no son dos sino tres2LA FIESTA:
El día siguiente amaneció radiante. El sol brillaba con fuerza en un cielo sin nubes, parecía como si la lluvia del día anterior hubiese sido un sueño, aunque el delicioso olor a tierra húmeda que penetraba por la ventana demostraba que no era así.
La mañana transcurrió sin incidentes. Todo el mundo estaba muy ajetreado con los preparativos de la fiesta, pues además de todo lo que quedaba por hacer, la lluvia había estropeado algunos adornos que habían puesto el día antes. Afortunadamente, no eran demasiados, pero la gente trabajaba sin descanso.
Yo me pasé la mañana ayudando en lo que podía, llevando platos, manteles, colgando guirnaldas… En un par de ocasiones me crucé con Marta, yo le guiñaba un ojo y ella me dedicaba una sonrisilla pícara, pero no pasó nada más.
Estuve ayudando a Antonio con las sillas, y aproveché para regalarle una de las navajas que había comprado:

 

¡Caray, gracias! – dijo admirándola.
No es nada, mira yo tengo otra igual – le dije enseñándole la mía.
¿Y esto a qué se debe?
Bueno, no lo interpretes como un soborno, porque no lo es, pero ayer me ayudaste y esto es sólo una pequeña muestra de agradecimiento.
No tenías por qué, ya te dije que yo también he echado mis vistazos por esa ventana.
Lo sé, pero quería agradecértelo de alguna forma. Y como dijiste que los hombres debemos ayudarnos, pensé que te podría venir bien para tu trabajo. Somos amigos ¿no?
¡Pues claro! – dijo palmeándome la espalda.

 

 

Estuve toda la mañana trabajando y parte de la tarde. La verdad es que estaba un poco harto y quería escaparme, así que cuando vi a Nicolás preparando el coche me acerqué y le pregunté que adonde iba:

 

Tengo que ir al pueblo a recoger unas cosas y después a la estación a recoger a Mrs. Dickinson, que regresa de casa de su tía.
¡Ah! ¡Pues me voy contigo!

 

 

Corrí dentro de la casa a pedir permiso a mi padre y regresé con Nicolás, que me esperaba sentado al volante. Había quitado la capota del coche, pues la tarde era muy agradable.

 

¡Vamos! – exclamé mientras subía.
Haces lo que sea con tal de escaquearte ¿eh? – dijo riendo.
Vamos, Nico, ¡antes de que me pillen! – reí yo también.

 

 

El trayecto fue muy agradable. Nicolás no solía ser muy conversador, pero conmigo se llevaba bien. Hablamos de muchas cosas y yo trataba de averiguar si había notado algo la tarde anterior.

 

Bonito viaje el de ayer – dije.
Sí, ¿verdad?
Me lo pasé estupendamente.
¡Ya lo supongo! – exclamó en un tono que hizo que enrojeciera, así que cambié de tema.
Ese Ramón es un imbécil.
Yo no me meto en esas cosas.
Vamos Nico, no me digas que no lo has notado.

 

 

Me miró durante un segundo.

 

Un imbécil integral – dijo, y yo estallé en carcajadas.
¿Te dio mucho la tabarra en el viaje de vuelta? – le pregunté.
¡Bah!, no mucho. No parecía tener muchas ganas de conversar; me limité a ignorarle y al poco se durmió.
Ya veo.

 

 

Nico volvió a mirarme y dijo:

 

Así que me limité a conducir en silencio.
¿A qué viene eso? – pensé.
¡Tu prima es muy escandalosa! – dijo mientras reía con ganas.

 

 

Yo me puse coloradísimo, quería que se abriera la tierra y me tragara.

 

Vamos, vamos, no te enfades. Si no pasa nada.
……..
Desde luego, has salido a tu abuelo.
Sí – dije yo con cierto orgullo.

 

 

Nicolás me revolvió el pelo y siguió conduciendo. La conversación derivó (para mi alivio) hacia otros temas. Por fin, llegamos al pueblo. Aparcamos junto a la estación (en realidad era un apeadero) y fuimos andando a un par de tiendas. Nos entretuvimos bastante y Nicolás parecía un poco nervioso.

 

¿Qué te pasa?
Que estamos tardando mucho y el tren de Mrs. Dickinson debe estar al llegar.
Oye, si quieres quédate tú aquí y yo voy a buscarla.
No sé – dijo dubitativo – si te pasa algo me matan.
Oye, que ya no soy un crío.

 

 

Él me miró divertido.

 

No hace falta que lo jures.
………
Bueno, vale. Mira, vuelve al coche y espérala allí, quedé con Mrs. Dickinson en que ella vendría.
Vale.

 

 

Salí de la tienda y me dirigí al coche. Esperé allí unos minutos, pero me aburría, así que decidí ir a estirar las piernas. Fui al apeadero, no sé muy bien por qué. El guarda estaba fuera de su casilla con un farol en la mano, así que el tren debía estar a punto de llegar.
En un banco situado al fondo, en el rincón más oscuro, había una pareja haciéndose arrumacos. Esto era algo desacostumbrado en la época, que la gente hiciera algunas cosas en público, pero como allí no había nadie más, supongo que se habían relajado un tanto.
Yo les miraba de vez en cuando, sin mucho interés y vi cómo en una ocasión se besaban.

 

¡Bien por ellos! – pensé.

 

 

Decidí no molestarles, así que me alejé hasta el otro extremo del apeadero para esperar el tren. Por fin, se oyó el familiar sonido de la locomotora y una columna de humo apareció a lo lejos. El guarda movía su lámpara de un lado a otro y poco después el tren paraba junto a él.
La pareja se levantó en ese momento y se acercaron al tren. Se dieron un apasionado beso de despedida y el hombre subió a un vagón. Fue entonces cuando me di cuenta de que la mujer no era otra sino Mrs. Dickinson.
El tren arrancó después de que bajaran un par de personas cargadas con maletas. Yo me quedé allí en medio, boquiabierto. Dicky se despidió con la mano del tren que salía y entonces me vio. Puso una cara de sorpresa indescriptible. Rápidamente vino hacia mí y me zarandeó de un brazo.

 

¿Se puede saber qué haces tú aquí?
Yo… he venido con Nicolás para recogerla – balbuceé.
¿Y qué has visto?

 

 

Entonces me di cuenta de que la tenía en mis manos. ¡Una dama inglesa morreándose por ahí con un tío!

 

He visto que no venía en el tren – dije con aplomo – y que se estaba besando con ese hombre.

 

 

El alma se le cayó a los pies. El espanto se reflejó en su cara, seguro que pensó que iban a despedirla.

 

Señorita Dickinson.
…….
No se preocupe, yo no le voy a decir nada a nadie, se lo prometo.

 

 

Ella me miró fijamente.

 

¿Cómo?
Que no se lo contaré a nadie. Confíe en mí.
¿De veras?
Sí, de verdad. Mire, yo no sé lo que estaba usted haciendo ni por qué, pero creo que sea lo que sea no es asunto mío. Usted siempre ha sido buena conmigo y no quiero que eso cambie.

 

 

Me miró dulcemente.

 

¿Me prometes que no se lo dirás a nadie?
Se lo prometo.
Sabes que si cuentas algo podrían despedirme.
Sí lo sé, pero no se preocupe.
Gracias – me dijo besándome en la mejilla.
Volvamos al coche. ¡Espere! Yo llevo su maleta.

 

 

Regresamos y yo metí su maleta (que pesaba poco pues era sólo para dos días) en el maletero. Ella se sentó delante y yo detrás.
Aunque yo no le pedí explicaciones, comenzó a largarme una historia, de que si se trataba de su prometido, que era un hombre muy bueno pero sin dinero, que antes de casarse quería hacer fortuna, que se habían visto en el pueblo de su tía y él la había acompañado de regreso en un tren por la mañana… Una sarta de mentiras vaya. Yo, con una mente mucho más adulta de lo que Mrs. Dickinson sospechaba, deduje la verdad. Aquel tipo era su amante y en cuanto Dicky supo que iba a tener dos días libres, lo avisó y el tipo vino perdiendo el culo, alquilaron alguna habitación por allí cerca y se dedicaron a follar como conejos.

 

¡Vaya con Dickie! – pensé mientras ella hablaba – Supongo que es normal, todos tenemos nuestras necesidades.

 

 

Poco después regresó Nicolás cargado de paquetes. Le ayudé a ponerlos en el maletero y nos subimos en el coche. Saludó a Mrs. Dickinson educadamente y arrancó.

El viaje de regreso también fue muy rápido. Como quiera que Nicolás no era muy buen conversador, Dickie charlaba conmigo. Hablamos de la fiesta y de los preparativos.
Tras llegar, Nicolás y yo nos encargamos de los paquetes mientras Mrs. Dickinson saludaba a todo el mundo.
Poco después me avisaban para cenar. Fui a la cocina y allí estaban Marina y Marta sentadas a la mesa.

 

Siéntate aquí – dijo Marta dando palmaditas en la silla que había a su lado.

 

 

Yo obedecí sin rechistar, me senté y vi que Marina me miraba con disimulo.
Luisa me puso el plato por delante y se marchó, dejándonos solos y yo empecé a comer. Marta charlaba con Marina alegremente, sobre los vestidos y la fiesta. Como la cosa no iba conmigo, seguí comiendo, aunque mientras, mi mente se dedicaba a pensar en cómo aprovecharme del secreto de Dickie.
Estaba completamente abstraído cuando, de repente, noté una mano sobre mi muslo. No pude evitar dar un respingo. Era Marta, sin que me diera cuenta, había deslizado su brazo bajo la mesa, y ahora se dedicaba a acariciar mi pierna cada vez más arriba.
Mientras me metía mano, seguía charlando animadamente con Marina, sin mirarme siquiera. Marina, en cambio, sí que me miraba. Yo me había puesto bastante rojo, y estoy seguro de que ella sabía lo que estaba pasando, pero no dijo nada.
La mano de Marta alcanzó mi paquete y empezó a apretarlo con fuerza. Ni que decir tiene que mi polla se puso enseguida como un leño y mi prima me la agarró con firmeza, pajeándome suavemente por encima del pantalón. De pronto, me apretó con fuerza.

 

¡Ay! – exclamé yo pegando un bote.
¿Te pasa algo primito? – dijo con una voz de zorra que yo nunca le había oído antes y sin parar de sobarme.
No, nada, me ha dado un calambre.
Eso es porque estás muy tenso. Relájate hombre.
Será puta – pensé.

 

 

Miré a mi hermana y vi que estaba roja como un tomate. Marta también lo había notado, pero no parecía importarle. Decidí provocarlas un poco, así que dejé de comer. Puse mis manos sobre la mesa y retiré mi silla unos centímetros, permitiendo a Marta obtener un mejor acceso.
Marta se quedó momentáneamente sorprendida y dejó de acariciarme. Me miró y yo le sonreí. Ella también me sonrió y reanudó su masaje, sólo que ahora se notaba perfectamente lo que estaba haciendo. Marta me miraba a mí y yo miraba fijamente a Marina, completamente roja y con los ojos clavados en su plato.
Seguimos así unos minutos, pero entonces regresó Luisa.

 

¿Habéis acabado?
Yo sí, Luisa – dijo Marta alegremente y se levantó, dejándome completamente excitado.

 

 

 
Yo la miraba suplicante, pero ella me sonrió divertida y se marchó, dejándome con una empalmada de narices.
Marina y yo seguimos comiendo. Yo estaba excitadísimo y la miraba descaradamente mientras comía. Pude ver que sus pezones se marcaban duros sobre su jersey, aunque ella hacía lo posible por ocultarlo echándose hacia delante.

 

Ya he acabado, Luisa – dije poniéndome en pié.

 

 

Lentamente rodeé la mesa, caminando con la espalda muy recta para que Marina pudiera ver bien mi paquete. Llegué junto a ella, que miraba fijamente su plato, evitando mirarme. Me puse a su lado y le di un tierno beso en la mejilla.

 

Hasta luego hermanita – dije y me marché.

 

 

Busqué como loco a Marta. No me costó mucho encontrarla pues estaba en la calle, junto a la puerta principal.

 

¡Serás zorra!
Te ha gustado, ¿eh? – dijo sonriéndome con picardía.
¿Tú que crees? – dije señalándome el paquete.
Ya veo que sí.
Joder, Marta. Cómo has cambiado en dos días.
Para mejor ¿verdad?
Desde luego.
Eres un sol – dijo y tras echar una mirada alrededor para asegurarse de que no había nadie, me besó.

 

 

Yo inmediatamente llevé mis manos a sus pechos.

 

¡Quieto!, que nos pueden ver.
Que nos vean – dije yo, pues mi cabeza no razonaba demasiado.
Sí hombre, nos ve mi madre o la tuya y nos matan.

 

 

El simple hecho de recordar a mi madre enfadada bastó para calmarme.

 

Bueno, pero esta noche iré a tu cuarto – dije.
De eso nada.
Ya lo veremos. Esta noche te follo.

 

 

Ella rió divertida.

