CASANOVA: (7ª parte)
MI PRIMA MARTA (2)

Por favor, que sea ya domingo.

Ese fue mi primer pensamiento al despertar por la mañana en mi dormitorio. Durante la noche, había soñado con los acontecimientos de la tarde anterior, por lo que me desperté con una erección de campeonato. Para mi desgracia, todavía era jueves, faltaban todavía tres días para la fecha fijada por Marta, y yo no sabía si podría aguantar tanto sin sexo. De todas formas, esa primera mañana estaba dispuesto al menos a intentarlo, pero, lo cierto es que no lo conseguí.
Así pues, decidido a no follar hasta el domingo para ir en plena forma a mi cita con Marta, tenía que mantener la mente entretenida en otras cosas que no fueran las mujeres, que últimamente ocupaban hasta el más escondido rincón de mis pensamientos. Por ello fue que aquel día procuré mantenerme continuamente ocupado. Primero en clase, me concentré tremendamente en los estudios, atendiendo a las lecciones de Dickie, sin fijarme en su culo, sus tetas, su… A la vista está que no lo lograba por completo, pero, tratándose de mí, la verdad es que fui un alumno bastante aplicado esa mañana. Hasta Dickie se extrañó de que no intentara en ningún momento alguna barrabasada con ella.
¿El almuerzo? Comí lo más deprisa que pude, para no estar en la misma habitación que Marta demasiado tiempo, pues cada vez que mis ojos miraban su rostro, lo recordaba ruborizado, excitado, con los ojos clavados en mi polla mientras me la meneaba.
El resto del día lo pasé ayudando a Juan a limpiar el establo, lejos de las tentaciones, mientras que mi abuelo daba clases de equitación a un par de chavales adinerados de la región. Acabé hecho polvo, muy cansado, pero orgulloso de haber conseguido pasar un día completo sin intentar nada con ninguna chica.
Como ven, mis intenciones eran buenas, pero por desgracia (o más bien por suerte), el día siguiente no sería igual.
Y es que el viernes amaneció de una manera que…
Estaba yo en mi cama, profundamente dormido, tras una noche plácida, sin sueños, pues al acostarme tan cansado la noche anterior, había dormido de un tirón. Comenzaba a despertarme, y me encontraba en ese estado de duermevela, en el que, aunque despierto, tus sentidos están absolutamente embotados, mientras vas poco a poco dándote cuenta de dónde estás.
Seguía con los ojos cerrados, sin desear abrirlos, cuando noté un contacto. Mi mente despertó de golpe; inequívocamente, alguien acababa de rozarme la polla, que, como todas las mañanas, se había despertado antes que yo.
Abrí un poco los ojos, tratando de ver quien me había tocado y me encontré con mi hermanita junto a la cama. Sin duda había sido ella.

¡Pero qué coño! – pensé.

Marina estaba de pié, mirándome. Al tener yo los ojos casi cerrados, no la distinguía bien, pero reconocía perfectamente su silueta. Decidí seguir haciéndome el dormido, para ver qué hacía ella.
Se quedó allí, parada, durante un par de minutos. Supongo que estaría asegurándose de que yo seguía dormido, así que no moví ni un músculo. Por fin, se inclinó un poco hacia delante, estiró un brazo y noté cómo me tocaba la polla sobre el pijama con la punta de uno de sus dedos. Presionó sobre ella durante unos segundos, como comprobando su dureza, y después lo deslizó a lo largo de todo el tronco, acariciándolo por encima de la ropa.
Por desgracia, no continuó con sus deliciosas maniobras. Debió de recordar por qué había venido a mi cuarto, así que, tras arroparme con las sábanas, me zarandeó despertándome.

Oscar, vamos despierta, que mamá dice que ya es muy tarde y que tienes que ir a clase – decía.

Yo aún tardé unos segundos en reaccionar, simulando estar dormido.

Ya voy, ya voy – dije somnoliento.

Abrí los ojos y vi a Marina mirándome. Pensé en hacerle algún comentario que le hiciera comprender que había notado sus tocamientos, pero decidí no hacerlo, no sé muy bien por qué. Así que, sin pensarlo más, me levanté de la cama, sin acordarme de mi erección (pues era normal por las mañanas).

Serás cerdo – dijo Marina enfadada.

Yo no sabía por qué me decía esto, si estaba portándome muy bien, había sido ella la que… Entonces comprendí. La miré y vi que se había puesto muy colorada; sin duda pensaba que se trataba de otra de mis maniobras para avergonzarla, pero lo cierto es que no había sido mi intención, por lo que no sabía muy bien qué decir:

Yo… Lo siento. Perdóname, es que me levanto así todos los días, yo… – balbuceé.
Sí, sí, vale. Vístete, que mamá te está preparando el desayuno.

Sin decir más, salió de la habitación, dejándome aturdido y excitado. Desde luego, aquel no había sido mi comportamiento habitual, debía de encontrarme más dormido de lo que creía, pues en otras circunstancias sin duda habría aprovechado para divertirme a costa de mi hermana. Sin darle más vueltas, atribuí mi despiste a que esa mañana tenía mucho sueño, así que me levanté y fui a asearme.
Mientras lo hacía, no paraba de darle vueltas a lo que había hecho Marina. ¿Lo habría hecho otras veces? ¿Estaría por fin aceptando el deseo, la necesidad, por encima de su mojigatería? Todo aquello contribuía a mantenerme excitado. El simple hecho de saber que mi hermana también pensaba en mí, me ponía cachondo, con lo que mi erección no bajaba.
Me vestí y bajé a la cocina, donde desayuné procurando que nadie notara mi estado. En cuanto pude, me escabullí escaleras arriba y fui a dar clase con Dickie, pensando que un poco de estudio disiparía mi excitación. Por desgracia no fue así, pues la perturbadora presencia de mi jamona profesora me distraía continuamente.
Dickie notó que algo raro me pasaba, y muy acertadamente, decidió dar por terminada la clase algo antes de lo habitual, por lo que me encontré con parte de la mañana libre. Decidí dar un paseo, así que salí de la casa por la puerta de atrás, para estirar las piernas un poco. Caminé alejándome de la casa unos doscientos metros, y me senté a la sombra de un árbol.
Me pues entonces a pensar en todo lo que había pasado en las últimas semanas, Marta, Vito, Helen… un sinfín de imágenes cruzaron mi mente, rememorando cada experiencia, cada sensación, cada sabor… Comprendí entonces que me iba a ser imposible resistir hasta el domingo sin hacer nada, pero, por otra parte ¿y qué más daba? Aunque me acostara con alguna chica, estaba seguro de llegar en perfectas condiciones a mi encuentro con Marta. Como ven, mis firmes convicciones del día anterior se derrumbaban fácilmente tras un único día sin mojar.
Comprendo que a algunos esto les parezca ridículo, pero tienen que entender algo. ¿Acaso serían capaces de estar en el jardín de las delicias y no probar ninguna? Pues eso me pasaba a mí. Había descubierto que era capaz de seducir a cualquier mujer, así que, rodeado de tantas bellezas ¿por qué esperar?
Tratando de convencerme a mí mismo con tan débiles argumentos, regresé a la casa, decidido a liarme con alguna chica, la que fuera, con tal de calmar mis ardores, pero sabiendo instintivamente que era importante que Marta no se enterara.
Me acerqué a la casa, caminado hacia la puerta de atrás. Pero en ese momento, la puerta se abrió, y de ella comenzaron a surgir las chicas, entre risas y jaleo. Yo me quedé sorprendido, mirando como de aquella puerta salían tantas preciosidades, Mar, Vito, Tomasa… ¿Adónde iban?
Por fin, mi obnubilado cerebro captó una cosa. Iban cargadas de ropa. ¡Claro! Una vez al mes, la casa era sometida a una limpieza general, cortinas, sábanas, manteles… todo era lavado y arreglado, y ahora las criadas se disponían a tender la ropa.
¡Mierda! Si estaban tan atareadas no iba a lograr mis propósitos. Algo frustrado, rodeé el edificio para no pasar entre ellas, dirigiéndome a la entrada principal. Entré y subí las escaleras, dirigiéndome hacia mi cuarto.
Se me ocurrió entonces buscar a Marta, sólo para hablar claro, pues aún no me había dicho nada acerca de lo del domingo, cómo lo íbamos a hacer para que no nos pillaran y eso.
Como no estaba en su cuarto, seguí buscándola en el piso superior, hasta que mis pasos me condujeron hasta el despacho de mi abuelo. La puerta estaba abierta, así que me asomé al interior, y entonces, una intensa sensación de “deja vu” me embargó.
Subida a una banqueta estaba Loli, agitando un plumero con el que limpiaba el polvo de los estantes de arriba. Recordé claramente la que había sido mi primera experiencia con el sexo, yo subido en el árbol mientras Loli, en la misma posición en que se encontraba en ese momento, era asaltada por el abuelo.
Recordé también mis primeras lecciones sobre la mujer, impartidas por mi abuelo, usando como mapa el espléndido cuerpo de aquella mujer que limpiaba el polvo distraídamente, sin darse cuenta de mi presencia.

A ésta no llegué a follármela – pensé, y una sonrisilla maliciosa se apoderó de mis labios.

Ya me daba igual Marta, el domingo y todo. Yo sólo pensaba en vivir el presente. Y así lo hice.
Entré al despacho sigilosamente, procurando no hacer ni un ruido. Cerré la puerta tras de mí, muy despacio, pero a pesar de mis precauciones, se escuchó un audible “click” al encajar la cerradura. Yo estaba seguro de que Loli lo habría oído, pero al mirarla, me di cuenta de que no debía de haber sido así, pues ella seguía a lo suyo.
Comencé a aproximarme a ella por detrás, caminando casi de puntillas. Por fin, llegué junto a ella. Al estar subida en un banco, su magnífico trasero quedaba justo a la altura de mi cara, así que, sin pensármelo un segundo, me abalancé sobre aquel maravilloso cuerpo, apoderándome de sus nalgas con mis inquietas manos.

¡Ay! – exclamó Loli – ¿Será posible? ¿No puede usted estarse…?

Y se quedó callada durante un segundo.

¡Claro! – pensé – Sí que me ha oído entrar, pero pensó que era mi abuelo.

Viendo lo increíblemente puta que era aquella mujer, me excité todavía más, así que, sin perder un segundo, metí mis manos por debajo de su vestido, comenzando a amasar sus prietas nalgas con mis manos y descubriendo que, una vez más, Loli iba sin ropa interior. Por fin, tras la sorpresa inicial, la chica reaccionó.

¡Pero, qué coño! ¡Déjame, cabrito! ¿Estás loco? – exclamó.
Loli, Loli – repetía yo – ¡Qué buena estás!

Sucedía como con mi abuelo; al ser tan repentino mi ataque, la chica no podía defenderse, pues usaba sus manos para sujetarse a las estanterías y no caerse del banco. Yo me aproveché golosamente de esa circunstancia, acariciándola y metiéndole mano por todas partes. Enseguida deslicé una mano desde atrás por entre sus piernas, encargándola de explorar la sedosa mata de pelo que había en el pubis de Loli, a pesar de que ella trataba de apretar los muslos para impedirme el acceso.

¡AAAH! – gimió la zorra – ¡Estáte quieto, cabrón!
Ni lo sueñes – decía yo, mientras besaba su culo por encima del vestido.

Entonces Loli se movió bruscamente, tratando de zafarse de mi presa, pero por desgracia, lo que hizo fue perder el equilibrio y cayó desde el banco al suelo, arrastrándome a mí en su caída. Caímos en un revoltijo de piernas y manos, que se retorcían y desaparecían bajo la ropa. Yo no me hice mucho daño, pero Loli sí se llevó un buen golpe en un brazo, lo que me obligó a detener mi ataque.

¡Ay! – se quejaba – ¡Mira lo que has conseguido!

Loli quedó sentada en el suelo, frotándose un codo con la otra mano, con gesto de dolor. Yo la miraba, algo avergonzado de mi conducta, pero con los ojos fijos en sus piernas, pues al sentarse el vestido se le había arremangado hasta medio muslo, y a poco que ella se moviera, su chocho quedaría también al descubierto.

¡Eh, tú! – me dijo para atraer mi atención.

Yo, con un resto de cordura, alcé los ojos y la miré. Parecía enfadada.

¿Estás loco o qué? ¿Se puede saber a qué ha venido esto? – exclamó.
Lo siento, Loli. No pretendía hacerte daño.
No, si ya supongo lo que pretendías.
Venga, Loli, no te enfades.
¿Que no me enfade? ¿Y por qué no, si casi me rompes un brazo?

Nos quedamos callados unos segundos, mirándonos. Loli se puso de pié, arreglándose el vestido de paso. Trató de poner derecho el banco que se había volcado, pero con un solo brazo no podía.

Déjame. Lo haré yo – dije.
Vale – contestó todavía enojada.

Mientras yo colocaba el banco en su sitio, ella se sentó en una silla y se examinó el brazo. Se notaba una zona enrojecida en el codo, allí donde había chocado con el suelo.

Me va a salir un moretón de cuidado – dijo.

Yo me senté en el banco y volví a mirarla.

Ya te he dicho que lo siento, de verdad – dije compungido.

Ella me miró más calmada.

Vale, vale, no te preocupes. ¿Pero, por qué lo has hecho?
Pues por qué va a ser, mujer… – dije azorado – Te vi ahí y…
¿Y qué?
Pues eso… Estabas ahí subida, con el culo en pompa y no pude resistirme.
¿Y no podías haberlo hecho de otro modo?
Sí, supongo que sí, pero…
Pero, ¿qué?
Verás… ¿Recuerdas el día, ya sabes, aquel día en mi cuarto?

Ella enrojeció un poco antes de contestar.

Sí, claro, me acuerdo.
Pues, verás… Esa mañana, te vi con mi abuelo, aquí. Tú estabas limpiando, como ahora, y mi abuelo llegó…
Sí, sí, vale – me interrumpió – ¿Y cómo sabes tú eso?
Es que… Estaba subido al árbol – dije señalándolo a través de la ventana – desenganchando mi cometa y os vi.
Comprendo – dijo muy seria.
Y, como aquel día no llegamos a…
¿A qué?
Ya sabes…
¡A follar, vaya! – dijo ella divertida.
Sí, eso – confirmé simulando azoramiento – Pues… No sé. Te vi ahí y no pensé nada más.
¡Ay, Oscar! ¡Qué voy a hacer contigo!
Lo siento – dije compungido.
Yo también he pensado en ti, no creas – dijo Loli para mi alegría – Aquel día estuviste espléndido y yo también me quedé con ganas.
¿Entonces? – dije ilusionado.
Pero tu abuelo me dijo que no hiciera nada contigo.
¡Pero eso era antes! – exclamé.
¿Cómo?
Sí, eso era antes…
¿Antes de qué? – inquirió Loli.

No sabía muy bien cómo decirle que mi abuelo no quería que perdiera la virginidad con ella, pues Loli era muy zorra y era capaz de liarme.

Verás – dije dubitativo – Es que mi abuelo… Ya sabes… Con las mujeres…
Sí, sí, ya lo creo que lo sé.
Pues eso, quería que mis primeras experiencias con las mujeres las buscara yo, y no que me las consiguiera él, para “hacerme un hombre” o no sé qué.
Ya.
Pero ahora, ya tengo experiencia, así que…
Sí, comprendo – rió Loli.
¿De qué te ríes?
Porque ya he oído hablar de “tus experiencias” – dijo jocosa.

Me quedé mirándola unos instantes y por fin dije:

Oye, las mujeres os lo contáis todo ¿verdad?
Bueno… Si somos amigas… Sí, casi todo.
¡Pues qué bien! – exclamé algo enfurruñado.
¿Por qué te enfadas? Si es mejor para ti. Tu fama se extiende y todas queremos…
¿El qué? – dije entusiasmado.
Probarte – concluyó Loli con una sonrisa pícara.
¡Estupendo! – exclamé levantándome del banco y acercándome a Loli.

Ella se levantó también, pero en vez de aproximarse a mí, se apartó, colocando la silla entre ambos.

