano de debajo de su camisón, deslizándola por su muslo y manchándolo con sus propias humedades, decidido de verdad a dejarlo estar. Pero Marina no me dejó. Bruscamente, sujetó mi mano con las suyas, impidiéndome salir de debajo de su ropa. Lentamente fue tirando de mi mano hacia arriba, llevándola hacia su entrepierna. Miré sus ojos y vi que brillaban.
Cuando colocó mi mano sobre su chocho, apretó con las suyas sobre ella, estrechándola contra si, sintiéndola. Marina no dijo nada, pero no hacía falta.
Nuevamente, comencé a acariciar su coño con la mano, describiendo círculos sobre él, enredando los dedos en su mata de pelo. Entonces deslicé un dedo en su interior, uno sólo, pero el gemido que soltó Marina bastó para ponerme los pelos de punta.

 

Uuuuummmmmm – gimió.

 

Muy despacio, comencé a deslizar el dedo en su interior, moviéndolo simultáneamente de forma circular, horadándola. Marina retiró sus manos de la mía y las apoyó en el colchón detrás de ella, echando el tronco ligeramente hacia atrás. Yo seguí masturbándola, ensanchándola con mi dedo, hasta que decidí meter un segundo.
Con dos dedos comencé a masturbarla más deprisa, más profundamente, se deslizaban perfectamente, pues ella estaba muy lubricada. Su respiración era agitada, sus jadeos eran fuertes, sensuales, la verdad es que me preocupaba un poco que alguien los escuchara y viniera a investigar, pero ¡qué demonios!
Dejé de meter y sacar los dedos, bajando el ritmo de la paja, ahora los mantenía casi quietos, moviéndolos sólo hacia los lados, recorriendo su cueva. Mientras, estiré el dedo pulgar hacia arriba y comencé a acariciarle el clítoris.
Comencé entonces a cambiar de ritmo, la masturbaba furiosamente durante unos segundos para a continuación detenerme y acariciarla suavemente, después otra vez rápido, luego lento, rápido, lento… así hasta que se corrió.

 

¡UUUMMMMMM! ¡DIOSSSSSS! – jadeaba Marina.

 

Mientras se corría, clavé cuatro dedos dentro de ella, separándolos un poco para abrir bien su coño. Mi mano estaba completamente empapada, así que se deslizaba en su interior deliciosamente, produciendo un excitante chapoteo al moverse.
Por fin, Marina terminó, y dejándose caer hacia atrás, quedó tumbada sobre la cama, a mi lado, con mis dedos aún jugueteando en su coño.
Nos quedamos así un par de minutos, sin hablar. Yo saqué la mano de debajo de su camisón y la llevé a mi nariz, oliéndola. El perfume de mi hermana es uno de los más exquisitos que he catado nunca, os lo aseguro.
Llevé la mano a mi falo, que estaba tieso como un mástil y extendí aquellos jugos de hembra sobre él, empapándolo. Estaba loco porque Marina me devolviera el favor, pero ella no estaba por la labor.
Se incorporó en la cama, sudorosa y jadeante. Me miró mientras yo me sobaba la polla, esperando que ella se hiciera cargo de la función, pero para mi decepción, se puso en pié y recogió su bata y sus bragas.

 

¿Adónde vas? – dije alarmado.
A mi cuarto – respondió.
No, no puedes… – dije – ¿Y yo?
Lo siento, yo ya he cumplido mi parte del trato.
Pero, yo creía que tú ya… que habías comprendido que…
Sí, tienes razón – dijo – Pero aún no estoy preparada para ir más allá. Tengo muchas cosas en qué pensar…
Pero…
Lo siento – concluyó Marina.

 

Resignado, no me quedó más que tratar de ser amable.

 

De acuerdo Marina – dije – Haz lo que creas mejor, porque lo que te he dicho es verdad. Yo sólo quiero que seas feliz y que lo pases bien. Y cuando estés preparada… aquí me tienes.

 

Y por primera vez en muchos meses, mi hermana me dirigió una auténtica sonrisa. Y se fue sin decir nada más.
Y allí me quedé yo, como se dice, compuesto y sin novia, o más bien empalmado y sin chica. Pero aún me quedaba la mano ¿verdad? Así que concluí la velada cascándome una paja con la izquierda (algo no muy habitual, pues soy diestro), pues la derecha estaba pegada a mi nariz, oliendo los aromas de lo que pudo haber sido una noche inolvidable.
Por desgracia, tanta agitación nocturna hizo que por la mañana recayera un poco en mi enfermedad. Así que aún tuve que pasar unos días más en cama.
Al día siguiente, mi madre se enfadó bastante con Marina por haber abandonado su puesto, y aunque yo intercedí por ella, diciéndole que yo la había obligado a marcharse, no conseguí que se librara de un castigo, teniendo que encargarse de un montón de tareas de la casa. Pero a Marina no le importó, pues esa mañana la vi más contenta que de costumbre.
En definitiva, tuve que permanecer encerrado en mi cuarto otros dos días, así que, cuando por fin salí, más que un chico era un animal en celo.
Pero para mi desgracia, ninguna de las chicas quería saber nada de mí. Bueno, no es eso exactamente, lo que pasaba es que todas estaban preocupadas por mi enfermedad y no querían que yo hiciera nada que supusiera un esfuerzo para evitar otra recaída, por lo que todas intentaban evitarme.
Así que durante un par de días, yo me pasaba el día tocando culos, rozándome con las criadas, metiéndoles mano por sorpresa, pero no saqué nada en limpio con ninguna, pues todas me decían que me tranquilizara, que no eran buenos los sofocos después de un resfriado. Incluso Dickie, con lo zorra que era, no me dio ningún juego, por lo que las clases se me hacían eternas.
En esos días me hice más pajas que en toda mi vida, creo. Era un asco, todas aquellas hembras disponibles y ninguna dispuesta.
Al menos, mi madre se relajó ostensiblemente en cuanto estuve otra vez en pié. Ya no tenía que preocuparse por mí, así que se la veía más contenta y relajada.
Como digo, yo andaba loco por echar un polvo y cuando ya desesperaba de conseguir algo, la solución llegó de fuera, de la mano de una vieja conocida.
Era por la tarde, las cinco o así, cuando un carro llegó a la casa. Yo en ese momento estaba cerca de la puerta principal, así que cuando llamaron, fui a abrir.
Ante mí había un hombre cuya cara me sonaba, aunque al principio no le reconocí.

 

Buenas tardes – dijo el caballero – Soy Agustín Robles, traigo a mi hija para la clase de equitación.
Buenas tardes – respondí yo – Pase usted, por favor.

 

Entonces vi que tras él había una preciosa pelirroja, vestida con ropa de montar.

 

¡Noelia! – exclamé – ¡Cuánto tiempo!

 

Noelia me miró, avergonzada, recordando sin duda nuestro anterior encuentro. Sucios pensamientos se apoderaron de mi mente.

 

Hola – dijo ella azorada.

 

Con educación, conduje a la pareja hasta el salón, donde les invité a tomar asiento.

 

Bien – dije – ¿Será tu primera clase o ya has montado antes?
No, no, es su primera vez – intervino su padre contestando por ella.
Comprendo. ¿Y ya han hablado con mi abuelo?
Sí, él nos dijo que viniéramos hoy.
De acuerdo. Bueno, Noelia, si es tu primera clase, probablemente me encargaré yo de ella.
¿Tú? – dijo el padre sorprendido – ¿No eres un poco joven? Puede ser peligroso.
¡Ah, no se preocupe! – dije entusiasmado – Soy muy buen jinete, pero de todas formas yo no voy a darle clase de montar. Verá, en las primeras clases intentamos que los alumnos se familiaricen con los animales y su entorno. Ya sabe, limpiarlos, alimentarlos y sobre todo, quitarle el miedo al alumno, pues los caballos, desde cerca, impresionan un poco. ¿Has montado antes, Noelia?
No, nunca – respondió en voz baja
Sí, es una idea nueva que se le ha ocurrido. Su amiga Lidia le contó que estaba recibiendo clases aquí y Noelia comenzó a insistir en que la dejáramos venir.
¿Lidia? – dije intentando recordar – ¡Ah, sí! ¡Lidia! Él y su hermano son alumnos nuestros. De hecho, yo les di sus primeras clases.

 

Así que Noelia ya sabía que yo iba a ser su maestro ¿eh? Vaya, vaya, la cosa prometía…

 

Bueno, si me disculpan un segundo, voy a buscar a mi abuelo, él les dará más detalles. Antes de irme, ¿desean tomar algo?
No, no gracias – dijo el padre.
¿Y tú, Noelia? ¿Una limonada?
Bueno… – dijo indecisa – Una limonada estaría bien.
De acuerdo, enseguida te la traigo.
Espera – dijo Agustín – Noe tiene razón, me apetece limonada. Hace calor.
Dos limonadas entonces. Un segundo.

 

Salí presuroso de la habitación, estaba nervioso ante la oportunidad que se me presentaba. Lo peor era que tenía que convencer a mi abuelo de que ya estaba lo suficientemente recuperado como para poder dar la clase; bueno, ya se me ocurriría algo.
Primero fui a la cocina, donde le pedí a Luisa que mandara a alguien con la limonada. Después fui en busca de mi abuelo. A la hora que era, seguramente ya se habría levantado de la siesta, así que fui directamente a su despacho. La puerta estaba cerrada, así que llamé antes de entrar.
Escuché cierto revuelo en el interior del cuarto, lo que me confirmó que el abuelo estaba allí, así que volví a llamar.

 

¿Quién es? – dijo mi abuelo con un tono un tanto raro.
Soy yo abuelo.

 

Sin dar más tiempo, abrí la puerta y penetré en la habitación. El abuelo estaba sentado frente a su mesa y noté por su expresión que estaba un tanto azorado.

 

¡Ah! Hola, Oscar. ¿Qué querías?
Hola, abuelo. Verás… Oye, ¿te pasa algo? – dije viendo su rostro un tanto alterado.
No… Nada, nada. ¿Qué querías?
Verás… Ha venido el señor Robles con su hija para su primera clase.
¡Uf! ¡Es verdad! – dijo mi abuelo – No me acordaba. ¿Están abajo?
Sí, en el salón grande.
Vale, ve y diles que estoy con ellos en cinco minutos.

 

Aquello me extrañó, pues mi abuelo era muy educado y no solía hacer esperar a la gente.

 

¿Y por qué no vienes ya? – pregunté.
Es que… Estoy terminando unas cuentas y me voy a liar si paro. Vete, vete, que enseguida voy.

 

Entonces noté algo. La mesa del abuelo era en realidad un escritorio, con cajones a un lado y eso. En medio tenía un hueco para meter las piernas; pero por delante ese hueco estaba tapado, pues la mesa llegaba hasta el suelo, bueno, casi hasta el suelo pues faltaban un par de centímetros. Y bajo ese par de centímetros vi un trozo de tela que reconocí al instante. Era el borde de una falda.
Justo cuando la vi, la tela volvió a introducirse bajo la mesa, sin dejar rastro. Comprendí lo que sucedía, había pillado al abuelo en plena limpieza de sable, bajo la mesa estaba alguna de las criadas, muy quieta y callada para que yo no notara su presencia. Por eso estaba tan inquieto el abuelo. Decidí sacar provecho de la situación.

 

Oye abuelo…
¿Sí?
Mira, ¿te importa si le doy la clase yo a la señorita Robles? Ya me encuentro perfectamente y procuraré no hacer esfuerzos.
No sé, Oscar, has estado muy enfermo.
Venga ya, si sólo ha sido un resfriado. Y ahora estoy perfectamente. Además, tú ahora estás muy ocupado, así que es mejor que me encargue yo.

 

Mi abuelo me miró extrañado, comenzaba a sospechar por donde iban los tiros.

 

¿Y si te pones malo?
Te prometo que no haré esfuerzos, sólo le daré instrucciones. Venga, abuelo, que Noelia es amiga mía y me gustaría enseñarla yo.
Noelia, ¿eh? – dijo mi abuelo sonriendo – Comienzo a entender tanto interés.
Sí, Noelia – dije yo – Además, si no me dejas, voy a quedarme aquí dándote el coñazo hasta que me des permiso.

 

Mientras decía esto, miré hacia la mesa, lo que hizo que mi abuelo retomara su expresión seria.

 

Bueno, vale, como quieras, pero vete de una vez – dijo bastante seco – No hagas esperar más al señor Robles. Yo voy enseguida.
Vaaale – asentí triunfante – Ya me voy.

 

Salí del despacho y cerré la puerta tras de mí. En cuanto lo hube hecho, pegué mi ojo a la cerradura, ansioso de comprobar quien era la víctima de mi abuelo en esta ocasión.
Por desgracia, como la mesa quedaba al fondo del despacho, no podía verla desde la cerradura, así que no me quedó más remedio que pegar la oreja a la madera. Lo que oí me dejó helado.

 

¿Cómo se te ocurre darle permiso? Sabes que podría ponerse enfermo otra vez.

 

La inconfundible voz de mi madre resonó enfadada en el cuarto. Me quedé paralizado, si llegan a abrir la puerta, me habrían pillado seguro, pues no habría tenido fuerzas para huir.

 

El chico está ya bien, además, sólo va a enseñarle los establos y eso.
Pero…
¡Pero nada! ¡Y termina de una vez, puta, que me están esperando!