 

Eres un guarro.
Sí, y tú más. Pero esta noche vas a saber lo que es bueno – dije.
Lo siento, pero no va a poder ser.
¿Cómo?
Verás – dijo un poco cohibida – esta noche no puede ser…
¿Por qué?
Cosas de chicas.

 

 

Entonces recordé lo que me había contado el abuelo sobre las mujeres.

 

Estás con la regla – dije.
¡Niño! ¡Qué sabes tú de eso!
Lo bastante como para saber que no vamos a poder follar ¡mierda! – dije en tono apesadumbrado.
Bueno, ten paciencia, sólo serán un par de días. De todas formas, puedes venir a mi cuarto y hacemos “cositas”.
Ya veremos.

 

 

La verdad es que no me entusiasmaba mucho la idea, nunca había visto la regla de una mujer, pero el saber que sangraban me cortaba un poco el rollo.

 

¿Qué te parece Marina? – preguntó de sopetón.
Eso iba a decirte ¿cómo se te ocurre hacerlo delante de ella?
Sí, ya, que tú te has cortado mucho.
No es por eso, es que se ha dado cuenta.
No te preocupes. La verdad es que le pasa como a mí, siente deseos, pero no quiere reconocerlo.
¿Vosotras habláis de eso?
Claro.
¿Le has contado lo de ayer?
No, pero no importa. Mientras lo hacíamos ella simulaba estar dormida, pero en realidad estaba espiándonos.
¿En serio? – fingí.
Sí. Y no sólo eso, me di cuenta de que se estaba tocando bajo la manta.
¡No me jodas!
Es verdad, te lo juro.
¡Vaya con Marina!

 

 

Seguimos charlando un rato, hasta que vino mi tía Laura a decirnos que era hora de acostarse, que el día siguiente iba a ser muy largo. Al entrar, vi a Marina al pié de las escaleras, nos dirigió una mirada y subió sin hablarnos.
Fui a mi cuarto, me desnudé y me puse el pijama. Me metí en la cama y esperé un rato. Mi madre pasó a desearme buenas noches y me dio un beso. Permanecí despierto un buen rato, hasta que poco a poco el silencio fue apoderándose de todo.
No podía dormir, era lógico pues estaba muy excitado. Decidí hacerme una paja para aliviarme un poco, pero pronto me di cuenta de que no era tan bueno como con Marta.

 

¡Qué le vamos a hacer! – pensé – iré a su cuarto.

 

 

Silenciosamente salí de mi cuarto y caminé por el pasillo de puntillas. En un lado del mismo estaban los cuartos de mis padres, de mi tía Laura, dos cuartos vacíos y un baño. En el otro estaba primero el mío, después uno vacío, el de Andrea, el de Marina y otro vacío más. El último era el de Marta.
Hacia allí me dirigí sigilosamente, pero al pasar frente al de mi hermana escuché un leve gemido. Me quedé parado, con el oído atento y poco después volví a escuchar un suspiro. Lentamente, me asomé por el ojo de su cerradura. Estaba bastante oscuro, por lo que no veía bien, sólo distinguía que Marina se agitaba sobre las sábanas.
Me quedé mirando, pero no se veía con claridad. De vez en cuando distinguía una pierna que surgía de entre las sábanas y se encogía voluptuosamente, mientras se oían gemidos de placer. Mi hermanita se estaba haciendo una paja. Me saqué la polla del pijama, dispuesto a hacer lo mismo, pero no resultaba divertido, no veía bien. Entonces se me ocurrió. Volví a guardármela en el pijama y me puse en pié. Abrí la puerta con cuidado y asomé la cabeza. El movimiento en la cama cesó de golpe.

 

Marina – susurré – ¿estás despierta?

 

 

No hubo respuesta. Entré al cuarto y cerré la puerta tras de mí. Me acerqué despacio a la cama. No veía bien, así que abrí las cortinas para que entrara un poco de claridad.
Allí estaba Marina. Yacía destapada, con las sábanas hechas un lío a un lado. Vestía un camisón largo, pero estaba arremangado hasta medio muslo. El cuello del camisón era de botones, aunque estaban todos desabrochados, dejando entrever el comienzo de sus senos. Llevaba el pelo suelto, extendiéndose lujurioso sobre la almohada, enmarcando su delicado rostro. En su frente brillaban tenues gotitas de sudor y su respiración era agitada.

 

Marina – volví a susurrar, esta vez junto a su oído.

 

 

 

Sus ojos seguían cerrados. Ella continuaba fingiendo estar dormida. Se iba a enterar.

Con cuidado me senté en el colchón junto a ella. Recorrí su cuerpo con mis ojos, ¡Dios qué hermosa estaba!. Apoyé mi mano en su rodilla, y lentamente la deslicé por todo su cuerpo. La pasé por su muslo y la llevé a su coño, todavía tapado por el camisón, donde apreté levemente. Marina dio un pequeño respingo, pero siguió “dormida”. Llevé mi mano sobre su vientre, su estómago y llegué a sus pechos, que amasé por encima de la ropa.
Ella seguía como si nada, así que decidí continuar. Abrí el escote de su camisón y ante mí aparecieron sus pechos. Eran un poco menores que los de Marta, pero a mí me parecieron divinos. Estaban duros como rocas y sus pezones, tiesos, apuntaban al techo con descaro. Me incliné sobre ellos y los besé. Recorrí con mi lengua sus tetas, sin dejar un centímetro libre. Me detuve en sus areolas, que lamí con delicadeza. Chupé sus pezones, como si fuese un niño pequeño tratando de mamar.

 

Uuuuummm – gimió.

 

 

Levanté la cabeza, pero sus ojos seguían cerrados. Estaba decidida a no reconocer lo que estaba pasando, así que yo me dediqué a disfrutar.
Volví a hundir la cara en sus senos, que seguí chupando con fruición. Llevé mi mano hasta el borde del camisón y la metí por debajo, acariciando sus muslos, subiendo hasta su coño. Estaba empapada.
Abandoné mi posición y me coloqué de rodillas a los pies de la cama. Volví a recorrerla con la mirada. Estaba increíble. Tenía el camisón subido hasta la cintura de forma que sus piernas se mostraban en todo su esplendor. Sus pechos asomaban por el escote, brillantes por el sudor y por mi propia saliva. Su cabeza reposaba sobre la almohada, con la frente perlada de sudor. Sus ojos se mantenían cerrados, pero su boca estaba entreabierta, jadeando levemente. La polla me latió en el pantalón.
Separé sus piernas y su coño se ofreció a mí, tentador. No me lo pensé dos veces y hundí mi cara en él. Comencé a recorrer su chocho con la lengua mientras introducía un dedo en su interior. Las paredes de su vagina aprisionaron mi dedo, ¡era tan estrecho! ¡cómo sería meter la polla allí!. Seguí metiendo y sacando el dedo mientras con los labios estimulaba su clítoris.
Marina arqueaba la espalda, levantando un poco el culo del colchón, permitiéndome así ir más adentro. Yo no entendía cómo podía seguir fingiendo que dormía, pero lo cierto es que me daba igual, sólo quería comerme aquel glorioso coño.

 

Aaahhhh – exclamó.

 

 

Se corrió con fuerza. Mi boca se inundó de líquidos, que bebí con placer, aunque la mayor parte escurrían por mi barbilla y empapaban las sábanas. Seguí chupando durante unos segundos, hasta que su cuerpo se relajó.

 

Bueno, ahora me toca a mí – dije en voz alta.

 

 

Abrí sus piernas y me coloqué en medio. De un tirón me bajé el pijama y mi picha brincó orgullosa. Estaba a punto de intentar clavársela cuando me fijé en que volvía la cara hacia un lado con expresión pesarosa, como si no quisiera verlo. Me di cuenta de que aún no estaba preparada para ese paso, así que desistí.
Pero yo no podía quedarme así, por lo que me levanté volví a sentarme a su lado.

 

Como quieras – susurré – pero no vas a dejarme así.

 

 

Comencé a masturbarme con una mano, y con la otra me apoderé de sus tetas. Estuve así un rato y entonces se me ocurrió una cosa. Cogí su mano y la coloqué sobre mi miembro, de forma que lo empuñase. Puse mi mano sobre la suya y reanudé la paja sin dejar de sobarle los pechos.
Fue un cascote genial, era como si me lo hiciera ella. Cerré los ojos y me dediqué a disfrutar. Poco a poco fui incrementando el ritmo. No estoy seguro, pero en un par de ocasiones me pareció notar cómo sus dedos apretaban levemente mi excitado pene.
La corrida fue bestial, chorros de leche surgían de entre sus dedos y manchaban la cama. Me incorporé un poco y apunté hacia su blanco vientre, dejándolo todo pringado. Tras terminar, la cogí por la muñeca y extendí todo el semen por su barriga usando su propia mano.

 

Disimula esto si puedes – pensé.

 

 

Una vez aliviado, me puse en pié, colocándome bien el pijama. Le eché un último vistazo, la visión era excitante, estaba allí, desnuda, con el camisón hecho un guiñapo, sudorosa, jadeante, con el vientre lleno de mi semen. Casi me empalmo de nuevo.
– Que duermas bien hermanita – le dije y la besé tiernamente en los labios.
Salí con cuidado de la habitación. Pensé en ir a la de Marta, pero ya estaba satisfecho por ese día, así que me fui a mi cuarto.

 

Mañana será un día muy largo – pensé.

 

 

Poco rato después, me dormí.
Había llegado el día de la fiesta. Cansado por mis correrías nocturnas, esa mañana me levanté tarde. Todo el mundo andaba muy ajetreado, por lo que nadie pareció darse cuenta. Bajé a desayunar y después tomé un baño, esta vez sin incidentes. Volví a subir y me puse el traje de fiesta, camisa, pantalón por encima de la rodilla, corbata y chaqueta.
Me dediqué a pasear por la casa, tratando de encontrarme con Marta o con Marina, pero las chicas estaban todas en la habitación de mis padres, junto con mi madre y tía Laura. Supongo que estarían arreglándose.
A media mañana, comenzaron a llegar los invitados, y mi abuelo, como buen anfitrión, los recibió uno a uno en la entrada, conduciéndolos hasta el prado delantero, donde se celebraba la fiesta. Vi que trataba muy amablemente a todo el mundo, pero su trato era especialmente exquisito con las señoras (y señoritas) de buen ver. Me pregunté que a cuantas de aquellas mujeres habría catado ya el abuelo.
Yo me pegué a él como una lapa e iba saludando a los invitados con educación. A la fiesta acudieron todos nuestros vecinos, los Sánchez, los Salvatierra, los Pérez y por supuesto los Benítez, incluyendo al imbécil de Ramón y a su preciosa hermana Blanca.
En total debía de haber unos 100 invitados y entre ellos, había un buen puñado de chicos y chicas de 14 o 15 años.
La gente se distribuyó por el prado, charlando alegremente y bebiendo lo que los criados contratados les servían.
Poco después, apareció la homenajeada. Mi tía Laura estaba preciosa, con un vestido floreado con los hombros descubiertos. Mi madre, mi hermana y mis primas la escoltaban y todas estaban tan hermosas como ella. Las chicas llevaban los vestidos adquiridos en la ciudad y la verdad es que todas acertaron plenamente en su compra. Estaban absolutamente divinas. Los ojos de todos los hombres que allí había convergieron en un mismo lugar. De todas ellas, la única que se veía un tanto incómoda por tanta atención era Marina. Mi abuelo y yo nos acercamos a las damas y les dijimos lo absolutamente radiantes que estaban todas.
Poco a poco, la fiesta se puso en marcha, alguien encendió el gramófono de mi abuelo y la música comenzó a sonar. La gente bailaba, bebía y reía, todo el mundo parecía pasarlo bien.
Mis padres y mi abuelo actuaban como anfitriones, moviéndose entre los invitados, asegurándose de que estuvieran bien atendidos; mi tía, al ser la homenajeada, estaba sentada frente a una mesa, aguantando estoicamente las felicitaciones de todo el mundo. Mi hermana no se separaba de ella, supongo que para no tener que ir con Marta.
Porque Marta andaba por allí coqueteando con todos los jóvenes; a su alrededor se había formado un corro de hombres de entre 17 y 20 años que se dedicaban a satisfacer todos sus caprichos. Parecía Escarlata O´Hara.
Ese era el papel que en otras ocasiones había realizado Andrea, pero ya no parecía tan interesada en flirtear con todos los chicos. Por desgracia, había hecho las paces con Ramón y andaba por allí prendida de su brazo riendo de nuevo sus estupideces.
En algunas ocasiones mis ojos se encontraban con los de Marina, que apartaba rápidamente la mirada. Sin embargo, no me dijo absolutamente nada acerca de los incidentes de la noche anterior. Parecía haber decidido seguir ignorándolo, como si nada hubiera ocurrido.
Yo allí no pintaba nada, así que me uní a un grupo de niños y niñas de 13 o 14 años de edad que jugaban por ahí. Sin duda, yo era el más maduro de todos, pero todavía tenía 12 años, por lo que una buena partida de pilla-pilla o de pídola me divertía tanto como antes. Así que me libré de la chaqueta y la corbata y me puse a jugar.
De todas formas, procuré obtener un poco de diversión extra. En el grupo había dos chicas bastante atractivas y yo procuraba “jugar” con ellas.
Cuando se agachaban para jugar a pídola, yo pasaba descuidadamente por detrás y palpaba con mi mano sus juveniles traseros. O al jugar a pillarnos procuraba agarrarlas de ciertas protuberancias que se marcaban claramente en sus vestidos.
En todas las ocasiones, me miraban con enojo, con los rostros muy rojos, e incluso me llamaron “guarro” en más de una ocasión, sin embargo, ninguna de ellas se marchó y yo notaba que siempre procuraban andar alrededor mío.
Con estos jueguecitos, el tiempo transcurrió deprisa. Llegó la hora de comer y todos nos sentamos alrededor de las mesas allí dispuestas. Hubo mucha comida y bebida, e incluso algunos, bastante borrachos, se animaron a cantar. Fue todo muy divertido y la mañana se pasó volando.
Por la tarde, se preparó café para los mayores y chocolate para los niños. Se extendieron mantas en el prado y la gente se sentó a descansar, tomándose el café acompañado de pasteles.
Antes de cortar la tarta, llegó la hora de los regalos. Hubo muchos y de todo tipo. Mi tía volvía a estar sentada ante una mesa, recibiendo los regalos de todo el mundo y volviendo a soportar las felicitaciones. Mi abuelo fue el primero en darle su regalo; se trataba de un maravilloso collar de perlas auténticas, que dejó boquiabierto a todo el mundo. Mi abuelo se colocó tras tía Laura y le puso el collar. Al hacerlo, acercó su boca al oído de mi tía, sin que nadie más que yo, que estaba cerca, alcanzara a oírlo:

 

Tu otro regalo te lo daré luego – le dijo y mi tía enrojeció violentamente.