¡Quieto ahí!
¿Cómo? – dije sorprendido.
He dicho que me gustaría, no que vaya a hacerlo ahora.
¿Por qué no?
¿Cómo que por qué? ¿Te parece bien ir por ahí asaltando a las mujeres? ¿Tirándolas al suelo y haciéndoles daño? Si hubieses venido de otra forma… ¿Quién sabe? Pero así…
Vamos, Loli – supliqué – Ya te he pedido perdón. Lo siento, de veras.
Y yo también lo siento, Oscar, pero ¿qué le vamos a hacer? Otra vez será. Además, todavía tengo que acabar de limpiar el polvo y con este brazo…

Bueno, qué le íbamos a hacer. La verdad era que yo lo había estropeado todo. Notaba que Loli era sincera en sus palabras, que no estaba jugando conmigo, así que hice lo que me pareció más caballeroso.

Vale, vale, tienes razón – dije – Mira, para disculparme me encargaré yo de quitar el polvo.
¿En serio?
Sí. Anda, siéntate y descansa ese brazo.

Y así lo hice. Había perdido la esperanza de sacar algo de esa situación, así que decidí ser un buen chico. Cogí el plumero del suelo y me subí al banco, limpiando el polvo de las estanterías de arriba; mientras, Loli se sentó en una silla, mirándose el codo y moviéndolo para comprobar el daño.
Estuvimos así durante un rato, charlando de diversas cosas. Cuando acababa con un estante, me bajaba del banco y lo colocaba junto al siguiente; mientras, conversábamos, aunque no tocamos los temas que en ese tiempo a mí más me interesaban.
Estaba limpiando un estante cuando caí en la cuenta de algo. Allí era donde el abuelo tenía los libros “interesantes”, de donde Dickie había sacado la novela la noche de la tormenta. Aquello me devolvió la esperanza de echar un polvo con Loli, pues mi calenturienta mente estaba elaborando un plan.
Estiré la mano y cogí uno de los libros y ¡bingo!, no podía creer en mi suerte, pues no se trataba sólo de una novela erótica, sino que venía adornada por un buen número de fotos pornográficas. El libro estaba en francés, así que yo no entendía nada, pero las fotos eran lo suficientemente explícitas como para hacerme sentir el gusanillo de la excitación.
Loli estaba hablándome de lo atareada que andaba siempre en la casa cuando yo la interrumpí.

Loli – dije – ¿Quieres ver algo interesante?
¿El qué?
Espera y verás.

De un salto, bajé del banco y, con el libro en las manos, me dirigí hacia la mesa del abuelo. Me senté en el butacón grande que había tras la mesa y dejé el libro sobre ella.

Ven – le dije a Loli – Trae tu silla.

Ella obedeció, y cogiendo la silla con su mano buena la dejó junto al butacón y se sentó, mirando la cubierta del libro.

“Les foi…” – leyó en la tapa – ¿Qué demonios es esto? No entiendo nada.

La chica apenas si sabía leer castellano, así que imagínense el francés.

Tranquila, mira esto – dije.

Abrí el libro y comencé a pasar las páginas de texto, hasta que me encontré la primera foto. Se trataba de una mujer, con el cabello rubio, vestida tan sólo con una fina bata que llevaba abierta. Yacía despatarrada sobre un diván, mostrando su pelambrera con una dulce sonrisa en los labios.

¡Coño! – exclamó Loli – Pero, ¿qué es esto?
Es un libro de la colección privada de mi abuelo.
¡Joder! – la chica tenía un lenguaje de lo más educado – ¡Si está en pelotas! ¡Vaya zorra!
Pues anda que tú – pensé.

Loli se quedó como hipnotizada contemplando la lámina de la tía desnuda y comprendí que con un pequeño empujón sería mía.

Loli – dije.
¿Ummm? – respondió sin apartar los ojos del libro.
Voy a cerrar la puerta, si mi abuelo nos pilla con su libro…
Vale, vale.

Me levanté y fui a echar el pestillo de la puerta. En realidad, que mi abuelo nos pillara no me preocupaba en absoluto, pero Marta o mi madre serían un auténtico problema. Cerré y volví con rapidez a mi asiento.
Loli seguía mirando la foto, supongo que debía de pensar en cómo había gente que se dejara fotografiar desnuda para que cualquiera pudiera verla. Ella era una zorra, pero en privado.
Como no hacía nada, fui yo el encargado de pasar más páginas, hasta llegar a la siguiente foto. Ahora, en la imagen además de la tía desnuda, aparecía un hombre, vestido con ropa muy antigua, que parecía regañar a la mujer (supongo que el texto aclararía el por qué).
Seguí pasando hojas, y nos encontramos con la mujer, con el rostro compungido por la riña, acariciando el paquete del tipo por encima del pantalón, mientras su dueño ponía una expresión de sorpresa tan exagerada y falsa que resultaba hasta cómica. Iba a pasar de página cuando Loli, colocando su mano sobre la mía, me detuvo.

Espera, espera – dijo – ¡Mira qué puta! ¡Cómo le soba la polla!

Estaba alucinando con las fotos, así que la dejé a su aire. Retiré mi mano del libro, dejando que ella pasara la página cuando quisiera y me recliné hacia atrás en el butacón, dedicándome a observar a Loli. Era realmente preciosa, desde luego, mi abuelo sabía escoger al servicio. Llevaba su negro cabello recogido atrás, en una cola de caballo, aunque solía usar moño. Su vestido era de color azul claro, floreado, y era de una sola pieza, con botones que iban desde el cuello hasta la cintura. Sus ojos, negrísimos, contemplaban admirados las fotos del libro, sin prestar atención a nada más.

¿Qué te parece? – dije.
Yo… No sabía que hubiera cosas como esta.
Bueno… Tengo entendido que no abundan. Como ves, este libro es extranjero, aquí debe ser difícil encontrar algo así.
¡Sí, es que las españolas no somos tan putas como para hacer algo así!
¡Y una mierda que no! – pensé, aunque dije:
Sí, eso es verdad.

Ella pasó más páginas y se detuvo en una foto en la que la chica ya había extraído la herramienta del afortunado tipo y, empuñándola, se preparaba para darle una soberbia mamada, tal y como se vio en la foto siguiente.
Yo dejé que pasaran unos minutos, pues Loli se entonaba cada vez más a medida que iba viendo fotos. Por fin, distraídamente apoyé mi mano en su muslo y comencé a acariciarlo muy lentamente, de forma muy ligera.

¡Anda, ya os han pillado! – exclamó Loli.

Yo no comprendí a qué se refería hasta que alcé la mirada y vi la foto que ella miraba. En ella se veía como otra mujer había entrado en el cuarto y había sorprendido a la pareja en plena felación. Loli buscó rápidamente la siguiente foto, en la que se veía al hombre, con el rabo fuera del pantalón, forcejeando con la chica nueva, agarrándola por las muñecas mientras la mamadora la sujetaba por las piernas.

¡A que se la follan! – dijo Loli, totalmente inmersa en la historia.

En la siguiente foto se vio cómo la pareja tumbaba a la chica en el diván y comenzaban a desnudarla. Yo también miraba las fotos con interés, pero mi mano estaba atareada en otros menesteres. Poco a poco, mis caricias iban tornándose más atrevidas, apretando su muslo con lujuria. Como ella no protestaba, deslicé la mano hasta el borde de su vestido y la metí por debajo, acariciando su rodilla.

¿Qué haces? – dijo Loli por fin.
Shisss – siseé – Pasa la página, que quiero ver qué pasa ahora.

Eso hizo que ella no protestara más. Volvió a clavar la mirada en el libro y nos encontramos con una imagen en la que el tipo, sujetando en alto los brazos de la chica nueva, había clavado la polla en su boca; mientras, su compañera le había subido la falda y se aplicaba en comerle el coño con pasión.

¡Joder! ¡Qué cabrones! – exclamó Loli.

Yo, totalmente de acuerdo con ella, pero con cosas más interesantes que hacer, deslicé mi mano sobre su pierna, esta vez directamente sobre su muslo desnudo, arremangándole la falda y la combinación a medida que lo hacía. Ella no protestaba en absoluto y se dejaba hacer, así que rápidamente llevé mis inquietos dedos hasta su chocho, que empecé a acariciar delicadamente.

UUMMMM – gimió ella.
¿Quieres que pare? – dije.

Ella no contestó, sino que agitó violentamente la cabeza hacia los lados, indicándome claramente que no quería que parara. Tras eso, dedicó su atención de nuevo a las fotos, supongo que le parecía un buen plan, que le hicieran una paja mientras miraba el libro.
A mí las fotos ya me daban igual. Con mis hábiles dedos, busqué su clítoris y me dediqué a describir movimientos circulares alrededor de él con el índice. Aquello encantaba a Loli, a juzgar por los gemidos que escapaban de su garganta.

Métemelos – susurró – Métemelos ya.

Decidí no hacerla esperar. Coloqué la palma de la mano sobre su clítoris, apretando con fuerza y clavé mis dedos en su interior, de esta forma, mientras la masturbaba con los dedos podía seguir estimulándole el clítoris, frotándoselo con la mano.
Yo seguí y seguí, acercándola cada vez más al orgasmo, estaba a punto de rechupete, cachondísima, así que lo que hice fue bajar el ritmo, para que aquello se alargase.

¿Qué haces, cabrón? – gimió desesperada – ¡No te pares!

Para dar mayor fuerza a sus palabras, Loli deslizó una de sus manos de la mesa y la condujo directamente a mi entrepierna. Allí, por supuesto se encontró con mi erección, que estrujó con fuerza por encima del pantalón.

¡AHH! ¡Loli! – ahora era yo el que gemía.
Venga, no pares… ¡No pares! – decía ella.

Saqué la mano de debajo de su vestido. Estaba empapada por sus flujos, olía a hembra que daba gusto.

¿Qué haces? – dijo ella sorprendida.
Así no, Loli. Ven, súbete aquí – dije tomándola por la cintura.

Ella me entendió sin necesidad de más palabras. Se levantó de su silla y se colocó delante mía, con su culo frente a mi cara. Yo no tardé ni un segundo en desabrochar los botones de mi pantalón y sacar la polla fuera. Estaba durísima, deseosa de enterrarse bien en aquella mujer.
Loli cogió los bordes de su vestido y de su combinación y se los subió hasta la cintura, sujetándolos allí. Separando bien las piernas, se colocó a horcajadas sobre mi entrepierna, quedando de espaldas a mí y de cara a la mesa y poco a poco fue dejando caer el cuerpo. Yo me agarré la verga por la base, apuntándola en la entrada de su coño. Ya tenía suficiente experiencia, así que cuando ella bajó sus caderas por completo, mi polla la perforó sin compasión, de un solo viaje.

¡AAAHH! – gemimos los dos a un tiempo.

Loli colocó sus manos sobre la mesa, sujetándose y yo llevé las mías hacia delante, agarrando una teta con cada una.

Oh Dios, oh Dios… – resoplaba ella.

Yo estaba simplemente en la gloria. Su coño ceñía mi polla con firmeza y podía notar perfectamente cómo sus jugos resbalaban de su interior, empapando mi entrepierna. Ninguno de los dos se movía, nos dedicábamos simplemente a sentirnos bien el uno al otro.
Mis manos, inquietas, buscaron los botones de su vestido y desabrocharon los suficientes como para dejar sus tetas al aire. Las agarré con firmeza, una en cada mano, sopesándolas, sobándolas. Separé un poco los dedos, de forma que sus pezones quedaron atrapados entre ellos y yo los apreté un poco, lo que le arrancó a Loli un desesperado gemido de placer.

Vamos – susurré – Fóllame, Loli, fóllame.

Como en trance, Loli levantó sus caderas levemente, y después volvió a bajarlas, follándose lentamente con mi miembro. Comenzó a repetir el proceso muy despacio, enloquecedoramente, mientras se apoyaba con las manos en la mesa; se notaba que disfrutaba como una perra, pero yo quería más.

Vamos, zorra, mueve el culo – le decía.

A aquella puta le gustaba que la trataran así, el lenguaje sucio la ponía cachonda.

¿Así, cabronazo? – decía mientras deslizaba su coño sobre mi enfebrecido falo.
¡Ugh! Sí, así, puta, pero más rápido.

Ella obedeció mientras se reía. Poco a poco fue incrementando el ritmo de sus caderas, arriba, abajo, adelante, atrás, parecía una bailarina árabe realizando la danza del vientre, empalada por mi polla. Era delicioso, pero yo estaba febril, excitado, quería más.
Bruscamente, me puse en pié, levantándome del butacón. Sujeté a Loli por las caderas, tanto para evitar que se cayera como para impedir que se desclavara. Ella quedó con el torso recostado sobre la mesa de mi abuelo, tapando el libro con su cuerpo y con los pies apoyados en el suelo. Yo, desde atrás, la penetraba por el coño, no muy profundamente, claro, pues la postura no lo permitía, pero al menos podía imprimir el ritmo que yo deseaba, en vez de dejar que aquella zorra jugara conmigo.
Enloquecido, comencé a bombearla con furia, con violencia, y cada nuevo empellón era acompañado de un fuerte jadeo de Loli.

¡Así, cabrón! ¡ASÍ! ¡Fóllame! ¡RÓMPEME EL COÑOOOOO!

Diciendo estas lindezas, Loli se corrió. Sus humedades resbalaban por la cara interna de sus muslos, su coño parecía una fuente. La tía berreaba como loca y mientras yo no paraba de empujar en su coño, agarrado a sus caderas como si la vida me fuera en ello.
Poco a poco el orgasmo acabó, el volumen de sus gemidos bajó a un nivel más normal, actuando como música de acompañamiento a mis embates. Pero yo quería oírla gritar, gemir, disfrutar como nunca, así que se la saqué del coño, y sin darle tiempo ni a protestar, separé sus nalgas, abrí su ano y se la clavé en el culo hasta los mismos huevos. Tan violento fue mi empujón, que hasta me dolió un poco, así que imagínense a ella.

¡UAAHHHH! ¡CABRÓN! ¡QUÉ HACES! ¡POR AHÍ NOOOOOO! – gritaba.
¿En serio, en serio, puta? – decía yo como loco – ¿Qué quieres, que la saque?
¡NO, NO! ¡FÓLLAME¡ ¡REVIÉNTAME EL CULO!

Una vez más el animal de mi interior se había apoderado de mí. Sentía hasta un poco de miedo por lo que estaba haciendo, pero sabía que ella estaba disfrutando hasta el último segundo, al igual que yo, así que, sin pensármelo más, saqué unos centímetros de picha de su culo para a continuación volver a enterrarlos de un empellón.

¡AAHHH! – gemía Loli.
¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! – resoplaba yo – Tu culo es tan estrecho…

Lo cierto es que no era para tanto. Se notaba que aquella vía era muy frecuentada y por pollas bastante más gruesas que la mía, que aún era muy juvenil. Pero ¿y a mí qué más me daba? Sólo quería follarme aquel culo, correrme en su interior, disfrutarlo plenamente.
Y a eso me dediqué, seguí cargando contra Loli, como un émbolo, sacando, metiendo, sacando, metiendo, estaba poseído. Mis manos se aferraban a sus caderas, pero no para acariciar, sino usándolas como anclajes, para que mis embestidas fueran más fuertes, más violentas.
Loli disfrutaba de aquello como la zorra que era. No me costó demasiado hacer que se corriera por segunda vez y entonces sucedió algo curioso. Mientras se corría (berreando y jadeando como loca) su cuerpo se tensó, de forma que su ano se contrajo tremendamente, ciñendo mi polla de forma tan sorpresiva y excitante, que noté que mi orgasmo se precipitaba. No pasó ni un segundo antes de que mis huevos entraran en erupción, enviando su contenido a través de mi satisfecha polla, de forma que ésta vomitó una tremenda carga de esperma en el interior del culo de Loli.
Pero yo no me conformé con aquello, mientras me corría, saqué la picha de su trasero, y pajeándola, disparé la carga contra el cuerpo de Loli, manchando su trasero, sus muslos e incluso la espalda de su vestido.
Tras la corrida, me dejé caer agotado en el butacón, contemplando a Loli que seguía derrengada, recostada sobre la mesa. La falda de su vestido seguía recogida en su cintura, por lo que dada mi posición podía contemplarla a mis anchas. Pude ver ahí cómo su ano, dilatado por mi asalto, iba poco a poco encogiéndose, retomando su tamaño habitual. De su interior salían restos de mi orgasmo. Otras manchas de semen resbalaban por sus muslos, dejando regueros brillantes sobre su piel.
A la chica no parecía importarle demasiado, pues seguía tumbada sobre la mesa, jadeando, con los brazos extendidos colgando por el otro lado.