 

Aquel tratamiento a mi madre me indignó, pero extrañamente, me excitó a la vez. Entonces comencé a escuchar sonidos de chupetones y jadeos, lo que me calentó más todavía. ¡Menuda zorra era mi madre!

 

Así, puta, así… Hasta el fondo – oía gemir a mi abuelo.

 

Por mi mente pasaron como un rayo un montón de recuerdos. Mi madre en el baño, masturbándose tras una insatisfactoria sesión de sexo con mi padre, las insinuaciones de mi abuelo… En ese instante decidí que mi madre también sería mía, pero aún tenía que pensar cómo.
Con la cabeza dándole vueltas al asunto, regresé al salón, donde me esperaban los Robles bebiendo limonada fría. Luisa había traído una jarra entera con vasos, así que yo también me serví uno, sentándome en una silla.

 

Mi abuelo vendrá en unos minutos. Estaba terminando unos papeles y me ha pedido que le disculpen por el retraso.
¡Ah, no tiene importancia! Aquí se está muy bien – dijo el padre de Noelia.

 

Conversamos durante un rato, de las clases y eso. Le suministré detalles de los ejercicios habituales, de las horas de clase y hablamos un poco sobre los caballos, decidiendo cual sería el más apropiado para Noelia. De vez en cuando, yo echaba miradas disimuladas a la pelirroja, y cuando su padre no se daba cuenta, le guiñaba un ojo, lo que hacía que su rostro estuviera permanentemente del mismo color que su cabello.
Por fin apareció el abuelo, con una gran sonrisa en los labios. ¡Qué cabrón! Saludó efusivamente al señor Robles y alabó lo guapa que era Noelia, dirigiéndome una mirada cómplice.
Arregló los detalles que faltaban con Agustín, poniéndose de acuerdo en cuanto a tarifas y horarios. Entonces les confirmó que, efectivamente, yo daría las primeras clases a la chica.

 

Bueno – concedió el padre de Noelia – Si usted dice que no hay peligro…
No, no… – dijo mi abuelo – Ningún peligro. Ya le he dicho que al principio no va a montar a caballo. Sólo se trata de que sepa cómo cuidarlos, y quitarle el miedo. No se preocupe.
Bueno… ¿Y a qué hora paso a buscarla?
¡Ah! No se preocupe por eso – dijo mi abuelo – Verá, las clases normales duran una hora y media, dos a lo sumo, pero estas iniciales son distintas, pues es bueno que el alumno se familiarice totalmente con los animales, por lo que la duración de la clase… no se sabe a priori.

 

¿De qué estaba hablando el abuelo? Entonces comprendí que lo hacía por mí, para quitar de en medio al padre y para que dispusiera de todo el tiempo necesario. Discretamente, miré al abuelo sonriéndole.

 

¿Entonces? – inquirió el padre.
Verá. Mi criado Nicolás se encargará de llevarla a casa cuando acabe en mi coche. Así no tendrá usted que estar pendiente de venir a recogerla.
¡Oh, no por Dios! ¡No se tome tantas molestias! – dijo Agustín.
Si no es molestia. Además, Nico tiene que ir luego al pueblo y su casa pilla de camino ¿verdad?
Sí, pero…
Pero, nada. Ya está decidido. No voy a hacer menos por un amigo.

 

Y con eso quedó zanjado el tema.
Yo estaba impaciente por quedarme a solas con Noelia, y por las miraditas disimuladas que ella me echaba, notaba que a ella también le apetecía. Pero aún teníamos que enseñarle las instalaciones a su papá, así que nos fuimos los cuatro de camino a los establos. Les mostramos el sitio, contestando a sus preguntas. Yo estaba cada vez más inquieto; los sucesos con mi madre llenaban mi mente y mantenían mi excitación en su punto álgido. Sólo deseaba que se fueran ya y me dejaran solo con la potrilla.
Por fin, tras unos minutos eternos, llegamos al último punto del recorrido turístico: el corral.

 

Mira – le dije a Noelia – Esa yegua marrón será tu montura.
¿La de la mancha blanca en la frente? – inquirió Noelia.
Sí, esa.
¿Cómo se llama?
Se llama Sonia. Ya verás que es muy tranquila y dócil. Pero no esperes correr mucho con ella – reí.

 

Mi abuelo, notando ya mi impaciencia, me echó un cable.

 

Bueno, si no tiene más preguntas, debo volver a mis quehaceres.
No, no. Todo está bien – dijo Agustín – Si no le importa le acompaño a la casa. Mi carro está allí.
Bueno, pues vamos. Hasta luego Noelia. Que lo pases muy bien – dijo mi abuelo con doble sentido.
Adiós cariño – dijo Agustín besando a su hija en la mejilla – Pórtate bien y haz todo lo que Oscar te mande ¿de acuerdo?
¡Ojalá! – pensé.

 

Ella asintió con la cabeza.
Nos quedamos los dos allí juntos, junto a la cerca del corral, observando cómo los dos adultos se alejaban. Yo fui el primero en hablar.

 

Bueno, bueno. Ya estamos solos.

 

Noelia enrojeció vivamente.

 

Así que has pensado en mí ¿eh? – dije de pronto.
Yo no he pensado en ti – respondió ella.
¿Ah no? Pues yo creo que Lidia te dijo que yo daba las clases y que tú decidiste venir a que te las diera ¿verdad?
No.
¿No? Vaya, perdona entonces. Comencemos con la clase.

 

Noelia me miró sorprendida. Sin duda esperaba que yo continuara con mi ataque, no se esperaba esa falta de interés.

 

Ven por aquí. Vamos al establo.

 

La conduje al interior del edificio, que estaba bastante bien iluminado, pues en la parte superior, cerca del techo, había unas grandes ventanas abiertas, para ventilar el lugar. Durante un rato estuve explicándole qué eran cada uno de los arreos que había en los estantes del fondo. Ella atendía con atención, pero yo notaba que me miraba más a mí que a lo que yo le enseñaba, expectante de ver qué era lo que iba yo a hacer.

 

Oye, ¿puedo hacerte una pregunta? – dije de repente.
Vale – contestó ella tensándose notablemente.
Después de que te fueras, el otro día en el tocón.
………..
¿Volviste después a echar un vistazo?
¡No! – exclamó.
¿Seguro? ¿No eras tú la que estaba tras un árbol mientras yo hablaba con Brigitte?
¡No! – repitió nerviosa.
¡Ah! Me habré confundido.

 

Y seguí con la explicación, desconcertándola todavía más. Seguí con la clase, y minutos después volví a atacar.

 

Oye, ¿recuerdas lo que hicimos en el tocón?
Sí.
¿Te gustaría volver a hacerlo?

 

Ella dudó unos segundos, antes de responder.

 

No.
Venga, no seas tonta. El otro día querías que te enseñara a besar, pero como te fuiste disparada.
¡Es que me hiciste tocar tu…! – exclamó con el rostro encendido.
¿Mi qué? – inquirí juguetón.
Tu, tu… Ya sabes.
No. Dilo.
No quiero.
Bueno. Como quieras. Es una pena. Ya sabía yo que eras demasiado cría. Qué se le va a hacer…
¡Yo no soy una cría! – dijo enfadada.
¿No? ¿Y entonces por qué no quieres besarme?
¡Porque no!
¿Es que no te gusto?
No – dijo tras unos segundos.
Pues es una pena, porque tú me gustas mucho a mí. Creo que eres muy bonita.

 

Ella se quedó callada unos segundos, juzgando si yo hablaba en serio o no.

 

¿De verdad crees que soy bonita? – dijo melosa.
Pues claro. Eres preciosa.
Mentiroso. Tengo toda la cara llena de manchas. Yo no soy bonita.
Lo que eres es un poco tonta – dije sorprendiéndola – ¿Qué es esa tontería de las manchas? Lo que tienes son pecas y la verdad es que te quedan muy bien. Le dan a tu rostro un toque exótico, diferente. Te digo en serio que eres muy guapa.
Gracias – dijo ella avergonzada.

 

Tras dudar unos segundos me dijo:

 

Tú también eres guapo.
¡Vaya, gracias! Me alegro de gustarte.
De nada.
Oye, Noe.
¿Sí?
Si te gusto… ¿Por qué no me das un beso?

 

Ella, muy cortada, en vez de contestar acercó su rostro a mí y me dio un rápido beso en los labios.

 

Así, no, tonta. Como el otro día, como lo hacen los mayores.
Es que…
Venga, no me digas que te da vergüenza.
No, no es eso… – respondió, aunque estaba claro que era justo eso.
Vamos, no seas tonta. Mira, cerraré los ojos.

 

Lo hice y entonces Noelia se abalanzó sobre mí, besándome. Me sorprendió un poco que lo hiciera tan deprisa, sin dudar ni un instante, y todavía me sorprendió más que su lengua se introdujera sinuosa entre mis labios. La chica había aprendido mucho.
Tras morrearnos unos segundos, nos separamos, mirándonos.

 

Vaya, vaya – dije sonriendo – Me parece que tú has practicado un poco…
No sé de qué hablas – dijo entornando los ojos.
Sí, sí… disimula – dije – Pero a mí no me engañas.

 

Diciendo esto, llevé mis manos a sus costados, comenzando a hacerle cosquillas. Ella comenzó a retorcerse de risa, tratando de escapar de mis manos, pero yo desde luego no estaba dispuesto. Mientras le hacía cosquillas, procuraba rozar descuidadamente las partes prominentes de su anatomía. Ella se dio cuenta y trató de zafarse, pero sin quejarse en absoluto. Entonces, tropezó y caímos los dos sobre un montón de paja, riendo como locos.

 

Eres un guarro – dijo ella riendo.
¿Por qué? – respondí yo, simulando sorpresa.
Me has tocado.
¿Yooooo? ¿El qué te he tocado?

 

Ella, en vez de responder, se señaló las tetas con un dedo, con una sonrisilla maliciosa en los labios.

 

¿Esto? – dije mientras posaba una mano directamente sobre su pecho.
¡Ay, quita! – dijo ella forcejeando sin fuerza, sin tratar de apartarme realmente.
¿Por qué? – inquirí, comenzando a sobarla por encima de la ropa.

 

Sin dejarla responder, acerqué mis labios a los suyos y la besé. Ella respondió sin dudar, entreabriendo los labios para que, esta vez, fuera mi lengua la que buscara la suya. Mientras nos besábamos, mi mano fue tirando de los faldones de su camisa, sacándolos del la cintura de su pantalón. Cuando lo hube logrado, metí la mano por debajo, y deslizándola sobre su estómago, llegué hasta sus pechos, cubiertos por el sostén.
Ella se apartó de mis labios, mirándome fijamente pero dejándome hacer. Yo la miraba directamente a los ojos, mientras amasaba sus tetas con deleite.

 

Noelia, en serio. Se nota que has practicado.

 

Ella apartó la vista, avergonzada.

 

Vamos, no seas tonta. Cuéntamelo.
No – respondió.
¿Seguro?

 

Separé mi mano de su pecho y la llevé a su costado, donde comencé a hacerle cosquillas de nuevo, esta vez directamente sobre la piel. Resultó que la chica tenía unas cosquillas muy intensas, por lo que comenzó a retorcerse como una serpiente, riendo mientras se le saltaban las lágrimas. Yo seguí torturándola, a dos manos ahora, hasta que por fin, entre risas, accedió a confesar.

 

Vale, vale, te lo digo.
Habla – sentencié – O te torturaré de nuevo.

 

Nos quedamos los dos quietos, ella tumbada boca arriba y yo echado a su lado, con las manos perdidas bajo su camisa.

 

Mi primo Carlos me enseñó.
¿Tu primo? – dije sorprendido.

 

Noelia asintió con la cabeza.

 

Vaya, vaya. Tu primo. ¿Y qué más hiciste?
Nada. Sólo nos besamos.
¿En serio? ¿No trató de tocarte aquí? – dije apretando sobre su pecho.
No, tonto – dijo ella riendo.
¿Ni aquí?

 

Al decir esto, saqué la mano de debajo de su ropa y la posé en su entrepierna, presionando por encima del pantalón.

 

¡Ay! ¡Guarro! – exclamó Noelia, pero no se apartó.

 

Yo comencé a frotar su pubis por encima de la ropa, presionado levemente. Ella se movía, nerviosa.

 

¿Te gusta esto?
Sí – respondió ella asintiendo con la cabeza.

 

Yo me eché sobre ella, volviendo a besarla, quedando mi mano atrapada entre nuestros cuerpos. Estábamos morreándonos con intensidad, cuando se oyó un sonoro relincho proveniente del exterior, de detrás del establo. Era mucho más intenso que los habituales, diferente. Yo sabía por qué.
Noelia se apartó, quedándose muy quieta, atenta a los sonidos que venían de fuera, pues se escucharon también voces de personas.

 

¿Qué ha sido eso? – preguntó algo nerviosa.
Un caballo.
Ya lo sé tonto. Pero ¿qué le pasa? Parece que le dolía algo.
No es dolor exactamente – dije yo.
¿Qué quieres decir?
Verás… Es un semental en celo. Debe estar a punto de cubrir a una hembra.
¿Cómo? – exclamó sorprendida.
Que va a cubrirla, a dejarla preñada.