 

 

Yo procuré darle mi regalo de los primeros, pues quería escaparme un poco de aquel follón. He de decir que el camafeo le encantó a mi tía, que me dio un fuerte abrazo y me estampó un sonoro beso en la mejilla.
Finalmente, mi tía sopló las velas de la gran tarta, que se repartió entre todo el mundo. La gente estaba ya bastante hecha polvo, todo el mundo estaba sentado por donde le parecía y las charlas y las risas habían bajado de volumen.
Yo, un poco harto tanto jolgorio, me interné entre los árboles, para comerme la tarta con tranquilidad. Me alejé bastante, hasta que dejaron de oírse los ruidos de la fiesta. Por fin, llegué a mi destino, un viejo tocón de eucalipto que había sido cortado muchos años atrás, para que no estorbara a los naranjos.
Me senté en él a comerme la tarta y fue cuando me di cuenta de que me habían seguido. Era Noelia, una de las chicas de los jueguecitos de por la mañana. Era bastante bonita, pelirroja y con la nariz salpicada de graciosas pecas.

 

Hola – le dije – ¿me buscabas?
No – mintió – sólo paseaba.
Ya veo ¿quieres tarta?
Bueno.

 

 

Se sentó junto a mí en el tocón. En su rostro se apreciaba que estaba un tanto cortada. Yo partí un poco de tarta con el tenedor y se la ofrecí. Ella abrió la boca, pero yo retiré el tenedor.

 

Si quieres tarta tendrás que darme algo a cambio.
¿El qué?
Dame un beso – le dije.

 

 

Se puso muy colorada y me dijo:

 

No quiero.
Vale, pues no hay tarta – y me metí el trozo en la boca.

 

 

Se quedó pensativa unos instantes, mientras yo fingía concentrarme en la tarta.

 

Bueno, vale – me dijo – pero sólo uno.

 

 

Dejé la tarta a un lado y acerqué mi rostro al suyo. Tenía los ojos cerrados y los morritos fruncidos, esperando el beso. Yo pegué mis labios a los suyos, se veía que era su primer beso, pues era muy torpe, pero yo quería más. Lentamente, introduje mi lengua en su boca, pero ella se separó de mí, sorprendida.

 

¿Qué haces?
Besarte.
No, digo con la lengua.
Tonta, así es como se besan los mayores, es mucho mejor así.
Mentira.
Vale pues no me creas, a mí me da igual. Total, sólo eres una cría.
¡Pero si tú eres menor que yo!
Sí, pero soy más despierto – dije cogiendo el plato de nuevo.

 

 

Se quedó callada unos instantes, después dijo:

 

Bueno, ya te he besado, dame tarta – insistió, como si en realidad fuera tarta lo que quería.
No quiero, eso no ha sido un beso ni nada.
Eres un mentiroso.
Y tú una cría, no sabes ni besar.

 

 

Aquello dio en blanco. Se veía que la nena andaba un poco caliente, pero su estricta educación le impedía reconocerlo. El dilema moral se reflejaba en su rostro, por fin, el deseo prevaleció.

 

Bueno, pues enséñame.
Olé – pensé.

 

 

Volví a soltar el plato, me sacudí las manos y las coloqué con delicadeza en sus hombros. Ella volvía a tener los ojos cerrados. Un tenue rubor teñía sus mejillas, lo que era muy excitante. Poco a poco, mi pene se endureció en el pantalón.
La besé y ella me respondió. Metí la lengua en su boca y esta vez no se asustó. Enrosqué mi lengua con la suya y ella hizo lo mismo.

 

¡Vaya! – pensé – aprende rápido.

 

 

Seguimos morreándonos y me decidí a dar el siguiente paso. Bajé mis manos de sus hombros, acariciando sus brazos, su cintura. Volví a subirlos, esta vez por sus costados. Un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo, pero no se apartó. Entonces llegué hasta su pecho y comencé a desabrochar los botones de su vestido.

 

No – gimió – no lo hagas.

 

 

Puso sus manos sobre mi pecho y me empujó débilmente. Yo seguí abriendo botones mientras volvía a besarla. Ella respondió al beso, desde luego no quería que yo parase.
Introduje una mano por el escote abierto y acaricié sus pechos juveniles, plenos. El broche del sujetador estaba delante, por lo que no me costó nada abrirlo.

 

No, por favor – dijo.

 

 

Me cogió por la muñeca y trató de sacar mi mano de su pecho. Yo la dejé hacerlo, pero cuando estuvo fuera, me solté y fui yo quien la agarró por la muñeca. Con firmeza, llevé su mano hacia abajo, hacia mi entrepierna. Ella oponía un poco de resistencia, pero seguía besándome.
Por fin, su mano quedó apoyada sobre mi paquete y puedo jurar que en ese momento me apretó la polla por encima del pantalón. Por desgracia, en ese instante pareció despertar, se despegó de mí bruscamente y se levantó de un salto.

 

¡Eres un cerdo! – me gritó.

 

 

La verdad es que el hecho de verla enfadada, con el rostro rojo y con las tetas por fuera del vestido me resultó de lo más erótico.

 

Pero Noelia…

 

 

Sin decir más, se dio la vuelta y se marchó corriendo.

 

¡Mierda! – exclamé.

 

 

Pensé en seguirla, pero ya estaba lejos. Además ¿qué podía hacer yo? Si no quería, qué le íbamos a hacer. Enfadado, lancé el plato de tarta contra un árbol, lo que me tranquilizó bastante.

 

Otra vez será – pensé.

 

 

Me había quedado bastante excitado y estaba pensado en cómo aliviarme cuando una voz femenina surgió a mi espalda.

 

Vaya, vaya con el señoguito…

 

 

Me volví rápidamente y me encontré con Brigitte, la doncella francesa de mi tía Laura.

 

¡Me has estado espiando! – exclamé.
¿Yo? No es vegdad. Sólo paseaba y te he visto con tu amiguita.
Sí seguro,
En seguio. No sabía que ya andaguas detrás de las chicas – dijo, echando una mirada apreciativa al bulto de mi pantalón – veo que vas muy adelantado para tu edad.
Pues ya ves – dije y le devolví la mirada.

 

 

Estaba muy guapa con el uniforme de doncella. Brigitte era la criada particular de mi tía Laura. Cuando ésta regresó de Francia la trajo con ella. Como era tan guapa, estoy seguro de que mi abuelo no puso ninguna pega a la hora de contratarla. Mi madre siempre se quejaba de ella, diciendo que no era buena en su trabajo, pero a quién le importaba con lo buena que estaba.
Era rubia, con los ojos de un extraño color azul verdoso. Su rostro era de líneas suaves, muy atractivo y poseía una exquisita expresión infantil que la hacía parecer mucho más joven de lo que era, aunque ya rondaba los 25, nadie le echaba más de 18. En ese momento llevaba su rubia cabellera recogida en un moño. Vestía el traje negro de doncella, con un delantal blanco encima, pero se había quitado la cofia.
Lentamente fue acercándose a mí y se sentó a mi lado.

 

Tu amiguita ha salido dispaguada ¿eh?
Sí, ya lo has visto.
Es que vas muy guápido – su acento francés era muy sensual.
No he podido evitarlo.
Apuesto a que no – rió.
¿Sabes que estás muy guapa con ese uniforme? – ataqué.

 

 

Ella me miró sorprendida y se echó a reír.

 

¡Vaya con el niño! ¿Se te ha escapado una y ya vas a pog la siguiente?

 

 

Decidí ser descarado.

 

Sí. Es que estás muy buena y como Noelia me ha dejado en este estado… – le dije señalándome el bulto.
¡Niño! ¡Peguo qué te has creído!
Vamos, Brigitte, no te enfades, que estás más fea.
A que te doy una togta.
¿Por qué? Sólo te he dicho que eres muy guapa.
Y te me has insinuado.
¿Y qué?
Que sólo egues un crío.
Pues este bulto no dice eso…

 

 

Ella cambió de táctica.

 

Ya. Tú mucho hablag, pego segugo que se te pone delante una mujeg de verdad y te cagas en los pantalones.
Tú eres una mujer de verdad, la más bonita que hay en toda la casa y no estoy nada asustado.

 

 

Esa respuesta la dejó momentáneamente parada.

 

¿De vegdad crees que soy bonita?
No digas tonterías. Tú lo sabes perfectamente ¿o no has visto cómo te miraban todos en la fiesta?
Bueno…
Pues eso, que estás muy buena Brigitte. Apuesto a que te lo han dicho mil veces.
Alguna vez…
Estoy seguro de que una chica tan guapa como tú habrá estado con muchos hombres ¿verdad?
Bueno, sí… Espegua un momento – dijo al darse cuenta de que acababa de confesar haberse follado a un montón de hombres – ¡Me estás liando!
Vamos, Brigitte, si yo no te juzgo. Sólo digo que habrás besado a muchos hombres. Dicen que las francesas besáis muy bien.
¡Venga ya!

 

 

Nos quedamos los dos callados. Podía notar cómo iba cayendo en mis redes.

 

Brigitte – dije fingiendo estar un poco avergonzado.
Dime.
¿Por qué no me enseñas a besar?
¡Estás loco!
Por favor, estoy seguro de que Noelia se ha ido porque no le gustó mi beso. No sé, de pronto me metió la lengua en la boca y yo no sabía qué hacer – mentí.
Ya veo – se rió – Esa niña también va muy despabilada.
Por favor…
Egues un liante.
Brigitte… – la miré con ojos suplicantes.

 

 

Dudó unos segundos antes de decir:

 

Acégcate bribonzuelo.

 

 

Yo no tardé ni un segundo en pegarme a ella.

 

Migua, pon tus manos así.

 

 

Colocó una de mis manos en su espalda, rodeando su cintura y la otra en su nuca.

 

Así, bien. Ahogua inclina la cagua así.

 

 

Con delicadeza, inclinó mi cara un poco. Vi que cerraba los ojos y acercaba sus labios a los míos. Fue un beso alucinante, desde luego se notaba que tenía práctica. Su lengua se prendió muy rápido de la mía. Yo trataba de parecer torpe al principio, pero aquello me excitaba tanto que enseguida me dediqué a devolverle el beso con pasión. Nuestras lenguas recorrían la boca del otro, entrelazándose. El beso más experto que hasta ese momento me habían dado.

Yo, disimuladamente, llevé mi mano desde su cintura hasta su trasero. Como era más alta que yo, estaba un poco echada hacia delante, por lo que pude agarrar bien su culo.

 

Oye – protestó – eso no es lo que habíamos dicho…
Vamos Brigitte – dije jadeante – enséñame.

 

 

Y volví a besarla. A ella pareció dejar de importarle lo que hacía mi mano y continuamos besándonos, cada vez más apasionadamente.
Por fin, nos separamos, y nos quedamos mirándonos, sudorosos, jadeantes.

 

Me paguece a mí que tú sabes más cosas de las que dices.
Si me dejas te hago una demostración.

 

 

Ella se rió y me dijo:

 

De acuegdo.

 

 

La verdad es que no me lo esperaba, pero la sorpresa me paralizó sólo un segundo.

 

Túmbate – le dije palmeando el tocón.

 

 

Ella así lo hizo. Su espalda quedó apoyada sobre el tronco, pero sus piernas asomaban, llegando hasta el suelo.

 

Así está bien.

 

 

Me coloqué a sus pies, de rodillas. El suelo me hacía daño, pero no me importó. Fui subiendo su falda hasta sus caderas, donde ella la sostuvo recogida.