¿Loli? – inquirí.
¿Ummm? – respondió ella.
¿Qué te ha parecido? – pregunté mientras acariciaba su trasero con una mano.
Eres… eres… – jadeó – Un cabronazo, ¿cómo has podido hacerme esto?
Venga, Loli, no me digas que no te ha gustado – bromeé.
No sé cómo me he dejado liar, no lo sé… – decía ella.
Porque te gusta follar ¿verdad? Y no me dirás ahora que te arrepientes…

Lentamente Loli se incorporó. Se dio la vuelta y se sentó en la mesa, frente a mí.

Sí que me ha gustado – dijo con los ojos brillantes.
Estupendo – contesté yo – ¿Y qué tal una mamadita ahora?
¿Cómo? – dijo alucinada – ¿Todavía más?
¡Claro! Mira, si me la chupas un poco, se pondrá derecha en un segundo.
¡No te lo crees ni tú! – rió Loli – No, gracias, Oscar, ya es suficiente por hoy. Me has dejado hecha polvo y encima, con esos empujones has hecho que el codo me duela todavía más. Tendré que ir a que Luisa me eche un vistazo, que ella entiende de estas cosas.
Vamos Loli… – supliqué juguetón.
No – dijo tajante – Se acabó por hoy. Mira, ha sido fantástico, pero tengo trabajo que hacer y creo que ya ha sido suficiente.

Capté que hablaba muy en serio, además aquella tía chillaba mucho, era un milagro que no nos hubiesen pillado todavía, así que decidí no tentar más a la suerte.

Vaaaale – concedí – Sólo un besito.

Me puse en pié y coloqué una mano en la nuca de Loli. Dulcemente, uní mis labios a los suyos y le di un espectacular beso, que nos dejó sin aliento a los dos. Me aparté de ella y le dije:

Eres muy hermosa – y le di otro suave besito.

Me arreglé un poco la ropa y abrí la puerta, saliendo al pasillo. Miré a mi alrededor y comprobé que por allí no había nadie, así que tras despedirme de Loli con la mano, bajé muy sigilosamente las escaleras, dirigiéndome a la cocina. Al llegar, descubrí que era casi la hora de comer, así que fui al salón, donde mi familia comenzaba a congregarse.
Me senté y almorcé con ganas, el polvazo con Loli me había abierto el apetito. Conversé con mi padre sobre mis estudios y eso, hasta que de pronto, mi prima Marta me interrumpió.

Oscar – me llamó.
¿Sí? – respondí.
Le comentaba a mi madre lo de nuestra excursión del domingo.
¿Qué? – dije torpemente.
Sí, ya sabes, la excursión a caballo. Prometiste enseñarme el viejo monasterio…

Así que ese era su plan. Pues por mí, perfecto.

Sí, claro. Cuando quieras.
¿Le has pedido permiso a tus padres? – dijo Marta.
Ahora mismo iba a hacerlo.

La conversación en la mesa derivó entonces sobre ese tema. Mis padres parecían poco dispuestos, a diferencia de mi tía Laura, que no puso demasiadas pegas. Afortunadamente mi abuelo, que leía en mí como en un libro abierto, acudió en nuestra ayuda, argumentando que yo conocía bien la zona y que nos lo íbamos a pasar muy bien. Además, yo era un consumado jinete, ya daba clases en la escuela, así que, ¿qué podía pasar? Aunque reticentes, conseguimos el permiso de nuestros padres, lo que nos llenó de alegría. Agradecí a mi abuelo su ayuda con una simple mirada y él me devolvió el saludo asintiendo con la cabeza. Entonces noté que Dickie, que no había dicho nada durante la conversación, me miraba divertida. Yo la miré a ella, y la inglesa aprovechó para guiñarme un ojo con picardía.
¡Estupendo! ¡Ya estaba todo listo! En un par de días me follaría a Martita y sería el hombre más feliz del mundo. Pero entonces mi madre dijo algo que me sobresaltó.

¿Y por qué no va Marina con vosotros?
¡Mierda! – pensé – ¿Qué digo?

Afortunadamente, Marta se encargaba de todo.

No, es que ella no quiera venir, ¿verdad Marina? – dijo mirando a mi hermana inquisitivamente.
No, no me apetece – respondió Marina en voz baja.
Ya sabes, tita, a Marina no le gustan mucho los caballos y eso – concluyó Marta.

Aprobado el plan, nos levantamos de la mesa. Marta me alcanzó nada más salir del salón.

Estás loca – le dije – ¿Por qué no me lo has contado antes? He estado a punto de estropearlo todo.
¿Y yo qué culpa tengo? Te he estado buscando y no te he encontrado. Como hoy has acabado las clases antes…
Uyyyy, terreno peligroso – pensé.
Sí, es verdad. Es que salí a dar una vuelta, porque con todo el jaleo que hay en casa con la limpieza…
Ah, ya veo.
Oye – dije deseoso de cambiar de tema – ¿Cómo has logrado que Marina no venga?
Muy fácil – respondió Marta – Tuve una charla con ella antes de almorzar, dijo que quería venir, pero yo le dije que no podía.
¿Y?
Cuando me preguntó que por qué, le dije que había quedado contigo para follar y que ella estorbaría.
¡Marta! – exclamé absolutamente alucinado.

En ese preciso momento, Marina salió del comedor. Nos vio a los dos, allí charlando en un rincón, nos lanzó una mirada gélida y, sin decir nada, se dirigió a las escaleras y se perdió en la segunda planta. Yo la miré desaparecer, sin poderme creer lo que Marta había dicho; por fin, reaccioné.

Pero, ¿estás loca? ¿Cómo se te ocurre decirle eso?
¿Y qué pasa? – respondió ella – ¿Qué te crees, que no sabe adónde vamos? Olvidas que nos estuvo espiando en el coche. Además, ya estoy harta de tantos melindres y tanta vergüenza, ¡si quiere una polla, que se busque una!

Mi primita me ponía a mil cada vez que usaba ese lenguaje, y creo que ella lo sabía. Así que, ¿qué podía hacer yo? Me limité a encogerme de hombros y a desear que ya fuera domingo.
No sucedió nada interesante ni en el resto de la tarde ni durante el día siguiente, sólo lo habitual, clases (sí, en aquellos tiempos también había clases los sábados), paseos, trabajo en el establo… nada interesante. Y, por fin, llegó el ansiado domingo.
Esa mañana desperté bien temprano, no hizo falta que nadie viniera en mi busca. Me asomé a la ventana, temeroso de que el clima hubiera decidido jugarme una mala pasada, pero descubrí que no era así, el día era radiante.
Mi prima Marta ocupaba hasta el último rincón de mis pensamientos, así que, tras vestirme, fui a su habitación para hablar con ella. No podía creer que por fin iba a follármela, la verdad es que la chica merecía la pena el esfuerzo, pero tantos días, tantos escarceos… me traían loco.
Al llegar a su cuarto me encontré con que Marta ya se había levantado y no estaba allí. Algo sorprendido, pues ella era muy dormilona, decidí buscarla. No me costó demasiado encontrarla, pues estaba en la cocina, ayudando a Luisa a preparar una cesta con el almuerzo para el picnic que íbamos a hacer.
Cuando entré en la cocina, Luisa me dio los buenos días. Yo contesté como un autómata, pues sólo tenía ojos para mi primita. Estaba preciosa, se había puesto la ropa que solía usar para ir a caballo, pantalón de montar de color marrón, botas de cuero y camisa blanca. Llevaba su rubio cabello recogido en un moño, lo que dejaba al descubierto su deliciosa nuca. Estaba buenísima. La verdad, yo la había visto muchas veces con esa ropa, pero creo que nunca le había sentado tan bien; era como si la rodease una extraña aura de sensualidad, de deseo.
Me senté a la mesa a desayunar, pero en ningún momento aparté los ojos de mi prima. Ella notó que yo la observaba y de vez en cuando me devolvía la mirada con el rabillo del ojo, sonriendo zalamera.
En esas estábamos cuando mi abuelo entró en la cocina. Sonriente, se despidió de los dos, deseándonos que lo pasáramos muy bien. Me extrañó que se despidiera tan pronto, así que le dije:

¿Adónde vas, abuelo?
Verás, es que tengo clase de equitación con Blanca Benítez, por lo visto no puede venir a la tarde, así que tendrá que ser ahora. Normalmente no lo haría, pero tratándose de la hija de un amigo…
¡Ah! Comprendo, pues entonces nada, nos vemos a la noche – dije.
De acuerdo – respondió – Que lo paséis bien y tened cuidado. Ya os he dejado los caballos enjaezados en la entrada principal.
Vaya, muchas gracias – dije.
Pues nada, me voy. Un beso – dijo besándome primero a mí y después a Marta.
Vale, hasta luego abuelo – dijo ella.
Adiós, niños.

Y salió. Mi prima me dirigió entonces una mirada cómplice. Ambos sonreímos en silencio y yo le dediqué un guiño. Ella, sonriente, frunció los morritos y me lanzó un beso, lo que me encantó. Yo seguí desayunando, contemplando cómo se agitaba el culito de mi prima mientras trasteaba en la cocina; fue un desayuno muy entretenido.
Ya no aguantaba más, quería besarla, abrazarla, tomarla allí mismo, pero por supuesto, eso era imposible. Tras desayunar, ofrecí mi ayuda con lo que estaban haciendo, pero para mi decepción, Marta me dijo que no era necesario, que era mejor que revisara las cosas para la excursión.
Resignado, salí de la cocina y fui a la entrada principal, donde Marta me había dicho que estaban las cosas. Me sorprendió ver la cantidad de equipo que íbamos a llevar. Dos mantas, cantimploras, ropa de repuesto, toallas…

¿Para qué querrá las toallas? – pensé.

Pero bueno, a mí me daba igual, total, la idea era suya, así que ella sabría. Me dediqué a empaquetarlo todo bien, para que hiciera el menor bulto posible. Conseguí reducirlo todo a un par de paquetes para cada uno, las cantimploras aparte, y eso que aún no habíamos cargado la comida.

Ni que fuéramos a la guerra – murmuré.

Cogí los paquetes y salí fuera, donde, efectivamente, estaban nuestros caballos. El mío se llamaba “Niebla”, un macho castrado de color gris. Era de mi propiedad, el abuelo me lo había regalado unos años antes y yo lo quería mucho. No era demasiado rápido, pero sí muy tranquilo y reposado, nada impetuoso. El de mi prima era “Luna”, una yegua torda bastante sosegada también. Como se ve, eran monturas ideales para jóvenes como nosotros, y con ellos habíamos aprendido a montar de pequeños.
Tras colocar los paquetes enganchados a las sillas, decidí regresar a la cocina, pero entonces Marta salió de la casa con un gran zurrón con la comida.

Toma, esto también – me dijo.
¡Joder, Marta! – exclamé cogiéndolo – ¡Cómo pesa! ¿Adónde vamos con tantas cosas?
¿Qué quieres? – respondió – He cogido lo que he juzgado necesario. ¡No te quejes tanto y trabaja!
¡Vale, vale! – reí.

Colgué el zurrón en mi caballo y le acaricié el cuello mientras le daba un terrón de azúcar, pues siempre llevaba algunos en el bolsillo cuando iba a montar. Entonces, Marta soltó una exclamación de contrariedad.

¡Vaya hombre!
¿Qué pasa? – pregunté mirándola.
Nada. El abuelo se ha equivocado, esta no es mi silla.
¿Y?
Pues que me gusta mi silla. Estoy acostumbrada a ella, y se trata de un largo paseo, no es plan de ir incómoda en el caballo.
Claro, con ese culo tan gordo es normal que te moleste lo de la silla – bromeé.
¿En serio te parece gordo? – dijo girando el torso y echándose un vistazo al trasero.
No, lo tienes perfecto.

Mientras decía esto, le di un suave azote en el pandero.

¡Ay! ¡Estás loco! Que nos van a ver…
Vaaaale, ya me estoy quieto.
¿Y con la silla qué hacemos? – inquirió Marta.
No te preocupes, ahora después pasamos por el establo y la cambiamos.
¡Estupendo!

Nos miramos unos segundos, y por fin dije:

Bueno, qué, ¿nos vamos?
Venga, vámonos – contestó ella entusiasmada.

Se volvió y entró a la carrera en la casa, gritando.

¡Mamá! ¡Que nos vamos ya!

Yo entré tras ella, más reposado. Marta estaba al pié de la escalera, esperando que bajara su madre para despedirse. Poco después, mi familia fue llegando.

Tened cuidado.
Portaos bien.
Cuidado con el río.
Cuídamela ¿eh, Oscar?
Tranquila.
…..

Todo eran consejos y despedidas. Mi madre me besó varias veces, como si no fuera a volverme a ver, mi padre no paraba de decirme cómo tenía que guiar al caballo por esos caminos, aunque yo sabía más del tema que él. Vaya, la típica despedida familiar.
Las únicas que no participaron mucho fueron Marina y Andrea. Mi hermana tenía sus motivos, pero lo de mi prima no lo entendía. Había estado bastante rara desde la cena en casa de los Benítez y recordé que tenía que interrogar a Marta sobre eso. Me acerqué a Marina y la besé suavemente en la mejilla.

Adiós hermanita – susurré – Es una pena que no vengas, lo pasarías muy bien.

Ella enrojeció violentamente, pero no dijo nada.
Entonces, mi tía Laura se acercó a mí, y besándome en ambas mejillas me dijo al oído:

Trátamela bien.

Ahora fue mi turno de enrojecer. ¿Qué quería decir? ¿Lo sabía? Confuso, me quedé allí parado, sin saber qué decir, así que Marta me cogió de un brazo y me sacó por la puerta, tirando de mí. Montamos en los caballos y nos alejamos, despidiéndonos con la mano de mis padres y mi tía, que estaban en la entrada saludándonos.

Bueno, vamos al establo – dijo Marta.
Venga.

El establo y escuela de equitación estaba como a trescientos metros de la casa. Era de tamaño mediano, podía albergar unos treinta caballos, cada uno con su cuadra particular, pero en ese momento teníamos unos veinte, casi todos yeguas y castrados. Aparte había un par de sementales. Era así porque para la escuela era mejor tener caballos mansos que briosos. En la parte de atrás del establo había un corral y una zona de ejercicios.
Hacia allí nos dirigimos al trote, parando los caballos justo en la entrada de la cuadra. Desmontamos y descargamos a Luna, para a continuación quitarle la silla y la manta de protección.

Venga, ve a por tu silla – dije entregándole a Marta la que acabábamos de quitarle a la yegua.
¡Uf! Pesa mucho – dijo – Anda, ¿por qué no te portas como un caballero y la traes tú?
Es que yo tampoco sé cual es tu silla, así que…
Pues acompáñame – concluyó Marta devolviéndome la montura.
Ay, Dios mío… – suspiré.

Entramos los dos en la cuadra, yo cargado con la silla del caballo. El establo era de forma rectangular y a los lados, se ubicaban las diferentes cuadras individuales de los caballos, separadas entre sí por paredes de madera, y todas con una reja metálica para cerrarlas. A esa hora de la mañana, todas las cuadras estaban vacías, pues los caballos pastaban libres en la zona de atrás.
Nos dirigimos al fondo del establo, pues allí, en unas estanterías enormes, era donde colocábamos los arreos de montar. Caminábamos sin decir nada, uno junto al otro, y ya casi habíamos llegado cuando, de pronto, un extraño sonido nos dejó paralizados. Era un sonido que yo conocía muy bien… una mujer disfrutando de un buen polvo.
Nos quedamos los dos paralizados, mirándonos el uno al otro con cara de sorpresa. ¿Quién podía ser? En cuanto me formulé esta pregunta, la respuesta penetró en mi mente como un fogonazo. ¡Claro! ¡El abuelo! ¡Qué cabrón! Esa era la razón de la despedida repentina de por la mañana, y también lo de prepararnos los caballos. ¡Qué estudiado lo tenía todo! En ese momento, caí en la cuenta de quién debía ser la chica que lo acompañaba.
No sabía qué hacer, allí, en la penumbra del establo, cargado con la silla y con mi prima al lado. Una vez más, fue ella la que tomó la iniciativa. Llevándose un dedo a los labios, me indicó que guardara silencio. Yo obedecí, dejando la silla en el suelo muy despacio. Ella me tomó de la mano y tirando de mí, hizo que nos acercáramos lentamente a la cuadra de la que provenían los gemidos.
Era el último habitáculo de la izquierda, el que quedaba justo al lado de los estantes de los arreos. Fuimos aproximándonos casi de puntillas, temerosos de hacer ruido. Por fin, llegamos junto a la pared de la cuadra y Marta, muy despacio, asomó la cabeza. Enseguida la retiró, y acercándose a mí me dijo al oído:

¡Es el abuelo!
Ya lo supongo – pensé.

