CASANOVA: (6ª parte)
MI PRIMA MARTA
Aquel día la comida fue bastante tranquila. Mi familia había vuelto bastante cansada de casa de los Benítez, y desde luego yo estaba para el arrastre. Los acontecimientos de la noche anterior y de esa misma mañana me habían dejado extenuado. Sólo pasé un poco de apuro cuando mi padre le preguntó a Mrs. Dickinson que qué tal me había portado.

 

 

Ha sido un auténtico angelito – contestó mi institutriz sonriéndome.

 

Mi abuelo me miró divertido y se rió para sí, aunque no hizo comentario alguno. Noté que Andrea estaba bastante taciturna, así que decidí interrogar a Marta sobre el tema, pues sospechaba que algo había pasado.
Tras el almuerzo, todo el mundo comenzó a dirigirse a sus cuartos para echar la siesta. Por lo visto, dormir en cama extraña había provocado bastante insomnio, lo que unido al incómodo viaje de regreso había hecho que todos estuvieran reventados. Llamé a Marta, diciéndole que quería hablar con ella y nos fuimos a mi habitación. Sin embargo, ella tenía otra cosa en mente, pues en cuanto cerré la puerta, se abalanzó sobre mí, besándome apasionadamente. No me malinterpreten, no es que no deseara a mi prima, es que en ese momento estaba absolutamente agotado, así que me separé de ella.

 

 

¿Qué te pasa? – inquirió sorprendida.
Vamos, Marta, que nos van a pillar.
¿Quién va a pillarnos? Aquí no va a venir nadie.
¿Cómo que no? – insistía yo – Seguro que suben todos a dormir la siesta y como escuchen ruidos… Además, estoy muy cansado.
¿Cansado?

 

Marta se quedó mirándome unos segundos y me dijo:

 

 

La verdad es que no te entiendo, ayer querías que me quedara contigo y ahora ni me besas…
Ayer era ayer… – dije inseguro.

 

Ella notó algo en mi voz, por lo que dijo algo enfadada:

 

 

¿Qué pasó ayer, eh? ¿Qué hiciste? ¿Por qué estás tan cansado?
Porque… Bueno…
¿Qué pasó? – exclamó bastante enojada zarandeándome de un brazo.

 

Aquello me molestó bastante. ¿Quién se creía que era? El día anterior me había dejado tirado y ahora se comportaba como en un interrogatorio.

 

 

¿Y a ti qué te importa? Si ayer te fuiste fue porque te dio la gana, así que lo que yo haga no es asunto tuyo – exclamé enfadado.

 

Sus ojos echaban chispas, creo que nunca la había visto tan furiosa.

 

 

¡Bueno, pues ahí te quedas! ¡Luego no vengas suplicándome! – exclamó dirigiéndose hacia la puerta.
¿Y por qué habría yo de suplicarte? Habiendo mujeres, ¿para qué necesito niñas? – dije hiriente.

 

Ella me fulminó con la mirada y salió dando un portazo.

 

 

Pero ¿qué coño te pasa? – dije hablando solo – ¿Por qué has dicho semejante burrada?

 

No tardé ni un segundo en salir tras ella, pero sólo me dio tiempo a ver cómo la puerta de su dormitorio se cerraba con violencia. Me aproximé y llamé suavemente.

 

 

Marta – susurré a través de la puerta – Perdóname, no quería decir eso. Me he enfadado y he dicho lo primero que se me ha ocurrido.

 

Sin respuesta.

 

 

De verdad que no pienso semejante tontería. Sabes que me gustas mucho, eres preciosa…
Vete – la voz de Marta se oyó muy baja.
Perdóname – insistí.
¡Que te vayas!
Marta, por favor… – dije girando el picaporte y comprobando que había echado el pestillo.
¡Déjame en paz! – gritó.

 

Yo iba a seguir insistiendo, pero en ese momento se abrió la puerta de mis padres y apareció mi madre.

 

 

¿Se puede saber qué haces? Estamos muy cansados, ninguno hemos dormido bien y tú no paras de hacer ruido.
Perdona, mamá.
Vete a tu cuarto y como te oiga otra vez te vas a enterar.

 

Derrotado, abandoné el umbral de Marta y me fui a mi cuarto. Estaba apesadumbrado, sabía que me había portado mal con ella, mis instintos me habían dicho que no actuara así, pero yo no había hecho caso. Me tumbé en mi cama, para pensar en cómo disculparme, pero finalmente, el cansancio pudo conmigo y me quedé dormido.
No desperté hasta bien entrada la tarde y enseguida busqué a mi prima para tratar de hacer las paces. Sin embargo, ella me estuvo evitando todo el tiempo y en las pocas ocasiones en que lograba quedarnos a solas, Marta ni se dignaba en escucharme. Quizás me lo merecía, pero aún así su actitud me molestó, por lo que finalmente desistí en mis acercamientos.
El resto del día transcurrió tranquilo, mi libido estaba bastante calmado, por lo que no intenté nuevos escarceos, ni en esa tarde ni en el día siguiente. De hecho, el día posterior fue bastante ajetreado, por una parte Dickie insistió en recuperar la clase perdida, por lo que hicimos horas extra y además, por la tarde tuve que ayudar en la escuela de equitación a mi abuelo. Esto no era inusual, pues yo, desde pequeño, había aprendido a montar a caballo y por ello en algunas ocasiones ayudaba con las clases, sobre todo con nuevos alumnos, que en sus primeras lecciones solamente se dedicaban a familiarizarse con los animales y su entorno.
Así pues, esa tarde me la pasé enseñando a los hermanos Soler (chico y chica, ella estaba bastante bien, pero aún me encontraba satisfecho, así que ni lo intenté) a limpiar y cepillar a los caballos y a mantener aseada la cuadra. Fue divertido, pues los dos chicos eran muy simpáticos, pero de todas formas terminé el día derrengado.
La mañana siguiente amaneció también poco prometedora. Volví a quedarme dormido y nuevamente fue mi hermana la encargada de despertarme. Pero esta vez no sucedió nada raro (al menos que yo sepa). Marina me despertó zarandeándome y una vez se percató de que estaba despierto, salió de la habitación sin decir palabra.

 

 

¡Mierda! – pensé – Me hubiera gustado jugar un poco con ella.

 

Como verán mi completa satisfacción sexual había desaparecido, así que me vestí rápidamente pensando en qué podía hacer. Desayuné y fui a clase con turbios pensamientos en mente, pero Dickie se mostró inflexible con mis estudios y nos dedicamos solamente a estudiar.
Las horas se me hicieron eternas, estar allí, con aquella pedazo de hembra, sabiendo lo zorra que era y lo que le gustaba follar y sin poder hacer nada. Por fin, llegó la hora de comer. Resultó que fue Marta quien vino a avisarnos, supongo que enviada por su madre. No quise desaprovechar la ocasión, así que recogí mis libros rápidamente y salí tras ella.

 

 

¡Marta! ¡Espera! – la llamé.

 

Ella me ignoró y continuó su camino hacia las escaleras, pero yo la alcancé y la así de un brazo.

 

 

Marta, por favor… Escúchame.

 

Ella hizo ademán de soltarse, pero sin demasiada violencia, parecía que lo peor del enfado había pasado, así que la solté. Ella se cruzó de brazos y me lanzó una mirada bastante dura y después desvió los ojos hacia un cuadro que había en la pared.

 

 

Marta, perdóname, no sé por qué te dije esas tonterías. No pienso nada de eso, tú lo sabes.

 

Ella no contestó, siguió cruzada de brazos mirando el cuadro. Yo decidí imitarla, me puse a su lado y empecé a contemplar la pintura.
Nos quedamos allí callados durante un minuto. Comencé a mirar el cuadro con atención, con aire de erudito, simulando un profundo interés. Por el rabillo de ojo notaba que ella me miraba, sin saber qué era lo que estaba yo haciendo. Allí estábamos los dos, contemplando aquel marco con aire de entendidos, sin decir nada ninguno de los dos. Pronto noté que ella aguantaba la risa a duras penas, así que dije:

 

 

Un cuadro espantoso, sí señor.

 

Ella rompió a reír con ganas, estaba preciosa cuando reía y así se lo dije.

 

 

Eres hermosa cuando sonríes.

 

Ella dejó de reír y me miró con los ojos brillantes.

 

 

Pues el otro día no te lo parecía.
No digas tonterías – respondí – Tú estás preciosa siempre, eres la mujer más bella que conozco.

 

Marta se sonrojó un poco.

 

 

No es verdad – dijo con aire de niña tonta.
Sí que lo es.
Entonces, ¿por qué no quisiste nada conmigo el otro día?

 

No sabía qué responderle, le decía la verdad, me inventaba algo, ¿qué podía hacer? Afortunadamente, me salvé por la campana, pues en ese instante Dickie salió de su habitación para ir a comer y claro, al ir hacia las escaleras se encontró con nosotros.

 

 

Vamos, chicos, ya es hora de comer – nos dijo.
Sí, vamos – asentí yo – Marta luego hablamos, te lo prometo.
Vaaaale – concedió Marta de mala gana.

 

Nos dirigimos los tres hacia la escalera, Marta delante. Justo en ese instante, noté como una mano me agarraba el trasero desde atrás. Sorprendido, di un respingo y miré a mis espaldas, encontrándome con el rostro de Dickie mostrando una expresión de lo más pícara. Sin decir nada, señaló con la cabeza hacia mi prima y me guiñó un ojo. Después continuó su camino, dejándome allí parado sin saber qué decir. Al pasar junto a mí me susurró:

 

 

Guarro…

 

La verdad es que tenía razón.
El almuerzo se me hizo eterno. Apenas probé bocado, pues no hacía más que darle vueltas a la cabeza sobre qué decirle a Marta. Sabía que si volvía a enfadarla, la cosa tendría poca solución. El otro día no había seguido mis instintos y me había equivocado, así que decidí confiar en mi don y que fuera lo que Dios quisiera.
Tras acabar de comer, salí del salón y me encontré con Marta esperándome al pié de la escalera.

 

 

¿Hablamos? – me dijo.
De acuerdo – contesté – Demos un paseo.
Vale.

 

Tras dar aviso a nuestros respectivos padres, salimos de la casa por la puerta de atrás, para no encontrarnos con nadie. Caminamos durante un rato alejándonos de la casa, conversando sobre otros temas y nuestros pasos nos llevaron hasta el viejo tocón de eucalipto, donde había tenido lugar mi escaramuza con Brigitte. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al pensar en ello y entonces me acordé de que aún conservaba sus bragas. Nos sentamos en el tronco y nos quedamos callados, mirándonos. Fue Marta quien rompió el silencio.

 

 

¿Y bien? – dijo.
Y bien ¿qué?
No te hagas el tonto, dime, si tan bonita te resulto ¿por qué no me deseas?
¿Cómo? – dije alucinado.
Me has oído perfectamente – dijo enfurruñada.
No digas tonterías Marta, te deseo enormemente, el otro día sólo… estaba cansado, eso es todo.

 

Ella me miró fijamente.

 

 

Cansado ¿por qué?

 

¡Mierda! ¡Me había engañado! Sin darme cuenta, Marta había conducido la conversación justo hacia donde yo no quería. Me quedé callado unos instantes, sopesándolo todo y finalmente decidí contarle la verdad.

 

 

Contesta – insistió.
Cansado porque acababa de acostarme con Mar.
¡¿CÓMO?! – exclamó Marta poniéndose en pié.
Pues eso… – dije un tanto cohibido.
¡¿QUE TE ACOSTASTE CON MAR?! – dijo a voces.
Sí.
Pero ¿cómo…? ¿por qué…? No puede… – balbuceaba.
Marta, tranquilízate, por favor.
¡¿QUE ME TRANQUILICE?! – aullaba.
Aunque estemos muy lejos de la casa, te van a oír si sigues chillando así – dije tratando de calmarla.
¡Me importa una mierda!
Marta…
¿Cómo has podido hacerme esto?

 

La situación se descontrolaba. Yo no entendía por qué Marta se ponía así, bueno entendía que se enfadara y eso, pero… Entonces una voz sonó en mi interior, un súbito convencimiento se apoderó de mí.

 

 

Está celosa – pensé – Actúa como si fuésemos novios.

 

Ya sabía lo que tenía que decir. Me acerqué a ella y la tomé suavemente por los hombros. Ella trató de sacudirse, pero yo me mostré firme e hice que se sentara en el tocón. Tenía el rostro vuelto hacia un lado, sin mirarme a la cara.

 

 

Marta, mírame – dije dulcemente tomándola por la barbilla.
Déjame, eres un cerdo.
No, no lo soy. Marta, ¿te das cuenta de lo que te pasa?
Sí – dijo cortante – Que estoy con un cerdo.
Estás celosa.
¿Cómo? – dijo sorprendida – ¿Celosa? ¿De ti? No me hagas reír…
De acuerdo, no son celos. Entonces haz el favor de contarme qué te pasa.

 

Mis palabras tuvieron la virtud de calmarla. Se quedó mirándome unos segundos, sin saber qué decir.

 

 

¿Y bien? – dije yo – Cuéntame.
Pues eso, que eres un cerdo… – dijo dubitativa.
¿Y qué más te da? El otro día en el coche no opinabas igual…

 

Marta se sonrojó un poco.

 

 

Pues eso mismo… Estabas conmigo y ahora… – Se notaba que no sabía qué decir.
¿Y? – insistí yo.
Pues que querías estar conmigo y en cuanto te digo que no, te buscas a otra.

 

Respiré hondo y ataqué.

 

 

Pero es que tú y yo no somos novios ni nada.

 

Ella no respondió. Aunque noté que mis palabras le habían dolido.