 

¿Qué vas a haceg?
Ya lo verás.

 

 

Brigitte llevaba medias negras y liguero, cosa que siempre me ha parecido muy sexy. Sus bragas eran también negras, de encaje, supongo que traídas de Francia. Las cogí por la cintura, y fui deslizándolas por sus muslos. Ella levantó un poco sus caderas para facilitar mi maniobra.

 

No las tigues, que son muy caguas.

 

 

 
Yo obedecí, y tras quitárselas las dejé a su lado, en el tocón.
Entonces eché un vistazo a su coño. Era el más bello ejemplar de chocho que había visto hasta entonces. Su pelo era rubio y estaba muy bien recortadito, con un delicioso triángulo de pelo sobre su raja, que aparecía limpia de vello, con los labios dilatados y brillantes. Saqué la cara de entre sus piernas y le dije:

 

Joder Brigitte. ¡Esto es una auténtica maravilla! ¿Cómo consigues tenerlo así?

 

 

Ella se incorporó apoyándose en los codos y me dijo con aire de profesora:

 

Es que me lo afeito, a los hombres les gusta mucho así.
¡Ya lo creo! Es el mejor que he visto nunca. Podrías enseñar a las chicas a hacerlo.
¿A las chicas? Ya veo, por eso egues tan expegto. Eges un guaggo, ¿lo sabías?
Sí, lo sé. Pero mejor para ti ¿no?

 

 

Eso pareció convencerla, así que volvió a tumbarse. Yo volví a arrodillarme entre sus piernas. Con delicadeza, acaricié la cara interna de sus muslos con mis manos. Llevé una de ellas hasta su vulva y metí un dedo entre sus labios.

 

Aaaahhh – gimió.
¿Cómo dices? – pregunté yo, divertido.
No te pagues, cabrón.
¡Vaya con la francesita! – pensé.

 

 

Mientras con dos dedos estimulaba su chocho, apliqué mi boca sobre el mismo. Fui pasando la lengua por su raja, en lamidas cortas y rápidas. Su coño cada vez se lubricaba más, así que le metí un dedo dentro. Me di cuenta de que cabían más sin problemas, así que le hundí otro par. Mientras la masturbaba con tres dedos, llevé mi boca un poco más arriba, hasta su clítoris. Fue rozarlo con la lengua y un espasmo azotó el cuerpo de Brigitte. Apretó los muslos, atrapando mi cabeza, mientras con las manos me la apretaba contra su coño. Comenzó a moverse de lado a lado mientras gritaba:

 

Sigue, sigue, cabrón. No pagues. Más fuegte, más fuegte. – y otras cosas en francés que no entendí.

 

 

Al empezar a moverse, me retorció el cuello.

 

¡Joder con la francesa! – pensé – me va a matar.

 

 

Intenté separarme de ella, pero me tenía bien agarrado. Azoté su muslo con la palma de mi mano con fuerza, le dejé los dedos marcados, pero eso pareció gustarle más. Un poco asustado, le pellizqué el culo con saña, logrando que separara las piernas y me soltara.

 

¡Ay! ¡Qué coño haces pequeño bastagdo! – gritó incorporándose.
¡Qué coño haces tú! – le repliqué – me ibas a partir el cuello.
Tienes gazón, lo siento. Es que lo hacías tan bien que se me fue la cabeza. Pegdóname.

 

 

 
Yo la miraba con expresión enfadada, frotándome mi dolorido cuello.

 

Vamos, vamos, cagiño. No te enfades. Sigue con lo que estabas haciendo, que yo luego sabré guecompensagte.

 

 

Sin decir nada volví a sumergirme entre sus muslos. Ella volvió a tumbarse.

 

Te vas a enterar – pensé.

 

 

Con violencia, volví a clavar mis tres dedos en su interior, lo que hizo que su cuerpo se convulsionara.

 

¡Aaaahhh! Así cabrón, asíiii. ¡Más fuegte! ¡MÁS FUEGTE!

 

 

Chupé con fuerza su clítoris, mientras la masturbaba cada vez más rápido. Su cuerpo se retorcía como una serpiente mientras no paraba de gritar en francés.
Noté que estaba a punto de correrse, y decidí darle una pequeña lección. Puse mis dientes sobre su clítoris y lo mordí.

 

¡DIOSSS! ¡DIOOSSS! ¡QUÉ ME HACES! ¡NOOOOOO!

 

 

Volvió a apretar las piernas, pero esta vez yo me lo esperaba, así que no me hizo daño.
Sus jugos resbalaban por mi cara. Yo seguí incrementando el ritmo de la masturbación mientras se corría. Mi boca lamía dulcemente su clítoris, como disculpándose por haberlo tratado tan mal segundos antes.
Poco a poco fue relajándose. Sus piernas se abrieron, liberando mi cabeza, que seguía incrustada en su coño, disfrutando de los últimos espasmos de placer que recorrían su vagina. Se quedó laxa, tumbada sobre el tocón.
Yo me puse en pié y la miré, allí echada sobre el árbol, con la falda subida hasta la cintura, su coño chorreante latiendo. Sus bragas se habían caído al suelo, supongo que las tiró al retorcerse. Se había desgarrado el delantal, rompiendo los tirantes. También se había arrancado varios botones del vestido, y sus pechos asomaban sudorosos, con los pezones mirando al cielo. Fue entonces cuando noté que no llevaba sostén. Tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad. Sus brazos reposaban, inertes, a su lado.
Mi pene latía dolorosamente en su encierro, necesitaba atención. Me desabroché los botones del pantalón y lo liberé, irguiéndose con descaro.
Rodeé el tocón hasta quedar junto al rostro de Brigitte. La llamé suavemente por su nombre:

 

¿Uuummm? – respondió melosamente.
Por favor…

 

 

Abrió los ojos y se encontró con mi pene justo delante.

 

Tranquilo, ya voy.

 

 

Me agarró la picha con la mano, fue como si electricidad recorriera mi cuerpo. Se sentó en el tocón sin soltármela en ningún momento y me guió hasta sentarme en el tronco, usando mi polla como timón.

 

Ahoga te devolvegué el favor – dijo dándome un cálido beso.

 

 

Yo estaba sentado justo al borde, mis pies colgaban sin tocar el suelo. Ella comenzó a arrodillarse frente a mí, pero yo la detuve. Brigitte me miró con extrañeza.

 

Tus medias – le dije – se van a romper.

 

 

Me quité la camisa y la puse en el suelo. Ella me miró con ternura y me acarició la mejilla con una mano.

 

Egues muy dulce…

 

 

Sus manos se deslizaron por mi cara, mi pecho, mi vientre y bajaron por mis muslos, bajando mis pantalones y mis calzoncillos por completo, mientras se arrodillaba sobre mi camisa. Al llegar a mis tobillos, sus manos volvieron a subir, acariciando la cara interna de mis muslos y alcanzando su destino.
Yo eché el cuerpo hacia atrás y apoyando las manos en el tocón me dediqué a contemplar las maniobras de Brigitte.
Sus manos comenzaron a sobar mi miembro, mientras una de ellas recorría toda su longitud, la otra me acariciaba el escroto. Me apretaba los huevos dulcemente, mientras su otra mano se entretenía con mi prepucio, subiéndolo y bajándolo muy despacio, ocultando y descubriendo mi enrojecido glande. Yo ya no podía más.

 

Brigitte, por favor – gemí.

 

 

Ella me miró, con una ligera sonrisa en los labios. Sin decir nada, posó su lengua en la base de mi polla y fue recorriéndola hasta la punta, lenta y enloquecedoramente. Abrió la boca, y la punta de mi picha desapareció en su interior. Ella apretó los labios alrededor de mi glande. De pronto, me dio un ligero mordisco en la punta, yo me sobresalté, más por la sorpresa que porque me hubiera dolido:

 

¡Coño! – exclamé.
Mi pequeña venganza, mon amour…

 

 

Volvió a recorrerla de arriba abajo con la lengua pero esta vez sí se introdujo un buen trozo en la boca. Su cabeza comenzó a subir y bajar. Yo cerré los ojos, echando la cabeza hacia atrás, para sentirla mejor. Era como si al cegar mi vista, mis otros sentidos se agudizaran.
Ella continuó con la mamada, se notaba que era una experta. Sus labios, su lengua, su garganta, todo parecía apretar y acariciar mi miembro. Noté que no sentía sus dientes por ningún lado, como si no tuviera. De pronto, y para confirmar que no era así, se la sacó de la boca y se dedicó a darme delicados mordisquitos por todo el tronco. Desde luego sabía cómo chuparla.
Volvió a metérsela en la boca, incrementando el ritmo del sube y baja, de vez en cuando, se la metía hasta el fondo de su garganta, deteniéndose en esa posición durante unos segundos. Juraría que hasta notaba su campanilla estimulando mi polla.
La verdad es que no sé cómo duré tanto. Noté que me aproximaba al clímax y abrí los ojos. Vi que uno de los bucles de su rubio cabello había escapado de su moño y caía sobre su frente, rebelde, lujurioso, agitándose al ritmo que marcaba su cabeza. Esa visión es una de las cosas más eróticas que he visto en mi vida y ya no aguanté más.

 

Brigitte…

 

 

El aviso llegó un poco tarde, así que me corrí en su boca. Brigitte pareció por un momento retirarse, pero se lo pensó mejor y mantuvo mi polla dentro, tragándose toda mi leche. Fue una corrida bestial, yo me agarraba a su cabeza para no caerme.
Mi picha vomitó hasta la última gota, que ella tragó vorazmente. Tras acabar, la sacó y acabó de limpiármela con la lengua.

 

Oscag – me dijo dándole los últimos lametones.
¿Uumm?
Te dagué un consejo. No te coggas sin avisag. A muchas chicas no les gusta.
Lo siento – balbuceé.
No, si a mí no me impogta – dijo, apartándose distraídamente el pelo de la cara.

 

 

Dios, qué sexy estaba. Poco a poco, mi pene volvía a la vida. Ella sonrió encantada.

 

Vaya, paguece que quiegues más guegga ¿eh? – dijo acariciándome el capullo con un dedo.
Uff – exclamé yo, poniéndome en pié con violencia.

 

 

La tomé por los hombros y la empujé hacia el tronco. Mi picha volvía a ser una dura vara entre mis piernas.

 

Tranquilo – rió ella – no me voy a escapag.

 

 

Se sentó en el tocón y yo, inmediatamente, me situé entre sus piernas. Ella me acarició la polla con las manos y mientras se iba echando hacia atrás, me atraía hacia ella tirando de mi picha.

 

¡Oscar! ¿Dónde estás?

 

 

La voz de mi madre resonó peligrosamente cerca.

 

¡Jodeg!, ¡tu madre!. ¡Miegda! Si nos pilla nos mata.

 

 

Brigitte se incorporó rápidamente y comenzó a arreglar su vestido. Como quiera que aquello no tenía arreglo, se lo compuso como pudo.

 

¡Vamos, Oscag! ¡Tu madre viene hacia aquí! – dijo zarandeándome del brazo.

 

 

Yo estaba de pié, muy quieto, con el miembro en ristre y totalmente desmoralizado. No podía ser, cada vez que estaba a punto de meterla en caliente, sucedía algo que me lo fastidiaba.

 

¡Vamos, tonto! ¡Otro día seguimos! – insistió.

 

 

Yo comencé a vestirme cansinamente y le dije:

 

Vete tú, será mejor que no te vea.
¿Segugo?
Claro, ya me inventaré algo.

 

 

Brigitte me besó en la mejilla y se marchó corriendo en dirección opuesta de donde parecía venir la voz de mi madre, que cada vez sonaba más cercana. Al poco desaparecía de mi vista.
Me subí los pantalones y me senté en el tocón. Sacudí la camisa y me la abroché. Entonces distinguí una figura semioculta entre los árboles. Me puse en pié e intenté acercarme, pero la silueta se dio la vuelta y huyó rápidamente. De todas formas, reconocí el vestido sin lugar a dudas. Era Noelia.

 

¡Joder con las chicas! – pensé – Son todas peores que yo.

 

 

La voz de mi madre ya sonaba muy cerca, por lo que decidí contestar:

 

¡Oscar!
¡Aquí!

 

 

Iba a dirigirme hacia donde venía la voz, pero entonces vi las bragas de Brigitte tiradas en el suelo. Las recogí y me las guardé en el bolsillo. Tras hacerlo, corrí hacia mi madre, llamándola.

 

¿Se puede saber dónde estabas? – me dijo enfadada.
Perdona mamá. Me fui a dar un paseo y me senté en el viejo eucalipto. No sé cómo, pero me quedé dormido.
Ay Dios, que me vas a matar a disgustos. Anda tira para allá – me dijo empujándome en un hombro.

 

 

Yo procuré caminar siempre por delante de ella, para que no notara el bulto que había en mi bragueta. Regresamos a la fiesta. Como empezaba a anochecer, mucha gente se había marchado ya. Sólo quedaban las familias con más confianza con la mía. Los hombres charlaban sentados a una mesa fumando, y las mujeres se sentaban en otra, incluyendo a Marina y mis primas.
La gente contratada en el pueblo se afanaba recogiéndolo todo, y el personal de la casa también, dirigidos por María. Tardé un buen rato en encontrar a Brigitte. Iba perfectamente arreglada, con un delantal nuevo, por lo que supuse que habría ido a su cuarto.