Sin esperar respuesta, Marta volvió a asomarse al interior de la cuadra. Con las manos se aferraba al borde de la pared y estirando el cuello, intentaba no perderse nada de lo que sucedía en la cuadra. Muy despacio, me acerqué yo también, y para poder ver, me arrodillé en el suelo, asomándome justo por debajo de donde estaba mi prima.
Efectivamente, allí estaba mi abuelo y cabalgando sobre él estaba Blanca, la hija de los Benítez. Mi abuelo estaba tumbado sobre un montón de paja, con los pantalones bajados hasta los tobillos. Blanca iba desnuda de cintura para abajo, llevando el torso cubierto por una camisa oscura. Blanca quedaba de espaldas a nosotros y su cuerpo tapaba la vista a mi abuelo, así que no era muy probable que se dieran cuenta de nuestra presencia, sobre todo estando tan concentrados en sus clases de equitación.

¡Así! ¡Así! ¡Jódeme bien! ¡Fóllame! ¡Fóllame! – gemía Blanquita.

¡Joder con la niña, qué boca tenía! Me acordé de todas las ocasiones en que mis padres me dijeron que ojalá me pareciera más a Blanca, esa muchacha tan educada. ¡Qué ilusos!
Blanca seguía botando como loca sobre la verga de mi abuelo, noté que llevaba la camisa abierta y que el viejo tenía las manos estiradas, estrujando sus tetas. La chica relinchaba como un caballo, se notaba que disfrutaba con cada bote; la situación se caldeaba por momentos y yo empecé a ponerme cachondo. Miré hacia arriba, a Marta, y comprobé que ella estaba experimentando lo mismo que yo. Tenía los ojos clavados en la pareja y había llevado una de sus manos hasta su cuello, acariciándoselo de forma inconsciente.
Yo, desde mi postura, agachado delante de ella, aproveché para deslizar una de mis manos entre sus piernas y plantarla directamente sobre su trasero. Martita pegó un respingo y me miró con ojos llameantes. Yo me limité a sonreírle mientras le guiñaba un ojo, y después, seguí magreando sus prietas posaderas. Marta decidió que aquello no le desagradaba y se dejó hacer, volviendo a concentrar su atención en la gozosa pareja.
Nos quedamos allí durante unos minutos, yo sobándole el culo a mi prima mientras contemplábamos a mi abuelo echándole un polvazo de campeonato a Blanquita. La situación resultaba muy excitante, especialmente el oír el vocabulario de verdulera ninfómana que la niña era capaz de desplegar.
Entonces, Marta decidió que ya era suficiente y se apartó de mí, circunstancia que yo aproveché para dejar que mi mano se deslizara entre sus piernas, frotando distraídamente su entrepierna. Ella se agachó un poco y agarrándome de la camisa, me apartó de la pared.

¿Y ahora qué hacemos? – dijo en voz baja – Esos dos se van a quedar todavía un buen rato.
Sí, creo que sí – asentí.
¿Y entonces?
No sé… ¿Nos vamos?
¿Y la silla? – dijo.
¿No puedes aguantarte con esta? – dije señalando la que había a nuestros pies.

Marta resopló resignada.

Bueno… Si no hay más remedio…

Aquel día yo había decidido que Marta sería la reina del mundo, al menos de mi mundo, así que le dije:

No te preocupes. Ya me encargo yo. Dime, ¿cuál es tu silla?
¿Cómo?
Que me indiques cual es.

Marta, extrañada, señaló una silla en los estantes del fondo. Yo, me agaché y recogí la otra del suelo, sin importarme hacer ruido. Marta se quedó congelada al ver el escándalo que estaba yo formando, pues los estribos tintineaban como campanas. Con decisión, agarré la silla y me dirigí a la cuadra donde estaba mi abuelo con la chica.

¡Hola abuelo! – exclamé.

La situación era de lo más cómica. Mi abuelo estaba absolutamente petrificado, mirándome sin poder creer lo que veía. Blanca había girado el torso, con los ojos desorbitados, todavía con la polla de mi abuelo bien enterrada. Ninguno de los dos se movía, observándome asombrados.

Perdón por interrumpir, pero es que te has equivocado de silla, ésta no es la de Marta y como es tan caprichosa… – dije dirigiendo una mirada pícara a mi prima, a la que los otros dos no podían ver.

Me fijé en que al volverse, Blanca me mostraba los pechos y así se lo hice notar.

¡Joder Blanca! ¡Vaya par de tetas tienes! Desde luego nadie lo diría, con lo modosita que parecías.

Aquello pareció despertar a Blanca, que se aferró lo bordes de la camisa, cerrándolos violentamente. Trató de descabalgar a mi abuelo, sin duda para taparse, pero él fue más rápido y tomándola de la cintura se lo impidió.

Tranquila niña, Oscar ya se va ¿verdad? – me dijo fulminándome con la mirada.
Sí, sí, tranquilo, ya me voy.
Pero, pero… – balbuceaba la chica.
Tranquila. Oscar no va a decir nada… o lo mataré – dijo mi abuelo.
¡Je, je! – reí yo – Tiene razón, jamás se me ocurriría contar nada de esto, te lo aseguro. Mira, ya me voy y os dejo tranquilos.

Dejé la silla en los estantes y cogí la de mi prima. Me di la vuelta y me dirigí a la salida.

Hasta luego, abuelo.
Sí, sí, adiós – respondió él.
Adiós, Blanca – dije zalamero.
A… adiós Oscar – balbuceó ella.

Y después de echarle un último vistazo al estupendo cuerpecito de la chica, me reuní con mi prima. Salimos juntos del establo, sin decir nada. Con habilidad, ensillamos a Luna y cargamos los paquetes y, montando, nos alejamos al trote. Por fin, mi prima rompió el silencio estallando en carcajadas.

¡Estás loco! – exclamó.
¿Por qué? – respondí riendo a mi vez.
¿Cómo que por qué? ¡A quién se le ocurre entrar así! ¡Madre mía, creí que me moría del susto!
¿Susto? ¿Por qué? ¿Qué crees que iban a hacer, contárselo a nuestros padres?
¡Eso es verdad! – dijo riendo.
Tranquila, el abuelo comprende por qué lo he hecho.

Eso hizo que ella se calmara de golpe.

¿Cómo? ¿Qué quieres decir? ¿El abuelo sabe lo nuestro?

¡Mierda! ¡Pero qué me pasaba!

No, no… Verás… Lo que quiero decir es que el abuelo fue quien me enseñó lo que sé sobre las chicas.
¿Y?
Pues que se lo tomará como una lección más de mi aprendizaje y no se enfadará por esto. Siempre me dice que el sexo no es algo de lo que debamos avergonzarnos, así que seguro que no le molesta que yo entrara.
Comprendo.
Si tú supieras… – pensé.

Cabalgamos un par de minutos sin hablar y entonces mi prima dijo:

Pero, ¿por qué lo has hecho? Ya te dije que no me importaba usar la otra silla.
Sí – respondí – Pero noté que no hubieras estado cómoda y quiero que hoy todo salga perfecto.
¿Por qué?
Por ti. Para hacerte gozar como nunca antes a otra mujer – dije citando sus palabras de días antes.

Marta enrojeció violentamente, desviando la mirada y fijándola en el camino.

Oye, que eso fue una broma – dijo en voz baja.
No me importa – respondí – Quiero que sea así.

Marta acercó su caballo al mío y estirando el cuerpo, me dio un tenue beso en los labios.

Gracias – me dijo.
No las merece – respondí.

Cabalgamos en silencio durante unos diez minutos. No se trataba de un silencio incómodo ni nada parecido, sino que nos concentramos cada uno en sus pensamientos, en qué decir, qué hacer. Entonces me acordé de que quería preguntarle a Marta por Andrea.

Oye, Marta.
¿Sí?
Verás, es que últimamente he notado muy rara a Andrea, creo que le pasa algo y me preguntaba si tú sabrías qué le ocurre.
¿En serio? – dijo.
Sí, desde la noche que pasasteis en casa de los Benítez, Andrea parece, no sé, taciturna.
Sí – dijo Marta – Aquella noche pasaron muchas cosas.
¿Y? – dije yo.
Y, ¿qué?.
Pues que me cuentes qué pasó.
No sé si debería.
Vamos Marta – insistí – A estas alturas lo menos que podemos hacer es ser sinceros el uno con el otro.

Ella me miró fijamente unos instantes y por fin dijo:

¿Quieres decir que tú también vas a ser sincero conmigo?

Aquello me dejó momentáneamente parado. Las implicaciones de sus palabras eran muchas, pero mi instinto me indicaba que confiara en ella, así que contesté:

Sí. Te contaré lo que quieras.
De acuerdo.

Marta se enderezó en el caballo, respiró hondo y empezó a hablar.

Verás, aquella noche nos sorprendió la tormenta cuando estábamos a punto de llegar a casa de los Benítez.
Sí, ya lo sé.
Muy amablemente, el señor Benítez nos ofreció cobijo para esa noche, nos dijo que como su casa era tan grande, habría camas para todos.
Ya, ya.
El abuelo dijo que era imposible volver, así que aceptamos. Fue una velada muy agradable, para todos menos para mí.
¿Por qué? – pregunté extrañado.
Bueno, como recordarás aquella noche fui a la cena para aclarar las cosas con Ramón, y claro, hablar con él de lo que sucedió en la ciudad no era muy apetecible.
Comprendo.
Además, no tenía a nadie con quien conversar. Andrea hablaba con Ramón, tu padre con el señor Benítez, mamá y tía Leonor con la señora Benítez…
¿Y Blanca? – pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
¡Ja, ja! – rió Marta – Acabo de darme cuenta. Es verdad, aquella noche habló muchísimo con el abuelo. ¡Seguro que entonces ya estaban liados!
Es muy probable – asentí.
Pues eso, que la noche fue bastante aburrida. Tras la cena, conseguí quedarme a solas con Ramón un segundo.
¿Y? – dije algo escamado.
Pues que tenías razón. Es un cerdo. Me dijo que no quería saber nada de una zorra que iba toqueteando a la gente por ahí y luego no quería hacer nada. Que yo era sólo una cría y una calientabraguetas y que no quería nada conmigo.
¡Cuando coja a ese cabrón, le voy a saltar todos los dientes! – grité absolutamente enojado.

Mi prima Marta se sobresaltó un poco ante mi arrebato, pero entonces su mirada se dulcificó y me dijo:

Estoy segura de que lo harías.
Pues claro – afirmé todavía enfadado.
Así que por fin se acabó la velada y nos fuimos a dormir. Nos dieron un dormitorio para Andrea y para mí, con una cama grande. Noté que Andrea estaba muy nerviosa e inquieta; traté de averiguar qué le pasaba, pero ella no quería hablar y no hacía más que insistir en que me durmiera.
¿Qué le pasaba? – la interrumpí.
Pues que se había citado más tarde con Ramón.
¡No!
Me temo que sí. Yo me olía algo raro, así que me hice la dormida. Entonces ella, tras comprobar que yo dormía, salió del cuarto.
¿Y qué hiciste tú?
La seguí.
¿En serio? ¿Y adónde fue?
Se dirigió al salón grande, el que tiene los trofeos del señor Benítez.

Yo había estado en algunas ocasiones en aquella finca y conocía el cuarto al que se refería Marta. El señor Benítez era muy aficionado a la caza, y en aquel salón tenía las cabezas de un jabalí y un ciervo, las cuales siempre me habían asustado y apenado.

Allí la esperaba Ramón.
¿Y qué pasó? – inquirí.
Justo lo que tú me dijiste que pasaría. Ramón se aprovechó de ella.
¿Quieres decir que se acostó con ella?
Sí – contestó Marta secamente.
Lo siento por Andrea, de verdad, Ramón no se la merece – contesté lacónicamente.
Tienes razón.
Bueno – dije – Pero, ¿qué pasó para que Andrea se pusiera tan triste?
Eso no lo sé. Supongo que no debió de ir muy bien.
¿Pero tú no lo viste?
¡Pues claro que no! ¿Quién te has creído que soy? – exclamó indignada – ¡Yo no voy espiando a la gente!
Ay, perdona, chica. Pero es que como el otro día, con Brigitte…
Bueno, pero eso fue diferente. Tú sabías que yo estaba allí ¿no?
Sí, es verdad.

Estuve a punto de decirle que Brigitte no tenía ni idea de que ella estaba escondida en su armario, pero me contuve.

En cuanto Ramón la tumbó en el diván y comenzó a desnudarla me fui a mi cuarto.
¿Y? – pregunté.
¡Y nada! – exclamó ella, sobresaltándome un poco.
Tranquila, Marta – dije.

Ella respiró hondo y siguió.

Como una hora después, Andrea regresó. No puedo asegurarlo, pero creo que había llorado.
Te lo juro, voy a matar a ese cabrón.
Le pregunté que qué le pasaba, pero ella no quiso hablar conmigo, así que sólo puedo especular acerca de lo que sucedió en el salón.
Sí, yo también me lo imagino bastante bien – murmuré.
Bueno y eso es todo. Ahora te toca a ti.
¿Cómo? – dije extrañado.
Yo he sido sincera, ahora te toca a ti responderme.

Tragué saliva, algo asustado. Tenía una idea bastante aproximada acerca de lo que Marta me iba a preguntar. ¿Qué podía hacer? ¿Mentirle? Lo sopesé un instante, pero algo me dijo que no lo hiciera.

De acuerdo, pregunta – dije.
¿Te has acostado con mi madre?

¡Dios! ¡Directa a la yugular! Lo cierto es que no me esperaba que fuera tan derecha al grano.

Sí – respondí solamente.
Bien – dijo ella.

¡Joder! No podía ni imaginarme lo que iba a hacer Marta ahora. ¿Se marcharía? ¿Lloraría? ¿Me insultaría?

Marta – balbuceé.
¿Sí? – respondió ella en tono normal.
¿No vas a decir nada?

Ella me miró fijamente, con sus grandes ojazos, entonces sonrió y dijo:

Tranquilo. Ya lo sabía.
¡¿CÓMO?! – exclamé sorprendidísimo.
Que ya lo sabía. Mamá me lo dijo.
¡No puede ser!
Es verdad. Sólo quería comprobar si eras sincero de verdad. Si llegas a decirme que no, hubiera dado la vuelta y estaría de regreso a casa.
La verdad, a veces tengo la sensación de que aunque pasen mil años, jamás llegaré a entender a las mujeres.
¡Mejor así! – exclamó Marta riendo.

Marta espoleó a su caballo, y se marchó al galope, dejándome atrás. Yo hice lo mismo con Niebla, alcanzándola, y durante unos minutos, echamos una carrera por el camino, riendo como locos. Por fin, llegamos al lindero del bosque, y dentro no se podía galopar, así que frenamos las monturas.

¿Cuánto falta? – preguntó Marta – Tú eres el que conoce esta zona.
Un par de kilómetros – respondí – Será mejor que los hagamos a pié, el terreno dentro del bosque es muy accidentado y los caballos podrían hacerse daño. Además, están fatigados tras la carrera.

Por toda respuesta, Marta se bajó del caballo. Yo la imité, y cogiendo mi cantimplora, eché un trago de agua.

¿Quieres? – le dije ofreciéndosela.
Sí, gracias.

Marta la cogió y, cerrando los ojos, bebió de ella. Yo me quedé mirándola, preciosa, con la frente perlada de gotitas de sudor que reflejaban los rayos solares, confiriéndole una aureola de luz.

¿Qué miras? – preguntó secándose los labios con la manga de la camisa.
A ti – respondí, lo que le arrancó una deliciosa sonrisa.
Vamos – dijo.