 

 

Por favor Marta, no te enfades y escúchame – continué – Lo que quiero decir es que… bueno… pues eso… Eres una mujer muy hermosa, te quiero de verdad y te deseo enormemente, pero no somos pareja ni nada de eso. ¿No te das cuenta? Somos primos y una relación así entre nosotros es imposible.
Lo sé – respondió ella – Y no es que yo quiera eso…
Entonces, ¿qué te pasa? Mira, yo sólo deseo pasarlo bien, ya te he dicho que para mí el sexo es para disfrutar. ¿Me entiendes? Estoy empezando a descubrirlo ahora y un inmenso número de posibilidades se abre ante mí en este momento.
Por posibilidades te refieres a mujeres ¿verdad? – dijo secamente.
No, bueno, no sólo a eso. Marta, estoy empezando a descubrir un mundo nuevo, nuevas sensaciones, nuevos sentimientos, nuevas ideas, cosas que hasta ahora no había experimentado. Y puedo decirte que es algo increíble. Marta, te quiero mucho, de verdad, y te deseo enormemente, pero mi cariño por ti es infinitamente superior a ese deseo.
Ya lo sé – dijo con tristeza.
No, no lo sabes – continué – Te deseo más que a ninguna otra mujer que conozca, pero no voy a permitir que eso se interponga en nuestra relación. Marta, eres mi prima, mi amiga y si el hecho de acostarme contigo va a estropear eso, prefiero no hacerlo.

 

Por fin mis palabras comenzaban a hacer efecto en ella. Marta cambió de posición sobre el tocón, volviéndose hacia mí.

 

 

Bueno, no tiene por qué estropear nada… – dijo dubitativa.
Pero lo está haciendo. Verás, yo deseo pasarlo bien, disfrutar y estoy intentando conseguirlo. Y no voy a dejar de hacerlo ¿me entiendes? Me gustan las chicas y me consta que yo les gusto a ellas, así que aprovecho las oportunidades que se me presentan y voy a seguir haciéndolo.
No te sigo – dijo Marta.
Pues es sencillo, Marta, yo no deseo una novia, te quiero, pero no de esa forma. Yo voy a seguir intentando ligar con las mujeres que me gusten y si eso te molesta, pues lo dejamos y en paz, pues te prefiero como amiga y nada más a que te conviertas en mi amante y lo pases mal por ello. ¿Entiendes lo que te digo?
Creo que sí.
Te deseo más que a ninguna otra mujer en el mundo, pero no estoy dispuesto a sacrificar tu cariño por conseguirte.

 

Nos quedamos callados unos instantes. Yo contemplaba su rostro, pero Marta tenía los ojos perdidos en su regazo, no me miraba a los ojos. Yo pensé que me diría algo sobre lo que le había dicho, un sí o un no, pero desde luego no esperaba lo que me dijo:

 

 

Has dicho que lo has intentado con las chicas.
¿Cómo? – dije sorprendido.
Sí, “las chicas”, no has hablado de una sola, sino de varias.
Bueno…
O sea, que no ha sido sólo con Mar, ¿verdad?

 

Decidí decirle la verdad y que fuera lo que Dios quisiera.

 

 

No, ha habido otras.
¿Quiénes?
Vito y Brigitte.

 

Decidí que era mejor no decirle nada de Dickie ni de su madre.

 

 

Ya veo – dijo, y se quedó callada, pensativa.

 

Yo no sabía qué decir, estaba un poco descolocado con la situación.

 

 

¿Y bien? – dije sin poder aguantar más – ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos a casa?

 

Ella me miró fijamente, con el rostro muy serio. Yo estaba bastante preocupado por lo que me iba a decir y, nuevamente, me dejó asombrado.

 

 

Quiero verlo – dijo.
¿Qué? – dije totalmente despistado.
Que quiero ver cómo lo haces.
¿Qué? – acerté a decir.
Quiero verte haciéndolo con una de ellas.
Te has vuelto loca – sentencié.
Nada de eso – dijo riendo – Mira, he pensado en lo que me has dicho y es verdad, tienes razón, no sé por qué me he puesto así. Tú y yo no somos novios ni nada, de hecho jamás se me había ocurrido algo semejante.

 

Eso le dolió un poco a mi ego.

 

 

Pero aún así, los momentos que hemos compartido me daban una sensación, no sé, de propiedad, de que era algo sólo entre los dos y al saber que no era así, de que no era nada especial, ni único, me sentí… decepcionada.
Marta – la interrumpí – Es que sí que es especial. A ti te quiero mucho, y sé que sería algo mágico, mucho mejor que con cualquier otra. Pero ya te digo, si mi comportamiento te molesta… pues lo dejamos.
No – dijo con los ojos brillantes – No quiero dejarlo. Tienes razón, debemos disfrutar ahora que podemos.

 

Yo no cabía en mí de gozo. Me acerqué lentamente hacia ella, con la clara intención de besarla, pero ella me detuvo posando un dedo en mis labios.

 

 

Quieto ahí, amiguito. ¿No me has escuchado? Antes de que pase nada quiero ver cómo se hace.
Pero, ¿por qué?
Pues… No sé, pero deseo verlo. Tú tienes mucha más experiencia que yo, tómatelo como una lección de aprendizaje.
Se te ha ido la cabeza – dije.
Sí, en el momento en que dejé que me liaras el otro día – dijo riendo – Pero prefiero estar loca a estar aburrida como antes.
Pero Marta…
Ya lo sabes, si quieres algo conmigo debes dejarme echar un vistazo antes.

 

Lo pensé durante unos instantes.

 

 

Lo siento Marta, pero no, es demasiado arriesgado. Si nos pillan, nos matan.
Eso es una tontería, pues si nos pillan follando – Dios, cómo me ponía mi primita cuando usaba ese vocabulario – sería mucho peor y estás bien dispuesto a correr el riesgo.
Bueno…
Además, ¿no decías que me deseabas más que a nadie en el mundo? Pues es un pequeño sacrificio a cambio de satisfacer tus anhelos ¿no crees? – dijo con tono irónico.

 

Me había derrotado. La verdad es que la idea de que Marta me espiara mientras follaba no me resultaba en absoluto desagradable, de hecho me había gustado mucho que Helen mirara mientras me tiraba a Mar, pero yo tenía ganas de hacerlo con ella en aquel preciso instante e iba a tener que aguantarme las ganas.

 

 

De acuerdo – accedí – Como tú quieras.
¡Estupendo! – gritó entusiasmada.

 

Se incorporó en el tocón, quedando de rodillas y abalanzándose sobre mí me besó con furia. Enseguida nuestras lenguas se entrelazaron, bailando juntas la danza del deseo. Yo también me había arrodillado sobre el árbol y ella se apretaba contra mí, de forma que mi erección se estrujaba contra muslo (¿alguien dudaba de si a esas alturas estaría ya trempado?). Enseguida perdí el control y llevé mis manos a su trasero que amasé con deleite. Por desgracia eso puso fin a tan lujurioso morreo.

 

 

Quieto ahí Oscar – dijo apartándose de mí – No habrá nada de eso hasta que no hayas hecho lo que te he pedido.
¿Pero cuándo? – dije desesperado, tratando de ignorar el sordo lamento de mi pene.
Dicen que no hay momento más adecuado para hacer algo que el presente ¿no?
¿Ahora? – dije asombrado.
¿Por qué no?
Porque… – la verdad es que no se me ocurría ninguna razón.
Pues ahora.
Pero, ¿cómo lo hacemos?
Veamos… – dijo pensativa – Mira, yo me voy a tu habitación, me escondo en el armario y tú traes a la chica.
Claro, y con el jaleo se despiertan nuestros padres de la siesta, nos encuentran, nos matan y después nos castigan.
Pues entonces…
¡Podríamos hacerlo en el cuarto de la chica! – exclamé, ya entusiasmado con la idea.
Pero allí serán los criados los que nos escuchen.
Pero allí no importa tanto. ¿Quién va a decir nada?

 

Desde luego, si ya me había liado con casi todas.

 

 

Es verdad – dijo Marta – Además, las criadas no suelen hacer siesta, se quedan en la cocina o en el cuarto de las planchas.
Pues venga.
¡Hagámoslo! – dijo Marta.
¡Hagámoslo! – coincidí yo.

 

Echamos a andar con presteza hacia la casa. No me podía creer lo que estábamos a punto de hacer. Mientras caminábamos, yo echaba miradas disimuladas a mi prima. Se veía que estaba muy excitada, pues tenía las mejillas con un exquisito tono rojizo y además sus pezones se marcaban claramente en su camisa. Estaba yo pensando en cómo de mojado estaría su chochito cuando se paró bruscamente.

 

 

¡Un momento! – exclamó – ¿Y a qué chica escogemos?
¡A Brigitte! – dije sin dudar.
¿Por qué a ella? – dijo mi prima un tanto escamada por mi pronta respuesta.
Porque es la más guarra de todas y no me costará mucho convencerla.
¡Ah!, vale – contestó mi prima poniéndose todavía más colorada.

 

Seguimos caminando con rapidez, lo que le había dicho a Marta era verdad, Brigitte era una golfa de cuidado, pero la verdadera razón era que al pensar antes en el “affaire” con la francesita en el tocón, recordé que finalmente no me la había tirado, así que…
A ese ritmo de zancada, llegamos en pocos minutos a la casa. Entramos por detrás y, sigilosamente, nos dirigimos a la cocina. Mientras yo me quedaba escondido, Marta entró a la cocina a beber agua. Brigitte no estaba allí, así que Marta preguntó por ella (era menos raro que lo hiciera ella a que lo hiciera yo, sobre todo sabiendo lo que sabían las criadas sobre mí). Le dijeron que estaba limpiando en el salón y poco después comprobábamos que así era sin que ella nos viera.

 

 

Bueno – susurró Marta – Ahora te toca a ti. Yo me voy a su cuarto a esconderme.
Vale.

 

Mientras se alejaba de puntillas, la seguí con la mirada, contemplando cómo se alejaba su estupendo culo; yo me mordía los labios mientras pensaba en lo formidable que sería cuando por fin fuera mío. Marta se perdió al final del pasillo, así que me dispuse a actuar. Respiré hondo y entré al salón.

 

 

Hola Brigitte – dije.

 

La francesita se dio la vuelta y esbozó una encantadora sonrisa al ver que era yo.

 

 

Hola, hola, señoguito – respondió.

 

Me dirigí hacia una silla y me senté, observándola mientras limpiaba. En esa habitación habíamos almorzado mi familia y yo hacía un rato y Brigitte estaba barriendo el suelo. Iba como siempre, con su rubio cabello recogido y vestida con su uniforme de doncella, traje negro con falda por debajo de la rodilla, delantal blanco y cofia. No era un uniforme muy usual en la España de entonces, pero Brigitte era francesa y en su país sí lo era. Además a mi abuelo (y a mí también) le gustaba mucho aquel vestido.
Permanecí mirándola sin decir nada mientras ella barría. Brigitte tampoco decía nada, pero de cuando en cuando me miraba de reojo, esbozando una sonrisilla maliciosa la mar de sexy. Por fin, se decidió a hablar:

 

 

¿Queguía algo el señoguito? – dijo con tono pícaro.
Bueno yo… – respondí dubitativo – La verdad es que…
¿Qué?

 

Al decir esto, Brigitte quedó de espaldas a mí, barriendo. Su culo se bamboleaba descarado al ritmo que marcaba la escoba. Yo lo contemplaba, embelesado, sin decir palabra. Brigitte volvió la cabeza y notó la dirección de mi mirada.

 

 

¿Te gusta lo que ves? – dijo agitando graciosamente el trasero hacia los lados.
Mucho – respondí absolutamente hipnotizado.
Ja, ja, me alegro – dijo riendo.

 

Entonces despegué los ojos de sus posaderas y los posé en su rostro.

 

 

Brigitte – dije con tono inseguro.
Dime – dijo volviéndose hacia mí y dejando de barrer.
Siéntate, por favor, que quiero hablar contigo.

 

Ella obedeció sin rechistar. Dejó la escoba en el suelo y se sentó en una silla cercana a la mía.

 

 

¿Qué quiegues? – dijo, aunque estoy bastante seguro de que ella sabía perfectamente lo que yo quería.
Bueno, verás… – dije con tono cohibido.

 

La verdad es que a esas alturas yo ya no sentía casi vergüenza en esas situaciones, pero notaba que a Brigitte le gustaba que me mostrase azorado, tímido, que fuera ella la que me enseñara.

 

 

Tranquilo – me dijo en tono suave – Cuéntame.

 

Respiré hondo, como decidiéndome a actuar y por fin, comencé a hablar.

 

 

Brigitte, no he podido dejar de pensar en lo que pasó el otro día.
¿A qué te guefieres? – dijo fingiendo ignorancia, la muy zorra.
Ya sabes… – dije simulando vergüenza – A lo que pasó el día de la fiesta, en los naranjos…
¡Ah, ya guecuegdo! Nuestro pequeño affaire…
¡Sí, eso! – exclamé entusiasmado.
¿Y pog qué has pensado tanto en ello?
Bueno… Es que…
¿Ummm? – inquirió la francesa.
Es que… fue maravilloso, increíble. Jamás me había pasado nada así, nunca había sentido esas cosas.
No me lo creo.
Quiero decir, que no había sentido nunca nada así, no tan fuerte al menos. No sé, estar allí, con la mujer más bonita que conozco, besándonos, tocándonos, fue… mágico.

 

Brigitte se echó a reír quedamente, aunque por el tenue color rojizo de sus mejillas supe que mis palabras le habían gustado.