 

Me pregunto si llevará bragas – pensé.

 

 

Muchos de los niños se habían ido ya, pero aún quedaban siete u ocho jugando por allí. Entre ellos estaba Noelia. Me acerqué a ellos con una sonrisa socarrona en los labios, mirando directamente a Noelia, que apartó la mirada avergonzada.

 

¿Por qué no jugamos al escondite? – propuse.
No nos dejarán, se está haciendo de noche – dijo un chico.
Podríamos jugar en la casa.
¿En serio? – preguntó otro animado.
Esperad, que voy a preguntar.

 

 

Fui a pedir permiso a mi madre, que no puso demasiadas pegas. Volví con la noticia, pero me encontré con la gran decepción de que los padres de Noelia se iban ya, así que mi plan se fue al traste. Perdí el interés por el juego, pero como la idea había sido mía, no podía echarme atrás. Así que decidí que lo mejor era dedicarme a pasarlo bien.
Sorteamos y se la quedó un chico que yo no conocía mucho, Alberto creo que se llamaba. Se puso a contar en la puerta de entrada y todos nos repartimos por la casa. Yo fui rápidamente hacia la parte de atrás, cerca de la cocina, pues allí había un armario empotrado de ropa blanca. Estaba siempre abierto, pero yo sabía que las puertas se podían encajar, haciendo que pareciera cerrado. Lo abrí y me metí dentro. Me senté en los estantes bajos que había al fondo y encajé las puertas. La oscuridad no me envolvió por completo, pues por entre las puertas penetraba un hilo de luz.
Permanecí allí un rato, en silencio, oliendo el alcanfor que habían colocado entre los manteles. De vez en cuando, pegaba mi ojo a la rendija entre las puertas, viendo el pasillo desierto.

Me recliné un poco y me puse a pensar en mis cosas. Ese día había estado a punto de perder la virginidad, pero me habían vuelto a fastidiar. En esas estaba, cuando las puertas se abrieron de repente, se trataba de Victoria, una de las ayudantes de la cocina.

 

¡Joder, qué susto! – exclamó al verme, dando un respingo.
¡Vaya, Vito, no sabía que tuvieras ese lenguaje!
¿Se puede saber qué haces ahí?
Jugando al escondite.
Anda sal de ahí, que como manches los manteles te vas a enterar.

 

 

En ese momento oí pasos al final del pasillo. Pensé que sería Alberto buscándome. Cogía a Vito por la muñeca y de un brusco tirón la metí dentro conmigo.

 

¿Qué coño haces? – dijo ella.
Shissst – siseé yo, cerrando de nuevo las puertas.
Niño, déjame que tengo trabajo.
Por favor Vito, calla, que me van a encontrar. Espera hasta que se vaya.
Pero sí solo tiene que abrir el armario.
No va a poder. Mira, he encajado las puertas, parecen cerradas.
Jesús, lo que tiene una que soportar.

 

 

Entonces se oyeron voces en el pasillo.

 

…quieto, por favor.
Vamos cariño, que llevo todo el día en ayunas.
Venga, que tengo trabajo…
Eres una estrecha.
Que nos van a ver…

 

 

Reconocí perfectamente las voces de mi abuelo y de María, el ama de llaves. Quería asomarme a mirar por la rendija, pero no pude, pues Vito fue más rápida. Se dio la vuelta y pegó su ojo a la rendija, quedando de espaldas a mí.

 

Es tu abuelo – susurró.
Ya lo he notado.

 

 

Su trasero estaba frente a mí, tentador. Estaba considerando la posibilidad de agarrarlo cuando Vito dijo:

 

Tu abuelo es único, mira cómo le mete mano a María, con lo estirada que es.
Pero si no veo – protesté yo.
Mejor, que eres muy pequeño para estas cosas.

 

 

Desde fuera se oían murmullos ininteligibles. Mi abuelo debía estar pasándoselo bien. El morbo del momento había provocado que mi pene recobrara su esplendor. Ya no podía más.

 

Vito, tu culo me la pone dura.

 

 

Ella se volvió y aunque por la oscuridad no veía bien su cara, sí que noté que sus ojos brillaban.

 

¡Pero qué dices! ¡Menudo guarro estás hecho!
Venga Vito, que tú estás espiando.
Sí, pero yo soy mayor. ¡Qué sabrás tú de cosas duras!
Siéntate aquí y te lo enseño – le dije.

 

 

Puse mis manos en su cintura y la obligué a sentarse sobre mi regazo. Procuré apretar bien mi erección contra ella.

 

¡Coño, niño! – siseó levantándose – ¡Mira que eres guarro!

 

 

Yo seguí con mi ataque.

 

Vamos Vito, siéntate aquí, por favor.
¡Que no me da la gana, coño! ¡Que sólo eres un crío!

 

 

Decidí simular estar enfadado.

 

Pues vale, entonces quita de ahí, que quiero salir.
¿Dónde vas? ¡Estás loco!
Voy fuera – respondí.
Si sales ahora nos pillarán a los dos.
Lo sé.
Eres un cabrón ¿lo sabías?

 

 

Me limité a palmear en mi regazo. Por fin, Vito se resignó y dejó caer todo su peso sobre mi polla.

 

Ay, Dios. Líbrame de los criajos salidos – suspiró.

 

 

Ya había logrado dar el primer paso. Me quedé allí, con las manos en su cintura, apretando mi paquete contra su culo mientras ella volvía a espiar por la rendija.
Así seguimos por un rato, yo notaba cómo ella se iba calentando al espiar. Una de sus manos se posó inconscientemente en su cuello, y de ahí bajó a su pecho, apretándolo.

 

Ahora es el momento – pensé.

 

 

Deslicé mis manos de su cintura, bajando por sus muslos hasta el borde inferior de su falda. Acaricié sus rodillas y traté de meterme bajo el vestido, pero ella apartó mis manos.

 

Quieto – susurró.

 

 

Pero yo noté en su tono que no le molestaba tanto como decía. Apreté aún más mi polla contra su culo y volví a intentarlo. Volvió a apartarme las manos, pero esta vez no dijo nada y siguió mirando.
Desde fuera seguían llegándome murmullos, pero yo ya no prestaba atención, sólo estaba concentrado en mi objetivo. Subí una de mis manos y la posé sobre su pecho, apretándolo con fuerza. Esta vez no dijo nada.

 

Ya es mía – pensé.

 

 

Hábilmente, desabroché los botones de su vestido con una sola mano, deslizando mientras la otra bajo su falda. Paseé mi mano por su pierna, sintiendo el tacto sedoso de sus medias, hasta llegar a sus bragas. Comencé a acariciar simultáneamente sus tetas y su coño, arrancándole ligeros gemidos de placer. Ya no se resistía en absoluto, me dejaba hacer, pero tampoco colaboraba. Sus manos seguían apoyadas en el marco de la puerta y su ojo pegado a la rendija.

 

¡Papá! – se escuchó fuera.
¡Coño! ¡Tu tía! – me susurró Vito.

 

 

Se oyeron pasos apresurados alejándose por el pasillo. Me imagino que se trataba de María.

 

¿Se puede saber qué haces? – la voz de tía Laura sonaba enfadada.
Creo que lo sabes perfectamente.
Pero aún hay invitados. ¿Quieres que te cojan o qué?
Creo que la mayoría de mis invitados conocen mis gustos – replicó mi abuelo – de hecho, varias de las señoras los han disfrutado ya.

 

 

 
 

Mi tía no contestó.

 

¿Has venido a por tu regalo? – dijo mi abuelo.
¡Estáte quieto!

 

 

Noté cómo el cuerpo de Vito se tensaba.

 

Tranquila, esta noche te lo daré.

 

 

Se oyeron los pasos de mi abuelo alejándose. De pronto, las puertas del armario se hundieron un poco y la luz se apagó. Mi tía se había reclinado sobre la puerta.
Vito se echó hacia atrás, apoyándose en mí. Estábamos asustados, pues si a mi tía se le ocurría abrir la puerta, nos pillaría con una de mis manos en las tetas de Vito y la otra en su coño. Afortunadamente, tía Laura pronto se marchó. Ambos exhalamos un profundo suspiro de alivio.

 

Casi nos cogen – dijo Vito.
Sí, pero así es más excitante.
¡Estás loco! – me dijo levantándose – eres un maldito salido.
Venga Vito, si te gusta – dije yo, pensando que quería irse.
¡Pues claro que me gusta! – dijo para mi sorpresa – anda desabróchame el sujetador.

 

 

Yo me quedé paralizado. Ella se subió la falda hasta la cintura y se quitó las bragas.

 

Venga ¿a qué esperas?

 

 

Por fin reaccioné, trasteé un poco con el broche por encima de su vestido y logré abrirlo. Cada vez lo hacía mejor.

 

Venga, bájate los pantalones.

 

 

Esta vez no tardé nada en obedecer. Mis pantalones y mis calzones quedaron en mis tobillos en un plis plas. Ella se dio la vuelta y en la oscuridad palpó hasta agarrar mi polla.

 

Ummm. No está nada mal para tu edad – dijo tironeando de ella.
Aaahhh.
Te gusta ¿eh?
………
Pues verás ahora.

 

 

Pegó su cuerpo al mío, separó bien las piernas y lentamente fue bajando sus caderas. Con una de sus manos, guiaba mi polla mientras con la otra separaba los labios de su coño. Se empaló por completo en mi picha. Estaba tan mojada que entró de un tirón, sin ninguna resistencia. Yo notaba cómo las paredes de su vagina se amoldaban por completo a mi miembro. Casi sentí el suspiro de alivio que debió de exhalar mi torturado miembro. Seguro que pensó: “Por fin, después de tanto tiempo, estoy en casa”.
En los últimos días había tenido muchas experiencias, muchas sensaciones, pero ninguna igual a sentir un buen coño apretando con fuerza mi polla. Sin duda alguna, el lugar natural de una verga es estar bien enterrada en un jugoso chocho.
Vito comenzó entonces a cabalgarme. Subía y bajaba. Yo llevé mis manos a su culo y apreté con fuerza. Ella se abrazó completamente a mi cuello, apretando sus tetas contra mi pecho. De vez en cuando, se separaba un poco y hundía su lengua en mi boca.
Era fantástico, había merecido la pena esperar. El ritmo se incrementaba cada vez más, nuestros gemidos sonaban cada vez más altos. Si alguien pasaba por el pasillo nos oiría sin duda, pero ¡qué coño importaba! ¡Estaba follando! ¡Ya no era virgen!
Seguimos, febriles, con lo nuestro. Vito apoyaba uno de sus pies en los estantes y el otro en el suelo, para ofrecerse más abierta a mí, para que llegara más hondo. Estábamos tan enloquecidos que en uno de los embites, el pié de Vito resbaló, yo no pude aguantar su peso y si no es porque ella se agarró a las paredes del armario, hubiéramos aterrizado los dos en el pasillo.

 

Esta postura es muy incómoda – dijo ella poniéndose en pié.

 

 

Mi polla, al salir de aquel coño, se quejó.

 

¿Y qué hacemos? – pregunté lastimeramente.
Tranquilo – me dijo.

 

 

A pesar de la oscuridad, noté perfectamente que sonreía.
Vito simplemente se dio la vuelta, quedando de espaldas a mí. Apoyó las manos en la jamba de la puerta y se ofreció a mí. Yo me agarré la polla de la base, manteniéndola vertical. Puse mi otra mano en su cadera, guiándola mientras bajaba su cuerpo.

 

¡Ay! ¡Guarro! Por ahí no – dijo riendo.
Lo siento Vito, noté que entraba y…
Eso otro día.

 

 

Separó una de sus manos de la puerta y la metió por entre sus piernas agarrándome la verga. Yo puse mis dos manos en sus caderas y esta vez fue ella la que fue apuntando mi miembro mientras se dejaba caer sobre mí.

 

Uuufff – resoplé.

 

 

Se la había vuelto a meter hasta el fondo.

 

Así estaremos mejor – dijo.

 

 

Con las manos apoyadas en la puerta y los dos pies en el suelo, la postura gozaba de mayor equilibrio. Además, tenía la ventaja de que mis manos quedaban libres, así que me apropié de sus tetas.
Vito comenzó a cabalgar de nuevo. La sensación era indescriptible. Yo, con los ojos cerrados, me dedicaba a sentirla profundamente. Mis manos, inconscientemente, amasaban sus pechos, tironeaban de sus pezones.

 

Diosss, ¡qué bueno! – gemía Vito.
Uuufff – respondía yo.

 

 

Desprendí una de mis manos de sus pechos y la llevé hasta su coño. Comencé a frotárselo vigorosamente. Podía sentir con mi mano cómo mi polla surgía y volvía a hundirse en sus entrañas una y otra vez. Esto le gustó mucho a Vito.

 

¡Así, así, rómpeme el coño! – gritaba.