 

Noelia se incorporó, quedando de rodillas sobre la paja. Miraba hacia la pared del fondo, como si quisiera atravesarla con la mirada. Yo pensé que aquello podía venir muy bien a mis planes, así que le dije:

 

¿Quieres verlo?

 

Ella negó vigorosamente con la cabeza.

 

No, que si se entera mi padre, me mata.
No te preocupes, al fondo hay una trampilla que usamos para meter el heno. Podrás mirar sin que te vean. Además, es una lección que debes aprender sobre los caballos.

 

Noelia no respondió nada, así que como quien calla otorga, decidí conducirla hasta la trampilla. Poniéndome en pié, la ayudé a levantarse ofreciéndole mi mano. Estaba muy guapa, con los faldones de la camisa colgando por fuera del pantalón y el pelo revuelto y lleno de paja.
Llevándola de la mano, la conduje hasta el fondo del establo, hasta una trampilla que quedaba medio camuflada por los tablones, justo encima de un montón de paja. Con cuidado, descorrí el cerrojo y abrí un poco la trampilla. Efectivamente, fuera estaban Antonio y Juan, con una yegua y uno de los sementales.
Antonio sujetaba a la yegua por la brida, manteniéndola quieta. Mientras, Juan acercaba al macho, agarrando la cuerda que lo sujetaba con guantes, pues si el caballo daba un tirón, podía muy bien herir una mano desnuda. El semental relinchaba excitado, con los ollares dilatados, olisqueando a la hembra en celo.
Con un gesto, indiqué a Noelia que se acercara. Ella obedeció, y se asomó a la abertura de la trampilla, quedando pegada a mí. Al mirar al exterior, sus ojos se abrieron como platos, fijos en el enorme pedazo de carne que colgaba bamboleante entre los cuartos traseros del caballo.

 

¡Oh! – exclamó sorprendida, tapándose la boca con las manos.

 

El macho volvió a relinchar, excitado, tratando de acercarse a la hembra, que movía las patas, inquieta. Pero Juan no se lo permitía, pues la verga del caballo aún no estaba lista del todo, aunque al ritmo que crecía, no tardaría demasiado. Mientras, Antonio colocó un trozo grande de cuero sobre el cuello de la yegua.

 

¿Para qué es eso? – susurró Noelia sin apartar la mirada de los animales.
Verás, el macho mientras monta a la hembra, suele morderla en el cuello. El cuero es para impedir que le haga heridas.
¿En serio? – dijo Noelia asombrada.
Sí, así.

 

Me pegué a ella por detrás, y apartando su cabello con la mano, comencé a besarle con dulzura la nuca, dándole tiernos mordisquitos. Con la otra mano acaricié sus pechos sobre la ropa, mientras pegaba mi polla, ya enhiesta, contra su trasero. Noelia no ponía ningún impedimento a mis avances y seguía contemplando ensimismada a los animales.

 

¡Oh! – exclamó de pronto.

 

Alcé la mirada y me asomé por la trampilla, sin dejar de meterle mano a la chica. Vi entonces que el macho ya había apoyado las patas delanteras sobre el lomo de la yegua, y trataba sin éxito de clavarle la verga en la grupa. Yo, besándole la oreja a Noelia desde atrás, contemplaba excitado la escena, y, decidido a que Noelia no escapase virgen de allí, metí mis manos de nuevo bajo su camisa, liberando sus pechos del encierro del sostén.
Empecé a toquetear entonces sus senos ya desnudos, jugueteando con mis dedos en sus pezones, duros y al rojo vivo.

 

¡Aaaahhh! – un delicioso gemido escapó de los labios de la chica.

 

Yo, por toda respuesta, seguí lamiéndole el lóbulo de la oreja, apropiándome de sus pechos.

 

¡Mierda de caballo! ¡Será gilipollas!

 

La voz de Juan resonó estridente en el exterior. El semental, en su excitación, no acertaba a penetrar a la yegua, así que Juan se veía obligado a actuar de mamporrero.

 

¿Qué hace? – jadeó Noelia sin perderse detalle.
Tiene que ayudar al animal, pues no acierta a meterla – le susurré al oído.

 

Fuera, Juan se arremangó la camisa, echando pestes por la boca. Entonces, su mano enguantada agarró la verga equina, y hábilmente, la apoyó en la entrada de la yegua. El caballo, encabritado, comenzó a penetrarla sin dudar, relinchando como loco, mientras la yegua respondía con sus propios sonidos.
Comenzó entonces a empujar, moviendo rápidamente los cuartos traseros. Eran tales sus embates, que la yegua avanzaba por el patio, con el macho bombeándola furioso desde atrás. Efectivamente, el macho estiró el cuello y comenzó a morder a la hembra en el cuello, lo que le produjo relinchos de dolor a pesar del cuero protector.
Noelia los miraba embobada, siguiendo con los ojos las maniobras de los animales, apenas sin enterarse de lo que yo hacía. Aquello me molestó un poco y decidí hacerle notar mi presencia.
Hábilmente, desabroché la hebilla de su cinturón y abrí los primeros botones del pantalón, permitiéndome así acceder a su entrepierna. Sin perder un segundo, metí una mano bajo al cinturilla de sus bragas, y engarfié los dedos sobre su coño. Aquello sí que lo notó. Dando un bufido, dobló el cuerpo hacia delante, de forma que mi polla se aplastaba aún más contra su trasero. Sus manos quedaron agarradas al borde de la trampilla, evitando que cayera al suelo, mientras pugnaba para estirar el cuello y seguir mirando lo que pasaba fuera.
A mí me importaban un huevo ya los caballos, sólo quería tirarme a aquella chavala, así que seguí con mis maniobras, comenzando a masturbarla con una mano mientras con la otra sobaba sus pezones. Clavé con fuerza mis dedos en su interior y aquello fue demasiado para el frágil cuerpo de Noelia, que soltándose del borde de la trampilla, fue dejándose caer hasta quedar de rodillas en el suelo, deslizando las manos por la pared, mientras yo seguía agarrado a ella como una garrapata.
Estábamos de rodillas ambos, entre la paja, yo detrás de ella, sobándola con fuerza. Entonces, me dejé ir hacia atrás, quedando tumbado boca arriba, arrastrándola a ella, de forma que quedó tumbada sobre mí. Seguí metiéndole mano con lujuria, sintiendo su delicioso peso sobre mi cuerpo. Ella arqueaba la espalda, sintiendo mis dedos jugueteando en su interior, gimiendo y jadeando desesperada.
Torció entonces el cuello, buscando mi boca con sus labios, y yo respondí encantado, entrelazando nuestras lenguas. Seguí masturbándola cada vez más deprisa, cada vez más rápido, y ella me indicaba que le encantaba moviendo su lengua más veloz, suspirando más alto.
Liberé sus pechos de mi mano, y la metí también dentro de su pantalón, apoderándome de su clítoris con ella. Así, mientras la penetraba con los dedos de una mano, su clítoris era frotado y acariciado por la otra.
No tardó ni un minuto en correrse. Al hacerlo, gimió excitada en mi boca, sin dejar de besarme. Apoyando los pies en el suelo, arqueó la espalda muchísimo, quedando su cuerpo curvado, como si fuese un puente. Aquella chica era muy elástica. Por fin, se derrumbó extenuada sobre mi cuerpo, dejándose caer de golpe, lo que me dejó sin resuello.
Jadeante, giró el cuerpo hasta bajarse de encima mío, quedando tumbada de costado, a mi lado.
En otras circunstancias la habría dejado descansar unos segundos, para que se recuperase, pero aquel día yo llevaba mucho tiempo sin follar, y ya no podía más. Empujándola, hice que quedara tumbada boca arriba, y rápidamente, abrí los botones de su camisa, dejando su torso desnudo. A continuación, repetí el proceso con los botones que aún quedaban cerrados en su pantalón y tironeando, los deslicé por sus muslos, arrastrando a la vez las bragas. Ella se dejaba desnudar, inerte, como una muñeca rota, sin colaborar, pero sin poner obstáculos.
Sólo le quité una bota, sacando una sola pernera del pantalón, dejándole la otra puesta. Las bragas, simplemente las arranqué de un tirón, destrozándolas, y arrojando los restos a un lado. La contemplé entonces, encabritado como el semental que había afuera, resoplando excitado.
Era la primera vez que veía un chochito pelirrojo y la verdad es que me gustó mucho. Noelia no tenía mucho vello en esa zona, pero el que tenía era muy rizado, muy juguetón. El pelo estaba brillante, empapado de sus propios jugos y los labios se veían dilatados, hinchados por la paja que acababa de hacerle.
Con rapidez, me abrí los botones de mi propio pantalón y extraje mi polla, rezumante de líquidos preseminales, a punto de estallar. Sin muchos miramientos, la apoyé en la entrada de su coño, y lentamente la deslicé en su interior.
Noelia sólo balbuceaba palabras ininteligibles, mientras mi polla iba hundiéndose en ella. Al principio penetró sin problemas, deslizándose en aquel lubricado coño, pero entonces noté cierta resistencia, un estrechamiento, pero a esas alturas yo ya no estaba para melindres, así que empujando, se la clavé hasta el fondo.

 

¡Ayyyy! – se quejó Noelia, llevando sus manos a mi cuello y abrazándome ferozmente.
¡Hala! ¡A tomar por saco el virgo! – pensé.

 

Enfebrecido, comencé a penetrarla con fuerza, bombeando como un poseso. Apoyé las manos en el suelo, entre la paja, y seguí empujando velozmente, resoplando como un caballo.
Noelia gemía y jadeaba, yo pensaba que lo estaba pasando bien, pero al mirar a su rostro, vi que había lágrimas en sus ojos.

 

¡Dios mío! ¿Qué estoy haciendo? – pensé.

 

Alarmado, se la saqué de dentro y me dejé caer a su lado, acariciándole el rostro.

 

¡Oh, Dios! Lo siento Noelia, ¿te he hecho daño? – dije preocupado.

 

Ella abrió los ojos, llorosos y asintió con la cabeza.

 

Un poco – susurró.
Lo siento, de veras, no sabes cuanto lo siento – dije – No sé, eres tan hermosa… Perdí la cabeza.
No… No te preocupes – dijo ella – También me estaba gustando.

 

Miré hacia abajo y vi un poco de sangre surgiendo de su vagina. Incluso mi pene estaba algo manchado, lo que me revolvió el estómago.

 

¡Oh, mira! Si has sangrado y todo.

 

Ella miró hacia abajo y una tenue sonrisa se dibujó en sus labios.

 

No te preocupes – dijo acariciándome una mejilla con la mano – Creo que es normal.
Sí, sí que lo es. Pero eso no es excusa. Yo sabía que eras virgen y no te he tratado bien – dije azorado de verdad – Lo siento.

 

Ella se incorporó, sentándose y me dio un quedo beso en los labios.

 

¿Hay algún sitio donde pueda lavarme? – inquirió.

 

Levantándome, la ayudé a que se pusiera en pié. Así, los dos medio desnudos, caminamos hacia un lado del establo, donde había un depósito de agua. Allí nos aseamos un poco, eliminando los restos de sangre. Noelia se quitó los pantalones por completo, para poder lavarse bien. Después, regresamos al montón de paja, junto a la trampilla.

 

Lo siento de veras – dije compungido – Debí tratarte mejor.
Ya te he dicho que lo olvides. Yo ya sabía que la primera vez duele un poco.
¿Y te ha dolido mucho? – pregunté.
Bueno… Cuando empujaste… sí, bastante. Estuve a punto de gritar.
Lo siento – repetí.
Pero después, poco a poco, el dolor fue remitiendo, y cada vez me gustaba más y más.
¿En serio?
Sí – dijo Noelia con los ojos brillantes.

 

Nos quedamos en silencio, mirándonos. Entonces, sus ojos fueron hasta mi entrepierna, que había perdido parte de su erección.

 

Bueno, no vamos a dejarte así ¿no? – dijo juguetona.
No, Noelia, olvídate de mí. No te preocupes.
¿Y por qué habría de hacerlo?

 

Se acercó a mí a cuatro patas, con sus juveniles pechos colgando entre los pliegues de su camisa. Besándome, hizo que volviera a tumbarme boca arriba sobre la paja y ella se echó a mi lado, de costado. Deslizó un brazo bajo mi espalda y recostó su cabeza en mi pecho, quedando los dos tumbados.
Yo no me atrevía a hacer nada, dolido todavía conmigo mismo por haber perdido la cabeza de esa manera. Yo no esperaba nada, no quería volver a hacerle daño, pero Noelia tenía otros planes.
Deslizó la mano que le quedaba libre por mi pecho, bajando por mi estómago. Cuando llegó a mi ingle, un estremecimiento me sacudió, y noté que mi polla comenzaba a despertar. Sin dudarlo, la manita de Noe se apropió de mi incipiente erección, y comenzó a acariciarla de arriba abajo mientras ésta adquiría volumen.
Cuando estuvo suficientemente dura, comenzó a pajearla lentamente, ciñéndola con la mano. Yo cerré los ojos y me dediqué a disfrutar, contento de al menos obtener ese alivio.

 

Esto también se lo hice a mi primo – me susurró Noelia al oído.

 

Abrí los ojos y vi que sonreía. Instintivamente, la besé mientras ella no dejaba de agitar mi pene. Estuvimos a sí un par de minutos, hasta que mi polla recobró su máxima extensión, con la cabeza escarlata asomando.
Entonces, Noelia se echó para atrás, tumbándose boca arriba, pero sin soltar mi polla. Tirando de ella hacia si, hizo que yo me incorporara, quedando de costado junto a ella. Separó entonces sus piernas, ofreciéndome su coño en bandeja.