 

 

Egues un mentigoso, Oscar. Sé que has estado con otras chicas. Vito y Mag me han contado algunas cosas, ¿sabes?
Sí – insistí yo – Pero tú fuiste la primera y eso es muy importante. Yo sólo había hecho algunas tonterías con chicas, algunos besos y cosas así, y de repente me encontré disfrutando como nunca en mi vida con una mujer tan bella… Tú me mostraste un nuevo mundo para explorar, eso es algo que nunca podré olvidar.
Ya y pog eso un gato después te follabas a Vito en el agmaguio ¿eh?
¡Pero yo no pude evitarlo! – exclamé. Piénsalo, tras nuestro encuentro me quedé excitadísimo, iba a reventar. Lo cierto es que intenté acercarme de nuevo a Noelia, pero sus padres se la llevaron a casa…
¿Noelia? – inquirió.
Sí, la chica que estaba conmigo en el tocón.
¡Ah, ya guecuegdo!
Pues eso, que tampoco logré hacer nada con ella. Entonces unos chicos me dijeron de jugar a las escondidas. Yo acepté, pensando que jugando un rato podría sacarte de mi cabeza. Me escondí en un armario y… – dije interrumpiéndome turbado.
¿Y? – dijo Brigitte muy interesada en el tema.
Pues bueno… No podía dejar de pensar en lo que había pasado, mi… bueno, mi picha estaba muy dura, así que yo… – me detuve de nuevo.
¡Dime, dime!
Pues eso… empecé a tocarme – mentí.
¿Tocagte?
¡Sí! ¡Coño, Brigitte, empecé a hacerme una paja!
¡Ah, ya! – dijo riendo, fingiendo estar sorprendida.
Entonces llegó Vito y me encontró.
¿Te pilló cascándotela?
Creo que no se dio cuenta, porque estaba muy oscuro. Yo tenía la cabeza un poco ida, estaba muy excitado, así que prácticamente la obligué a meterse conmigo dentro. Después de un rato, bueno…
¿Sí? – dijo pícaramente.
Pues eso, ¡follamos!
Ja, ja.
No te rías – dije azorado.
¿Y qué tal?
Estuvo muy bien, pero era mi primera vez y creo que pudo haber estado mejor. El armario era un poco incómodo. Además…
¿Sí?
No sé, fue un poco decepcionante – mentí – Yo pensaba que había logrado seducir a Vito, pero luego resultó que la habías mandado tú.
Ya, y eso no te gustó, tu prefiegues seducig a la chica ¿vegdad?
Sí, como contigo.

 

Ella me miró sonriente un segundo.

 

 

¿Y con Mag?
Fue una confusión. Creí que era Vito y me metí bajo la mesa de la cocina y le gustó tanto que…
Sí – me interrumpió Brigitte – Ya me lo ha contado. Y es que egues tan bueno con la boca…

 

Mientras decía eso, Brigitte se inclinó hacia mí, y echándome los brazos al cuello, me besó tiernamente. Yo deseaba mucho más, pero decidí dejarla llevar la iniciativa. Fue un beso suave, dulce, diría que incluso casto, me extrañó un poco en aquella mujer tan lujuriosa, aunque en absoluto me desagradó.
El beso duró algunos segundos, hasta que Brigitte separó sus labios de los míos y me miró a los ojos acariciándome la nuca con sus ligeros dedos.

 

 

Y ahoga has venido a tegminag lo que empezaste ¿eh?

 

Yo me limité a asentir con la cabeza.

 

 

De acuegdo. La vegdad es que estaba deseándolo.

 

Brigitte se levantó de su silla y quedó de pié frente a mí. Me miró durante unos segundos y entonces se inclinó, llevando una mano hasta mi paquete que acarició tiernamente. Cuando notó que aquello comenzaba a adquirir tamaño, dejó de tocarme y se incorporó. Agarró entonces el borde de su falda y se la subió hábilmente hasta la cintura, enrollándola.
Ante mí volvieron a mostrarse aquellas fascinantes piernas, aquellos muslos torneados, perfectos. Mis ojos se fueron directamente a su entrepierna, pero sus bragas me impedían contemplar el objeto de mi deseo. En esta ocasión Brigitte llevaba unas bragas bastante corrientes, no de lencería fina como las que yo aún conservaba y tampoco llevaba medias. Era lógico, no se iba a poner su mejor ropa interior en los días de diario.
Yo estaba embelesado, me había olvidado por completo de mi prima. Brigitte abrió sus piernas y se sentó a horcajadas sobre mis muslos, comenzando a continuación a besarme apasionadamente mientras acariciaba mi espalda con sus manos. Yo, sin pensar, le devolví el beso con lujuria. Llevé mis manos hasta su trasero y comencé a amasar y estrujar aquellas nalgas duras y firmes.
Nuestras lenguas se retorcían unidas, mezclando nuestras salivas, saboreándonos el uno al otro. Mi polla estaba ya durísima y se apretaba a través de mi pantalón contra el pubis de Brigitte; mi pene y su coño, pegados el uno al otro, tan próximos pero a la vez separados por la barrera de la ropa.
La pasión me desbordaba, quería a aquella hembra y la quería ya. Bruscamente, me puse en pié, de forma que casi tiro a Brigitte al suelo.

 

 

¡Eh! ¡Ten cuidado! – exclamó.

 

Sin decir nada, la conduje hasta la mesa del salón e hice que se apoyara en el borde, con los pies bien firmes en el suelo. Al caminar, su vestido se había desenrollado un poco, así que, tras arrodillarme frente a ella, volvía a subírselo hasta la cintura. Sin perder ni un segundo, así el borde de sus bragas y de un tirón se las bajé hasta los tobillos.
Entonces volvía a reencontrarme con el más hermoso chocho de la casa. Brigitte seguía cuidándoselo con esmero, así que allí tenía a mi disposición una raja bien depilada, con un delicioso triángulo de vello justo encima. Aquello me excitó todavía más.
Sin dudar, acerqué mi boca hasta aquel manantial del placer y de un solo lengüetazo, lo recorrí desde abajo hasta arriba, saboreando las humedades de aquella zorra en celo. Brigitte soltó un impresionante gemido de placer, sus músculos se tensaron y comenzó a balbucear en su idioma natal. Entonces recordé lo bestia que era Brigitte cuando le practicaban el sexo oral, así que decidí tomar mis precauciones.
 
Le quité las bragas por completo, para poder abrirla totalmente y las tiré por ahí. Levanté entonces una de sus piernas y la pasé sobre mi hombro, dejando su otro pié apoyado en el suelo. De esta forma, su coño se abría por completo, pues mientras una de sus piernas permanecía estirada, la otra abrazaba mi espalda, por lo que ella no podría cerrar las piernas salvajemente y atraparme la cabeza entre ellas como la vez anterior.
Una vez en posición, me dediqué a darle placer a la magnífica hembra. Pegué mis labios a su coño, y lo besé, como si en vez de su vagina, aquella fuera su boca. Introduje mi lengua entre sus labios vaginales, moviéndola de un lado a otro, agitándola con rapidez. Mi boca enseguida se empapó de sus jugos, se había excitado muy rápidamente y de forma brutal, estaba caliente como una perra.
Seguí deslizando con rapidez mi lengua a lo largo de su raja, estimulando cada punto, acariciando cada rincón. Sin dejar de chuparla, deslicé mi boca hasta su clítoris, atrapándolo entre mis labios, saboreándolo. Una de mis manos reposaba sobre el muslo que había en mi hombro, acariciándolo y sujetándola a la vez, para evitar que Brigitte se inclinara hacia un lado y se cayera, pero la otra mano permanecía libre, así que la conduje hasta su coño y, sin muchos miramientos, le clavé tres dedos de un tirón.

 

 

¡AH! ¡MON DIEU! ¿Qué haces? ¿Qué haces? ¿QUÉ ME HACES? – gritaba Brigitte ya completamente descontrolada.
Como esta zorra siga gritando, vamos a tener aquí a toda la casa en un momento – pensé.

 

Y fue ese pensamiento lo que me hizo acordarme de Marta, que debía seguir esperando en el cuarto de la francesa.

 

 

¡Mierda! – pensé – ¡Serás gilipollas!

 

Esto hizo que dejara de comerle el coño a Brigitte, lo que provocó sus protestas.

 

 

¿Qué haces? – decía entrecortadamente – No te pagues, maldita sea. ¡No te pagues!

 

Yo levanté la cabeza, mirando hacia arriba. Mi barbilla quedó apoyada justo en el coño de Brigitte, sintiéndolo latir desaforadamente. Desde mi posición, veía el torso de la criada, que subía y bajaba rápidamente, al ritmo de su agitada respiración. Como yo no seguía, ella abrió los ojos y miró hacia abajo, encontrándose con mi mirada.

 

 

¿Qué coño haces? ¿Pog qué te pagas? – dijo algo enfadada.

 

Para que no protestara demasiado, seguí masturbándola lentamente con mis dedos y comencé a mover la barbilla muy despacio, estimulando su vulva.

 

 

Brigitte – dije – No quiero hacerlo aquí.
¿Cómo? – dijo confusa y con razón.
Aquí puede venir cualquiera y pillarnos. Vámonos a otro sitio.
¿Qué?
Que nos vayamos a otro sitio – contesté sin dejar de masturbarla.
¡Uf, uf! – resoplaba Brigitte cerrando los ojos – ¿Adónde?
No sé, a tu cuarto por ejemplo, las criadas están todas en la cocina y seguro que allí no nos molestan.

 

Ella tardó unos segundos en contestar, pero por fin, lo hizo afirmativamente.

 

 

Vale, vamos donde tú quiegas, pego primero tegmina lo que has empezadooooo… – dijo mientras yo le clavaba profundamente mis dedos.

 

Como quiera que me pareció un trato justo, volví a deslizar mi barbilla por su raja mientras conducía mi boca de nuevo a su entrepierna. Como no quería hacer esperar más a mi prima, empecé a comerle el coño con vigor, para obtener un orgasmo rápido.
Mis renovados esfuerzos se dejaron notar en el volumen de sus gemidos, que subió ostensiblemente. Yo comía y comía de aquel empapado coño, como si en ello me fuera la vida, mis dedos parecían pistones, entrando y saliendo a toda velocidad de su cálida gruta. Estaba claro que aquella chica no iba a aguantar mucho y desde luego no me decepcionó, tras un par de minutos de feroz mamada, Brigitte llegó al clímax.

 

 

¡MON DIEU! ¡OUI, OUI! ¡Así, así, ASÍIIIIIIIIIII! – aullaba.

 

Se mojó increíblemente, sus jugos resbalaban por mi boca, deslizándose por mi barbilla, por mi cuello, manchando incluso mi camisa. La sangre me latía en los oídos, la cabeza me daba vueltas, por lo que los gritos y gemidos que Brigitte profería me llegaban amortiguados, lejanos. En ese momento, todo mi mundo se reducía a aquel pedazo de coño, húmedo y caliente, profundo y lujurioso.
Como un zombi, sin pensar, me separé de Brigitte y me puse en pié. La francesa se dejó caer hacia atrás, tumbándose sobre la mesa, las piernas colgando del borde. Enseguida desabroché los botones de mi pantalón, liberando mi polla de su encierro. Me coloqué entre las piernas de Brigitte y, agarrándomelo por la base, comencé a apuntar mi cipote en la entrada del chocho francés.
Brigitte, al notar mis maniobras, se incorporó sobre la mesa y, afortunadamente, me detuvo, porque si no, me la hubiera follado allí mismo, sin importarme en absoluto mi prima.

 

 

¡Espegua, quieto! ¿No habías dicho de ignos a mi dogmitoguio? – exclamó sorprendida.
Me da igual – respondí sin pensar, intentando clavársela otra vez.
¡Quieto, Oscag! – dijo mientras se sentaba en la mesa y me mantenía alejado apoyando sus manos en mis hombros.
Déjame, por favor – decía yo infantilmente – Sólo un poquito.
¿Un poquito? – contestó Brigitte riendo – ¡Ah, no amiguito! ¡La quiego entegua, pego no aquí!

 

Tras decir esto, se levantó de la mesa, quedando en pié frente a mí sin dejar de sujetarme por los hombros.

 

 

No seas tonto, Oscag. Miga, vete a mi cuagto que yo igué enseguida.
¿Adónde vas? – dije lastimeramente.
Voy a decigles a las otras criadas que no me encuentro bien, que voy a acostagme, así nos dejaguán tranquilos. Tú vete paga allá, que estoy allí en un minuto.
Pero…
Vamos, no quegás que nos pille tu madre como la otra vez ¿eh?

 

La mención de mi madre me despertó. ¡Joder! ¡Marta! ¡Cómo había podido olvidarme! Estaba claro que yo pensaba mucho más con la polla que con el cerebro.

 

 

Vale, vale, está bien… Tienes razón, te esperaré en tu cuarto.
Buen chico – dijo sonriente.

 

Entonces, la muy puta me lo puso todavía más difícil, frunció los morros como para dar un beso, se agachó un poco y, en vez de besarme a mí, le dio un casto beso a la punta de mi capullo, lo que hizo que eléctricas descargas recorrieran hasta la última fibra de mi ser.
Riendo, se puso en pié y se dirigió hacia la puerta, arreglándose mientras el vestido. Yo me quedé allí, idiotizado durante unos segundos, pero un súbito pensamiento penetró en mi mente: ¡Marta! Esto hizo que me pusiera en marcha; como una exhalación, recogí las bragas de Brigitte, pues ella se las había olvidado, me las metí en el bolsillo y corrí hacia el ala de los criados, hacia el dormitorio de Brigitte, hacia Marta.
Justo cuando llegué a su puerta, me di cuenta de que mi polla seguía por fuera del pantalón. ¡Menudo papelón si llego a encontrarme con alguien! Rápidamente, me la guardé y me abroché, entrando a continuación en el cuarto. Miré a los lados pero no vi a nadie, así que susurré el nombre de mi prima.