 

 

En realidad era ella la que hacía todo el trabajo, así que apreté más fuerte sobre su chocho. Ella se echaba hacia atrás y girando la cabeza, me besaba, entrelazando su lengua con la mía
Sé que ella se corrió por lo menos dos veces durante aquel polvo. Lo notaba por cómo apretaba su coño, por el incremento de la humedad, por los gorgoteos que salían de sus labios, todo aquello contribuía a excitarme más, por lo que aumentaba la fuerza de mis caricias sobre su clítoris. Rápidamente fui aproximándome al clímax.

 

Vito, me corro… farfullé.
Espera – casi gritó.

 

 

Se puso en pié sacándose mi verga a punto de estallar del coño. Yo no aguanté más, mi polla entró en erupción. Como acababa de sacarla, su coño aún estaba junto a la punta de mi cipote, por lo que los lechazos fueron a parar contra él, mezclando mis jugos con los suyos. Me incorporé un poco, dirigiendo los últimos disparos contra su culo y su espalda. Por fin, acabé y volví a dejarme caer sobre los estantes.
Ella, agotada, volvió a sentarse en mi regazo, y yo me incliné, quedando acostado contra su espalda. Los dos resoplábamos cansados.

 

Avisa antes, joder – me dijo respirando entrecortadamente – quieres dejarme preñada o qué.
Perdona, no pensé…
Ya, tranquilo, no pasa nada.
Vito, ha sido maravilloso. ¿Podemos repetirlo?
¿Ahora? – dijo sorprendida – ¿no te cansas nunca?
Si no puede ser ahora, cuando sea.
Claro, hombre – rió – cuando quieras, pero ahora debo volver, seguro que se preguntan dónde estoy.
Bueno – dije algo decepcionado.

 

 

Ella notó el tono de mi voz.

 

En serio, ahora no puede ser. Tengo que volver al trabajo. Me escaqueé un rato cuando te vi entrar, pero ya va siendo demasiado.
¿Cómo?

 

 

Ella rió encantada.

 

¡Ay mi Oscar! Yo sabía que estabas aquí dentro.
¿En serio?
Sí. Y quería averiguar si eras tan bueno como Brigitte me ha dicho.

 

 

Yo estaba anonadado.

 

No puedo creerlo.
Pues claro tontín. Brigitte me ha estado contando vuestra aventurilla en el bosque y como me ha dicho que te habías quedado a medias me he dicho ¡Qué coño! ¡Vamos a catar al chaval!

 

 

Yo seguía alucinado.

 

Por cierto, dice Brigitte que le devuelvas las bragas.
Lo haré.
Bueno, ¿y qué te ha parecido?
Ha sido increíble.
Soy buena ¿eh?
La mejor.
¡Vaya! ¿Y has probado a muchas?
…………
Desde luego, has salido a tu abuelo – dijo besándome.
Oye, Vito.
Dime.
¿Qué hacía mi abuelo ahí fuera?
¿Tú que crees? Meterle mano a María.
Lo suponía.
Tu abuelo es increíble, a su edad. Aunque, la verdad, me ha sorprendido que se lo monte con María, con lo estirada que parece.
Cada mujer es un mundo – filosofé.
¡Caray! ¡Qué profundo!

 

 

Se puso en pié y comenzó a vestirse. Yo empecé a hacer lo mismo.

 

Vito…
¿Sí?
¿Te has acostado con mi abuelo?

 

 

Me miró en la oscuridad. Nuevamente noté que sus ojos brillaban.

 

Muchas veces – respondió – ¿cómo crees qué aprendí estas cosas?
Comprendo. Oye…
¿Ummm?
¿Qué tal he estado?

 

 

Me puso las manos en los hombros y me besó tiernamente.

 

Ha sido el mejor polvo de mi vida – dijo.

 

 

Tras esto, empujó las puertas del armario, desencajándolas. Echó un vistazo a los lados y se marchó. Yo me arreglé lo mejor que pude. Recogí los manteles que se habían caído al suelo y coloqué los demás. El armario desprendía un fuerte olor a sudor, a sexo, así que fui a la cocina, cogí unas cuantas bolas de alcanfor y las metí en el armario, cerrándolo después.
Me dirigí a la calle y allí me encontré a mi familia despidiéndose de los últimos invitados.

 

¿Dónde te has metido? – me preguntó Marta.
Por ahí, jugando al escondite – respondí.

 

 

Por fin se fueron todos. La gente contratada casi había acabado de recogerlo todo. Mi abuelo les dijo que ya estaba bien por ese día, que se fueran a sus casas, que el resto ya lo iríamos recogiendo nosotros. Les pagó generosamente, por lo que le dieron efusivamente las gracias y se marcharon.
Todos volvimos a entrar en la casa, comentando lo sucedido durante el día. Las mujeres hablaban alborozadas de los regalos, especialmente del collar de perlas. Al entrar, noté que mi abuelo miraba fijamente a mi tía Laura y que ella apartaba la mirada, como avergonzada.
Esto me recordó las palabras de mi abuelo sobre el “regalo”. Tenía una idea bastante clara acerca del asunto, pero no podía estar totalmente seguro. Quizás otro día lo hubiera dejado estar, pero aquel había sido el día de mi desvirgación y yo me sentía más seguro, más adulto.
Así que rondé a mi abuelo durante un rato, esperando a que se quedara solo. Por fin, se dirigió a su despacho, a fumarse un puro. Yo fui tras él. Lo alcancé justo en la puerta de la habitación.

 

Abuelo – le llamé.
¿Sí?
¿Puedo hablar contigo un segundo?
Claro, pasa.

 

 

Entramos en el despacho. Las luces estaban encendidas, supongo que habría mandado antes a alguien para que lo hiciera. Él se sentó a su mesa, un enorme escritorio de nogal situado al fondo de la sala. Abrió una caja y sacó un puro, que encendió usando una vela. Yo, cerré la puerta y acerqué una silla.

 

Dime, ¿qué quieres? – me dijo.
Abuelo, me dijiste que podía hablar contigo de cualquier cosa ¿verdad? Que no iba a haber secretos entre nosotros.

 

 

Él se enderezó en su sillón, parecía interesado.

 

Claro, Oscar. ¿Qué te pasa?

 

 

Yo decidí ir directamente al grano.

 

Hoy te he escuchado hablar con tía Laura de un segundo “regalo”.

 

 

Su cara se puso muy seria.

 

¿Cómo?
Abuelo, no disimules, te he oído perfectamente en dos ocasiones.
Comprendo. ¿Y qué?

 

 

Le miré directamente a los ojos.

 

Lo que quiero saber es si vas a acostarte con ella.

 

 

Me miró durante unos segundos. Yo no aparté la mirada. Entonces me dijo muy seriamente:

 

Así es.
Ya veo.

 

 

Nos quedamos callados unos instantes. Por fin, fue él quien rompió el silencio.

 

¿Te escandaliza mucho?
No – respondí.
Tu tía es una mujer muy hermosa.
Lo sé.

 

 

Volvimos a callar.

 

¿Desde cuando lo hacéis? – le interrogué.
La primera vez fue cuando tenía 15 años.

 

 

Mi abuelo tragó saliva antes de continuar.

 

Mira Oscar, no tengo por qué mentirte, así que te pido que me creas en esto. Yo no hice nada para intentar seducirla, fue ella la que me sedujo a mí.
Comprendo.
Es cierto. Cuando ella tenía esa edad me espiaba a escondidas, sin que yo lo supiera. A los 15 se tienen muchos deseos, muchos impulsos y ella decidió abandonarse a ellos, y tengo que decir que yo no me resistí.
……
Así pues, Laura estaba siempre en una cruel disyuntiva, por un lado estaba la estricta educación que tu abuela le había dado, una chica no podía ni soñar con el sexo, todo era represión de los instintos, de la naturaleza. Por otro lado estaba el deseo y yo fui su válvula de escape.
Quieres decir que se sentía culpable.
Exacto. En esa época lo pasaba mal, sólo parecía relajada cuando estaba conmigo. Yo pensé que podría liberarla, pero no lo logré del todo. Se sentía mal. Por eso se casó con Jean-Paul, para mantener una apariencia de honorabilidad.
¿Quieres decir que no le quería?
Sí le quería. Jean-Paul era una gran persona, pero no puedo asegurar que estuviera enamorada de él, pero ella sabía que casándose con él podría alejarse de mí, de las tentaciones.
Entiendo – asentí.
Por desgracia, su marido murió en Francia, dejándola con dos hijas.
Pero tenía dinero ¿no?
Sí, pero Francia no era su hogar, sin Jean-Paul nada la ataba allí, así que regresó.
¿Y reanudasteis vuestra relación?
Varios años después. De hecho, fue el año pasado. Y nuevamente, te juro que fue ella la que dio el primer paso.
Y todavía seguís.
No exactamente, verás sólo nos acostamos cuando ella quiere. Cuando lleva tiempo sin sexo, comienza a echarlo de menos, su cuerpo lo necesita, como el de cualquier mujer. En esos momentos, cuando el deseo supera a sus prejuicios, acude a mí, pero yo nunca voy detrás de ella.
Pero hoy sí lo has hecho.
Sí. Verás, desde hace algún tiempo he decidido acabar con esta situación. Laura no puede seguir así, reprimida, sintiéndose culpable por algo que es lo más natural del mundo.
Abuelo, que una mujer se acueste con su padre no es muy normal.
No me refiero al incesto, me refiero a atender las necesidades sexuales de su cuerpo. Por eso he decidido adoptar una posición activa, para obligarla a que reconozca que siente esos deseos, para que vea que no son malos, para desinhibirla. De hecho, si después no quiere volver a acostarse conmigo, pues perfecto, que se busque un hombre por ahí que la satisfaga. En serio, yo sólo quiero verla feliz y ahora mismo no lo es.
Es decir, una especie de tratamiento de “shock”. Obligarla a que reconozca lo que siente para librarla de sus miedos.
Exacto.
Pues la verdad, creo que es un buen plan. Seguro que funciona.
Espero que sí.
Si la madre se parece un poco a la hija, sin duda funcionará.

 

 

Mi abuelo me miró sorprendido. Entonces se echó a reír.

 

¡Ya comprendo! ¡Ya decía yo que últimamente Martita había cambiado mucho! ¡Menudo cabroncete estás hecho!
Je, je…
¿Te has acostado ya con ella?
No, pero falta un pelo. En cuanto tengamos una ocasión.
¡Pues esta noche hijo! Todo el mundo está cansado de la fiesta, dormirán profundamente.

 

 

Yo le miré muy serio.

 

Esta noche no, abuelo. Todavía está con la regla.
¡Ufff! ¡Vaya putada!
Además, esta noche quiero hacer otra cosa – dije mirándole a los ojos.
¿Cómo? – inquirió él.
Yo también quiero hacerle un regalo a tía Laura.

 

 

El rostro de mi abuelo se ensombreció levemente.

 

Abuelo. Si se acuesta con dos hombres en vez de con uno, sus inhibiciones desaparecerán más rápido ¿no crees?
No sé, Oscar.
Venga, abuelo, por favor.
Pero ella nunca aceptará hacerlo con los dos.
Tú mismo me dijiste que una mujer excitada hace cualquier cosa. Además, tenemos nuestro don. Con él sabremos si lo desea o no.

 

 

Esa respuesta dio de lleno en la diana.

 

Recuerda que te dije que yo no te ayudaría a conseguir mujeres…
Lo sé abuelo. Pero yo ya no soy virgen, he catado a varias hembras – exageré un poco – ya no existe el riesgo que me comentaste.

 

 

Aún dudó unos segundos, pero finalmente cedió.

 

Está bien, espérame luego en tu cuarto. Cuando todos duerman, yo iré a buscarte.
¿Y cómo lo haremos para convencer a tía Laura?
Ya se me ocurrirá algo. Ahora vete.

 

 

Yo salí disparado hacia mi cuarto. Me lavé bien y me puse el pijama. Antes de acostarme, me acordé de las bragas de Brigitte, así que las saqué del bolsillo del pantalón. Las llevé a mi nariz e inspiré, sintiendo el olor a hembra fuertemente impregnado en la prenda íntima. Aquello contribuyó a aumentar mi excitación, que ya era muy elevada por las perspectivas que esa noche se me presentaban. Escondí las bragas en lo más profundo de mi baúl, porque sabía que allí no tocaría nadie, pues era sólo para mis cosas y yo poseía la única llave.
De pronto, afuera resonó un trueno y la lluvia comenzó a golpear mi ventana. Me metí en la cama, a esperar que mi madre viniera a darme las buenas noches, cosa que hizo pronto, pues estaba cansada y quería acostarse ya. Al principio, agradecí el hecho de que viniera temprano, pero a la larga fue peor, pues el tiempo de espera de mi abuelo se alargó mucho. Allí estaba yo, arropado hasta el cuello, mirando hacia el techo mientras esperaba, escuchando la lluvia y con una erección tremenda, casi dolorosa.
Por fin, como a las dos de la mañana, mi puerta se abrió sigilosamente.

 

Oscar – susurró mi abuelo – ¿estás despierto?

 

 

Me incorporé de un salto en la cama, me calcé las zapatillas y salí tras mi abuelo.

 

Ve a mi cuarto y espérame allí – susurró.