 

No sé, Noelia – dudé – No quiero hacerte daño.
No seas tonto – insistió ella – Ya te he dicho que ya no me dolía.
¿Estás segura?
Síiiiii.

 

Con cuidado, me situé entre sus piernas y agarrando mi polla con la mano, la coloqué entre sus labios vaginales, justo a la entrada de su coño. La miré a los ojos y ella me devolvió la mirada, asintiendo levemente con la cabeza. Convencido, volví a penetrarla, más despacio esta vez.

 

¡AAAAAAHHHHH1 – gimió ella.
¿Te ha dolido? – pregunté preocupado.

 

Ella negó con la cabeza, con los ojos fuertemente cerrados. No vi rastro de dolor en su expresión, sólo placer y algo de nerviosismo.
Con cuidado, comencé a moverme en su interior. Ella me abrazaba el cuello, con fuerza, sus senos apretados contra mi pecho. Seguí empujando, tratando de no hacerle daño, pero mi excitación no entendía de tantas florituras, así que empecé a moverme cada vez más fuerte, resoplando excitado.

 

¡Ummm! ¡Uuummmm! – gemía Noe.

 

Yo empujaba y empujaba, con la cabeza cada vez más ida, arrancándole gemidos cada vez más altos.

 

¡Espera, espera! – jadeó ella – Un poco más despacio.

 

Preocupado, me detuve por completo, y entonces se me ocurrió una idea. Con cuidado se la saqué de dentro, tumbándome boca arriba a su lado.

 

Espera – protestó ella – No la saques.
Shissst. Tranquila. Vamos a probar otra cosa. Ven.

 

Tirando de ella, hice que se incorporara.

 

Ponte tú encima, así marcarás tú el ritmo y no volveré a hacerte daño.

 

Noelia, comprendiendo por fin mis intenciones, pasó una pierna sobre mí, sentándose a horcajadas sobre mi ingle.

 

Levanta el trasero – le dije.

 

Ella obedeció y yo, agarrándome la polla por la base, la apunté bien entre sus labios entreabiertos.

 

Ahora déjate caer muy despacio.

 

La indicación era innecesaria, pues Noelia ya había comenzado a deslizar su cálido chochito sobre mi verga. Por fin, su culo quedó apoyado sobre mis huevos, con la polla totalmente enterrada en su interior.

 

¿Te duele? – pregunté.
Para nada – dijo ella, sonriente.
Entonces muévete, nena.

 

Riendo un poco al principio, Noelia comenzó a mover las caderas arriba y abajo, apoyando las manos en mi pecho. Pero las risas duraron poco, pues poco a poco el polvete fue dándole gustirrinín a la chica, por lo que empezó a gemir y a jadear.
Yo situé mis manos en sus caderas, guiándola en sus movimientos, pero Noe aprendía rápido, así que pronto comenzó a moverse sobre mi polla de la forma más placentera posible. Pronto, botaba desesperada sobre mí, relinchando como una yegua.
Mis manos fueron hasta sus pechos, acariciándolos y pellizcando sus pezones. Entonces ella se echó hacia delante, dejando sus tetas al alcance de mis labios, que no tardaron en atrapar uno de sus pezones y chuparlo con deleite.
Noe se corrió deprisa, olvidado por completo cualquier resto de dolor. Su coño se inundó por completo, empapando mi entrepierna, pero no por ello dejó de moverse sobre mí, disfrutando hasta el último segundo.
Yo noté que perdía la cabeza de nuevo, estaba resultando un polvo realmente notable, así que intentando sentirla todavía mejor, me incorporé, quedando sentado, mientras ella seguía botando sobre mi polla.
Yo la abrazaba, besando sus pechos que eran frotados contra mi cara con cada bote. El peso de Noelia rebotaba contra mis testículos, en una sensación de lo más placentera y pronto noté que me corría.

 

¡Noe, Noe! ¡Me corro! – grité tratando de apartarla.

 

Pero ella se abrazó con fuerza contra mí, besándome con furia, impidiéndome sacarla. Así que me corrí dentro de ella, gimiendo como un verraco, sintiendo cómo mi leche se perdía en su interior. Desde luego, aquello era lo mejor del mundo.
Agotados, nos dejamos caer hacia atrás, quedando ella sobre mí, abrazados, con mi polla rezumante aún en su interior. Ella me besaba con pasión, pero mi cabeza estaba ocupada con otros pensamientos.

 

¿Estás loca? – acerté a decir – ¡Así puedo dejarte embarazada!
¿Y qué? – contestó ella con descaro – Así tendrías que casarte conmigo.

 

Aquello me dejó sin respuesta. ¿Qué podía decir? Así que simplemente la besé en la frente, permaneciendo allí abrazados durante un rato.
Al fin, decidimos levantarnos, temerosos de que, después de tanto rato, alguien viniera en nuestra busca. Comenzamos a vestirnos, limpiándonos el uno al otro los cabellos de paja.
Noe recogió los restos de su ropa interior, destrozada por mí en mi arrebato de lujuria.

 

¡Jo! – exclamó – Me has roto las bragas. ¿Qué le voy a decir a mi madre?
Pues a mí me gusta saber que andas por ahí sin bragas – le dije pícaramente.

 

Ella me devolvió una sonrisa ladina, mientras me arrojaba lo que quedaba de sus bragas al rostro. Yo, cogí la tela y la pegué a mi nariz, aspirando su aroma. Y entonces, una idea penetró en mi cerebro. Acababa de ocurrírseme una idea para atacar a mi madre.

 

Eres un pervertido – rió Noelia mirándome.

 

Yo volví a la realidad y la miré sonriente.

 

¡Pues anda que tú! ¡Por ahí haciéndole pajas a tu primo!

 

Ella se sonrojó vivamente, apartando la mirada.

 

Oye, no vayas a decírselo a nadie – murmuró.
Tranquila – contesté.

 

¡Si tú supieras! Fue mi pensamiento.
Contentos y satisfechos (por fin, tras varios días de infierno), decidimos retomar las clases. Le di una explicación rápida de algunas cosas y cuando nos disponíamos a salir del establo, vimos que Antonio y Juan conducían al semental y a la yegua a sus cuadras, para que descansaran.

 

¡Justo a tiempo! – pensé.

 

Saludamos a los dos, Noelia con la cara muy roja, evitando mirar directamente al caballo, que aún conservaba la verga medio dispuesta. Noté que Antonio me miraba raro, pero no le di mayor importancia. Nos despedimos y fuimos al corral, para que Noelia pudiera cepillar el pelo a la que iba a ser su montura.
Noelia reía alborozada mientras cepillaba a la yegua, y disfrutaba como una niña dándole azúcar, con el animal comiendo de su mano. La luz del atardecer se filtraba a través de sus rojos cabellos; estaba encantadora.
Un rato después, Nicolás vino a buscarnos, diciéndonos que tenía que ir ya al pueblo, y que mi abuelo le había pedido que llevara a Noelia. Volvimos a casa con él y yo decidí acompañarlos. Noe y yo nos sentamos atrás, con la capota quitada, pues hacía muy buena tarde. Durante el trayecto, nos dedicamos a conversar, sin mencionar nada de lo sucedido, no fuera a ser que Nicolás notara algo, pero nuestros ojos hablaban animados entre sí, rememorando hasta el último segundo de aquella mágica tarde.
Finalmente, llegamos a su casa. Noelia se despidió de mí y de Nicolás, dándole las gracias por haberla traído. Iba hacia la puerta de su casa, cuando, impulsivamente, regresó junto al coche y me besó en la mejilla.

 

La próxima vez no llevaré bragas – me susurró a oído.

 

Y entró en su casa.
Nico y yo seguimos hacia el pueblo, a comprar algunas cosas. Charlamos un rato, pero yo estaba cansado y al rato me quedé dormido. Nico decidió no despertarme al llegar al pueblo, y me dejó durmiendo en el coche. Cuando por fin desperté, estábamos de regreso, muy cerca de casa. Decidí no hacerle notar a Nicolás que estaba despierto, quedándome tumbado en el asiento de atrás, madurando el plan para seducir a mamá.
Los siguientes días transcurrieron sin muchos incidentes. Yo no hacía más que pensar en qué pasos dar en mi acercamiento a mamá y espiándola a escondidas. Era una mujer bellísima, que a sus 35 años no aparentaba ni siquiera haber entrado en la treintena y desde luego, nadie hubiera dicho que era madre de dos hijos. Cada vez que la veía me la imaginaba follando con el abuelo, chupándole la polla como una perra en celo, lo que me ponía a cien.
A escondidas, constaté que sus escarceos con el abuelo eran más frecuentes de lo que yo hubiera imaginado, pues lo cierto es que se escondían muy bien. Casi siempre se encontraban en el despacho, lo que me impedía espiarlos, pues incluso cerraban las persianas. Lo único que podía hacer era escuchar tras la puerta, averiguando así que mi abuelo la trataba con rudeza, sometiéndola, lo que le gustaba mucho a mi madre, que obedecía gustosa.
Tras un par de días, decidí poner en marcha mi plan, desenterrando del fondo de mi baúl la que esperaba fuera la llave para obtener lo que deseaba: las bragas de Brigitte.
Tras dormir la siesta, escondí las braguitas de encaje bajo mi colchón, pero muy al borde para que las encontraran con facilidad. Yo sabía que ese día mi madre se encargaría de hacer mi cama, pues varias criadas tenían la tarde libre.
Así lo hice y cuando regresé más tarde a mi cuarto, comprobé que las bragas no estaban en su sitio. Mi madre las había encontrado. Sonriendo, me fui a dar un paseo, a meditar, pues ya sólo tenía que esperar a que mi madre diera el siguiente paso. Y lo hizo esa misma noche.
Tras acostarme, me puse a leer un rato, esperando a que mi madre pasara a darme las buenas noches. Tardó bastante, supongo que estaría pensando en cómo abordar el tema de las bragas con su hijo, del que acababa de descubrir que ya se interesaba por las mujeres. Por fin, cerca de la medianoche, mi madre entró en mi cuarto, vestida ya con su camisón y con una bata a juego. Llevaba el cabello recogido en una cola larga, que caía sobre su pecho por encima de su hombro. Estaba buenísima.
Inquieto, me removí bajo las sábanas, expectante ante lo que iba a suceder. Mi madre, en vez de besarme como solía hacer, se sentó a mi lado sobre el colchón.

 

Oscar – me dijo – Tenemos que hablar.
Claro – contesté yo – ¿Qué quieres?

 

Ella se quedó callada unos instantes, sentada a mi lado, sin saber qué decir. Por fin, pareció decidirse y me miró fijamente.

 

Verás – dijo – Hay ciertas cosas de las que debemos hablar.
Sí, ya lo has dicho. Dime.
Bueno… Es que no sé por dónde empezar. Mira, hoy mientras hacía tu cama he encontrado esto.

 

Entonces metió la mano en uno de los bolsillos de su bata, sacando a continuación las braguitas de Brigitte. Ahora me tocaba a mí simular sorpresa y vergüenza, y lo hice muy bien.

 

¡Dios mío! – exclamé – Yo… yo…
Shisss. Tranquilo – susurró mi madre – No pasa nada. Pero creo que es mejor que hablemos de esto.
Bu… bueno. Lo siento.
No hace falta que lo sientas. Estáte tranquilo, que no te voy a regañar. Sólo quiero que hablemos.

 

Simulé serenarme un poco, tragué saliva y me quedé mirándola con ojos asustados.

 

¿Qué quieres saber? – balbuceé.
Veamos… Bueno, ¿de quién son? – dijo agitando las bragas.
No lo sé – mentí.
¿Cómo que no lo sabes?
Es que las cogí el otro día de la ropa sucia, cuando nadie me veía.
Comprendo. ¿Y no has pensado que podrían ser mías?

 

Puse tal cara de espanto, que mi madre se ablandó un poco.

 

Tranquilo, tranquilo, no son mías, pero es que quiero que comprendas las consecuencias de tus acciones – dijo.
Sí, sí.
Bueno, ¿y por qué las cogiste?

 

Yo me quedé callado, apartando la vista, simulando estar avergonzado, aunque la verdad, es que estar allí, con aquel pedazo de hembra en camisón, estaba empezando a excitarme.

 

No sé… Iba a bañarme, cuando vi el montón de ropa y asomando estaban… ya sabes… eso.
Ya veo.
Pues las cogí y me las guardé en el pantalón. Me sentía muy raro, tenía mucho calor, no pensaba bien. Me lavé rápidamente y vine a esconderme en mi cuarto.
¿Y qué hiciste? – indagó mi madre.
¿Cómo? No hice nada. Las escondí bajo el colchón, estaba muy asustado por lo que había hecho, pero también…
También ¿qué?.
No sé cómo expresarlo, tenía calor, la cabeza me daba vueltas y tenía… Lo siento, no puedo, me da vergüenza.

 

Mi madre se acercó más a mí. Se apoyó en la cabecera de la cama, colocando las piernas sobre el colchón. Entonces hizo que me recostara contra ella, como cuando era pequeño y empezó a acariciarme el pelo.