 

 

¡Marta! Soy yo.

 

Lentamente, la puerta del armario se abrió y apareció mi prima con cara de pocos amigos.

 

 

¿Se puede saber dónde te has metido? – dijo enfadada.
Lo siento, pero ¿qué te creías, que convencerla iba a ser fácil?
Pero, ¿lo has logrado?

 

Fingí dudar unos segundos antes de responder:

 

 

Me ha costado, pero sí. Vendrá en un par de minutos.
¿Adónde ha ido?
A decirles a las demás que no se encuentra bien y que se va a acostar.
Comprendo.
Así que venga, escóndete, que debe estar a punto de llegar.

 

Entonces Marta estiró su brazo hacia mí, y agarrándome de la pechera de la camisa me atrajo para estamparme un delicioso beso en los morros.

 

 

Buen trabajo – me dijo sonriente.
El buen trabajo te lo hacía yo a ti – pensé.

 

Se volvió a meter en el armario, entornando la puerta, pero de pronto volvió a abrirla y se asomó ligeramente.

 

 

Oscar, a ver si puedes hacer algo con la luz, desde aquí no veo bien.
De acuerdo – contesté.

 

Marta volvió a encerrarse y yo, tras echar un vistazo a mi alrededor, me dirigí a la ventana, descorriendo las cortinas para que entrase la luz de la tarde. Tras hacerlo, me senté en la cama y me dediqué a inspeccionar el cuarto.
Era un dormitorio bastante coqueto, de unos cinco metros por cuatro. La cama ocupaba el centro de la habitación, pegada a la pared norte, donde había una ventana. A su izquierda, en la pared oeste, estaba el armario en el que se ocultaba Marta. También había un tocador con cajones, un espejo y delante de él una silla. Junto a la cama había una mesita de noche, encima de la cual había una foto de gente que yo no conocía, una vela y un libro. Sobre el tocador había una jofaina y unos cuantos botes cuyo contenido me disponía a curiosear en el momento en que la puerta se abrió y entró Brigitte con los ojos brillantes.

 

 

Ya soy toda tuya, petite – me dijo.
Estupendo – respondí con una sonrisa de oreja a oreja.

 

Brigitte, sin dudar ni un segundo, se abalanzó sobre mí como una fiera y de un empujón me tumbó boca arriba sobre la cama. Tras hacerlo, se subió también al colchón y, alzando una pierna, se sentó a horcajadas sobre mis muslos. Echándose hacia delante, comenzó a besarme con furia, con pasión. Yo, desde luego, devolví el beso de igual forma. La falda se le había subido, así sus muslos se mostraban desnudos, por lo que llevé mis manos hasta ellos, comenzando a amasarlos con fuerza.

 

 

No, no, mon amour – me interrumpió Brigitte separándose de mí – Las manos quietas…
¿Cómo? – dije confuso.
Vamos a probag un nuevo juego.
Pero…
Shissst – siseó Brigitte poniéndome un dedo en los labios.

 

Me descabalgó entonces y se bajó de la cama. Se dirigió con sus andares felinos hacia la cómoda y tras buscar unos segundos en un cajón, regresó a la cama con un pañuelo muy grande en las manos.

 

 

¿Para qué es eso? – indagué.
Tranquilo, Oscag, voy a enseñagte algo nuevo.

 

Brigitte se sentó en la cabecera de la cama y me dijo.

 

 

Acégcate.

 

Yo obedecí sin rechistar, arrastrando el cuerpo hacia arriba por el colchón.

 

 

Ya es suficiente – dijo Brigitte deteniéndome – Ahoga estiga los brazos.
¿Qué vas a hacer? – dije mientras la obedecía.
Ya lo vegaaas… – canturreó la francesa.

 

Agarrándome por las muñecas, acercó mis manos a la cabecera de la cama y usando el pañuelo como cuerda, me ató firmemente las manos.

 

 

Intenta soltagte – me dijo.

 

Yo obedecí, pero el pañuelo era de seda, bastante resistente, por lo que no pude. Quizás de haberlo intentado con más violencia lo habría logrado, pero la verdad es que me interesaba mucho conocer el final de aquel juego.

 

 

No puedo – dije tras forcejear unos instantes.
Bien – dijo Brigitte sonriente – Ahoga egues tooooodo mío.

 

Se recogió entonces la falda y volvió subirse a horcajadas sobre mí, esta vez sobre mi pecho. Su trasero reposaba directamente sobre mi estómago, siendo el peso más agradable de toda mi vida.

 

 

Has sido muy malo, le has hecho cosas feas a la pequeña Brigitte, así que te megueces un castigo – dijo melosamente.

 

Me encantaba cómo sonaba su nombre en francés, una tía hablando ese idioma es de lo más sexy.

 

 

¿Qué? – atiné a responder.
Pog seg malo no podrás tocagme.
¿Qué cosas malas he hecho? – dije siguiéndole el juego.
Ya lo sabes – dijo con tono de niña – Has hecho que me coggiera sin dejagme trabajag. Podrían despedigme pog eso ¿sabes?
¿Y no podrían despedirte por tirarte al hijo de los dueños?
Ummmm – dijo Brigitte mientras fingía pensar en ello – Sí, ¡pego me da igual!

 

Tras decir esto, se echó hacia delante y volvió a besarme con lujuria. Su lengua se introdujo en mi boca, enroscándose con la mía. Sus manos se colocaron en mis mejillas, acariciándome el rostro, mientras, yo trataba de estirar el cuello, para besarla con más fuerza, más adentro. Tras un par de minutos, volvió a incorporarse, sentándose erguida sobre mi barriga mientras deslizaba sus manos por mi pecho, jugueteando con los botones de mi camisa.

 

 

¿Qué te paguece? – me dijo.
Quiero tocarte – contesté, pugnando por deshacerme de mis ligaduras.
¡Ah, no, no, amiguito! No puedes… – respondió riendo.
Entonces quiero verte…

 

Se lo pensó unos segundos antes de contestar:

 

 

De acuegdo. ¿Y qué quiegues veg primego?
Tus tetas – dije sin dudar.
Egues un guaggo.
Ya me lo has dicho antes – respondí.

 

Esbozando una sonrisilla maliciosa, Brigitte llevó sus manos hasta los botones de su vestido y, muy sensualmente, comenzó a desabrocharlos. Poco a poco iba revelándose el contorno de sus pechos, embutidos en un sostén de color negro (esta vez sí llevaba). Una vez los hubo desabrochado todos, se abrió los bordes del vestido con las manos, mostrándome aquella excelsa parte de su anatomía.

 

 

¿Te gustan? – dijo.
No lo sé – respondí – Aún no los veo bien.
Un guaggo, un guaggo… – susurraba Brigitte mientras llevaba las manos a su espalda para desabrochar el sujetador.

 

Por fin lo logró, pero lo sujetó con las manos, impidiéndome ver lo que en aquel instante era el centro de todo mi universo. Lentamente, comenzó a deslizar el sostén, de forma que, poco a poco, iba logrando entrever partes de aquel magnífico par de tetas. Fue entonces cuando noté calor y humedad en mi estómago. ¡Claro! ¡Brigitte iba sin bragas! La francesa estaba sentada directamente sobre mí, con la falda recogida, por lo que su coño reposaba apoyado en mi estómago. Al estar tan cachonda, se había mojado enormemente y sus jugos estaban empezando a mojar mi camisa. Aquello hizo que me excitara todavía más, si es que era posible, así que, sin pensar, estiré el cuello todo lo que pude, tratando de alcanzar a la francesita.

 

 

¿Qué te pasa Oscag? – dijo Brigitte, algo sorprendida por mis bruscos movimientos.
¡Tu coño! – exclamé con la cabeza ida – Noto tu coño sobre mí.

 

Ella sonrió de la forma más pícara que imaginarse pueda y dijo:

 

 

¿En seguio?

 

Mientras decía esto llevó sus manos hasta el borde de su falda, quitándose el sostén de golpe y dejándolo a un lado en la cama. Levantó entonces el filo de su vestido e inclinó la cabeza, como intentando mirar debajo. Yo estiraba el cuello, mirando alternativamente sus pechos desnudos y aquella mágica oscuridad que se veía levemente bajo el borde levantado de su ropa. Ojalá hubiera tenido cuatro ojos para verlo todo a la vez.

 

 

Pues es vegdad – dijo con aire filosófico – Te estoy manchando la camisa ¿ves?

 

Al decir esto, levantó todavía más su vestido, con lo que pude ver perfectamente su coño, absolutamente empapado, brillante, descansando apoyado contra mí. La muy zorra comenzó entonces a mover las caderas adelante y atrás, frotando sus hinchados labios vaginales contra mi cuerpo, excitándome con su calor, con su humedad.

 

 

¡Ah, qué descuidada soy! ¡Te estoy empapando! – dijo sin dejar de mirarse la entrepierna.

 

A esas alturas yo resoplaba como un toro enfurecido, tiraba con fuerza del pañuelo, sólo pensaba en coger a aquella zorra que me estaba volviendo completamente loco y follármela ya. Maldecía la hora en que permití que me atara, estaba tan excitado que empecé incluso a hacerme daño con el rozamiento de las ataduras. Brigitte se dio cuenta de esto y trató de serenarme.

 

 

Shisst. Tranquilo, mi niño – me susurró acariciándome el rostro – Te vas a haceg daño y esto es sólo un juego. ¿Quiegues que te suelte?

 

Aquello tuvo la virtud de calmarme un poco. Sopesé la posibilidad de que me soltara y clavársela ya, pero me di cuenta de ella disfrutaba mucho con esos jueguecitos. Además, estaba Marta (de la que no me había acordado en absoluto desde que la francesa entró a la habitación), que sin duda disfrutaría más con un largo espectáculo. Y también tenía que reconocer que yo me lo estaba pasando muy bien.

 

 

No, no lo hagas – respondí – Sigamos con el juego, pero, por favor… ¡No te pases, que estoy a punto de reventar!
¡Estupendo! – dijo una sonriente Brigitte – ¿Qué quiegues que haga?
Quiero verte – repetí.
De acuegdo.

 

Brigitte se puso entonces de pié en la cama, con un pié a cada lado de mi cuerpo. Al levantarse, la falda del uniforme se desenrolló, tapándome la visión de sus cachas. Abrió entonces los últimos botones del vestido y se lo sacó por la cabeza, quedando completamente desnuda. Allí estábamos, yo atado a la cama, y ella de pié sobre mí, preciosa, una auténtica diosa del sexo.

 

 

Suéltate el pelo – le dije.

 

Ella obedeció con presteza, deshaciendo el moño que sujetaba su rubio cabello, que cayó en dorados bucles sobre su espalda. Yo miraba hacia arriba, absolutamente embelesado por su belleza. Era hermosa, una visión celestial, sus piernas eran simplemente perfectas y se elevaban como columnas junto a mis costados; entre sus muslos se veía su dorada gruta, perfectamente afeitadita, con los labios hinchados, deseosos, entreabiertos; su vientre, liso, precioso, con un ombligo de lo más erótico; sus pechos, plenos, redondeados, con areolas rosadas y los pezones erectos, apuntando al frente; y encima de todo, su rostro, sudoroso, excitado, mirándome con ojos brillantes, orgullosos, ya que podían leer la profunda admiración en los míos.

 

 

Date la vuelta, quiero verte por detrás – le dije.

 

Me obedeció sin mediar palabra, se giró de pié sobre la cama, intercambiando la posición de sus pies a mis costados y así pude constatar que su retaguardia no desmerecía en absoluto al resto de su anatomía. Su trasero respingón era precioso, se erguía descarado sobre mí, haciéndome soñar con prohibidos placeres. Incluso su espalda me resultaba sensual, con los omóplatos perfectamente marcados, deliciosa.
La contemplaba extasiado, era un espectáculo sublime el contemplar a aquella exuberante hembra desde esa posición, pero yo sabía que aquel espectáculo no era sólo para mí, pues mi prima sin duda no se estaría perdiendo detalle de todo aquello, lo que hacía que me pusiera todavía más caliente. Tras unos segundos, Brigitte volvió a girarse, mostrándome de nuevo su delantera.

 

 

¿Qué te paguezco? – dijo.
Hermosa – contesté con un hilo de voz.

 

Brigitte rió encantada y susurró:

 

 

Ahoga vamos contigo.

 

Tras decir esto se dejó caer sobre mí.

 

 

¡Uufff! – resoplé – Cuidado, que me matas.
Pegdona – dijo riendo – me dejé llevag. ¡Miga, voy a compenságtelo!

 

Esta vez se tumbó directamente sobre mi pecho, su coño quedó pegado a mi polla, que lloraba para que la liberasen de su encierro; su pecho quedó apretado contra el mío mientras su dueña volvía a besarme con pasión. Enseguida abandonó mis labios y comenzó a besarme todo el rostro, mientras yo pugnaba por saborearla de nuevo.
Comenzó entonces a besar y lamer una de mis orejas. Fue sorprendente el averiguar lo increíblemente excitante que puede ser que una mujer te haga esto. Giré un poco la cabeza, para que le fuera más fácil y ella lo aprovechó, mordiéndome y chupándome la oreja. Mientras lo hacía me susurraba:

 

 

Ahoga vegás lo que te voy a haceg. No olvidagás esto jamás.