 

 

Entonces se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta del dormitorio de mi tía Laura. La abrió lentamente y entró, cerrando tras de sí.
Yo, en lugar de obedecer, arrimé con presteza mi ojo a la cerradura de la puerta. Por desgracia, mi tía debía tener las cortinas completamente cerradas, por lo que no se veía nada, así que pegué el oído a la puerta, para intentar captar lo que pasaba en el interior.

 

Buenas noches – oí que decía mi abuelo.
¿Qué haces aquí? – respondió mi tía.
Ya lo sabes.
¡Márchate, por favor!
Como quieras – dijo mi abuelo para mi sorpresa.

 

 

 
Noté que su mano agarraba el picaporte.

 

Si cambias de idea, te espero en mi cuarto y te haré gozar como nunca antes.

 

 

Mi tía no respondió.

 

Lleva las perlas, por favor – concluyó mi abuelo.

 

 

Como no tenía ganas de dar explicaciones, me levanté rápidamente y me fui hacia las escaleras, antes de que me viera mi abuelo. Su cuarto estaba en la planta baja, alejado de todos los demás (por razones obvias).
Corrí procurando no hacer ruido y entré en su dormitorio, sentándome en la cama a esperarle. Poco después, mi abuelo entraba en la habitación.

 

Ya está hecho – me dijo.
¿Crees que vendrá? – le pregunté.
Estoy seguro.

 

 

Entonces, comenzó a desabrocharse la chaquetilla del pijama.

 

¿Te importa ver a un hombre desnudo?
Me da igual – respondí – sólo me atraen las mujeres.
Me alegro – rió.

 

 

Él tras desnudarse, se metió en la cama y se sentó con la espalda pegada al respaldo, arropándose hasta la cintura.

 

He salido a ti – le dije de pronto.
Lo sé – respondió mirándome con afecto – Chico, si supieras el susto que me diste hoy.
¿Cuándo?
En la charla de antes, en mi despacho. Cuando te pusiste tan serio y empezaste a hablar de secretos y mujeres pensé que me ibas a decir algo como que te lo habías pensado bien y que preferías a los hombres.
¡ABUELO!

 

 

Él se rió con ganas.

 

Tranquilo, no te enfades, es que estoy tan orgulloso de ti, que siempre temo que algo lo estropee.
Sí, abuelo, ¿pero maricón yo?
No emplees esa palabra, que es muy fea – me dijo muy seriamente.
Bueno, yo no tengo nada en contra de los afeminados, pero… – en esos tiempos, no existían términos como gay u homosexual.
Bien que haces. Son personas como cualquier otra, sólo que sus gustos son diferentes. ¡Detesto la estupidez actual, con esa doble moral y tantas mentiras!

 

 

Como vemos, en materias de sexo mi abuelo iba 100 años adelantado a su época.

 

Sí, abuelo, yo opino lo mismo. Además cuantos más haya, ¡más mujeres para nosotros! – dije riendo.
¡La verdad es que no lo había pensado nunca! – rió él.

 

 

Pasó un rato y tía Laura no aparecía.

 

Abuelo, ¿seguro que va a venir?
Seguro. Con las mujeres nunca me equivoco.

 

 

Convencido por estas palabras, comencé a quitarme el pijama también.

 

No, Oscar, no te desnudes – me dijo.
¿Cómo?
He estado pensando. Si al entrar te ve aquí, se marchará seguro.
Entonces ¿qué hago?
Te esconderás en el armario. Ya te avisaré yo.

 

 

Abrí el armario que estaba tras de mí, frente a la cama. Era un gran armario de roble y en su interior había una cajonera. El abuelo había apilado un par de mantas sobre ella para que pudiera sentarme.

 

Desde ahí dentro podrás verlo todo y cuando tu tía esté a punto, yo te avisaré.

 

 

Mi tía seguía sin venir y yo me estaba poniendo nervioso.

 

¿No tarda mucho? – pregunté.
Tranquilo, ya vendrá…

 

 

Como para corroborar sus palabras, en ese momento sonaron dos leves golpes en la puerta. Mi abuelo me hizo gestos para que me escondiera. Yo me metí rápidamente en el armario y cerré la puerta, dejando una abertura para poder ver.

 

Adelante – dijo mi abuelo una vez se aseguró de que yo estaba listo.

 

 

Me asomé con cuidado por el hueco y vi cómo se abría lentamente la puerta de la habitación. Mi tía Laura entró en la habitación. Vestía una bata de seda de color claro, anudada en la cintura por una tira del mismo material. Al entrar, su muslo desnudo se mostró por entre los pliegues de la bata, revelando que no llevaba camisón. Llevaba el pelo recogido.

 

Bienvenida – dijo mi abuelo.

 

 

Pasaron unos segundos en los que mi tía permaneció delante de la puerta, sin hablar. Por fin dijo:

 

Apaga la luz, por favor.
No, esta noche quiero verte bien – replicó mi abuelo para mi alivio.

 

 

Ella dudó un instante, pero finalmente penetró totalmente en el cuarto, cerrando la puerta tras de sí. Se acercó hasta el borde de la cama y se quedó allí, de pié. Mi abuelo la miró de arriba abajo, y, bruscamente, dio un tirón de las sábanas que cayeron revueltas al suelo. Mi abuelo estaba completamente desnudo sobre la cama, con su miembro totalmente erecto.

 

Desnúdate – dijo.

 

 

Mi tía soltó el cinturón de su bata, y la dejó resbalar por sus hombros, cayendo al suelo. Ella se tapó los senos y el coño con las manos. Yo desde mi posición, la veía de espaldas. La recorrí con la mirada, deleitándome con sus larguísimas y espectaculares piernas, que terminaban en un excitante trasero, muy parecido al de su hija Andrea. Su espalda era también muy atractiva, con la piel muy blanca. Pude ver una extraña mancha sobre su hombro, pero no alcanzaba a ver lo que era.

 

Suéltate el pelo – continuó mi abuelo.

 

 

Ella separó sus manos de su cuerpo lentamente y las llevó a su nuca, deshaciéndose el moño. Su cabellera se deslizó por su espalda, era negrísima como la noche. El pelo no era excesivamente largo, sólo le llegaba a los omóplatos más o menos. Mi abuelo la contempló apreciativamente por unos segundos.

 

Bellísima – dijo – Date la vuelta.

 

 

Mi tía se volvió, quedando de frente a mí, con lo que pude admirar el resto de su cuerpo. Era una visión sublime. Sus piernas eran muy largas, con unos muslos torneados, perfectos. Para mi sorpresa, pude comprobar que mi tía también se afeitaba el pubis, aunque no tanto como Brigitte, supongo que fue una costumbre que adquirió en Francia. Sus senos eran grandes, redondeados, turgentes, con los pezones bien marcados apuntando al frente. Pude comprobar, excitado, que en su cuello estaba el collar de perlas que mi abuelo le había regalado. Si me quedaba alguna duda de si mi tía deseaba en verdad estar allí, el collar la disipó. Su rostro estaba tan bello como siempre, un leve rubor teñía sus mejillas y sus ojos despedían un extraño fulgor. Sin ninguna duda, estaba muy excitada. Lentamente, volvió a darse la vuelta.

 

Ven aquí – le dijo mi abuelo palmeando sobre la cama.

 

 

Ella se tumbó en la cama, junto a mi abuelo, mirándole a la cara. Él volvió a recorrerla con los ojos de los pies a la cabeza, deslizando una mano sobre su cuerpo. Un estremecimiento recorrió a mi tía Laura, que apartó la mirada avergonzada. Mi abuelo la tomó por la barbilla y giró su cabeza con delicadeza, acercando los labios a los suyos:

 

No tienes de qué avergonzarte – le dijo y la besó con pasión.

 

 

Yo estaba en el armario sin perderme detalle. Estaba muy excitado así que me la saqué del pijama y empecé a pajearme suavemente. Entonces recordé que no estaba allí para espiar, sino para participar, así que me aguanté las ganas y volvía a guardármela.
Mientras tanto, mi abuelo seguía besando a mi tía. Ella comenzó a responder, rodeando con sus brazos el cuello del viejo. Él se apartó de sus labios y comenzó a besarla por todas partes. Besó su frente, sus ojos, su nariz, las mejillas, fue bajando por el cuello, el pecho, los senos.
Mi tía no paraba de abrazarle y poco a poco empezaron a llegar hasta mí tenues gemidos que salían de su garganta, confundiéndose con el ruido de la lluvia que golpeaba en la ventana.
Mi abuelo siguió descendiendo, hasta situarse entre sus muslos. Ella trató de cerrarlos de repente, pero mi abuelo los sujetó con las manos y lo impidió. Volvió a separar bien sus piernas y hundió la cara en aquel precioso coño, que a esas alturas debía estar completamente encharcado.
Desde el armario, no podía ver las maniobras de mi abuelo, aunque me lo imaginaba bastante bien. El cuerpo del viejo me tapaba parte del espectáculo, por lo que sólo veía a mi tía de cintura para arriba. Se notaba que estaba disfrutando de aquello, se acariciaba los senos con una de sus manos, estrujándolos con fuerza; la otra mano estaba enganchada en el collar y lo estiraba hacia arriba, hasta su boca, metiéndolo entre sus labios, lamiendo las perlas. Tenía los ojos cerrados, la cara muy roja por la excitación. Su cuerpo se movía acompasadamente con los movimientos que mi abuelo hacía. Noté que ella abría sus piernas cada vez más, para que mi abuelo llegara más adentro.
Yo estaba que me subía por las paredes, los gemidos y suspiros de mi tía ya no eran bajos, sino que resonaban por todo el cuarto. También escuchaba el sonido de la lengua de mi abuelo al dar lametones. Hubiera dado cualquier cosa por intercambiar los papeles.
Mi tía estaba muy próxima al orgasmo, cuando, de repente, mi abuelo paró de comerle el coño y se incorporó. Mi tía lo miró con ojos suplicantes.

 

¿Qué pasa? – jadeó.
Vamos a probar un juego nuevo – dijo mi abuelo.
¿Cómo?
Date la vuelta.

 

 

Ella obedeció dubitativa, colocándose boca abajo. Mi abuelo se levantó de la cama y se dirigió a su mesilla, mientras mi tía lo seguía con la mirada. Pude ver el miembro de mi abuelo, durísimo, se veía que estaba tan excitado como yo. Mi abuelo abrió el cajón de la mesilla y sacó un pañuelo negro. Yo enseguida comprendí sus intenciones.
Se sentó en la cama y comenzó a vendarle los ojos a mi tía. Mi momento estaba a punto de llegar.

 

¿Qué haces? – preguntó ella agarrando el pañuelo.
Shissst. Déjame hacer – respondió él apartando sus manos.

 

 

Colocó el pañuelo sobre sus ojos y lo anudó en su nuca. Tras hacerlo, deslizó una mano por toda la espalda de mi tía, se entretuvo en su trasero y se hundió entre sus piernas.

 

Aahhh – gimió tía Laura.
Ponte a cuatro patas – dijo mi abuelo.

 

 

Ella obedeció y se colocó en esa postura; mientras, mi abuelo, no dejaba de estimularla con la mano. Entonces, me hizo un gesto con su mano libre. Yo, lentamente, salí del armario mientras mi abuelo se inclinaba sobre el oído de mi tía y le susurraba algo, supongo que para tapar el ruido que yo pudiese hacer.
Mi abuelo siguió diciéndole cosas al oído sin parar de masturbarla mientras yo me despojaba del pijama, cosa que no tardé en hacer ni un segundo. Mi miembro latía con desesperación, supongo que notaba que cerca había un coño chorreante. Mi tía, allí a cuatro patas, ofrecía un espectáculo maravilloso. Su pelo caía hacia delante, impidiéndome ver su rostro. Sus pechos colgaban, plenos, como fruta madura, con los pezones enhiestos, apetitosos.
Mi abuelo la besó en la espalda, cerca de la mancha que yo había visto antes. Era una mancha de nacimiento, parecida a una manzana. No sé por qué, pero aquel pequeño defecto la hacía más deseable, como si fuera más humana, menos celestial. Tras besarla, se puso de pié y me indicó con un gesto que ocupara su lugar.
Yo obedecí como un rayo. Me coloqué tras tía Laura y agarré sus nalgas con las manos, separándolas para poder ver así su coño. Supongo que ella notó algo diferente en el tacto de mis manos, porque echó su cabeza hacia atrás, como queriendo ver, pero la venda se lo impedía. Entonces hundí mi lengua en su raja, arrancándole un gritito de placer, con lo que fuera lo que fuese que hubiera notado dejó de importarle.
Hundió su rostro contra la almohada, para ahogar sus propios gemidos, levantando así un poco más el culo, ofreciéndose mejor a mí. Yo chupaba, lamía, tragaba todo lo que allí había, manteniendo sus piernas bien abiertas con mis manos.
Ella movía el trasero adelante y atrás, como follándose con mi lengua. Lamí todo lo que encontré a mi paso, subí por su raja hacia atrás, chupando su trasero, pasando mi lengua por su ano. Yo nunca había hecho eso antes, pero nadie tuvo que explicármelo, sabía que le iba a gustar.
Ella aceleró el ritmo de sus caderas, el clímax se aproximaba.
Entonces mi abuelo se aproximó a la cabecera de la cama y le quitó la venda. Mi tía aún tardó unos segundos en comprender que allí había dos personas con ella y no sólo una. Cuando la verdad penetró en su cerebro, miró hacia atrás rápidamente y descubrió horrorizada, que era su sobrinito el que con tanto arte le comía el coño.