Cogimos las bridas de los caballos y nos internamos en el bosque. Digo bosque por llamarlo de alguna forma, pues en realidad se trataba de un pinar, que crecía a la orilla del río. Aquella zona aún pertenecía a la finca del abuelo, que se extendía justo hasta la ribera. Nuestro destino era un antiguo monasterio, abandonado hacía muchos años, que mi abuelo me había llevado a visitar en un par de ocasiones. Marta había expresado su deseo de ir, pero nunca había surgido la ocasión hasta aquel día.
Caminábamos lentamente, disfrutando de la naturaleza, respirando aire puro, impregnado de una deliciosa fragancia de pino. Aún no veíamos el río, pero ya escuchábamos el rumor del agua. Nuestra idea era llegar hasta la orilla y luego remontar su curso hasta llegar al monasterio. Puedo jurar que en aquellos maravillosos minutos, me olvidé por completo del objetivo de nuestra excursión, aunque, claro, conociéndome sin duda comprenderán que eso no duró mucho
Los caballos olisqueaban inquietos, pues tenían sed y la cercanía del agua los ponía nerviosos. Minutos después llegábamos junto al agua.

¿Nos sentamos aquí unos minutos? – dije – Así los caballos podrán beber.
Vale.

Atamos las bridas de los caballos a un árbol junto a la orilla para que pudieran beber y nos sentamos en un tronco caído. Marta se sentó junto a mí y recostó su cabecita en mi brazo. Yo llevé una mano sobre sus hombros, estrechándola contra mí. Podría haberme quedado así eternamente.

Un céntimo por tus pensamientos – dijo Marta, rompiendo el silencio.
¿Ummm? – dije yo.
¿En qué piensas?
¿En serio quieres saberlo?
Claro, tonto, si no, no te lo preguntaría.
Pues… La verdad es que estoy un poco nervioso.

Marta se separó un poco de mí y me miró sorprendida.

¿Nervioso? ¿Tú? ¿Por qué? Si alguien tiene que estar nervioso, esa soy yo.
No veo por qué – dije.
Pues por qué va a ser – dijo, aunque enseguida desvió la conversación – ¿Y por qué estás nervioso? Si tú eres todo un experto.
Vamos, no digas tonterías.
No digo tonterías, olvidas que te vi con Brigitte, y creo que se lo pasó divinamente, puedo asegurarte que no fingía.
Precisamente – respondí – Y quiero que tú lo disfrutes también. No quiero hacerte daño.
Ya te he dicho que te olvides de lo que te dije. Seguro que lo paso muy bien.
No es eso – la interrumpí – Es que yo…
¿Qué?
Bueno… Las mujeres con que he estado… Ya sabes, Vito, Brigitte, Mar…
Mi madre… – dijo Marta.
Sí, y tu madre – concedí – Pues eso…
¿Qué?
Que eran mujeres.
¿Insinúas que yo no lo soy? – dijo extrañada.
No, tonta – reí yo – Lo que quiero decir es que eran mujeres con experiencia.
¿Y qué mas da? Ahora vas a hacerlo con alguien menos experto que tú.
No me preocupa la experiencia.
¿Entonces? – dijo ella – No te entiendo.

Decidí dejar de dar rodeos, era mejor ser directo.

Lo que quiero decir es que tú eres virgen. El abuelo me explicó que hay que tener cuidado al desvirgar a una mujer, pues suele resultar un poco doloroso. Y yo no deseo hacerte el menor daño, Marta, antes me cortaría una mano. Y no sé si sabré hacerlo.
Comprendo – dijo ella muy seria.
Yo sólo quiero que disfrutes, que lo pases bien.
Pues entonces no tienes por qué preocuparte – dijo levantándose.
Claro que me preocupo, quiero que lo pases bien, no hacerte daño.

Marta había desatado ya a su caballo y se disponía a ponerse de nuevo en marcha.

No, si no me refiero a eso – dijo.
¿Entonces? – pregunté extrañado.
Quiero decir que ya no soy virgen.

Me quedé absolutamente alucinado. No sabía qué decir. Multitud de imágenes cruzaron por mi mente, habría sido el abuelo, Juan, o mucho peor: ¿Ramón?

Pero… ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? – balbuceé.

Marta me miró, riendo divertida.

Hijo, cállate que pareces tonto – dijo Marta alejándose.

Reaccioné y desaté a Niebla. Tirando de la brida, pugné por alcanzar a Marta.

¡Espera Marta! ¡Eso tienes que explicármelo!

Ella se paró y se volvió para mirarme.

No, no voy a decírtelo – dijo.
¿Cómo que no? ¿No habíamos acordado ser sinceros el uno con el otro?
Sí, pero es que no puedo.

Yo ya me temía lo peor.

¡Cómo que no puedes! ¿Por qué? – exclamé.
Porque… Me da vergüenza – dijo mi prima reanudando la marcha.

Me quedé sorprendido unos segundos, pero enseguida la seguí y la alcancé.

No Marta, esto no puede quedarse así.
¿Por qué? ¿Qué más te da?
¡Pues claro que me da! – dije – ¡Cuéntamelo!
¿Por qué?

Yo traté de serenarme; tragué saliva y hablé con tono reposado.

Marta, he hecho todo lo que me has pedido, he dejado que me espiaras, que jugaras conmigo, que te burlaras, lo hemos hecho todo como tú has querido. Y ahora te pido que me cuentes cómo y con quién perdiste la virginidad.
¿Y si te digo que fue con Ramón? – dijo burlona.
Pues entonces me encontraría en este río con una mujer a la que no conozco de nada. Ya no serías Marta, la chica más hermosa que conozco, guapa, inteligente, dulce. Serías una tonta, que iba detrás del mayor cabronazo que imaginarse pueda, a pesar de saber lo vil que ese hombre puede llegar a ser.

Nunca en mi vida había hablado tan en serio. Marta se dio cuenta, y entonces rompió a reír.

¡Vaya, primito! ¡Qué serio te has puesto!
Oye, si es una broma, no ha tenido gracia – dije algo enfadado.
No, no es broma.
Entonces cuéntamelo, por favor.
Vaaaaale.

Bueno, allá íbamos. Me preparé para lo peor.

Bueno. Por donde empiezo – dijo Marta – La noche de la cena en casa de los Benítez.
¡Ay, Dios mío! – pensé.
Como te he dicho, seguí a Andrea hasta el salón donde la esperaba Ramón.
Sí, sí, ya sé – dije algo nervioso.
Y la verdad es que sí que los espié durante un par de minutos.
Sigue.
Aquello… Me turbó. Me acordaba de ti, de cómo me habías pedido que me quedara aquella noche contigo, de lo que podríamos estar haciendo solos en casa y me puse… caliente.
Ya – asentí – ¿Y qué hiciste?
Empecé a… tocarme, allí espiándolos, pero no me sentía bien, detestaba ver a mi hermana con aquel tipo. Pensé en irrumpir en el cuarto, pero Andrea no me lo perdonaría jamás y además, ella ya es mayorcita, así que como te dije antes, me marché y no sé lo que sucedió después en el salón.
¿Y entonces? – dije, porque no entendía nada.
No regresé a mi cuarto.
¿Y adónde fuiste? – pregunté, aunque no sabía si quería saber o no la respuesta.
A la cocina.
¿A la cocina? – exclamé sorprendido.
Sí. Había recordado algo que me había dicho Andrea tiempo antes.
¿El qué?
Bueno, en ocasiones las tres teníamos conversaciones sobre sexo.
¡Ah! – dije.
Seguro que a ti te parecerían de lo más estúpidas e inocentes, dada tu dilatada experiencia – dijo Marta socarrona – Pero para nosotros era algo prohibido y excitante. Recuerda que yo antes era muy mojigata y tu hermana no digamos
Comprendo.
Pero Andrea era más lanzada, y en cierta ocasión nos dijo que había mujeres que… al tocarse, se metían cosas por…
Sí, ya te entiendo.
Ella habló de palos, de pepinos… Marina y yo le dijimos que era una guarra, aunque ahora comprendo que en el fondo nos gustaban esas historias.
Y a mí las tuyas – pensé.
Pues eso, en la cocina encontré un pepino gordo y me lo llevé al cuarto.
¡¿Un pepino?! – exclamé sorprendido.
¡Sí! ¡Qué pasa! – dijo ella roja como un tomate.
Nada, nada, continúa.
Pues eso, me metí en la cama y empecé a acariciarme.
¿Pensabas en mí? – la interrumpí.
¿Te gustaría que así fuera? – dijo zalamera.
¡Ya te digo! – exclamé cada vez más cachondo.
¡Pues no te lo digo! – rió juguetona.
Vaaale – concedí – Pero, sigue por favor.
Pues pasó, lo que ya te estás imaginando. Usé el pepino para…
Masturbarte – concluí yo.
Sí, eso. Lo escogí demasiado grande y me hice daño. Entonces descubrí que estaba sangrando un poco.
¡Uufff! Debiste asustarte ¿no?
Y tanto. Me asusté hasta tal punto que fui a buscar a mamá.
¡Ay, madre! – pensé.
Ella tenía un cuarto para ella sola, así que no molestábamos a nadie.
¿Y qué pasó?
Se lo conté todo.

¿Todo? ¿Qué quería decir con todo?

Pero, ¿todo, todo?
Sí – dijo ella afirmando con la cabeza vigorosamente – Todo. Lo de la ciudad, lo del coche… Bueno, empecé contándole lo del pepino, y ella me tranquilizó, diciéndome que simplemente me había roto el virgo, que no pasaba nada. Estuvimos un rato hablando sobre el tema y me convenció de que, en efecto, aquello no tenía importancia.
Y luego le contaste lo demás.
Sí. Nos sinceramos la una con la otra. Jamás había hablado así con mamá, no sé, nos hicimos amigas. Yo nunca había visto a mi madre de aquella forma, estaba más abierta, más tranquila, no parecía ella.
Entiendo – dije.
Entonces nos contamos un montón de cosas. Ella me dijo que habíais estado juntos la noche de su cumpleaños y yo le conté nuestras aventurillas.
¡Joooder! – pensé.
Entonces ella dijo que estaba de acuerdo en que tú fueras mi primer hombre, pues estaba segura de que me tratarías bien, que no se me ocurriera hacer lo mismo que Andrea.
¿Le contaste que Andrea estaba en ese momento con Ramón?
Sí.
¿Y no hizo nada?
No, era una confidencia que yo le había hecho y habíamos acordado no decírselo a nadie. Además, dijo que ya éramos mayores para hacer con nuestros cuerpos lo que nos viniera en gana, y que ella siempre estaría allí para apoyarnos.

Entonces comprendí hasta qué punto era profundo el cambio operado en tía Laura. ¡Dios mío! ¡Si prácticamente me ponía a su hija en bandeja! Aunque, bien mirado, ella había por fin aceptado el sexo como una parte imprescindible de su vida, algo de lo que disfrutar, así que ¿por qué no iba a querer lo mismo para sus hijas? Tía Laura era la mejor.

¡Mira! – exclamó Marta – ¡Ese debe ser el monasterio!

Alcé la vista y comprobé que, efectivamente, habíamos llegado. Ante nosotros se alzaba el antiguo monasterio de San Cristóbal, un edificio del siglo XVII, abandonado por los monjes muchísimos años antes, durante la desamortización de Mendizábal. Pero como todos los edificios antiguos, estaba muy bien construido, así que las paredes de piedra se mantenían en pié.
Dejando a los caballos fuera, tomé a mi prima de la mano y la conduje al interior, mostrándole las ruinas que quedaban. Vimos lo que debía ser el refectorio, el claustro y la zona que usaban como huerto, donde aún crecían matas de fresas silvestres, no sé si como recuerdo de los cultivos que hacían los monjes en el pasado. Tanto mi prima como yo éramos muy aficionados a la historia y nos embargó esa extraña atmósfera que posee todo lo antiguo, así que nos pasamos cerca de una hora recorriendo el lugar.
En realidad, ninguno de los dos había olvidado el propósito de nuestra excursión, pero llegado el momento de la verdad, nos mostrábamos un tanto nerviosos, conscientes del importante paso que nos disponíamos a dar.

Oye – dijo Marta – ¿Vamos fuera?
Vale.

Salimos de nuevo al exterior y nos pusimos a prepararlo todo. Desensillamos los caballos y los dejamos que pastaran sueltos, pues al estar entrenados, no se alejarían mucho. Colocamos una manta en el suelo, cerca del río, en una zona cubierta de hierba. Yo me tumbé en la manta, con las manos tras la nuca, mirando al cielo, soñador.
Enseguida Marta se acurrucó a mi lado, apoyando la cabeza en mi pecho y pasando una pierna por encima de las mías.

¿Qué hacemos? – susurró.
Lo que quieras – dije.

Ella alzó un poco la cabeza y nos miramos a los ojos.

Es curioso – dijo – Llevo tanto tiempo esperando este momento y ahora no sé qué hacer.
Marta – respondí – Si no estás preparada, podemos dejarlo pasar, a mí no me importa.

Puedo jurar ante Dios que mis palabras eran absolutamente sinceras y mi prima se dio cuenta de ello. Sonriendo, acercó sus labios a los míos y me besó tiernamente.

No, tonto – dijo – Si estoy deseándolo.

¡Estupendo! Me incorporé un poco sobre la manta y le puse una mano en la nuca, atrayéndola hacia mí. Nuestras bocas volvieron a juntarse, besándonos. Rápidamente, su lengua se abrió paso entre mis labios, buscando a la mía. Las dos se enroscaron, sinuosas, saboreándose la una a la otra. La boca de mi prima tenía un gusto… dulce, como a menta, era delicioso.
Me dejé caer sobre la manta, quedando tumbado boca arriba, atrayendo a Marta hacia mí. Seguíamos besándonos cuando ella me agarró una muñeca y tirando de ella, llevó mi mano hasta su pecho. Yo tenía los ojos cerrados, sintiendo cada sensación, cada sabor. Mis oídos no percibían nada de lo que ocurría a nuestro alrededor, sólo escuchaba los sonidos de nuestras respiraciones jadeantes.
Dejé mi mano completamente quieta, sosteniendo en ella su seno, sintiendo su dureza. Podía notar perfectamente las varillas de su sostén, que mantenía sus pechos encerrados, pero no hice nada por abrirlo, sólo quería estar así con ella. De pronto, para mi sorpresa, Marta se separó de mí y dijo:

¡Tengo una idea!
¿Qué? – dije confuso.
¡Vamos a darnos un baño!
¿Cómo?
¡Que nos bañemos!
¡Estás loca! Todavía es primavera, ¿sabes lo fría que debe estar el agua? Además, no hemos traído bañador.
¿Y qué más da? ¡Nos bañamos desnudos! Y seguro que luego se nos ocurre algo para quitarnos el frío – dijo con una sonrisa ladina.
Vaaaaale – concedí.

Entusiasmada, Marta se incorporó, quedando de rodillas sobre la manta. Llevó sus manos a los botones de la camisa, empezando a desabrocharlos, pero yo la detuve.

¡Espera! – dije.
¿Por qué? – dijo sorprendida.
Deja que lo haga yo – respondí arrodillándome a mi vez y quedando frente a ella.

Por toda respuesta, Marta se limitó a sonreír, bajando los brazos hasta sus costados.

Bueno. ¡Allá vamos! – pensé.

Con gran delicadeza, llevé mis manos hasta los botones, mientras la miraba a los ojos. Lentamente comencé a desabrocharlos, empezando por los de arriba y deslizando poco a poco mis manos hacia los de abajo. A medida que se iban abriendo los botones, porciones cada vez mayores de su exquisita piel iban apareciendo ante mí. Pronto sus pechos surgieron por el escote, enfundados en un bonito sujetador blanco de lencería fina. Aquel sostén no los cubría por completo, sólo lo justo para que no se vieran las areolas, y todo el filo estaba recorrido por unos hermosos bordados de flores, calados, lo que permitía ver diminutos fragmentos de las tetas de Marta. Recuerdo que pensé que debía de ser un regalo de su madre, pues en nuestros anteriores encuentros, Marta siempre llevaba ropa interior menos sofisticada.
Por fin, el último botón se abrió y yo solté los bordes de la camisa, que quedaron colgando, ocultando parcialmente sus pechos.

Eres hermosa – susurré mientras le acariciaba tiernamente la mejilla.