 

Se deslizó entonces un poco hacia abajo, besándome el pecho. Mientras lo hacía, fue desabrochando los botones de mi camisa, con lo que comenzó a lamer y acariciar mi pecho. Descubrió mis propios pezones y se dedicó a estimularlos con la punta de la lengua, lo que me resultó muy placentero. Me chupaba por todas partes, haciéndome sentir la tremenda habilidad de su lengua, y yo allí, sin poder responder a sus caricias y reventando por hacerlo.
Siguió deslizándose hacia abajo y, a medida que se aproximaba a mi entrepierna, más tenso y excitado me sentía yo. Se entretuvo sin embargo en mi ombligo, metiendo la lengua en su interior, lo que me provocó un cosquilleo de los más sexy, que hizo que me retorciera como una anguila. Por fin, llegó al borde de mi pantalón y allí se detuvo. Se arrodilló sobre el colchón, justo a mi lado y, llevando una mano hasta mi entrepierna, comenzó a deslizarla sobre mi miembro. Me frotaba la polla sobre el pantalón con la palma abierta, lo que enviaba descargas de placer a mi obnubilado cerebro. Entonces apretó la mano, agarrando mi pene con firmeza, describiendo su contorno por encima de la ropa y comenzó a masturbarlo lánguidamente.

 

 

Paguece que tu amiguito va a estallag ¿eh?
Brigitte… Por favor… – atiné a balbucear.
Tranquilo caguiño.

 

Por fin pareció decidirse. Sus diestras manos abrieron mi cinturón y desabrocharon mis pantalones, bajándolos lentamente hasta mis tobillos y quitándomelos por completo. Después repitió el proceso con mis calzones, pero se quedaron enganchados en mi torturado pene, así que tuvo que manipular mi polla para liberarlos, lo provocó nuevos pinchazos de placer. Por fin, los soltó y fue deslizándolos lentamente por mis piernas, de forma absolutamente enloquecedora.
Mi polla surgió orgullosa de su cautiverio, estaba completamente enhiesta, pegada a mi ingle, con el rojo capullo asomando, brillante por los líquidos preseminales que de allí habían surgido. Brigitte se colocó a cuatro patas a mis pies, quedando mis piernas entre las suyas. Yo miraba hacia abajo, contemplando sus maniobras. Sus pechos colgaban sobre mis rodillas, como fruta madura; sus ojos estaban fijos en mi erección, mirándola fijamente, con el brillo de la lujuria reflejado en ellos.
Colocó sus manos a los lados de mis caderas y poco a poco, aproximó su boca a mi entrepierna. Por fin, alcanzó su destino; apoyó la lengua en la base de mi miembro, y lentamente, la lamió desde abajo hasta la punta, como su fuese un helado. Comenzó entonces a chuparla muy despacio, con su lengua, con sus labios, pero sin emplear nada más, pues sus manos seguían apoyadas en el colchón.
Yo estaba enfebrecido, quería que se la metiera ya en la boca, que dejara de torturarme, pero Brigitte tenía otros planes. Siguió lamiendo y chupando, sin llegar a introducírsela en la boca, sin tocarla con sus manos. Sólo sentía su lengua, chupando, explorando, lamiendo.
Entonces, por fin, introdujo mi glande entre sus labios, y mientras lo mantenía así, comenzó a describir movimientos circulares con su lengua alrededor de él. Poco a poco fue levantando mi polla, poniéndola en vertical, usando para ello tan sólo su boca. Cuando la tuvo en posición, se la tragó entera, apretando con fuerza los labios mientras lo hacía, deslizando su boca por todo el tronco, ciñéndolo con su garganta, hasta que llegó hasta el fondo. Se mantuvo así unos segundos, haciéndome sentir el calor y la humedad de su boca alrededor de mi polla, que estaba a punto de estallar.
Por fin empezó una mamada en toda regla, subiendo y bajando sobre mi cipote, chupando, mordiendo, lamiendo, pero siempre con la boca, sin separar las manos del colchón. Era increíble, aquella tía era tan hábil con la lengua como cualquier otra persona lo sería con las manos.
Yo tenía los ojos abiertos, contemplado absolutamente alucinado sus geniales maniobras; entonces, por el rabillo del ojo, noté cierto movimiento. Desvié mi mirada y pude ver a mi prima Marta, con el torso fuera del armario, estirándose para poder ver lo que en la cama sucedía.
El corazón me dio un vuelco, miré a Brigitte por si ella también se había dado cuenta, pero la francesa tenía los ojos cerrados, completamente enfrascada en la tarea de chuparme la verga.
Disimuladamente, hice gestos con la cabeza a Marta para que se escondiera otra vez, pero la chica estaba como hipnotizada, ni siquiera me veía, o al menos, no me veía de cintura para arriba.
Pero yo sí la veía a ella, estaba absolutamente excitada. Comprendí que había estado masturbándose dentro del armario, pues llevaba los botones de la camisa abiertos, y sus pechos asomaban por el escote, libres del encierro del sostén.
Tras uno o dos minutos de estar así (Dios, se me hicieron eternos, porque si Brigitte pillaba a Marta nos la íbamos a cargar) por fin Marta percibió mis movimientos y pareció despertar. Puso cara de sorpresa, como si no supiera qué hacía fuera del armario y rápidamente volvió a ocultarse dentro, entornando la puerta.
Yo respiré por fin tranquilo y me di cuenta de que aquel pequeño episodio había contribuido un tanto a relajarme, pues había estado más pendiente de Marta que de Brigitte. Esa era la única razón de que la habilidosa francesa no hubiera logrado aún que alcanzara el orgasmo.
Esta misma circunstancia debió extrañar a la chica, pues entonces separó su boca de mi polla y me dijo:

 

 

Paguece que aguantas mucho Oscag. ¿Es que no te doy gusto?
Eres absolutamente increíble Brigitte – contesté – Me estás proporcionando el mayor placer de mi vida.
¿Entonces?
Estoy tratando de aguantar, pues no quiero correrme sin habértela metido antes.
¿Qué quiegues? ¿Coggerte dentro? Lo siento pequeño, pego eso no puede seg… – dijo extrañada.
No, no es eso, es sólo que quiero sentirte ahora, cuando aún estoy en plenitud de mi vigor, antes de correrme.

 

Ella sonrió ladinamente.

 

 

De acuegdo, mon amour.
Estupendo – respondí expectante.

 

Brigitte comenzó a caminar a cuatro patas sobre el colchón, deslizándose hacia mí como una tigresa en celo. Por fin, se subió a horcajadas sobre mí, dejando su coño apoyado sobre mi polla.

 

 

Así que quiegues metégmela ¿eh? – dijo zalamera mientras deslizaba sus caderas adelante y atrás, frotando su chocho contra mi erección.
Por favor… Brigitte…
Vale, vale, ya voy.

 

Se incorporó entonces sobre mí, levantando un poco el culo. Su coño estaba justo sobre mi torturada polla. Llevó una mano hasta ella, y tomándola de la base, la apuntó bien a la entrada de su vagina. Yo sólo esperaba que Brigitte se empalara de una vez, pero ella quería torturarme un poco más.

 

 

¿Segugo que es esto lo que quiegues? – dijo sin dejarse caer todavía.
Por favor… – gemía yo, tratando de levantar el trasero para poder meterla por fin en caliente.

 

Brigitte aún esperó unos segundos más, antes de hacer lo que todo mi ser deseaba.

 

 

De acuegdo – susurró – Allá voy.

 

Mientras con una mano mantenía derecha mi polla, con la otra se separaba bien los labios del coño. Poco a poco, fue bajando el cuerpo, de forma que la punta de mi polla la penetró sin problemas. Brigitte no se detuvo, sino que siguió deslizándose lentamente, hasta que su entrepierna quedó bien pegada a la mía, con mi picha completamente enterrada en sus entrañas.

 

 

Ufffff – resoplé.
Oui, mon petite – susurró ella.

 

Nos quedamos quietos durante unos segundos. Brigitte echó el torso hacia delante, quedando su pecho recostado sobre el mío. Yo tenía los ojos cerrados, sintiendo cómo su chocho se amoldaba a mi pene, como lo mojaba, cómo lo calentaba.

 

 

Eres increíble, Brigitte – gemí.
Y tú mon amour – respondió ella.

 

Tras decir esto, me besó dulcemente en los labios y mientras lo hacía, comenzó a mover sus caderas lenta y cadenciosamente. Mi polla se deslizaba en ella como en un tarro de miel, era espeso y exquisito, la mejor sensación del mundo.
Brigitte fue excitándose más y más, y al hacerlo fue incrementando el ritmo de sus movimientos. Al poco tiempo, estaba sentada completamente erguida sobre mí, con las rodillas apoyadas en el colchón, a los lados de mis caderas y cabalgando mi polla como una posesa.

 

 

¡SÍIIIII! – gritaba – ¡Así, así, ASÍIIIIIIIII!

 

Yo sólo atinaba a gruñir y resoplar. La francesa botaba como loca, incluso me hacía daño, pues pesaba más que yo, pero no me importaba en absoluto. Sus tetas saltaban enloquecidas, con los pezones duros, enhiestos. Yo sólo deseaba agarrar aquellas tetas, estrujarlas, chuparlas, pero no podía, pues seguía atado a la cama.
Noté entonces que mis cojones iban a entrar en erupción, por un loco e intenso segundo, consideré la posibilidad de correrme dentro de ella, sin duda sería la culminación perfecta a un polvo perfecto, pero afortunadamente el poco sentido común que aún me quedaba acudió en mi ayuda.

 

 

¡BRIGITTE! – grité – ¡Me corro, me corro!

 

La francesa me descabalgó como movida por un resorte. Se colocó a mi lado de rodillas y agarrando mi polla con una mano, comenzó a pajearla con furia. Llevó entonces su mano libre hasta su chocho, y sin dudarlo un segundo, se clavó tres dedos en el coño, masturbándose ella a la vez que lo hacía conmigo.
Aquello fue demasiado para mí y mi polla comenzó a vomitar leche desaforadamente. Mi corrida pareció enloquecer a Brigitte, que siguió pajeándome con violencia, apuntando mi cipote hacia ella, de forma que el semen que salía disparado iba a estrellarse directamente contra su cuerpo.
Mientras me corría, ella no paraba de despotricar en francés, masturbándose con tal velocidad que su mano parecía un borrón en el aire, así de rápido la movía. Por fin, ella alcanzó también el orgasmo, con fuerza, brutalmente.

 

 

¡DIOS! ¡ ¡DIOS! ¡ME COGGOOOOOO! – aullaba.

 

Su orgasmo duró muchísimo. Tras el clímax, Brigitte se derrumbó sobre mí, enterrando su rostro en mi cuello. Sensuales espasmos recorrían su cuerpo a medida que iba poco a poco serenándose y juraría que incluso la escuché sollozar un poco en mi oído.
Yo me encontraba extrañamente sereno, como si la febril excitación de segundos antes hubiera aclarado mi mente. Eché un vistazo hacia el armario y comprobé que la puerta, si bien un poco más abierta que antes, seguía ocultando a Marta. Más tranquilo tras esto, noté que seguía cachondo, quería más, pero Brigitte no parecía estar por la labor, pues seguía jadeando, derrumbada sobre mi pecho. Consideré el dejarlo allí, levantarme y follarme a Marta en otro sitio, pero algo en mi interior me decía que Brigitte se merecía un repaso aún mayor, así que decidí hacerle caso a esa vocecilla.

 

 

Brigitte – susurré.
¿Ummmm? – balbuceó ella, alzando levemente la cabeza.
Suéltame, por favor, el pañuelo me hace daño.
Espega – respondió.

 

Lánguidamente, la doncella se estiró en la cama, tratando de alcanzar la cabecera de la misma. Le costó bastante esfuerzo, pero al fin lo logró. Tras forcejear unos instantes con los nudos, consiguió soltarlos y tras hacerlo, se derrumbó nuevamente a mi lado, con un brazo recostado sobre mi pecho.
Terminé de soltarme yo solito y me revisé las muñecas. Tenía una marca rojiza alrededor de las mismas, allí donde el pañuelo me había ceñido. Dolorido, me froté las muñecas como buenamente pude. Brigitte se movió entonces, girando el cuerpo y quedando acostada a mi lado, mirándome.

 

 

¿Qué te ha paguecido lo del pañuelo? – dijo.
Ha sido muy excitante, era enloquecedor, desear tanto tocarte y no poder hacerlo…
¿Vegdad que sí? Otro día me atas tú – dijo picarona.
Vale.

 

Yo también me tumbé, frente a ella, y, descuidadamente, posé una mano en su cadera, comenzando a acariciarla muy despacio. Nuestros ojos se miraban fijamente, y pude notar el brillo verdoso que había en el fondo de los suyos y nuevamente pensé en lo increíblemente guapa que era aquella chica.

 

 

Ummmm – dijo Brigitte desperezándose – Estoy hecha polvo…
Ponte boca abajo – le dije – Te daré un masaje.
¿Sabes tú dag masajes? – dijo mientras me obedecía.
No lo he hecho nunca – respondí – Pero de alguna forma hay que aprender…
Eso es vegdad.

 

Se colocó boca abajo sobre el colchón. Recogió los brazos y los usó a modo de almohada para reposar la cabeza. Esta vez fui yo quien se sentó a horcajadas sobre sus muslos, teniendo todo su cuerpo a mi completa disposición.
Sin esperar, me eché hacia delante, llevando mis manos hasta su nuca, que comencé a acariciar delicadamente. Como su pelo me estorbaba, lo aparté hacia un lado, depositándolo sobre su hombro. Continué acariciándole la espalda, los hombros, el cuello, y no debía de estar haciéndolo muy mal, porque al poco rato Brigitte ronroneaba como un gatito.

 

 

Ummm – decía – Tus dedos son mágicos…
Shissst, relájate y disfruta.