 

Te he dicho que no pasa nada – me dijo – Lo que te pasa es muy normal a tu edad, pero necesito que me lo cuentes, para saber qué consejos darte.

 

Yo estaba en la gloria, allí apoyado contra sus tetas, así que asentí con la cabeza.

 

Bueno… Quiero decir que tenía… el pito duro.

 

Mi madre no pareció sorprendida ni nada.

 

Comprendo. ¿Y te pasa muy a menudo? – preguntó.
Sí, últimamente sí.
Apuesto a que por las mañanas siempre está duro ¿verdad?
Sí, ¿cómo lo sabes? – dije simulando confusión.

 

Ella me besó el pelo, yo no veía su cara, pero apuesto a que estaba sonriendo.

 

Porque es muy normal, mi niño. A los jovencitos os pasa eso a todos, es señal de que os vais haciendo mayores.
Entonces ¿no me vas a castigar por haber cogido las bragas?
No, tranquilo. Ya me las apañaré para devolverlas al montón de la ropa sucia. Apuesto a que su dueña las ha buscado como loca, tienen pinta de caras.
Lo siento.

 

Mi madre se quedó callada unos instantes, supongo que para reunir valor para continuar sus indagaciones.

 

Verás, Oscar…
¿Sí?
Hay una cosa que me extraña.
Dime.
Bueno… A los chicos, cuando llegáis a esta edad, comienzan a pasaros… cosas.
¿Cosas?
Sí.
¿Qué cosas?
Bueno, por ejemplo, el pito se os pone duro muy a menudo.
Sí, es verdad.
Y precisamente por eso, comenzáis… Ay, no sé cómo decírtelo. Bueno, por las noches ¿tienes sueños húmedos?
¿Sueños húmedos? – pregunté extrañado de verdad.
Sí, si sueñas con chicas y eso.
¡Ah! Sí, la verdad es que sí.
Pues entonces, es normal que mientras duermes, bueno, que es normal que mojes la cama.
Oye, que yo no soy un bebé.

 

Mi madre rió, un poco más relajada.

 

No, si no me refiero a eso – dijo – Verás, a los hombres os sale del pito una cosa… cuando estáis excitados…
¡Ah! Ya sé a lo que te refieres.

 

Por fin la entendía. Mi madre quería saber si me corría en sueños. Hoy en día llaman a esos sucesos poluciones nocturnas, creo, pero a mi madre le estaba costando Dios y ayuda preguntarme por eso.

 

¿Y bien? – dijo mamá – ¿Te ha pasado algo de eso?

 

Yo tardé unos segundos en contestar. Por fin, asentí con la cabeza, en silencio, aparentando estar azorado.

 

Ya te he dicho que no te preocupes – dijo ella sin dejar de acariciarme el cabello – Es sólo que no entiendo cómo no he visto restos de… bueno, de eso.
Es que yo lo limpio cuando despierto. Normalmente, mancho sólo el pijama, así que lo lavo y lo cambio por otro.
¿Tú haces eso? – dijo sorprendida.
Bueno, la verdad es que el abuelo me ayuda. Él también dice que es normal, pero como me da vergüenza, él me ayuda a ocultar las pistas.
¿Las pistas? – mi madre se echó a reír ante mi eufemismo.
Oye, no te rías – dije enfadado.
Lo siento, lo siento – dijo ella abrazándome con fuerza – ¡Ya estás hecho un hombrecito!

 

Volví a callar durante unos minutos, decidiendo qué decir.

 

Mamá – dije de pronto.
Dime.
La verdad es que no me pasa sólo cuando duermo.
¿Cómo?
Que a veces me mancho los pantalones estando despierto.
¿En serio? – dijo algo preocupada.
Sí. Oye, júrame que no le vas a contar esto a nadie.
Te lo juro – dijo ella solemnemente.
Y que no te vas a enfadar.
Que no, tienes mi palabra – insistió mamá.

 

Yo respiré profundamente antes de continuar.

 

Verás, el pito no se me pone duro sólo por las mañanas. Últimamente está así a todas horas.
¿En serio?
Sí. Incluso ahora – ataqué.

 

Diciendo esto, bajé lentamente las sábanas que me arropaban, dejando a la vista de mi madre el tremendo bulto que ya se había formado en mi pijama. Y es que charlar de sexo con ella, sintiendo sus tetas clavadas en la espalda era demasiado para mí.

 

¡Oscar! – exclamó mi madre sorprendida.
Lo siento. No te enfades – dije, pero sin taparme.
No… Si no me enfado. Es que me ha sorprendido. ¿Y te pasa mucho?
A todas horas. Basta con que esté cerca de una mujer. Me pasa incluso en clase, con Dickie…
Oye, no le faltes al respeto a Mrs. Dickinson.
Lo siento. Perdona. Pues eso, que estoy siempre así, escondiéndome para que no lo noten. Me da vergüenza.
¿Y ahora?
Pues… es que hueles muy bien y estábamos hablando de esas cosas y yo…
Vale, vale. No te preocupes.
Pues eso. Muchas veces, cuando estoy así, de pronto me entra como un dolor y me mancho los calzoncillos.
¿Un dolor? – dijo ella preocupada.
Bueno… Un dolor no. La verdad es que me gusta, pero no puedo controlarme. Me mancho todo, y tengo que lavarme, a escondidas. Y para que tú no notes que ensucio los calzoncillos, tengo que lavarlos y vestirme sin ponerme ningunos, aunque la verdad es que no es desagradable.
¡Niño! – dijo mamá, un tanto escandalizada.
Lo siento. Dijiste que te lo contara todo, que no te ibas a enfadar.

 

Ella sopesó un instante mis palabras, y se tranquilizó un poco.

 

O sea – resumió – Que a veces manchas los pantalones incluso por el día ¿no?
Sí.
¿Y te pasa mucho?
No sé. Cada tres o cuatro días, más o menos.
Comprendo. Oye Oscar, pero tú…

 

Se le notaba en la voz que la avergonzaba hablar de esos temas conmigo, pero era mi madre y tenía que averiguar si algo iba mal.

 

Dime – dije.
Tú…
¿Sí?
¿Tú no haces nada para aliviarte? – soltó por fin.
¿Cómo? – dije simulando sorpresa.
Ya sabes… Para aliviarte y que así no te pasen esas cosas.
¿Aliviarme?
Sí – dijo ella azorada – Verás, los hombres, especialmente los jóvenes, necesitáis eliminar esos… líquidos, de vez en cuando.
¿Y cómo se hace?
Cuando seas mayor, con una mujer – dijo ella sin pensar mucho – Pero ahora puedes… tocarte.
¿Tocarme? ¿Cómo?

 

Ella no contestó, tratando de decidir si debía continuar o no.

 

Vamos mamá – la animé – Que con esto lo paso muy mal, y si sabes como ayudarme…
Verás Oscar, es que creo que estos temas es mejor que los hables con un hombre, no sé, con tu padre, o con tu abuelo.
Sí, seguro – pensé – Seguro que tú no entiendes nada de pollas.

 

Aquel pensamiento hizo que me excitara todavía más. Descuidadamente, froté mi espalda contra sus senos, notando que estaban un poquito duros. La conversación empezaba a afectar a mamá también. La cosa se le iba de las manos.

 

¡No! – exclamé alarmado – Por favor, ya me da vergüenza hablar contigo, no quiero que nadie más se entere. Bastante mal lo paso cuando el abuelo me ayuda con el pijama. Por favor, ayúdame tú.

 

Mientras decía esto me había incorporado en la cama. Me había vuelto hacia mi madre, para mirarla a la cara y vi que estaba realmente indecisa.

 

Por favor… – insistí.
Es que… No sé qué decirte – balbuceó ella.
Explícame cómo puedo tocarme.
No, Oscar, eso no está bien. Soy tu madre.
¿Y qué? – dije yo – Creí que querías ayudarme. No sé que hay de malo en ello.
Pero… – dudó ella.
Bueno, si no quieres ayudarme, vete. Yo seguiré como hasta ahora, pero al menos haz el favor de no contárselo a nadie.

 

Simulando estar enfadado, me tumbé de nuevo en la cama, apoyando la cabeza en la almohada, de espaldas a mi madre. Ella se inclinó sobre mí, acariciándome el cabello.

 

Vamos, no te enfades – susurró – De acuerdo, te ayudaré.

 

¡Bien! ¡Ya era mía! Rápidamente, me giré, quedando tumbado boca arriba junto a ella. Ella estaba de costado, estirada en la cama, con el torso levemente erguido pues se apoyaba sobre un codo. Volví la cara hacia ella, y me encontré frente a frente con sus senos, dentro de su blanco camisón.

 

Voy a explicarte cómo debes hacer para aliviarte. Pero no debes hacerlo siempre que tengas el pito duro, pues a tu edad estarías todo el día dale que te pego, sino sólo de vez en cuando, cuando estés muy excitado.
¿Excitado?
Sí, ya sabes, cuando no puedas más.
De acuerdo.
Bueno… – ahora no sabía por donde empezar – Lo que tienes que hacer…
Dime, dime.
Bueno… Tienes que cogerte la colita con la mano.

 

Esa era la mía. De un tirón, me bajé el pantalón del pijama, dejando al aire mi erección, ante los atónitos ojos de mi madre. Sin perder un segundo, me agarré la punta con los dedos, como si fuera un trapo.

 

¡Oscar! – exclamó mi madre escandalizada.
¿Qué? ¿No se hace así?
No, no me refiero a eso. Es que… ¿Cómo se te ocurre?
¿Qué pasa? ¿Se coge así o no?

 

Mi madre se quedó callada unos segundos, los ojos fijos en mi polla. Yo sabía lo que pasaba en esos momentos por su mente, notaba que se estaba excitando, pero aún no lo reconocía. Sin embargo, decidió que ya que me estaba dando una lección, era mejor que la aprendiera bien.

 

No, no es así – dijo.
Entonces ¿cómo?
Rodéala con la mano.

 

Yo puse mi mano en torno a la punta, como si fuese el capuchón de un bolígrafo. Sé que así también se puede hacer, pero no era lo que mi madre tenía en mente.

 

No así tampoco – dijo ella.
Ay, ¿cómo?

 

Lo que yo quería es que me hiciera una demostración, claro, y la hizo, pero no como yo me esperaba.

 

Así, mira – dijo mi madre.

 

Lo que hizo fue poner su dedo índice tieso y rodearlo con su otra mano. No me quedaba más remedio que obedecer, así que empuñé bien mi herramienta.

 

¿Así? – pregunté.
Sí.
¿Y ahora?
Debes mover la mano arriba y abajo, sobre el pito, deslizándola sobre él.

 

Mientras decía esto, movió su mano sobre su dedo, simulando una paja. Era tan erótico que los ojos casi se me salen de las órbitas. Lentamente, comencé a pajearme, pero procuré hacerlo del modo más torpe e inútil posible, pues mi objetivo, obviamente, no era cascarme una paja yo solito.

 

Mamá – dije.
Dime.
¿Y cómo sabes tú estas cosas?

 

Ella se puso muy colorada y me contestó secamente.

 

Las sé y punto. Son cosas que las madres sabemos para ayudar a nuestros hijos.
Vale, vale – dije sin dejar de pajearme – No te enfades.
Si no me enfado.

 

Nos quedamos callados los dos, yo masturbándome con torpeza y los ojos clavados en mi madre. Ella, con los ojos clavados en otro sitio. Recuerdo que en ese instante pensé que si mi madre no quisiera estar allí, ése sería el momento de marcharse, pues ya me había explicado lo necesario, pero ella no se movió ni un milímetro, completamente absorta con mi polla.

 

Mamá – dije.
¿Ummm? – inquirió ella sin apartar la mirada.
¿Lo hago bien?
Regular, cariño. Mira, trata de agarrarla así, y desliza mejor la mano.

 

Traté de obedecer sus sugerencias, pero se notaba que mi torpeza comenzaba a incomodarla. Sentía que estaba deseando agarrármela y darme una buena explicación gráfica.

 

Nooo, así nooo. Más despacio y no aprietes tanto.
¡Es que no sé! – dije simulando desesperación y soltándomela bruscamente.
Pero si es muy fácil…
¿Sí? ¡Pues hazlo tú! – le solté por fin.

 

Ella se quedó callada unos segundos. Yo sabía que a esas alturas no se iba a enfadar, pues notaba que estaba bastante cachonda, pero la verdad es que no esperaba que aceptara tan fácilmente.

 

Bueno, está bien.

 

Y ni corta ni perezosa, llevó su mano hasta mi verga, empezando a sobarla diestramente. Yo me quedé alucinado, no me podía creer que hubiera sido tan fácil. ¡Menuda zorra!
Empezó entonces a pajearme hábilmente, apretando en los lugares y momentos precisos. Enseguida noté que no intentaba obtener una corrida rápida, sino que me hacía disfrutar intensamente, alargando el proceso. Estaba absolutamente absorta con mi polla, mirando cómo la cabecita asomaba y desaparecía en el interior de su mano. Yo la miraba a ella, preciosa, excitada, con los pezones ya apretados contra su camisón. Incluso me pareció percibir el peculiar aroma que desprende una mujer cuando está caliente, esa mezcla de sudor y sexo que vuelve locos a los hombres. Ya era mía.
Pero en ese instante pasó algo que casi lo estropea todo. Llamaron a la puerta y la voz de mi padre resonó al otro lado.