Marta me sonrió, pero no dijo nada. Muy despacio, aproximé mi cuerpo al suyo, hasta quedar casi pegados y agarrando la camisa por las solapas, comencé a deslizarla por sus hombros, quitándosela. Después fui bajándola por sus brazos, muy lentamente, pero había olvidado abrirle los botones de las muñecas, por lo que la camisa se quedó enganchada allí.
Tironeé torpemente de la ropa, tratando de abrirla, pero no podía. Entre risas a causa de mi torpeza, Marta se subió un poco las mangas de la camisa, para que yo pudiera abrir los botones. Una vez lo hube hecho, ella misma acabó de quitársela, dejándola en el suelo, a un lado.
Llevé mis manos a su espalda; ella pensó que iba a quitarle el sostén, pero decidí dejarlo para luego, pues aquella ropa interior le quedaba realmente bien. Lo que hice fue soltarle el pelo, que se escurrió en suaves bucles entre mis dedos.

Siéntate – le dije.

Ella obedeció, quedando sobre la manta e inmediatamente me coloqué a sus pies. Tirando (la verdad es que me costó un poco), logré desembarazarme de sus botas. Ella llevaba unos calcetines gruesos, muy apropiados para su calzado pero nada eróticos, así que se los quité enseguida. Recorrí la planta de uno de sus pies con un dedo, haciéndole cosquillas.

¡Ay, quieto! – dijo riendo.

Yo me limité a sonreír.
A continuación, me coloqué a cuatro patas, a horcajadas sobre sus piernas y fui caminando hacia delante, obligándola a que se tumbara. Marta levantaba la cabeza estirando el cuello, para no perderse ni un detalle de mis maniobras. Así la hebilla de su cinturón y la abrí con habilidad, y comencé con los botones del pantalón, cinco en total, y abrirlos lentamente fue una de las cosas más eróticas que he hecho en mi vida.
Poco a poco iban apareciendo ante mí las braguitas de mi prima, que inconfundiblemente iban a juego con el sostén. De color blanco inmaculado, bordadas y en un rincón, las iniciales de mi tía, lo que confirmó mis sospechas. Aquel descubrimiento hizo que me excitara todavía más y entonces fui consciente de mi propio estado. Hasta ese preciso instante, no me había dado cuenta de lo cachondísimo que me encontraba; mi polla era una dura barra dentro del pantalón, pero como sólo había tenido ojos para Marta, no me había dado ni cuenta.
Una vez abiertos todos los botones, agarré el pantalón por la cintura y tiré. Como sabrán, los pantalones de montar son muy ajustados, así que al moverlos, arrastré las braguitas, que bajaron un poco. El simple hecho de que aquella prenda se desplazara unos centímetros hizo que un ramalazo de electricidad recorriera mi cuerpo.

¡Espera! – exclamó Marta.

Yo me quedé quieto y ella aprovechó para levantar un poco el culo de la manta y volver
a colocarse las bragas.

Ahora, tira – dijo mientras se las sujetaba para que no volvieran a bajársele.

Extrañado, obedecí. Me costó un poco quitárselos por completo, pero afortunadamente lo logré, porque si no, se los hubiera destrozado. Ante mí estaba mi prima, vestida tan sólo con aquella sexy ropa interior, con el cabello extendido sobre la manta, mirándome ligeramente turbada.
Marta se levantó entonces, quedando sentada. Segundos después, se incorporó, arrodillándose, mientras yo contemplaba extasiado cómo sus pechos se bamboleaban embutidos en el exquisito sostén de encaje. Puso una mano en mi pecho, empujándome, haciendo que me sentara y dijo:

Espera. Ahora sigo yo.

Ni siquiera me molesté en asentir, simplemente la miré. Marta se puso en pié, frente a mí, parecía una diosa del amor contemplando al más devoto de los mortales que estaba a sus pies, adorándola. Llevó sus manos a su espalda y hábilmente abrió el broche. Lentamente, el sujetador fue cayendo hacia delante, conducido por su mano, pero eso a mí me daba lo mismo, pues mis ojos estaban clavados en aquellas dos maravillas que la naturaleza le había concedido.
Los pechos de Marta eran perfectos. Tenían una deliciosa forma de uva madura, curvados hacia delante de forma que el pezón apuntara ligeramente hacia arriba. Tenían el tamaño justo, hoy diríamos que tenía 90 de pecho, eran sin duda los más bellos que había visto. La piel era muy blanca, lo que hacía que sus areolas rosadas destacasen todavía más y en su centro, los pezones, duros, mirando al frente.
Traté de incorporarme, quería besar, chupar aquellos monumentos, pero Marta me lo impidió, obligándome con sus manos a seguir sentado.

Shiisssss – siseó – Espera. Todavía falta lo mejor.

¡Y tanto que faltaba! Volví a dejarme caer, contemplando embelesado a la diosa. Estaba desesperado por admirar la parte oculta de su anatomía. Marta deslizó sus dedos en la cinturilla de sus braguitas, pero justo cuando iba a bajarlas, pareció cambiar de idea y se dio la vuelta, quedando de espaldas a mí. Enloquecedoramente, sus manos se deslizaron hasta abajo, arrastrando con ellas la prenda íntima por sus muslos. Frente a mí estaba su espléndido trasero, coronando aquellas dos piernas divinas.
Alzó levemente un pié para quitarse las bragas por completo, lo que hizo que sus muslos se separaran un tanto. Sin perder un segundo, incliné la cabeza tratando de ver aunque fuera de refilón la entrepierna de mi primita. Pero ella había vuelto la cabeza y vio mi subrepticio movimiento.

¡Oye! – me reprendió – ¡No seas guarro!

En otras circunstancias me hubiera partido de risa. ¡Que no fuera guarro! ¡Pues apañados íbamos si no lo era!, pero en ese momento yo sólo pensaba en obedecer lo que ella ordenara, hubiera hecho cualquier cosa por ella.
Por fin, se libró por completo de las bragas, dejándolas caer encima del resto de su ropa. Muy lentamente se dio la vuelta, quedando frente a mí, que esperaba extasiado, pero para mi infortunio, sus manos tapaban el objeto de mi deseo.

¡Marta, por favor! – gemí – ¡Me vas a volver loco!

Por toda respuesta, sus manos fueron separándose, revelando lo que ocultaban tras de si. Y entonces, sí que creí enloquecer, faltó poco para que me abalanzara sobre Marta y la violara sin miramientos.

¡Joder! – exclamé con la boca abierta.

Y es que mi primita se había afeitado el chochito, los labios se veían por completo, libres de vello, y sólo había conservado unos mechoncitos justo encima de la raja. Era más parecido al de Brigitte que al de su madre.

¡Joder! – atiné a repetir alucinado.

Miré a Marta a la cara y vi que se había puesto coloradísima. Comprendí que lo había hecho sólo por mí, porque yo le había dicho que me gustaba, y eso hizo que me excitara más si es que eso era posible; la cabeza me zumbaba, la sangre me latía en los oídos…
Mi mirada desbocada fue demasiado para Marta y la vergüenza pudo con ella. De pronto, echó a correr y se zambulló de golpe en el río. Yo me quedé mirándola como tonto, sin saber qué hacer. Al poco, la cabeza de Marta surgió de entre las aguas y su cantarina voz consiguió penetrar en mi obnubilado cerebro.

¡Vamos, ven! – gritó mientras nadaba de espaldas – ¡Está buenísima!

Por fin reaccioné, y poniéndome de pié de un salto, comencé a desvestirme. Abrí los botones de las mangas de la camisa, pero no los demás, así que me la saqué por la cabeza como un jersey. Traté de quitarme las botas de pié, saltando a la pata coja, pero tras dar unos cuantos saltos, acompañados por la música de fondo de las carcajadas de mi prima, desistí y me dejé caer sobre la manta. Conseguí sacarme las botas y de sendas patadas, las disparé bastante lejos. Aún tumbado, me bajé los pantalones de un tirón, arrastrando los calzoncillos. Calcetines fuera y me levanté de un salto, con mi erecta polla bamboleando como una lanza.

Vaya, vaya… Cómo estamos ¿eh? – dijo mi prima desde el agua.
¿Y de quién es la culpa? – grité.

Salí corriendo hacia el río, con la clara intención de atrapar a mi prima. Dando un grito, ella se dio la vuelta y se alejó nadando, pero fuera porque yo era mejor nadador, o fuera porque ella no puso demasiado empeño en escapar, lo cierto es que la alcancé bastante pronto. Agarrándola por un tobillo, tiré de ella atrayéndola hacia mí. La abracé con fuerza y busqué sus labios con desespero, fundiéndonos en un tórrido beso. Nos abrazamos el uno al otro, mi erección bien apretada contra ella. Ninguno de los dos nadábamos, por lo que nos hundimos sin remedio, pero eso no hizo que dejáramos de besarnos.
Nos hundimos unos cuantos metros antes de que la falta de aire nos obligara a regresar a la superficie. Nos quedamos allí, manteniéndonos a flote con piernas y manos el uno frente al otro, mirándonos sonrientes. Marta abrió la boca y tragó un poco de agua, para a continuación disparármela a la cara. Yo respondí abalanzándome sobre ella y apoyando mis manos en su cabeza, la empujé hacia abajo, haciéndole una buena ahogadilla.
Ella resurgió riendo, con el pelo mojado tapándole la cara, lo que hizo que me riera bastante.

¿De qué te ríes? – dijo.
¡De ti! ¡Vaya pinta tienes con el pelo en la cara!
¿En serio? ¿Me encuentras graciosa? – dijo con tono extraño.
¡Sí! – bromeé.
Pues esta parte no se ríe precisamente.

Mientras decía esto, deslizó una mano bajo el agua y me agarró la picha, dándome un suave apretón, lo que hizo que un agradable espasmo recorriera mi cuerpo.

¡Ay! – me quejé.
¿Te duele? – dijo juguetona, sin dejar de sobarme el falo.
¿Tú qué crees?

Me acerqué, y ella se pegó contra mí, rodeando mi cintura con sus piernas. Pasó sus manos alrededor de mi cuello y volvió a besarme, mientras yo era el encargado de mantenernos a flote a ambos, agitando brazos y piernas vigorosamente. Mi polla había quedado atrapada entre ambos, estrujada por mi ingle y su entrepierna.

Estoy pensando en metértela aquí mismo – dije con picardía.
Uummm – dijo ella simulando pensárselo – Creo que no es buena idea.
¿Por qué?
Porque nos ahogaríamos.
No me importa morir así – concluí.
¡Pero a mí sí!

Marta se separó bruscamente y se alejó nadando de espaldas. Yo podía ver cómo sus pechos surcaban majestuosos las aguas, con los pezones mirando al cielo. Di unas brazadas hasta quedar a su lado.

¿Y decías que el agua estaba buena? – dije.
¿Y no lo está? – respondió sin dejar de nadar.
¡Tú eres la que está buena! – exclamé – ¡El agua lo que está es helada!
¡Tonto! – dijo salpicándome agua a los ojos.

Volvió a salir disparada nadando y yo detrás. Cuando estaba a punto de atraparla, se frenó y tomando impulso, me devolvió la ahogadilla de antes. Salí escupiendo agua, pues me había pillado de sorpresa y la perseguí, pero Marta había logrado suficiente ventaja, así que logró alcanzar la orilla y salir del agua.
Era delicioso verla caminar de puntillas por la orilla, con los pies descalzos intentando no pisar nada raro. Su piel, chorreando agua era de lo más apetitosa, así que decidí salir tras ella.
Me acerqué a Marta por detrás, mientras ella trasteaba entre nuestras cosas. Iba a sorprenderla, pero ella se volvió y me dijo:

Ten cuidado, no pises la manta estando mojado, la vas a empapar.

Me alargó entonces una gran toalla (comprendí entonces por qué las habíamos traído) y yo empecé a secarme con ella. Ella se inclinó para buscar la otra, quedando su culo en pompa y yo ya no resistí más. Terminé de secarme justo cuando ella encontró su toalla; yo me acerqué a Marta y se la quité de las manos.
– Espera – dije – Déjame a mí.
Ella se incorporó, quedando de espaldas a mí. Yo coloqué la toalla sobre su cabeza, secándole el pelo vigorosamente, después la deslicé hacia abajo, secando su cuello, su espalda, sus brazos. Rodeándola con la toalla, sequé sus pechos, rozando con la tela sus pezones, especialmente sensibles debido al frío, lo que le arrancó un tenue gemido. Terminé con sus piernas, su pubis, su trasero, todo con dulzura y delicadeza.

¿Tienes frío? – le dije.
Un poco – respondió.
Ven.

Cogiéndola de la mano, la conduje hacia la manta estirada. La ayudé a que se tumbara en el suelo y busqué la otra manta, que estaba entre mis cosas. La extendí sobre Marta, para que entrara un poco en calor y fue entonces cuando me di cuenta de que los ojos de Marta estaban fijos en mi polla.
La verdad es que había perdido un poco la erección, estaba sólo morcillona, pero aquello hacía que se moviese más debido a mis maniobras. Sonriendo, le dije a mi prima:

¿Te gusta?

Ella enrojeció violentamente y agarrando el borde de la manta, se tapó la cara.

¡Guarro! – me dijo.

Todavía riendo, me senté junto a ella. Apoyé una mano encima de su cuerpo y la deslicé sobre él hasta llegar al borde de la tela, que bajé un poco, descubriendo la cabeza de mi prima. Ella me sacó la lengua, burlándose, y yo la besé. Estuvimos besándonos unos segundos, antes de separar nuestras bocas y mirarnos a los ojos. Los de Marta brillaban.
Sin decir nada, Marta levantó la manta, mostrándome su delicioso cuerpo desnudo. Yo acepté la invitación y me metí bajo la tela con ella. Abrazados, con los cuerpos completamente pegados, dándonos calor el uno al otro, reanudamos nuestro beso. Una de mis manos estaba atrapada bajo su cuerpo, pero la otra se dedicaba a navegar delicadamente por su anatomía.
Marta apoyó una de sus manos en mi pecho, acariciándolo, y muy despacio, fue deslizándola hacia abajo, hacia mi ingle. Con algo de torpeza, agarró mi picha y la pajeó con dulzura, sin dejar de besarme. Yo llevé mi mano a su chochito, jugueteando con un dedo en el pelo que le quedaba.

¿Esto lo has hecho por mí? – susurré separando mis labios de los suyos.

Ella asintió con la cabeza.

Mi madre me ayudó – dijo.

¡Joder! Sólo de imaginarme la escenita, me ponía más cachondo todavía.

Marta – dije acercando la boca a su oído – La próxima vez que lo afeites… quiero verlo.
Pervertido – dijo ella riendo.
Soy tú pervertido.

Tras decir esto, le mordí suavemente el lóbulo de la oreja, lo que le hizo dar un delicioso gritito de sorpresa. Besé y chupé, aquella parte de Marta con deleite, la oreja, el cuello, el hombro, mientras ella no paraba de deslizar su manita sobre mi enardecido falo. Sus caricias me estaban haciendo disfrutar enormemente, así que le devolví el favor. Dejé de enredar en su vello púbico y llevé mis dedos hasta su depilada rajita. Con el índice y el anular, separé los labios mayores, metiendo entre ellos el dedo corazón, acariciando con dulzura. Estaba bastante mojada, ¡qué digo bastante!, estaba empapada.

Uuummmmm – un delicioso gemido escapó de los labios de Martita.

Yo alcé la cabeza para mirarla. Había cerrado los ojos, disfrutando de mis caricias, jadeando y gimiendo quedamente. Poco a poco fui subiendo el ritmo de mis inquietos dedos, provocando suspiros y jadeos mayores, dándole placer. Pero ella también me lo estaba dando a mí, su mano se movía cada vez más deprisa sobre mi falo, si seguíamos así, no iba a tardar mucho en correrme, y yo no quería que eso sucediera.
Dejé de masturbarla y ella abrió los ojos, sorprendida, interrogándome con la mirada.

Shissss – susurré – Espera.