 

Comencé a deslizar mis manos por sus costados, acariciando sus pechos por los lados, lo que le provocaba a Brigitte deliciosas cosquillas que hacían estremecerse su cuerpo, volvía entonces a su espalda, sus omóplatos, bajaba recorriendo su columna con un dedo y finalmente, llegaba hasta su trasero, que amasaba con ambas manos antes de volver arriba y repetir el proceso.
Así estuvimos durante un rato, ella disfrutando con mi masaje y yo disfrutando con su cuerpo. Poco a poco mi pene comenzó a volver a la vida, que en definitiva era lo que yo pretendía. Comencé entonces un masaje mucho más íntimo. Inclinándome, besé su cuello con delicadeza, sus sienes, sus orejas, aplicándole el tratamiento que ella misma me había dado un rato antes. Mis manejos habían comenzado a poner a tono a Brigitte, que jadeaba y gemía quedamente. Comencé a acariciarla usando mi lengua como instrumento, saboreándola. Estaba muy salada, debido al sudor provocado por nuestra tórrida fiestecita. Fui bajando con mi lengua por toda su espalda y por fin llegué a mi objetivo, su espectacular trasero.

 

 

Levanta el trasero – le dije.
¿Cómo? – dijo algo despistada.
Que levantes el culo.
¿Pog qué? – preguntó mientras obedecía.

 

En vez de responderle, actué. Cogí la almohada de la cama y la puse bajo su ingle, para que su culo quedara un poco levantado. Esto hizo que Brigitte comprendiera mis intenciones.

 

 

¡Ah no, amiguito! – exclamó – Esto ya es demasiado.
¿Por qué? ¿Acaso no te lo estás pasando bien?
Sí, bueno, pego… – respondió algo confusa.
Pues entonces, ¿qué hay de malo? ¿Acaso es tu primera vez?
No, bueno… Yo…
Mira, si en algún momento no te gusta, me lo dices y paro ¿vale?
Vaaaale – concedió por fin.

 

Al estar de espaldas, Brigitte no pudo ver la sonrisa triunfal que había en mis labios. Lo que hice fue agarrar cada nalga con una mano, separarlas bien y hundir esa sonrisa justo en el medio. Mi lengua buscó enseguida su ano y comencé a lamerlo delicadamente. Cuando estuvo bien mojado, me separé un poco y llevé una mano hasta él, recorriendo su contorno con el índice. Tras unos segundos, se lo metí dentro, comenzando a meterlo y sacarlo con cuidado. Su ano apretaba mucho mi dedo, pues el cuerpo de Brigitte se había tensado tremendamente.

 

 

¿Te duele? – le pregunté.
No, no, es muy bueno…
¿Sigo?
Sí, sí, no pagues. ¡Aahhh!

 

Estuve así durante un par de minutos, dilatando poco a poco su trasero. Cuando pensé que estaba listo, metí un segundo dedo y poco después, un tercero.
Brigitte seguía demasiado tensa. Yo no comprendía por qué, pues por sus gemidos yo deducía que aquello le estaba gustando. Lo que hice fue llevar mi mano libre hasta su chocho, apoyado contra la almohada, y comenzar a estimularlo. Apoyé la palma de la mano en su vulva y los 4 dedos superiores directamente sobre su clítoris. Comencé a frotar los dedos en movimientos circulares, mientras apretaba con fuerza la mano contra su coño. Aquello le encantó a Brigitte, que enseguida resoplaba y jadeaba como una burra.

 

 

¡Oh Dios! ¡Qué bueno! – gemía.

 

Su coño pronto estuvo otra vez bien mojado y su cuerpo mucho más relajado, así que decidí que había llegado el momento. Me incorporé y me coloqué de rodillas tras ella. Llevé la mano empapada de su coño hasta mi cipote, extendiendo sus jugos por él. Apoyé entonces la punta de mi verga en su ano y empujé hasta que entró el glande completo.

 

 

¡AAAHHHH! – exclamó Brigitte.
¿Te duele? – dije preocupado.
Un poco – dijo en voz baja – Pero no te pagues.

 

Yo, algo mosqueado, obedecí. Poco a poco fui empujando, clavándosela entera, hasta que mis huevos quedaron apretados contra su culo.

 

 

¡Uuffff! – resoplé.

 

Me eché entonces un poco hacia delante, metiendo mis manos bajo ella y apoderándome de sus tetas, que estaban apoyadas contra el colchón. Brigitte no decía ni mu, aunque yo notaba que su cuerpo había vuelto a tensarse, lo que apretaba mi polla de una forma muy placentera.
Poco a poco, fui sacándosela del culo, y cuando tuve media polla afuera, volví a enterrársela de golpe, lo que arrancó a Brigitte un auténtico grito de dolor.

 

 

¡Ayyyyy!
¿Te he hecho daño? – dije.
¡No, no! – contestó ella, aunque yo pensé que mentía.
¿Seguro?
¡Sí, sí! Pego ve despacio.

 

Así lo hice. Comencé a meterla y sacarla con lentitud, pero el cuerpo de Brigitte no se relajaba, no disfrutaba, así que yo tampoco lo pasaba bien, preocupado por si estaría o no haciéndole daño. Entonces fue cuando, fugazmente, Brigitte volvió un poco el rostro hacia un lado y pude notar el rictus de dolor que había en su expresión, incluso con algunas lágrimas en los ojos.

 

 

¡Dios mío! ¿Qué estoy haciendo? – pensé.

 

Con mucho cuidado, se la saqué por completo a Brigitte y me dejé caer junto a ella.

 

 

¿Qué haces? – dijo con sorpresa.
¿Qué haces tú? Dios mío Brigitte, si estás llorando – dije al constatar que efectivamente había lágrimas en sus ojos.

 

Ella se limpió los ojos frotando la cara contra las sábanas y giró la cara de forma que quedaba de espaldas a mí. Yo, sin dudar, sujeté su cabeza y la obligué a mirarme a los ojos.

 

 

¿Se puede saber qué te pasa? – pregunté confundido.
Yo… Lo siento…
Que sientes ¿el qué?
Yo… Pog detrás… No puedo…
A ver Brigitte, siéntate – dije haciéndolo yo a mi vez.

 

Ella me hizo caso y se sentó en el colchón frente a mí.

 

 

Ahora cuéntame qué te pasa.

 

Ella dudó unos segundos, y entonces comenzó a hablar.

 

 

Yo… Vegás Oscag… Me cuesta mucho haceglo pog detrás. Mi culo es muy estrecho y me duele cuando lo hacen…
¿Y por qué no me lo has dicho?
No sé… Es que egues tan dulce… Contigo me siento… No sé… Hegmosa, deseada, y pensé que contigo tal vez podría. Y además, al principio me gustaba de vegdad, estaba un poco negviosa y eso, pego ega placentego; pego cuando me la metiste…
Eres tonta Brigitte ¿cómo iba yo a disfrutar mientras tú lo pasas mal?
¿Ves? – dijo ella acariciándome el rostro – A eso me guefiero, pocos hombres seguían tan atentos, sólo se preocupan de disfrutag ellos sin tenegme en cuenta a mí.
Pero yo no soy así.
No, no lo egues.

 

Una súbita duda asaltó mi cerebro.

 

 

¿Y mi abuelo? – pregunté sin pensar.

 

Aquello sorprendió un poco a Brigitte, pero enseguida sonrió y contestó sin dudar:

 

 

No, tu abuelo tampoco. El jamás ha intentado sodomizagme, pues sabe que me duele.
Bien – dije respirando más tranquilo.

 

Ella me contempló durante unos segundos, recorriéndome entero con la mirada, de forma que incluso me sentí un poco incómodo.

 

 

¿Qué miras? – pregunté.
A ti. Estás hecho ya todo un hombre.
Gracias – dije sinceramente halagado.
Además – continuó ella – Algo habrá que haceg con esto ¿eh?

 

Mientras decía esto, llevó su mano hasta mi pene, que seguía erguido y lo acarició deliciosamente.

 

 

¿Seguro que quieres seguir? – pregunté ilusionado.
¡Clago, hombre! ¡No voy a dejagte así, ¿no?!
¡Estupendo!

 

De un salto me arrodillé sobre la cama, con mi polla en ristre. Dando palmaditas sobre el colchón, le indiqué que volviera a tumbarse. Ella me obedeció y se recostó, pero yo la empujé haciendo que se pusiera boca abajo.

 

 

Levanta y ponte a cuatro patas, por favor – le dije.
No igás a intentaglo de nuevo ¿eh? – dijo dubitativa.
Tranquila, confía en mí.

 

Ella desde luego lo hizo. Se colocó a cuatro patas en el centro de la cama. Estaba buenísima, con las tetas colgando como cocos de una palmera y el culo erguido y respingón.

 

 

¡Así, perfecta, no te muevas! – exclamé.

 

Me coloqué de nuevo detrás de ella y volví a repetir el proceso anterior. Con mi lengua chupaba su culo, su raja, y con una mano le estimulaba la vulva, separando bien sus labios. En menos de un minuto, la chica estaba de nuevo a punto, olvidado ya el dolor anterior. Ni corto ni perezoso, me situé en posición y metí mi polla entre sus piernas, buscando la entrada de su cueva.
Ella colaboró en el proceso, pues llevando una mano entre sus piernas, fue la encargada de colocar mi polla en su entrada, dejando así mis manos libres para apoderarme de sus tetas. Entonces, y de forma simultánea, yo empujé hacia delante y ella echó el culo hacia atrás, de forma que se la clavé en el chocho de un viaje, de forma completa e intensamente placentera.

 

 

¡AAHHHH! – gemimos los dos a un tiempo.
¡Dios, qué mojada estás! – dije yo.
¡Mon dieu, tu polla me llena entegaaaaa! – chilló ella.

 

Sin esperar más, comencé a taladrarla sin compasión. Ahora no había tensión ninguna en su cuerpo, no había dolor, sino sólo placer, humedad, pasión. Usando sus tetas como agarres, comencé a bombear con rapidez en su coño, produciéndose un excitante chapoteo cada vez que mi verga se hundía en su interior y mi ingle aplaudía contra sus nalgas.
Nuestros gemidos se confundían en la atmósfera del dormitorio, cualquiera que pasara por el pasillo escucharía lo que allí pasaba, pero a ninguno nos importaba, en el universo estábamos solos nosotros dos.
¿Solos? ¡No! En ese preciso instante me acordé de Marta. Me incorporé entonces, soltando las tetas de Brigitte y permanecí erguido tras ella. La así por las caderas con mis manos y manteniéndome recto, empujaba y tiraba de ella usando sus caderas como asas, es decir, en vez de moverme yo, la movía a ella.
Volví entonces mi rostro hacia el armario, mirando la raja de oscuridad tras la que se escondía mi prima. Seguí follándome a Brigitte con pasión, pero mis ojos estaban pendientes de ese armario, donde estaba mi próxima víctima.
Brigitte comenzó entonces a correrse; yo estaba tan concentrado en Marta que ni había notado la proximidad de su orgasmo, por lo que seguí bombeando intensamente, lo que llevó a la francesita a un clímax brutal.

 

 

¡AAHHHH! ¡ME COGGO! ¡ME COGGOOOOOOOOO! – aullaba.

 

Y mientras, yo seguía metiéndola y sacándola sin piedad, con los ojos clavados en el armario.

 

 

¡ASÍ, ASÍ, ASÍIIIIIIIIIIII! – gritaba Brigitte.

 

Entonces sus gemidos comenzaron a sonar ahogados. Yo miré hacia delante y vi que había enterrado el rostro en la almohada, abrazándola con furia. Alcé la vista nuevamente y vi que la puerta del armario se abría.
Con los ojos como platos vi como mi prima me miraba con ojos ardientes. Tenía la falda totalmente recogida en la cintura y una de sus manos se perdía en su coño, mientras la otra se estrujaba las tetas. Paró entonces de masturbarse y llevó la mano de su chocho hasta situarla frente a su rostro, contemplando sus propios jugos empapando sus dedos. Entonces llevó esos dedos hasta su boca y los chupó con deleite mientras no me quitaba los ojos de encima. ¡Dios! Es una de las cosas más eróticas que he visto en mi vida.
Marta hizo entonces algo que casi me provoca un infarto. Salió del armario. Con andar renqueante (supongo que estaría acalambrada de estar tanto rato allí encerrada) se acercó hacia mí. Yo no sabía qué hacer y sólo atiné a bombear más fuerte en Brigitte, colocando mis manos en su espalda para intentar que no alzara la cabeza.
Marta quedó junto a la cama, a mi lado y llevó entonces su mano hasta mi boca, donde yo la chupé sin pensar. El sabor de Marta impregnaba por completo aquella mano, era delicioso. Un segundo después, Marta retiró la mano y se dirigió hacia la puerta. Antes pasó por el armario y recogió su ropa interior, que estaba en el fondo. Cerró entonces el armario y salió del cuarto, procurando no hacer ni un ruido. Aún así, la puerta crujió un poco y Brigitte alzó la cabeza sorprendida.

 

 

¿Qué ha sido eso? – dijo.
Shissst – dije yo – Alguien ha cerrado una puerta en el pasillo. Será mejor que no hagamos mucho ruido.
Pues en ese caso…

 

Tras decir esto, Brigitte volvió a hundir la cara en la almohada y sorprendentemente, comenzó a gritar con fuerza contra ella, aunque claro, sus gritos sonaban amortiguados.

 

 

¿Se me escucha? – preguntó alzando el rostro.
No mucho – respondí.
Entonces no hay problema. ¡Fóllame! – exclamó y volvió a sepultar el rostro en la almohada.

 

Ya más tranquilo, me concentré en follarme a aquella pedazo de hembra, pero con la mente puesta en el polvazo que le iba a echar a Martita en breves instantes. Aquello bastó para ponerme cachondísimo, así que, enseguida empecé a empujar como un poseso.