 

¡Dios mío! – exclamó.
Shisss. Tranquila – le dijo mi abuelo, sentándose en la cabecera de la cama.
Pero cómo habéis podido… ¡Aaahhh!

 

 

Yo acababa de hundir un dedo profundamente en su coño. Ella siguió protestando, pero en ningún momento trató de apartarse. Mi abuelo se acercó a su cara, enarbolando su polla.

 

Chupa – dijo simplemente.

 

 

Mi tía nos miró con desesperación, primero a él, luego a mí. Yo había dejado de comerle el chocho, dejándola al borde del orgasmo y mi cabeza asomaba por encima de su culo mirando su rostro, sudoroso y jadeante.

 

Tita, por favor – gemí.
Esto no, no puede ser – dijo dubitativa.

 

 

Yo pasé lentamente mi mano por su raja, sintiendo el calor, la humedad. Ella se estremeció de placer.

 

Por favor – insistí – no te resistas.

 

 

Ella suspiró profundamente. Cerró los ojos durante un segundo. Cuando volvió a abrirlos pude notar que brillaban.

 

Fóllame, Oscar – dijo sonriendo con felicidad.
Claro, tita. Te quiero – le dije.
Y yo a ti.

 

 

Entonces miró a mi abuelo y le dijo:

 

Gracias papá.
De nada, mi niña – dijo él besándola dulcemente.

 

 

Tía Laura bajó la cabeza hasta la entrepierna del abuelo. Sin pensárselo dos veces, asió la polla del viejo y se la metió en la boca. Mi abuelo apoyó las manos en su cabeza, acompañando el ritmo de la mamada.
Yo no aguanté más. Traté de penetrarle el coño desde atrás, pero me faltaba experiencia, por lo que mi polla resbalaba por su vulva. Entonces noté que la mano de tía Laura aparecía entre sus piernas y me agarraba el pene, guiándome. Acercó mi polla hasta la entrada de su gruta y entonces, lentamente, la penetré.

 

Ughfgfhf.

 

 

Sonidos ininteligibles salían de su garganta, completamente llena con la polla de mi abuelo. Fue tan sólo penetrarla y mi tía se corrió. Noté el incremento de la humedad en su coño, fue alucinante. Al correrse, su cuerpo se tensó y desde luego mi abuelo lo notó.

 

¡Oh Dios! ¡Oh Dios! ¡Oh Dios! – repetía el viejo mientras apretaba la cabeza de su hija contra su regazo.

 

 

Creí que mi abuelo también se había corrido, pero no era así. De todas formas, no era asunto mío. Poco a poco, comencé a bombear en aquel glorioso coño. El placer fue sencillamente indescriptible, aquella mujer estaba creada para amar.
Su vagina apretaba con fuerza sobre mi miembro, que la horadaba sin compasión. Mi vientre palmeaba contra su trasero, produciendo un aplauso de lo más erótico, que se mezclaba con los chupetones, gemidos y suspiros que llenaban el cuarto. Mi tía movía también las caderas, aumentando el rozamiento, el placer, mientras sus labios subían y bajaban sobre la verga de mi abuelo.
De pronto, su cuerpo se tensó otra vez, estaba teniendo un segundo orgasmo muy cercano al primero. Aquello me excitó todavía más, por lo que aceleré el ritmo, cosa que mi tía agradeció a juzgar por la subida del volumen de sus gemidos.
Estuvimos así cerca de dos minutos, cuando tía Laura, increíblemente, se corrió por tercera vez, sólo que esta vez mi abuelo la acompañó. Eyaculó dentro de su boca. Mi tía, sorprendida, la extrajo de su garganta, empuñándola con la mano. Espesos pegotes de semen salían de su boca, cayendo sobre la cama, mientras la polla de mi abuelo expulsaba los últimos disparos, que iban a impactar contra ella, alcanzándola en la cara, en el cuello, en el pelo.
Yo aún aguanté unos instantes más y cuando noté que iba a entrar en erupción, se la saqué de dentro y me corrí sobre su culo, sus muslos y su espalda. Tía Laura se derrumbó de bruces sobre la cama y yo junto a ella. Estábamos los tres exhaustos, agotados, pero yo no quería que aquello acabara. Y no fue así.
Minutos después, mi tía se incorporó en la cama, poniéndose de rodillas.

 

Sois maravillosos – nos dijo.
Tú mucho más – respondí yo mientras mi abuelo asentía.

 

 

El hecho de verla allí, sobre la cama, desnuda, empapada de sudor y de semen hizo que mi miembro comenzara a reaccionar. Mi tía se dio cuenta y se inclinó sobre mí, comenzando a darme lametones en el pene. Éste poco a poco fue recuperando fuerzas y enseguida mi tía estaba haciéndome una decidida mamada. Yo miré a mi abuelo y vi que su polla era diestramente masajeada por la mano derecha de tía Laura, con lo que poco a poco iba recuperando también su vigor.
Cuando las dos estuvieron listas, mi tía cesó en sus actividades, volviendo a incorporarse en la cama. Mi polla protestó por aquello, pero mi tía no pensaba dejarnos así.

 

Papá, túmbate – dijo echándose hacia mi lado.

 

 

Mi abuelo se tumbó boca arriba en el centro del colchón. Mi tía pasó una pierna sobre él, quedando a horcajadas sobre su regazo. Se inclinó hacia delante y lo besó con pasión.

 

Métemela – dijo después.

 

 

Mi abuelo, con destreza, colocó la punta de su cipote en la entrada de la lujuriosa cueva, y su dueña se dejó caer de golpe, empalándose por completo.

 

¡AAAHHHH! – la exclamación de ambos fue simultánea.

 

 

Mi tía comenzó a mover las caderas lentamente, delante y atrás, hacia los lados. Mi abuelo la dejaba hacer, acariciando sus pechos. Yo, caliente, llevé una mano hasta mi miembro y empecé a pajearlo despacio, pues pensaba que me tocaba esperar.

 

Shisssst. Quieto – susurró mi tía apartando mi mano con las suyas – Deja que te la ensalive bien.

 

 

Tirando de mi miembro, hizo que me arrodillara junto a ella, de forma que mi polla quedó junto a su rostro. Entonces, se lo introdujo en la boca, reanudando la mamada. Yo apoyé las manos en su cabeza, dedicándome a disfrutar.
El ritmo de sus caderas era muy lento, era como si no estuviera realmente follando, sino sólo estimulando. Lo mismo podía decirse de la mamada que me hacía, usaba sólo sus labios y enseguida noté mucha humedad sobre mi polla. Entonces, la sacó de su boca y me susurró:

 

Ve detrás.

 

 

Yo, instintivamente, supe lo que ella deseaba. Volví a colocarme en su culo y separé sus nalgas. Podía ver la polla de mi abuelo penetrándola lentamente, pero mi objetivo era otro. Busqué su ano y comencé a rozarlo con la lengua, humedeciéndolo bien. Poco a poco, introduje un dedo en su interior, metiéndolo y sacándolo. Poco después penetré su ano con un segundo dedo y al momento, con un tercero. Seguí estimulándola lentamente, tratando de separar mis dedos un poco, para dilatarla. Ella gemía seductoramente:

 

Sí, asíiiii – siseaba.

 

 

Decidí que ya estaba lista. Como quiera que su saliva se había secado un poco sobre mi polla, llevé mi mano libre a su coño, empapándola bien y después me la pasé sobre el tronco, lubricándolo.
Por fin, me arrodillé tras ella. Al sacar los dedos, su ano quedó algo dilatado, así que apunté bien mi glande y empujé. Ella gritó, no sé si de placer o de dolor. Sólo la punta de mi cipote había penetrado, pero yo me paré, pues no sabía si le había hecho daño.

 

¿Te duele? – pregunté.
¡SÍ! ¡Pero no te pares! – me increpó ella.

 

 

De acuerdo, si eso era lo que quería… Agarré bien sus caderas con mis manos, y fui empujando lentamente. Mi polla iba desapareciendo poco a poco en su culo, estaba apretadísimo, era muy diferente a un coño. Se notaba que esa vía no era tan habitual, por lo estrecha que era.
Vi que ella se abrazaba con fuerza a mi abuelo, con los ojos muy cerrados, los dientes apretados en un rictus de dolor. Sus manos estaban entrelazadas con las de mi abuelo, agarrándolas tan fuertemente que sus nudillos se veían blancos. Pensé en detenerme, pero como ella no decía nada, decidí que lo mejor era terminar cuanto antes, así que de un empellón se la enterré hasta el fondo.

 

¡UAHHHH! ¡DIOSSSSS! ¡ME ROMPES! ¡NOOOO!

 

 

 
Yo, asustado, empecé a sacarla, pero ella no me dejó.

 

¡No, no la saques, por favor! – exclamó llevando sus brazos hacia atrás y sujetando mi culo.
¿Seguro?, pero si te duele.
¡Sí! Pero es taaaan bueeeno – dijo derrumbándose sobre el pecho de mi abuelo.

 

 

Así que volví a enterrársela de golpe.

 

¡UAAAHHH! ¡SÍIIIII! ¡SÍIIIIIIIII!

 

 

Noté claramente que experimentaba un nuevo orgasmo. Sus flujos brotaban de su coño, empapando los muslos de mi abuelo y las sábanas.
Tras correrse, se quedó muy quieta, echada sobre mi abuelo. Yo no me atrevía ni a moverme, para no hacerle daño. La verdad es que yo estaba en la gloria, su culo apretaba fuertemente sobre mi miembro, podía incluso sentir la verga de mi abuelo presionando contra la mía, como si sólo las separase una fina pared.
Por fin, mi tía pareció reaccionar y comenzó un suave vaivén con las caderas. Yo, animado, comencé a penetrarla despacito, con delicadeza. Entonces, me di cuenta de que había sangrado un poco por el ano. Asustado, se lo dije:

 

No te preocupes mi amor – dijo suspirando – es normal cuando te desvirgan.

 

 

¡Era la primera vez que la sodomizaban! ¡Yo era el primero! Aquello me llenó de inexplicable orgullo, así que empecé a embestir con más fuerza. Mi tía se lo pasaba cada vez mejor, parecía que el dolor había quedado ya muy atrás.

 

¡Así! ¡Así! Muy bien mi niño. ¡Vamos papá!

 

 

El ritmo se incrementaba cada vez más. Creí que me iba a volver loco de placer. Yo gemía, mi abuelo gruñía y mi tía prácticamente berreaba.

 

¡DIOS! ¡DIOS! – repetía.

 

 

De pronto mi abuelo gritó:

 

¡Quita! ¡Quita! ¡No puedo más! – tratando de apartarnos.
¡No te pares papá! ¡No pares! – gritó ella.
¡LAURAAA! – chillaba mi abuelo mientras se corría en el interior de su hija.

 

 

El orgasmo del abuelo pareció precipitar el de mi tía, que chillaba enloquecida.

 

¡Me corro! ¡Me corro! ¡ME CORRO!

 

 

Al hacerlo, su cuerpo se estremeció, su ano se contrajo, apretando de tal forma mi verga que no pude aguantar más. Eyaculé con violencia en su interior, sentía mi propio semen resbalando sobre mi polla.
Aquellos orgasmos en cadena no dejaron agotados. Nos quedamos así, quietos, unos sobre otros, con los miembros bien enterrados en los orificios de tía Laura mientras iban perdiendo volumen.
Finalmente, me dejé caer a un lado, sacando mi cansado pene de su interior. De su ano brotó mi esperma, ahora que ya nada se lo impedía. Sobre las sábanas quedó una mancha de semen, sangre y una sustancia oscura en la que prefiero no pensar.
Mi tía también descabalgó a su padre, quedando tumbada entre los dos. Se incorporó lentamente y nos besó en los labios, primero a uno y después al otro.

 

Os quiero – dijo, mientras sus pechos subían y bajaban por su respiración entrecortada. Estaba simplemente hermosa.
Y yo a ti – dijimos nosotros al unísono, llevando cada uno una mano a aquellos lujuriosos senos, acariciándolos con ternura.

 

 

Por fin, se tumbó entre nosotros, pasando sus brazos bajo nuestros cuellos, abrazándonos a ambos. Yo me puse de lado, pasando una pierna por encima de la suya, de forma que mi miembro reposara contra su muslo. Mi cabeza descansó sobre su pecho.

 

Buenas noches tía Laura.
A partir de ahora llámame sólo Laura – dijo ella besándome en el pelo.
De acuerdo. ¡Laura! – dije con dulzura.

 

 

Mi abuelo no dijo nada…
No sé cómo lo hicieron, pero lo cierto es que a la mañana siguiente amanecí en mi propia cama, completamente desnudo bajo las sábanas.
Continuará.
TALIBOS
 
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