 

¡Leonor! ¿Estás ahí?

 

Nos quedamos helados del susto. Como un rayo, agarré el borde de las sábanas y nos tapé a ambos. Lo hice justo a tiempo, pues sin esperar respuesta, mi padre abrió lentamente la puerta y entró al dormitorio.

 

¡Ah! Estás aquí. Estaba un poco preocupado. ¿Pasa algo? ¿Por qué no vienes a la cama?

 

Mi madre lo miró fijamente, y yo pude notar perfectamente un brillo de furia en el fondo de su mirada.

 

No te preocupes. Dentro de un rato voy – dijo mi madre.
¿Qué pasa? – insistió mi padre – ¿No estará enfermo otra vez?
Que no, que no seas pesado. Ya te he dicho que iré después. Estamos hablando de unas cosas. Tú duérmete, que luego voy.

 

¡Había dicho dentro de un rato! No enseguida, ni en un minuto, ni ahora mismo… ¡Dentro de un rato! ¡Cojonudo! Fue entonces que me di cuenta de que a pesar de la situación la mano de mi madre no había liberado mi miembro en ningún momento. ¡Qué tía! ¡Menuda sangre fría!

 

Bueno, vale. Si estáis los dos bien…

 

Mi padre había reconocido sin duda el tono de mi madre, ese de “no me toques más las narices, que al final se va a hacer lo que yo diga” que todos los de la casa conocíamos tan bien, así que, comprendiendo que no tenía nada que hacer, optó por una retirada estratégica.

 

Qué pesado es ese hombre – murmuró mi madre, sorprendiéndome bastante.

 

Entonces, de un tirón, fue ella la que nos destapó por completo, y levantándose, fue hasta la puerta. La abrió y echó un vistazo fuera. Satisfecha, volvió a cerrar, esta vez echando el pestillo.

 

¿Por qué cierras? – inquirí.
Bueno… – dijo ella dudando un poco – Verás, lo que te estoy enseñando no es… bueno, no sería entendido… Vaya, que así no nos molestarán más.
Vale.

 

Volvió a sentarse a mi lado. Yo me incorporé un poco, apoyando la espalda en la almohada. Ella pasó un brazo por mi espalda, quedando su pecho apoyado en mi hombro y reanudó la lección.

 

Mira, tienes que cogerla así, ¿ves? Y ahora, la mueves así…

 

Otra vez se dejó llevar, pajeándome como toda una maestra en la materia. Yo sentía cómo sus tetas se endurecían cada vez más contra mi brazo. Comprendí que si seguíamos así yo no iba a aguantar mucho y de ninguna manera pensaba conformarme sólo con aquello.

 

Mamá.
¿Sí? – dijo mientras pajeaba.
¿Qué es esto?

 

Haciéndome el tonto, toqué con un de mis dedos su pezón erecto, lo que le hizo dar un saltito.

 

¡Oye! – exclamó – No seas sinvergüenza.
Es que no sé que es – respondí – Pero me gusta.
Sí ya lo supongo – dijo ella filosófica.
Pero ¿qué es?

 

Ella dudó un poco antes de responder.

 

¿Es que no sabes lo que es un pecho?
Sí, pero me refiero a este bultito – dije pellizcándolo suavemente esta vez.
¡Ufff! – suspiró ella, pero esta vez no protestó.
¿Vas a contestarme o no?
Es un pezón – dijo por fin.
¿Cómo?
Es por donde las mamás damos de beber a los bebés cuando son pequeños.
¿Cómo las tetas de una vaca?

 

Ella rió suavemente, divertida por mi comparación. Aquello me vino bien, pues la paja pasó a ser menos placentera, ya no estaba tan concentrada en ella, con lo que pude retrasar mi orgasmo.

 

Más o menos. Sólo que las mujeres sólo tenemos leche cuando acabamos de tener un bebé y no todos los días como las vacas.
Comprendo. ¿Y tú me diste de beber a mí?
Claro, cariño.
Pero, ¿por qué están ahora así? Cuando viniste no se notaban en el camisón, pero ahora…

 

Ella eludió el tema con habilidad, simplemente aceleró el ritmo de la paja dándome un delicioso apretón sobre el tronco.

 

Aaaahh – no pude reprimir más un gemido de placer.
¿Te gusta? – dijo ella sonriendo.
Sí, mucho.
Ya lo veo. Pero la verdad es que estás aguantando un montón. Pensé que tardarías menos.
Mamá.
¿Sí?
Estoy seguro de que si me dejas verte las tetas tardaré menos.

 

Ella se quedó petrificada, la mano inmóvil sobre mi verga. Aquel era el momento clave, el punto sin retorno. Si tragaba, ya estaba todo hecho, si no…

 

Estás loco – me dijo.
Por favor, mamá. Nunca he visto unas. Por favor, nadie se enterará… Ayúdame.

 

Ella me soltó y se quedó unos segundos mirándome. Sacó su brazo de detrás de mi espalda, colocando sus dos manos en su regazo, dudando. Por fin, sin mediar palabra, comenzó a desabrochar los botones de su camisón. Yo estaba que reventaba, con los ojos a punto de salírseme de las órbitas.
¡Menudo par de tetas! Eran preciosas, de tamaño mediano, algo caídas y con los pezones muy gordos, en medio de unas areolas sorprendentemente pequeñas. La piel era muy blanca y se notaban bajo ella algunas venillas azules.
Titubeante, me acerqué un poco a ellas, contemplándolas azorado.

 

¿Puedo? – acerté a decir.

 

Por toda respuesta, ella me acarició el pelo.
Sin dudar más, hundí el rostro entre sus dos tetas, frotándolo y refregándolo por todos lados. Quería besarlas, morderlas, lamerlas, pero temía que si lo hacía ella notara que ya era todo un experto, así que tenía que conformarme con besarlas y estrujarlas con mis manos.

 

Chupa – susurró mi madre entonces – Como cuando eras un bebé.

 

¡Dios! Con eso vi el cielo abierto. Sin perder ni un segundo, mis labios se apoderaron de uno de sus pezones y empezaron a succionar como locos. No pueden ni imaginarse el esfuerzo que me supuso el controlar mi lengua para que no empezara a lamer y estimular aquella maravilla, viéndome obligado a chupar solamente.

 

Uuummm – un delicioso gemido escapó de la garganta de mi madre.

 

Justo entonces, su mano volvió a buscar mi entrepierna y asiendo mi polla, reanudó la paja. Su otra mano se perdió en mi cabello, comenzando a acariciarlo, a recorrerlo, mientras yo chupaba de aquel delicioso biberón.
Ya no podía más, estaba a punto, pero aún necesitaba que ella se calentara más, para que después necesitara continuar con la fiesta. Así que me arriesgué con la lengua, empezando a lamer con delicadeza la punta de su pezón.

 

¡Oh, Dios! – gimió.

 

Entonces su mano abandonó mi cabeza. Yo no sabía donde estaba, pero segundos después ella comenzó a gemir y jadear. Imaginándome lo que sucedía, me aparté de sus pechos, echando una mirada hacia abajo.
Efectivamente, la mano de mi madre se había perdido bajo su camisón, haciéndose una paja con una mano mientras me hacía lo mismo a mí con la otra. Estaba a punto de caramelo.

 

¿Qué estás haciendo? – pregunté.

 

Sin esperar respuesta, me aparté de ella, liberando mi pene de su mano (justo a tiempo, pues no hubiera aguantado ni un segundo más). Ella sorprendida, me miró, pero yo, sin darle tiempo a reaccionar, subí su camisón de un tirón, apareciendo ante mí sus bragas, con una mano hundida en su interior.

 

¿Qué haces? – insistí.

 

Ella me miraba asustada, pero sin sacar los dedos de dentro de su coño.

 

Espera, ya comprendo – dije haciéndome el entendido – Tú también te estás aliviando.

 

Al ofrecerle una salida tan sencilla, ella sólo atinó a asentir con la cabeza, así que sólo necesité añadir:

 

Pues déjame que lo haga yo.
¿Cómo?
Tú me alivias a mí, y yo te lo hago a ti. Es lo justo ¿no?

 

Estoy seguro que de haber estado menos cachonda, mi madre habría encontrado diez mil razones que echaran por tierra mi idea, pero como decía mi abuelo, una mujer en ese estado hará cualquier cosa (y un hombre también, como descubrí con los años cuando ciertas mujeres jugaron conmigo).

 

¿Qué tengo que hacer? – dije, como si estuviese todo ya decidido.

 

Sin esperar ni un segundo, llevé mis manos a sus caderas y le bajé las bragas, apareciendo frente a mí su coño chorreante. Volví a tumbarme a su lado, poniendo mi polla a su alcance, y llevé una mano hasta su chocho, lo que le hizo dar un respingo.

 

¿Cómo se alivia a una mujer? – pregunté.
Bueno, pueees… – dijo dubitativa – No sé si debemos hacer esto.
¿Así? – dije interrumpiéndola mientras clavaba un par de dedos en su interior.
¡AAAAAHHHHH! – suspiró ella, cerrando los ojos.
¿Lo hago bien?

 

Ella asintió con la cabeza, los ojos bien cerrados, disfrutando mis caricias. Yo movía la mano dulcemente, explorando, sobando, deslizándola entre las humedades que allí había. Por fin, conduje mis dedos hasta su clítoris, lo que la hizo dar un nuevo gemido de placer.

 

¡AAAAAHHHHH!
¿Qué es esto? – pregunté mientras jugueteaba con su clítoris.
¡Sigue! ¡Sigue por ahí! – siseó mi madre.

 

Entonces se acordó de mi abandonada polla, y deslizó su mano hasta empuñarla de nuevo. Reanudó entonces la paja, y así seguimos por unos segundos, masturbándonos mutuamente. Pero ella tenía ventaja, pues yo estaba ya al borde del orgasmo, por lo que poco después, me corrí, empapando su mano con mi leche.

 

¡OOHHHH! ¡Mamá! ¡Mamá! – gemía yo.

 

El orgasmo fue muy fuerte, la excitación del momento se sumó al placer que sentía, por lo que me corrí con fuerza, pringando por completo la mano de mi madre, que no había parado de acariciar mi verga.

 

Así, mi niño, así… – susurraba ella.

 

Había sido como una descarga eléctrica, las fuerzas me abandonaron por completo, y me derrumbé, momentáneamente aturdido, sobre el cuerpo de mi madre. Me quedé allí, jadeante, mientras ella me acariciaba la cabeza con su mano limpia. Yo, por supuesto, había dejado de masturbarla, pues en ese momento me encontraba agotado.
Tras un par de minutos en esa posición, mi madre me besó el pelo, tratando de incorporarme. Yo me hice el remolón, pues estaba muy a gusto, pero ella insistió.

 

Vamos, Oscar, levanta. Creo que ya es suficiente.

 

Una luz de alarma se encendió en mi mente. ¿Suficiente? ¡De eso nada!

 

Pero mamá – dije incorporándome – Tú todavía no te has aliviado…
No te preocupes, mi niño. Eso no es cosa tuya.

 

Diciendo eso, comenzó a levantarse, pero yo no iba a dejarla escapar de allí de ninguna de las maneras.

 

¡No, no, de eso nada! – exclamé – ¡Tú déjame a mí!

 

Y diciendo esto, me coloqué de rodillas a sus pies, y agarrándola de los tobillos, tiré fuertemente hacia mí, obligándola a permanecer tumbada. Sin perder ni un segundo, hundí la cara entre sus muslos, dispuesto a hacerle una demostración de todo lo que había aprendido.

 

¿Qué haces? – dijo ella con sorpresa – ¿Qué haceeessssss?

 

Mi boca ya se había apoderado de su clítoris, y tres de mis dedos ya hurgaban en el interior de su coño, resbalando como dentro de un tarro de miel. Yo estaba enloquecido, sólo pensaba en que ella no se había corrido y que eso no podía ser. La masturbé y chupé con furia, arrancándole gemidos y grititos de placer, olvidadas ya las ganas de marcharse o de resistirse.
No fue una de las mejores mamadas que he hecho, no intenté prolongar el placer, ni deleitarme con aquel delicioso coño. Sólo pretendía obtener un orgasmo rápido. Y vaya si lo logré.
De pronto, el cuerpo de mi madre se tensó, tieso como un palo. Sus músculos se endurecieron, se estiraron, su coño se inundó, y de pronto comenzó a gritar.

 

¡DIOOSSSSSS! ¡SÍIIIII!

 

Alarmado, me despegué de su chocho como una exhalación y tapé su boca con mis manos. Notaba sobre las palmas cómo su garganta articulaba sonidos, cómo trataba de anunciar a los cuatro vientos el placer que sentía, perdida por completo la razón y la cordura. Allí estábamos, mi cuerpo echado sobre el suyo, su boca tapada por mis manos, mientras espasmos de placer recorrían todo su ser.
Por fin, fue serenándose, su cuerpo fue calmándose. Aparté las manos de su boca, para que pudiera respirar mejor, mirándola expectante. Yo estaba bastante en tensión, esperando que de un momento a otro alguien viniera para averiguar qué habían sido esos gritos, pero afortunadamente, nadie vino.
Cuando estuvo más relajada, me levanté, quedando de rodillas junto a ella, con mi miembro completamente erecto de nuevo. Por fin, mamá abrió los ojos y me vio, allí sonriente a su lado. Se incorporó entonces, quedando sentada en el colchón, su respiración normalizándose poco a poco. Entonces hizo algo absolutamente inesperado. Me abofeteó con fuerza.
Yo caí de costado, sobre el colchón, aturdido y sorprendido por la reacción de mi madre. La miré con ojos llorosos, pues la verdad es que la torta me había dolido bastante.