Con mi mano, sujeté la suya, apartándola de mi sobreexcitado pene. Me coloqué a cuatro patas junto a ella, e inclinándome, comencé a besar y a lamer su pecho. Cuando mi lengua rozó uno de sus pezones, un estremecimiento de placer recorrió su cuerpo, que se agitó sinuosamente. Marta llevó sus manos a mi cabeza, comenzando a enredar sus dedos en mi pelo, jugando con él, disfrutando mis caricias. Yo lamía diestramente sus pechos, excitándola cada vez más y excitándome yo a mi vez. En cierto momento, absorbí por completo su pezón con mi boca, y tragué y tragué, tratando de que cupiera dentro la mayor porción posible de aquella deliciosa teta.

¡Ay! ¡Quieto! – reía Marta – ¿Quieres comértela o qué?

Levanté la cabeza y le respondí:

Quiero comerte toda.

Y me deslicé hacia abajo por su cuerpo, arrastrando la manta y destapando a Martita. Me situé a sus pies, mirando con lujuria su hermoso chochito. Ella se dio cuenta y avergonzada, encogió las piernas levantando las rodillas, privándome de la celestial visión. Yo me acerqué, y apoyando una mano en cada rodilla, traté de abrir sus piernas, para acceder a su rajita, pero ella hacía fuerza y no me dejaba.

¿Qué te pasa? – dije.

Ella no respondió, había ocultado el rostro entre las manos, y comprendí. Le daba vergüenza.

Vamos – susurré – No seas tonta.

Lentamente, fui logrando separar sus muslos, con lo que su entrepierna apreció ante mí. Me tumbé boca abajo en el suelo, con la polla apretada contra la manta y coloqué la cabeza justo entre sus muslos, para que no volviera a cerrarlos. Estiré entonces un dedo, y lo introduje entre sus labios vaginales, explorando.

¡Aaahhhh! – suspiró.

Contento por el resultado, continué la exploración.

Marta, te ha quedado precioso, de verdad.
Ummmmm – respondió ella, enardecida por mis caricias.
Todavía no me creo que hayas hecho esto por mí.
¡Aahh! ¡Aahhhhh!
Y tengo que agradecértelo de alguna forma.

Sin decir más, llevé mi boca hasta su coño y lo besé. Mantenía abiertos los labios mayores con mis dedos, así que hundí mi lengua directamente en su raja, chupando y lamiendo los labios menores.

¡Aaaaahh! ¡AAAHHHH! – gemía Marta.

Metí un par de dedos en su interior, metiéndolos y sacándolos lentamente y llevé mis labios hasta su clítoris, que estaba gordo e hinchado, y lo absorbí con mi boca. Mientras lo chupaba con mis labios, como un bebé bebiendo de un pezón, lo estimulaba con la lengua. Aquello parecía volver loca a Marta, que se retorcía como una culebra. Sus manos volvieron a enredarse en mi cabello, empujando mi cabeza contra sí, apretándome contra su coño.
Aquello estaba cada vez más caliente y más mojado, sus jugos resbalaban por mi barbilla, manchaban la manta; pensé que Martita estaba a punto y no me equivoqué.

¡AAAAHHHH! ¡SÍIIIIIIII! ¡ASÍIIIIIIII! – gritaba.

Mientras se corría, sus dedos se engarfiaron en mi pelo, tirándome fuertemente de él. Pero a mí no me importaba, sólo quería que ella disfrutara hasta el último instante, que recordara aquel día el resto de su vida.
Poco a poco, Marta fue calmándose. Durante su orgasmo, yo no había parado de masturbarla y chuparla, pero lo hice muy despacio, sólo para alargar la corrida. Por fin, la tensión de su cuerpo se relajó, y sus gritos fueron reduciéndose a sordos jadeos y suspiros. Sus dedos dejaron de tratar de arrancarme la cabellera y se dedicaron a acariciarme la cabeza.
Satisfecho, me deslicé hacia arriba por la manta, hasta que nuestras caras quedaron enfrentadas. Marta, sin dudar ni un instante, me rodeó con los brazos el cuello y me atrajo hacia sí, besándome con lujuria. Su lengua recorrió hasta el último centímetro de mi boca, saboreando su propio sabor, degustando su propia humedad.
Nos separamos y nos quedamos mirándonos a los ojos. Marta se incorporó quedando sentada, mientras yo seguía tumbado, admirándola. Deslizó entonces una mano hasta mi picha, y la aferró con fuerza. Un estremecimiento recorrió mi ser, haciendo que cerrara los ojos.
Marta se movió hacia abajo, sin soltarme la polla. Yo sabía lo que iba a hacer, pero no estaba seguro de si ella lo deseaba; ¿estaría lista ya, o seguiría como días antes? Abrí los ojos y la miré, su cara estaba junto a mi verga, mirándola pensativa, y en ese instante leí la duda en sus ojos.

Marta – dije sentándome.
No, no – dijo ella poniendo una mano en mi pecho – Túmbate, ahora me toca a mí.
No, Marta, no lo hagas.
¿Por qué? Creía que te gustaba.
Y me gusta, pero tú no quieres hacerlo y no voy a consentir que hagas algo que no deseas sólo por darme placer a mí.
Pero tú me has chupado el… Bueno, ya sabes, y es justo que ahora yo…

Llevé mi mano hasta la suya, la que agarraba mi falo, y se la aparté.

No digas tonterías, esto no es una obligación, si tú esto, yo lo otro. No es así, al menos conmigo no. Se trata de que los dos disfrutemos al máximo, y si te dejo que lo hagas, lo pasarás mal, pues aún no estás lista para eso. Y eso hará que yo lo pase mal.
Pero…
Pero nada. Además, hay mil formas en que puedo disfrutar contigo, distintas de la felación.

Marta me miraba insegura, así que acerqué mi rostro al suyo y volví a besarla. Empujando levemente con mi cuerpo, fui haciendo que se tumbara en la manta, sin dejar de besarnos. Separé mis labios de los suyos, y comencé a darle besitos por todo el cuerpo, la cara, los pechos, el estómago. Con mi mano, acaricié su rajita, comprobando que seguía muy lubricada. Había llegado el momento.
Marta comprendió mis intenciones, y lentamente, separó las piernas, ofreciéndose a mí. Yo me coloqué entre sus muslos, de rodillas, con la polla dura al máximo. Creo que nunca había deseado tanto a una mujer. Con cuidado, situé el enrojecido glande a la entrada de su vagina, haciendo que sus labios se separaran un poco. Miré a Marta y vi que tenía los ojos cerrados, esperando el momento.

¿Estás lista? – le pregunté.

Ella asintió vigorosamente con la cabeza. Se veía que estaba nerviosa.

¿Seguro? – insistí tratando de tranquilizarla.

Marta, abrió los ojos, y sonriendo dulcemente me dijo:

Completamente.

Y la penetré. Mi miembro se deslizó en ella como un cuchillo en mantequilla, fue perfecto, aunque la metí muy despacio, para no hacerle daño, mi polla entró de un tirón. Era como si el tamaño de mi pene fuese el justo para la anchura de su vagina, eran una espada y su vaina.

¡AAAHHHHH! ¡DIOSSSSS! – suspiró Marta.

Yo mantenía los ojos cerrados y los dientes apretados, tratando de relajarme, pues la penetración había sido tan placentera que había estado a punto de correrme. Dejé caer mi cuerpo sobre el de Marta, que enseguida me abrazó. Como yo era un poco más bajo que ella, mi frente quedaba justo a la altura de sus labios, y ella me besó allí con dulzura.
Nos quedamos quietos, acoplándonos el uno al otro, sintiéndonos, durante unos minutos que a mí se me antojaron eternos, pero al mismo tiempo, demasiado breves. Cuando me calmé lo suficiente como para estar seguro de no eyacular inmediatamente, me puse en marcha.
Muy despacio, aún temerosos de hacerle daño, la saqué unos centímetros, para a continuación volver a hundirla y comprobar su reacción.

¡AAAAAHHH! – suspiraba mi prima.

No había signos de dolor por ningún sitio, sólo placer, así que poco a poco, me dejé llevar. Comencé a bombear, muy lentamente al principio, más deprisa después. El coño de mi prima ceñía mi polla con firmeza, encajaban la una en el otro como si fueran piezas de un mismo mecanismo. Marta me abrazaba con fuerza, estrechándome contra si, pero en aquella postura yo no podía bombear con fuerza, así que erguí el tronco, separándome de ella, para que mis culetazos fueran más certeros.
Al follármela con mayor vigor, sus gemidos fueron subiendo de volumen y poco después, se convirtieron en auténticos gritos de placer.

¡ASÍIIIIII! ¡SIGUE! ¡SIGUE! ¡NO PARES!

Los aullidos de mi prima taladraban mi mente, nublando mi cerebro. Estaba excitado al máximo, loco de deseo, alucinado por el placer. El coño de mi prima estaba cada vez más mojado, con lo que mi polla se deslizaba sin obstáculos, cada vez más rápido.
Marta se corrió por segunda vez y no sé si incluso hubo una tercera, en rápida sucesión. Yo comencé a sentir espasmos en la ingle, cosquilleos, señal inequívoca de que mi clímax se aproximaba. Bombeé con más fuerza, mezclando mis propios gritos y gemidos con los de Martita.

¡DIOS! ¡QUÉ BUENO! ¡QUÉ BUENO! – gritaba yo.
¡SÍIIIIIIIIIIIIIIIIIII! – aullaba Marta – ¡ASÍIIIIII! ¡RÓMPEME EL COÑOOOOOO!

Aquellas palabras de Marta me sorprendieron, y me excitaron. Ya no aguantaba más, estaba al borde del orgasmo, pero aún así, esperé hasta el último segundo antes de sacársela, para sentirla el máximo de tiempo posible.
Me corrí como un salvaje, la leche salía disparada de mi miembro, manchando el suave vientre de mi prima. Pensé en dispararle por todos lados, como con Dickie, pero Marta no era una zorra como mi institutriz, así que hice que la mayor parte de la carga fuera a caer sobre el suelo.
Derrengado, me dejé caer boca arriba al lado de mi prima y ella aprovechó para recostarse en mí, quedando los dos abrazados.

Oye, nena, vaya vocabulario – le dije.
¡Tonto! – dijo ella dándome un azote amistoso en el brazo – Lo he hecho por ti.
¿Cómo? – dije sorprendido.
Antes, en el establo, cuando Blanca decía esas barbaridades, tú…
¿Si?
Bueno… Me estrujabas más fuerte. Noté que esas cosas… te ponen… así que, aunque me da vergüenza, las he dicho.
Eres increíble – dije besándola.

Permanecimos allí abrazados durante unos minutos, creo que incluso nos adormilamos un poco. Entonces, Marta dijo que tenía hambre.

Es verdad – respondí incorporándome – Ya debe ser la hora de almorzar.

Nos pusimos de pié y preparamos las cosas. Marta había traído bastante comida, queso, chorizo, incluso una tortilla. Comimos allí mismo, sentados al estilo moro sobre la manta, completamente desnudos. Yo contemplaba admirado a mi prima, extasiado por su belleza.

Tonto – dijo ella – No me mires así.
Lo siento, pero no puedo evitarlo.

Marta gateó acercándose a mí, volviendo a besarme. Nos tumbamos de nuevo abrazados, yo acariciando su cabello. El olor de su pelo penetraba en mis fosas nasales, embriagador y noté que estaba empezando a excitarme. Marta también lo notó, pues había colocado una pierna sobre las mías y mi incipiente erección se apretaba contra ella.

Vaya, vaya – dijo – ¿Qué tenemos aquí?

Retiró su pierna y la sustituyó por su mano, comenzando a acariciar voluptuosamente mi pene. Éste no se hizo de rogar demasiado y a los pocos segundos volvía a estar completamente empalmado, siendo pajeado con dulzura por mi primita. Intenté incorporarme para besarla, pero ella no me dejó, obligándome a permanecer tumbado.
Esta vez fue ella la que recorrió mi cuerpo dándome cálidos besitos, pero al llegar a mi estómago se detuvo. Alzando una pierna, la pasó sobre mí, quedando sentada a horcajadas sobre mi barriga. Mi polla quedaba deliciosamente apretada contra su culo, y ella lo movía hacia los lados, frotándolo.
Levanté mis manos y acaricié sus pechos, estimulando sus pezones con la yema de mis dedos, sintiendo su dureza. Marta me deseaba ya, así que no pasó mucho tiempo antes de que diese por finalizados esos jugueteos.
Alzando el trasero, metió una mano entre sus piernas y agarró mi picha, que estaba en plena forma. Deslizando el cuerpo hacia atrás, colocó la punta de mi cipote justo en la entrada y lentamente, fue dejándose caer, empalándose por completo.

¡Ugghhhh! – resoplé yo.

Marta me tapó la boca con las manos. Tenía la cabeza gacha, mirando hacia abajo, de forma que su cabello tapaba su rostro. Se quedó parada durante unos segundos, antes de comenzar un sensual vaivén con las caderas.

¡Uf! ¡Uf! – gemía Marta.
¡Así, nena, así! – la incitaba yo.

Para ser la primera vez de mi prima, la verdad es que aprendía con notable rapidez. Sus caderas se movían deliciosamente, describiendo un suave movimiento circular a la vez que subían y bajaban para empalarse bien en mi nabo. Mientras, yo no dejaba de acariciar sus tetas, pellizcando levemente los pezones, estimulándolos.
Marta levantó la vista, clavando sus ojos en los míos, con un brillo de excitación en su mirada que hizo que me estremeciera. Mirándonos el uno al otro, fuimos subiendo el ritmo de la follada. Marta se inclinó un poco hacia delante, apoyando las manos en el suelo. Su trasero subía y bajaba cada vez más rápido. Miré hacia abajo y pude observar cómo mi polla surgía de su interior y volvía a enterrarse en ella a toda velocidad. Marta ya no se agitaba, botaba directamente sobre mi miembro, follándose a un ritmo enloquecido.
Se echó entonces hacia atrás, apoyando de nuevo las manos en el suelo, pero esta vez detrás de ella. Sus pechos escaparon de mis manos, ya no los alcanzaba, pero podía admirarlos mientras saltaban embravecidos por los embates de aquel polvazo.
Marta alcanzó repentinamente el clímax, gritando como posesa.

¡DIOSSS! ¡SÍIIIIIIII! – aullaba.

Dio unos cuantos culetazos más y entonces se derrumbó sobre mí, quedándose muy quieta. Yo estaba como loco, deseando continuar, pero ella no se movía, sólo jadeaba recostada sobre mi pecho, con mi polla deseosa enterrada en sus entrañas.

Marta, sigue, por favor – jadeé.

Pero ella no parecía escucharme y seguía sin moverse. Yo no podía más, así que haciendo un alarde de fuerza, me incorporé, quedando sentado con el cuerpo de mi prima pegado al mío. Con mucho cuidado, fui echándola hacia atrás, tumbándola, pero al estar ella de rodillas sobre mí, no podía hacerlo sin torcerle las piernas, así que, para mi desgracia, tuve que sacar mi polla, chorreante de flujos de hembra, de su interior.

¡Ummmm! – gimió ella.
Tranquila, cariño, ya voy.

La tumbé por completo y me situé entre sus muslos. Cogí sus piernas y las levanté, haciendo que sus muslos quedaran apoyados contra su propio pecho, emulando la postura que empleé con Dickie. De esta forma, su coño se me ofrecía por completo y yo no tardé ni un segundo en volver a colocar la polla en su entrada. A esas alturas yo andaba tan caliente que no estaba para jueguecitos, así que en vez de meterla lentamente, se la clavé de un fuerte empujón.

¡Urgghhh! – gorgoteó ella.