 

 

Ughhhhh – jadeaba Brigitte contra la almohada.
¡Sí, eso! – gemía yo.

 

Volví a agarrarla por las tetas, pinzando sus pezones con mis dedos, estirándolos, lo que le gustaba mucho. Brigitte comenzó a mover el trasero de adelante hacia atrás, pero también lateralmente, lo que era placentero en extremo. Aguanté así un par de minutos más, hasta que sentí que me venía nuevamente.
Se la saqué del coño a Brigitte, dispuesto a correrme sobre su espalda, pero al parecer a la francesita le gustaba dirigir las corridas de sus amantes, pues dándose la vuelta, se sentó frente a mí y empuñando mi verga me pajeó hasta que finalmente me corrí. Los lechazos fueron de nuevo apuntados contra su rostro y sus tetas, manchándole la mano y llegando hasta su pelo y su cara. Pude ver cómo un pegote impactaba contra uno de sus enhiestos pezones y se quedaba allí colgando, como una gota en un grifo. ¡Dios, qué morbo tenía aquella zorra!
Por fin, la corrida terminó y yo me dejé caer sobre el colchón, tumbándose Brigitte a mi lado. La francesa llevó su mano desde mi polla hasta mi pecho, acariciándome y untándome a la vez con los restos de mi propio orgasmo. No me importó.

 

 

Estás agotado ¿eh? – me dijo.

 

Yo iba a contestar que me diera cinco minutos y que ya vería, pero entonces me acordé de Marta, que sin duda estaría esperándome por ahí.

 

 

Sí, no puedo más – dije – Eres increíble.
Tú tampoco lo haces mal – me dijo besándome.

 

Nos quedamos allí durante unos minutos, resoplando cansados. Cuando juzgué que había pasado tiempo suficiente para que Brigitte no se ofendiera, le dije:

 

 

Será mejor que me vaya, como mi madre se levante y empiece a buscarme…
Tienes gazón. Además, se supone que estoy mala y puede que alguien venga a veg cómo estoy.
Y no sería bueno que me encontraran aquí ¿no?
Exacto – respondió Brigitte riendo.

 

Me incorporé de un salto y recogí mi ropa. Aún llevaba la camisa puesta, pero los calzoncillos no logré encontrarlos.

 

 

Brigitte ¿dónde están mis calzones? – le pregunté.
Ni idea – dijo ella mirando a su alrededor – Pog ahí deben de andag. No te preocupes, yo te los guagdagué. Así, cuando me traigas mis braguitas, podemos haceg un integcambio y paságnolo muy bien ¿Oui?
Vale – dije riendo.

 

Terminé de vestirme (extraña sensación ir sin calzoncillos, hoy en día estoy más acostumbrado, pero aquella fue la primera vez que lo hice) y me acerqué a la cama para estamparle a Brigitte un espectacular beso en los morros, que ella devolvió con deleite.

 

 

Hasta luego, princesa – dije sonriente.
Hasta luego, ¡guaggo! – contestó riendo.

 

Salí de la habitación tratando de no irme corriendo en busca de Marta. Cerré la puerta tras de mí y pensé que dónde podría haberse metido la chica.

 

 

La de sacrificios que tengo que hacer por Marta – pensé divertido echando un último vistazo a la puerta de Brigitte.

 

La busqué por todos lados sin resultado alguno. No estaba en su cuarto, ni en el salón, ni en la cocina… Pasé entonces junto al cuarto de las bañeras, y me fijé en una pila de ropa sucia que allí había. Encima de ésta, encontré la falda que Martita llevaba esa misma tarde y rebuscando un poco, encontré el resto de su ropa, incluyendo unas braguitas empapadas.

 

 

Bueno, se ha dado un baño y se ha cambiado de ropa – pensé – ¡Mejor! ¡Limpia y fresca!

 

¿Pero dónde coño se había metido? La busqué infructuosamente durante un rato más, y entonces caí. ¡Claro! ¿Cómo no lo había pensado antes? ¡El eucalipto!
Como un rayo salí de la casa y corrí a través de los naranjos. Cuando perdí la casa de vista, me serené un poco y ralenticé el paso, pues tampoco era cuestión de llegar reventado junto a Marta.
Seguí andando, sintiendo la nueva y agradable sensación de ir sin ropa interior, y me puse a pensar en Brigitte. La verdad es que me había conmovido mucho el verla llorar. ¿Quién hubiera pensado que aquella mujer, lujuriosa como pocas, podría comportarse como una florecilla delicada? Después de encular a Dickie y a tía Laura no se me había pasado por la imaginación que pudiera haber una mujer que no disfrutara con ese tipo de relación, pero la experiencia me demostró que no era así. Sé que suena un poco pueril decir esto, pero recuerden que en ese entonces yo sólo contaba con doce años de edad, y aún me quedaban millones de cosas por aprender.
Ensimismado con estas cavilaciones, llegué rápidamente al claro del tocón, y efectivamente, allí estaba mi prima Marta, sentada sobre el árbol cortado.
Me aproximé lentamente, observándola. Estaba sentada sobre el tocón, con las piernas recogidas y abrazada a ellas, pensando sin duda en todo lo que había visto. Al acercarme comprobé que tenía el pelo mojado, con lo que confirmé el hecho de que acababa de bañarse. Se había puesto una falda limpia, de color verde y esta vez llevaba un suéter de color beige en vez de camisa.

 

 

Hola – dije tratando de serenarme.
Hola – respondió ella alzando la vista hacia mí.

 

Me senté junto a ella en el tocón, sin decir nada, mis piernas colgaban del borde, sin llegar al suelo, y yo las columpiaba distraídamente, esperando que ella diera el primer paso. Por fin, tras un par de minutos, me dirigió la palabra.

 

 

¿Te lo has pasado bien? – me dijo sin mirarme.
Sí, la verdad es que sí – respondí en tono adulto – Brigitte es muy buena en la cama.
Comprendo – dijo, y se quedó callada.

 

Yo esperé un par de minutos más antes de continuar.

 

 

¿Y tú? – le dije – ¿Lo pasaste bien?

 

Ella alzó la mirada bruscamente, mirándome a los ojos. Aunque su rostro estaba todo rojo, en el fondo de su mirada se distinguía un brillo especial, excitante.

 

 

Sí – respondió sorprendiéndome un poco – La verdad es que lo he pasado bien.
¿Cómo de bien? – insistí.

 

Tras dudar unos segundos, Marta contestó:

 

 

En mi vida me había sentido igual, no creo haber estado nunca tan excitada. Tenía la cabeza… no sé, ida. No sabía ni lo que hacía.
Ya me di cuenta – dije – Si vieras el susto que me diste cuando te quedaste alucinada asomando del armario.
¡Oye, que yo no me quedé alucinada! – dijo un poco indignada.
¿Ah, no? – contesté burlón – ¿Entonces por qué no me hiciste caso cuando te decía que te escondieras de nuevo?
Bueno… ¡Puede que sí alucinara un poco! – exclamó riendo.
Y no te quiero ni contar cuando saliste y te acercaste a la cama…
Ahí sí que sabía lo que hacía – dijo Marta – Llevaba tanto rato allí metida que me dolía todo, así que cuando vi que Brigitte no me veía, decidí salir y largarme.
Ya, con el vestido abierto y las bragas por ahí tiradas ¿no?
¡Oye! – dijo poniéndose aún más colorada.
¿Qué habrás estado tú haciendo ahí dentro?
¿Tú que crees? – dijo pícaramente.
No sé… Supongo que aprendiendo, ¿no era esa la razón de toda esta historia?
Bueno…

 

Marta volvió a quedar en silencio durante unos instantes, pero yo no quería que se perdiera la inercia de la conversación, así que ataqué.

 

 

Dime. ¿Qué has aprendido?
No sé…
¿Qué te ha parecido?
No sé… Excitante…
¿Excitante?
Sí, excitante, erótico, sensual, caliente, lujurioso, húmedo, tórrido…
¡Oye, para, para, que me estás poniendo cachondo! – exclamé.
¿En serio? – dijo Marta divertida – No puedo creerlo, después de tanta acción…
Pues ya ves…

 

Volvimos a quedarnos callados, resultaba un poco incómodo y yo no podía permitirlo.

 

 

Y, bueno, ¿no hay nada que quieras saber? – dije.
¿Cómo?
No sé, dijiste que querías averiguar cosas… ¿No hay nada sobre lo que quieras preguntarme?

 

Marta se lo pensó unos segundos y dijo:

 

 

Bueno… Sí, hay algunas cosas que quiero preguntarte.
Dispara.

 

Marta tragó saliva y reunió valor para enfrentarse a sus prejuicios. Pero esta ya no era la Marta de antes, esta era toda una mujer.

 

 

Verás… – dijo dudando – Me ha llamado un poco la atención…
¿El qué? – pregunté viendo que no se decidía.
Pues Brigitte… como llevaba el… ya sabes…
No. ¿Qué?
¡Ay, Oscar, no seas tonto! – exclamó molesta – Como llevaba el…

 

No pronunció la palabra, pero con su mano apuntó a su propia entrepierna, en un gesto de lo más erótico. Comprendí a lo que se refería, así que terminé la frase por ella.

 

 

¡Ah! Te refieres a como llevaba el pelo del coño.
¡Ay, hijo, qué fino eres! – dijo enrojeciendo – Pues sí, eso. Tenía muy poco vello ¿no?
Sí, tú tienes más… – respondí picarón.
¡Oye! – dijo dándome una palmada en el hombro mientras enrojecía todavía más.
Venga, Marta, no irás a avergonzarte a estas alturas ¿no? Pregunta lo que quieras.
Vaaale – concedió de mala gana.
Pues sí – dije con aire de profesor – Lo que pasa es que Brigitte se afeita el vello púbico, lo recorta dejando limpios los labios vaginales y dejándose sólo un triángulo justo sobre la raja.
¿Se afeita? – dijo extrañada – ¡Qué raro!
No te creas, también lo hace tu… esto…

 

Afortunadamente paré a tiempo, pues había estado a punto de decirle que su madre también se afeitaba el coño, y yo no estaba seguro de cómo se lo tomaría la chica.

 

 

¿Quién? – dijo interesada.
Mar, Mar también lo hace – mentí.
¡Ah! Ya veo – dijo, aunque no sé si me creyó.
¿Qué más quieres saber?
¿Y a ti te gusta?
¿El qué, que se afeite?
Sí.
Pues sí, mucho. Es algo muy sensual, un coño tiene mucho mejor aspecto así, bien cuidadito.
¿Por qué?
No sé. Verás Marta, en el sexo todo tiene mucho que ver con los sentidos, con las percepciones. Ver un chochito bien cuidado te hace pensar… no sé, que su dueña le presta mucha atención, que le gusta llevarlo arregladito para que quienes lo vean puedan disfrutarlo adecuadamente, y eso resulta excitante.
Comprendo, es algo más mental que funcional ¿no?
Bueno, en gran parte sí. Pero además, personalmente cuando practico sexo oral prefiero no tener toda la boca llena de pelos.
¿Sexo oral? – dijo extrañada.
Sí, ya sabes, cuando le como el coño a la chica. Y supongo que a vosotras os pasa igual, cuando chupáis un pene, debe ser desagradable acabar con pelos en la boca.
¡De ninguna manera voy yo a hacer algo semejante! – exclamó indignada.

 

Aquella conversación me estaba poniendo a tono, yo crucé las piernas para que Marta no se diera cuenta de mi incipiente erección, pues notaba que aún no había llegado el momento.

 

 

Vamos Marta, tranquila, que yo no te he pedido que hagas nada.
¡Pues bien que disfrutabas cuando ella te lo hacía!
Sí – respondí secamente – Es verdad. Que te la chupen es algo realmente increíble, muy placentero y excitante.
¡Pues yo no voy a hacértelo, será mejor que lo sepas!
¿Y qué? Mira, Marta, si algo he aprendido en esto del sexo es que lo importante para disfrutar es hacer cosas que deseen las dos personas que hacen el amor. Si tú no quieres hacer algo, no hay problema, haremos otra cosa, se trata sólo de disfrutar y pasarlo bien, no de estar a disgusto.

 

Ella me miró esquiva, dudando si creerse o no mis palabras.

 

 

Es que… me da asco – dijo.
Lo comprendo. No te preocupes Marta. Además, todo es empezar, verás como a medida que vayas aprendiendo y disfrutando, irás probando cosas nuevas, unas te gustarán y repetirás, y otras no y no volverás a practicarlas, pero de lo que estoy seguro es de que caerán muchos tabúes.
No sé yo… – dijo dubitativa.
¿Ah, no? – dije riendo – Pues hace unas semanas hubieras sido totalmente incapaz de hablar de sexo conmigo, y ahora mírate, aquí sentada a punto de acostarte con tu primo.

 

Esto hizo que Marta se levantara del tocón de un salto.

 

 

¿Acostarme? ¡De eso nada!

 

Ahora era yo el que estaba sorprendido y alucinado.

 

 

Pero Marta, ¿no habíamos quedado que si me espiabas con otra chica te acostarías conmigo? – dije suplicante.
Sí, ¡pero no ahora!
¿Cómo?
¡Que no ahora! Debes estar reventado, y yo aún debo prepararme psicológicamente y hacer algunas cosas.
¿Qué?
¡Que ahora no quiero, coño! – exclamó.
Pero Marta, mírame – dije arrodillándome sobre el tocón para que pudiera ver bien la tienda de campaña que había en mi pantalón – ¡No puedes dejarme así! ¡Habíamos quedado en hacerlo ahora!
¡De eso nada! Dije que me acostaría contigo, pero no cuando.
¿Y cuándo será eso? – exclamé desesperado.
¡El domingo! – gritó ella.