 

¿Por qué? – atiné a balbucear.
Así que eras un inexperto ¿eh? No sabías masturbarte, ni habías visto una mujer… ¡Seré estúpida!

 

Compungido, no sabía qué decir. Ella tenía toda la razón, todo había sido una sarta de mentiras para llevarla al huerto.

 

Yo… Yo… – dije.
¿Y se puede saber cómo has aprendido estas cosas?
Yo… El abuelo…

 

Entonces ella se calló. Se quedó mirándome fijamente y sus rasgos se suavizaron un poco.

 

El abuelo, claro. Ese cabronazo. Debería haber sospechado que él te habría explicado de esos temas y te habría metido esas cosas en la cabeza. ¡Qué tonta soy!
No eres tonta. Yo te engañé.
No, si eso está claro. Pero, ¿cómo se te ocurrió liarme de esa forma?
Es que eres muy bella.

 

Se sorprendió un poco al oírme decir aquello, pero no pareció molestarle.

 

Sí, sí, vale. Pero en esta casa si algo sobran son las mujeres atractivas. Tu abuelo se ha ocupado de ello, así que, ¿por qué yo?

 

¿Cómo decirle que ella no era sino una más en la lista? Decidí darle un pequeño giro al tema.

 

Bueno, verás… – dije avergonzado – Es que… te vi.
¿Que me viste? ¿Qué quieres decir?
El otro día, cuando entré al despacho del abuelo.

 

Ella se quedó muy callada, asimilando el alcance de mis palabras.

 

No sé de qué hablas – dijo no muy convencida.
Ya, seguro – dije yo – Entonces, ¿qué hacías debajo de la mesa del abuelo?

 

Ella me miró fijamente unos segundos y después sonrió tristemente, vencida.

 

Vaya, me has descubierto – dijo con un deje de amargura en la voz – Pensarás que tu madre es una zorra.
No – sentencié – Pienso que es una mujer joven, que quiere disfrutar de la vida y que no puede hacerlo con su marido.

 

Ella me miró alucinada. No se explicaba cómo yo podía hablar así.

 

¡Oscar! – dijo con espanto.
¿Qué? ¿Es verdad o no? Sé lo que papá piensa del sexo, que es algo sucio y que sólo debe hacerse de vez en cuando, para tener hijos. La abuela le inculcó esas ideas desde pequeño, el abuelo me lo dijo.

 

Ella sonrió de nuevo.

 

No te creas todo lo que te diga tu abuelo, Oscar. La verdad es que tu abuela lo pasó muy mal con su marido. Ella lo quería mucho, pero él no paraba de serle infiel con todas las mujeres que se le ponían a tiro.
Y tratándose del abuelo, seguro que fueron muchas.
Sí, seguro que sí – rió ella.

 

Nos quedamos callados unos segundos, hasta que me decidí a continuar.

 

Pues eso, mamá, te vi con el abuelo aquel día, y otras veces después. Comprendí que sentías deseos, como me pasa a mí, y día tras día fui obsesionándome más contigo, hasta que decidí que quería hacerte mía. Así que tracé un plan.
Seguro que lo estudiaste todo, las bragas, la charla…
No, no fue así. Bueno, lo de las bragas sí, pues sabía que eso te haría venir a hablar conmigo a solas, pero lo demás… lo improvisé sobre la marcha.
¿En serio?
Sí. Verás, cuando estoy con una mujer… es como si supiera lo que tengo que decir o hacer – dije.
Te pareces mucho a tu abuelo. O a tu padre, cuando le conocí – dijo en tono más bajo.

 

Me quedé mirándola unos instantes, decidiendo qué hacer. Entonces me di cuenta de que seguíamos medio desnudos, tumbados sobre la cama, yo con la polla en ristre y ella con el camisón subido hasta la cintura, allí, charlando como amigos.

 

Mamá – dije, aunque ella no me escuchó.
Oye, por cierto, ¿las bragas de quién son? – dijo de sopetón.
De Brigitte – respondí sin dudar – Se las olvidó un día entre los naranjos.
Menuda zorra es la franchute esa – dijo mi madre.
Vamos, no te enfades con ella, fui yo quien la sedujo.
¿Y has seducido a alguna más? Apuesto a que Tomasa, con lo tonta que es, habrá caído en tus redes enseguida.
Pues no, te equivocas – dije con tono alegre.
¿En serio? ¿Entonces sólo ha sido Brigitte? ¡No me lo creo! – exclamó.
Yo no he dicho eso – dije más relajado – Ha habido otras.
¿Sí? ¿Quién?
Pues Vito, Mar, tía Laura…

 

En cuanto pronuncié el nombre de mi tía, me quedé helado. No sabía cómo iba a reaccionar mi madre ante tan sorprendente revelación.

 

¿Tía Laura? – dijo sorprendida – ¿Te has acostado con tu tía?

 

Sólo acerté a asentir con la cabeza.

 

¡Dios mío! ¡Joder con el niño! – exclamó ella – ¡Se ha tirado a su tía!
Mamá, no te enfades.
¡Ya decía yo que estaba muy contenta últimamente! ¡Claro, se estaba beneficiando a mi niño! ¡Será puta!
¡Mamá! – la interrumpí muy serio – Las cosas no son como crees. Es difícil de explicar, pero lo que pasó con tía Laura fue una especie de liberación para ella. Lo hicimos sólo una vez y acordamos no volver a hacerlo jamás. De esta forma ella aceptó sus deseos y sentimientos, se sintió más mujer y ahora por fin es feliz con su condición. Pero te aseguro que no ha vuelto a pasar nada entre nosotros.

 

Ella me miró muy seria, tratando de adivinar la sinceridad de mis palabras.

 

Vaya, en definitiva que te has acostado con tu tía – dijo con voz tranquila.
Y ahora pretendo hacer lo mismo con mi madre – dije atacando a fondo.

 

Ella se quedó callada, estudiándome. No parecía enfadada ni sorprendida, sólo sopesaba la situación. Por fin, habló:

 

Lo siento, pero no va a poder ser – sentenció.
¿Por qué?
Porque soy tu madre.
Sí, y el abuelo es tu suegro ¿y qué? Yo te deseo y estoy seguro de que tú sientes lo mismo. ¿Acaso no lo has pasado bien antes? Porque si no es así, desde luego eres una gran actriz…
Ya te he dicho que no…
Mamá, por favor… Una sola vez…

 

Ella clavó los ojos en mí. Notaba que estaba deseosa de hacerlo, pero necesitaba un último empujón, algo que le hiciera ver cuánto la deseaba.

 

Olvida por una noche que soy tu hijo. Somos sólo un hombre y una mujer que se desean, que se necesitan. Siempre acudes al abuelo para calmar tus anhelos, pero esta noche, deja que sea yo tu amante.

 

Tras decir esto, me acerqué a ella y le di un tierno beso en los labios. Durante unos segundos, ella no respondió, permaneciendo completamente quieta, pero por fin, dando un gemido, sus labios se entreabrieron, acogiendo mi lengua en su interior.
Me dejé caer sobre su cuerpo, apretando mi erección contra su vientre, mientras nuestras bocas se devoraban la una a la otra. Ya habían quedado atrás todos los recelos, las mentiras, los prejuicios… éramos sólo dos amantes haciendo el amor.
Sin dejar de besarnos, sus manos se deslizaron entre nuestros cuerpos, buscando mi polla con desespero. La asieron con delicadeza, y poco a poco fue guiándome hacia la entrada de su gruta. Una vez allí, la penetré suavemente, pero sin pausa, hasta que mi falo quedó bien enterrado en el coño materno.

 

¡Ugggghhhhh! – balbuceó ella en mi boca.

 

Al ser más bajo que ella, era incómodo seguir besándonos mientras la penetraba, pues me obligaba a mantener el cuello muy estirado, así que, con pesar, abandoné lentamente sus labios, dedicándome a chupar y lamer su esbelto cuello. Ella gemía y gemía, acompañando con esos dulces sonidos los embates de mis caderas en su interior. Voluptuosamente, mi madre cruzó las piernas sobre mi espalda, sujetándome contra ella, estrechándome contra si.
Cada empujón era como un fogonazo de luz en mi mente, el placer nublaba mis sentidos. Era delicioso deslizarse dentro de ella. Yo empujaba y empujaba, pero ella apenas se movía. Se limitaba a abrazarme doblemente, sus piernas rodeando mis caderas y sus brazos anudados tras mi cuello, pero para mí era suficiente, no necesitaba más caricias ni más nada, me bastaba con estar allí, sintiéndola hasta el último centímetro de mi ser, mirándonos el uno al otro a los ojos, con el brillo del deseo refulgiendo en su interior.
Conseguí que mi madre alcanzara el clímax en unos minutos. No fue un orgasmo salvaje, devastador, como el que le había provocado un rato antes. Fue suave, dulce, acorde con el polvo que estábamos echando. Ella cerró los ojos y me estrechó con más fuerza contra su cuerpo, haciéndome enterrar la cara en su cuello. Yo sentí perfectamente su orgasmo. Su vagina inundándose de los líquidos del placer, mi pene resbalando y nadando entre ellos deliciosamente.
En esas circunstancias, mi propio orgasmo no se hizo esperar y sentí cómo estaba a punto de correrme dentro de mi madre.

 

¡Mamá! ¡Mamá! – balbuceé – ¡Ya! ¡YA!

 

Con desidia, a regañadientes, mi madre me liberó de su abrazo, permitiéndome salir de su interior. Justo a tiempo, pues en cuanto la saqué, mi polla comenzó a vomitar semen sobre el vientre de mi madre, dejándolo pringoso. Yo no podía más, así que me derrumbé sobre ella, manchando mi propio cuerpo con los pegotes de mi corrida.
Así nos quedamos, abrazados, respirando con dificultad, tratando de serenarnos, acariciándonos el uno al otro. Por fin, reuní fuerzas suficientes para echarme a un lado, quedando tumbado junto a mi madre.

 

¡Puajj! – exclamé – ¡Estoy pringoso!
Sí, yo también – confirmó mi madre – Y no veas cómo te he puesto el pelo al acariciártelo con esta mano.

 

Mientras decía esto, agitaba en el aire la mano con la que me había masturbado, que había quedado pringosa al correrme.

 

¡Jo! ¡Es verdad! – dije pasándome los dedos entre los cabellos.
Ven – dijo mi madre.

 

Se levantó de la cama y se arregló un poco el camisón. Yo hice lo mismo con mi pijama y la seguí. Salimos al pasillo, tras abrir el pestillo de la puerta y comprobar que no hubiera moros en la costa.
Silenciosamente, nos deslizamos hasta el baño, cerrando el cerrojo tras nosotros. No sé por qué, pero a los dos nos entró una risa floja que a duras penas lográbamos contener. Supongo que sería porque parecíamos ladrones andando a hurtadillas por la casa.
Entonces mi madre pareció recordar algo, y llevándose un dedo a los labios para indicarme que no hiciera ruido, me dijo que esperara allí. Volvió a abrir el cerrojo y salió sigilosamente al pasillo, cerrando la puerta tras de sí. Tuve que esperarla casi cinco minutos, poniéndome más nervioso cada vez, hasta que por fin, la puerta volvió a abrirse y mi madre volvió a entrar, sin olvidarse de echar el cerrojo.

 

He ido a por ropa limpia – susurró.

 

Vi que traía un pijama nuevo para mí, de los que estaban en uno de mis cajones. También había pasado por su cuarto, para coger un camisón para ella. Por eso había tardado tanto; moverse por su dormitorio con cuidado para evitar que mi padre despertara debía haberle costado bastante.
En el baño no había luz, pero mi madre abrió la ventana, para que penetrara el resplandor de la luna. Con eso bastaba. Mi madre comenzó entonces a desnudarme, quitándome aquella ropa manchada de sudor y semen.

 

Mañana te das un baño sin falta – me susurró.

 

Una vez me tuvo desnudo, echó agua de una jarra en la jofaina, y mojando una toalla, comenzó a asearme el cuerpo.

 

¡Ay! ¡Está fría! – me quejé.
Pues te aguantas. Haber pensado en ello antes de hacerle eso a tu mamaíta – replicó ella sonriendo.

 

Mi madre estaba en cuclillas frente a mí, limpiando como mejor podía mi cuerpo con la toalla. Yo la contemplaba desde arriba, echando disimulados vistazos por el escote de su camisón, aunque la falta de luz me impedía verlo todo con detalle. Pero creo que eso lo hacía incluso más erótico.
Mi madre estaba limpiándome las pantorrillas y los pies cuando alzó la vista, topándose de frente con mi pene que estaba comenzando a recobrar el formato extenso.

 

¡Dios mío! – exclamó – ¿No has tenido suficiente?
………..
¿Qué voy a hacer contigo? – dijo agarrándome la punta del capullo con dos dedos y dándome un cariñoso pellizco, lo que hizo que las rodillas me fallaran.

 

La verdad es que no sé si hablaba conmigo o con mi polla.