Echando mi peso sobre ella, mi polla penetraba en su coño al máximo, mis huevos quedaban apretados contra su culo. Sus piernas quedaban apoyadas en mis hombros y noté que ella las apretaba con fuerza, para aumentar la fricción de mi pene en su coño. Empecé entonces a meterla y sacarla, sujetando sus piernas con mis manos, y ella seguía apretando, ciñendo su coñito sobre mi verga. Aquello me volvía loco, la metía y la sacaba con violencia, mis huevos golpeando contra su trasero en cada embate. Era increíble.
Pronto noté que un nuevo orgasmo se precipitaba, mi mente decía que debía sacarla ya, pero mi cuerpo me decía que no, que siguiera embistiendo. Noté que mis testículos entraban en erupción, la corrida subía disparada por el interior de mi verga, y justo en el último segundo, logré que mi cerebro venciera, dejándome caer de costado, con la polla vomitando leche hacia todas partes.
Las piernas de Marta cayeron al suelo, derrengada. Yo, agotado también, quedé tumbado, mientras espesos pegotes de esperma salían de mi pene, manchándome el vientre. Entonces Marta se incorporó, colocándose de costado y aferrando mi instrumento con una mano, lo masajeó suavemente para obtener las últimas gotas de mi esencia.
Mi corrida había acabado, mi pene comenzaba a perder su vigor, pero Marta seguía acariciándomelo delicadamente, con los ojos vidriosos, como hipnotizada. Por fin, la soltó y se echó una mirada a la palma de la mano, pringosa de semen. Tras quedarse así unos segundos, pareció despertar, y levantándose, recogió una toalla del suelo y se dirigió al río. Mojando la toalla, se limpió la mano y los restos de mi primer orgasmo y después regresó a mi lado, aseándome a mí también, sin hablar.
Una vez satisfecha, dejó la toalla a un lado, y cogió la otra manta, que andaba por allí hecha un guiñapo. Sin decir ni una palabra, se acostó a mi lado, reclinando su cabeza en mi pecho y nos arropó a los dos. Yo besé tiernamente su frente y me dejé caer, sumergiéndonos los dos en un dulce sueño de agotamiento.
Cuando desperté, calculé que habrían pasado un par de horas, debían de ser las cinco o las seis de la tarde. Sentí hambre, así que, con cuidado de no despertar a Marta, salí de debajo de la manta y rebusqué entre los paquetes. Me senté con un poco de pan con queso y una bota de vino, cuando de pronto, Marta apareció justo tras de mí, pegando sus pechos a mi espalda.

Hola – me susurró mientras me besaba el cuello.
Hola – contesté.

Se tumbó lánguidamente junto a mí, envolviéndose en su manta, mirándome a la cara.

¿Tienes hambre? – le pregunté.
Un poco.

Le pasé la botella de vino y me levanté para buscarle algo.

Oye, tiene que haber uvas por algún sitio – me dijo.

No me costó mucho encontrarlas, estaban en el paquete de la comida, envueltas en un trapo y un poco despachurradas.
Jugando, comencé a dárselas a mi prima una a una, directamente en la boca, mientras ella me miraba con picardía. Poco a poco, Marta fue entonándose, y aprovechaba cada vez que yo acercaba la mano a su boca para besármela o darme un mordisquito. El colmo fue cuando atrapó uno de mis dedos entre sus labios y lo chupó simulando una felación. Mi prima me estaba volviendo a poner cachondo.

Sigue así y ya mismo me tendrás encima tuya otra vez – le dije.
¿En serio? – respondió ella burlona.
Muy en serio.

Riendo, se incorporó y acercándose a mí me besó apasionadamente. Empleó su peso para obligarme a tumbarme en el suelo, quedando ella encima de mí, sujetando mis brazos con sus manos. Entonces, repentinamente, me tapó la cabeza con la manta que tenía y exclamó:

¡Primero tendrás que cogerme!

Me desembaracé de la manta lo más rápido que pude y miré a mi alrededor. Marta había salido corriendo, completamente desnuda, en dirección al monasterio. Me levanté de un salto y salí en su persecución, riéndonos los dos como locos.

¡Espera a que te coja! – gritaba yo – ¡Te vas a enterar!

Ella sólo se reía y reía, huyendo de mí como una ninfa del bosque. Era agradable correr desnudos por allí, era una sensación voluptuosa, sensual. Mi pene, en estado de media erección, cimbreaba orgulloso a los lados, al ritmo de mis zancadas. Marta se volvía y lo veía, lo que le arrancaba grititos de alegría y risas.
Mi prima llegó a la pared del monasterio, y se quedó apoyada en ella, recobrando el aliento. Yo no tardé ni un segundo en alcanzarla, abrazándola por detrás, lo que le provocó un grito de sorpresa. Enfebrecido, hice que se diera la vuelta y la besé con pasión, con lujuria. Ella respondió deseosa, su lengua buscando la mía. Estreché mi cuerpo contra el suyo, mi pene creciendo por momentos, apretándola contra el muro.
Excitado a más no poder, comencé a frotar mi erección contra ella, bajando y subiendo las caderas. Sin dejar de besarla, cogí su muslo izquierdo con mi mano y tiré hacia arriba, colocándolo junto a mi cintura. En esa posición, de pié y apoyados contra la pared, penetré de nuevo a Martita, lo que nos provocó a los dos un nuevo estremecimiento de placer.

Te avisé – dije jadeante.
Vamos. ¡Fóllame! ¡Fóllame! – contestó ella.

Sin perder ni un segundo, comencé a bombear en su coño. Mi mano mantenía su pierna alzada, de forma que su chocho quedara bien abierto. Con cada empellón, Marta se incrustaba contra el muro de piedra, lo que debía resultarle molesto, pero ella no se quejaba.

¡Así! ¡Sigue! ¡Más fuerte! – gritaba abrazada a mí.

Yo obedecía sin dudar, follándola contra aquella pared, enloquecido. Ella también andaba cachondísima, pues dejó de abrazar mi espalda y clavó fuertemente sus uñas en ella.

¡Ay! – grité sorprendido.
¡No te pares! ¡No pares!

Así que seguí penetrándola con vigor. El placer que sentíamos era indescriptible; yo quería gritar y tenía que apretar los dientes para no hacerlo, pero Marta optó por otro sistema, simplemente hundió el rostro en mi cuello y me mordió con fuerza. Aquello era follar con una gata salvaje.
No aguanté aquel baile ni un minuto, mi orgasmo se aproximaba imparable y así se lo hice saber a Marta.

Me corro, nena… ¡Me corro!

Casi inconsciente, se la saqué de dentro, per ella me estrechó contra sí, impidiendo que me apartara. Yo solté su pierna y ella la bajó hasta el suelo, quedando los dos de pié, pegados uno frente al otro, con mi miembro atrapado en medio. Marta buscó mis labios con los suyos, y nos besamos con pasión, fuego puro en nuestras bocas. Entonces Marta llevó sus manos hasta mi pene, y mientras con una me acariciaba el escroto, jugueteando con mis huevos, con la otra me pajeó dulcemente, provocándome en pocos segundos el orgasmo.
Al estar mi polla entre los dos, las salpicaduras alcanzaron los cuerpos de ambos, dejando nuestros estómagos pringosos de leche. Ella seguía con aquella enloquecedora caricia, sin dejar de besarme, incluso después de que mi polla dejara de vomitar semen.
Yo ya no podía más, derrengado, me dejé caer de rodillas frente a ella, agotado hasta el límite, pero algo perturbaba mi mente.

Mar… Marta – jadeé.
¿Umm?
¿Te corriste?

Alcé la vista, mirando su rostro, y aunque ella no me contestó, leí la respuesta en él.

Relájate – dije.

Sin dudar, llevé mi boca hasta su raja, y abriéndola con dos dedos metí mi lengua dentro.

¡QUÉ HACES! – gritó ella.

Como Marta tenía los dos pies en el suelo, la postura no era muy adecuada, pues su coño quedaba muy cerrado, así que volví a levantarle una pierna, dejando su muslo apoyado en mi hombro, quedando su chocho bien expuesto.
Inesperadamente, la penetré con fuerza con tres dedos a la vez, lo que le arrancó nuevos aullidos de placer.

¡NOOOOOOOOOO! – gritaba – ¡ESO NOOOOO!

¡Y una mierda que no! Comencé a meter y sacar los dedos vertiginosamente, quería que se corriera rápido, pues mi agotamiento era tal que no sabía cuánto podría aguantar. Mi boca buscó y encontró su clítoris, que comencé a chupar y lamer, y entonces, inesperadamente lo mordí con suavidad.

¡UAHHHHHHH! – aullaba Marta – ¡NOOOOO! ¡PARAAAAA!

Su voz decía que parara, pero sus manos empujaban mi cabeza contra su entrepierna, contradiciendo claramente sus palabras. En menos de un minuto se corrió, con violencia y ferocidad. Sus jugos inundaron mi boca, que había pegado a sus labios menores tratando de absorber su esencia, pero eran tantos los líquidos que brotaban de su coño, que no podía tragarlos todos y resbalaban por mi cuello, mojando mi pecho. La verdad, aún hoy me queda la duda de si mi primita se orinó al correrse.
Derrengada, Marta comenzó a derrumbarse y si no llego a sujetarla, se habría hecho daño, arañándose contra las piedras del muro. Quedó tumbada en el suelo, los ojos cerrados, respirando dificultosamente.

Eres un cabrón, eres un cabrón – balbuceaba – Te dije que pararas, te lo dije.

Yo, satisfecho conmigo mismo, me tumbé a su lado, acariciándole el pelo.

Marta.

Ella no respondió.

Puedo asegurarte que he gozado contigo como con ninguna otra mujer.

Ella abrió los ojos y me sonrió.

Yo también. Dudo que en mi vida pueda sentir mayor placer que el que me has dado hoy.

Y volvimos a besarnos.
Como media hora después, saqué fuerzas de flaqueza y logré ponerme en pié. Me eché un vistazo y me reí, pues estaba absolutamente cubierto de suciedad; hierba, semen, tierra, manchaban por completo mi cuerpo, dándome aspecto de hombre de las cavernas. Miré a mi prima y vi que su estado no era mejor, estaba absolutamente pringosa, aunque, desde luego, mucho más buena que yo.

Marta – la llamé.
¿Ummm?
Vamos. Se hace tarde.

Le ofrecí mis manos y ella las cogió, para ayudarla a levantarse. Con paso cansino, regresamos a nuestro improvisado campamento.

Estamos llenos de mierda – dijo Marta mirándose.
Sí, es verdad.

Me di la vuelta, para que ella me echara un vistazo, pero algo la conmocionó mucho.

¡Dios mío! – exclamó tapándose la boca con las manos.
¿Qué pasa? – dije alarmado.
¡Tu espalda! ¡Ay, Dios, lo siento Oscar!
¿Qué? – dije girando la cabeza, tratando de verme la retaguardia.

Marta se acercó a mí y me tocó la espalda con sus dedos. Ramalazos de dolor me azotaron, con lo que comprendí a lo que se refería.

No sabes cuanto lo siento. ¡Madre mía, si pareces un Cristo! Te he arañado todo.
¡Bah! No te preocupes – dije.
¡Y tu cuello! ¡El mordisco que te he dado! ¡Oh, Dios! – exclamó Marta cada vez más agitada.

Yo traté de calmarla, sujetando sus manos con las mías.

Marta, que no te preocupes, mujer. Además, mira, tú también tienes marcas en la espalda, de las piedras del muro.

Era verdad, en algunos puntos se veían arañazos y zonas enrojecidas, donde sin duda se le formarían hermosos moretones.

Parecemos veteranos de guerra – dije riendo.
¡Sí, es verdad! – rió ella también.

Más tranquilos, seguimos caminando y llegamos a donde estaba nuestra ropa.

Primo, será mejor que nos demos otro baño. No podemos vestirnos con tanta porquería encima.
Sí – concedí pesaroso – ¡Qué remedio!

Sin tontear esta vez, nos metimos de nuevo en el agua cogidos de la mano. Estaba bastante fría, pero no sé si por el calentón que llevábamos encima, resultó que me pareció menos fría que por la mañana.
Nadamos unos minutos, salpicándonos agua y jugando, pero sin grandes esfuerzos ni aventuras. Minutos después, salimos del agua, y la brisa de la tarde provocó que tiritásemos de frío.
Fuimos a por las toallas, pero estaban tiradas por el suelo, embarradas, así que tuvimos que permanecer desnudos, secándonos al aire. Pensé en encender fuego, pero hubiera perdido demasiado tiempo buscando leña, así que lo que hice fue conducir a Marta hasta la manta que había en el suelo. Me senté e hice que ella se sentara entre mis piernas de espaldas a mí, y después, echando la otra manta sobre mis hombros, nos arropé a ambos.
Ella suspiró satisfecha y se reclinó contra mí, su espalda apoyada en mi pecho. Yo la estreché entre mis brazos, besando su pelo mojado. Nos quedamos allí durante un rato, simplemente dándonos calor el uno al otro.
Por desgracia, nuestros cuerpos fueron secándose paulatinamente y vimos que el sol estaba ya bastante bajo. La hora de regresar se acercaba. De mala gana, nos pusimos en pié y comenzamos a vestirnos.
Ver vestirse a una mujer puede resultar bastante erótico, sobre todo en unas circunstancias como aquellas, pero en ese momento no se me hubiera levantado ni con una grúa, así que me limité a admirarla mientras nos vestíamos.
Encontrar mis botas supuso cierto esfuerzo y cuando lo logré, Marta había empezado ya a empacar las cosas.

Ve tú a por los caballos, que yo me encargo de esto – me dijo.
Vale – asentí.

Cumplí sus órdenes sin dilación, pero el destino nos tenía reservado aún un pequeño problema para esa tarde. Encontré a los caballos no muy lejos de allí y al acercarme noté que Luna cojeaba un poco. Examiné su pata, temiéndome lo peor, pero comprobé que no estaba herida, sino que sólo había perdido una herradura.

¡Mierda! – pensé – Esto nos retrasará.

Volví con los caballos junto a Marta y le expliqué la situación. Ella también examinó a Luna, comprobando que no le pasaba nada. Resignados, recogimos lo que faltaba y nos pusimos las chaquetas que Marta, previsora, había incluido en el equipo.
Lo que hicimos fue cargarlo todo en Niebla, y a Luna dejarla sólo con la silla. Tendríamos que caminar despacio por el bosque, para que no pisara una piedra y se dañara la pezuña y después, trasladaríamos todos los bultos a Luna y montaríamos los dos en mi caballo.
Así lo hicimos y lo cierto es que el primer tramo del paseo no resultó nada divertido. Con la luz de la tarde no se veía bien, y había que tener mucho cuidado con por dónde íbamos. Además, Luna cojeaba, lo que ralentizaba todavía más la marcha. Tardamos en atravesar el bosque más del doble de tiempo de lo que nos costó hacerlo por la mañana y eso que no paramos para beber.
Por fin, dejamos el bosque atrás y pudimos cargarlo todo en la yegua. Era poco peso, así que no nos preocupaba demasiado. Até la brida de Luna a la silla de mi caballo y montamos, yo delante y Marta detrás, abrazada a mi cintura. Marta no tardó mucho en apoyar la cabeza en mi espalda, y así abrazados, cabalgamos muy despacio durante un rato, para no forzar a Luna en demasía.

Oscar, ha sido la tarde más maravillosa de mi vida – dijo mi prima de pronto.
Y la mía – respondí.

Ella se apretó todavía más contra mí, y seguimos un rato así, en silencio. Íbamos bastante lentos, por lo que la noche nos sorprendió estando aún a tres o cuatro kilómetros de casa.
Entonces, vimos unas luces en el camino, justo delante de nosotros, que avanzaban en dirección opuesta a la nuestra. Poco después, mi padre, el abuelo y Juan, nos alcanzaban, montados también a caballo.

¡Gracias a Dios! – dijo mi padre al vernos – ¿Se puede saber dónde os habíais metido? Estábamos muy preocupados.
Lo siento papá – dije – Es que Luna perdió una herradura y hemos tenido que venir muy lentos.

Bajamos todos de los caballos, y mi abuelo y Juan revisaron a la yegua.

Parece que está bien – dijo Juan – Ha sido muy inteligente no cargarla demasiado.
El abuelo nos enseñó – dije yo.

Le miré y a la luz del farol que sostenía, vi que sonreía abiertamente.

Juan – dijo el abuelo entonces – Adelántate tú a la casa y diles a todos que están bien. Nosotros los acompañamos.

Juan obedeció inmediatamente y se alejó rápidamente. Volvimos a montar todos, Marta de nuevo conmigo y reanudamos la marcha.

Bueno, ¿y qué tal lo habéis pasado? – dijo mi padre.
Ha sido fantástico – respondió mi prima estrechándome en la oscuridad.

Estoy seguro de que oí a mi abuelo reír levemente.
Como una hora después, llegamos a casa. Mamá y tía Laura nos recibieron, todavía algo intranquilas, e incluso nos riñeron un poco. Nos hicieron cenar algo y después nos obligaron a darnos un baño caliente, por turnos claro, para combatir el enfriamiento, pero, por desgracia, para mí no fue suficiente.
Continuará.
TALIBOS
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