 

Su súbita y concreta respuesta me dejó callado. ¡Coño, sí que lo tenía todo calculado!

 

 

¿El domingo? ¿Y por qué el domingo? – dije.
No sé, es un buen día.
Pero hoy es miércoles…
Pero nada. Será el domingo o nunca.

 

¿Qué podía yo hacer? Resignado dije:

 

 

Vaaaaale. No te enfades, pero compréndeme, estoy tan cachondo que…
¿Cachondo? ¿Y cómo puedes estarlo? ¿No acabas de tirarte a Brigitte?
Sí – contesté muy serio – Y más rato que podría haber estado, pero me quedé a medias para poder estar contigo y ahora…
Pues eso – me interrumpió ella – Que no te quiero a medias, sino en plena forma.
¿Por qué? – dije algo extrañado.
Ya lo sabes – respondió Marta poniéndose muy colorada.
No, ¿por qué?
Déjame – dijo enfurruñada.
Dime – dije zarandeándola en broma de un brazo.

 

Entonces Marta se acercó a mí y me echó los brazos al cuello. Recostó su cabeza en mi hombro y me susurró al oído.

 

 

Porque quiero que me hagas gozar más que a ella. Quiero que me folles como nunca antes lo has hecho con otra mujer.

 

Aquello era demasiado para mí, mi pene iba a explotar, y es que aquella niña tenía un morbazo que…

 

 

Joder, Marta, ¡qué cosas dices! – dije alucinado mientras ella se apartaba de mí.
Pues esto no es nada, nene – respondió juguetona.

 

Entonces se quedó parada y me miró con expresión de extrañeza:

 

 

Oye – me dijo – ¿Cómo es que hoy te has acostado con Brigitte y estás en plena forma y el otro día te acostaste con Mar y estabas reventado?
¡Mierda! – pensé – La conversación va hacia lugares peligrosos.

 

Afortunadamente, respondí con presteza.

 

 

Bueno… Verás, aquel día me había hecho un par de… bueno, ya sabes, un par de pajas – dije haciendo que Marta se sonrojara – Y después vino lo de Mar, no había dormido bien con la tormenta… ¡Vaya, que estaba hecho polvo!
¡Ah! Vale.

 

Lo que acababa de decir hizo que se me ocurriera una ominosa idea… Follar estaba claro que no íbamos a follar, pero quizás aún podría lograr algo. Decidí ser tremendamente descarado.

 

 

Bueno, entonces no vamos a hacer nada ¿no? – dije sentándome en el tocón y desperezándome.
Oscar, no empieces otra vez – dijo ella – Ya te he dicho que tendrás que esperar.
No. Si a mí me parece bien, pero algo tendré que hacer con esto – dije señalándome el paquete.
¿Cómo?
Verás Marta, hay algo que debes saber sobre los hombres. Cuando nos excitamos mucho (y te aseguro que ahora estoy terriblemente excitado) y nos quedamos a medias, los tíos lo pasamos muy mal, resulta incluso doloroso.
¿Doloroso? – dijo extrañada.
Sí, mira, las pelotas se nos ponen muy duras, a punto de reventar y si no obtenemos alivio es algo muy duro.
¿Y?
Pues eso, que necesito aliviarme, y como tú no quieres hacerlo, pues tendré que hacerlo yo.
¡Ah! Comprendo. Vas a…
A hacerme una paja – dije interrumpiéndola.
Vale – dijo muy colorada – Pues ahí te quedas.
¡No! – exclamé yo – Quiero que te quedes.
¿Cómo?
Quiero mirarte mientras lo hago, así será más excitante. Además así podrás mirar un poco más.
Creo que ya he visto bastante por hoy, gracias – dijo ella.
Por favor Marta – dije yo – Hoy he hecho algo increíblemente estúpido por ti y mira cómo estoy por ello. Lo único que te pido es que me dejes admirarte. Por favor…

 

Marta aún dudó unos instantes ¿pero qué podía decir? Derrotada, asintió con la cabeza y me dijo:

 

 

Vaaaale. Eres un guarro, de verdad. A ver ¿dónde me pongo? – dijo Marta con tono resignado, aunque mi instinto me decía que la situación no le desagradaba en absoluto.
Aquí, a mi lado – dije palmeando sobre el tocón – Donde pueda verte bien.

 

Ella obedeció con rapidez. Se sentó en el árbol justo a mi lado y se quedó mirando mis maniobras con los ojos muy abiertos. Yo, contentísimo, no tardé ni un segundo en desabrocharme los pantalones y bajármelos hasta los tobillos. Como no llevaba calzoncillos, mi pene apareció enhiesto, duro, totalmente pegado a mi ingle. Me tumbé boca arriba en el tocón, mis piernas colgaban por un lado, pero el resto del cuerpo cabía entero. Apoyándome en un codo, erguí el tronco quedando ligeramente de costado y con la otra mano me agarré la picha por la base, haciendo que apuntara al cielo.
Miré de reojo a Marta y vi que sus ojos estaban clavados en mi verga. No se enteraba de nada de lo que pasaba a su alrededor, absolutamente concentrada en mi pito, esa niña estaba pensada para aquello.

 

 

¿Qué te parece? – dije agitándola un poco hacia los lados.
Bien… Ya la había visto antes – contestó tratando de aparentar falta de interés.
Sí, pero no tan bien como ahora. En el coche estaba muy oscuro y antes estabas muy lejos.
Bueno, sí – concedió.
¿Te gusta? – dije excitado.
No está mal.
¡Estupendo! – exclamé – Pues ahora mira atentamente.

 

Comencé a sobármela muy despacito, deslizando la mano a lo largo de todo el tronco, desde la base hasta la punta, pajeándome de forma muy lenta. En realidad no pretendía hacerme una paja en condiciones, sino tan sólo poner cachonda a mi prima y lo cierto es que no me estaba costando nada hacerlo.
Seguí así un par de minutos, con los ojos de mi prima fijos en mi picha, que era delicadamente acariciada por mi mano. La verdad es que me resultaba infinitamente más excitante la mirada de mi prima que las caricias que yo me estaba procurando, pero era mejor así.
Por fin, me decidí a dar un pequeño pasito hacia mi objetivo.

 

 

Marta – susurré.
¿Ummmm?
Oye, podías ayudarme un poquito ¿no?
¿Qué?
Es que así no estás muy sexy – mentí – ¿Por qué no me enseñas un poco las piernas? Así será mejor…

 

Marta no lo dudó ni un segundo. Se arrodilló sobre el tocón y, agarrándose el borde de la falda, comenzó a subírsela lentamente. Yo estaba ya tan caliente que el árbol podía incendiarse en cualquier momento.
Poco a poco iban mostrándoseme los deliciosos muslos de mi primita ¡Dios, qué piernas tenía! La muy zorra no se detuvo, sino que siguió subiendo y subiendo hasta que llevó su falda muy por encima de la cintura, mostrándome sus braguitas. Mis ojos se posaron directamente en ellas, eran muy corrientes, cómodas, de color blanco, pero lo que me mató fue notar la manchita de humedad que había justo sobre la raja de Martita. Eso me hizo comprender que ya era mía.

 

 

Oye – dije.
¿Sí? – respondió ella sin apartar la mirada de mi erección.
¿Por qué no me lo haces tú?
¿Cómo?
Que me lo hagas tú, anda…
De eso nada – dijo ella despertando y soltando su falda, que para mi desesperación volvió a esconder sus piernas.
Vamos, Marta. ¿Qué más te da?
Habíamos quedado en hacerlo el domingo ¿no?
Sí – asentí – Y así lo haremos, pero ya te he dicho que necesito aliviarme, y si lo haces tú será infinitamente mejor. Vamos, por favooooor…
No.
Venga, en el coche ya me lo hiciste ¿no?
Fue diferente.
¿Y qué? Te prometo que no haré nada más, pero por favor, termina tú.

 

Marta me miró unos segundos; yo podía leer la excitación en sus ojos, sabía que no se iba a negar, y una vez más, no me equivoqué.

 

 

Eres un salido – dijo acercándose un poco más.
¡Estupendo!

 

Me pegué totalmente a ella. Marta giró el tronco para quedar mirándome y dijo:

 

 

Bueno, ¿qué tengo que hacer?

 

Aquellas simples palabras enviaron descargas de placer a todo mi cuerpo. Mi prima era genial.

 

 

Ya sabes… Agárrala.

 

Muy despacio, Marta llevó su mano hasta mi sobreexcitada verga. Cuando sus dedos la rodearon, cerré los ojos extasiado y diminutos puntos de luz iluminaron mi mente. Podía sentir cómo su mano ceñía mi polla, era demasiado.

 

 

¿Y ahora?
Muévela arriba y abajo, muy despacio.

 

Marta, muy obediente, comenzó a seguir mis instrucciones. Su manita empezó a deslizarse sobre mi tronco deliciosamente. Yo abrí los ojos y contemplé su rostro, completamente enfrascado en su tarea. Poco a poco fue cogiéndole el tranquillo al asunto, así que el ritmo de la paja fue subiendo.

 

 

¿Lo hago bien? – me decía.
Sí, sí – jadeaba yo – Espléndidamente.

 

Así que Marta volvía a concentrarse en mi polla. Yo la miraba extasiado, era muy hermosa, muy sensual y a la vez muy inocente. Estaba allí sentada a mi lado con los ojos brillantes de excitación, con la boca entreabierta, jadeando levemente por el esfuerzo, con los pezones duros, marcados en su jersey. Si hay un paraíso, debe parecerse mucho a esto.

 

 

¿Te gusta? – insistía ella.
¡Joder! – resoplaba yo.

 

El ritmo se hacía cada vez más intenso, más febril, ella todavía no entendía de subir y bajar la velocidad, de apretar o soltar, sólo sabía que estaba cada vez más caliente y transmitía aquella sensación a mi polla, pajeándola cada vez más deprisa.

 

 

Tranquila – jadeé.
¿No lo hago bien? – dijo preocupada.
No, no, es magnífico, pero ve un poco más despacio.
Vaaaale – respondió serenándose un poco.
Además, usa también la otra mano, puedes acariciarme un poco.

 

Ella me hizo caso. Llevó su otra mano hacia mi estómago, deslizándola allí unos segundos, pero enseguida la apartó de allí y la llevó hasta mis huevos, que empezó a acariciar y sopesar.

 

 

Es verdad que se te ponen duros – dijo.
Sí, sí – gemía yo.

 

Mi prima continuó haciéndome una manita de escándalo. Su falta de experiencia se compensaba con inocencia y entusiasmo. Pero en ese instante hizo algo que nunca olvidaré. Muy lentamente, acercó su rostro a mi entrepierna.

 

 

¿Qué haces? – dije.
Voy a intentarlo – se limitó a contestar.

 

Entonces agarró mi polla por la base, manteniéndola erguida y pude ver cómo su lengua asomaba entre sus labios. Muy despacito, acercó su boca a mi polla, mientras yo, alucinado, aguantaba la respiración. Entonces sentí cómo la punta de su lengua rozaba mi verga y aquello fue como si mil señales de placer atacaran simultáneamente mi cerebro. Hasta me mareé un poco. ¡Qué morbo!
Deslizó su lengua a lo largo de todo el tronco y al llegar al glande, separó más los labios, engulléndolo por completo. Pero por desgracia, aún era demasiado pronto para ella, pues entonces separó su cara de mi polla, interrumpiendo la que iba a ser su primera mamada.

 

 

Lo siento – dijo – No puedo.
No te preocupes – dije yo – Ya te he dicho que no pasa nada.

 

Marta me sonrió dulcemente y se arrimó de nuevo a mí, volviendo a empuñar mi polla y reanudando la paja con nuevos bríos. Por desgracia aquel pequeño episodio con la lengua me había llevado a niveles extremos de excitación, por lo que mi orgasmo se aproximaba imparable, aunque a mí me hubiera gustado que aquello durara eternamente. Aquel simple lametón de mi primita, me había gustado más que todas las mamadas anteriores.

 

 

Marta, Marta, me corro – jadeé.

 

Ella se incorporó sobre el tocón, poniéndose de rodillas y siguió masturbándome deliciosamente. Noté perfectamente cómo la leche surgía de mis huevos, subía por el interior de mi polla y salía disparado al exterior.
Marta contemplaba mi orgasmo con profundo interés y con las mejillas completamente arreboladas. Aunque nadie se lo había explicado, Marta apuntó mi polla en dirección opuesta adonde estaba ella, con lo que los lechazos cayeron en el suelo y sobre el tronco.
Yo farfullaba como un poseso, había sido genial, no podía sino pensar en que ojalá fuera ya domingo. Por fin, mi corrida terminó, y me dejé caer boca arriba sobre el tocón, respirando agitado.
Marta soltó mi menguante polla y se miró la mano, manchada por los restos de mi corrida. Separó los dedos y espesos hilos de semen quedaron entre ellos, mientras ella los contemplaba ensimismada.

 

 

Marta – resoplé.

 

Ella me miró.

 

 

Gracias – le dije.

 

Marta se inclinó sobre mí y me dio un rápido beso en los labios.

 

 

De nada – contestó.

 

Y se levantó y se marchó corriendo del claro en dirección a la casa, dejándome allí, tumbado sobre el tocón, con los pantalones enrollados en los tobillos y mirando al cielo. No paraba de pensar en que si hubiera querido, podría habérmela tirado esa misma tarde, pero decidí que había actuado bien, que era mejor así.

 

 

Bueno – dije en voz alta – Y de aquí al domingo ¿qué hago?
 

 

Continuará.
TALIBOS
 
 
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