 

Podrías hacer lo mismo que con el abuelo – sugerí.

 

Ella me miró a los ojos, pero no había rastro de enfado en su mirada, sólo un brillo pícaro.

 

Vaya, vaya. Estás hecho todo un sinvergüenza ¿eh?
Sí – me limité a responder.

 

Supongo que ante tan convincente respuesta, mi madre se quedó sin argumentos, o puede que en realidad siguiera caliente como una perra. Lo cierto es que sin decir nada más, la boca de mi madre engulló una buena porción de rabo, haciéndome soltar una exclamación de placer.
Era buena. Era muy buena. Tuve que agarrarme a un mueble para no caer redondo al suelo, pues la mamada era tan genial que apenas me tenía en pié. Su lengua no paraba de juguetear con mi falo mientras su boca se deslizaba a lo largo de él. Su cabeza iba para atrás, dejando tan sólo el glande atrapado entre sus labios, para a continuación volver hacia delante, enterrando mi verga por completo en su garganta, clavando su nariz en mi ingle.
Llevó entonces una mano hasta mi escroto, y empezó a masajearme las bolas con destreza. Sacó entonces mi polla de su boca, para entretenerse jugando con su lengua en la punta durante unos segundos, para a continuación volver a tragársela entera. Una de las veces, abrió su boca al máximo, tratando de engullírmela por completo, apretando su rostro contra mi ingle. Creo que nunca había llegado tan adentro de la garganta de una mujer. Era genial.
Pero yo no quería acabar así, por lo que con toda la pena de mi alma y mi corazón, me vi forzado a apartarla de aquella polla que devoraba con tanta pasión. Mi rabo quedó reluciente, empapado por la saliva de aquella mujer que tan diestramente era capaz de engullirlo.

 

¿Qué pasa? – siseó mamá.
Así no – contesté yo, empujándola hasta que quedó sentada en el suelo.

 

Me arrodillé junto a ella y la besé con pasión, sintiendo mi propio sabor en su boca. Nuestras lenguas se entrelazaron, juguetonas, pero ella no quería esperar más, así que llevó sus manos a mi polla, estrujándola suavemente.

 

¡Ugghh! – me quejé.
Shissss. Tranquilo.

 

Ella se tumbó boca arriba y se subió el camisón, separando los muslos, ofreciéndome su coño chorreante. Pero yo tenía otra idea en mente, así que la hice volverse y colocarse a cuatro patas.
Me arrodillé tras ella, amasando sus nalgas con fruición, separándolas para poder ver el agujerito que iba a ser penetrado de un momento a otro. Parecía muuuuuy estrecho.
Sin parar de sobarle el culo, penetré su ano con el dedo pulgar, lo que le hizo dar un respingo de sorpresa.

 

¿Qué demonios estás haciendo? – exclamó.
Shissssss – relájate, contesté yo continuando con mi masaje.
¡De eso nada! – dijo sentándose en el suelo, poniendo su culo a salvo de mis siniestras intenciones.
Pero, ¿por qué? – dije sorprendido.
¡Estás loco! Nunca he hecho algo así.
¿Nunca?
Nunca. ¡Y nunca lo haré! Eso es demasiado.

 

Resignado, tuve que aceptar su voluntad. ¿Qué podía hacer yo?

 

Vale, vale, lo siento – susurré – Perdóname, es que no imaginaba que nunca lo hubieras hecho por ahí.
¡Pues claro que no! ¿Qué clase de mujer te crees que soy?

 

Mejor no responder a eso.
Dulcemente, me incliné sobre ella y volví a besarla. Me deslicé hacia abajo, abriendo el cuello de su camisón y volviendo a liberar sus pechos de su encierro. Estaban como rocas. Esta vez sí los chupé con habilidad y arte, jugueteando con la lengua en sus pezones, acariciándolos y sobándolos con habilidad, poniendo toda la experiencia adquirida al servicio de las tetas de mi madre. Aquello le gustaba bastante, a juzgar por los gemidos y balbuceos que sus labios proferían.

 

Ummmm. Asíiiiii. Síiiii – susurraba.

 

Me separé entonces de ella, y acaricié suavemente mi verga. Estaba a punto, así que decidí no hacerla esperar más. Mi madre permanecía tumbada boca arriba, así que cogí una de sus piernas y la levanté, de forma que girara un poco la cintura. De esta forma, con una sola pierna levantada, podía penetrarle el coño lateralmente, manteniendo su muslo apretado contra mi pecho. Así lo hice, y aunque parezca una tontería, se notaba la diferencia.
Mi polla no podía penetrar tan profundamente como antes, pero la sensación era diferente, parecía otro coño distinto. Estaba bastante bien y a mi madre pareció gustarle mucho el cambio, pues el volumen de su voz fue subiendo progresivamente, a medida que yo empujaba en su chocho.

 

¡Así! ¡Así, mi vida! ¡Dale! ¡Más fuerte! ¡¡Más fuerte!!

 

De nuevo alarmado, cogí la toalla mojada que había junto a nosotros y la acerqué a su rostro.

 

Toma. ¡Ufff! – resoplé – Muerde esto. ¡Ahhh!

 

Ella entendió mis intenciones y mordió con fuerza la tela, ahogando sus propios gemidos. Más tranquilo sobre el ruido, comencé a bombearla con más fuerza, con más violencia, y pude constatar lo acertado de haberle dado la toalla, pues a pesar de ella, sus gemidos inundaban la habitación.

 

¡Uhggg! ¡Uhhuuhg! – gorgoteaba.
Sí, mamá. ¡SÍ! – respondía yo.

 

Sus manos se engarfiaron con fuerza de la toalla, estirándola salvajemente mientras la mordía con saña. Comprendí que se estaba corriendo de nuevo, sus jugos resbalando por la cara interna de sus muslos y empapando el suelo.
Yo empujaba y empujaba, enfebrecido, agotado, pero decidido a acabar antes de derrumbarme exhausto. Empujé y empujé, follé y follé, hundiéndome sin compasión en aquel paraíso del placer. Por fin, no pude más. Me derrumbé sobre ella, saliéndose mi verga de su interior. Pero mi madre no me iba a dejar así; empujándome, me hizo quedar boca arriba y de un golpe, volvió a tragarse mi polla, deslizando sus labios sobre ella a toda velocidad. No tardó más que unos segundos en hacer que me corriera, inundando su boca con mi orgasmo. Ella se apartó sorprendida, escupiendo semen al suelo, que quedaba colgando de su boca en hilos blancuzcos.
No me reprendió ni se quejó, simplemente se tumbó a mi lado, respirando los dos medio asfixiados.
No estoy seguro de cuánto permanecimos así, derrengados, hasta que mi madre reunió la suficiente fuerza de voluntad para moverse.

 

Vamos, Oscar. No podemos quedarnos así. Vas a coger frío.

 

Como un zombi, obedecí sus órdenes y logré ponerme en pié. Ella hizo otro tanto y fue hasta el mueble del baño para coger otra toalla. Sin decir palabra por el cansancio, retomó sus labores de limpieza de mi anatomía, concluyéndola lo mejor que pudo en unos minutos.

 

Ahora vístete – ordenó.

 

Yo obedecí, mientras contemplaba como ella se desvestía por completo, tirando su camisón empapado en el suelo, sobre mi ropa.
Allí, desnuda como una diosa comenzó a asearse a si misma, usando también una toalla húmeda. Entonces yo me acerqué a ella y sujeté la toalla sin decir nada. Ella me miró y dejó la toalla en mis manos, sin pronunciar palabra tampoco.
Me encargué yo entonces de su limpieza, haciéndola con lentitud, acariciándola con dulzura. Limpié sus senos, llenos de mi propia saliva, su espalda, empapada en sudor, su cuello, su cara, sus brazos. Su pubis fue más complicado, pues en cuanto lo rocé, un estremecimiento sacudió su cuerpo.

 

Con cuidado – susurró – Está muy irritado.

 

Me acordé entonces de Dickie y de cómo había quedado de maltrecha tras nuestro encuentro, así que aseé aquella parte con delicadeza. Todo aquello estaba volviendo a ponerme cachondo, pero me contuve, pues sabía que mi madre no podía más. Era consciente de que había sido la primera y la última vez que estaba con ella como amantes, pero no me importaba; había merecido la pena.
Entonces, se me ocurrió algo.

 

Mamá – dije.
¿Ummm? – contestó ella, disfrutando quedamente de mis caricias.
¿No has pensado en arreglar las cosas con papá?

 

Ella me miró sorprendida.

 

¿Arreglar las cosas? No hay nada que arreglar. Yo quiero mucho a tu padre y me consta que él me quiere a mí. Es sólo que no me da todo lo que yo necesito – dijo.
Pues a eso me refiero. ¿No has intentado hablarlo con él?
Sí – dijo ella asintiendo tristemente – Muchas veces, pero él hace oídos sordos. No quiere ni oír hablar de ello. Para él el sexo es una obligación. Una vez por semana, unos empujones y listo, a ver si me quedo embarazada otra vez.
¿Y tú nunca has tratado de llevar la iniciativa?
¿Cómo? – dijo mi madre extrañada.
Ya sabes… Podrías intentar alguna de las cosas que haces con el abuelo…
Sí, y seguro que tu padre me mata.
No creo que haya ningún hombre en el mundo que fuera capaz de resistirse a lo que tú has hecho esta noche.

 

Mi madre se quedó pensativa, sopesando lo que yo acababa de decir. Yo notaba que había dado en el clavo, y que ella estaba pensando en intentar algo. Me lo confirmó el hecho de que se vistió muy deprisa. Se puso el camisón sin decir nada, dándole vueltas en la cabeza a una idea.

 

Anda, Oscar – me dijo – Coge esta ropa y llévala abajo, al montón de la ropa sucia.
Vale.

 

Abrimos la puerta y salimos en silencio. Yo besé entonces en la mejilla a mi madre, que me sonrió en la oscuridad. Ella se dirigió a su cuarto y yo partí como un rayo escaleras abajo, llevando el montón de ropa sucia.
Atravesé la cocina y fui hasta el cuarto de las bañeras, donde solíamos acumular la ropa sucia. Enterré bien los pijamas entre el resto de la ropa y regresé con rapidez. Por desgracia, al ir a oscuras me pegué un buen golpe en la espinilla, lo que me hizo perder un minuto dando saltitos a la pata coja, mientras me cagaba en los muertos de la silla o de lo que Dios quisiera me hubiera golpeado en la oscuridad.
Por fin, regresé frente al cuarto de mis padres y pegué la oreja a la puerta. No se oía nada. Desilusionado, miré por la cerradura, esperando no poder ver nada en la oscuridad, pero afortunadamente, la noche era calurosa, por lo que la ventana estaba abierta de par en par, así que el resplandor lunar iluminaba débilmente la habitación. Suficiente para mis ojos, que ya se iban acostumbrando a las tinieblas.
Entonces pude ver a mi madre, de rodillas sobre su cama, al lado del cuerpo durmiente de mi padre. No podía ver bien, pero me pareció que una de las manos de mi madre descansaba sobre el cuerpo de mi padre. No sabía qué estaba haciendo, pero entonces esa mano levantó el miembro erecto de mi padre. Había estado estimulándolo mientras dormía. Entonces, sin perder un segundo, mi madre acercó su cara al pene paterno y lo engulló de un golpe.
Yo seguía espiando tras la puerta, un tanto excitado por la situación. Mi padre aún tardó un par de minutos en despertarse, y cuando lo hizo se encontró con su mujercita propinándole una soberbia felación.

 

¿Qué…? – balbuceó.

 

Mi madre no contestó. Siguió mamando y chupando, dándole placer a papá. Era el momento clave, y mi padre, por fortuna, no lo desaprovechó.
Sus manos se apoyaron en la cabeza de su esposa y acompañaron el ritmo de la mamada, gimiendo y resoplando de placer. Entendí que mamá lo había logrado, papá ya estaba en sus redes, así que decidí concederles intimidad, pues por esa noche, yo ya había tenido suficiente.
Al día siguiente desperté bastante tarde, pero nadie vino a avisarme. Me levanté y me vestí, comprobando después que, contrariamente a lo habitual, mis padres seguían acostados, durmiendo en su dormitorio.

 

¡Menuda nochecita! – pensé.

 

Llegó la hora de mis clases y tuve que asistir, pero con la cabeza puesta en los sucesos nocturnos. Por fin, me encontré con mis padres a la hora del almuerzo. Parecían mucho más felices de lo que yo los había visto en mucho tiempo. Mi padre llegó incluso a besar a mi madre delante de todos, lo que nos dejó muy sorprendidos. La sonrisa que mi madre me dirigió después, me hizo comprender todo lo que había pasado.
Ese día me sentí muy feliz de haber aportado algo a la felicidad de mis padres, aunque sin duda habrá quien me tilde de hipócrita, pues lo único que yo intentaba era llevarme al huerto a mamá. No les faltará razón a quienes piensen esto, pero lo cierto es que me sentí muy contento.
Además, jamás volví a acostarme con mi madre, lo que no me importó en absoluto. El que sí se cabreó un poco fue el abuelo, pues él tampoco logró volver a obtener nada de mamá, aunque con el tiempo se le fue pasando, contento de que por fin, su hijo hubiera aceptado la vida como él la veía, aunque fuese con una sola mujer.
Continuará.
TALIBOS
 
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